Por alguna razón - cansancio, falta de ánimo, otras ocupaciones, entre otros- dejé nuevamente las líneas de lectura: después de completar un par de libros en español -y avanzar en el de francés-, dejé de leer por varios días; entonces empecé a hojear el título de este texto.
Es de un 'especialista' en finanzas personales -de origen del sudeste asiático, me parece- y me llamó la atención el título; pero creo que no lo completaré -o al menos todo el contenido-: muchas de sus observaciones son para jóvenes estadounidenses.
Y, ni soy joven -cincuenta y tres ya- ni soy estadounidense -orgullosamente tercermundista (o del sur global, dicen algunos)-; por lo que creo que hay pocos puntos de comparación; pero me han gustado algunos capítulos; especialmente los que hablan sobre hábitos de consumo y así.
En todo caso, creo que debo continuar con el libro anterior -Cómo pensar sobre el dinero-, pues me siento más identificado con el tipo de contenido presentado; o, más específicamente, con libros que me den un poco más de claridad sobre mi situación actual: a punto de llegar a la tercera edad.
Y a ver cómo va eso...
El jueves me levanté -otra vez- a las cinco de la mañana: tenía la impresión de que debía realizar un par de pruebas sobre la funcionalidad en la que había estado trabajando los últimos días; y, la verdad, tuve la percepción de que funcionaba mejor así.
Después de meditar estuve haciendo un par de pruebas; y, por la hora, tuve bastante facilidad en la conexión con los equipos en el Imperio del Norte; y no hice mucho, por lo que aproveché para completar las lecciones de Duolingo antes de entrar a la reunión de las siete.
En esta reunión mi supervisor me comentó que estaríamos haciendo unas pruebas durante la mañana; salí de la habitación un poco antes de las nueve porque Rb iba a su clase de Zumba y no quería que sus perros se quedaran descuidados.
Desayuné a las nueve y media -después de la segunda reunión- y me quedé esperando la reunión del equipo; la cual no tuvo muchas novedades, nomás me informó el supervisor que la prueba sería más tarde -empezó después de las diez-.
Durante la mañana había visto que en el edificio donde viven mis hijos un gato estaba teniendo dificultades -el administrador publicó una foto en el grupo-; como no estaba seguro si era el gato de mi hija mediana le escribí a los tres.
Mi hija mayor me escribió más tarde, agradeciéndome por la preocupación y comentándome que no era el gato; mi hijo menor me respondió más tarde, comentándome que no sabía, y no le interesaba.
Mi hija mediana me escribió comentándome que la preocupaba cuando le enviaba mensajes de ese tipo -y enviándome un par de fotos para mostrarme que la gata estaba bien-; esto ocurrió realmente el miércoles: acabo de verificar los mensajes en whatsapp.
La reunión con mi supervisor -y el desarrollador, y la compañera de mi supervisor- empezó a las diez; se tardó más de hora y media (la grabé) y no pudimos adelantar casi nada: la última liberación de la app no estaba funcionando bien.
Rb retornó un poco despues de las once y media y nos pusimos a hacer la rutina de ejercicios de los miércoles -no la habíamos hecho el día anterior porque una de sus llamadas se alargó-; después sacamos a caminar a los perros.
Después almorzamos la última porción de pollo asado, caldo de hígados de pollo y verduras -y ensalada-; después del almuerzo me preparé un café; pero algo preocupante pasó cuando le preparé el té de manzanilla a Rb más tarde: olvidé por completo que había puesto la olla en la estufa y el agua se consumió completamente.
Creo que pasó más de media hora antes de que el olor a metal sobrecalentado me sacara de lo que estaba haciendo -creo que estaba adelantando lecciones en uno de los (tres) cursos de programación que encontré en la red-; total que apagué la estufa, tiré la manzanilla quemada y utilicé otro recipiente para hervir otro manojo de manzanilla.
Por la tarde nos tocó esperar a que la lluvia amainara -la noche anterior le había enviado mensajes a la mayor parte de mis conocidos en la ciudad: se suponía que la tormenta tropical Cristina entraría al mediodía-: había sido un día bastante húmedo; aunque la tormenta esperada se mantuvo frente a las costas de El Salvador.
