Le comentaba a Rb -y luego a mi hijo menor- que ya no tengo mucho paciencia con el racismo -aunque no sé si esa sea la definición correcta- en el material que leo: decidí no continuar con The Informationist por el tratamiento que la autora da a los países africanos; o sea, Europa y otros países prósperos han saqueado y maltratado a ese continente, y luego dicen: qué ignorantes, violentos y corruptos.
Y me parece que es la segunda ocasión en la que desisto de completar un libro al encontrar esto: el anterior era un libro infantil en el que el autor se burlaba -y denigraba, me pareció- todo lo que tenía que ver con Egipto.
Creo que es suficiente toda la ideología que compramos desde antes, incluso, de poder hablar de la maquinaria mediática: los buenos siempre son los occidentales; los rusos son el diablo -aunque ahora lo es más China- y la religión dominante es la verdadera.
Pero como quería leer algo de acción -si era posible sin tanto racismo- busqué los mejores libros de acción más recientes; y Google me recomendó el de título; me llamó la atención que la autora sea Reese Whiterspoon -o sea, he visto alguna de sus películas- y el texto de la contraportada se veía interesante.
Y claro, los buenos son los cirujanos militares que arriesgan su vida para salvar a cualquiera -incluso árabes!- en el campo de batalla; los malos -cómo no?- son los oligarcas rusos que tienen todo el dinero del mundo y compran cualquier cosa o persona.
Y a ver cómo va eso...
El sábado me levanté a las seis y media; los últimos días habían estado bastante raros, con el cambio de empresa y todo eso; o sea, las últimas mañanas habían sido bastante difíciles de empezar; y ese día continuó el patrón.
Creo que pasaron un par de minutos antes de que reuniera la energía necesaria para bajar de la cama y completar los veintiocho minutos de meditación; la cual también continuó estando bastante complicada: la mente de mono estaba más activa que de costumbre.
Después de meditar retorné a la cama y completé varias lecciones de Duolingo -portugués y ajedrez-, luego salí de la habitación y empecé a preparar el almuerzo que llevaría para la reunión con mi hijo menor: primero preparé las dos ensaladas; con pepino, zanahoria, tomate, chile pimiento, manzana verde, aguacate, lechuga romana, escarola verde y escarola morada.
También pesé treinta gramos de aderezo en dos diferentes bolsitas de papel de aluminio; y puse a la estufa un sartén con bastante aceite; luego batí un huevo y pasé los rollitos por el mismo, harina de yuca y avena en hojuelas; y puse los dos rollitos por un par de minutos en el aceite hirviendo.
Después de haber dorado cada lado de los rollitos bajé el fuego y los dejé cocinando por media hora de cada lado; en el ínterin me preparé -con lo que me había sobrado del huevo batido, la harina de yuca y la avena- el desayuno de los sábados.
Después de desayunar lavé los trastos que había utilizado en la preparación de las comidas; luego me metí a mi habitación para avanzar en el libro de la nobel coreana: Tinta y sangre ha sido un libro bastante interesante de leer.
Por primera vez en mucho tiempo mi hijo menor me había pedido que llegara más temprano al departamento (a las doce del mediodía) por lo que debía de empezar a alistarme una hora antes que en los meses anteriores: puse una alarma para las diez y media y estuve leyendo hasta esa hora.
Rb estuvo -esporádicamente- traduciendo llamadas durante toda la mañana; antes de que entrara a bañarme salió un momento de su habitación y nos despedimos; luego de bañarme me vestí y preparé la mochila con aislante térmico: los dos rollitos de pollo, las dos ensaladas, una bolsa de snacks (platanos fritos con sal), el aderezo y dos coquitas sin azúcar.
Un poco antes de las once revisé Waze y el tránsito se veía bastante tranquilo: el tiempo estimado era de veintisiete minutos -bastante menos que en otras ocasiones-; pero decidí irme temprano; y el pronóstico fue bastante certero: a las once y diecisiete estaba estacionándome en el sótano del edificio.
Pero no subí inmediatamente -no quería incomodar a mis hijos lleganto tan temprano-: me quedé en la van leyendo -había empacado la tablet, la cual dejé luego en la guantera- el libro de Han Kang hasta las doce menos diez; cuando sonó la alarma bajé las dos mochilas y la caja de Scrabble y subí -por las gradas- al séptimo nivel.
