Esta semana me la pasé -casi- sin leer... apenas uno o dos capítulos del libro de Reese Whiterspoon -incluyendo el sábado-; y es que se juntaron varias cosas: el cansancio del fin de semana -con mis padres en casa de Rb y una galera a medio (o un tercio más bien) contruir-, y el miércoles fue mi último día en la empresa anterior, empezando el jueves un nuevo ciclo laboral.
También sentí la decompresión del estudio: pasé entre cuarenta y cuarenta y cinco días preparándome para pasar el exámen que me otorgaría el certificado de Fabric Analytics Engineer Associate de Microsoft; lo cual no fue la 'gran' cosa: o sea, es más usar herramientas que desarrollar 'nuevas' habilidades, pero bueno.
La cuestión es que me pasé casi toda la semana entre una y otra cosa -casi sin nada en el medio- y no reuní la energía para avanzar en ninguna de las líneas -que quedaron bastante difuminadas- de lectura.
Y lo otro: durante los cincuenta y tres años que he pasado sobre la superficie terrestre he sido parte de varios eventos -sociales, cómo no- en los que he causado sufrimiento -tanto a otra persona como a mí mismo- por no saber conducirme de una forma 'normal'.
Creo que la primera vez -que justo me recordé en esta ocasión- fue cuando ví a una persona en la escuela dominical de la iglesia con quien creía que tenía un vínculo amistoso -o algo parecido- simplemente porque el joven había estado bastante activo en el velorio de mi abuelo (yo tenía nueve años).
La situación fue bastante bizarra, porque yo actuaba como si fueramos amigos y él incluso empezó a maltratarme de palabra; mi hermano mayor intervino para indicarme que dejara de actuar de esa forma.
También he hecho llorar a dos personas en dos diferentes trabajos: en el primero como Ingeniero porque no seguí la pauta establecida dentro de un curso, y uno de los asistentes tomó los hechos como que lo estaba rechazando; fue bien incómodo para todos.
El segundo fue mi amigo -ahora- Testigo de Jehová: no leí bien el ambiente y realicé un par de comentarios en voz alta -como broma-; los que fueron tomado completamente de la peor manera y tuvimos un momento bastante incómodo.
Y el último -hasta ahora- fue haber (sin que viniera a cuento) excluido a mi ex supervisora del grupo en el que la habían incluído, justo el primer día en el que ya no era parte del grupo (ella no transicionó, como los otros siete miembros); y se vió muy mal.
En mi defensa -si se puede defender- la eliminé antes de darme cuenta que acababa de publicar un mensaje bien motivador -o algo parecido- respondiendo a otro de los compañeros que sí era parte del cambio.
Y a ver cómo sigue eso...
El lunes era el primer día de la firma de contrato con la empresa que estaba comprando nuestra área en la anterior: a mí me habían citado el viernes anterior pero, ya en el camino, ví un correo donde cancelaban la cita.
Al mediodía un par de compañeros -un desarrollador y un analista de calidad- comentaron en uno de los grupos que ya habían firmado el contrato; entonces me dí cuenta que no me habían asignado una nueva reunión.
Así que le escribí a la persona -una chica húngara, al parecer- que me había contactado originalmente -y que luego había cancelado la reunión- para ver si había alguna actualización; aunque sabía que no me contestaría tan pronto: Hungría está ocho horas adelante.
De todos modos el día pasó bien lento; hicimos ejercicios al mediodía y fuimos al supermercado al final de la tarde; igual me sentía rendido después del fin de semana que había tenido -empezando el viernes a las cuatro de la madrugada; luego, la visita de mis papás, y al final el examen del domingo a las cinco de la mañana-.
El martes revisé mi correo personal desde temprano -el viernes no lo había hecho y por eso había tenido que retornar a casa cuando casi había llegado al lugar de la firma- y abrí un correo en donde me proponían la reunión para el mismo día a las once y media.
Contesté al correo aceptando la cita y luego nomás me dediqué a esperar la hora de salida; un poco después de las nueve y media me bañé, vestí y me dirigí caminando al boulevard principal; donde no esperé mucho al paso del siguiente bus intermunicipal.
De hecho había estimado dos horas de viaje -por eso había salido alrededor de las nueve y media de casa-; pero el viaje fluyó mucho mejor de lo que esperaba y llegué apenas unos minutos después de las once a la última estación de la línea del transmetro -la oficina se encuentra a un par de calles del lugar-.