Ah y el Jueves fue la inauguración de la copa del mundo de futbol: El Imperio del Norte, junto con sus vecinos superior e inferior están recibiendo a más de cien selecciones para ver quién se gana la copa esta vez.
No soy fanático del deporte -soy fanático de muy pocas cosas- pero -casi- siempre veo algunos partidos -especialmente los de Brasil-; en esta ocasión, además, compré algunos boletos para una quiniela en uno de los bancos donde tengo cuenta -me parece que hice lo mismo la última vez-.
En el otro banco también estoy participando en una quiniela -esta no es de pago- y, finalmente, me apunté a la quiniela que están organizando en el trabajo -por supuesto que para todos mis pronósticos me estoy apoyando en varios LLMs-; y, bueno, no espero grandes resultados.
A las cinco de la tarde salimos a caminar hacia los supermercados en dirección Norte; en el más alejado compramos una pequeña red de aguacates; luego pasamos a la farmacia pues Rb debía de comprar una medicina para su perra más pesada -ha estado con molestias estomacales-.
Luego, a mitad del camino, pasamos a la panadería pues debía comprar el pan de mis desayunos del fin de semana -aunque luego pasé a la panadería de la vuelta, pues quería comprar un par de cubiletes-; al entrar a casa bajé la pechuga del freezer, para evitar que me pasara lo de la última vez: es bien difícil preparar cordon blue con pollo congelado.
Por la noche ví la última parte de la película de The Mandalorian -luego la borré de mi disco duro, junto con varios archivos de más de un gigabyte-; esto lo hice, para evitar dormitar, en la habitación de Rb; donde también completé varias lecciones de Duolingo y, finalmente, leí un poco del libro del título de este texto.
El viernes me levanté a las seis y media -un par de minutos antes, realmente-, medité y entré a la reunión de las siete -había tenido la impresión de que no habría, pero, de hecho, sí hubo-; al inicio, estuve algunos minutos creyendo que nadie estaba hablando, pero eras mis audífonos los que no estaban conectados.
Después de la reunión mi supervisor me llamó casi al instante: su compañera le había enviado un correo con un par de errores que había encontrado en la funcionalidad que yo debía haber visto -una era correcta, la otra no-.
Nomás le comenté que iba a agregar esos dos reportes a la lista de pendientes del equipo; lo que empecé a hacer después de colgar -también le pedí el mensaje exacto, pues no estaba seguro de haber comprendido uno de los puntos-.
Me quedé trabajando en cama hasta que -a las ocho cuarenta y cinco- Rb me escribió pidiendo ayuda: estaba en una llamada y ya era hora de que sus perros comieran; le eché un poco de agua a la comida del perro, llevé el plato de la perra más pesada -estaba acostada en la cama de la habitación de Rb-.
Y le puse el plato a la perra más anciana -cuesta mucho que coma porque Rb la ha estado alimentando en casi todas sus comidas desde hace varios años- y, aunque con un poco de dificultad, terminó de comer -y luego orinó en el comedor-.
Al igual que el día anterior, al mediodía realizamos una rutina de ejercicios (la de los viernes); después sacamos a caminar a los perros; por la tarde estuve trabajando un poco revisando la funcionalidad que me había sido asignada; encontré que había mejorado un poco: al menos ya se lograba la conexión entre la aplicación y el equipo; aunque continuaban los mismos errores que había reportado antes.
Pero, al ver que mis tres compañeros estaban enviando -cada uno- un correo con evidencias de sus pruebas, preparé uno nomás indicando que había terminado la revisión, indicando que funcionaba, pero con los mismos errores, y adjuntando la lista de los mismos -extraída del libro de cálculo en donde reportamos los mismos-.
Al final de la tarde -después del horario laboral- nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; pero antes de salir de la calle nos encontramos -casi en la esquina- con el pickup de las verduras; Rb -a pesar de que había encargado champiñones en la tienda de las verduras (son esposos)- se detuvo a comprar una libra de champiñones -y algunas otras legumbres-.
Entonces retornamos a casa a dejar las compras, antes de volver a salir para retomar el camino hacia los supermercados; caminamos hasta el extremo sur del boulevard y entramos al supermercado que está cerca de ese límite; allí compramos un poco de pollo -mucho, realmente, para los almuerzos de la semana siguiente (y yo compré unos muffins para el desayuno al que había invitado a mi amigo -voluntario- que vive en la colonia donde crecieron mis hijos).
