domingo, 11 de octubre de 2026

Aún poca lectura... Still not much reading... Encore peu de lecture... Ainda pouca leitura...

Esta semana continuó la sequía en el tema de lectura: por alguna razón no logro retomar las líneas que -hasta hace no mucho- mantuve por varios años; de hecho, he estado leyendo tan poco que mejor decidí terminar el libro de Reese Whiterspoon; quizá después me forzaré a completar el de la sudcoreana.

Y es que la situación laboral es bastante desestabilizadora: a pesar de que ya me había resignado a -o aceptado que- el traslado a la nueva empresa implicó una pérdida del pasivo laboral -de doce años- acumulado, la cuestión como que no es tan sencilla.

O sea, en la nueva empresa, supuestamente -y esto como que es una costumbre en los dos países del Norte- empiezan dando dos semanas de vacaciones al año; cifra que aumenta a tres después de diez años; acá no se cumple eso.

En otro caso, de brindarse la semana adicional, yo podría tomar casi un mes de vacaciones por estas fechas; y, a pesar de recordar vagamente que (al menos durante un tiempo) se estuvieron otorgando días extras cada cierto número de años, la medida tampoco me parece atractiva.

O sea, no sé qué haría con más días libres al año; por el momento tendré que esperar un año para poder solicitar vacaciones, lo que me tranquiliza bastante; aunque estaba pensando que podría tomar una semana a finales de este año.

Y a ver cómo va eso...

El lunes me levanté temprano pero, lo que no había hecho durante mucho tiempo, retorné a la cama después de meditar; y no retorné a hacer lecciones de Duolingo; nomás me metí nuevamente a las sábanas y estuve dormitando un rato.

Casi hasta las nueve, me parece, que era la hora de la primera reunión diaria; las cuales continúan estando bastante raras: varios miembros del equipo -en el Imperio del Norte- no han completado el procedimiento formal de ingreso a la nueva empresa. 

Y el día estuvo bastante tranquilo: no me contactó ningún analista del Imperio -ni mi compañero local-; no hubo reunión de equipo a las diez menos cuarto; nomás corrí un par de veces la batería de casos de prueba automatizados.

Lo que sí hubo fue una reunión bastante extensa al mediodía -justo cuando Rb salió de la habitación para que nos ejercitáramos-: una persona del área de Recursos Humanos de la nueva empresa abrió una reunión -la programó para toda la semana- para que, durante una hora, cualquiera pudiera ingresar y presentar consultas sobre el proceso en curso.

Algo que me quedó en claro después de esta reunión era que tenía que completar un curso -online- que explicaba, en términos generales, los valores, estructura y organización de la empresa de la que ahora soy parte.

Y es que en la mañana había completado un par de cursos -en español- que me habían sido asignados por correo: algo sobre seguridad al trabajar remotamente -que ya llevo casi diez años haciéndolo- y otro sobre acoso laboral (no hay que hacerlo).

Después de esos dos cursos había visto un par de lecciones -de doce- del curso de ingreso, pero me había parecido bastante pesado: cada capítulo tenía varios videos, mucho texto y, luego, una evaluación que debía ser aprobada con una nota mayor al ochenta por ciento.

Al teminar los ejercicios sacamos a caminar a los perros, luego calentamos el pollo con manzanas verdes y lo acompañamos con un par de ensaladas que había preparado antes de la caminata; después del almuerzo me preparé un café.

El café lo acompañé con el último cuarto del pan de queso, la última mitad de pan tostado, media galleta de chocolate, media galleta de nucita y una porción del pastel de arroz de la semana anterior -a este último le agregué un poco del helado de chocolate que compré el último sábado-.

Por la tarde me forcé a terminar las diez lecciones restantes del curso de ingreso; la verdad es que la información estaba bastante interesante -y bastante técnica-; y, de ser verídica la información, no creo que vaya a tardar mucho tiempo en esta empresa -algo de sus principios es la creencia en el crecimiento infinito (tesis con la que no estoy de acuerdo)-.

A las dos y media me metí a la cocina a lavar los trastes del día; luego le preparé un té de manzanilla a Rb; además, avancé en uno o dos capítulos en el libro en inglés que decidí completar para paliar un poco la falta de lectura en mi vida.

A las cinco de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección Sur; y cuando acabábamos de salir vimos a tres cachorros de perro -esqueléticos- siguiendo a algunas personas en la calle; Rb, como siempre, no pudo quedarse solo mirando sino trató de ayudarlos.

Eran dos de color café y uno de color negro; bastante pequeños -quizá algunos meses- y se les veían las costillas; y la cuestión se complicó primero porque empezaron a seguirnos y yo decidí que no modificaría el plan original: pasar a la ferretería a comprar cinta tapagoteras.

Después de la ferretería continuamos caminando y dos -o tres- de los cachorros nos siguieron; Rb incluso trató de atrapar a alguno -quería llevarlo al refugio municipal- y, al final, incluso le pidió ayuda a un par de policías que estaban en el camino -los cuales no colaboraron en nada-.

Finalmente Rb corrió un par de cuadras para avisar en el refugio de animales de la municipalidad; pero la sede estaba ya cerrada; el resto del camino fue bastante silencioso pues este tipo de situaciones -casi- siempre ponen de bajón a Rb.

Caminamos hasta el final del boulevard y apenas a mitad del camino de vuelta Rb ya empezó a recuperar un poco su ánimo habitual; entramos al supermercado y compramos algunas lechugas y un poco de bananos; luego retornamos a casa.

En el camino aún vimos a los perros -ahora sí a los cuatro- y cuando Rb consultó con la dueña de una tienda al lado del boulevard, ella le comentó que habían estado merodeando el lugar -seguramente los habían abandonado- desde el sábado.

Retornamos a casa a dejar las compras y yo me metí a la habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo; pero volvimos a salir a las siete y media: por la tarde habíamos ido a buscar a la dueña de la perra que me mordió el sábado por la noche y no estaba en casa.

Nos atendió -Rb se encargó de la comunicación- una señorita, quien nos dijo que la perra era de su madre y que ella debía tener el carnet de vacunación; total que por la noche salió la señora y, luego de volver a disculparse, hizo -cómo no- buenas migas con Rb; pero no hay, por el momento, carnet de vacunación; temo que tendré que aplicarme la vacuna antirrábica.

Después de retornar de la visita me metí a leer un rato a mi habitación; después me pasé a la de Rb y terminé de ver la temporada de The Ghost in the Shell; la que me pareció bastante interesante; también ví una pequeña parte de la comedia de Ryan Reynolds.

El martes me levanté mejor que el día anterior: medité y luego salí a encender la máquina del trabajo -en la mesa del comedor-; antes de la reunión de las siete y media me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo (la noche anterior me había dado cuenta que mi Elo estaba -nuevamente- debajo de mil quinientos).

Después de esta reunión -de hecho tuve que saltar de una a la otra- teníamos programada una con el director de la unidad; a quien había visto antes en alguna reunión pero no había entendido su cargo -me llamo la atención que usara un turbante; Sikh, me imagino-.

Cuando revisé el organigrama en la herramienta en la que se está gestionando la parte de recursos humanos ví que estaba en la parte más alta del mismo; y desde la semana anterior había convocado a reunión, aunque tuvo que cambiar el horario por la de Recursos Humanos que está ocurriendo al mediodía.

La reunión estuvo rara: empezó presentándose -y dándonos la bienvenida-, luego hizo que cada uno nos presentáramos, empezando por mí: nomás pude decir que llevaba doce años en la empresa, que hacía pruebas -y algo de documentación- y que estaba emocionado con el cambio.

Pero el señor no se anduvo por las ramas: me custionó sobre la parte de automatización de mi trabajo, con lo que le comenté que había habido un proyecto piloto pero que había sido detenido porque el impulsor -mi compañero más brillante- se había retirado de la empresa.

Mi supervisor entró a la conversación explicando un poco de lo que habíamos hecho; y al final el director indicó que nos reuniríamos pues le interesaba mucho que se continuara el trabajo que ya habíamos comenzado en esa área; yo me mostré anuente, pero no le tengo mucha fé a la iniciativa.

Mis otros compañeros -el SM y el analista que vive en la ciudad colonial- se extendieron un poco más -especialmente el primero- en la explicación de sus funciones; y, aunque el segundo había entrato tarde, también se mostró dispuesto a contribuir a los esfuerzos de automatización; quién sabe qué pasará a corto/mediano plazo.

Después de esta reunión aún entré un rato a la segunda reunión diaria; en la que varios de los asistentes aún presentaron dificultades para ingresar formalmente en la organización; y luego me quedé esperando la reunión diaria del equipo, la que tampoco se efectuó.

A las nueve y media había llamado a mi tía favorita para comentarle que -aprovechando que debía salir el miércoles por la mañana- quería pasar a visitarla un rato al día siguiente; ella se mostró comprensiva con mi anuncio.

Después de preparar -y consumir- el desayuno -el cual he sentido más copioso que de costumbre: avena, banano, papaya y gelatina- me retiré un rato a leer a mi habitación; un poco después de las once Rb salió de su habitación para completar su rutina de ejercicios -había decidido no asistir a su clase de zumba-.

Mientras ella completaba más de media hora de ejercicios yo me dediqué a preparar la regla de madera que planeaba instalar al lado de la estufa: corté el trozo a la longitud disponible de la pared, hice agujeros para introducir los tornillos, hice agujeros para introducir las armellas y perforé la pared para colocar dos tarugos de plástico.

Después de eso fuí a sacar la ropa de la lavadora -había puesto una carga mietnras se terminaba la reunión con el director-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; después almorzamos la segunda porción de pollo con manzanas verdes -acompañado con las ensaladas que había preparado antes de salir a caminar-.

Cuando completé el almuerzo me preparé un café; el cual consumí -esto sí ha estado más copioso- con: una porción de pastel de arroz -con un poco de helado-, medio pan tostado, un cuarto de pan de queso, media galleta de chocolate y media galleta de nucita.

Después del café volví a retirarme a mi habitación a leer otro capítulo de Gone before Goodbye; Rb, mientras tanto, se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas médicas en el Imperio del Norte; y, como tuvo una llamada bastante extensa, a las tres menos cuarto le dí de comer a sus perros -y le preparé un té de manzanilla-. 

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la ferretería industrial compramos otro par de paquetes de armellas: Rb me había pedido que instalara otra regla de madera para colgar más trastos.

También pasamos a la tienda verde de descuentos: allí compramos un paquete de brochas -con las que espero pintar los tubos cuadrados que terminé de instalar el fin de semana anterior-; cuando regresamos a casa instalé la segunda regla de madera -luego de haberle atornillado ocho o nueve armellas-. 

Por la noche hubo un relajo con una transferencia ACH: mi hija mayor me pidió un adelanto de su sueldo -trato de ayudarla con esto, para que pague menos transferencias de la aplicación en la que le pagan a su cuenta bancaria-; intenté dos transferencias a mi banco principal, y le pedí una similar a Rb.

Y ninguna de las tres llegó; luego probé una transferencia a un banco alternativo; pero tampoco la ví allí; al final tuve que cambiar ciento treinta dólares que tenía en el banco principal -lo que me costó como tres dólares, por el tipo de cambio-.

El miércoles me levanté super temprano: era el día que tenía que ir a firmar la liquidación en mi trabajo anterior; había dejado la alarma para las cuatro y media pues quería llegar a las siete -se suponía que a esa hora empezaban a atender-; pero el ruido de Rb a las tres de la madrugada me despertó.

Creo que estaba teniendo un sueño inquieto por el día que me esperaba; intenté dormirme nuevamente y, cuando la alarma sonó a las cuatro y media, me levanté a meditar; después me bañé, entré a despedirme de Rb y empecé el viaje.

Había previsto caminar hasta el boulevard principal, abordar un bus intermunicipal y luego tomar el transmetro; todo estuvo muy bien y llegué con bastante antelación al edificio en el que había empezado a trabajar doce años antes.

Algunos de mis compañeros habían hablado de reunirse a desayunar antes de ir a firmar la liquidación; pero no me llamó la atención la propuesta; especialmente porque estaban invitando al analista que menos bien me caía -y que no quiso pasar a la nueva empresa-.

Llegué a recepción a las siete menos cuarto y, siguiendo las instrucciones recibidas, subí al tercer nivel: en el área de cafetería se realiza este tipo de trámites; cuando llegué ya había más de una docena de personas esperando.

A las siete se aparecieron un par de empleados e instalaron algunas computadoras y una serie de fajos de documentos; yo aproveché para moverme del lugar en el que estaba -casi en la última fila de sillas- hacia el frente -quedé en la segunda posición-.