Y, como el PM me había comentado que había tenido que esperar en la recepción de la oficina por haber llegado muy temprano, decidí seguir en el transporte hasta la primera estación en el sentido contrario, para entrar en un supermercado y pasar allí diez o quince minutos.
Entré a un gran supermercado y encontré de las gaseosas que comparto en los almuerzos mensuales con mi hija mayor; pero no llevaba la tarjeta de débito de Rb -a pesar de que me la había ofrecido- y no tenía efectivo -no recuerdo la razón de haberme quedado sin ningún billete grande-.
Entonces nomás regresé caminando a la última estación del transmetro -unos cuatro o cinco calles-; luego crucé la calle y busqué la dirección de la oficina -estaba realmente a dos o tres residencias luego de entrar a la calle-; llegué un par de minutos antes de la hora indicada.
En la recepción estaba una anciana, que me comentó que la licenciada estaba ocupada -en una reunión virtual-; que la persona de las once se había atrasado y que tendría que ser atendida tarde; y no me mostré comprensivo y le comenté que la razón de hacer citas era respetar los horarios.
Pero luego me senté en los muebles de espera y empecé a hojear una de las revistas de negocios que tenían disponibles; y me resigné a esperar; la recepcionista me ofreció café o agua y acepté un vaso de agua con hielo; un poco después llegó una chica, pero a buscar a otra licenciada.
Y un poco más tarde llegó un joven -al parecer quien debía haber llegado a las once-; lo atendieron, guiándolo a una sala contigua; luego salió la licenciada -una señora bastante joven- y me guió a otra sala, en donde me proporcionó tres copias del contrato de trabajo.
Lo leí superficialmente: ya me habían comentado que habían corregido unas inconsistencias con los horarios y, la verdad, no confío en la solidez de lo que se ofrece -o acepta la empresa- en este tipo de documentos; firmé las tres copias -y agregué una rúbrica en cada página-.
La señora me comentó que lo había leído bastante rápido, me entregó una de las copias -la que metí a mi mochila- y dió por concluido el trámite; me despedí de ella -y de la recepcionista- y empecé el viaje de vuelta a casa.
Vine a almorzar la última de las porciones de comida china que habíamos preparado para la visita de mis padres -y los primeros dos días de la semana-; luego tomé un café con galletitas -y un poco de pan tostado-.
A media tarde le preparé un té de manzanilla a Rb; y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: se me había ocurrido preparar un pastel de arroz -porque ya casi no consumimos el grano y nos restaban varias libras en un par de herméticos- y quería comprar esencia de vainilla y leche líquida.
Cuando retornamos del supermercado revisé las notas que había tomado de varios videos de Youtube y puse a remojar -sobre la refrigeradora- doscientos gramos de arroz; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y un poco de una comedia de Ryan Reynolds sobre la guerra fría.
El miércoles era el último día en el trabajo anterior y, continuando con la costumbre de mucho tiempo, casi no hice nada en el trabajo; al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego sacamos a caminar a los perros y después almorzamos una piernas de pollo asadas, muy buenas.
Por la mañana había preparado el pastel de arroz -con el arroz remojado durante la noche- y almacené en el congelador tres o cuatro porciones adicionales de leche; después del almuerzo preparé un café y lo acompañé con un poco de pastel que había cocinado en el microondas -la mayor parte lo cociné en un sartén-, el cual estaba muy tostado.
Un minuto antes de que terminara mi último turno de trabajo -concluyendo doce años de trabajo en la misma empresa- escribí esto en el grupo general: Y bueno... fue bueno mientras duró... Nos vemos -mañana- al otro lado... Au Revoir; luego apagué la computadora.
Despues nos dirigimos, con Rb, caminando a los supermercados en dirección sur: quería pasar por la ferretería para comprar tarugos y tornillos para colocar una regla de madera en la cocina; y es que había estado viendo videos en Youtube para tomar ideas para instalar un colgador de sartenes en la cocina -aprovechando, a petición de Rb, que ya teníamos un taladro eléctrico-.
Después de la ferretería continuamos el trayecto hasta el extremo del boulevard, no entramos al supermercado más alejado, sino que retornamos al que se encuentra a mitad del camino; allí compramos un poco de pollo y huevos; además compré un litro de jugo de naranja -para el desayuno del domingo con mi hija mediana-.
