Creo que es el título -literal- de un episodio de The Big Bang Theory: Sheldon necesita establecer una 'amistad' con una persona realmente terrible; pero hay un truco, 'necesita' la amistad porque le conviene -no recuerdo qué beneficio esperaba, pero era algo de fondos o de tiempo en laboratorio, o algo similar-.
O sea, su intención no era tener un amigo -igual en otros episodios había establecido que no se sentía cómodo cambiando los que tenía-; -e igual es un personaje escrito por una serie de libretistas y presentado por una serie de actores-; pero bueno.
Me encantó la forma en la que presenta su 'plan' para hacerse amigo del otro tipo: es un diagrama de flujo en el que va presentando diferentes opciones para reunirse y conocerse mejor: una comida, una bebida caliente, o una actividad recreativa.
Por supuesto que este episodio es producto de su tiempo: en los últimos meses -o años- he visto varios artículos -e incluso algún libro- en el que se explica la dificultad de los adultos -especialmente del género masculino- en el tema de la amistad.
Personalmente me embarqué -hace cuatro años, me parece- en mi ruta personal de la amistad en la adultez: luego de la pandemia, y luego de haber leído varios artículos del estudio de Harvard sobre el bienestar (y del confinamiento de la pandemia), empecé a contactar a algunas personas que había conocido en el pasado; la mayor parte fueron personas del voluntariado en el que colaboré más de diez años.
Pero también un amigo de la facultad -de los últimos-, mi ahijado profesional número uno -a quien casi no había contactado en la última década-, mi ahijada profesional número dos -nos habíamos conocido siendo voluntarios-, y algunos ex compañeros de trabajo.
Pero, después de un par de años, también empecé a bloquear a algunos del -reducido- grupo: creo que el primero fue esta persona que se desempeña como promotor cultural -enfocado en la lectura-; o sea, no trabaja, pero tiene en mente proyectos muy grandes para mejorar el nivel de lectura local.
Lo malo es que, como no trabaja, luego de habernos reunido varias veces durante casi un año -las últimas visitas fueron en su casa- me pidió prestado una suma de dinero bastante alta (unos ochocientos dólares), y, la verdad, no me apetecía desprenderme de esa cantidad de dinero.
Luego estuvo un voluntario con el que había sido bastante unido -quien incluso llegó a visitarme (y lo invité a almorzar) cuando estaba trabajando en el banco más populoso del país (fueron tiempos terribles para mí)-: me canceló en un par de ocasiones las reuniones programadas con bastante antelación.
El tercero, creo, fue otro voluntario, quien estuvo cambiando varias veces la fecha en la que vendría a la casa de Rb a desayunar -esta modalidad la inicié hace un par de años, me parece; antes nomás invitaba a café o desayuno en algún restaurante-; cuando me canceló un día a principios de este año (o del anterior, no recuerdo), decidí ya no insistir.
Y hoy: con mi primer ahijado profesional habíamos acordado reunirnos -después de muchos tiempo- hace dos o tres meses; y esa semana me escribió para comentarme que se encontraba enfermo (algo del estómago) y no podría acudir.
Luego, intenté programar una reunión el día de la independencia nacional -es asueto nacional-; pero me comentó que pasaría el día con sus hijos -qué bien!-; y a principios de mes le pregunté si estaría disponible para el día de la revolución -otro asueto nacional- y acordamos reunirnos a las cinco en la cafetería de costumbre.
Pero el día en cuestión me escribió por la mañana para comentarme que se encontraba en un departamento y pidiéndome correr la hora para las cinco y media; le contesté que Ok; luego del mediodía -cuando estaba lavando los trastos- escuché que entraban varios mensajes en whatsapp -nomás en la computadora suenan-.
Terminé de lavar los trastes y luego leí los mensajes: esta persona me envió una foto de una gasolinera, disculpándose por estar aún en camino y comentándome que no podría asistir -y diciendo que creía que las seis y media era muy tarde para mí-.
Entonces nomás le contesté que otro día sería; y lo bloqueé en whatsapp -luego me dí cuenta que antes de los mensajes me había llamado al teléfono, pero creo que lo tengo en vibración, por lo que tenía dos llamadas perdidas, después fueron los mensajes-, pasando el diálogo al área de Archived.
Y no es que sea tan tan intransigente -lo soy, basante; también implacable-; por ejemplo: el Testigo de Jehová ya me ha dejado plantado en un par de ocasiones; en la primera yo ya estaba en el lugar y, cuando le recordé la reunión, me escribió que estaba en el funeral de un amigo y se había olvidado avisarme.
