sábado, 16 de mayo de 2026

Medea me cantó un corrido... Medea sang me a corrido... Medea m'a chanté un corrido...

Esta semana empecé a leer el libro que titula este texto -en realidad empecé a leer como cuatro o cinco libros en paralelo; la mayoría en inglés, pero (me parece) un par en español)-; me recordó mucho a uno que leí cuando estaba en el Imperio del Norte -hace ya más de veinte años-: La Virgen de los Sicarios.

Sobre este segundo nomás puedo decir que era brutal; violento, pero no corriente -o eso me lo pareció, en esa época-; iba sobre sicarios en motocicletas en las calles de una ciudad en Colombia; mezclaba también temas de identidad sexual (y, claro, cine).

Otro libro (del mismo tipo, creo) que leí -más o menos por los mismos años- fue Diablo Guardían; recuerdo que fue uno de los primeros libros que leí en formato digital (creo que aún usaba uno de esos monitores enormes que traían antes las PCs); era todo un -otro- viaje: narcos, inmigrantes ilegales, entre otros.

Y el domingo (después de leer un capítulo y medio de Medea...) me cuestioné por un corto tiempo continuar con el mismo: entendí -mala interpretación, realmente- que la autora era española; y se me hizo muy poco congruente que una española escribiera como una delincuente mejicana; pero no, la autora es pura descendiente de Moctezuma.

Y a ver cómo va eso.

El sábado me levanté a las seis y media, medité y luego me quedé en la cama, haciendo algunas lecciones de Duolingo, leyendo un poco de uno de los libros que empecé la semana anterior -fueron, creo, más de cuatro- y leyendo algunos artículos de internet.

Salí de la habitación un poco después de las nueve, pero lo primero que hice fue preparar las ensaladas que había previsto llevar al almuerzo con mi hija mayor -se suponía que era su último día de trabajo en la academia de idiomas en la que enseñó ingles por un par de meses-; a las diez preparé mi desayuno.

Afortunadamente no tuvimos que salir durante la mañana -en sábados anteriores generalmetne salíamos, aunque fuera al supermercado más cercano en dirección sur-; por lo que no tuve muchas dificultades en seguir el plan delineado -en mi mente-.

El plan era: a las once de la mañana empezar a preparar los rollitos de pollo que había dejado en la refrigeradora la noche anterior: el plan era batir un huevo, sumergir los dos rollitos en esta mezcla, pasarlos por harina de coco (que condimenté con Italian Seasoning) y luego pasarlos por hojuelas de avena.

Así que a las once realicé los pasos descritos, agregando incluso uno intermedio: volver a sumergirlos en huevo después de haberlos espolvoreado con harina de coco; y, luego de hacerlos rodar por un cuarto de hojuelas de avena, los sellé durante un par de minutos en aceite caliente; luego los puse a cocinar con fuego muy bajo durante quince minutos por lado (dos en total).

Cuando pasaron los quince minutos del primer lado ya eran las once y media, por lo que le propuse a Rb realizar la caminata diaria con sus perros más grandes; entonces volteé los dos rollitos y sacamos a caminar a los perros; entramos un poco antes de que se completaran los quince minutos.

Cuando entramos puse una servilleta de papel absorbente en un recipiente de plástico y pasé los rollitos del sartén al papel; luego me metí a la ducha; cuando salí del baño -y me vestí- preparé la mochila que llevaría: dos ensaladas, dos bolsitas de aderezo, dos seven up light; además de un octavo del pastel del miércoles pasado (que planeaba compartir con mi hija).

Un poco después de las doce cargué las dos mochilas (la de siempre y la recubierta con material aislante) y me dirigí al centro comercial (uno de los más caros de la ciudad) en donde la academia de idiomas tiene una sede (y donde había encontrado a mi hija el mes anterior para nuestro almuerzo mensual).

El tránsito estuvo bastante tranquilo y llegué al lugar unos minutos antes de las doce y media; cuando estaba a un par de calles del lugar conecté los datos móviles de mi teléfono y llamé a mi hija por whatsapp; me indicó que saldría en el acto.

Y justo cuando estaba cruzando la esquina -y tratando de ubicar un espacio junto a la banqueta para esperarla- ví que salió del edificio; abordó el auto y tuvo un momento emotivo pues -según me comentó- era un alivio haber dado la última clase en ese lugar (los maestros, como es costumbre en estos lugares, reciben un salario ínfimo).

El tránsito se veía algo cargado en cualquier dirección -no quería meterme al periférico- y le propuse a mi hija que me acompañara un momento a visitar a mi tía favorita -le indiqué que no serían más de cinco minutos-; ella aceptó y nos dirigimos a la casa de mi primo favorito -con quien había cortado la comunicación por whatsapp unas semanas atrás-.

La distancia entre la academia y la casa de mis familiares no era de más de diez o quince calles, por lo que no nos tomó mucho tiempo llegar a nuestro destino; parqueé la van y bajé a tocar el portón; lo abrieron de inmediato un par de niños -muy pequeños-, sobrinos de mi primo. 

Él salió casi en el acto y lamentamos que mi whatsapp anduviera con fallos; pero le comenté que había pasado nomás para ver cómo había seguido la salud de mi tía -la había visto algo desmejorada, un par de meses antes, en una celebración familiar-.

Entramos a la casa, con mi hija mayor, y subimos al segundo nivel; que es el espacio que mi primo ha proporcionado, desde algunos años atrás, a sus padres; y mi tía salió a recibirnos en el pasillo; la verdad se veía bastante bien.

Como no veía a mi hija mayor desde unos diez años atrás se mostró bastante sorprendida por la visita; yo le indiqué que no estaríamos mucho tiempo, que nomás había pasado a saludar porque no había podido comunicarme con nadie en varias semanas.

Y sí, un par de minutos después empecé a despedirme -mi hija mayor también-; bajamos a abordar la van y continuamos nuestro camino al departamento de mis hijos; el tránsito no estuvo muy mal.

Llegamos al departamento, estacionamos la van y allí si tuvimos una dificultad: el vidrio derecho de la puerta corrediza del lado del copioto se negaba a subir: la verdad es que la situación fue -y es- bien confusa: los controles en la puerta del piloto están todos cruzados.

Se supone -y así ha funcionado desde le año pasado- que el vidrio ese puede bajarse desde la puerta del piloto pero no se sube con el mismo control: debe presionarse la palanca que está en la misma puerta corrediza para subir; y había funcionado muy bien, hasta ese dia.

Entonces, como estábamos en el parqueo del edificio -supuestamente muy seguro- decidí dejar el vidrio a media altura y subimos al tercer nivel para que mi hija cambiara sus ropas formales por algo más cómodo; luego nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad.

No tuvimos ninguna novedad en las ocho calles que separan el edificio donde viven mis hijos del parque temático; y, luego de entrar, dirigimos nuestros pasos hacia el área techada en donde usualmente almorzamos; pero estaba, en esta ocasión, reservada por los trabajadores de una cooperativa.

Entonces probamos en la segunda área techada, con mesas, y allí sí, encontramos varias vacías y nos acomodamos en una para consumir el almuerzo; para mí era la segunda -y última- comida del día; para mi hija, me comentó, era la primera.

Después del almuerzo le propuse a mi hija que compráramos un helado de crema en el restaurante de pollo del lugar y que lo combináramos con la mitad de la porción de pastel que llevaba; mi hija aceptó y nos dirigimos al lugar.

Luego de dar buena cuenta de los helados le propuse a mi hija que practicáramos un poco el cubo de Rubik de seis por seis, pues quería verificar que un paso intermedio podía resolverse de acuerdo a lo que me había comentado mi hijo menor en nuestra última reunión: aplicando un paso del de cuatro por cuatro a una situación que habíamos resuelto con un paso del de cinco por cinco.

Y mi hija llegó hasta este punto de la resolución, pero, al intentar aplicar el paso, algo falló: se desarmaron varios lados y le propuse que mejor viéramos si podíamos subir a la rueda de Chicago más grande; hacia donde nos dirigimos, pero sin buen resultado: no estaba en funcionamiento.

Entonces le propuse que volviéramos al departamento pues me interesaba que empezáramos a practicar un origami que había conseguido un par de semanas antes: un argentino había publicado -en Facebook- un video explicando la construcción de un gato -me lo había compartido mi amigo que viven en el otro extremo de la ciudad-.

Retornamos al departamento un poco antes de las cuatro y nos instalamos en la habitación que denominamos sala; yo llevaba varias hojas tamaño carta y nos aplicamos en seguir los pasos del tutorial; el cual se veía sencillo -como todo origami- pero resultó bastante complicado.

El resultado fueron un par de gatos bastante irregulares; de todos modos yo le había indicado a mi hija que esperaba que practicáramos tanto esta figura que llegáramos a dominarla como lo hicimos con la grulla: la memoria muscular desarrollada es tan buena que casi ni tenemos que pensar para armarla.

Habíamos decidido despedirnos a las cinco y media y aún nos quedaba un poco de tiempo, por lo que le propuse jugar algunas partidas de dominó; creo que completamos tres partidas -un par cortas y una bastante extensa- y, a las cinco y media le indiqué que me retiraba.

Ella me pidió que la pasara a dejar al comercial del otro lado de la calzada pues quería pasar al supermercado del lugar; bajamos al sótano y volvimos a intentar subir el vidrio de la puerta corrediza -estaba a media altura-; y nos costó bastante, pero al final lo logramos: al parecer la palanca funciona únicamente si la puerta está cerrada.

Sacamos la van del sótanos y nos dirigimos a la calle en la que se toma la ruta para cruzar al otro lado de la calzada; en el camino nos encontramos con un conductor bastante agresivo: intentó rebasarnos en una ruta con un solo carril; luego se tiró bien violentamente para adelantarnos antes del retorno; pero lo dejé que avanzara nomás.

Pasé a dejar a mi hija a una calle lateral -a pocos metros del comercial a donde se dirigía-, nos dirigimos y tomé la calzada secundaria -pues debía pasar a un supermercado en el camino-; en el semáforo aún encontré al piloto que nos había adelantado abusivamente.

Después del semáforo tomé la calzada secundaria hasta el comercial en donde se encuentra una de las sucursales más grandes de Walmart: Rb había visto unos petates y le pareció que podían servirnos para la temporada de calor que hemos estado sufriendo.

Entré al lugar -bastante tranquilo de que el vidrio de la puerta corrediza hubiera funcionado-, me estacioné y pasé al área de paquetes a dejar mi mochila; el lugar es bastante amplio y aún así se veía bastante saturado; por lo que busqué a un asistente y le mostré el anuncio de lo que andaba buscando.

El joven -primero se mostró sorprendido-  fue muy amable al guiarme al lugar en donde estaban los artículos de este tipo -playa?- pero no encontró lo que andaba buscando -con un costo de tres dólares-: me indicó otro artículo bastante similar -con un costo de cuatro dólares-.

Intenté llamar a Rb pero el celular no me dejó conectarme al wifi del lugar; adquirí dos de los petates, pasé por la caja de autopago y me retiré del lugar; en el camino me dí cuenta que me había olvidado de la mochila; con lo que me tocó volver a entrar al área de paquetes a reclamarla.

Luego sí me dirigí a abordar el automóvil y salir del parqueo; el resto del camino de retorno no tuvo ninguna novedad; vine a casa un poco después de las seis y encontré a Rb conversando -o salió a conversar- con la vecina.

Por la noche iba a continuar viendo la película china que había empezado a ver la noche anterior (Resurrection) pero me entretuve en otras actividades: creo que ví un poco del código -conversé con mi compañero más brillante, pero un servidor estaba caído y, aunque lo reinicié, aún así no funcionó-, ví algunos videos de Youtube y al final me llegó la hora de la meditación.

Rb estuvo en reuniones virtuales de su trabajo durante una buena parte de la noche -creo que también tuvo algunas reuniones de ese tipo durante el día- pues, desde el día anterior, se estaba llevando un evento regional con el grupo de jóvenes cristianos del proyecto en el que trabaja.

El domingo me desperté a las cinco y cuarto de la madrugada -realmente me había despertado a las tres de la madrugada, debido a la bulla que Rb estuvo haciendo al darle de comer a su perra más anciana (y a la expectativa, me imagino, que tenía con la alarma tan temprano)-.

