jueves, 21 de mayo de 2026

A donde vayas, allí estás... Wherever you go, there you are... Où tu vas, tu es...

El viernes le comentaba a Rb -y no por primera vez- que, a pesar de que me encanta leer, me es difícil con los libros 'serios'; y dos ejemplos muy gráficos: La República; se supone que es la cúspide de la literatura griega; creo que nomás leí un capítulo del libro hace varias décadas.

Y lo mismo, casi, me pasó con La Divina Comedia; este libro recuerdo que me lo prestó un compañero de inducción en el primer call center a donde entré a trabajar -al training nomás, realmente- después de retornar del Imperio; y leí dos o tres páginas y se lo devolví.

El Lobo Estepario lo leí -literalmente- como en veinte años; o sea, la primera parte la leí en poco tiempo; pero la segunda parte no pude completarla hasta mucho mucho tiempo después; y eso porque me había metido a un círculo de lectura.

Misma historia con El Gran Gatsby; en varias ocasiones lo saqué de diferentes bibliotecas; y si no es por el mismo círculo de lectura, creo que nunca lo hubiera terminado; no sé realmente cuál sea la razón, pero ha sido, más o menos, una constante en mi vida.

Y quizá pasa lo mismo con el libro del título de este texto: es, creo, uno de los clásicos del movimiento de la atención plena -mindfulness- y lo he tenido en mi lista de pendientes por casi veinte años; pero, por alguna razón, nunca lo empezaba.

Hast ahora que reinicié la lectura en paralelo; después de terminar el anterior libro en español empecé con el de la activista mejicana; pero también abrí otro en español (de una psicóloga chilena) y varios en inglés; entre estos últimos está Wherever you go, there you are; espero que sí.

Y a ver cómo va eso. 

El sábado me desperté a las seis y media; pero no me quise levantar, por alguna razón -estuve teniendo sueños bien raros, con mi hermano menor: se había separado de su esposa y estaba buscando un trabajo en la ciudad (tengo más de cinco años de no hablar con él)- nomás desconecté la alarma y me quedé dormitando en la cama.

Hasta las ocho menos cuarto -o algo así-, cuando escuché que Rb salió de su habitación; salí un momento a saludarla -y a pasar al baño- y luego retorné a mi habitación, a completar los veinticinco minutos de meditación.

Después de meditar volví a salir de la habitación pues quería desinfectar hojas de lechuga, para el almuerzo que esperaba preparar para compartir con mi hijo menor; separé dos hojas de tres diferentes tipos (morada, verde y romana), los sumergí en dos litros de agua con treinta gotas de desinfectante; luego lo dejé en reposo.

Aproveché el tiempo de espera -puse veinticinco minutos en el timer del celular- para completar algunas lecciones de ajedrez en Duolingo -varias partidas- y, cuando sonó la alarma drené el agua de las verduras -también había sumergido una zanahoria y un pepino- y las enjuagué con agua del ecofiltro.

Después me puse a actualizar mis notas -incluída esta- y a revisar -algunos de- los procedimientos automáticos que había estado corriendo el día anterior en la computadora remota del trabajo. 

Desayuné un poco después de las diez y después me puse a preparar las dos ensaladas del almuerzo; eso me llevó un buen tiempo; a las once empecé a preparar los rollitos de pollo: los sumergí en huevo y luego los pasé por harina de coco y hojuelas de avena.

Los sellé por dos lados, luego bajé el fuego y los dejé cocinando por quince minutos; después de voltearlos saqué -con Rb- a caminar a los perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué los rollitos del fuego y los coloqué -sobre unas servilletas absorbentes- en un recipiente hermético.

A continuación me metí a la ducha -últimamente pongo un video de música clásica en la tablet, para amenizar el baño-; después de vestirme preparé la mochila con aisltante térmico: metí dos coquitas, las dos ensaladas, un par de platos, dos gelatinas que me habían sobrado de los desayunos; y los rollitos de pollo -también dos bolsitas de aderezo-.

Salí de casa un poco después de las doce del mediodía; el tránsito en el boulevard estaba bastante tranquilo; el único embotellamiento que encontré es el que se forma al entrar al boulevard principal; pero no estuvo muy tardado el paso por el lugar.

La ciudad fue otra historia: casi desde la entrada la cola era permanente; me costó entrar al periférico -por el transporte pesado que baja a la vía que sale de la ciudad a los puertos en el Sur-; e incluso la vía principal, al lado de la cual viven mis hijos, estaba bastante llena. 

Pero, finalmente, llegué al edificio donde viven mis hijos unos diez minutos antes de la una; y me sorprendí de ver una bicicleta -eléctrica- encadenada al lado de la persiana del parqueo -dudé sobre si era de alguno de mis hijos, o si alguien nomás había ocupado el lugar.

Subí caminando los siete niveles y, dentro del departamento de mis hijos, me instalé en la sala; le envié un mensaje a mi hijo menor y me puse a jugar una partida de ajedrez; mi hijo se presentó bastante rápido, y le comenté lo que había visto en el parqueo.

Se ofreció a preguntar a sus hermanas y les envió un mensaje en un grupo de whatsapp por el que se comunican; y, efectivamente, la bicicleta pertenece a mi hija mediana -debí haberlo sospechado-; bajamos aún a ver si podría salir -me había quedado bien pegado-, pero comprobamos que había suficiente espacio -y salimos por la persiana-.

Nos dirigimos al parque temático -el sol no estaba muy fuerte y caminamos a buen paso-; a donde llegamos sin mucha dificultad; lo difícil fue encontrar en donde almorzar: los dos lugares techados, que proveen mesas, estaban ocupados por alguna empresa.

Entonces buscamos un lugar en el área verde -bajo los árboles-; afortunadamente encontramos un sitio con una inclinación no muy pronunciada; almorzamos en el lugar y luego tuvimos una extensa partida de Scrabble (tuve suerte: dos plenas).

Después del almuerzo le propuse a mi hijo que nos subiéramos a la rueda de Chicago y nos dirigimos hacia el juego mecánico; la cola no estaba muy extensa y no nos tomó mucho tiempo completar la vueltas que da la estructura en cada ciclo.

Después de la rueda de Chicago le propuse a mi hijo que retornáramos a su casa; había planeado que probáramos el doblaje de un gato en origami; y sospechaba que nos llevaría cerca de una hora el experimento; así que nos dirigimos a la salida del lugar.

El camino de retorno fue más agradable que el de ida: la pendiente va en descenso y ya no había ningún indicio de luz solar directa -era un poco antes de las cuatro-; llegamos al edificio y subimos al séptimo nivel; en donde entramos al departamento y nos acomodámos en la sala.

Empezamos a armar el segundo modelo de gato de origami que he conseguido este año; además aprovechamos para conversar sobre diversos temas cotidianos; un poco más tarde se nos unió mi hija mayor: nos comentó que acababa de terminar de trabajar.

Y estuvo con nosotros por un buen rato; yo les compartí la idea en la que había estado meditando los días anteriores: ¿cómo preparar un potluck con las restricciones de comida -mi hijo menor está tomando metformina- o preferencias de comida -mi hija mayor usualmente anda haciendo una dieta keto-?; y creo que realizamos un buen análisis de la situación.

Mi hija se despidió un poco más tarde y continuamos con el tercer -o cuarto- paso del gato; pero me dí cuenta que ya solo faltaba un minuto para las cinco -la hora a la que habíamos acordado despedirnos-; entonces procedimos al último abrazo del día;

Ya había salido del departamento cuando me dije que debía aprovechar para despedirme de mi hija mayor -de mi hija mediana no, porque (creo) estaba trabajando-; entonces volví a entrar y toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor.

Ella salió y me ofreció acompañarme hasta el estacionamiento -usualmente lo hace-; cuando estaba a punto de abordar la van me comentó que andaba con dificultades de dinero y me pidió prestados veinte dólares -le ofrecí más, pero se negó-.

Nos depedimos luego de mi respuesta afirmativa e inicié el viaje de vuelta; estaba pensando que quería retornar a casa lo más pronto posible para proponerle a Rb -ella estaba en su clase de alfabetización en la iglesia- ir a encontrarla en el camino -se había negado (más temprano) a que fuera por ella en el auto-.

El tránsito en la ruta de vuelta no estuvo tan pesado como en la ida; vine a casa, saqué a los perros al patio y le escribí a Rb; ella estuvo de acuerdo (aún estaba en clase) y, luego de entrar a los perros, me vestí y empecé a caminar.

La encontré casi a la mitad del camino -o más de la mitad, de mi parte-: cerca de la gasolinera a la que subimos caminando cuando queremos extender nuestro tiempo en el exterior; y reiniciamos el camino de regreso a casa.

El domingo me levanté a las cuatro y media de la mañana; medité durante veinticinco minutos y luego me metí a la ducha; después de vestirme encendí mi computadora personal y ví cómo estaba la situación en Uber: me es más fácil revisar los viajes allí que en el celular.

A las cinco y cuarto ordené un viaje -menos de dos dólares- hasta la ruta interamericana; entonces entré en la habitación de Rb y me despedí -la noche anterior había dejado preparada la maceta (decorada) en una bolsa de mercado-; luego salí al boulevard a esperar la motocicleta.

Estuve en el boulevard durante casi diez minutos esperando por el viaje; finalmente llegó mi transporte; le indiqué el código proporcionado por Uber y me subí al asiento trasero; llevaba la mochila regular -con varios cubos de Rubik- y, en la mano derecha, la bolsa de supermercado con la maceta.

Había metido los anteojos en su estuche y este en la mochila -temía perderlo en el viaje- por lo que mantuve los ojos cerrados la mayor parte del camino; el viaje se realizó sin dificultades y, alrededor de las seis menos veinte- ya estaba esperando el autobús a la ciudad colonial.

No tardó en pasar una unidad -bien vacía, afortunadamente, que abordé y en la cual encontré un asiento completamente vacío; acomodé las dos mochilas y traté de relajarme; el autobus se tardó menos de una hora en llegar a la ciudad colonial y, cuando entramos en sus calles empedradas, levanté la maceta del asiento, para protegerla.

Al final llegamos a la estación final -la vuelta a la ciudad es algo tardada- veinte minutos antes de las siete; me bajé con cuidado del autobús y empecé a buscar un lugar en donde pudiera desarmar -y deshacerme de- la caja en la cual iba empacada la maleta.

Recorrí el centro comercial que se encuentra frente al mercado central que se encuentra frente a la estación de autobuses; pero no encontré ningún lugar adecuado: la mayor parte de negocios empezaban a abrir sus puertas; y había varios indigentes en el lugar.

Caminé en la otra dirección y encontré una banca vacía frente a una iglesia, a la salida de la ciudad; me acomodé en la banca, desarmé la caja y comprobé que la maceta -y la planta- siguieran en buenas condiciones; luego boté la caja -y el duroport que había servido de protección- en un tonel de basura, a un costado del lugar.

Entonces empecé a caminar hacia el restaurante en donde se celebraría el cumpleaños -cincuenta y tres- de nuestra editora; el día anterior había consultado Google maps y tenía muy clara la ruta: eran nomás dos o tres calles de distancia; llegué al lugar faltando un minuto para las siete.

La anfitriona del lugar vió la maceta decorada y dedujo que iba al cumpleaños; indicándome las mesas -tres- en las que se iba a realizar la reunión; mi editora estaba con su esposo en la mesa del centro, con su tío, su padre, y la pareja de este último; me indicó que me sentara a la par de su esposo y ella empezó a recibir a los invitados.

Al final se llenaron las tres mesas -eramos cási veinte personas- y estuvimos allí durante las siguientes tres horas; las cuales pasé -en su mayoría- conversando con el esposo de mi editora: es pediatra -jubilado- y ha tenido una vida muy poco prosáica.

Mi editora pasó la mayor parte del tiempo en la mesa del frente; con un par de tías, un tío y varios primos; en la mesa opuesta se habían instalado dos -o tres- familias completas: papás y varios niños (algunos que emitían sonidos bastante desagradables).

Hubo varias rondas de fotos y yo le envié un par de mensajes a Rb -había pedido acceso al wifi del lugar- para comentarle cómo se iba desarrollando el evento -incluyendo fotos de la comida (buffet) y de la mesa de regalos-.