Rb también compró un poco de pechugas de pollo en el mismo lugar; como no habíamos llevado ningún recipiente, tuvimos que comprar una bolsa de plástico para traer las compras; aproveché para comprar dos pares de salsitas de tomate -para los mismos desayunos-.
En el otro supermercado compramos un poco de bananos, un pepino -para el almuerzo que había previsto, con mi hija mayor, el sábado- y dos lechugas verdes; olvidamos comprar una botella de jugo de naranja -que pensaba utilizar en el desayuno del domingo- y ver si habían berengenas -que Rb utiliza en algunos almuerzos-.
Cuando nos percatamos de esto, luego de haber avanzado un par de cuadras en el retorno a casa, decidimos retornar el mercado del mitad del camino; comprobamos que, de hecho, no había berengenas; pero yo compré la botella de jugo de naranja -y agregué una bolsa de snacks, para los desayunos con mi hija mediana-.
Después reiniciamos el retorno a casa; aunque no nos dirigimos directamente a la misma: Rb había encargado media libra de champiñones en la tienda de las verduras y se sintió coprometida a honrar el pedido; pero, al parecer, la señora no tenía existencia de hongos; así que nomás compramos varias libras de tomate y algunas hierbas aromáticas; luego, finalmente, retornamos a casa.
El sábado me levanté a las cinco de la mañana; la noche anterior había decidido que quería trabajar un poco antes de entrar a la clase de storytelling que estoy recibiendo en el ministerio cristiano en el que Rb trabaja; después de meditar encendí la computadora del trabajo y traté de generar un archivo para realizar algunas pruebas; me tardé casi una hora -y muchos intentos fallidos pero, al final, logré completar uno.
Pero no avancé, realmente, mucho en lo que quería hacer; de todos modos, un poco antes de las siete, me pasé a mi computadora personal y entré a la clase semanal de story telling; en la que me enteré que había tarea -había pasado por alto ver el video previo, que es compartido los miércoles-.
La clase estuvo muy interesante -aunque nomás puse atención a medias, pues estaba completando algunas partidas de ajedrez en Duolingo-: se trató sobre las estructuras básicas de 'buenas' historias; con referencias a El héroe de las mil caras, y varios arquetipos -como el viaje del héroe- e, incluso, la estructura de las historias de Pixar.
La clase terminó un poco después de las ocho y salí a saludar a Rb; quien ya había trabajado un poco, traduciendo algunas llamadas médicas; como no quería desayunar muy temprano me puse a desinfectar los ingredientes de la ensalada que planeaba preparar al mediodía.
Después de que Rb desayunó, a las nueve, nos dirigimos caminando al supermercado más cercano en dirección sur: Rb quería comprobar si, a primeras horas de la mañana, encontrábamos algún tipo de lechuga diferente -o, incluso, berengenas-; y no encontramos ninguno de los dos artículos; así que retornamos a casa sin ninguna compra.
De pasada ví, en Whatsapp, que el hermano menor de mi padre me había enviado un par de fotos con una caja de madera sobre la que habíamos estado conversando durante la semana: la caja del Scrabble -que me gané en un convivio navideño-, con más de quince años, ya ptenía varios remiendos por cargarla tanto en mochilas.
Había pensado en pedirle el artefacto a mi tío muchos meses antes, pero me había decidido la semana anterior, y, luego de varios intercambios de mensajes con aclaraciones -medidas, material y acabado (ninguno)- habíamos quedado en unos nueve dólares.
A las diez empecé a preparar un par de ensaladas -muy completa-: lechuga, zanahoria rallada, manzana verde en cubos, aguacate -había reservado una mitad de lo que consumí el jueves y viernes-, tomate y pepino; también pesé dos porciones de aderezo ranch en dos paquetes -vacíos- de galletas soda.
