lunes, 27 de julio de 2026

Ama... Ama... Ama...

El título de este texto tiene las misma palabra en cada uno de los espacios que reservo para los tres idiomas en los que más conocimiento tengo: nací en latinoamérica y crecí con el español -o castellano-; viví un par de años en el imperio del norte y ahora trabajo en inglés; y desde hace casi media década he estado estudiando francés. 

La palabra ama, quiere decir madre en Euskera -¿del país vasco?- pero también -como el autor del libro con este título lo indica- es, en español, la conjugación para la tercera persona del verbo amar.

Me enteré de este libro -al parecer el autor anduvo por el país unas semanas atrás- en la cena que tuve con mi amigo poeta unas semanas atrás: parte de nuestra conversación tiene que ver con la lectura que tenemos en progreso.

Gracias a esto me enteré de -y leí- El olvido que seremos -y luego Ahora y en la hora- de un autor colombiano; y me llamó la atención que el libro de este sudamericano trata sobre los padres; mientras que el libro de este español trata sobre la madre.

Y me llama la atención porque mi amigo poeta pasó una buena parte de su niñez en un orfanato -sus padres murieron sucesivamente: primero la madre, luego el padre- antes de que cumpliera los seis años; es como que tratara de encontrarse en los libros.

Y a ver cómo va eso...

El martes me desperté antes de las cinco de la mañana; lo que me pareció raro porque no había tenido una comida muy tarde el día anterior; sentí que el tránsito del boulevard me despertó -y, otra vez, estaba teniendo sueños raros acerca de la vida en común con la mamá de mis hijos-.

Me quedé en la cama, después de ver la hora en la tablet, y luego me puse a leer lo que me faltaba para completar el ciclo de Wherever you go there you are y, luego, Está lloviendo y te quiero; estuve leyendo casi una hora antes de bajar al piso a meditar.

A las siete salí de la habitación; Rb andaba afuera, preparándose para empezar a recibir llamadas para traducir; jalé la computadora de la habitación de la comida de los perros hacia la mesa del comedor, y me quedé allí esperando la primera llamada de la mañana.

La reunión no estuvo muy extensa; básicamente se revisó el avance -no mucho, realmente- de los ajustes en desarrollo, previo a la nueva liberación de la app que probamos; después de la reunión me quedé en la mesa, completando lecciones de Duolingo.

Luego me fui un rato a la cama, básicamente a esperar la llamada de las nueve; Rb desayunó a las ocho porque planeaba ir a su clase de zumba a las diez; después del desayuno se metió nuevamente a la habitación, a continuar con las llamadas.

Un poco antes de las diez salió de la habitación y se dirigió a la alcaldía auxiliar en donde ha estado ejercitándose durante los últimos meses; se suponía que yo debía echarle gotas oftálmicas a su perra más anciana a las once; pero Rb retornó como a las diez y media: el instructor se había reportado enfermo y habían cancelado la clase.

Entonces se puso a realizar una rutina -algo extensa- en el comedor; yo había entrado a la reunión de las nueve, en la cual no hubo muchas novedades: aún se continúan definiendo los nuevos procesos -previo a nuestra movida a la siguiente empresa-.

Después de esta reunión -un poco antes de las nueve y media- me preparé el desayuno; después esperé la reunión de equipo -a las diez menos cuarto-; la cual no iba a realizarse -porque el supervisor andaba en una reunión con el cliente-; pero, de hecho, el mismo empezó la reunión; y nos comentó que se había suspendido la visita al cliente.

En la reunión de equipo al supervisor le interesaba, primeramente, conocer el avance de la transmisión de conocimiento que el analista que se va en un par de días; la cual había terminado el día anterior; también me preguntó -y a la analista- cómo iban los documentos, yo he tratado de seguir la guía de esta chica.

De hecho, hemos estado trabajando bastante en armonía: antes de mediodía me escribió para que la ayudara a reparar un documento en Word que había desconfigurado; y aunque traté de encontrar una solución con LLMs, al final apliqué lo que había hecho el año anterior cuando trabajé este tipo de documentos.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros -yo había dejado calentando las dos piernas y la sopa-; y cuando entramos preparé un par de ensaladas; luego almorzamos -esta vez me recordé del refresco de rosa de Jamaica que Rb había preparado durante el fin de semana-.

Después del almuerzo me preparé un café -los estoy tomando bastante aguados- y lo acompañé con un par de mitades de galleta; después estuve tratando de ajustar la app con la que quiero medir mis estados de ánimo durante el día: no me ha estado funcionando muy bien pues únicamente vibra; traté de agregarle el sonido de las campanas que uso en mi meditación, pero no lo logré.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb -ya había lavado los trastos del día-; también pelé y troceé una de las papayas que Rb había ido a comprar a la tienda de verduras; el resto del tiempo la pasé leyendo -el último libro de George Carlin-.

A las cinco y cuarto Rb preparó a su perra más anciana para llevarla al veterinario -se me había olvidado que había hecho una cita para las cinco de la tarde- y sacamos la van; mientras ella llevaba a la perra a la clínica yo entré al supermercado y compré una lechuga, un poco de bananos y un jugo de naranja -para el desayuno que preveía con mi hija mediana el sábado-.

Después de las compras pasé por la clínica a esperar a Rb -y su perra-; después conduje hasta casa; vinimos a dejar la van -y la perra- y nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte.

Yo creí que no teníamos que comprar nada -que nomás era caminar- pero, de hecho, Rb compró un atril para su celular -debe grabarse predicando en su iglesia, como paso final antes de graduarse de su programa de teología-; después retornamos a casa.

Por la noche estuve viendo -por segunda o tercera vez- el video de la clase de Storytelling de la semana -aunque me quedé dormitando un rato-; después me pasé a la habitación de Rb, a ver un poco de Disclosure Day -ahora con subtítulos en español-.

El miércoles me levanté a las seis y media; al igual que el día anterior -o los días precedentes, realmente- medité y después salí por la computadora del trabajo; pero no retorné a la cama: me quedé en la mesa del comedor, con la primera reunión del día.

En la que discutieron el avance en la última liberación -confusa realmente-; al mismo tiempo estuve jugando algunas partidas de Ajedrez en Duolingo; la reunión se extendió más de los quince minutos, pero después que terminó me quedé en la mesa.

Rb ya había empezado a tomar llamadas y había sacado a los perros grandes de su habitación; empecé a trabajar un poco en la tarea que tenía pendiente en mi trabajo, pero al mismo tiempo empecé a trabajar también con la aplicación en Flutter para mi celular.

A las ocho cuarenta y cinco Rb salió de su habitación para darle de comer a sus perros -y tomar luego su propio desayuno-; yo estaba esperando la reunión de las nueve, la que tampoco tuvo muchas novedades para nuestra área.

Después me quedé esperando la reunión bisemanal con mi supervisora local: y tenía el consuelo de que sería mi excusa para no entrar a la del equipo, a las nueve cuarentay cinco; y, justo unos minutos antes de entrar a la reunión escribí en el hilo de mensajes de la misma que no entraría, pero que estaba trabajando en conjunto con la analista.

A las nueve y media empezó la reunión con mi supervisora; en la cual no vimos casi nada relacionado con el trabajo; nomás comentamos que quizá la reunión del día siguiente sería la última del equipo local; y también le pregunté si las ausencias del analista que menos bien me cae se debían al hecho de que cuida de su madre enferma.

Pero no, eran vacaciones normales; y el hecho de que no registra la información que ella misma había definido es porque la persona no sigue los procedimientos; o sea, eso; también me comentó que al día siguiente hablaría con el equipo sobre las metas globales de la empresa (actual).

Terminamos la reunión un poco antes de las diez y me preparé el desayuno; luego le pregunté al analista que vive en la ciudad colonial sobre la reunión del equipo; y me comentó que el supervisor había indicado que debíamos trabajar en unos hallazgos reportados -también me había escrito algo sobre eso cuando avisé que no entraría a la reunión-.

Entonces me puse a trabajar en lo asignado; de lo cual nomás un error había sido reportado por mi persona, el otro, hecho había sido reportado por este analista; no me llevó mucho tiempo validar -mal los dos- y enviar la información con los resultados.

Después continué trabajando con la aplicación en Flutter, la que llegó a un buen punto; estoy planeando publicarla en la app store; no para monetizar -como le comenté a Rb en nuestra caminata vespertina- sino para generar presencia, en caso deba buscar trabajo en el corto/mediano plazo.

A las doce Rb salió de la habitación y colocó su computadora en la mesa del comedor: era la hora de nuestra rutina de ejercicios de la mitad de la semana -yo ni me acordaba-; así que me vestí y acompañé a Rb en la media hora de ejercitación.

Después de completar los ejercicios sacamos a caminar a los perros grandes; luego de que entramos me puse a calentar las dos piernas de pollo del día, la tercera porción de sopa; y además, puse a hervir agua pues he estado preparando fideos para la sopa.

También me tocó que preparar las ensaladas del almuerzo -tres tipos de lechuga, aguacate, tomate, zanahoria y manzana verde- y, como el día anterior se había acabado mi aderezo ranch, le eché un poco de mayonesa y salsa ketchup a la mía.

Después del almuerzo preparé mi café vespertino, el que consumí con una mitad de galleta chicky, una mitad de galleta pozuelo y un último octavo del zepelin que había comprado el jueves anterior.

Entonces me puse a trabajar en la asignación en la que estoy apoyando a la analista en el Imperio del Norte; aunque me tocó que contactarla un par de veces por el acceso a los servidores -y un par de dudas sobre el documento-.

Estuve trabajando con bastante concentración hasta las cuatro y media -en el ínterin preparé el té de manzanilla de Rb y lavé los trastos del día-; Rb entré a la reunión de su trabajo un poco después de las dos y estuvo en la misma casi hasta las tres.

A las cinco menos cuarto salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; no planeábamos comprar nada -aunque antes Rb me había indicado que quería ver si en una de las farmacias, que está en el extremo sur, tenían un medicamento para sus alergias respiratorias-.

Caminamos hasta el extremo del boulevar y luego cruzamos de lado; y preguntamos en cuatro farmacias diferentes sobre el antihistamínico; pero no, al parecer está completamente agotado; retornamos a casa, a donde llegamos a las seis menos cuarto.

Yo me metí a mi habitación pues quería recibir una Master Class sobre neuroplasticidad -Rb me había compartido el link, que habían publicado en Facebook-; y resultó lo que me temía: un evento para promocionar un programa psicológico (me parece) para padre de niños con lesiones cerebrales.

A las seis y media Rb entró a su clase de Teología; la que, al parecer (vino un par de veces a la habitación) estaba bastante aburrida; el evento sobre neuroplasticidad duró un poco menos de una hora; luego del cual ví la segunda parte de Day of Disclosure.

El jueves preveía un día interesante: era nuestra segunda reunión trimestral con todo el equipo local; además, había hablado con mi primo para que nos tomáramos un café después de que saliera de su trabajo -le había dicho: paso por tu trabajo y me invitás a un café-.

Me levanté a las seis y media, medité y entré a la primera reunión del día, la que no tuvo muchas novedades: tanto mi supervisor como su compañera de trabajo realizaron un par de comentarios sobre algunos faltantes en la versión de la aplicación.

Y la de las nueve estuvo más o menos igual: los desarrolladores aún no habían terminado de dominar la herramienta en la que debián haber ya empezado a estimar los tiempos de las tareas asignadas; nomás quedaba la reunión de equipo, pero el supervisor la canceló, por estar ocupado con algunas diligencias.

Un poco antes de las diez Rb se dirigió a la sede de la municipalidad auxiliar; el martes no había tenido su clase de zumba pero esperaba que su maestro ya estuviera repuesto; pero justo saliendo de la casa se encontró con la vecina, quien le dijo que habían avisado en el grupo de whatsapp que tampoco ese día tendría clase.

Entonces volvió a entrar a casa y se puso a completar una rutina de ejercicios; yo empecé a alistarme para salir un poco después de las diez y cuarto; originalmente había planeado salir antes de las diez y media, pero terminé saliendo casi a las once y cuarto.

Y el boulevard estaba lleno; casi desde que salí de la calle me incorporé a un tránsito que avanzaba a vuelta de rueda; pero traté de tranquilizarme porque no quería cometer ninguna imprudencia; costó bastante salir del boulevard, pero en el principal la situación no estaba mucho mejor.

De hecho tanto la salida del municipio como la entrada a la ciudad estaban bastante llenos; y me tocó que esperar bastante en la vía que tomo frecuentemente para llegar a la zona en la que, generalmente, nuestra supervisora organiza los almuerzos trimestrales (estaba estimando que sería el último).

