miércoles, 18 de febrero de 2026

El club de la pelea -y las complicaciones de morir baleado-... Fight club -and the complications of being shot to death-... Le club de combat -Et les complications de mourir criblé de balles-...

Hace muchos años ví Fight Club, mucho tiempo después me enteré que era un libro; algún tiempo después me enteré que el autor de la obra -que es homosexual- es originario de -y vive en- la ciudad del Imperio del Norte en la que viví un par de años.

La película es muy buena -el director es muy bueno-, aunque creo que -no estoy seguro- fue un fracaso comercial, luego se convirtió en una película 'de culto' sea lo que sea que eso signifique.

Creo que he visto la película un par de veces -no estoy seguro si alguna vez la ví de corrido- y había tenido la intención de leer el libro; aunque no lo había agregado a mi libro de pendientes.

Hasta el último almuerzo con mi hija mayor: me contó que -a pesar de que tiene su tiempo bien limitado por haber empezado a estudiar medicina en la Universidad- había terminado el libro y le había llamado la atención algunas diferencias con la película.

Esa misma noche bajé el libro y lo pasé a la tablet; y empecé a leerlo después del libro anterior en inglés; y debo decir que se me hace muy difícil separar a la película del mismo; o sea, no dejo de ver a Edward Norton y Brad Pitt.

Y hasta ahora no he visto taaantas diferencias; o sea, como que al inicio se extiende más sobre el final de la historia; pero, en general, la mayor parte de las escenas son extraídas directamente del texto.

Según mi hija mayor la chica -Marla- tiene un papel más preponderante en el libro que en la película; pero hasta ahora no me ha parecido tanto; también me comentó que en el final hay un twist que no se muestra en la película; por el momento acabo de pasar de la mitad.

Y lo otro: el sábado por la noche estábamos -como casi todas las noches- en la habitación de Rb; mientras ella veía alguna de las innumberables series, que ocupan la mayor parte de su tiempo libre, yo intentaba avanzar un poco en el libro en inglés -o español , no recuerdo-.

Entonces Rb recibió una llamada por whatsapp, era su hermana, que vive -desde hace décadas- en una ciudad de nuestro gran vecino del norte: el tono era desesperado, al parecer habían baleado -y había muerto- un sobrino nieto de ambas.

Yo conocí al joven cuando empezaba a salir con Rb -hace ya más de trece años-: su madre se quedaba algunas noches en la casa de Rb porque su prometido venía algunas semanas del Imperio del Norte -el joven (adolescente, realmente) se quedaba en casa con su abuela-.

Por esa época ocurrió algo -creo- memorable: resulta que el padre del chico estaba cumpliendo condena en una prisión de la ciudad -no recuerdo el delito pero era algo sobre violencia, me parece-; y por esa época había sido asesinado en la prisión.

Total que la hermana de Rb apenas pudo contarle lo que acababa de pasar y Rb se puso en acción enseguida, llamando a la abuela -precisamente la señora que llegó a acompañar a Rb en su estancia en el hospital el último noviembre-.

La señora le contó lo ocurrido -un suceso bien confuso en el que, al parecer, unos policías habían disparado contra el joven al ver que tenía un arma (sin confrontación ni nada)- y Rb se ofreció a acompañarla -yo ya estaba en mi habitación vistiéndome, pues creí que era lo que tocaba-.

Entonces salimos hacia la morgue del hospital más grande de la ciudad; era alrededor de las diez de la noche y encontramos a varias patrullas de policía en el camino -aún estamos en estado de sitio-; pero llegamos al centro sin ninguna dificultad.

Se suponía que la señora estaba en el lugar para reconocer el cadáver del joven en la morgue; pero resulta que no era tan sencillo el trámite: había que esperar a que fuera trasladado al lugar en donde realizan las autopsias y allí sí proceder.

Yo nomás había pasado dejando a Rb a las puertas de la morgue -o sea, donde ví un pequeño grupo de gente frente a un portón- y me estacioné unos metros más adelante -ya que era un área restringida para vehículos de emergencia-.

Un rato después Rb llegó a tomar su sueter y comentarme que se iba a quedar acompañando a su hermana,que retornara a la casa y estuviera pendiente del desarrollo de los acontecimientos.

Volví a casa -ví otras patrullas de policía en el camino- sin ningún incidente -ya era cerca de la medianoche- a esperar alguna novedad; aún intercambiamos unos mensajes con Rb -al final le tocó que pernoctar en la casa de su hermana pues les dijeron que hasta la mañana podía darse el reconocimiento- y me dormí, casi a medianoche. 

Y a ver cómo va eso 

El viernes bajó un poco el ritmo de las tareas en las que estuve trabajando el resto de la semana: entré -después de meditar- a la reunión del equipo -a las ocho- y a la reunión del proyecto -a las nueve y media-; en la primera no compartí nada y en la segunda nomás confirmé que el día anterior había completado la asignación y no tenía nuevos reportes.

El resto del día nomás estuve a la expectativa de nuevas asignaciones; y leyendo un poco de Fight Club y del libro en español que estoy leyendo a la par; al mediodía Rb frió el pescado semanal y yo recalenté la última porción de acelga -ya era el quinto día y estaba un poco amarga-.

Al finalizar el horario laboral nos dirigimos, caminando, a los supermercados en dirección sur; en el más alejado compré doce cajitas de gelatinas -espero que me alcancen para mes y medio-.

También compramos en el lugar dos porciones diferentes de pechuga de pollo: una pequeña para el almuerzo del día siguiente con mi hijo menor; y una grande para los almuerzos de la siguiente semana. 

En el otro supermercado compré unas onzas de jamón -el plan era preparar Cordon Bleu- y aprovechamos para comprar un poco de bananos -consumimos en el desayuno y la cena- y dos tipos diferentes de lechuga -para ensaladas en el almuerzo-.

Por la noche, previendo que el día siguiente por la mañana estaría bastante ajustado, preparé un par de rollos con la mitad del pollo que adquirí, la mitad del jamón, y una porción y media de queso amarillo para sandwiches; y los reservé en la refrigeradora. 

El sábado me levanté a las siete y media, medité y completé un par de lecciones de Duolingo; después salí de la habitación pues me había propuesto realizar la limpieza semanal -no la había hecho entre semana-.

Como le había comentado la noche anterior a Rb sobre mi intención, ella también salió de su habitación y levantó algunas cosas del piso; había olvidado sacar el trapeador del agua por lo que no olía muy bien; pero tenía el otro reservado desde la semana anterior.

Completé la limpieza en un poco más de media hora y luego lavé -ahora, utilizando detergente de la lavadora- ambos trapeadores, para que no volviera a pasarme lo de la semana anterior.

Después de la limpieza preparé mi desayuno de los sábados; después preparé un par de ensaladas, para el almuerzo con mi hijo menor; además de las ensaladas reservé en la refrigeradora un par de bolsitas con treinta gramos de aderezo César.

Yo había esperado que no saliéramos por la mañana: preparar el pollo es un poco tardado; pero no quise negarme cuando Rb propuso que caminaramos hasta los supermercados en dirección Norte -ya pasaban de las diez de la mañana-.

Pero la caminata estuvo muy buena: de hecho retornamos antes de las once; entonces me metí a la cocina, batí un huevo, le eché un poco de harina de arroz a ambos rollos de pollo, los pasé por el huevo batido, y los cubrí con avena en hojuelas; después los pasé al sartén con aceite caliente.

En total los cociné -por cuatro diferentes lados- entre siete y ocho minutos; con lo que a las once y media estuvimos a punto para sacar a caminar a los perros; antes pasé los dos rollitos de pollo a un par de piezas de papel absorbente.

