miércoles, 1 de abril de 2026

La Paradoja de la Elección...The Paradox of Choice... Le paradoxe du choix...

EL jueves -o el día anterior- terminé el libro que estaba leyendo de Neuropsicología (La Fábrica de las Ilusiones) y me puse a sopesar con qué continuar -del libro de francés me quedaba el último ciclo-; me llamaba mucho la atención un libro que una difusora científica mejicana mencionó en un video que ví durante la semana.

El libro en cuestión es sobre la paradoja de la elección -o algo así-: se supone que mientras más opciones se le presentan a las personas, se obtienen peores resultados a la hora en la que se evalúa la satisfacción del resultado final.

Bajé el libro y lo dejé en mi computadora; o sea, ya tenía dos libros preparados para leer en la línea de francés; y también quería recomenzar con libros en portugués; pero no quería descuidar los libros en inglés -especialmente de no ficción- o en español (quizá incluso novela negra).

El domingo mi amiga de Cameroon me escribió para que le consiguiera un libro de una autora de Watpadd; yo había intentado leer un libro de esta misma autora -en francés- unas semanas antes, pero me pareció demasiado crudo -o muy difícil?-.

Encontré el libro en el sitio en el que usualmente me proveo de este tipo de material y se lo envié; y estuve sopesando si darle una oportunidad; pero no, son más de quinientas páginas y el romance -especialmente en francés- no me va.

Me dije que podía empezar a buscar libros de cuentos en francés -y portugués-; y me dí cuenta que, de hecho, los libros del Pequeño Nicolás son de este tipo; aunque talvez debo buscar, en ambos idiomas, un nivel de lectura un poco más avanzado.

Pero no, al final decidí que le daré una oportunidad al libro de Soft Romance que le conseguí a mi amiga; son más de quinientas páginas; además, quiero combinar su lectura con el título que encabeza este texto. 

Y a ver cómo sigue eso. 

El viernes retorné a trabajar; aunque, la verdad, después de enviar el código el lunes, casi no había hecho nada más que correr -varias veces en el día- la batería de doce pruebas, para comprobar que continuaban siendo funcionales.

El resto del día lo utilicé en las tareas en las que estaba ayudando a Rb, y bueno, la meditación matutina, entrar a un par de reuniones de equipo -sin ninguna aportación de mi parte-, Duolingo, -muy poquita- lectura, y así.

Al mediodía preparamos el segundo pescado, del último envío de mi madre; el que acompañamos con un poco de la mezcla de verduras y vegetales que comimos durante toda la semana; después tocó hacerse cargo de los trastes, y me preparé un té de jazmín (y uno de manzanilla para Rb).

 Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; al igual que el día anterior, no entramos al supermercado más distante, nomás caminamos hasta el extremo del boulevard; luego retornamos al supermercado en el intermedio.

Allí compramos un poco de lechuga y bananos; cuando estábamos entrando a la calle me percaté que no había comprado más pan -se suponía que al día siguiente venía a desayunar mi amigo barítono-; entonces nos dirigimos a la panadería de la vuelta.

Compré un poco de pan y me quedé sin dinero suelto; y aún debía de comprar un poco de tortillas; Rb se ofreció a retornar a la casa por un poco de monedas -necesitaba un par para pagar las tortillas-; y, de hecho, le pidió prestada esta cantidad al guardia.

Me quedé esperando un rato las tortillas -casi siempre hay gente haciendo fila-; luego retorné a casa y dejé las tortillas en la cocina, para que se enfriaran antes de meterlas a la refrigeradora; en el ínterin me puse a realizar la limpieza semanal (no la había hecho la semana anterior).

Rb también se metió a los servicios, a tallar la taza del inodoro y a limpiar los espejos; después de barrer y trapear los pisos me dediqué a vaciar la mesa del comedor, limpiarla con toallitas con lejía y ordenar un poco lo más visible de la sala.

A continuación, ya era algo tarde, busqué un video para ver las últimas novedades en películas de acción; y encontré tres que me llamaron la atención: una francesa, una sudafricana y una estadounidense; decidí -usé una ruleta online- empezar por la sudafricana y ví una tercera parte de la misma.

Luego de terminar la porción de la película que había decidido ver me puse a hacer lecciones de Duolingo -volví (otra vez) a superar la barrera de los mil quinientos puntos en ELO- y, a las diez, realicé los veinticuatro minutos de meditación.

Antes de retirarme a mi habitación saqué los platos y cubiertos que necesitaría para el desayuno del día siguiente: dos platos anchos, tenedores, vasos de vidrio -para el jugo de mango-, tazas para el café y la prensa francesa; a la once me retiré a mi habitación.

El sábado me levanté a las cinco y veinte; habíamos -desde hacía un par de semanas- acordado con mi amigo barítono que se presentaría a las siete de la mañana; pero no estaba seguro de qué tan puntual sería: hubo una vez que lo despertó mi llamada luego de una espera en un restaurante.

Medité y luego me metí a tomar una ducha; después saqué mi computadora al comedor, me puse los audífonos bluethoot y me metí a la cocina a preparar el desayuno; el cual me llevó -casi- una hora; cinco minutos antes de las siete apagué el fuego del agua para café.

Y un par de minutos después mi amigo me escribió, por whatsapp, para informarme que había llegado; salí a recibirlo y, efectivamente, se estaba estacionando frente a la casa de Rb; nos saludamos afectuosamente y lo invité a entrar; ya estaba casi todo servido, nomás puse a calentar unas tortillas en el microondas.

En esas estaba cuando los perros de Rb empezaron a hacer ruidos para salir de la habitación; Rb salió con ellos y realicé las presentaciones correspondientes; luego -mi amigo y yo- nos dedicamos al desayuno; Rb nos acompañó en la conversación.

Hasta las ocho y cuarenta y cinco, cuando tuvo que darles de comer a los perros; después se sirvió su desayuno y nos acompañó en la tertulia; además, casi desde que mi amigo entró, le había pedido que cantara; lo cual hizo, de forma muy profesional.

Un poco después de las nueve les sugerí que jugaramos algunas partidas de Scrabble o de Dominó; mi amigo eligió lo segundo y jugamos un par de partidas del mismo; la primera fue bastante corta y la segunda bastante extensa.

A las diez y media -había estado recibiendo mensajes de su hermana, comentándole el progreso en el retorno, desde el departamento más grande del país, a la ciudad; por vía aérea- mi amigo nos anunció que se retiraba; se despidió de Rb y lo acompañé al portón de la casa.

Después de su partida nos dedicamos -con Rb- a avanzar en las últimas tareas asignadas en el proyecto en el cual habíamos estado trabajando desde la semana anterior -es una mezcla entre transcripción entre español e inglés (muy mal pronunciado) y la revisión de estos textos-.

A las once y media empecé a preparar el almuerzo: burritos de zanahoria, con relleno de aguacate y pollo (con miel en este caso); a las doce y media sacamos a caminar a los perros; y, un poco después de la una, almorzamos; luego lavé la montaña de trastos que había acumulado en la preparación del almuerzo.

A continuación me dediqué a completar la tarea en la que había estado trabajando desde el día anterior -el límite para enviarla era el domingo por la noche, pero no quería afectar la eficiencia percibida por el (buen) trabajo de Rb-; a las tres menos cuarto le preparé un té a Rb -yo decidí no tomar nada después de las dos, pues había empezado con el desayuno a las siete-.

Por la noche ví la segunda parte de la película sudafricana que había empezado el día anterior; aunque, la verdad, no la estaba encontrando muy atractiva; también pasé los libros que había decidido leer a la tablet.

El domingo me levanté a la hora de costumbre -seis y media-; medité y retorné a la cama, a hacer casi una hora de Duolingo -aún tenía la media hora de puntos extras que dá la aplicación por completar el challenge semanal-.

A las ocho salí de la habitación, a preparar el desayuno que llevaría para la reunión con mi hija mediana; después, casi a las nueve, me metí a la ducha; luego empaqué todo en las dos mochilas de costumbre, tomé la van e inicié mi trayecto hasta la casa de mis hijos.

El tanque de gasolina ya andaba marcando una ocupación cercana a su cuarta parte; pero no estaba seguro si la gasolina estaría más cara en el municipio o en la ciudad -estaba más cara en la ciudad-; entonces llegué al edificio con el tanque aún vacío.

Cuando subí al séptimo nivel le escribí a mi hijo menor, para indicarle que quería recuperar el cubo de Rubik de seis por seis -la semana anterior se le había zafado una pieza mientras él lo estaba armando-; me comentó que aún estaba trabajando en el mismo y que me lo daría por la tarde.