Finalmente llegué al lugar a las doce menos diez -la última parte del viaje no estuvo tan mal-; sin embargo, el parqueo del restaurante estaba leno; uno de los que estaban a cargo del mismo me comentó que debía dejar la llave del auto, para que pudieran moverlo.

Y ví que una de las compañeras del trabajo había ocupado el último lugar que quedaba fuera de esta modalidad -a ella le habían pedido también la llave, pero no tuvo que dejarla porque se vació un lugar-; entramos al lugar y encontramos al PM y al desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad.

Porque aún no habían preparado el área en la cual se realizaría la reunión; esperamos un rato en recepción -yo aproveché para ir a los servicios sanitarios- y luego, sí, nos guiáron hasta el segundo nivel, en donde habían preparado una mesa bastante larga, para la ocasión.

Arriba estaba ya la supervisora -al parecer habían estado trabajando en la conexión de su computadora con la televisión del lugar-; poco a poco fueron llegando más compañeros -al final nos juntamos diecisiete personas-, los últimos cuatro bastante tarde.

Yo empecé a repartir las gomitas, que había comprado hacía varios meses, conforme las personas se iban congregando; empecé repartiendo tres a cada uno y terminé con las últimas ocho ya bastante avanzado el evento.

La reunión estuvo bastante aburrida: la supervisora presentó las metas globales y las específicas, que había desarrollado para medir el aporte indificual a las primeras; también se habló de la transición de todos hacia dos nuevas empresas; la mitad -entre los que me encuentro- a partir del primero de octubre y el resto -entre los que se encuentra ella- el primero de diciembre.

Una parte interesante de la reunión fue la conclusión de la quiniela por el Mundial; repartieron tres diplomas -en los mismos se incluía el monto a recibir-, por el tercero, segundo y primer lugar -yo quedé en tercero-; en medio de todo esto los meseros repartieron entradas -tostadas típicas-, el almuerzo -subanik (lo que nunca había comido)- y refresco -creo que era rosa de Jamaica-.

En general la reunió estuvo bien; aunque se tardaron bastante en subir el postre -rellenitos de plátano-: después del almuerzo sirvieron café, pero los rellenitos -al parecer estaban preparándolos- los repartieron casi a las tres; yo estuve viendo la hora porque a esa hora había esperado estar ya enconrándome con mi primo.

Pero estuve escribiéndole en el ínterin, y, justo a las tres le comenté que estaba saliendo del parqueo -el auto estaba ya en un lugar fijo, pero bloqueado por otros tres-; manejé tranquilo hasta el lugar de trabajo de mi primo, a donde llegué a las tres y diez; lo llamé unas calles antes de llegar y ya estaba en la carretera cuando pasé por su trabajo.

El plan original era dirigirnos a la tienda de donas a donde habíamos acudido en varias ocasiones en el pasado; pero justo después de abordar el auto me comentó que tenía una reunión con un grupo de amigos un poco más tarde, en un lugar cercano.

Entonces me propuso que nos quedáramos en un café que se encontraba bastante cerca, a donde llegamos un par de calles más tarde; me estacioné en el parqueo interior y entramos al lugar: yo conocía el negocio, aunque nunca había entrado; se trata de una marca de café -un apellido de origen alemán u holandés- algo famosa localmente.

Subimos a las mesas del segundo nivel y ordenamos: cappuccinos y pastel (yo de zanahoria y mi primo tres leches, aunque combinamos); estuvimos una hora y media en el lugar entre café y conversación -bastante literatura-: mi primo lee bastante.

Un poco antes de las cinco le comenté a mi primo que iba a empezar a conducir porque quería estar en la casa de Rb antes de las siete de la noche -quería entrar a la clase de storytelling-; mi primo se hizo cargo de la cuenta -diecisiete dólares-, nos despedimos en el parqueo e inicié la conducción a casa.

La cual no estuvo tan mal: retorné un poco antes de las seis de la tarde; cuando entré a la casa vi que los perros estaban solos; saqué a los dos grandes al patio, me cambié de ropa y llamé a Rb, para ver en qué dirección había caminado.

Me comentó que ya venía de vuelta de los supermercados en dirección norte; entonce le indiqué que la encontraría en el camino; metí a los perros a la casa y salí al encuentro de Rb; quien venía a unas ocho o diez calles -me traía el pan de mis desayunos-.

Por la noche estuve leyendo un poco del libro en francés -Petit Nicolas- y también vi la tercera parte de Day of Disclosure; durante la tarde le había comentado a mis compañeros de trabajo que esperaba más de la misma: que fueran reptilianos o algo similar, y no, nomás es una versión actualizada de ET.

El viernes me levanté a las seis y media; el día anterior había estado jugando con la idea de mejorar mi desempeño laboral -llevo más de un lustro hacia la baja-: algo como establecer un mejor formato para el documento que he estado trabajando con la analista; pero luego desistí de mi iniciativa.

Me levanté a meditar y luego salí por la computadora del trabajo; pero no me la llevé a la cama: me quedé trabajando en la mesa del comedor; aunque, debido a compromisos de la compañera de mi supervisor, la reunión de las siete de la mañana había sido cancelada.

Mientras Rb empezaba a responder llamadas -ha ganado casi mil dólares en dos meses de este trabajo- yo me puse a completar partidas de ajedrez en Duolingo -aunque el desempeño de la aplicación (especialmente en ajedrez) continuaba siendo problemática-: me había tenido ya varias semanas teniendo que bloquear y desbloquear el celular, para descongelar la pantalla.

Además, me puse a leer algunos artículos de HackerNews, y sucedió lo que me ha pasado varias veces: un artículo llevo a otro, el que llevó a conocer un autor, lo que llevó a buscar sus libros, lo que llevó a uno nuevo a mi listado -pero este sí lo comencé el mismo día-.

La reunión de las nueve fue bastante rutinaria -de forma bastante bizarra, únicamente los desarrolladores participan activamente en la misma, pero bueno-; y luego, aunque no tuvimos la reunión de equipo, el supervisor estuvo pidiendo algunas aclaraciones sobre nuestras pruebas, en el hilo de mensajes del grupo.

Además, a las nueve estaba programada la reunión -en la que muchas veces no participo, por tomar vacaciones, semanal en la que se revisan los avances de cada uno -del equipo local y del que está en el Imperio del Norte-; pero el jefe de mi supervisor había escrito en el hijo de mensajes de esa reunión que no iba a poder participar.

Uno de los analistas en el Imperio inició la reunión un poco antes de las nueve; y yo me uní un par de minutos mas tarde; luego se unió otro analista con el que he trabajado algunas veces -que es bastante ignorante en cuestiones de tecnología-; yo les comenté lo que había avisado el jefe mayor; estuvimos conversando un par de minutos y luego cerramos la llamada.

Continué leyendo algunos artículos -y algo del libro en francés- hasta el mediodía; a esa hora Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los viernes; luego nos tocó llevar a la perra más anciana al veterinario: era la segunda -de tres- semana del tratamiento -para la vejez- en curso.

Mientras Rb entraba a la veterinaria con su perra yo me dirigí al supermercado del lugar; allí compré tres tomates pequeños -para el desayuno que preveía preparar el sábado para mi hija mediana-; después pasé por Rb -y su perra- a la clínica y retornamos a casa.

Vinimos a sacar a los perros y luego entré a calentar el almuerzo; como el día anterior no había almorzado en casa -por la reunión trimestral-, Rb había consumido uno -el penúltimo, me parece- de los pescados del freezer; pero teníamos la última porción de piernas asadas, sopa de tomate y ensalada; lo que tomamos en el almuerzo.

Después del almuerzo me preparé un té de hierbabuena -la vecina nos había regalado varios manojos de su jardín, la semana anterior-, el cual no me pareció la gran cosa; sigo prefieriendo el de menta de Lipto -que compro en el supermercado-.

El resto del día -laboralmente hablando- continuó con su curso normal; hasta las cinco de la tarde; a esa hora salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; cuando íbamos de camino me recordé que no había retirado los cien dólares que necesitaba para el regalo de cumpleaños de mi hija mediana -había llegado a los veintiséis el jueves anterior-.

Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego cruzamos al otro lado del mismo;  para entrar al supermercado que se encuentra en las cercanías; Rb se dirigió a la carnicería y yo me quedé esperando turno en el cajero -había dos personas delante-.

Cuando llegué a encontrar a Rb estaba conversando con el carnicero; y resultó que la pechuga de pollo que habíamos comprado el lunes no era apta para su consumo: Rb había estado insistiendo que estaba condimentada y yo negándolo -no creía que fuera importante-; incluso me dió a probar un trozo que había cocinado para su perra y no le encontré nada diferente.

Pero el carnicero le confirmó que, en efecto, la bolsa de pechuga era parte de un lote de carne condimentada; entonces Rb tuvo que comprar otra buena cantidad de pechuga -para ella y para su perra- y yo asumí el costo -y el consumo- de la bolsa -eran como seis libras- que habíamos comprado el lunes.

Después de pagar las compras caminamos hasta el otro supermercado; allí Rb compró algunas alitas de pollo y un poco de bananos; luego continuamos el camino hacia casa; ya habíamos entrado a la calle cuando recordé que necesitaba pan para el día siguiente: nos tocó que salir a la panadería de la vuelta.

Y cuando volvimos a entrar pasamos a la tienda de la esquina: necesitábamos una zanahoria para los almuerzos de la siguiente semana; después sí, caminamos a casa; por la noche empecé la lectura del libro del autor canadiense que había encontrado por la mañana.

El sábado me levanté a las cinco y media de la mañana: habíamos quedado con el analista más brillante del equipo -cuyo último día de trabajo había sido el anterior- en reunirnos a las siete de la mañana, en la cafetería en la que, usualmente, desayuno con mis conocidos y amigos.

Pero también debía preparar el desayuno que iba a compartir con mi hija mediana; entonces, me levanté a las cinco y media, medité, me duché y entré a la cocina a preparar un par de panes rellenos con huevos y embutidos, lechuga, tomate y aguacate.

Los panes quedaron enormes y, luego de empacarlos con papel encerado, terminé de preparar la mochila con aislante térmico -el día anterior había colocado en la misma un par de platos, tenedores, vasos y una bolsa de snacks-; un poco después de las seis y media salí de casa.

Llegué a la cafetería un par de minutos antes de las siete; entré al lugar -estaba medio lleno- y me senté a una de las mesas más cómodas disponibles; iba a escribirle a mi amigo para comentarle que ya había llegado, pero ví un mensaje recién enviado: mi amigo se disculpaba por un atraso de entre cinco y diez minutos.

Entonces aproveché para completar algunas lecciones de Duolingo -ajedrez-; llevaba tres o cuatro partidas cuando ví que mi amigo se aparecía; iba a dejar la mochila en la mesa para reservarla mientras ordenábamos, pero me ganó la vena cívica y me la llevé a caja.

Ordenamos lo mismo -un par de desayunos típicos: catorce dólares- y retornamos a la mesa, la cual ya estaba ocupada por un par de bolsos; por lo que nos dirigimos al área infantil -en la cual, afortunadamente, no había mucha gente-, la cual incluso estaba mejor pues el sonido de la música ambienta era un poco mas tenue.

Encontramos una mesa similar a la que habíamos dejado y estuvimos en el lugar por un poco más de hora y media, entre desayuno y conversación; la verdad fue un buen tiempo: mi compañero es muy brillante -aunque la forma en que lo transmite es un poco deficiente: de forma bastante densa-.

La primera vez que habíamos desayunado -el año anterior-, al preguntarle sobre lo que quería hacer en su vida, no me había comentado gran cosa: le gustaba el trabajo, estaba cómodo y no preveía muchos cambios; pero todo cambió con la venta de nuestra área a otra empresa; entonces se fijó más en el mercado laboral y, a través de LinkedIn, entró en el proceso que culminó con su contratación.

Según me comentó va a una empresa transnacional -con presencia en casi todo el mundo- que adquirió (hace como treinta años) la cadena local de supermercados más grande; ganará un poco más, estará ejecutando tareas más interesantes, pero tendrá que estar entrando a la ciudad todos los días -y él vive, quizá, al doble de mi distancia-.

Un poco después de las ocho y media le pregunté a mi compañero sobre su disponibilidad de tiempo; y me comentó que en cinco minutos debía retirarse, debido a alguna clase a la que debía asistir; entonces, un poco más tarde, nos despedimos; yo esperé a que saliera del lugar para pasar al baño y esperar un poco más de tiempo, y terminé saliendo un poco antes de las nueve.

Del restaurante me dirigí al departamento de mis hijos, pero, como la hora acordada con mi hija era las diez, manejé bastante tranquilo; y aún pasé a mi pastelería favorita, a comprar un mini cake, para compartir en el desayuno.