El jueves fue mi primer día en el nuevo trabajo, y lo empecé con el pie izquierdo: saqué a la supervisora -que se quedó en la empresa anterior- del grupo de trabajo en el que estábamos los que pasamos al nuevo; pero la saqué casi cuando ella estaba escribiendo en el grupo -no me dí cuenta hasta que ya era tarde-.
El desarrollador con el que me he reunido un par de veces para tomar un café fuera del trabajo se mostró sorprendido de lo que había hecho; yo me disculpé, aduciendo un error cerrando ventanas, comentando que ya me había disculpado con la supervisora -le escribí en nuestra conversación privada-; pero que entendía que no se me creyera.
Más tarde le pedí al desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad un par de años atrás que sacara al analista que menos bien me caía -y que no pasó a la nueva empresa: lo despidieron, compensándolo de acuerdo a la normativa- del grupo de whatsapp de la nueva empresa.
Y él no lo quiso hacer: o sea, dijo que le parecía que era la medida correcta, pero que no lo quería hacer el primer día; y sentí -no sé si era solo percepción personal- cierto resquemor por lo que yo había hecho más temprano con la supervisora -también le había comentado al PM, quien ahora es nuestro supervisor local, que había sido un descuido el haber procedido de esa forma-.
Otra de mis excusas -si se puediera excusar- es que estaba bastante ocupado cuando ocurrió lo de la supervisora porque estaba trabajando en la revisión del documento de más de doscientas páginas que me habían asignado unas semanas atrás.
Bastante temprano, justo antes de sacar a mi ex supervisora del grupo, la analista en el Imperio del Norte me había escrito para preguntarme sobre mi avance; la verdad es que no había hecho mucho -además de actualizar la tabla de contenido y borrar un par de páginas en blanco- en el mismo.
Y entonces se me ocurrió que podía utilizar código para revisar que todas las figuras y tablas estaban correctamente referenciadas dentro del texto; y eso me tuvo completamente inmerso en el trabajo desde muy temprano hasta las nueve de la noche.
Porque me encanta este tipo de tareas: resolver un inconveniente utilizando código; estuve apoyándome en Copilot para escribir código en Visual Basic y correrlo en Excel y Word para revisar las doscientas treinta páginas del documento y actualizar correctamente las listas de figuras y tablas.
Al mediodía sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos la segunda porción de piernas asadas; y al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte.
Yo quería pasar a la ferretería industrial para comprar unas armellas que utilizaría para fabricar un colgador de trastos en la cocina; también compramos una broca de un octavo de pulgada y aprovechamos para adquirir un nuevo paraguas -el anterior estaba tan viejo que el mango se andaba cayendo a cada rato-.
Compramos dos paquetes de armellas: uno de seis unidades con un tamaño bastante grande y uno de doce -casi al mismo precio- con un tamaño mediano; también pasamos a comprar marcadores permanentes en la tienda verde de descuentos (mi padre había utilizado los que teníamos en la construcción del fin de semana).
En el camino de vuelta pasamos a comprar el pan para mis desayunos del fin de semana -y en la panadería de la vuelta un cubilete con chispas de chocolate-; además pasamos a la tienda a comprar un manojo de culantro.
El viernes aún trabajé un poco en la revisión final del documento; pero un poco después de las nueve le escribí a la analista para comentarle que había terminado la actualización; luego, un poco más tarde el otro analista en el Imperio del Norte me escribió para que lo ayudara.
Y era otra tarea de las que me gustan -de las que pueden resolverse con código-: tenía una serie de procedimientos en Excel y quería pasarlos al formato oficial en Word; además de agregar una tabla de resumen con los temas; lo cual hice con varios scripts de VBA.
Me pasé toda la mañana trabajando en esto: al mediodía le envié el documento por nuestra herramienta de mensajes; y el resto del día estuvo más tranquilo: casi nada por hacer, por lo que me dediqué a revisar los cursos ya asignados en mi nueva empresa.
Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y entramos a la panadería del lugar, allí compré un par de panitos tostados y un pan de queso -para mis desayunos del fin de semana-.
Entramos al supermercado de las cercanías pues Rb quería comprar pollo para su perra más anciana; yo aproveché para cobrar una transferencia móvil que había hecho desde el banco en el cual me pagaron durante doce años -hay un cajero del mismo en este supermercado-.
En el otro supermercado compramos una lechuga morada y un poco de bananos; Rb también compró allí más pollo, aunque, este creo que sí era para sus desayunos; por la noche estuve viendo un poco de la comedia del actor de Deadpool sobre la guerra fría.