Luego, en otra ocasión, se atrasó más de una hora -me dió tiempo para comprar artículos de pintura-; y en la última reunión tampoco se apareció; y esa vez nomás dijo que se le había olvidado avisarme que estaba padeciendo con el ácido úrico y no podía movilizarse.
Se supone que con este último nos veremos el primer domingo de Noviembre; lo programamos unas tres semanas atrás -aunque lo habíamos previsto para el último domingo de Octubre, unos días más tarde le escribí para cambiar la fecha: mi hija mediana me había propuesto esa fecha (y siempre, siempre, son mi prioridad)-.
Y a ver cómo va eso...
El lunes me levanté a las seis y cuarto, medité y salí a trabajar a la mesa del comedor: la semana anterior había trabajado más que en los últimos meses y quería mantener el ritmo -debido al nuevo cambio laboral-; ni siquiera hice muchas lecciones de Duolingo, nomás un par, creo, para mantener la regularidad.
Me puse a revisar los documentos que había completado la semana anterior, pero me centré más en iniciar las pruebas de regresión de la última liberación de la aplicación en la que trabajamos -y allí me dí cuenta que mi compañero de fórmula estaría ausente hasta el mediodía-.
A las nueve entré a la primera reunión general del día; en la que esperaba que anunciaran que al día siguiente no trabajaría el equipo local, por el asueto nacional que celebra una antigua revolución; pero no sucedió.
Después de esta reunión entré a la del equipo -ahora son consecutivas-; en esta estuvo el director y nuestro Scrum Master; y desde que ingresé anuncié que el día siguiente el equipo local estaría fuera, por el asueto; el director pidió un poco más de información pero se mostró conforme.
En esta reunión se me indicó que debía continuar con los tests, y apoyar a mi compañero a completar algunas pruebas específicas; también indicó mi supervisor que había visto mi correo del viernes -con las veinticinco carátulas- pero que aún no había podido revisarlo.
Después de la reunión me preparé el desayuno; luego continué con el trabajo; hasta el miedodía que ingresó mi compañero -después ví en la red social azul que la ausencia había sido porque su hija había completado la educación preprimaria-; cuando lo ví en línea le comenté lo ocurrido en la reunión, y traté de que nos coordináramos.
Pero él fue bastante categórico con que tenía que cumplir ciertas solicitudes específicas del supervisor; por lo que no insistí, nomás continué trabajando en completar la batería de pruebas de regresión; a las doce realizamos la rutina de ejercicios con Rb; luego sacamos a caminar a los perros.
Almoramos tres platos: una pierna de pollo asada, un poco de caldo -con el penúltimo trozo de ramen coreano- y una ensalada mediana; después me preparé un café; trabajé un poco más y luego me metí a la cocina a lavar los trastes del día.
Cuando retorné a la computadora ví que tenía una llamada perdida de mi supervisor; ví que estaban reunidos -incluido el director- y me uní a la sesión; aún no eran las tres (creo que acababa de prepararle el té de manzanilla a Rb) y la reunión se extendió hasta la noche.
Y, como la mayor parte del trabajo, era instrascendente: una funcionalidad de la aplicación no estaba trabajando como se esperaba -se suponía que mi compañero la había estado probando durante el último mes-; a las cinco de la tarde me salí y apagué la computadora.
Nos dirigimos, con Rb, caminando hacia los supermercados en dirección sur; al principio creímos que no necesitábamos comprar nada, luego recordamos que el año anterior habíamos comprado pitas de plástico en el supermercado más lejano.
Llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para entrar al supermercado, allí compramos un par de lazos -que planeábamos utilizar para secar ropa-; después caminamos de vuelta a casa -ni siquiera pasamos al supermercado de mitad del camino-
Y es que veníamos más tarde que de costumbre: justo antes de llegar al extremo del boulevard nos encontramos con un par de misioneros mormones -estadounidenses ambos- con quienes Rb estuvo conversando por un rato -ellos nos invitaron a su iglesia-; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtbe en la habitación de Rb.
El martes, aunque era asueto, me volví a levantar a las seis y cuarto; medité y luego retorné a la cama, en donde estuve haciendo una buena cantidad de lecciones de Duolingo -muchas partidas de ajedrez-; después salí a trabajar al patio trasero.
Como había previsto que iba a comer tarde -había planeado un café con pastel con mi ahijado profesional número uno- quería trabajar la mayor parte de la mañana, antes de tomar mi desayuno; y el plan era desdoblar e instalar un canal de zinc en la parte superior de las láminas de la galera.
Eso no se veía tan complicado; lo segundo era instalar el otro canal de zinc al final de las láminas; empecé con la primera parte y decidí cambiar el canal que había dejado arriba la semana anterior -y que estaba en muy buenas condiciones- por otro que ya estab bastante dañado.