Y es que, a esa hora (las cinco y cuarto) quería ver cómo estaban las cuotas de Uber para moverme la semana siguiente hasta la ruta en la que debo tomar el autobús a la ciudad colonial: nuestra editora celebraría su compleaños en un restaurante del lugar y nos había invitado la semana anterior.

Rb -como era de esperarse: no podría consumir nada del lugar- descartó la invitación; pero no se opuso -a pesar de que ya habíamos previsto que ese día iba a estar todo el día en su iglesia y yo me haría cargo del cuidado de sus perros- a que yo asistiera.

Entonces, a las cinco y cuarto me metí a Uber, consulté las opciones de la aplicación, los tiempos (más o menos media hora- y las tarifas (alrededor de tres dólares)  y, luego, me quedé en la cama jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo; hasta las seis y media.

A esa hora sonó la alarma diaria y me levanté a meditar; después de meditar retorné a la cama y estuve leyendo medio capítulo del libro de Medea; Rb entró un poco después de las ocho a la habitación: triste porque una amiga -que había conocido mucho tiempo atrás- acababa de fallecer de cáncer -fue algo chocante que me dijera que la envidiaba porque ya había dejado de sufrir (o algo así)-.

Esperé un rato en la cama y luego le indiqué que a las ocho y media realizaría la limpieza semanal de pisos; a esa hora me levanté, quité algunos objetos del suelo y empecé con la rutina de limpieza: barrido de pisos y trapeado.

Casi al final Rb le dió de comer a sus perros y luego se preparó su desayuno; yo había previsto que tomaría mi última comidad bastante tarde -tenía programado un café y pastel con mi amigo voluntario- y no quería desayunar muy temprano.

Por lo mismo acepté la propuesta de Rb de caminar hasta el supermercado que se encuentra cerca de su iglesia; entonces esperé a que Rb terminara de desayunar y, luego, nos alistamos para la caminata -son casi tres kilómetros-.

El ánimo de ámbos andaba -por alguna razón- bastante decaído; la mayor parte del trayecto lo realizamos en silencio; y en el comercial nos dividimos para realizar las compras -en el camino pasamos a algunas verdurerías a cotizar papas, pero no encontramos lo que buscábamos-.

Rb se quedó en el área de verduras, eligiendo algunas papas de buen tamaño -habíamos planeado consumir la mitad del asado que aún teníamos en el freezer- y yo me dirigí al área de gaseosas: quería proveerme de latas de seven up light -que ya no había encontrado en los supermercados en dirección sur-.

Afortunadamente encontre media docena de estas latas en el lugar -suficiente para tres meses de almuerzos con mi hija mayor-; Rb también adquirió algunas piezas de pollo y un par de libras de fajitas de la misma especie; luego nos dirigimos a pagar al autopago.

Y Rb se recordó que no había comprado agua; terminé de empacar las compras -habíamos llevado una bolsa reutilizable- y luego esperé a que Rb retornara con su botella de agua -fría al menos-; luego empezamos la caminata hacia casa.

En el camino Rb me propuso pasar a la tienda de artículos estadounidenses usados -es como nuestro Goodwill local- pues quería adquirir algunas prendas para las clases de Zumba a las que está asistiendo dos veces por semana.

Entramos a la tienda pero Rb no encontró nada que la convenciera; yo aproveché para revisar la sección de cacharros de cocina: estaba interesado en un recipiente para bebidas calientes pues planeaba llevar café el día jueves siguiente -en mi visita al hospital oftalmológico, para el procedimiento láser-.

Encontré un termo bastante grande -y golpeado-; revisé un poco cómo estaba el recipiente interno -de vidrio-, el mecánismo de cierre y vertiente y el estado general; lo adquirí por un poco más de cuatro dólares.

Luego de pagar por el termo continuamos con el retorno a casa; vinimos bastante agotados -el sol estaba en su cénit- pues ya casi era mediodía; y desde que entré a la casa me puse a preparar mi desayuno.

El cual estuvo muy bueno; -en el ínterin también quité los platos del área de secado, lavé el termo (desarmado) y empecé el proceso de envío de los últimos cambios en el código que había realizado la semana anterior-.

Un poco después del mediodía terminé de almorzar y me ocupé en desocupar el área de trastos sucios y pelar la papaya que Rb había lavado un poco antes -y dejado preparada para su procesamiento-; luego, a las doce y media, sacamos a caminar a los perros.

Cuando estabamos a la mitad de la primera vuelta -recorremos la misma escuadra de la calle dos veces- le comenté a Rb -bastante serio- que prefería que evitara los comentarios del tipo: él es el que se encarga de lavar, él es el que se encarga de barrar, y similares.

Como que no le cayó muy bien mi solicitud -también lo hice de forma bastante árida- así que cuando estábamos empezando la segunda vuelta me indicó que -en la misma línea- ya no realizara comentarios del tipo: ella es una influencer; le agradecí por la solicitud y quedamos en eso.

Después de completar la caminata perruna entramos a preparar el almuerzo: Rb se puso a preparar la alitas de pollo (aunque la porción que preparó para mí consistía, casi en la mitad, de trozos de pechuga) y yo preparé un par de enormes ensaladas.

Terminamos de almorzar bastante tarde y yo me dediqué a terminar de subir los últimos cambios del código al servidor remoto; luego, me metí un rato a mi habitación e intenté leer un poco, pero, realmente, estuve dormitando un poco.

Había puesto una alarma para las dos y treinta y cinco, pues quería prepararle un té de manzanilla a Rb antes de salir -usualmente se lo preparo a las dos y cuarenta y cinco, pero no quería llegar tarde a la reunión con mi amigo voluntario-.

A las tres menos cuarto abordé la van y me dirigí a la colonia en la que crecieron mis chicos; llegué a la casa de mi amigo cinco minutos antes de las tres y bajé a tocar el portón de su casa; me gritó, desde adentro, que saldría en un momento. 

Y, en efecto, no tardó mucho en salir; nos saludamos efusivamente y lo invité a subirse a la van; para dirigirnos a la cafetería en la que -de tiempo en tiempo- nos tomamos un capuchino acompañado por una porción de pastel.

Llegamos al lugar y estaba bastante concurrido -era el Día de las Madres-; entramos al restaurante y nos indicaron una mesa pequeña; dejamos allí mi mochila y nos dirigimos a ordenar -me hice cargo de la cuenta: ocho dólares- y retornamos a la mesa; pero mi amigo me indicó que una mesa más amplia había quedado desocupada, y nos instalamos en la misma.

El pedido nos fue entregado unos minutos más tarde y dímos buena cuenta del cappuccino y el pastel de chocolate; estuvimos conversando un poco sobre la situación del siguiente jueves: le pedí a mi amigo que utilizáramos su automóvil -yo le reconocería la gasolina y la cuota del parqueo- y que saliéramos de su casa a las siete y media.

Él me sugirió, de hecho, que saliéramos a las siete; lo que me pareció magnífico; le comenté que había adquirido por la mañana un termo y que pensaba llevar café y panitos para que desayunáramos cuando estuviéramos ya en el hospital -se supone que el procedimiento es a las ocho, pero el tránsito en la ciudad es bastante intenso por las mañanas-.

Un poco más tarde saqué el tablero de ajedrez de mi mochila y empezamos una partida; pero, en esta ocasión, traté de que no se alargara mucho: ví que seguían llegando muchas familias -esperando, me imaginé, agasajar a la madre-.

Entonces -por suerte- le dí jaque mate bastante rápido y luego guardamos las piezas en la caja -aunque, un poco antes, una mesera había pasado ya a limpiar la mesa (preguntando incluso sobre el lugar en el cual habíamos adquirido el juego)-.

Le sugerí a mi amigo que nos retiráramos del lugar -para darle espacio a los agasajantes de turno-  y nos dirigimos a la salida -apenas pasaban de las cuatro-; lo interesante es que ví en la fila -en la entrada del local- a mi jefa de tres trabajos atrás -el primer banco en e que trabajé seis meses-.

No la había visto en más de una década y no nos habíamos comunicado desde que renuncié a mi posición de Auditor -de procesos-; pero se me antojó ir a saludarla; le pedí a mi amigo que me esperar un momento y me acerqué a la susodicha con un "Ingeniera, qué gusto de saludarla".

Fui a abrazarla y le dije que esperara que se recordara aún de mi persona; me saludó con mi nombre propio e intercambiamos algunas frases de cortesía -saludé también a su esposo-; luego me despedí de ambos y salí a reunirme con mi amigo.

Tomamos la van y retorné a dejarlo a su casa; luego me dirigí a la casa de Rb; el tránsito era mínimo -aunque justo antes de entrar al municipio me topaba (por segunda ocasión) con una desviación, debido a reparaciones del asfalto- y un poco después estaba estacionándo el auto.

Cuando entré a casa encontré a Rb con la novedad de que acababa de levantarse de una siesta y se dirigía -supuestamente- a lavar los trastos que estaban acumulados; le indiqué que me haría cargo -y eso hice-.

Después me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta- y, a las cinco de la tarde, empecé a preparar las papas que habíamos comprado por la mañana -y que planeábamos consumir como acompañamiento del asado semanal-; también probé el termo y, aunque al principio no funcionaba, después de algunos ajustes quedé satisfecho con el mismo.

El lunes me levanté a las seis y media, medité y entré a la reunión de las siete; en la que era el único participante de mi área; aunque, un poco más tarde, mi compañero más brillante se unió a la misma -le comenté lo tratado en la misma: lo que había reportado el fin de semana como fallido aún estaba en reparación-.

Después de la reunión intercambiamos algunos mensajes con mi compañero: escribí en la conversación grupal del equipo local -taggeándolo a él y al analista que menos bien me cae- sobre la vuelta de vacaciones de este último, y de que podría trabajar en la funcionalidad que yo no había podido probar el viernes -o el fin de semana-.

Mi compañero nomás reaccionó con un emoji de OK, pero me respondió en privado que ya estaba viendo la reasignación de la tarea -de hecho esa conversación la tuvimos mietnras la reunión de las nueve se desarrollaba-.

Yo me había quedado en cama -no tenía ninguna motivación para salir de la habitación- y en esa reunión estuvieron discutiendo sobre la forma de proceder con las fallas reportadas por mi compañero el día anterior; también me asignó una nueva pantalla para continuar con la escritura de código.

Y en eso estuve trabajando el resto del días; aunque, en realidad, nomás escribí la base de las tres clases que he estado aplicando en cada pantalla; y definí la localización de dos o tres campos de entrada -la verdad fue poco el trabajo-.

Se suponía que íbamos a hacer la rutina de ejercicios a las once; pero Rb me pidió que lo corriéramos a las once y media -estaba preparando unos reportes de su trabajo-; pero le sugerí que lo hiciéramos a las doce menos cuarto; así podíamos, luego, sacar a caminar a los perros.

Antes de realizar los ejercicios Rb estuvo en comunicación con el contacto en el país vecino del sur; y, finalmente, recibimos un pago por las horas que habíamos estado trabajando el mes anterior -y la verdad, el monto fue decepcionante: yo esperaba que Rb recibiera al menos quinientos dólares (pues trabajó bastante intensamente), pero al final nomás fueron como ciento cincuenta dólares (yo recibí la tercera parae, pero yo no me esforcé tanto)-.

Después de realizar la rutina de ejercicios de los lunes sacamos a caminar a los perros grandes; cuando retornamos saqué a la perra más anciana al patio (ha vuelto a presentar signos de demencia) y, después, tomé una ducha.

Después de la ducha me puse a calentar la primera porción del pollo asado que habíamos tenido un par de meses en el freezer; también calenté -al lado del pollo- una papa para cada uno y preparé el guacamol.

Después del almuerzo preparé un café -y me recordé que había visto recientemente algunos paquetes de café instantáneo en mi mochila-; lo que consumí con un dieciseisávo del pastel de la semana anterior, y dos mitades de galletas.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; y se lo entregué en la mesa, mientras ella le daba de comer a su perra más anciana -los dos más grandes aspiran (literalmente) su comida-; después continué con el código.

Como el sol no estaba muy fuerte decidimos salir a caminar antes de las cinco de la tarde; pero, justo un poco después de la tarde, vimos que, dehecho, sí estaba intenso; por lo que nos esperamos un poco antes de realizar la caminata hacia los supermercados en dirección sur.