Y, casualmente, empezaron a pedir documentos de identificación -escuché que alguien en las últimas filas se quejaba de que no estaban respetando la hora de llegada, pero ni modo-; y la atención se hizo en el orden en el que estábamos sentados -por los documentos-.

El trámite fue bastante rápido; o sea, primero llamaron a la primera persona -a mi izquierda-; luego mencionaron mi nombre, pasé a las mesas que habían instalado en el frente y me entregaron un documento detallando el monto a percibir: en total fue el equivalente a tres salarios.

Y es que aún tenía tres períodos de vacaciones acumulados (un salario y medio); luego estaba la quincena -otro medio salario- y entre el bono catorce y el aguinaldo se completaba otro salario completo; firmé las dos copias que se quedarían y me entregaron una adicional para mis registros.

Me despedí de todos y salí rápido del lugar; la verdad no me llamaba la atención ver a ninguno de mis compañeros; lo malo es que olvidé por completo que debía pasar a recoger un pachón metálico -con el logo de la nueva empresa- que era un regalo de bienvenida.

También olvidé que había pedido una carta de constancia laboral y que podía recogerla el mismo día; salí del edificio y empecé a caminar hacia la casa de mi tía favorita; era bastante temprano -apenas pasaban de las siete y media- y había quedado en llegar a su casa alrededor de las diez.

Según Google -lo había consultado la noche anterior- la caminata me llevaría aproximadamente hora y media; por lo que traté de caminar de forma tranquila, y no tomar ninguna ruta rápida.

Y aún hice dos pausas: casi a la mitad del camino, bajando una enorme pasarela, encontré al voluntario a quien ví un año atrás cuando desayunámos con mi ahijada en el mismo lugar que la última vez que nos hemos reunido.

Aproveché que tenía tiempo y estuve conversando un poco antes de que subiera la pasarela: con el individuo hicimos trabajo voluntario por un par de años, más de una década atrás; ahora tiene un par de hijos que están por entrar a secundaria.

Después de despedirnos continué caminando hacia la casa de mi tía; en el camino le envié un mensaje a mi hija mayor para ver si había acudido a la facultad -me quedaba en el camino-; pero me contestó que estaba trabajando desde casa porque ya no necesitaba ir a clases -se acercan los finales del semestre-.

Antes de llegar a la casa de mi tía pasé a la casa de mi abogado -quien me ayudó con todos los trámites para la salida de mis hijos menores del país, hace varios años-; lo llamé cuando estaba frente a su buffet, pero me indicó que no estaba en el lugar porque había acudido a una reunión.

Pasé a comprar una buena cantidad de pan dulce a una panadería que tiene más de treinta años en el lugar -aunque su tamaño se ha reducido bastante-; y cuando llegué a la calle en donde vive mi tía aún era muy temprano: acababan de pasar las nueve de la mañana.

Entonces decidí caminar hasta la estación del transmetro para ver cuánto tiempo me llevaría la caminata más tarde; tomé el tiempo -fueron como trece minutos en cada sentido- y luego retorné a la casa de mi tía; a donde llegué a las diez menos cuarto.

La llamé desde el frente de la casa y salió a abrir el portón bien abrigada -andaba recuperándose de una gripe-; y me estuve con ella durante un poco más de hora y media; entre conversación y consumo de café y -mucho- pan.

Un poco después de las once le indiqué que me retiraba y me acompañó al portón; caminé hasta el transmetro y en el comercial de los busitos rodeé el edificio para tomar un bus intermunicipal; luego caminé desde el inicio del boulevard hasta la casa de Rb.

Aún vine a tiempo para completar la rutina de ejercicios con Rb -aunque primero consumí la fruta correspondiente al desayuno-; después de los ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego calentamos la tercera porción de pollo con manzanas.

Después del almuerzo me preparé un chocolate -no quise tomar café porque había consumido por la mañana-; y estaba a medias de eso cuando vino el repartidor del gas propano -Rb me había comentado, mientras estaba donde mi tía, que se había acabado el cilindro-; lo que me incomodó un poco pues interrumpió mi sagrada hora de la refacción. 

Por la tarde estuve revisando un documento que la analista en el Imperio del Norte había liberado en la carpeta de trabajo de los mismos;  y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard pero no entramos al supermercado cercano.

En el otro, el de mitad del camino, compramos pollo para el almuerzo del sábado, y una lechuga hidropónica -el surtido de las normales ha estado super complicado-; por la noche -un poco antes de las ocho- acudimos -afortunadamente por última vez- a buscar a la dueña del perro que me había mordido el sábado anterior. 

O sea, era la tercera vez que íbamos a buscarla -o la cuarta, realmente- pero fue la segunda vez que nos atendió; y sacó un carnet con tres registros anuales de vacunación de la perra; y, al menos, con eso me quedé más tranquilo: la herida en el camote no es muy seria y nomás quería estar seguro de que no tenía que ponerme la vacuna antirrábica.

Cuando retornamos me puse a preparar el pastel de arroz que había estado planeando cocinar semanalmente (de doscientos gramos en doscientos gramos) hasta mermar la provisión actual de ese grano que tenemos en nuestras reservas.

El jueves me levanté temprano; había previsto un día movido porque quería ir a la oficina -otra vez- a recoger la botella -y galletas- que se me había olvidado el día anterior; también quería recibir la constancia del tiempo trabajado en la empresa -le había enviado un correo a la persona de recursos humanos y había confirmado horarios y la oficina a la que debía concurrir-.

Como pensaba ir a media mañana había decidido utilizar la van -también quería pasar a llenar el tanque pues ya había pasado más de una semana desde el primer día del mes y no había acudido a ninguna gasolinera-; entré a la reunión de las siete y media y luego a la de las nueve.

No tenía ninguna asignación en el trabajo, por lo que nomás puse a correr un par de veces los scripts con los que se ejecutan los cincuenta casos de prueba automatizados; a las once menos diez me alisté, me despedí de Rb y salí a arrancar la van.

Según Waze no había mucho tránsito y estimaba un poco más de media hora de viaje; yo había previsto ausentarme un par de horas; y no, no había mucho tráfico, aunque sí hubo un par de calles en donde casi casi se detenía el flujo vehicular -incluso tuve un connato de conflicto con una camionetilla que insistía en colarse frente a la van-.

Pero, al final, no me tardé tanto en llegar a la oficina -a pesar de que tuve que tomar una ruta alternativa-; y me metí a un parqueo a un par de calles del edificio al cual iba: había consultado con el programador que había ido conduciendo el día anterior y me había comentado sobre el parqueo -quejándose de lo caro: tres dólares por un período corto-.

El parqueo es parte de un condominio -apartamentos y oficinas- y me sorprendió que no encontré lugar hasta el quinto sótano; y para entrar al elevador debía utilizar una tarjeta -que no tenía-, afortunadamente un señor me permitió acompañarlo cuando abrió el acceso.

Salí del parqueo y corrí un par de calles hasta el edificio a donde me dirigía; también subí -de dos en dos- las gradas hasta el sexto nivel; allí me tuve que anotar en una lista de visitantes a Recursos Humanos -en el lobby había dejado mi DPI y me habían proporcionado un gafete de visitante-.

Pero el trámite estuvo ligero: salió la misma persona que me entregó el acuerdo de transición la semana anterior y me entregó la botella metálica, una cajita con galletas y un folder con la constancia de labores en el lugar; agradecí por todo y me retiré.

Corrí de vuelta al edificio y me dispuse a cancelar la cuota de estacionamiento en la estación de pago frente al lugar; sorprendentemente no tuve cargo -creo que hay un mínimo de tiempo y no lo sobrepasé-; bajé al quinto nivel, salí del lugar y emprendí el camino de vuelta.

El tránsito estaba bastante complicado -como siempre, en la ciudad- pero tomé la ruta que consideré más adecuada y, antes de las doce y media, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; entré a la casa y la encontré ejercitándose.

También me comentó que se había olvidado de desinfectar las lechugas para la ensalada; entonces me puse a la tarea, pero ella empezó a agregar detalles -o a pedir más cosas, no recuerdo- y me puse a somatar las cosas -mostrando mi enojo-.

Desinfecté dos lechugas completas y luego ayudé a sacar a caminar a los perros; el ambiente, por supuesto, había quedado bastante tenso después de mi demostración de violencia; de hecho Rb tomó los trastes de su almuerzo y se retiró a su habitación.

Yo almorcé tranquilamente en el comedor y continué con mi jornada normal; cuando la alarma sonó a las tres menos cuarto y ví que Rb salí a alimentar a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastos del día (le ofrecí antes un té de manzanilla, el cual declinó).

Cuando estaba a medias con los trastos Rb se acercó a la cocina y me pidió diálogo: no sabía como actuar al ver mis accesos de violencia, los cuales, según ella, han aumentado en el último tiempo; yo estaba escuchando algún podcast mientras lavaba los trastos pero me quité los audífonos para ponerle atención.

Entonces traté de explicarle -sin éxito- la causa de mi molestia; la cual es más o menos así: cuando me pongo -voluntariamente- a hacer algo, empieza a agregar detalles -o más cosas- a la tarea; me molesta eso; es como: ah, como está haciendo algo, carguémosle más.

Igual, le comenté que no esperaba que lo comprendiera, o que cambiara algo; también me disculpé por actuar de forma infantil al mostrar mi enojo; y no sé que pasará; o sea, desde el inicio le había informado que me molestaba que las cosas se dieran por sentado; y, aunque ya no hablo frecuente de marcharme, tampoco es algo que me aterre.

No quedamos en nada; aunque un poco más tarde, Rb me pidió un abrazo; por la tarde estuve trabajando -hasta la noche, realmente- en un documento en el que el analista en el imperio del norte me había pedido apoyo: cuando venía de vuelta de la oficina ví que mi supervisor me había llamado -llamada perdida-; y otra llamada perdida del analista; al menos este último me envió un par de mensajes con su solicitud.

La tarea fue interesante porque se trató de combinar -o fusionar- dos documentos: tuve que escribir un poco de código para encontrar inconsistencias en el texto, para revisar formatos y, finalmente, para buscar incongruencias en la numeración. 

Me absorbí por completo en completar este documento; no sé si eso ayudó -o eso fue una excusa- a no ponerle mucha atención al conflicto que se había generado con Rb; pero, a las cinco que salimos ya había concluido los cambios que me habían pedido y le había enviado un mensaje al analista en el Imperio.

A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección norte; usualmente es el día en el que compro el pan para mis desayunos del fin de semana; aunque, en este caso, tuve cuidado en recordar que no necesitaba pan francés: había puesto a congelar casi medio paquete de pan sandwich del fin de semana que vinieron mis padres.

Caminamos hasta el supermercado que se encuentra al inicio del boulevard; allí compramos un par de lechugas hidropónicas -carísimas y con muy poco contenido- y una lechuga de cabeza -Rb casi no consume de estas, pero nos estábamos quedando sin opciones-.

Después de pagar las compras comenzamos el camino de vuelta; en la panadería en la que compro el pan más barato compré medio dólar de pan tostado -creo que son doce panes en total- y cuando entramos a la calle compramos un poco de culantro en la tienda interna.

Por la noche volví a encender la computadora del trabajo pues, mientras caminaba de vuelta a casa se me había ocurrido una mejora que podía aún realizar al documento y que mejoraría su presentación -creo que era la revisión de la numeración ascendente de las secciones-.

El viernes estuvo super tranquilo en materia laboral: al parecer habían cancelado la única reunión de equipo del día; tampoco tuvimos la reunión diaria del equipo interno, ni la semanal que, generalmente, se efectuaba cada viernes -o cada dos viernes-.

De hecho no recibí ninguna comunicación del imperio del norte -ni del equipo local-, por lo que me dediqué a revisar los últimos cambios realizados a los documentos -solicitados por mis compañeros en el Imperio-; también estuve explorando la forma de mantenerme al día de las últimas novedades del trabajo -utilizando la cuenta de IA que me dieron-.

Por la tarde se me ocurrió que podía explicarle, a mi compañero local, el funcionamiento del código que habíamos escrito con el analista más brillante -que ahora trabaja en otra empresa-; así que me puse a documentar el código.

Para lo cual utilicé la IA -que (no me sorprendió) fue una decepción para realizar la tarea-; y no sé si es porque me dieron una suscripción de las más básicas, o si la calidad de la herramienta es tan precaria: pasé más de una hora tratando de generar un documento satisfactorio.

Al final tuve que tomar varias de las respuestas que me estuvo dando durante ese tiempo y resumirlas en un documento en el que pegue parte de las mismas; luego le comenté mi intención al compañero y él programó una reunión para el siguiente martes(!!!!).

