viernes, 12 de junio de 2026

Cómo pensar sobre el dinero... How to think about money... Comment penser à l'argent...

Ha habido varios casos del final de la vida de los que me he enterado gracia a HackerNews, o hay alguna noticia de que alguien conocido -especialmente en el mundo de la tecnología- ha muerto; o han posteado la despedida -previa o póstuma- de alguien que ha documentado -más o menos- el proceso del fin de su vida.

Hubo dos que me llamaron mucho la atención: un escritor técnico que padeció cáncer en la lengua -su hija estaba por nacer cuando murió- dejó información muy interesante en su blog personal, sobre todo el proceso.

El otro era un químico que tuvo un blog durante más de veinte años; publicando muy buenos artículos científicos sobre proteínas y temas similares; excepto los últimos dos años: le diagnosticaron tumores en el cerebro y comentaba el proceso -casi- hasta el final.

Y luego está el autor del libro que titula este texto: encontré su despedida -póstuma- publicada en su blog; y empezaba con la declaración clásica: si están leyendo esto es porque el cáncer de pulmón que me diagnosticaron hace un par de años ha ganado la batalla.

Me pareció interesante que contara -era un escritor financiero algo reconocido- detalles de su origen -Lóndres-, familia, divorcios (dos) y situación familiar; entonces busqué los títulos publicados y me decanté por este.

Empecé a leer el libro a finales del año pasado -quería mejorar mi conocimiento de finanzas personales- pero luego lo dejé -como a dos o tres más- a medias; ahora volví a retomarlo pero no estoy seguro si continuaré hasta el final, o encontraré algo más apetecible en español.

Y a ver cómo sigue eso.

El viernes me levanté a las seis y media -o un par de minutos antes, realmente, pues el día anterior había decidido que adelantaría un poco la alarma para no tener que correr entre el fin de la meditación matutina y la primera reunión del día -usualmente a las siete de la mañana-.

El día anterior había previsto que sería una mañana bastante ocupada -en cuestión de reuniones-: además de las reuniones diarias -de las siete y nueve de la mañana- tenía una reunión con el analista que menos bien me cae, pues debía explicarme una funcionalidad que -supuestamente- había estado probando durante los últimos ciclos.

Y luego, justo depués de esta, debía reunirme con todo el equipo local: mi supervisora había convocado a una reunión general para aclarar la situación de la venta del área a la empresa canadiense -la verdad estaba esperando tener un panorama más claro después de esta, lo que no ocurrió-.

Incluso había considerado realizar la rutina de ejercicios entre las primeras dos reuniones; pero luego me dí cuenta que -realmente- después de las diez y media ya estaría libre; entonces decidí esperar al mediodía, para acompañar a Rb en la ejercitación.

La reunión de la mañana fue bastante rara: no había mucho que tratar, pero luego mi supervisor se extendió en la explicación de una de los fallos actuales en la app que probamos; después de la reunión retorné a la cama -sigo atendiendo esa reunión en una habitación diferente-.

Rb llegó un poco más tarde, para contarme sobre las llamadas que acababa de tener -había escuchado que estaba traduciendo desde las siete de la mañana-; salí de la habitación después de la segunda reunión -en la que no hubo mucha participación de mi área-.

Un poco antes de las diez salí a encargarme de mi desayuno -utilicé cuatro yemas para preparar el relleno de mi panito-; después me reuní con el compañero que menos bien me cae: y me explicó -bastante someramente- cómo realizaba las pruebas; luego entramos a la reunión con la supervisora local.

Quién nomás volvió a repetir lo que ya nos habían informado por escrito -y en la reunión general que dirigió un francés-: habrá una venta del área a una empresa canadiense; la sección en la que trabajamos (dos de tres) se irá a otra empresa; pero aún no hay nada claro sobre lo que pasará con el equipo local.

De hecho, un poco después de la segunda reunión diaria, había tenido una quinta: el jefe de mi supervisor convoca semanal -o quincenalmente- a una actualización de la actividad de cada miembro del equipo; y en esta ocasión, mi supervisor le preguntó sobre el movimiento -luego de que su jefe mencionara algo de pasada-.

Y mi compañero, que vive en la ciudad donde creció mi padre, me escribió un mensaje sobre si en la nueva empresa estaríamos bajo la misma dirección; entonces le pregunté al jefe de mi supervisor si definitivamente él se iría; y se extendió bastante -su acento es muy fuerte- sobre los motivos de la compra, y que aún no había nada claro, especialmente para los equipos como el nuestro y el que está en el subcontinente asiático.

Por la tarde sí me puse, seriamente, a avanzar en las tareas que me habían asignado el día anterior; y llegué, qizá, al veinticinco o treinta por ciento de avance; trabajé hasta las cuatro de la tarde, luego cerré la computadora del trabajo y me pasé a mi habitación a leer un poco del libro sobre finanzas personales.

Íbamos a salir a caminar -hacias los supermercados en dirección sur- a las cuatro y media; pero, justo, empezó a llove; así que decidimos esperar a que escampara; lo cual no ocurrió hasta después de las cinco.

Y cuando estábamos saliendo encontramos al señor de las verduras -el señor se encontraba dentro de su pickup, durmiendo- a tres o cuatro casas; entonces decidimos comprar las verduras necesarias -Rb había previsto pasar luego a la tienda de las verduras-, por lo que tuvimos que retornar a dejar esas compras y volver a salir.

Caminamos hasta el extremo sur del boulevard y leugo entramos al supermercado que se encuentra a un par de calles del mismo: allí compré un paquete de pand sandwich integral; también compramos varias libras de piernas de pollo -importado-.

Antes de entrar a este supermercado habíamos pasado a una farmacia cercana; allí Rb adquirió varios blisters de cápsulas de cálcio y vitamina D; cuando salimos del supermercado más lejano ya estaba oscureciendo; pero aún pasamos al otro supermercado.

En este compré media libra de jamón de pavo -para los sandwiches que planeaba preparar al día siguiente- y adquirimos algunos bananos; luego retornamos a casa; por la noche terminé -por fin- de ver la película In the Grey; esa noche también me recordé de algo que había sucedido el miércoles por la noche.

Como planeaba visitar a mis padres el domingo los llamé el miércoles por la noche; usualmente los llamo el martes o miércoles de la semana anterior a mi visita trimestral: así saben que llegaré -y mi madre puede, usualmente, conseguirnos pescado-.

La cuestión fue que la llamada estuvo bastante tensa: usualmente llamó al celular de mi padre -porque mi madre no se lleva muy bien con la tecnología-; y estuvimos conversando un rato con mi papá; luego le pedí que me pasara a mi madre, para saludarla.

A ambos les comenté que llegaría el domingo siguiente; pero mi madre cambió rápidamente la conversación para contarme que habían estado muy muy enfermos unas semanas luego de que los visitara -al parecer fue un brote de influenza, primero mi padre, luego ella-.

Al parecer fue bastante seria la cuestión; entendí que habían tenido que guardar cama por un tiempo; y que a ella la habían nebulizado en la clínica del seguro social; y, nuevamente, volví a indicar que -a pesar de que lo he pedido varias veces- nunca se comunican este tipo de situaciones.

La cuestión fue que, unos días después de esta crisis, mi hermano -y su esposa, y sus tres hijos, y su suegra- llegaron a visitarlos; y bueno, qué bueno que llegaron porque mi hermano no ha sido muy allegado durante los últimos años.

Lo interesante fue que mi madre se puso un poco intensa con que debemos hablar sobre lo que puede -o debe- pasar cuando alguno de los dos falte -propiedades y esas cuestions- y de que cuando llegara debíamos hablar seriamente -que incluso podíamos hablar con mi hermana menor, aunque no entendí la razón-.

Entonces, luego de conversar un poco más con mi madre, me despedí y terminé la llamada; esperé un rato y le escribí a mi hermana menor, preguntando si podía llamarla -ella me había hablado (luego de varios años) tres o cuatro meses antes, y luego yo le escribí para recabar alguna información familiar -para una tarea de la faculta de mi hija mayor-.

Mi hermana estaba entrando a su casa -tiene dos empleos: en un colegio privado (ha tabajado más de veinte años en este rubro- y -desde este año- en un instituto público -le acaba de salir una plaza fija-, por lo cual me llamó hace tres o cuatro meses) y aceptó que la llamara.

Conversamos -por video llamada- por un buen rato; poniéndonos -un poco- al día en la vida de cada uno; y hablamos un poco sobre lo que puede -o debe- pasar cuando alguno de nuestros padres falte -qué pasará con el otro-; tratamos de ser un poco adultos, pero es un tema que nos supera.

Pero tampoco me quedó muy claro lo dicho por mi madre -la necesidad de que habláramos el domingo-; igual le comenté lo de la llamada; y que quizá debía prepararse para una conversación grupal ese fin de semana.

Eso.

El sábado me levanté a las seis y media, medité y luego me quedé en la cama, haciendo varias lecciones de Duolingo; como había previsto que mi última comida sería bastante tarde -había programado una reunión con el desarrollador al que había invitado a desayunar unos meses antes- no quería desayunar muy temprano.

Además, Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: debían aplicarle una inyección mensual a la más anciana de sus perras -que supuestamente la ayudan con sus molestias en la columna vertebral-; entonces, esperé a que Rb hiciera una rutina de ejercicios y luego hice una limpieza general.

Para esto -que me lleva un poco más de media hora- me puse a escuchar un video de un difusor científico español -ingeniero y físico, quien ahora está estudiando humanidades- en el que hablaba sobre el libro de Copérnico que dió al traste con lo establecido por Ptolomeo.

Antes de eso había pesado, lavado y rallado tres zanahorias, las que planeaba utilizar para el almuerzo del día; y antes de eso -de hecho, fue la razón por la que salí de la habitación luego de hacer lecciones de Duolingo- había endurado un par de huevos y los había reservado en la refrigeradora.

A las once conduje la van -con Rb y su perra más anciana- al comercial más cercano en dirección sur; cuando llegamos hicieron esperar a Rb y yo aproveché para entrar al supermercado y comprar un par de lechugas; luego las reencontré en la veterinaria.

De donde Rb salió bastante alterada: le había encontrado una pulga a la perra -mientras la estaba sosteniendo cuando la inyectaron -me parece-; y lo tomó muy personal; autoflagelándose por no cuidar bien a sus perros y así; entonces, cuando retornamos a casa, llamó a otra veterinaria -a algunas calles de distancia, en dirección Norte-.

En esta llamada confirmó que tuvieran unas pipetas que se aplica a las mascotas para eliminar las plagas similares a las pulgas; caminamos hasta la veterinaria en cuestión, Rb adquirió tres ampollas y, luego, retornamos a casa.

Cuando volvimos Rb le aplicó la medicina a sus animales y yo me puse a preparar el almuerzo: burritos de zanahoria, con relleno de pollo -y mayonesa casera-; esto último lo volví a preparar -a Rb le había agradado- en la licuadora.

El almuerzo estuvo muy bien -ni siquiera preparamos caldo, ensalada o algún otro acompañamiento-; después me preparé un café; Rb se dirigió a su iglesia -a impartir su clase de alfabetización para adultos- después de darle de comer a sus perros.

Yo esperé un poco -estaba viendo algunos videos de Youtube- y, a las tres, me metí a la cocina a lavar algunos de los trastes que se habían acumulado -era una verdadera montaña, en esta ocasión-; a las tres y cuarto me metí a la ducha, y un poco antes de las tres y media abordé la van para dirigirme a la cafetería en la que usualmente programo mis deasyunos o cafés -sociabilizables-.

Había previsto -no consulté Wase, realmente- que media hora sería suficiente para llegar al lugar -generalmente quince o veinte minutos son suficientes-; pero no consideré el clima: había estado lloviendo esporádicamente durante los días anteriores.

Entonces encontré, cerca del lugar donde se puede dar vuelta en U, un embotellamiento bastante extenso; por lo que decidí entrar a la ciudad por nuestra segunda opción -la carretera que viene de la Costa Sur-.

El tránsito hacia el sur no estaba tan pesado -excepto en la bajada final-; pero ya faltaban menos de diez minutos cuando tomé la cuesta que dá acceso a la ciudad; de hecho preví -casi desde la mitad de esta cuesta -de más de un par de kilómetros-llamar a mi amigo para indicarle que llegaría tarde.

Y la cuesta, en cuestión, estaba bastante libre; lo malo fue el fin de la misma: el acceso a la ciudad estaba saturado -y había empezado a llover-; entonces, justo entrando a la ciudad -y a cuatro o cinco kilómetros de mi destino final- llamé a mi amigo le pregunté sobre su ubicación y me comentó que estaba por enviarme un mensaje pues aún estaba de camino.

Pero él estaba -definitivamente- más cerca que yo (un poco más de un kilómetro de distancia): a mí me faltaba -según google maps- el triple de la distancia para llegar al destino; entonces le pedí que me esperara un poco en el restaurante.

Llegué -el tránsito estaba demencial- a las tres y diez; y justo cuando estaba parqueándome en la parte trasera del lugar, empezó a llover; pero nomás le eché llave al auto y corrí desde el mismo hasta la entrada del restaurante.

Mi amigo estaba esperándome cerca del área de pedidos; yo había previsto que lo volvería a invitar -aunque había estado cavilando sobre proponerle dividir la cuenta, que yo lo invitara o que él me invitara-; pero él insistió en cubrir la cuenta.

Yo pedí lo de costumbre: un cappuccino grande y un paste Selva Negra; él pidió un café frío y el mismo tipo de pastel; la cuenta fue de un poco más de diez dólares -hubiera sido un par de dólares menos si hubiera pedido lo mismo que yo-; después de ordenar nos dirigimos a una de las mesas del lugar -el cual estaba bastante vacío-.