Utilicé unas tijeras de jardín para cortarlo longitudinalmente por la mitad y luego, con un alicate, estiré todo el extremo para que quedara pegado a la pared -con eso esperaba que la cantidad de lluvia disminuyera considerablemente-; cuando terminé con el alicate subí el canal y lo clavé en la pared que divide la casa de Rb con la del vecino.
Después me puse a trabajar en instalar el canal en la caída de agua de las láminas; esto me llevó el resto de la mañana: atornillé dos hembras -con un arco al final- en dos tubos que había encontrado en la galera anterior.
Luego atornillé cada uno de estos tubos en uno de los de dos pulgadas del tercer arco de la galera; pero allí encontré una dificultad: como utilicé tornillos buscatuercas -sin tuerca al final- y nomás utilicé uno en cada tubo los arcos no se mantenían en su lugar.
Por lo que me dirigí a la ferretería -afortundamente estaba abierta, a pesar de ser asueto nacional- y compré -por un dolar- un rollo de alambre de amarre; retorné con la compra e hice un amarre en cada tubo; pero, además, barrené un pequeño agujero y coloqué una armella -como tope- en cada uno.
Terminé esto casi a las once y media y entré a prepararme el desayuno -ya sentía hambre-; Rb estaba ya haciendo su rutina de ejercicios de los martes -cuando no va a zumba-; yo acababa de leer los primeros mensajes de mi ahijado profesional y mi humor estaba bastante negativo.
Después de que Rb terminó la rutina de ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego preparé una enorme ensalada -Rb insistió en una cantidad bastante grande de lechugas-; y almorzamos el mismo pollo asado y caldo del día anterior.
Cuando terminé el almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí nomás con la última porción del pastel de arroz -y un par de mitades de galleta-; pues aún seguía creyendo que comería más tarde.
Al terminar de almorzar me retiré un rato a la habitación, en donde terminé de leer Tinta y Sangre; después salí a lavar los trastes, y luego leí los mensajes de mi ahijado profesional, en donde me comentaba que no podría llegar a la reunión que habíamos previsto.
Entonces volví a meterme a la habitación y estuve viendo algunos videos de Youtube, y aproveché a ver los dos videos de la clase de storytelling de la semana anterior; y es que la última clase fue la primera a la que acudí sin haber visto el video que envían un día antes.
Rb se había pasado toda la tarde respondiendo llamadas; y a las cuatro y media se mostró sorprendida de verme aún en casa; le comenté que no saldría y acordamos salir a las cinco a la caminata de costumbre: hacia los supermercados en dirección norte.
A las cinco nos vestimos y sacamos los paraguas -estaba empezando a lloviznar-; pero la lluvia estuvo rara; nomás salimos al boulevard principal amainó; luego, volvió a lloviznar por dos o tres calles; pero después todo estaba seco.
Caminamos hasta la ferretería industrial pues queríamos ver si encontrábamos una prensa de tipo sargento -el día anterior, cuando nos dirigimos a los supermercados en dirección sur, habíamos visto opciones en la ferretería (yo había comprado algunos tornillos)-.
Vimos varios modelos bastante pequeños y nos decidimos por uno con una apertura de cuatro pulgadas -espero que sea suficiente para los trabajos que aún están pendientes-; después de pagar retornamos a casa, sin ninguna novedad.
Por la noche encendí la computadora del trabajo y me puse a revisar algo que había tenido en mente durante el último par de días: revisar todos los documentos para escribir código con el que actualizar el encabezado de los mismos.
Estuve viendo un poco de código en Python -utilizando Claude- y obtuve un informe bastante interesante; pero no quise seguir trabajando en eso pues encontré varios documentos nuevos -y completamente desactualizados- en la carpeta.
Y mejor me puse a completar lecciones de Duolingo por cerca de una hora; después me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta- y a revisar el currículum que le preparé a mi amigo que vive en el otro extremo de la ciudad -me pidió que le agregara una fotografía-.
El miércoles me levanté a las seis y cuarto; y lo primero que hice, después de meditar, fue meterme al baño y tomar una muy buena ducha: tenía una reunión a las once de la mañana con una persona que ha estado evaluando las actividades de todo el personal.
O sea, el tema de la reunión era: conocernos un poco mejor, pero, la realidad es que se trata de alguien que tiene como misión -entendí- trabajar en la integración del equipo que fue absorbido por la compañía, para mejorar el desempeño.
La llamada había sido organizada la semana anterior -antes se había reunido con cada desarrollador, y con mi supervisor-; yo me había preparado un poco: con un LLM exploré opciones para presentarme de una forma adecuada.