Y a las once empecé a preparar los rollitos -había dejado el día anterior un par de rollitos de pollo con relleno de jamón de pavo y -dos tipos de- queso para sandwiches-: batí un huevo, pasé los rollitos por acá, los pasé por harina de garbanzo -Rb me había cedido una bolsa que ya no pensaba utilizar, debido a sus nuevas (auto) restricciones alimenticias-, luego otra vez por el huevo y, por último, por avena en hojuelas.
Al igual que en ocasiones anteriores los sellé de un lado en aceite caliente, luego los volteé y los puse a cocinar a fuego muy bajo durante quince minutos por cada lado; en el ínterin sacamos a caminar a los perros grandes; cuando entré de la caminata saqué los rollitos del fuego y los puse a enfriar -sobre un par de servilletas absorbentes- dentro de un hermético -destapado-.
Después de eso me metí a la ducha; cuando salí preparé lo que llevaría para el almuerzo con mi hija mayor: dos latas de Seven Up Light -las había metido por hora y media al freezer-, platos y tenedores, las dos ensaladas y el aderezo; y, por último, los dos rollitos de pollo.
Salí de casa un poco después del mediodía; sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero -lo atribuí al partido que empezaría a la una de la tarde- y me tardé menos de media hora para llegar al departamento de mis hijos -después de mucho tiempo, había un auto en el parqueo vecino, así que tuve que ser muy cuidadoso para no dañar la bicicleta de mi hija mediana-.
Subí caminando al séptimo nivel y le envié un mensaje a mi hija mayor -me había comentado, antes, que le habían cambiado perilla a la puerta, por lo que me tenía reservada una nueva copia de la llave de acceso-; mi hija salió casi en el acto -aunque aún con señas de acabar de levantarse-; me pidió diez minutos para alistarse y pasé a la sala.
En este lugar le envié un mensaje a Rb, comentándole lo ligero del tránsito; luego me puse a completar algunas partidas de ajedrez -llevaba varios días en que no podía superar los mil cuatrocientos de elo (y no estaba mejorando)-; mi hija retornó luego de algunos minutos y nos dirigimos al parque temático.
El trayectdo fue agradable: había sol pero no estaba tan quemante; dentro del parque nos dirigimos directamente al lugar en el que acostumbramos tomar los almuerzos; afortunadamente no había ninguna reservación, por lo que pudimos tomar tranquilamente una mesa y tomar nuestros alimentos.
Después del almuerzo le propuse a mi hija mayor ir por un helado; lo que adquirimos en el restaurante de pollo -de la cadena más grande del país- del lugar; después del helado le propuse jugar una partida de Scrabble; pero el lugar en el que nos encontrábamos estaba recibiendo la luz directa del sol -que estaba más fuerte-; por lo que nos movimos al otra área techada con mesas.
Después de agotar todas las fichas del juego le propuse a mi hija que nos subiéramos a la rueda de Chicago; pero antes le pedí que cuidara ambas mochilas mientras entraba a uno de los servicios sanitarios del lugar; y cuando salí del mismo le tocó el turno a mi hija; y justo cuando estaba esperándola se desaró una lluvia bastante fuerte.
La que nos obligó a refugiarnos durante un rato en la entrada de los mismos servicios -por ser ámplia sirvió de refugio a varias personas-; cuando la lluvia amainó un poco nos pasamos a otra área -que no fuera en servicios sanitarios-; esperamos un poco más en otra de las áreas techadas pues la lluvia recomenzó.
Aunque aún no eran las cuatro de la tarde -y habíamos acordado despedirnos a las cinco y media- decidimos retornar al departamento, viendo la situación pluvial; el camino de vuelta estuvo bastante agradable -aunque en cierta parte del mismo caminamos bajo algunos goterones esporádicos de lluvia-; y también llegué al departamento con uno de mis tenis -el que reparé no muchas semanas antes- completamente empapado.
En el departamento me quité los zapatos -que siempre hago- y los calcetines y me instalé en la sala; en donde mi hija me acompañó por un poco más de media hora; estuvimos conversando un poco sobre lo que ambos estábamos leyendo; a las cinco y media -había puesto una alarma- le comenté a mi hija que me estaba retirando.
Mi hija me acompañó al parqueo en el sótano -lo hace frecuentemente-; antes de salir del departamento había estado conversando con Rb -ella se encontraba en su iglesia, impartiendo la clase de alfabetización de adultos de los sábados- y me había pedido que pasara por ella ya que había estado lloviendo durante más de una hora.