Cuando retornamos de la caminata con los perros me metí a la ducha; después metí en la mochila que tiene aislante térmico: las dos ensaladas -con el aderezo-, un trasto con los dos rollitos, dos coquitas, dos platos y un poco de hielo.

Me despedí de Rb, cargué en la van las dos mochilas -además de la anterior (vacía), que pensaba regalarle a mi hija mayor-; sorprendentemente -era el día del cariño- el camino estaba bastante vacío.

No tuve ningún contratiempo en el boulevard, ni entrando a la ciudad, ni en el periférico; fue nomás hasta que llegué a la altura de la Universidad cuando me tocó que esperar un par de ciclos de cambio de luces en un semáforo cercano a la misma.

Pero llegué al departamento de mis hijos con media hora de anticipación; subí al séptimo nivel, entré al lugar y me instalé en la habitación que ha sido designada como sala; le escribí a mi hijo y me dispuse a esperar, mientras jugaba algunas partidas de ajedrez.

En eso escuché algunos ruidos en la cocina y salí a ver de quién se trataba: era mi hija mediana preparándose su desayuno; nos dimos un abrazo de saludo y conversamos un momento -una parte en español y otra en inglés- sobre las lecturas  del último tiempo.

Luego dejé que mi hija completara su desayuno y retorné a la sala; un poco después de la una se me unió mi hijo menor; me preguntó si llevaba comida y al confirmarle que sí, me comentó que ahora las cosas estarán un poco más complicadas: le han diagnosticado diabetes (tiene veintitrés años!) y deberá cuidar los alimentos que ingiere.

Que haya sido diagnosticado con esa enfermedad me sorprendió y no me sorprendió; o sea, desde la pandemia ha tenido un estilo de vida completamente sedentario -dejó la universidad porque todo era virtual- y, creo, se ha alimentado con mucha comida chatarra -y en tamaños excesivos-.

Pero -al igual que con mi hija mayor y mi hija menor- no me he metido en su vida a intentar dirigir sus acciones; aún cuando ya habíamos tenido dificultad incluso para caminar diez o doce cuadras -un par de kilómetros-; ahora ha sido diagnosticado.

Le propuse que nos dirigiéramos al parque temático e incluso le ofrecí -como las últimas veces- que podíamos pararnos a descansar en varias partes del camino -la penúltima vez nos quedamos a medias y la última alcanzamos el destino con una parada en el camino-.

En esta ocasión no hubo dificultades para llegar al lugar -según mi hijo ha estado haciendo ejercicios los últimos días-; y en cuanto entramos al parque nos dirigimos al área techada en donde acostumbramos almorzar.

El almuerzo estuvo bien -yo sentí que le faltó un poco de condimiento a los rollos, pero mi hijo los encontró buenos- e incluso mi hijo declinó la bolsita de aderezo que llevaba para su ensalada; después estuvimos armando los cubos de rubik de seis por seis y de cinco por cinco.

Cuando completamos los cubos le propuse a mi hijo que jugaramos un poco de dominó y completamos tres o cuatro partidas -usualmente trato de alargarlas tomando más fichas aún cuando tenga opciones-; luego nos acercamos al teatro para ver si ya habían cambiado de obra; pero, de hecho, estaba cerrado.

Para terminar la visita pasamos a la rueda de Chicago; por suerte en esta ocasió el viento había amainado, por lo que pudimos subirnos -a diferencia de la última vez que intentamos con mi hija mayor-.

Luego retornamos a casa; como yo estoy tratando de hacer ayuno intermitente y mi hijo tiene bastantes restricciones alimenticias, no compré nada en el camino; nomás caminamos hasta el departamento.

Como aún teníamos cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de la hora en la que habíamos acordado despedirnos -a las cinco- completamos el origami modular que habíamos empezado en diciembre -y armamos también un par de pequeñas grullas-.

En cierto momento estuché ruidos en la cocina y salí a ver, comprobando que era mi hija mayor, quien andaba preparándose el desayuno; conversamos un par de minutos -me regaló un trozo de galleta de avena (con lo que rompí el ayuno!) y otra entera (esa la guardé en mi mochila)-.

A las cinco me despedí de mi hijo menor; como mi hija mayor me había pedido que le avisara, para acompañarme al automóvil, le hablé -aproveché para entregarle la mochila- y bajamos al parqueo.

Mi hija me pidió que la llevara al centro comercial que se encuentra a dos o tres cuadras -quería comprar un antihistamínico- y pasé a dejarla al lugar; luego conduje -sin encontrar ningún embotellamiento- hasta casa; y la noche se interrumpió por lo relatado en la segunda parte del inicio de este texto.

El domingo me tocó que despertarme a las tres de la madrugada, para alimentar a la perra más anciana de Rb; le agregué la pastilla que debe tomar todos los días al pollo y, luego de que terminara, la saqué al patio trasero.

Pero al parecer no hizo nada porque cuando me desperté -Rb me llamó a las siete- por la mañana encontré que había excretado -sólido- en una esquina de la sala; levanté los excrementos con una servilleta de papel y, dentro de una bolsa, los coloqué en la bolsa de no reciclables.

Aún intenté dormirme un poco después de que Rb me despertara, pero no pude conciliar el sueño; realicé la meditación matutina -aunque me faltaron cincuenta segundos porque la alarma de las ocho y media sonó en el celular-.

Como no quería desayunar muy temprano me puse a hacer algunos ejercicios de Duolingo -también en el celular de Rb- y, a las diez de la mañana, me preparé el huevo con tortilla de harina habitual de los domingos.

Durante la mañana intercambié algunos mensajes con Rb -había alimentado a sus perros a las nueve menos cuarto- y me comentó que se había ofrecido a identificar el cuerpo de su sobrino nieto en la morgue de la ciudad.

Aproveché para leer algunos capítulos del par de libros que he estado leyendo en paralelo -me quedaban nomás un par de ciclos en cada uno-; a las doce y media saqué a caminar a los dos perros más grandes -los saqué al mismo tiempo-.

Después me preparé un almuerzo: tenía aún un poco de soya texturizada y busqué una parte de un cuadril asado que había visto en los últimos días en el freezer; pero no lo encontré, por lo que me preparé un huevo duro.

Calenté en el microondas cuatro tortillas de maiz y me preparé cuatro tacos con: huevo duro, lechuga picada, zanahoria rallada, aguacate, y aderezo César -utilicé lo último que quedaba en la penúltima botella del mismo-; más tarde se me olvidó que había hidratado la soya y nomás la boté al patio trasero.

En la mañana le había escrito a mi amiga psicóloga, con la que nos habíamos citado para el final de la tarde, para comentarle que no iba a poder acudir -incluí el reporte del suceso de un periódico digital-; aún tenía esperanzas de acudir a mi visita semanal al voluntario que vive en la colonia en la que crecieron mis hijos.

Pero, un poco antes del mediodía, me resigné y le escribí también a él; comentándole lo sucedido y disculpándome por lo tarde del aviso; a las tres de la tarde Rb me escribió para que pasara por ella a la morgue.

Me envió la dirección y consulté en Google Maps la mejor vía para llegar; me vestí, tomé mi mochila y me dirigí al lugar; el cual se encuentra justo entre el cementerio general y un mercado municipal.

No me tardé mucho en llegar al lugar -aunque le periférico estaba un poco lleno- e intenté parquearme en un puesto del mercado; pero luego recordé que nomás cargaba billetes de la más alta denominación -el costo era una quinta parte- y salí a parquearme a la avenida principal -igual, había varios autos estacionados en el lugar-.