Al mediodía realizamos la rutina de ejercicios de los viernes con Rb; luego sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos -Rb había preparado un pescado y medio, del último envío realizado por mi madre desde el puerto-; después me preparé un chocolate.

Cuando terminó el horario laboral -a las cinco de la tarde- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y luego retornamos; yo puse atención en no comprar pan -tostado y de queso- en la panadería, como las semanas anteriores: durante la semana había preparado un pastel de arroz y aún tenía varias porciones en el congelador.

Además, antes de salir a caminar había cocinado todo el arroz que teníamos en existencia; primero había pensado en cocinar un poco y pasar el resto al bote que manteníamos sobre la refrigeradora; pero al abrir el hermético -que, seguramente estaba mal cerrado- lo encontramos -otra vez- lleno de gorgojos.

Entonces sumergimos todo el arroz en agua y sacamos la mayor parte de estos insectos; luego lo puse al fuego; eran varias libras y aumentó de volumen con el proceso de cocimiento en agua hervida; lo dejé enfriando mientras salíamos a caminar.

En el supermercado de mitad del camino pasamos a comprar un poco de bananos; y por la noche, al igual que las anteriores, no me dió tiempo de ver ninguna serie o película: me puse a reordenar las provisiones en la parte superior del congelador.

Y es que cuando retornamos de la caminata intenté licuar el arroz que acababa de cocinar; pero, a pesar de utilizar una licuadura bastante potente, sentí que el proceso no era el adecuado -llegué a oler circuitos sobrecalentados-; por lo que nomás licué un poco, que almacené en una bolsa plástica.

Luego llené otras dos bolsas con el resto del arroz ya cocido; saqué la mayor parte del contenido de la parte superior del congelador y luego coloqué la bolsa con el arroz licuado; luego acomodé las otras dos bolsas y el resto de las provisiones que había sacado.

El sábado me levanté a las seis y cuarto; durante la semana me había comunicado con mi mejor amigo de la facultad y habíamos quedado de reunirnos entre siete y media y ocho en el McDonald's de costumbre -luego le había escrito para que me consiguiera unos sujetadores para las patas de los anteojos-.

Medité, hice un par de lecciones de Duolingo y luego me metí al baño; Rb ya se había levantado y había empezado a traducir llamadas en su habitación; un poco después de las siete me despedí de ella y salí a arrancar la van.

El tránsito estaba bastante ligero y llegué a la gasolinera antes de salir al boulevard principal bastante rápido; llené el tanque de gasolina (más de diez galones y como cuarenta dólares) y continué mi camino; y encontré más transito.

De hecho estuvo complicado llegar al boulevard principal; y el tránsito seguía bastante intenso en esta ruta; temí que continuara así hasta el periférico pero no: en un semáforo a medio camino entre la primera gasolinera luego de salir de puente y el periférico había un camión tapando uno de los carriles.

Creo que estaban dándole mantenimiento -o camibiando- a los semáforos; y, como la ruta se reducía de tres a dos, el flujo se ralentizaba en más de una tercera parte; afortunadamente logré pasar por la boca del embudo un poco después de las siete y media.

De hecho estaba a punto de escribirle a mi amigo avisándole que llegaría tarde; y al final llegué tarde -al menos para mis estándares-; pero, por otra parte, él había propuesto un rango de tiempo: entre siete y media y ocho; y entré al parque o del restaurante a las ocho menos cuarto.

Y justo cuando estaba entrando al parqueo ví que él estaba ingresando al restaurante; me estacioné, bajé mi mochila -y mi tablero de ajedrez- y fui al encuentro de mi amigo; nos instalamos en una mesa y luego procedí a ordenar un par de desayunos (la noche anterior había visto una oferta de dos desayunos y dos pastelitos por un poco menos de diez dólares).

Estuvimos en el lugar, entre desayuno y -mucha- conversación hasta un poco después de las diez: la hija mayor de mi amigo -divorciada, después de dos años de matrimonio- está avanzando en una universidad privada en la carrera de comunicaciones.

La hija menor -con un caracter bastante fuerte, al parecer, trabaja en un call center -en español- y estudia -online- diseño gráfico en otra universidad privada; y la gran esperanza de mi amigo -su hijo mediano- ya pasó la mitad de la carrera en nuestra vieja facultad.

Un poco después de las diez le comenté a mi amigo que me retiraba y salimos del restaurante; nos despedimos en el parqueo y comencé la conducción hacia la casa de Rb; cuando entré acababa de darle de comer a sus perros y estaba empezando a trasladarse a la bodega de la comida para los perros: yo había previsto trabajar en el patio trasero continuando con las labores de la semana anterior en la galera.

Entré a casa, me cambié de ropa, comí un poco de fruta y salí a evaluar la situación con las láminas; durante la semana había comprado cinta tapagoteras y empecé a aplicarla en una de las láminas; luego la subí a la estructura y la atornillé a los tres arcos de metal.

Después hice lo mismo con la segunda; terminé casi al mediodía; paré el trabajo, acomodé los armarios -que habían estado recibiendo agua durante dos semanas- bajo el par de láminas que ya estaban instaladas y almacené las herramientas que había utilizado.

Entonces entré a la casa pues ya tocaba sacar a caminar a los perros; Rb estaba terminando de completar una rutina de ejercicios por lo que tuve que esperala un poco para completar la caminata canina; en el ínterin preparé las ensaladas del almuerzo.

Después de entrar a los perros Rb recalentó las piernas de pollo que había cocinado más temprano y las acompañamos con las ensaladas que acababa de preparar; después me preparé un chocolate, que consumí con un par de mitades de galletas, un par de pan tostado y la miga del pastel de arroz almacenado en el congelador.

A las tres menos cuarto Rb se alistó para acudir a su iglesia a impartir su clase semanal de alfabetización; y tuvo que sacar un paraguas porque había empezado a lloviznar; después de darle de comer a sus perros salió hacia su iglesia.

Yo me quedé viendo videos de Youtube en mi computadora; también aproveché la precipitación pluvial para salir a verificar el funcionamiento de las dos láminas que había instalado por la mañana -ví que tres de los agujeros que había sellado presentaban gotera-.

Además, por la mañana había decidido que debía reacomodar el arroz que había almacenado el día anterior en el congelador: el arroz cocido -suelto- estaba en una simple bolsa de plástico y no estaba en una superficie plana; con lo que había riesgo que se derramara al extraer alguna provisión congelada.

Eso me ocupó por casi dos horas; a las cinco y cuarto me alisté, tomé la mochila que me regaló mi amigo de ascendencia asiática un par de semanas antes y empecé a caminar hacia la iglesia de Rb; en el camino me fui armando el cubo de Rubik de seis por seis.

Llegué a la iglesia casi a las seis de la tarde y encontré a Rb ya saliendo de las instalaciones; de allí nos dirigimos al supermercado en el comercial que está cerca de la iglesia; en donde compramos pollo para los almuerzos de la semana, y alguna otra provisión -aguacates, manzanas verdes y lechugas-.

Por la noche se me ocurrió que seguiría el consejo de un Youtuber mexicano -matemático, supuestamente-: invertir seriamente en el tema que se quiere aprender; entonces decidí que me suscribiría a Duolingo para continuar practicando videollamadas.

Y es que desde hacía unas semanas -o meses- había encontrado atractiva esta funcionalidad de Duolingo; para la cual tenía que pagar una suscripción -que eran como doce dólares por mes-; pero lo que hice fue buscar grupos familiares para compartir el gasto.

Entré a un grupo en la red social azul y encontré a varios mexicanos -creo- que ofrecían opciones para suscripción anual por un precio de doce dólares; lo malo es que el pago tenía que hacerse por medio de una plataforma que no funciona en el país.

Pero luego uno de estos individuos me planteó el pago por medio de paypal -o binance, pero no uso criptomonedas-; llamé a mis tres hijos para ver si alguno de ellos poseía cuenta de paypal y mi hija mayor me comentó que no utilizaba; mi hija mediana me indicó que quizá sí, pero que tenía que reactivarla -y estaba por dormirse- y mi hijo menor no contestó a mis llamadas.

Al final llamé a mi amigo afroamericano de la ciudad del Imperio del Norte en la que estuve hace casi veinte años; le pedí que me prestara doce dólares y le envié el link para realizar el pago; pero él transfirió veinticinco dólares, e insistió que no tenía que pagarle.

Entonces decidí que le cedería una de las suscripciones anuales a Rb; lo malo es que cuando intenté utilizar el código que me proporcionó el mexicano no funcionó; le escribí e intenté varias opciones para ingresar el código; incluso le envié mi usuario y password -pecado en ciberseguridad-.

Pero, al ver que no contestaba, decidí que, seguramente había caído en una estafa; asumí la pérdida -de la buena voluntad de mi amigo en el Imperio- y decidí que no insistiría -al menos por esa noche-; pero eso me ocupó hasta casi las diez de la noche; por lo que ya no consumí nada audiovisual; nomás leí un poco de un libro en español sobre intuición.

El domingo me levanté a las seis y cuarto; la noche anterior había decidio que me trabajaría desde temprano en la instalación de las dos láminas restantes en la galera del patio trasero; después de meditar me vestí y salí a revisar los agujeros que presentaron gotera la tarde anterior.

Había intentado encontrar una solución utilizando un -o dos- LLM; pero no había encontrado una buena opción; entonces me subí al techo y retiré la cinta tapagotera de estos tres agujeros; luego se me ocurrió que debía reinstalarlos utilizando calor.

Saqué la cajetilla de fosforos que utilizamos en la estufa y me puse a aplicar cinta tapagotera en una de las láminas que aún no había instalado; pero encontré el procedimiento bastante ineficiente; entonces me recordé que en la habitación de Rb había una candela aromática.

Entré a la casa, y a la habitación de Rb; encendí la luz y tuve que despertarla -estaba profundamente dormida, con protectores de oídos y tapaojos; eran las siete y cuarto, me disculpé por la interrupción, saqué la candela y continué el trabajo en el patio trasero.

Volví a colocar los trozos de cinta tapagotera que había despegado más temprano; pero ahora apliqué calor mientras instalaba cada uno; al final trabajé hasta las diez de la mañana pero dejé instaladas las cuatro láminas -en dos o tres ocasiones me resbalé de la escalera y quedé colgado de las láminas, con lo que comprobé (involuntariamente) la solidez de la estructura)-.

A las diez -como le había pedido- Rb salió a avisarme que había llegado la hora para acudir al supermercado en el que compramos artículos a granel; yo ya estaba terminando de colocar en el armario las herramientas que había utilizado, por lo que entré a la casa, me cambié y salí a arrancar la van.

El tránsito en el boulevard -por ser domingo- estaba bastante ligero; excepto en el inicio del mismo: al parecer era la hora de la dominical en la megaiglesia que se encuentra del otro lado del boulevard principal, por lo que fue un poco complicado entrar al mismo.

Pero el periférico estaba bastnte tranquilo; volvimos a encontrar un pequeño embotellamiento hasta la entrada al estacionamiento del comercial; al parecer a mucha gente se le había ocurrido realizar sus compras a granel durante la mañana del domingo.

Después de estacionar el automóvil entramos al comercial; recorrimos los diferentes pasillo agregando los artículos de la lista de compras a la carretilla: comida para los perros de Rb, varias bolsas de nueces, papel higiénico y similares; luego de pasar por la caja Rb me proporcionó su tarjeta pues quería comprar un pastel tres leches y un café helado.

Salimos del supermercado con la carretilla bastante llena, mi pastel y mi café; después de cargar las compras en la van retorné la carretilla al área correspondiente y luego regrese a la van; pero cuando empezaba a conducir Rb expresó molestia porque el pastel se estaba derritiendo y la humedad se estaba condensando.

Se lo tomé -al parecer no delicadamente- de las manos; ella reclamó por el gesto y me lo pidió de vuelta; y entonces tuvimos un retorno a casa tenso: aún debo aprender a interpretar de mejor forma las causas de molestia femenina y mejores estrategias para gestionarlas.

El tránsito estaba un poco más cargado que en el viaje de vuelta y yo estaba tratando de sintonizar la radio que escucho frecuentemente mientras conduzco -ya en el viaje de vuelta habíamos perdido la emisora- pero Rb -al parecer- estaba teniendo dificultades con mi forma de manejar-; entonces apagué la radio y me concentré en el camino.

Afortunadamente el tránsito -a pesar del número de vehículos- estuvo fluido: no hubo una paralización total en ninguno de los puntos; después de entra a la calle y estacionar la van trasladamos las provisiones a la bodega de la comida de los perros.