Durante la semana había estado viendo un video de una divulgadora científica española; el tema era la menopausia femenina pero me llamó la atención un consejo que brindaba: subir las escaleras de dos en dos; lo cual hice y me costó completar los siete niveles de esta forma -creo que debo repetirlo más-.
Entré al departamento y le envié un mensaje a mi hijo comentándole que ya me encontraba en el lugar; él apareció bastante rápido y nos estuvimos conversando un corto tiempo en la sala, luego le propuse que nos dirigiéramos al parque temático más grande de la ciudad.
Caminamos hasta el parque, en el cual notamos más público que en ocasiones anteriores; nos dirigimos directamente al lugar en el que usualmente ingerimos los almuerzos y, afortunadamente, no había ningún evento: encontramos una mesa y pasamos la siguiente hora entre almuerzo y conversación.
Después del almuerzo decidimos acudir a la rueda de Chicago; pero antes debía comprar un pasaporte para doce juegos mecánicos -ocho dólares- pues ya nomás quedaba uno disponible en el anterior -debo comprar uno cada dos o tres meses-.
Después de comprar el boleto nos dirigimos a la rueda de Chicago, en la que encontramos una fila de espera bastante aceptable; y, a diferencia de la semana anterior, sentí que la duración del juego no fue tan corta.
Cuando bajamos de la rueda le propuse a mi hijo completar una partida de Scrabble; nos dirigimos a las mesas techadas más cercanas a la entrada y, como ya había pasado la hora del almuerzo, encontramos una disponible -un grupo de jóvenes se acercó momentáneamente a ver la partida-.
Después de utilizar todas las fichas del juego -y darlo por terminado- iniciamos el camino de regreso a casa; aún no eran las cuatro y habíamos acordado despedirnos a las cinco de la tarde; llegamos al departament un poco después de las cuatro y media y nos instalamos en la sala.
Al igual que en la última reunión con mi hija mediana -a la que había visto antes de salir y le comenté que le había dejado un mensaje en whatsapp- le propuse a mi hijo que practicáramos con una cajita de origami; y nos dió tiempo de completar un par antes de que sonara la alarma que había puesto en el celular.
A las cinco me despedí de mi hijo y bajé -por las gradas- al parqueo, arranqué la van e inicié el camino de regreso a casa; estaba lloviznando por lo que temí que se complicaría el recorrido, pero, quizá por la ligereza de la precipitación, no encontré ningún embotellamiento.
Al menos hasta la entrada del municipio: antes de cruzar el puente al fondo del cañón de la entrada el tránsito se ralentizó; y pude ver que justo al final del puente había un auto con luces de emergencia; al parecer un motociclista se estrelló contra la parte trasera de un automóvil y eso había dejado inoperativo uno de los dos carriles.
Entre a casa después de las cinco y media, me cambié de ropa, saqué a los perros al patio -aunque fueron un poco reacios pues el terreno aún se veía húmedo-, compartí mi ubicación en whatsapp con Rb e inicié a caminar en dirección a su iglesia.
Cuando salí de casa noté algunas gotas de lluvia en el ambiente; no esaba seguro si la lluvia continuaría, pero esperaba que no arreciara tanto; caminé hasta más de la mitad del camino antes de encontra a Rb, quien venía en sentido contrario -ella también me había compartido su ubicación-.
Nos encontramos y tomé la bolsa del supermercado-con aguacates y manzanas verdes-; luego reiniciamos el camino de retorno a casa; por la noche completé más de media hora de Duolingo -casi solo ajedrez-, preparé las gelatinas de mis desayunos y cociné la segunda de las bolsas de ramen coreano que mi hijo me había cedido unas semanas antes.
Luego me metí a la habitación de Rb para actualizar mis notas -incluyendo esta-, esperaba que me diera tiempo de ver algo -había estado viendo muy poco durante la semana, quizá nomás un capítulo de The Ghost in the Shell, uno de Nanoha y un tercio de un capítulo de Lioness-, pero no fue así.