Dejé el auto un poco salido pero me bajé a saludar a la hermana de Rb -había visto que estaba en un pequeño grupo en la entrada de la morgue-; le dí un abrazo y le externé mis condolencias; saludé a las otras personas.

Luego retorné al auto porque había olvidado el celular -y aproveché para colocar el auto en una mejor posición-; retorné al grupo y esperé durante algunos minutos a Rb; ella salió luego de quince o veinte; e iba bastante alterada.

Corrió a abrazarme e incluso tuvo un connato de desvanecimiento -nomás la sostuve y la ayudé a que se sentara en la acera-; estuve dándole soporte durante unos minutos; luego habló con su hermana, nos despedimos todos e inicié el retorno a casita.

El lunes Rb me despertó temprano: antes de las siete de la mañana se pasó un rato a mi cama; estuvo un corto tiempo yaciendo a mi lado y luego retornó a su habitación; cuando sonó la alarma -a las siete y media- me levanté a meditar.

Entré a las dos reuniones de la mañana desde mi cama: en la de las ocho no hubo muchas novedades; después de la misma me puse a hacer algunos ejercicios de Duolingo; a las nueve y media entré a la otra, en la que tampoco hubo grandes noticias; nomás confirmé que ya había concluido y que trabajaría en el otro ambiente.

A las diez salí de la habitación, a prepararme el desayuno; estuve viendo algunos datos de nutrición -calorías, carbohidratos y similares- con ayuda de una LLM; también estuve ayudando a Rb con la preparación del almuerzo: pollo en crema de almendras y champiñones.

Al mediodía -después de sacar a caminar a los perros- almorzamos una porción del pollo que acabábamos de preparar, acompañado de una pequeña ensalada; por la tarde estuve leyendo un poco del libro en inglés y del libro en español que llevo a medias.

También me dí cuenta que el analista que menos bien me cae estaba teniendo algunas dificultades con una tarea que ya debía de conocer; de todos modos me ofrecí a ayudarle, aunque me respondió mucho más tarde; al final le ayudé -y le expliqué- a preparar un archivo que era necesario para que avanzara en su tarea.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; Rb quería comprar algunos consumibles pues planeaba pasar todo el día -y quizá la noche- siguiente fuera de casa -el funeral de su sobrin nieto iniciaba el martes por la mañana-.

Yo quería comprar el inflador que no había podido comprar la semana anterior; después entramos a la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos; compré una boquilla y un metro de manguera: planeaba hacer una extensión para que el agua del lavatrastos continuara salpicando el piso.

Después pasamos al supermercado, Rb quería comprar una crema dental pequeña, pero no encontró algo que le satisfaciera; nomás compramos un poco de bananos; luego, en el camino de vuelta, compró un pequeño tubo de pasta dental en una tienda.

El martes me desperté a las siete y media; había estado teniendo un sueño bastante vívido -incluso le comenté el tema a Rb cuando salí de la habitación, más tarde- y no quería levantarme; pero bajé de la cama a realizar la meditación matutina.

Luego jalé la computadora a la cama y entré a la reunión de las ocho; mientras realizaban al gunas discusiones estuve revisando mi whatsapp: el día anterior un primo, que vive en el mismo pueblo donde viven mis padres, se había quebrado la mano y lo habían trasladado -por la noche- a la ciudad.

Ví que tenía un mensaje del individuo, comentándome que lo habían operado por la noche y que ya estaba viajando de vuelta al poblado donde vive; cuando terminó la reunión de las ocho salí de la habitación: Rb se estaba preparando para salir.

Desde el día anterior me había comentado que quería irse en transporte público hasta la funeraria; el servicio empezaría a media mañana y planeaba quedarse en el lugar todo el día -originalmente también quería quedarse toda la noche, pero luego estaba considerando opciones-.

La ayudé a preparar un par de ensaladas para las comidas del día y luego hice un par de lecciones de Duolingo en uno de sus celulares, para evitar que perdira su racha; luego de todos los preparativos -llevaba comida en la mochila con aislante térmico- salió de casa un poco después de las nueve.

Yo entré a mi segunda reunión a las nueve y media; aunque tampoco hubo muchas novedades porque, supuestamente, mis tareas en el ambiente específico ya estaban completadas; nomás esperé hasta las diez de la mañana para hacer mi desayuno.

Después de desayunar me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo en mi celular; además, Rb me había pedido que revisara la manguera que le había agregado al chorro del lavatrastos: tenía una curva muy pronunciada y aún salpicaba agua fuera.

Busqué formas de enderezar la manguera -en un LLM- y puse a hervir agua; luego sumergí allí la manguera por un par de minutos, la atravesé con una varilla de madera -para mantenerla recta- y la saqué al sol durante un par de horas.

También comprobé el funcionamiento del inflador de bicicleta: no me había percatado que las válvulas de las llantas son diferentes; una es la clásica de las llantas de este tipo de vehículo; la otra tiene del tipo más común en autos y motocicletas.

Afortunadamente el inflador tiene exactamente dos boquillas y cada una de las mismas corresponde a uno de los tipos de válvulas del inflador; procedí a inflar ambos neumáticos y luego retorné la bicicleta a la bodega -aún no decido si se las donaré a mis hijos-.

Al mediodía -a las doce y media- saqué a caminar a los perros de Rb; últimamente, cuando me toca realizarlo en soledad, saco a ambos al mismo tiempo -a diferencia del pasado, que me demandaba el doble de tiempo-.

Después de la caminata calenté la segunda porción del pollo con salsa de almendras y cilantro, lo que acompañé con un poco de arroz cocido y frijoles volteados; después lavé los pocos trastes que había utilizado durante el día.

El resto de la tarde estuvo tranquilo en el tema laboral; incluso terminé de leer Fight Club; y no me gustó el final; o sea, la película quizá es menos realista: se destruyen muchas cosas; el libro -me parece- presenta algo más estilo la primera película del Joker.

A las cinco de la tarde me dirigí caminando hacia los supermercados en dirección sur; el último sábado mi hija mayor me había comentado que las 7Up light eran una buena opción para nuestros almuerzos -también me había quedado sin Cocas Zero-.

Enn el supermercado más lejano compré media docena de las últimas -cuatro para almuerzos con mi hijo menor y dos por si no hay fresco de Rosa de Jamaica alguno de estos días-; también compré una botellita de esencia de vainilla -artificial-.

Además compré una bolsa de mayonesa; la que tengo en uso tiene menos del veinte por ciento y a principios de marzo prepararé unos diez o doce sandwiches -para la visita a mis padres-; en el otro supermercado compré cuatro latas de 7Up light; almacené la mayor parte de las compras en la habitación que usamos como bodega.

Un poco después me escribió Rb, comentándome que había decidido que se quedaría toda la noche en la funeraria, pidiéndome que le llevara los alimentos que había dejado en la refrigeradora, y que le preparara un poco de ensalada.

Como casi no tenía zanahoria me dirigí a la tienda de la esquina; en donde me vendieron tres mini zanahorias a un precio elevado; rallé una de estas mini zanahorias con el resto que me había quedado del almuerzo, piqué un poco de lechuga y lo reservé en un recipiente hermético.

Después de preparar la comida de Rb me dí una ducha y luego me puse a ver una película que había anotado en mi aplicación de pendientes del celular: Ready or Not; la cual es una comedia de terror y acción que estrenaron hace siete años -y que este año tendrá una secuela-; ví la primera mitad.

Un poco después de las ocho medité -había considerado que no retornaría con ánimos luego de llevarle la comida a Rb-, lo cual estuvo a punto de olvidárseme; después de meditar le serví la comida a los perros de Rb. 

