martes, 14 de julio de 2026

El cocinero de cuatro horas... The 4-Hour Chef... Le cuisinier de quatre heures...

Hace muchos muchos años, cuando aún leía -asíduamente- libros de ese tipo, recuerdo haberme encontrado con el título The 4-hour workweek; pero creo que para ese punto ya me había desencantado con este tipo de publicaciones -durante mucho tiempo consumí a Og Mandino, Norman Vincent Peal, Stephen Covey y más de esa calaña-.

Entonces no lo incluí nunca en alguna de mis listas pendientes; hasta que unas semanas atrás me econtré con un artículo de Tim Ferris en HackerNews; en el mismo este tipo indicaba que consideraba muerto el sector de libros de no ficción, gracias a la Inteligencia Artificial.

No sé si sus argumentos son válidos; creo que es muy diferente leer artículos, investigar, consultar libros de no ficción, con la bazofia que generalmente los LLMs intentan hacer pasar por redacción; pero bueno, cada quién con su opinión.

En el artículo ¿cómo no? el autor se refería a uno de sus libros -el que titula este texto- como un buen punto de inicio para aprender a aprender -sea lo que eso sea-; por supuesto que es un libro de motivación, con muchas anécdotas -y pruebas anecdóticas-; pero me llamó la atención, entonces decidí leerlo -aunque no terminarlo: son más de mil setecientas páginas-.

Y a ver cómo va eso...

El jueves me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bien raro: en el mismo mis hijos estaban pequeños -o adolescentes- y yo los llevaba a algún lugar -tipo el viaje que hicimos a la Suiza centroamericana-; pero también participaba la mamá de ellos.

Su participación no era necesariamente amigable, o cooperativa; pero, en algún punto andaba yo tratando de encontrarla, o llegar a donde ella se encontraba; y, por alguna razón, no estabamos peleando... super raro.

Entonces, el despertar fue bien extraño; pero me bajé al piso y medité los veintiséis minutos del ciclo en curso; después volví a la cama e hice más de media hora de lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez-.

Salí al comedor un poco antes de las ocho y media y partí la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos -también quería esperarme hasta las nueve menos cuarto, por si Rb me necesitaba para alimentar a sus perros-; pero ella también salió de su habitación un poco más tarde -había estado contestando llamadas desde las siete-.

Entonces le confirmé el plan que le había comentado la noche anterior: quería ir a la cooperativa a depositar cincuenta dólares en cada una de las dos cuentas -por no tener mi documento de identificación no pude cerrar estas cuentas, por lo que me tendría que esperar exactamente un año para hacerlo-.

Me vestí y salí de casa un poco después de las nueve; el día estaba nublado por lo que la luz solar estaba bastante atenuada; caminé hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb; pasé al cajero automático -que se comportó bien extraño- y extraje cien dólares.

Luego pasé a la cooperativa y deposité la mitad en cada cuenta de ahorros; después entré al supermercado a ver si había aguacates en buenas condiciones: y sí, encontré una red con nueve pequeños aguacates con un nivel de verdor aceptable; después empecé el camino de vuelta a casa.

Retorné un poco antes de las diez y media y me preparé el desayuno: cinco cucharadas de avena en hojuelas, un banano -aunque luego del desayuno tomé otro-, un poco de papaya y una gelatina -ah! y tres almendras-.

Luego me quedé en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube y actualizando mis notas -incluyendo esta-; Rb salió en un par de ocasiones de la habitación, durante sus horas de tomar llamadas del Imperio del Norte.

Al mediodía salió definitivamente y completamos una rutina de ejercicios más extendida -es lo que hace cuando no acude a clases de zumba, los martes o los jueves-; después sacamos a caminar a los perros y preparamos la última porción de los almuerzos de la semana.

Durante la caminata de la mañana había visto bastantes automóviles en el boulevard -lo que atribuí al pago del bono catorce- y me había dicho que sería mejor utilizar el transporte público en mi salida vespertina; pero luego decidí que sacaría la van, y si veía mucho tráfico la retornaría a casa y llamaría una motocicleta.

A las tres y media -había puesto alarma- empecé a alistarme: tomé una ducha y me vestí para salir; a las cuatro tomé mi mochila y la caja de Scrabble e inicié el trayecto hasta el restaurante de pollo frito en donde solemos reunirnos con mi amigo poeta -ha publicado ya dos libros-.

Había previsto salir hora y media antes de la hora en la que habíamos acordado reunirnos -cinco y media-: él sale a las cinco de su oficina y, como se mueve en bicicleta por la ciudad, me había indicado que estimaba un viaje de media hora; yo había pensado pasar a llenar el tanque de la van, en caso no hubiera mucho embotellamiento.

Y no había mucho tránsito: por alguna razón encontré el boulevard bastante vacío; entonces pasé a echarle todo lo que pude de gasolina en la estación que se encuentra justo antes de entrar al boulevard principal -casi cuarenta dólares-; después continué mi viaje hasta el restaurante de pollo frito, llegando cuarenta y cinco minutos antes de lo previsto.

Entré al restaurante, me asignaron una mesa justo frente a las cajas, y le envié un mensaje a Rb, contándole lo temprano que había llegado; luego, cuando la mesera llegó a tomar la orden, pedí un café y un pastel tres leches; los que me tardaron casi el tiempo de espera -un poco después de las cinco le escribí a mi amigo para comentarle que ya estaba por allí-, mientras utilizaba los treinta minutos dobles -del challenge semanal- jugando partidas de ajedrez en Duolingo.

Mi amigo llegó un poco más tarde -no me dí cuenta de la hora porque estaba inmerso en una partida de ajedrez- y nos pasamos las siguientes dos horas -o un poco más- entre conversación y cena -pollo frito-; además empecé una nueva tradición: párrafo de recuerdos.

Se me ocurrió dividir la tapa de la caja de Scrabble en una cuadrícula de tres por cuatro e invitar a mis conocidos/amigos/familiares más cercanos a compartir un pequeño texto; el cual iniciaría -escrito por mí- con la fecha, el nombre, y una cita alusiva a la ocasión.

Le había sugerido a mi amigo que nos despidiéramos a las siete; pero cometí el error de invitarlo a una partida de Scrabble; no estimaba que la termináramos, pero él se emocionó co la partida y la terminamos bastante tarde.

Después de completar la partida pedí la cuenta -como veinte dólares-, y nos retiramos del lugar; en el estacionamiento nos despedimos e inicié el retorno a casa de Rb; por la noche ví una parte de la última película de Enola Holmes.

El viernes me desperté super temprano; ni siquiera había aclarado el día cuando abrí los ojos; me sentía lleno y recordé la cena tan tarde del día anterior; de hecho acababa de pasar de los tres meses de registrar mis días de ayuno intermitente y había sido el día con el período más largo de comida: dieciséis horas (tenía el cincuenta por ciento veinte/cuatro y el resto dividido entre veintiuno, y el resto hasta diecisiete).

En la llamada de las siete el supervisor en el Imperio del Norte soltó la bomba de que el analista más brillante había renunciado y se retiraría después de dos semanas; lo que, realmente, nos dejaba al resto en una posición bastante precaria: los dos proyectos más exitosos del área habían sido iniciados -y mantenidos- por esta persona.

Entonces fue un día de revisión de prioridades y de empezar a ver quién se estaría haciendo cargo de qué; al analista que vive en el pueblo donde mi padre creció le asignaron uno de los proyectos más pesados, pero a mí me asignaron la parte de automatización -que no creo poder continuar-.

Entré a la reunión de las nueve pero no hubo mucho que ver en la misma: los desarrolladores aún están acostumbrándose a la nueva plataforma; en la reunión de equipo -tocaba la que está programada cada dos semanas- se volvió a anunciar la salida del analista más brillante; y algunas medidas a tomar para compensar su partida.

Al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a los perros y luego almorzamos lo habitual de los viernes: pescado frito y ensalada; por la tarde estuve corriendo los test cases automátizados aplicándolos a un ambiente en el que no lo había hecho antes; el resultado no fue muy bueno.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; alcanzamos el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino; allí compramos un poco de bananos; también compré un pepino y jamón de pavo, para el almuerzo con mi hija mayor del día siguiente; por la noche continué con la película que llevaba a medias.

El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné un rato a la cama, a completar las lecciones matutinas de Duolingo; luego salí de la habitación pues tenía dos horas para preparar el almuerzo que me llevaría a la reunión mensual con mi hija mayor.

Y es que Rb me había pedido que la acompañara a renovar su licencia de conducir; habíamos acordado salir de casa después de que les diera de comer a sus perros -a las nueve menos cuarto-; entonces me ocupé con la ensalada -utilicé en esta ocasión siete ingredientes- y de los rollitos de pollo.