Ya acomodados empezamos a ponernos al día de la vida de cada uno -aunque lo primero que comentamos fue la falta de claridad sobre lo que nos ocurrirá con la adquisición de nuestra área por otra empresa-; un poco después nos entregaron el pedido.

Pero cuando la señorita llegó con nuestros cafés/pastel ya habíamos empezado una partida de Scrabble; y, como sucedió en la última ocasión (pero con otro amigo, y con ajedrez), nos preguntó sobre el origen del juego y la forma de realizarlo; le dímos una explicación algo rápida.

Luego estuvimos por un poco más de dos horas entre consumo de cafeina, azúcar (con chocolate) y la partida de ajedrez; también llegó, un poco después de las cinco, una persona -y su hijo- a interrumpir nuestra reunión: era el esposo -médico cubano- de una prima de mi amigo, que llegó por una computadora que había sido configurada para una de sus farmacias.

Yo le había indicado -casi al inicio de la reunión- que las cinco y media me parecía una buena hora para despedirnos, y mi amigo estuvo de acuerdo -para lo cual puse una alarma en el celular-; y apenas llevábamos tres o cuatro rondas de Scrabble cuando la alarma sonó; así que nos despedimos y salimos -cada uno- a tomar nuestros autos.

El tránsito en la ciudad no estaba tan mal -a pesar de que el tiempo seguía lluvioso-; lo que sí estuvo terrible fue la entrada al municipio: había un gran embotellamiento antes del semáforo que controla el acceso; de hecho apenas estaba acercándome al puente que divide los municipios cuando recibí una llamada de Rb.

Le comenté mi ubicación -aún faltaban algunos minutos para las seis, que era la hora en la que habíamos quedado que llegaría a reunirme con ella en la iglesia- y le indiqué que seguramente llegaría tarde; y cuando pasé por el puente ví el origen del embotellamiento: acaban de deforestar una ladera cerca del puente y había un río de agua de lluvia descendiendo del lugar.

Afortunadamente el embotellamiento no continuaba tan fuerte luego de la columna de agua; por lo que, un poco después de las seis y diez, estaba parqueándome en el comercial cerca de la iglesia de Rb; la llamé y acordamos encontrarnos en el pasillo que une la calle al comercio; aunque yo salí a encontrarla.

Rb andaba -ahora es muy común- bastante frustrada por la clase: nomás llegó una persona -de cuatro que son las regulares- y, esta, tiene -evidentemente- problemas de aprendizaje -además de cierta deformidad anatómica en la columna-: total que, luego de un par de meses, ni siquiera reconoce las vocales, o las primeras consonantes.

Y luego me tocó escuchar toda una letanía de lo mal que estaba esta persona, y lo mal que está el programa, y lo mal que la está pasando, y que no sabía qué hacer porque el coordinador es un irresponsable e inepto, que no la deja proceder de forma profesional, sino que la obstaculiza. y así.

Traté de mantener una actitud positiva -no explicar, no justificar, no dar soluciones-; asintiendo o algo parecido; eventualmente mejoró un poco el ambiente; antes de entrar al supermercado del lugar le indiqué a Rb que tenía que pasar a los servicios sanitarios y que la buscaría en el supermercado.

Creo que me tardé bastante porque cuando bajé al supermercado ella ya tenía las compras: un par de bolsas de manzanas verdes y un poco de pechuga de pollo; me imaginé que habría conflicto porque yo cargaba su tarjeta de débito; y, como andaba con la mochila, le pedí que se dirigiera direectamente a las cajas de autopago y la encontré allí.

Después llevamos las compras al auto y nos dirigimos a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel; en este lugar compro -cada tres meses- un saco de comida para perros, que luego entrego a mis padres; también compré una caja de galletas, una bandeja de alitas de pollo y un par de bandejas de mini muffins.

Rb adquirió un par de bolsas de semillas, y uno o dos artículos adicionales; con las compras retornamos al auto e iniciamos el camino de vuelta a casa; pero, antes de tomar el boulevard junto al cual vivimos pasamos a una gasolinera a llenar el tanque del auto.

Después sí nos dirigimos a casa; a donde llegamos bastante tarde; Rb entró a prepararse su cena y yo me encerré en mi habitación a completar algunas lecciones de Duolingo -también he estado siguiendo un curso en Netacad sobre Data Science y Python; y uno de C en otra página-.

Luego salí de mi habitación a preparar los emparedados que llevaría al día siguiente a la visita a mis padres; además empecé a recolectar algunas otras cosas necesarias: el termo, la mochila con aislante térmico y la prensa francesa de Rb -entre otros-.

Al final terminé todos mis preparativos un poco después de las diez de la noche; entones volví a mi habitación a completar los veintiseis minutos de meditación; luego salí a lavarme los dientes, y a desearle feliz noche a Rb.

El domingo me levanté a las cuatro y veinticinco -había dejado la alarma del celular y de la tableta-; salí a poner un litro de agua en la hornilla pequeña de la estufa y retorné a la habitación a meditar; después salí a subirle el fuego a la hornilla.

Mientras el agua continuaba calentándose me metí a la ducha; la  noche anterior había dejado el saco de la comida de perros en la van; y tenía en la mesa casi todo lo que debía llevar en el viaje al puerto -los emparedados estaban en la refrigeradora-.

Consulté en google sobre la hora en la que saldría el sol y el buscador indicaba que sería a las cinco y treinta y cinco; pero al ver por la ventana -eran las cinco y veinte- ya estaba bastante claro; entonces compartí mi ubicación Live en whatsapp -la noche anterior había comprado un día de internet-, entré a despedirme de Rb y salí a encender la van.

Por la hora el tránsito estaba bastante ligero; aunque, por las lluvias recientes, la ruta estaba bastante húmeda, por lo que traté de no acelerar mucho dentro de la ciudad -además, ya me pusieron una multa en esta salida de la ciudad, unos años antes-.

La mayor parte de la ruta al puerto está en muy buenas condiciones; aproximadamente el veinticinco o treinta del final aún está siendo preparado para una autopista -de pago, me parece, pues ya empezaron a construir algo que se ve como un peaje, casi al final- por lo que la velocidad se ralentiza bastante.

De todos modos llegué a la casa de mis papás apenas un poco después de las siete; encontré a mi madre afuera, pero ví que entraba a avisarle a mi padre; ambos salieron a recibirme; y me ayudaron a bajar lo que llevaba -excepto el saco, ese sí lo llevé hasta el área que usan como comedor-.

Como llevaba agua caliente -bendito termo adquirido en la tienda de ropa usada- y el café ya servido en la prensa francesa; procedí a pedirle un par de tazas a mi madre -yo llevaba una de mi trabajo- y convidé a mis padres a un buen desayuno: emparedados de pan integral, rellenos de jamón de pavo, tomate, queso, lechuga y aderezos.

También abrí una de las bandejas de mini muffins que había adquirido la noche anterior; y estuvimos por un poco más de una hora entre desayuno y conversación; la que giró -igual que el miércoles anterior- sobre los quebrantos de salud que habían tenido ambos unos meses atrás.

Y la visita que mi hermano menor les realizó -con su esposa, tres hijos y suegra- un poco después de los sucesos; y la gran interrogante: ¿querría yo -o mi hermana menor- adquirir la casa que mis padres le habían cedido a mi hermano? la verdad es que a mí no me interesa.

Pero no se los hice saber de esa forma a mis padres; les indiqué que lo consultaría con Rb; pero, la verdad, no le veo ningún atractivo a comprar una propiedad que está adosada a la de mi hermana menor; en todo caso, creo que a ella le conviene el trato -supuestamente puede pedir un préstamo ahora que es una maestra presupuestada en el estado-.

Traté de llevar la fiesta en paz; aunque mi madre se alteró un poco cuando me mostré incoforme porque no me pudieron indicar quién podría comunicarse conmigo si a ambos les pasa algo y no pueden hacerlo ellos; pero traté de no presionarlos, igual, algo deberemos hacer en ese caso.

Después del desayuno les pedí a mis padres que me mostraran el grado de avance en la casa a la cual piensan trasladarse pronto -se supone que quieren dejar desocupadas las dos casas en las que han vivido durante los últimos veinte años (una para mi hermano menor y una para mi hermana menor) y que ellos ya decidan qué harán-.

Luego le pregunté a mi madre si prefería que fuéramos en el acto a entregarle la otra bandeja de mini muffins a la antigua presidenta del cocode -y que nos ayuda con la adquisición de los pescados- o quería realizarlo ella luego; eligió lo primero.

Mi padre andaba con ciertas molestias estomacales por lo que prefirió esperarnos en casa; con mi madre caminamos las tres o cuatro calles hasta la entrada de la colonia y encontramos a la pareja de esposos -con su nieta mayor- desayunando en el patio de su casa.

Le entregué el obsequio a la señora; y nos sentamos un momento -bastante corto, realmente- a hacer un poco de tertulia; luego mi madre me hizo señas para que nos despidiéramos, lo que hicimos en el acto y retornamos a casa.

Mi padre me había pedido ayuda con una impresora que no le estaba funcionando --yo había llevado mi Lenovo personal, pues quería mostrarles el documento que había preparado tres años atrás (y que tengo en Google Drive) cuando mi madre creyó que ya estaría devolviendo el equipo a Nuestro Señor-.

Entonces pasamos a la oficina de mi padre; en donde tenía una pequeña Lenovo portátil conectada a una gran impresora multifuncional Canon; la cual no estaba recibiendo la información de impresión -con un mensaje de que faltaba papel-.

Intenté limpiar la cola de impresión, y revisar la configuración en la pequeña pantalla de la impresora; pero nada, seguía sin funcionar; entonces conecté la impresora a mi Lenovo y envié un documento de prueba desde LibreOffice Calc; la prueba fue superada.

Afortunadamente había adquirido el día de internet la noche anterior: busqué en Google la razón de que Ubuntu pudiera imprimir bien pero Windows 10 no; Gemini me sugirió que revisara los cables, la configuración de la impresora, y que actualizara el driver.

Bajé el driver a mi celular, luego lo pasé -por USB- a la computadora, ejecuté el programa y reinicié la computadora -tardó bastante en reiniciarse-; pero, finalmente, el documetno que mi padre había estado intentado imprimir salió de la impresora.

Entonces le sugerí que probara con otro documento -nomás para estar seguros-; después aún departimos otro rato, mientras mi madre preparaba algunas frutas -plátanos, mangos, manzanas rojas- que quería enviarle a Rb; yo le indiqué que no enviara mucho porque Rb ha bajado su consumo de carbohidratos.

A las diez y media -como habíamos acordado- me despedí de mis padres, cargué la mochila y los bártulos -y la mochila con los pescados obsequiados por mi madre- en la van, y me despedí de mis padres; arranqué la van, le envié un mensaje a Rb e inicié el viaje de vuelta.

El cual estuvo -al revés que en la ida- bastante lento al inicio: encontré un poco más de caravanas, debido a unidades del transporte pesado o de construcción; afortunadamente no hubo atrasos extremos y, finalmente, llegué a la parte de la ruta con varios carriles disponibles.

En cierta parte del camino me tocó manejar bajo la lluvia; y traté de moderar la velocidad -usualmente mantengo (en los buenos tramos) una velocida entre cien y ciento veinte kilómetros por hora-; un poco antes del mediodía estaba entrando a la ciudad.

Aún pasé a la gasolinera en el extremo sur del boulevard, para reponer la gasolina consumida en el viaje al puerto: veinte dólares; pero noté algo raro cuando pasé por la parte trasera de la van ya que ví un par de pequeñas luces encendidas.

Pero me dije que quizá era luz que se estaba reflejando de otro lugar; pagué el consumo y continué el retorno a la casa de Rb; pero cuando estacioné el auto me dí cuenta que las lucesitas seguían encendidas; y, cuando Rb salió a ayudarme a bajar mis cosas, le comenté lo de las luces.

Casualmente un vecino iba saliendo de su casa y Rb lo abordó con la cuestión de las luces; y nos comentó que ya le había pasado lo mismo: una pequeña pieza debajo del pedal de los frenos se debía haber salido de su lugar; se metió a revisar y, efectivamente, había una pequeña pieza seccionada, ajustó algo y las luces se apagaron.

Agradecimos la ayuda del tipo, quien continuó el viaje que habíamos interrumpido; entramos las mochilas y demás a la casa y -ya eran casi las doce y media- le pusimos los arneses a los perros grandes; pero cuando pasamos por el auto vimos las luces encendidas de nuevo.

Entonces Rb intentó ver lo que el vecino le había ajustado pero no lo logró; ya teníamos a los dos perros grandes en la calle; se los dejé a Rb y me incliné para revisar el pedal, y efectivamente había una pieza -ahora más- seccionada; ajusté el pedal y las luces se apagaron, por lo que decidimos continuar la caminata; pero cuando cerré el auto se volvieron a encender.

Por lo que le pedí a Rb que empezara la caminata por mí y le pregunté a Google sobre el fusible que tenía que desconectar para que la luz se apagara -no queríamos que se descargara la batería del auto-; recibí la respuesta esperada y procedí -ayudado por mi herramienta multiusos- a retirar el fusible, con lo que la luz se apagó y pudimos continuar con la caminata.

La cual estuvo un poco accidentada: hubo un connato de llovizna, y la perra más pesada sigue dando problemas para avanzar; al final sus caminatas se han estado acortando, pues se rehusa a continuar después de ciertos puntos; después de meter a los perros a casa, entré a darle la vuelta a las alitas que Rb había dejado en el fuego.

Luego preparé una gran ensalada; con lo que acompañamos las alitas dominicales -yo también consumí un par de vasos de fresco de rosa de Jamaica-; después del almuerzo me metí a la habitación de la comida de los perros a actualizar mis notas -incluyendo esta- ya que las habitaciones habían sido rociadas en la mañan por Rb y el plaguicida debe evitarse por doce horas.