También le escribí a mi hija mediana, para comentarle que ya estaba en el lugar; ella salió un poco más tarde y nos dirigimos caminando al parque temático de costumbre; el lugar estaba bastante lleno -debido a las vacaciones escolares de Semana Santa-.

Afortunadamente el lugar en el que solemos tomar los alimentos estaba abierto; y había bastantes mesas disponibles; compartí con mi hija uno de los panes que había preparado más temprano; también serví jugo de mango -estaba muy dulce- y dividí una bolsa de snacks de papas.

Había llevado, también, un par de bananos; nos tomamos un buen tiempo para desayunar; luego le propuse que practicara un poco con el cubo de cuatro por cuatro; logró armar los centros sin ninguna ayuda.

Pero para armar los bordes se utiliza un algoritmo que aún no le había enseñado; como tenía anotados los movimientos en mi whatsapp le expliqué los siete u ocho giros necesarios; pero no estuvo tan sencillo: nos confundimos en varias ocasiones.

Finalmente logramos aclarar la secuencia correcta, y mi hija pudo compeltar los doce extremos del cubo; con lo que se veía ya como un cubo de tres por tres; también tuvo suerte de que no quedara una T en el penúltimo paso, ni de que las esquinas estuvieran giradas en el último; por lo que pudo completar su armado hasta el final, por primera vez.

El día estaba bastante soleado pero un poco ventoso; sin embargo, la rueda de Chicago estaba funcionando, le propuse ir al juego mecánico, pero le indiqué que debía comprar otro pasaporte -contienen doce juegos- pues ya nomás me quedaba uno en el actual.

En contraposición, mi hija me sugirió que mejor fuéramos a caminar al zoológico del lugar; el cual estaba un poco más lleno que de costumbre; no completamos todo el recorrido pues mi hija me había pedido -un poco más temprano- que retornáramos a su casa a las doce y media, pues (por el cambio de horario) debíamos despedirnos un poco antes.

A las doce menos diez le propuse que nos retiráramos y empezamos a buscar la salida; el retorno no tuvo ningún contratiempo y, un poco después, estábamos entrando al departamento; como aún teníamos un poco de tiempo nos instalamos en la sala.

Conversamos -solo un poco, pues ya era casi la hora que habíamos acordado separarnos- un rato y después nos despedimos; yo me quedé un momento en la sala; había, al entrar, encontrado mi cubo de seis por seis, aún sin ser reparado.

Pero recordaba lo que había visto en el video de Youtube sobre la reparación; por lo que procedí a encajar la pieza en su lugar -tiene su truquito-; luego le tomé una fotografía y se lo envié a mi hijo menor -quien dijo que no había logrado realizar el procedimiento-.

Después revisé el mensaje que me había dejado mi hija mayor: había dejado la mochila que le entregué -la semana anterior, para su reparación- sobre la refrigeradora; entonces coloqué el sobre de origami que había preparado -con los cuatro dólares que habíamos acordado por el trabajito- en el armario de la habitación, y le tomé una fotografía.

Luego me retiré del lugar; había pensado que, por empezar el retorno media hora antes de lo acostumbrado, podía pasar tranquilamente a una gasolinera, a llenar el tanque de la van; pero cuando entré a la van me percaté que no le había dejado el jugo de mango a mi hija.

Entonces dejé las mochilas -las tres- en la van y subí con el jugo de mango; entré al departamento, lo coloqué en una de las bandejas de la refrigeradora y volví a retirarme -echando doble llave en la puerta-.

En el camino le escribí a mi hija, comentándole lo del jugo -no tengo internet en mi celular, por lo que esperaba que el mensaje fuera enviado cuando llegara a casa de Rb-; el tránsito estaba bastante tranquilo, excepto -otra vez- en la entrada al municipio.

Tuve que esperar dos o tres cambios de rojo en el semáforo para lograr pasar el embotellamiento; luego entré al boulevard y decidí llenar el tanque en una gasolinera que se encuentra en el carril que va en dirección opuesta, aproveché que el tránsito estaba un poco ligero en esa vía.

Llené el tanque -más de cincuenta dólares (y le había ofrecido a Rb absorber el sesenta por ciento, por estar utilizando más el automóvil)!!!- y luego salí al boulevard a retomar el camino -en la dirección opuesta-; esto estuvo un poco más difícil, pero un poco más tarde estaba estacionándomen frente a la casa de Rb.

Ella ya había preparado las alitas de pollo y me pidió que me hiciera cargo de las ensaladas del día; después del almuerzo lavé los trastes, me preparé un café -no había tomado por la mañana- y, un poco antes de las tres, le preparé un té de manzanilla.

Habíamos sopesado salir a caminar a las cuatro o a las cinco; Rb se sentía agotada por lo que decidimos salir a las cinco -ella se metió a su habitación un poco antes de las cuatro y tomó una siesta bastante extensa-.

La desperté un par de minutos antes de las cinco y caminamos hasta el extremo sur del boulevard -el ánimo de Rb estba bastante bajo, debido al adormecimiento-; caminamos hasta la gasolinera y luego entramos al supermercado más lejano.

El lugar estaba bastante concurrido; compré una lata de champiñones y tres paquetitos de salsa de tomate, para el desayuno que había previsto con mi amigo de ascendencia asiática -y miembro, también, de una secta coercitiva-.

Costó un poco el paso por las cajas -de hecho era la primera vez que veía tres cajas atendiendo al mismo tiempo-; pero, finalmente, salimos del lugar; en nuestro paso por la garita -al salir- le había pagado las monedas que le debía, al guardia.

El camino de vuelta estuvo un poco raro: Rb había, finalmente, logrado transmitirme el desánimo que cargaba -no sé si la afirmación es la adecuada, generalmente puedo abstraerme de sus estados de ánimo- y casi tres cuartas partes del camino las hicimos en silencio, yo me sentía bastante afectado.

Y el bajón me tardó bastante; por la noche traté de terminar de ver la película de acción que había empezado un par de días antes; pero se me hizo cuesta arriba, al final le puse el doble de la velocidad de reproducción; y después empecé a ver la francesa.

Por la noche hice el cálculo de las páginas que debía de leer en cada ciclo, de los dos libros con los que había decidido continuar; y anoté en la app de texto: seis capítulos de la novela en francés por cada capítulo -incluyendo prólogo- del libro de no ficción en inglés.

El lunes me desperté a las seis -aunque había estado escuchando ruidos desde un poco más temprano-: Rb había decidido ir en transporte público a la segunda cita médica del seguimiento de su histerectomía.

Un poco después de las seis Rb abrió la puerta de mi habitación y me habló para indicarme que se retiraba; yo había previsto levantarme a esa hora, pero nomás le deseé suerte en su viaje, y me volví a cubrir con las sábanas, hasta las seis y media.

Cuando la alarma sonó me levanté a meditar; después entré a la primera reunión del día; la cual estuvo bastante vacía pues varios desarrolladores -y un analista de calidad- habían pedido la semana de vacaciones -por las celebraciones locales-.

Después de que cerraron la reunión -se tardó casi una hora- salí de la habitación y revisé mi correo del trabajo, además leí un par de mensajes que mi compañero más brillante me había enviado durante el fin de semana: había encontrado correcto el código que envié la semana anterior.

A las nueve y media me preparé el desayuno -los mismos han estado copiosos últimamente: avena, gelatina, papaya y banano-; un poco más tarde mi supervisor me agregó a una llamada grupal: estaba reunido con mi compañero más brillante y me quería asignar una tarea igual a la que había realizado unos meses antes.

Eso me llevó el resto de la mañana: debía actualizar la app en la que trabajamos en cuatro estaciones de trabajo remotas; las primeras tres no me dieron ningún contratiempo; la última volvió a fallar.

Un poco después de mediodía, luego de probar varias soluciones, pedí la ayuda de mi compañero más brillante, con quien nos reunimos en la aplicación de trabajo; mi compañero realizó un análisis y resolución bastante elegantes.

Como ya tenía captura de pantalla de las tres primeras estaciones de trabajo, completé la información con la última y preparé un correo para mi supervisor -en el cual agregué a mi compañero, agradeciendole la ayuda- para mostrarle que la tarea había sido completada.

Rb vino un poco antes de las doce; durante la mañana me había estado enviando mensajes para mantenerme al tanto del avance de su consulta médica; incluso del seguimiento que el ginecólogo estaba requiriendo: varios exámenes de laboratorio.