Casi al final de la reunión una de las tías de mi editora se levantó y pronunció un corto -pero emotivo- discurso, por la ocasión; el cual terminó pidiendo que cantáramos 'Feliz Cupleaños' -un poco antes los meseros habían llegado a cantarle a la cumpleañera, dándole una porción de pastel-.

A las diez la agasajada pidió que la acompañáramos a la calle del Arco -un lugar bastante popular para registrar la visita a la ciudad- y empezamos a caminar hacia el sitio; yo salí casi en el acto y acompañé al papá de mi editora -quien está utilizando andador- y a su pareja.

Pero llegamos bastante rápido al lugar -cuatro o cinco calles de distancia-; igual tuvimos que esperar bastante tiempo porque el esposo de mi editora -y algún otro invitado- habían llevado los regalos al automóvil.

Total que ya era cerca de las once de la mañana cuando se pudieron organizar para un par de fotografías bajo el arco; faltaban como cinco minutos cuando le indiqué a mi editora que me retiraría y me despedí de ella -y su esposo-.

Caminé algo apurado las cuatro o cinco calles que me separaban de la ruta de los buses hacia la ciudad y no tardé en abordar el próximo que pasaba; le envié un mensaje a Rb comentándole que iniciaba mi retorno.

El bus realizó el recorrido bastante rápido: unos cuarenta minutos después estaba apeándome, muy cerca del lugar en donde abordé la unidad en la madrugada; y caminé hasta donde los busitos municipales espran pasaje.

Al final del trayecto me apeé de esta unidad e inicié la caminata final hasta la casa de Rb; mi idea era venir antes de las doce y media, para realizar la caminata de los perros grandes; vine a las doce y veinte, pero ví que Rb estaba caminando con su perro.

La acompañé los últimos metros y me comentó que había sacado antes a la perra más pesada; entonces nos pusimos a preparar el almuerzo; después de preparar -y consumir- el almuerzo me metí a la cocina a lavar los trastos del día.

Rb debía ir a su iglesia después del almuerzo y había decidido que se iría caminando -o en bus- pero empezó a llover -no muy fuerte, pero si constante-; entonces le indiqué que lo mejor era que la llevara en la van -además, quería pasar a calibrar la llanta trasera del lado del piloto: el día anterior me había percatado que estaba bastante baja-.

Aceptó el plan y sacamos la van; nos metimos en la primera gasolinera y le puse doce dólares de gasolina; además pedí que calibraran las cuatro llantas -treinta y cinco psi-; después continuamos el viaje hacia la iglesia; a donde Rb no quiso que llegara: me pidió que la dejara en el comercial más cercano a la misma.

Eso me ahorró tener que entrar un par de calles -y luego reincorporarme al tráfico-; la dejé en donde me había pedido, e inicié el retorno a casa; en donde tuve una tarde muy ocupada: Rb me había pedido que pelara y partiera en cubo seis güisquiles; además que cubicara tres zanahorias.

Estas dos verduras las debía poner a hervir durante diez minutos y luego drenar el agua; además debía partir en cuadritos un gran chile pimiento; y completar las tareas me llevó un buen tiempo; de todos modos, cuando terminé, le escribí a Rb para que me avisara antes de salir de la iglesia, quería ir a encontrarla en el camino.

Un poco después de las cinco mi vestí y salí al encuentro de Rb; llegué casi a la misma altura que el día anterior; y, luego de saludarnos, reiniciamos el camino de vuelta a casa; por la noche estuve leyendo un poco de N'essuie jamais de larmes sans gants; pero no me convencí de continuarlo. 

Cuando entramos de la caminata me encerré en la habitación a hacer más de media hora de lecciones de Duolingo -no logro sobrepasar el ELO de mil cuatrocientos- y me sentía cansado física y anímicamente; además habíamos acordado lavar el ecofiltro ese día.

La verdad es que el filtro de barro se veía bastante sucio en su superficie -como que el agua ha estado viniendo con más partículas-; por lo que, mientras Rb empezaba la preparación de los almuerzos semanales, yo empecé a desarmar el ecofiltro.

Después de desarmarlo me puse a tallar -con una esponja- la superficie interior del filtro de barro; mientras, Rb enjabonó el filtro -de acero inoxidable-, la tapa y el grifo de plástico; luego lo pusimos a secar.

Después de completar la preparación de los almuerzos; comprobar que las piezas del ecofiltro estuvieran secas y armarlo; y llenar el ecofiltro, me sentía bastante agotado; por lo que, un poco después de las nueve y media me despedí de Rb y entré a mi habitación, para meditar y dormir.

El lunes me levanté a las seis y media; no me quería levantar; por alguna razón mi nivel de ánimo había andado bastante bajo; medité y luego retorné a la cama a atender la primera reunión del día; nadie más del equipo entró a la reunión, la cual estuvo bastante corta.

Después de la reunión me quedé en la cama; empecé a hacer algunas lecciones de Duolingo pero hice casi lo mínimo; antes de la reunión de las nueve mi supervisor envió una convocatoria para otra reunión para las diez menos cuarto.

Me pasé dormitando hasta las nueve -pero con los audífonos puestos-; en la reunión de las nueve no hubo muchas novedades; con lo que nomás seguí acostado; pero un poco después uno de mis compañeros me escribió para que lo ayudara con algunas dudas.

Estuvimos intercambiando mensajes hasta después de la hora del inicio de la reunión de mi supervisor; yo no me percaté de la hora y me recordé hasta que mi supervisor me llamó; también mi compañero me escribió, comentándome que estaba preguntando por mí en la reunión. 

Entré a la reunión y escuché que el supervisor estaba anunciando -otra vez- que debíamos empezar a abrir la cámara durante las reuniones; como estaba completamente desnudo me levanté un momento, me puse una playera y volví a la reunión, abriendo la cámara.

La reunión se pareció mucho a las anteriores con mi supervisor: asignación de tareas, no muy claras, pero sí bastante cargantes; a mí, personalmente, no me asignaron nada específico, nomás colaborar en la prueba total de la liberación de la semana anterior.

Pero casi no avancé en esto; nomás puse a correr los cincuenta y seis escenarios automatizados que había estado preparando las semanas anteriores; a las doce menos cuarto hicimos la rutina de ejercicios con Rb -sentí el ciclo bastante pesado-.

Luego de guardar las pesas, en la habitación de la comida de los perros, sacamos a caminar a los dos perros grandes; después de entrarlos saqué a la perra más anciana al patio y puse a cocinar la media taza de arroz que Rb había lavado varias veces -para eliminar los carbohidratos, supuestamente-.

Además saqué la primera porción del pollo guisado que preparamos la noche anterior -con todas las verduras que corté por la tarde-; intenté colocarlo en la ollita que utilizamos normalmente para esto, pero no cupo el guisado; por lo que me tocó que pasarlo a un sartén grande; en donde lo puse a recalentar -con fuego muy bajo-.

El arroz tardó bastante en cocinarse -le había puesto fuego muy bajo luego de ver que emepzaba a hervir-; por lo que empezamos a almorzar casi a la una y cuarto; yo acompañé mi almuerzo con una galleta soda -y refresco de rosa de Jamaica (que Rb me ha estado preparando semanalmente, hasta que se agote la existencia actual)-.

Este día intenté una nueva rutina: no esperé a lavar los trastes antes de prepararme la taza de café de las tardes, sino que, luego de completar el almuerzo, preparé una taza de café, y la consumí con una porción del pastel de los miércoles (y un par de mitades de galletas).

Después del almuerzo intenté correr algunos escenarios de prueba; pero no avancé mucho -la verdad es que ya me está preocupando mi bajo nivel de acción en esta área-; después lavé los trastes.

Traté de no entrar a Youtube -creo que solo puse un video mientras lavaba los trastes- porque no quería ver ningún espoiler del último capítulo de The Boys -usualmente empiezan a subir comentarios desde que publican el trailer del capítulo-.

Rb me pidió que saliéramos a caminar a las cuatro, pues quería pasar a un salón de belleza en el comercial, para ver si podían cortarle el cabello; pero luego me pidió que saliéramos a las cuatro y media.

A esa hora me vestí, me puse la gorra del trabajo y salimos a caminar en dirección a los supermercados hacia el sur; no entramos en el más alejado, nomás llegamos hasta el extremo del boulevard; luego retornamos al supermercado de la mitad del camino.

Allí Rb compró cuatro libras de fajitas de pollo -y un poco de alitas de pollo, para su almuerzo del domingo-; también compramos un poco de bananos; al entrar al centro comercial Rb me indicó que el salón de belleza estaba cerrado.

Por la noche empecé a ver Mortal Kombat II pero, por ser un estreno reciente, no encontré ninguna buena versión en la página en la que, generalmente, veo este material; por lo que decidí bajarlo con un archivo torrent.

El martes -y el miércoles también- me quedé la mayor parte de la mañana en cama: la verdad no tenía ningún ánimo para levantarme; nomás medité, a las seis y media y retorné a la cama; en donde, después de hacer algunas lecciones de Duolingo, fui poniendo sucesivas alarmas hasta las nueve.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; la que no tuvo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno; se suponía que debía avanzar en las pruebas en el ciclo que nos encontrábamos, pero no hice mucho más que correr varias veces mi grupo de casos automatizados.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros grandes, ahora Rb está haciéndose cargo de la perra más pesada -ella siente que no la tiene que jalar tanto como yo-; también me pidió que no sacara a la perra más anciana; por lo que nomás entré a calentar el pollo guisado del día.

Como Rb está tratando de no consumir tanto arroz le preparé una ensalada; y calenté el tercio de la media taza que nos había sobrado del día anterior; después del almuerzo -mientras Rb terminaba el suyo- me preparé una taza de café.

Se suponía que no tendríamos una reunión que el supervisor había programado durante toda la semana -para revisar avances en las tareas en curso-: él debía acudir al sitio de uno de nuestros clientes principales; pero sí, al final nos llamó desde el parqueo del lugar y tuvimos una reunión super rara. 

Un poco más tarde, después de haber lavado los trastes, le preparé un té de manzanilla a Rb; por la tarde estuve avanzando un poco en varios de los libros que llevaba a medias; quedándome el último ciclo de Medea, y un par de Trucos y Tretas para vivir mejor.

Un poco antes de la cinco salimos a caminar en dirección a los mercados en el sur; lo interesante fue que casi al mismo tiempo salió la vecina -con la que Rb ha estado compartiendo las clases de zuma-; y nos acompañó en casi todo el camino de bajada.

Coincidentemente iba hacia una farmacia que se encuentra en el extremo del boulevard -yo quería pasar a otra farmacia cerca del lugar, pues ya casi no tenía bicarbonato de sodio-; nos despedimos de la vecina en el extremo y cada uno nos dirigimos a una farmacia diferente.

En el camino de vuelta pasamos al supermercado que queda a medio camino; en donde compramos un poco de bananos; además, Rb pasó al salón de belleza, pero le dijeron que ya era muy tarde, y le dieron cita para las once de la mañana del siguiente día.

Por la noche estuve viendo la segunda parte de Mortal Kombat II, además, empecé a leer el último libro de Petit Nicolas que había conseguido; también me dí cuenta de que era el penúltimo día de aplicarme las gotas que me prescribieron el jueves anterior -y el bote casi no tenía líquido-.

El miércoles me desperté a las seis y media; me costó completar el ciclo de meditación y luego encendí la computadora del trabajo; pero me encontré con que acababan de cancelar la reunión: tanto mi supervisor, como su compañera de fórmula, estaban en el sitio del cliente, por lo que no hubo quorum; también habían cancelado la reunión de la tarde.

Como aún eran las siete, me volví a enchamarrar y continué dormitando durante las siguientes dos horas; a las nueve entré a la segunda reunión; y fui el único del equipo en entrar; básicamente todos los desarrollares presentaron sus avances.

Después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno de los miércoles; y me quedé trabajando en la mesa del comedor; aunque, al igual que los días anteriores, fue muy poco lo que avancé -y me preocupaba que mi productividad estaba disminuyendo notablemente-.

A las diez y media completamos, con Rb, la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; no sé a qué se debe -¿la edad? ¿el ayuno intermitente?- pero los días anteriores había estado experimentando dolor en los huesos, especialmente en las caderas, especialmente mientras retornaba de la caminata de la tarde.

Pero no tuve muchas dificultades en completar la media hora de ejercicios, luego de la cual, me metí al baño y tomé una ducha; mientras, Rb se dirigió al salón de belleza al corte de pelo que había reservado el día anterior.