El domingo me levanté a las seis y media: preveía un día tranquilo; no había programado ninguna salida por la mañana; un par de semanas antes -o asi- había acordado reunirme con mi amigo Testigo de Jehová -a las cuatro, en la pizzería de siempre-.
Después de meditar -me costó bastante completar los veintiocho minutos, continuaba pensando en la visita de mis padres la siguiente semana- retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo; luego estuve leyendo un poco del libro de Reese.
No quería desayunar muy temprano porque esperaba comer bastante tarde; estimaba tomar mi última comida alrededor de las cinco y media; y encontré una buena excusa para desayunar tarde: llevar a Rb a su iglesia -los domingos que asiste me pide que la lleve después de las diez de la mañana-.
Aunque a veces, como en esta ocasión, prefirió irse en autobús; por lo que nomás estuve leyendo y estudiando un poco de Fabric hasta cerca de las once de la mañana; a esa hora me preparé el desayuno de los domingos: un cloudbread con frijoles -y café-.
Después continué leyendo hasta que Rb me llamó -después de las doce- para que fuera por ella a la iglesia; conduje hasta el lugar -el tránsito no estaba muy pesado- y retornamos bastante rápido; y lo primero que hicimos al regresar fue sacar a caminar a los perros.
Rb puso al fuego sus alitas, para que se cocinaran mientras completábamos la caminata; yo había -antes de ir por ella- hervido unas piernas que encontré congeladas en el freezer y luego las había empanizado -aunque no me quedó muy bien- con harina de yuca, agua y avena en hojuelas -debo mejorar esa receta-.
Cuando entramos después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas; con las que acompañamos el pollo -yo también tomé el caldo que había quedado después de hervir las piernas, con un poco de ramen coreano-.
Después del almuerzo estuve estudiando un poco de Fabric; a las tres y cuarto empecé a alistarme para dirigirme a la pizzería que queda al inicio del boulevard; llegué al lugar con diez minutos de anticipación me metí un rato al supermercado.
Salí del mismo un poco antes de las cuatro y esperé cinco minutos -ya le había enviado un mensaje a mi amigo cuando llegué al lugar- luego lo llamé; y me contestó como que hubiera acabado de despertarse; luego dijo algo como: Ah, ya estás allí; se me había olvidado por completo, y no pudo caminar porque tengo molestias con el ácido úrico; perdón por no haberte avisado.
Le deseé que mejorara pronto y colgué; luego sopesé qué hacer; en el camino me había dicho que si no se presentaba -no sería la primera vez- me iría a tomar un café y un pastelito a una cafetería fancy que queda cerca del lugar.
Pero ya cuando se dió el hecho preferí caminar: enfilé rumbo a la calzada interamericana y caminé durante cerca de cuarenta y cinco minutos; luego inicié el retorno a casa; no le comenté nada a Rb -aunque ella me indicó que había estado por llamarme pues estuvo lloviznando esporádicamente-.
Por la noche hice un poco de Duolingo, ví una parte de un capítulo de Lioness y un capítulo de The Ghost in the shell; además leí la primera parte -el prólogo o la introducción- de un par de libros en inglés, que había previsto agregar a los que llevo a medias.
El lunes me levanté a las seis y media; estuvo raro el despertar porque, al parecer, estaba soñando que ya me había despertado -no era un sueño feo-, y un poco después sonó la alarma; entonces me levanté a meditar.
Después de meditar salí de la habitación, pasé las computadoras de la bodega a la mesa y encendí la del trabajo; después retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; y es que la primera reunión del día era a las nueve.
Esta reunión estuvo algo rara: no se presentó el jefe de los programadores y el más antiguo de ellos revisó los pendientes; pero no me quedó muy claro cuál era el estado de los mismos; de todos modos, la mayor parte del personal anda en modo mudanza (el primero de octubre estaremos bajo nueva administración).
Me preparé el desayuno -avena, gelatina, papaya y banano- un poco después de las diez de la mañana; luego desayuné, mientras veía algún video de Youtube; mi supervisor local me preguntó sobre mis asignaciones y le mencioné pruebas en la app y tareas de documentación -aunque, la verdad, no he estado haciendo casi nada-.
Me pasé casi toda la mañana revisando la lección de Fabric, leyendo y completando las preguntas del examen en el sitio que me compartió mi amigo asiático: de setenta y cinco preguntas nomás fallé tres (me faltan otras seis páginas).