Después empecé a preparar mi desayuno: ya eran más de las once y estaba sintiendo la necesidad de alimentos; no preparé café sino que decidí consumir el café helado que había comprado en el supermercado, con una cuarta parte del pastel de tres leches.

Además preparé un par de sandwiches -al igual que el viernes, utilicé un par de cucharadas de arrowroot para cocinar una tortilla y dividirla en cuatro-; y acompañé esto con la gelatina que me había sobrado en la semana, un banano y un poco de papaya.

Después de desayunar me quedé en la mesa del comedor, revisé los mensajes que había dejado pendientes la noche anterior y encontré nuevas instrucciones para la suscripción de Duolingo; y en esta ocasión funcionó; luego le pedí el celular a Rb y también la agregué a la misma suscripción.

A las doce la alarma de mi telefono antiguo sonó y me recordé que quería llamar a mi amiga en Camerún: la noche anterior le había enviado un par de mensajes para que conversáramos, pero ya era muy tarde en África y habíamos acordado probar al día siguiente.

Llame a mi amiga -por whatsapp- y hablamos un poco -ella en inglés y un poco de español y yo en inglés y un poco de francés-, hasta la hora en que teníamos que sacar a caminar a los perros; pero, como estaba en el celular y aún tenía datos móviles, continué con la conversación mientras llevaba al perro de Rb por el circuito de dos calles que completamos diariamente.

Un poco antes de entrar terminé la llamada, prometiéndole que trataría de conversar con mi hija mayor para que la guiara en la plataforma de trabajo remoto en la que ella -y Rb- trabaja -esto me lo había sugerido Rb al escuchar que estábamos conversando-.

Cuando Rb entró -después de recoger los desechos de sus perros del patio delantero- le pedí que apartara la porción de lechuga que debía utilizar en las ensaladas del día; y preparé un par de las mismas.

Almorzamos alitas, ensalada y un poco de caldo -yo le agregué un poco de ramen coreano al mío-; y, como había desayunado copiosamente un poco antes, sentí que no era conveniente que tomara café con galletas/pastel/pan tostado; aún así metí cinco opciones -café, chocolate, té, agua, nada- en una rueda de decisión y la giré. .

Sorprendentemente me salió la mejor opción: nada; con lo que nomás me levanté de la mesa sin consumir nada más -ni siquiera mi segundo vaso de agua del día-; a las tres menos cuarto -cuando la alarma sonó- le ofrecí un té de manzanilla a Rb -luego se me olvidó mi ofrecimiento, al ponerme a lavar la montaña de trastes en el lavadero-.

Después de lavar todos los trastos -era una montaña- me retiré a mi habitación a escribir; un poco más tarde -mientras redactaba las ocurrencias de la semana- me recordé del té no preparado; pero ví que Rb estaba dormida en su cama.

Se levantó un poco más tarde y le pedí disculpas por no cumplir con lo prometido; y le comenté que estaba preparándole ya un té; ella se levantó a empezar la preparación de los almuerzos semanales: Hash browns -pero utilizando zanahorias en lugar de papas-.

Yo había rallado varias libras de zanahorias más temprano y nomás ayudé a esta hora dividiendo la zanahoria rallada y el pollo picado que ella había limpiado y reservado un poco antes; en el ínterin estuve avanzando en la redacción de mis notas -incluyendo esta-.

Casi al final de la tarde empezó a llover y tomé uno de los paraguas para salir a comprobar la efectividad de la instalación de la galera; y no encontré ninguna gotera -cuando terminé la misma le envié varias fotografías a mi padre, agradeciéndole por haber venido a ayudarme con la misma-.

Y a ver cómo sigue eso...

domingo, 4 de octubre de 2026

Sin leer, casi -y Asperger ataca de nuevo-... Not reading, almost -and Aperger strikes again-... Sans lire, presque -et l'Asperger frappe encore.-... Sem ler, quase -e o Asperger ataca novamente-...

Esta semana me la pasé -casi- sin leer... apenas uno o dos capítulos del libro de Reese Whiterspoon -incluyendo el sábado-; y es que se juntaron varias cosas: el cansancio del fin de semana -con mis padres en casa de Rb y una galera a medio (o un tercio más bien) contruir-, y el miércoles fue mi último día en la empresa anterior, empezando el jueves un nuevo ciclo laboral.

También sentí la decompresión del estudio: pasé entre cuarenta y cuarenta y cinco días preparándome para pasar el exámen que me otorgaría el certificado de  Fabric Analytics Engineer Associate de Microsoft; lo cual no fue la 'gran' cosa: o sea, es más usar herramientas que desarrollar 'nuevas' habilidades, pero bueno.

La cuestión es que me pasé casi toda la semana entre una y otra cosa -casi sin nada en el medio- y no reuní la energía para avanzar en ninguna de las líneas -que quedaron bastante difuminadas- de lectura.

Y lo otro: durante los cincuenta y tres años que he pasado sobre la superficie terrestre he sido parte de varios eventos -sociales, cómo no- en los que he causado sufrimiento -tanto a otra persona como a mí mismo- por no saber conducirme de una forma 'normal'.

Creo que la primera vez -que justo me recordé en esta ocasión- fue cuando ví a una persona en la escuela dominical de la iglesia con quien creía que tenía un vínculo amistoso -o algo parecido- simplemente porque el joven había estado bastante activo en el velorio de mi abuelo (yo tenía nueve años).

La situación fue bastante bizarra, porque yo actuaba como si fueramos amigos y él incluso empezó a maltratarme de palabra; mi hermano mayor intervino para indicarme que dejara de actuar de esa forma.

También he hecho llorar a dos personas en dos diferentes trabajos: en el primero como Ingeniero porque no seguí la pauta establecida dentro de un curso, y uno de los asistentes tomó los hechos como que lo estaba rechazando; fue bien incómodo para todos.

El segundo fue mi amigo -ahora- Testigo de Jehová: no leí bien el ambiente y realicé un par de comentarios en voz alta -como broma-; los que fueron tomado completamente de la peor manera y tuvimos un momento bastante incómodo.

Y el último -hasta ahora- fue haber (sin que viniera a cuento) excluido a mi ex supervisora del grupo en el que la habían incluído, justo el primer día en el que ya no era parte del grupo (ella no transicionó, como los otros siete miembros); y se vió muy mal.

En mi defensa -si se puede defender- la eliminé antes de darme cuenta que acababa de publicar un mensaje bien motivador -o algo parecido- respondiendo a otro de los compañeros que sí era parte del cambio. 

Y a ver cómo sigue eso...

El lunes era el primer día de la firma de contrato con la empresa que estaba comprando nuestra área en la anterior: a mí me habían citado el viernes anterior pero, ya en el camino, ví un correo donde cancelaban la cita.

Al mediodía un par de compañeros -un desarrollador y un analista de calidad- comentaron en uno de los grupos que ya habían firmado el contrato; entonces me dí cuenta que no me habían asignado una nueva reunión.

Así que le escribí a la persona -una chica húngara, al parecer- que me había contactado originalmente -y que luego había cancelado la reunión- para ver si había alguna actualización; aunque sabía que no me contestaría tan pronto: Hungría está ocho horas adelante.

De todos modos el día pasó bien lento; hicimos ejercicios al mediodía y fuimos al supermercado al final de la tarde; igual me sentía rendido después del fin de semana que había tenido -empezando el viernes a las cuatro de la madrugada; luego, la visita de mis papás, y al final el examen del domingo a las cinco de la mañana-.

El martes revisé mi correo personal desde temprano -el viernes no lo había hecho y por eso había tenido que retornar a casa cuando casi había llegado al lugar de la firma- y abrí un correo en donde me proponían la reunión para el mismo día a las once y media.

Contesté al correo aceptando la cita y luego nomás me dediqué a esperar la hora de salida; un poco después de las nueve y media me bañé, vestí y me dirigí caminando al boulevard principal; donde no esperé mucho al paso del siguiente bus intermunicipal.

De hecho había estimado dos horas de viaje -por eso había salido alrededor de las nueve y media de casa-; pero el viaje fluyó mucho mejor de lo que esperaba y llegué apenas unos minutos después de las once a la última estación de la línea del transmetro -la oficina se encuentra a un par de calles del lugar-. 

Y, como el PM me había comentado que había tenido que esperar en la recepción de la oficina por haber llegado muy temprano, decidí seguir en el transporte hasta la primera estación en el sentido contrario, para entrar en un supermercado y pasar allí diez o quince minutos.

Entré a un gran supermercado y encontré de las gaseosas que comparto en los almuerzos mensuales con mi hija mayor; pero no llevaba la tarjeta de débito de Rb -a pesar de que me la había ofrecido- y no tenía efectivo -no recuerdo la razón de haberme quedado sin ningún billete grande-.

Entonces nomás regresé caminando a la última estación del transmetro -unos cuatro o cinco calles-; luego crucé la calle y busqué la dirección de la oficina -estaba realmente a dos o tres residencias luego de entrar a la calle-; llegué un par de minutos antes de la hora indicada.

En la recepción estaba una anciana, que me comentó que la licenciada estaba ocupada -en una reunión virtual-; que la persona de las once se había atrasado y que tendría que ser atendida tarde; y no me mostré comprensivo y le comenté que la razón de hacer citas era respetar los horarios.

Pero luego me senté en los muebles de espera y empecé a hojear una de las revistas de negocios que tenían disponibles; y me resigné a esperar; la recepcionista me ofreció café o agua y acepté un vaso de agua con hielo; un poco después llegó una chica, pero a buscar a otra licenciada.

Y un poco más tarde llegó un joven -al parecer quien debía haber llegado a las once-; lo atendieron, guiándolo a una sala contigua; luego salió la licenciada -una señora bastante joven- y me guió a otra sala, en donde me proporcionó tres copias del contrato de trabajo.

Lo leí superficialmente: ya me habían comentado que habían corregido unas inconsistencias con los horarios y, la verdad, no confío en la solidez de lo que se ofrece -o acepta la empresa- en este tipo de documentos; firmé las tres copias -y agregué una rúbrica en cada página-.

La señora me comentó que lo había leído bastante rápido, me entregó una de las copias -la que metí a mi mochila- y dió por concluido el trámite; me despedí de ella -y de la recepcionista- y empecé el viaje de vuelta a casa.

Vine a almorzar la última de las porciones de comida china que habíamos preparado para la visita de mis padres -y los primeros dos días de la semana-; luego tomé un café con galletitas -y un poco de pan tostado-.

A media tarde le preparé un té de manzanilla a Rb; y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: se me había ocurrido preparar un pastel de arroz -porque ya casi no consumimos el grano y nos restaban varias libras en un par de herméticos- y quería comprar esencia de vainilla y leche líquida.

Cuando retornamos del supermercado revisé las notas que había tomado de varios videos de Youtube y puse a remojar -sobre la refrigeradora- doscientos gramos de arroz; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y un poco de una comedia de Ryan Reynolds sobre la guerra fría.

El miércoles era el último día en el trabajo anterior y, continuando con la costumbre de mucho tiempo, casi no hice nada en el trabajo; al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego sacamos a caminar a los perros y después almorzamos una piernas de pollo asadas, muy buenas.

Por la mañana había preparado el pastel de arroz -con el arroz remojado durante la noche- y almacené en el congelador tres o cuatro porciones adicionales de leche; después del almuerzo preparé un café y lo acompañé con un poco de pastel que había cocinado en el microondas -la mayor parte lo cociné en un sartén-, el cual estaba muy tostado.

Un minuto antes de que terminara mi último turno de trabajo -concluyendo doce años de trabajo en la misma empresa- escribí esto en el grupo general: Y bueno... fue bueno mientras duró... Nos vemos -mañana- al otro lado... Au Revoir; luego apagué la computadora. 

Despues nos dirigimos, con Rb, caminando a los supermercados en dirección sur: quería pasar por la ferretería para comprar tarugos y tornillos para colocar una regla de madera en la cocina; y es que había estado viendo videos en Youtube para tomar ideas para instalar un colgador de sartenes en la cocina -aprovechando, a petición de Rb, que ya teníamos un taladro eléctrico-.

Después de la ferretería continuamos el trayecto hasta el extremo del boulevard, no entramos al supermercado más alejado, sino que retornamos al que se encuentra a mitad del camino; allí compramos un poco de pollo y huevos; además compré un litro de jugo de naranja -para el desayuno del domingo con mi hija mediana-.