Como ya no teníamos arroz preparado puse a cocinar media taza del mismo -después de que Rb lo lavara, para minimizar el contenido de carbohidratos-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes; después de entrar -otra vez no saqué a la más anciana- puse a calentar el guisado de pollo.

A continuación del almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí con dos mitades de galletas diferentes; y la última octava parte del pastel de la semana anterior; después me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado.

Una gran parte de la tarde me la pasé en la habitación; jugando algunas partidas de ajedrez y leyendo un poco de Histoires Inédites du Petit Nicolas; pero cuando salí de la habitación -un poco después de las tres y media- me dí cuenta que mi supervisor me había estado llamando.

La verdad no me esperaba la convocatoria a reunión -él había cancelado más temprano la misma-; pero ví que mis compañeros habían entrado -más de una hora antes- y que aún uno de ellos se encontraba reunido con el supervisor.

Entonces me uní a la llamada -excusándome con que estaba trabajando en el servidor remoto y por eso no había visto la convocatoria-; y me percaté que el supervisor y el compañero estaban trabajando en algunas tareas específicas; pero igual, el supervisor me pidió una actualización del trabajo.

Y le indiqué que estaba casi por concluir -se suponía que debíamos terminar el día siguiente- y que nomás debía coordinar con el analista en el Imperio del Norte para completar la última serie de pruebas que tenía pendiente; y me quedé viendo cómo completaban la reunión en curso.

Afortunadamente terminaron a las cuatro; pues, debido a una clase de un diplomado en educación ambiental, debía estar de regreso de la caminata vespertina antes de las seis -Rb también tenía su clase de teología a las seis y media-.

Entonces, un poco después de las cuatro, nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo quería ver si habían paquetes de frijoles rojos en la tienda verde de descuentos -invité a mi amigo voluntario a venir a desayunar a mediados de Junio-.

Pero antes de salir pasé a ver cómo estaba de baja la llanta trasera del lado del copiloto -el domingo la había calibrado pero, tanto el lunes como el martes, había visto que se estaba desinflando-; y, efectivamente, estaba más baja; entonces le comenté a Rb que la llevaría a repararla al retornar de la caminata.

Traté de no pensar mucho en eso en el camino -al inicio estuve tratando de barajar horas porque mi clase empezaba a las seis-; no encontré de los frijoles rojos en la tienda verde de descuentos; y en el supermercado estaban bien caros; por lo que nomás compré cuatro paquetes, de catorce onzas cada uno, de frijoles negros volteados.

Después retornamos a casa; ya eran casi las cinco y cuarto y había planeado pasar primero a la misma gasolinera que el domingo, para que le pusieran un poco de aire a la llanta; pero cuando detuve el auto en la garita me dí cuenta que no estaba tan tan baja; por lo que decidí conducir directamente al pinchazo.

Afortunadamente -y a persar de la hora- el tránsito estaba bastante ligero; no encontré embotellamiento en ninguna parte del boulevard; excepto en el extremo sur -cerca de allí está el pinchazo al que había acudido en un par de ocasiones anteriores-; y tampoco había ningún otro vehículo.

El joven a cargo del taller -bastante familiar en su interacción personal- desinstaló la llanta -tuve dificultades encontrando la corona que el modelo utiliza para asegurar uno de los tornillos- y procedió a extraer un tornillo bastante grande que se había incrustado en la llanta.

Sacó el tornillo con un alicate, y colocó uno de los tarugos que ahora utilizan para este tipo de reparaciones; también aproveché para revisar el aire de la llanta de repuesto -es una dona, pero, a diferencia del auto anterior, en muy buenas condiciones-; después de cancelar por el trabajo -tres dólares y medio- retorné a casa.

Vine aún con diez minutos de anticipación y Rb me recordó que no había comprado zanahorias -era el día de preparación de pastel de avena y zanahoria-; por lo que me dirigí a la tienda de la esquina, en la que me vendieron una enorme zanahoria por medio dólar.

Cuando entré procedí a ingrear a la reunión en Teams en la cual recibiríamos la primera clase del diplomado; y ya estaba la instructora y un par de estudiantes; al final entramos casi doscientas personas; y la clase no me pareció nada atractiva: demasiado anecdótica.

Por lo que me puse los audífonos con bluethoot y completé las lecciones de Duolingo de la noche; también empecé a preparar los ingredientes para el pastel de los miércoles; el cual fuí integrando poco a poco; al final puse en el fuego la mezcla y lo dejé en el sartén por casi media hora; luego lo volteé y lo dejé quince minutos adicionales.

La clase siguió y estuve escuchando algo del contenido -es medio ambiente, pero empezó la inscructora con la historia de su vida, por aquello de la identidad personal y esas cosas-; casi a las ocho de la noche envió el link para anotar la asistencia y, luego de completarla, abandoné la reunión; aún me dió tiempo de ver un poco de Mortal Kombat II.

El jueves me había hecho el firme propósito -y lo cumplí- de no quedarme dormitando en la cama después de la reunión de las siete: el día anterior el supervisor nos había conminado a terminar el ciclo de pruebas antes de finalizar la jornada; me faltaba bastante, pero, especialmente, una tarea que debo coordinar con un analista en el Imperio del Norte.

Entonces, cuando sonó la alarma a las seis y media, me levanté a meditar y luego, en vez de meterme a las sábanas para esperar la reunión de las siete, jalé la computadora y me senté en el piso, al lado de la cama; encendí la portátil y entré a la aplicación en la cual nos reunimos.

Pero ví un comentario que había enviado el organizador un poco antes: no habría reunión porque el supervisor de mi área -y su compañera- estaban ese día en las oficinas del cliente principal; me quedé un rato en el mismo lugar hasta -las siete y media- que oí que Rb andaba fuera de su habitación.

Entonces moví mis dos computadoras a la mesa del comedor y continué allí con la sesión del trabajo; le había escrito un poco antes al analista en el Imperio, pero aún no me había respondido; me escribió a las ocho, comentándome que estaba ocupado y que le diera tiempo.

Me ocupé en seguida con algunas tareas secundarias que podía completar -lo que tenía que hacer en conjunto debía ser coordinado; un poco después de las nueve (ya había pasado la segunda reunión de la mañana) el compañero me notificó que estaba disponible y mantuvimos una reunión virtual por un poco más de una hora.

Y es que, a las diez menos cuarto, nuestro supervisor había programado la reunión diaria para revisar el avance en la tarea en la que habíamos estado trabajando toda la semana; a la misma debíamos ingresar ambos -junto con los analistas locales y en el Imperio-; y esta reunión tardó apenas media hora, porque tocaba la que el jefe de mi supervisor estableció para los jueves cada dos semanas.

En la reunión con el supervisor no hubo muchas novedades; yo indiqué que no había encontrado ningún problema para reportar; dos de mis compañeros locales sí habían encontrado varios errores en la aplicación; y en la otra reunión nomás fuimos interrogados de forma grupal sobre los avances, mismos comentarios.

Al menos la segunda reunión no estuvo muy extensa; por lo que pude seguir trabajando con los pendientes que aún tenía; y en la primera el supervisor nos amenazó con otra reunión para el final de la tarde (cuatro en punto, hora local); lo que me molestó un poco porque por haber entrado a las siete, esperaba retirarme a esa hora.

Pero preferí no mencionar nada; al menos públicamente; Rb acudió a comprar algunas verduras a la tienda del otro lado del boulevard y retornó con una cuenta de más de veinte dólares; aunque casi la mitad correspondía a sus frutas semanales -me compró, eso sí, un mango de muy buen aspecto-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; lo que no estuvo muy sencillo porque justo a esa hora entró el camión del servicio de recolección de basura; y la perra más pesada le tiene una animadversión especial al personal del servicio; y, como ahora Rb se encarga de esta, tuve que estar al pendiente que no se descontrolara.

Después de entrar con los perros puse a calentar la última porción de pollo guisado; además dividí los últimos dos tercios de la taza de arroz que había cocinado el día anterior; lo que acompañamos con medio aguacate y -en mi caso- fresco de rosa de jamaica -y también el café con galletas y pastel de avena y zanahoria-.

Después del almuerzo terminé de actualizar la herramienta en la que reportamos los avances en las tareas asignadas -además tuve que reportar dos irregularidades que encontré en la aplicación; aunque sospecho que ninguna de las dos es reproducible-.

Luego estuve esperando la hora de la reunión de las cuatro; en el ínterin estuve conversando con mi amigo más creativo; a quien están tratando muy mal en su trabajo: lo reunieron con Recursos Humanos y, literalmente, le pidieron que reuniara o que sería despedido.

Incluso me envió una imágen de una carta de despedida -del área de recursos humanos-; la cual no fue aceptada por su jefe inmediato; y, al parecer, todo el proceso lo tenía bastante intranquilo; mi consejo: no reunciar; aguantar lo que se pueda y, de ser despedido, buscar una buena compensación.

A media tarde lavé los trastos que se habían acumulado en el día; también pelé y troceé la papaya que Rb había comprado por la mañana -y el mango que me había traído-; después le preparé un té de manzanilla. 

Un poco después de las cuatro, mientras conversaba con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre, entró un correo de nuestro nuevo CEO -tiene cinco o seis meses en el cargo- anunciando que la empresa se estaba desprendiendo -vendiendo a otra compañía- el departamento en el cual trabajamos.

La nota estaba rara: de toda el área nomás planean conservar una pequeña parte -en la que justamente trabajaba antes de pasarme a esta posición-; la verdad me cayó como un balde de agua fría; o tal vez no: igual, he estado esperando desde hace años que me despidan.

Pero  hice lo que he estado haciendo en los últimos tiempos siempre que veo peligrar mi posición: escribirle a mi ex directora -de nuestro vecino país del norte- para ver si en su área me reciben de nuevo; pero esta vez ella se mostró bastante categórica: muy pocas posibilidades de que eso pase.

De hecho me comentó el caso de una analista -con la que trabajé muchos años atrás- quien había pasado por un proceso similar: se deshicieron del área en la que trabajaba, pero, según mi ex directora, en la otra empressa le ha ido mejor.

Estuve esperando que la reunión iniciara, pero no ví ningún movimiento; un poco después de las cuatro y media le comenté a Rb que podíamos salir -y le dejé un mensaje al analista que me cae mejor, indicándole mi status y comentándole que me retiraba-.

Con Rb nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección Norte; no teníamos algo muy importante que comprar -excepto el pan para mis desayunos-, pero queríamos caminar hasta el extremo del boulevard; la tarde estaba fresca e incluso se percibía asomo de lluvia.

Caminamos hasta el supermercado que se encuentra en donde tomamos los autobuses intermunicipales; el local ha estado en trabajos de remodelación durante las últimas semanas, pero lo han mantenido en servicio; aproveché para comprar cuatro pequeñas latas de hongos españoles.

Después de pagar la compra empezamos la caminata de regreso; en el camino pasé a la panadería más económica de la comunidad: compré un poco más de pan que las semanas anteriores, y aún así la cuenta fue más baja que en cualquier otra panadería.

Retornamos a casa cuando ya estaba oscureciendo; no ví ninguna notificación de mi trabajo, pero recibí una llamada de mi amigo creativo; me contó -más o menos detalladamente- cómo había estado la reunión con recursos humanos y le comenté mis apreciaciones de la situación; y le deseé suerte.

Después me metí a mi habitación a ver la parte final -me faltaban como cuarenta minutos- de Mortal Kombat II; la cual concluí, borrando el archivo de mi disco duro y bajando la siguiente película en mi lista: Jack Ryan.

Estuvo lloviendo un poco, lo que refrescó algo el ambiente; pero también nos tocó quitar cualquier aparato electrónico de la mesa del comedor pues, desde el año pasado, las goteras se han incrementado en esa área -al menos al inicio de la temporada pluvial-.

Y a ver cómo sigue eso...

sábado, 16 de mayo de 2026

Medea me cantó un corrido... Medea sang me a corrido... Medea m'a chanté un corrido...

Esta semana empecé a leer el libro que titula este texto -en realidad empecé a leer como cuatro o cinco libros en paralelo; la mayoría en inglés, pero (me parece) un par en español)-; me recordó mucho a uno que leí cuando estaba en el Imperio del Norte -hace ya más de veinte años-: La Virgen de los Sicarios.

