viernes, 5 de junio de 2026

No quiero envejecer... I don't want to get old... Je ne veux pas vieillir...

Encontré el libro en el título de este texto después de una conferencia del programa Apredamos Juntos de la fundación BBVA: en la misma una psicóloga chilena -radicada en España, me parece- hablaba sobre algunas investigaciones que había realizado sobre la forma en la que nos afecta nuestro autodiálogo.

Su forma de expresarse me pareció -a pesar de ser chilena- bastante clara; y las anécdotas con las que acompañaba sus explicaciones las encontré interesantes; entonces busqué qué había escrito, y me decanté por este título.

Y es que, a mis cincuenta y tres, ya estoy -casi- a las puertas de la tercera edad; y aún no tengo claro muchas cosas: o sea, me jubilaré -si lo logro- sin haber encontrado realmente mi 'vocación' -me encanta lo que hago, eso sí-.

O sea, mis padres están -por otra parte- a las puertas de la cuarta edad -mi papá ya pasó los setenta y cinco y mi madre es dos o tres años más joven- y tampoco sé como relacionarme bien con ellos -o con mis hijos, que están entrando a la edad adulta-.

El libro me ha parecido interesante -es bastante corto, creo- y, he estado pensando en que debo empezar a leer más libros de este corte; me parece que en años anteriores he incluído varios similares dentro de la línea de No ficción o de Psicología.

Y a ver cómo va eso...

El viernes retorné al trabajo; aunque, leyendo los mensajes en el grupo del proyecto, la noche anterior me había enterado que no habría reunión a las siete de la mañana (la compañera de mi supervisor había indicado que ambos estarían ausentes).

De todos modos me levanté a las seis y media, medité veinticinco minutos y luego retorné a la cama a completar algunas lecciones de Duolingo -volví (luego de varios días) a superar la barrera de los mil quinientos puntos del ELO de la aplicación-.

Después de Duolingo me quedé en la cama leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena; aunque salí de la habitación un poco después de las ocho: Rb me había pedido que la ayudara a configurar su computadora para completar la evaluación que le enviaron el día anterior.

Por alguna razón -la verdad siempre me sorprende- estaba bastante nerviosa por el examen; yo traté de tranquilizarla, pues su nivel de inglés es muy alto; estimando que su fluídez está -casi- al nivel de un angloparlante nativo -pero estaba nerviosa-.

Y su computadora no contribuyó: por alguna razón la cámara web no lograba activarse dentro del sitio en donde debía realizar su evaluación -la cual debía ser en un espacio cerrado (tenía realizar un recorrido, mostrando que estaba completamente sola)-.

Estuve probando varias opciones para que la cámara funcionara -configuración local, desactivación del antivirus, entre otros- sin ningún éxito; y Rb se estaba poniendo más nerviosa; entonces le ofrecí mi computadora personal para que se evaluara en la misma.

Y todo funcionó muy bien; por mi parte, esperé a que el examen avanzara antes de prepararme el desayuno de los viernes -finalmente empecé la preparación después de las diez y media-; y estuvo bien pues, en cierto momento, tuve que llevarle un cuaderno y un lapicero -que había olvidado-.

La preparación del desayuno estuvo un poco más prolongada que en otras ocasiones: había decidido mezclar las cinco yemas que tenía en el freezer con un huevo y preparar una torta para ese día y el siguiente.

No me quedó muy bien porque batí la clara del huevo a punto de nieve y luego le agregué las yemas congeladas -que había bajado del freezer muy tarde, con lo que nomás tuvieron dos o tres horas en la refrigeradora-; el resultado fue una especie de panqueque, que partí a la mitad, conservando una parte para el desayuno del día siguiente.

Mientras aún estaba desayunando Rb salió de su habitación, comentándome que todo había ido muy bien con su evaluación; y entonces recibió un mensaje para que completara -entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas más tarde- un par de cursos, como parte de su proceso de on-boarding.

También decidimos sacar los dólares, que nos transfirió el mejicano, de Payoneer, los cuales son unos negreros: cuarenta y cinco dólares para transferir menos de trescientos dólares a una cuenta bancaria -y en dólares, que sino, nos sacan más (por el 'cambio')-.

O sea, en la plataforma en la que trabaja mi hija -y en la cual Rb espera empezar a trabajar muy pronto- le cobran menos de la mitad por cada transferencia bancaria; de todos modos decidí dejarle la mayor parte del dinero transferido a Rb.

Tome menos de la cuarta parte de lo que nos enviaron; porque, al final, ella estuvo trabajando mucho más que yo en esas actividades -y el dinero no me importa tanto-; también hubo un connato de conflicto por las cantidades que nos envió el mejicano -se hizo bolas con las cuentas-.

Ella trabajó un montón y esta persona envió un detalle muy malo: en el mismo él contabilizaba casi la misma cantidad para cada uno; lo que, en realidad, no reflejaba lo que cada uno hicimos; por eso decidí tomar nomás un pequeño monto y acredité la mayor parte a la cuenta que Rb mantiene en mis cuentas bancarias.

Desde hace mucho tiempo -ya llevamos casi catorce años de relación- Rb ha mantenido cierta cantidad de dinero en mis cuentas -aduciendo que puede mantener un pequeño ahorro, separado del dinero que utiliza para sus gastos generales-; y ahora una parte estará en dólares.

De todos modos, decidí no seguir con la basura de plataforma esa (si, Payoneer, a la basura esa me estoy refiriendo); o sea, cuarenta y cinco dólares!!!; y deberé, en caso realice algún trabajo similar, buscar otra alternativa de pago, que no sea tan avorazada.

Por la mañana le hablé a mi supervisora -por la app de mensajes del trabajo-; y, por supuesto, tampoco sabía mucho sobre el proceso de separación en el cual se encuentra la mayor parte del equipo local; por otra parte, lo único que hice todo el día fue correr varias veces los cincuenta casos automáticos en los que trabajé las últimas semanas.

Realizamos la rutina de ejercicios de los viernes casi a las doce; lo malo es que, justo a esa hora, había programada una reunión de planificación del equipo al cual pertenezco; y al principio nomás entré a la reunión, pero no participé en la misma: me puse a escuchar una conferencia del programa Aprendamos Juntos.

Pero después de más o menos veinte minutos cambié los audífonos bluethoot de mi computadora personal a la computadora del trabajo y escuché un poco de lo que estaba pasando en la reunión -que no me afectaba mucho, realmente-.

Un poco después de las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes -yo llevaba puestos los cascos y escuché un poco de la discusión, mientras estábamos cerca de casa-; cuando entramos puse a calentar la última porción de los almuerzos de la semana.

Por la tarde mi hija mediana -y mi hijo menor- me enviaron depósitos bancarios, correspondientes al pago de servicios del departamento del mes de junio -y, mi hijo, por su deuda-; a este último nomás le queda una cuota para saldar el préstamo que me pidió hace más de un año.

Aunque luego deberá reponer el dinero que tomó -sin avisarme- de la primera parte de la liquidación de las acciones de su empresa; mi hija mediana tiene también un saldo bastante abundante, por el último año de universidad en el Imperio del Norte.

A ambos les envié un mensaje agradeciendo su responsabilidad -como adultos-; también proponiéndoles una fecha -diferente- para nuestra reunión mensual en el mes de Junio -en el mismo indiqué que me gustaría hablar sobre finanzas; y solo mi hijo respondió con un OK-.

A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; pero yo me llevé los audífonos que utilizo en mi trabajo: mi amigo más creativo me había escrito un poco antes y me había preguntado si podía llamarme -a lo cual accedí, aunque estaba por iniciar la caminata-.

Hice una buena parte del camino -aunque la llamada terminó antes de que llegáramos al supermercado que queda a la mitad del camino- conversando con mi amigo: en su trabajo lo están hostigando: ahora están documentando los errores que comete, para justiicar su pronto despido. 

Entramos al supermercado este a ver si había un corte específico de pollo -sí había- pero seguimos caminando hasta el extremo sur del boulevard; y también entramos al otro supermercado, en donde no había del pollo que Rb estaba buscando.

Así que retornamos al supermercado que queda a medio camino; allí compramos pollo para los almuerzos de la siguiente semana -y un poco de bananos-; por la noche me puse a ver otro capítulo de Criminal Record, y a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me desperté a las seis y media; medité -creo que la las paletas de la persiana se habían quedado abiertas, con lo que sentí frío, con lo que estuve teniendo sueños extraños, sensación que continuó un rato después de despertarme- y luego retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo.

Rb me había pedido, la noche anterior, que me acercara a la farmacia en la que usualmente se provee de medicinas, a comprar un bote de gotas oftalmológicas para su perra más anciana -en el último tiempo redujo de tres a uno los medicamentos qu le aplica diariamente-.

Mi plan era realizar el encargo después de que ella desayunara -a las nueve- para no desayunar tan temprano: continúo con mi régimen de ayuno intermitente; pero, mientras estaba haciendo lecciones de Duolingo, me indicó que me acompañaría a la farmacia.

Entonces nomás me vestí y me quedé en el comedor esperando a que terminara de darle de comer a sus perros, y luego ingiriera sus alimentos matutinos; luego nos dirigimos a la farmacia indicada; retornamos antes de las diez y, entonces sí, me preparé el desayuno -utilizando la mitad del omelete que había conservado del día anterior-.

Como había previsto reunirme con mi segunda ahijada profesional, puse a endurar un par de huevos en la estufa; y luego procedí a rallar dieciocho onzas de zanahoria, para preparar el burrito tradiconal que rellenamos con pollo, mayonesa casera y lechuga.

Pero ocurrió algo raro: mientras lavaba las zanahorias encontré varias partes suaves en la mayoría de ellas -eran como ocho unidades-; y, al lavarlas, estas partes se deshacían, dejando cavidades en las mismas; estimé que no era un gran problema, pero pregunté a un LLM -adjuntando una fotografía-.

La impresión de este programa era que, quitando las partes dañadas -y si no había mal color u olor- podían utilizarse las mismas sin grandes riesgos; así que rallé un par de las mismas para utilizar en la preparación del almuerzo.

Un poco después de las once Rb se ocupó con una rutina de ejercicios -la verdad es que está siendo más constante con los ejercicios en casa- y yo lavé los trastes que se habían acumulado durante la mañana en la cocina; a las doce empecé a preparar el almuerzo.

Pero también tuve problemas con los aguacates: de los seis o siete que venían en la red que Rb había traído la semana anterior ya me había tocado tirar uno o dos; los mismos presentaban filamentos en la pulpa, lo que los hacía poco atractivos para su consumo.

Y el primero que abrí para preparar la mayonesa casera estaba igual; el segundo no estaba con esta condición, pero tampoco estaba tan suave como lo están los que han alcanzado un grado aceptable de madurez.

Decidí utilizar este pero no procesarlo de la forma normal: machacarlo, junto con el par de huevos duros, con un tenedor; en su lugar saqué una de los recipientes de la licuadora más antigua de Rb -tiene dos Ninjas- y procesar ambos ingredientes; el resultado fue muy bueno.

Sacamos a caminar a los perros mientras dejaba cocinando el segundo lado de la tortilla de zanahoria rallada y huevo; cuando entramos esparcí la mayonesa casera, la lechuga picada y esperé a que Rb terminara de preparar el pollo -con miel-; el burrito quedó muy bueno.

Terminamos de almorzar un poco antes de la una y media; me metí a la ducha y luego, considerando que aún tenía tiempo, lavé un poco de trastes; pero la verdad es que no tenía mucho tiempo: salí de casa un poco después de las dos menos diez.

Caminé hasta el lugar en donde abordamos los buses intermunicipales y allí esperé a la siguiente unidad; el tránsito se veía bien pesado; por fin pasó uno de estos buses, y me dí cuenta que no llevaba ayudante -quien es el que usualmente cobra el pasaje-.

El conductor iba manejando de una forma bastante agresiva, por lo que avanzó bastante rápido entre el tránsito; lo malo fue que en la última parte del trayecto, o sea, el regreso del comercial en donde se estacionan los busitos hacia el periférico, encontramos varios camiones ralentizando el tránsito.

Traté de no desesperarme en la espera; y verifiqué que había llegado a la estación del transmetro en el periférico a la hora que había estimado -dos y media-; abordé una unidad del transmetro y me puse a resolver los cubos de Rubik -para no estar viendo el tránsito-.

Llegamos al centro histórico a buena hora -el viaje había tomado menos de quince minutos-; pero había un cambio en la ruta normal; por lo que el autobús dió un gran giro entre varias calles y llegué a la estación final cinco minutos después de las tres.

Por supuesto que diez minutos antes había llegado a mi ahijada para comentarle que llegaría un poco tarde; le expliqué lo del cambio de ruta y ella se mostró comprensiva; al final la estaba llamando -cuando estaba entrando en su calle- un poco antes de las tres y diez.

Nos saludamos efusivamente y caminamos hasta el restaurante en donde hemos desayunado un par de veces; allí ordenamos un par de tazas de café -yo cappuccino, ella latté- y un par de porciones de pasteles -yo de berries, ella de higo-; y estuvimos en el lugar por un par de horas, conversando sobre las últimas novedades de cada uno.