Un poco antes de las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de media hora de ejercicios; después sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando la porción del día de caldo de pollo (lo habíamos preparado la tarde anterior y porcionado por la noche).
Cuando entramos preparé un par de ensaladas pequeñas para acompañar el almuerzo; la cantidad de pollo y verduras estaba bastante generosa; después del almuerzo me preparé un café, el que consumí con dos mitades de galletas, un cuarto de pan tostado y un cuarto de pan de queso.
Un poco después del almuerzo lavé los trastes del día; luego me retiré a mi habitación, en donde estuve leyendo un poco del segundo libro de Kanban que leo del mismo autor; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té de manzanilla a Rb.
El resto de la tarde pasó bastante tranquilo; jugué algunas partidas de ajedrez -volví a bajar de mil seiscientos de ELO- y, un poco antes de las cinco de la tarde, nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.
Yo había preparado una buena lista de provisiones con las que me quería preparar para la visita de mis padres de la siguiente semana; después de llegar al extremo del boulevard lo cruzamos y entramos al supermercado; y la lluvia iba pisándonos los talones.
En el supermercado compré varias vituallas: una docena de huevos, un paquete de queso, una botella de salsa de soya y un bote de polvo de hornear; nos tomamos un buen tiempo en las compras porque, igual, no podíamos salir del supermercado: la lluvia había arreciado.
Cuando escuchamos que se calmó un poco pasamos a caja -lo último que agregué fue un cartón de leche deslactosada-, cancelamos las compras y salimos del lugar; aunque la lluvia aún no había cesado por completo.
Empezamos a caminar hacia el otro supermercado tratando de guarecernos en los alfeizares de los diferentes negocios del boulevard; y no nos estaba yendo tan mal en el retorno, hasta que un auto pasó a una velocidad excesiva y nos bañó con agua de la calle.
Llegamos al siguiente supermercado bastane mojados; en este compramos un poco de bananos, una escarola morada y yo agregué un doble litro de jugo de naranja -para la visita de mis padres-; después de pagar retornamos a casa; la lluvia ya estaba casi extinta y, afortunadamente, no hubo más conductores inconscientes.
Después de quitarme la ropa mojada me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo; Rb se metió al baño a tomar una ducha tibia -lo hace siempre que se moja con agua de lluvia-; a las siete y media llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte.
Lo encontré preparando varias bolsas de reciclaje: dice que de esa forma financió el viaje que realizó para llevar a su hija de Arizona a Oregon; al parecer es un buen negocio el reciclaje por estas fechas en su localidad; también me contó una historia extraña de su hija menor.
A pesar de que regresó a Oregon con su novio, y que estaban trabajando juntos; al parecer ya no estaban juntos; y la hija había recibido la visita de una persona que vive en la costa opuesta -en la capital del Imperio- y que trabaja en la Nasa; se suponía que lo conocería en persona en un par de días -incluso me envió un par de fotografías en la red azul-.
Después de conversar con mi ex supervisor me pasé a la habitación de Rb; en donde ví una parte de un capítulo de Lioness -me está cansando el cliché de que malos son los malos y si no fuera por nosotros los buenos- también ví un capítulo de The Ghost in the shell.
Y el resto de la semana estuvo super rara: el martes me tocó que ir -después de varios meses- a la oficina: debia firmar el documento por el cual aceptaba mi transición a la nueva compañía.
Llegué al área de recursos humanos un poco después de las nueve, firmé el documento, me entregaron una copia del mismo y me dirigí directamente a una oficina gubernamental a verificar si la operación estaba bajo los términos legales: a todos nos pagarán vacaciones y bonos atrasados, pero no tiempo de indemnización.
La oficina estaba bastante llena porque atiende a trabajadores de todo el país; también bastante desorganizada -como la mayor parte de la burocracia local-; pero no me tardé mucho en realizar la consulta, y la chica -me imagino que Abogada, o en camino a serlo- me confirmó que todo estaba en orden.
Salí del edificio y ordene un Uber para dirigirme al negocio a donde Rb había comprado unos audífonos que no le gustaron: los controles se estaban calentando un poco -yo no lo ví crítico pero ella prefirió reclamar la garantía-.