Después de despedirme de mi hija mayor -y arrancar el auto- conecté los datos móviles y le envié un mensaje, confirmándole que empezaba mi retorno; ella me respondió indicándome que tuviera cuidado en los pasos -subterráneos- a desnivel.
El tránsito no estaba muy pesado en la vía principal cerca del edificio donde viven mis hijos; ni en la zona cercana a la Universidad; donde sí estaba bastante complicado era en el semáforo antes de salir de la ciudad y entrar al municipio en el que habitamos.
Y es que, debido a la lluvia, se había formado nuevamente una columna de agua de lluvia en un área que acaban de deforestar -me imagino que para nuevas urbanizaciones- que se encuentra justo en el puente que divide la ciudad y el municipio.
El paso por el semáforo me llevó un buen tiempo -más de cuatro o cinco ciclos de cambio de luces- y, casualmente, Rb me llamó justo cuando estaba empezando a descender la pendiente hacia el puente -casi en el mismo lugar en donde me había llamado la última vez-.
Le comenté que estaba por llegar al puente y me indicó que ya no estaba lloviendo en donde se encontraba y que mejor caminaría de vuelta; que me dirigiera a su casa y que, si me parecía, fuera, caminando, a encontrarla en su retorno.
Vine a casa y me cambié de ropa y -especialmente- de zapatos; también saqué al patio a los perros más grandes; después me puse una gorra y salí a encontrar a Rb en el camino; y, afortunadamente, el trayecto salió como esperaba: no la encontré antes de la panadería en donde el pan es más económico.
O sea, sobrepasé ese punto y la encontré un par de cuadras más lejos; entonces, en el retorno, pasé a la panadería a comprar un poco de pan para el desayuno del día siguiente; después continuamos el camino hacia la casa.
Cuando venimos empecé a preparar los bártulos para realizar la limpieza -Rb había lavado el baño antes de dirigirse a la iglesia-; pero, antes de que empezara a barrer, Rb empezó a preparar su cena y se percató que el cilindro de gas propano se había acabado -tardó un mes menos que la vez anterior-.
Rb me pidió ayuda para desenterrar una estufa eléctrica que tenía olvidada en la habitación de la lavadora; luego de que ella empezó a preparar su cena llamé al servicio de entrega de gas propano; pero me comentaron que ya no estaban en servicio y que empezarían el día siguiente a las siete y media.
Lo que me descolocó en mis planes: preparar el desayuno cuando invito a mis amigos me lleva alrededor de una hora -utilizando las cuatro hornillas de la estufa-; mi ánimo se ensombreció completamente, a pesar de que Rb me aseguró que todo iría bien -un poco después, mientras continuaba la limpieza, empecé a prever algunos cambios en la rutina-.
Por ejemplo, decidí que, en lugar de preparar el café en la prensa francesa, utilizaría la percoladora que había llevado en ocasiones anteriores en la visita trimestral a mis padres; también estuve pensando la forma de balancear los otros tres elementos del desayuno en solo dos hornillas.
Al final, entre la limpieza de los pisos, la limpieza y prepación de la mesa, y la puesta a punto de algunos ingredientes para preparar el desayuno del día siguiente; ya no me dió tiempo de ver algo en mi computadora, o leer algo en la tablet: a las diez y media medité, luego me despedí de Rb y procedí a meterme a la cama.
El domingo me levanté -igual que el día anterior- a las cinco de la mañana; medité y después me metí a la ducha: quería empezar temprano con la preparación del desayuno; lo cual no estuvo tan mal; o sea, los plátanos quedaron un poco más dorados, debido a la dificultad de controlar la intensidad de las resistencias eléctricas; pero, en general, creo que tuve un buen resultado.
A las seis y media o así había puesto a funcionar la percoladora; y mi amigo vino cinco minutos antes de la hora que habíamos acordado -a las siete menos cinco-; se parqueó -como le había indicado por mensaje- detrás del auto de Rb y esperé a que terminara para salir a recibirlo.
Y quienes también se dieron cuenta de su llegada fueron los perros de Rb: empezaron a ladrar dentro de la habitación; pero repetimos el protocolo de cada vez que recibimos visitas: sacarlos uno por uno para evitar la sobrecarga de ambos -o del invitado-.