El sábado me levanté a las cinco y media: había acordado reunirme con mi amigo de ascendencia asiática a las siete de la mañana; medité los veintiocho minutos en curso, luego completé un par de partidas de ajedrez en Duolingo.
Después me metí al baño y tomé una muy buena ducha, antes de vestirme y salir a tomar la van para dirigirme al restaurante en donde nos reunimos para su cumpleaños; el día estaba bastante gris y el tránsito estaba bastante tranquilo.
Llegué al lugar cinco minutos antes de la hora y me instalé en un área que tiene el restaurante cerca de la entrada; allí estaba jugando una partida de ajedrez cuando llegó mi amigo: llevaba una mochila bastante voluminosa.
Ordenamos un par de desayunos -y yo noté que el precio de los mismos había sido incrementado nuevamente-; pagué -quince dólares- y nos instalamos en una mesa del lugar; lo primero que hizo mi amigo fue darme la mochila -es de Google Cloud- como un regalo -y contarme que en vez de tirarla mejor la regalaba-.
Estuvimos en el lugar, entre desayuno y conversación por dos horas; el comportamiento de mi amigo -también está (creo) dentro del espectro- retornó a lo habitual: hablar sin detenerse, permitiendo apenas cierta contribución de la otra parte.
Pero parte de lo que me contó me preocupó un poco: le pidieron el lugar en el que ha vivido por un par de años -entendí que por algo relacionado con su comportamiento, o su forma de vivir, o algo parecido-; y, aunque está aplicando para un nuevo trabajo -pidiendo como el setenta y cinco por ciento de lo que gano actualmente- su situación financiera es desesperada.
Al parecer -eso ya me lo había comentado mucho tiempo atrás- una de sus hermanas, que reside en el otro gigante del norte- lo ha estado ayudando mensualmente para cubrir sus gastos -ahora pagaba el doble de lo que mis hijos pagan por los servicios en su departamento-.
El problema es que a su hermana le acaban de aplicar un downsizing y está por perder su empleo; con lo que ya no va a estar recibiendo el apoyo financiero de esa parte; y, la verdad, su situación en general me pareció bastante complicada.
A las nueve -había puesto una alarma- le indiqué a mi amigo que retornaba a mi casa; nos despedimos en la puerta del restaurante y abordé la van para conducir de vuelta a la casa de Rb; a donde vine bastante rápido.
Me cambié de ropa, comí un poco de fruta y luego empecé a trabajar en el patio trasero; había previsto un fin de semana bastante atareado: quería dejar el sábado el tercer arco de la galera armado, y los agujeros para el mismo a la profundidad requerida.
Quería realizar lo primero por la mañana y lo segundo por la tarde; entonces me puse a trabajar en los agujeros: con un machete escarbé los agujeros y me ayudé con un sartén viejo -y una pequeña caja de metal- para ir extrayendo la tierra; además estuve midiendo, con los tubos de metal, la altura.
Y el trabajo avanzó: antes del mediodía ya tenía ambos agujeros preparados para la intalación de los tubos; entonces saqué el barreno eléctrico y me puse a armar el arco: dos tubos de hierro negro y, en lo alto, una costanera de material galvanizado.
Rb me ayudó un poco con lo segundo, con lo que terminé por el día; y la verdad me sorprendió la rapidez de lo segundo: con mi padre nos pasamos casi una hora nomás para armar uno de los arcos -al parecer él estaba utilizando de forma incorrecta su barreno-.
Después de guardar las herramientas sacamos a caminar a los perros; luego me puse a preparar el almuerzo: la noche anterior había dejado preparados los elementos para armar un par de sandwiches con los componentes del burrito de zanahoria que suelo preparar los fines de semana.
Pero, por no prepararlo en el momento, habíamos decidido que en vez del burrito la tortilla sería dividida en cuatro partes y se armarían un par de sandwiches; los que quedaron muy buenos; luego de dejar preparado esto sacamos a caminar a los perros.
Después del almuerzo estuve leyendo un poco del libro de Reese Whiterspoon; hasta que Rb le dió de comer a sus perros, lavé los trastes y le ofrecí un té de manzanilla a Rb, el cual rechazó pues debía salir hacia su iglesia, a impartir la clase de alfabetización semanal.
Pero el día se había puesto más gris; y había empezado a lloviznar, de forma ligera pero constante; Rb salió con el paraguas y me estuvo enviando mensajes sobre su avance; el cual fue bastante lento pues el tránsito estaba bastante pesado -se había ido en busito-.