El Uber fue bastante eficiente y llegué al edificio a una buena hora, subí caminando -de dos en dos la mayor parte de- los once niveles hasta la planta en la que se encontraba la oficina; me atendió un joven bastante amable, pero no vió muy crítico el calentamiento de los controles de los audífonos.
Aún así aceptó cambiarlos; pero, luego entró otra persona -no sé si era el dueño de todo o nomás un vendedor bastante agresivo- y pidió más pruebas, y al final ya no hubo cambio; yo también me puse algo violento y salí del lugar con bastante mala leche.
Ya fuera del edificio iba a ordenar otro Uber para llegar a la estación intermedia más grande del Transmetro; pero mi celular se quedó sin carga y tuve que caminar un par de cuadras para abordar un bus urbano; el que me cobro casi el mismo monto -un dólar- de lo que me hubiera cobrado el Uber.
El bus fue bastante rápido y un poco después estaba abordando el Transmetro, el que me llevó hasta el comercial en donde se estacionan los busitos que vienen hasta el boulevard al lado del cual vivimos; retorné antes del mediodía y el día continuó sin muchos cambios.
El miércoles me volvió a tocar salir: era el día en el que mi supervisora había programado la última reunión trimestral con todo el equipo; al igual que el día anterior salí a media mañana de casa de Rb.
Caminé hasta el boulevard principal, tomé un autobus intermunicipal que me llevó a un par de cuadras de la estación del transmetro; de allí abordé una unidad que me llevó hasta el cetnro histórico, en donde me dirigí a la siguiente línea de este transporte.
Al final llegué bastante rápido a la estación más cercana -a kilómetro y medio- del restaurante al cual me dirigía; de hecho tuve tiempo de pasar a ver la librería más grande del sector -la que visitamos, en el pasado, algunas veces con mis hijos-.
Llegué al restaurante con un par de minutos de adelanto y encontré a un par de compañeros en la recepción; luego continuaron llegando más personas -nos reunimos como una docena-; el almuerzo estuvo bastante bueno: era un restaurante de asados y, tanto las entradas como el plato principal (y el mus de postre- estuvieron bien.
Yo había llevado la bolsa con marshmellows y repartí un par a cada uno de los asistentes un poco antes de que se terminara la reunión; la cual se puso un poco nostálgica al final: la mitad de los asistentes dejaríamos la empresa el siguiente jueves.
El almuerzo estaba programado para tardar tres horas a partir del mediodía; y diez minutos depués de las tres -había puesto alarma- me despedí de todos e inicié a caminar en dirección al call center en donde trabaja mi primo.
Llegué al lugar un poco después de las cuatro y me tocó que esperarlo en el arriate frontal del lugar -intenté esperarlo en unas bancas del edificio pero salió un guardia a indicarme que nomás los empleados de la empresa podían estar allí-.
Mi primo salió un poco más tarde y nos dirigimos a la estación del transmetro más cercana -justo frente a las oficinas a donde había acudido el día anterior, a firmar la documentación-; transbordamos en el centro histórico y continuamos hasta el comercial en donde se estacionan los busitos.
De la estación nos dirigimos a un comercial cercano e invité a mi primo a un café y algunas donas -él ordenó también un croissant (o algo parecido)-; estuvimos en el lugar hasta un poco antes de las siete entre conversación, café y donas: le comenté que sería la última vez que nos veríamos en esas circunstancias pues ya no tendría reuniones trimestrales; a las siete nos despedimos y tomé un busito para retornar a casa.
El jueves sí fue tranquilo: al menos no tuve que salir de casa -como los dos días anteriores-; por la mañana aprovechamos para completar una rutina de ejercicios: el día anterior yo había estado fuera casi toda la jornada.
Y al final del día nos dirigimos caminando hacia los mercados en dirección sur; yo tenía que comprar un par de paquetes de pan sandwich integral y una magdalena pues pensaba agasajar a mis padres al día siguiente; también compré jamón y con Rb, ingredientes para los almuerzos del fin de semana.