En el supermercado más alejado revisé el pasillo de los cafés, para ver si encontraba café instantáneo en paquete -aún no confío plenamente en el funcionamiento del termo, por lo que decidí llevar agua caliente, en lugar de café preparado-; pero no encontré nada.

En el otro supermercado encontré, en oferta, una caja de paquetes de café instantáneo; además compramos un poco de bananos -y Rb compró una buena cantidad de pollo, para sus desayunos-; luego caminamos de vuelta a casa.

Por la noche estuve leyendo el primer capítulo de un libro de kanban que me estoy obligando a leer -bajo el apartado de tecnología-; también decidí que estaré leyendo un poco más de libros en español -además de los dos que tengo actualmente en progreso-.

El martes me levanté a las seis y media, había estado soñando algo profundo -o al menos, algo que me produjo sentimientos de nostalgia, posterior a mi despertar-; medité y entré a la reunión de las siete; en la que nos informaron que el día miércoles se liberaría una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo lecciones de Duolingo; y, después de varios días de mantener un ELO superior a mil seiscientos cincuenta, volví a bajar hasta mil cuatrocientos cincuenta; también estuve leyendo un poco de Hacker News.

Estuve en la cama hasta la reunión de las nueve -la verdad prefiero continuar en el mismo lugar pues los perros de Rb se ponen a ladrar un poco después de las nueve, cuando un vecino saca a caminar a sus perros y pasan frente a la casa-.

Después de la reunión de las nueve salí de la habitación y, un poco más tarde, me puse a preparar mi desayuno; durante toda la mañana estuve revisando por qué un podía encontrar los resultados esperados en una búsqueda que estaba automatizando.

Y esa tarea me llevó casi todo el día; de hecho me percaté de lo que estaba ocurriendo -había identificado de forma incorrecta un elemento de la página- cuando sacamos a caminar a los perros, a las doce y media.

Después de entrar a los perros grandes -y mi entras empezaba a calentar el almuerzo- me puse a corregir el código y, finalmente, funcionó; pero, la ejecución se tomaba casi quince minutos -en un solo caso!-, por lo que seguí eplorando opciones.

Almorzamos la segunda porción de asado, junto con una papa asada, chirmol y guacamol; después lavé los pocos trastos que se habían acumulado en el día; también me preparé una taza de café -con uno de los tres paquetes que había sacado, el día anterior, de mi mochila-.

Por la tarde logré reducir en forma bastante efectiva el tiempo de ejecución del código que estaba escribiendo (de quince minutos a menos de dos); también ayudé a Rb con un par de reportes de su trabajo: quería analizar más de cien sugerencias y agruparlas por similitud.

Lo bueno es que ya hacía algunos años había escrito un código similar -ayudado, claro, por un LLM- en Python: básicamente se utiliza una librería de Machine Learning, se alimentan los datos y se requiere que los mismos se comparen y agrupen.

A las cinco de la tarde salimos a caminar, dirigiéndonos a los supermercados en dirección sur; no entramos al más alejado, sino que caminamos hasta la altura del final del boulevard y de allí dimos media vuelta; en el otro supermercado compré una buena cantidad de embutidos.

Y es que me había percatado -la semana anterior- que ya me quedaban pocas porciones de embutidos para mis desayunos -los reservo en fracciones de quince o dieciocho gramos-; además, necesitaba jamón de pavo para el cordon blue que planeaba llevar al almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado.

Finalmente, también necesitaba jamón para los panes que planeaba llevar el jueves para compartir con el voluntario que me acompañaría durante una buena parte de la mañana; entonces, era un montón de embutidos por adquirir: cuatro onzas de salami  y peperoni, ocho onzas  de jamón normal y cuatro onzas de jamón de pavo.

También compramos un poco de bananos que aún no habían empezado a madurar; después de pasar a la caja -la cuenta fue como de ocho dólares- retomamos el camino de vuelta a casa; y lo primero que hice al entrar fue preparar las porciones para los desayunos -al final, creo, fueron más de veinte porciones-.

Por la noche estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- y me reordé que la noche anterior había estado rara: al principio de la noche me había metido a la habitación y me había puesto a escuchar algunos videos de Youtube, pero me quedé dormido casi en el acto.

Afortunadamente no fue el caso en la noche del martes: tomé mi computadora personal y me instalé en la mesa del comedor -con audífonos, pero sin reproducir ningún video- y, después de completar la aplicación a un par de cursos que anunciaron en uno de mis grupos de whatsapp, continuar con la redacción actual.

El miércoles me levanté a las seis y media; bajé de la cama a meditar y luego entré a la reunión de las siete; la cual estuvo super corta porque, por alguna razón, no contó con la participación del programador a cargo del equipo en el Imperio del Norte.

De hecho entramos bien pocos a la reunión; un poco más tarde mi compañero más brillante me escribió para preguntarme sobre novedades en la reunión; pero le comenté que la misma se había cancelado por falta de quorum.

Después de la reunión, abortada, me quedé en la cama haciendo algunas de Duolingo -ya llevaba varios días sin poder retornar a un ELO de mil quinientos-; un poco más tarde recibí un mensaje de mi primo -el segundo hijo del hermano menor de mi papá-: quería un préstamo de treinta dólares.

Le envié -después de confirmar que le servirían- cuarenta dólares; después entré a la reunión de las nueve; en donde informaron sobre la liberación de una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos; la cual nos pusimos a probar casi en el acto.

El compañero más brillante tomó la batuta en la dirección de la prueba; me asignó dos de las funcionalidades en las que más había trabajado en el pasado; y una en la que había trabajado mucho tiempo antes; entonces dejé de trabajar en la opción de automatización en la que había estado trabajando los días anteriores.

A las once cuarenta y cinco hicimos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; luego sacamos a caminar a los dos perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué al patio a la perra más anciana; luego tomé una ducha.

Cuando salí de la ducha puse a calentar la tercera porción de pollo asado que teníamos en el freezer; la que consumimos con chirmol y un poco de guacamol; después del almuerzo me ocupé de los trastos y, un poco más tarde, me preparé una taza de café.

El café lo consumí con un par de mitades de dos galletas distintas, y la última porción del pastel del miércoles anterior; un poco después del café envié el informe con el resultado de las pruebas en las que había estado trabajando por la mañana.

Al finalizar el horario laboral -a las cuatro y media más bien- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la tienda verde de descuentos compramos un paquete de papel encerado -porque ahora uso esto para envolver los panes de desayuno-.

En el camino de vuelta pasamos a la panadería en donde el pan es más barato y compré un poco de pan tostado y un poco de pan dulce; en la panadería a la vuelta de la calle compré el pan francés para preparar el desayuno del día siguiente.

Cuando retornamos a casa Rb empezó a preparar su cena, pues debía luego entrar a su clase de teología; yo saqué media taza de leche congelada del freezer; y me puse a preparar el pastel semanal.

Al igual que la semana anterior, le agregué dos yemas extras a la mezcla; y la última mitad del mazapán que me había traído la hermana de Rb unos meses antes; la cocción estuvo un poco tardada pero el resultado no quedó tan mal; lo dejé enfriar por un buen rato y luego lo dividí en ocho partes; por la noche  ví el capítulo siete de la quinta temporada de The Boys.

El jueves me desperté a las cinco de la mañana; el día anterior había estado sopesando si despertarme quince minutos antes de esa hora o a la hora en punto; al final puse la alarma para la hora exacta.

Después de meditar entré al baño a tomar una ducha; después me metí a la cocina a preparar el desayuno que planeaba llevar al hospital: agua caliente en el termo, dos panes con huevo y jamón,  pan dulce y una bolsa de snacks.

Terminé de preparar el desayuno un poco antes de las seis, me vestí y entré a despedirme de Rb; luego salí al boulevard a tomar el busito; pasaron varios -uno que se queda a medio camino y varios de colegios- antes de que pasara el que me llevaría hasta la estación del transmetro.

Me apeé en el destino final del busito un poco después de las seis y media; caminé a la estación del transmetro y tomé la siguiente unidad; dos estaciones después desabordé el bus articulado y caminé hasta la casa de mi amigo, llegué un minuto antes de las siete.

Cuando me acerqué al portón escuché que ya había puesto a funcionar su automóvil; y entonces toqué el portón; mi amigo salió a correr el mismo para sacar su auto del parqueo; luego nos dirigimos al hospital oftalmológico.

A pesar de la hora no encontramos mucho tráfico, con lo que llegamos al hospital a una buena hora; nos estacionamos en el parqueo del fondo y nos dirigimos a la recepción de la clínica en la que me habían citado para las ocho.

Le entregué a la secretaria mi carnet con la cita y le pregunté si aún tenía tiempo para desayunar -apenas pasaban de las siete y media-; me indicó que podía ausentarme, pues empezarían a llamar a los pacientes un poco antes de las ocho.

Entonces nos dirigimos, con mi amigo, a buscar unas mesas en el exterior del hospital; pero, aprovechando que la farmacia estaba vacía, pasé a comprar las gotas oftalmológicas que me habían recetado tres semanas antes (quince dólares).

Luego de adquirir las gotas salimos al patio del hospital; el espacio era mínimo -y había varias personas sentadas en los arriates, consumiendo sus alimentos- pero encontramos unas gradas en las que pudimos acomodarnos para desayunar.

Como no había querido llevar tazas de porcelana había empacado un par de vasos grandes de plástico; y allí serví el agua hervida, con la que preparamos un par de cafés, agregándole un paquete de la mezcla que había comprado esa semana en el supermercado.

Luego consumimos los panes franceses que llevaba, junto con los snacks -llevaba un par de platos hondos- y algunos panes dulces; no nos entretuvimos mucho en el desayuno -no quería perder mi turno-, por lo que un poco después retornamos a la clínica.

En donde estuvimos esperando mucho tiempo; en el ínterin yo traté de interactuar con una pareja de ancianos que también estaban esperando -algo que hacía cuando visitaba como voluntario este tipo de instituciones- y, para mi sorpresa, terminé recibiendo un tamalito -había empezado bromeando con la pareja sobre lo bien que se estaba esperando cuando uno era alimentado-.

Después de mucho tiempo de espera una enfermera me nombró para que me ubicara en las sillas de espera y me aplicó una gota en cada ojo; a mi derecha estaba una señora con una evidente desviación en los ojos; a mi izquierda ubicaron a un anciano con quien también intenté bromear.

Pero el señor tenía una actitud bastante tóxica: cuando mencionó a un personaje de la política local -con quien, aparentemente, él había trabajado- negó que mi información sobre el mismo era correcta -y lo era: el señor había sido candidato presidencial- y luego empezó a quejarse de dolor en los ojos.

La aplicación de las gotas se repitió otras dos veces -con intervalos bastante grandes de tiempo-; yo traté de tomar las cosas con calma: cuando me aplicaban las gotas permanecía mucho tiempo con los ojos cerrados; incluso intentando meditar en un par de ocasiones.

Mucho tiempo después nos pasaron a la sala en la que nos aplicarían el Láser Yag: es un procedimiento bastante usual para reducir la presión intraocular; la técnica a cargo se veía bien jovencita; y me pasaron a la clínica justo detrás del anciano.

Quien había estado acompañado en la espera por dos hijos -o lo parecían: una pareja de adultos-; y también entró a la clínica con el hijo; y se tardaron -sentí- un buen tiempo porque el señor se mostraba bastante parlanchín.

Por fin salió y la señorita me indicó que en un momento me atendería; continué esperando y, luego de que me indicara que podía entrar, me acomodé en la silla del procedimiento; muy parecido al arreglo del exámen inicial.

Para aplicar el láser deben colocar una lente en el ojo; luego de aplicar más gotas oftálmicas; luego seguir las indicaciones de ver con el otro ojo hacia un lado; la verdad se siente rara la luz en el ojo; e incluso se siente una especie de pinchazo.

Pero todo terminó bien -al menos con el láser-; lo que no terminó bien fue el proceso total: se suponía (lo habían anotado en la prescripción) que debían examinarme, en la misma clínica del exámen inicial, justo después de la iridotomía.

Se lo indiqué a la técnica y a la recepcionista; esta última me refirió a la recepcionista de admisiones; quien me pidió que esperara mientras verificaba mi expediente médico -antes de pasar acá tuve que pasar al banco a cancelar el procedimiento (setenta y cinco dólares).