Pero no pude avanzar como quería con mis notas -terminé casi a las seis de la tarde-: aunque habíamos acordado cocinar a las cinco Rb me estuvo interrumpiendo para que la ayudara con algunos menesteres: meter el pescado en el congelador, cortar verduras en cubos, y así.

Además, me deshice de casi toda la fruta que mi madre envió: cuando pasé por la garita le dejé un mango al guardia de turno; luego, después del almuerzo, le llevé al vecino que nos había ayudado con la luz, las seis manzanas rojas y un par de mangos -reservé un mango y los plátanos para mi consumo-. 

Por fin, un poco después de las cinco Rb vino a darme a probar el caldo que acababa de terminar y que utilizaríamos en los almuerzos de la segmana siguiente; el menú prevsisto era: caldo de pollo con verduras; y, aparte, cuadriles de pollo dorados.

El lunes y martes estuvieron bastante tranquilos; o al menos más tranquilos de lo que me había imaginado que estarían: se suponía que el martes por la tarde el equipo local debía concluir la batería de pruebas de regresión de la app que probamos.

Yo había estado trabajando en la asignación de forma bastante irregular: un poco el jueves, un poco más el viernes -especialmente por la noche, me parece-; y otro poco el sábado; pero el domingo ya no me dieron ánimos de continuar.

Así que aún me quedaba una buena parte de los casos de prueba que tenía asignados; y solo la mitad del tiempo planificado; entonces, el martes traté de adelantar lo más que pude; de hecho el lunes las tres reuniones -las de las siete y nueve con desarrollo y la de las diez menos cuarto con nuestro supervisor en el Imperio- estuvieron bastante extensas.

Tanto que terminé desayunando casi a las diez y media -estoy tratando de hacerlo después de las diez-; después del desayuno continué trabajando hasta las doce, que realizamos la rutina de ejercicios de los lunes -con Rb-.

Por la tarde le bajé un poco al ritmo: el equipo remoto, que es necesario, para algunos procedimientos estaba saturado; un poco antes de que terminara mi horario laboral -cuatro de la tarde- mi amigo más creativo me escribió: lo habían despedido -ya se lo esperaba, pero no creía que tan pronto-.

A las cinco salimos de casa y nos dirigimos, caminando, a los supermercados en direccion sur: yo quería empezar a prepararme para el desayuno que planeaba cocinar el domingo -había invitado a mi amigo que me acompañó al hospital oftálmico-; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos al supermercado aledaño.

En ese supermercado compré una bolsa de crema; en el otro supermercado compré una pechuga de pollo -para el cordon blue del sábado, con mi hija mayor- y aproveché para comprar un queso crema: estaba planeando sustituir la tortilla de harina del desayuno del domingo por un cloud bread.

Cuando regresamos a casa ví que mi hija mayor me había escrito: quería que la ayudara con una tarea de su facultad; básicamente debía evidenciar que le había explicado a un familiar los principales detalles -síntomas y causas- de un episodio cardíaco.

Realizamos la reunión por Google Meet y, creo, no salió como ella esperaba: primero no podía configurar bien la reunión para tomar el video de la explicación; resolvió eso agregando otro dispositivo; pero, me dió la impresión, el resultado no fue como esperaba.

Yo había previsto trabajar un poco en la verificación de una funcionalidad a la que mi supervisor le había estado prestando bastante importancia -y que me fue, pésimamente, explicada por el analista que menos bien me cae-; pero, me quedé dormitando en la cama, y, al final, apenas pude completar unas lecciones de Duolingo antes de que llegara la hora a la que medito -diez de la noche-.

En todo caso, decidí que adelantaría un poco del trabajo pendiente antes de la primera reunión del día martes; para lo cual puse una alarma para las cinco de la mañana; hora a la que me levanté a meditar, jalar las dos computadoras a la cama, y aprovechar la hora y media previa a la reunión de las siete.

Estaba tan decidido a trabajar bien que ni siquiera me pasé a la habitación de la comida de los perros -como había estado haciendo hasta el día anterior-; y creo que aproveché muy bien el tiempo: documenté dos fallos en la funcionalidad antes de que empezara la reunión.

Y, por alguna razón, me sentía energizado a las siete de la mañana; por lo que participé más de lo acostumbrado -que es casi nada- en esa primera reunión; después de la misma me quedé en la cama pero no me dormí: realicé algunos ejercicios de Duolingo, antes de pasar las dos computadoras a la mesa del comedor.

En la reunión de las nueve también me tocó participar más que de costumbre; en la misma nomás estábamos mi supervisor y yo -ninguno de mis tres compañeros locales entró a ninguna de las dos reuniones-; y en la siguiente reunión -la del área- ya me sentía algo agotado -aunque también me tocó colaborar con los detalles de las dos anteriores-.

Rb regresó -de su clase de Zumba- un poco después de que terminara la última reunión -yo apenas acababa de desayunar-; y en cuanto entró le comenté que quería que, al final de la tarde, hiciéramos lo que se me había pasado por alto el día anterior: revisar la cuestión de la luz de los frenos del auto.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; lo cual no tuvo muchas novedades: afortunadamente el tiempo ha estado más fresco pues, al parecer, entramos ya a la época lluviosa en el país -hay una tormenta tropical en el pacífico-; cuando entramos calentamos el almuerzo -lo mismo que el día anterior-: caldo de pollo y verduras, pollo asado y una pequeña ensalada.

Por la tarde terminé de actualizar el reporte en el que evidenciamos el avance de las pruebas -ya estaba casi al cien por ciento- y ya no hice mucho más en cuestiones laborales; a las cuatro cerré la computadora e invité a Rb a salir a revisar el auto.

Ya había estado investigando un poco -en Internet- sobre la parte que podía estar defectuosa; y le enseñé a Rb cómo localizar el fallo -bajo el freno-; y, casualmente, encontramos una parte de esta pieza que se había quebrado el domingo.

La parte en cuestión -es como un pequeño clavo de plástico o caucho- sirve, básicamente, como tope para mantener apagadas las luces traseras que indican que el auto está frenando -al presionar el freno un interruptor es liberado, pero, sin este tope, el se mantiene en posición de encendido-.

Encontramos incluso el número de parte oficial -y su costo: once dólares-; pero, también encontramos que podíamos sustituirla por algo más simple: un tornillo o incluso un trozo de plástico asegurado con cinta de aislar o algo similar.

Entonces nos pusimos a revisar las gavetas de una vieja máquina de coser -que está en la esquina de la habitación en la que duermo- y encontramos algunos tornillos pequeños; también encontramos varios botones y una especie de empaque; y armamos un repuesto con un tornillo, este empaque y una arandela.

Salí a instalar las tres piezas en la parte inferior del pedal del freno; luego reinstalé el fusible que le había quitado el domingo -para que no se descargara la batería-, encendimos el auto y estuvimos probando que funcionara; y para minimizar el riesgo de descarga de batería fuimos a dar una vuelta -en la calle interior-.

Después nos alistamos y caminamos hacia los supermercados en dirección norte; no teníamos nada que comprar sino que Rb había preferido caminar en esa dirección; pero, casi llegando al extremo del boulevard, se metió a una tienda de ropa de segunda y eligió un vestido -cinco dólares-; pero como no llevábamos efectivo -lo último (dos dólares) lo había usado para comprar una papaya en la tienda de la esquina (que dejamos luego encargada en la garita, al salir)-, nomás pidió que se lo reservaran y continuamos caminando.

Habíamos, en el camino, decidido llegar hasta la tienda verde de descuentos: Rb quería ver si tenían frascos herméticos para especias; pero no encontramos nada; luego pasamos al supermercado, a sacar efectivo del cajero; sin embargo, no estaba funcionando.

Entonces nos cruzamos la calle para ver si en el Super 24 había cajero automático, y nomás había del banco más grande -no de la tarjeta que Rb utiliza-; volvimos a cruzarnos la calle para ver si había un banco; e incluso regresamos a la librería a la par de la tienda verde; pero el cajero también estaba en mantenimiento.

Entonces decidimos retornar a casa; y en el camino -cuando pasamos por la tienda- nos encontramos con que ya habían cerrado, por lo que aún con el efectivo no hubiera podido Rb adquirir el vestido; por la noche ví la segunda parte de The Mandalorian and Grogu.

El miércoles me desperté a las seis y media; me sentía cansado -por alguna razón el sueño no había estado siendo tan reparador- pero me levanté a meditar; luego, temiendo que podía dormirme nuevamente, me pasé a la habitación de la comida de los perros.

Antes de entrar a la reunión me dí cuenta que mi supervisor me había enviado un correo, comentándome que, el día anterior, había reportado algo que no debía de haber sido ejecutado; entonces -como siempre- me preocupé por las consecuencias.

La reunión no estuvo tan extensa y luego, de todos modos, retorné a la cama; en donde estuve haciendo unas cuantas lecciones de Duolingo; luego me quedé dormitando; Rb entró un poco después de las ocho, con algunos comentarios de sus llamadas -yo nomás le comenté de pasada lo del error cometido-.

En la reunión de las nueve no hubo muchas novedades -aunque ví que uno de los errores que había reportado unos días antes había entrado en la lista de los desarrollos actuales-; aún estaba en cama e incluso estaba en un estado soporífero cuando sonó la alarma que tengo para recordarme de la reunión quincenal con mi supervisora local.

Ella había retornado unos días antes de su licencia post parto -habíamos intercambiado algunos mensajes de texto únicamente- y era nuestra primera reunión en varios meses; y estuvo un poco extensa: usualmente no tarda más de diez o quince minutos, en esta ocasión se extendió por el total de la media hora -y como a mitad de esta empezaba la reunión del área, tuve que enviar un mensaje avisando de la situación-.

La mayor parte de la reunión con mi supervisora versó, cómo no, sobre las implicaciones para el equipo local de la venta del área; según ella aún sí está definido que el equipo local será absorbido -algo que contrasta con la opinión del jefe de mi supervisor en el imperio del norte: según él aún no está claro si el equipo local, y el del sudeste asiático serán parte de la venta-.

Algo que también esperaba: ya no habrá aumentos de salario este año -se suponía que yo estaba entre el grupo que recibiría, debido a mi alto desempeño-; y otra cosa: debo continuar con el mismo plan de tomar dos días de vacaciones al mes -y diez días en diciembre-.

Al terminar la reunión ingresé a la del equipo; y aún estaban revisando los avances del compañero más brillante; luego pasaron al del analista que vive en el pueblo donde creció mi padre; luego me tocó el turno; y mencioné de pasada el error que había cometido el día anterior; y que no lo volvería a hacer -de hecho agregué al título de dos pruebas: Do Not Run-.

Después de esa reunión ya no hubo mucho más -aunque el supervisor insinuó que debíamos empezar a probra otro ambiente-; pero unos pocos minutos después de que se terminó la reunión me llamó; y creo que uso una excusa cualquiera, pero lo que realmente quería saber es si nos habían informado localmente sobre la situación de nuestro equipo en la venta del área a otra empresa.

Nomás le repetí lo que me había dicho la supervisora: que se suponía que sí seríamos parte de la venta; y me mencionó algo sobre vacaciones: les habían dado instrucciones de no reservar ningún día para después de fin de año, pues se supone que con la nueva empresa empezará a correr de nuevo -lo que no es el caso acá-.

La llamada en la que Rb estuvo trabajando se extendió más de lo esperado -se supone que las llamadas no deben tardar más de cuarenta y cinco minutos, aunque he escuchado que varias han tardado más- y llegó -y pasó- la hora de hacer ejercicios, y luego la hora de sacar a caminar a los perros.

Habíamos estado en comunicación por mensajes de whatsapp y me comentó que aún debía continuar -al parecer era una consulta médica que incluía un ultrasonido-; le resondí que no se preocupara y, luego de ponerle los arneses a los perros grandes, salí a la caminata diaria.

La cual estuvo un poco rara: cuando estaba en la mitad de la primera vuelta me dí cuenta que había un par de perros husmeando entre las casas de la calle; y esta situación es riesgosa porque, en situaciones similares, los perros de Rb han sido atacados; entonces avancé nomás hasta un poco más de una cuarta parte del primer recorrido.

Y cuando estaba más o menos por la misma posición en la segunda vuelta ví que Rb salía de casa, haciéndose cargo de la perra más pesada; terminamos la caminata y entramos a preparar el almuerzo -en el que había estado usando un poco del arroz congelado desde el día anterior-.   

El resto del día fluyó coomo de costumbre: calentar almuerzo, almorzar, café con galletas, trabajo, té de manzanilla para Rb y esperar la hora de fin de trabajo; a las cinco caminamos rumbo a los supermercados en dirección sur; íbamos a pasar al más alejado para sacar dinero del cajero automático del lugar; pero, antes de cruzar la calle, recordamos que en un comercial más accesible también había un cajero.

Pasamos al otro supermercado a comprar banano y lechugas y luego retornamos a casa; en la tienda de la esquina pasamos por unos aguacates -ya no teníamos en la refrigeradora- pero resultó que no había; entonces cruzamos el boulevard para ir a la tienda de verduras, en donde nos vendieron un par de aguacates -carísimos: un dólar cada uno- y una papaya -dos dólares-.

Por la noche continué viendo la película de The Mandalorian; al igual que las noches anteriores estuve dormitando un rato entre las lecciones de Duolingo y la película; no sé si eso se deba a la edad, al nuevo ciclo de alimentación o al estado general de la vida.

Y a ver cómo sigue eso... 

viernes, 5 de junio de 2026

No quiero envejecer... I don't want to get old... Je ne veux pas vieillir...