El parqueo en el comercial en donde está esta sucursal de la panadería estuvo un poco complicado -el lugar es bastante estrecho-; pero el lugar estaba bastante vacío; el pastel me costó tres dólares y medio y lo almacené en la mochila con aislante térmico, antes de continuar el viaje al departamento de mis chicos.

Llegué al lugar con bastante anticipación; subí al séptimo nivel, entré al departamento y me acomodé en la habitación designada como sala; jugué un par de partidas de ajedrez y luego saqué mi computadora con Ubuntu -la había llevado para adelantar algo en escritura-.

Esperé hasta las nueve menos cinco y entonces le envié un mensaje a mi hija mediana, comentándole que ya estaba en el lugar; ella se hizo presente bastante rápido; le propuse ir al parque temático e iniciamos la caminata -con ella casi nunca usamos el elevador-.

EL día estaba bastante fresco: nublado pero sin lluvia; caminamos tranquilamente hasta el parque temático; entramos al lugar y aprovechamos que el área de mesas al aire libre estaba bastante vacío: ocupamos una de las mesas en las cuales el sol no estaba incidiendo directamente.

Procedimos a desayunar -panotes, jugo de naranja, snacks y (como postre) pastel-; después le propuse a mi hija una partida de Scrabble; la que, realmente, no se extendió tanto como había esperado: mi hija es bastante buena con el lenguaje.

Después de completar la partida le propuse que nos subiéramos a la rueda de Chicago, por lo que caminamos los pocos metros que nos separaban de la misma; pero cuando nos acercamos a la misma, la encontramos detenida: y con un vehículo de servicio a su lado.

Entonces le propuse a mi hija que paseáramos por el zoológico del lugar; el cual tiene una fauna bastante limitada: algunos grandes felinos; varias aves exóticas y muchas especies de mamíferos endémicas -o al menos lo eran en el pasado- de la región.

Después de esta caminata iniciamos el retorno al departamento; a donde llegamos bastante temprano -acababa de pasar el mediodía y habíamos acordado despedirnos a la una y media-; me instalé en la sala y mi hija me siguió un poco después, con su propia computadora -también con Ubuntu-.

El mes anterior le había enviado -respondiendo a su petición- un pequeño proyecto que podía desarrollar en C; pero, la verdad, el mismo era muy avanzado para su nivel -totalmente principiante-; me estuvo mostrando algo de código pero no era funcional.

Me disculpé por haber enviado un problema inadecuado y le ofrecí el envío de uno más acorde a su nivel; a la una y media nos despedimos y bajé al sótano por la van; el camino de vuelta estuvo bastante vacío; hasta llegar a los semáforos de entrada al municipio: las últimas dos o tres calles me llevaron casi quince minutos.

Vine a casa como a las dos y cinco -le había escrito antes a Rb comentándole que volvería alrededor de las dos-; y la encontré terminando de almorzar en su habitación; entonces me metí a la cocina a preparar mi almuerzo: corté una salchicha y media en trozos, los cuales freí y luego ahogué en una salsita de tomate ranchera.

Paralelamente puse a hervir un par de tazas de agua; en los que sumergí -cuando hirvió- treinta gramos de fideos de arroz; cuando todo estuvo a punto serví las salchichas en un plato de porcelana y los fideos en un tazón de plástico -y agregué mayonesa a lo último-.

Almorcé tranquilamente -viendo algún video de Youtube- y luego me retiré a leer un rato a la habitación; un poco después Rb me sugirió que vieramos la primera mitad de una película de Will Smith que me habían recomendado: Collateral Beauty (creí que era reciente pero, realmente, había salido una década atrás-.

Después de ver -casi- la mitad de la película nos alistamos para salir: Rb me había pedido que camináramos antes de realizar el viaje al supermercado en donde realizamos compras a granel; entonces caminamos hacia los supermercados en dirección norte.

Como me tocaba ir a la casa de mi amigo que vive en el otro extremo de la ciudad, y acababa de pasar su cumpleaños, había planeado comprar una bolsa con ocho pastelillos empacados individualmente -en la tienda verde de descuentos, por un poco menos de cuatro dólares-.

Caminamos hasta el lugar y allí adquirí la bolsa de pastelillos; luego pasamos al supermercado que se encuentra al inicio del boulevard y compramos jengibre y un poco de bananos; luego, con nuestras compras, retornamos a casa.

Entramos a dejar las compras y salimos a arrancar la van; en la cual nos dirigimos a la sucursal local del supermercado en el que realizamos las compras a granel; había aún un poco del tránsito de los sábados por la tarde.

Finalmente llegamos al lugar; una de las principales compras a realizar era el saco de comida para perros, que le llevo a mis padres en las visitas trimestrales; además, dos o tres días antes, me había quedado sin aderezo para ensaladas -lo había sustituido por una mezcla de mayonesa y ketchup-.

Aproveché para comprar un paquete de galletas de chocolate -he considerado, ligeramente, dejar de consumir este tipo de productos, pero aún no he llegado al punto de contemplarlo seriamente-; completé mis compras con un par de bandejas de alitas de pollo.

Rb, por su parte, compró un par de bolsas de nueces -no se resigna a dejar de consumir este tipo de alimentos- y un paquete de desodorantes que no había encontrado en nuestras últimas visitas al lugar; luego de pagar por las compras retornamos a casa.

Por la noche decidí dejar de jugar ajedrez en Duolingo -al menos en el celular habitual- porque he visto un pésimo funcionamiento de la app en esa área: ese día -o el anterior- había tenido que cancelar una partida porque no pasó nada cuando un peón llegó al otro extremo del tablero-.

También decidí dejar las lecciones de matemáticas en la misma app -es, básicamente aritmética y (un poquito de) álgebra-; aunque no pude eliminar ninguno de los dos cursos en el teléfono; pero me pasé a jugar -una o dos partidas nomá- en el teléfono antiguo -la pantalla está astillada-.

El domingo me levanté a las seis y media; la noche anterior había considerado desactivar las alarmas por el día; pero, finalmente, no cambié nada y el reloj sonó a las seis y media; me levanté a meditar y luego retorné a la cama; no me dormí sino que hice varias lecciones de Duolingo -Portugués-.

Rb entró un poco después de las ocho: después de las lecciones de Duolingo me había quedado en la cama, leyendo el nuevo libro en inglés; el cual estaba tan bueno que recorté un párrafo y se lo envié a varios de mis contactos en whatsapp.

Un par -o tres o cuatro- de ellos me respondieron, agradeciendo el párrafo y, alguno, o quizá un par, comentando sobre la atinada reflexión del autor sobre dos conceptos que, a primera vista, podrían no ser percibidos de la forma presentada.

Rb desayunó un poco antes de las nueve; y me pidió que la acompañara a la parada del busito a las nueve y media; así que me quedé en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube; a la hora convenida me vestí y salimos al boulevard.

Estábamos apenas saliendo del portón cuando vimos que uno de los busitos venía en el boulevard, le hicimos señales para que se detuviera y me despedí de Rb; luego retorné a casa y puse manos a la obra: quería dejar envuelto el regalo -una caja con material e instrucciones para tejer un animal- que planeaba darle a mi doctora el próximo sábado.

Después de completar el envoltorio -utilicé la mitad de un pliego de papel de regalo navideño, de un par comprado en el anterior diciembre- me lavé las manos y partí la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos.

Después me preparé el desayuno, en el cual incluí la mitad de uno de los pastelitos que había comprado la tarde anterior; después del desayuno sopesé en qué ocuparme -no quería pasarme una hora (u hora y media) nomás viendo videos de Youtube-; así que le pedí a Mistral que ordenara aleatoriamente tres palabaras: escribir, leer y limpiar.

Y salió la última palabra en la primera posición; así que metí los bártulos de limpieza y pegué una buena barrida/trapeada a los pisos de la casa; después volví a intentar con escribir y leer y salió lo primero.

Así que empecé a actualizar mis notas -incluyendo esta- en la computadora de Ubuntu; y eso me llevó un buen tiempo; de hecho aún estaba a menos de la mitad de lo que había planeado redactar cuando me llamó Rb; me costó contestar porque le había puesto los audífonos al celular y no había notado ese detalle (pero la llamé de vuelta, por whatsapp).

Rb me indicó que ya había salido de la iglesia y que se estaba dirigiendo al supermercado; entonces, me cambié de short y salí por la van; y conduje hasta el comercial cercano a la iglesia -el tránsito estaba bastante pesadito, en el boulevard principal).

El parqueo del comercial también estaba bastante lleno, de hecho tuve que estacionarme en un lugar bastante alejado; total que cuando llegué al supermercado encontré a Rb ya saliendo del mismo, cargando dos bolsas de manzanas verdes y una pequeña red de aguacates.

Retornamos al auto y conduje de vuelta a casa; el tránsito estaba un poco menos denso en ese lado del boulevard principal; entramos a casa a dejar las compras y preparamos a los perros grandes para su caminata diaria; luego entramos a preparar el almuerzo.

La semana anterior (miércoles o jueves) se me había resbalado (mientras lo lavaba) el plato hondo en el que había estado consumiendo mis ensaladas durante la última década; una lástima porque era bastante adecuado para su uso; pero no pude detener su caída cuando se me resbaló de las manos -jabonosas- y se estrelló contra el piso, causando una hendidura en su borde.

Lo tiré ese día -luego de disculparme con Rb- y mientras ella iba al cuarto de la lavadora a buscar otra opción, finalicé la desaguada de los trastes; un poco después ella volvió con dos ensaladeras muy bonitas -y muy poco prácticas-: una de vidrio -muy grande y muy honda- y una de porcelana -con un diseño en relieve muy complicado-.

Acepté usar -mientras acudimos a la tienda de ropa usada para adquirir un nuevo trasto- la de vidrio y procedí a lavarla y dejarla en el área de secado -estaba llena de polvo-; y esa fue la que utilicé este día para sustituir la que había quebrado antes.

Rb preparó las alitas y las puso a la estufa; y yo empecé a consumir la ensalada en lo que las mismas se cocinaban; total que cuando las alitas estuvieron listas, yo ya estaba terminando la ensalada -era enorme-.

Completé el almuerzo con el pollo y luego me preparé un té de menta; acompañado con un poco de pan dulce, un par de mitades de galletas y la mitad del pastelito que había reservado por la mañana; después continué en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube.

A las dos y cuarenta y cinco -cuando la alarma sonó- le preparé un té de manzanilla a Rb y lavé los -pocos- trastes del almuerzo; después esperé a que Rb le diera de comer a sus perros pues habíamos acordado terminar de ver la película de Will Smith.

Collateral Beauty es una película interesante; trata sobre el dolor de la pérdida y la decepción de la vida; y, como no, al final es sobre la esperanza y la aceptación de todo lo que la vida nos presenta -me emocioné un poco al final de la misma, creo que tiene un buen twist-.

Después de terminar de ver la película me volví a retirara a mi habitación, para continuar con mis notas -incluyendo esta- y esperar a la hora en la que habíamos acordado empezar la preparación de los almuerzos de la semana: las cinco de la tarde.

Aunque, realmente, Rb empezó a cocinar alrededor de las cuatro y media; yo continué en la habitación hasta que terminé mis notas; luego, a las cinco, y me puse manos a la obra: pelé cuatro grandes güisquiles -el viernes habíamos cosechado una docena, los demás los repartimos entre los vecinos-.

Despues utilicé la mandolina para picar apio y cthile pimiento; los cuales coloqué en un gran bol plástico; después pasé por la mandolina los güisquiles y cuatro o cinco zanahorias, llenando un bol aún más grande.

Después de completar mi contribución a la preparación de los almuerzos de la semana me retiré a mi habitación para completar lecciones de Portugués en Duolingo; luego -mientras Rb cenaba- completé una partida de Scrable en inglés.

Un poco antes de las ocho salí de la habitación y me pasé -con la computadora con Ubuntu- a la de Rb, para terminar de ver -por segunda vez (aunque con subtítulos en un idioma distinto)- Day of Disclosure.

Y antes de las nueve realizamos la división de los almuerzos para la semana: cuatro porciones de un poco más de una libra; mas un par de porciones de seis o siete onzas -que reservamos para el viernes, en el freezer-.

Había pensado leer algo antes de retirarme a la habitación -de hecho había planeado retirarme antes de las diez- pero, al final, no pude decidir si continuar con el libro en inglés que acababa de empezar, o seguir con la lista de los otros que llevaba a medias.

Y a ver cómo sigue eso... 

 

 

 

lunes, 20 de julio de 2026

Hermanito... Little Brother... Petit Frere...

Había leído algo de Cory Doctorow en el pasado; pero creo que habían sido artículos: al parecer es uno de los habituales en Wired y revistas de ese tipo; y no recuerdo muy bien cómo llegué al título que encabeza este texto; creo que estaba leyendo uno de sus últimos artículos, difundidos por HackerNews.