El jueves fue mi primer día en el nuevo trabajo, y lo empecé con el pie izquierdo: saqué a la supervisora -que se quedó en la empresa anterior- del grupo de trabajo en el que estábamos los que pasamos al nuevo; pero la saqué casi cuando ella estaba escribiendo en el grupo -no me dí cuenta hasta que ya era tarde-.

El desarrollador con el que me he reunido un par de veces para tomar un café fuera del trabajo se mostró sorprendido de lo que había hecho; yo me disculpé, aduciendo un error cerrando ventanas, comentando que ya me había disculpado con la supervisora -le escribí en nuestra conversación privada-; pero que entendía que no se me creyera.

Más tarde le pedí al desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad un par de años atrás que sacara al analista que menos bien me caía -y que no pasó a la nueva empresa: lo despidieron, compensándolo de acuerdo a la normativa- del grupo de whatsapp de la nueva empresa.

Y él no lo quiso hacer: o sea, dijo que le parecía que era la medida correcta, pero que no lo quería hacer el primer día; y sentí -no sé si era solo percepción personal- cierto resquemor por lo que yo había hecho más temprano con la supervisora -también le había comentado al PM, quien ahora es nuestro supervisor local, que había sido un descuido el haber procedido de esa forma-.

Otra de mis excusas -si se puediera excusar- es que estaba bastante ocupado cuando ocurrió lo de la supervisora porque estaba trabajando en la revisión del documento de más de doscientas páginas que me habían asignado unas semanas atrás.

Bastante temprano, justo antes de sacar a mi ex supervisora del grupo, la analista en el Imperio del Norte me había escrito para preguntarme sobre mi avance; la verdad es que no había hecho mucho -además de actualizar la tabla de contenido y borrar un par de páginas en blanco- en el mismo.

Y entonces se me ocurrió que podía utilizar código para revisar que todas las figuras y tablas estaban correctamente referenciadas dentro del texto; y eso me tuvo completamente inmerso en el trabajo desde muy temprano hasta las nueve de la noche.

Porque me encanta este tipo de tareas: resolver un inconveniente utilizando código; estuve apoyándome en Copilot para escribir código en Visual Basic y correrlo en Excel y Word para revisar las doscientas treinta páginas del documento y actualizar correctamente las listas de figuras y tablas.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos la segunda porción de piernas asadas; y al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte.

Yo quería pasar a la ferretería industrial para comprar unas armellas que utilizaría para fabricar un colgador de trastos en la cocina; también compramos una broca de un octavo de pulgada y aprovechamos para adquirir un nuevo paraguas -el anterior estaba tan viejo que el mango se andaba cayendo a cada rato-.

Compramos dos paquetes de armellas: uno de seis unidades con un tamaño bastante grande y uno de doce -casi al mismo precio- con un tamaño mediano; también pasamos a comprar marcadores permanentes en la tienda verde de descuentos (mi padre había utilizado los que teníamos en la construcción del fin de semana).

En el camino de vuelta pasamos a comprar el pan para mis desayunos del fin de semana -y en la panadería de la vuelta un cubilete con chispas de chocolate-; además pasamos a la tienda a comprar un manojo de culantro.

El viernes aún trabajé un poco en la revisión final del documento; pero un poco después de las nueve le escribí a la analista para comentarle que había terminado la actualización; luego, un poco más tarde el otro analista en el Imperio del Norte me escribió para que lo ayudara.

Y era otra tarea de las que me gustan -de las que pueden resolverse con código-: tenía una serie de procedimientos en Excel y quería pasarlos al formato oficial en Word; además de agregar una tabla de resumen con los temas; lo cual hice con varios scripts de VBA.

Me pasé toda la mañana trabajando en esto: al mediodía le envié el documento por nuestra herramienta de mensajes; y el resto del día estuvo más tranquilo: casi nada por hacer, por lo que me dediqué a revisar los cursos ya asignados en mi nueva empresa.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y entramos a la panadería del lugar, allí compré un par de panitos tostados y un pan de queso -para mis desayunos del fin de semana-.

Entramos al supermercado de las cercanías pues Rb quería comprar pollo para su perra más anciana; yo aproveché para  cobrar una transferencia móvil que había hecho desde el banco en el cual me pagaron durante doce años -hay un cajero del mismo en este supermercado-.

En el otro supermercado compramos una lechuga morada y un poco de bananos; Rb también compró allí más pollo, aunque, este creo que sí era para sus desayunos; por la noche estuve viendo un poco de la comedia del actor de Deadpool sobre la guerra fría.

El sábado me levanté a las cinco y media: había acordado reunirme con mi amigo de ascendencia asiática a las siete de la mañana; medité los veintiocho minutos en curso, luego completé un par de partidas de ajedrez en Duolingo.

Después me metí al baño y tomé una muy buena ducha, antes de vestirme y salir a tomar la van para dirigirme al restaurante en donde nos reunimos para su cumpleaños; el día estaba bastante gris y el tránsito estaba bastante tranquilo.

Llegué al lugar cinco minutos antes de la hora y me instalé en un área que tiene el restaurante cerca de la entrada; allí estaba jugando una partida de ajedrez cuando llegó mi amigo: llevaba una mochila bastante voluminosa.

Ordenamos un par de desayunos -y yo noté que el precio de los mismos había sido incrementado nuevamente-; pagué -quince dólares- y nos instalamos en una mesa del lugar; lo primero que hizo mi amigo fue darme la mochila -es de Google Cloud- como un regalo -y contarme que en vez de tirarla mejor la regalaba-.

Estuvimos en el lugar, entre desayuno y conversación por dos horas; el comportamiento de mi amigo -también está (creo) dentro del espectro- retornó a lo habitual: hablar sin detenerse, permitiendo apenas cierta contribución de la otra parte.

Pero parte de lo que me contó me preocupó un poco: le pidieron el lugar en el que ha vivido por un par de años -entendí que por algo relacionado con su comportamiento, o su forma de vivir, o algo parecido-; y, aunque está aplicando para un nuevo trabajo -pidiendo como el setenta y cinco por ciento de lo que gano actualmente- su situación financiera es desesperada.

Al parecer -eso ya me lo había comentado mucho tiempo atrás- una de sus hermanas, que reside en el otro gigante del norte- lo ha estado ayudando mensualmente para cubrir sus gastos -ahora pagaba el doble de lo que mis hijos pagan por los servicios en su departamento-.

El problema es que a su hermana le acaban de aplicar un downsizing y está por perder su empleo; con lo que ya no va a estar recibiendo el apoyo financiero de esa parte; y, la verdad, su situación en general me pareció bastante complicada.

A las nueve -había puesto una alarma- le indiqué a mi amigo que retornaba a mi casa; nos despedimos en la puerta del restaurante y abordé la van para conducir de vuelta a la casa de Rb; a donde vine bastante rápido.

Me cambié de ropa, comí un poco de fruta y luego empecé a trabajar en el patio trasero; había previsto un fin de semana bastante atareado: quería dejar el sábado el tercer arco de la galera armado, y los agujeros para el mismo a la profundidad requerida.

Quería realizar lo primero por la mañana y lo segundo por la tarde; entonces me puse a trabajar en los agujeros: con un machete escarbé los agujeros y me ayudé con un sartén viejo -y una pequeña caja de metal- para ir extrayendo la tierra; además estuve midiendo, con los tubos de metal, la altura.

Y el trabajo avanzó: antes del mediodía ya tenía ambos agujeros preparados para la intalación de los tubos; entonces saqué el barreno eléctrico y me puse a armar el arco: dos tubos de hierro negro y, en lo alto, una costanera de material galvanizado.

Rb me ayudó un poco con lo segundo, con lo que terminé por el día; y la verdad me sorprendió la rapidez de lo segundo: con mi padre nos pasamos casi una hora nomás para armar uno de los arcos -al parecer él estaba utilizando de forma incorrecta su barreno-.

Después de guardar las herramientas sacamos a caminar a los perros; luego me puse a preparar el almuerzo: la noche anterior había dejado preparados los elementos para armar un par de sandwiches con los componentes del burrito de zanahoria que suelo preparar los fines de semana.

Pero, por no prepararlo en el momento, habíamos decidido que en vez del burrito la tortilla sería dividida en cuatro partes y se armarían un par de sandwiches; los que quedaron muy buenos; luego de dejar preparado esto sacamos a caminar a los perros.

Después del almuerzo estuve leyendo un poco del libro de Reese Whiterspoon; hasta que Rb le dió de comer a sus perros, lavé los trastes y le ofrecí un té de manzanilla a Rb, el cual rechazó pues debía salir hacia su iglesia, a impartir la clase de alfabetización semanal.

Pero el día se había puesto más gris; y había empezado a lloviznar, de forma ligera pero constante; Rb salió con el paraguas y me estuvo enviando mensajes sobre su avance; el cual fue bastante lento pues el tránsito estaba bastante pesado -se había ido en busito-.

Y como no me quería dormir por la tarde hice una lista de cuatro actividades y las programé consecutivamente para completarlas en las siguientes dos horas: leer, escribir, jugar ajedrez en Duolingo, y bajar el material que aún estaba en la van.

Y es que, por la mañana, en el viaje de regreso de mi desayuno, había pasado a la ferretería y había comprado un saco de cemento -de cien libras- y dos sacos de arena -de veinticinco cada uno-; y uno de esto se había roto cuando el joven dependiente lo había colocado en la van.

La cuestión fue que no dejó de llover durante toda la tarde por lo que nomás completé tres de las actividades que me había propuesto: no quise bajar el material del auto pues no quería que se mojara el cemento; a las cinco y media inicié a caminar hacia la iglesia de Rb.

Me había pedido que le llevara un par de tenis y un par de calcetas pues se había tenido que descalzar en su clase debido que los que llevaba se habían mojado por completo en su viaje de ida; por lo que metí los tenis y las calcetas en la mochila que me había regalado mi amigo por la mañana.

Llegué a la iglesia de Rb unos minutos depués de las seis, entré a su aula -las alumnas: cuatro señoras, ya estaban despidiéndose- y le entregué lo solicitado; luego de que se calzara nos dirigimos al supermercado que queda en la misma calle.

Allí encontré buenas opciones de bebidas para los almuerzos con mi hija mayor y mi hijo menor -latas de seven up light y botellitas de coca cola zero-; también compré un cuarto de litro de helado -me había encontrado un billete de una alta denominación en los pasillos del comercial-.

Rb compró el pollo que utilizaríamos para los almuerzos de la siguiente semana y algunas frutas para sus desayunos; pagamos en la estación de autopago y emprendimos el camino de vuelta -la mochila estaba bastante pesada-.

Después de almacenar las compras me dí cuenta que no había comprado pan para el desayuno del día siguiente con mi hija mediana; entonces me dirigí a la panadería de la vuelta -Rb también me pidió que comprar manzanas verdes para los almuerzos-.

Cuando estaba llegando a la panadería ví a un par de señoras conversando -y una perra jugando con ellas-; una de estas vive a un lado de la panadería y es parte de las clases de zumba de Rb; y la perra, sin provocación ni aviso me atacó cuando apenas estaba llegando al a tienda -vecina de la panadería-.

La mordida fue profunda -o sea, levantó la piel- y la señora se escandalizó; y, por supuesto, mi reacción no fue la mejor: le indiqué que no me importaba la mordida -o el dolor- sino que nomás quería saber si la perra estaba vacunada, para saber si debía de ponerme la vacuna antirrábica.

La señora me aseguró que sí estaba vacunada; compré ocho manzanas en la tienda y una fila de pan francés en la panadería; luego retorné a casa; pero venía bastante alterado; le comenté a Rb sobre el suceso y le pedí que me acompañara para hablar con la señora ella quería asegurarse que la perra estaba vacunada-.

Y la llovizna que se había mantenido más o menos constante se convirtió en una buena lluvia; salimos con un paraguas cada uno pero ya no encontramos a las señoras en la panadería; tocamos en la casa vecina pero -por la hora, seguramente- nadie abrió.

Retornamos y le pedí a Rb que me rociara alcohol en la herida; luego me proporcionó una pomada que usa en las heridas de sus perros -la semana anterior me la había aplicado en la mano derecha pues me había levantado la piel en la mitad de la palma-.

El domingo me levanté a las seis y media; medité y luego retorné a la cama a leer el libro Gone before goodbye; después hice varias lecciones de Duolingo porque no quería salir de la habitación muy temprano; lo cual me complicó un poco el día.

Había estimado salir de la casa un poco después de las nueve pues no quería andar conduciendo con prisas ya que la lluvia continuaba; además, había ofrecido dejar prepaeradas las ensaladas del almuerzo antes de salir.