Cuando los perros terminaron de cenar los saqué un rato al patio, a continuación metí los herméticos a mi mochila, y tomé el sueter que Rb me había pedido que le llevara; cuando pasé por la garita le regalé al guardia la mayor parte de unos dulces que había comprado para el convivio de fin de año de mi trabajo.

Como ahora sé que no se necesita estar conectado a Internet para que Google proporcione los servicios de localización dejé que me guiara en todo el camino hasta la funeraria en la que estaban velando al sobrino-nieto de Rb.

Me estacioné en el parqueo  lateral y subí al segundo nivel; encontré a un par de hermanas de Rb y luego la localicé para entregarle el sueter; un poco antes de salir me había comentado que en el evento estaba un antiguo amigo de mi voluntariado -que es novio de un influencer político local-.

Y lo primero que hizo Rb fue llevarme a donde estaba la pareja; nos dimos un abrazo muy efusivo con el susodicho -teníamos más de diez años de no vernos- y me presentó a su pareja; luego estuvimos en una conversación bastante extensa.

La verdad es que este tipo de situaciones me cansan muy rápido; o sea, es cómo se conocieron -en ambos lados-, experiencias en el voluntariado, relaciones con la persona fallecida, y anécdotas de viajes, y así.

A la mitad de la conversación yo ya tenía ganas de retirarme -fue fácilmente cerca de una hora-; pero traté de no poner muy mala cara; por fin disminuyó el ritmo de la conversación, nos despedimos por el momento y pasamos a la habitación reservada para la famila, en donde Rb podía almacenar la comida.

Después estuve conversando un momento con dos hermanas de Rb: la que vive en el gran país vecino del norte, y la que vive en el departamento en donde Rb nació; a la primera le dí el último de los dulces que había sacado de la bolsa -antes de regalárselos al guardia-.

Los otros dos que llevaba se los había regalado a mi conocido del voluntariado y a su novio; la hermana de Rb que vive en el país vecino me regaló un dulce de guayaba y me comentó que me había traído un frasco de mazapán.

No sé, realmente, la razón de que siempre me trae de regalo estos dulces; ha venido al país tres o cuatro veces en la última década y siempre me trae varios paquetes -las primeras veces regalé la mayoría de estos en el pasillo en el que trabajaba-.

Pero en esta ocasión nomás me regaló un par de unidades, y un bote del mismo dulce pero en formato untable; además nos pidió que bajáramos al parqueo porque quería regalarnos una parte de un queso artesanal.

Bajamos al sótano Rb, su hermana, y su único hermano vivo -el queso estaba en el auto del mismo-; luego, retornando al nivel en donde estaba el evento, le presté mi navaja para que cortara el queso -lo que almacené en uno de los herméticos que Rb había utilizado-.

Luego Rb quería terminar de cenar -tenía aún algunas frutas- y yo me serví un café -rompí totalmente el ayuno intermitente- y tomé dos o tres sandwiches -únicamente de queso!-; en el ínterin estuve conversando un poco con las hermanas de Rb y con la sobrina -la mamá del occiso-.

Pasaba un poco de la medianoche cuando le indiqué a Rb que retornaría a casa -o sea, debía levantarme a las tres de la mañana para alimentar a su perra más anciana y estaba temiendo que me afectara todo el desvelo-.

Rb me acompañó al auto, el cual saqué del parqueo sin ningun costo gracias a un gafete que me había proporcionado un poco antes; por la hora el tránsito era casi inexistente por lo que muy poco tiempo después estaba estacionando la van frente a la casa.

Saqué a los perros al patio -la última actividad del documento con las instrucciones para hacerse cargo de estos- y luego intenté conciliar el sueño -tenía nomás como hora y media antes de que sonara la alarma-; pero no logré dormirme en el acto; no sé si uno de los perros de Rb, o uno de los gatos de la calle andaba haciendo ruidos extraños.

Por fin pude dormir un rato pero sentí que acababa de cerrar los ojos cuando sonó la alarma de las tres; me levanté a darle el pollo -y la pastilla- a la perra más anciana, la saqué un rato al patio trasero y, después de dejarla entrar, volví a la cama.

Y a ver cómo sigue eso. 

jueves, 12 de febrero de 2026

Ahora y en la hora... Now and in the hour... Maintenant et à l'heure...

Este es el segundo libro que leo del escritor colombiano que me recomendó mi amigo poeta; el primero fue sobre su vida, su familia, el amor especial que le proporcionaba su padre y, finalmente, el asesinato del mismo.

Fue leyendo algo del autor que me enteré sobre Ahora y en la hora; cuenta, con un estilo bastante periodístico, cómo sobrevivió a la explosión de un misil ruso mientras visitaba un lugar cercano a la línea de batalla, en Ucrania.

El incidente es bastante raro: en la mesa con la que departía con otras cuatro personas, él cambió de lugar con una escritora ucraniana; cuatro personas resultaron con heridas leves, pero esta mujer sufrió heridas que le causaron la muerte.

El libro es bastante sesgado -creo que es esperable- hacia la satanización de Rusia, su presidente, y esa parte del mundo, en general; personalmente creo que la guerra es terrible; pero no creo -desde hace mucho tiempo- en las explicaciones sencillas: Occidentales buenos/Rusos malos.

De todos modos es un buen relalto: describe de forma bastante detallada algunos aspectos del país, de la gente, creo que menciona bastante el tema judío -él menciona, como de paso, en el primer libro que leí que su familia tiene parte judía-.

Y estoy leyendo este libro en paralelo con Intermezzo; que me ha afectado de forma más profunda de lo que esperaba: ya han habido dos o tres veces en que le cuento a Rb el desarrollo del mismo, y la identificación que proyecto hacia el hermano con dificultades sociales.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me desperté bastante temprano; la noche anterior, por alguna razón, me había costado conciliar el sueño; y creo que parte de la razón fue un diálogo que había tenido por la noche con mi hija mayor.

...

De todos modos me desperté muy temprano; pero ni siquiera ví el reloj del celular, nomás continué dormitando, esperando a que sonara la alarma; cuando sonó me levanté a meditar; luego entré a la reunión diaria.

Cuando la reunión terminó nos comentaron que habría otra a media mañana; entonces me quedé un rato en la cama, haciendo lecciones de Duolingo; luego, un poco después de las nueve salí a prepararme el desayuno.

La siguiente reunión fue, efectivamente, a las diez de la mañana; pero, la verdad es que no me interesaba el tema, por lo que nomás le bajé un poco el volumen y llamé, por el celular, a mi amigo que vivía en la misma ciudad del Imperio en el que pasé un par de años.

Estuvimos hablando como una hora, con una pausa de varios minutos pues nos falló la conexión; mi amigo está considerando trasladarse a un estado vecino pues ya lleva varios meses sin trabajar por la situación actual en ese país.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros de Rb; después preparamos el almuerzo: burritos de pollo, zanahoria, lechuga y guacamol; después del almuerzo lavé los trastes que se habían acumulado.

Después del horario laboral caminamos hacia los supermercados en dirección sur; no entramos a ninguno pues nuestras provisiones tenían un buen nivel; nomás caminamos hasta la altura del más lejano y luego retornamos a casa.

El sábado me levanté a las siete y media; habíamos acordado -con Rb- ir a los supermercados a media mañana: el plan de los almuerzos de la siguiente semana incluía piernas de pollo doradas y queríamos adquirir el pollo en el supermercado más lejano.

Además, yo le había pedido a Rb que almorzáramos a la una de la tarde, porque quería salir de casa a las dos -habíamos quedado con mi ahijada profesional de pasar por su casa a las tres y media-; después de la meditación matutina del sábado consulté los mensajes de Whatsapp; y ví que tenía uno de mi ahijada enviado a las once de la noche.