El viernes empezó temprano: había puesto una alarma para las cuatro de la madrugada, cuando sonó me levanté, me vestí y salí a saludar a Rb; luego tomamos la van y nos dirigimos al hospital nacional más grande de la ciudad; casi no había tráfico -por la hora- y llegamos rápido al lugar; en donde ya había una enorme cola.
Dejé a Rb en la entrada del hospital y retorné a casa; vine antes de las cinco y me metí a la cama para intentar dormir un rato; pero me costó conciliar el sueño, aunque, eventualmente, me dormí, hasta que la alarma de las siete me despertó.
Bajé a meditar y luego salí a dejar que los perros salieran al patio; casi no trabajé durante la mañana, nomás estuve esperando la hora a la que había previsto salir: me habían citado al mediodía para que fuera a firmar presencialmente el contrato con la nueva empresa.
A las diez me bañé, me vestí y salí caminando hasta el boulevard principal, en donde tomé un bus intermunicipal; la mañana estaba bastante gris y cuando faltaban dos o tres estaciones para llegar a mi destino empezó a llover, en ese momento revisé mi correo y encontré un mensaje que había entrado de madrugada, en el que cancelaban la reunión.
Entonces le escribí a Rb comentándole que continuaría en el transmetro para retornar a casa; la mima unidad me llevó a la estación cercana a la que debía dirigirme para transbordar; vine a casa un poco antes de la una de la tarde; afortunadamente Rb ya había sacado a caminar a los perros.
Por la tarde hicimos la rutina de ejercicios de los viernes y ya no salimos a caminar pues la tarde estaba bastante húmeda; en la noche estuve viendo un capítulo de The Ghost in the Shell y una parte de Lioness; aunque me sentía bastante cansado por haberme levantado a las cuatro.
El sábado me levanté a las cinco de la mañana; mis padres me habían indicado que pensaban salir a las cuatro de la mañana del puerto; medité y luego estuve leyendo un poco en la cama; a las seis los llamé pero no me respondieron, un rato después me enviaron un mensaje, comentándome que aún estaban en la cabecera departamental.
Al final vinieron casi a las ocho; pero antes de ir a traerlos ya había preparado el desayuno: un sandwich con jamón y huevo y otro con jamón y queso; además de café y fruta (papaya y bananos); después de traerlos a casa les serví desayuno y Rb se nos unió un poco más tarde -estuvo contestando llamadas casi toda la mañana).
El plan original era armar una galera -sustituyendo la que se estaba terminando de caer, de madera- con tubos de metal y canaleta; mi padre había traído una soldadora, un taladro, una pulidora y algunas otras herramientas.
Después de desayunar fuimos a la ferretería de la vuelta y compramos casi ciento cincuenta dólares en materiales: tres tubos cuadrados de dos pulgadas, dos canaletas de dos por cuatro, un saco de cemento y uno de arena.
Nos prestaron una carretilla y allí traje el cemento y la arena; luego fuimos con mi padre por los tubos; me traje los tres tuvos de hierro negro, lo que me dejó molido el hombro; mi padre trajo las canaletas; y allí empezó a fallar el plan: la pulidora no funcionó para cortar los tubos.
Fuimos nuevamente a la ferretería -en auto ahora, porque estaba lloviendo- a comprar un arco de sierra -con sierra-; luego mi padre me comentó que era mejor armar la estructura con tornillo y no con soldadura; por lo que fuimos nuevamente a la ferretería a comprar tornillos (ahora a pie, pues la lluvia había amainado).
Pero la lluvia no se calmó por completo: estuvo lloviendo esporádicamente durante toda la jornada, con lo que apenas pudimos excavar dos agujeros -de seis- y armar nomás uno de los tres marcos con los que planeábamos sostener las tres láminas (la estructura original, completamente apolillada la habíamos terminado de desmontar por la mañana: tenía cuatro láminas de ancho).
El avance fue completamente decepcionante: mi padre se confundió al partir uno de los tubos quedando una mitad más larga que la otra; almorzamos a la una -después de que Rb y yo sacamos a caminar a los perros): la tarde anterior, parte de las razones para no salir a caminar por la tarde fue preparar nuestra receta de verduras cocidas y pollo -a lo que le llamamos comida china-.