Pero lo primero que hice luego de salir de la habitación fue preparar los panes para el desayuno con mi hija mediana; fueron enormes: la mitad de un omelette con jamón de pavo y queso amarillo; con lechuga, tomate y medio aguacate cada uno.

Después de preparar los panes preparé las ensaladas, luego bajé los dos sacos de arena de la van: uno de los mismos estaba abierto por lo que me tocó que sacar arena de la alfombra del auto; dejé el saco de cemento pues no quería que se mojara.

Cuando terminé de bajar los dos sacos metí en la mochila con aislante térmico todo lo que llevaría al desayuno: una bolsa de snacks, dos pares de platos, un par de vasos, el jugo de naranja, un par de bananos, una mandarina, una porción del pastel de arroz y los panes.

A las nueve y media me despedí de Rb e inicié a conducir en dirección al departamento; la lluvia estaba constante, aunque no muy fuerte, y encontré muy poco tráfico en el camino; con lo que llegué al edificio unos minutos antes de las diez.

Estacioné la van y luego bajé las dos mochilas, la caja de scrabble y el par de paraguas; con los mismos subí al séptimo nivel; después de instalarme en la sala le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado; un poco más tarde hizo acto de presencia.

Le propuse ir al parque temático -aunque seguía lloviendo- y estuvo de acuerdo; caminamos al lugar -cada uno con un paraguas- y lo encontramos bastante vacío: ningún juego mecánico estaba funcionando y nomás vimos a un par de grupos de asistentes.

Nos dirigimos directamente al área en el que usualmente tomamos nuestros alimentos; de las veinte o treinta mesas nomás había tres o cuatro ocupadas -seguía lloviendo- y nos instalamos en una para desayunar; luego jugamos un par de partidas de Scrabble.

Además le volví a compartir los movimientos para resolver los lados del cubo de Rubik de cuatro por cuatro; estuvimos en el lugar hasta las doce y media y luego emprendimos el camino de vuelta a casa -había estado lloviendo toda la mañana y continuaba igual-.

Cuando llegamos al edificio le pedí a mi hija que me acompañara al auto para no tener que subir con las mochilas y los paraguas; entré a la recepción y le pedí a la guardia que abriera el portón del parqueo; entramos y dejamos allí nuestra carga.

Luego subimos al departamento, en donde estuve apenas cinco minutos antes de despedirme; bajé al auto y ví un mensaje de Rb inquiriendo sobre mi avance; le respondí comentándole que estaba ya  en camino de vuelta.

El tránsito -sorprendentemente- estaba bastante ligero: seguía lloviendo; la única pausa que encontré fue en el semáforo antes de entrar al municipio; pero fue apenas un cambio de luces; con lo que vine a casa apenas un poco después de las dos.

Y, a diferencia de otras ocasiones, Rb estaba esperándome para almorzar; lo que hicimos en el acto: alitas de pollo, ensalada y un muy buen caldito de pollo; yo agregué un banano y un poco de papaya al mío; después me preparé un café - el que consumí con galletas y pan tostado-.

Después del almuerzo me sentía bastante lleno por lo que esperé quince minutos antes de ponerme a la tarea del día: después de lavar los trastes del almuerzo bajé el saco de cemento de la van; y cuando intenté mover los sacos de arena al patio trasero la carretilla se estropeó -ya estaba oxidado y el área de carga cedió con el peso-.

Saqué la escalera de la lavandería y comprobé la altura a la que estaba el arco que había armado el día anterior; me tocó que ajustar un poco la altura de ambos y luego empecé a mezclar la primera mitad del saco de cement con uno de los sacos de arena.

Mezclé ambos materiales con agua, batiendo todo con una pala y, cuando ya estuvo casi a punto, le pedí ayuda a Rb para ayudarme a equilibrar los parales del arco antes de rellenar los agujeros con el concreto; el primero quedó lleno y alcanzó aún para la mitad del segundo.

Entonces mezclé el resto del cemento con el otro saco de arena y preparé otra carga de concreto; con el que terminamos de rellenar el segundo agujero; nos sobró un poco menos de la mitad de este concreto y lo aplicamos a la esquina de la galera en construcción.

Después de completar la operación lavamos el área en el que había preparado el concreto y guardamos las herramientas; luego tomamos una muy buena ducha; después del baño Rb porcionó los almuerzos de la semana -los había preparado por la mañana-.

Un poco después de las seis Rb me comentó que iba a completar lecciones de Duolingo; yo iba a hacer lo mismo y me metí a mi habitación; pero sentí un bajón de energía bastante acusado: nomás completé tres o cuatro lecciones; luego estuve dormitando hasta las ocho de la noche.

A esa hora salí de la cama, tomé la computadora y y me pasé a la habitación de Rb, en donde me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-, lo que me llevó casi dos horas, entre la recolección de los sucesos de la semana y alguna interacción con Rb.

Y a ver cómo sigue esto.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Desaparecido antes del adiós (y una semana realmente larga)... Gone before goodbye (and a really long week)... Disparu avant l'adieu (et une semaine vraiment longue)...

Le comentaba a Rb -y luego a mi hijo menor- que ya no tengo mucho paciencia con el racismo -aunque no sé si esa sea la definición correcta- en el material que leo: decidí no continuar con The Informationist por el tratamiento que la autora da a los países africanos; o sea, Europa y otros países prósperos han saqueado y maltratado a ese continente, y luego dicen: qué ignorantes, violentos y corruptos.

Y me parece que es la segunda ocasión en la que desisto de completar un libro al encontrar esto: el anterior era un libro infantil en el que el autor se burlaba -y denigraba, me pareció- todo lo que tenía que ver con Egipto.

Creo que es suficiente toda la ideología que compramos desde antes, incluso, de poder hablar de la maquinaria mediática: los buenos siempre son los occidentales; los rusos son el diablo -aunque ahora lo es más China- y la religión dominante es la verdadera.

Pero como quería leer algo de acción -si era posible sin tanto racismo- busqué los mejores libros de acción más recientes; y Google me recomendó el de título; me llamó la atención que la autora sea Reese Whiterspoon -o sea, he visto alguna de sus películas- y el texto de la contraportada se veía interesante.

Y claro, los buenos son los cirujanos militares que arriesgan su vida para salvar a cualquiera -incluso árabes!- en el campo de batalla; los malos -cómo no?- son los oligarcas rusos que tienen todo el dinero del mundo y compran cualquier cosa o persona.

Y a ver cómo va eso...

El sábado me levanté a las seis y media; los últimos días habían estado bastante raros, con el cambio de empresa y todo eso; o sea, las últimas mañanas habían sido bastante difíciles de empezar; y ese día continuó el patrón.

Creo que pasaron un par de minutos antes de que reuniera la energía necesaria para bajar de la cama y completar los veintiocho minutos de meditación; la cual también continuó estando bastante complicada: la mente de mono estaba más activa que de costumbre.

Después de meditar retorné a la cama y completé varias lecciones de Duolingo -portugués y ajedrez-, luego salí de la habitación y empecé a preparar el almuerzo que llevaría para la reunión con mi hijo menor: primero preparé las dos ensaladas; con pepino, zanahoria, tomate, chile pimiento, manzana verde, aguacate, lechuga romana, escarola verde y escarola morada.

También pesé treinta gramos de  aderezo en dos diferentes bolsitas de papel de aluminio; y puse a la estufa un sartén con bastante aceite; luego batí un huevo y pasé los rollitos por el mismo, harina de yuca y avena en hojuelas; y puse los dos rollitos por un par de minutos en el aceite hirviendo.

Después de haber dorado cada lado de los rollitos bajé el fuego y los dejé cocinando por media hora de cada lado; en el ínterin me preparé -con lo que me había sobrado del huevo batido, la harina de yuca y la avena- el desayuno de los sábados.

Después de desayunar lavé los trastos que había utilizado en la preparación de las comidas; luego me metí a mi habitación para avanzar en el libro de la nobel coreana: Tinta y sangre ha sido un libro bastante interesante de leer.

Por primera vez en mucho tiempo mi hijo menor me había pedido que llegara más temprano al departamento (a las doce del mediodía) por lo que debía de empezar a alistarme una hora antes que en los meses anteriores: puse una alarma para las diez y media y estuve leyendo hasta esa hora.

Rb estuvo -esporádicamente- traduciendo llamadas durante toda la mañana; antes de que entrara a bañarme salió un momento de su habitación y nos despedimos; luego de bañarme me vestí y preparé la mochila con aislante térmico: los dos rollitos de pollo, las dos ensaladas, una bolsa de snacks (platanos fritos con sal), el aderezo y dos coquitas sin azúcar.

Un poco antes de las once revisé Waze y el tránsito se veía bastante tranquilo: el tiempo estimado era de veintisiete minutos -bastante menos que en otras ocasiones-; pero decidí irme temprano; y el pronóstico fue bastante certero: a las once y diecisiete estaba estacionándome en el sótano del edificio.

Pero no subí inmediatamente -no quería incomodar a mis hijos lleganto tan temprano-: me quedé en la van leyendo -había empacado la tablet, la cual dejé luego en la guantera- el libro de Han Kang hasta las doce menos diez; cuando sonó la alarma bajé las dos mochilas y la caja de Scrabble y subí -por las gradas- al séptimo nivel.

Durante la semana había estado viendo un video de una divulgadora científica española; el tema era la menopausia femenina pero me llamó la atención un consejo que brindaba: subir las escaleras de dos en dos; lo cual hice y me costó completar los siete niveles de esta forma -creo que debo repetirlo más-.

Entré al departamento y le envié un mensaje a mi hijo comentándole que ya me encontraba en el lugar; él apareció bastante rápido y nos estuvimos conversando un corto tiempo en la sala, luego le propuse que nos dirigiéramos al parque temático más grande de la ciudad.

Caminamos hasta el parque, en el cual notamos más público que en ocasiones anteriores; nos dirigimos directamente al lugar en el que usualmente ingerimos los almuerzos y, afortunadamente, no había ningún evento: encontramos una mesa y pasamos la siguiente hora entre almuerzo y conversación.

Después del almuerzo decidimos acudir a la rueda de Chicago; pero antes debía comprar un pasaporte para doce juegos mecánicos -ocho dólares- pues ya nomás quedaba uno disponible en el anterior -debo comprar uno cada dos o tres meses-.

Después de comprar el boleto nos dirigimos a la rueda de Chicago, en la que encontramos una fila de espera bastante aceptable; y, a diferencia de la semana anterior, sentí que la duración del juego no fue tan corta.

Cuando bajamos de la rueda le propuse a mi hijo completar una partida de Scrabble; nos dirigimos a las mesas techadas más cercanas a la entrada y, como ya había pasado la hora del almuerzo, encontramos una disponible -un grupo de jóvenes se acercó momentáneamente a ver la partida-.

Después de utilizar todas las fichas del juego -y darlo por terminado- iniciamos el camino de regreso a casa; aún no eran las cuatro y habíamos acordado despedirnos a las cinco de la tarde; llegamos al departament un poco después de las cuatro y media y nos instalamos en la sala.

Al igual que en la última reunión con mi hija mediana -a la que había visto antes de salir y le comenté que le había dejado un mensaje en whatsapp- le propuse a mi hijo que practicáramos con una cajita de origami; y nos dió tiempo de completar un par antes de que sonara la alarma que había puesto en el celular.

A las cinco me despedí de mi hijo y bajé -por las gradas- al parqueo, arranqué la van e inicié el camino de regreso a casa; estaba lloviznando por lo que temí que se complicaría el recorrido, pero, quizá por la ligereza de la precipitación, no encontré ningún embotellamiento.

Al menos hasta la entrada del municipio: antes de cruzar el puente al fondo del cañón de la entrada el tránsito se ralentizó; y pude ver que justo al final del puente había un auto con luces de emergencia; al parecer un motociclista se estrelló contra la parte trasera de un automóvil y eso había dejado inoperativo uno de los dos carriles.

Entre a casa después de las cinco y media, me cambié de ropa, saqué a los perros al patio -aunque fueron un poco reacios pues el terreno aún se veía húmedo-, compartí mi ubicación en whatsapp con Rb e inicié a caminar en dirección a su iglesia.

Cuando salí de casa noté algunas gotas de lluvia en el ambiente; no esaba seguro si la lluvia continuaría, pero esperaba que no arreciara tanto; caminé hasta más de la mitad del camino antes de encontra a Rb, quien venía en sentido contrario -ella también me había compartido su ubicación-.

Nos encontramos y tomé la bolsa del supermercado-con aguacates y manzanas verdes-; luego reiniciamos el camino de retorno a casa; por la noche completé más de media hora de Duolingo -casi solo ajedrez-, preparé las gelatinas de mis desayunos y cociné la segunda de las bolsas de ramen coreano que mi hijo me había cedido unas semanas antes.