Estuvimos esperando un rato, con mi amigo; y un poco después me llamó la recepcionista de admisiones; con la notificación de que debía retornar dos semanas más tarde, para el siguiente exámen; la verdad me molestó la confusión.

Me retiré del lugar pero, cuando acabábamos de salir, decidí regresar a confirmar con la residente que me había examinado la primera vez; le pedí a mi amigo que esperara y retorné con el carnet a la clínica.

No estaba quien había firmado el procedimiento; pero sí su compañera -quien me había examinado por primera vez ese día-; le comenté lo sucedido y le pedí que me confirmara si estaba bien que no me examinaran ese día; me confirmó que era el procedimiento correcto.

Y la verdad ni siquiera dejé que terminara su explicación; y, sé que mi actitud fue bastante infantil -o inmadura- pero es que realmente me molesta sentir que en una cuestión tan delicada -al menos para mí, como paciente- se cambien de instrucciones en el camino.

Antes de salir le había pedido a mi amigo que me pasara a dejar a una estación del transmetro; pero él me indicó que había planeado llevarme hasta la casa de Rb -un poco antes le había comentado que estaba pensando que nuestra próxima reunión mensual no fuera en su casa, sino un desayuno en la casa de Rb-.

Mi amigo pagó el parqueo -yo le había dado los tres dólares antes- y salimos al periférico; afortunadamente no había mucho tránsito por lo que fue fácil entrar al municipio; y conducir hasta la casa de Rb; yo le había escrito un rato antes de que ya íbamos en camino, mi amigo estacionó el auto y bajó a saludarla -hacía casi una década que no se veían-.

Aprovechamos a sacar a los perros más grandes, como para que lo conocieran y no hicieran mucho escándalo en su próxima visita; mi amigo se despidió un poco después y entramos a los perros; el resto de la tarde -y la noche- fue nomás de reposo.

Rb sacó sola a los perros a caminar; antes de salir me había confiscado el teléfono y la tablet pues se suponía que debía minimizar mi tiempo de pantallas; pero sí salí de la habitación -mientras ella sacaba a los perros- a poner el almuerzo en la estufa.

Por la tarde también me confiscó los cubos de Rubik -temía que por estar enfocando la vista se viera afectada mi visión-; así que me pasé el resto de la tarde escuchando podcasts de Youtube -y dormitando, porque me sucede a menudo-.

El viernes me levanté a las seis y media y lo primero que hice fue aplicarme las gotas que me recetaron para los ojos; había empezado el día anterior por la tarde y estuve tratando de aplicármelas al menos tres veces al día -la indicación de la residente había sido cada seis horas-.

Después me bajé de la cama a meditar; luego entré a la reunión de las siete; en la que casi no hubo participantes, aunque creo que mi supervisor entró un rato; tras la reunión me quedé en cama: quería hacer varias leccionies de Duolingo pues el día anterior apenas completé los tres retos diarios.

Rb entró a la habitación un poco antes de las nueve, a preguntarme si ya me había aplicado las gotas oftálmicas; a las nueve estuve en una disyuntiva pues tenía dos reuniones a la misma hora: una de mi supervisor en el Imperio (supuestamente semanal) y la diaria de esa hora.

Al final entré un rato en la segunda, pero luego la dejé en pausa y me pasé a la de mi supervisor, en la que estaba asignando tareas -aún no empezaba la que me había asignado un par de días atrás-; al final de la reunión nos indicó que, siguiendo la guía del nuevo CEO estaría -probablemente- realizando las reuniones del futuro a cámara abierta -y allí si opiné, expresando que me parecía muy buena medida-.

Después de la reunión me preparé el desayuno -acababan de pasar las nueve y media-; después del desayuno me quedé trabajando en la mesa del comedor: aunque no inicié la tarea mencionada, y me estuve esperando a que liberaran la nueva versión de la aplicación que probamos.

Después del desayuno -y aprovechando que Rb había salido al supermercado más cercano- llamé a mi amigo que vivió mucho tiempo en la ciudad en la que yo viví un par de años en el Imperio; unas semanas atrás me había comentado que su padre había tenido un evento cardíaco y estaba en el intensivo.

El anciano -más de ochenta años- había sufrido quemaduras en una gran parte del cuerpo cuando un recipiente explotó mientras quemaba basura en el patio de su casa; habría mucho que discutir sobre las circunstancias, pero se trata de un pueblo y un anciano.

Mi amigo me respondió, aunque andaba fuera de casa; de hecho ofrecí llamarlo luego pero me comentó que la tienda estaba casi vacía; y al preguntarle sobre su padre me indicó que había muerto el mismo día que habíamos hablado por última vez.

Y, la verdad, se veía que aún le estaba afectando mucho; de hecho le ofrecí llamarlo luego, pero me dijo que estaba bien; la llamada no tardó tanto como en ocasiones anteriores (usualmente conversamos por una hora) y nomás estuvimos conversando sobre lo ocurrido -y también un poco sobre mi operación de un par de días antes-.

Después de terminar la llamada -utilizamos el messenger de Facebook- me dí cuenta que mi primo me había escrito por whatsapp; y estaba pidiéndome los datos de mi cuenta bancaria, pues quería pagarme los treinta dólares que le había prestado un par de días antes. 

Un poco antes del mediodía liberaron la nueva versión de la app; pero no empecé con la batería de pruebas: el escritorio remoto al que me conecto estaba muy lento porque casi no había espacio en el disco duro; pero utilicé una app para revisar por qué me estaba quedando sin espacio y, afortunadamente, pude liberar una buena porción del disco.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; aunque le pedí a Rb que sacara ella a la perra y yo al perro (la primera es muy pesada y está continuamente deteniéndose, con lo que debo jalar la cuerda del arnés; y aún no quería realizar mucho esfuerzo físico).

Después de la caminata preparé un par de ensaladas enormes; para acompañar el almuerzo; que no sería, en este caso, pescado (ya nomás nos quedaba una cabeza de pescado en el freezer -y Rb olvidó comprar pescado cuando visitó más temprano el supermercado más cercano-).

En lugar de pescado Rb preparó -en la sartén, y con poco aceite- unas fajitas de pollo condimentadas con especias italianas; yo me serví la penúltima porción de refresco de rosa de Jamaica -Rb ya no toma de esto, por sus molestias urológicas-.

Después del almuerzo lavé los pocos trastes que estaban en el lavatrastos; luego me preparé un té de menta; el que consumí con un pan tostado, medio cubilete, media porción del pastel del miércoles y dos mitades de galletas; un poco más tarde le preparé un té de manzanilla a Rb.

Un poco antes del almuerzo -y mientras intentaba configurar la última versión de la app en la que trabajamos- había borrado, por error, una carpeta del sistema; y me costó un poco restaurar la misma; pero me ayudé con el LLM que más utilizo para estos menesteres -aprendí a revisar una consola de errores- y, afortunadamente, pude iniciar la ejecución.

Pero no avancé mucho; lo que hice fue conrrer los cincuenta y seis test automatizados que he estado escribiendo durante las últimas semanas; de hecho había empezado un poco antes y, cuando no funcionó una parte, me dí cuenta del problema de la falta de configuración.

A las cuatro y media nos dirigimos hacia los supermercados en dirección norte; aunque no planeábamos entrar a los supermercados: al principio de la semana habíamos pasado a un vivero, en donde planeábamos comprar una suculenta, para regalarle a nuestra editora en su cumpleaños.

Aún no me acostumbro a caminar con los anteojos permanentes, pero estoy haciendo un esfuerzo para no mostrar tanta molestia por el hecho; la suculenta (en una maceta de barro) nos salió bastante cara (once dólares); luego pasamos a la tienda verde de descuentos a ver si había pinturas acrílicas.

Y es que el plan de Rb era decorarla de forma personalizada para su amiga -Rb es muy buena en las tareas creativas-; pero no encontramos nada interesante en la tienda; con lo que nomás retomamos el camino de vuelta a casa -casi a la mitad del trayecto vimos un operativo de seguridad bastante fuerte: un buen número de soldados  (con armas bastante fuertes y cascos) estaban alrededor de un negocio por el que pasamos todas las semanas-.

Un poco después de las seis de la tarde me metí a la habitación de Rb a hacer algunas lecciones de Duolingo (al final hice más de cuatro o cinco veces lo que había completado el día anterior); después Rb me recordó que debía preparar los rollitos de pollo.

Lo que había olvidado por completo: no bajé la pechuga del freezer, por lo que era un trozo de hielo completamente congelado; lo metí durante varios minutos -en segmentos de treinta segundos- al microondas y, al menos se dejó cortar.

Luego lo dividí en dos trozos de seis onzas, seccióné, cada uno, por el centro en cuatro porciones -sin llegar a separarlos- y luego los martillé con el mazo que compramos hace varios años para el efecto; el resultado no fue muy bueno, pero esperaba que, luego de doce horas en el refrigerador, puedieran ser exitosamente cocinados.

Y a ver cómo sigue eso...

 

 

sábado, 9 de mayo de 2026

Dinero encontrado... Found money... L'argent trouvé...

He tenido -¿como todos?- una buena historia con el dinero encontrado en el camino -también he perdido algo de efectivo en diversas ocasiones-; recuerdo que cuando empezaba este blog (hace dieciséis o diecisiete años) hubo una entrada sobre el tema (fue en noviembre del dos mil nueve).

Y este día -miércoles seis de mayo- volvió a suceder: veníamos caminando con Rb -nuestra salida diaria después del trabajo- y ví algo rojo en el piso: era un billete de la tercera denominación; y un poco después había otro billete de la denominación superior siguiente (y en el interior uno de la inferior siguiente).

Estuvo rara la cosa: estábamos muy cerca de un car wash -y venta de licores-; y del primero Rb no se dió cuenta; del segundo sí, no sé si me lo señaló o tuvo la intención de recogerlo; pero estaba de mi lado.

Pero bueno.

Los primeros días de la semana estuvieron bastante tranquilos: el lunes, especialmente, no salí de la habitación hasta muy muy tarde; ambos días (lunes y martes) desayuné un poco después de las diez (los tres días los registré en mi app como 20/4).

El lunes, después de meditar me quedé en la cama; intenté dormitar pero, un poco después de las ocho, recibí una llamada de mi supervisor en el Imperio del Norte (por suerte me había quedado con los audífonos puestos -y había puesto un video en la computadora del trabajo-).

Ese día se suponía que debíamos de probar una nueva versión de la app en la que trabajamos; incluso me tocó que contactar a mis dos compañeros analistas que estaban activos (el que menos me cae bien está ausente -de hecho iba a indagar con el PM si realmente está de vacaciones, pero luego me dije que no tiene importancia, realmente-).

El compañero que vive en el pueblo donde creció mi padre empezó a trabajar en la asignación; el que mejor me cae -y más brillante- tampoco estaba presente; le escribí por whatsapp y un poco más tarde me respondió por la app de mensajes del trabajo.

Yo ya había empezado a trabajar con el otro analista -y nos dimos cuenta, rápido, que la app no estaba funcionando-; reportamos eso al supervisor y él asignó a mis dos compañeros a un ambiente en el que estuvieron trabajando mietnras yo estaba de vacaciones.

Y a mí me asignó una tarea algo rara: apoyar a un analista que se encuentra en el Imperio del Norte (y que no sabe utilizar ni siquiera Excel) con una prueba en la que supuestamente ya estaba experimentado (pero no, no estaba nada experimentado).

Traté de ser proactivo y le pedí información sobre la tarea asignada; y nomás me envió algunas líneas bastante genéricas; y consulté con mis dos compañeros locales; y resulta que ninguno de los dos tenía conocimientos en la funcionalidad específica.

Un poco más tarde me llamó el analista desde el Imperio; y en cierto momento incluso incluyó al supervisor en la llamada; pero fue muy poco lo que pudimos hacer: básicamente marcó la tarea como fallida y envió un reporte bien escueto de lo realizado.

Yo estuve la mayor parte del día tratando de avanzar en el código -mi compañero había hecho algunos ajustes en una parte del código, y al revisar la ejecución de mis últimos cambios resultó que no eran compatibles-.