Y vino cansada -por haberse levantado dos horas antes de lo habitual y el viaje en transporte público-; a las doce menos cuarto me indicó que tomaría una siesta; le ofrecí despertarla a las doce y media -por la caminata de los perros- pero me pidió que fuera a las una.

A esa hora -había puesto la alarma para la una menos un minuto- entré a su habitación y la desperté; le puse el arné a los dos perros grandes y empecé la caminata, mientras ella terminaba de alistarse para salir.

Después de la caminata puse a calentar la salsa de tomate que Rb preparó, el día anterior, para acompañar los hashbrowns; también saqué todos los ingredientes para el par de ensaladas que debía preparar.

Cuando Rb terminó de ocuparse de su perra más anciana entró y le pedí que se encargara de los hashbrowns; comimos, acompañando el almuerzo con un vaso de fresco de rosa de Jamaica, y luego me metí a la cocina a lavar los pocos trastes que estaban en el lavatrastos.

Después me preparé una taza de café; la que consumí con el penúltimo tercio de zepelin que Rb me obsequió el jueves anterior, medio cubilete que me sobró del desayuno del sábado, media galleta de chocolate y media galleta redonda.

Luego estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- y, a las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; al finalizar el horario laboral (las cuatro) nos dirigimos caminando hacia los mercados en dirección norte.

Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego nos pasamos al principal; allí caminamos otro medio kilómetro y luego retornamos al supermercado que se encuentra en ese extremo; donde compramos una red de aguacates y un poco de bananos.

Después retornamos a casa; eran alrededor de las cinco y media y, al revisar mi computadora del trabajo me dí cuenta que mi compañero más brillante me estaba escribiendo: quería que agregara otro par de métodos al código en el que había estado trabajando.

Me indicó cuáles eran los casos que quería que agregara y empecé a trabajar en el acto; de hecho trabajé un buen rato -creo que ni ví la segunda parte de la película de acción francesa que había iniciado el día anterior-.

Aunque sí traté de leer un poco, me parece que una parte del prólogo de La paradoja de la elección; y, de hecho, me costó un poco empezar con el trabajo restante: aún no tengo muy clara la forma correcta de usar el administrador de versiones -sigo apoyándome en LLMs para iniciar (y terminar) mis ciclos de desarrollo-.

El martes me levanté super tarde -a las siete y media-; me despertó el ruido de los autos acelerando en el boulevard; y me percaté que el día anterior había -por error- desconectado la alarma para el día siguiente (el lunes pensé que había retrasado únicamente la alarma, al levantarme, y la había desconectado).

Total que me desperté después de la hora de la primera reunión; y decidí nomás meditar; luego continué trabajando en el código; toda la mañana; aunque tampoco entré a la reunión de las nueve, y se debió a que -a esa hora- me fui a leer un rato a la cama.

Entonces, no entré a ninguna reunión, pero sí estuve trabajando mucho tiempo en el código; todo el día, excepto a la hora de sacar a caminar a los perros (doce y media) y en la preparación del almuerzo después (calentar la salsa de tomate, preparar una ensalada y servir el fresco).

Tanto ese día como el anterior (lunes) había tenido una refacción copiosa: aún estaba terminandome el pan que había sobrado del desayuno del sábado, además de media galleta de chocolate, media galleta dulce y un terceio de zepelin.

A las cuatro de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al más alejado: el lunes había olvidado comprar un paquete de crema -y también compré cuatro cubiletes-.

En el otro supermercado compramos un poco de bananos para el resto de la semana; cuando retorné a casa -otra vez a las cinco y media- le escribí a mi compañero para comentarle que ya había completado el código (lo había dejado corriendo antes de salir).

Mi compañero me contestó en el acto, pidiéndome que lo subiera al servidor -lo que hice (nuevamente ayudándome con una LLM)-; luego estuve viendo el final de la película francesa de acción, que no estuvo tan mal como la otra -la sudafricana-.

Luego empecé a ver la estadounidense/húngara; pero traté, también, de avanzar un poco en el libro de francés que estoy leyendo: es un romance bastante predecible -creo que la autora salió de watpadd-, pero me consuelo diciendome que está en francés.

El miércoles me levanté a las siete y media; medité y luego volví a la cama -con la computadora del trabajo- para entrar a la reunión de las siete; casi no había participantes en esta reunión, y mi supervisor me llamó después de la misma.

Al parecer estaba tratando de darle seguimiento a un pendiente de la reunión: me pidió que realizara unas pruebas sencillas en la app en la que trabajamos; me puse a realizar la tarea, pero no estaba funcionando como esperábamos.

Además, envió una invitación para otra reunión una hora más tarde; en la misma convocaba a un par de analistas en el Imperio, a mis otros dos compañeros trabajando -el que vive en la ciudad de mi familia paterna está de vacaciones- y al PM -que está cubriendo a mi supervisora local-.

Y la reunión estuvo super rara; nomás acudimos el PM, un analista del Imperio y el compañero que menos bien me cae; a él le asignó una tarea que se podía realizar únicamente después de que yo hubiera completado la asignación de más temprano.

Por lo que seguí tratando de completar la tarea; pero, al parecer, los servidores estaban caídos -o estaban actualizando la app, no sé-; por lo que nomás estuve enviando actualizaciones cada cierto tiempo, mostrando que la tarea no se podía completar.

Luego entramos a la reunión de media mañana; en la que no hubo muchas novedades, nomás nos recordaron que había otra reunión -supuestamente más importante- un poco más tarde -a esta reunión tampoco entraron mis compañeros de equipo-.

Mi compañero más brillante me escribió un poco más temprano para comentarme que -debido a las inundaciones del día anterior- no había podido conectarse más temprano; y me comentó que había visto mi código y que todo se veía bien.

Un poco después entramos a la reunión que habían mencionado antes; la cual era nomás para presentar una herramienta de terceros que se utiliza en la app que estamos probando; el presentador era el jefe de los desarrolladores y, la verdad, no ví la gran importancia que le habían dado a la reunión, la que tardó casi una hora.

Al mediodía mi compañero más brillante me escribió para comentarme que había encontrado algunos errores -de diseño y de modelo- en el código que había escrito; y, la verdad, no me sorprendió: o sea, él es bastante brillante y mi código es -por decirlo de alguna forma- aún muy débil.

Le agradecí por la retroalimentación y quedamos de revisar los cambios que estaría implementando en la reunión que ya tenía programada para el lunes, después de la reunión de las siete de todo el equipo; la verdad espero mejorar en mi estilo.

Y a ver cómo va eso. 

sábado, 28 de marzo de 2026

Otra gran crisis... Another big crisis... Une autre grande crise...

Hace mucho tiempo leí que la palabra (o el caracter más bien) china para referirse a crisis se componía de dos términos: peligro y oportunidad; por supuesto ahorita que busqué en Google, dice que es un mito -como el del abejorro que no debería poder volar-.

Y es que me levanté pensando que estamos en una gran crisis, y en las otras que ya he registrado por acá: la primera -no fue, al final- fue la gripe aviar (o H1N1), fue como una precuela de lo que vendría  una década después: el COVID 19.

La primera, al menos en los alrededores, nomás cerró parte de algunas ciudades por parte de algunos días, en nuestro vecino país del sur; la segunda fue una epidemia mundial (o pandemia) que, de una u otra forma, afectó a todo el planeta.

Y con respecto a conflictos mundiales -lo que está ocurriendo ahora-, en el noventa y uno estaba preparándome para ingresar a la facultad cuando empezó el relajo de la invasión de Irak a Kuwait, y la consiguiente intervención del Imperio del Norte.

Se 'calmaron' las aguas, para volver a agitarse, y ahora mucho más, hasta el dos mil uno, con las torres de la gran ciudad, y las consiguientes invasiones a regiones del oriente medio; varios países, una gran calamidad.

Luego han habido agresiones por parte de todos contra todos; hasta donde estamos actualmente, una situación que amenaza con salirse completamente de control; y los combustibles con un aumento del cincuenta por ciento.

Y a ver cómo va eso.

El lunes esperaba que fuera un día tranquilo, o sea, el día anterior había concluído una semana de escribir código para completar las doce tareas asignadas unas semanas atrás; el fin de semana había estado intenso pero, al final, fue satisfactorio.

Pero no esperaba que el día estuviera tan tranquilo: por la mañana le comenté a mi compañero más brillante sobre la finalización de los procedimientos que me había asignado; le indiqué que nomás limpiaría un poco el código y luego lo enviaría.