Después del almuerzo me preparé un chocolate -y le serví café a mis padres-; por la tarde avanzamos pero muy lentamente: habíamos armado un arco en el patio trasero pero era muy grande para pasarlo por el portón al patio, tuvimos que desarmarlo y volver a armarlo en la parte de atrás de la casa; y el taladro de mi padre no estaba funcionando muy bien; casi que tuve que abrir los agujeros con clavos de lámina.
Un poco después de las cinco dejamos de trabajar -seguía lloviendo- y tomé una muy buena ducha; tenía el hombro adolorido y una gran ampolla (se me había desprendido la piel) en el centro de la mano derecha; y no habíamos hecho casi nada.
Pero traté de tomarlo con calma: me alegraba que mis padres hubieran venido a quedarse un par de días a la casa de Rb; por la noche continué avanzando en Lioness; aunque también acomodé un escritorio en la bodega, pues en la madrugada del día siguiente debía examinarme para obtener un certificado de MS.
Como le había cedido la habitación en la que duermo frecuentemente a mis padres, saqué un saco de dormir y me acomodé en la habitación que utilizamos como bodega; puse una alarma para las cuatro treinta y cinco -debía hacer check in a las cuatro cuarenta y cinco-.
Dejé una alarma en el celular y una en la tablet; y dejé mi computadora personal conectada con cable al router; a las cuatro treinta y cinco sonó la alarma y me levanté, me vestí, encendi la computadora (con a partición de Windows 11) y entré a la página en donde debía examinarme -había intentado cambiarme a una opción presencial pero no lo logré).
Por haber intentado un minuto antes recibí un mensaje de acceso muy temprano así que esperé un poco; luego me conecté y empecé el proceso de check in: una fotografía frontal, una fotografía de mi documento de identificación; y cuatro fotografías con los alrededores de mi estación de trabajo.
Y luego estuvo fácil: había estado repasando doscientas veinte preguntas en el sitio que mi amigo de ascendencia asiática me había proporcionado; y de las cincuenta -o sesenta, no recuerdo- preguntas que se me presentaron, la mayoría ya las había resuelto (y las había repasado cinco o seis veces -y otras tantas con mi app de estudio espaciado-).
Así que incluso tuve que bajar la velocidad pues sentí que las estaba contestando demasiado rápido -incluso sin terminar de leer las preguntas-; los dos casos que se me presentaron ya los había revisado antes; y únicamente tres o cuatro preguntas fueron completamente nuevas -pero dominaba el tema-.
Al final terminé bastante rápido y obtuve un punteo sobre ochocientos -el mínimo para obtener el certificado era setecientos y el máximo punteo era de novecientos-; recibí un par de correos con la constancia del certificado y apagué la computadora -después de haber reactivado mi LinkedIn y publicado el logro-.
Luego sopesé que hacer: habíamos quedado con mis padres en reiniciar la obra a las seis de la mañana; pero no quería pasar un día sin meditación matutina; así que me quedé en la habitación hasta cerca de las seis y cuarto, meditando; en el ínterin escuché que mis padres salían al patio trasero.
Cuando terminé la meditación salí a acompañarlos y trabajamos en la instalación del arco más cercano a la pared vecina: ayudé a mi padre a mezclar medio saco de cemento con un saco de arena y preparamos una buena mezcla de concreto.
Instalamos el arco y entramos a desayunar; Rb había preparado unos huevos revueltos (con tomate, hasta después le comenté que no me gustaba esta combinación) y el café estaba casi a punto; eran casi las nueve menos cuarto por lo que esperamos a que le diera a comer a sus perros para sentarnos los cuatro a la mesa.
Después del desayuno continuamos trabajando, armando el segundo arco; pero aquí la cosa se complicó pues este era el que tenía una extremidad más larga que la otra, y mi padre insistió que no se cortara, sino que se perforara un agujero más hondo; el problema era que no teníamos una herramienta adecuada, por lo que no quedó muy recto.
Igual preparé la segunda mitad del saco de cemento -con otro resto de arena- y llenamos ambos agujeros con concreto; después de eso decidí que ya estaba bien: eran casi las once de la mañana y estimé que si empezábamos con el tercer acto nos quedaríamos a medias; además no quería que se estuvieran moviendo los arcos ya instalados.