También estuve leyendo un poco de los tres libros: ficción en inglés, no ficción en español y tecnología en inglés; el almuerzo consistió de un poco de carne molida de pollo y un poco de güisquil -cortado en juliana y cocido- pues Rb está ahora también restringiéndose de la pasta.

Para el café de la tarde -que preparé después de lavar los trastes- aún tenía bastante pastel de avena/zanahoria de la semana anterior; consumí eso con media galleta; y le preparé a Rb -a las tres menos cuarto- una taza de té de manzanilla.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; yo había estado sopesando el consumo de media galleta de chocolate con media galleta redonda -de crema- pero ya no tenía de las últimas; entonces, en el supermercado más alejado compré un paquete de galletas waffle de fresa.

Y en el otro supermercado compré unas galletas chicky de fresa y unas galletas redondas de limón; también compramos allí un poco de bananos -aunque ahora Rb ha reducido su consumo diario a la mitad, debido a algo que DeepSeek le comentó sobre cómo podía afectar a sus riñones/vesícula-.

Por la mañana Rb había comprado una papaya y un mango (ella también ha detenido el consumo de esto último, debido a la misma razón que los bananos); y había pelado y partido ambos después de lavar los trastes.

Por la noche estuve sopesando ver algo en la computadora; pero, al final, no encontré nada interesante; y aproveché para adelantar un poco en los libros -estoy a un ciclo de terminar el de ficción en inglés; y bastante avanzado en los otros dos-.

El martes fue el día en que me quedé casi toda la mañana en la cama: me levanté a meditar a las seis y media, luego entré a la reunión de las siete, luego me quedé en la cama; hice algunas lecciones de Duolingo pero, realmente, estuve dormitando hasta las nueve que empezó la siguiente reunión.

Rb entró un poco antes a la habitación y al escucharla le comenté que aún estaría un rato en cama -estaba entre la vigilia y el sueño-; finalmente, un poco antes de las diez salí a prepararme el desayuno; y me pasé el resto del día revisando una función que estaba provocando que mi código no funcionara.

Fue un día bastante intenso de trabajo: como el código es interpretado no puedo encontrar la mayor parte de los errores más que al ejecutarlo -y agregar muchos comentarios para ver por dónde se logra avanzar-.

El almuerzo estuvo bien -la especie de pasta a la bolognesa, pero con güisquil en vez de pasta- y acompañé el café de la tarde con media galleta wafle de fresa y media galleta chicky de vainilla -y un dieciseisavo del pastel de avena/zanahoria-.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; aunque, realmente, no teníamos nada por comprar; la idea era pasar a la tienda verde de descuentos a ver si habían galletas redondas de fresa -en el pasado había comprado-.

Pero no encontré ninguna galleta atractiva en ese lugar; luego pasamos al supermercado, a ver si había bananos verdes; pero la mayoría ya estaban maduros; y los que estaban verdes tenían pinta de que se argeñarían; entonces retornamos sin ninguna compra.

Por la noche volví a evitar ver contenido audiovisual; nomás adelanté un poco en el libro de ficción en inglés; de hecho la noche anterior, después de retornar de caminar, me encerré durante un buen rato en mi habitación, y estuve leyendo/haciendo Duolingo/dormitando.

El miércoles me desperté con la intención de no quedarme mucho tiempo en la cama: después de meditar volví a la cama a participar en la llamada de las siete; después me quedé en cama pero no me acosté; abrí mi computadora personal para continuar trabajando en el código.

Salí de la habitación un poco después de que escuché a Rb ya levantada -alrededor de las ocho-; pasé las dos computadoras para la mesa del comedor y continué trabajando en este lugar: afortunadamente pude resolver el problema en el que había estado trabajando desde el día anterior.

A las once hicimos la rutina de ejercicios de mediados de la semana -algo que también hicimos el primer día laboral de la semana-; aunque ahora estoy firme en continuar durante mucho tiempo nomás con media hora de rutina.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; después me metí a la ducha -no había querido ducharme después de los ejercicios porque consideré que sudaría nuevamente al salir con los perros-; después ayudé a Rb con la preparación de la tercer porción de los almuerzos semanales.

El resto de la tarde estuvo normal: lavado de trastes, preparación de café, un poco más de código, té de manzanilla para Rb; a las cuatro Rb se retiró a descansar a su habitación; como el trabajo estaba tranquilo decidí retirarme a mi habitación y puse una alarma para las cinco -quería leer un poco del libro en español-.

Pero un poco antes de las cuatro y media Rb se apareció en mi habitación: se había recordado que tenía clase a las seis y media y, como de costumbre, debíamos salir media hora antes a realizar la caminata diaria; entonces nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Caminamos hasta el más alejado y entramos a ver si había filetes de pechuga de pollo -planeaba preparar un par de rollitos para el almuerzo del siguiente sábado, con mi hija mayor-; pero no encontramos -nomás había pechuga con hueso-.

En el otro supermercado -el que queda a medio camino- encontramos del tipo de pollo que andaba buscando; también compramos un poco de bananos; después de pagar las compras reiniciamos el camino de vuelta a casa.

Pero no nos dirigimos directamente: Rb decidió que quería pasar a la tienda de las verduras -no había encontrado lechugas en el supermercado, y ahora es uno de los elementos que ha agregado a (casi) todas sus comidas-.

En la tienda de verduras tampoco había lechugas; pero Rb encargó a la dependienta algunas, además compró manzanas y ciruelas para su consumo semanal de frutas; y unas zanahorias: había, en la refrigeradora, un par de trozos para el pastel que iba a preparar, pero consideré que me faltaría un poco.

Retornamos a casa un poco después de las seis y Rb se puso a prepara su cena ya que debía entrar a clase a las seis y media; yo esperé a que terminara todo -seguía revisando el código- y, cuando la cocina quedó desocupada, empecé a preparar el pastel de la semana.

Al igual que la semana anterior, le agregué media pastilla de mazapán De la Rosa -aún me queda una entera-, le bajé un poco al Monk Fruit y a  la Splenda; y también le agregué menos bicarbonato -aunque le agregué dos yemas extras a la receta original-.

Estuve en la preparación del pastel durante un poco menos de una hora -el tiempo de cocimiento se ha duplicado, creo que por el uso de las yemas extras-, mientras realizaba algunas pruebas con el nuevo código -de más de cincuenta casos nomás dos no me estaban funcionando-.

También traté de ver el sexto episodio de la quinta temporada de The Boys, pero preferí ponerme al día con mis notas -incluyendo esta- y con eso llegué hasta las nueve de la noche -un poco antes de las ocho había cerrado la máquina del trabajo-. 

Los dos últimos días laborales de la semana también estuvieron bastante tranquilos: el jueves completé los últimos cambios al código -después de la actualización que había hecho mi compañero-; aunque, como siempre, no estuvo tan sencillo el final.

En la reunión de la mañana se nos había pedido al equipo que realizáramos una prueba en un ambiente en donde usualmente verificamos que las nuevas actualizaciones no tengan errores críticos -antes de pasarlas al servidor de pruebas-.

Entre las dos reuniones de la mañana había programado una reunión con mi compañero más brillante: me había topado con una pared en el desarrollo del código; el día anterior lo había pasado tratando de resolverlo -ayudado por un par de LLMs- pero llegué a la conclusión de que lo mejor era consultarlo.

Y sí, la solución era -más o menos- la que ambos LLMs me habían planteado; o sea que hubiera podido resolverlo personalmente, pero me habría llevado muchas horas y mi compañero ya había escrito las rutinas necesarias para completar la función.

En la reunión le expliqué a mi compañero las dificultades que había encontrado y -no le tomó mucho tiempo- él me mostró cómo avanzar; escribí el código faltante en muy poco tiempo -aunque luego tuve que continuar con el siguiente bloqueo-. 

En el desayuno de la mañana -un poco después de las diez- consumí la última mitad de la octava parte del pastel que había preparado el miércoles anterior; a las doce y media sacamos a caminar a los perros; y luego recalentamos la última de las porciones de -nuestra versión de- bolognesa.

Por la tarde encontré un error raro en el código que estaba escribiendo; o más bien, en el código que debía probar con el código que estaba escribiendo: no estaba reconociendo la información que se recibía desde el servidor remoto; le escribí al programador en el Imperio del Norte que más nos ha ayudado, pero no recibí ninguna respuesta.

Después del horario laboral caminamos a los supermercados en dirección norte: por la mañana Rb había roto un cable USB-C con el que estaba conectando un ventilador portatil a su computadora y quería reponerlo.

Caminamos hasta la tienda verde de descuentos y allí encontró un cable -tres dólares-; también buscamos otro ventilador portátil -uno que tuviera giro-, no encontramos nada parecido en el lugar; pero Rb compró un pequeño abanico de papel -el calor ha estado bastante fuerte-.

Ese día mi hija mayor me pidió unos días extras -dos semanas- para realizar el depósito del monto de la cuota mensual de mantenimiento del departamento: le habían pagado por las clases de inglés que está impartiendo los sábados, pero la cantidad era ínfima.

De todos modos -supuestamente- ya había empezado a trabajar como traductora freelance en un sitio web en el que había estado aplicando durante las últimas semanas; le indiqué nomás que tuviera cuidado -y anoté en la lista de entradas y salidas del departamento el monto como cubierto (y también en su hoja individual de crédito)-.

En el camino de vuelta de los supermercados pasamos a la panadería habitual a comprar el pan para mis desayunos -también compré un pequeño zepelin, con lo que el monto gastado aumentó más del doble (un dolar y medio)-.

También pasamos a la tienda de las verduras; aunque esto generó un connato de conflicto: al inicio del camino de retorno (estábamos saliendo del supermercado, luego de comprar unos bananos) Rb me recordó que tenía que pasar a la tienda de las verduras (porque había encargado unas lechugas); yo le indiqué que no me caía bien las propietarias y ella me indicó -con aparente molestia- que si quería podía ir sola.

O sea, en cuando habíamos salido de la calle donde vivimos habíamos repetido el diálogo (sin la parte final); pero en el camino de vuelta me traté de tranquilizar y nomás la acompañé al lugar; y sí, le habían conseguido varias lechugas.

Por la noche ví el quinto capítulo de la quinta temporada de The Boys; pero mientras estaba en mi habitación -más o menos a la mitad- Rb me interrumpió para pedirme que viera lo que la perra más pesada había hecho: mordisqueó el abanico recién comprado.

El viernes preveía una mañana bastante cargadita: además de las dos reuniones habituales por la mañana tenía un par más programadas; la primera era de mi supervisor, para revisar el avance en los proyectos -se supone que la realizar semanalmente, pero teníamos tiempo de no reunirnos-.

La segunda la había programado mi compañero más brillante: se suponía que nos reuniríamos con el supervisor y su jefe para presentarle los avances que habíamos realizado en la automatización de algunas de las tareas del área.

Me levanté antes de que sonara la alarma (hasta uno o dos días antes me había percatado de que me estaba despertando más temprano porque estaba dejando abiertas las paletas de vidrio de la ventana), medité y entré a la primera reunión; la que no tuvo muchas novedades.

Después -una media hora más tarde- entré a la reunión con todo el equipo -local y remoto-; y, realmente, no aporté -ni recibí- mucho; excepto que el supervisor me asignó una tarea en conjunto con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre.

Un poco más tarde entré a la reunión en la que mi compañero iba a presentar los avances en la tarea que habíamos estado trabajando las últimas semanas; y esta sí estuvo extensa; se suponía que tardaría media hora, pero el código que mi compañero estaba presentando no funcionó.

Entonces empezó una larga explicación de lo que había hecho, lo que podía estar fallando y las razones por las que aún no habíamos completado la asignación -también los aspectos por los que la automatización no podía ser completa-.

Al final logró que el código funcionara -el supervisor no había entrado a la reunión, nomás su jefa-, pero me quedé con la impresión de que el jefe del supervisor no entendió mucho cómo iba realmente el avance; tampoco entendí su opinión; según mi compañero la instrucción fue que continuáramos avanzando. 

Después de esta reunión el analista que vive en el pueblo donde crecio mi padre me estuvo escribiendo en la aplicación de mensajes, pero preferí llamarlo para mostrarle el procedimiento que habíamos realizado, el lunes anterior, con el analista en el Imperio del Norte; y resolver las dudas que pudiera encontrar.