Cuando nos encontramos ella me había regalado una bolsa de té de cacao -que compró en su visita al sexto estado unas semanas antes- yo le regalé una bolsa de chocolates -que me trajo mi amigo tenor cuando vino a desayunar a la casa de Rb.

A las cinco y media -había puesto una alarma en el celular- le comenté que me retiraría y nos dirigimos a caja; ella sacó su tarjeta de débito y se hizo cargo de la cuenta -trece dólares-; le agradecí el gesto, la acompañé un par de cuadras y luego me dirigí a la estación del transmetro.

Allí me conecté a Internet y le escribí a Rb, comentándole que empezaba mi retorno; el viaje estuvo bastante rápido; me apeé en la última estación del transmetro y desde allí caminé hasta el comercial en donde se estacionan los busitos; abordé el que estaba por salir -y le escribí a Rb, informándole-.

Vine a casa un poco después de las seis y media; Rb me había escrito para comentarme que le iban a dar aventón hasta casa -estaba lloviendo-; como ví que aún no estaba me ofrecí a ir por ella en la van; pero me respondió que ya estaba en camino, que nomás saliera al boulevard a esperarla -con una sombrilla-.

Por la noche estuve viendo un capítulo de Criminal Records, leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena y completando varias lecciones de Duolingo -me había mantenido sobre mil quinientos de ELO durante varios días-; también busqué versiones aceptables de The Mandalorian y de In the Grey, pero no encontré nada.

El domingo me desperté a las seis y media; al principio no recordaba qué tenía que hacer y por poco retorno a la cama para continuar durmiendo; luego me acordé que tenía que encontrarme con mi doctora a las ocho, en la cafetería de costumbre.

Medité, hice algunas lecciones de Duolingo y, luego, me metí a la ducha; salí de casa un poco después de las siete y media -aún saludé a la vecina (quien estaba limpiando su jardín) y acaricié un poco a su perra (que se emociona siempre que salfo)-.

Casi no había tráfico por lo que llegué al lugar de la reunión con quince minutos de anticipación; entré al restaurante y busqué una mesa vacía; le escribí a mi doctora para comentarle que ya estaba en el lugar y continué jugando partidas de ajedrez.

La doctora llegó un poco después de las ocho; nos saludamos y nos dirigimos a la caja, a ordenar un par de desayunos -ella se hizo cargo de la cuenta: quince dólares-;  estuvimos las siguientes dos horas entre desayuno y conversación; incluso le compartí la app que hice para visualizar mi desempeño en ayuno intermitente.

También le regalé la bolsas de té de cacao, que me había entregado la tarde anterior mi ahijada profesional; entre las novedades me comentó que su padre -tiene ochenta y cuatro años- ha estado declinando en su independencia, y que aún está considerando cómo proceder para su mejor cuidado.

A las diez de la mañana nos despedimos e inicié mi viaje de vuelta a casa; el tránsito seguía bastante ligero y, un poco más tarde, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; aprovechando que teníamos tiempo nos dirigimos caminando a la tienda de ropa usada.

Rb quería comprar un par de vestidos de verano -la ha estado afectando la alta temperatura de las jornadas-; y yo quería comprar una gorra: la que había estado usando los últimos años -del trabajo- no había salido muy bien del último viaje a la lavadora.

En la tienda de ropa elegí un modelo bastante sencillo (por un dólar) con la palabra Queso en el frente; y Rb estuvo mucho tiempo buscando varios vestidos -al final compró un par- y alguna playera; ya en caja yo agregué un helado de chocolate a la cuenta.

Después de pagar empezamos el camino de retorno a casa; a donde vinimos cuando ya era hora de sacar a caminar a los perros; pero, como no habíamos empezado la preparación del almuerzo, le propuse a Rb que los sacaría a ambos mientras ella dejaba la comida en el fuego.

Creí que no iba a ser mucho pero, de hecho, ya estábamos a mitad de la primera vuelta cuando Rb salió; y los perros habían hecho sus necesidades en ese período -encontré una lata de cerveza, corté uno de sus extremos (con mi herramienta multiusos), y la utilicé para recoger los desechos-.

Después de la caminata almorzamos: alitas de pollo, ensalada y caldo de pollo; después del almuerzo me preparé un café; el resto de la tarde me la pasé leyendo los libros en español -estaba a la expectativa de una llamada: el día anterior le había comentado a mi compañero que tiene tres trabajos sobre la venta de mi área, y me había ofrecido algunas tareas para generar un poco de dinero extra; pero no se dió-.

A las cinco de la tarde preparamos los almuezos de la siguiente semana: nuestra versión propia de comida china: pechuga de pollo cocida, mezclada con mucha verdura rallada: zanahoria, güisquil, arveja china, apio y jengibre. 

Por la noche ví el penúltimo capítulo de la primera temporada de Criminal Record, y la primera media hora -tarda hora y media- de la película de acción In the Grey; por alguna razón -creo que el calor ha estado bastante alto- me costó conciliar el sueño.

El lunes era el primer día del mes de junio; me levanté a meditar y luego retorné a la cama; entré a la primera reunión del día pero me quedé dormido a medias; y continué dormitando -de hecho tuve un par de episodios de parálisis de sueño- hasta después de las ocho-.

De hecho, por pura casualidad, abrí los ojos cuando el desarrollador que más ha ayudado al equipo local estaba escribiéndome: quería que le explicara la reproducción de un defecto a una de las analistas de su equipo; eso me espabiló un poco, me levanté y pasé la computadora a la mesa del comedor.

Estuve tratando de reproducir el evento, pero no me fue posible; mi nivel de energía estaba super bajo; entré a la reunión de las nueve pero casi ni me enteré de que estaban hablando; luego entré a la reunión -de las diez menos cuarto- de mi área.

Esta estuvo un poco rara porque mi supervisor me pidió que compartiera mi pantalla; y empezó a revisar algunos avances con lo que estaba presentando; al final repartió algunas tareas, aunque yo no tuve claro si debía hacer algo.

Por todo lo anterior terminé desayunando hasta las once de la mañana; luego Rb me pidió que le quitara un seguro a la tijera que está utilizando para cortar el pollo -supuestamente entorpecía su uso-; pero no hubo modo: terminé quebrando uno de sus brazos.

Hicimos la rutina de ejercicios de los lunes -aún me sentía agotado- y después sacamos a caminar a los perros; pero aquí fue donde todo empezó a empeorar: Rb me reclamó -de forma suave- por el trato brusco con su perro (yo estaba irritado pues me molesta mucho cuando se ponen a ladrar dentro de la casa, lo que había hecho la perra).

Entonces salí bastante molesto -aunque traté de proceder con calma-; pero Rb también salió molesta; y se molestó más cuando la perra se negó a caminar en varios momentos -de hecho la dejó en la calle al inicio de la segunda vuelta-; todo estuvo muy confuso.

Mientras estábamos haciendo la rutina de ejercicio -casi a la mitad de la misma- recibí una llamada; pero ya no llegué a tiempo para responder; entonces intenté marcar desde el teléfono de Rb; pero me dí cuenta que se trataba de nuestra editora.

Ella es una de las mejores amigas de Rb -estudiaron juntas hace más de treinta años- y yo acudí a la celebración de su cumpleaños unas semanas antes; y se me había ocurrido invitarla al almuerzo que había planeado para celebrar el cumpleaños de Rb.

La verdad es que se me había ocurrido desde hace unas semanas, pero estaba esperando a que empezara el mes de junio; le escribí temprano para ver si podía llamarla al día siguiente (mientras Rb andaba en su clase de Zumba) pero ella me llamó intempestivamente.

Le escribí para comentarle que la llamaría más tarde -y continuamos con la rutina de ejercicios-; lo que hice después del mediodía: el plan es bien sencillo; hay un parque ecológico en un municipio aledaño, y el mes pasado le propuse a Rb que almorzáramos en el lugar para celebrar su cumpleaños -fuimos allí a almorzar hace tres o cuatro años-.

Fue unos días después de la propuesta -que Rb aceptó- que se me ocurrió que podría pedirle a su amiga que llegara -con su esposo- y que le diera la sorpresa de acompañarnos un rato durante el almuerzo -no le dije que llevara a su papá, pues está utilizando andador-.

Por supuesto que nuestra editora se emocionó -es muy agradable, la verdad- y me preguntó si iba a invitar a otras amigas de Rb -ella me sugirió un nombre-; o que podíamos llegar a su casa ese día -vive al otro lado de la ciudad-.

Le repetí que era algo sencillo, que Rb había andado bastante desanimada -habían sido semanas (o meses) raros- y que incluso un viaje cruzando la ciudad no le atraería; que incluso la comida tendría que ser provista por cada uno -aunque le indiqué que estaba dispuesto a ayudarles con el costo del combustible (lo cual rechazó de plano)-. 

Cuando entramos de la caminata puse a calentar la primera de las porciones que habíamos preparado el día anterior -la cantidad fue tanta que cada porción quedó de casi libra y media, por lo que decidimos prescindir de acompañamientos-; luego troceé un aguacate y me serví una cantidad mínima del arroz que Rb había cocinado.

Como empezó a llover cerramos todas las ventanas; pero la parte baja de la ventana de la sala no se cerraba por completo; entonces apreté más la manija y logré que se cerrara un poco más; lo malo es que, un poco después, oímos un ruido y Rb salió a ver: la paleta más baja se había quebrado: había un trozo de madera atravesado y el vidrio había cedido.

El almuerzo estuvo bastante callado; aunque, como en los días anteriores; Rb me estuvo consultando varias veces sobre el proceso que estaba siguiendo para ser traductora médica en la misma app que mi hija trabaja -al final completó el proceso-. 

Mi estado de ánimo andaba por los suelos; afortunadamente Rb se recordó que en el bosque del otro lado de la calle habíamos visto -hace muchos años- varias piezas iguales al vidrio que se había quebrado -algunos vecinos sacan este tipo de desecho cuando actualizan sus casas-; entonces fue por una de esas piezas.

Por la tarde no adelanté mucho en el trabajo -aunque la desarrolladora de la mañana me contactó para ver la reproducción, nomás le mandé los datos originales-; igual, seguía con el ánimo super bajo; a las cuatro le indiqué a Rb que iría a la vidriería que queda a un par de calles, para cortar el vidrio -habíamos desinstalado otra paleta para llevar como muestra-.

Ella se ofreció a acompañarme y nos dirigimos al lugar; y pasó algo raro -y no por primera vez-: al presionar el botón del timbre la recepcionista apareció de improviso dando un buen susto a Rb -aunque ambas se rieron de buena gana-; le expliqué lo que necesitaba y no tardó mucho en completarlo; y me cobró setenta y cinco centavos de dólar.

Aunque habíamos considerado pasar a dejar el vidrio a la garita y caminar hacia los supermercados en dirección sur, le comenté a Rb que era muy riesgoso para el guardia; que mejor viniéramos a instalar el vidrio y saliéramos más tarde.

Lo que sí hice antes de salir de casa fue escribirle a varios conocidos, amigos -y a un par de familiares, incluso- recordándoles que era el primer día del sexto mes -medio año- y deseándoles lo mejor; la mayoría me respondió con mensajes positivos. 

Procedimos de esa forma y a las cinco nos dirigimos a los supermercados; caminamos hasta el extremo sur del boulevard y luego al supermercado que está a medio camino -aunque Rb pasó aún a la veterinaria que está en el mismo comercial-.

En el supermercado compramos unas lechugas, unas alitas y un cartón de huevos -ya que ahora Rb consume más cada semana-; pagamos las compras y retornamos a casa; cuando vine me puse a completar algunas lecciones de Duolingo -aunque volví a bajar del nivel que quiero mantener-.

Iba a ver la segunda parte de In the Grey -o el último capítulo de la primera temporada de Criminal Records- pero me sentía bastante agotado -en el camino de vuelta, cuando Rb me preguntó sobre mi estado le indiqué que estaba harto de todo-.

Entonces, después de cambiar la ropa de cama -primer día del mes-, nomás me quedé dormitando en la cama; hasta las siete y media o así; hora en la que empecé a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

Mientras estaba dormitando estuve escuchando a Rb tomar la primera llamada como traductora en la aplicación en la que logró un contrato; la misma tardó más de media hora y Rb se ganó cuatro dólares por el trabajo -se supone que son siete dólares por hora-.

Pero la noche aún no había terminado: un poco antes de las diez Rb me pidió que la ayudara a configurar la cámara web en su computadora -no se había dado cuenta que no había transmitido video en la llamada-; y resultó que el antivirus estaba bloqueando la cámara; cambié la configuración y retorné a terminar mis notas.

El martes estuvo un poco más tranquilo; al menos en el plano doméstico: primero, como no quería volver a dormirme en la primera reunión de la mañana, después de meditar saqué la computadora del trabajo de mi habitación y me encerré en la habitación de a comida de los perros.

Allí llegó Rb a saludarme cuando se levantó -me parece que empezó a tomar llamadas desde un poco después de las siete-; después de que terminó la primera reunión del día volví a la cama; pero no me dormí: me puse a hacer lecciones de Duolingo.

Y estuve en la cama hasta que empezó la segunda llamada a las nueve; en la que -igual que la de más temprano- casi no hubo participación; de hecho utilicé los audífonos bluethoot pues Rb me había pedido prestados los que utilizo frecuentemente.