Sobre este segundo nomás puedo decir que era brutal; violento, pero no corriente -o eso me lo pareció, en esa época-; iba sobre sicarios en motocicletas en las calles de una ciudad en Colombia; mezclaba también temas de identidad sexual (y, claro, cine).

Otro libro (del mismo tipo, creo) que leí -más o menos por los mismos años- fue Diablo Guardían; recuerdo que fue uno de los primeros libros que leí en formato digital (creo que aún usaba uno de esos monitores enormes que traían antes las PCs); era todo un -otro- viaje: narcos, inmigrantes ilegales, entre otros.

Y el domingo (después de leer un capítulo y medio de Medea...) me cuestioné por un corto tiempo continuar con el mismo: entendí -mala interpretación, realmente- que la autora era española; y se me hizo muy poco congruente que una española escribiera como una delincuente mejicana; pero no, la autora es pura descendiente de Moctezuma.

Y a ver cómo va eso.

El sábado me levanté a las seis y media, medité y luego me quedé en la cama, haciendo algunas lecciones de Duolingo, leyendo un poco de uno de los libros que empecé la semana anterior -fueron, creo, más de cuatro- y leyendo algunos artículos de internet.

Salí de la habitación un poco después de las nueve, pero lo primero que hice fue preparar las ensaladas que había previsto llevar al almuerzo con mi hija mayor -se suponía que era su último día de trabajo en la academia de idiomas en la que enseñó ingles por un par de meses-; a las diez preparé mi desayuno.

Afortunadamente no tuvimos que salir durante la mañana -en sábados anteriores generalmetne salíamos, aunque fuera al supermercado más cercano en dirección sur-; por lo que no tuve muchas dificultades en seguir el plan delineado -en mi mente-.

El plan era: a las once de la mañana empezar a preparar los rollitos de pollo que había dejado en la refrigeradora la noche anterior: el plan era batir un huevo, sumergir los dos rollitos en esta mezcla, pasarlos por harina de coco (que condimenté con Italian Seasoning) y luego pasarlos por hojuelas de avena.

Así que a las once realicé los pasos descritos, agregando incluso uno intermedio: volver a sumergirlos en huevo después de haberlos espolvoreado con harina de coco; y, luego de hacerlos rodar por un cuarto de hojuelas de avena, los sellé durante un par de minutos en aceite caliente; luego los puse a cocinar con fuego muy bajo durante quince minutos por lado (dos en total).

Cuando pasaron los quince minutos del primer lado ya eran las once y media, por lo que le propuse a Rb realizar la caminata diaria con sus perros más grandes; entonces volteé los dos rollitos y sacamos a caminar a los perros; entramos un poco antes de que se completaran los quince minutos.

Cuando entramos puse una servilleta de papel absorbente en un recipiente de plástico y pasé los rollitos del sartén al papel; luego me metí a la ducha; cuando salí del baño -y me vestí- preparé la mochila que llevaría: dos ensaladas, dos bolsitas de aderezo, dos seven up light; además de un octavo del pastel del miércoles pasado (que planeaba compartir con mi hija).

Un poco después de las doce cargué las dos mochilas (la de siempre y la recubierta con material aislante) y me dirigí al centro comercial (uno de los más caros de la ciudad) en donde la academia de idiomas tiene una sede (y donde había encontrado a mi hija el mes anterior para nuestro almuerzo mensual).

El tránsito estuvo bastante tranquilo y llegué al lugar unos minutos antes de las doce y media; cuando estaba a un par de calles del lugar conecté los datos móviles de mi teléfono y llamé a mi hija por whatsapp; me indicó que saldría en el acto.

Y justo cuando estaba cruzando la esquina -y tratando de ubicar un espacio junto a la banqueta para esperarla- ví que salió del edificio; abordó el auto y tuvo un momento emotivo pues -según me comentó- era un alivio haber dado la última clase en ese lugar (los maestros, como es costumbre en estos lugares, reciben un salario ínfimo).

El tránsito se veía algo cargado en cualquier dirección -no quería meterme al periférico- y le propuse a mi hija que me acompañara un momento a visitar a mi tía favorita -le indiqué que no serían más de cinco minutos-; ella aceptó y nos dirigimos a la casa de mi primo favorito -con quien había cortado la comunicación por whatsapp unas semanas atrás-.

La distancia entre la academia y la casa de mis familiares no era de más de diez o quince calles, por lo que no nos tomó mucho tiempo llegar a nuestro destino; parqueé la van y bajé a tocar el portón; lo abrieron de inmediato un par de niños -muy pequeños-, sobrinos de mi primo. 

Él salió casi en el acto y lamentamos que mi whatsapp anduviera con fallos; pero le comenté que había pasado nomás para ver cómo había seguido la salud de mi tía -la había visto algo desmejorada, un par de meses antes, en una celebración familiar-.

Entramos a la casa, con mi hija mayor, y subimos al segundo nivel; que es el espacio que mi primo ha proporcionado, desde algunos años atrás, a sus padres; y mi tía salió a recibirnos en el pasillo; la verdad se veía bastante bien.

Como no veía a mi hija mayor desde unos diez años atrás se mostró bastante sorprendida por la visita; yo le indiqué que no estaríamos mucho tiempo, que nomás había pasado a saludar porque no había podido comunicarme con nadie en varias semanas.

Y sí, un par de minutos después empecé a despedirme -mi hija mayor también-; bajamos a abordar la van y continuamos nuestro camino al departamento de mis hijos; el tránsito no estuvo muy mal.

Llegamos al departamento, estacionamos la van y allí si tuvimos una dificultad: el vidrio derecho de la puerta corrediza del lado del copioto se negaba a subir: la verdad es que la situación fue -y es- bien confusa: los controles en la puerta del piloto están todos cruzados.

Se supone -y así ha funcionado desde le año pasado- que el vidrio ese puede bajarse desde la puerta del piloto pero no se sube con el mismo control: debe presionarse la palanca que está en la misma puerta corrediza para subir; y había funcionado muy bien, hasta ese dia.

Entonces, como estábamos en el parqueo del edificio -supuestamente muy seguro- decidí dejar el vidrio a media altura y subimos al tercer nivel para que mi hija cambiara sus ropas formales por algo más cómodo; luego nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad.

No tuvimos ninguna novedad en las ocho calles que separan el edificio donde viven mis hijos del parque temático; y, luego de entrar, dirigimos nuestros pasos hacia el área techada en donde usualmente almorzamos; pero estaba, en esta ocasión, reservada por los trabajadores de una cooperativa.

Entonces probamos en la segunda área techada, con mesas, y allí sí, encontramos varias vacías y nos acomodamos en una para consumir el almuerzo; para mí era la segunda -y última- comida del día; para mi hija, me comentó, era la primera.

Después del almuerzo le propuse a mi hija que compráramos un helado de crema en el restaurante de pollo del lugar y que lo combináramos con la mitad de la porción de pastel que llevaba; mi hija aceptó y nos dirigimos al lugar.

Luego de dar buena cuenta de los helados le propuse a mi hija que practicáramos un poco el cubo de Rubik de seis por seis, pues quería verificar que un paso intermedio podía resolverse de acuerdo a lo que me había comentado mi hijo menor en nuestra última reunión: aplicando un paso del de cuatro por cuatro a una situación que habíamos resuelto con un paso del de cinco por cinco.

Y mi hija llegó hasta este punto de la resolución, pero, al intentar aplicar el paso, algo falló: se desarmaron varios lados y le propuse que mejor viéramos si podíamos subir a la rueda de Chicago más grande; hacia donde nos dirigimos, pero sin buen resultado: no estaba en funcionamiento.

Entonces le propuse que volviéramos al departamento pues me interesaba que empezáramos a practicar un origami que había conseguido un par de semanas antes: un argentino había publicado -en Facebook- un video explicando la construcción de un gato -me lo había compartido mi amigo que viven en el otro extremo de la ciudad-.

Retornamos al departamento un poco antes de las cuatro y nos instalamos en la habitación que denominamos sala; yo llevaba varias hojas tamaño carta y nos aplicamos en seguir los pasos del tutorial; el cual se veía sencillo -como todo origami- pero resultó bastante complicado.

El resultado fueron un par de gatos bastante irregulares; de todos modos yo le había indicado a mi hija que esperaba que practicáramos tanto esta figura que llegáramos a dominarla como lo hicimos con la grulla: la memoria muscular desarrollada es tan buena que casi ni tenemos que pensar para armarla.

Habíamos decidido despedirnos a las cinco y media y aún nos quedaba un poco de tiempo, por lo que le propuse jugar algunas partidas de dominó; creo que completamos tres partidas -un par cortas y una bastante extensa- y, a las cinco y media le indiqué que me retiraba.

Ella me pidió que la pasara a dejar al comercial del otro lado de la calzada pues quería pasar al supermercado del lugar; bajamos al sótano y volvimos a intentar subir el vidrio de la puerta corrediza -estaba a media altura-; y nos costó bastante, pero al final lo logramos: al parecer la palanca funciona únicamente si la puerta está cerrada.

Sacamos la van del sótanos y nos dirigimos a la calle en la que se toma la ruta para cruzar al otro lado de la calzada; en el camino nos encontramos con un conductor bastante agresivo: intentó rebasarnos en una ruta con un solo carril; luego se tiró bien violentamente para adelantarnos antes del retorno; pero lo dejé que avanzara nomás.

Pasé a dejar a mi hija a una calle lateral -a pocos metros del comercial a donde se dirigía-, nos dirigimos y tomé la calzada secundaria -pues debía pasar a un supermercado en el camino-; en el semáforo aún encontré al piloto que nos había adelantado abusivamente.

Después del semáforo tomé la calzada secundaria hasta el comercial en donde se encuentra una de las sucursales más grandes de Walmart: Rb había visto unos petates y le pareció que podían servirnos para la temporada de calor que hemos estado sufriendo.

Entré al lugar -bastante tranquilo de que el vidrio de la puerta corrediza hubiera funcionado-, me estacioné y pasé al área de paquetes a dejar mi mochila; el lugar es bastante amplio y aún así se veía bastante saturado; por lo que busqué a un asistente y le mostré el anuncio de lo que andaba buscando.

El joven -primero se mostró sorprendido-  fue muy amable al guiarme al lugar en donde estaban los artículos de este tipo -playa?- pero no encontró lo que andaba buscando -con un costo de tres dólares-: me indicó otro artículo bastante similar -con un costo de cuatro dólares-.

Intenté llamar a Rb pero el celular no me dejó conectarme al wifi del lugar; adquirí dos de los petates, pasé por la caja de autopago y me retiré del lugar; en el camino me dí cuenta que me había olvidado de la mochila; con lo que me tocó volver a entrar al área de paquetes a reclamarla.

Luego sí me dirigí a abordar el automóvil y salir del parqueo; el resto del camino de retorno no tuvo ninguna novedad; vine a casa un poco después de las seis y encontré a Rb conversando -o salió a conversar- con la vecina.

Por la noche iba a continuar viendo la película china que había empezado a ver la noche anterior (Resurrection) pero me entretuve en otras actividades: creo que ví un poco del código -conversé con mi compañero más brillante, pero un servidor estaba caído y, aunque lo reinicié, aún así no funcionó-, ví algunos videos de Youtube y al final me llegó la hora de la meditación.

Rb estuvo en reuniones virtuales de su trabajo durante una buena parte de la noche -creo que también tuvo algunas reuniones de ese tipo durante el día- pues, desde el día anterior, se estaba llevando un evento regional con el grupo de jóvenes cristianos del proyecto en el que trabaja.

El domingo me desperté a las cinco y cuarto de la madrugada -realmente me había despertado a las tres de la madrugada, debido a la bulla que Rb estuvo haciendo al darle de comer a su perra más anciana (y a la expectativa, me imagino, que tenía con la alarma tan temprano)-.

Y es que, a esa hora (las cinco y cuarto) quería ver cómo estaban las cuotas de Uber para moverme la semana siguiente hasta la ruta en la que debo tomar el autobús a la ciudad colonial: nuestra editora celebraría su compleaños en un restaurante del lugar y nos había invitado la semana anterior.

Rb -como era de esperarse: no podría consumir nada del lugar- descartó la invitación; pero no se opuso -a pesar de que ya habíamos previsto que ese día iba a estar todo el día en su iglesia y yo me haría cargo del cuidado de sus perros- a que yo asistiera.