Además, aprovechando el huevo que sobra luego de recubrir los rollitos con harina de coco y avena en hojuelas, preparé la torta para rellenar el pan para mi desayuno; terminé la preparación de estas tres cosas, guardé las ensaladas -y el aderezo- en la refrigeradora; y reservé los rollitos y la torta.

Un poco antes de las nueve abordamos la van y nos dirigimos al centro de emisión de licencia del municipio aledaño -en donde yo había renovado mi licencia dos o tres años antes-; cuando bajamos a la carretera que lleva al puerto vimos que la entrada a la ciudad estaba congestionada.

Afortunadamente no tuvimos que transitar mucho en esa ruta -el comercial en donde está el centro de emisión se encuentra al lado del carril que estaba completamente saturado-; pero el lugar estaba lleno: la fila para entrar a la oficina le daba la vuelta al edificio; incluso encontrar parqueo fue un poco difícil.

El trámite -como casi toda la burocracia local- es tedioso -a pesar de que es administrado por una empresa privada-; Rb tuvo que sacar unas copias, pagar por un exámen de la vista -la tiene perfecta-, y pagar por la emisión del documento; mientras estaba haciendo esto último yo aproveché para colocarme en la fila final -eso nos debe haber ahorrado una media hora-.

Al final salimos después de las once de todo el trámite y nos metimos a la cola de entrada a la ciudad; la cual estaba un poco menos complicada que más temprano; venimos a casa y terminé de preparar el desayuno de los sábados; lo consumí y empecé a preparar a los perros para la caminata.

Después de la caminata me metí a la ducha; luego del baño preparé la mochila con el almuerzo que había preparado, y la metí a la van, con la mochila habitual y la caja de Scrabble; y salí de casa un poco después de las doce y cuarto.

Sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero: nomás en la entrada al periférico encontré dificultad para avanzar; pero tomé una ruta lateral y salí casi en el lugar en el cual puedo incorporarme a la vía rápida; llegué al departamento de mis hijos antes de la una de la tarde.

Estacioné el auto en el sótano -teniendo cuidado de no tocar la bicicleta de mi hija mediana- y subí, caminando, al séptimo nivel; como faltaban unos minutos para la una aproveché para lavar -con agua y jabón- las dos latas de SevenUp light: al sacarlas del refrigerador había notado que estaban cubiertas de un líquido, que resultó ser agua de unas alitas que Rb había dejado en el compartimiento superior.

Después de lavar las latas le escribí a mi hija mayor, comentándole que ya me encontraba en el lugar -cuando entré escuché que estaba traduciendo una llamada- y aproveché para saludar a mi hija mediana -quien estaba preparandose para salir-.

Mi hija mayor salió un poco más tarde y nos dirigimos al parque temático; cuando salimos de la recepción del edificio vimos que el día estaba bastante gris; y antes de doblar la esquina empezó a lloviznar; le propuse a mi hija caminar bajo la lluvia -estaba ligera- y guarecernos en caso arreciara.

Lo que sucedió: a menos de la mitad del camino las gotas se incrementaron y nos tocó que entrar a refugiarnos a un centro comercial; estuvimos allí un rato -básicamente esperando a que se calmara la lluvia-, en el segundo nivel; cuando escuchamos que bajaba el ruido de la lluvia reiniciamos la caminata hacia el parque.

Aún recibimos una buena cantidad de agua -hubo períodos un poco más intensos en las tres o cuatro calles que nos faltaban- pero, al final, llegamos a la entrada del parque; la mayor parte de gente allí andaba con paraguas y la actividad se veía disminuída.

Entramos y nos dirigimos al área techada más grande; pero, debido a la lluvia, el lugar estaba sobrepoblado; todas las mesas estaban ocupada e incluso había gente sentada junto a las paredes; entonces caminamos hasta el otro espacio con características similares.

Pero estaba igual; incluso subimos al estrado -había unos niños jugando en las gradas- y tomamos una pequeña mesa que estaba allí; pero se acercó uno de los trabajadores del parque a indicarnos que no se permitía la permanencia en el lugar elevado.

Así que bajamos y nos acomodamos en la pared al lado del estrado; y allí empezamos a consumir el almuerzo que llevaba; lo incómodo fue que había tres o cuatro niños corriendo -y haciendo mucho ruido- en los alrededores; mucho tiempo después -la lluvia por fin amainó- una mesa fue liberada a nuestro costado; por lo que pudimos completar nuestro almuerzo más cómodamente.

Cuando terminamos de almorzar aún estaba lloviznando; le ofrecí -y aceptó- un helado a mi hija -el precio es casi el doble que en el exterior!- y después jugamos una larga partida de Scrabble; para terminar el tiempo allí le pedí a mi hija que escribiera algo en uno de los cuadros de la tapa de Scrabble.

Como ya había escampado nos dirigimos a la rueda de Chicago más grande del lugar; de lejos habíamos visto que estaba funcionando; pero cuando llegamos al lugar notamos que no estaba abierta al público; al parecer la tenían funcionando para darle mantenimiento nomás.

Entonces decidimos retornar a casa; afortunadamente la lluvia ya no se hizo presente y no tuvimos ningún inconveniente en el retorno; subimos al séptimo nivel y nos acomodamos en la sala; en done íbamos a practicar algo de origami, pero al final nomás estuvimos conversando hasta las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.

A esa hora bajé al sótano -mi hija me acompañó-, arranque la van e inicié el retorno a casa; el tránsito -por alguna razón- estaba más ligero que de costumbre: incluso en el semáforo de entrada al municipio -en donde me he tardado bastante en los últimos meses- pasé sin siquiera detenerme.

Vine a casa a las seis, estacioné la van, entré a casa, saqué a los perros grandes al patio y me cambié de zapatos; después le escribí a Rb para comentarle que iniciaba mi caminata para encontrarla en el camino; el clima estaba bien agradable y caminé hast el comercial que se encuentra en el inicio del boulevard; allí encontré a Rb; después de saludarnos continuamos la caminata hasta casa.

Por la noche estuve leyendo un poco del libro de uno de los escritores que conforman el grupo de Carmen Mola; además continué viendo la tercera parte de la película de Enola Holmes; aunque realmente me estaba quedando dormido en esto último: no me generó ningún tipo de afinidad -o sea, el Imperio Británico tratando de autojustificarse-.

El domingo me desperté a las seis y media y bajé a completar los veintiséis minutos de meditación; luego retorné a la cama y jugué varias partidas de ajedrez -tres me parece, para no completar el segundo challenge diario-; después de terminar las tres partidas me quedé en cama; no tenía ánimos para levantarme y terminé dormitando hasta casi las ocho y media, cuando Rb entró a saludar.

Y la verdad es que me sorprendió no haber hecho nada -más que dormitar- durante esa hora y media; o sea, quería leer un poco, o actualizar mis notas, o jugar Scrabble online, pero, simplemente, me quedé en una especie de sopor; pero luego me dije que hay días y días.

Me levanté un poco después y me preparé para salir: habíamos acordado con Rb acudir a la sucursal local de la empresa de telefonía -e internet- para devolver el módem del servicio anterior -el cual habíamos desconectado unos días antes-. 

Caminamos hasta el comercial que está cerca de la iglesia de Rb -allí se encuentra la oficina de esta compañía- y subimos al segundo nivel; allí encontramos a un antiguo conocido de nuestro grupo de voluntariado -al que vimos unos meses atrás en un busito-.

Pero él no nos pudo antender -por alguna razón las funciones de las personas de atención al cliente están separadas-: nos asignaron a un escritorio y allí empezamos el procedimiento de cancelación; en cierto momento Rb me indicó que me mantuviera al margen y decidí salir del lugar -excusándome para ir a los servicios sanitarios del centro comercial-.

Me tardé un poco en  el lugar y luego retorné al escritorio; en donde Rb continuaba con el trámite; al final no hubo mucha complicación -como habíamos esperado-; nomás nos cobraron los días que habían transcurrido desde la última facturación -casi dos semanas-.

Después de devolver el equipo pasamos al supermercado pues necesitábamos una manzana verde para la ensalada del día; luego iniciamos el camino de vuelta a casa; pero cuando pasamos al lado de la tienda de ropa usada a Rb se le ocurrió que podría encontrar algunos sostenes.

Y se tardó un buen rato en el lugar; además de tres o cuatro de estas prendas también compró alguna otra prenda deportiva; total que reiniciamos la caminata de vuelta un poco más tarde, viniendo a casa después de mediodía -registré la hora de desayuno a las doce y veintiocho-.

Mientras desayunaba Rb se puso a preparar las alitas del almuerzo -y a desinfectar los ingredientes de la ensalada-; después sacamos a caminar a los perros; cuando entramos le dí vuelta a las alitas e inicié a preparar a ensalada; luego almorzamos.