Rb había ordenado el día anterior unos audífonos, en la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos, los que le vinieron a dejar como a media mañana; con los mismos estuvo realizando algunas llamadas -pero luego dejaron de funcionar-.

La traducción le gusta mucho a Rb; tanto que, a la hora en la que teníamos que sacar a caminar a los perros, aún estaba recibiendo llamadas; por lo que saqué solo a los perros -la salida estuvo muy tranquila-; ella salió de su habitación hasta después del mediodía.

No recogí los desechos del patio -de hecho, me molesta la actitud de esperar que todo se complete, cuando hago una parte de alguna tarea-; cuando retorné con los perros nomás puse a calentar la comida del día (las porciones quedaron enormes: casi catorce onzas para cada uno).

Almorzamos nomás la porción que habíamos previso para el día (de la comida que preparamos el domingo); acompañado con medio aguacate -y yo, con fresco de rosa de Jamaica-; después me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas, y lo que me sobraba del pan del fin de semana: un trozo de pan dulce, medio cubilete y medio pan tostado.

Por la tarde el desarrollador que más nos ha apoyado escribió en la app de mensajes: acababa de liberar una nueva versión; nuestro supervisor nos solicitó, en el mismo sitio, que revisáramos el estado de los cambios que se acababan de implementar.

Y estuve trabajando un poco de eso durante la tarde; hasta cerca de las cinco de la tarde, a esa hora cerré la computadora y me puse a leer un poco del libro de francés que tengo a medias; luego me preparé para la caminata verspertina.

Caminamos, con Rb, en hacia los supermercados en dirección norte: justo en el extremo de nuestra caminata se encuentra la tienda por departamentos en la que Rb había comprado los audífonos -había escrito al servicio al cliente y le habían indicado que debía presentarlos para que se los repusieran-.

La señora que nos atendió se portó muy amable -aunque insistió en probar ella misma los audífonos en la computadora que estaba en el mostrador de servicio al cliente- y estuvo conversando con Rb durante mucho tiempo -pasaron del problema a detalles de la vida privada de Rb (curiosamente la señora tenía el mismo nombre)-.

Por fin terminaron de recibir el dispositivo defectuoso y le indicaron a Rb que le enviarían una nueva unidad a domicilio; entonces nos pasamos a la tienda verde de descuentos: debíamos reponer la tijera para cortar carne -y huesos- que había quebrado intentando quitarle el seguro (la misma nos costó dos dólares y medio).

Después de pagar por la tijera retornamos a casa; por la noche había pensado ver el último capítulo de la primera temporada de Criminal Record, o la segunda parte de In the Grey; pero, por una u otra razón no me dió tiempo para ver nada de eso.

Y las razones fueron: hice muchas partidas de ajedrez en Duolingo -y algunas lecciones de Matemáticas y algunas lecciones de Portugués-; también estuve conversando con mi hija mayor: unas semanas antes le había ofrecido que le facilitaría dinero para que no tenga que estar pagando varias veces en el mes por transferir dinero a su cuenta bancaria;

También aproveché para trasladar cuarenta dólares que tenía en la cuenta donde realicé algunas tareas online el año anterior: es la misma empresa en la que trabaja mi hijo menor, pero me había registrado como contratista-especialista.

Total que llegué casi hasta las diez de la noche en esos menesteres; entonces nomás me metí un rato en la habitación de Rb, para luego retornar a la mía, a meditar -en la mañana había aumentado en un minuto el temporizador del celular-; después me acosté y, como no tenía a mano la tablet, intenté dormirme nomás observando la respiración -me costó un montón, y sentí que me estuve despertando varias veces durante la noche-.

El miércoles me desperté con una sensación extraña: no sentía que hubiera descansado mucho;  pero me levanté antes de que sonara la alarma -menos de diez minutos- y medité veintiséis minutos; después repetí lo del día anterior: tomé la computadora del trabajo y me metí a la habitación de la comida de los perros.

Y en esta ocasión, como le había vuelto a prestar los audífonos a Rb, tomé unos audífonos de celular que tenía en mi estantería y los utilicé para tomar la llamada; Rb pasó a saludarme un poco después, antes de empezar a tomar llamadas.

Después de la reunión retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; pero estaba aún a medias cuando recibí una llamada de mi supervisor: había programado una reunión para revisar un defecto que habían reportado en la reunión de más temprano.

La reunión estuvo super larga -desde las ocho y media hasta las once de la mañana-; incluso cambié de los audífonos de celular a los bluetooth a las diez y media, para prepararme el desayuno -el cual ha estado bastante copioso-.

Después de la llamada me quedé en la mesa del comedor, revisando mis correos personales y realizando algunos movimientos bancarios -un poco más temprano le había enviado doscientos dólares a mi hija mayor- y actualizando varios de mis controles financieros.

Creo que la semana, en general, pasó más tranquila debido a que Rb empezó, desde la noche del lunes, a trabajar algunas horas cada día en la página en la que mi hija empezó a trabajar el mes anterior: traducciones por minuto.

Durante esta semana terminé el segundo libro de la activista -feminista- mejicana (Perras de Reserva) y estuve sopesando con qué continuar; o sea, he leído bastante por placer y había cambiado el francés por el español en la línea que leía antes -más de dos años- entre las definidas.

Pero no he encontrado, aún, qué leer en español; de hecho retomé un libro -en inglés- que había iniciado el año pasado -dejé varios a medias cuando tuve que cuidar a Rb después de su histerectomía- y que encontré -gracias a HackerNews- luego de leer un post postumo de una persona que se había dedicado a las finanzas personales.

El jueves y el viernes pasaron sin mucha acción -también me he estado diciendo que debo empezar a registrar nomás lo menos cotidiano, ya que muchas entradas han estado super largas-; el jueves el compañero más brillante retornó -luego de un día de vacaciones- y le pregunté si andaba buscando trabajo -se ha ausentado varios días en las semanas precedentes-.

Me comentó que aún no pero que sí lo estaba contemplando; entonces empecé a enviarle ofertas de trabajo de los grupos de whatsapp en los que estoy suscrito; también continué ayudando -utilizando LLMs- a mi conocida de Camerún: completamos un análisis FODA (o SWOT en inglés/francés) y le envié algunas acciones que podría realizar, aunque no estoy seguro de que aprecie mi ayuda.

Además, el jueves por la mañana me escribió mi hija mediana: confirmando que nos reuniremos el último fin de semana del mes, aunque no el domingo sino el sábado; por lo que tuve revisar la programación original: había previsto desayunar ese día con el analista más brillante del equipo.

Aunque, cuando le pregunté si estaría disponible, me comentó que prefería unírsenos al dev el sábado a las cuatro de la tarde -se supone que aún realizaremos esa reunión; a la cual también invité a la PM que me estuvo ayudando a realizar el Curso de Ciberseguridad-.

También quería, mi hija, que le ayudara con unas dudas de C: la última vez que nos vimos me había comentado que estaba leyendo uno de los libros clásicos de este lenguaje -tengo la impresión que es el mismo con el que yo aprendí (un poco) hace casi treinta años, en la facultad.

Como no me recordaba mucho de la sintaxis utilicé Mistral para revisar por qué el código no funcionaba; y estaba sencillo: le faltaba incluir un par de librerías -o sea, estaba utilizando un par de funciones que se encuentran en dos librerías diferentes-; le envié la solución y la felicité por su iniciativa.

Más tarde le envié un poco de recursos que encontré por la red para el aprendizaje de C; durante la mañana -había llamado a mi compañero más brillante- también había empezado un curso de Análisis de Datos utilizando Inteligencia Artificial con Python.

El jueves, al final de la tarde, caminamos hasta los supermercados en dirección norte; compramos pescado para el almuezo del viernes, en el supermercado del extremo; y, a medio camino de vuelta, pan para mis desayunos.

Y a ver cómo va eso. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Kanban, y esas cosas... Kanban and stuff like that... Kanban, et tout ça...

Me he declarado -en varias ocasiones- creyentes de las metodologías administrativas; o sea, hace más de veinte años trabajé en la certificación de la primera empresa de servicios bajo la metodología de ISO 9001:2000; luego estuve estudiando cinco "S"s y Lean.

Y hace un par de años obtuve un certificado como Product Owner, uno de los papeles de SCRUM; también, hace cuatro o cinco años intenté implementar un tablero de Kanban en mis actividades cotidianas -no funcionó tan bien-; pero sí funcionó su aplicación cuando tuve a mi cargo a dos o tres analistas.

O sea, es un concepto con el que he trabajado durante un buen tiempo; pero del cual no tengo mucha documentación revisada; igual, el concepto es sencillo: definir acciones, moverlas en secuencia -Pending, Doing, Completed-, terminar tareas -o acciones-.

Hace unos años había bajado varios libros sobre el tema; pero se quedaron en la tablet que deseché -se quemó- el año pasado; ahora había bajado otro par de libros pero no había empezado ninguno de ellos, hasta que me dije que no podía seguir así, entonces empecé seriamente Lessons in agile management - on the road to Kanban.

Pero no ha sido un libro fácil: para empezar, no está estructurado como un libro 'normal'; son mas bien -lo dice al inicio- una serie de artículos que el autor estuvo publicando en su blog durante mucho tiempo.

Aún así, estoy haciendo el esfuerzo; justo acabo de revisar el disco duro y encontré el otro par de libros que había bajado; y que se ven más intersantes; veremos si me atrevo con los mismos cuando haya concluído este.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me levanté a las seis y media; aunque creo que ya me había percatado que habían cancelado la reunión de las siete; de todos modos quería continuar sin volver a la cama después del período de meditación; lo cual -creo- logré conservar.

Después de meditar me quedé sentado al lado de la cama y encendí la computadora del trabajo; quería, al menos, poner a correr los cincuenta test cases automáticos que había estado escribiendo las últimas semanas -¿meses?-; y no funcionaron bien.

Y es que -al parecer- mi compañero más brillante no tomó en cuenta una forma en la que una de las funcionalidades se mantiene siempre como prioridad uno dentro de la app; lo que manda al siguiente lugar a la funcionalidad que se quiere probar, fallando el procedimiento.

Me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez- y también a leer un poco -estaba avanzando con el libro de SQL-;  hasta las nueve, que empezó la segunda reunión diaria; y en la que, claro, los primeros comentarios del Desarrollador jefe se refirieron a la venta de nuestra área a otra empresa.

Traté de agregar uno o dos comentarios positivos a la noticia -creo que es suficiente con la mala atmósfera que se estuve generando el día anterior-; y en la revisión de los avances se comentó -medio en broma- que algunas áreas ya no pondrían tanta atención al trabajo por la situación.

Después de esta reunión debíamos revisar -el equipo local y el del Imperio del Norte- el avance en el ciclo de pruebas en el que habíamos quedado el día anterior -o el anterior a ese, realmente, pues en el anterior ya no hubo ninguna revisión-; yo había actualizado la información en la app en la que se actualiza el avance, por lo que nomás ese fue mi comentario.

Pero también en esta reunión nuestro supervisor en el Imperio del Norte abrió el día con un comentario sobre lo que vendrá; aunque -según él- aún no hay seguridad acerca de los que pasará con el equipo local; nomás que los del Imperio del Norte sí se van.

Otra vez, traté de agreagr un par de comentarios positivos. que era una buena oportunidad, que debíamos seguirnos esforzando, y así; después de esta reunión ya no hubo mucho más en el área laboral; yo continué tratando de correr mi código, después de haber ajustado la app; pero tuve resultados mixtos.

A las once y media completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a caminar a los perros grandes; luego me metí a la ducha a tomar un baño refrescante -el calor ha seguido bastante fuerte-; y, cuando Rb, entró a casa, preparamos el almuerzo: filete de pescado, ensalada y lo último de las verduras guisadas de la semana.

Después del almuerzo me preparé uno de los dos café instantáneos restantes; los que consumí con una porción de pastel del miércoles y un par de mitades de galletas; después me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado durante la mañana.

También ví que mi amigo, el Testigo de Jehová, me había escrito una hora antes -alrededor de la una- por un favor monetario; le escribí de vuelta y me envió un mensaje de voz; luego conversamos un poco -por texto- y resultó que quería un préstamo bastante elevado (doscientos dólares).

Pero se conformaba con un poco menos de la mitad; sopesé durante un momento la conveniencia o no de prestar -regalar- setenta dólares; que es más o menos el límite que tengo para este tipo de transacciones -igual me ha servido para alejarme de algunas personas-.

Al final le envié la cantidad, comentándole que la necesitaba de vuelta para antes del siguiente viernes; aduciendo que debía pagar el departamento de mis hijos; él se comprometió a devolvérmelo en menos de siete días.

Un poco después de las tres me llamó mi amigo más creativo: me quería comentar que ya había completado su semana laboral y se dirigí al ministerio de trabajo; a quejarse por el trato que le estaba dando el área de recursos humanos de la empresa.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos en el supermercado más cercano a este punto; yo quería ver algunas salsitas de tomate y paquetes de queso.