Luego me metí a la habitación de Rb para actualizar mis notas -incluyendo esta-, esperaba que me diera tiempo de ver algo -había estado viendo muy poco durante la semana, quizá nomás un capítulo de The Ghost in the Shell, uno de Nanoha y un tercio de un capítulo de Lioness-, pero no fue así.

El domingo me levanté a las seis y media: preveía un día tranquilo; no había programado ninguna salida por la mañana; un par de semanas antes -o asi- había acordado reunirme con mi amigo Testigo de Jehová -a las cuatro, en la pizzería de siempre-.

Después de meditar -me costó bastante completar los veintiocho minutos, continuaba pensando en la visita de mis padres la siguiente semana- retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo; luego estuve leyendo un poco del libro de Reese.

No quería desayunar muy temprano porque esperaba comer bastante tarde; estimaba tomar mi última comida alrededor de las cinco y media; y encontré una buena excusa para desayunar tarde: llevar a Rb a su iglesia -los domingos que asiste me pide que la lleve después de las diez de la mañana-.

Aunque a veces, como en esta ocasión, prefirió irse en autobús; por lo que nomás estuve leyendo y estudiando un poco de Fabric hasta cerca de las once de la mañana; a esa hora me preparé el desayuno de los domingos: un cloudbread con frijoles -y café-.

Después continué leyendo hasta que Rb me llamó -después de las doce- para que fuera por ella a la iglesia; conduje hasta el lugar -el tránsito no estaba muy pesado- y retornamos bastante rápido; y lo primero que hicimos al regresar fue sacar a caminar a los perros.

Rb puso al fuego sus alitas, para que se cocinaran mientras completábamos la caminata; yo había -antes de ir por ella- hervido unas piernas que encontré congeladas en el freezer y luego las había empanizado -aunque no me quedó muy bien- con harina de yuca, agua y avena en hojuelas -debo mejorar esa receta-.

Cuando entramos después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas; con las que acompañamos el pollo -yo también tomé el caldo que había quedado después de hervir las piernas, con un poco de ramen coreano-.

Después del almuerzo estuve estudiando un poco de Fabric; a las tres y cuarto empecé a alistarme para dirigirme a la pizzería que queda al inicio del boulevard; llegué al lugar con diez minutos de anticipación  me metí un rato al supermercado.

Salí del mismo un poco antes de las cuatro y esperé cinco minutos -ya le había enviado un mensaje a mi amigo cuando llegué al lugar- luego lo llamé; y me contestó como que hubiera acabado de despertarse; luego dijo algo como: Ah, ya estás allí; se me había olvidado por completo, y no pudo caminar porque tengo molestias con el ácido úrico; perdón por no haberte avisado.

Le deseé que mejorara pronto y colgué; luego sopesé qué hacer; en el camino me había dicho que si no se presentaba -no sería la primera vez- me iría a tomar un café y un pastelito a una cafetería fancy que queda cerca del lugar.

Pero ya cuando se dió el hecho preferí caminar: enfilé rumbo a la calzada interamericana y caminé durante cerca de cuarenta y cinco minutos; luego inicié el retorno a casa; no le comenté nada a Rb -aunque ella me indicó que había estado por llamarme pues estuvo lloviznando esporádicamente-.

Por la noche hice un poco de Duolingo, ví una parte de un capítulo de Lioness y un capítulo de The Ghost in the shell; además leí la primera parte -el prólogo o la introducción- de un par de libros en inglés, que había previsto agregar a los que llevo a medias.

El lunes me levanté a las seis y media; estuvo raro el despertar porque, al parecer, estaba soñando que ya me había despertado -no era un sueño feo-, y un poco después sonó la alarma; entonces me levanté a meditar.

Después de meditar salí de la habitación, pasé las computadoras de la bodega a la mesa y encendí la del trabajo; después retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; y es que la primera reunión del día era a las nueve.

Esta reunión estuvo algo rara: no se presentó el jefe de los programadores y el más antiguo de ellos revisó los pendientes; pero no me quedó muy claro cuál era el estado de los mismos; de todos modos, la mayor parte del personal anda en modo mudanza (el primero de octubre estaremos bajo nueva administración).

Me preparé el desayuno -avena, gelatina, papaya y banano- un poco después de las diez de la mañana; luego desayuné, mientras veía algún video de Youtube; mi supervisor local me preguntó sobre mis asignaciones y le mencioné pruebas en la app y tareas de documentación -aunque, la verdad, no he estado haciendo casi nada-.

Me pasé casi toda la mañana revisando la lección de Fabric, leyendo y completando las preguntas del examen en el sitio que me compartió mi amigo asiático: de setenta y cinco preguntas nomás fallé tres (me faltan otras seis páginas).

Un poco antes de las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de media hora de ejercicios; después sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando la porción del día de caldo de pollo (lo habíamos preparado la tarde anterior y porcionado por la noche).

Cuando entramos preparé un par de ensaladas pequeñas para acompañar el almuerzo; la cantidad de pollo y verduras estaba bastante generosa; después del almuerzo me preparé un café, el que consumí con dos mitades de galletas, un cuarto de pan tostado y un cuarto de pan de queso.

Un poco después del almuerzo lavé los trastes del día; luego me retiré a mi habitación, en donde estuve leyendo un poco del segundo libro de Kanban que leo del mismo autor; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té de manzanilla a Rb.

El resto de la tarde pasó bastante tranquilo; jugué algunas partidas de ajedrez -volví a bajar de mil seiscientos de ELO-  y, un poco antes de las cinco de la tarde, nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Yo había preparado una buena lista de provisiones con las que me quería preparar para la visita de mis padres de la siguiente semana; después de llegar al extremo del boulevard lo cruzamos y entramos al supermercado; y la lluvia iba pisándonos los talones.

En el supermercado compré varias vituallas: una docena de huevos, un paquete de queso, una botella de salsa de soya y un bote de polvo de hornear; nos tomamos un buen tiempo en las compras porque, igual, no podíamos salir del supermercado: la lluvia había arreciado.

Cuando escuchamos que se calmó un poco pasamos a caja -lo último que agregué fue un cartón de leche deslactosada-, cancelamos las compras y salimos del lugar; aunque la lluvia aún no había cesado por completo.

Empezamos a caminar hacia el otro supermercado tratando de guarecernos en los alfeizares de los diferentes negocios del boulevard; y no nos estaba yendo tan mal en el retorno, hasta que un auto pasó a una velocidad excesiva y nos bañó con agua de la calle.

Llegamos al siguiente supermercado bastane mojados; en este compramos un poco de bananos, una escarola morada y yo agregué un doble litro de jugo de naranja -para la visita de mis padres-; después de pagar retornamos a casa; la lluvia ya estaba casi extinta y, afortunadamente, no hubo más conductores inconscientes.

Después de quitarme la ropa mojada me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo; Rb se metió al baño a tomar una ducha tibia -lo hace siempre que se moja con agua de lluvia-; a las siete y media llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte.

Lo encontré preparando varias bolsas de reciclaje: dice que de esa forma financió el viaje que realizó para llevar a su hija de Arizona a Oregon; al parecer es un buen negocio el reciclaje por estas fechas en su localidad; también me contó una historia extraña de su hija menor.

A pesar de que regresó a Oregon con su novio, y que estaban trabajando juntos; al parecer ya no estaban juntos; y la hija había recibido la visita de una persona que vive en la costa opuesta -en la capital del Imperio- y que trabaja en la Nasa; se suponía que lo conocería en persona en un par de días -incluso me envió un par de fotografías en la red azul-.

Después de conversar con mi ex supervisor me pasé a la habitación de Rb; en donde ví una parte de un capítulo de Lioness -me está cansando el cliché de que malos son los malos y si no fuera por nosotros los buenos- también ví un capítulo de The Ghost in the shell.

Y el resto de la semana estuvo super rara: el martes me tocó que ir -después de varios meses- a la oficina: debia firmar el documento por el cual aceptaba mi transición a la nueva compañía.

Llegué al área de recursos humanos un poco después de las nueve, firmé el documento, me entregaron una copia del mismo y me dirigí directamente a una oficina gubernamental a verificar si la operación estaba bajo los términos legales: a todos nos pagarán vacaciones y bonos atrasados, pero no tiempo de indemnización.

La oficina estaba bastante llena porque atiende a trabajadores de todo el país; también bastante desorganizada -como la mayor parte de la burocracia local-; pero no me tardé mucho en realizar la consulta, y la chica -me imagino que Abogada, o en camino a serlo- me confirmó que todo estaba en orden.

Salí del edificio y ordene un Uber para dirigirme al negocio a donde Rb había comprado unos audífonos que no le gustaron: los controles se estaban calentando un poco -yo no lo ví crítico pero ella prefirió reclamar la garantía-.

El Uber fue bastante eficiente y llegué al edificio a una buena hora, subí caminando -de dos en dos la mayor parte de- los once niveles hasta la planta en la que se encontraba la oficina; me atendió un joven bastante amable, pero no vió muy crítico el calentamiento de los controles de los audífonos.

Aún así aceptó cambiarlos; pero, luego entró otra persona -no sé si era el dueño de todo o nomás un vendedor bastante agresivo- y pidió más pruebas, y al final ya no hubo cambio; yo también me puse algo violento y salí del lugar con bastante mala leche.

Ya fuera del edificio iba a ordenar otro Uber para llegar a la estación intermedia más grande del Transmetro; pero mi celular se quedó sin carga y tuve que caminar un par de cuadras para abordar un bus urbano; el que me cobro casi el mismo monto -un dólar- de lo que me hubiera cobrado el Uber.

El bus fue bastante rápido y un poco después estaba abordando el Transmetro, el que me llevó hasta el comercial en donde se estacionan los busitos que vienen hasta el boulevard al lado del cual vivimos; retorné antes del mediodía y el día continuó sin muchos cambios.

El miércoles me volvió a tocar salir: era el día en el que mi supervisora había programado la última reunión trimestral con todo el equipo; al igual que el día anterior salí a media mañana de casa de Rb.

Caminé hasta el boulevard principal, tomé un autobus intermunicipal que me llevó a un par de cuadras de la estación del transmetro; de allí abordé una unidad que me llevó hasta el cetnro histórico, en donde me dirigí a la siguiente línea de este transporte.

Al final llegué bastante rápido a la estación más cercana -a kilómetro y medio- del restaurante al cual me dirigía; de hecho tuve tiempo de pasar a ver la librería más grande del sector -la que visitamos, en el pasado, algunas veces con mis hijos-. 

Llegué al restaurante con un par de minutos de adelanto y encontré a un par de compañeros en la recepción; luego continuaron llegando más personas -nos reunimos como una docena-; el almuerzo estuvo bastante bueno: era un restaurante de asados y, tanto las entradas como el plato principal (y el mus de postre- estuvieron bien.

Yo había llevado la bolsa con marshmellows y repartí un par a cada uno de los asistentes un poco antes de que se terminara la reunión; la cual se puso un poco nostálgica al final: la mitad de los asistentes dejaríamos la empresa el siguiente jueves.

El almuerzo estaba programado para tardar tres horas a partir del mediodía; y diez minutos depués de las tres -había puesto alarma- me despedí de todos e inicié a caminar en dirección al call center en donde trabaja mi primo.

Llegué al lugar un poco después de las cuatro y me tocó que esperarlo en el arriate frontal del lugar -intenté esperarlo en unas bancas del edificio pero salió un guardia a indicarme que nomás los empleados de la empresa podían estar allí-.

Mi primo salió un poco más tarde y nos dirigimos a la estación del transmetro más cercana -justo frente a las oficinas a donde había acudido el día anterior, a firmar la documentación-; transbordamos en el centro histórico y continuamos hasta el comercial en donde se estacionan los busitos.

De la estación nos dirigimos a un comercial cercano e invité a mi primo a un café y algunas donas -él ordenó también un croissant (o algo parecido)-; estuvimos en el lugar hasta un poco antes de las siete entre conversación, café y donas: le comenté que sería la última vez que nos veríamos en esas circunstancias pues ya no tendría reuniones trimestrales; a las siete nos despedimos y tomé un busito para retornar a casa.  

El jueves sí fue tranquilo: al menos no tuve que salir de casa -como los dos días anteriores-; por la mañana aprovechamos para completar una rutina de ejercicios: el día anterior yo había estado fuera casi toda la jornada.