Y lo que hice fue pedirle un par de minutos para presentarme; lo que incluyó hablar sobre mi experiencia en mi función actual; aunque también le mostré los dos últimos certificados obtenidos: el de product owner un par de años atrás y el de Data Engineer Associate del mes anterior.
La llamada estuvo interesante y nomás me causó un poco de inquietud la insistencia -como mi supervisor- en aumentar el trabajo en automatización -le mostré, como había hecho con mi compañero- el estado actual del poco código que completamos con el analista más brillante -que ya no está en el equipo-.
En general me sentía un poco más tranquilo en el tema laboral pues tenía trabajo definido para el resto de la semana: correr una gran batería de pruebas -antes lo hacíamos entre cuatro pero ahora solo somos dos-.
Pero al menos eso me tuvo ocupado la mayor parte del día; entré a la reunión de las nueve -en la que se me preguntó algo pero no pude activar el micrófono de la computadora- y luego continué corriendo los casos de prueba hasta el mediodía.
Tuve que darle de comer a los perros de Rb pues se encontraba en medio de una llamada bastante extenso; y lo mismo -la llama extensa- ocurrió un poco antes del mediodía, por lo que no pudimos completar la rutina de ejercicios a esa hora; nomás sacamos a caminar a los perros a las doce y media.
Después almorzamos -era el tercer día de pierna de pollo asada, caldo y ensalada-; luego me preparé un café; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té a Rb y me metí a la cocina a lavar los trastos del día; luego trabajé otro rato; hasta las cuatro de la tarde.
A esa hora completamos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; después nos vestimos y nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; en el mas alejado no compramos nada; en el de la mitad del camino compramos bananos -y yo compré la pechuga para el almuerzo mensual con mi hija mayor-.
Ella me escribió más tarde para que le transfiriera doscientos dólares: sigo ayudándola para que no realice tantas transferencias; además, ese día me había percatado de algo raro: 'aparecieron' más de cuatro mil dólares en mi cuenta de ahorros en esa moneda; la nota nomás decía transferencia internacional.
Sospecho que la transferencia la hizo mi hija mediana, pero me dejó pensativo: el saldo de lo que le había prestado un par de años antes no eran más de noventa dólares; pero no quise preguntarle por mensajes ya que el domingo debíamos reunirnos para desayunar.
Cuando retornamos de la caminata me puse a preparar el pastel semanal de arroz cocido -ya había empezado a utilizar el mismo en el caldo de los almuerzos-, pero no me resultó: intenté licuar el arroz con mucho líquido -huevo, vainilla y aceite-, por lo que la mayor parte del mismo quedó entero.
Lo cociné y quedó bastante frágil, sin embargo lo pasé a un plato y lo dividí en ocho partes, antes de meterlo a la refrigeradora; después llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte -la llamada mensual-, después terminé de ver la película de Spiderman, no fue un gran final, pero bueno; también empecé a leer un libro en español de un psicoterapeuta argentino.
El jueves me levanté a las seis y media, completé el período de meditación y luego encendí la computadora -había dejado ambas en mi habitación-, entré a la reunión de las siete, luego a la de las nueve, y en la del equipo hubo un connato de conflicto.
Y es que el supervisor se emperró en que no podíamos tomar más de un día adicional para completar todos los casos de prueba, a pesar de que ahora somos nomás dos analistas con el mismo trabajo.
Al inicio lo cuestioné -el Scrum Master estaba en la reunión- pero luego nomás asentí a todas sus intervenciones; después continué con el trabajo que tenía a medias; a las doce y media sacamos a caminar a los perros, luego almorzamos.
Salimos a caminar bastante tarde: ya pasaban de las cinco cuando nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: habíamos acordado comprar una balanza digital -la que habíamos estado utilizando ya tenía más de veinte años de uso (la había traído del Imperio del Norte)-.
Caminamos hasta el inicio del boulevard, cruzamos el principal y entramos a la ferretería; habíamos visto en el sitio web de la misma una balanza que valía ocho dólares, la compramos -Rb también compró un pocillo de peltre- y luego pasamos a la tienda verde de descuentos a comprar baterías AAA.
Después pasamos al supermercado pues queríamos ver si había lechugas -sigue la crisis de esta hortaliza-; y no, no había; pero Rb compró culantro -para los almuerzos de la siguiente semana- y yo compré un litro de jugo de naranja, para el desayuno del domingo con mi hija mediana.
Luego empezamos a caminar hacia casa; en el camino pasamos a la panadería y compré un poco de pan para mis desayunos; después de entrar me puse a completar algunas lecciones de Duolingo, no muchas pues debía entrar a la clase de storytelling.