Al final de la mañana -luego de eliminar varias partes que me habían servido para comprobar resultados, y mejorar un poco la alineación del código- envié la información al servidor remoto; y no pasó nada.

El resto del día estuve nomás revisando el código que acababa de enviar, nomás para comprobar que no se me hubiera ido algún error muy obvio; a las cuatro de la tarde nos dirigimos a los supermercados en dirección norte.

Desde unos días antes nos habíamos quedado sin servilletas de papel -compramos, en la tienda verde de descuentos, un paquete de fiestas cada siete meses-; luego pasamos al supermercado, donde compramos un poco de bananos.

También compré una bolsa de avena molida, la que planeaba utilizar para la preparación del pastel con el que he estado experimentando cada semana; pero allí ocurrió algo que -creo- nunca terminará de sorprenderme.

Rb se encontró a una conocida, justo cuando estábamos entrando al supermercado; ya habíamos encontrado a esta señora, en el mismo lugar, en al menos otro par de ocasiones; a mí no me cayó bien, pero eso no es ninguna novedad.

La cuestión es que se saludaron y la señora le comentó a Rb que había visto su publicación de lo ocurrido a su sobrino nieto; y empezaron a conversar -creo que también se les unió la señora que estaba en el área de paquetes-.

Y conversaron, y conversaron, y conversaron... durante mucho tiempo; yo dí varias vueltas a la tienda, elegí bananos no muy maduros, dí más vueltas a la tienda, elegí una bolsa de avena molida, dí más vueltas a la tienda, hasta que, finalmente Rb se despidió de su amiga; por la noche leí un poco del libro en español -La Fábrica de las Ilusiones-.

El martes volvió a estar tranquilo el día en el trabajo; la tarde anterior le había comentado a mi compañero que ya había enviado el código; además le comenté que dos de los cuatro archivos estaban retornando un mensaje de dilación en su ejecución.

El día anterior también -al inicio de la jornada- le había escrito a este compañero -y a otro desarrollador- para invitarlos a desayunar el siguiente viernes; mic ompañero no contestó, el segundo dijo que tenía ya un compromiso, pero que vería si podía coordinar.

La noche anterior le había escrito a mi compañero y me comentó que, de hecho, estaba terminando de planear un viaje -familiar, me parece- para ese día; este mensaje fue por whatsapp -el de la mañana había sido por la herramienta de mensajes del trabajo-.

El martes le escribí a mic ompañero para recordarle sobre los avisos de ejecución lenta y le sugerí -por supuesto, basado en los resultados de una LLM- un par de cambios que podría realizar para mejorar este aspecto.

Allí me dí cuenta que mi compañero no había terminado las asignaciones en las que cada uno estaba trabajando; por supuesto, lo que está haciendo es mucho más complicado que las tareas que yo elegí.

Desde media mañana empecé a colaborar con Rb en una tarea en la que había estado trabajando para una página que se dedica a entrenar LLMs: ella se había involucrado en esta tarea unos días antes y la había absorbido completamente.

De hecho, incluso hubo un connato de conflicto cuando le recomendé que lo tomara con más calma: se ha estado quejando de algunas molestias en la espalda y le sugerí que podría deberse a todo el tiempo que pasa sentada.

De todos modos, trabajé un par de horas en tareas bastante sencillas, repetitivas y que, en algunos casos, requieren bastante atención a los detalles;  al mediodía almorzamos la segunda porción de -nuestra versión de- comida china, aunque tuve que preparar media taza de arroz a última hora.

Por la tarde continué con la tarea que había empezado a media mañana; había estado escuchando conversaciones de Rb con una persona -creo que vive en el vecino país del norte- con la que está coordinando estas tareas -y quien, supuestamente, realizará el pago de las mismas-.

A las cuatro de la tarde cerré mi computadora, tomé una ducha, y me preparé para salir: a las cinco y media debía reunirme, con mi amigo poeta, en un restaurante del centro cívico; había decidido salir a las cuatro y media ya que -gracias al gran conflicto, y la subida de precios de combustibles- el tránsito había estado más ligero últimamente.

Como aún me quedaba un paquete de incienso, de la caja que mi hijo me regaló en navidad, la metí en la mochila; a las cuatro y media encendí la van e inicié el trayecto; el camino estaba, de hecho, bastante libre; un poco después de media hora estaba entrando al restaurante.

Le envié un mensaje a mi amigo, para comentarle que ya había llegado; y a Rb, para comentarle la facilidad del recorrido; luego me acomodé en una mesa y ordené un pastel tres leches y un café; mientras esperaba a mi amigo jugué algunas partidas de ajedrez.

Mi amigo llegó un poco antes de la hora que habíamos acordado; ordenó una porción de pollo frito; mientras yo esperé un momento para ordenar una cena -las empiezan a servir a las seis de la tarde, pero es casi lo único que consumo en el lugar-.

Estuvimos entre comida y conversación -siento que, luego de un par de años, nos estamos comunicando un poco mejor- hasta las siete de la noche; los temas fueron muy variados: el estudio de Harvard sobre la felicidad, lo ocurrido al sobrino nieto de Rb, el viaje que hará mi amigo al cono sur a mediados de año.

A las siete de la noche le pregunté a mi amigo si quería que dividiéramos la cuenta o que yo pagara; me indicó que él pagaría -la última vez lo había hecho yo-; fui a los servicios a lavarme las manos y luego nos despedimos.

El camino de vuelta estuvo igual de tranquilo que el de vuelta; de hecho no hubo ningún embotellamiento ento do el trayecto; entré a casa antes de las ocho de la noche; y encontré a Rb trabajando en mi computadora.

Antes de salir -más temprano- le había dado las credenciales para utilizar mi Ubuntu; y habíamos acordado que me ayudaría con la tarea en curso; me comentó que había invertido una hora en la misma.

La cuestión era que, antes de aceptar la tarea, Rb me había comentado, que la persona del vecino país del norte, requería su finalización el mismo día; yo había estado de acuerdo y ahora debía asumir la aceptación.

Sustituí a Rb, a las ocho, en la computadora y continué trabajando -hasta la una de la madrugada-; con una pequeña pausa entre las nueve y las diez; pero no me dí cuenta -hasta el otro día- de que olvidé completamente la meditación de esa noche.

Rb se durmió antes de medianoche, pero antes de retirarse a su habitación me había indicado los pasos para dar por concluída la tarea; un poco antes de la una completé los pasos requeridos, le envié un mensaje a la persona en el país vecino y me retiré a mi habitación.

El miércoles me desperté a las seis y media; cuando la alarma sonó me percaté de que no había meditado la noche anterior, además, me dije que no era la primera vez en el reto presente; o sea, ha habido bastantes situaciones.

Me ha tocado meditar en los servicios de la habitación de un hotel -cuando fuí a la capacitación en el departamento colindante con el vecino del norte-; también sentado en un bus -la última vez que fui al pueblo en el que nací- y, además, esas veces en que Rb me ha interrumpido.

De todos modos, no soy dogmático en el tema; me levanté y medité durante veinticuatro minutos; después retorné a la cama para entrar a la primera reunión del día; aprovechando que no había ninguna novedad laboral continué colaborando con Rb.

Nos asignaron otro par de tareas y Rb empezó a trabajar en una de ellas; yo tomé la otra, pero me hice el propósito de no dejarme absorber como el día anterior; estuve trabajando un rato antes del mediodía.

O sea, las tareas son sencillas, pero absorbentes; además, aún no estoy seguro de la forma en la que serán pagadas; y me sentía cansado por el desvelo; a las once puse en la estufa una taza de arroz -no quería que se repitiera el atraso del día anterior-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; de vuelta de la caminata puse a calentar la tercera porción de los almuerzos de la semana; después del almuerzo lavé los trastos y me preparé un café.

Rb tuvo su reunión semanal del trabajo a las dos y media; yo estuve leyendo algunos artículos que encontré en TheHackerNews y, a las tres menos cuarto, le preparé un té de manzanilla; luego continué con los artículos.

A las cuatro de la tarde nos dirigimos a la clínica médica en la que Rb había pagado una consulta: había recibido los resultados de un urocultivo que se había realizado el lunes por la mañana; el resultado había sido negativo pero la consulta la había programado antes de recibir el informe del laboratorio.

La clínica queda cerca de los supermercados en dirección norte; y la doctora es hermana de una voluntaria con la que estuve saliendo un tiempo unos quince años atrás -aunque nunca llegamos a nada-.