Encontré el libro en el título de este texto después de una conferencia del programa Apredamos Juntos de la fundación BBVA: en la misma una psicóloga chilena -radicada en España, me parece- hablaba sobre algunas investigaciones que había realizado sobre la forma en la que nos afecta nuestro autodiálogo.

Su forma de expresarse me pareció -a pesar de ser chilena- bastante clara; y las anécdotas con las que acompañaba sus explicaciones las encontré interesantes; entonces busqué qué había escrito, y me decanté por este título.

Y es que, a mis cincuenta y tres, ya estoy -casi- a las puertas de la tercera edad; y aún no tengo claro muchas cosas: o sea, me jubilaré -si lo logro- sin haber encontrado realmente mi 'vocación' -me encanta lo que hago, eso sí-.

O sea, mis padres están -por otra parte- a las puertas de la cuarta edad -mi papá ya pasó los setenta y cinco y mi madre es dos o tres años más joven- y tampoco sé como relacionarme bien con ellos -o con mis hijos, que están entrando a la edad adulta-.

El libro me ha parecido interesante -es bastante corto, creo- y, he estado pensando en que debo empezar a leer más libros de este corte; me parece que en años anteriores he incluído varios similares dentro de la línea de No ficción o de Psicología.

Y a ver cómo va eso...

El viernes retorné al trabajo; aunque, leyendo los mensajes en el grupo del proyecto, la noche anterior me había enterado que no habría reunión a las siete de la mañana (la compañera de mi supervisor había indicado que ambos estarían ausentes).

De todos modos me levanté a las seis y media, medité veinticinco minutos y luego retorné a la cama a completar algunas lecciones de Duolingo -volví (luego de varios días) a superar la barrera de los mil quinientos puntos del ELO de la aplicación-.

Después de Duolingo me quedé en la cama leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena; aunque salí de la habitación un poco después de las ocho: Rb me había pedido que la ayudara a configurar su computadora para completar la evaluación que le enviaron el día anterior.

Por alguna razón -la verdad siempre me sorprende- estaba bastante nerviosa por el examen; yo traté de tranquilizarla, pues su nivel de inglés es muy alto; estimando que su fluídez está -casi- al nivel de un angloparlante nativo -pero estaba nerviosa-.

Y su computadora no contribuyó: por alguna razón la cámara web no lograba activarse dentro del sitio en donde debía realizar su evaluación -la cual debía ser en un espacio cerrado (tenía realizar un recorrido, mostrando que estaba completamente sola)-.

Estuve probando varias opciones para que la cámara funcionara -configuración local, desactivación del antivirus, entre otros- sin ningún éxito; y Rb se estaba poniendo más nerviosa; entonces le ofrecí mi computadora personal para que se evaluara en la misma.

Y todo funcionó muy bien; por mi parte, esperé a que el examen avanzara antes de prepararme el desayuno de los viernes -finalmente empecé la preparación después de las diez y media-; y estuvo bien pues, en cierto momento, tuve que llevarle un cuaderno y un lapicero -que había olvidado-.

La preparación del desayuno estuvo un poco más prolongada que en otras ocasiones: había decidido mezclar las cinco yemas que tenía en el freezer con un huevo y preparar una torta para ese día y el siguiente.

No me quedó muy bien porque batí la clara del huevo a punto de nieve y luego le agregué las yemas congeladas -que había bajado del freezer muy tarde, con lo que nomás tuvieron dos o tres horas en la refrigeradora-; el resultado fue una especie de panqueque, que partí a la mitad, conservando una parte para el desayuno del día siguiente.

Mientras aún estaba desayunando Rb salió de su habitación, comentándome que todo había ido muy bien con su evaluación; y entonces recibió un mensaje para que completara -entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas más tarde- un par de cursos, como parte de su proceso de on-boarding.

También decidimos sacar los dólares, que nos transfirió el mejicano, de Payoneer, los cuales son unos negreros: cuarenta y cinco dólares para transferir menos de trescientos dólares a una cuenta bancaria -y en dólares, que sino, nos sacan más (por el 'cambio')-.

O sea, en la plataforma en la que trabaja mi hija -y en la cual Rb espera empezar a trabajar muy pronto- le cobran menos de la mitad por cada transferencia bancaria; de todos modos decidí dejarle la mayor parte del dinero transferido a Rb.

Tome menos de la cuarta parte de lo que nos enviaron; porque, al final, ella estuvo trabajando mucho más que yo en esas actividades -y el dinero no me importa tanto-; también hubo un connato de conflicto por las cantidades que nos envió el mejicano -se hizo bolas con las cuentas-.

Ella trabajó un montón y esta persona envió un detalle muy malo: en el mismo él contabilizaba casi la misma cantidad para cada uno; lo que, en realidad, no reflejaba lo que cada uno hicimos; por eso decidí tomar nomás un pequeño monto y acredité la mayor parte a la cuenta que Rb mantiene en mis cuentas bancarias.

Desde hace mucho tiempo -ya llevamos casi catorce años de relación- Rb ha mantenido cierta cantidad de dinero en mis cuentas -aduciendo que puede mantener un pequeño ahorro, separado del dinero que utiliza para sus gastos generales-; y ahora una parte estará en dólares.

De todos modos, decidí no seguir con la basura de plataforma esa (si, Payoneer, a la basura esa me estoy refiriendo); o sea, cuarenta y cinco dólares!!!; y deberé, en caso realice algún trabajo similar, buscar otra alternativa de pago, que no sea tan avorazada.

Por la mañana le hablé a mi supervisora -por la app de mensajes del trabajo-; y, por supuesto, tampoco sabía mucho sobre el proceso de separación en el cual se encuentra la mayor parte del equipo local; por otra parte, lo único que hice todo el día fue correr varias veces los cincuenta casos automáticos en los que trabajé las últimas semanas.

Realizamos la rutina de ejercicios de los viernes casi a las doce; lo malo es que, justo a esa hora, había programada una reunión de planificación del equipo al cual pertenezco; y al principio nomás entré a la reunión, pero no participé en la misma: me puse a escuchar una conferencia del programa Aprendamos Juntos.

Pero después de más o menos veinte minutos cambié los audífonos bluethoot de mi computadora personal a la computadora del trabajo y escuché un poco de lo que estaba pasando en la reunión -que no me afectaba mucho, realmente-.

Un poco después de las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes -yo llevaba puestos los cascos y escuché un poco de la discusión, mientras estábamos cerca de casa-; cuando entramos puse a calentar la última porción de los almuerzos de la semana.

Por la tarde mi hija mediana -y mi hijo menor- me enviaron depósitos bancarios, correspondientes al pago de servicios del departamento del mes de junio -y, mi hijo, por su deuda-; a este último nomás le queda una cuota para saldar el préstamo que me pidió hace más de un año.

Aunque luego deberá reponer el dinero que tomó -sin avisarme- de la primera parte de la liquidación de las acciones de su empresa; mi hija mediana tiene también un saldo bastante abundante, por el último año de universidad en el Imperio del Norte.

A ambos les envié un mensaje agradeciendo su responsabilidad -como adultos-; también proponiéndoles una fecha -diferente- para nuestra reunión mensual en el mes de Junio -en el mismo indiqué que me gustaría hablar sobre finanzas; y solo mi hijo respondió con un OK-.

A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; pero yo me llevé los audífonos que utilizo en mi trabajo: mi amigo más creativo me había escrito un poco antes y me había preguntado si podía llamarme -a lo cual accedí, aunque estaba por iniciar la caminata-.

Hice una buena parte del camino -aunque la llamada terminó antes de que llegáramos al supermercado que queda a la mitad del camino- conversando con mi amigo: en su trabajo lo están hostigando: ahora están documentando los errores que comete, para justiicar su pronto despido. 

Entramos al supermercado este a ver si había un corte específico de pollo -sí había- pero seguimos caminando hasta el extremo sur del boulevard; y también entramos al otro supermercado, en donde no había del pollo que Rb estaba buscando.

Así que retornamos al supermercado que queda a medio camino; allí compramos pollo para los almuerzos de la siguiente semana -y un poco de bananos-; por la noche me puse a ver otro capítulo de Criminal Record, y a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me desperté a las seis y media; medité -creo que la las paletas de la persiana se habían quedado abiertas, con lo que sentí frío, con lo que estuve teniendo sueños extraños, sensación que continuó un rato después de despertarme- y luego retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo.

Rb me había pedido, la noche anterior, que me acercara a la farmacia en la que usualmente se provee de medicinas, a comprar un bote de gotas oftalmológicas para su perra más anciana -en el último tiempo redujo de tres a uno los medicamentos qu le aplica diariamente-.

Mi plan era realizar el encargo después de que ella desayunara -a las nueve- para no desayunar tan temprano: continúo con mi régimen de ayuno intermitente; pero, mientras estaba haciendo lecciones de Duolingo, me indicó que me acompañaría a la farmacia.

Entonces nomás me vestí y me quedé en el comedor esperando a que terminara de darle de comer a sus perros, y luego ingiriera sus alimentos matutinos; luego nos dirigimos a la farmacia indicada; retornamos antes de las diez y, entonces sí, me preparé el desayuno -utilizando la mitad del omelete que había conservado del día anterior-.

Como había previsto reunirme con mi segunda ahijada profesional, puse a endurar un par de huevos en la estufa; y luego procedí a rallar dieciocho onzas de zanahoria, para preparar el burrito tradiconal que rellenamos con pollo, mayonesa casera y lechuga.

Pero ocurrió algo raro: mientras lavaba las zanahorias encontré varias partes suaves en la mayoría de ellas -eran como ocho unidades-; y, al lavarlas, estas partes se deshacían, dejando cavidades en las mismas; estimé que no era un gran problema, pero pregunté a un LLM -adjuntando una fotografía-.

La impresión de este programa era que, quitando las partes dañadas -y si no había mal color u olor- podían utilizarse las mismas sin grandes riesgos; así que rallé un par de las mismas para utilizar en la preparación del almuerzo.

Un poco después de las once Rb se ocupó con una rutina de ejercicios -la verdad es que está siendo más constante con los ejercicios en casa- y yo lavé los trastes que se habían acumulado durante la mañana en la cocina; a las doce empecé a preparar el almuerzo.

Pero también tuve problemas con los aguacates: de los seis o siete que venían en la red que Rb había traído la semana anterior ya me había tocado tirar uno o dos; los mismos presentaban filamentos en la pulpa, lo que los hacía poco atractivos para su consumo.

Y el primero que abrí para preparar la mayonesa casera estaba igual; el segundo no estaba con esta condición, pero tampoco estaba tan suave como lo están los que han alcanzado un grado aceptable de madurez.

Decidí utilizar este pero no procesarlo de la forma normal: machacarlo, junto con el par de huevos duros, con un tenedor; en su lugar saqué una de los recipientes de la licuadora más antigua de Rb -tiene dos Ninjas- y procesar ambos ingredientes; el resultado fue muy bueno.

Sacamos a caminar a los perros mientras dejaba cocinando el segundo lado de la tortilla de zanahoria rallada y huevo; cuando entramos esparcí la mayonesa casera, la lechuga picada y esperé a que Rb terminara de preparar el pollo -con miel-; el burrito quedó muy bueno.

Terminamos de almorzar un poco antes de la una y media; me metí a la ducha y luego, considerando que aún tenía tiempo, lavé un poco de trastes; pero la verdad es que no tenía mucho tiempo: salí de casa un poco después de las dos menos diez.

Caminé hasta el lugar en donde abordamos los buses intermunicipales y allí esperé a la siguiente unidad; el tránsito se veía bien pesado; por fin pasó uno de estos buses, y me dí cuenta que no llevaba ayudante -quien es el que usualmente cobra el pasaje-.

El conductor iba manejando de una forma bastante agresiva, por lo que avanzó bastante rápido entre el tránsito; lo malo fue que en la última parte del trayecto, o sea, el regreso del comercial en donde se estacionan los busitos hacia el periférico, encontramos varios camiones ralentizando el tránsito.

Traté de no desesperarme en la espera; y verifiqué que había llegado a la estación del transmetro en el periférico a la hora que había estimado -dos y media-; abordé una unidad del transmetro y me puse a resolver los cubos de Rubik -para no estar viendo el tránsito-.

Llegamos al centro histórico a buena hora -el viaje había tomado menos de quince minutos-; pero había un cambio en la ruta normal; por lo que el autobús dió un gran giro entre varias calles y llegué a la estación final cinco minutos después de las tres.

Por supuesto que diez minutos antes había llegado a mi ahijada para comentarle que llegaría un poco tarde; le expliqué lo del cambio de ruta y ella se mostró comprensiva; al final la estaba llamando -cuando estaba entrando en su calle- un poco antes de las tres y diez.

Nos saludamos efusivamente y caminamos hasta el restaurante en donde hemos desayunado un par de veces; allí ordenamos un par de tazas de café -yo cappuccino, ella latté- y un par de porciones de pasteles -yo de berries, ella de higo-; y estuvimos en el lugar por un par de horas, conversando sobre las últimas novedades de cada uno.

Cuando nos encontramos ella me había regalado una bolsa de té de cacao -que compró en su visita al sexto estado unas semanas antes- yo le regalé una bolsa de chocolates -que me trajo mi amigo tenor cuando vino a desayunar a la casa de Rb.

A las cinco y media -había puesto una alarma en el celular- le comenté que me retiraría y nos dirigimos a caja; ella sacó su tarjeta de débito y se hizo cargo de la cuenta -trece dólares-; le agradecí el gesto, la acompañé un par de cuadras y luego me dirigí a la estación del transmetro.

Allí me conecté a Internet y le escribí a Rb, comentándole que empezaba mi retorno; el viaje estuvo bastante rápido; me apeé en la última estación del transmetro y desde allí caminé hasta el comercial en donde se estacionan los busitos; abordé el que estaba por salir -y le escribí a Rb, informándole-.