El mensaje era para cancelar la reunión: una amiga -mamá de una ex compañera de facultad, me parece- acababa de morir, a causa del cáncer que había padecido por muchos años; entonces, el sábado era el entierro y no podríamos vernos.

Le envié un par de frases de consuelo; luego volví a la cama y me puse a completar algunas lecciones de Duolingo; después le escribí a Rb, comentándole lo sucedido a mi ahijada y cambiando nuestra hora de salida para la tarde.

Después de hacer algunas lecciones de Duolingo me quedé en la cama, avanzando en Ahora y en la hora, también en Intermezzo; un poco después de las diez salí de la habitacion y me preparé el desayuno de los fines de semana.

Casi todo el día me la pasé en mi habitación leyendo los libros en Inglés y Español; o jugando ajedrez -volví a sobrepasar el nivel de mil quinientos de ELO-; después del desayuno enduré un par de huevos y los reservé en la refrigeradora.

También rallé -y reservé- tres zanahorias pequeñas; un poco antes del mediodía me metí a la cocina a preparar mi burrito de huevos y zanahoria -relleno de pollo, mayonesa de aguacate y lechuga-; después del almuerzo lavé un poco de trastes -la mayor parte la había lavado antes de que almorzáramos-.

Por la tarde, hasta la hora en que salimos hacia los supermercados -casi a las cinco- continué con la lectura -me parece que dejé pendiente nomás un ciclo de cada libro-; también desarmé varios cubos de Rubik, para no quedarme solo con la lectura.

Al final de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección sur; como planeábamos traer seis piernas de pollo, llevaba la mochila que tiene aislante térmico; entramos al supermercado más lejano y saqué un poco de efectivo en el cajero automático -cuarenta dólares-; luego adquirimos el pollo.

Cuando salimos del supermercado le sugerí a Rb que camináramos las cuatro o cinco cuadras que nos quedaban hasta el final del boulevard; lo cual hicimos sin ningun tropiezo; en el otro supermercado compramos un poco de bananos.

Al regresar a casa almacené el pollo en el refrigerador y luego me puse a bajar la última película de Chris Pratt: Mercy; las últimas noches habíamos estado viendo episodios de Seinfeld y Rb sugirió continuar; pero le indiqué que prefería que nomás lo hiciéramos entre semana -ella había estado todo el día cosiendo ropa para sus perros, y viendo una serie precuela de The Shinning-.

Por la noche ví la película que acababa de bajar; la cual no me pareció muy remarcable: tal como había leído, una mezcla entre Minority Report y El Fugitivo; también armé el cubo de seis por seis -durante la semana coticé uno de siete por siete-.

El domingo me levanté a las seis y veinte; había quedado en reunirme con mi doctora a las siete y media y no quería llegar muy temprano -pero tampoco tarde-; medité y luego me metí a la ducha.

Consulté el estado del tránsito en Waze y me indicaba un tiempo de viaje de catorce minutos hasta el restaurante de costumbre; pero salí de casa a las siete y cinco; tomé la van y conduje -sin casi nada de tráfico- hasta el restaurante.

Llegué al lugar con cinco minutos de anticipación, entré al restaurante y me acomodé en una de las mesas más cómodas; como había llevado la tablet me puse a leer un poco de Intermezzo; a las ocho menos cuarto consulté whatsapp y ví que unos minutos antes mi amiga me había enviado un mensaje indicando que ya estaba en camino.

Llegó un poco después de las ocho -disculpándose porque ahora se parquea en un lugar más alejado de su casa-; ordenamos un par de desayunos -me hice cargo de la cuenta: catorce dólares y medio- y nos pasamos la siguiente hora entre comida y conversación.

Mi amiga tiene ya cuarenta y ocho años y le está pesando la soledad: se siente insegura con su cuerpo y siente que en la etapa de la vida en la que se encuentra ya debería tener una relacion estable -y quizá haberse reproducido-.

Como había quedado con Rb que la iba a conducir a su iglesia, quería estar de regreso a las nueve cuarenta y cinco; entonces había puesto una alarma en el celular para las nueve y veinte; cuando sonó dejé que continuara, hasta que mi amiga me preguntó si la alarma era para irme.

Le indiqué que efectivamente debía retirarme y la acompañé hasta donde había dejado estacionado su auto -ámbos tuvimos que pasar a la caja para el sello correspondiente del tiquet del parqueo-; nos despedimos y conduje -sin ningún embotellamiento- a casa.

Llegué a casa un poco después de las nueve y media; Rb aún estaba haciéndose cargo de algunas tareas de sus perros; un poco antes de las diez y media abordamos la van y la conduje a su iglesia -encontramos un pequeño embotellamiento en el boulevard pues una iglesia estaba cubriendo la mitad de la vía, ofreciendo oración a los automovilistas-.

Después de retornar de la iglesia estuve leyendo un poco de los dos libros que llevaba a medias; también hice algunas lecciones de Duolingo; un poco después de las doce Rb me llamó para que fuera por ella.

Cuando venimos sacamos a caminar a los perros; después preparamos las alitas dominicales; en lugar de las ensaladas de constumbre calentamos un poco de caldo de pollo que nos había sobrado de la semana; el resto de la tarde esperaba pasarlo leyendo en mi habitación.

Pero, se me ocurrió que podía obtener el certificado CAPM, que es un nivel bastante básico de Administración de Proyectos; incluso contacté a la persona que me refirió para el trabajo extra del año pasado -y a quién ayudé a obtener el certificado como Product Owner-.

Le pregunté si el CAPM era lo que estaba buscando actualmente -desde el año pasado, realmente-, y me comentó que no, que el certificado que le interesaba era el más avanzado: PMP; me parece que deben acreditarse varios cientos de horas en el tema.

De todos modos bajé un libro con preguntas similares al exámen y estuve trabajando casi toda la tarde en formatear las más de trescientas preguntas para poderlas utilizar en la aplicación de aprendizaje espaciado que publiqué hace un par de años.

Al final de la tarde le ayudé a Rb con la preparación de las piernas de pollo doradas que planeábamos almorzar durante la semana; después preparé las gelatinas para mis desayunos; un poco más tarde coloqué el pollo dorado en recipientes herméticos y, estos, dentro de la refrigeradora.

El lunes me levanté a meditar a las siete y media; después entré a la reunión del equipo; en general la semana laboral empezó rara: desde la semana anterior nos habían asignado tareas en un ambiente completamente diferente -y bastante precario, la verdad- en donde se había instalado una versión de la app que hemos probado desde el último año.

Pero yo casi no hice nada -justo ese día el analista más brillante envió un correo detallando las asignaciones de los cuatro miembros del equipo-; en lugar de avanzar estuve terminando de ajustar el archivo para estudiar para el certificado CAPM; finalmente lo pude adaptar.

La semana anterior había contactado a la compañera del gran país vecino del sur para preguntar sobre certificados en los que estuviera trabajando -es un tema en el que he meditado varias veces durante los últimos meses/años-; y no, no estaba obteniendo nada, nomás me pidió que le enviar el resto de videos que utilicé cuando obtuve el de PO.

Y el lunes por la tarde bajé el material -es un curso bastante antiguo de Udemy-; bastante pesado, eso sí: cuatro gigabytes y medio; de hecho me tocó que borrar algunos archivos grandes de mi máquina personal.

Al final del horario laboral nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección Norte; pero -como otras veces durante las últimas semanas- no teníamos nada que comprar; nomás caminamos hasta la altura del más alejado y luego retornamos a casa.