Después del almuerzo partí la papaya que Rb había dejado preparada en la cocina; luego empecé a trocear las verduras que le agregaríamos a los almuerzos de la semana: un güisquil -aunque luego salí al patio a cortar otros dos de la enredadera- y tres o cuatro zanahorias; mientras, Rb se hizo cargo del chile pimiento y los champiñones.

Después me metí a la cocina a lavarlos trastes del día -y a prepararle un té a Rb-; a las tres menos diez tomé mi mochila y la caja de Scrabble -aunque ahora llevaba mi ajedrez-, los metí a la van y arranqué para dirigirme a la casa del voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Llegué al lugar con dos o tres minutos de atraso -usualmente llego a las tres-, apagué la van, me bajé de la misma y toqué el portón de la casa mi amigo; él mi respondió desde el interior, indicando que bajaría en un momento; lo que hizo no mucho más tarde.

Abordamos la van y nos dirigimos a la cafetería en la que usualmente nos tomamos un capuchino y un pastel de chocolate -Selva Negra-; el lugar estaba un poco lleno pero pudimos encontrar una mesa de las cómodas -aunque al lado de los juegos infantiles-; mi amigo se hizo cargo de la cuenta (ocho dólares).

Y pasamos la siguiente hora y media entre café, pastel, conversación y una muy buena partida de ajedrez; la que logré que quedara -como casi siempre- en tablas: los dos reyes como únicos sobrevivientes de la batalla; un poco antes de las cinco le ofrecí pasar a dejarlo a su casa.

Salimos al parqueo, tomamos la van y pasé a dejar a mi amigo a su casa; nos despedimos e inicié el retorno a casa; afortunadamente -nuevamente- el tránsito estaba bastante fluido, con lo que no tuve muchas dificultades en el viaje de vuelta; por la noche terminé de ver la película de Enola Holmes.

El lunes me levanté antes de las seis y media, creo que un poco antes de las seis; y me quedé pensando que tomar comida al final de la tarde -o inicio de la noche- cambia por completo mi ciclo de sueño: igual me había sucedido el viernes anterior.

Después de meditar retorné a la cama a atender la primera reunión del día; en la que nomás estuvo nuestro supervisor, por parte del equipo; aunque no hubo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y continué trabajando en la mesa del comedor.

Un poco después de las ocho el supervisor me escribió en la herramienta de mensajes, invitándome a unirme a una reunión; no ví el mensaje pero ví la luz de los audífonos anunciando una reunión; entré y estaba el supervisor y la analista que trabaja a su lado.

Y empezó a explicar una nueva tarea relacionada con la revisión -y actualización, supuestamente- de una serie de documentos que no se han cambiado por más de diez años; lo bueno -creo- es que puso a cargo a la analista, a mí nomás me dejó apoyando.

La analista me escribió un poco más tarde para indicarme que revisaría algo de los documentos antes de que empezáramos a trabajar en los mismos; a las nueve  tuvimos la segunda reunión del día y a las diez menos cuarto la tercera; en la segunda no hubo mucha novedad, pero en la tercera el supervisor se dedicó a repartir tareas -o a confirmar las que ya había asignado-.

Desayuné después de la tercera reunión -avena en hojuelas, un banano, un poco de papaya y una gelatina (sin azúcar)-; luego esperé por la reunión que el analista más brillante -quien nomás estaría dos semanas más- había programado: dos horas para explicar la realización de un par de pruebas.

La reunión empezaba a las once y empecé a grabarla en cuanto inició; y la verdad no puse mucha atención a la misma -estuve haciendo lecciones de Duolingo-, a las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios, luego sacamos a caminar a los perros.

Cuando entramos de la caminata la reunión aún estaba en curso -ya pasaba de la una- y pude participar con un par de preguntas; por fin, a la una y diez, detuve la grabación de la misma; en el ínterin había empezado a calentar la primera de las porciones de los almuerzos semanales.

Después del almuerzo preparé un café y lavé los trastes del día; luego esperé la reunión que la supervisora local había programado para las dos y media; el tema de la reunión era actualizar la información sobre la transición del equipo a otras compañías.

Básicamente empezaron ya los movimientos: los siete -ahora solo seis- de los dos equipos que se moveran a la empresa que anunciaron hace casi dos meses, estarán bajo la dirección del PM; el resto del personal seguirá estando a cargo de la supervisora.

Aproveché un poco el tiempo de la reunión para calmar un poco las aguas sobre los cambios que se vienen -todo el equipo local saldrá de la empresa, aunque la mayoría se irá a una tercera empresa-; intenté bromear un poco para relajar la tensión.

Hubo otras dos incidencias el lunes: cuando estábamos empezando la rutina de ejercicios mi amigo barítono me llamó para que lo ayudara con un contacto en el área administrativa del trabajo; por estos días está promocionando un taller de cuidado vocal y se está dirigiendo a los call centers de la ciudad.

Además, un poco más temprano, mi supervisora me había escrito por whatsapp para pedirme referencias de impresoras -está iniciando un emprendimiento de libros infantiles-; le escribí a nuestra editora, a mi amigo poeta, y a otro par de amigos escritores; y durante el día estuve enviándole la información que iba recibiendo.

Un poco antes de las cinco tomamos la van pues Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: la perra más anciana está recibiendo una inyección mensual para ayudarla con sus molestias en la columna vertebral -unos meses atrás había estado presentando una rigidez bienr rara-.

No había tránsito en el boulevard por lo que no nos costó mucho llegar al comercial más cercano en dirección sur; aunque sí tuvimos que esperar un poco al veterinario; este llegó un poco más tarde y Rb y su perra entraron a la clínica; yo me quedé en el exterior jugando ajedrez; pero luego me recordé que Rb me había pedido que comprara un poco de bananos.

Me levanté y me dirigí al supermercado del lugar; en donde compré algunos bananos que se veían por llegar a la madurez comestible; después retorné a la clínica; un poco más tarde Rb -y su perra- salió y retornamos a casa; en donde nomás dejamos a la perra y volvimos a salir, para caminar hacia los supermercados en dirección norte.

Rb quería comprar unos trastos para completar un conjunto de un día entero de comida para sus perros -nueve en total-: le faltaban dos o tres; el sol ya se había puesto y la caminata fue bastante agradable; y cuando estábamos entrando en la tienda verde de descuentos reconocí a la persona que estaba saliendo y nos sostenía la puerta.

A quien había visto seis o siete años atrás, cuando pasamos con Rb a cenar a una pupusería que se encontraba en el boulevard; en esa ocasión nomás nos saludamos y yo no hice ningún esfuerzo por mantener la conversación -o el contacto-; y luego, cuando empecé mi campaña de mejora de mis relaciones sociales, se me ocurrió que hubiera podido pedirle su contacto telefónico.

Le expliqué algo de eso -al principio no me había reconocido-, mientras su hija esperaba pacientemente; y me envió un mensaje a whatsapp para reiniciar el contacto -trabajamos juntos justo cuando mis hijos estaban naciendo-; ya en la tienda Rb encontró un paquete de seis pequeños tazones de plástico, con los que pasamos a caja y nos retiramos del lugar.

Después pasamos al supermercado del inicio del boulevard pues los bananos que había comprado aún no se veían preparados para el día siguiente; aunque no encontramos mejores opciones en el supermercado del lugar; de todos modos compramos tres o cuatro bananos adicionales e iniciamos el camino de regreso a casa.

En el camino de vuelta Rb había comprado, en una tienda veterinaria cerca del extremo del boulevard, un pañal para su perra más anciana: últimamente le ha dado por orinarse dentro de la casa y Rb quería probar dejarla por la noche con este artículo.

Por lo mismo esperaba ganar un poco de tiempo por la noche, al no sacarla a orinar en el período después de la cena y antes de que ella se retira a su habitación; entonces, a las nueve -estaba en mi habitación, leyendo, decidí lavarme la dentadura, darle las buenas noches a Rb y dar el día por concluido.

El martes me levanté a las seis y media; me sentía bastante cansado y me costó completar el periodo de meditación; después del mismo jalé la computadora a la cama, para atender la primera reunión del día; en a que no hubo mayores novedades.

Pero después de la reunión no me levanté: ni siquiera hice Duolingo, me sentí agotado y me quedé dormitando hasta un poco después de las ocho, cuando Rb entró a la habitación a saludar; aún me quedé un pequeño rato después de que salió; después sí, me armé de ánimos y salí de la habitación.

Eran casi las nueve -hora de la segunda reunión- cuando pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor; allí atendí la segunda llamada del día, en la que se revisaron las tareas de los desarrolladores; y a las diez menos cuarto nadie entró a la reunión del equipo.