Cuando llegamos a la clínica -un poco después de la hora programada- conversamos un poco con la doctora sobre su familia (son cinco hermanas, aunque una había fallecido el año anterior); fueron unos minutos -bastante interesantes- de ponernos al día.

Luego Rb y la doctora empezaron a conversar sobre la razón de la consulta; un poco después salí a la sala de espera: la doctora debía realizar un exámen ginecológico y me excusé de estar presente; pero, desde la sala, escuché que se repetía la historia del sobrino nieto.

Un poco más tarde se abrió la puerta de la consulta y Rb salió; nos despedimos de la doctora y empezamos el camino  de vuelta; aún pasamos al supermercado pues debíamos de comprar un poco de bananos.

El jueves era mi segundo día de vacaciones -obligatorias- del mes; me desperté a las seis y media, medité y volví a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo -al igual que los días anteriores, la mayor parte fueron partidas de ajedrez-.

Después me quedé en la cama pues me había propuesto actualizar mis notas -incluyendo esta-, eso me llevó un poco más de una hora; a las nueve de la mañana salí, por fin, de las sábanas y me preparé el desayuno. 

De acuerdo a lo que habíamos previsto con Rb, a las nueve y media salimos de casa para dirigirnos al mercado en el centro histórico; esperamos el busito en el boulevard -el cual llevaba un cartel anunciando que debíamos esperar un aumento en el precio del pasaje, debido a la 'situación actual'-.

Después de apearnos del busito cruzamos el centro comercial y abordamos un bus del Transmetro; el cual nos llevó hasta el mercado; Rb apenas compró un poco de moras -y algunas manzanas- y luego nos dirigimos a la estación del transmetro a abordar la unidad de vuelta.

Cuando llegamos al comercial en donde se estacionan los busitos subimos al tercer nivel porque Rb necesitaba pasar al baño; yo esperé fuera -llevábamos alimentos en la bolsa- y después de su retorno me tocó entrar a los servicios.

Después entramos en el supermercado del lugar, en donde Rb adquirió un paquete de manzanas; además compramos un poco de pollo; luego bajamos al sótano, para salir del comercial y abordar el busito de vuelta a casa.

Como retornamos un poco después del mediodía decidimos sacar -de una vez- a caminar a los perros; después calentamos la última porción de 'comida china' -y arroz-; al terminar el almuerzo me ocupé de los trastos en la cocina.

Luego le preparé un té de manzanilla a Rb; a las cuatro caminamos rumbo a los supermercados en dirección sur; aunque, realmente, caminamos hasta el extremo del boulevard; en la panadería de la última calle compré el pan para mis desayunos; luego pasamos al supermercado que queda a medio camino; en donde compramos un poco de pollo y bananos.

También compré un par de 7Up light, para los almuerzos del futuro con mi hija mayor; por la noche -como había hecho un rato por la mañana, y otro rato por la tarde- trabajé en la corrección de unas transcripciones que estamos realizando con Rb -como side hustle-.

jueves, 26 de marzo de 2026

Las sorpresas de Nicolás... Little Nicholas' Surprises... Les surprises du Petit Nicolas...

Me dí por vencido con el libro de Tecnología -en inglés- que había estado leyendo; la verdad no le encontré -al igual que al otro libro del (mas o menos) mismo tema y en el mismo idioma, que dejé a medias el año pasado- sentido a seguir leyendo algo en lo que realmente no creo.

Y entonces, decidí que nomás voy a leer, por ahora, dos libros diferentes en paralelo: La fábrica de las ilusiones, en español, y el libro que titula este texto, en francés; ya había leído varios de este mismo personaje dos o tres años atrás.

Aunque, originalmente, había leído varios en español -con mis chicos- una o dos décadas atrás; el autor -los autores?- fueron, al parecer, toda una institución en Francia; y, me consuelo, diciéndome que, a pesar de ser un libro infantil, al menos estoy practicando francés.

Y a ver cómo sigue eso...

El martes me levanté a las seis y media, medité y retorné a la cama para entrar a la reunión de las siete; luego me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo; el reto semanal era completar cincuenta lecciones perfectas -en conjunto con Rb- e íbamos atrasados.

A las ocho mi compañero me escribió para comentarme que aún no había terminado el ajuste del código que debía hacer para que yo pudiera seguir trabajando; por lo que durante la mañana casi no hice nada.

Aunque, un poco antes del mediodía, se me ocurrió que, de pronto, podía ayudar a mi compañero con la parte del código que estaba trabajando; él es muy brillante -el más inteligente de los cuatro- pero creí que con la ayuda de LLMs podía avanzar.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes; luego calentamos la segunda porción de los almuerzos de la semana; al inicio de la tarde mi compañero me avisó que ya había completado el cambio.

Entonces entré a ver el código y a adecuar el código que había enviado los últimos días; y fue una calamidad: debido a los cambios realizados -creo- mi código ya no estaba funcionando -o funcionando totalmente-.

El resto de la tarde estuve tratando de entender las razones por las que mis métodos ya no cumplían con su cometido -aunque habían funcionado antes-; pero no pude avanzar mucho; a las cuatro de la tarde salimos con Rb.

Al igual que el día anterior caminamos en dirección a los supermercados en dirección sur; aunque, realmente, no teníamos pendiente ninguna compra; nomás caminamos hasta el extremo del boulevard, y luego caminamos de vuelta a casa.

Rb tenía una reunión con su equipo de trabajo al inicio de la noche; me pareció interesante que el director de la organización en la que trabaja está insistiendo en capacitar a todo su personal en storytelling (ventas); e incluso le indiqué a Rb que me gustaría participar.

También pasó algo bien random: cuando regresamos de caminar -apenas a las cinco- me había propuesto no seguir viendo código -me arden/duelen los ojos cuando me concentro mucho en escribirlo/revisarlo- por lo que estaba en mi habitación resolviendo un cubo de Rubik.

Y recibí una llamada de uno de los compañeros de la facultad con quien más conviví durante los años intermedios -los primeros estudiaba por la mañana y el último ya casi ni iba a la universidad, por el trabajo-.

Este tipo había entrado uno o dos años antes que yo a la facultad, proveniente de una familia de ascendencia asiática que poseía un almacen en el puerto donde nací; vivía bastante bien (tenía un hermano médico, un hermano abogado y un hermano dentista) y pasé muchos días en su casa 'estudiando' -realmente ayudándole a sacar algunos cursos-.

Pero la última vez que lo había visto fue alrededor de una docena de años atrás, en el funeral de otro ex compañero de facultad; luego, durante la última década habíamos hablado dos o tres veces por teléfono; pero tenía como cuatro o cinco años de no tener noticias del mismo.

La llamada era porque había re encontrado mi número; y también para contarme que su madre había  muerto un par de semanas atrás -tenía ochenta y cuatro años la señora-; estuvimos conversando por un buen tiempo y al final me comentó que se iba a reunir con un tercer conocido y que debía unirme a ellos para un almuerzo.

Por supuesto que traté de ser cauto en la conversación; y por supuesto que no tengo la mínima intención de reunirme con estos dos; o sea, este compañero fue condenado hace unos años por evasión de impuestos; y el otro me llamó hace unos años porque creía que yo estaba adquiriendo materiales del tipo que su oficina distribuye. En fin.

Por la noche ví el último capítulo de la última temporada de Love Death + Robots; que no me terminó de gustar; luego intenté ver la película de ciencia ficción que tenía a medias, pero como seguía quedándose colgada, mejor la bajé.

El miércoles me levanté a las seis y media, medité -he estado tratando de seguir el patrón uno, dos, tres, cuatro para las inspiraciones-, y entré a la reunión de las siete; aunque no puse mucha atención a la misma.

La reunión estuvo no fue muy extensa, pero nomás me dedique a completar algunas lecciones de Duolingo; después de terminar la llamada mi compañero más brillante me contactó por la aplicación de mensajes; al parecer alguien había estado ejecutando una parte del código que no debía.

Aprovechando le comenté las dificultades del día anterior: mi código ya no corría; nos reunimos un rato pero no pudimos lograr que funcionara; entonces le indiqué que seguiría intentando debuggear el error que había estado recibiendo.

Un rato después me llamó mi supervisor en el Imperio del Norte; tenía mucho tiempo de no hablar con él; me comentó que había estado tratando de llamar a mi compañero mas brillante pero que se encontraba ocupado; y que le urgía un reporte.

No lo dijo de esa forma porque se expresa bien raro; pero lo que quería era un resumen de la ejecución de ciertas tareas durante los últimos cuatro meses; le comenté que me comunicaría con el compañero más brillante y nos pondríamos a trabajar en la asignación.