El marte empezamos a tener una reunión extra durante la mañana: ahora, después de la reunión diaria con el equipo -en la que, realmente casi no participamos- debemos entrar a otra con la persona que lidera las pruebas en el ambiente al que nos asignaron.

La persona encargada es -me parece- de ascendencia del subcontinente asiático; pero también asignaron a otra persona -del Imperio del Norte-; y este último estuvo un poco más incisivo en la revisión de los avances.

Con lo que, a partir del martes por la mañana, estuve trabajando más tiempo del acostumbrado en las asignaciones laborales; después de la reunión le pedí al analista que vive en la ciudad donde vive mi familia paterna que me explicara algunos detalles de un área de trabajo en la que él tenía más experiencia.

Y estuve tan ocupado que no avancé -casi nada- en la lectura de los nuevos libros en inglés y español; ni en la revisión del material para el certificado CAPM; igual, salí de mi habitación casi a las once de la mañana -desayuné bastante tarde-.

Almorzamos la segunda porción de pollo -acompañado de un cocido de acelga, tomate y huevo que Rb preparó el día anterior-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Yo quería comprar medio litro de leche pues había estado viendo algunos videos, en Facebook, que mostraban como preparar -en sartén- un pan -o pastel- con huevos, avena, leche y zanahoria.

Caminamos hasta el supermercado más lejano y allí compré medio litro de algo que se promociona como leche pero, en letra más pequeña, dice: leche entera reconstituida y ultrapasteurizada; cuando estudiaba en la facultad era parte esencial de mi alimentación.

En el otro supermercado compramos un poco de bananos y luego caminamos de vuelta a casa; por la noche estuve viendo la parte final de una película de acción que había empezado la noche anterior: Shelter.

El miércoles seguí trabajando más que de costumbre -que los últimos tiempos, al menos-; la reunión de equipo no estuvo muy tardada y luego entré a la de las nuevas asignaciones; el compañero que menos bien me cae no había entrado a las dos anteriores pero en esta presentó un poco de avance; yo comenté lo que había hecho el día anterior.

Después de la reunión volví a llamar al mismo analista que el día anterior y le pedí apoyo para completar otra tarea: tenía que interactuar con un equipo que se encuentra en un laboratorio en el Imperio y cuya estabilidad deja mucho que desear.

Volví a salir de mi habitación después de las once y a esa hora me preparé el desayuno; después continué trabajando en mis asignaciones; al mediodía, después de sacar a caminar a los perros, consumimos la tercera porción de pollo y un poco de acelga.

Por la tarde bajé un poco el ritmo de trabajo -aunque, de las ocho asignaciones nomás una me quedó pendiente-; como Rb tenía que entrar a su clase de teología a las seis y media iniciamos nuestra caminata hacia los supermercados a las cinco menos cuarto.

Caminamos hasta el supermercado más alejado; yo esperaba que compráramos un cartón de huevos en el lugar -los precios son más convenientes- pero Rb nomás compró cinco bolsas de alimentos para gato -la donación que se ha propuesto realizar mensualmente a los vecinos que adoptaron el gato (feral) que estuvo alimentando ella durante un tiempo-.

En el otro supermercado compramos un cartón de huevos y un poco de banano; después de pagar por las compras retornamos a casa; en donde preparé el pan/pastel que había estado previendo desde el fin de semana.

Utilicé una de las batidoras de Rb: batí la clara del huevo a punto de nieve; luego le agregué la yema, con media taza de leche -almacené las otras tres medias tazas en el freezer, para futuras preparaciones-, media cucharada de canela en polvo y una cucharada de miel.

Batí todo eso y, luego, le agregué una taza de avena; para finalizar agregué doscientos quince gramos de zanahoria rallada -la había preparado con la parte más fina del rallador y la había dejado reservada antes de iniciar-, media cucharadita de bicarbonato de sodio y media cucharada de vinagre de vinagre de manzana.

Esto lo batí un poco y luego lo cociné -diez minutos de un lado y cinco del otro- en una sarté que había cubierto con aceite; después del tiempo de cocimiento saqué la torta a un plato de cerámica para que se enfriara.

A las seis y media Rb entró a su clase de teología y yo me puse en mi computadora personal la segunda parte del último episodio de la segunda temporada de FallOut -el día anterior había visto la primera parte-.

Después estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -en Ajedrez me había mantenido un par de días con un ELO superior a mil seiscientos, pero volví a bajar a mil quinientos cincuenta-, además avancé un poco en el libro en inglés que empecé a sugerencia de mi hija mayor.

La clase de Rb terminó casi a las ocho y media; un poco antes de esa hora había tomado una ducha -cubriéndome el cabello para evitar la humedad al dormir-, después dividí el pastel en ocho porciones, los puse en un hermético y lo guardé en la refrigeradora. 

El jueves me desperté bastante temprano; al parecer estuve teniendo sueños bastante lúcidos -y concernientes al trabajo-: algo de que estaba en entrevistas de trabajo -no estoy seguro si como entrevistador o entrevistado-.

Me levanté a meditar y entré a la reunión de las ocho de la mañana; mientras ocurría la reunión hice un par de lecciones de Duolingo -de hecho discutieron uno de los reportes que había enviado el día anterior, pero no me percaté-.

Después de la reunión me quedé en la cama, esperando la siguiente: a las nueve y media entré a la reunión con los otros tres analistas locales, y tres en el Imperio del Norte; el líder; al ser cuestionado sobre avances compartí mi pantalla y mostré lo que había reportado el día anterior.

Estaba a mitad de la reunión -y presentación- cuando Rb entró a la habitación a despedirse: salí en su visita semanal al supermercado en el centro histórico; me levanté un poco después y terminé la reunión en la mesa del comedor.

Después -ya eran las diez, me parece- me preparé el desayuno; me había quedado la duda del pan hecho el día anterior por lo que me serví una mitad de una porción -después consumí la otra mitad-; y no quedó tan mal: un poco gomoso (no sé si por haber batido la clara de huevo en solitario) y no tan dulce como esperaba.

Decidí que para la siguiente semana trataría de batir todos los líquidos a la vez, un poco más de canela y el doble de miel -quizá también un poco más de bicarbonato+vinabre-; de todos modos me agradó el experimento.

Estuve el resto de la mañana trabajando en la mesa del comedor, probando la última de las asignaciones de la tarea que debía terminarse antes -o en- del viernes; también entré a la reunión bimensual que el jefe de mi supervisor convoca; lo cual fue un relajo porque nadie entró durante los primeros diez minutos.

Después de ese tiempo nos despedimos; pero unos minutos más tarde el jefe de mi supervisor inició la reunión y pidió que nos uniéramos; en la misma nos confirmó que después de la asignación actual esperaba que avanzáramos en un proyecto de automatización.

Rb retornó después del mediodía; casi a la hora en la que teníamos que sacar a caminar a sus perros; cuando entramos puse a calentar la última porción de pollo dorado y la penúltima -para mí- porción de acelgas; lo acomopañamos con fresco de rosa de Jamaica.

Por la tarde ya no avancé más en cuestiones laborales; estuve leyendo un poco del libro en inglés -aún no he decidido cómo hacer para terminar ambos al mismo tiempo-; después del horario laboral caminamos en dirección a los supermercados en dirección norte.

Después de la conversación con mi hija unas noches antes había decidido comprar un inflador de llantas de bicicleta en la tienda verde de descuentos; caminamos hasta el lugar y, al intentar pagar, encontramos una larga fila -quizá treinta personas-; nos dijimos que seguro muchos andan comprando regalos del día de San Valentín, por lo que dejamos la compra para otro día.