Le escribí a dos analistas -al más brillante y al que vive en la ciudad colonial- para comentarle sobre la falta de quorum pero ambos me dieron la misma respuesta: el supervisor seguramente estaba ocupado y por lo mismo no habría reunión.

Así que, después de esperar un poco, me preparé el desayuno; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -y a jugar una partida de Scrabble on line-; la analista -al igual que el día anterior- me había escrito para comentarme que aún estaba afinando algunos detalles.

Rb salió un poco antes de las diez para recibir su clase de zumba; y cuando regresó, un poco después de las once, me traía una pequeña -muy pequeña- porción del pastel de cumpleaños que habían comprado para su profesor de los ejercicios.

Luego de entregarme el pastel -del cual consumí, en el acto, la mitad- se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas; hasta las doce del mediodía, a esa hora salió y sacamos a caminar a sus perros más grandes; después calentamos, y consumimos, la segunda porción de pollo guisado con verduras.

Después del almuerzo me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas y la mitad restante del pastel que Rb me había traído; luego me encargué de los -pocos- trastes del día.

A las tres menos cuarto le dí de comer a los perros de Rb -ella me había escrito un poco antes, comentándome que la llamada en la que estaba se había alargado-; luego, cuando salió de la habitación, le preparé un té de manzanilla -aunque había olvidado, otra vez, la olla sobre la lumbre: ella se dió cuenta cuando ya se había evaporado la mitad del líquido-.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo llevaba la mochila con aislate térmico pues planeaba comprar la pechuga necesaria, para la preparación de los rollos de pollo, del almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado. 

Caminamos hasta el extremo del boulevard -según google son exactamente dos kilómetros de caminata, hasta ese punto- y luego entramos al supermercado de las cercanías; pero no había pollo del que necesitaba -y el carnicero estaba en el exterior, refaccionando con sus compañeros-.

Entonces caminamos hasta el otro supermercado y allí sí compré la pechuga necesaria; también compramos algunos bananos, y Rb compró varias alitas de pollo; luego retornamos a casa; por la noche estuve avanzando en el curso de Data Science con Python y actualizando mis notas -incluyendo esta-.

Y a ver cómo sigue eso...

jueves, 9 de julio de 2026

Está lloviendo y te quiero... It's raining and I love you... Il pleut et je t'aime...

Leí varios -tres o cuatro?- libros de Carmen Mola hace unos años: me parece que ya se había reconocido que no era una autora sino el seudónimo que utilizaron tres escritores españoles para publicar novelas -muy- negras.

No me pareció la mejor de las literaturas: o sea, al igual que ver una película de acción -o de terror- la narrativa es atrapante pero no hay mucho -al menos para mí- que quede después de completar uno -o varios- de estos ejemplares.

Pero ahora decidí seguir mi línea de español con un libro publicado por uno de estos tres escritores -el que encabeza este texto-; y de por sí su descripción no es muy halagüeña: un drama que inicia un poco antes de la guerra civil española.

La atmósfera del mismo es campirana y sus descripciones son tan nostálgicas como su título -¿poético?-: un padre de familia borracho que maltrata de lo lindo a su esposa y su hijo; quien se enamora, casi al inicio de la historia, de una niña francesa de clase más acomodada.

O sea, el plato está servido para una historia fatídica que se extiende por varias generaciones; y es que antes de contar la historia de este chico, el libro arranca con su bisnieta -o tataranieta, no estoy seguro-: psiquiatra con problemas de apego.

Y a ver cómo va eso.

El sábado me levanté a las cinco y veinticinco; estaba -para no variar mucho- teniendo sueños bastante raros -no sé cómo el frío ha estado afectando a mi subconsciente durante las noches, pero estaba soñando sobre algo de trabajos pasados y/o estadías en el Imperio del Norte-.

Cuando la alarma del celular sonó mi primera impresión fue de desorientación total; no estaba seguro si seguía en el sueño o ya me había despertado; pero alargué el brazo para silenciar el celular; y luego pensé en que había dejado también la tablet con una alarma, y allí me dí cuenta que ésta última la había puesto a las cinco y media.

Entonces desconecté ambas alarmas y me levanté a meditar; después de completar mi práctica matutina me metí al baño; la presión del agua estaba en su máxima expresión y el baño fue, realmente, reconfortante.

Después del baño -y secado- me vestí y me metí a la cocina a preparar el desayuno al que había invitado a mi amigo de ascendencia asiática: omelete -dos huevos y tres yemas adicionales- relleno de embutidos, champiñones y chile pimiento; frijoles -refritos con salsa de tomate, tomate y chile pimiento- y plátanos fritos; acompañado todo de café, un poco de queso crema, pan y salsa de tomate.

Mientras estaba preparando el desayuno me puse a escuchar un podcast de la fundación BBVA en la que un terapeuta de parejas hablaba sobre las formas de mantener una buena relación en común: respeto, límites claros, y cosillas de ese tipo que son muy buenas en una exposición pero no tan fáciles de aplicar en la vida real.

Terminé la preparación del desayuno un poco antes de las siete -puse a funcionar la cafetera a su máxima capacidad: doce tazas-; y luego revisé en mi celular si mi amigo me había escrito; lo que hizo hasta casi las siete y cuarto: informándome que venía atrasado y que me avisaría cuando ya estuviera en el busito.

Lo que hizo casi diez minutos más tarde; y vino muy tarde; tan tarde que Rb ya había salido de su habitación y preparado el desayuno de sus perros; cuando mi amigo vino la comida ya estaba fría; pero eso no impidió que dieramos buena cuenta del desayuno.

Mi amigo había cumplido -cincuenta y cuatro- años unos días atrás y recibió -no sé si coincidentemente- una visita familiar intensa: vinieron sus dos hermanos que vien en el Imperio del Norte -hermano y hermana- y su hermana mayor, que vive en el país vecino norte del gran Imperio.

Y una gran parte de nuestra conversación -se fue a las once de la mañana- versó sobre todos los incidentes de esa visita: sus tres hermanos trajeron a su familia -me parece que su hermana mayor (sesenta años) adoptó a un niño chino hace más de una década, su segundo hermano trajo a sus tres hijos y la tercera trajo también a la pareja de adolescentes-.

Me mostró varias fotos de la reunión y eran casi treinta personas entre sus hermanos, algunos primos y algunos tíos -un gran clan asiático-; también conversamos un poco sobre el grupo -coercitivo- al cual pertenece; incluso probó el banquito que uso para meditar: se supone que tienen ciertas prácticas asociadas a la meditación.

En el ínterin completamos una partida de Scrabble -Rb se nos había unido para tomar su desayuno, a las nueve, y me comentó que no había podido tomar llamadas (su plan original) porque nuestra conversación tenía un volumen muy alto- y, fue raro, recibimos a una vendedora de Internet de nuestra compañía actual.

Yo había quedado muy decepcionado en el transcurso de la semana con la compañía: nos habían llamado para informarnos que vendrían a cambiarnos el router actual y que nos aumentarían -en una cantidad ínfima, realmente, la cuota mensual; lo cual me molestó pues no me parece la situación ideal: incrementar gastos en lugar de reducirlos.

Y la señora -o señorita-, que se presentó durante la visita de mi amigo, traía una oferta atractiva: no sólo habría un cambio de router hacia uno de fibra óptica sino que la cuota mensual se reduciría en dos o tres dólares; por lo que aceptamos.

Pero había un inconveniente: se necesitaba presentar un documento de identificación y yo había dejado el mío en la visita a mis padres al inicio del mes anterior; y la solución fue extraña: el servicio -supuestamente sin contrato- fue adjudicado a mi amigo asiático -él si cargaba su DPI-.

La verdad es que la trasacción fue super rara; empezando con que debemos ocultar que actualmente poseemos ya un servicio de internet -o sea, el router debe ser desconecdtado cuando vengan a instalar el otro- y luego debemos cancelar el contrato del original; sobre lo cual no tengo muy buenas perspectivas -sospecho que tratarán de cobrar alguna cuota por la cancelación abrupta-.

La partida de Scrabble fue de lo más relajada -o sea, estuvimos aceptando palabras en español o en inglés, e incluso nombres propios- y la completamos después de que la vendedora de internet se había retirado; a las once de la mañana acompañé a mi amigo al boulevard y esperamos hasta que pasó uno de los busitos.

Después de retornar a casa empecé a preparar el almuerzo del día: la noche anterior había dejado un par de huevos duros dentro de la refri; los que metí a la licuadora, con un aguacate, y preparé una especie de mayonesa; también rallé -casi- una libra de zanahoria.

Rb se había puesto a hacer una rutina de ejercicios después de que mi amigo se retirara; y, al parecer, sus rutinas de fin de semanas son de casi una hora -a diferencia de las que realizamos en conjunto, que apenas sobrepasan la media hora-.