Me gusta la ciencia ficción -es uno de mis géneros favoritos-, pero no tenía la intención de leer algo de la temática -o al menos no estaba dentro de mi lista de libros pendientes-; pero busqué la bibliografía de Doctorow y apareció este como uno de sus mejores obras.

Y se ve interesante: un joven hacker -¿basado en él mismo?- que intenta abstraerse de un estado totalitario; leí en algún lugar que el mismo autor estaba viviendo en el Reino Unido (¿es canadiense?) pero se salió de allí al percibir un estado más intrusivo.

Y a ver cómo va eso...

El miércoles fue un día más bien tranquilo: la única variante fue la reunión de una hora -la del día lunes había durado más de dos horas- en la que el analista más brillante -en su penúltima semana- expuso la forma en la que había construido una suite de Jmeter -que no creo que pueda aprenderse en un día-.

Lo otro interesante fue el segundo partido de las semifinales del Mundial: yo aún estaba en el cuarto lugar en la quiniela del trabajo; y con la pérdida de Francia frente a España no varió mi posición -el quinto y sexto lugar, al parecer, habían pronosticado igual que yo-.

Y en el partido Argentina-Inglaterra tampoco se veía que iba a haber mucho movimiento: al menos en las posiciones cuarta, quinta y sexta: durante la mayor parte del encuentro Inglaterra estuvo arriba y no ví que se alterara el orden.

Pero, con el cambio de los últimos diez minutos del partido, hubo una revolución: al parecer el primer y segundo lugar habían apostado por Inglaterra; y el quinto lugar y yo apostamos por el mismo marcador a favor de Argentina, lo que nos dió un aumento de seis puntos.

Con lo que quedé en segundo lugar -empatado con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre-; aunque, por ciertas reglas de calificación del sitio (número de partidos correctamente pronosticados, y así), él queda en tercero y yo en segundo.

Al principio me emocioné porque me dije: nomás queda la final; no puede cambiar mucho; pero luego me dí cuenta que el quinto lugar está a un punto de nosotros -y también falta el resultado del sábado (Francia-Inglaterra)-; lo que aún otorga un margen de doce puntos para que cambien las posiciones.

Igual he tratado de practicar el desprendimiento con los doce dólares con los que contribuí a esta actividad; diciéndome que nomás lo hice para mejorar mi socialización al participar en una actividad de la que me hubiera apartado en el pasado.

La cuestión laboral estuvo rara: en la reunión del equipo el supervisor nos comentó -como quien no quiere la cosa- que la fecha en la que se espera que se realice la transición -por cuestiones financieras y contables- es el primer día de octubre (o sea, en mes y medio).

También nos comentó que se están redefiniendo los procesos de trabajo -aunque siguen siendo un relajo- y que, la semana anterior, uno de los directores había conducido una encuesta -in situ- sobre el nombre que adquirirá la nueva empresa; uego de estos anuncios nos estuvo asignando algunas tareas -ninguna de las cuales tomé en serio-: la analista del Imperio del Norte no ha dado noticias sobre la tarea que nos asignaron en conjunto.

Al mediodía -antes del partido- Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios de los miércoles; luego repetimos la secuencia diaria: sacar a caminar a los perros, calentar la -tercera- porción de los almuerzos semanales, café, lavado de trastos y té.  

Por la tarde estuve leyendo un poco del libro, del autor español, que se desarrolla durante la guerra civil española; a las cuatro y media -ya que Rb tenía clase de teología- salimos a caminar; la tarde se veía bastante gris.

Como no necesitábamos comprar nada -y se nos hizo un poco tarde porque la última llamada de Rb se extendió- decidimos nomás caminar hasta el extremo sur del boulevard y retornar a casa; como a medio camino de vuelta empezó a lloviznar, con lo que retornamos bastante empapados. 

Cuando entramos a casa me quité la ropa mojada; colgué el pantalón en la habitación de la comida de los perros y la playera en la silla que utilizo en el comedor; Rb preparó su cena y se retiró a su habitación para recibir su clase semanal de teología.

Yo estuve leyendo un poco, viendo algunos videos de Youtube y completando la penúltima clase de Data Science with Python en la academia de Cisco; cuando Rb terminó su clase me pasé a su habitación; pero ya no me dió tiempo de mucho.

El jueves me levanté a las seis y media, medité y jalé la computadora del trabajo a la cama, para atender la llamada de las siete; después me quedé en la cama, pero no me dormí: estuve completando algunas lecciones de Duolingo.

Un poco más tarde -casi a las ocho- pasé la computadora del trabajo al comedor y continué allí la jornada; teníamos programada la tercera reunión de training del analista que está por retirarse, pero el supervisor movió la reunión del equipo a la misma hora.

Y en esta reunión se dedicó a reorganizar las tareas -por alguna razón a mí no me asignó muchas y lo justificó indicando que yo estaba trabajando en los documentos (algo que no he siquiera iniciado)-; incluso el analista que vive cerca de la ciudad colonial me comentó -¿en broma?- que le llamaba la atención la preferencia.

Después de la reunión -que se alargó bastante- le realicé -a petición del supervisor- un par de ajustes al documento que había preparado unos días antes -sobre la forma de documentar los hallazgos-; también actualicé una tercera computadora remota con la última versión de la app que probamos (el día anterior había actualizado las dos de costumbre).

Antes de mediodía terminé de leer el libro de la psicóloga chilena sobre la vejez; y, la verdad, me agradó el final: prepararse, prepararse; durante la mañana había intentado comunicarme -por llamada de whatsapp y por llamada telefónica- con mi único amigo garífuna, pero no lo había logrado.

Dos días antes habíamos quedado de reunirnos en este día a las cuatro y media; pero él no me había confirmado nada -como había ofrecido-; pero un rato después me envió un audio por whatsapp, confirmando la hora y lugar de la reunión.

Rb acudió a su clase de zumba de diez a once de la mañana; cuando retornó le comentóe que saldrí al final de la tarde; ella se metió a su habitación a contestar algunas llamadas y -otra vez- la última se extendió más de lo que esperaba: a las doce y media saqué a caminar a los dos perros grandes.

Y la llamada se extendió tanto que completé las dos vueltas y los metí a casa mientras Rb continuaba con la llamada; entonces, luego de lavarme las manos, puse a calentar la última porción de pollo guisado; Rb salió -por fin- un poco más tarde.

Almorzamos -café incluido al final- y luego me quedé un rato en el comedor, viendo algunos videos de Youtube; un poco más tarde lavé los trastes y le preparé a Rb un té de manzanilla; aunque, antes de esto, sí trabajé un poco en las tareas pendientes.

O no tanto pendientes, sino en lo que me intersaba: un poco antes de mediodía había tenido una llamada con el desarrollador con el que nos hemos reunido un par de veces para compartir un café: había revisado una funcionalidad en la que había trabajado pero aún no funcionaba.

Y después del mediodía me reuní con el analista que está por salir: el día anterior había intentado ejecutar el código con los escenarios de prueba automatizados pero no había logrado que corrieran; -como era de esperarse- él lo resolvió (aclaró) en un par de minutos.

A las tres y media me preparé para salir; lo que hice a las cuatro menos cuarto: caminé hasta el inicio del boulevard para abordar un bus intermunicipal -afortunadamente decidí no sacar el auto: el boulevard estaba super embotellado-; en el bus me fuí armando el cubo de Rubik de seis por seis -luego de varias semanas de dejarlo de lado-.

Llegué al comercial en donde se estacionan los busitos con más de diez minutos de anticipación; aproveché para pasar a los servicios sanitarios del tercer nivel; después me dirigí a la panadería que se encuentra en el sótano del lugar: allí venden unos zepelines que acostumbraba comprar en el pasado.

Pero antes de llegar al lugar encontré a mi amigo -iba temprano a nuestra reunión-; nos saludamos y le pedí que me acompañara a la panadería; tenía la intención de comprar dos zepelines -en el pasado me habían costado medio dolar cada uno- pero nomás compré uno porque  ya habían subido de precio.

Mi amigo me ofreció una gaseosa del lugar, pero le indiqué que quería invitarlo a algo más formal en Burger King -como habíamos definido de antemano-; él se compró una pequeña gaseosa y nos dirigimos al restaurante.

Pero antes de llegar sentí la vibración del celular; ví que Rb me estaba llamando -de hecho tenía ya un par de llamada perdidas- y contesté: estaba bien preocupada porque no encontraba su tarjeta de débido -la que habíamos repuesto apenas unas semanas antes.

Rb me pidió que verificara si no la tenía conmigo y saqué mi portatarjetas y mi billetera para comprobar; en el ínterin seguíamos caminando hacia el restaurante; llegamos al mismo y nos sentamos a una mesa: allí me vacié los bolsillos y saqué todas las tarjetas: no estaba la de débito.

Como Rb se oía bastante preocupada le sugerí que bloqueara la tarjeta y pidiera una nueva; incluso me ofrecí a pagarle la reposición -son como cinco dólares- porque aún no me había cobrado la reposición de la anterior; colgué la llamada y, un rato después, Rb volvió a llamarme para comentarme que la había encontrado. 

En el pasado habíamos tenido un par de reuniones -con mi amigo garifuna- en el lugar; pero de eso hacía ya más de un año -la última reunión la habíamos tenido en el restaurante en el lado opuesto de la ruta del Transmetro- y encontramos el lugar bastante cambiado -para bien-.

Ordenamos -mi amigo se hizo cargo de la cuenta: diez dólares-, mi amigo un café y unas papas; yo un café y un pastel Hershey; y nos acomodamos en una de las mesas del lugar; en donde estuvimos durante la siguiente hora y media, poniéndonos al día de los últimos seis meses.

La noche anterior había revisado mis notas para ver cómo había estado la última reunión -a finales del año anterior- y me había dado cuenta que mi amigo se había mostrado muy entusiasmado en compartir su fe -cristiana, pero no denominacional- y me había mostrado cauto en este tipo de interacciones.

Pero la reunión del jueves no estuvo tan mal; creo que mi amigo compartió un poco más sobre su familia y sus emprendimientos actuales; incluso hablamos sobre brindarle soporte con la confección de una página web -al parecer ha estado recibiendo pequeños grupos de turistas y coordinado su estadía y movilidad dentro del país-.

La conversación estuvo muy buena y, a la seis de la tarde (había puesto una alarma), como habíamos acordado, salimos del restaurante y nos despedimos; mi amigo se dirigió a tomar el Transmetro y yo salí a la calle a tomar el bus intermunicipal (quería caminar desde el inicio del boulevard hasta la casa de Rb, para no  saltarme la caminata diaria).

El bus no tardó mucho en pasar -aunque había una buena fila de personas esperando- y no venía muy lleno; incluso encontré aún lugar en uno de los asientos del frente; me vine armando el cubo de Rubik y no puse mucha atención al tránsito -que, al parecer, estaba un poco pesado-.

Me apeé al inicio del boulevard un poco más tarde -el trayecto es bien corto, pero está la hondonada al fondo de la cual construyeron el puente entre ambos municipios- e inicié a caminar hacia la casa de Rb; en el camino terminé de armar el cubo de Rubik.

Entré a casa unos quince minutos antes de las siete y encontré a Rb esperando la hora de su cena; le pregunté por el pan que le había encargado y me comentó que lo había olvidado; le propuse ir a la panadería de la vuelta y me acompañó a comprar el pan para mis desayunos de tres días -un dólar-.

Cuando retornamos me conecté a Zoom para recibir la clase semanal de Storytelling -había decidido atenderla el jueves, y no el sábado, porque habían advertido que la del sábado sería nomás la reproducción del jueves-; la cual estuvo bastante aburrida: la señora se dedicó nomás a presentar ejemplos de campañas de publicidad del pasado.

O sea, había visto el video de la clase durante la semana y el contenido me había parecido bastante atractivo; y en las semanas anteriores la clase en vivo se ha centrado en el video -y la presentación- compartido; lo cual no fue el caso en esta ocasión; y la verdad no le puse mucha atención -o sea, era nomás presentación de ejemplos- y me puse a completar algunas lecciones de Duolingo.

La clase terminó a las ocho y me moví a la habitación de Rb; ella acababa de terminar su cena y estaba viendo una serie -en rumano-; aproveché el tiempo para actualizar mis notas -incluyendo esta-, preparar una propuesta de página web para mi amigo garifuna y completar la última clase del curso de Data Science with Python -dejé pendiente nomás la evaluación final-.

El viernes me desperté bastante temprano; había estado teniendo sueños bien raros -relacionados con viajes al pueblo en el cual crecí- y escuché que Rb salió de su habitación varias veces -sus perros grandes han estado con molestias de salud-.