Además habíamos acordado almorzar a la una, para ir a dejarlos a la estación de buses a las dos de la tarde; entonces les indiqué que mejor lo dejáramos hasta allí; que yo continuaría en los próximos días por mi propia cuenta y a mi propio ritmo; que ya estaban dos arcos y que el tercero debía ser cuidadosamente instalado para que no hubiera un salto en la inclinación.
Mi madre se molestó un poco y ambos expresaron cierta decepción por no haber terminado lo que habían venido a hacer; pero yo nomás les agredecí por su tiempo -más tarde les dí cincuenta dólares, pues no habían querido cobrarme por la labor realizada-.
Cubrí los bártulos que habían estado bajo techo con las cuatro láminas y luego tomé a tomar una ducha; luego estuve un rato en la habitación de Rb, viendo algunos videos de Youtube, mientras mis padres descansaban un poco en la habitación en la que usualmente duermo.
A las doce y media sacamos a caminar a los perros; y a la una servimos la segunda porción de comida estilo chino; al igual que el día anterior me preparé un chocolate, luego del almuerzo y le serví una taza de café a cada uno de mis progenitores; la conversación de sobremesa estuvo interesante y se extendió a las dos de la tarde.
Pero a esa hora me levanté y les comenté que lo mejor era que saliéramos, para evitar atrazos; les ayudé con las maletas en las que transportaban las herramientas mientras ellos se despedían de Rb; luego abordamos la van y salimos al boulevard.
El cual no se encontraba tan vacío como habría esperado, por ser domingo: antes de entrar al boulevard principal había una cola bastante extensa -aunque no detenida- y luego, subiendo la cuesta luego del puente encontramos otro embotellamiento; aquí si había una razón -aunque no muy válida-: un auto se había ido en una zanja.
Y aunque el vehículo no estaba bloqueando ninguno de los dos carriles, las personas en sus automóviles bajaban la velocidad para ver el percance, produciendo un embotellamiento innecesario; pero las cosas no estaba mucho mejor en la ruta al Pacífico.
Al parecer estaba lloviendo adelante, pues el tránsito estaba bastante lento; al final llegamos a la estación de transporte a las dos y media; y aún allí me confundí para llegar al lugar en el que mis padres debían abordar el autobús: nos metí al centro comercial del lugar.
Y es que no recordaba que había una ruta alternativa, en donde hubiéramos tenido que caminar unos doscientos o trescientos metros, en lugar del kilómetro o así por la ruta interior del centro comercial; pero, finalmente llegamos hasta el bus que va directo al puerto, lo abordamos, los dejé instalados, me despedí de cada uno e inicié el viaje de retorno a casa.
Para regresar tomé la ruta complementaria: saliendo de la ciudad en dirección al Pacífico, luego subiendo al boulevard desde el final de la cuesta de salida de la urbe; el viaje fue mucho más directo y sin ningun retraso.
Cuando vine me puse a revisar mis correos personales y, un poco más tarde, le propuse a Rb que saliéramos a caminar; ella me comentó que podríamos dirigirnos a la ferretería industrial en la que usualmente adquirimos herramientas: quería que compráramos el barreno que necesitaré para terminar de instalar las láminas.
Así que hacia allá nos dirigimos a las cuatro de la tarde; caminamos hasta el lugar y compramos un modelo similar al que traía mi padre -espero que a mí me funcione mejor-; además compramos una broca para perforar metal y un punzón -para evitar tener que seguir doblando clavos de lámina-.
Luego pasamos a la tienda verde de descuentos pues iba a necesitar otro par de guantes de trabajo -Rb también compró un par pues, supuestamente, me asistirá en los trabajos que realizaré en las semanas venideras-; luego de pagar las compras retornamos a casa.
Por la noche ví el final de la tercera temporada de Lioness; y decidí que ya no continuaré con la misma: o sea, me gusta la acción -especialmente si no tiene sentido-; y veo que el giro que se le está dando a la serie es más dramático que el que me agrada en un film de acción.
Y así terminó la larga semana: habiendo firmado mi salida de la compañía actual, sin firmar la entrada a la nueva empresa, con una galera a medias -y con un avance cuestionable- y previendo mucho trabajo de construcción para las semanas siguientes.
Y a ver cómo sigue eso...