Compré nomás de lo primero -seis pequeños paquetes- y, en el otro supermercado, compré un paquete de dieciséis porciones de queso -imitación- para sandwiches, un galón de jugo de mandarina -para el desayuno del domingo con mi hija mediana- y, adicionalmente, compramos un poco de pollo (y bananos).

Durante la tarde le había escrito a mi ex supervisor en el Imperio del Norte -a quien he estado llamando mensualmente desde un poco más de un año atrás-; habíamos acordado en que lo llamaría un poco después de las seis de la tarde -hora local-.

Cuando retornamos ya había pasado esa hora pero esperé aún un poco más; lo llamé un poco después de las cinco y estuvimos conversando por casi quince minutos: él iba manejando y la transmisión -por facebook- empezó a cortarse cuando entró en la vía rápida.

Entre las noticias que intercambiamos: yo le conté sobre lo que me espera durante este año en la empresa -casi seguramente una salida de la misma-; él me comentó que su hijo mayor estaba -por fin- trabajando -al parecer su hermana menor le consiguió trabajo en el mismo restaurante en donde ella laboraba desde el año anterior-. 

Por la noche empecé a leer el siguiente libro en español de la misma autora -feminista- mejicana del libro que acababa de leer en el mismo idioma; también ví la primera parte de la última película -salió un par de días antes- de Jack Ryan; además, me dió tiempo de avanzar un poco en el libro de Kanban; también, después de cuarenta y ocho horas, le quité los topes a los tres zapatos que había pegado.

El sábado me levanté a las seis y media; me costó un buen trabajo levantarme: creo que me había despertado un rato antes pero esperé hasta que sonó la alarma para salir un ratito de la habitación, pasé al baño y luego realicé los veinticinco minutos de meditación.

Había programado un desayuno con mi amigo más antiguo de la facultad: nos íbamos a reunir en el mismo Mc Donald's de la última vez -tres semanas antes-; él me había conseguido unas almohadillas antideslizantes para los soportes nasales de los anteojos.

De hecho, en nuestra reunión anterior, me había comentado que no había elegido bien los aros, pues no tienen soportes con brazos y por eso era más difícil que se mantuvieran en posición; yo ya había notado esa dificultad, especialmente al caminar, por lo que él se había ofrecido a conseguirme las almohadillas.

También le había pedido -durante la semana- que me prestara una cámara web con adaptador USB porque era un requisito -muy raro, la verdad- para que Rb tuviera una entrevista en el mismo sitio en el que mi hija llevaba -varias semanas- trabajando como intérprete.

Mi amigo se había ofrecido a llevarme una cámara web, pero no confiaba mucho en que cumpliera su promesa; pero sí: llegué al lugar a las siete veintiocho y le envié un mensaje para comentarle que ya estaba por allí; él se apareció cinco o seis minutos más tarde, y volví a comprar lo mismo que la última vez: una oferta de dos desayunos por siete dólares.

Nos estuvimos un par de horas en el lugar, entre desayuno y actualización de las últimas novedades en la vida de cada uno -justo estábamos sentándonos cuando me llamó mi amigo más creativo, para comentarme algo de la visita al ministerio de trabajo el día anterior-.

Escuché a mi amigo por un par de minutos y luego le comenté que lo llamaría más tarde; él me indicó que me devolvería la llamada cuando le escribiera por mensaje en whatsapp -cosa que hice casi al mediodía, pero él no llamó más-; mi amigo de la facultad me entregó las almohadillas -no me quiso cobrar- y me entregó una camara web.

Entre las novedades de sus hijos: su hijo mediano sigue triunfando en la facultad; aunque me pidió material para mejorar en lógica de programación; su hija mayor ahora vive aparte -supuestamente con un amigo 'gay' en unos apartamentos cerca de la casa paterna-; y su hija menor -acaba de cumplir dieciocho- sigue estudiando diseño gráfico en una universidad de forma remota.

Además, esta última, está trabajando en un call center de un banco local; y, por otra parte, al parecer anda saliendo con un tipo que la lleva -en moto- y la trae del trabajo -supuestamente aún está en fase de entrenamiento-; pero ha llegado, en más de una ocasión, a altas horas de la noche.

A las nueve y media le indiqué a mi amigo que me retiraría, nos despedimos en la puerta del restaurante y fui por la van -no había encontrado parqueo frente a las mesas por lo que la había dejado en la parte de atrá-; aún pasé pitándole cuando él iba dirigiéndose hacia el parqueo de motocicletas.

Vine a casa y encontré a Rb saliendo hacia el patio: durante la semana me había pedido ayuda para tirar todas las hojas secas que la vecina acumula constantemente al lado de la cerca -ella es muy constante en barrer la calle, pero tira nomás las hojas que encuentra frente a su casa, lo demás nomás lo barre hacia las paredes (de la cerca de Rb, o de la cerca que nos separa del cañon del frente)-.

Entré a cambiarme de ropa, fuí al patio trasero por mis guantes -no los encontré: Rb los tenía; pero encontré los de ella; que intercambiamos- y salí a ayudarla; cuando salí ya había hecho un par de viajes al cañón y estaba llenando el tercer baño con hojas secas.

Estuvimos trabajando en la tarea durante un poco más de media hora -Rb incluso barrió la acera, que estaba bastante llena de tierra-; y luego entramos a guardar los guantes, rastrillo, baño y escoba; después preparamos a los perros grandes para la caminata.

La cual estuvo un poco accidentada porque volvió a coincidir con el servicio de recoleccioń de basura; y es más difícil porque ahora Rb se encarga de la perra más pesada; y, al parecer, la misma tiene algún resentimiento -igual que contra las motos- con este camión amarillo.

Antes de sacar a los perros habíamos probado la cámara web que me prestó mi amigo de la facultad; la conectamos en la computadora de Rb y realizamos una -corta- transmisión utilizando Teams; también había empezado a preparar el almuerzo: burritos de zanahoria, rellenos de aguacate, lechuga y pollo.

Cuando retornamos de la caminata -son dos vueltas por dos calles- me lavé las manos y continué con la preparación del almuerzo: ya había cocinado la tortilla que preparo con -casi una libra de- zanahoria y dos huevos; también había dejado lista la mayonesa que preparo con un par de huevos duros, un aguacate y aceite de oliva.

Nomás debía esperara que Rb preparara el pollo -ya estaba cocinado, pero, últimamente, ha preparado una salsita basada en miel para recubrirlo-; lo que estuvo listo bastante rápido y armé el burrito -casi medio metro de lado- que, a continuación, partí en dos partes.

También preparó Rb un caldo de pollo, con el agua de la pechuga que había preparado a media semana para su perra más anciana -complementado con apio, cilantro y alguna otra verdura-;  yo me serví también un poco de la bolsa de snacks de papa que Rb me obsequió unas semanas antes -cuando decidió no seguir consumiento este producto, por el contenido de oxalatos de este tubérculo-.

Después del almuerzo -estuvo muy muy bueno- me preparé el último café instantáneo de la caja que compré un par de semanas antes -cuando fuí al hospital con mi amigo voluntario-; aunque aún había reservado dos de estos en la caja de lápices que cargo en mi mochila.

El café lo consumí con un par de mitades de galletas y un poco de pan tostado -olvidé por completo la porción del pastel del miércoles-; después del almuerzo me quedé en la mesa, viendo algunos videos de -una psicóloga chilena- en Youtube.

Luego, mientras ponía la velocidad de reproducción al noventa por ciento, lavé la montaña de trastos que se había acumulado durante la mañana -aunque no preparé desayuno, el almuerzo si requirió de bastantes recipientes-.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; ella me comentó -mientras le daba de comer a su perra más anciana- que esperaría a retornar de su iglesia -le tocaba impartir clase de alfabetización- para consumirlo; un poco más tarde empezó el trayecto.

Y un poco más tarde -mientras veía más videos en Youtube- empezó a llover; y estuvo un poco raro porque venía con tormenta eléctrica; lo que provocó que la luz se fuera durante un microsegundo; lo que me dejó sin Internet y reseteó el reloj del microondas -sucede frecuentemente-; aunque no reseteó el control de temperatura de la refrigeradora.

Habíamos acordado que iría -caminando- por ella; se suponía que saldría a las seis de su clase, por lo que empecé a caminar a las cinco y veinte; el ambiente estaba bien fresco, por las lluvias anteriores; la verdad es que no quería esperar dentro de las instalaciones de la iglesia.

Llegué un poco después de las seis de la tarde, abrí la puerta que dá a las instalaciones adosadas a la iglesia y ví que Rb aún estaba dirigiendo su clase; entonces me acomodé en una banca, frente a la cancha de basketbol y me puse a jugar una partida de ajedrez.

Se oía bastante actividad en una de las aulas aledañas; al parecer estaban representando algunas escenas bíblicas -o eso parecía-; un poco más tarde salió una pareja de adultos jóvenes y el señor se presentó -no recuerdo su nombre- así como su esposa.

Yo continué jugando en el celular, mientras algunos jóvenes empezaron a jugar con una pelota de voleybol; un rato más tarde Rb salió de su clase y empezamos el camino de vuelta; iba a comprar pan en la panadería donde he encontrado -a veces- buenos productos, pero, al final, terminé comprando en la panadería de la vuelta.

Por la noche continué con la película de Jack Ryan; aunque no avancé mucho en la misma: el youtuber argentino que realiza muy buenos resúmenes había subido uno sobre películas de acción; acomodé mi computadora en la cama de Rb y vimos juntos casi la mitad del video -creo que tardaba casi una hora-.

El domingo me desperté a las seis y media -cuando sonó la alarma-; pero no tuve ánimos de levantarme; seguí dormitando -creo que puse una alarma para una hora más tarde, pero no estoy seguro-; al final me levanté casi a las siete y media (escuché que Rb estaba cocinando).

Bajé de la cama y medité los veinticinco minutos; luego salí de la habitación y me puse a preparar el desayuno que esperaba compartir con mi hija mediana; los panes estuvieron bastante cargaditos: hice un omelete con dos yemas adicionales, y le puse a los panes tomate, lechuga y aguacate.

Después de envolver cada uno de los panes en papel encerado empecé a preparar algo que Rb me había pedido el día anterior: quería llevar un pequeño burrito de zanahoria para almorzar ese día en la casa de su hermana; así que rallé media libra de zanahoria, lo mezclé con un huevo y preparé una tortilla; luego lo enrollé con aguacate y lechuga adentro.

A las nueve y cuarto salimos de casa: yo llevaba mi mochila habitual y una adicional, con el desayuno dominical; Rb llevaba la mochila con aislante térmico; en la cual llevaba varias libras de florees de loroco -que habíamos tenido congeladas en el freezer, pero que ya no planeábamos consumir-.

Originalmente le había ofrecido a Rb pasar a dejarla a la estación de la universidad para que tomara el transmetro que va por el periférico; pero luego ella me había pedido que la pasara a dejar al comercial en donde se estacionan los busitos, para tomar la otra línea del transmetro.

El problema estuvo cuando tomamos la calle que nos llevaba al comercial: en ese lugar hay una gran instalación -deportiva- gubernamental, y dos chicas con uniformes de policía vial estaban bloqueando el paso; y por una verdadera estupidez: esperando a que un camión descargara algunos bártulos.

Llegamos primero y esperamos un rato; luego una motocicleta se pasó el bloqueo; pero se formó una cola de tres o cuatro autos tras nosotros; luego de un rato los autos empezaron a dar la vuelta y retornaron -contra la vía-; y le indiqué a Rb que haría lo mismo cuando nos dieran espacio.

Volvimos al boulevard principal y luego tomé otras calles para salir a la calzada principal; pasé a dejar a Rb a la calle del comercial donde está la estación del Transmetro; luego tomé el periférico y continué hasta la universidad, para salir a la vía junto a la cual viven mis hijos.

Llegué al edificio un poco antes de las diez, estacioné la van en el sótano y subí caminando los siete tramos de gradas; entré al departamento y le envié un mensaje a mi hija, para comentarle que ya había llegado; ella no tardó mucho en presentarse.

Le propuse ir al parque temático y empezamos el trayecto; el lugar estaba bastante vacío cuando llegamos, buscamos el área de mesas bajo techo y, un poco después de las diez y media, empezamos a dar buena cuenta del desayuno.

Después del desayuno le ofrecí a mi hija practicar con el cubo de Rubik de cuatro por cuatro; lo resolvió casi sin ayuda -aunque el último lado quedó bien alineado, y las cuatro esquinas no quedaron cruzadas-; luego nos dirigimos a la rueda de Chicago; había un poco de cola -y el sol estaba un poco fuerte-.

Pero no tuvimos mucha dificultad en abordar una de las canastillas y completar el ciclo -son varios minutos-; luego nos retiramos del parque y volvimos al departamento; con mi hija habíamos acordado despedirnos a la una; aun tuvimos media hora para empezar el origami de un gato que tengo en mi celular.

A la una me despedí de mi hija, bajé por la van e inicié el retorno a casa de Rb; pero en el camino -a pocas casas de donde vive mi amigo voluntario- me detuve a comprar mi almuerzo: una pieza de pollo frito, papas fritas, ensalada de repollo y un bollo -tres dólares-.

Luego continué mi camino; vine a sacar a caminar a los perros y luego consumí lo que había comprado -con medio aguacate que había reservado de la mañana, y una coquita que había dejado en la refrigeradora, el día anterior-; después del almuerzo me preparé un café.