Entonces seguí trabajando en mi código; pero un poco más tarde recibí otra vez una llamada del supervisor; quien ya estaba reunido con mi compañero; volvió a explicar lo que necesitaba, y le indiqué que trabajaríamos en la tarea.

Luego conversé con mi compañero -la asignación era (relativamente) sencilla- y me indicó que realizaría la mitad de la misma y se retiraría; que debía llevar a sus papás a una cita médica (son ya bastante ancianos), o algo así.

Entonces preparé una hoja de Excel y tabulé la información que nos había pedido el supervisor, mi compañero también agregó los datos que le habían tocado, pero lo hizo de forma muy descuidada; me tocó rehacer todo.

No tardé mucho en enviar un correo al supervisor -y mi compañero- con el reporte esperado; yo no había querido ponerme a trabajar antes de la reunión porque ha pasado lo siguiente: me he esforzado -horas o días- para preparar un reporte a mi supervisor y JAMÁS había confirmado la recepción de la información.

Pero en esta ocasión fue diferente: muy poco después de enviar el correo el supervisor pidió más información -en la herramienta de mensajes-; también quería que le agregara los accesos directos a la fuente de la información.

Realicé lo segundo, pero lo primero debía ser actualizado por mis dos compañeros menos favoritos; escribí en los mensajes los detalles de la información compartida y, un poco más tarde, uno de los analistas confirmó que su información ya estaba completa.

El supervisor le escribió al otro analista para que actualizara sus datos pero él indicó que ya lo había realizado; entonces envié más detalles de la información y, mucho más tarde, este último comentó que se había equivocado antes y que, ahora sí, ya estaba todo listo.

Actualicé nuevamente el reporte y le comenté al supervisor sobre los cambios -el reporte lo había creado como un documento compartido-; y nomás contestó que ya había presentado la información como estaba anteriormente; aprovechando que Rb me recordó la fecha, le envié un mensaje de feliz cumpleaños a mi hijo menor, cumplía veinticuatro.

Entonces seguí trabajando en el código; fue un proceso bastante arduo porque, a pesar de haber escrito código para aplicaciones web en el pasado, el framework que estamos utilizando es bastante moderno; y aún estoy conociéndolo.

Además, la estructura del proyecto aún me es novedosa -es la primera vez que creo código con esta extensión-; finalmente, un poco antes de sacar a caminar a los perros -a las doce y media- encontré la fuente del error (que era una palabra faltante en una ruta de una configuración en uno de mis módulos).

Finalmente corrieron los seis procesos -aunque tuve que volver a ajustar el primero de los mismos (pero allí ví la importancia de toda la revisión de código que he estado haciendo desde la semana pasada)-; dejé corriendo uno de los módulos y salí con Rb y los dos perros grandes.

Después de retornar de la caminata puse a calentar la tercera porción de pollo con hongos, serví dos porciones de arroz y partí un aguacate; aún se me olvidó poner a calentar el caldo de pollo; pero Rb se encargó de eso cuando entró.

Almorzamos y luego me metí a la cocina a lavar los trastes de la mañana; luego me preparé un café; el que consumí con una galleta de chocolate, una galelta de avena, una tostada que traje el sábado y el último pequeño trozo del pastel que hice el miércoles pasado.

Después continúe trabajando hasta las cuatro; Rb estuvo durante la mañana conversando con una persona del país vecino del norte, buscando trabajar algunas horas extras como intérprete/redactora; y a las dos y media entró a la reunión de equipo de su trabajo.

Yo le preparé un té de manzanilla y continué avanzando con el código; aunque le hablé a mi compañero para proponerle una reunión en las primeras horas del día siguiente; luego de programar la reunión en el calendario del trabajo cerré la máquina.

A las cuatro nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Sur; pero antes de franquear el portón Rb le ofreció -como siempre- a la vecina si quería que le compráramos algo; sorprendentemente en esta ocasió aceptó su oferta y nos encargó un pollo entero.

Caminamos hasta el supermercado más lejano; en donde usualmente compro la pechuga para preparar mis cordon bleu; pero, en esta ocasión, se había agotado; por lo que nos dirigimos al otro supermercado; en este compré una pechuga de casi una libra y media libra de jamón de pavo; además compramos un poco de bananos.

Retornamos a casa un poco después de las cinco y aún estuve revisando un poco el código que había escrito durante la tarde; a las seis y media Rb entró a su clase semanal de teología y yo me metí a la cocina a preparar mi pastel.

En esta ocasión decidí proceder así: licué -en seco- una taza de hojuelas de avena; luego le agregé la yema de un huevo, una cucharada de vainilla y media taza de leche -le había agregado una cucharada de vinagre diez minutos antes-; luego le agregué ciento cuarenta gramos de zanahoria cocida.

Por último le agregué la bolsita de polvos que había olvidado la semana pasada (media cucharada de canela, media cucharada (de té) de bicarbonato de sodio, dos sobrecitos de Esplenda y dos sobrecitos de fruto del monje); por aparte batí la clara del huevo a punto de nieve.

La mezcla de la licuadora no quedó muy líquida pero utilicé una espágula para pasarla al trasto con la clara; luego lo cociné -doce minutos por un lado y ocho por el otro- en una sartén; la apariencia mejoró bastante, y olía bastante bien; quedé a la expectativa de probarlo en el próximo desayuno.

Después de que Rb terminó su clase -después de las ocho y media- me pasé a su habitación con mi computadora personal; ví la tercera parte de la película de ciencia ficción que llevaba a medias; y algunos videos de Youtube.

El jueves me volví a levantar a las seis y media; medité y entré a la reunión de las siete; en la misma estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -me dí cuenta que el árbol de portugués ha aumentado en más del cincuenta por ciento: ahora hay ocho niveles-.

Después de la reunión tuve una reunión -bien temprano- con el analista más brillante del equipo; trató de explicarme la nueva estructura del proyecto que estamos trabajando, pero, la verdad, no le entendí mucho; de todos modos estuve todo el día tratando de construir la mitad de los métodos que me fueron asignados.

Rb salió temprano -un poco después de las nueve- hacia el mercado del centro histórico; a las once había puesto una alarma para preparar una taza de arroz, para la última porción de pollo con champiñones -y caldo-.

Cuando le eché agua al arroz ví que había algo pequeño y oscuro flotando en el mismo; de hecho ví dos de estas partículas; usé un palillo chino para sacar una de ellas y comprobé mi temor: eran gorgojos; batí el agua del arroz y saqué uno tercero.

Luego revisé la caja en la que mantenemos el arroz en la cocina; y al parecer la había estado dejando mal cerrada; cuando levanté la tapa ví que varios corrieron a esconderse; me puse a buscar cuáles eran las opciones para no tirar el arroz -eran casi diez libras-.

Encontré en un par de LLMs que la mejor opción era congelar el arroz por un par de días; con esto -supuestamente- mueren los animales, sus larvas y huevecillos; entonces empecé a meter el arroz en bolsas de plástico y tratar de acomodarlo en el freezer.

Pero no me cupo todo: aunque saqué el pescado que consumiríamos al día siguiente, y reordené lo que quedaba en el freezer, aún quedaron cuatro o cinco libras que no pude acomodar en el congelador; entonces decidí guardar esta parte en un recipiente hermético.

Cuando Rb retornó, un poco antes del mediodía, le comenté la situación; también le conté que en otro LLM había leído que una opción era asolear el arroz para eliminar la plaga; y Rb me sugirió utilizar su deshidratador para esto; entonces lo saqué de la bodega, esparcí lo en el mismo el arroz que no cupo en el freezer, y lo saqué al patio a que recibiera el sol.

Luego sacamos a caminar a los perros grandes; después calentamos la última porción de pollo y caldo, acompañado con arroz; por la tarde continué tratando de avanzar en el código, pero, un poco antes de las cuatro me dí por vencido.

Decidí que le hablaría al día siguiente a mi compañero para que me fuera acompañando documento por documento (son como cuatro o cinco) de los que debía desarrollar; a las cuatro salimos a caminar con Rb.

Nos dirigimos a los supermercados en dirección Norte; entramos a la tienda verde de descuentos para ver si habían latas pequeñas de hongos; pero no había nada -descontinúan los productos abruptamente-; entonces pasamos al otro supermercado.

En el supermercado compramos un poco de bananos y también encontré una lata de hongos a un buen precio; intentamos sacar dinero de la cuenta de Rb pero en el cajero había dos mujeres -al parecer- enviándose dinero al celular y se estaban tardando; nos dieron espacio pero el cajero funcionó de forma rara -no aceptó la operación de retiro-.