Y como no me quería dormir por la tarde hice una lista de cuatro actividades y las programé consecutivamente para completarlas en las siguientes dos horas: leer, escribir, jugar ajedrez en Duolingo, y bajar el material que aún estaba en la van.
Y es que, por la mañana, en el viaje de regreso de mi desayuno, había pasado a la ferretería y había comprado un saco de cemento -de cien libras- y dos sacos de arena -de veinticinco cada uno-; y uno de esto se había roto cuando el joven dependiente lo había colocado en la van.
La cuestión fue que no dejó de llover durante toda la tarde por lo que nomás completé tres de las actividades que me había propuesto: no quise bajar el material del auto pues no quería que se mojara el cemento; a las cinco y media inicié a caminar hacia la iglesia de Rb.
Me había pedido que le llevara un par de tenis y un par de calcetas pues se había tenido que descalzar en su clase debido que los que llevaba se habían mojado por completo en su viaje de ida; por lo que metí los tenis y las calcetas en la mochila que me había regalado mi amigo por la mañana.
Llegué a la iglesia de Rb unos minutos depués de las seis, entré a su aula -las alumnas: cuatro señoras, ya estaban despidiéndose- y le entregué lo solicitado; luego de que se calzara nos dirigimos al supermercado que queda en la misma calle.
Allí encontré buenas opciones de bebidas para los almuerzos con mi hija mayor y mi hijo menor -latas de seven up light y botellitas de coca cola zero-; también compré un cuarto de litro de helado -me había encontrado un billete de una alta denominación en los pasillos del comercial-.
Rb compró el pollo que utilizaríamos para los almuerzos de la siguiente semana y algunas frutas para sus desayunos; pagamos en la estación de autopago y emprendimos el camino de vuelta -la mochila estaba bastante pesada-.
Después de almacenar las compras me dí cuenta que no había comprado pan para el desayuno del día siguiente con mi hija mediana; entonces me dirigí a la panadería de la vuelta -Rb también me pidió que comprar manzanas verdes para los almuerzos-.
Cuando estaba llegando a la panadería ví a un par de señoras conversando -y una perra jugando con ellas-; una de estas vive a un lado de la panadería y es parte de las clases de zumba de Rb; y la perra, sin provocación ni aviso me atacó cuando apenas estaba llegando al a tienda -vecina de la panadería-.
La mordida fue profunda -o sea, levantó la piel- y la señora se escandalizó; y, por supuesto, mi reacción no fue la mejor: le indiqué que no me importaba la mordida -o el dolor- sino que nomás quería saber si la perra estaba vacunada, para saber si debía de ponerme la vacuna antirrábica.
La señora me aseguró que sí estaba vacunada; compré ocho manzanas en la tienda y una fila de pan francés en la panadería; luego retorné a casa; pero venía bastante alterado; le comenté a Rb sobre el suceso y le pedí que me acompañara para hablar con la señora ella quería asegurarse que la perra estaba vacunada-.
Y la llovizna que se había mantenido más o menos constante se convirtió en una buena lluvia; salimos con un paraguas cada uno pero ya no encontramos a las señoras en la panadería; tocamos en la casa vecina pero -por la hora, seguramente- nadie abrió.
Retornamos y le pedí a Rb que me rociara alcohol en la herida; luego me proporcionó una pomada que usa en las heridas de sus perros -la semana anterior me la había aplicado en la mano derecha pues me había levantado la piel en la mitad de la palma-.
El domingo me levanté a las seis y media; medité y luego retorné a la cama a leer el libro Gone before goodbye; después hice varias lecciones de Duolingo porque no quería salir de la habitación muy temprano; lo cual me complicó un poco el día.
Había estimado salir de la casa un poco después de las nueve pues no quería andar conduciendo con prisas ya que la lluvia continuaba; además, había ofrecido dejar prepaeradas las ensaladas del almuerzo antes de salir.
Pero lo primero que hice luego de salir de la habitación fue preparar los panes para el desayuno con mi hija mediana; fueron enormes: la mitad de un omelette con jamón de pavo y queso amarillo; con lechuga, tomate y medio aguacate cada uno.
Después de preparar los panes preparé las ensaladas, luego bajé los dos sacos de arena de la van: uno de los mismos estaba abierto por lo que me tocó que sacar arena de la alfombra del auto; dejé el saco de cemento pues no quería que se mojara.