Y al final del día nos dirigimos caminando hacia los mercados en dirección sur; yo tenía que comprar un par de paquetes de pan sandwich integral y una magdalena pues pensaba agasajar a mis padres al día siguiente; también compré jamón y con Rb, ingredientes para los almuerzos del fin de semana.

El viernes empezó temprano: había puesto una alarma para las cuatro de la madrugada, cuando sonó me levanté, me vestí y salí a saludar a Rb; luego tomamos la van y nos dirigimos al hospital nacional más grande de la ciudad; casi no había tráfico -por la hora- y llegamos rápido al lugar; en donde ya había una enorme cola.

Dejé a Rb en la entrada del hospital y retorné a casa; vine antes de las cinco y me metí a la cama para intentar dormir un rato; pero me costó conciliar el sueño, aunque, eventualmente, me dormí, hasta que la alarma de las siete me despertó.

Bajé a meditar y luego salí a dejar que los perros salieran al patio; casi no trabajé durante la mañana, nomás estuve esperando la hora a la que había previsto salir: me habían citado al mediodía para que fuera a firmar presencialmente el contrato con la nueva empresa.

A las diez me bañé, me vestí y salí caminando hasta el boulevard principal, en donde tomé un bus intermunicipal; la mañana estaba bastante gris y cuando faltaban dos o tres estaciones para llegar a mi destino empezó a llover, en ese momento revisé mi correo y encontré un mensaje que había entrado de madrugada, en el que cancelaban la reunión.

Entonces le escribí a Rb comentándole que continuaría en el transmetro para retornar a casa; la mima unidad me llevó a la estación cercana a la que debía dirigirme para transbordar; vine a casa un poco antes de la una de la tarde; afortunadamente Rb ya había sacado a caminar a los perros.

Por la tarde hicimos la rutina de ejercicios de los viernes y ya no salimos a caminar pues la tarde estaba bastante húmeda; en la noche estuve viendo un capítulo de The Ghost in the Shell y una parte de Lioness; aunque me sentía bastante cansado por haberme levantado a las cuatro.

El sábado me levanté a las cinco de la mañana; mis padres me habían indicado que pensaban salir a las cuatro de la mañana del puerto; medité y luego estuve leyendo un poco en la cama; a las seis los llamé pero no me respondieron, un rato después me enviaron un mensaje, comentándome que aún estaban en la cabecera departamental.

Al final vinieron casi a las ocho; pero antes de ir a traerlos ya había preparado el desayuno: un sandwich con jamón y huevo y otro con jamón y queso; además de café y fruta (papaya y bananos); después de traerlos a casa les serví desayuno y Rb se nos unió un poco más tarde -estuvo contestando llamadas casi toda la mañana).

El plan original era armar una galera -sustituyendo la que se estaba terminando de caer, de madera- con tubos de metal y canaleta; mi padre había traído una soldadora, un taladro, una pulidora y algunas otras herramientas.

Después de desayunar fuimos a la ferretería de la vuelta y compramos casi ciento cincuenta dólares en materiales: tres tubos cuadrados de dos pulgadas, dos canaletas de dos por cuatro, un saco de cemento y uno de arena.

Nos prestaron una carretilla y allí traje el cemento y la arena; luego fuimos con mi padre por los tubos; me traje los tres tuvos de hierro negro, lo que me dejó molido el hombro; mi padre trajo las canaletas; y allí empezó a fallar el plan: la pulidora no funcionó para cortar los tubos.

Fuimos nuevamente a la ferretería -en auto ahora, porque estaba lloviendo- a comprar un arco de sierra -con sierra-; luego mi padre me comentó que era mejor armar la estructura con tornillo y no con soldadura; por lo que fuimos nuevamente a la ferretería a comprar tornillos (ahora a pie, pues la lluvia había amainado).

Pero la lluvia no se calmó por completo: estuvo lloviendo esporádicamente durante toda la jornada, con lo que apenas pudimos excavar dos agujeros -de seis- y armar nomás uno de los tres marcos con los que planeábamos sostener las tres láminas (la estructura original, completamente apolillada la habíamos terminado de desmontar por la mañana: tenía cuatro láminas de ancho).

El avance fue completamente decepcionante: mi padre se confundió al partir uno de los tubos quedando una mitad más larga que la otra; almorzamos a la una -después de que Rb y yo sacamos a caminar a los perros): la tarde anterior, parte de las razones para no salir a caminar por la tarde fue preparar nuestra receta de verduras cocidas y pollo -a lo que le llamamos comida china-.

Después del almuerzo me preparé un chocolate -y le serví café a mis padres-; por la tarde avanzamos pero muy lentamente: habíamos armado un arco en el patio trasero pero era muy grande para pasarlo por el portón al patio, tuvimos que desarmarlo y volver a armarlo en la parte de atrás de la casa; y el taladro de mi padre no estaba funcionando muy bien; casi que tuve que abrir los agujeros con clavos de lámina.

Un poco después de las cinco dejamos de trabajar -seguía lloviendo- y tomé una muy buena ducha; tenía el hombro adolorido y una gran ampolla (se me había desprendido la piel) en el centro de la mano derecha; y no habíamos hecho casi nada.

Pero traté de tomarlo con calma: me alegraba que mis padres hubieran venido a quedarse un par de días a la casa de Rb; por la noche continué avanzando en Lioness; aunque también acomodé un escritorio en la bodega, pues en la madrugada del día siguiente debía examinarme para obtener un certificado de MS.

Como le había cedido la habitación en la que duermo frecuentemente a mis padres, saqué un saco de dormir y me acomodé en la habitación que utilizamos como bodega; puse una alarma para las cuatro treinta y cinco -debía hacer check in a las cuatro cuarenta y cinco-.

Dejé una alarma en el celular y una en la tablet; y dejé mi computadora personal conectada con cable al router; a las cuatro treinta y cinco sonó la alarma y me levanté, me vestí, encendi la computadora (con a partición de Windows 11) y entré a la página en donde debía examinarme -había intentado cambiarme a una opción presencial pero no lo logré).

Por haber intentado un minuto antes recibí un mensaje de acceso muy temprano así que esperé un poco; luego me conecté y empecé el proceso de check in: una fotografía frontal, una fotografía de mi documento de identificación; y cuatro fotografías con los alrededores de mi estación de trabajo.

Y luego estuvo fácil: había estado repasando doscientas veinte preguntas en el sitio que mi amigo de ascendencia asiática me había proporcionado; y de las cincuenta -o sesenta, no recuerdo- preguntas que se me presentaron, la mayoría ya las había resuelto (y las había repasado cinco o seis veces -y otras tantas con mi app de estudio espaciado-).

Así que incluso tuve que bajar la velocidad pues sentí que las estaba contestando demasiado rápido -incluso sin terminar de leer las preguntas-; los dos casos que se me presentaron ya los había revisado antes; y únicamente tres o cuatro preguntas fueron completamente nuevas -pero dominaba el tema-.

Al final terminé bastante rápido y obtuve un punteo sobre ochocientos -el mínimo para obtener el certificado era setecientos y el máximo punteo era de novecientos-; recibí un par de correos con la constancia del certificado y apagué la computadora -después de haber reactivado mi LinkedIn y publicado el logro-.

Luego sopesé que hacer: habíamos quedado con mis padres en reiniciar la obra a las seis de la mañana; pero no quería pasar un día sin meditación matutina; así que me quedé en la habitación hasta cerca de las seis y cuarto, meditando; en el ínterin escuché que mis padres salían al patio trasero.

Cuando terminé la meditación salí a acompañarlos y trabajamos en la instalación del arco más cercano a la pared vecina: ayudé a mi padre a mezclar medio saco de cemento con un saco de arena y preparamos una buena mezcla de concreto.

Instalamos el arco y entramos a desayunar; Rb había preparado unos huevos revueltos (con tomate, hasta después le comenté que no me gustaba esta combinación) y el café estaba casi a punto; eran casi las nueve menos cuarto por lo que esperamos a que le diera a comer a sus perros para sentarnos los cuatro a la mesa.

Después del desayuno continuamos trabajando, armando el segundo arco; pero aquí la cosa se complicó pues este era el que tenía una extremidad más larga que la otra, y mi padre insistió que no se cortara, sino que se perforara un agujero más hondo; el problema era que no teníamos una herramienta adecuada, por lo que no quedó muy recto.

Igual preparé la segunda mitad del saco de cemento -con otro resto de arena- y llenamos ambos agujeros con concreto; después de eso decidí que ya estaba bien: eran casi las once de la mañana y estimé que si empezábamos con el tercer acto nos quedaríamos a medias; además no quería que se estuvieran moviendo los arcos ya instalados.

Además habíamos acordado almorzar a la una, para ir a dejarlos a la estación de buses a las dos de la tarde; entonces les indiqué que mejor lo dejáramos hasta allí; que yo continuaría en los próximos días por mi propia cuenta y a mi propio ritmo; que ya estaban dos arcos y que el tercero debía ser cuidadosamente instalado para que no hubiera un salto en la inclinación.

Mi madre se molestó un poco y ambos expresaron cierta decepción por no haber terminado lo que habían venido a hacer; pero yo nomás les agredecí por su tiempo -más tarde les dí cincuenta dólares, pues no habían querido cobrarme por la labor realizada-.

Cubrí los bártulos que habían estado bajo techo con las cuatro láminas y luego tomé a tomar una ducha; luego estuve un rato en la habitación de Rb, viendo algunos videos de Youtube, mientras mis padres descansaban un poco en la habitación en la que usualmente duermo.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; y a la una servimos la segunda porción de comida estilo chino; al igual que el día anterior me preparé un chocolate, luego del almuerzo y le serví una taza de café a cada uno de mis progenitores; la conversación de sobremesa estuvo interesante y se extendió a las dos de la tarde.

Pero a esa hora me levanté y les comenté que lo mejor era que saliéramos, para evitar atrazos; les ayudé con las maletas en las que transportaban las herramientas mientras ellos se despedían de Rb; luego abordamos la van y salimos al boulevard.

El cual no se encontraba tan vacío como habría esperado, por ser domingo: antes de entrar al boulevard principal había una cola bastante extensa -aunque no detenida- y luego, subiendo la cuesta luego del puente encontramos otro embotellamiento; aquí si había una razón -aunque no muy válida-: un auto se había ido en una zanja.

Y aunque el vehículo no estaba bloqueando ninguno de los dos carriles, las personas en sus automóviles bajaban la velocidad para ver el percance, produciendo un embotellamiento innecesario; pero las cosas no estaba mucho mejor en la ruta al Pacífico.

Al parecer estaba lloviendo adelante, pues el tránsito estaba bastante lento; al final llegamos a la estación de transporte a las dos y media; y aún allí me confundí para llegar al lugar en el que mis padres debían abordar el autobús: nos metí al centro comercial del lugar.

Y es que no recordaba que había una ruta alternativa, en donde hubiéramos tenido que caminar unos doscientos o trescientos metros, en lugar del kilómetro o así por la ruta interior del centro comercial; pero, finalmente llegamos hasta el bus que va directo al puerto, lo abordamos, los dejé instalados, me despedí de cada uno e inicié el viaje de retorno a casa.

Para regresar tomé la ruta complementaria: saliendo de la ciudad en dirección al Pacífico, luego subiendo al boulevard desde el final de la cuesta de salida de la urbe; el viaje fue mucho más directo y sin ningun retraso.

Cuando vine me puse a revisar mis correos personales y, un poco más tarde, le propuse a Rb que saliéramos a caminar; ella me comentó que podríamos dirigirnos a la ferretería industrial en la que usualmente adquirimos herramientas: quería que compráramos el barreno que necesitaré para terminar de instalar las láminas.

Así que hacia allá nos dirigimos a las cuatro de la tarde; caminamos hasta el lugar y compramos un modelo similar al que traía mi padre -espero que a mí me funcione mejor-; además compramos una broca para perforar metal y un punzón -para evitar tener que seguir doblando clavos de lámina-.

Luego pasamos a la tienda verde de descuentos pues iba a necesitar otro par de guantes de trabajo -Rb también compró un par pues, supuestamente, me asistirá en los trabajos que realizaré en las semanas venideras-; luego de pagar las compras retornamos a casa.

Por la noche ví el final de la tercera temporada de Lioness; y decidí que ya no continuaré con la misma: o sea, me gusta la acción -especialmente si no tiene sentido-; y veo que el giro que se le está dando a la serie es más dramático que el que me agrada en un film de acción.

Y así terminó la larga semana: habiendo firmado mi salida de la compañía actual, sin firmar la entrada a la nueva empresa, con una galera a medias -y con un avance cuestionable- y previendo mucho trabajo de construcción para las semanas siguientes.

Y a ver cómo sigue eso...