Rb también salió de la habitación; con mi amigo nos dedicamos a dar buena cuenta del desayuno -estuvo muy bueno, y copioso- y luego les propuse una partida de dominó -utilizando el que Rb tiene, con noventa y un piezas-; la que nos tomó más de una hora para completar -gané yo-.
En el ínterin recibimos al repartidor del depósito de gas propano -Rb había tenido que llamar al servicio al cliente porque se estaban tardando en realizar la entrega-; así que me tocó que salir a quitar la mesa con la que lo protegemos de los elementos, para que el joven pudiera instalar el nuevo cilindro.
Un poco después de las nueve, cuando mi amigo se ausentó un momento para ir al baño, le pregunté a Rb si prefería que lo sacara a las diez o a las once; ella prefirió la segunda opción; y luego la reunión siguió con un patrón bastante común: Rb monopilizando la conversación, hablando de sus viajes, y así.
Cinco minutos antes de la hora en punto -mientras le agradecía a mi amigo por su visita- le indiqué que habíamos planeado salir al supermercado a las once; Rb aún se disculpó por mi forma abrupta; pero mi amigo no le dió importancia; salí a despedirlo a su automóvil.
Luego fuimos, con Rb, al supermercado más cercano en dirección sur; teníamos la esperanza de encontrar alguno de los dos otros tipos de lechuga que no habíamos podido hallar en los días anteriores; pero no hubo caso; de hecho no encontramos ninguna lechuga; pero Rb aprovechó para comprar algunos bananos.
Cuando retornamos le pusimos los arneses a los perros grandes y los sacamos a su caminata diaria; luego, al entrar, Rb se dedicó a preparar las alitas dominicales y yo preparé un par de enormes ensaladas; la comida -casi- me provocó una indigestión -la verdad es que había comido mucho pan en el desayuno-.
Con lo que tuve que tomarme una pausa después del almuerzo -me estaba costando respirar y, en cierto momento, incluso creí que iba a devolver algo de los alimentos ingeridos-; afortunadamente el sistema digestivo pudo procesar su carga -creo que también ayudó el hecho de ponerme a hacerme cargo de los trastes sucios-.
A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb -el cual no consumió en el acto, pues quería descansar después de darle de comer a sus perros-; después me metí a mi habitación y me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta- y mis predicciones del mundial de futbol en dos sitios: la quiniela del trabajo y la del banco en donde tengo la mayor parte de mis fondos.
Rb me había pedido que la despertara a las cuatro pues debíamos empezar la preparación de los almuerzos de la semana: decidimos empezar una hora antes de lo acostumbrado pues debíamos preparar dos opciones: una tortilla española, para dos días, y un caldo de pollo para los otros dos.
Y esto porque Rb llevaba ya un tiempo limitando su ingesta semanal de papas y similares; entonces, redujimos a dos días -de cuatro, antes- el consumo de la tortilla española; me tocó que partir en cubos -o picar- bastantes ingredientes pero, antes de las seis, ya habíamos terminado la preparación.
Entonces me puse a ver qué opciones de media había en la página en la que había estado consumiendo este contenido durante el último tiempo; y encontré el último lanzamiento de una serie de películas de comedia -Scary Movie-; la bajé y, como no tenía subtítulos, me tomó un poco de tiempo conseguir un archivo aceptable.
Y me tocó que, nuevamente, escribir -con ayuda de Mistral, por cierto- un poco de código en Python para sincronizar los subtítulos con el video -estaba adelantado casi medio minuto-; ví una tercera parte de la película y luego me puse a actualizar, nuevamente, mis notas.
El lunes, martes y miércoles no tuvieron muchas novedades: el lunes transferí a la cuenta de la esposa de mi tío los once dólares de la caja que me había fabricado para el Scrabble y el martes le transferí doce a mi hija mayor -me había escrito para que le prestara esa cantidad pues no tenía ánimos de cocinar-.
El lunes y el miércoles, después del horario laboral, caminamos hacia los supermercados en dirección sur; ambos días compré pechugas de pollo -el primer día en el supermercado más lejano- y jamón -el primer día me confundí y compré del normal, necesitando de pavo para los rollitos de los sábados con mis hijos-.