Nos retiramos del lugar algo preocupados de la escena -temiendo que el cajero hubiera sido intervenido para robar contraseñas o algo similar-; en el camino pasamos a la panadería más económica y compré el pan para mis desayunos de viernes y sábado.

Retornamos bastante temprano de la caminata -por el cambio de horario hemos estado saliendo a las cuatro de la tarde- y estuve viendo algunos videos de Youtube; y luego ví que dos de mis primos me habían escrito: ambos para pedirme dinero prestado.

Uno era el primo al que ví el primer día del mes en la casa de mis padres; estuve sopesando cómo proceder pues ya el mes anterior me había hecho pedido similar; en esa ocasión le comenté que aún no me habían pagado -era uno o dos días antes del fin del mes-.

La otra era la hermana de mi prima favorita -mi segunda prima favorita-; pero recordé que ya le había prestado dinero en un par de ocasiones y -no recuerdo si en ambas veces o solo la última- no me había pagado de vuelta -varios años después le había dicho que lo olvidara, después de que se había disculpado varias veces por el atraso-.

Me tardé un rato en decidir qué hacer en cada caso; y al final decidí nomás bloquearlos de la app verde de mensajes; o sea, mi primo es uno o dos años mayor que mi hija mayor, trabaja y vive con su padre; y mi prima trabaja en el gobierno y sus dos hijos trabajan; creo que es hacerles un daño proporcionarles dinero gratis.

Además, mi hija mayor me había escrito más temprano para pedirme prestada una computadora; pero le comenté que la personal la estaba utilizando por cuestiones laborales -además, el procesador no cumplía los requisitos que necesitaba-.

O sea, tengo tres hijos y generalmente les facilito dinero; en el pasado nunca les cobraba -especialmente a mi hija mayor-; pero ahora tengo una política de reembolso: es lo que me permitiría seguir ayudando -además les proporcioné el apartamento en donde viven-.

Al principio de la noche preparé la gelatina que planeaba llevar al almuerzo del sábado con mi hijo menor: cumplió veinticuatro a media semana y, unas semanas antes, le había propuesto dos opciones de celebración; gelatina light o brownie de chocolate -hubiera tenido que pedirle a mi hija mayor que me enseñara a prepararlos-; eligió gelatina, de chicle.

Además bajé, del freezer a una bandeja de la refrigeradora, la pechuga de pollo que había comprado durante la semana, previendo que dejaría los rollos preparados al día siguiente, para cocinarlos el sábado antes del mediodía.

Por la noche estuve leyendo una pequeña parte de le petit Nicolás -en francés- (en la mañana había estado conversando -en inglés- con mi amiga de Camerún y le comenté mis lecturas actuales en francés) y un poco de La Fábrica de las ilusiones; además ví una parte de la película de ciencia ficción que llevo a medias.

El viernes me desperté a las seis y media, cuando sonó la alarma del celular; aunque me había despertado antes a las seis: Rb había estado teniendo molestias en el bajo vientre y había decidido ir a un laboratorio clínico a realizar un cultivo de orina.

Después de meditar entré a la reunión de las siete; la que estuvo bastante escueta -mi supervisor (y varios otros) estuvo ausente por una celebración religiosa-; el día anterior había programado una reunión con mi compañero más brillante pero, un poco más tarde, la había cancelado.

Y es que había decidido cambiar de estrategia: en vez de tomar los archivos que él había preparado y ajustarlos a mis métodos, quería crear los propios desde cero; pero para eso necesitaba aclarar varios conceptos que aún me estaban dando problemas.

Entonces empecé a enviarle mensajes sobre la mejor forma de empezar; y así pasó todo el día; no fueron mensajes muy seguidos, y tampoco fueron tantos; pero, al final, logré preparar los cinco o seis archivos necesarios antes de las cuatro de la tarde; lo malo es que no funcionaron.

Antes de prepararme el desayuno de los viernes -a las nueve y media- saqué el deshidratador con el arroz que no cupo en el freezer; Rb había retornado antes de la hora de comer de los perros y estaba a la espera de los resultados del laboratorio.

También, aprovechando que ya estaba encarrilada en algunas tareas extras a su trabajo (entrenando un LLM), y de acuerdo a lo que habíamos conversado el día anterior durante la caminata, le escribió al contacto -del país vecino del norte- para que me agregara a su lista de colaboradores.

Lo malo fue que no pude completar el registro de una nueva cuenta de Payoneer, que es el servicio por el cual -supuestamente- pagan por las tareas realizadas: me confundí al ingrear por primera vez a la página y no pude agregar un verificador de dos pasos.

Pero no me preocupé mucho por el asunto: estaba más interesado en avanzar en los documentos que estaba preparando para mi trabajo; a las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes; después preparamos -y consumimos- un pescado -y una gran ensalada-.

Después de almorzar lavé los trastes del almuerzo, pero, como nos habíamos atrasado en la preparación del almuerzo, y ya eran las dos de la tarde, decidí evitar la taza de café -o té - de la tarde; nomás le preparé el té de manzanilla a Rb.

A las cuatro de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; no teníamos que comprar nada en el más alejado pero es el único en donde hay cajero automático en esa dirección.

Saqué -de la cuenta de Rb- cien dólares -el regalo de cumpleaños de mi hijo menor- y luego nos dirigimos al otro supermercado; en donde compramos bananos, un par de lechugas y una bandeja de arvejas chinas.

Antes de entrar a la colonia cruzamos el boulevard y pasamos a la tienda de las verduras: habíamos planeado preparar, el domingo, nuestra receta de comida china -pollo y muchas verduras- y necesitábamos aprovisionarnos.

Después de la tienda retornamos a casa; yo le transferí a Rb el dinero que había retirado de su cuenta -y el resto de los montos del día- y después puse el dinero en un sobre que me había sobrado del año pasado de algún cumpleaños.

Luego saqué la pechuga del refrigerador y, después de dividirlo y somatarlo con el martillo para carne, preparé un par de rollitos, con un par de rodajas de jamón de pavo y una rodaja de queso amarillo.

El sábado me levanté a las seis y media; tenía la esperanza de avanzar un poco en el código -me había hecho el firme propósito de enviar los resultados al final del domingo-; medité y luego me quedé en la cama, haciendo algunas lecciones de Duolingo -nuevamente puedo jugar contra Oscar-.

Luego me pasé a la mesa, para tratar de avanzar en el código; pero no fue mucho lo que pude avanzar; también estuve, en paralelo, desinfectando las verduras para la ensalada que planeaba llevar para el almuerzo con mi hijo.

Un poco después de las diez preparé dos ensaladas: un poco de zanahoria rallada, un poco de tomate, tres tipos de lechuga, aguacate y un pepino; además eché un poco de aderezo en dos bolsitas de plástico; a las once menos cuarto le propuse a Rb que salieramos a caminar.

Se suponía que no nos tardaríamos más de media hora; incluso me llevé el celular con un timer de quince minutos; no llegamos ni siquiera al supermercado más alejado; como Rb quería comprar un poco de pollo, retornamos al supermercado que queda a medio camino.

Allí Rb compró algunas alitas y yo compré una bolsa de tortillas de harina -para mis desayunos de los domingos-; luego retornamos a casa; alrededor de las once y media; entonces me puse a preparar el pollo que había dejado preparado la noche anterior.

Batí un huevo, espolvoreé un poco de harina de arroz a cada rollito; los pasé por el huevo batido y luego por -un cuarto de taza de- avena en hojuelas; luego los puse a cocinar, había calentado bastante el aceite, los doré por un lado, les dí vuelta y luego bajé el fuego -casi al mínimo-, entonces sacamos a caminar a los perros.

Esta caminata nos toma alrededor de quince minutos por lo que estimé que ya estarían preparados; pero, para asegurarme, los volteé y me metí a la ducha -eso me tomaría otros diez minutos aproximadamente-; cuando salí de bañarme saqué los rollitos y los puse sobre papel absorbente.

Metí, en la mochila que Rb me prestó la semana anterior, mi juego de Scrabble, y los cubos de Rubik; además llevaba la mochila que había dañado por cargar mi laptop; y la mochila con aislante térmico; en donde había metido la comida -una de las bolsitas de aderezo estalló cuando estaba cerrando la mochila-.