Vine a casa un poco después de las seis y media; Rb me había escrito para comentarme que le iban a dar aventón hasta casa -estaba lloviendo-; como ví que aún no estaba me ofrecí a ir por ella en la van; pero me respondió que ya estaba en camino, que nomás saliera al boulevard a esperarla -con una sombrilla-.

Por la noche estuve viendo un capítulo de Criminal Records, leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena y completando varias lecciones de Duolingo -me había mantenido sobre mil quinientos de ELO durante varios días-; también busqué versiones aceptables de The Mandalorian y de In the Grey, pero no encontré nada.

El domingo me desperté a las seis y media; al principio no recordaba qué tenía que hacer y por poco retorno a la cama para continuar durmiendo; luego me acordé que tenía que encontrarme con mi doctora a las ocho, en la cafetería de costumbre.

Medité, hice algunas lecciones de Duolingo y, luego, me metí a la ducha; salí de casa un poco después de las siete y media -aún saludé a la vecina (quien estaba limpiando su jardín) y acaricié un poco a su perra (que se emociona siempre que salfo)-.

Casi no había tráfico por lo que llegué al lugar de la reunión con quince minutos de anticipación; entré al restaurante y busqué una mesa vacía; le escribí a mi doctora para comentarle que ya estaba en el lugar y continué jugando partidas de ajedrez.

La doctora llegó un poco después de las ocho; nos saludamos y nos dirigimos a la caja, a ordenar un par de desayunos -ella se hizo cargo de la cuenta: quince dólares-;  estuvimos las siguientes dos horas entre desayuno y conversación; incluso le compartí la app que hice para visualizar mi desempeño en ayuno intermitente.

También le regalé la bolsas de té de cacao, que me había entregado la tarde anterior mi ahijada profesional; entre las novedades me comentó que su padre -tiene ochenta y cuatro años- ha estado declinando en su independencia, y que aún está considerando cómo proceder para su mejor cuidado.

A las diez de la mañana nos despedimos e inicié mi viaje de vuelta a casa; el tránsito seguía bastante ligero y, un poco más tarde, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; aprovechando que teníamos tiempo nos dirigimos caminando a la tienda de ropa usada.

Rb quería comprar un par de vestidos de verano -la ha estado afectando la alta temperatura de las jornadas-; y yo quería comprar una gorra: la que había estado usando los últimos años -del trabajo- no había salido muy bien del último viaje a la lavadora.

En la tienda de ropa elegí un modelo bastante sencillo (por un dólar) con la palabra Queso en el frente; y Rb estuvo mucho tiempo buscando varios vestidos -al final compró un par- y alguna playera; ya en caja yo agregué un helado de chocolate a la cuenta.

Después de pagar empezamos el camino de retorno a casa; a donde vinimos cuando ya era hora de sacar a caminar a los perros; pero, como no habíamos empezado la preparación del almuerzo, le propuse a Rb que los sacaría a ambos mientras ella dejaba la comida en el fuego.

Creí que no iba a ser mucho pero, de hecho, ya estábamos a mitad de la primera vuelta cuando Rb salió; y los perros habían hecho sus necesidades en ese período -encontré una lata de cerveza, corté uno de sus extremos (con mi herramienta multiusos), y la utilicé para recoger los desechos-.

Después de la caminata almorzamos: alitas de pollo, ensalada y caldo de pollo; después del almuerzo me preparé un café; el resto de la tarde me la pasé leyendo los libros en español -estaba a la expectativa de una llamada: el día anterior le había comentado a mi compañero que tiene tres trabajos sobre la venta de mi área, y me había ofrecido algunas tareas para generar un poco de dinero extra; pero no se dió-.

A las cinco de la tarde preparamos los almuezos de la siguiente semana: nuestra versión propia de comida china: pechuga de pollo cocida, mezclada con mucha verdura rallada: zanahoria, güisquil, arveja china, apio y jengibre. 

Por la noche ví el penúltimo capítulo de la primera temporada de Criminal Record, y la primera media hora -tarda hora y media- de la película de acción In the Grey; por alguna razón -creo que el calor ha estado bastante alto- me costó conciliar el sueño.

El lunes era el primer día del mes de junio; me levanté a meditar y luego retorné a la cama; entré a la primera reunión del día pero me quedé dormido a medias; y continué dormitando -de hecho tuve un par de episodios de parálisis de sueño- hasta después de las ocho-.

De hecho, por pura casualidad, abrí los ojos cuando el desarrollador que más ha ayudado al equipo local estaba escribiéndome: quería que le explicara la reproducción de un defecto a una de las analistas de su equipo; eso me espabiló un poco, me levanté y pasé la computadora a la mesa del comedor.

Estuve tratando de reproducir el evento, pero no me fue posible; mi nivel de energía estaba super bajo; entré a la reunión de las nueve pero casi ni me enteré de que estaban hablando; luego entré a la reunión -de las diez menos cuarto- de mi área.

Esta estuvo un poco rara porque mi supervisor me pidió que compartiera mi pantalla; y empezó a revisar algunos avances con lo que estaba presentando; al final repartió algunas tareas, aunque yo no tuve claro si debía hacer algo.

Por todo lo anterior terminé desayunando hasta las once de la mañana; luego Rb me pidió que le quitara un seguro a la tijera que está utilizando para cortar el pollo -supuestamente entorpecía su uso-; pero no hubo modo: terminé quebrando uno de sus brazos.

Hicimos la rutina de ejercicios de los lunes -aún me sentía agotado- y después sacamos a caminar a los perros; pero aquí fue donde todo empezó a empeorar: Rb me reclamó -de forma suave- por el trato brusco con su perro (yo estaba irritado pues me molesta mucho cuando se ponen a ladrar dentro de la casa, lo que había hecho la perra).

Entonces salí bastante molesto -aunque traté de proceder con calma-; pero Rb también salió molesta; y se molestó más cuando la perra se negó a caminar en varios momentos -de hecho la dejó en la calle al inicio de la segunda vuelta-; todo estuvo muy confuso.

Mientras estábamos haciendo la rutina de ejercicio -casi a la mitad de la misma- recibí una llamada; pero ya no llegué a tiempo para responder; entonces intenté marcar desde el teléfono de Rb; pero me dí cuenta que se trataba de nuestra editora.

Ella es una de las mejores amigas de Rb -estudiaron juntas hace más de treinta años- y yo acudí a la celebración de su cumpleaños unas semanas antes; y se me había ocurrido invitarla al almuerzo que había planeado para celebrar el cumpleaños de Rb.

La verdad es que se me había ocurrido desde hace unas semanas, pero estaba esperando a que empezara el mes de junio; le escribí temprano para ver si podía llamarla al día siguiente (mientras Rb andaba en su clase de Zumba) pero ella me llamó intempestivamente.

Le escribí para comentarle que la llamaría más tarde -y continuamos con la rutina de ejercicios-; lo que hice después del mediodía: el plan es bien sencillo; hay un parque ecológico en un municipio aledaño, y el mes pasado le propuse a Rb que almorzáramos en el lugar para celebrar su cumpleaños -fuimos allí a almorzar hace tres o cuatro años-.

Fue unos días después de la propuesta -que Rb aceptó- que se me ocurrió que podría pedirle a su amiga que llegara -con su esposo- y que le diera la sorpresa de acompañarnos un rato durante el almuerzo -no le dije que llevara a su papá, pues está utilizando andador-.

Por supuesto que nuestra editora se emocionó -es muy agradable, la verdad- y me preguntó si iba a invitar a otras amigas de Rb -ella me sugirió un nombre-; o que podíamos llegar a su casa ese día -vive al otro lado de la ciudad-.

Le repetí que era algo sencillo, que Rb había andado bastante desanimada -habían sido semanas (o meses) raros- y que incluso un viaje cruzando la ciudad no le atraería; que incluso la comida tendría que ser provista por cada uno -aunque le indiqué que estaba dispuesto a ayudarles con el costo del combustible (lo cual rechazó de plano)-. 

Cuando entramos de la caminata puse a calentar la primera de las porciones que habíamos preparado el día anterior -la cantidad fue tanta que cada porción quedó de casi libra y media, por lo que decidimos prescindir de acompañamientos-; luego troceé un aguacate y me serví una cantidad mínima del arroz que Rb había cocinado.

Como empezó a llover cerramos todas las ventanas; pero la parte baja de la ventana de la sala no se cerraba por completo; entonces apreté más la manija y logré que se cerrara un poco más; lo malo es que, un poco después, oímos un ruido y Rb salió a ver: la paleta más baja se había quebrado: había un trozo de madera atravesado y el vidrio había cedido.

El almuerzo estuvo bastante callado; aunque, como en los días anteriores; Rb me estuvo consultando varias veces sobre el proceso que estaba siguiendo para ser traductora médica en la misma app que mi hija trabaja -al final completó el proceso-. 

Mi estado de ánimo andaba por los suelos; afortunadamente Rb se recordó que en el bosque del otro lado de la calle habíamos visto -hace muchos años- varias piezas iguales al vidrio que se había quebrado -algunos vecinos sacan este tipo de desecho cuando actualizan sus casas-; entonces fue por una de esas piezas.

Por la tarde no adelanté mucho en el trabajo -aunque la desarrolladora de la mañana me contactó para ver la reproducción, nomás le mandé los datos originales-; igual, seguía con el ánimo super bajo; a las cuatro le indiqué a Rb que iría a la vidriería que queda a un par de calles, para cortar el vidrio -habíamos desinstalado otra paleta para llevar como muestra-.

Ella se ofreció a acompañarme y nos dirigimos al lugar; y pasó algo raro -y no por primera vez-: al presionar el botón del timbre la recepcionista apareció de improviso dando un buen susto a Rb -aunque ambas se rieron de buena gana-; le expliqué lo que necesitaba y no tardó mucho en completarlo; y me cobró setenta y cinco centavos de dólar.

Aunque habíamos considerado pasar a dejar el vidrio a la garita y caminar hacia los supermercados en dirección sur, le comenté a Rb que era muy riesgoso para el guardia; que mejor viniéramos a instalar el vidrio y saliéramos más tarde.

Lo que sí hice antes de salir de casa fue escribirle a varios conocidos, amigos -y a un par de familiares, incluso- recordándoles que era el primer día del sexto mes -medio año- y deseándoles lo mejor; la mayoría me respondió con mensajes positivos. 

Procedimos de esa forma y a las cinco nos dirigimos a los supermercados; caminamos hasta el extremo sur del boulevard y luego al supermercado que está a medio camino -aunque Rb pasó aún a la veterinaria que está en el mismo comercial-.

En el supermercado compramos unas lechugas, unas alitas y un cartón de huevos -ya que ahora Rb consume más cada semana-; pagamos las compras y retornamos a casa; cuando vine me puse a completar algunas lecciones de Duolingo -aunque volví a bajar del nivel que quiero mantener-.

Iba a ver la segunda parte de In the Grey -o el último capítulo de la primera temporada de Criminal Records- pero me sentía bastante agotado -en el camino de vuelta, cuando Rb me preguntó sobre mi estado le indiqué que estaba harto de todo-.

Entonces, después de cambiar la ropa de cama -primer día del mes-, nomás me quedé dormitando en la cama; hasta las siete y media o así; hora en la que empecé a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

Mientras estaba dormitando estuve escuchando a Rb tomar la primera llamada como traductora en la aplicación en la que logró un contrato; la misma tardó más de media hora y Rb se ganó cuatro dólares por el trabajo -se supone que son siete dólares por hora-.

Pero la noche aún no había terminado: un poco antes de las diez Rb me pidió que la ayudara a configurar la cámara web en su computadora -no se había dado cuenta que no había transmitido video en la llamada-; y resultó que el antivirus estaba bloqueando la cámara; cambié la configuración y retorné a terminar mis notas.

El martes estuvo un poco más tranquilo; al menos en el plano doméstico: primero, como no quería volver a dormirme en la primera reunión de la mañana, después de meditar saqué la computadora del trabajo de mi habitación y me encerré en la habitación de a comida de los perros.

Allí llegó Rb a saludarme cuando se levantó -me parece que empezó a tomar llamadas desde un poco después de las siete-; después de que terminó la primera reunión del día volví a la cama; pero no me dormí: me puse a hacer lecciones de Duolingo.

Y estuve en la cama hasta que empezó la segunda llamada a las nueve; en la que -igual que la de más temprano- casi no hubo participación; de hecho utilicé los audífonos bluethoot pues Rb me había pedido prestados los que utilizo frecuentemente.

Rb había ordenado el día anterior unos audífonos, en la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos, los que le vinieron a dejar como a media mañana; con los mismos estuvo realizando algunas llamadas -pero luego dejaron de funcionar-.

La traducción le gusta mucho a Rb; tanto que, a la hora en la que teníamos que sacar a caminar a los perros, aún estaba recibiendo llamadas; por lo que saqué solo a los perros -la salida estuvo muy tranquila-; ella salió de su habitación hasta después del mediodía.

No recogí los desechos del patio -de hecho, me molesta la actitud de esperar que todo se complete, cuando hago una parte de alguna tarea-; cuando retorné con los perros nomás puse a calentar la comida del día (las porciones quedaron enormes: casi catorce onzas para cada uno).

Almorzamos nomás la porción que habíamos previso para el día (de la comida que preparamos el domingo); acompañado con medio aguacate -y yo, con fresco de rosa de Jamaica-; después me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas, y lo que me sobraba del pan del fin de semana: un trozo de pan dulce, medio cubilete y medio pan tostado.

Por la tarde el desarrollador que más nos ha apoyado escribió en la app de mensajes: acababa de liberar una nueva versión; nuestro supervisor nos solicitó, en el mismo sitio, que revisáramos el estado de los cambios que se acababan de implementar.