Cuando Rb terminó su rutina de ejercicios yo estaba terminando de preparar la tortilla de znahoria y huevos que utilizo para la receta de burritos, que se ha convertido en habitual en los sábados que no almuerzo con mis hijos; mientras se cocinaba el primer lado sacamos a caminar a los perros.

Puse un temporizador -con veinte minutos- en el celular; el cual llevaba un minuto de estar sonando cuando retornamos de la caminata con los perros; entonces le dí vuelta a la tortilla y saqué la lechuga que debía picar para agregarle a los burritos.

También saqué de la refrigeradora un poco de tomate -mezclado con cilantro- que nos había sobrado de los almuerzos de la semana; Rb entró un poco después y se puso a preparar el pollo -con miel- que completa el relleno de la receta.

El almuerzo estuvo muy bueno -yo había sacado un poco de jugo de naranja que me había sobrado del desayuno, pero incluso eso tuve que volver a guardarlo, por lo copioso de la comida- y después me preparé un té de menta.

Después del almuerzo me metí a la cocina a lavar los -pocos- trastes que se habían acumulado durante el almuerzo -los del desayuno los había lavado antes de que viniera mi amigo- mietnras Rb se metió a su habitación a recibir algunas llamadas.

Después salió quejándose que se le hacía tarde y se metió al baño a tomar una ducha; y me pidió que alimentar a sus perros; lo que me frustra pues no quiero que esto se convierta en una rutina (ya me ha pedido lo mismo en alguna otra ocasión); afortunadamente los tres se alimentaron sin mucha dilación.

A las tres de la tarde Rb se terminó de preparar y se dirigió a su iglesia -quejándose por tener que salir de su casa, pero asumiéndo la responsabilidad que había tomado para ayudarle a varias amas de casa a aprender a leer y escribir-.

Yo me quedé viendo algunos videos en Youtube -nomás haciendo tiempo antes de dirigirme a la iglesia por Rb- hasta las cinco y cuarto; a esa hora me vestí y me dirigí caminando hasta el comercial cerca de donde se encuentra la iguesia.

Pasé por el McDonald's para ver si había actualización de los partidos del mundial -aunque se me pasaron tres pronósticos (casi al inicio) no quería dejar de lado el evento, aunque mis oportunidades de llegar al tercer lugar ya estuvieran muy bajas- desde allí caminé a la iglesia.

Entré al pasillo y pasé por el aula en donde Rb le imparte clases de alfabetización a tres señoras (y una niña); ella insistió en que entrara para presentarme a sus alumnas -aunque ya me conocían-; también para comentarme que le había entregado los anteojos a una de las señoras.

Luego me pidió que la esperara mientras iba a lavarse las manos; en el ínterin pasó el pastor a saludar; y la verdad es que ni siquiera estaba seguro que fuera él -supuestamente se han conocido por más de cuarenta años-; después pasamos al comercial pues debíamos comprar pollo en el supermercado del lugar.

Luego de pasar por la caja empezamos el camino de vuelta a casa; por la noche estuve leyendo un poco del libro de francés -Histoires Inédites du Petit Nicolas-; a las diez me retiré a mi habitación; y, por alguna razón -me sentía algo indispuesto del estómago- me costó conciliar el sueño. 

El domingo me desperté a las seis y media; me sentía algo raro del estómago; medité y retorné a la cama, en donde estuve casi una hora completando algunas lecciones de Duolingo; salí un poco después de las ocho, cuando escuché a Rb preparar la comida para sus perros.

Como habíamos acordado que acudiríamos al supermercado por la mañana -después de su desayuno- retorné a la habitación a leer un poco del libro en francés; hasta las nueve, a esa hora nos alistamos y caminamos hasta el extremo sur del boulevard.}

Después retornamos al supermercado de la mitad del camino y compramos un poco de bananos, una lechuga y un cartón de huevos; el sol estaba bastante quemante durante casi todo el trayecto; y cuando retornamos a casa me tocó que pasar, nuevamente, al baño -en total fui tres veces en el día-.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros; luego preparé una gran ensalada y Rb preparó las alitas dominicales; almorzamos bastante temperano; yo había previsto salir a las tres y media -por eso había desayunado tarde- pues había quedado con el excompañero de trabajo con el que me reecontré al año anterior de reunirnos a las cuatro.

Pero este tipo me había escrito un poco antes de mediodía pra comentarme que le había surgido un compromiso familiar, y pidiéndome que cambiáramos la reunión para otro día; le contesté indicándole que quedaba a la espera de su comunicación.

Después del almuerzo me puse a buscar una forma de ver el partido de Brasil contra Noruega; y es que Rb me pidió que viéramos los dos partidos del día; al final instalé una VPN en mi computadora con Ubuntu y vimos el partido en un sitio de un canal de televisión inglesa.

Fue una sorpresa ver cómo Brasil perdía -muy mal- el partido, con lo que quedó eliminado; después estuve buscando la forma de ver el partido de México contra Inglaterra -yo había pronosticado que México perdería (como sucedió) y Rb había insistido -más por broma, creo- que ganaría; y apostamos un pastelillo contra unas cashew-.

Y quien encontró la forma de ver el partido fue Rb: halló una página sudamericana que concentra varias páginas de cadenas que transmiten algunos partidos del mundial; y en una de las mismas nos pusimos a ver el segundo único partido que he visto durante este evento.

Estuvimos viendo el partido hasta que Rb tuvo que levantarse a darle de cenar a sus perros -a las nueve menos cuarto-; después del mismo me quedé en la habitación de Rb, adelantando un poco del libro que da título a este texto.

Como era de esperarse -o al menos, como había pronosticado en mi quiniela- Inglaterra le ganó a México -la verdad ninguno de los dos países me cae bien: uno por haberse quedado con una gran parte del antiguo territorio de este país, el otro por quedarse con otro pequeño trozo, en un tiempo más cercano-; pero esperaba que ganaran los europeos (por su nivel de futbol).

El lunes me levanté a las seis y media; por error no desconecté la alarma sino que le puse pausa, por lo que fui interrumpido llevando cinco minutos de meditación; entonces reinicié el periodo, hasta completar los veintiséis minutos.

El día estuvo bastante tranquilo: las dos reuniones diarias con el equipo completo no tuvieron muchas novedades -aunque ahora ha estado entrando el PM por el cambio reciente de la plataforma con la que se le dá seguimiento a las tareas-; pero la del equipo sí estuvo más tardada: terminé desayunando casi a las once.

El horario original de esta reunión -aunque pasó mucho tiempo sin realizarse- es de nueve cuarenta y cinco a diez; o sea que el lunes se llevó casi una hora adicional; luego de esta reunión hicimos la rutina de ejercicios de los lunes; Rb se había pasado casi toda la mañana en su habitación, traduciendo llamadas.

Después de los ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego calentamos la primera porción de pollo con manzanas verdes; la cual almorzamos acompañado de una ensalada de tamaño mediano; como terminamos el almuerzo un poco después de la una, estuve viendo algunas partes del partido España-Portugal -ganaron los primeros, sumando dos puntos en mi quiniela-.

Por la tarde no hubo mucho que hacer -o no quise meterme mucho en los pendientes del trabajo-; nomás corrí un par de veces los casos automatizados que logré reparar la semana anterior; me parece que estuve leyendo algunos capítulos del libro que da título a este texto.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; no teníamos una lista específica para las compras, nomás queríamos completar la caminata diaria; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino; en donde compramos algunos bananos.

Cuando regresamos puse el partido del Imperio del Norte contra Bélgica; del cual no tenía muchas esperanzas: había pronosticado que el Imperio caía, pero unos días antes se había difundido una noticia rara sobre este equipo; la asociación había anulado la suspensión al goleador del equipo, por lo que podría jugar.

Y, supuestamente, sucedió por presiones del presidente de este país; también, supuestamente, era la primera vez que se tomaba una medida de este tipo; entonces, temí que el partido reflejara esa lucha de poder y los europeos dejaran que el Imperio ganara; afortunadamente no sucedió así.

De todos modos nomás ví una pequeña parte del partido -terminaron cuatro a uno, nomás ví el primer gol- pues me pareció más interesante terminar la parte que estaba leyendo del libro en español; luego empecé a leer -aunque no creo terminar- un libro de un motivador que había encontrado unos días antes.

El martes fue el día en que más tarde he meditado -por la mañana-; aunque este periodo -creo que ya pasé los ochocientos días- ha tenido otros incidentes similares: me parece que en una ocasión se me olvidó por completo meditar -no recuerdo si por la mañana o por la tarde-; también tuve meditaciones 'parciales': por estar en un bus, o por interrupciones de Rb.