Intenté continuar durmiendo pero no pude conciliar el sueño; ví el reloj y apenas acababan de pasar las seis de la mañana; entonces me levanté, desconecté la alarma de las seis y veintisiete y bajé al piso a meditar.

Después salí por la computadora del trabajo; y encontré a Rb, quien me comentó que la perra más pesada la había sacado varias veces de madrugada, por alguna molestia estomacal; y me pidió que me quedara en el comedor, por si necesitaba salir al patio -ella estaba por empezar a tomar llamadas-.

Me quedé en la mesa del comedor y entré a la llamada de las siete; la cual estuvo -ahora sí- un poco interesante: mi supervisor participó con una duda que surgió el día anterior con los otros dos analistas; el PM no podía usar bien la herramienta de análisis y participé más en la conversación.

Incluso, después de la llamada, me reuní un momento con el PM pues quería mi retroalimentación sobre lo que había pasado: no había podido mostrar la información que le pedían; nos reunimos brevemente y luego conversamos un poco sobre el cambio que se nos viene: el uno de octubre se supone que estaremos en una nueva empresa.

Durante la mañana ocurrieron dos eventos bastante raros: Rb salió bastante rápido de la habitación y me pidió un abrazo de consolación; por segunda vez en la semana una persona para las que traduce se había portado bastante pesado, terminando por colgar la llamada.

Rb estaba bastante devastada por lo sucedido y ya había perdido las ganas de continuar traduciendo; y, un poco después, experimentamos un movimiento telúrico bastante raro: la tierra se empezó a remover durante demasiados segundos.

Incluso creí que tendríamos que salir de casa -creo que aún no me había vestido-; salí a abrir la puerta frontal y ví como la malla, que separa la casa de Rb de la de su vecina, se balanceaba por el movimiento sísmico; un poco después empecé a escribirle a mis conocidos -e hijos- para saber si todo andaba bien.

Afortunadamente no hubo ninguna secuela: de todos los que contacté únicamente mi hijo me comentó que el agua del ecofiltro, que tienen en la cocida del departamento, se había desbordado; pero la hermana de Rb la llamó de vuelta y estuvieron conversando por más de dos horas; con lo que ya no entró a tomar más llamadas.

Al mediodía Rb me pidió -o yo me ofrecí- que la acompañara a la veterinaria pues tenía cita con el veterinario: durante dos o tres semanas debían inyectar a su perra más anciana; y justo cuando estaba saliendo la analista del Imperio del Norte me empezó a enviar mensajes en la aplicación del trabajo.

Nomás respondí a un par de estos mensajes y salí a arrancar la van; se suponía que el veterinario debía atender a Rb -y su perra- a las doce; llegamos unos minutos antes pero tuvimos que esperar media hora para que -luego de pedir una reprogramación- la pasaran a la clínica.

Después de que inyectaran a su perra Rb salió del lugar, abordamos la van y retornamos a casa; a donde venimos a preparar a los perros grandes para su caminata diaria; mientras la realizábamos Rb había dejado en el fuego los pescados del almuerzo -y yo había puesto a calentar la mezcla de champiñones y chile pimiento que habíamos preparado el domingo anterior-.

Después de la caminata almorzamos; después me preparé un café y lavé los trastes del día; un poco después preparé, para Rb, un té de manzanilla; a las cuatro de la tarde -como habíamos acordado- salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur.

Aunque Rb había acudido temprano a la tienda de las verduras, aún me faltaba un pepino (sin semillas) para la ensalada que planeaba preparar al día siguiente, para el almuerzo con mi hijo menor; también compramos un poco de bananos -todo en el supermercado de la mitad del camino-.

Cuando retornamos de caminar nos cambiamos de ropa para realizar la rutina de ejercicios de los viernes -no habíamos podido completarla al mediodía, por la visita a la clínica veterinaria-; después realicé la limpieza de pisos (por primera vez en dos semanas).

Después de realizar la limpieza me puse a preparar los rollitos de pollo para el almuerzo del día siguiente; cuando terminé de prepararlos los reservé en la refrigeradora, tomé mi computadora personal y me instalé en el sillón que Rb usa para recibir llamadas.

Quería finalizar el curso de Data Science with Python que había estado siguiendo durante las semanas anteriores; pero, me puse a ver un video de Youtube y me quedé dormitando en el sillón; incluso terminó el video, abrí los ojos cuando inició uno nuevo, pero seguí dormitando un poco más.

Después sí me espabilé y completé el curso en la plataforma de Cisco: en la evaluación final obtuve una nota de ochenta por ciento -el mínimo para aprobar era setenta y cinco-; después continué viendo más videos de Youtube -en el mismo sillón-.

El sábado me levanté a las seis y media; desde la noche anterior había decidido que prepararía el almuerzo, que pensaba compartir con mi hijo menor, antes de preparar mi propio desayuno; entonces, después de que sonó la alarma del celular me levanté a meditar; después me quedé un rato en la cama, completando algunas lecciones de Duolingo.

Rb entró un poco después de las siete y me comentó que estaría traduciendo llamadas -yo temía que, por lo sucedido el día anterior, ya no quisiera continuar con ese trabajo-; así que salí de la habitación e inicié la preparación de las ensaladas -ahora con siete ingredientes: tres tipos diferentes de lechuga, chile pimiento, zanahoria, aguacate, manzana verde, pepino y tomate-; después preparé las porciones de aderezo.

Después de preparar las ensaladas cociné los rollitos: batí un huevo, sumergí allí ambos rollitos, los rocié con harina de coco, los volví a pasar por huevo y, finalmente, los recubrí con avena en hojuelas; los puse en aceite a alta temperatura por un par de minutos, por ambos lados -los había aplastado un poco, para facilitar la cocción pareja-.

Mientras cocinaba los rollitos -veinticinco minutos por cada lado, a fuego muy bajo- preparé mi desayuno: el resto del huevo con harina de coco y avena lo mezclé con tres yemas, un poco de fibra de almendra y treinta gramos de repollo cocido; con eso preparé la torta para mi panito.

Después del desayuno estuve leyendo un poco, y viendo algunos videos de Youtube; Rb se pasó casi toda la mañana respondiendo llamadas; me había comentado que quería hacer ejercicios a las once por lo que a mitad de su rutina nos tocó que sacar a caminar a los perros grandes.

Después de entrar a los perros me metí a la ducha, luego me vestí y terminé de preparar la mochila con aislante térmico -el día anterior había metido un par de coquitas a la refrigeradora-; salí de casa algo tarde: ya eran más de la una y cuarto cuando arranqué la van.

Afortunadamente el tránsito no estaba tan tan cargado: o sea, las últimas siete calles antes de salir al boulevard principal estaban bastante llenas, pero el tránsito avanzó poco a poco; y la situación en la ciudad estaba un poco mejor; total que llegué con un par de minutos de anticipación al departamento de mis hijos.

Le escribí un mensaje a Rb para comentarle cómo había estado el viaje, y otro a mi hjo mejor para indicarle que ya había llegado; al entrar al departamento había visto a mi hija mediana en la cocina; luego de los mensajes salí de la sala y entablé una conversación ligera con ella.

Mi hio salió un rato más tarde; y le propuse que nos dirigiéramos al parque temático -encontré que su ánimo estaba mejor, creí que ya había renunciado a su empleo-; cuando llegamos al parque vimos a una señora negra con su hijito; y escuché que no se podía comunicar con el guardia de la entrada -debían revisar su mochila-.

Me ofrecí a ayudar y traduje un par de frases; luego me preguntó sobre el lugar para comprar un brazalete que dá acceso a todos los juegos mecánicos; le indiqué que era en el interior; luego nomás entraron al lugar; le propuse a mi hijo dirigirnos a las mesas de uno de los lugares techados.

Encontramos -en el mismo lugar donde almorzamos la semana anterior con mi hija mayor- bastantes opciones para acomodarnos y elegimos una mesa en el centro del lugar -buscando evitar la luz directa del sol- y procedimos a almorzar.

Después del almuerzo le propuse a mi hijo -al igual que había hecho con su hermana mayor- que escribiera un texto en la tapa de la caja de Scrabble; y le pareció la idea; aunque quiso retrasar la hora de hacerlo -y al final del día no lo hizo-.

Después del juego de Scrabble nos dirigimos a la rueda de Chicago; la cola estaba un poco extensa, pero decidimos esperar; abordamos la canastilla y esperamos a que empezara a girar -usualmente nos acomodan en soledad- pero nos tocó que compartir la misma con una señora y su hijo -de unos diez años-; y la señora estaba bien nerviosa.

De hecho su hijo indicó que padecía agarofobia -interesante selección de términos-; la cuestión fue que la señora me pidió permiso para abrazarme -o aferrarse a mi brazo, realmente-, pues realmente estaba temerosa; aunque mi hijo se rió por lo bajo -la señora lo notó- le indiqué que no había problema, y traté de generar una conversación para distraerla del entorno.

La señora nos comentó que había estudiado derecho -yo había empezado a hacerle preguntas de matemáticas a su hijo, y ella dijo que no le gustaban los números, que por eso había estudiado leyes- y que trabajaba en el ministerio público.

Por alguna razón sentí que la duración del juego se extendió más que otras veces; pero, al final, desabordamos la canastilla y nos despedimos de la familia; entonces empezamos a caminar hacia el departamento; aunque mi hijo me había pedido que pasáramos a un supermercado del camino.

Mi hijo quería comprar una espátula -de silicón- y algunos consumibles para la limpieza de la cocina; pasamos al comercial en donde nos habíamos refugiado la semana pasada con mi hija mayor; pero allí no encontró lo que buscaba.

Luego pasamos al comercial que se encuentra a un par de calles del departamento y allí, en una sucursal de la tienda verde de descuentos, mi hijo compró lo que andaba buscando; regresamos al departamento a las cinco y cuarto y, como habíamos acordado despedirnos a las cuatro, me despedí de mi hijo y bajé al sótano a tomar la van.

El tránsito estaba bastante tranquilo -no tan vacío como la semana anterior, pero bastante menos que los últimos meses-; vine a la casa a las seis menos cuarto, saqué al patio a los perros grandes y, luego, le envié un mensaje a Rb, comentándole que empezaba la caminata hacia su encuentro.

Me había cambiado de ropa, hacia la mudada de diario, y caminé a buen paso en dirección norte del boulevard; llegué al inicio del mismo y continué por el boulevard principal; como a medio camino encontré a Rb; me ofrecí a ayudarla con una bolsa del supermercado e iniciamos el camino de vuelta a casa.

Por la noche ví una parte del primer capítulo de una serie japonesa de Anime: una chica que caza monstruos en un futuro post-apocalíptico; que protege a su hermana pequeña -adoptada- y quien resulta ser -!- una alien; algo rara la serie, pero con bastante acción.

El domingo me levanté a las seis y media; era el día en el que se jugaba la final del mundial -la semana anterior había finalizado en el segundo lugar de la quiniela del trabajo, pero el día anterior el resultado Inglaterra-Francia fue contrario a mi pronóstico-.

Igual, le había comentado a mi hijo menor que no miraría durante el día -ni al día siguiente- cuál era la penúltima posición de la tabla de los participantes en la quiniela; después de meditar me quedé en la cama, haciendo algunos ejercicios de Duolingo -casi todo en Ajedrez-.

Después de completar más de media hora en Duolingo continué con el libro, del abogado español, que había empezado durante la semana;  y esperé a que Rb desayunara, antes de dirigirnos a los supermercados en dirección sur.

Rb terminó su desayuno después de las nueve y media y, después de preparar la mochila con aislante térmico, caminamos hasta el extremo del boulevard; luego entramos al supermercado que queda cerca del lugar; allí compramos seis piernas de pollo -con cuadril-.

Después nos dirigimos al supermercado de mitad del camino; allí compramos un par de lechugas y un poco de bananos; también le compré a Rb una bolsa de yuquitas -en realidad dos, porque estaban en oferta-: el día anterior ella me había obsequiado -pagado- un pingüino de chocolate, por una apuesta que habíamos hecho en el encuentro México-Inglaterra (yo gané).

Cuando retornamos del supermercado preparé mi desayuno; el cual salió mal: tenía varias semanas esperando mi segundo experimento de pan de nube; el cambio más importante era la utilización de sartén para cocinarlo -en vez de microondas-, pero lo que conseguí fue un panqueque mal hecho.

Igual lo consumí, con frijoles volteados y algunos trozos de jamón de pavo; también consumí uno de los pingüinos que Rb me regaló el día anterior; antes del mediodía habái estado investigando la forma de escribir una appa para móvil: me interesa -así como he hecho con mis gastos y el ayuno intermitente- darle seguimiento a mis estados de ánimo durante varios días.

Sacamos a caminar a los perros a las doce y media; antes de salir Rb había dejado las alitas dominicales en la sartén; cuando entramos de la caminata me dirigí a la cocina y volteé  las alitas de pollo; luego preparé dos enormes ensaladas.