Y estuve trabajando un poco de eso durante la tarde; hasta cerca de las cinco de la tarde, a esa hora cerré la computadora y me puse a leer un poco del libro de francés que tengo a medias; luego me preparé para la caminata verspertina.

Caminamos, con Rb, en hacia los supermercados en dirección norte: justo en el extremo de nuestra caminata se encuentra la tienda por departamentos en la que Rb había comprado los audífonos -había escrito al servicio al cliente y le habían indicado que debía presentarlos para que se los repusieran-.

La señora que nos atendió se portó muy amable -aunque insistió en probar ella misma los audífonos en la computadora que estaba en el mostrador de servicio al cliente- y estuvo conversando con Rb durante mucho tiempo -pasaron del problema a detalles de la vida privada de Rb (curiosamente la señora tenía el mismo nombre)-.

Por fin terminaron de recibir el dispositivo defectuoso y le indicaron a Rb que le enviarían una nueva unidad a domicilio; entonces nos pasamos a la tienda verde de descuentos: debíamos reponer la tijera para cortar carne -y huesos- que había quebrado intentando quitarle el seguro (la misma nos costó dos dólares y medio).

Después de pagar por la tijera retornamos a casa; por la noche había pensado ver el último capítulo de la primera temporada de Criminal Record, o la segunda parte de In the Grey; pero, por una u otra razón no me dió tiempo para ver nada de eso.

Y las razones fueron: hice muchas partidas de ajedrez en Duolingo -y algunas lecciones de Matemáticas y algunas lecciones de Portugués-; también estuve conversando con mi hija mayor: unas semanas antes le había ofrecido que le facilitaría dinero para que no tenga que estar pagando varias veces en el mes por transferir dinero a su cuenta bancaria;

También aproveché para trasladar cuarenta dólares que tenía en la cuenta donde realicé algunas tareas online el año anterior: es la misma empresa en la que trabaja mi hijo menor, pero me había registrado como contratista-especialista.

Total que llegué casi hasta las diez de la noche en esos menesteres; entonces nomás me metí un rato en la habitación de Rb, para luego retornar a la mía, a meditar -en la mañana había aumentado en un minuto el temporizador del celular-; después me acosté y, como no tenía a mano la tablet, intenté dormirme nomás observando la respiración -me costó un montón, y sentí que me estuve despertando varias veces durante la noche-.

El miércoles me desperté con una sensación extraña: no sentía que hubiera descansado mucho;  pero me levanté antes de que sonara la alarma -menos de diez minutos- y medité veintiséis minutos; después repetí lo del día anterior: tomé la computadora del trabajo y me metí a la habitación de la comida de los perros.

Y en esta ocasión, como le había vuelto a prestar los audífonos a Rb, tomé unos audífonos de celular que tenía en mi estantería y los utilicé para tomar la llamada; Rb pasó a saludarme un poco después, antes de empezar a tomar llamadas.

Después de la reunión retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; pero estaba aún a medias cuando recibí una llamada de mi supervisor: había programado una reunión para revisar un defecto que habían reportado en la reunión de más temprano.

La reunión estuvo super larga -desde las ocho y media hasta las once de la mañana-; incluso cambié de los audífonos de celular a los bluetooth a las diez y media, para prepararme el desayuno -el cual ha estado bastante copioso-.

Después de la llamada me quedé en la mesa del comedor, revisando mis correos personales y realizando algunos movimientos bancarios -un poco más temprano le había enviado doscientos dólares a mi hija mayor- y actualizando varios de mis controles financieros.

Creo que la semana, en general, pasó más tranquila debido a que Rb empezó, desde la noche del lunes, a trabajar algunas horas cada día en la página en la que mi hija empezó a trabajar el mes anterior: traducciones por minuto.

Durante esta semana terminé el segundo libro de la activista -feminista- mejicana (Perras de Reserva) y estuve sopesando con qué continuar; o sea, he leído bastante por placer y había cambiado el francés por el español en la línea que leía antes -más de dos años- entre las definidas.

Pero no he encontrado, aún, qué leer en español; de hecho retomé un libro -en inglés- que había iniciado el año pasado -dejé varios a medias cuando tuve que cuidar a Rb después de su histerectomía- y que encontré -gracias a HackerNews- luego de leer un post postumo de una persona que se había dedicado a las finanzas personales.

El jueves y el viernes pasaron sin mucha acción -también me he estado diciendo que debo empezar a registrar nomás lo menos cotidiano, ya que muchas entradas han estado super largas-; el jueves el compañero más brillante retornó -luego de un día de vacaciones- y le pregunté si andaba buscando trabajo -se ha ausentado varios días en las semanas precedentes-.

Me comentó que aún no pero que sí lo estaba contemplando; entonces empecé a enviarle ofertas de trabajo de los grupos de whatsapp en los que estoy suscrito; también continué ayudando -utilizando LLMs- a mi conocida de Camerún: completamos un análisis FODA (o SWOT en inglés/francés) y le envié algunas acciones que podría realizar, aunque no estoy seguro de que aprecie mi ayuda.

Además, el jueves por la mañana me escribió mi hija mediana: confirmando que nos reuniremos el último fin de semana del mes, aunque no el domingo sino el sábado; por lo que tuve revisar la programación original: había previsto desayunar ese día con el analista más brillante del equipo.

Aunque, cuando le pregunté si estaría disponible, me comentó que prefería unírsenos al dev el sábado a las cuatro de la tarde -se supone que aún realizaremos esa reunión; a la cual también invité a la PM que me estuvo ayudando a realizar el Curso de Ciberseguridad-.

También quería, mi hija, que le ayudara con unas dudas de C: la última vez que nos vimos me había comentado que estaba leyendo uno de los libros clásicos de este lenguaje -tengo la impresión que es el mismo con el que yo aprendí (un poco) hace casi treinta años, en la facultad.

Como no me recordaba mucho de la sintaxis utilicé Mistral para revisar por qué el código no funcionaba; y estaba sencillo: le faltaba incluir un par de librerías -o sea, estaba utilizando un par de funciones que se encuentran en dos librerías diferentes-; le envié la solución y la felicité por su iniciativa.

Más tarde le envié un poco de recursos que encontré por la red para el aprendizaje de C; durante la mañana -había llamado a mi compañero más brillante- también había empezado un curso de Análisis de Datos utilizando Inteligencia Artificial con Python.

El jueves, al final de la tarde, caminamos hasta los supermercados en dirección norte; compramos pescado para el almuezo del viernes, en el supermercado del extremo; y, a medio camino de vuelta, pan para mis desayunos.

Y a ver cómo va eso. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Kanban, y esas cosas... Kanban and stuff like that... Kanban, et tout ça...

Me he declarado -en varias ocasiones- creyentes de las metodologías administrativas; o sea, hace más de veinte años trabajé en la certificación de la primera empresa de servicios bajo la metodología de ISO 9001:2000; luego estuve estudiando cinco "S"s y Lean.

Y hace un par de años obtuve un certificado como Product Owner, uno de los papeles de SCRUM; también, hace cuatro o cinco años intenté implementar un tablero de Kanban en mis actividades cotidianas -no funcionó tan bien-; pero sí funcionó su aplicación cuando tuve a mi cargo a dos o tres analistas.

O sea, es un concepto con el que he trabajado durante un buen tiempo; pero del cual no tengo mucha documentación revisada; igual, el concepto es sencillo: definir acciones, moverlas en secuencia -Pending, Doing, Completed-, terminar tareas -o acciones-.

Hace unos años había bajado varios libros sobre el tema; pero se quedaron en la tablet que deseché -se quemó- el año pasado; ahora había bajado otro par de libros pero no había empezado ninguno de ellos, hasta que me dije que no podía seguir así, entonces empecé seriamente Lessons in agile management - on the road to Kanban.

Pero no ha sido un libro fácil: para empezar, no está estructurado como un libro 'normal'; son mas bien -lo dice al inicio- una serie de artículos que el autor estuvo publicando en su blog durante mucho tiempo.

Aún así, estoy haciendo el esfuerzo; justo acabo de revisar el disco duro y encontré el otro par de libros que había bajado; y que se ven más intersantes; veremos si me atrevo con los mismos cuando haya concluído este.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me levanté a las seis y media; aunque creo que ya me había percatado que habían cancelado la reunión de las siete; de todos modos quería continuar sin volver a la cama después del período de meditación; lo cual -creo- logré conservar.

Después de meditar me quedé sentado al lado de la cama y encendí la computadora del trabajo; quería, al menos, poner a correr los cincuenta test cases automáticos que había estado escribiendo las últimas semanas -¿meses?-; y no funcionaron bien.

Y es que -al parecer- mi compañero más brillante no tomó en cuenta una forma en la que una de las funcionalidades se mantiene siempre como prioridad uno dentro de la app; lo que manda al siguiente lugar a la funcionalidad que se quiere probar, fallando el procedimiento.

Me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez- y también a leer un poco -estaba avanzando con el libro de SQL-;  hasta las nueve, que empezó la segunda reunión diaria; y en la que, claro, los primeros comentarios del Desarrollador jefe se refirieron a la venta de nuestra área a otra empresa.

Traté de agregar uno o dos comentarios positivos a la noticia -creo que es suficiente con la mala atmósfera que se estuve generando el día anterior-; y en la revisión de los avances se comentó -medio en broma- que algunas áreas ya no pondrían tanta atención al trabajo por la situación.

Después de esta reunión debíamos revisar -el equipo local y el del Imperio del Norte- el avance en el ciclo de pruebas en el que habíamos quedado el día anterior -o el anterior a ese, realmente, pues en el anterior ya no hubo ninguna revisión-; yo había actualizado la información en la app en la que se actualiza el avance, por lo que nomás ese fue mi comentario.

Pero también en esta reunión nuestro supervisor en el Imperio del Norte abrió el día con un comentario sobre lo que vendrá; aunque -según él- aún no hay seguridad acerca de los que pasará con el equipo local; nomás que los del Imperio del Norte sí se van.

Otra vez, traté de agreagr un par de comentarios positivos. que era una buena oportunidad, que debíamos seguirnos esforzando, y así; después de esta reunión ya no hubo mucho más en el área laboral; yo continué tratando de correr mi código, después de haber ajustado la app; pero tuve resultados mixtos.

A las once y media completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a caminar a los perros grandes; luego me metí a la ducha a tomar un baño refrescante -el calor ha seguido bastante fuerte-; y, cuando Rb, entró a casa, preparamos el almuerzo: filete de pescado, ensalada y lo último de las verduras guisadas de la semana.

Después del almuerzo me preparé uno de los dos café instantáneos restantes; los que consumí con una porción de pastel del miércoles y un par de mitades de galletas; después me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado durante la mañana.

También ví que mi amigo, el Testigo de Jehová, me había escrito una hora antes -alrededor de la una- por un favor monetario; le escribí de vuelta y me envió un mensaje de voz; luego conversamos un poco -por texto- y resultó que quería un préstamo bastante elevado (doscientos dólares).

Pero se conformaba con un poco menos de la mitad; sopesé durante un momento la conveniencia o no de prestar -regalar- setenta dólares; que es más o menos el límite que tengo para este tipo de transacciones -igual me ha servido para alejarme de algunas personas-.

Al final le envié la cantidad, comentándole que la necesitaba de vuelta para antes del siguiente viernes; aduciendo que debía pagar el departamento de mis hijos; él se comprometió a devolvérmelo en menos de siete días.

Un poco después de las tres me llamó mi amigo más creativo: me quería comentar que ya había completado su semana laboral y se dirigí al ministerio de trabajo; a quejarse por el trato que le estaba dando el área de recursos humanos de la empresa.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos en el supermercado más cercano a este punto; yo quería ver algunas salsitas de tomate y paquetes de queso.

Compré nomás de lo primero -seis pequeños paquetes- y, en el otro supermercado, compré un paquete de dieciséis porciones de queso -imitación- para sandwiches, un galón de jugo de mandarina -para el desayuno del domingo con mi hija mediana- y, adicionalmente, compramos un poco de pollo (y bananos).

Durante la tarde le había escrito a mi ex supervisor en el Imperio del Norte -a quien he estado llamando mensualmente desde un poco más de un año atrás-; habíamos acordado en que lo llamaría un poco después de las seis de la tarde -hora local-.

Cuando retornamos ya había pasado esa hora pero esperé aún un poco más; lo llamé un poco después de las cinco y estuvimos conversando por casi quince minutos: él iba manejando y la transmisión -por facebook- empezó a cortarse cuando entró en la vía rápida.

Entre las noticias que intercambiamos: yo le conté sobre lo que me espera durante este año en la empresa -casi seguramente una salida de la misma-; él me comentó que su hijo mayor estaba -por fin- trabajando -al parecer su hermana menor le consiguió trabajo en el mismo restaurante en donde ella laboraba desde el año anterior-. 

Por la noche empecé a leer el siguiente libro en español de la misma autora -feminista- mejicana del libro que acababa de leer en el mismo idioma; también ví la primera parte de la última película -salió un par de días antes- de Jack Ryan; además, me dió tiempo de avanzar un poco en el libro de Kanban; también, después de cuarenta y ocho horas, le quité los topes a los tres zapatos que había pegado.

El sábado me levanté a las seis y media; me costó un buen trabajo levantarme: creo que me había despertado un rato antes pero esperé hasta que sonó la alarma para salir un ratito de la habitación, pasé al baño y luego realicé los veinticinco minutos de meditación.

Había programado un desayuno con mi amigo más antiguo de la facultad: nos íbamos a reunir en el mismo Mc Donald's de la última vez -tres semanas antes-; él me había conseguido unas almohadillas antideslizantes para los soportes nasales de los anteojos.