Y lo que sucedió fue que olvidé reactivar la alarma el día anterior: cuando me desperté el lunes no cancelé la alarma sino que presioné -por error- la opción para aplazar; esto hizo que sonara la alarma cuando llevaba cinco minutos meditando; entonces la cancelé, completé el período, pero se me olvidó reactivarla para el día siguiente.

Entonces, el martes me despertó el ruido que Rb andaba haciendo por la cocina -lleva más de un mes de estarse levantando a las siete de la mañana para traducir llamadas-; ese día no estaba contestando llamadas: como habían -el día anterior- indicado que el instalador de internet vendría a las siete de la mañana, Rb decididió que no se conectaría temprano.

La cuestión es que se puso a preparar el pollo que está consumiendo en el desayuno -y en la cena, me parece- y fue lo que provocó todo el ruido; yo quería seguir durmiendo pues estaba esperando la alarma; pero abrí los ojos y ví la hora: ya eran las siete y diez.

Entonces tomé la computadora del trabajo -la había estado dejando a un lado de la cama- y la utilicé para entrar a la primera reunión del equipo; y justo entré cuando estaban revisando una de las tareas en las que debía estar trabajando; pero no se requirió mi participación.

Después de la reunión salí a la sala: mi amigo asiático me había escrito para comentarme que lo habían llamado de la compañía de internet y que el técnico se presentaría en quince minutos; entonces, como nos había indicado la vendedora, desconecté el router que estabamos usando.

Y allí sucedió algo que será recordado por mucho tiempo: dejé caer un boomerang que Rb trajo de Australia en su viaje de hace un par de décadas; y el objeto de madera se partió: fue un trozo de casi una pulgada; me disculpé profusamente y ofrecí repararlo; lo que hice un poco más tarde, pero creo que la cola blanca no fue una buena opción.

El técnico vino un rato después e instaló el nuevo router en la habitación de Rb -para facilitar su trabajo como traductora-; todo el trabajo se completó unos minutos antes de mi reunión de las nueve de la mañana; la que empecé tomando en el celular.

Casi al final de la reunión pude trasladarla a la computadora del trabajo; aunque en esta reunión mi participación es -aún- menor que la primera del día; como Rb tenía que ir a su clase de Zumba empezó a prepararse, mientras yo entraba a la reunión de las diez menos cuarto.

Esta estuvo un poco más animada: volvió a participar el PM, para explicar las medidas que se habían acordado en la primera del día; y el supervisor me pidió que preparara un documento con estas instrucciones, como una guía para el equipo.

La reunión no fue muy tardada -aunque yo grabé la primera parte de la misma, para tener un registro de las instrucciones-: quizá el doble del tiempo originalmente asignado; cuando me salí de la misma entré a mi habitación a completar el periodo de meditación.

Rb retornó de su clase de zumba un poco después de las once; yo había empezado a tomar mi desayuno cinco minutos antes de esa hora y aún no había concluido a su vuelta; entonces se encerró en su habitación, para tomar algunas llamadas de traducción.

Mi hija mayor me había pedido un préstamo de ocho dólares bastante temprano -para algo de materiales de alguna de sus clases- y le hice la transferencia un poco antes del mediodía; después de sacar a caminar a los perros calentamos la segunda porción de pollo con manzana verde.

Cuando terminamos de almorzar me tomé un café, con unas galletitas; luego me encargué de los trastos del día; entonces me puse a trabajar en serio: por la mañana mi supervisor me había pedido que preparara un documento para estandarizar la creación de hallazgos.

Me había pasado la mañana sin entrar en el tema; pero luego me dije que mejor lo completaba de una vez y utilicé un par de LLMs para la primera versión -genérica-; tomé este documento y le agregué toda la información específica de nuestra área.

Cuando completé una versión que me pareció aceptable le envié el documento a mi PM, mi supervisor en el imperio del norte, y mi supervisora local; luego le envié una copia -por mensaje- al analista que mejor me cae; y él fue el único que me envió un comentario de vuelta: le pareció bien. 

Después del horario laboral, caminamos hacia los supermercados en dirección norte; no teníamos algo específico por comprar, excepto que Rb andaba en búsqueda de unos especieros; recuerdo que en alguna otra ocasión habíamos evaluado los que tiene la tienda; pero en esta ocasión se decidió por unos con tapa de bambú (o imitación de bambú, no sé).

Por la noche empecé a ver la tercera película de la actriz de Eleven sobre la hermana de Sherlock Holmes; por alguna razón ví la segunda -la primera la vimos con Rb- y la tercera sigue más o menos la misma línea; también continué con el libro en inglés.

El miércoles me levanté a las seis y media, medité y entré a la primera reunión del día; y ya había previsto que sería un día cargadito -al menos en este sentido-: además de las dos reuniones diarias tenía la quincenal con mi supervisora local (aunque esta se superponía completamente a la de mi equipo).

Tanto la primera reunión -a las siete- como la de las nueve no tuvieron una mayor trascendencia; excepto que la primera se alargó más del doble -usualmente tarda quince minutos- por una discusión acerca de la forma en la que se manejarán los hallazgos en la nueva plataforma.

El mismo tema volvió a surgir en la de las nueve; en privado le comenté al PM que eso debía definirse antes de las discusiones; pero luego ví que el desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad le estaba haciendo los mismo comentarios en el grupo general; entonces borré mis comentarios privados; o sea, no quiero meterme en el berengenal.

A las nueve y media escribí en el chat del equipo que no estaría en la reunión porque tenía reunión con mi supervisora local; el supervisor en el Imperio del Norte también escribió comentando que estaba en otra reunión y que, si se reunían, le plantearan sus inquietudes al PM; al final no se reunieron.

Yo entré a las nueve y media a la reunión con mi supervisora, quien llegó cinco o seis minutos más tarde; y en esta ocasión sí tenía noticias: por una parte, confirmó que el equipo local sí será parte de la venta del área a la empresa canadiense; por otra parte, según ella, se formará una pequeña oficina acá, para tercerizar los servicios de los que quedaremos huérfanos (cuatro personas en QA y tres en desarrollo).

Aunque me había propuesto no hablar sobre libros -como la última vez, especialmente- terminamos con The Good Life -además de otras dos otres referencias-; además, le agradecí por el tiempo en el que habíamos trabajado -casi tres años-; ella me comentó que apreciaba mi -al igual que del desarrollador que me ayudó con el curso- actitud intelectual.

La reunión se extendió un poco más de la media hora programada; al final nos despedimos, esperando vernos el jueves veintitrés de este mes: en esta fecha ha sido programada la segunda reunión trimestral del equipo local -no preveo un buen desarrollo-.

El resto del día fue más bien tranquilo: nomás puse a correr, dos o tres veces, los casos automatizados; a las cuatro y media -porque Rb tenía su clase de Teología- salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; hasta el extremo del boulevard.

Entramos al supermercado que está casi al final del boulevard a ver si había pechugas de pollo en filete -no había-; luego, en el otro supermercdo compramos un poco de bananos -no había lechugas- y allí sí encontré pechuga de pollo en filete.

Después, en el camino de retorno, pasamos a la tienda de las verduras; en donde Rb compró una a casi el doble de precio que en el supermercado -una (la más grande) de las razones por las que no me cae bien esa gente: siento que se aprovechan de la buena voluntad de Rb para venderle todo más caro-.

Cuando regresamos me metí en mi habitación porque no sabía si tendría la clase de educación ambiental en la que había estado participando durante las últimas semanas (se suponía que ya había terminado dos semanas atrás pero, sorpresivamente, la semana anterior habían impartido una clase).

Me conecté desde diez minutos antes de la hora y estuve esperando hasta cerca de media hora más tarde -en el ínterin, una de las organizadoras había compartido el enlace de conexión; y me había confirmado que sí habría clase-; al final entró uno de los organizadores a anunciar que ya no habrían más clases: la de la semana anterior había sido la última.

Después de eso estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo; y adelantando en el libro del título; hasta que escuché que Rb terminó su clase de Teología; entonces me pasé a su habitación y me puse a continuar el curso de Data Science en Python que he estado completando poco a poco.

Y a ver cómo sigue eso...

sábado, 4 de julio de 2026

Historias inéditas del pequeño Nicolás... Untold Stories of Little Nicholas... Histoires Inédites du Petit Nicolas...

Mientras mis hijos iban creciendo encontramos varias series de libros infantiles; aparte de Harry Potter -que al final final no fue tan infantil- y Narnia, las aventuras del Pequeño Nicolás fue una de las que mas les gustaron: creo que no notamos que originalmente era literatura francesa, pero las aventuras de los niños eran bastante identificables.

Entonces, cuando empecé a aprender francés -en Duolingo- (hace ya más de cuatro años), esta serie fue una de las primeras que intenté leer en ese idioma; y mis primeros intentos no fueron muy exitosos: el lenguaje es sencillo pero había algunos términos que no reconocía.