Rb había ido, al supermercado en donde se provee de frutas, después de desayunar y retornó un poco antes de las once de la mañana; le pedí que atrasáramos un poco la realización de la rutina de ejercicios: quería sacar a caminar a los perros después de esta -y previo a meterme a la ducha-.

Aceptó mi sugerencia y, un poco después de las once y media- realizamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a caminar a los perros más grandes; cuando entramos terminamos la preparación del almuerzo: pescado, caldo de pollo y ensalada.

El almuerzo estuvo bastante copioso y, después del mismo, me metí a la cocina a lavar los trastes que desbordaban el lavatrastos; luego me preparé un té de menta; el que consumí con: un cuarto del zepelin que compré el día anterior, un octavo del pastel que preparé un par de días antes, un tercio de una galleta de limón y una mitad de galelta de chocolate.

Por la noche ví la primera -de dos y media- media hora de una película china de ciencia ficción: Resurrection; por alguna razón la tenía en mi lista de material audiovisual pendiente y esa noche -por fin- la bajé con un enlace de torrent; creo que no he visto muchas películas chinas y esta se veía interesante.

Y a ver cómo va eso...

domingo, 3 de mayo de 2026

Trucos y Tretas para Vivir Bien... Tricks and Tips for Living Well... Trucs et astuces pour bien vivre...

He leído varios libros gracias a las referencias que he visto en las conferencias del canal Aprendemos juntos, en Youtube; el último -que da título a esta nota- le encontré buscando bibliografía de un psiquiatra que hablaba sobre tres ingredientes de la felicidad.

Y eso fue lo primero que me llamó la atención: el uso contínuo -dentro de su discurso, o explicaciones- de acrónimos de tres o cinco letras, con los cuales explicaba conceptos -me imagino que para facilitar su fijación-.

Otra cosa que me llamó la atención de la conferencia era el aire campechano -en su forma de abordar los temas o responder a las preguntas del público- del personaje; o sea, es un médico (psiquiatra) español de una edad avanzada pero su lenguaje se adaptaba -creo- al medio.

Y no estoy seguro de continuar con este libro -tendría ahora tres líneas abiertas: inglés ficción, tecnología y ahora sería español-; porque el primer capítulo -que leí hace un par de noches- lo veo muy anecdótico.

Y a ver cómo va eso...

El domingo por la noche se volvió un poco raro: hubo -otra vez- un connato de conflicto con Rb; y debió haber sido -otra vez- por alguna tontería: algo como yo enojándome por algo que me parece irracional y ella enojándose porque no le parece 'adecuado' que yo me enoje por dicha razón.

Me pareció raro, eso sí, que dí --o intenté dar- punto final a la discusión con un 'porque así soy'; comentario que me parece muy retrógrado; pero también me preocupa tener que andar justificándome por algún rasgo de mi personalidad -o 'intentar' 'mejorarlo'-. 

De todos modos -me dije- estaba considerando tener una conversación 'seria' con Rb sobre esto último -lo cual, por supuesto, ya no efectué- pues temo que las condiciones de convivencia vayan deteriorándose paulatinamente -no quiero volver a pasar por un escenario similar al que compartí con la madre de mis hijos-. 

Lo interesante es que no había estado viendo nada de media -después de ver el último capítulo de The Boys- por las noches; aunque tampoco había estado leyendo mucho: nomás algunas páginas de un libro en español; o algo del libro de Bases de Datos.

El lunes -mi último día de vacaciones- me levanté a las seis y media; medité y volví a la cama, en donde estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -casi únicamente partidas de ajedrez-; un poco después de las siete entré a la habitación de Rb y le propuse que completáramos la rutina de ejercicios.

Pero ella me recordó que habíamos acordado realizarla a las once de la mañana -dos horas después de su desayuno-; entonces retorné a la cama y estuve intentando leer un poco del libro de psicología en español.

La noche anterior -o la tarde anterior?- había estado pensando en dos reuniones para la semana laboral: el lunes había planeado reunirme con mi amigo que ahora vive en Italia -el viernes me enteré que estaba (nuevamente) en el país, y estuve tratando de coordinar una reunión los siguientes dos días-.

También le escribí a mi amigo de la facultad que me contactó -luego de más de una década- la semana anterior; proponiéndole tomarnos un café el siguiente viernes -asueto local por el día del trabajo-; y no había recibido respuesta al segundo mensaje.

Temprano en la mañana ví que había contestado a mis mensajes, aceptando mi invitación pra el viernes; intenté llamarlo -por whatsapp- pero me respondió -por lo bajo- comentándome que estaba en una reunión y me llamaría más tarde.  

Con mi amigo italiano estuve en comunicación el sábado y domingo y habíamos acordado que nos veríamos el lunes por la tarde; luego le propuse que llegaría a su pueblo -vive como a ochenta kilómetros de la ciudad- y luego me escribió para comentarme que su auto se había descompuesto y estaba cancelando.

No creí mucho su excusa, y aún intenté reorganizar la hora -o lugar: supuestamente, ese día debía bajar de su pueblo -con su padre: pastor de una iglesia evangélica en el lugar-; se suponía que la iglesia a la que vendría está en el municipio donde vivo, el problema es que el municipio es bastante amplio.

Al final ya no se pudo resolver nada con mi amigo; me pasé la mayor parte del día avanzando en la automatización de un par de opciones, en la página en la que había estado trabajando durante las últimas semanas -y completé ambas, al final del día-.

A las once de la mañana hicimos la rutina de ejercicios con Rb; después sacamos a caminar a los perros; luego consumimos la primera -de cuatro- de las porciones de albóndigas con salsa de hongos -y fideos-.

La tarde estuvo bastante normal: lavé los trastes después del almuerzo, luego me preparé un café -que  consumí con dos mitades diferentes de galletas y un octavo del pastel del miércoles anterior-; a las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb.

Y a las cinco de la tarde -tratamos de no salir tan temprano pues el sol había estado abrasador- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: yo quería comprar unos cuencos -herméticos de ser posible- de plástico para conservar en el regrigerador las dos yemas que Rb estará desechando cada dos días.

En la tienda verde de descuentos encontré un paquete de cinco recipientes herméticos de plástico -con forma de corazón- y los adquirí por un dólar y medio; después caminamos de vuelta a casa -hemos estado comprando menos bananos, por las nuevas disposiciones alimenticias de Rb-.

El martes me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bastante extraño: en el que le intentaba explicar al hijo de un ex compañero del bachillerato, las diferentes concepciones de lo bueno y lo malo entre culturas.

Pero me desperté y continué pensando en el tema y en la forma en la que había ido cambiando mi forma de ver lo bueno y lo malo -desde el cristianismo más primitivo hasta el budismo, pasando por el judaísmo-; de todos modos empecé a meditar.

De lo que no me dí cuenta fue de que no había cancelado la alarma, pues volvió a sonar a los cinco minutos de haber empezado a meditar -seguramente nomás le dí aplazar-; cuando sonó volví a reiniciar el timer de los veinticinco minutos.

Después de meditar -ya eran las siete- abrí la computadora del trabajo y entré a la reunión de equipo de la mañana; en la que ni si quiera -creo- notaron mi presencia; después de la reunión me quedé en cama completando algunas lecciones de Duolingo.

Un poco después de las ocho me levanté y salí a la mesa del comedor; Rb ya se había instalado en la misma pues -debido a que tenía clase de zumba a las diez- debía desayunar una hora antes de lo acostumbrado.

Me pasé toda la mañana trabajando en dos o tres opciones de la página en la que había estado invirtiendo casi todo mi tiempo de vacaciones -la verdad es que me gusta programar-; Rb salió hacia la extensión municipal que se encuentra a pocas calles y -a las diez- me preparé el desayuno.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros; y hasta que los entramos Rb se dió cuenta que no había preparado la berenjena que almorzaría -en lugar de los fideos del día anterior (yo almorzaría lo mismo)- y empezó la prepación, lo que nos atrasó un poco el almuerzo.

Un poco después me pidió que preparara las ensaladas y calentamos la segunda porción de albóndigas de la semana; después del almuerzo me metí a la cocina a ocuparme de los trastes sucios -y a prepararme un café-.

El resto de la tarde continuó normal: a las tres menos cuarto preparé un té de manzanilla para Rb, y continué trabajando en el código; a las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; no llegamos hasta el extremo del boulevard ni entramos en el supermercado más alejado.

Pero sí cruzamos la calle (que es donde se encuentra el supermercado más alejado), nomás para entrar a una tienda de ropa de segunda mano: Rb andaba en búsqueda de un vestido fresco -el calor había estado bastante fuerte durante los últimos días-.

En el otro supermercado compramos algunos bananos, una lechuga -ahora Rb está consumiendo esto en su desayuno, con un poco de pollo (por la proteina)- y unas alitas de pollo; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y preparando un video de origami de un gato (el amigo que vive al otro lado de la ciudad me había enviado un link y lo recorté y ralenticé).

El miércoles me desperté un poco antes de las seis y media; por alguna razón (¿el calor?) había estado teniendo sueños bastante raros: en esta ocasión vivía en una especie de apartamentos con Rb -super raro-; mientras meditaba me recordé de la situación del domingo por la noche y, al iniciar a trabajar -después de la reunión-, escribí esto:

Meditando me recordé: el conflicto surgió porque yo no quise continuar una llamada con el servicio al cliente de la telefónica que nos provee internet; cuando retornamos de la caminata no había servicio; entonces -como siempre- Rb llamó y empezó el proceso para que revisaran si había algo que se pudiera hacer; pero el servicio estaba que iba y venía; y en cierto momento Rb no podía hablar y me pasó el teléfono; pero yo me negué a continuar la llamada.     

La llamada al final fue intrascendente -había un fallo en el área- pero después de la misma Rb me empezó a reclamar sobre mi negativa a continuar la llamada -ya había pasado algo similar unas semansa antes: mi negativa a interactuar con Servicio al Cliente-; y yo me molesté, primero porque estaba molesta; pero segundo -creo- porque me molesta explicar que no me gusta hablar por teléfono. 

La verdad es que la situación estuvo bastante rara; pero me hizo plantearme -otra vez- finalizar mi convivencia actual; la cuestión -creo- se agudizó porque más tarde Rb me estuvo mostrando algunos errores que cometí en la última tarea que nos asignó nuestro contacto en el país vecino del norte; no solo me molestó que me señalara mis errores, sino que pensé que lo que estábamos haciendo no tenía sentido.

Ya había pasado más de un mes del inicio del proyecto y no habíamos visto ni un centavo; y Rb se había estado dedicando completamente a esas tareas: lo que por una parte está bien -es tiempo que generalmente lo pasa en redes sociales/juesgos en línea- pero, por otro lado, lo toma -lógicamente- como un trabajo, dedicándose abstryéndose de lo demás.
 
La verdad es que no sé cómo proceder; de hecho Rb me recordó de mi actuación en el pasado: ella armaba conflicto y yo no lo tomaba; y me sugirió que podía seguir haciendo lo mismo; pero, por alguna razón (tiempo, vida) ya no me es posible -o no elijo- no tomar el conflicto.

La cuestión es que el martes al mediodía Rb me recordó lo de las tareas -el contacto en el país vecino le mencionó algo de los errores que encontró en las últimas tareas recibidas- y, ante mi declaración de que no seguiría con ese tipo de tareas, Rb empezó -otra vez- con que siempre hacía lo mismo, que no se me podía decir nada, etc.

Entonces me puse serio y le pregunté si ya no quería que siguiera viviendo acá; lo que por supuesto inició una conversación bien incómoda; en la que se me recordó que siempre tomaba esa actitud; traté de mantenerme calmado, asegurando que no quería irme, pero que tampoco me atraía estar continuamente en conflictos; y me quedé a la expectativa.
 
Lo raro es que entre la tarde y la noche del domingo la balanza electronica que Rb utiliza para pesar todas sus porciones dejó de funcionar; era la segunda -la anterior le había tardado varios años- y, en los últimos tiempos, había sido vital para los días cotidianos de Rb; entonces fuimos a la gran ferretería industrial en donde adquirimos este tipo de dispositivo; en donde Rb compró la nueva balanza -sería la tercera-; y claro, al día siguiente que probó la anterior, estaba funcionando de nuevo.
 