Pasamos luego al otro supermercado porque Rb también quería comprar una botella de cloro, pero que tuviera aspersor; no encontramos en ninguno de los dos lugares; después empezamos el camino de vuelta; pasamos a la panadería del camino, pero cuando ya había ordenado me dí cuenta que solo llevaba billetes de la más alta denominación.

Por lo que, para no afectar, el dinero suelto de la dependienta, nos disculpamos y nomás continuamos con la caminata; cuando entramos a casa me metí directamente a mi habitación, tomé unas monedas y salí a comprar el pan a la panadería de la vuelta.

Por la noche estuve en la habitación de Rb: ella había estado trabajando en una presentación para su clase de teología y yo avancé un poco en el libro en inglés -después de haber hecho las lecciones de Duolingo: volví a bajar a mil quinientos de ELO-; también le revisé la presentación cuando la concluyó.

Y a ver cómo sigue eso. 

 

  

 

viernes, 6 de febrero de 2026

Intermezzo... Intermezzo... Intermezzo...

Aunque es una palabra en italiano, cuya traducción en Francés e Inglés es Interlude y en Español, Interludio; prefiero dejar las tres formas del título en su forma original: es el título del libro en inglés que empecé a leer después de Proust and the squid.

Me parece que ya lo había agregado a mi lista de libros desde el año pasado; pero por alguna razón no lo había bajado -igual, durante el último mes y medio del dos mil veinticinco no abrí ningún libro, debido a la convalecencia de Rb-.

Pero hace unas semanas encontré un artículo donde Obama hablaba sobre su música, libros y películas preferidos del año que terminaba -me parece que los ha estado publicando anualmente por varios años-; y allí estaba otra vez: Intermezzo.

Así que lo bajé a la tablet y me propuse leerlo después del libro de no ficción; y el inicio me costó: el libro está escrito de una forma interesante; o sea, el primer capítulo no tiene diálogos ni una estructura -al menos no puedo reconocer una-.

Es como un soliloquio y un recorrido de los lugares y personas que uno de los hermanos protagonistas del libro va encontrando en su día/noche: es un abogado con adicción a tranquilizantes, muy carismático y en una relación -extraña- con una chica diez años menor que él.

El otro hermano -acaban de perder a su padre- tiene rasgos de autista y es un experto en ajedrez; y fue el segundo capítulo el que me convenció de continuar con el libro: sus capítulos si tienen una narración bastante convencional y unos diálogos accesibles.

Por supuesto que me sentí identificado con el hermano menor -por diez años-: es torpe socialmente -aunque acaba de completar un grado en física teórica- y conoce a una dama diez años mayor, con la que empieza una relación romántica.

El libro está interesante -aunque los capítulos del abogado son bastante complicados- y estuve leyendo un poco acerca de la autora -creo que no tiene ni cuarenta años-; creo que leeré al menos otro de la misma.

Y a ver cómo va eso.

El domingo me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de ajedrez; desde hace unas semanas he tratado de no salir antes de las nueve de mi habitación, para mantener un régimen de ayuno intermitente.

Casi a las nueve y media salí de la habitación y me preparé el desayuno de los domingos; la tortilla de harina estaba muy pegada a otra y se rompió en varias partes -la que quedó en la bolsa se veía más dañada-.

Después del desayuno lavé algunos trastes que estaban en la cocina y después avancé un poco en el segundo libro del colombiano; a las diez y media nos dirigimos con Rb a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel.

Llevábamos una lista algo grande -al menos más grande que la última vez- y al final mi parte de la cuenta ascendió a casi cien dólares; Rb no encontró una batidora manual que había visto en la página del supermercado.

En el camino de vuelta pasamos a una gasolinera a llenar el tanque de la van -cuarenta dólares- y luego retornamos a casa; Rb le escribió a una persona que vive en un departamento pegado a nuestro gran vecino del norte -y donde hay una sucursal del supermercado en donde sí estaba disponible la batidora-.

Al mediodía preparamos las alitas dominicales y la ensalada de costumbre; después del almuerzo -y el lavado de trastos- le preparé un té de manzanilla a Rb; el resto de la tarde estuve avanzando en el libro en Español.

A las cinco de la tarde nos metimos a la cocina a preparar los ingredientes para los almuerzos del lunes y martes: tacos de pescado; rallé una zanahoria, piqué un poco de lechuga y cilantro -Rb preparó una mezcla de tomate y cilantro-; también preparamos cuatro litros de fresco de rosa de Jamaica.

Rb se había mantenido en comunicación con su conocido y habían acordado que el hijo traería la batidora para entregárnosla en la estación de autobuses -vive, desde hace unas semanas, en una residencia universitaria al otro lado de la ciudad-.

Antes de que anocheciera me preparé para salir y estuve esperando a que el joven le avisara a Rb que ya habían entrado al departamento; pero llegaron las siete y no había señales del mismo, por lo que decidimos salir a las siete y media y esperarlo en la estación.

El tránsito estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar a la estación de los autobuses -queda muy cerca de la colonia en donde vive mi tía favorita-; estacioné el automóvil al otro lado de la calle y esperamos durante más de media hora.

El bus llegó, finalmente, a las nueve menos cuarto; Rb bajó del auto y fue por la batidora; pero luego retornó con el joven pues la estación estaba cerrada, el frío ha estado bastante fuerte y le ofreció refugio en la van mientras ordenaba un Uber.

Aún tuvimos que esperar diez o quince minutos más -el joven es basante bisoño, aún con voz de niño, nos contó que estudia Ingeniería en Mecatrónica-; finalmente el Uber llegó por su pasajero, nos despedimos, se bajó, y empezamos el camino de retorno a casa.

El lunes me levanté a las siete y media; creo que me desperté mucho antes debido a los ladridos del perro de algún vecino -o del frío intenso: la ola de frío realmente esta bajando la temperatura a niveles que no veíamos desde hace décadas (ocho grados centígrados)-.

Me levanté a meditar y luego retorné a la cama -con la computadora- para entrar a la primera reunión del día; la cual no tuvo muchas novedades: mi supervisor anda de vacaciones pero la persona con la que trabaja en el Imperio del Norte volvió a dirigir la reunión.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo, y leyendo un poco de Ahora y en la hora; un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno -avena, banano, gelatina y papaya-.

Luego de desayunar había pensado quedarme trabajando en la mesa pero al ver que Rb seguía en su habitación -el frío estaba bastante notable- retorné un rato a la cama; en donde me estuve hasta cerca de las diez de la mañana: a esa hora tenía una reunión con mi supervisora local y otro ingeniero.

El tema de la reunión eran las vacaciones -y la estrategia para bajar la cantidad- atrasadas; lo que me llamó la atención es que cuando entré al evento otro compañero se conectó, y luego otro; la supervisora se conectó un poco tarde.

Estábamos en los saludos iniciales cuando mi celular empezó a sonar -lo había dejado cargando en la mesita de noche de Rb-; no llegué a tiempo de contestar pero ví que me llamaban del grupo con el que acompañé a misioneros del Imperio del norte hace un par de años.

La reunión tardó menos de media hora y efectivamente era para comentarnos que la meta corporativa local es que nadie tenga más de dos períodos de vacaciones acumuladas (treinta días); pero haciendo un cálculo rápido (por los dos días de vacaciones por mes que he estado tomando desde hace casi tres años) ví que podía continuar igual.

Después de cerrar la llamada le escribí a la persona que me había llamado más temprano: me disculpé por no poder atender la llamada y le comenté que no podría acompañarlos este año -por cuestiones laborales-; que esperaba que me tomaran en cuenta en el futuro.