La cual estubo bastante escueta: nomás una hora, cuando usualmente se extiende por más tiempo; y es que el equipo en nuestro gran vecino del sur tenía una reunión a las ocho de la noche y debía retirarse antes de esa hora.
Después de la clase estuve leyendo un poco del libro en inglés que empecé hace unos días -es un médico galés de una ICU, hablando sobre segundas oportunidades-, pero tampoco me extendí mucho pues quería acostarme temprano, lo que logré conseguir.
El viernes me levanté a las cuatro de la madrugada: Rb tenía que acudir al hospital nacional a que le asignaran una fecha para realizarse una tomografía -o urotomografía, no estoy seguro-; me vestí y salí de la habitación.
Rb ya se encontraba preparada -había corrido la hora de levantarse de las tres (para darle pollo a su perra más anciana) a las tres y cuarenta y cinco, para facilitar su madrugada-, tomé las llaves de la van y salimos a abordarla.
El tránsito a esa hora era mínimo y no tardamos mucho en llegar al hospital; la dejé frente al portón del mismo -ya había una cola inmensa- y conduje de regreso a casa; pero no me volví a dormir: había previsto un par de actividades para pasar mejor el día (por supuesto que preparé una pequeña lista).
Primero medité, luego me vestí y completé la rutina de ejercicios de los viernes -aunque Rb había estimado que vendría temprano no quería arriesgarme a que sucediera lo mismo del viernes anterior: no hicimos ejercicios ese día- luego me pesé.
La noche anterior me había pesado en la balanza digital y había marcado ciento diecinueve punto dos libras; tenía la duda de ver la variación de peso de un día al siguiente, y en este caso marcó ciento diecisiete punto cuatro (espero mantenerme en este peso -o quizá un par de libras menos- durante el resto de la vida).
Después de pesarme me metí al baño y tomé una muy buena ducha, luego hice varis lecciones de Duolingo (portugués y ajedrez) y después avancé cn el segundo capítulo del libro del médico galés; me ha llamado la atención porque habla un poco de otro para de libros que leí en los últimos años.
Luego de leer un rato -siendo ya casi las siete de la mañana- empecé a trabajar; aunque ya había encendido la computadora antes, dejando correr los scripts de los cincuenta y siete casos de prueba automatizados -una noche de la semana había reparado cuatro que no estaban corriendo luego de la última actualización de la app-.
A las nueve entré a la primera reunión del día; la que estuvo algo rara: una programadora -del imperio del norte, claro- empezó a protestar por la política obligatoria de encender la cámara de la computadora durante las reuniones.
Yo estaba completamente desnudo, así que me ausenté un momento, me puse una playera y encendí la cámara; también habló el director, para indicar que había un nuevo informe que debíamos de completar cada semana (o él -o mi sopervisor, no entendí, realmente- debía completar cada semana).
Después de esta reunión tocaba la de equipo, pero mi supervisor envió un mensaje comentando que estaba ocupado y que nos reuniríamos en la semanal, a las diez; aquí se repitió la segunda parte de la otra: la necesidad de enviar más información semanal sobre lo que estábamos haciendo -o logrando-.
Y justo estaba empezando esta cuando Rb tocó la puerta; yo había pasado la computadora del trabajo a mi habitación pues planeaba tener la cámar encendida y no quería tener que estar cuidando interrupciones.
Así que salí a abrir la puerta y, luego, entré a la reunión; la que ya llevaba tres minutos -estaban cuestionando al analista en el imperio del norte-; la reunión también se extendió más de lo previsto; después de la misma me empecé a preparar el desayuno, pero ya eran las once cuando me senté a tomarlo; Rb ha se había metido a su habitación a traducir llamadas.
Rb salió de su habitación un rato al mediodía, pero dijo que no tenía ánimos de hacer nada -por haberse levantado a las cuatro- y siguió nomás en algún juego online hasta las doce y media, a esa hora sacamos a caminar a los perros grandes.
Después entré a preparar un par de ensaladas y a calentar la última porción de caldo de pollo de la semana; almorzamos y después me preparé un té -tiré la moneda para decidir entre té y chocolate-, lo que consumí con un poco de pan tostado, un octavo del producto de zanahoria y un par de mitades de galletas.
A las dos entré a una reunión con el scrum master y mi compañero analista, la había programado el primero para que le explicáramos un informe que había solicitado el supervisor en la reunión de un par de días atrás.
Y creo que debo tener cuidado en este tipo de reuniones: mi actitud ha sido muy negativa hacia mi supervisor -o sea sí, es un estúpido, no sabe nada de lo que hacemos (ni siquiera lo básico de MS office, por ejemplo)-, pero creo que debo comportarme en la misma forma que llené una encuesta -la primera- que acaban de pasar en el trabajo para medir el clima laboral: marqué todo como estupendo y escribí comentarios super positivos.