Entonces, a las cinco y cuarto me metí a Uber, consulté las opciones de la aplicación, los tiempos (más o menos media hora- y las tarifas (alrededor de tres dólares)  y, luego, me quedé en la cama jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo; hasta las seis y media.

A esa hora sonó la alarma diaria y me levanté a meditar; después de meditar retorné a la cama y estuve leyendo medio capítulo del libro de Medea; Rb entró un poco después de las ocho a la habitación: triste porque una amiga -que había conocido mucho tiempo atrás- acababa de fallecer de cáncer -fue algo chocante que me dijera que la envidiaba porque ya había dejado de sufrir (o algo así)-.

Esperé un rato en la cama y luego le indiqué que a las ocho y media realizaría la limpieza semanal de pisos; a esa hora me levanté, quité algunos objetos del suelo y empecé con la rutina de limpieza: barrido de pisos y trapeado.

Casi al final Rb le dió de comer a sus perros y luego se preparó su desayuno; yo había previsto que tomaría mi última comidad bastante tarde -tenía programado un café y pastel con mi amigo voluntario- y no quería desayunar muy temprano.

Por lo mismo acepté la propuesta de Rb de caminar hasta el supermercado que se encuentra cerca de su iglesia; entonces esperé a que Rb terminara de desayunar y, luego, nos alistamos para la caminata -son casi tres kilómetros-.

El ánimo de ámbos andaba -por alguna razón- bastante decaído; la mayor parte del trayecto lo realizamos en silencio; y en el comercial nos dividimos para realizar las compras -en el camino pasamos a algunas verdurerías a cotizar papas, pero no encontramos lo que buscábamos-.

Rb se quedó en el área de verduras, eligiendo algunas papas de buen tamaño -habíamos planeado consumir la mitad del asado que aún teníamos en el freezer- y yo me dirigí al área de gaseosas: quería proveerme de latas de seven up light -que ya no había encontrado en los supermercados en dirección sur-.

Afortunadamente encontre media docena de estas latas en el lugar -suficiente para tres meses de almuerzos con mi hija mayor-; Rb también adquirió algunas piezas de pollo y un par de libras de fajitas de la misma especie; luego nos dirigimos a pagar al autopago.

Y Rb se recordó que no había comprado agua; terminé de empacar las compras -habíamos llevado una bolsa reutilizable- y luego esperé a que Rb retornara con su botella de agua -fría al menos-; luego empezamos la caminata hacia casa.

En el camino Rb me propuso pasar a la tienda de artículos estadounidenses usados -es como nuestro Goodwill local- pues quería adquirir algunas prendas para las clases de Zumba a las que está asistiendo dos veces por semana.

Entramos a la tienda pero Rb no encontró nada que la convenciera; yo aproveché para revisar la sección de cacharros de cocina: estaba interesado en un recipiente para bebidas calientes pues planeaba llevar café el día jueves siguiente -en mi visita al hospital oftalmológico, para el procedimiento láser-.

Encontré un termo bastante grande -y golpeado-; revisé un poco cómo estaba el recipiente interno -de vidrio-, el mecánismo de cierre y vertiente y el estado general; lo adquirí por un poco más de cuatro dólares.

Luego de pagar por el termo continuamos con el retorno a casa; vinimos bastante agotados -el sol estaba en su cénit- pues ya casi era mediodía; y desde que entré a la casa me puse a preparar mi desayuno.

El cual estuvo muy bueno; -en el ínterin también quité los platos del área de secado, lavé el termo (desarmado) y empecé el proceso de envío de los últimos cambios en el código que había realizado la semana anterior-.

Un poco después del mediodía terminé de almorzar y me ocupé en desocupar el área de trastos sucios y pelar la papaya que Rb había lavado un poco antes -y dejado preparada para su procesamiento-; luego, a las doce y media, sacamos a caminar a los perros.

Cuando estabamos a la mitad de la primera vuelta -recorremos la misma escuadra de la calle dos veces- le comenté a Rb -bastante serio- que prefería que evitara los comentarios del tipo: él es el que se encarga de lavar, él es el que se encarga de barrar, y similares.

Como que no le cayó muy bien mi solicitud -también lo hice de forma bastante árida- así que cuando estábamos empezando la segunda vuelta me indicó que -en la misma línea- ya no realizara comentarios del tipo: ella es una influencer; le agradecí por la solicitud y quedamos en eso.

Después de completar la caminata perruna entramos a preparar el almuerzo: Rb se puso a preparar la alitas de pollo (aunque la porción que preparó para mí consistía, casi en la mitad, de trozos de pechuga) y yo preparé un par de enormes ensaladas.

Terminamos de almorzar bastante tarde y yo me dediqué a terminar de subir los últimos cambios del código al servidor remoto; luego, me metí un rato a mi habitación e intenté leer un poco, pero, realmente, estuve dormitando un poco.

Había puesto una alarma para las dos y treinta y cinco, pues quería prepararle un té de manzanilla a Rb antes de salir -usualmente se lo preparo a las dos y cuarenta y cinco, pero no quería llegar tarde a la reunión con mi amigo voluntario-.

A las tres menos cuarto abordé la van y me dirigí a la colonia en la que crecieron mis chicos; llegué a la casa de mi amigo cinco minutos antes de las tres y bajé a tocar el portón de su casa; me gritó, desde adentro, que saldría en un momento. 

Y, en efecto, no tardó mucho en salir; nos saludamos efusivamente y lo invité a subirse a la van; para dirigirnos a la cafetería en la que -de tiempo en tiempo- nos tomamos un capuchino acompañado por una porción de pastel.

Llegamos al lugar y estaba bastante concurrido -era el Día de las Madres-; entramos al restaurante y nos indicaron una mesa pequeña; dejamos allí mi mochila y nos dirigimos a ordenar -me hice cargo de la cuenta: ocho dólares- y retornamos a la mesa; pero mi amigo me indicó que una mesa más amplia había quedado desocupada, y nos instalamos en la misma.

El pedido nos fue entregado unos minutos más tarde y dímos buena cuenta del cappuccino y el pastel de chocolate; estuvimos conversando un poco sobre la situación del siguiente jueves: le pedí a mi amigo que utilizáramos su automóvil -yo le reconocería la gasolina y la cuota del parqueo- y que saliéramos de su casa a las siete y media.

Él me sugirió, de hecho, que saliéramos a las siete; lo que me pareció magnífico; le comenté que había adquirido por la mañana un termo y que pensaba llevar café y panitos para que desayunáramos cuando estuviéramos ya en el hospital -se supone que el procedimiento es a las ocho, pero el tránsito en la ciudad es bastante intenso por las mañanas-.

Un poco más tarde saqué el tablero de ajedrez de mi mochila y empezamos una partida; pero, en esta ocasión, traté de que no se alargara mucho: ví que seguían llegando muchas familias -esperando, me imaginé, agasajar a la madre-.

Entonces -por suerte- le dí jaque mate bastante rápido y luego guardamos las piezas en la caja -aunque, un poco antes, una mesera había pasado ya a limpiar la mesa (preguntando incluso sobre el lugar en el cual habíamos adquirido el juego)-.

Le sugerí a mi amigo que nos retiráramos del lugar -para darle espacio a los agasajantes de turno-  y nos dirigimos a la salida -apenas pasaban de las cuatro-; lo interesante es que ví en la fila -en la entrada del local- a mi jefa de tres trabajos atrás -el primer banco en e que trabajé seis meses-.

No la había visto en más de una década y no nos habíamos comunicado desde que renuncié a mi posición de Auditor -de procesos-; pero se me antojó ir a saludarla; le pedí a mi amigo que me esperar un momento y me acerqué a la susodicha con un "Ingeniera, qué gusto de saludarla".

Fui a abrazarla y le dije que esperara que se recordara aún de mi persona; me saludó con mi nombre propio e intercambiamos algunas frases de cortesía -saludé también a su esposo-; luego me despedí de ambos y salí a reunirme con mi amigo.

Tomamos la van y retorné a dejarlo a su casa; luego me dirigí a la casa de Rb; el tránsito era mínimo -aunque justo antes de entrar al municipio me topaba (por segunda ocasión) con una desviación, debido a reparaciones del asfalto- y un poco después estaba estacionándo el auto.

Cuando entré a casa encontré a Rb con la novedad de que acababa de levantarse de una siesta y se dirigía -supuestamente- a lavar los trastos que estaban acumulados; le indiqué que me haría cargo -y eso hice-.

Después me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta- y, a las cinco de la tarde, empecé a preparar las papas que habíamos comprado por la mañana -y que planeábamos consumir como acompañamiento del asado semanal-; también probé el termo y, aunque al principio no funcionaba, después de algunos ajustes quedé satisfecho con el mismo.

El lunes me levanté a las seis y media, medité y entré a la reunión de las siete; en la que era el único participante de mi área; aunque, un poco más tarde, mi compañero más brillante se unió a la misma -le comenté lo tratado en la misma: lo que había reportado el fin de semana como fallido aún estaba en reparación-.

Después de la reunión intercambiamos algunos mensajes con mi compañero: escribí en la conversación grupal del equipo local -taggeándolo a él y al analista que menos bien me cae- sobre la vuelta de vacaciones de este último, y de que podría trabajar en la funcionalidad que yo no había podido probar el viernes -o el fin de semana-.

Mi compañero nomás reaccionó con un emoji de OK, pero me respondió en privado que ya estaba viendo la reasignación de la tarea -de hecho esa conversación la tuvimos mietnras la reunión de las nueve se desarrollaba-.

Yo me había quedado en cama -no tenía ninguna motivación para salir de la habitación- y en esa reunión estuvieron discutiendo sobre la forma de proceder con las fallas reportadas por mi compañero el día anterior; también me asignó una nueva pantalla para continuar con la escritura de código.

Y en eso estuve trabajando el resto del días; aunque, en realidad, nomás escribí la base de las tres clases que he estado aplicando en cada pantalla; y definí la localización de dos o tres campos de entrada -la verdad fue poco el trabajo-.

Se suponía que íbamos a hacer la rutina de ejercicios a las once; pero Rb me pidió que lo corriéramos a las once y media -estaba preparando unos reportes de su trabajo-; pero le sugerí que lo hiciéramos a las doce menos cuarto; así podíamos, luego, sacar a caminar a los perros.

Antes de realizar los ejercicios Rb estuvo en comunicación con el contacto en el país vecino del sur; y, finalmente, recibimos un pago por las horas que habíamos estado trabajando el mes anterior -y la verdad, el monto fue decepcionante: yo esperaba que Rb recibiera al menos quinientos dólares (pues trabajó bastante intensamente), pero al final nomás fueron como ciento cincuenta dólares (yo recibí la tercera parae, pero yo no me esforcé tanto)-.

Después de realizar la rutina de ejercicios de los lunes sacamos a caminar a los perros grandes; cuando retornamos saqué a la perra más anciana al patio (ha vuelto a presentar signos de demencia) y, después, tomé una ducha.

Después de la ducha me puse a calentar la primera porción del pollo asado que habíamos tenido un par de meses en el freezer; también calenté -al lado del pollo- una papa para cada uno y preparé el guacamol.

Después del almuerzo preparé un café -y me recordé que había visto recientemente algunos paquetes de café instantáneo en mi mochila-; lo que consumí con un dieciseisávo del pastel de la semana anterior, y dos mitades de galletas.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; y se lo entregué en la mesa, mientras ella le daba de comer a su perra más anciana -los dos más grandes aspiran (literalmente) su comida-; después continué con el código.

Como el sol no estaba muy fuerte decidimos salir a caminar antes de las cinco de la tarde; pero, justo un poco después de la tarde, vimos que, dehecho, sí estaba intenso; por lo que nos esperamos un poco antes de realizar la caminata hacia los supermercados en dirección sur.

En el supermercado más alejado revisé el pasillo de los cafés, para ver si encontraba café instantáneo en paquete -aún no confío plenamente en el funcionamiento del termo, por lo que decidí llevar agua caliente, en lugar de café preparado-; pero no encontré nada.

En el otro supermercado encontré, en oferta, una caja de paquetes de café instantáneo; además compramos un poco de bananos -y Rb compró una buena cantidad de pollo, para sus desayunos-; luego caminamos de vuelta a casa.

Por la noche estuve leyendo el primer capítulo de un libro de kanban que me estoy obligando a leer -bajo el apartado de tecnología-; también decidí que estaré leyendo un poco más de libros en español -además de los dos que tengo actualmente en progreso-.