Cuando empezamos a almorzar ya había empezado el partido España-Argentina -estaba programado para la una de la tarde-; yo había pronosticado un marcador de dos a uno, favorabe para los europeos; por lo que Rb llevó su computadora al comedor y estuvimos viendo la primera mitad del encuentro.

El plan -propuesto por mí el día anterior- era verlo con refresco -Rb había preparado de rosa de Jamaica el día anterior- y con snacks -por eso había comprado las yuquitas, y Rb me había regalado el pingüino-; pero, al final, sentí que comí mucho -me volví a sentir, al igual que las últimas veces que invito a amigos a desayunar, muy leno-.

Para la segunda mitad del partido movimos la computadora de Rb a su habitación y terminamos de ver allí los cuarenta y cinco minutos -y los treinta de los tiempos extras, ya que terminaron empatados-; y, al final, celebré el triunfo de España.

Un poco más tarde entré a la aplicación en la que once personas del trabajo habíamos estado pronosticando los resultados de los ciento cuatro partidos -yo había olvidado, el segundo o tercer día, pronosticar tres de ellos-; y resulta que terminé en tercer lugar -la señora que me cae bien logró superarme por un punto-.

Y el analista que vive en la ciudad colonial alcanzó el mismo número de puntos -o sea, estaríamos empatados- pero la página desempata con el número de pronósticos exactos y el número de correctos-, lo que me dió la ventaja final; no cabe duda que la suerte es interesante -fue el mensaje que le envié a varios amigos, mostrándoles el resultado de la quiniela-.

Después del partido intenté leer un poco del libro con el título de este texto, pero me estaba quedando durmiendo en la cama; un poco antes de las cinco le ayudé a Rb con la preparación del almuerzo: piqué unas ramas de cilantro y se las agregué al caldo que nos había sobrado la semana anterior, luego licué todo, para hacer una muy buena crema.

Después estuve trabajando un poco en la aplicación para dar seguimiento al estado de ánimo; uno de los LLMs que consulto me había dado código en Flutter para compilarlo en mi computadora con Ubuntu; pero las instrucciones de instalación no me funcionaron.

A las siete, después de que Rb preparara su cena -y gracias a que ella me lo recordó-, preparé las gelatinas de mis desayunos de la semana; luego empecé a ver el segundo capítulo de la serie japonesa que había iniciado el día anterior -por la mañana había terminado de ver el primer capítulo-. 

El lunes me levanté a las seis y media; había estado teniendo algunos sueños intensos, relacionados con la mamá de mis hijos; y, de forma rara, no nos llevábamos mal en el sueño, lo que no era real en la vida real -aunque de eso hace ya mucho tiempo-.

Después de meditar salí de la habitación -ahora dejo las dos computadoras en la habitación en donde está la comida de los perros, por las goteras sobre la mesa del comedor; y para evitar las luces en mi habitación-; tomé la computadora y la llevé a mi habitación; pero luego decidí quedarme en la mesa del comedor ya que Rb empezaba a responder llamadas.

La primera reunión de la mañana estuvo tranquila: aunque discutieron un hallazgo que había realizado unas semanas antes, no quise participar pues aún veo el proceso muy inmaduro; después de la reunión ví que el compañero que tiene tres trabajos -ahora cuatro- me había escrito.

Lo saludé y me comentó que era probable que renunciara hoy: por dedicarse a sus otros trabajos -como PM- no ha hecho casi nada en este trabajo -como QA-; que tenía reunión con su supervisor y sentía que iba a tener que renunciar porque no había hecho nada en mucho tiempo -lo que habla de la excelente supervisión en nuestro lugar de trabajo-.

Unas semanas antes habíamos hablado de que podía ayudarle con sus tareas atrasadas -aunque nunca hablamos de arreglos financieros- pero ya no me llamó cuando habíamos quedado de continuar conversando; entonces -otra vez- acordamos conversar más tarde.

A las ocho y media me reuní con el analista que estaba por retirarse al final de la semana laboral, y con mi compañero que vive en la ciudad colonial -el otro analista (el que menos bien me cae) andaba (nuevamente) de vacaciones-; ahora tocaba ver algunos ejemplos de la herramienta con la que el primero desarrolló pruebas de carga.

Y la verdad es que la tecnología está bien interesante; pero, al igual que con la automatización, no es algo que se pueda aprender en hora y media -o varios días-: se trata de un framework en Java y la configuración no es nada sencilla.

La reunión -que originalmente estaba programada para una hora- fue reducida a media hora; y cuando ya habíamos superado este tiempo me excusé por salirme, pero quería entrar en la de las nueve del equipo -igual había empezado a grabar desde le inicio de la misma-.

Entonces me pasé a la otra reunión, en la que nomás ví cómo cada desarrollador exponía las raones por la que no habían podido avanzar en sus asignaciones; un poco antes de la reunión con mis compañeros había estado conversando con la analista en el Imperio del Norte.

Ella me compartió algunos detalles adicionales sobre el server en el cual debía de haber empezado a trabajar desde la semana anterior; entré -por fin- y revisé el programa -el cual no funcionaba-; después de que le ajustara algo quedó listo para empezar.

A las nueve menos cuarto entré a la reunión del área; en la misma el supervisor volvió a lamentar que el compañero más brillante se retiraría el viernes; pero este le comentó que de hecho el viernes ya no trabajaría pues debía ir a devolver el equipo; y yo agregué que tampoco haríamos mucho el jueves pues es nuestra reunión trimestral.

Después de esta reunión me puse a preparar el desayuno; en paralelo empecé a trabajar en la tarea que comparto con la analista en el Imperio del Norte; pero también conversé con el desarrollador con el que ya nos hemos reunido un par de veces para compartir un café y un pastel.

No me había percatado que él era el organizador de la quiniela en la oficina -hay dos personas que se llaman casi igual-; entonces lo felicité por la iniciativa, y creo que estuvo bien que habláramos, pues él creía que había un empate en el tercer lugar; pero no, de acuerdo a la misma webapp, aunque el compañero de la ciudad colonial y yo obtuvimos el mismo punteo, yo quedé en tercer lugar por tener más pronósticos exactos.

El desarrollador me comentó que había realizado la organización de la actividad en conjunto con nuestra supervisora local; y me comentó que ya había confirmado con ella que se respetarían las reglas proporcionadas por el sitio web; igual, el premio por obtener el tercer lugar serán como doce dólares -lo mismo que pagué para entrar-.

Por la mañana también trabajé un poco en la app que se me había ocurrido la semana anterior -para medir (aleatoriamente) el nivel de energía durante el día-; había visto un poco de esto durante el fin de semana pero muy superficialmente.

A las doce Rb salió de su habitación -a mí se me había olvidado que debíamos hacer ejercicios- y realizamos la rutina de ejercicios de los lunes; después sacamos a caminar a los perros -pero antes puse (a fuego muy bajo) a calentar las tres piezas de pollo dorado de cada uno, y la sopa-.

Cuando retornamos de la caminata preparé un par de ensaladas -medianas-; almorzamos los tres platos y luego me preparé un café -aún me quedaba un pequeño trozo del zepelín que había comprado el jueves pasado-; después lavé los trastes y le preparé un té de manzanilla a Rb.

Por la tarde pude, por fin, compilar la app que estaba trabajando en Flutter/Kotlin y la trasladé a mi celular; ahora será de probarla par ver si puedo mejorarla; también estuve pensando en subirla a la app store -pagué la membrecía como desarrollador antes de la pandemia-.

También logré -luego de muchos intentos- pagar el segundo semestre del impuesto de propuedad del departamento de mis hijos -doscientos treinta y cinco dólares-: el sitio de la municipalidad no me dejaba entrar -había olvidado la clave- y no lograba recibir un link para recuperar las credenciales de ingreso.

Afortunadamente encontré la clave anterior en mi correo -no sé cómo no había borrado la información, y cómo una clave generada por el sitio no está marcada como temporal-; como acababa de recibir el depósito de la segunda quincena de Julio utilicé parte de ese dinero para ponerme al día con los impuestos de propiedad -y el resto lo pasé a la cuenta en la que manejo la mayor parte de mi efectivo-.

Por la tarde leí un -muy- poco de Little Brother; la noche anterior había decidido que serían cuatro capítulos por ciclo, y apenas acababa de terminar el primer capítulo; como Rb tenía una reunión -por el sesenta y dos aniversario del proyecto en el que trabaja- a las seis de la tarde, me pidió que saliéramos a caminar a las cuatro y media.

Así que a esa hora cerré la computadora del trabajo -y la personal: apenas pude terminar la compilación de la nueva app en mi celular-, me vestí para la caminata y nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; aunque nos tocó que retornar a casa como a media cuadra: habíamos olvidado la mochila con aislante térmico.

Y es que Rb había planeado comprar pechugas para su perra más anciana -y quizá, para los almuerzos de la siguiente semana-; entonces retornamos a casa, saqué la mochila y reiniciamos la caminata; hasta el extremo sur del boulevard.

Aunque nos detuvimos en el comercial que queda a mitad del camino: Rb tenía que pasar a la veterinaria para pedir una cita para el tratamiento semanal de su perra más anciana; y en la veterinaria la programaron para el martes a las cinco; luego continuamos la caminata.

Después de llegar al extremo del boulevard cruzamos al otro lado; allí, en el supermercado de las cercanías, Rb compró una bolsa completa de pechugas de pollo -fueron como ocho libras, y veinte dólares-; las metimos a la mochila y empezamos el camino de retorno.

El cual fue directo a casa -no necesitábamos comprar nada en el supermercado a mitad del camino-; cuando etnramos metí la bolsa de pechugas en el freezer del refrigerador y, después, me metí a la habitación a hacer lecciones de Duolingo.

Rb se preparó su cena y luego se refugió en su habitación; y por la hora y media siguiente estuvo en una reunión con personas de varios países en donde existen actividades del proyecto en el cual trabaja; cuando la reunión terminó salí a la mesa del comedor para enviar un par de mensajes -con los resultados- a la analista en el Imperio del Norte, y actualizar mis notas -incluyendo esta-. 

 Y a ver cómo sigue eso...

martes, 14 de julio de 2026

El cocinero de cuatro horas... The 4-Hour Chef... Le cuisinier de quatre heures...

Hace muchos muchos años, cuando aún leía -asíduamente- libros de ese tipo, recuerdo haberme encontrado con el título The 4-hour workweek; pero creo que para ese punto ya me había desencantado con este tipo de publicaciones -durante mucho tiempo consumí a Og Mandino, Norman Vincent Peal, Stephen Covey y más de esa calaña-.

Entonces no lo incluí nunca en alguna de mis listas pendientes; hasta que unas semanas atrás me econtré con un artículo de Tim Ferris en HackerNews; en el mismo este tipo indicaba que consideraba muerto el sector de libros de no ficción, gracias a la Inteligencia Artificial.

No sé si sus argumentos son válidos; creo que es muy diferente leer artículos, investigar, consultar libros de no ficción, con la bazofia que generalmente los LLMs intentan hacer pasar por redacción; pero bueno, cada quién con su opinión.

En el artículo ¿cómo no? el autor se refería a uno de sus libros -el que titula este texto- como un buen punto de inicio para aprender a aprender -sea lo que eso sea-; por supuesto que es un libro de motivación, con muchas anécdotas -y pruebas anecdóticas-; pero me llamó la atención, entonces decidí leerlo -aunque no terminarlo: son más de mil setecientas páginas-.

Y a ver cómo va eso...

El jueves me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bien raro: en el mismo mis hijos estaban pequeños -o adolescentes- y yo los llevaba a algún lugar -tipo el viaje que hicimos a la Suiza centroamericana-; pero también participaba la mamá de ellos.

Su participación no era necesariamente amigable, o cooperativa; pero, en algún punto andaba yo tratando de encontrarla, o llegar a donde ella se encontraba; y, por alguna razón, no estabamos peleando... super raro.

Entonces, el despertar fue bien extraño; pero me bajé al piso y medité los veintiséis minutos del ciclo en curso; después volví a la cama e hice más de media hora de lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez-.

Salí al comedor un poco antes de las ocho y media y partí la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos -también quería esperarme hasta las nueve menos cuarto, por si Rb me necesitaba para alimentar a sus perros-; pero ella también salió de su habitación un poco más tarde -había estado contestando llamadas desde las siete-.

Entonces le confirmé el plan que le había comentado la noche anterior: quería ir a la cooperativa a depositar cincuenta dólares en cada una de las dos cuentas -por no tener mi documento de identificación no pude cerrar estas cuentas, por lo que me tendría que esperar exactamente un año para hacerlo-.