Después de terminar esta reunión -tardó un poco más de quince minutos- llamé a mi amigo autista -con ascendencia asiática-: había declinado ayudarlo el martes -supuestamente se mudaría ese día- por el compromiso (que ya no se dió) con mi ahijado profesional; y al día siguiente me había comentado que se había mudado justo ese día.
Conversamos un poco -lo llamé por el celular de Rb- pero me costó mucho escucharlo; al parecer estaba en un lugar demasiado aislado; y me comentó que ahora vivía un poco más cerca de su trabajo -aunque sigo sin comprender por qué le pidieron el departamento en el cual estuvo viviendo durante un par de años-.
Un poco después de las tres preparé la el informe semanal que el director pidió a partir del viernes anterior, luego ya no hice mucho más; leí un poco del libro del psicoterapeuta argentino y luego pasé la máquina del trabajo a mi habitación.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; no teníamos mucho que comprar -excepto bananos- así que después de llegar al extremo del boulevard regresamos al supermercado de mitad del camino, allí adquirimos un par de bananos y yo compré cuatro bolsas de snacks para los desayunos con mi hija mediana.
Cuando íbamos saliendo del supermercado provoqué (?) un pequeño connato de discusión: me molesta (o me causa incomodidad) que siempre siempre Rb me pase los recibos del supermercado (o sea, yo los uso, para pagarle la mitad de las cuentas, pero me molesta la insistencia); o sea le comenté algo como: ¿no podrías nomás meterlos en tu bolsa?.
Primero se sorprendió, luego dijo, ah sí, pásamelo; pero nomás me lo guardé; e hicimos el resto del camino en silencio; hasta que entramos a la calle: allí me preguntó si cargaba dinero suelto, pues debía comprar un apio; y sí compramos el apio.
Cuando retornamos a casa Rb se puso a desinfectar sus frutas y yo me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta, aunque ya había iniciado antes de salir a caminar-; aunque tuve períodos de sopor.
Un poco después -a las siete- salí de la habitación y puse a desinfectar varios ingredientes para la ensalada del almuerzo con mi hija mayor; luego piqué uno de los chiles pimientos que tenía en la refrigeradora y, con queso y jamón, preparé los dos rollitos para el almuerzo del día siguiente.
El sábado me levanté a la misma hora; medité, completé varias lecciones de Duolingo y luego salí a desinfectar un par de lechugas y a preparar las dos ensaladas que planeaba llevar para el almuerzo con mi hija mayor; después me puse a cocinar los rollitos de pollo.
Los rollitos de la semana anterior habían quedado bien -los cociné por casi cuarenta y cinco minutos por lado- pero, después de ver algunas fotografías de almuerzos anteriores, me dí cuenta que habían quedado muy pálidos; por lo que en esta ocasión tuve buen cuidado de dorarlos un poco por ambos lados.
Después de que el almuerzo estuvo preparado -incluso un par de bolsitas de aderezo- guardé las ensaladas en la refrigeradora y puse los rollitos a enfriar encima de la misma; después salí a completar lo último del trabajo de la galera: pintar con anticorrosivo los tubos con los que instalé el canal.
Eso no me llevó mucho tiempo -eran nomás dos y de nomás de un metro de largo-; después salí a tomar medidas a la hoja izquierda del portón frontal: era lo último faltante en la lista que había elaborado; luego de medir la parte inferior del portón entré a cortar el angular que había almacenado en el patio trasero.
No quise cortar las muescas de la escuadra para evitar accidentes; pero sí barrené los ocho agujeros que me servirán para atornillarlo al portón; como había visto que el tránsito había estado bastante pesado durante la semana -vimos embotellamientos casi todos los días que salimos a caminar con Rb- debido a trabajos municipales en el periférico había decidido salir un poco más temprano de casa.
A las once y media me metí a la ducha y tomé un muy buen baño -Rb estaba realizando una rutina de ejercicios en la sala-; antes de eso había preparado las dos mochilas -la negra y la que tiene aislante térmico-; así que después de vestirme tomé las dos, junto con la caja de Scrabble, me despedí de Rb y tomé la van.
Salí al boulevard y no se veía muy mala la situación; pero cambió bastante y muy rápido: después de avanzar unas pocas calles llegué al embotellamiento, y este continuaba en el boulevard principal, el puente y el ingreso a la ciudad; por fin llegué al periférico y me extrañó ver que -al menos en el carril en el que iba- no había ninguna barrera -en el carril opuesto sí-.