El martes me levanté a las seis y media, había estado soñando algo profundo -o al menos, algo que me produjo sentimientos de nostalgia, posterior a mi despertar-; medité y entré a la reunión de las siete; en la que nos informaron que el día miércoles se liberaría una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo lecciones de Duolingo; y, después de varios días de mantener un ELO superior a mil seiscientos cincuenta, volví a bajar hasta mil cuatrocientos cincuenta; también estuve leyendo un poco de Hacker News.

Estuve en la cama hasta la reunión de las nueve -la verdad prefiero continuar en el mismo lugar pues los perros de Rb se ponen a ladrar un poco después de las nueve, cuando un vecino saca a caminar a sus perros y pasan frente a la casa-.

Después de la reunión de las nueve salí de la habitación y, un poco más tarde, me puse a preparar mi desayuno; durante toda la mañana estuve revisando por qué un podía encontrar los resultados esperados en una búsqueda que estaba automatizando.

Y esa tarea me llevó casi todo el día; de hecho me percaté de lo que estaba ocurriendo -había identificado de forma incorrecta un elemento de la página- cuando sacamos a caminar a los perros, a las doce y media.

Después de entrar a los perros grandes -y mi entras empezaba a calentar el almuerzo- me puse a corregir el código y, finalmente, funcionó; pero, la ejecución se tomaba casi quince minutos -en un solo caso!-, por lo que seguí eplorando opciones.

Almorzamos la segunda porción de asado, junto con una papa asada, chirmol y guacamol; después lavé los pocos trastos que se habían acumulado en el día; también me preparé una taza de café -con uno de los tres paquetes que había sacado, el día anterior, de mi mochila-.

Por la tarde logré reducir en forma bastante efectiva el tiempo de ejecución del código que estaba escribiendo (de quince minutos a menos de dos); también ayudé a Rb con un par de reportes de su trabajo: quería analizar más de cien sugerencias y agruparlas por similitud.

Lo bueno es que ya hacía algunos años había escrito un código similar -ayudado, claro, por un LLM- en Python: básicamente se utiliza una librería de Machine Learning, se alimentan los datos y se requiere que los mismos se comparen y agrupen.

A las cinco de la tarde salimos a caminar, dirigiéndonos a los supermercados en dirección sur; no entramos al más alejado, sino que caminamos hasta la altura del final del boulevard y de allí dimos media vuelta; en el otro supermercado compré una buena cantidad de embutidos.

Y es que me había percatado -la semana anterior- que ya me quedaban pocas porciones de embutidos para mis desayunos -los reservo en fracciones de quince o dieciocho gramos-; además, necesitaba jamón de pavo para el cordon blue que planeaba llevar al almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado.

Finalmente, también necesitaba jamón para los panes que planeaba llevar el jueves para compartir con el voluntario que me acompañaría durante una buena parte de la mañana; entonces, era un montón de embutidos por adquirir: cuatro onzas de salami  y peperoni, ocho onzas  de jamón normal y cuatro onzas de jamón de pavo.

También compramos un poco de bananos que aún no habían empezado a madurar; después de pasar a la caja -la cuenta fue como de ocho dólares- retomamos el camino de vuelta a casa; y lo primero que hice al entrar fue preparar las porciones para los desayunos -al final, creo, fueron más de veinte porciones-.

Por la noche estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- y me reordé que la noche anterior había estado rara: al principio de la noche me había metido a la habitación y me había puesto a escuchar algunos videos de Youtube, pero me quedé dormido casi en el acto.

Afortunadamente no fue el caso en la noche del martes: tomé mi computadora personal y me instalé en la mesa del comedor -con audífonos, pero sin reproducir ningún video- y, después de completar la aplicación a un par de cursos que anunciaron en uno de mis grupos de whatsapp, continuar con la redacción actual.

El miércoles me levanté a las seis y media; bajé de la cama a meditar y luego entré a la reunión de las siete; la cual estuvo super corta porque, por alguna razón, no contó con la participación del programador a cargo del equipo en el Imperio del Norte.

De hecho entramos bien pocos a la reunión; un poco más tarde mi compañero más brillante me escribió para preguntarme sobre novedades en la reunión; pero le comenté que la misma se había cancelado por falta de quorum.

Después de la reunión, abortada, me quedé en la cama haciendo algunas de Duolingo -ya llevaba varios días sin poder retornar a un ELO de mil quinientos-; un poco más tarde recibí un mensaje de mi primo -el segundo hijo del hermano menor de mi papá-: quería un préstamo de treinta dólares.

Le envié -después de confirmar que le servirían- cuarenta dólares; después entré a la reunión de las nueve; en donde informaron sobre la liberación de una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos; la cual nos pusimos a probar casi en el acto.

El compañero más brillante tomó la batuta en la dirección de la prueba; me asignó dos de las funcionalidades en las que más había trabajado en el pasado; y una en la que había trabajado mucho tiempo antes; entonces dejé de trabajar en la opción de automatización en la que había estado trabajando los días anteriores.

A las once cuarenta y cinco hicimos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; luego sacamos a caminar a los dos perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué al patio a la perra más anciana; luego tomé una ducha.

Cuando salí de la ducha puse a calentar la tercera porción de pollo asado que teníamos en el freezer; la que consumimos con chirmol y un poco de guacamol; después del almuerzo me ocupé de los trastos y, un poco más tarde, me preparé una taza de café.

El café lo consumí con un par de mitades de dos galletas distintas, y la última porción del pastel del miércoles anterior; un poco después del café envié el informe con el resultado de las pruebas en las que había estado trabajando por la mañana.

Al finalizar el horario laboral -a las cuatro y media más bien- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la tienda verde de descuentos compramos un paquete de papel encerado -porque ahora uso esto para envolver los panes de desayuno-.

En el camino de vuelta pasamos a la panadería en donde el pan es más barato y compré un poco de pan tostado y un poco de pan dulce; en la panadería a la vuelta de la calle compré el pan francés para preparar el desayuno del día siguiente.

Cuando retornamos a casa Rb empezó a preparar su cena, pues debía luego entrar a su clase de teología; yo saqué media taza de leche congelada del freezer; y me puse a preparar el pastel semanal.

Al igual que la semana anterior, le agregué dos yemas extras a la mezcla; y la última mitad del mazapán que me había traído la hermana de Rb unos meses antes; la cocción estuvo un poco tardada pero el resultado no quedó tan mal; lo dejé enfriar por un buen rato y luego lo dividí en ocho partes; por la noche  ví el capítulo siete de la quinta temporada de The Boys.

El jueves me desperté a las cinco de la mañana; el día anterior había estado sopesando si despertarme quince minutos antes de esa hora o a la hora en punto; al final puse la alarma para la hora exacta.

Después de meditar entré al baño a tomar una ducha; después me metí a la cocina a preparar el desayuno que planeaba llevar al hospital: agua caliente en el termo, dos panes con huevo y jamón,  pan dulce y una bolsa de snacks.

Terminé de preparar el desayuno un poco antes de las seis, me vestí y entré a despedirme de Rb; luego salí al boulevard a tomar el busito; pasaron varios -uno que se queda a medio camino y varios de colegios- antes de que pasara el que me llevaría hasta la estación del transmetro.

Me apeé en el destino final del busito un poco después de las seis y media; caminé a la estación del transmetro y tomé la siguiente unidad; dos estaciones después desabordé el bus articulado y caminé hasta la casa de mi amigo, llegué un minuto antes de las siete.

Cuando me acerqué al portón escuché que ya había puesto a funcionar su automóvil; y entonces toqué el portón; mi amigo salió a correr el mismo para sacar su auto del parqueo; luego nos dirigimos al hospital oftalmológico.

A pesar de la hora no encontramos mucho tráfico, con lo que llegamos al hospital a una buena hora; nos estacionamos en el parqueo del fondo y nos dirigimos a la recepción de la clínica en la que me habían citado para las ocho.

Le entregué a la secretaria mi carnet con la cita y le pregunté si aún tenía tiempo para desayunar -apenas pasaban de las siete y media-; me indicó que podía ausentarme, pues empezarían a llamar a los pacientes un poco antes de las ocho.

Entonces nos dirigimos, con mi amigo, a buscar unas mesas en el exterior del hospital; pero, aprovechando que la farmacia estaba vacía, pasé a comprar las gotas oftalmológicas que me habían recetado tres semanas antes (quince dólares).

Luego de adquirir las gotas salimos al patio del hospital; el espacio era mínimo -y había varias personas sentadas en los arriates, consumiendo sus alimentos- pero encontramos unas gradas en las que pudimos acomodarnos para desayunar.

Como no había querido llevar tazas de porcelana había empacado un par de vasos grandes de plástico; y allí serví el agua hervida, con la que preparamos un par de cafés, agregándole un paquete de la mezcla que había comprado esa semana en el supermercado.

Luego consumimos los panes franceses que llevaba, junto con los snacks -llevaba un par de platos hondos- y algunos panes dulces; no nos entretuvimos mucho en el desayuno -no quería perder mi turno-, por lo que un poco después retornamos a la clínica.

En donde estuvimos esperando mucho tiempo; en el ínterin yo traté de interactuar con una pareja de ancianos que también estaban esperando -algo que hacía cuando visitaba como voluntario este tipo de instituciones- y, para mi sorpresa, terminé recibiendo un tamalito -había empezado bromeando con la pareja sobre lo bien que se estaba esperando cuando uno era alimentado-.

Después de mucho tiempo de espera una enfermera me nombró para que me ubicara en las sillas de espera y me aplicó una gota en cada ojo; a mi derecha estaba una señora con una evidente desviación en los ojos; a mi izquierda ubicaron a un anciano con quien también intenté bromear.

Pero el señor tenía una actitud bastante tóxica: cuando mencionó a un personaje de la política local -con quien, aparentemente, él había trabajado- negó que mi información sobre el mismo era correcta -y lo era: el señor había sido candidato presidencial- y luego empezó a quejarse de dolor en los ojos.

La aplicación de las gotas se repitió otras dos veces -con intervalos bastante grandes de tiempo-; yo traté de tomar las cosas con calma: cuando me aplicaban las gotas permanecía mucho tiempo con los ojos cerrados; incluso intentando meditar en un par de ocasiones.

Mucho tiempo después nos pasaron a la sala en la que nos aplicarían el Láser Yag: es un procedimiento bastante usual para reducir la presión intraocular; la técnica a cargo se veía bien jovencita; y me pasaron a la clínica justo detrás del anciano.

Quien había estado acompañado en la espera por dos hijos -o lo parecían: una pareja de adultos-; y también entró a la clínica con el hijo; y se tardaron -sentí- un buen tiempo porque el señor se mostraba bastante parlanchín.

Por fin salió y la señorita me indicó que en un momento me atendería; continué esperando y, luego de que me indicara que podía entrar, me acomodé en la silla del procedimiento; muy parecido al arreglo del exámen inicial.

Para aplicar el láser deben colocar una lente en el ojo; luego de aplicar más gotas oftálmicas; luego seguir las indicaciones de ver con el otro ojo hacia un lado; la verdad se siente rara la luz en el ojo; e incluso se siente una especie de pinchazo.

Pero todo terminó bien -al menos con el láser-; lo que no terminó bien fue el proceso total: se suponía (lo habían anotado en la prescripción) que debían examinarme, en la misma clínica del exámen inicial, justo después de la iridotomía.

Se lo indiqué a la técnica y a la recepcionista; esta última me refirió a la recepcionista de admisiones; quien me pidió que esperara mientras verificaba mi expediente médico -antes de pasar acá tuve que pasar al banco a cancelar el procedimiento (setenta y cinco dólares).

Estuvimos esperando un rato, con mi amigo; y un poco después me llamó la recepcionista de admisiones; con la notificación de que debía retornar dos semanas más tarde, para el siguiente exámen; la verdad me molestó la confusión.

Me retiré del lugar pero, cuando acabábamos de salir, decidí regresar a confirmar con la residente que me había examinado la primera vez; le pedí a mi amigo que esperara y retorné con el carnet a la clínica.

No estaba quien había firmado el procedimiento; pero sí su compañera -quien me había examinado por primera vez ese día-; le comenté lo sucedido y le pedí que me confirmara si estaba bien que no me examinaran ese día; me confirmó que era el procedimiento correcto.