De hecho, en nuestra reunión anterior, me había comentado que no había elegido bien los aros, pues no tienen soportes con brazos y por eso era más difícil que se mantuvieran en posición; yo ya había notado esa dificultad, especialmente al caminar, por lo que él se había ofrecido a conseguirme las almohadillas.

También le había pedido -durante la semana- que me prestara una cámara web con adaptador USB porque era un requisito -muy raro, la verdad- para que Rb tuviera una entrevista en el mismo sitio en el que mi hija llevaba -varias semanas- trabajando como intérprete.

Mi amigo se había ofrecido a llevarme una cámara web, pero no confiaba mucho en que cumpliera su promesa; pero sí: llegué al lugar a las siete veintiocho y le envié un mensaje para comentarle que ya estaba por allí; él se apareció cinco o seis minutos más tarde, y volví a comprar lo mismo que la última vez: una oferta de dos desayunos por siete dólares.

Nos estuvimos un par de horas en el lugar, entre desayuno y actualización de las últimas novedades en la vida de cada uno -justo estábamos sentándonos cuando me llamó mi amigo más creativo, para comentarme algo de la visita al ministerio de trabajo el día anterior-.

Escuché a mi amigo por un par de minutos y luego le comenté que lo llamaría más tarde; él me indicó que me devolvería la llamada cuando le escribiera por mensaje en whatsapp -cosa que hice casi al mediodía, pero él no llamó más-; mi amigo de la facultad me entregó las almohadillas -no me quiso cobrar- y me entregó una camara web.

Entre las novedades de sus hijos: su hijo mediano sigue triunfando en la facultad; aunque me pidió material para mejorar en lógica de programación; su hija mayor ahora vive aparte -supuestamente con un amigo 'gay' en unos apartamentos cerca de la casa paterna-; y su hija menor -acaba de cumplir dieciocho- sigue estudiando diseño gráfico en una universidad de forma remota.

Además, esta última, está trabajando en un call center de un banco local; y, por otra parte, al parecer anda saliendo con un tipo que la lleva -en moto- y la trae del trabajo -supuestamente aún está en fase de entrenamiento-; pero ha llegado, en más de una ocasión, a altas horas de la noche.

A las nueve y media le indiqué a mi amigo que me retiraría, nos despedimos en la puerta del restaurante y fui por la van -no había encontrado parqueo frente a las mesas por lo que la había dejado en la parte de atrá-; aún pasé pitándole cuando él iba dirigiéndose hacia el parqueo de motocicletas.

Vine a casa y encontré a Rb saliendo hacia el patio: durante la semana me había pedido ayuda para tirar todas las hojas secas que la vecina acumula constantemente al lado de la cerca -ella es muy constante en barrer la calle, pero tira nomás las hojas que encuentra frente a su casa, lo demás nomás lo barre hacia las paredes (de la cerca de Rb, o de la cerca que nos separa del cañon del frente)-.

Entré a cambiarme de ropa, fuí al patio trasero por mis guantes -no los encontré: Rb los tenía; pero encontré los de ella; que intercambiamos- y salí a ayudarla; cuando salí ya había hecho un par de viajes al cañón y estaba llenando el tercer baño con hojas secas.

Estuvimos trabajando en la tarea durante un poco más de media hora -Rb incluso barrió la acera, que estaba bastante llena de tierra-; y luego entramos a guardar los guantes, rastrillo, baño y escoba; después preparamos a los perros grandes para la caminata.

La cual estuvo un poco accidentada porque volvió a coincidir con el servicio de recoleccioń de basura; y es más difícil porque ahora Rb se encarga de la perra más pesada; y, al parecer, la misma tiene algún resentimiento -igual que contra las motos- con este camión amarillo.

Antes de sacar a los perros habíamos probado la cámara web que me prestó mi amigo de la facultad; la conectamos en la computadora de Rb y realizamos una -corta- transmisión utilizando Teams; también había empezado a preparar el almuerzo: burritos de zanahoria, rellenos de aguacate, lechuga y pollo.

Cuando retornamos de la caminata -son dos vueltas por dos calles- me lavé las manos y continué con la preparación del almuerzo: ya había cocinado la tortilla que preparo con -casi una libra de- zanahoria y dos huevos; también había dejado lista la mayonesa que preparo con un par de huevos duros, un aguacate y aceite de oliva.

Nomás debía esperara que Rb preparara el pollo -ya estaba cocinado, pero, últimamente, ha preparado una salsita basada en miel para recubrirlo-; lo que estuvo listo bastante rápido y armé el burrito -casi medio metro de lado- que, a continuación, partí en dos partes.

También preparó Rb un caldo de pollo, con el agua de la pechuga que había preparado a media semana para su perra más anciana -complementado con apio, cilantro y alguna otra verdura-;  yo me serví también un poco de la bolsa de snacks de papa que Rb me obsequió unas semanas antes -cuando decidió no seguir consumiento este producto, por el contenido de oxalatos de este tubérculo-.

Después del almuerzo -estuvo muy muy bueno- me preparé el último café instantáneo de la caja que compré un par de semanas antes -cuando fuí al hospital con mi amigo voluntario-; aunque aún había reservado dos de estos en la caja de lápices que cargo en mi mochila.

El café lo consumí con un par de mitades de galletas y un poco de pan tostado -olvidé por completo la porción del pastel del miércoles-; después del almuerzo me quedé en la mesa, viendo algunos videos de -una psicóloga chilena- en Youtube.

Luego, mientras ponía la velocidad de reproducción al noventa por ciento, lavé la montaña de trastos que se había acumulado durante la mañana -aunque no preparé desayuno, el almuerzo si requirió de bastantes recipientes-.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; ella me comentó -mientras le daba de comer a su perra más anciana- que esperaría a retornar de su iglesia -le tocaba impartir clase de alfabetización- para consumirlo; un poco más tarde empezó el trayecto.

Y un poco más tarde -mientras veía más videos en Youtube- empezó a llover; y estuvo un poco raro porque venía con tormenta eléctrica; lo que provocó que la luz se fuera durante un microsegundo; lo que me dejó sin Internet y reseteó el reloj del microondas -sucede frecuentemente-; aunque no reseteó el control de temperatura de la refrigeradora.

Habíamos acordado que iría -caminando- por ella; se suponía que saldría a las seis de su clase, por lo que empecé a caminar a las cinco y veinte; el ambiente estaba bien fresco, por las lluvias anteriores; la verdad es que no quería esperar dentro de las instalaciones de la iglesia.

Llegué un poco después de las seis de la tarde, abrí la puerta que dá a las instalaciones adosadas a la iglesia y ví que Rb aún estaba dirigiendo su clase; entonces me acomodé en una banca, frente a la cancha de basketbol y me puse a jugar una partida de ajedrez.

Se oía bastante actividad en una de las aulas aledañas; al parecer estaban representando algunas escenas bíblicas -o eso parecía-; un poco más tarde salió una pareja de adultos jóvenes y el señor se presentó -no recuerdo su nombre- así como su esposa.

Yo continué jugando en el celular, mientras algunos jóvenes empezaron a jugar con una pelota de voleybol; un rato más tarde Rb salió de su clase y empezamos el camino de vuelta; iba a comprar pan en la panadería donde he encontrado -a veces- buenos productos, pero, al final, terminé comprando en la panadería de la vuelta.

Por la noche continué con la película de Jack Ryan; aunque no avancé mucho en la misma: el youtuber argentino que realiza muy buenos resúmenes había subido uno sobre películas de acción; acomodé mi computadora en la cama de Rb y vimos juntos casi la mitad del video -creo que tardaba casi una hora-.

El domingo me desperté a las seis y media -cuando sonó la alarma-; pero no tuve ánimos de levantarme; seguí dormitando -creo que puse una alarma para una hora más tarde, pero no estoy seguro-; al final me levanté casi a las siete y media (escuché que Rb estaba cocinando).

Bajé de la cama y medité los veinticinco minutos; luego salí de la habitación y me puse a preparar el desayuno que esperaba compartir con mi hija mediana; los panes estuvieron bastante cargaditos: hice un omelete con dos yemas adicionales, y le puse a los panes tomate, lechuga y aguacate.

Después de envolver cada uno de los panes en papel encerado empecé a preparar algo que Rb me había pedido el día anterior: quería llevar un pequeño burrito de zanahoria para almorzar ese día en la casa de su hermana; así que rallé media libra de zanahoria, lo mezclé con un huevo y preparé una tortilla; luego lo enrollé con aguacate y lechuga adentro.

A las nueve y cuarto salimos de casa: yo llevaba mi mochila habitual y una adicional, con el desayuno dominical; Rb llevaba la mochila con aislante térmico; en la cual llevaba varias libras de florees de loroco -que habíamos tenido congeladas en el freezer, pero que ya no planeábamos consumir-.

Originalmente le había ofrecido a Rb pasar a dejarla a la estación de la universidad para que tomara el transmetro que va por el periférico; pero luego ella me había pedido que la pasara a dejar al comercial en donde se estacionan los busitos, para tomar la otra línea del transmetro.

El problema estuvo cuando tomamos la calle que nos llevaba al comercial: en ese lugar hay una gran instalación -deportiva- gubernamental, y dos chicas con uniformes de policía vial estaban bloqueando el paso; y por una verdadera estupidez: esperando a que un camión descargara algunos bártulos.

Llegamos primero y esperamos un rato; luego una motocicleta se pasó el bloqueo; pero se formó una cola de tres o cuatro autos tras nosotros; luego de un rato los autos empezaron a dar la vuelta y retornaron -contra la vía-; y le indiqué a Rb que haría lo mismo cuando nos dieran espacio.

Volvimos al boulevard principal y luego tomé otras calles para salir a la calzada principal; pasé a dejar a Rb a la calle del comercial donde está la estación del Transmetro; luego tomé el periférico y continué hasta la universidad, para salir a la vía junto a la cual viven mis hijos.

Llegué al edificio un poco antes de las diez, estacioné la van en el sótano y subí caminando los siete tramos de gradas; entré al departamento y le envié un mensaje a mi hija, para comentarle que ya había llegado; ella no tardó mucho en presentarse.

Le propuse ir al parque temático y empezamos el trayecto; el lugar estaba bastante vacío cuando llegamos, buscamos el área de mesas bajo techo y, un poco después de las diez y media, empezamos a dar buena cuenta del desayuno.

Después del desayuno le ofrecí a mi hija practicar con el cubo de Rubik de cuatro por cuatro; lo resolvió casi sin ayuda -aunque el último lado quedó bien alineado, y las cuatro esquinas no quedaron cruzadas-; luego nos dirigimos a la rueda de Chicago; había un poco de cola -y el sol estaba un poco fuerte-.

Pero no tuvimos mucha dificultad en abordar una de las canastillas y completar el ciclo -son varios minutos-; luego nos retiramos del parque y volvimos al departamento; con mi hija habíamos acordado despedirnos a la una; aun tuvimos media hora para empezar el origami de un gato que tengo en mi celular.

A la una me despedí de mi hija, bajé por la van e inicié el retorno a casa de Rb; pero en el camino -a pocas casas de donde vive mi amigo voluntario- me detuve a comprar mi almuerzo: una pieza de pollo frito, papas fritas, ensalada de repollo y un bollo -tres dólares-.

Luego continué mi camino; vine a sacar a caminar a los perros y luego consumí lo que había comprado -con medio aguacate que había reservado de la mañana, y una coquita que había dejado en la refrigeradora, el día anterior-; después del almuerzo me preparé un café.

El café lo consumí con una porción del pastel del miércoles, un par de mitades de galletas y un poco de pan tostado; después lavé los -pocos- trastes que había en el lavadero; luego estuve viendo algunos videos en Youtube, pero, lo que realmente quería hacer era cambiar el apagador -doble- del comedor.

Este había estado funcionando defectivamente por muchos meses: la palanca más usada (la del comedor) había dejado de apagar todas las veces en que se colocaba en esa posición; habíamos comprado el repuesto varios meses antes pero no había encontrado un buen momento para sustituirlo; quería aprovechar la ausencia de Rb.

Le tomé un par de fotografías a la conexión del apagador instalado -tenía dos cables conectados en la parte superior y uno abajo-; luego bajé la palanca de la corriente general y conecté el nuevo apagador de la misma forma en que estaba el anterior.

Y no funcionó: funcionaba la luz del pasillo pero no la del comedor; así que conecté la corriente general, esperé a que se restableciera el servicio de internet y utilicé un par de LLMs para ver opciones; en uno de ellos me requirieron fotografías de ambos apagadores, pero nomás envié del anterior y un diagrama que encontré en el empaque del nuevo.

Me estuve por un par de horas probando las opciones que me daban dos -o tres- LLMs; pero al final no logré la conexión correcta -a veces funcionaba una luz, a veces encendían ambas con el mismo apagador-; como empezaba a oscurecer -y estaba lavando ropa-, decidí dejar el anterior.

Y ya no funcionó el apagado de la luz del comedor; por la noche me tocó colocar una silla -y un baño con semillas de café- bajo el bombillo y desenroscarlo, para que no se quedara toda la noche iluminando el área más extensa de la casa -fue complicado-.

Por la noche ví la parte final de la película de Jack Ryan  y estuve leyendo un poco del libro de Kanban -aunque muy poco de esto último-; me quedé en la cama de Rb hasta las diez, entonces medité, luego saqué al patio a los perros, le envié un mensaje a Rb y me dormí.

El lunes me desperté a las seis y media; medité y encendí la computadora del trabajo; pero no hubo reunión de las siete; o sea, nadie hizo el intento de iniciar la reunión; entonces salí al patio trasero y tendí la ropa que había lavado la tarde anterior.

Luego bajé la palanca de la corriente general y reemplacé el apagador doble: al final comprendí -a altas horas de la noche- que el nuevo estaba completamente invertido, por lo que debía conectar arriba un cable, abajo los otros -cruzados- y aceptar que cambiaría el lado con el cual se enciente -y apaga- cada bombilla; y funcionó.