Me vestí y salí de casa un poco después de las nueve; el día estaba nublado por lo que la luz solar estaba bastante atenuada; caminé hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb; pasé al cajero automático -que se comportó bien extraño- y extraje cien dólares.

Luego pasé a la cooperativa y deposité la mitad en cada cuenta de ahorros; después entré al supermercado a ver si había aguacates en buenas condiciones: y sí, encontré una red con nueve pequeños aguacates con un nivel de verdor aceptable; después empecé el camino de vuelta a casa.

Retorné un poco antes de las diez y media y me preparé el desayuno: cinco cucharadas de avena en hojuelas, un banano -aunque luego del desayuno tomé otro-, un poco de papaya y una gelatina -ah! y tres almendras-.

Luego me quedé en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube y actualizando mis notas -incluyendo esta-; Rb salió en un par de ocasiones de la habitación, durante sus horas de tomar llamadas del Imperio del Norte.

Al mediodía salió definitivamente y completamos una rutina de ejercicios más extendida -es lo que hace cuando no acude a clases de zumba, los martes o los jueves-; después sacamos a caminar a los perros y preparamos la última porción de los almuerzos de la semana.

Durante la caminata de la mañana había visto bastantes automóviles en el boulevard -lo que atribuí al pago del bono catorce- y me había dicho que sería mejor utilizar el transporte público en mi salida vespertina; pero luego decidí que sacaría la van, y si veía mucho tráfico la retornaría a casa y llamaría una motocicleta.

A las tres y media -había puesto alarma- empecé a alistarme: tomé una ducha y me vestí para salir; a las cuatro tomé mi mochila y la caja de Scrabble e inicié el trayecto hasta el restaurante de pollo frito en donde solemos reunirnos con mi amigo poeta -ha publicado ya dos libros-.

Había previsto salir hora y media antes de la hora en la que habíamos acordado reunirnos -cinco y media-: él sale a las cinco de su oficina y, como se mueve en bicicleta por la ciudad, me había indicado que estimaba un viaje de media hora; yo había pensado pasar a llenar el tanque de la van, en caso no hubiera mucho embotellamiento.

Y no había mucho tránsito: por alguna razón encontré el boulevard bastante vacío; entonces pasé a echarle todo lo que pude de gasolina en la estación que se encuentra justo antes de entrar al boulevard principal -casi cuarenta dólares-; después continué mi viaje hasta el restaurante de pollo frito, llegando cuarenta y cinco minutos antes de lo previsto.

Entré al restaurante, me asignaron una mesa justo frente a las cajas, y le envié un mensaje a Rb, contándole lo temprano que había llegado; luego, cuando la mesera llegó a tomar la orden, pedí un café y un pastel tres leches; los que me tardaron casi el tiempo de espera -un poco después de las cinco le escribí a mi amigo para comentarle que ya estaba por allí-, mientras utilizaba los treinta minutos dobles -del challenge semanal- jugando partidas de ajedrez en Duolingo.

Mi amigo llegó un poco más tarde -no me dí cuenta de la hora porque estaba inmerso en una partida de ajedrez- y nos pasamos las siguientes dos horas -o un poco más- entre conversación y cena -pollo frito-; además empecé una nueva tradición: párrafo de recuerdos.

Se me ocurrió dividir la tapa de la caja de Scrabble en una cuadrícula de tres por cuatro e invitar a mis conocidos/amigos/familiares más cercanos a compartir un pequeño texto; el cual iniciaría -escrito por mí- con la fecha, el nombre, y una cita alusiva a la ocasión.

Le había sugerido a mi amigo que nos despidiéramos a las siete; pero cometí el error de invitarlo a una partida de Scrabble; no estimaba que la termináramos, pero él se emocionó co la partida y la terminamos bastante tarde.

Después de completar la partida pedí la cuenta -como veinte dólares-, y nos retiramos del lugar; en el estacionamiento nos despedimos e inicié el retorno a casa de Rb; por la noche ví una parte de la última película de Enola Holmes.

El viernes me desperté super temprano; ni siquiera había aclarado el día cuando abrí los ojos; me sentía lleno y recordé la cena tan tarde del día anterior; de hecho acababa de pasar de los tres meses de registrar mis días de ayuno intermitente y había sido el día con el período más largo de comida: dieciséis horas (tenía el cincuenta por ciento veinte/cuatro y el resto dividido entre veintiuno, y el resto hasta diecisiete).

En la llamada de las siete el supervisor en el Imperio del Norte soltó la bomba de que el analista más brillante había renunciado y se retiraría después de dos semanas; lo que, realmente, nos dejaba al resto en una posición bastante precaria: los dos proyectos más exitosos del área habían sido iniciados -y mantenidos- por esta persona.

Entonces fue un día de revisión de prioridades y de empezar a ver quién se estaría haciendo cargo de qué; al analista que vive en el pueblo donde mi padre creció le asignaron uno de los proyectos más pesados, pero a mí me asignaron la parte de automatización -que no creo poder continuar-.

Entré a la reunión de las nueve pero no hubo mucho que ver en la misma: los desarrolladores aún están acostumbrándose a la nueva plataforma; en la reunión de equipo -tocaba la que está programada cada dos semanas- se volvió a anunciar la salida del analista más brillante; y algunas medidas a tomar para compensar su partida.

Al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a los perros y luego almorzamos lo habitual de los viernes: pescado frito y ensalada; por la tarde estuve corriendo los test cases automátizados aplicándolos a un ambiente en el que no lo había hecho antes; el resultado no fue muy bueno.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; alcanzamos el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino; allí compramos un poco de bananos; también compré un pepino y jamón de pavo, para el almuerzo con mi hija mayor del día siguiente; por la noche continué con la película que llevaba a medias.

El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné un rato a la cama, a completar las lecciones matutinas de Duolingo; luego salí de la habitación pues tenía dos horas para preparar el almuerzo que me llevaría a la reunión mensual con mi hija mayor.

Y es que Rb me había pedido que la acompañara a renovar su licencia de conducir; habíamos acordado salir de casa después de que les diera de comer a sus perros -a las nueve menos cuarto-; entonces me ocupé con la ensalada -utilicé en esta ocasión siete ingredientes- y de los rollitos de pollo.

Además, aprovechando el huevo que sobra luego de recubrir los rollitos con harina de coco y avena en hojuelas, preparé la torta para rellenar el pan para mi desayuno; terminé la preparación de estas tres cosas, guardé las ensaladas -y el aderezo- en la refrigeradora; y reservé los rollitos y la torta.

Un poco antes de las nueve abordamos la van y nos dirigimos al centro de emisión de licencia del municipio aledaño -en donde yo había renovado mi licencia dos o tres años antes-; cuando bajamos a la carretera que lleva al puerto vimos que la entrada a la ciudad estaba congestionada.

Afortunadamente no tuvimos que transitar mucho en esa ruta -el comercial en donde está el centro de emisión se encuentra al lado del carril que estaba completamente saturado-; pero el lugar estaba lleno: la fila para entrar a la oficina le daba la vuelta al edificio; incluso encontrar parqueo fue un poco difícil.

El trámite -como casi toda la burocracia local- es tedioso -a pesar de que es administrado por una empresa privada-; Rb tuvo que sacar unas copias, pagar por un exámen de la vista -la tiene perfecta-, y pagar por la emisión del documento; mientras estaba haciendo esto último yo aproveché para colocarme en la fila final -eso nos debe haber ahorrado una media hora-.

Al final salimos después de las once de todo el trámite y nos metimos a la cola de entrada a la ciudad; la cual estaba un poco menos complicada que más temprano; venimos a casa y terminé de preparar el desayuno de los sábados; lo consumí y empecé a preparar a los perros para la caminata.

Después de la caminata me metí a la ducha; luego del baño preparé la mochila con el almuerzo que había preparado, y la metí a la van, con la mochila habitual y la caja de Scrabble; y salí de casa un poco después de las doce y cuarto.

Sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero: nomás en la entrada al periférico encontré dificultad para avanzar; pero tomé una ruta lateral y salí casi en el lugar en el cual puedo incorporarme a la vía rápida; llegué al departamento de mis hijos antes de la una de la tarde.

Estacioné el auto en el sótano -teniendo cuidado de no tocar la bicicleta de mi hija mediana- y subí, caminando, al séptimo nivel; como faltaban unos minutos para la una aproveché para lavar -con agua y jabón- las dos latas de SevenUp light: al sacarlas del refrigerador había notado que estaban cubiertas de un líquido, que resultó ser agua de unas alitas que Rb había dejado en el compartimiento superior.

Después de lavar las latas le escribí a mi hija mayor, comentándole que ya me encontraba en el lugar -cuando entré escuché que estaba traduciendo una llamada- y aproveché para saludar a mi hija mediana -quien estaba preparandose para salir-.

Mi hija mayor salió un poco más tarde y nos dirigimos al parque temático; cuando salimos de la recepción del edificio vimos que el día estaba bastante gris; y antes de doblar la esquina empezó a lloviznar; le propuse a mi hija caminar bajo la lluvia -estaba ligera- y guarecernos en caso arreciara.

Lo que sucedió: a menos de la mitad del camino las gotas se incrementaron y nos tocó que entrar a refugiarnos a un centro comercial; estuvimos allí un rato -básicamente esperando a que se calmara la lluvia-, en el segundo nivel; cuando escuchamos que bajaba el ruido de la lluvia reiniciamos la caminata hacia el parque.

Aún recibimos una buena cantidad de agua -hubo períodos un poco más intensos en las tres o cuatro calles que nos faltaban- pero, al final, llegamos a la entrada del parque; la mayor parte de gente allí andaba con paraguas y la actividad se veía disminuída.

Entramos y nos dirigimos al área techada más grande; pero, debido a la lluvia, el lugar estaba sobrepoblado; todas las mesas estaban ocupada e incluso había gente sentada junto a las paredes; entonces caminamos hasta el otro espacio con características similares.

Pero estaba igual; incluso subimos al estrado -había unos niños jugando en las gradas- y tomamos una pequeña mesa que estaba allí; pero se acercó uno de los trabajadores del parque a indicarnos que no se permitía la permanencia en el lugar elevado.

Así que bajamos y nos acomodamos en la pared al lado del estrado; y allí empezamos a consumir el almuerzo que llevaba; lo incómodo fue que había tres o cuatro niños corriendo -y haciendo mucho ruido- en los alrededores; mucho tiempo después -la lluvia por fin amainó- una mesa fue liberada a nuestro costado; por lo que pudimos completar nuestro almuerzo más cómodamente.

Cuando terminamos de almorzar aún estaba lloviznando; le ofrecí -y aceptó- un helado a mi hija -el precio es casi el doble que en el exterior!- y después jugamos una larga partida de Scrabble; para terminar el tiempo allí le pedí a mi hija que escribiera algo en uno de los cuadros de la tapa de Scrabble.

Como ya había escampado nos dirigimos a la rueda de Chicago más grande del lugar; de lejos habíamos visto que estaba funcionando; pero cuando llegamos al lugar notamos que no estaba abierta al público; al parecer la tenían funcionando para darle mantenimiento nomás.

Entonces decidimos retornar a casa; afortunadamente la lluvia ya no se hizo presente y no tuvimos ningún inconveniente en el retorno; subimos al séptimo nivel y nos acomodamos en la sala; en done íbamos a practicar algo de origami, pero al final nomás estuvimos conversando hasta las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.

A esa hora bajé al sótano -mi hija me acompañó-, arranque la van e inicié el retorno a casa; el tránsito -por alguna razón- estaba más ligero que de costumbre: incluso en el semáforo de entrada al municipio -en donde me he tardado bastante en los últimos meses- pasé sin siquiera detenerme.

Vine a casa a las seis, estacioné la van, entré a casa, saqué a los perros grandes al patio y me cambié de zapatos; después le escribí a Rb para comentarle que iniciaba mi caminata para encontrarla en el camino; el clima estaba bien agradable y caminé hast el comercial que se encuentra en el inicio del boulevard; allí encontré a Rb; después de saludarnos continuamos la caminata hasta casa.

Por la noche estuve leyendo un poco del libro de uno de los escritores que conforman el grupo de Carmen Mola; además continué viendo la tercera parte de la película de Enola Holmes; aunque realmente me estaba quedando dormido en esto último: no me generó ningún tipo de afinidad -o sea, el Imperio Británico tratando de autojustificarse-.

El domingo me desperté a las seis y media y bajé a completar los veintiséis minutos de meditación; luego retorné a la cama y jugué varias partidas de ajedrez -tres me parece, para no completar el segundo challenge diario-; después de terminar las tres partidas me quedé en cama; no tenía ánimos para levantarme y terminé dormitando hasta casi las ocho y media, cuando Rb entró a saludar.