Y la verdad ni siquiera dejé que terminara su explicación; y, sé que mi actitud fue bastante infantil -o inmadura- pero es que realmente me molesta sentir que en una cuestión tan delicada -al menos para mí, como paciente- se cambien de instrucciones en el camino.

Antes de salir le había pedido a mi amigo que me pasara a dejar a una estación del transmetro; pero él me indicó que había planeado llevarme hasta la casa de Rb -un poco antes le había comentado que estaba pensando que nuestra próxima reunión mensual no fuera en su casa, sino un desayuno en la casa de Rb-.

Mi amigo pagó el parqueo -yo le había dado los tres dólares antes- y salimos al periférico; afortunadamente no había mucho tránsito por lo que fue fácil entrar al municipio; y conducir hasta la casa de Rb; yo le había escrito un rato antes de que ya íbamos en camino, mi amigo estacionó el auto y bajó a saludarla -hacía casi una década que no se veían-.

Aprovechamos a sacar a los perros más grandes, como para que lo conocieran y no hicieran mucho escándalo en su próxima visita; mi amigo se despidió un poco después y entramos a los perros; el resto de la tarde -y la noche- fue nomás de reposo.

Rb sacó sola a los perros a caminar; antes de salir me había confiscado el teléfono y la tablet pues se suponía que debía minimizar mi tiempo de pantallas; pero sí salí de la habitación -mientras ella sacaba a los perros- a poner el almuerzo en la estufa.

Por la tarde también me confiscó los cubos de Rubik -temía que por estar enfocando la vista se viera afectada mi visión-; así que me pasé el resto de la tarde escuchando podcasts de Youtube -y dormitando, porque me sucede a menudo-.

El viernes me levanté a las seis y media y lo primero que hice fue aplicarme las gotas que me recetaron para los ojos; había empezado el día anterior por la tarde y estuve tratando de aplicármelas al menos tres veces al día -la indicación de la residente había sido cada seis horas-.

Después me bajé de la cama a meditar; luego entré a la reunión de las siete; en la que casi no hubo participantes, aunque creo que mi supervisor entró un rato; tras la reunión me quedé en cama: quería hacer varias leccionies de Duolingo pues el día anterior apenas completé los tres retos diarios.

Rb entró a la habitación un poco antes de las nueve, a preguntarme si ya me había aplicado las gotas oftálmicas; a las nueve estuve en una disyuntiva pues tenía dos reuniones a la misma hora: una de mi supervisor en el Imperio (supuestamente semanal) y la diaria de esa hora.

Al final entré un rato en la segunda, pero luego la dejé en pausa y me pasé a la de mi supervisor, en la que estaba asignando tareas -aún no empezaba la que me había asignado un par de días atrás-; al final de la reunión nos indicó que, siguiendo la guía del nuevo CEO estaría -probablemente- realizando las reuniones del futuro a cámara abierta -y allí si opiné, expresando que me parecía muy buena medida-.

Después de la reunión me preparé el desayuno -acababan de pasar las nueve y media-; después del desayuno me quedé trabajando en la mesa del comedor: aunque no inicié la tarea mencionada, y me estuve esperando a que liberaran la nueva versión de la aplicación que probamos.

Después del desayuno -y aprovechando que Rb había salido al supermercado más cercano- llamé a mi amigo que vivió mucho tiempo en la ciudad en la que yo viví un par de años en el Imperio; unas semanas atrás me había comentado que su padre había tenido un evento cardíaco y estaba en el intensivo.

El anciano -más de ochenta años- había sufrido quemaduras en una gran parte del cuerpo cuando un recipiente explotó mientras quemaba basura en el patio de su casa; habría mucho que discutir sobre las circunstancias, pero se trata de un pueblo y un anciano.

Mi amigo me respondió, aunque andaba fuera de casa; de hecho ofrecí llamarlo luego pero me comentó que la tienda estaba casi vacía; y al preguntarle sobre su padre me indicó que había muerto el mismo día que habíamos hablado por última vez.

Y, la verdad, se veía que aún le estaba afectando mucho; de hecho le ofrecí llamarlo luego, pero me dijo que estaba bien; la llamada no tardó tanto como en ocasiones anteriores (usualmente conversamos por una hora) y nomás estuvimos conversando sobre lo ocurrido -y también un poco sobre mi operación de un par de días antes-.

Después de terminar la llamada -utilizamos el messenger de Facebook- me dí cuenta que mi primo me había escrito por whatsapp; y estaba pidiéndome los datos de mi cuenta bancaria, pues quería pagarme los treinta dólares que le había prestado un par de días antes. 

Un poco antes del mediodía liberaron la nueva versión de la app; pero no empecé con la batería de pruebas: el escritorio remoto al que me conecto estaba muy lento porque casi no había espacio en el disco duro; pero utilicé una app para revisar por qué me estaba quedando sin espacio y, afortunadamente, pude liberar una buena porción del disco.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; aunque le pedí a Rb que sacara ella a la perra y yo al perro (la primera es muy pesada y está continuamente deteniéndose, con lo que debo jalar la cuerda del arnés; y aún no quería realizar mucho esfuerzo físico).

Después de la caminata preparé un par de ensaladas enormes; para acompañar el almuerzo; que no sería, en este caso, pescado (ya nomás nos quedaba una cabeza de pescado en el freezer -y Rb olvidó comprar pescado cuando visitó más temprano el supermercado más cercano-).

En lugar de pescado Rb preparó -en la sartén, y con poco aceite- unas fajitas de pollo condimentadas con especias italianas; yo me serví la penúltima porción de refresco de rosa de Jamaica -Rb ya no toma de esto, por sus molestias urológicas-.

Después del almuerzo lavé los pocos trastes que estaban en el lavatrastos; luego me preparé un té de menta; el que consumí con un pan tostado, medio cubilete, media porción del pastel del miércoles y dos mitades de galletas; un poco más tarde le preparé un té de manzanilla a Rb.

Un poco antes del almuerzo -y mientras intentaba configurar la última versión de la app en la que trabajamos- había borrado, por error, una carpeta del sistema; y me costó un poco restaurar la misma; pero me ayudé con el LLM que más utilizo para estos menesteres -aprendí a revisar una consola de errores- y, afortunadamente, pude iniciar la ejecución.

Pero no avancé mucho; lo que hice fue conrrer los cincuenta y seis test automatizados que he estado escribiendo durante las últimas semanas; de hecho había empezado un poco antes y, cuando no funcionó una parte, me dí cuenta del problema de la falta de configuración.

A las cuatro y media nos dirigimos hacia los supermercados en dirección norte; aunque no planeábamos entrar a los supermercados: al principio de la semana habíamos pasado a un vivero, en donde planeábamos comprar una suculenta, para regalarle a nuestra editora en su cumpleaños.

Aún no me acostumbro a caminar con los anteojos permanentes, pero estoy haciendo un esfuerzo para no mostrar tanta molestia por el hecho; la suculenta (en una maceta de barro) nos salió bastante cara (once dólares); luego pasamos a la tienda verde de descuentos a ver si había pinturas acrílicas.

Y es que el plan de Rb era decorarla de forma personalizada para su amiga -Rb es muy buena en las tareas creativas-; pero no encontramos nada interesante en la tienda; con lo que nomás retomamos el camino de vuelta a casa -casi a la mitad del trayecto vimos un operativo de seguridad bastante fuerte: un buen número de soldados  (con armas bastante fuertes y cascos) estaban alrededor de un negocio por el que pasamos todas las semanas-.

Un poco después de las seis de la tarde me metí a la habitación de Rb a hacer algunas lecciones de Duolingo (al final hice más de cuatro o cinco veces lo que había completado el día anterior); después Rb me recordó que debía preparar los rollitos de pollo.

Lo que había olvidado por completo: no bajé la pechuga del freezer, por lo que era un trozo de hielo completamente congelado; lo metí durante varios minutos -en segmentos de treinta segundos- al microondas y, al menos se dejó cortar.

Luego lo dividí en dos trozos de seis onzas, seccióné, cada uno, por el centro en cuatro porciones -sin llegar a separarlos- y luego los martillé con el mazo que compramos hace varios años para el efecto; el resultado no fue muy bueno, pero esperaba que, luego de doce horas en el refrigerador, puedieran ser exitosamente cocinados.

Y a ver cómo sigue eso...

sábado, 9 de mayo de 2026

Dinero encontrado... Found money... L'argent trouvé...

He tenido -¿como todos?- una buena historia con el dinero encontrado en el camino -también he perdido algo de efectivo en diversas ocasiones-; recuerdo que cuando empezaba este blog (hace dieciséis o diecisiete años) hubo una entrada sobre el tema (fue en noviembre del dos mil nueve).

Y este día -miércoles seis de mayo- volvió a suceder: veníamos caminando con Rb -nuestra salida diaria después del trabajo- y ví algo rojo en el piso: era un billete de la tercera denominación; y un poco después había otro billete de la denominación superior siguiente (y en el interior uno de la inferior siguiente).

Estuvo rara la cosa: estábamos muy cerca de un car wash -y venta de licores-; y del primero Rb no se dió cuenta; del segundo sí, no sé si me lo señaló o tuvo la intención de recogerlo; pero estaba de mi lado.

Pero bueno.

Los primeros días de la semana estuvieron bastante tranquilos: el lunes, especialmente, no salí de la habitación hasta muy muy tarde; ambos días (lunes y martes) desayuné un poco después de las diez (los tres días los registré en mi app como 20/4).

El lunes, después de meditar me quedé en la cama; intenté dormitar pero, un poco después de las ocho, recibí una llamada de mi supervisor en el Imperio del Norte (por suerte me había quedado con los audífonos puestos -y había puesto un video en la computadora del trabajo-).

Ese día se suponía que debíamos de probar una nueva versión de la app en la que trabajamos; incluso me tocó que contactar a mis dos compañeros analistas que estaban activos (el que menos me cae bien está ausente -de hecho iba a indagar con el PM si realmente está de vacaciones, pero luego me dije que no tiene importancia, realmente-).

El compañero que vive en el pueblo donde creció mi padre empezó a trabajar en la asignación; el que mejor me cae -y más brillante- tampoco estaba presente; le escribí por whatsapp y un poco más tarde me respondió por la app de mensajes del trabajo.

Yo ya había empezado a trabajar con el otro analista -y nos dimos cuenta, rápido, que la app no estaba funcionando-; reportamos eso al supervisor y él asignó a mis dos compañeros a un ambiente en el que estuvieron trabajando mietnras yo estaba de vacaciones.

Y a mí me asignó una tarea algo rara: apoyar a un analista que se encuentra en el Imperio del Norte (y que no sabe utilizar ni siquiera Excel) con una prueba en la que supuestamente ya estaba experimentado (pero no, no estaba nada experimentado).

Traté de ser proactivo y le pedí información sobre la tarea asignada; y nomás me envió algunas líneas bastante genéricas; y consulté con mis dos compañeros locales; y resulta que ninguno de los dos tenía conocimientos en la funcionalidad específica.

Un poco más tarde me llamó el analista desde el Imperio; y en cierto momento incluso incluyó al supervisor en la llamada; pero fue muy poco lo que pudimos hacer: básicamente marcó la tarea como fallida y envió un reporte bien escueto de lo realizado.

Yo estuve la mayor parte del día tratando de avanzar en el código -mi compañero había hecho algunos ajustes en una parte del código, y al revisar la ejecución de mis últimos cambios resultó que no eran compatibles-.

También estuve leyendo un poco de los tres libros: ficción en inglés, no ficción en español y tecnología en inglés; el almuerzo consistió de un poco de carne molida de pollo y un poco de güisquil -cortado en juliana y cocido- pues Rb está ahora también restringiéndose de la pasta.

Para el café de la tarde -que preparé después de lavar los trastes- aún tenía bastante pastel de avena/zanahoria de la semana anterior; consumí eso con media galleta; y le preparé a Rb -a las tres menos cuarto- una taza de té de manzanilla.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; yo había estado sopesando el consumo de media galleta de chocolate con media galleta redonda -de crema- pero ya no tenía de las últimas; entonces, en el supermercado más alejado compré un paquete de galletas waffle de fresa.

Y en el otro supermercado compré unas galletas chicky de fresa y unas galletas redondas de limón; también compramos allí un poco de bananos -aunque ahora Rb ha reducido su consumo diario a la mitad, debido a algo que DeepSeek le comentó sobre cómo podía afectar a sus riñones/vesícula-.