El café lo consumí con una porción del pastel del miércoles, un par de mitades de galletas y un poco de pan tostado; después lavé los -pocos- trastes que había en el lavadero; luego estuve viendo algunos videos en Youtube, pero, lo que realmente quería hacer era cambiar el apagador -doble- del comedor.

Este había estado funcionando defectivamente por muchos meses: la palanca más usada (la del comedor) había dejado de apagar todas las veces en que se colocaba en esa posición; habíamos comprado el repuesto varios meses antes pero no había encontrado un buen momento para sustituirlo; quería aprovechar la ausencia de Rb.

Le tomé un par de fotografías a la conexión del apagador instalado -tenía dos cables conectados en la parte superior y uno abajo-; luego bajé la palanca de la corriente general y conecté el nuevo apagador de la misma forma en que estaba el anterior.

Y no funcionó: funcionaba la luz del pasillo pero no la del comedor; así que conecté la corriente general, esperé a que se restableciera el servicio de internet y utilicé un par de LLMs para ver opciones; en uno de ellos me requirieron fotografías de ambos apagadores, pero nomás envié del anterior y un diagrama que encontré en el empaque del nuevo.

Me estuve por un par de horas probando las opciones que me daban dos -o tres- LLMs; pero al final no logré la conexión correcta -a veces funcionaba una luz, a veces encendían ambas con el mismo apagador-; como empezaba a oscurecer -y estaba lavando ropa-, decidí dejar el anterior.

Y ya no funcionó el apagado de la luz del comedor; por la noche me tocó colocar una silla -y un baño con semillas de café- bajo el bombillo y desenroscarlo, para que no se quedara toda la noche iluminando el área más extensa de la casa -fue complicado-.

Por la noche ví la parte final de la película de Jack Ryan  y estuve leyendo un poco del libro de Kanban -aunque muy poco de esto último-; me quedé en la cama de Rb hasta las diez, entonces medité, luego saqué al patio a los perros, le envié un mensaje a Rb y me dormí.

El lunes me desperté a las seis y media; medité y encendí la computadora del trabajo; pero no hubo reunión de las siete; o sea, nadie hizo el intento de iniciar la reunión; entonces salí al patio trasero y tendí la ropa que había lavado la tarde anterior.

Luego bajé la palanca de la corriente general y reemplacé el apagador doble: al final comprendí -a altas horas de la noche- que el nuevo estaba completamente invertido, por lo que debía conectar arriba un cable, abajo los otros -cruzados- y aceptar que cambiaría el lado con el cual se enciente -y apaga- cada bombilla; y funcionó.

Un poco más tarde intercambiamos algunos mensajes con Rb; le comenté lo de la reunión de la mañana -falta de- y me recordó que este día se observa el Memorial Day en el Imperio del Norte -yo tenía marcada la fecha en mi calendario, pero lo había pasado por alto-.

A las nueve un par de desarrolladores locales entraron a la reunión; yo entré pero me salí inmediatamente; un poco después el desarrollador principal -y organizador- escribió en el chat de la reunión para comentar que era Memorial Day.

Después de la reunión -que no hubo- de las siete se me había ocurrido escribirle al PM; pero luego decidí no hacerlo, sin embargo, él me escribió un poco después, para preguntarme sobre la reunión, y le comenté nomás que mi supervisor en el Imperio del Norte aparecía ausente en la app.

Pero un poco antes de la siguiente reunión, cuando Rb me había recordado, le comenté que era Memorial Day; y, un poco después de las diez me escribió para que conversáramos: quería saber mi opinión sobre la situación con la separación del departamento -al final, yo ya había experimentado situaciones similares en el pasado-.

Lo llamé y estuvimos conversando un rato sobre las experiencias personales de eventos parecidos en el pasado -él está a mitad de los sesenta y ha trabajado como cuarenta años en informática-; me llamó la atención que me comentara que si todo iba mal, se jubilaría -yo me había estado preguntando, desde que lo conocí, por qué no se había jubilado-.

Y como todo el equipo en el Imperio del Norte estaba ausente, el día estuvo más tranquilo de lo normal; nomás puse a correr varios ciclos de las pruebas que había estado escribiendo durante las últimas semanas.

Rb me estuvo enviando avances de su retorno a casa -había salido después de las nueve de la casa de su hermana, en el otro extremo de la ciudad- y vino un poco después de las once y media; me trajo tres chuchitos -con loroco-: consumí uno en el acto y congelé los otros dos.

A las doce realizamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; cuando entramos sacamos una de las bolsas que habíamos puesto en el freezer el sábado: cada una conteniendo las porciones para dos días de almuerzos; entré a bañarme y cuando salí de la ducha separé la mitad del contenido de la bolsa y lo puse en un sartén sobre la hornilla más fuerte de la estufa.

La comida tardó un poco en calentarse -era un cubo de hielo originalmente- y terminamos almorzando un poco después de la una y media; aún preparé una pequeña ensalada y acompañé mi almuerzo con la penúltima porción de rosa de Jamaica.

Después del almuerzo me preparé un café y, un poco más tarde lavé los pocos trastes que se habían acumulado en la cocina; un poco antes de las tres le preparé un té de manzanilla a Rb; aunque no lo consumió en el acto: prefirió tomar una siesta luego de darle de comer a sus perros.

Mientras Rb descansaba yo me encerré en mi habiación y completé -por fin- el ciclo de lectura que llevaba varios días sin avanzar -del libro de Kanban-; Rb se levantó un poco antes de las cinco y nos preparamos para salir a caminar.

Antes de salir me comentó que muy probablemente llovería -había estado bien nublado el día- y que sería mejor si entraba la ropa que estaba en los lazos -en la mañana había entrado la ropa de cama-; quité la ropa del tendedero aunque los pantalones los dejé aireando en mi habitación.

Nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; ya era tarde y no se veía mucha actividad solar; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado a mitad del camino; en donde compramos un poco de lechuga y algunos bananos.

El martes no pasó casi nada; especialmente en el trabajo: era el día de una de las celebraciones más importantes para los seguidores del Islam -como mi ahijado profesional número 2-; mi supervisor en el Imperio del Norte -que es paquistaní- y varios otros habían pedido el día libre.

Aunque sí hubo algo a resaltar: la semana anterior habían programado una reunión general con todo el personal que labora en la parte del negocio que la empresa acordó vender -antes de fin de año- a un gran conglomerado canadiense.

Yo esperaba un poco más de información -aunque el PM me había comentado que no creía que fueran a ampliar mucho- pero, la verdad, es que fue muy poco lo que aclararon: una persona -me parece que francesa- se puso a explicar generalidades de lo que pasará -o esperan que pase-; básicamente lo que habían dicho en la comunicación por escrito.

Y, es más, ni siquiera recibieron preguntas 'en vivo' aunque había una parte de Q&A; nomás mostraron una dirección de correo durante la presentación y dijeron que las dudas debían ser enviadas allí y esperar una respuesta diferida. 

Por la noche -muy tarde- me recordé de enviarle un mensaje alusivo al EID a mi ahijado -a mi supervisor le escribí en la aplicación de mensajes que usamos en el trabajo-; por la tarde -luego del horario laboral-  caminamos con Rb hacia los supermercados en dirección Sur.

Como ahora Rb consume un poco más de huevos diariamente debíamos reponer nuestra provisión; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino a comprar un cartón de huevos; también un poco de bananos.

Al mediodía había comprado en la tienda de la esquina -se suponía que lo haría en la caminata con los perros, pero olvidé mi bileltera- una enorme zanahoria -de más de una libra, por menos de medio dólar-; la cual esperábamos utilizar en la ensalada de los almuerzos de esos días.

La misma me sirvió para la ensalada del martes, la ensalada del miércoles y la preparación del pastel -que esperaba que fuera el último de la temporada- que había estado preparando todos los miércoles por la noche.

El miércoles, bastante temprano, recibí un mensaje de vuelta por la felicitación de Eid; la verdad no sé qué tan importante sea la celebración en esta parte del mundo, donde la comunidad musulmana es apenas perceptible.

Y el día estuvo, igual que el anterior, bastante tranquilo: tanto mi supervisor en el Imperio del Norte como la otra analista que trabaja a su lado estaban en las instalaciones del cliente principal, por lo que no hubo mucho control sobre las actividades en curso.

También el analista más brillante del equipo estuvo de vacaciones -me había comentado un par de días antes que se iba a ausentar (y agregó esa información en el calendario)-; como Rb tenía clase de Teología y yo tenía que atender el segundo módulo del curso  de educación ecológica en el que me inscribí, salimos a caminar a las cuatro y media.

Nos dirigimos en esta ocasión a los supermercados en dirección Norte; en el supermercado del comercial en el extremo del boulevard compramos una pequeña red de aguacates; luego retornamos a casa.

A las seis entré a la clase de educación ecológica; pero casi no estuve en la misma: la puse en mute y me dediqué a preparar la última versión de paste que había previsto: tres yemas, una clara, dos tazas de avena (molida) y ciento veinte gramos de zanahoria.

Rb también entró en su clase de teología y estuvo durante la mayor parte del tiempo participando con sus compañeros teólogos; al final -creo- les enviaron la evaluación final del módulo -me parece que tiene pendientes otros dos, antes de graduarse-.

El jueves me levanté a las siete y veintidós: desde la noche anterior había previsto que me levantaría un poco más tarde; era mi segundo día de vacaciones en el mes y había previsto la evaluación oftálmica después de la Iridotomia periférica.

Después de meditar hice algunas lecciones de Duolingo y luego tomé una ducha; a continuación me preparé el desayuno; la cita en el hospital oftalmológico era a las once, pero quería llegar temprano -quizá un poco después de las diez de la mañana-.

Pero no salí tan temprano porque quería ayudar a Rb a configurar su computadora: para que pudiera completar la entrevista que había agendado un par de semanas antes, en el sitio en el que está trabajando mi hija mayor como traductora.

Entonces, después de desayunar, instalé la cámar web que me prestó mi amigo de la facultad, le presté mi headset y comprobamos que la conexión alámbrica a internet estaba funcionando correctamente -realizamos una llamada de prueba-.

A las nueve y media Rb se conectó a la reunión de la entrevista y yo me despedí, para dirigirme al hospital; caminé hasta el extremo norte del boulevard y abordé un autobus intermunicipal; el cual me dejó en el periférico -justo al otro lado del hospital-.

Y allí se descontroló todo: primero pregunté en la recepción más exterior del hospital y me enviaron a pagar por la consulta oftalmológica -diez dólares- luego me indicaron que tenía que pasar a recepción de admisión.

Allí me indicaron que me evaluarían en la clínica de admisión -la recepcionista se veía bastante joven en inexperta-; le comenté que ya había llegado a esa clínica, que ya me habían realizado un procedimiento laser y que, en esa clínica, me habían indicado que ya me tocaba otra.

Ella se desentendió; pero le preguntó a otra recepcionista -esta, más anciana-; le expliqué lo mismo -la verdad es que me alteré- y ella me dijo que iba a solicitar mi expediente y que tenía que esperar; lo que hice hasta las once.

A esa hora me enviaron a una clínica de 'segmento'; la cual estaba atestada; llegué al lugar y la persona a cargo me indicó que tenía que brindar mi carnet en la recepción; la recepcionista me envió a esperar en las sillas del lugar -eran cuarenta o cincuenta y nomás una o dos estaban vacías-.

Estuve esperando por casi una hora; al cabo del cual llegó la misma recepcionista anciana y me llevó a la clínica inicial -otra vez-, comentando que en la que estaba tenía el lugar cuarenta o algo así; la verdad es que nomás sonreí y acepté mi destino.

Continué esperando en la clínica inicial otro rato; hasta que una -diferente- residente me dió ingreso a la misma; allí me hizo más o menos los mismos exámenes que me habían hecho un mes antes; y me comentó que tenía cataratas.

Pero que las mismas aún no estaban en una etapa operable, que lo mejor sería que volviera para revisión un año más tarde, para ver la evolución de las mismas; luego de eso me aplicó gotas para expandir las pupilas y me sacó, nuevamente, a la sala de espera.

A las doce y media me escribió el compañero de la facultad que había reencontrado en el veinticinco aniversario de ser colegiados activos: habíamos quedado en reunirnos a la una menos cuarto -tenía una reunión a las dos menos cuarto-; y ya casi había aceptado que no llegaría a tiempo -de hecho le iba a decir que canceláramos-.

Le expliqué la situación y me respondió que nomás le avisara cuando fuera a salir; continué esperando; un rato después volví a entrar a la clínica, en donde me recosté en una silla reclinable; y la residente me hizo un examen bastante completo de los globos.

El examen fue mucho más intenso que los del mes anterior: con una lámpara revisó doce o quince posiciones diferentes en el globo ocular; en ambos ojos, utilizando una lámpara bastante brillante; al final concluyó que todo bien.

Entonces le envié un mensaje a mi amigo, comentándole que ya estaba saliendo; y pedí un Uber moto -apenas un dolar y cuarto-; pero al salir a la calle sentí bastantes molestias por el sol -Rb me había comentado que podía esperar eso-.