Lo bueno fue que la ruta junto a la cual está el edificio donde viven mis hijos no estaba muy llena; de todos modos llegué al lugar un poco antes de la una menos cuarto (me tardé casi una hora conduciendo); estacioné y subí -por las gradas, de dos en dos- hasta el departamento de mis hijos.
Me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mayor, quien llegó un poco después; y nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad; la tarde estaba fresca pero no había lluvia; por lo que no tuvimos dificultad en llegar e ingresar al lugar.
Lo malo fue que el área en la que frecuentemente almorzamos estaba reservada; por lo que tuvimos que dirigirnos al otra área techada -en donde ponen música a alto volúmen-; en esta ocasión la música estaba tranquila y pudimos almorzar en paz.
Después propuse comprar un helado -cubierto de chocolate y galletas Oreo- para celebrar que había completado el primer año de Medicina en la Universidad sin dejar ninguna clase; compramos los helados y nos instalamos en unas mesas cercanas al kiosco; el clima estaba muy agradable.
Dimos buena cuenta de los helados y luego jugamos una buena partida de Scrabble; después armamos un par de cubos de Rubik y, luego, nos dirigimos a la Rueda de Chicago; donde no encontramos mucha cola; subimos al juego mecánico y luego le pedí a mi hija que nos retiráramos, pues quería pasar a ver si encontraba lechuga en los supermercados del camino.
Salimos del lugar y pasamos al primer supermercado -donde había comprado una lechuga romana la última vez- pero no encontramos ninguna; ni en el siguiente supermercado -en el primero sí compré una red de seis aguacates-.
Retornamos al departamento y le ofrecí a mi hija acompañarme al supermercado del otro lado del boulevard; aceptó y nos dirigimos hacia allí en automóvil; allí tampoco encontré ninguna lechuga -realmente hay una crisis de esta legumbre-.
Mi hija anduvo buscando carne pero no encontré buenas opciones; pero sí compró una bolsa de tilapia -la pagué con la tarjeta de débito de Rb, junto con un aguacate que había escogido para el desayuno del día siguiente, y no quise recibirle luego el efectivo-.
Salimos del supermercado y la pasé a dejar a la pasarela que hay que cruzar para llegar al departamento; e inicié el camino de vuelta; vine a casa de Rb antes de las seis -ella no había ido a impartir su clase de alfabetización porque la habían cancelado-.
De acuerdo a lo que habíamos conversado durante la mañana nos dirigimos al supermercado que se encuentra cerca de la iglesia -al inicio Rb se había mostrado reacia (había pasado trabajando la tarde), pero luego aceptó-; en el camino pasamos a la tienda de tecnología de costumbre: Rb había decidido comprar un adaptador de cables USB porque el último le había empezado a fallar.
En el supermercado encontramos lechugas de dos tipos: escarola verde y de cabeza; compramos un par de cada una y, luego de pagarlas, caminamos de vuelta a casa; cuando retornamos a casa me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo, luego estuve viendo algunos videos de Youtube.
El domingo me levanté a las seis y cuarto, medité y luego completé varias lecciones de Duolingo; un poco antes de las siete y media salí de la habitación y me puse a preparar el desayuno que llevaría para compartir con mi hija mediana.
Después de completar el desayuno lo coloqué en la mochila con aislante térmico; como aún tenía un poco de tiempo avancé un poco en el libro del doctor galés que empecé a leer la semana anterior; un poco antes de las nueve me metí al baño y tomé una buena ducha.
Cuando estaba en la ducha Rb me comentó que había separado la lechuga para las ensaladas -le había pedido la noche anterior que lo hiciera-; antes de preparar el desayuno habíaya partido la papaya; luego de vestirme preparé un par de ensaladas y las reservé en la refrigeradora.
Después me despedí de Rb, tomé ambas mochilas y la caja de Scrabble y salí a abordar la van; apenas pasaban de las nueve y media y Waze había estimado un tiempo de viaje de dieciocho minutos -siempre considero el doble de lo estimado-; pero sí, la ruta estaba completamente ligera: llegué al edificio donde viven mis hijos a las diez menos diez.
Subí al séptimo nivel, me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mediana; quien llegó un poco después, le pregunté sobre la transferencia bancaria y, efectivamente, ella había pasado dinero -supuestamente lo último- de su cuenta en el imperio del norte a mi cuenta de ahorros.
Aclarado el punto le propuse que nos dirigiéramos al parque temático; en donde ahora sí hubo un problema: habían cambiado de guardias y estos -bastante jovencitos, realmente- estaban confiscando una serie de artículos -de vidrio en su mayoría-; así que no podía ingresar el par de ramekins que llevaba -para compartir papaya-; eso lo comprendí, lo otro me pareció irracional: no me querían dejar entrar el Scrabble.