Al final salí casi a las doce y media de casa -tardísimo-; lo bueno (o sea, no bueno, pues es producto de la 'guerra' en Oriente Medio' es que el tránsito estaba bastante manejable; al parecer el aumento del veinticinco por ciento en la gasolina ha motivado a la gente a usar menos el automóvil.

Salí, relativamente rápido, del boulevard; aunque -nunca falta- había una familia (o iglesia?) repartiendo algo en uno de los túmulos antes de llegar a la ruta principal; allí apliqué la bocina con mucho entusiasmo -ví a una señora y varias niñas, con cartulinas que decían algo de Jesús-.

Luego el tráfico volvía a ralentizarse en la entrada a la ciudad; y también pasé al lado de la causa: en el paso a desnivel -jusot en la curva- había una grúa maniobrando para cargar un auto a su plataforma; el periférico también estaba algo raro, pero no me retrasó mucho.

Llegué al edificio donde viven mis hijos cinco minutos antes de la hora esperada; le envié un mensaje a Rb, comentándole el viaje; y a mi hijo menor, avisándole que ya estaba en el lugar; luego pasé a la sala y estuve esperando un rato, jugando algunas partidas de ajedrez.

Mi hijo salió de su habitación un poco después de la una; nos saludamos y le propuse dirigirnos al parque temático; caminamos las ocho cuadras sin mucho contratiempo -aunque me pidió (en un par de ocasiones) que bajara el ritmo pues tiene ciertas dificultades caminando largas(?) distancias-.

Pero llegamos al parque temático sin ninguna novedad; ya adentro nos dirigimos directamente al área techada en donde hay muchas mesas; almorzamos en el lugar -la gelatina de chicle se conservó muy bien-y le entregué su regalo -cien dólares en efectivo-.

Sin embargo, noté que mi hijo se quedaba callado en varias ocasiones; traté de tener tacto al preguntarle si estaba bien; me comentó que nomás estaba pensando en algo; pero luego se puso a llorar -de hecho se terminó mis servilletas de papel-.

Me cuesta comprender -o saber como actuar- en situaciones como esa; traté de ser bastante agnóstico en mis comentarios: está bien llorar, no hay que reprimir las emociones, y así; y es que lo que lo puso triste fue pensar en lo mal que le está yendo en el trabajo y en que no tiene muchas opciones por no haber acudido a la universidad.

Estuvimos un rato tratando de conversar un poco sobre su situación; yo me guardé de 'animarlo' de la forma tradicional -cosas como que todo iba a estar bien y así-; nomás traté de estar presente; luego le propuse que jugáramos Scrabble.

Tuvimos una partida muy buena -él empezó con una plena, y triple-; luego, mientras estábamos armando el cubo de Rubik -le presté el mío de seis por seis- una de las piezas se salió de su lugar; y no pudimos volver a introducirla.

Le propuse que viéramos, en su casa, algún video para ver la mejor forma de reparar el cubo; y que mejor fuéramos a la rueda de Chicago; la cual estaba un poco llena, pero pudimos abordarla luego de una pequeña espera.

Cuando estábamos en el juego mecánico mi hijo se mostró un poco más animado; de hecho se entusiasmó un poco comentándome algunas opciones que estaba previendo para superar su situación presente; realmente espero que pueda continuar su camino.

Después de la rueda de Chicago decidimos retornar a casa; de hecho, en el almuerzo, mi hijo me había -al consultarle- pedido que termináramos la reunión a las cuatro y media; ya en la rueda indicó que estaría bien si nos despedíamos a la hora habitual -cinco de la tarde-.

Retornamos a casa -el tiempo estaba bastante fresco- y nos instalamos en la sala; ví que mi hija me había enviado algunos mensajes y le respondí comentándo que dejaba la mochila en la sala, por si podía -me lo había ofrecido- ayudarme a repararla.

Salió un poco después de su habitación y llegó a saludarme; la encontré en un estado emocional bastante alterado -hoy, un día después, me pregunto si había consumido alguna sustancia-; entendí que ya había renunciado a su trabajo y estaba intentando entrar a dar clases a una academia de idiomas.

Le entregué la mochila y le mostré el daño que había causado; poco después nos despedimos; busqué en Youtube un video para reparar el cubo de Rubik y se lo mostré a mi hijo, pero, como ví que le estaba costando, le comenté que dejaría el cubo, para cuando pudiera verlo más despacio.

Eran casi las cinco y media cuando nos despedimos; le escribí a mi hija mayor para despedirme y salió de su habitación; contrariamente a lo habitual, no se ofreció a acompañarme al automóvil; el cual arranqué y saqué del parqueo; y me llamó la atención que estaba costando que avanzara.

Y no fue hasta que había recorrido más de la mitad del camino que me percaté de la causa: estaba manejándolo en segunda velocidad, no en Directo; y fue en el semáforo de entrada al municipio cuando me dí cuenta de mi error y lo corregí.

Por la noche le escribí a mi compañero más brillante -el viernes le había preguntado sobre consultas el fin de semana y había estado de acuerdo- para ver si podíamos reunirnos un rato el domingo; me respondió que ya tenía planes, que prefería el lunes.

Me resigné a no avanzar hasta el lunes; pero me dije que la vida es así -la ventaja de tener más de cincuenta-; por la noche estuve leyendo un poco del libro de No Ficción en español; y lo raro de la noche fue que, a las diez que me retiré a meditar, Rb me interrumpió cuando me quedaban aún seis minutos.

Y lo que pasa es que estuvo consultando a Deepseek sobre sus síntomas y, por supuesto, el LLM le estuvo dando muchas opciones, cada una más preocupante que la anterior; y quería que revisara su entrepierna para que hiciera una verificación visual; la verdad no encontré nada diferente.

El domingo me desperté a las seis y media; pero no sentía ánimos para levantarme; me quedé dormitando en la cama -aunque puse el temporizador de la meditación: veinticuatro minutos-; pero me levanté antes de que se agotara el tiempo.

Medité y después salí a la mesa del comedor; decidí que, si no podía reunirme con mi compañero, al menos intentaría comprender un poco más el código en el que estaba trabajando; y encontré que el error no era muy complicado -al menos el que me estaba frenando-.

Estuve trabajando un rato antes de prepararme el desayuno -a las nueve y media-; luego seguí revisando el código otro rato; a las diez le propuse a Rb salir a caminar -ella estaba justo en el inicio de la fermentación de sus panes-; decidimos dirigirnos a los supermercados en dirección Norte.

No teníamos nada pendiente en nuestra lista de compras; aunque en el camino recordamos que ya no nos quedaban aguacates; de todos modos, apenas habíamos salido al boulevard le propuse que camináramos hasta un supermercado que se encuentra a tres kilómetros de distancia.

Yo quería ver el horario en el que atienden en una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas que no he movido en varios años -son unos doscientos dólares de ahorros-; pues planeo cerrar las cuentas y trasladar los fondos a mi banco habitual.

Pasamos por la cooperativa -el domingo atienden de nueve a una- y luego entramos al supermercado; compramos una red de aguacates -y una botella de agua para Rb-; luego de pagar empezamos el camino de vuelta -de ida habíamos visto una fila de autos clásicos, pero ya no estaban cuando veníamos de vuelta-.

Cuando entramos a casa ya había psado el mediodía; por lo que nos preparamos para sacar a caminar a los perros más grandes; después preparamos el almuerzo dominical: Rb frió las alitas y yo preparé un par de ensaladas.

Un poco después del almuerzo -aún me preparé un té de jazmín, después de lavar los trastes- continué trabajando en el código y (sorprendemente) logré que el primero (de tres) métodos funcionara; eso me animó y continué trabajando en los otros dos.

A mitad de la tarde ya había completado los otros dos métodos -la mitad del trabajo que tenía pendiente-; un poco antes de las tres le preparé un té a Rb; además pasé el arroz que había estado deshidratando -se me había olvidado sacarlo un día- a un bote vacío de plataninas.

Y saqué las seis bolsas que había mantenido en el congelador desde el Jueves, para poner ese arroz en el deshidratador durante el resto de la tarde; el resto de la tarde estuve viendo videos de Youtube; a las cinco Rb me pidió que la ayudara con la preparación de los almuerzos.

Pelé un gran güisquil y lo pasé por el picador, junto con cuatro zanahorias, dos chiles pimientos; y una buena ración de arvejas chinas y apio; al inicio de la noche salí a meter el deshidratador; y trasladé el arroz a la caja en la que había encontrado gorgojos (la había lavado ese día, junto con la gaveta del armario, además, coloqué algunas hojas de laurel en el fondo de la misma).

Y a ver cómo sigue eso...