O sea, la noche anterior habíamos probado cambiándole de baterías pero no funcionaba -se quedaba en una especie de prueba de inicio-; me pareció -pero la situación estaba muy tensa- que se habían mojado los circuitos; y, quizá, al día siguiente ya había pasado la crisis hídrica y por eso funcionó de nuevo; le sugerí -y procedió así- a Rb que almacenara la tercera -nomás quitándole las baterías- pues, en algún momento tendrá que entrar en operación; y la segunda continuó en funcionamiento.

Por la mañana del miércoles estuve revisando una parte del código de mi compañerito que estaba fallando -pero, creo, debido a una forma en la que yo estaba escribiendo mi parte-; estuve alimentando un LLM con algunos datos para requerir sugerencias de validación.

A las diez hicimos la rutina de ejercicios de mitad de la semana -en total dura un poco más de media hora-; luego tomé una ducha; a las once y media salimos con Rb en la van: habíamos previsto ese día pasar por mi nuevo par de anteojos al hospital oftalmológico.

El tránsito estaba insufrible; nos tomó más de una hora ir y venir -usualmente no debería ser más de media hora-; antes de salir del boulevard pasamos a llenar el tanque de la van -justo un mes después de la última vez-, aprovechando que la gasolina había bajado medio dolar el día anterior.

Y sí, la cuenta del combustible bajó un poco; pero al salir de la gasolinera lo hice con demasiada agresividad -me le metí bien feo a un camioncito (y el conductor no reaccionó bien) y estuve a punto de que golpeara el auto-; luego, en una rotonda que estaba super llena me volví a meter mal (a la derecha) de un pickup que estaba tomando la circunferencia -y Rb (a diferencia del pasado) reacciona muy mal a esta actuación-.

Total que llegamos al hospital un poco alterados -el calor también estaba calcinante-; ya en el lugar intenté entrar a un parqueo al fondo de la calle; pero justamente una señora estaba saliendo y parqueó el auto justo en la entrada, para que un paciente (¿su padre?) se subiera al auto (el señor estaba en silla de ruedas).

Rb me pidió que me estacionara en el otro parqueo (justo en la entrada de la calle) así que retorné al mismo; pero no me dí cuenta que en la entrada había un cono -afortunadamente no eran garras metálicas o las ruedas delanteras de la van no hubieran sobrevivido).

Rb se puso más tensa y me pidió que me tranquilizara; me disculpé con el guardia del parqueo (el cual no le dió importancia, pero también -yo iba que no quería saber nada- me cobró con un ticket ya cancelado): o sea, me cobró un dólar más de lo que debía haber pagado (y en una operación que -hasta después que lo pensé- era un fraude).

Y lo que pasaba es que me resistía a utilizar los anteojos progresivos (permanentes) de forma 'correcta'; o sea, me había empecinado en que usaría los anteojos nomás para lectura -ver de cerca- y no, no era lo correcto.

Dejamos el auto estacionado -el guardia me dió un ticket ya sellado (y aún me dijo que no lo mostrara)- y pasamos a la óptica del lugar, en donde me entregaron los nuevos anteojos -yo estaba de un humor macabro- y la chica que atendía me empezó a explicar cómo usarlos (al inicio me estaba costando enfocar el texto muy pequeño).

Al final nomás los guardé y le pedí a Rb que me acompañara a la farmacia: en ninguna visita anterior me había percatado que el lugar contaba con una y esperaba encontrar las gotas que me habían recetado una semana antes -y no había podido encontrar en ninguna farmacia local).

Pero la cola estaba muy lenta (y yo andaba en horario laboral -le había avisado a mi segundo analista favorito que me iba a ausentar, por si el supervisor me buscaba-); entonces le dije a Rb que lo compraría cuando llegara nuevamente (a mediados de Mayo).

Nos dirigimos a la salida pero en las sillas de recepción Rb me conminó a sentarnos un momento; y me echó un discurso de que comprendía mi frustración y todos los sentimientos negativos que estaba experimentando, pero que no quería que manejara igual a como lo había hecho en el viaje de ida.

Aún le pedí que no utilizara expresiones vulgares (usualmente no me importa, pero estaba sensitivo); esperé un momento, luego le dije que ya estaba calmado y nos dirigimos a sacar el auto del estacionamiento (dos dólares y medio).

Al retornar a casa sacamos a caminar a los perros y luego calentamos la tercera porción de albóndigas de pollo (yo calenté -por error- las dos porciones restantes); después del almuerzo me resigné y empecé a utilizar los nuevos anteojos -incluso se me humedecieron los ojos (aún no estoy seguro si de tristeza o frustración, o algo más)-.

Además, cuando retornamos ví que -muy oportunamente- mi supervisor en el Imperio del Norte me había escrito casi una hora antes; y, como casi siempre, sus instrucciones eran muy nebulosas: me estaba pidiendo que revisara una lista de pendientes, y que si encontraba alguno aún sin ejecutar, que lo completase.

Como no había trabajado en los mismos durante las semanas precedentes le escribí a los dos analistas que estaban disponibles (el que menos bien me cae había estado ausente toda la semana -y no había marcado vacaciones en el calendario grupal-); pero ninguno de ellos me pudo aclarar mucho.

Entonces empecé una revisión bastante escueta; y, la verdad, no realicé ninguna de las tareas pendientes; pero es que -supuestamente- las que aún estaban sin ejecutar no habían sido trabajadas por el equipo local sino por la compañera de mi supervisor; entonces nomás le envié un mensaje a mi supervisor, explicándole el status (y por supuesto no recibí ninguna retroalimentación).  

Continué trabajando hasta las cuatro de la tarde; a las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; era la primera vez que utilizaba anteojos para caminar y no me sentía nada bien (ánimica o físicamente), pero Rb fue bastante comprensiva (aunque un poco antes del almuerzo se había encerrado un rato en su habitación, no sé si para llorar u orar -o ambas cosas-).

Caminamos hasta el extremo del boulevard: Rb andaba buscando vestidos de verano en las tiendas de ropa americana del área -pero no encontró nada que la atrajera-; en el supermercado de la mitad del camino compramos un par de lechugas -ahora Rb está comsumiendo un poco de estas hojas en todos sus desayunos-.

Por la noche Rb entró a su clase de Teología -ya es el último semestre, me parece- y yo me metí a la cocina a preparar mi pastel semanal de avena y zanahoria; en esta ocasión la mezcla me quedó bastante líquida y tuve que cocinarlo -a fuego muy bajo- durante casi el triple del tiempo.

Pero al final salieron las ocho porciones que había estado utilizando desde hacía algunas semanas (¿o meses?); por la noche ví el capítulo cinco de la quinta (y última) temporada de The boys; y traté de leer un poco, aunque aún estaba aprendiendo a utilizar las tres áreas de los anteojos.

Un poco después de las siete le había escrito a mi antiguo supervisor en el Imperio del Norte, quien me había contestado un par de horas antes, y lo llamé casi a las diez de la noche; estuvimos conversando durante un poco menos de media hora (ahora su hija mediana vive en su casa -con su nieto de casi año y medio-). 

El jueves me levanté a las seis y media, medité y retorné a la cama a atender la primera reunión del día; la cual estuvo bastante corta; después de la reuniń me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo; pero mi compañero más brillante me había escrito para que nos reuniéramos.

Yo le había pedido que nos reuniéramos el martes; y me había propuesto reunirnos el viernes (que es un día de asueto oficial en el país: el primero de mayo -día del trabajo-); no le había querido hacer notar el hecho, pero se dió cuenta después de la reunión del jueves y me propuso una reunión.

Programé la reunión para las ocho de la mañana y a esa hora le mostré -o le expliqué más bien- lo que había estado haciendo durante las semanas precedentes; y no le pareció mi avance; principalmente porque no había estado desarrollando la rama que es más urgente (¿o importante?) pero tampoco quedó muy decepcionado: una vez terminada la rama que había estado trabajando era más fácil concluir la primera.

Estuvimos reunidos durante un poco más de media hora; le planteé algunas dudas conceptuales que tenía sobre las tareas que había estado trabajando durante los días precedentes; me dió algunas guías generales y quedamos en que continuaría trabajando de la misma forma.

Y continué con la escritura del código -y tratando de acostumbrarme a ver en tres niveles diferentes- durante el resto del día; la verdad es que lo segundo me ha estado costando -no sé si solo es frustración emocional o también física-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes.

Luego de la caminata calenté la última porción de albóndigas de pollo; pero justo en ese momento nos percatamos que no quedaba pasta (o arroz -había consumido lo último en el almuerzo del día anterior- y Rb estaba acompañando su almuerzo con berenjena); entonces puse un poco de agua para preparar un puñado de coditos sin gluten.

La preparación no tardó tanto y, un poco más tarde, concluimos el almuerzo; después del cual me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado en el día (y a prepararme un café); a las dos cuarenta y cinco le preparé un té de manzanilla a Rb.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; no teníamos algo específico para comprar (excepto el pan para mis desayunos), pero caminamos hasta la tienda verde de descuentos -un poco más de dos kilómetros-; en donde verificamos que no había café en presentación individual.

Después pasamos al supermercado que queda en el comercial desde donde usualmente tomamos los buses intermunicipales; allí compramos un poco de bananos (Rb disminuyó su consumo a la mitad, pero está cuidando que no estén muy maduros a la hora de consumirlos).

En el camino de vuelta -casi a mitad del trayecto- pasamos a la panadería más económica del área -usualmente gasto allí medio dólar entre pan francés y pan dulce-; por la noche estuve buscando alguna serie para ver y me enteré que la segunda temporada de Monarch había sido publicada a principios del mes.

Intenté verla en alguna de las páginas de series que habitualmente utilizamos, pero no encontré una buena presentación -con subtítulos en inglés-; al final bajé el primer capítulo -con un torrent- y ví un poco más de la mitad del mismo; luego, antes de dormirme, leí un par de páginas del libro de SQL.

El viernes me desperté a las seis y media -era un día des asueto laboral- y me quedé un par de minutos más en la cama; pero luego me levanté a completar mi período de meditación; después retorné a la cama y estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo.

También, por ser el primer día del mes, pagué la cuota de mantenimiento del departamento de mis hijos (cietno veinte dólares) -y los cuarenta dólares con los que contribuyo a los servicios de la casa de Rb-; finalmente, a las ocho, salí de las sábanas.

Como había previsto salir a las nueve de la mañana -había planificado un café (o desayuno) con mi ex compañero de la facultad que me había llamado (después de muchos años) unas semanas antes-, un poco después de las ocho completé la rutina de ejercicios de los viernes.

Después de la sesión -es bastante fuerza, creo- me metí a la ducha -de la cual me tocó que salir sin toalla pues Rb había puesto la anterior en la canasta de lavandería, sin sustituirla por una nueva-, luego me vestí y me calcé los anteojos -no los usé ni en el ejercicio (discutible) ni en la ducha (esperable)-.

A las nueve y cuarto tomé mi mochila -que está bastante pesada- y empecé a caminar hacia la ruta intermunicipal; consideré esperar el busito en el boulevard -o abordar alguno de los que me sobrepasaron en el trayecto- pero estimé que era mejor darle movimiento al cuerpo.

En el boulevar principal me toco que esperar un poco por el bus intermunicipal -el cual vuelve a cobrar medio dolar (le habían subido veinticinco por ciento al pasaje, debido a la guerra del señor zanahoria)- y cuando lo abordé me acomodé un un asiento y me puse a jugar algunas partidas de ajedrez.

El bus no tardó en llegar al área donde se encuentra el comercial en donde se estacionan los busitos que pasan por la casa de Rb; crucé la calzada principal pues habíamos acordado con mi amigo reunirnos, en la cafetería que más visito, a las diez.

Llegué al lugar con cinco minutos de anticipación; y el local se veía saturado -ví una mesa vacía, pero percibí que el parqueo estaba a reventar-; de hecho había una cola extensa en la caja -en este lugar primero se ordena/paga y luego llevan el pedido a la mesa-.

Me senté en una mesita que encontré vacía -y sucia- y le escribí a mi amigo para comentarle que el parqueo se veía lleno y que si no encontraba lugar me hablara y saldría para que buscáramos otro lugar -no encontré wifi disponible y activé los datos móviles-, y me dí cuenta que me había enviado un audio cinco minutos antes, comentándome que iba tarde.