Y es que, Rb me lo recordó, había decidido ya no continuar con este grupo: el departamento comparte frontera con nuestro gran vecino del norte y, durante la última época, hemos estado viendo noticias algo preocupantes sobre el nivel de violencia -relacionada con el narcotráfico-.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado; antes de sacar a caminar a los perros Rb se encargó de extraer las espinas al trozo de mojarra que habíamos reservado unas semanas atrás; y, con la bolsa de filetes que compramos la semana anterior, preparó dieciseis porciones para rebosarlas en huevo y harina de arroz.

Mientras Rb se encargaba del pescado yo machaqué un aguacate para preparar guacamol; después sacamos a caminar a los perros: la caminata no tuvo ningún inconveniente y, cuando entramos a cassa, Rb empezó a cocinar el pescado.

Almorzamos los tacos -cuatro, realmente grandes- con una sopa que Rb preparó con las verduras que habían sobrado de los almuerzos de la semana anterior; después del almuerzo lavé los trastes que habíamos utilizado para preparar el almuerzo -era una montaña-.

También preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí: aunque los últimos días ya no había tomado refacción me pareció que era correcto consumir las ocho o diez bolsas de té de menta que han estado en la cocina por muchos meses -con fecha de vencimiento muy próxima-; acompañé el té con una galleta y un pan tostado.

El resto de la tarde estuve entre la mesa y la cama; de hecho estuve a punto de dormirme un rato pero preferí levantarme a ordenar un poco los trastos de la cocina; a las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Pasamos al que queda a mitad del camino pues Rb quería comprar del tipo de pollo que le prepara a la perra más anciana; también compramos un poco de bananos; luego caminamos hasta la altura del supermercado más lejano y dimos la vuelta.

Antes de entrar a la calle donde vivimos cruzamos el boulevard para pasar a la tienda de las verduras: la papaya estaba a punto de terminarse; compramos una papaya que ya estaba casi madura -dos dólares- y luego retornamos a casa.

Por la noche estuve leyendo un poco de Intermezzo y anotando los movimientos del algoritmo adicional para resolver el último cubo de Rubik que les regalé a mis hijos: mi hijo menor y mi hija mayor ya lo resolvieron -debido a que ya habían aprendido los dos anteriores-; mi hija mediana aún va por la primera etapa.

El martes cumplí cincuenta y tres años -subí un recuento del día en la anterior entrada-.

El miércoles pasó sin muchos cambios: meditación, reunión temprana, desayuno -con pastel- a las diez; por la mañana pagué el servicio de Internet del departamento de mis hijos; almorzamos un burrito, aunque Rb tuvo dificultades en  preparar las tortillas -creo que eran de harina de arroz-.

Por la tarde preparé un té de manzanilla para Rb y uno de menta para mí -por la mañana había tomado una taza de café-; acompañé el té con una porción de pastel -de cumpleaños-; a las cuatro y media -media hora antes de la hora de salida- caminamos hacia los supermercados en dirección sur.

Salimos más temprano porque Rb tenía su clase de teología a las seis y media y quería estar preparada antes de entrar a la misma; no entramos al supermercados más lejano, nomás dimos la vuelta cuando llegamos a la altura del mismo.

En el otro supermercado compramos un poco de pollo y bananos; por la noche vimos un capítulo de Seinfeld -creo que el segundo de la primera temorada-: le sugerí a Rb que viéramos las nueve temporadas.

El jueves era mi primer día de vacaciones del mes; como la semana anterior no había podido reunirme con mi excompañero de la facultad, con quien me reencontré en el evento de bodas de plata de graduación, le había propuesto que nos reuniéramos ese día.

Le había escrito a principios de la semana y había aceptado la reunión; luego, un día antes, me había escrito para comentarme que -otra vez- lo enviaban a una reunión en una de las zonas más afluentes de la ciudad.

Entonces, para el miércoles en la noche, creí que no nos íbamos a reunir; le había dicho a Rb que la iba a acompañar nomás la mitad de su salida el jueves, luego le dije que la acompañaría todo el camino; entonces no quise decirle el miércoles por la noche que me quedaría en el comercial donde se estacionan los busitos -y almorzaría afuera-.

Pero el jueves temprano le comenté que me había vuelto a escribir mi ex compañero y que sí íbamos a reunirnos; de hecho esta persona -me frustra- me había indicado que aún confirmaría a las diez de la mañana.

Por la noche había decidido que si no podía reunirme con mi compañero me quedaría almorzando, solo, en el lugar; el plan era pasar a una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas de ahorros y depositar las cuatrocientas monedas de cinco centavos que había contado la semana anterior.

El jueves medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo, y leer un poco; después me bañé y, luego, preparé mi desayuno; un poco después de las nueve salimos hacia el supermercado del centro histórico.

Llevaba mi mochila negra, en la que había metido uno de los paquetes de incienso que mi hijo menor me regaló en Navidad; también algunos cubos de Rubik; el busito no tardó en pasar y llegamos bastante rápido a la estación del transmetro.

Tomamos un bus articulado y nos apeamos frente al mercado en el que Rb acostumbra comprar las frutas para su consumo semanal; nomás compró varias libras de moras y un par de bolsas de peras; en la misma estación abordamos el bus de vuelta.

En el comercial en donde se estacionan los busitos entramos al supermercado; Rb compró una bolsa de manzanas y escogimos una pequeña red de aguacates; después acompañé a Rb a la farmacia -tenía que comprar algún medicamento-.

Después de la farmacia acompañé a Rb a abordar el busito; me subí y aún me estuve un rato acompañándola; luego nos despedimos y me dirigí a la cooperativa; pero resulta que esa sucursal no era de la misma en donde abrí mis cuentas.

Entonces me pasé a un banco fuera del comercial y allí entregué las dos bolsitas en donde llevaba las monedas separadas; la cajera se sorprendió un poco con mi transacción y procedió a dirigirse a -me imagino- la máquina que utilizan para contar monedas.

Luego regresé al comercial pues ya casi era la hora de encontrar a mi amigo en el tercer nivel -doce y cuarto-; aún pasé a preguntar por unos cubos de Rubik de siete por siete -el precio es ligeramente más caro que los de seis por seis que compré el año pasado-.

Mi amigo llegó exactamente a las doce y cuarto, nos saludamos y me indicó que quería invitar en esta ocasión; le sugerí Taco Bell; compramos un par de menús y nos instalamos en las mesas del lugar.

Estuvimos un poco más de una hora entre almuerzo y conversación: mi amigo ya inició los tramites para jubilarse del trabajo gubernamental en donde ha estado durante los últimos veinte años; además de dar clases en una universidad privada, anda buscando de qué otra forma balancear su presupuesto después de retirarse del gobierno.

Un poco después de la una nos despedimos y salí a tomar el busito para retornar a casa; cuando entré a la calle encontré a Rb fuera del portón de su casa: acababa de sacar a caminar a la más anciana de sus perras.

Lavé un poco de trastes y preparé los tés de la tarde -que acompañé con pastel-; luego levanté objetos del piso pues había previsto realizar la limpieza semanal; a las cuatro de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección Norte.

Rb me había pedido que la acompañara a la tienda en donde usualmente compramos ropa y zapatos -de segunda mano-: quería comprar algunas colchas para hacerle trajes a sus perros grandes.

Entrando al lugar ví algunas mochilas con un precio bastante bajo -casi la cuarta parte de la última que compré-; reservé una y acompañé a Rb en la búsqueda de colchas para sus perros; al final encontró tres y pasamos a pagar; por la noche continué con Intermezzo, ajedrez en Duolingo y el penúltimo capítulo de la primera temporada de Seinfeld.

Y a ver cómo sigue eso...