Por la mañana Rb había comprado una papaya y un mango (ella también ha detenido el consumo de esto último, debido a la misma razón que los bananos); y había pelado y partido ambos después de lavar los trastes.

Por la noche estuve sopesando ver algo en la computadora; pero, al final, no encontré nada interesante; y aproveché para adelantar un poco en los libros -estoy a un ciclo de terminar el de ficción en inglés; y bastante avanzado en los otros dos-.

El martes fue el día en que me quedé casi toda la mañana en la cama: me levanté a meditar a las seis y media, luego entré a la reunión de las siete, luego me quedé en la cama; hice algunas lecciones de Duolingo pero, realmente, estuve dormitando hasta las nueve que empezó la siguiente reunión.

Rb entró un poco antes a la habitación y al escucharla le comenté que aún estaría un rato en cama -estaba entre la vigilia y el sueño-; finalmente, un poco antes de las diez salí a prepararme el desayuno; y me pasé el resto del día revisando una función que estaba provocando que mi código no funcionara.

Fue un día bastante intenso de trabajo: como el código es interpretado no puedo encontrar la mayor parte de los errores más que al ejecutarlo -y agregar muchos comentarios para ver por dónde se logra avanzar-.

El almuerzo estuvo bien -la especie de pasta a la bolognesa, pero con güisquil en vez de pasta- y acompañé el café de la tarde con media galleta wafle de fresa y media galleta chicky de vainilla -y un dieciseisavo del pastel de avena/zanahoria-.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; aunque, realmente, no teníamos nada por comprar; la idea era pasar a la tienda verde de descuentos a ver si habían galletas redondas de fresa -en el pasado había comprado-.

Pero no encontré ninguna galleta atractiva en ese lugar; luego pasamos al supermercado, a ver si había bananos verdes; pero la mayoría ya estaban maduros; y los que estaban verdes tenían pinta de que se argeñarían; entonces retornamos sin ninguna compra.

Por la noche volví a evitar ver contenido audiovisual; nomás adelanté un poco en el libro de ficción en inglés; de hecho la noche anterior, después de retornar de caminar, me encerré durante un buen rato en mi habitación, y estuve leyendo/haciendo Duolingo/dormitando.

El miércoles me desperté con la intención de no quedarme mucho tiempo en la cama: después de meditar volví a la cama a participar en la llamada de las siete; después me quedé en cama pero no me acosté; abrí mi computadora personal para continuar trabajando en el código.

Salí de la habitación un poco después de que escuché a Rb ya levantada -alrededor de las ocho-; pasé las dos computadoras para la mesa del comedor y continué trabajando en este lugar: afortunadamente pude resolver el problema en el que había estado trabajando desde el día anterior.

A las once hicimos la rutina de ejercicios de mediados de la semana -algo que también hicimos el primer día laboral de la semana-; aunque ahora estoy firme en continuar durante mucho tiempo nomás con media hora de rutina.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; después me metí a la ducha -no había querido ducharme después de los ejercicios porque consideré que sudaría nuevamente al salir con los perros-; después ayudé a Rb con la preparación de la tercer porción de los almuerzos semanales.

El resto de la tarde estuvo normal: lavado de trastes, preparación de café, un poco más de código, té de manzanilla para Rb; a las cuatro Rb se retiró a descansar a su habitación; como el trabajo estaba tranquilo decidí retirarme a mi habitación y puse una alarma para las cinco -quería leer un poco del libro en español-.

Pero un poco antes de las cuatro y media Rb se apareció en mi habitación: se había recordado que tenía clase a las seis y media y, como de costumbre, debíamos salir media hora antes a realizar la caminata diaria; entonces nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Caminamos hasta el más alejado y entramos a ver si había filetes de pechuga de pollo -planeaba preparar un par de rollitos para el almuerzo del siguiente sábado, con mi hija mayor-; pero no encontramos -nomás había pechuga con hueso-.

En el otro supermercado -el que queda a medio camino- encontramos del tipo de pollo que andaba buscando; también compramos un poco de bananos; después de pagar las compras reiniciamos el camino de vuelta a casa.

Pero no nos dirigimos directamente: Rb decidió que quería pasar a la tienda de las verduras -no había encontrado lechugas en el supermercado, y ahora es uno de los elementos que ha agregado a (casi) todas sus comidas-.

En la tienda de verduras tampoco había lechugas; pero Rb encargó a la dependienta algunas, además compró manzanas y ciruelas para su consumo semanal de frutas; y unas zanahorias: había, en la refrigeradora, un par de trozos para el pastel que iba a preparar, pero consideré que me faltaría un poco.

Retornamos a casa un poco después de las seis y Rb se puso a prepara su cena ya que debía entrar a clase a las seis y media; yo esperé a que terminara todo -seguía revisando el código- y, cuando la cocina quedó desocupada, empecé a preparar el pastel de la semana.

Al igual que la semana anterior, le agregué media pastilla de mazapán De la Rosa -aún me queda una entera-, le bajé un poco al Monk Fruit y a  la Splenda; y también le agregué menos bicarbonato -aunque le agregué dos yemas extras a la receta original-.

Estuve en la preparación del pastel durante un poco menos de una hora -el tiempo de cocimiento se ha duplicado, creo que por el uso de las yemas extras-, mientras realizaba algunas pruebas con el nuevo código -de más de cincuenta casos nomás dos no me estaban funcionando-.

También traté de ver el sexto episodio de la quinta temporada de The Boys, pero preferí ponerme al día con mis notas -incluyendo esta- y con eso llegué hasta las nueve de la noche -un poco antes de las ocho había cerrado la máquina del trabajo-. 

Los dos últimos días laborales de la semana también estuvieron bastante tranquilos: el jueves completé los últimos cambios al código -después de la actualización que había hecho mi compañero-; aunque, como siempre, no estuvo tan sencillo el final.

En la reunión de la mañana se nos había pedido al equipo que realizáramos una prueba en un ambiente en donde usualmente verificamos que las nuevas actualizaciones no tengan errores críticos -antes de pasarlas al servidor de pruebas-.

Entre las dos reuniones de la mañana había programado una reunión con mi compañero más brillante: me había topado con una pared en el desarrollo del código; el día anterior lo había pasado tratando de resolverlo -ayudado por un par de LLMs- pero llegué a la conclusión de que lo mejor era consultarlo.

Y sí, la solución era -más o menos- la que ambos LLMs me habían planteado; o sea que hubiera podido resolverlo personalmente, pero me habría llevado muchas horas y mi compañero ya había escrito las rutinas necesarias para completar la función.

En la reunión le expliqué a mi compañero las dificultades que había encontrado y -no le tomó mucho tiempo- él me mostró cómo avanzar; escribí el código faltante en muy poco tiempo -aunque luego tuve que continuar con el siguiente bloqueo-. 

En el desayuno de la mañana -un poco después de las diez- consumí la última mitad de la octava parte del pastel que había preparado el miércoles anterior; a las doce y media sacamos a caminar a los perros; y luego recalentamos la última de las porciones de -nuestra versión de- bolognesa.

Por la tarde encontré un error raro en el código que estaba escribiendo; o más bien, en el código que debía probar con el código que estaba escribiendo: no estaba reconociendo la información que se recibía desde el servidor remoto; le escribí al programador en el Imperio del Norte que más nos ha ayudado, pero no recibí ninguna respuesta.

Después del horario laboral caminamos a los supermercados en dirección norte: por la mañana Rb había roto un cable USB-C con el que estaba conectando un ventilador portatil a su computadora y quería reponerlo.

Caminamos hasta la tienda verde de descuentos y allí encontró un cable -tres dólares-; también buscamos otro ventilador portátil -uno que tuviera giro-, no encontramos nada parecido en el lugar; pero Rb compró un pequeño abanico de papel -el calor ha estado bastante fuerte-.

Ese día mi hija mayor me pidió unos días extras -dos semanas- para realizar el depósito del monto de la cuota mensual de mantenimiento del departamento: le habían pagado por las clases de inglés que está impartiendo los sábados, pero la cantidad era ínfima.

De todos modos -supuestamente- ya había empezado a trabajar como traductora freelance en un sitio web en el que había estado aplicando durante las últimas semanas; le indiqué nomás que tuviera cuidado -y anoté en la lista de entradas y salidas del departamento el monto como cubierto (y también en su hoja individual de crédito)-.

En el camino de vuelta de los supermercados pasamos a la panadería habitual a comprar el pan para mis desayunos -también compré un pequeño zepelin, con lo que el monto gastado aumentó más del doble (un dolar y medio)-.

También pasamos a la tienda de las verduras; aunque esto generó un connato de conflicto: al inicio del camino de retorno (estábamos saliendo del supermercado, luego de comprar unos bananos) Rb me recordó que tenía que pasar a la tienda de las verduras (porque había encargado unas lechugas); yo le indiqué que no me caía bien las propietarias y ella me indicó -con aparente molestia- que si quería podía ir sola.

O sea, en cuando habíamos salido de la calle donde vivimos habíamos repetido el diálogo (sin la parte final); pero en el camino de vuelta me traté de tranquilizar y nomás la acompañé al lugar; y sí, le habían conseguido varias lechugas.

Por la noche ví el quinto capítulo de la quinta temporada de The Boys; pero mientras estaba en mi habitación -más o menos a la mitad- Rb me interrumpió para pedirme que viera lo que la perra más pesada había hecho: mordisqueó el abanico recién comprado.

El viernes preveía una mañana bastante cargadita: además de las dos reuniones habituales por la mañana tenía un par más programadas; la primera era de mi supervisor, para revisar el avance en los proyectos -se supone que la realizar semanalmente, pero teníamos tiempo de no reunirnos-.

La segunda la había programado mi compañero más brillante: se suponía que nos reuniríamos con el supervisor y su jefe para presentarle los avances que habíamos realizado en la automatización de algunas de las tareas del área.

Me levanté antes de que sonara la alarma (hasta uno o dos días antes me había percatado de que me estaba despertando más temprano porque estaba dejando abiertas las paletas de vidrio de la ventana), medité y entré a la primera reunión; la que no tuvo muchas novedades.

Después -una media hora más tarde- entré a la reunión con todo el equipo -local y remoto-; y, realmente, no aporté -ni recibí- mucho; excepto que el supervisor me asignó una tarea en conjunto con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre.

Un poco más tarde entré a la reunión en la que mi compañero iba a presentar los avances en la tarea que habíamos estado trabajando las últimas semanas; y esta sí estuvo extensa; se suponía que tardaría media hora, pero el código que mi compañero estaba presentando no funcionó.

Entonces empezó una larga explicación de lo que había hecho, lo que podía estar fallando y las razones por las que aún no habíamos completado la asignación -también los aspectos por los que la automatización no podía ser completa-.

Al final logró que el código funcionara -el supervisor no había entrado a la reunión, nomás su jefa-, pero me quedé con la impresión de que el jefe del supervisor no entendió mucho cómo iba realmente el avance; tampoco entendí su opinión; según mi compañero la instrucción fue que continuáramos avanzando. 

Después de esta reunión el analista que vive en el pueblo donde crecio mi padre me estuvo escribiendo en la aplicación de mensajes, pero preferí llamarlo para mostrarle el procedimiento que habíamos realizado, el lunes anterior, con el analista en el Imperio del Norte; y resolver las dudas que pudiera encontrar.

Rb había ido, al supermercado en donde se provee de frutas, después de desayunar y retornó un poco antes de las once de la mañana; le pedí que atrasáramos un poco la realización de la rutina de ejercicios: quería sacar a caminar a los perros después de esta -y previo a meterme a la ducha-.

Aceptó mi sugerencia y, un poco después de las once y media- realizamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a caminar a los perros más grandes; cuando entramos terminamos la preparación del almuerzo: pescado, caldo de pollo y ensalada.

El almuerzo estuvo bastante copioso y, después del mismo, me metí a la cocina a lavar los trastes que desbordaban el lavatrastos; luego me preparé un té de menta; el que consumí con: un cuarto del zepelin que compré el día anterior, un octavo del pastel que preparé un par de días antes, un tercio de una galleta de limón y una mitad de galelta de chocolate.

Por la noche ví la primera -de dos y media- media hora de una película china de ciencia ficción: Resurrection; por alguna razón la tenía en mi lista de material audiovisual pendiente y esa noche -por fin- la bajé con un enlace de torrent; creo que no he visto muchas películas chinas y esta se veía interesante.

Y a ver cómo va eso...