Me salí del lugar -se me acabaron los datos móviles- y busqué un lugar para esperar a mi amigo afuera; pero luego me dije que quizá me escribiera -o enviara un audio- y no me enteraría; entonces me pasé a un costado de la estación del transmetro y me conecté a la wifi del lugar.

Entré a whatsapp y no encontré ningún nuevo mensaje -ya eran las diez y once-; entonces lo llamé y le comenté lo del parqueo, y le propuse esperarlo del lado contrario de la calzada -más fácil para él- y buscar un restaurante más vacío; mi amigo me propuso que nos reuniéramos en un restaurante justo al otro lado de la calzada.

Me dirgí al lugar y me senté en las bancas del área de espera -le envié un mensaje a las diez y veinte, comentándole que no veía muchas mesas-; me había conectado a la wifi de la tienda de donas en donde he invitado -a café y donas, a mi primo, en un par de ocasiones-.

Consulté en Google maps por el tiempo de viaje estimado desde donde me había enviado el primer mensaje; la página indicaba un viaje de ocho minutos -y ya eran las diez y treinta y cinco-; estaba por enviarle un mensaje mostrándole este dato, cuando me llamó para avisarme que ya estaba en una mesa del lugar.

Y en efecto, había entrado al lugar desde el sótano y se había acomodado en una mesa que no era visible desde el exterior; nos saludamos efusivamente -teníamos más de quince años de no vernos (desde el funeral de otro ex compañero de facultad)- y luego esperamos a que nos llegaran a atender.

El restaurante es -creo- de nivel intermedio -buena comida y buena atención- y, antes de ordenar le pregunté si quería que lo invitara, si quería invitarme o si quería que compartiéramos la cuenta -indicándole que él era el pudiente-; me dijo que él se haría cargo; entonces ordenamos un par de desayunos típicos.

Y nos pasamos el siguiente par de horas -u hora y media?- poniéndonos al día de la última década -cuando me llamó unas semanas antes me había comentado que su madre había muerto un par de meses antes (y recordé que ella fue de las primeras en externar su opinión sobre mi comportamiento inusual -que luego comprendí era parte de Asperger-).

Un poco después del mediodía concluímos la reunión -no pude observar cuál fue el monto de la cuenta- y mi amigo se ofreció a psar a dejarme al lugar en el que tomaría el busito de vuelta a casa -la verdad es que creo que quería presumir su Toyota eléctrico (importado directamente de China {país de nacimiento de su progenitor}, y sí, remarcable)-.

Después de apearme del primer auto eléctrico en que había estado, abordé el busito que estaba esperando pasajeros; un poco después inició el viaje; y me dí cuenta que habían quitado los anuncios del aumento de precio del pasaje.

Un poco más tarde estaba entrando a la casa de Rb -quien no me escuchó entrar y se sorprendió bastante al encontrarme en la sala de su casa-; luego sacamos a caminar a los perros grandes -mientras el pescado se terminaba de cocinar- y, cuando entramos, preparé el par de ensaladas del almuerzo.

Después del almuerzo me hice cargo de los trastos que estaban en el lavadero; después me preparé un té de menta -el que consumí con un pan tostado, un cubilete y la mitad de las galletas que consumo habitualmente-; el resto de la tarde estuve trabajando en la penúltima funcionalidad que tenía pendiente de la tarea en curso.

Por la noche ví la última parte del primer capítulo de la segunda temporada de Monarch -lo había bajado el día anterior-; y no quedé muy seguro si seguiría viendo el resto de la temporada; además, intenté correr algunos de los scripts del libro de SQL en mi computaodra personal.

El sábado me levanté a las seis y cuarto; medité y luego me metí a la ducha; después de secarme y vestirme ví que aún tenía tiempo para un par de lecciones de Duolingo -mi reunión era a las siete y media, pero no esperaba un viaje de más de veinte minutos y aún eran las siete-.

Después de jugar un par de partidas de ajedrez tomé mi mochila y salí a arrancar la van; el trayecto hasta el Mc Donald's del periférico estuvo bastante tranquilo: era la primera vez que manejaba utilizando los anteojos progresivos.

Llegué al lugar cinco minutos antes de la hora en la que debía encontrar a mi amigo, me conecté al wifi del lugar y le envié un mensaje, para comentarle que ya me encontraba allí; un poco más tarde ví que mi amigo se acercaba por el parqueo.

La noche anterior había verificado el listado de ofertas del restaurante y me había enviado una captura de pantalla de una buena opción para desayunar: un par de menús clásicos de desayuno por un poco más de siete dólares.

Utilicé uno de los kioscos del lugar, seleccioné la oferta y pagué con la tarjeta de Rb (se suponía que de esta forma lo llevaban a las mesas -pero no había números de orden en el kiosco-) pero luego tuvimos que pasar al mostrador por la orden.

No había visto a mi amigo desde noviembre del año anterior (casi medio año) y él me lo había hecho notar cuando le escribí un par de semanas antes para invitarlo al desayuno (igual, él tampoco había hecho ningún intento de contacto) y nos pusimos al día de la vida de cada uno: su hija mayor (divorciada a los veintidós, continúa trabajando como maestra, su hija menor está estudiando -online- Diseño Gráfico, en una de esas nuevas universidades).

Y la luz de sus ojos -su hijo mediano- está ya en el tercer año de la facultad y, al parecer, todo marcha viento en popa en su estudio de la Ingeniería en Computación; mi amigo también me llevaba un par de anteojos -vagamente recordaba que le había pedido que me consiguiera unos con la graduación anterior- pero le conté la novedad de los permanentes.

Y él me comentó que, efectivamente, había notado desde el inicio los lentes progresivos; también le comenté que a mediados de mes debía someterme a una Iridotomía Periférica (encontré ese término en Google) y que no estaba seguro si ya había asegurado un acompañante (se supone que debe haber alguien con el paciente pues la visión queda degradada por un tiempo).

Quedamos en que, si no lograba asegurar que otro amigo me acompañara, le avisaría esa semana para que llegara al hospital oftalmológico; estuvimos en el restaurante -aún me dió tiempo para comprar un par de pastelitos (cuatro dólares)- hasta las nueve y media.

Yo había puesto una alarma en el celular pues quería retornar antes de las diez de la mañana a casa: Rb tenía que llevar a su perra a que le cortaran el pelo (la noche anterior había estado terrible pues la perra se pasó -casi toda la noche- auyando y ladrando).

Me despedí de mi amigo e inicié el retorno a casa; en el camino -entrando al municipio- llamé a Rb y le comenté que ya estaba cerca; pero ella me comentó -se oía bastante dolida- que se iría caminando; insistí en que me diera diez minutos y, efectivamente, en menos de ese tiempo me estaba parqueando frente a la casa.

Cuando entré a casa encontré a Rb en un estado fatal: estaba llorando y me indicó que había decidido que pediría una eutanasia para la perra; que la noche había estado muy mal y que no le hacía bien a nadie la situación actual; yo nomás la ayudé a subir a la van y la conduje a la veterinaria.

Cuando llegamos al lugar salió la groomista a recibir a la perra, pero Rb le indicó que necesitaba hablar con el veterinario; entonces tuvimos que esperar por un largo rato -casi media hora-; pero, finalmente, el veterinario las recibió -yo decidí esperarlas afuera-.

Afortunadamente (?) el veterinario consiguió tranquilizar a Rb -y bueno, le pidió que la tratasen por un par de semanas, para ver la evolución-; entonces dejamos a la perra para que le cortaran el cabello y retornamos a casa.

En donde sacamos a caminar a los perros más grandes y, luego, preparamos el almuerzo: un caldo de pollo que Rb había preparado con un medio pollo que había encontrado en el freezer; después de almorzar lavé los trastos y preparé un par de tés: uno de menta para mí y uno de manzanilla para Rb.

Un poco más tarde le enviaron un mensaje a Rb para que fueramos por la perra; en esta ocasión sí entré al área de recepción y escuché el diálogo entre el veterinario y Rb: él no la ve grave pero le recetó unos antibióticos, en caso el animal tuviera alguna molestia interna.

Rb se dirigió a su iglesia un poco después del almuerzo: debía encontrar a sus dos alumnas del programa de alfabetización adulta para la clase semanal; antes de irse me pidió (y me irritó) que realizara la limpieza mientras ella estaba en la iglesia -se suponía que debía pasar por ella a las cinco y media-.

Continué trabajando un rato en el código en el que había estado trabajando las últimas semanas y, un poco más tarde, realicé la limpieza semanal -poniendo énfasis en no recoger nada de lo que se suponía que ella debía hacerse cargo-; un poco después de las cinco empecé a caminar en dirección a la iglesia.

Llegué al lugar un poco después de las cinco y media y me acomodé en el patio de las aulas -al parecer un grupo de jóvenes estaba teniendo una actividad en una de las mismas-; un poco después salió Rb y me comentó que aún debía esperar un poco; entonces me puse a jugar ajedrez en mi celular.

Después de que Rb se despidió de sus alumnas (ahora son tres, en lugar de dos) pasamos al supermercado del comercial que se encuentra al final de la calle; allí Rb compró un poco de pollo para su perra y un poco de bananos.

Por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y leyendo un poco del libro de SQL; luego de lo cual empecé la tercera tanda de cinco capítulos del libro en inglés; pero me estuve casi todo el resto de la noche en mi habitación -me sentía agotado física y emocionalmente-.

El domingo no me quise despertar a las seis y media; nomás desconecté la alarma -luego puse otra alarma para una hora después-; a las siete y media me levanté a meditar; luego retorné a la cama pues planeaba utilizar la media hora de puntos dobles que otorga el reto semanal.

Pero me dí cuenta que no había Internet; de hecho el wifi del celular no detectaba ninguna red; luego escuché que Rb se levantó y vino a mi habitación; y me comentó que no había servicio eléctrico; ella estaba tratando de comunicarse con el servicio al cliente de la compañía.

Y un poco después salió al patio a saludar a la vecina -y a informarse de la situación-: al parecer había habido un accidente durante la madrugada a un par de calles de distancia y un equipo de la empresa eléctrica estaba trabajando en el lugar.

Rb aprevechó, entonces, la mañana en realizar algunas tareas domésticas -que casi nunca realiza-, como lavar la ducha, entrar alguna ropa de los tendederos y así; yo me entretuve un poco con el libro de inglés y luego me levanté a preparar mi desayuno.

Un poco después de las diez y media nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; hubo una situación bien confusa al llegar cerca del más alejado; estábamos en el arriate central y un pickup puso luces de emergencia para darnos paso -iba en el carril interior-; pero cuando tomamos el otro carril otro gran pickup aceleró y estuvo a punto de atropellarnos.

De hecho yo casi ni me dí cuenta; pero unas personas se percataron y se escandalizaron de la situación; Rb también se sintió bastante conmocionada por el hecho; en el supermercado compramos algunas libras de pechuga de pollo, para los almuerzos de la siguiente semana.

El retorno a casa estuvo un poco difícil: el sol estaba bastante fuerte -y Rb aún estaba afectada por lo ocurrido al cruzar el boulevard-; afortunadamente pudimos completar el trayecto de vuelta sin ninguna novedad; y cuando venimos aún no había servicio eléctrico.

La electricidad fue reconectada una media hora más tarde y pude, por fin, completar algunas lecciones de Duolingo; al mediodía sacamos a caminar a los perros; luego Rb preparó las alitas de pollo dominicales -y yo preparé un par de enormes ensaladas-.

Después del almuerzo lavé los trastes y me preparé un té de menta; el cual consumí con una galleta, unos trozos de pan tostado y un octavo del pastel que preparé el miércoles; después estuve trabajando un rato en el código del trabajo.

A media tarde le preparé a Rb un té de manzanilla; luego me retiré un rato a mi habitación y estuve viendo un par de videos de Youtube -Rb tomó una siesta entre cuatro y cinco de la tarde- y trantando de adelantar un poco en el código.

A las cinco y media empezamos a preparar los almuerzos de la semana: Rb cocinó el pollo que habíamos comprado por la mañana; mietnras, yo corté en pequeños cubos media libra de champiñones; luego procesamos cuatro o cinco güisquiles (lo que planeábamos utilizar  en lugar de pasta).

Y a ver cómo sigue eso...