Estaba tan incómodo que tuve que cruzar la calle para esperara bajo la sombra de un arbusto; el motorista llegó un poco más tarde y el viaje duró menos de diez minutos; aún así llegué al tercer nivel -aún tuve que pasar al cajero automático pues me había quedado sin efectivo y le había pedido una transferencia en línea a Rb- después de la una y media.

Utilicé el elevador para llegar al tercer nivel -aún estaba sintiéndome incómodo de la visión-; mi amigo estaba esperando pacientemente; le agradecí por su comprensión y lo invité a almorzar: se decantó por un lugar con un buffet de almuerzos.

El platillo consistía en una especie de Chop-Suey y tres guarniciones -a elegir-; pedí un arroz oscuro, un poco de coditos con mayonesa y un poco de verduras cocidas -coliflor y algún otro vegetal-.

Como es una plaza con muchos restaurantes -y mesas- nos acomodamos en una mesa vacía y almorzamos -y conversamos- por casi una hora: mi amigo se jubilará del gobierno en un par de meses; aunque seguirá trabajando en el mismo lugar -pero en otro renglón administrativo-.

Además ha estado dando clases en una universidad privada desde unos años antes; la verdad me cuesta empatizar con algunas personas -no sé si sea por el catolicismo pero es bastante  (o al menos lo percibo) autocrítico-; un poco después de las dos y media me comentó que tenía que volver a la oficina.

Nos despedimos en el primer nivel del comercial -la plaza multirestaurante se encuentra en el tercero-; pero luego retorné al nivel más alto pues no quería abordar el busito de vuelta a casa sin haber pasado a los servicios sanitarios.

Después de utilizar los baños del comercial bajé al sótano del edificio, y salí a abordar el próximo busito que se dirigía al boulevard junto al cual se encuentra la casa de Rb; por alguna razón el tránsito estaba bastante pesado; así que el viaje tardó un poco más de lo ordinario.

Incluso recibí una llamada de Rb cuando aún estaba en el boulevard principal -aunque ya casi estábamos pro entrar al boulevard junto al cual vivimos-; cuando entré a la calle aún estaba viendo bastante reflejos de luz; pero ví que Rb salió a recibirme casi al inicio de la cuadra.

En la tarde estuve leyendo un poco; además ví que mi supervisora local se había reincorporado a las labores -había estado en su período post parto y tenía la idea de que volvería hasta el mes de junio-; aún le preparé el té vespertino a Rb.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; pasamos a ver si había de un tipo de pollo en el más alejado, pero no  encontramos lo que buscábamos; en el otro compramos tres tipos de lechuga, un poco de mollejas y unas piernas de pollo.

Y en la panadería de la vuelta compré el pan para los desayunos de los tres días siguientes: la cuenta fue un poco más elevada que des costumbre -un dólar- porque compré cubiletes para los tres días -además, Rb me había comprado un mango, en sus compras matutinas-.

Por la noche estuve leyendo el libro de una psicóloga chilena  sobre el envejecimiento -bajé el libro luego de ver un par de sus conferencias (incluyendo Aprendemos Juntos de BBVA) en Youtube-; también ví un capítulo de Criminal Record.

Y a ver cómo sigue eso... 

jueves, 21 de mayo de 2026

A donde vayas, allí estás... Wherever you go, there you are... Où tu vas, tu es...

El viernes le comentaba a Rb -y no por primera vez- que, a pesar de que me encanta leer, me es difícil con los libros 'serios'; y dos ejemplos muy gráficos: La República; se supone que es la cúspide de la literatura griega; creo que nomás leí un capítulo del libro hace varias décadas.

Y lo mismo, casi, me pasó con La Divina Comedia; este libro recuerdo que me lo prestó un compañero de inducción en el primer call center a donde entré a trabajar -al training nomás, realmente- después de retornar del Imperio; y leí dos o tres páginas y se lo devolví.

El Lobo Estepario lo leí -literalmente- como en veinte años; o sea, la primera parte la leí en poco tiempo; pero la segunda parte no pude completarla hasta mucho mucho tiempo después; y eso porque me había metido a un círculo de lectura.

Misma historia con El Gran Gatsby; en varias ocasiones lo saqué de diferentes bibliotecas; y si no es por el mismo círculo de lectura, creo que nunca lo hubiera terminado; no sé realmente cuál sea la razón, pero ha sido, más o menos, una constante en mi vida.

Y quizá pasa lo mismo con el libro del título de este texto: es, creo, uno de los clásicos del movimiento de la atención plena -mindfulness- y lo he tenido en mi lista de pendientes por casi veinte años; pero, por alguna razón, nunca lo empezaba.

Hast ahora que reinicié la lectura en paralelo; después de terminar el anterior libro en español empecé con el de la activista mejicana; pero también abrí otro en español (de una psicóloga chilena) y varios en inglés; entre estos últimos está Wherever you go, there you are; espero que sí.

Y a ver cómo va eso. 

El sábado me desperté a las seis y media; pero no me quise levantar, por alguna razón -estuve teniendo sueños bien raros, con mi hermano menor: se había separado de su esposa y estaba buscando un trabajo en la ciudad (tengo más de cinco años de no hablar con él)- nomás desconecté la alarma y me quedé dormitando en la cama.

Hasta las ocho menos cuarto -o algo así-, cuando escuché que Rb salió de su habitación; salí un momento a saludarla -y a pasar al baño- y luego retorné a mi habitación, a completar los veinticinco minutos de meditación.

Después de meditar volví a salir de la habitación pues quería desinfectar hojas de lechuga, para el almuerzo que esperaba preparar para compartir con mi hijo menor; separé dos hojas de tres diferentes tipos (morada, verde y romana), los sumergí en dos litros de agua con treinta gotas de desinfectante; luego lo dejé en reposo.

Aproveché el tiempo de espera -puse veinticinco minutos en el timer del celular- para completar algunas lecciones de ajedrez en Duolingo -varias partidas- y, cuando sonó la alarma drené el agua de las verduras -también había sumergido una zanahoria y un pepino- y las enjuagué con agua del ecofiltro.

Después me puse a actualizar mis notas -incluída esta- y a revisar -algunos de- los procedimientos automáticos que había estado corriendo el día anterior en la computadora remota del trabajo. 

Desayuné un poco después de las diez y después me puse a preparar las dos ensaladas del almuerzo; eso me llevó un buen tiempo; a las once empecé a preparar los rollitos de pollo: los sumergí en huevo y luego los pasé por harina de coco y hojuelas de avena.

Los sellé por dos lados, luego bajé el fuego y los dejé cocinando por quince minutos; después de voltearlos saqué -con Rb- a caminar a los perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué los rollitos del fuego y los coloqué -sobre unas servilletas absorbentes- en un recipiente hermético.

A continuación me metí a la ducha -últimamente pongo un video de música clásica en la tablet, para amenizar el baño-; después de vestirme preparé la mochila con aisltante térmico: metí dos coquitas, las dos ensaladas, un par de platos, dos gelatinas que me habían sobrado de los desayunos; y los rollitos de pollo -también dos bolsitas de aderezo-.

Salí de casa un poco después de las doce del mediodía; el tránsito en el boulevard estaba bastante tranquilo; el único embotellamiento que encontré es el que se forma al entrar al boulevard principal; pero no estuvo muy tardado el paso por el lugar.

La ciudad fue otra historia: casi desde la entrada la cola era permanente; me costó entrar al periférico -por el transporte pesado que baja a la vía que sale de la ciudad a los puertos en el Sur-; e incluso la vía principal, al lado de la cual viven mis hijos, estaba bastante llena. 

Pero, finalmente, llegué al edificio donde viven mis hijos unos diez minutos antes de la una; y me sorprendí de ver una bicicleta -eléctrica- encadenada al lado de la persiana del parqueo -dudé sobre si era de alguno de mis hijos, o si alguien nomás había ocupado el lugar.

Subí caminando los siete niveles y, dentro del departamento de mis hijos, me instalé en la sala; le envié un mensaje a mi hijo menor y me puse a jugar una partida de ajedrez; mi hijo se presentó bastante rápido, y le comenté lo que había visto en el parqueo.

Se ofreció a preguntar a sus hermanas y les envió un mensaje en un grupo de whatsapp por el que se comunican; y, efectivamente, la bicicleta pertenece a mi hija mediana -debí haberlo sospechado-; bajamos aún a ver si podría salir -me había quedado bien pegado-, pero comprobamos que había suficiente espacio -y salimos por la persiana-.

Nos dirigimos al parque temático -el sol no estaba muy fuerte y caminamos a buen paso-; a donde llegamos sin mucha dificultad; lo difícil fue encontrar en donde almorzar: los dos lugares techados, que proveen mesas, estaban ocupados por alguna empresa.

Entonces buscamos un lugar en el área verde -bajo los árboles-; afortunadamente encontramos un sitio con una inclinación no muy pronunciada; almorzamos en el lugar y luego tuvimos una extensa partida de Scrabble (tuve suerte: dos plenas).

Después del almuerzo le propuse a mi hijo que nos subiéramos a la rueda de Chicago y nos dirigimos hacia el juego mecánico; la cola no estaba muy extensa y no nos tomó mucho tiempo completar la vueltas que da la estructura en cada ciclo.

Después de la rueda de Chicago le propuse a mi hijo que retornáramos a su casa; había planeado que probáramos el doblaje de un gato en origami; y sospechaba que nos llevaría cerca de una hora el experimento; así que nos dirigimos a la salida del lugar.

El camino de retorno fue más agradable que el de ida: la pendiente va en descenso y ya no había ningún indicio de luz solar directa -era un poco antes de las cuatro-; llegamos al edificio y subimos al séptimo nivel; en donde entramos al departamento y nos acomodámos en la sala.

Empezamos a armar el segundo modelo de gato de origami que he conseguido este año; además aprovechamos para conversar sobre diversos temas cotidianos; un poco más tarde se nos unió mi hija mayor: nos comentó que acababa de terminar de trabajar.

Y estuvo con nosotros por un buen rato; yo les compartí la idea en la que había estado meditando los días anteriores: ¿cómo preparar un potluck con las restricciones de comida -mi hijo menor está tomando metformina- o preferencias de comida -mi hija mayor usualmente anda haciendo una dieta keto-?; y creo que realizamos un buen análisis de la situación.

Mi hija se despidió un poco más tarde y continuamos con el tercer -o cuarto- paso del gato; pero me dí cuenta que ya solo faltaba un minuto para las cinco -la hora a la que habíamos acordado despedirnos-; entonces procedimos al último abrazo del día;

Ya había salido del departamento cuando me dije que debía aprovechar para despedirme de mi hija mayor -de mi hija mediana no, porque (creo) estaba trabajando-; entonces volví a entrar y toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor.

Ella salió y me ofreció acompañarme hasta el estacionamiento -usualmente lo hace-; cuando estaba a punto de abordar la van me comentó que andaba con dificultades de dinero y me pidió prestados veinte dólares -le ofrecí más, pero se negó-.

Nos depedimos luego de mi respuesta afirmativa e inicié el viaje de vuelta; estaba pensando que quería retornar a casa lo más pronto posible para proponerle a Rb -ella estaba en su clase de alfabetización en la iglesia- ir a encontrarla en el camino -se había negado (más temprano) a que fuera por ella en el auto-.

El tránsito en la ruta de vuelta no estuvo tan pesado como en la ida; vine a casa, saqué a los perros al patio y le escribí a Rb; ella estuvo de acuerdo (aún estaba en clase) y, luego de entrar a los perros, me vestí y empecé a caminar.

La encontré casi a la mitad del camino -o más de la mitad, de mi parte-: cerca de la gasolinera a la que subimos caminando cuando queremos extender nuestro tiempo en el exterior; y reiniciamos el camino de regreso a casa.

El domingo me levanté a las cuatro y media de la mañana; medité durante veinticinco minutos y luego me metí a la ducha; después de vestirme encendí mi computadora personal y ví cómo estaba la situación en Uber: me es más fácil revisar los viajes allí que en el celular.

A las cinco y cuarto ordené un viaje -menos de dos dólares- hasta la ruta interamericana; entonces entré en la habitación de Rb y me despedí -la noche anterior había dejado preparada la maceta (decorada) en una bolsa de mercado-; luego salí al boulevard a esperar la motocicleta.

Estuve en el boulevard durante casi diez minutos esperando por el viaje; finalmente llegó mi transporte; le indiqué el código proporcionado por Uber y me subí al asiento trasero; llevaba la mochila regular -con varios cubos de Rubik- y, en la mano derecha, la bolsa de supermercado con la maceta.

Había metido los anteojos en su estuche y este en la mochila -temía perderlo en el viaje- por lo que mantuve los ojos cerrados la mayor parte del camino; el viaje se realizó sin dificultades y, alrededor de las seis menos veinte- ya estaba esperando el autobús a la ciudad colonial.

No tardó en pasar una unidad -bien vacía, afortunadamente, que abordé y en la cual encontré un asiento completamente vacío; acomodé las dos mochilas y traté de relajarme; el autobus se tardó menos de una hora en llegar a la ciudad colonial y, cuando entramos en sus calles empedradas, levanté la maceta del asiento, para protegerla.