Cuando terminé de bajar los dos sacos metí en la mochila con aislante térmico todo lo que llevaría al desayuno: una bolsa de snacks, dos pares de platos, un par de vasos, el jugo de naranja, un par de bananos, una mandarina, una porción del pastel de arroz y los panes.
A las nueve y media me despedí de Rb e inicié a conducir en dirección al departamento; la lluvia estaba constante, aunque no muy fuerte, y encontré muy poco tráfico en el camino; con lo que llegué al edificio unos minutos antes de las diez.
Estacioné la van y luego bajé las dos mochilas, la caja de scrabble y el par de paraguas; con los mismos subí al séptimo nivel; después de instalarme en la sala le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado; un poco más tarde hizo acto de presencia.
Le propuse ir al parque temático -aunque seguía lloviendo- y estuvo de acuerdo; caminamos al lugar -cada uno con un paraguas- y lo encontramos bastante vacío: ningún juego mecánico estaba funcionando y nomás vimos a un par de grupos de asistentes.
Nos dirigimos directamente al área en el que usualmente tomamos nuestros alimentos; de las veinte o treinta mesas nomás había tres o cuatro ocupadas -seguía lloviendo- y nos instalamos en una para desayunar; luego jugamos un par de partidas de Scrabble.
Además le volví a compartir los movimientos para resolver los lados del cubo de Rubik de cuatro por cuatro; estuvimos en el lugar hasta las doce y media y luego emprendimos el camino de vuelta a casa -había estado lloviendo toda la mañana y continuaba igual-.
Cuando llegamos al edificio le pedí a mi hija que me acompañara al auto para no tener que subir con las mochilas y los paraguas; entré a la recepción y le pedí a la guardia que abriera el portón del parqueo; entramos y dejamos allí nuestra carga.
Luego subimos al departamento, en donde estuve apenas cinco minutos antes de despedirme; bajé al auto y ví un mensaje de Rb inquiriendo sobre mi avance; le respondí comentándole que estaba ya en camino de vuelta.
El tránsito -sorprendentemente- estaba bastante ligero: seguía lloviendo; la única pausa que encontré fue en el semáforo antes de entrar al municipio; pero fue apenas un cambio de luces; con lo que vine a casa apenas un poco después de las dos.
Y, a diferencia de otras ocasiones, Rb estaba esperándome para almorzar; lo que hicimos en el acto: alitas de pollo, ensalada y un muy buen caldito de pollo; yo agregué un banano y un poco de papaya al mío; después me preparé un café - el que consumí con galletas y pan tostado-.
Después del almuerzo me sentía bastante lleno por lo que esperé quince minutos antes de ponerme a la tarea del día: después de lavar los trastes del almuerzo bajé el saco de cemento de la van; y cuando intenté mover los sacos de arena al patio trasero la carretilla se estropeó -ya estaba oxidado y el área de carga cedió con el peso-.
Saqué la escalera de la lavandería y comprobé la altura a la que estaba el arco que había armado el día anterior; me tocó que ajustar un poco la altura de ambos y luego empecé a mezclar la primera mitad del saco de cement con uno de los sacos de arena.
Mezclé ambos materiales con agua, batiendo todo con una pala y, cuando ya estuvo casi a punto, le pedí ayuda a Rb para ayudarme a equilibrar los parales del arco antes de rellenar los agujeros con el concreto; el primero quedó lleno y alcanzó aún para la mitad del segundo.
Entonces mezclé el resto del cemento con el otro saco de arena y preparé otra carga de concreto; con el que terminamos de rellenar el segundo agujero; nos sobró un poco menos de la mitad de este concreto y lo aplicamos a la esquina de la galera en construcción.
Después de completar la operación lavamos el área en el que había preparado el concreto y guardamos las herramientas; luego tomamos una muy buena ducha; después del baño Rb porcionó los almuerzos de la semana -los había preparado por la mañana-.
Un poco después de las seis Rb me comentó que iba a completar lecciones de Duolingo; yo iba a hacer lo mismo y me metí a mi habitación; pero sentí un bajón de energía bastante acusado: nomás completé tres o cuatro lecciones; luego estuve dormitando hasta las ocho de la noche.
A esa hora salí de la cama, tomé la computadora y y me pasé a la habitación de Rb, en donde me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-, lo que me llevó casi dos horas, entre la recolección de los sucesos de la semana y alguna interacción con Rb.
Y a ver cómo sigue esto.