El guardia me ofreció llamar a su jefe y lo esperamos un rato; y él nos explicó que estaban implementando nuevas medidas de seguridad -me parece estúpido- pero que por esta ocasión sí podía entrar el Scrabble -me quedé pensando cómo procederé en las siguientes ocasiones-.
Por fin ingresamos -nomás dejamos los ramekins en el lugar- y encontramos una mesa disponible en la primera área disponible; desayunamos allí -un desayuno masivo: panes con aguacate, lechuga, tomate y huevo; medio banano, media mandarina, un poco de papaya y media bolsa de snacks-, luego jugamos una buena partida de Scrabble.
Después del desayuno le sugerí a mi hija que retornáramos al departamento -ella me había indicado al inicio, al preguntarle, que las doce y media era una buena hora para despedirnos-; en el camino pasamos a una tienda de mascotas y mi hija adquirió una bolsa de comida para su gata.
Llegamos al departamento a una buena hora y nos quedamos un rato en la sala; pero ya no nos dió tiempo para mucho más -aún así mi hija me mostró un par de hojas de papel que había hecho reciclando papel de muchos colores-.
A las doce y media -había puesto una alarma- me despedí de mi hija y empecé el viaje de retorno; cuando abordé el auto compartí mi ubicación live con Rb; el tránsito estaba bastante tranquilo -aunque estuve a punto, otra vez, de golpear a un taxista que venía muy cerca a mi derecha (la verdad no se muy bien de quien hubiera sido la culpa, pero me dije, otra vez, que debo ser más cauteloso en mi conducción)-.
Encontré un poco de tráfico antes de pasar por el paso a desnivel -subterráneo- que se encuentra antes de entrar al municipio; y la subida después del puente también estuvo trabajosa -están construyendo algo de ese lado-; pero un poco después de la una estaba entrando a la calle.
A mitad de la misma encontré a Rb con la perra más pesada; le pregunté si estaba iniciando y me contestó afirmativamente; le pregunté si quería que sacara a su otro perro y también aceptó; entonces vine a estacionar el auto, entré a la casa, le puse el arnés al perro y lo saqué a caminar.
Después de la caminata saqué de la refrigeradora las ensaladas que había preparado más temprano; luego esperé a que Rb calentara los hash browns de zanahoria y pollo que habíamos almacenado en el congelador la semana anterior; y ese fue nuestro almuerzo; después del cual me preparé un café.
Me sentía bastante lleno después del almuerzo y me retiré un rato a mi habitación; intenté leer un poco pero estaba cerrando los ojos; afortunadamente a las tres menos cuarto sonó la alarma y salí a lavar los trastos del día -y a prepararle un té a Rb-.
Rb me pidió que cocináramos a las cuatro y media; por lo que aproveché el tiempo anterior para avanzar con el angular de la segunda hoja del portón: corté las muescas y lo doble; luego corté la primera pieza que colocaré en uno de los lados para mantener la escuadra.
A las cuatro y media empezamos la preparación del almuerzo: corté en cubos cinco chiles pimpientos y una libra de champiñones -Rb me ayudó un poco con lo segundo-; luego piqué apio, culantro y corté en cubos un güisquil y una zanahoria.
A las seis me metí a mi habitación y completé varias lecciones de Duolingo -durante el último tiempo había seguido casi la misma rutina: tres o cuatro lecciones de portugués y muchas partidas de ajedrez-; después me puse a leer un artículo de Esquire sobre un joven con sindrome de Down -quien con treinta y cinco años no conseguía tener citas-.
Un poco después de las siete salí de la habitación y decidí revisar -y ordenar- mis reservas de ingredientes para desayunos -champiñones y salsas de tomate (de estas segundas cinco o seis ya habían sobrepasado por dos o tres meses la fecha de vencimiento)- y de gaseosas, galletas y gelatinas.
Eso me llevó un buen tiempo: decidí utilizar las salsas vencidas en el próximo desayuno con mi amigo voluntario; además tiré un montón de bolsas de plástico -que ya estaban dañanas-; y reordené las galletas -debo comprar de tipo waffle la primera semana de diciembre-; también encontré un paquete de tortillas de papel de arroz -y le propuse a Rb que preparáramos de esos wraps la siguiente semana-.
A las nueve -después de que Rb le dió de comer a sus perros y los sacó (por última vez) al patio- divimos los almuerzos de la semana: cuatro herméticos con más de una libra de pollo con champiñones y dos tazones con caldo de pollo para cuatro días.
Y a ver cómo va eso...