Y la verdad es que me sorprendió no haber hecho nada -más que dormitar- durante esa hora y media; o sea, quería leer un poco, o actualizar mis notas, o jugar Scrabble online, pero, simplemente, me quedé en una especie de sopor; pero luego me dije que hay días y días.

Me levanté un poco después y me preparé para salir: habíamos acordado con Rb acudir a la sucursal local de la empresa de telefonía -e internet- para devolver el módem del servicio anterior -el cual habíamos desconectado unos días antes-. 

Caminamos hasta el comercial que está cerca de la iglesia de Rb -allí se encuentra la oficina de esta compañía- y subimos al segundo nivel; allí encontramos a un antiguo conocido de nuestro grupo de voluntariado -al que vimos unos meses atrás en un busito-.

Pero él no nos pudo antender -por alguna razón las funciones de las personas de atención al cliente están separadas-: nos asignaron a un escritorio y allí empezamos el procedimiento de cancelación; en cierto momento Rb me indicó que me mantuviera al margen y decidí salir del lugar -excusándome para ir a los servicios sanitarios del centro comercial-.

Me tardé un poco en  el lugar y luego retorné al escritorio; en donde Rb continuaba con el trámite; al final no hubo mucha complicación -como habíamos esperado-; nomás nos cobraron los días que habían transcurrido desde la última facturación -casi dos semanas-.

Después de devolver el equipo pasamos al supermercado pues necesitábamos una manzana verde para la ensalada del día; luego iniciamos el camino de vuelta a casa; pero cuando pasamos al lado de la tienda de ropa usada a Rb se le ocurrió que podría encontrar algunos sostenes.

Y se tardó un buen rato en el lugar; además de tres o cuatro de estas prendas también compró alguna otra prenda deportiva; total que reiniciamos la caminata de vuelta un poco más tarde, viniendo a casa después de mediodía -registré la hora de desayuno a las doce y veintiocho-.

Mientras desayunaba Rb se puso a preparar las alitas del almuerzo -y a desinfectar los ingredientes de la ensalada-; después sacamos a caminar a los perros; cuando entramos le dí vuelta a las alitas e inicié a preparar a ensalada; luego almorzamos.

Después del almuerzo partí la papaya que Rb había dejado preparada en la cocina; luego empecé a trocear las verduras que le agregaríamos a los almuerzos de la semana: un güisquil -aunque luego salí al patio a cortar otros dos de la enredadera- y tres o cuatro zanahorias; mientras, Rb se hizo cargo del chile pimiento y los champiñones.

Después me metí a la cocina a lavarlos trastes del día -y a prepararle un té a Rb-; a las tres menos diez tomé mi mochila y la caja de Scrabble -aunque ahora llevaba mi ajedrez-, los metí a la van y arranqué para dirigirme a la casa del voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Llegué al lugar con dos o tres minutos de atraso -usualmente llego a las tres-, apagué la van, me bajé de la misma y toqué el portón de la casa mi amigo; él mi respondió desde el interior, indicando que bajaría en un momento; lo que hizo no mucho más tarde.

Abordamos la van y nos dirigimos a la cafetería en la que usualmente nos tomamos un capuchino y un pastel de chocolate -Selva Negra-; el lugar estaba un poco lleno pero pudimos encontrar una mesa de las cómodas -aunque al lado de los juegos infantiles-; mi amigo se hizo cargo de la cuenta (ocho dólares).

Y pasamos la siguiente hora y media entre café, pastel, conversación y una muy buena partida de ajedrez; la que logré que quedara -como casi siempre- en tablas: los dos reyes como únicos sobrevivientes de la batalla; un poco antes de las cinco le ofrecí pasar a dejarlo a su casa.

Salimos al parqueo, tomamos la van y pasé a dejar a mi amigo a su casa; nos despedimos e inicié el retorno a casa; afortunadamente -nuevamente- el tránsito estaba bastante fluido, con lo que no tuve muchas dificultades en el viaje de vuelta; por la noche terminé de ver la película de Enola Holmes.

El lunes me levanté antes de las seis y media, creo que un poco antes de las seis; y me quedé pensando que tomar comida al final de la tarde -o inicio de la noche- cambia por completo mi ciclo de sueño: igual me había sucedido el viernes anterior.

Después de meditar retorné a la cama a atender la primera reunión del día; en la que nomás estuvo nuestro supervisor, por parte del equipo; aunque no hubo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y continué trabajando en la mesa del comedor.

Un poco después de las ocho el supervisor me escribió en la herramienta de mensajes, invitándome a unirme a una reunión; no ví el mensaje pero ví la luz de los audífonos anunciando una reunión; entré y estaba el supervisor y la analista que trabaja a su lado.

Y empezó a explicar una nueva tarea relacionada con la revisión -y actualización, supuestamente- de una serie de documentos que no se han cambiado por más de diez años; lo bueno -creo- es que puso a cargo a la analista, a mí nomás me dejó apoyando.

La analista me escribió un poco más tarde para indicarme que revisaría algo de los documentos antes de que empezáramos a trabajar en los mismos; a las nueve  tuvimos la segunda reunión del día y a las diez menos cuarto la tercera; en la segunda no hubo mucha novedad, pero en la tercera el supervisor se dedicó a repartir tareas -o a confirmar las que ya había asignado-.

Desayuné después de la tercera reunión -avena en hojuelas, un banano, un poco de papaya y una gelatina (sin azúcar)-; luego esperé por la reunión que el analista más brillante -quien nomás estaría dos semanas más- había programado: dos horas para explicar la realización de un par de pruebas.

La reunión empezaba a las once y empecé a grabarla en cuanto inició; y la verdad no puse mucha atención a la misma -estuve haciendo lecciones de Duolingo-, a las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios, luego sacamos a caminar a los perros.

Cuando entramos de la caminata la reunión aún estaba en curso -ya pasaba de la una- y pude participar con un par de preguntas; por fin, a la una y diez, detuve la grabación de la misma; en el ínterin había empezado a calentar la primera de las porciones de los almuerzos semanales.

Después del almuerzo preparé un café y lavé los trastes del día; luego esperé la reunión que la supervisora local había programado para las dos y media; el tema de la reunión era actualizar la información sobre la transición del equipo a otras compañías.

Básicamente empezaron ya los movimientos: los siete -ahora solo seis- de los dos equipos que se moveran a la empresa que anunciaron hace casi dos meses, estarán bajo la dirección del PM; el resto del personal seguirá estando a cargo de la supervisora.

Aproveché un poco el tiempo de la reunión para calmar un poco las aguas sobre los cambios que se vienen -todo el equipo local saldrá de la empresa, aunque la mayoría se irá a una tercera empresa-; intenté bromear un poco para relajar la tensión.

Hubo otras dos incidencias el lunes: cuando estábamos empezando la rutina de ejercicios mi amigo barítono me llamó para que lo ayudara con un contacto en el área administrativa del trabajo; por estos días está promocionando un taller de cuidado vocal y se está dirigiendo a los call centers de la ciudad.

Además, un poco más temprano, mi supervisora me había escrito por whatsapp para pedirme referencias de impresoras -está iniciando un emprendimiento de libros infantiles-; le escribí a nuestra editora, a mi amigo poeta, y a otro par de amigos escritores; y durante el día estuve enviándole la información que iba recibiendo.

Un poco antes de las cinco tomamos la van pues Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: la perra más anciana está recibiendo una inyección mensual para ayudarla con sus molestias en la columna vertebral -unos meses atrás había estado presentando una rigidez bienr rara-.

No había tránsito en el boulevard por lo que no nos costó mucho llegar al comercial más cercano en dirección sur; aunque sí tuvimos que esperar un poco al veterinario; este llegó un poco más tarde y Rb y su perra entraron a la clínica; yo me quedé en el exterior jugando ajedrez; pero luego me recordé que Rb me había pedido que comprara un poco de bananos.

Me levanté y me dirigí al supermercado del lugar; en donde compré algunos bananos que se veían por llegar a la madurez comestible; después retorné a la clínica; un poco más tarde Rb -y su perra- salió y retornamos a casa; en donde nomás dejamos a la perra y volvimos a salir, para caminar hacia los supermercados en dirección norte.

Rb quería comprar unos trastos para completar un conjunto de un día entero de comida para sus perros -nueve en total-: le faltaban dos o tres; el sol ya se había puesto y la caminata fue bastante agradable; y cuando estábamos entrando en la tienda verde de descuentos reconocí a la persona que estaba saliendo y nos sostenía la puerta.

A quien había visto seis o siete años atrás, cuando pasamos con Rb a cenar a una pupusería que se encontraba en el boulevard; en esa ocasión nomás nos saludamos y yo no hice ningún esfuerzo por mantener la conversación -o el contacto-; y luego, cuando empecé mi campaña de mejora de mis relaciones sociales, se me ocurrió que hubiera podido pedirle su contacto telefónico.

Le expliqué algo de eso -al principio no me había reconocido-, mientras su hija esperaba pacientemente; y me envió un mensaje a whatsapp para reiniciar el contacto -trabajamos juntos justo cuando mis hijos estaban naciendo-; ya en la tienda Rb encontró un paquete de seis pequeños tazones de plástico, con los que pasamos a caja y nos retiramos del lugar.

Después pasamos al supermercado del inicio del boulevard pues los bananos que había comprado aún no se veían preparados para el día siguiente; aunque no encontramos mejores opciones en el supermercado del lugar; de todos modos compramos tres o cuatro bananos adicionales e iniciamos el camino de regreso a casa.

En el camino de vuelta Rb había comprado, en una tienda veterinaria cerca del extremo del boulevard, un pañal para su perra más anciana: últimamente le ha dado por orinarse dentro de la casa y Rb quería probar dejarla por la noche con este artículo.

Por lo mismo esperaba ganar un poco de tiempo por la noche, al no sacarla a orinar en el período después de la cena y antes de que ella se retira a su habitación; entonces, a las nueve -estaba en mi habitación, leyendo, decidí lavarme la dentadura, darle las buenas noches a Rb y dar el día por concluido.

El martes me levanté a las seis y media; me sentía bastante cansado y me costó completar el periodo de meditación; después del mismo jalé la computadora a la cama, para atender la primera reunión del día; en a que no hubo mayores novedades.

Pero después de la reunión no me levanté: ni siquiera hice Duolingo, me sentí agotado y me quedé dormitando hasta un poco después de las ocho, cuando Rb entró a la habitación a saludar; aún me quedé un pequeño rato después de que salió; después sí, me armé de ánimos y salí de la habitación.

Eran casi las nueve -hora de la segunda reunión- cuando pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor; allí atendí la segunda llamada del día, en la que se revisaron las tareas de los desarrolladores; y a las diez menos cuarto nadie entró a la reunión del equipo.

Le escribí a dos analistas -al más brillante y al que vive en la ciudad colonial- para comentarle sobre la falta de quorum pero ambos me dieron la misma respuesta: el supervisor seguramente estaba ocupado y por lo mismo no habría reunión.

Así que, después de esperar un poco, me preparé el desayuno; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -y a jugar una partida de Scrabble on line-; la analista -al igual que el día anterior- me había escrito para comentarme que aún estaba afinando algunos detalles.

Rb salió un poco antes de las diez para recibir su clase de zumba; y cuando regresó, un poco después de las once, me traía una pequeña -muy pequeña- porción del pastel de cumpleaños que habían comprado para su profesor de los ejercicios.

Luego de entregarme el pastel -del cual consumí, en el acto, la mitad- se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas; hasta las doce del mediodía, a esa hora salió y sacamos a caminar a sus perros más grandes; después calentamos, y consumimos, la segunda porción de pollo guisado con verduras.

Después del almuerzo me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas y la mitad restante del pastel que Rb me había traído; luego me encargué de los -pocos- trastes del día.

A las tres menos cuarto le dí de comer a los perros de Rb -ella me había escrito un poco antes, comentándome que la llamada en la que estaba se había alargado-; luego, cuando salió de la habitación, le preparé un té de manzanilla -aunque había olvidado, otra vez, la olla sobre la lumbre: ella se dió cuenta cuando ya se había evaporado la mitad del líquido-.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo llevaba la mochila con aislate térmico pues planeaba comprar la pechuga necesaria, para la preparación de los rollos de pollo, del almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado. 

Caminamos hasta el extremo del boulevard -según google son exactamente dos kilómetros de caminata, hasta ese punto- y luego entramos al supermercado de las cercanías; pero no había pollo del que necesitaba -y el carnicero estaba en el exterior, refaccionando con sus compañeros-.

Entonces caminamos hasta el otro supermercado y allí sí compré la pechuga necesaria; también compramos algunos bananos, y Rb compró varias alitas de pollo; luego retornamos a casa; por la noche estuve avanzando en el curso de Data Science con Python y actualizando mis notas -incluyendo esta-.

Y a ver cómo sigue eso...