Y bueno, un par de años después volví a intentarlo y esa vez me fue mejor; también leí varios libros un poco más serios -o no tan infantiles?: La blague du siecle, Les yeux de mona; y así; pero, luego de una pausa leyendo en ese idioma, decidí retornar a Nicolás.

Y el título al inicio de este texto es el más extenso que he encontrado; pero, entendí que no es obra de los autores originales; me parece que quien escribe es la hija de uno de los que empezaron la serie, y los dibujos si pertenecen al otro.

Y a ver cómo va eso.

El domingo me levanté a las seis y media; después de meditar y completar lecciones de Duolingo me quedé en la cama, leyendo un poco; como preveía que comería tarde -tenía una reunión con un ex compañero de facultad a las seis, no quería desayunar muy temprano.

Así que nomás esperé a que Rb desayunara pues me había pedido que fueramos a la tienda de ropa de segunda mano: quería buscar un par de tenis para sustituir los que ya no le estaban funcionando; un poco después de las nueve y media salimos de casa.

En la tienda Rb encontró un par de -muy buenos- tenis (un par de una marca suiza) y un par de piezas de ropa; después de pagar por las compras retornamos a casa; y ya habían pasado las once cuando empecé a preparar mi desayuno.

Después de desayunar sacamos a caminar a los perros; luego preparamos las alitas dominicales; por la tarde me dediqué a leer un poco del libro en español que llevaba adelantado, además me quedé dormitando un rato en la cama.

A media tarde salí de la habitación para ayudar a Rb con la preparación de los almuerzos para la semana (dos días de rollitos de papel de arroz, dos días de tacos de pescado - por la mañana habíamos comprado pescado en la tienda de segunda-); tuve que rallar una gran cantidad de zanahoria, partir un güisquil y una libra de champiñones.

A las cinco y media tomé la van y me dirigí al mismo comercial a donde habíamos caminado por la mañana; llegué unos minutos antes de las seis y me dirigí a los servicios sanitarios, pasando por el supermercado, en donde me conecté para avisarle a mi amigo que ya había llegado.

Pero allí me dí cuenta que él me había escrito antes, comentándome que ya estaba en el lugar; y, efectivamente, lo encontré sentado a una mesa en el interior; compramos un par de capuchinos y un par de porciones de pastel (yo creía que cargaba la tarjeta de débido de Rb, pero mi amigo pagó el consumo).

Luego estuvimos por un poco maś de una hora en el lugar, poniéndonos al día de la vida de cada uno: él tiene -otra vez- una posición en una institución gubernamental; sus hijos están por salir de la universidad y sus sobrinas -su hermano murió el año pasado- están por entrar a los estudios superiores.

Cuando le comenté de mi situación laboral -la absorción del departamento en el que trabajo por parte de otra empresa- recordé por qué es que trato de que nuestras reuniones no sean muy frecuentes: empezó a darme un discurso sobre Marketing Digital y Trading.

Un poco después de las siete nos despedimos y retorné a casa; en donde tuve un conflicto bastante serio: cuando revisé mis billeteras me percaté que no tenía la tarjeta de débito de Rb; temí que la había extraviado y se lo comenté a Rb.

Quien reacción de una forma bastante común en ella: bastante histérica; busqué la tarjeta en la habitación y en el auto; y luego escuché mientras ella llamaba a su banco para bloquear la misma y solicitar su reposición.

Discutimos un poco mientras todo esto pasaba; pero, al igual que en otras ocasiones, nomás me retiré a la habitación en la que duermo, esperando a que se calmara el temporal; un poco más tarde Rb entró (ni siquiera me pidió ayuda para porcionar los almuerzos) y conversamos un poco sobre lo sucedido; su visión: se frustra porque no reaccion de la forma en la que ella espera a estos acontecimientos.

El lunes me levanté a las seis y media, medité y luego realicé algunas lecciones de Duolingo; como no tenía que trabajar -era un día de asueto nacional, por el día del ejército- me quedé un buen rato en la habitación avanzando un poco en mis lecturas.

Salí un poco después de las diez a preparar mi desayuno; luego me quedé en la mesa de la sala, con mi computadora personal; un poco antes de las doce completamos los ejercicios del Lunes, luego sacamos a caminar a los perros.

Cuando regresamos de la caminata calentamos los ingredientes del primer almuerzo de la semana: rollitos de papel de arroz, con lechuga, pollo con champiñones, y guacamol; después del almuerzo me preparé un café -el que consumí con un poco de galletas y del pastel que Rb me regaló el viernes anterior-.

Después del café lavé los trastes del día luego me quedé un rato en la habitación, jugando scrabble online en el celular; a las tres y media me estaba alistando para salir cuando ví que mi amigo el Testigo de Jehová me había enviado un mensaje; traté de llamarlo -desde el teléfono de Rb- pero no contestó.

Entonces recibí un mensaje comentándome que ya estaba en el lugar -habíamos programado la reunión para las cuatro-, le contesté que salía en el acto y tomé la van para llegar más rápido al lugar -originalmente había previsto caminar-.

Antes de salir Rb me mostró lo que había encontrado en su habitación: la tarjeta de débito; o sea que, al final, no la había tomado el día anterior; lo que significa que nomás me tocará pagar la reposición de la misma -cuatro dólares-.

Cuando llegué al comercial en donde habíamos acordado encontrarnos ví que mi amigo estaba fuera del restaurante; pero también ví a su esposa en el cajero de las cercanías; entonces nos presentó -aunque yo ya la conocía-; y me comentó que nos acompañaría en la reunión.

Lo que estuvo interesante: se suponía que habían salido juntos porque necesitaban pasar a realizar un pago -o una compra, realmente no pregunté- a una tienda en las cercanías; ellos ordenaron unas pastas -es un restaurante italiano- y yo pedí el café y pastel de costumbre.

Estuvimos en el lugar por un par de horas, entre comida y conversación -y el partido de Alemania y Paraguay, perdieron los primeros-; a las cinco y media, mientras se celebraba el triunfo de Paraguay, Rb me llamó; no la escuché por lo que le devolví la llamada, y le comenté que ya empezaba mi regreso.

Y es que habíamos acordado que realizaríamos la caminata diaria cuando volviera de mi salida; nos encaminamos hacia los supermercados en dirección sur; no teníamos mucho por comprar, pero necesitábamos efectivo -antes de salir me envié una transferencia al celular-.

Pasamos al supermercado más cercano -allí está el cajero de mi banco-, sacamos sesenta dólares y continuamos caminando hasta el extremo del boulevard; en el camino de vuelta pasamos al mismo comercial y compramos un cartón de huevos.

Por la noche ví la primera parte -había intentado empezar a verla en un par de ocasiones- de Disclosure Day; la calidad está aceptable y la encontré con subtitulos en francés, lo que le agregó un poco de dificultad al proceso, pero también es interesante observar los modismos.

El martes me levanté a las seis y media, medité y salí de la habitación por la computadora del trabajo; pero no regresé a la cama, me quedé en la mesa del comedor para entrar a la primera reunión del día; a la cual no acudió ningún otro analista -ni el supervisor-.

En la segunda reunión -a las nueve- entró uno de los analistas pero tampoco se presentó el supervisor: ví en el estado de su perfil que estaba ausente por razones médicas; a media mañana Rb se dirigió a su clase de zumba.

Rb retornó de su clase de zumba un poco después de las once; a las doce sacamos a caminar a los perros; luego preparamos la primera porción de tacos: intenté calentar las tortillas de harina en el microondas y me quedaron mal: se tostaron.

Durante el día fue muy poco lo que avancé en las tareas del trabajo -aunque el supervisor había escrito al grupo, exhortando a continuar con las asignaciones-; además, vi un correo anunciando que la empresa se estaba deshaciendo del resto del equipo local.

Por la tarde terminé de leer Tretas y trucos para vivir mejor, también me quedé con la última parte de Criaturita; a las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección norte; en el camino pasamos a la farmacia pues Rb necesitaba algunos medicamentos para sus perros.

Y luego continuamos caminando en el boulevard principal, hasta la altura del comercial a donde habíamos acudido el domingo por la mañana -y por mi parte, el domingo por la tarde-; justo frente a este lugar existe una tienda que Rb quería visitar; pero estaba cerrada.

Pero, como estábamos justo frente al comercial, cruzamos el boulevard y entramos al supermercado a comprar una red de aguacates; después retornamos a casa; como mis hijos me habían transferido la cuota del mantenimiento del apartamente, por la noche estuve actualizando mis registros financieros.

Mi hija mayor me pidió un adelanto de su pago mensual -era algo que le había ofrecido, para evitar el pago de múltiples traslados de fondo en su trabajo-; también ví la segunda parte de Disclosure Day, estaba bien rara.