Al final llegamos a la estación final -la vuelta a la ciudad es algo tardada- veinte minutos antes de las siete; me bajé con cuidado del autobús y empecé a buscar un lugar en donde pudiera desarmar -y deshacerme de- la caja en la cual iba empacada la maleta.

Recorrí el centro comercial que se encuentra frente al mercado central que se encuentra frente a la estación de autobuses; pero no encontré ningún lugar adecuado: la mayor parte de negocios empezaban a abrir sus puertas; y había varios indigentes en el lugar.

Caminé en la otra dirección y encontré una banca vacía frente a una iglesia, a la salida de la ciudad; me acomodé en la banca, desarmé la caja y comprobé que la maceta -y la planta- siguieran en buenas condiciones; luego boté la caja -y el duroport que había servido de protección- en un tonel de basura, a un costado del lugar.

Entonces empecé a caminar hacia el restaurante en donde se celebraría el cumpleaños -cincuenta y tres- de nuestra editora; el día anterior había consultado Google maps y tenía muy clara la ruta: eran nomás dos o tres calles de distancia; llegué al lugar faltando un minuto para las siete.

La anfitriona del lugar vió la maceta decorada y dedujo que iba al cumpleaños; indicándome las mesas -tres- en las que se iba a realizar la reunión; mi editora estaba con su esposo en la mesa del centro, con su tío, su padre, y la pareja de este último; me indicó que me sentara a la par de su esposo y ella empezó a recibir a los invitados.

Al final se llenaron las tres mesas -eramos cási veinte personas- y estuvimos allí durante las siguientes tres horas; las cuales pasé -en su mayoría- conversando con el esposo de mi editora: es pediatra -jubilado- y ha tenido una vida muy poco prosáica.

Mi editora pasó la mayor parte del tiempo en la mesa del frente; con un par de tías, un tío y varios primos; en la mesa opuesta se habían instalado dos -o tres- familias completas: papás y varios niños (algunos que emitían sonidos bastante desagradables).

Hubo varias rondas de fotos y yo le envié un par de mensajes a Rb -había pedido acceso al wifi del lugar- para comentarle cómo se iba desarrollando el evento -incluyendo fotos de la comida (buffet) y de la mesa de regalos-.

Casi al final de la reunión una de las tías de mi editora se levantó y pronunció un corto -pero emotivo- discurso, por la ocasión; el cual terminó pidiendo que cantáramos 'Feliz Cupleaños' -un poco antes los meseros habían llegado a cantarle a la cumpleañera, dándole una porción de pastel-.

A las diez la agasajada pidió que la acompañáramos a la calle del Arco -un lugar bastante popular para registrar la visita a la ciudad- y empezamos a caminar hacia el sitio; yo salí casi en el acto y acompañé al papá de mi editora -quien está utilizando andador- y a su pareja.

Pero llegamos bastante rápido al lugar -cuatro o cinco calles de distancia-; igual tuvimos que esperar bastante tiempo porque el esposo de mi editora -y algún otro invitado- habían llevado los regalos al automóvil.

Total que ya era cerca de las once de la mañana cuando se pudieron organizar para un par de fotografías bajo el arco; faltaban como cinco minutos cuando le indiqué a mi editora que me retiraría y me despedí de ella -y su esposo-.

Caminé algo apurado las cuatro o cinco calles que me separaban de la ruta de los buses hacia la ciudad y no tardé en abordar el próximo que pasaba; le envié un mensaje a Rb comentándole que iniciaba mi retorno.

El bus realizó el recorrido bastante rápido: unos cuarenta minutos después estaba apeándome, muy cerca del lugar en donde abordé la unidad en la madrugada; y caminé hasta donde los busitos municipales espran pasaje.

Al final del trayecto me apeé de esta unidad e inicié la caminata final hasta la casa de Rb; mi idea era venir antes de las doce y media, para realizar la caminata de los perros grandes; vine a las doce y veinte, pero ví que Rb estaba caminando con su perro.

La acompañé los últimos metros y me comentó que había sacado antes a la perra más pesada; entonces nos pusimos a preparar el almuerzo; después de preparar -y consumir- el almuerzo me metí a la cocina a lavar los trastos del día.

Rb debía ir a su iglesia después del almuerzo y había decidido que se iría caminando -o en bus- pero empezó a llover -no muy fuerte, pero si constante-; entonces le indiqué que lo mejor era que la llevara en la van -además, quería pasar a calibrar la llanta trasera del lado del piloto: el día anterior me había percatado que estaba bastante baja-.

Aceptó el plan y sacamos la van; nos metimos en la primera gasolinera y le puse doce dólares de gasolina; además pedí que calibraran las cuatro llantas -treinta y cinco psi-; después continuamos el viaje hacia la iglesia; a donde Rb no quiso que llegara: me pidió que la dejara en el comercial más cercano a la misma.

Eso me ahorró tener que entrar un par de calles -y luego reincorporarme al tráfico-; la dejé en donde me había pedido, e inicié el retorno a casa; en donde tuve una tarde muy ocupada: Rb me había pedido que pelara y partiera en cubo seis güisquiles; además que cubicara tres zanahorias.

Estas dos verduras las debía poner a hervir durante diez minutos y luego drenar el agua; además debía partir en cuadritos un gran chile pimiento; y completar las tareas me llevó un buen tiempo; de todos modos, cuando terminé, le escribí a Rb para que me avisara antes de salir de la iglesia, quería ir a encontrarla en el camino.

Un poco después de las cinco mi vestí y salí al encuentro de Rb; llegué casi a la misma altura que el día anterior; y, luego de saludarnos, reiniciamos el camino de vuelta a casa; por la noche estuve leyendo un poco de N'essuie jamais de larmes sans gants; pero no me convencí de continuarlo. 

Cuando entramos de la caminata me encerré en la habitación a hacer más de media hora de lecciones de Duolingo -no logro sobrepasar el ELO de mil cuatrocientos- y me sentía cansado física y anímicamente; además habíamos acordado lavar el ecofiltro ese día.

La verdad es que el filtro de barro se veía bastante sucio en su superficie -como que el agua ha estado viniendo con más partículas-; por lo que, mientras Rb empezaba la preparación de los almuerzos semanales, yo empecé a desarmar el ecofiltro.

Después de desarmarlo me puse a tallar -con una esponja- la superficie interior del filtro de barro; mientras, Rb enjabonó el filtro -de acero inoxidable-, la tapa y el grifo de plástico; luego lo pusimos a secar.

Después de completar la preparación de los almuerzos; comprobar que las piezas del ecofiltro estuvieran secas y armarlo; y llenar el ecofiltro, me sentía bastante agotado; por lo que, un poco después de las nueve y media me despedí de Rb y entré a mi habitación, para meditar y dormir.

El lunes me levanté a las seis y media; no me quería levantar; por alguna razón mi nivel de ánimo había andado bastante bajo; medité y luego retorné a la cama a atender la primera reunión del día; nadie más del equipo entró a la reunión, la cual estuvo bastante corta.

Después de la reunión me quedé en la cama; empecé a hacer algunas lecciones de Duolingo pero hice casi lo mínimo; antes de la reunión de las nueve mi supervisor envió una convocatoria para otra reunión para las diez menos cuarto.

Me pasé dormitando hasta las nueve -pero con los audífonos puestos-; en la reunión de las nueve no hubo muchas novedades; con lo que nomás seguí acostado; pero un poco después uno de mis compañeros me escribió para que lo ayudara con algunas dudas.

Estuvimos intercambiando mensajes hasta después de la hora del inicio de la reunión de mi supervisor; yo no me percaté de la hora y me recordé hasta que mi supervisor me llamó; también mi compañero me escribió, comentándome que estaba preguntando por mí en la reunión. 

Entré a la reunión y escuché que el supervisor estaba anunciando -otra vez- que debíamos empezar a abrir la cámara durante las reuniones; como estaba completamente desnudo me levanté un momento, me puse una playera y volví a la reunión, abriendo la cámara.

La reunión se pareció mucho a las anteriores con mi supervisor: asignación de tareas, no muy claras, pero sí bastante cargantes; a mí, personalmente, no me asignaron nada específico, nomás colaborar en la prueba total de la liberación de la semana anterior.

Pero casi no avancé en esto; nomás puse a correr los cincuenta y seis escenarios automatizados que había estado preparando las semanas anteriores; a las doce menos cuarto hicimos la rutina de ejercicios con Rb -sentí el ciclo bastante pesado-.

Luego de guardar las pesas, en la habitación de la comida de los perros, sacamos a caminar a los dos perros grandes; después de entrarlos saqué a la perra más anciana al patio y puse a cocinar la media taza de arroz que Rb había lavado varias veces -para eliminar los carbohidratos, supuestamente-.

Además saqué la primera porción del pollo guisado que preparamos la noche anterior -con todas las verduras que corté por la tarde-; intenté colocarlo en la ollita que utilizamos normalmente para esto, pero no cupo el guisado; por lo que me tocó que pasarlo a un sartén grande; en donde lo puse a recalentar -con fuego muy bajo-.

El arroz tardó bastante en cocinarse -le había puesto fuego muy bajo luego de ver que emepzaba a hervir-; por lo que empezamos a almorzar casi a la una y cuarto; yo acompañé mi almuerzo con una galleta soda -y refresco de rosa de Jamaica (que Rb me ha estado preparando semanalmente, hasta que se agote la existencia actual)-.

Este día intenté una nueva rutina: no esperé a lavar los trastes antes de prepararme la taza de café de las tardes, sino que, luego de completar el almuerzo, preparé una taza de café, y la consumí con una porción del pastel de los miércoles (y un par de mitades de galletas).

Después del almuerzo intenté correr algunos escenarios de prueba; pero no avancé mucho -la verdad es que ya me está preocupando mi bajo nivel de acción en esta área-; después lavé los trastes.

Traté de no entrar a Youtube -creo que solo puse un video mientras lavaba los trastes- porque no quería ver ningún espoiler del último capítulo de The Boys -usualmente empiezan a subir comentarios desde que publican el trailer del capítulo-.

Rb me pidió que saliéramos a caminar a las cuatro, pues quería pasar a un salón de belleza en el comercial, para ver si podían cortarle el cabello; pero luego me pidió que saliéramos a las cuatro y media.

A esa hora me vestí, me puse la gorra del trabajo y salimos a caminar en dirección a los supermercados hacia el sur; no entramos en el más alejado, nomás llegamos hasta el extremo del boulevard; luego retornamos al supermercado de la mitad del camino.

Allí Rb compró cuatro libras de fajitas de pollo -y un poco de alitas de pollo, para su almuerzo del domingo-; también compramos un poco de bananos; al entrar al centro comercial Rb me indicó que el salón de belleza estaba cerrado.

Por la noche empecé a ver Mortal Kombat II pero, por ser un estreno reciente, no encontré ninguna buena versión en la página en la que, generalmente, veo este material; por lo que decidí bajarlo con un archivo torrent.

El martes -y el miércoles también- me quedé la mayor parte de la mañana en cama: la verdad no tenía ningún ánimo para levantarme; nomás medité, a las seis y media y retorné a la cama; en donde, después de hacer algunas lecciones de Duolingo, fui poniendo sucesivas alarmas hasta las nueve.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; la que no tuvo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno; se suponía que debía avanzar en las pruebas en el ciclo que nos encontrábamos, pero no hice mucho más que correr varias veces mi grupo de casos automatizados.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros grandes, ahora Rb está haciéndose cargo de la perra más pesada -ella siente que no la tiene que jalar tanto como yo-; también me pidió que no sacara a la perra más anciana; por lo que nomás entré a calentar el pollo guisado del día.

Como Rb está tratando de no consumir tanto arroz le preparé una ensalada; y calenté el tercio de la media taza que nos había sobrado del día anterior; después del almuerzo -mientras Rb terminaba el suyo- me preparé una taza de café.

Se suponía que no tendríamos una reunión que el supervisor había programado durante toda la semana -para revisar avances en las tareas en curso-: él debía acudir al sitio de uno de nuestros clientes principales; pero sí, al final nos llamó desde el parqueo del lugar y tuvimos una reunión super rara. 

Un poco más tarde, después de haber lavado los trastes, le preparé un té de manzanilla a Rb; por la tarde estuve avanzando un poco en varios de los libros que llevaba a medias; quedándome el último ciclo de Medea, y un par de Trucos y Tretas para vivir mejor.

Un poco antes de la cinco salimos a caminar en dirección a los mercados en el sur; lo interesante fue que casi al mismo tiempo salió la vecina -con la que Rb ha estado compartiendo las clases de zuma-; y nos acompañó en casi todo el camino de bajada.

Coincidentemente iba hacia una farmacia que se encuentra en el extremo del boulevard -yo quería pasar a otra farmacia cerca del lugar, pues ya casi no tenía bicarbonato de sodio-; nos despedimos de la vecina en el extremo y cada uno nos dirigimos a una farmacia diferente.

En el camino de vuelta pasamos al supermercado que queda a medio camino; en donde compramos un poco de bananos; además, Rb pasó al salón de belleza, pero le dijeron que ya era muy tarde, y le dieron cita para las once de la mañana del siguiente día.