El martes caminamos hacia los supermercados en dirección norte: Rb quería comprar un jabón de viaje, para llevar el jueves al hospital público más grande de la ciudad: después de un par de meses debía presentarse para realizarse una batería de pruebas de laboratorio.
Los primeros dos días estuvieron bastante tranquilos en el tema laboral: entré a las dos reuniones diarias, a las siete y a las nueve; y a la del equipo a las diez menos cuarto -aunque el lunes entré un poco tarde, por estar preparando mi desayuno; los primeros tres días estuve en intermitente veinte sobre cuatro.
El lunes almorzamos la primera -de dos- porción de tortilla española, acompañada de una ensalada; el martes y miércoles almorzamos las dos porciones de caldo de pollo, con fajitas del mismo tipo de carne; el martes y miércoles, con el café, consumí un pastelillo que nos habían regalado el lunes en el supermercado más lejano.
El lunes le escribí a nuestra editora, para comentarle el plan que tenía para el siguiente domingo: acudir a un parque natural para almorzar -y celebrar el cumpleaños de Rb-; ella me comentó que esperaba unírsenos en el lugar, con alguna fruta como regalo.
El miércoles se celebraba en el país el día del padre; desde la noche anterior había dejado preparado un mensaje en un grupo de difusión de whatsapp; lo envié a las cinco de la mañana -ese día me levanté una hora antes, para realizar algunas pruebas-.
La mayor parte del grupo respondió a mi saludo -ninguno de mis hijos me habló ese día-, quien si me escribió fue mi padre - que creo que lo ha hecho durante los últimos años en la misma ocasión-; incluso mi doctora y el analista más brillante del equipo me escribieron para desearme un buen día.
Los tres días estuve avanzando un poco en los tres cursos que estoy tomando en línea: Scientific Computing with Python en freecodecamp, principios de c en learn-c.org y Data Science Essentials with Python en Cisco Networking Academy; también empecé a leer un libro en español: Criaturita.
Además, este último día recibí el voucher para examinarme para un certificado de Microsoft: mi amigo asiático -y luego el analista más brillante- me había enviado un link para acceder a un evento de esta empresa, y optar a un voucher.
Por último: mi primo me había escrito el lunes para comentarme que mi tío me había enviado la caja con él; habíamos acordado que llegaría el miércoles a las nueve y media a su casa, para recogerla; pero el miércoles, bien tarde, me escribió para comentarme que quizá llegaría después de la hora definida.
Ya había pasado la clase de Educación Ambiental -pésimamente organizada, por cierto- a la que estoy acudiendo los miércoles por la noche -de seis a siete- cuando me escribió para comentarme que su sobrina había venido a la ciudad para presentar una obra de teatro.
Y un poco después me escribió para indicarme que estaba -estaban- en la sección de cafetería de la gasolinera en las afueras de la universidad -muy cerca de su casa-; como le había pedido a Rb que me acompañara en el viaje, le comenté que debíamos llegar a un nuevo punto de encuentro.
Salimos de casa un poco después de las nueve; el tránsito estaba bastante ligero; y encontramos en la gasolinera a mi primo, su hermana mayor, el esposo de esta y las dos hijas de ambos; el hermano de este; y una amiga de mi primo.
Por supuesto que Rb empezó -después de todas las presentaciones- a conversar con todo el grupo; yo esperé un rato y, no queriendo regresar muy tarde a casa, le ofrecí a mi primo llevarlo a su habitación, para recoger la caja, y luego retornarlo.
Pero todo mundo empezó a despedirse; luego llevamos, con Rb a mi primo a su colonia; a donde no pudimos ingresar debido al nuevo sistema de seguridad implementado; por lo que lo dejamos en la garita, y conduje al redondel de la universidad, para parquear el auto -y esperarlo- del otro lado del boulevard de acceso.
Mi primo se tardó un poco pero, finalmente, regresó con la caja de madera; nos despedimos e iniciamos el retorno a casa; a donde llegamos sin ninguna novedad; nomás entré a casa y comprobé la caja: el Scrabble encajó perfectamente en su interior.
Y a ver cómo sigue eso...