Miércoles, jueves y viernes estuvieron bien lentos, especialmente el último día: iniciaba el fin de semana largo del Independence Day en el Imperio del Norte; al menos terminé de leer Criaturita e inicié a leer el siguiente libro que había bajado en español.

El miércoles tuve las mismas tres reuniones por la mañana (la de las siete, la de las nueve y la del equipo); el supervisor intentó que trabajáramos en tareas -intrascendentes, realmente- relacionadas con la última liberación de la app que hemos estado probando por los últimos dos años.

Durante la mañana realicé los pagos que hago el primer día del mes: los treinta dólares a la cuenta de Rb y los ciento cuarenta y cuatro por los servicios mensuales del apartamento en el que viven mis hijos; también gasté cinco dólares en la Lotería Nacional.

Y lo que pasó fue que -el día anterior- me había dado cuenta que el billete que compré el año anterior, para el último sorteo del año (cincuenta dólares), estaba por vencerse -en tres días o así-: el último día de junio elegí un número para el sorteo de medio año -el segundo más caro de los doce meses- y un par de números para el sorteo mensual, con lo que me quedaba un pequeño saldo a pagar.

Lo malo es que, por alguna razón, el martes no pude realizar el pago -la página no me daba opción a ingresar la información de la tarjeta de crédito-; afortunadamente el miércoles pude realizar la transacción, con lo que no 'perdí' el reintegro de cincuenta dólares y adquirí dos billetes para el sorteo mensual y uno para el de medio año.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; pero sabíamos que no íbamos a entrar a ninguno de los dos: Rb tenía clase de Teología a las seis y media y salimos casi a las cinco a realizar la caminata; de hecho ni siquiera llegamos hasta el extremo del boulevard.

Un poco antes de llegar a la altura del supermercado más alejado dimos media vuelta y caminamos de vuelta a casa; cuando entramos Rb empezó a preparar su cena -le quedaba menos de media hora antes de entrar a su clase- y yo revisé si ya habían liberado el acceso en la plataforma del curso que había estado recibiendo durante los últimos miércoles.

Y no, aún no podía subir las últimas tareas a la plataforma; pero lo que me sorprendió fue que, de hecho, había clase ese día: se suponía que únicamente serían cuatro miércoles en los que tendríamos conferencias; la clase estuvo dirigida por un -otro- funcionario del Ministerio de Ambiente del país -la verdad es que las clases son (casi) un chiste-; aún me dió tiempo de ver la tercera parte de Disclosure Day.

El jueves, en la reunión del equipo -el supervisor la convocó una media hora más tarde-, se nos instruyó para que trabajáramos en varias tareas específicas durante el día siguiente: al principio esta persona creía que el equipo local también tendría libre el viernes; pero lo saqué de su error con un simple comentario: it's not our independence day.

Al medio día preparamos la segunda -y última- porción de tacos de pescado; de hecho a mitad de la caminata con los perros entré un momento a la casa para sacar medio dólar para comprar las tortillas de maíz que necesitaba para esa preparación -el lunes había utilizado tortillas de harina, con muy malos resultados: se habían tostado en el microondas-. 

Con tortillas de maíz los tacos quedaron mucho mejores que los del martes -el lunes y el miércoles habíamos preparado rollitos de papel de arroz rellenos con lechuga, pollo y guacamol-; al final de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección norte ya que Rb quería comprar unos recipientes herméticos en la tienda verde de descuentos.

Antes de pasar a esa tienda nos deviamos un momento hacia el supermercado que queda al inicio del boulevard: Rb quería sacar veinticinco dólares del cajero automático; ya en la tienda Rb encontró un par de recipientes con las medidas adecuadas -llevaba las medidas en dedos de la mano- para almacenar las galletas que está preparando -y consumiendo- últimamente.

De vuelta de la caminata pasamos a la panadería en donde encuentro el pan más económico: por un poco más de medio dólar compró el suficiente para mis dos desayunos del fin de semana; por la noche ví la parte final de Disclosure Day; y debo decir que esperaba un poco más de la misma: creí que era sobre reptilianos, realmente es sobre aliens y teorías de conspiración (como Roswell).

El viernes era un día libre para todo el equipo en el Imperio del Norte; por lo mismo preveía un día bastante relajado: me levanté a las seis y media, medité y encendí la computadora del trabajo; y ví que no habían cancelado ninguna de las dos -tres- reuniones diarias.

Pero también sabía que nadie las empezaría -lo cual, efectivamente, sucedió así-; entonces empecé a trabajar en dos de las tareas que me había asignado el supervisor el día anterior; la tercera la había completado la tarde anterior: actualizar un informe sobre el estado de las pruebas que realizamos cada mes.

Las dos tareas del día eran: agregar los pasos para reproducir un incidente en la app que probamos habitualmente; originalmente había adjuntado un video al reporte, así que tenía bastante frescos los pasos para completarlo; de todos modos me conecté a varios equipos en el Imperio del Norte, para adjuntar información más confiable.

La segunda tarea era actualizar un documento de pruebas que -se suponía- el analista que menos bien me cae nunca actualizó -o hizo un trabajo incompleto-; así que le agregué algunos pasos a uno de los procedimientos y agregué otra sección con las últimas pruebas que había realizado sobre la funcionalidad -y que había enviado por correo a mi supervisor unas semanas antes-.

Después de completar ambas tareas envié un correo mostrando el documento que había subido con el resultado de la segunda; el resto del día estuvo más tranquilo: nomás estuve corriendo varias veces los cincuenta y nueve casos automatizados que había preparado unas semanas atrás.

Y es que durante varios días -y después de la última liberación de la app- una buena cantidad de estas pruebas ya no estaban funcionando; entonces estuve utilizando varios LLMs para explorar alternativas; finalmente encontré una solución alternativa -luego de probar dos o tres opciones, por fin (por coincidencia) una funcionó-.

Por la tarde salimos temprano a la caminata diaria: Rb me había pedido que la acompañara a la sucursal del banco que está cerca de su iglesia; por la mañana había confirmado que su nueva tarjeta de débito ya estaba lista para ser entregada; la agencia la cerraban a las cinco de la tarde.

Entonces empezamos la caminata un poco después de las cuatro; llegamos a la agencia con un buen tiempo -el sol estaba aún quemante- y tuvimos que esperar un buen rato a que el agente de servicio al cliente nos atendiera -había un señor bastante campechano realizando algún trámite-.

Después de recibir la nueva tarjeta de débito pasamos al cajero automático a un costado del banco: en donde Rb cambió el pin al mismo valor de la emisión anterior; luego entramos al supermercado del lugar; en donde Rb compró un par de bolsas de manzanas verdes y un par de bolsas de pechuga de pollo.

En total eran casi diez libras de pollo, que me tocó cargar en una bolsa -no desechable- de tela; lo que me dejó marcado el hombro derecho; después del supermercado pasamos a una tienda de venta de ropa usada: un par de vecinas le habían comentado a Rb sobre las buenas ofertas del lugar.

Y no, las ofertas no eran tan buenas como en la tienda a la que acudimos normalmente a proveernos de ropa y calzado; pero sí encontré un par de tenis -siete dólares- que planeaba utilizar para las caminatas diarias -o las salidas que no hago con mis hijos-; Rb también compró un par de blusas.

Cuando pasamos por el supermercado del inicio del boulevard vimos una unidad móvil del servicio de salud pública del país: una persona -que, casualmente, Rb conocía- estaba esperando para ser vacunado contra el sarampión -al parecer hay una epidemia en el país-.

Entonces, a pesar de haber sido vacunado de niño, brindé mi información para recibir una dosis de la misma: la verdad es que no me importa mucho ser afectado -o morir- por una enfermedad de este tipo, pero sí convertirm en un factor de contagio que pueda afectar a otros.

Debido a las compras en la tienda de ropa usada y la vacuna regresamos bien tarde de nuestra caminata -casi a las siete de la noche-; por lo que Rb entró directamente a preparar su cena; yo entré un rato a mi habitación, a hacer algunas lecciones de Duolingo.

Después de que Rb cenó recogió sus bártulos del piso pues la había indicado que realizaría una limpieza de pisos -y vaciado de la mesa del comedor- ya que el sábado esperaba que mi amigo de ascendencia asiática viniera a desayunar.

Mientras barría y trapeaba los pisos -y limpiaba una mesa casi vacía- estuve escuchando algún podcast de Aprendemos Juntos de la fundación BBVA; y, después de completar estas dos tareas me puse a preparar los platos, vasos y cubiertos que usaría el día siguiente; ya no hice nada más: un poco antes de las diez me despedí de Rb, entré a mi habitación a meditar, puse la alarma para las cinco y media y me dormí.

Y a ver cómo sigue eso...