Por la noche estuve viendo la segunda parte de Mortal Kombat II, además, empecé a leer el último libro de Petit Nicolas que había conseguido; también me dí cuenta de que era el penúltimo día de aplicarme las gotas que me prescribieron el jueves anterior -y el bote casi no tenía líquido-.

El miércoles me desperté a las seis y media; me costó completar el ciclo de meditación y luego encendí la computadora del trabajo; pero me encontré con que acababan de cancelar la reunión: tanto mi supervisor, como su compañera de fórmula, estaban en el sitio del cliente, por lo que no hubo quorum; también habían cancelado la reunión de la tarde.

Como aún eran las siete, me volví a enchamarrar y continué dormitando durante las siguientes dos horas; a las nueve entré a la segunda reunión; y fui el único del equipo en entrar; básicamente todos los desarrollares presentaron sus avances.

Después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno de los miércoles; y me quedé trabajando en la mesa del comedor; aunque, al igual que los días anteriores, fue muy poco lo que avancé -y me preocupaba que mi productividad estaba disminuyendo notablemente-.

A las diez y media completamos, con Rb, la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; no sé a qué se debe -¿la edad? ¿el ayuno intermitente?- pero los días anteriores había estado experimentando dolor en los huesos, especialmente en las caderas, especialmente mientras retornaba de la caminata de la tarde.

Pero no tuve muchas dificultades en completar la media hora de ejercicios, luego de la cual, me metí al baño y tomé una ducha; mientras, Rb se dirigió al salón de belleza al corte de pelo que había reservado el día anterior.

Como ya no teníamos arroz preparado puse a cocinar media taza del mismo -después de que Rb lo lavara, para minimizar el contenido de carbohidratos-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes; después de entrar -otra vez no saqué a la más anciana- puse a calentar el guisado de pollo.

A continuación del almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí con dos mitades de galletas diferentes; y la última octava parte del pastel de la semana anterior; después me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado.

Una gran parte de la tarde me la pasé en la habitación; jugando algunas partidas de ajedrez y leyendo un poco de Histoires Inédites du Petit Nicolas; pero cuando salí de la habitación -un poco después de las tres y media- me dí cuenta que mi supervisor me había estado llamando.

La verdad no me esperaba la convocatoria a reunión -él había cancelado más temprano la misma-; pero ví que mis compañeros habían entrado -más de una hora antes- y que aún uno de ellos se encontraba reunido con el supervisor.

Entonces me uní a la llamada -excusándome con que estaba trabajando en el servidor remoto y por eso no había visto la convocatoria-; y me percaté que el supervisor y el compañero estaban trabajando en algunas tareas específicas; pero igual, el supervisor me pidió una actualización del trabajo.

Y le indiqué que estaba casi por concluir -se suponía que debíamos terminar el día siguiente- y que nomás debía coordinar con el analista en el Imperio del Norte para completar la última serie de pruebas que tenía pendiente; y me quedé viendo cómo completaban la reunión en curso.

Afortunadamente terminaron a las cuatro; pues, debido a una clase de un diplomado en educación ambiental, debía estar de regreso de la caminata vespertina antes de las seis -Rb también tenía su clase de teología a las seis y media-.

Entonces, un poco después de las cuatro, nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo quería ver si habían paquetes de frijoles rojos en la tienda verde de descuentos -invité a mi amigo voluntario a venir a desayunar a mediados de Junio-.

Pero antes de salir pasé a ver cómo estaba de baja la llanta trasera del lado del copiloto -el domingo la había calibrado pero, tanto el lunes como el martes, había visto que se estaba desinflando-; y, efectivamente, estaba más baja; entonces le comenté a Rb que la llevaría a repararla al retornar de la caminata.

Traté de no pensar mucho en eso en el camino -al inicio estuve tratando de barajar horas porque mi clase empezaba a las seis-; no encontré de los frijoles rojos en la tienda verde de descuentos; y en el supermercado estaban bien caros; por lo que nomás compré cuatro paquetes, de catorce onzas cada uno, de frijoles negros volteados.

Después retornamos a casa; ya eran casi las cinco y cuarto y había planeado pasar primero a la misma gasolinera que el domingo, para que le pusieran un poco de aire a la llanta; pero cuando detuve el auto en la garita me dí cuenta que no estaba tan tan baja; por lo que decidí conducir directamente al pinchazo.

Afortunadamente -y a persar de la hora- el tránsito estaba bastante ligero; no encontré embotellamiento en ninguna parte del boulevard; excepto en el extremo sur -cerca de allí está el pinchazo al que había acudido en un par de ocasiones anteriores-; y tampoco había ningún otro vehículo.

El joven a cargo del taller -bastante familiar en su interacción personal- desinstaló la llanta -tuve dificultades encontrando la corona que el modelo utiliza para asegurar uno de los tornillos- y procedió a extraer un tornillo bastante grande que se había incrustado en la llanta.

Sacó el tornillo con un alicate, y colocó uno de los tarugos que ahora utilizan para este tipo de reparaciones; también aproveché para revisar el aire de la llanta de repuesto -es una dona, pero, a diferencia del auto anterior, en muy buenas condiciones-; después de cancelar por el trabajo -tres dólares y medio- retorné a casa.

Vine aún con diez minutos de anticipación y Rb me recordó que no había comprado zanahorias -era el día de preparación de pastel de avena y zanahoria-; por lo que me dirigí a la tienda de la esquina, en la que me vendieron una enorme zanahoria por medio dólar.

Cuando entré procedí a ingrear a la reunión en Teams en la cual recibiríamos la primera clase del diplomado; y ya estaba la instructora y un par de estudiantes; al final entramos casi doscientas personas; y la clase no me pareció nada atractiva: demasiado anecdótica.

Por lo que me puse los audífonos con bluethoot y completé las lecciones de Duolingo de la noche; también empecé a preparar los ingredientes para el pastel de los miércoles; el cual fuí integrando poco a poco; al final puse en el fuego la mezcla y lo dejé en el sartén por casi media hora; luego lo volteé y lo dejé quince minutos adicionales.

La clase siguió y estuve escuchando algo del contenido -es medio ambiente, pero empezó la inscructora con la historia de su vida, por aquello de la identidad personal y esas cosas-; casi a las ocho de la noche envió el link para anotar la asistencia y, luego de completarla, abandoné la reunión; aún me dió tiempo de ver un poco de Mortal Kombat II.

El jueves me había hecho el firme propósito -y lo cumplí- de no quedarme dormitando en la cama después de la reunión de las siete: el día anterior el supervisor nos había conminado a terminar el ciclo de pruebas antes de finalizar la jornada; me faltaba bastante, pero, especialmente, una tarea que debo coordinar con un analista en el Imperio del Norte.

Entonces, cuando sonó la alarma a las seis y media, me levanté a meditar y luego, en vez de meterme a las sábanas para esperar la reunión de las siete, jalé la computadora y me senté en el piso, al lado de la cama; encendí la portátil y entré a la aplicación en la cual nos reunimos.

Pero ví un comentario que había enviado el organizador un poco antes: no habría reunión porque el supervisor de mi área -y su compañera- estaban ese día en las oficinas del cliente principal; me quedé un rato en el mismo lugar hasta -las siete y media- que oí que Rb andaba fuera de su habitación.

Entonces moví mis dos computadoras a la mesa del comedor y continué allí con la sesión del trabajo; le había escrito un poco antes al analista en el Imperio, pero aún no me había respondido; me escribió a las ocho, comentándome que estaba ocupado y que le diera tiempo.

Me ocupé en seguida con algunas tareas secundarias que podía completar -lo que tenía que hacer en conjunto debía ser coordinado; un poco después de las nueve (ya había pasado la segunda reunión de la mañana) el compañero me notificó que estaba disponible y mantuvimos una reunión virtual por un poco más de una hora.

Y es que, a las diez menos cuarto, nuestro supervisor había programado la reunión diaria para revisar el avance en la tarea en la que habíamos estado trabajando toda la semana; a la misma debíamos ingresar ambos -junto con los analistas locales y en el Imperio-; y esta reunión tardó apenas media hora, porque tocaba la que el jefe de mi supervisor estableció para los jueves cada dos semanas.

En la reunión con el supervisor no hubo muchas novedades; yo indiqué que no había encontrado ningún problema para reportar; dos de mis compañeros locales sí habían encontrado varios errores en la aplicación; y en la otra reunión nomás fuimos interrogados de forma grupal sobre los avances, mismos comentarios.

Al menos la segunda reunión no estuvo muy extensa; por lo que pude seguir trabajando con los pendientes que aún tenía; y en la primera el supervisor nos amenazó con otra reunión para el final de la tarde (cuatro en punto, hora local); lo que me molestó un poco porque por haber entrado a las siete, esperaba retirarme a esa hora.

Pero preferí no mencionar nada; al menos públicamente; Rb acudió a comprar algunas verduras a la tienda del otro lado del boulevard y retornó con una cuenta de más de veinte dólares; aunque casi la mitad correspondía a sus frutas semanales -me compró, eso sí, un mango de muy buen aspecto-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; lo que no estuvo muy sencillo porque justo a esa hora entró el camión del servicio de recolección de basura; y la perra más pesada le tiene una animadversión especial al personal del servicio; y, como ahora Rb se encarga de esta, tuve que estar al pendiente que no se descontrolara.

Después de entrar con los perros puse a calentar la última porción de pollo guisado; además dividí los últimos dos tercios de la taza de arroz que había cocinado el día anterior; lo que acompañamos con medio aguacate y -en mi caso- fresco de rosa de jamaica -y también el café con galletas y pastel de avena y zanahoria-.

Después del almuerzo terminé de actualizar la herramienta en la que reportamos los avances en las tareas asignadas -además tuve que reportar dos irregularidades que encontré en la aplicación; aunque sospecho que ninguna de las dos es reproducible-.

Luego estuve esperando la hora de la reunión de las cuatro; en el ínterin estuve conversando con mi amigo más creativo; a quien están tratando muy mal en su trabajo: lo reunieron con Recursos Humanos y, literalmente, le pidieron que reuniara o que sería despedido.

Incluso me envió una imágen de una carta de despedida -del área de recursos humanos-; la cual no fue aceptada por su jefe inmediato; y, al parecer, todo el proceso lo tenía bastante intranquilo; mi consejo: no reunciar; aguantar lo que se pueda y, de ser despedido, buscar una buena compensación.

A media tarde lavé los trastos que se habían acumulado en el día; también pelé y troceé la papaya que Rb había comprado por la mañana -y el mango que me había traído-; después le preparé un té de manzanilla. 

Un poco después de las cuatro, mientras conversaba con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre, entró un correo de nuestro nuevo CEO -tiene cinco o seis meses en el cargo- anunciando que la empresa se estaba desprendiendo -vendiendo a otra compañía- el departamento en el cual trabajamos.

La nota estaba rara: de toda el área nomás planean conservar una pequeña parte -en la que justamente trabajaba antes de pasarme a esta posición-; la verdad me cayó como un balde de agua fría; o tal vez no: igual, he estado esperando desde hace años que me despidan.

Pero  hice lo que he estado haciendo en los últimos tiempos siempre que veo peligrar mi posición: escribirle a mi ex directora -de nuestro vecino país del norte- para ver si en su área me reciben de nuevo; pero esta vez ella se mostró bastante categórica: muy pocas posibilidades de que eso pase.

De hecho me comentó el caso de una analista -con la que trabajé muchos años atrás- quien había pasado por un proceso similar: se deshicieron del área en la que trabajaba, pero, según mi ex directora, en la otra empressa le ha ido mejor.

Estuve esperando que la reunión iniciara, pero no ví ningún movimiento; un poco después de las cuatro y media le comenté a Rb que podíamos salir -y le dejé un mensaje al analista que me cae mejor, indicándole mi status y comentándole que me retiraba-.

Con Rb nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección Norte; no teníamos algo muy importante que comprar -excepto el pan para mis desayunos-, pero queríamos caminar hasta el extremo del boulevard; la tarde estaba fresca e incluso se percibía asomo de lluvia.

Caminamos hasta el supermercado que se encuentra en donde tomamos los autobuses intermunicipales; el local ha estado en trabajos de remodelación durante las últimas semanas, pero lo han mantenido en servicio; aproveché para comprar cuatro pequeñas latas de hongos españoles.

Después de pagar la compra empezamos la caminata de regreso; en el camino pasé a la panadería más económica de la comunidad: compré un poco más de pan que las semanas anteriores, y aún así la cuenta fue más baja que en cualquier otra panadería.

Retornamos a casa cuando ya estaba oscureciendo; no ví ninguna notificación de mi trabajo, pero recibí una llamada de mi amigo creativo; me contó -más o menos detalladamente- cómo había estado la reunión con recursos humanos y le comenté mis apreciaciones de la situación; y le deseé suerte.

Después me metí a mi habitación a ver la parte final -me faltaban como cuarenta minutos- de Mortal Kombat II; la cual concluí, borrando el archivo de mi disco duro y bajando la siguiente película en mi lista: Jack Ryan.

Estuvo lloviendo un poco, lo que refrescó algo el ambiente; pero también nos tocó quitar cualquier aparato electrónico de la mesa del comedor pues, desde el año pasado, las goteras se han incrementado en esa área -al menos al inicio de la temporada pluvial-.

Y a ver cómo sigue eso...