Un poco más tarde intercambiamos algunos mensajes con Rb; le comenté lo de la reunión de la mañana -falta de- y me recordó que este día se observa el Memorial Day en el Imperio del Norte -yo tenía marcada la fecha en mi calendario, pero lo había pasado por alto-.

A las nueve un par de desarrolladores locales entraron a la reunión; yo entré pero me salí inmediatamente; un poco después el desarrollador principal -y organizador- escribió en el chat de la reunión para comentar que era Memorial Day.

Después de la reunión -que no hubo- de las siete se me había ocurrido escribirle al PM; pero luego decidí no hacerlo, sin embargo, él me escribió un poco después, para preguntarme sobre la reunión, y le comenté nomás que mi supervisor en el Imperio del Norte aparecía ausente en la app.

Pero un poco antes de la siguiente reunión, cuando Rb me había recordado, le comenté que era Memorial Day; y, un poco después de las diez me escribió para que conversáramos: quería saber mi opinión sobre la situación con la separación del departamento -al final, yo ya había experimentado situaciones similares en el pasado-.

Lo llamé y estuvimos conversando un rato sobre las experiencias personales de eventos parecidos en el pasado -él está a mitad de los sesenta y ha trabajado como cuarenta años en informática-; me llamó la atención que me comentara que si todo iba mal, se jubilaría -yo me había estado preguntando, desde que lo conocí, por qué no se había jubilado-.

Y como todo el equipo en el Imperio del Norte estaba ausente, el día estuvo más tranquilo de lo normal; nomás puse a correr varios ciclos de las pruebas que había estado escribiendo durante las últimas semanas.

Rb me estuvo enviando avances de su retorno a casa -había salido después de las nueve de la casa de su hermana, en el otro extremo de la ciudad- y vino un poco después de las once y media; me trajo tres chuchitos -con loroco-: consumí uno en el acto y congelé los otros dos.

A las doce realizamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; cuando entramos sacamos una de las bolsas que habíamos puesto en el freezer el sábado: cada una conteniendo las porciones para dos días de almuerzos; entré a bañarme y cuando salí de la ducha separé la mitad del contenido de la bolsa y lo puse en un sartén sobre la hornilla más fuerte de la estufa.

La comida tardó un poco en calentarse -era un cubo de hielo originalmente- y terminamos almorzando un poco después de la una y media; aún preparé una pequeña ensalada y acompañé mi almuerzo con la penúltima porción de rosa de Jamaica.

Después del almuerzo me preparé un café y, un poco más tarde lavé los pocos trastes que se habían acumulado en la cocina; un poco antes de las tres le preparé un té de manzanilla a Rb; aunque no lo consumió en el acto: prefirió tomar una siesta luego de darle de comer a sus perros.

Mientras Rb descansaba yo me encerré en mi habiación y completé -por fin- el ciclo de lectura que llevaba varios días sin avanzar -del libro de Kanban-; Rb se levantó un poco antes de las cinco y nos preparamos para salir a caminar.

Antes de salir me comentó que muy probablemente llovería -había estado bien nublado el día- y que sería mejor si entraba la ropa que estaba en los lazos -en la mañana había entrado la ropa de cama-; quité la ropa del tendedero aunque los pantalones los dejé aireando en mi habitación.

Nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; ya era tarde y no se veía mucha actividad solar; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado a mitad del camino; en donde compramos un poco de lechuga y algunos bananos.

El martes no pasó casi nada; especialmente en el trabajo: era el día de una de las celebraciones más importantes para los seguidores del Islam -como mi ahijado profesional número 2-; mi supervisor en el Imperio del Norte -que es paquistaní- y varios otros habían pedido el día libre.

Aunque sí hubo algo a resaltar: la semana anterior habían programado una reunión general con todo el personal que labora en la parte del negocio que la empresa acordó vender -antes de fin de año- a un gran conglomerado canadiense.

Yo esperaba un poco más de información -aunque el PM me había comentado que no creía que fueran a ampliar mucho- pero, la verdad, es que fue muy poco lo que aclararon: una persona -me parece que francesa- se puso a explicar generalidades de lo que pasará -o esperan que pase-; básicamente lo que habían dicho en la comunicación por escrito.

Y, es más, ni siquiera recibieron preguntas 'en vivo' aunque había una parte de Q&A; nomás mostraron una dirección de correo durante la presentación y dijeron que las dudas debían ser enviadas allí y esperar una respuesta diferida. 

Por la noche -muy tarde- me recordé de enviarle un mensaje alusivo al EID a mi ahijado -a mi supervisor le escribí en la aplicación de mensajes que usamos en el trabajo-; por la tarde -luego del horario laboral-  caminamos con Rb hacia los supermercados en dirección Sur.

Como ahora Rb consume un poco más de huevos diariamente debíamos reponer nuestra provisión; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino a comprar un cartón de huevos; también un poco de bananos.

Al mediodía había comprado en la tienda de la esquina -se suponía que lo haría en la caminata con los perros, pero olvidé mi bileltera- una enorme zanahoria -de más de una libra, por menos de medio dólar-; la cual esperábamos utilizar en la ensalada de los almuerzos de esos días.

La misma me sirvió para la ensalada del martes, la ensalada del miércoles y la preparación del pastel -que esperaba que fuera el último de la temporada- que había estado preparando todos los miércoles por la noche.

El miércoles, bastante temprano, recibí un mensaje de vuelta por la felicitación de Eid; la verdad no sé qué tan importante sea la celebración en esta parte del mundo, donde la comunidad musulmana es apenas perceptible.

Y el día estuvo, igual que el anterior, bastante tranquilo: tanto mi supervisor en el Imperio del Norte como la otra analista que trabaja a su lado estaban en las instalaciones del cliente principal, por lo que no hubo mucho control sobre las actividades en curso.

También el analista más brillante del equipo estuvo de vacaciones -me había comentado un par de días antes que se iba a ausentar (y agregó esa información en el calendario)-; como Rb tenía clase de Teología y yo tenía que atender el segundo módulo del curso  de educación ecológica en el que me inscribí, salimos a caminar a las cuatro y media.

Nos dirigimos en esta ocasión a los supermercados en dirección Norte; en el supermercado del comercial en el extremo del boulevard compramos una pequeña red de aguacates; luego retornamos a casa.

A las seis entré a la clase de educación ecológica; pero casi no estuve en la misma: la puse en mute y me dediqué a preparar la última versión de paste que había previsto: tres yemas, una clara, dos tazas de avena (molida) y ciento veinte gramos de zanahoria.

Rb también entró en su clase de teología y estuvo durante la mayor parte del tiempo participando con sus compañeros teólogos; al final -creo- les enviaron la evaluación final del módulo -me parece que tiene pendientes otros dos, antes de graduarse-.

El jueves me levanté a las siete y veintidós: desde la noche anterior había previsto que me levantaría un poco más tarde; era mi segundo día de vacaciones en el mes y había previsto la evaluación oftálmica después de la Iridotomia periférica.

Después de meditar hice algunas lecciones de Duolingo y luego tomé una ducha; a continuación me preparé el desayuno; la cita en el hospital oftalmológico era a las once, pero quería llegar temprano -quizá un poco después de las diez de la mañana-.

Pero no salí tan temprano porque quería ayudar a Rb a configurar su computadora: para que pudiera completar la entrevista que había agendado un par de semanas antes, en el sitio en el que está trabajando mi hija mayor como traductora.

Entonces, después de desayunar, instalé la cámar web que me prestó mi amigo de la facultad, le presté mi headset y comprobamos que la conexión alámbrica a internet estaba funcionando correctamente -realizamos una llamada de prueba-.

A las nueve y media Rb se conectó a la reunión de la entrevista y yo me despedí, para dirigirme al hospital; caminé hasta el extremo norte del boulevard y abordé un autobus intermunicipal; el cual me dejó en el periférico -justo al otro lado del hospital-.

Y allí se descontroló todo: primero pregunté en la recepción más exterior del hospital y me enviaron a pagar por la consulta oftalmológica -diez dólares- luego me indicaron que tenía que pasar a recepción de admisión.

Allí me indicaron que me evaluarían en la clínica de admisión -la recepcionista se veía bastante joven en inexperta-; le comenté que ya había llegado a esa clínica, que ya me habían realizado un procedimiento laser y que, en esa clínica, me habían indicado que ya me tocaba otra.

Ella se desentendió; pero le preguntó a otra recepcionista -esta, más anciana-; le expliqué lo mismo -la verdad es que me alteré- y ella me dijo que iba a solicitar mi expediente y que tenía que esperar; lo que hice hasta las once.

A esa hora me enviaron a una clínica de 'segmento'; la cual estaba atestada; llegué al lugar y la persona a cargo me indicó que tenía que brindar mi carnet en la recepción; la recepcionista me envió a esperar en las sillas del lugar -eran cuarenta o cincuenta y nomás una o dos estaban vacías-.

Estuve esperando por casi una hora; al cabo del cual llegó la misma recepcionista anciana y me llevó a la clínica inicial -otra vez-, comentando que en la que estaba tenía el lugar cuarenta o algo así; la verdad es que nomás sonreí y acepté mi destino.

Continué esperando en la clínica inicial otro rato; hasta que una -diferente- residente me dió ingreso a la misma; allí me hizo más o menos los mismos exámenes que me habían hecho un mes antes; y me comentó que tenía cataratas.

Pero que las mismas aún no estaban en una etapa operable, que lo mejor sería que volviera para revisión un año más tarde, para ver la evolución de las mismas; luego de eso me aplicó gotas para expandir las pupilas y me sacó, nuevamente, a la sala de espera.

A las doce y media me escribió el compañero de la facultad que había reencontrado en el veinticinco aniversario de ser colegiados activos: habíamos quedado en reunirnos a la una menos cuarto -tenía una reunión a las dos menos cuarto-; y ya casi había aceptado que no llegaría a tiempo -de hecho le iba a decir que canceláramos-.

Le expliqué la situación y me respondió que nomás le avisara cuando fuera a salir; continué esperando; un rato después volví a entrar a la clínica, en donde me recosté en una silla reclinable; y la residente me hizo un examen bastante completo de los globos.

El examen fue mucho más intenso que los del mes anterior: con una lámpara revisó doce o quince posiciones diferentes en el globo ocular; en ambos ojos, utilizando una lámpara bastante brillante; al final concluyó que todo bien.

Entonces le envié un mensaje a mi amigo, comentándole que ya estaba saliendo; y pedí un Uber moto -apenas un dolar y cuarto-; pero al salir a la calle sentí bastantes molestias por el sol -Rb me había comentado que podía esperar eso-.

Estaba tan incómodo que tuve que cruzar la calle para esperara bajo la sombra de un arbusto; el motorista llegó un poco más tarde y el viaje duró menos de diez minutos; aún así llegué al tercer nivel -aún tuve que pasar al cajero automático pues me había quedado sin efectivo y le había pedido una transferencia en línea a Rb- después de la una y media.

Utilicé el elevador para llegar al tercer nivel -aún estaba sintiéndome incómodo de la visión-; mi amigo estaba esperando pacientemente; le agradecí por su comprensión y lo invité a almorzar: se decantó por un lugar con un buffet de almuerzos.

El platillo consistía en una especie de Chop-Suey y tres guarniciones -a elegir-; pedí un arroz oscuro, un poco de coditos con mayonesa y un poco de verduras cocidas -coliflor y algún otro vegetal-.

Como es una plaza con muchos restaurantes -y mesas- nos acomodamos en una mesa vacía y almorzamos -y conversamos- por casi una hora: mi amigo se jubilará del gobierno en un par de meses; aunque seguirá trabajando en el mismo lugar -pero en otro renglón administrativo-.

Además ha estado dando clases en una universidad privada desde unos años antes; la verdad me cuesta empatizar con algunas personas -no sé si sea por el catolicismo pero es bastante  (o al menos lo percibo) autocrítico-; un poco después de las dos y media me comentó que tenía que volver a la oficina.

Nos despedimos en el primer nivel del comercial -la plaza multirestaurante se encuentra en el tercero-; pero luego retorné al nivel más alto pues no quería abordar el busito de vuelta a casa sin haber pasado a los servicios sanitarios.

Después de utilizar los baños del comercial bajé al sótano del edificio, y salí a abordar el próximo busito que se dirigía al boulevard junto al cual se encuentra la casa de Rb; por alguna razón el tránsito estaba bastante pesado; así que el viaje tardó un poco más de lo ordinario.

Incluso recibí una llamada de Rb cuando aún estaba en el boulevard principal -aunque ya casi estábamos pro entrar al boulevard junto al cual vivimos-; cuando entré a la calle aún estaba viendo bastante reflejos de luz; pero ví que Rb salió a recibirme casi al inicio de la cuadra.

En la tarde estuve leyendo un poco; además ví que mi supervisora local se había reincorporado a las labores -había estado en su período post parto y tenía la idea de que volvería hasta el mes de junio-; aún le preparé el té vespertino a Rb.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; pasamos a ver si había de un tipo de pollo en el más alejado, pero no  encontramos lo que buscábamos; en el otro compramos tres tipos de lechuga, un poco de mollejas y unas piernas de pollo.

Y en la panadería de la vuelta compré el pan para los desayunos de los tres días siguientes: la cuenta fue un poco más elevada que des costumbre -un dólar- porque compré cubiletes para los tres días -además, Rb me había comprado un mango, en sus compras matutinas-.

Por la noche estuve leyendo el libro de una psicóloga chilena  sobre el envejecimiento -bajé el libro luego de ver un par de sus conferencias (incluyendo Aprendemos Juntos de BBVA) en Youtube-; también ví un capítulo de Criminal Record.

Y a ver cómo sigue eso...