lunes, 20 de julio de 2026

Hermanito... Little Brother... Petit Frere...

Había leído algo de Cory Doctorow en el pasado; pero creo que habían sido artículos: al parecer es uno de los habituales en Wired y revistas de ese tipo; y no recuerdo muy bien cómo llegué al título que encabeza este texto; creo que estaba leyendo uno de sus últimos artículos, difundidos por HackerNews.

Me gusta la ciencia ficción -es uno de mis géneros favoritos-, pero no tenía la intención de leer algo de la temática -o al menos no estaba dentro de mi lista de libros pendientes-; pero busqué la bibliografía de Doctorow y apareció este como uno de sus mejores obras.

Y se ve interesante: un joven hacker -¿basado en él mismo?- que intenta abstraerse de un estado totalitario; leí en algún lugar que el mismo autor estaba viviendo en el Reino Unido (¿es canadiense?) pero se salió de allí al percibir un estado más intrusivo.

Y a ver cómo va eso...

El miércoles fue un día más bien tranquilo: la única variante fue la reunión de una hora -la del día lunes había durado más de dos horas- en la que el analista más brillante -en su penúltima semana- expuso la forma en la que había construido una suite de Jmeter -que no creo que pueda aprenderse en un día-.

Lo otro interesante fue el segundo partido de las semifinales del Mundial: yo aún estaba en el cuarto lugar en la quiniela del trabajo; y con la pérdida de Francia frente a España no varió mi posición -el quinto y sexto lugar, al parecer, habían pronosticado igual que yo-.

Y en el partido Argentina-Inglaterra tampoco se veía que iba a haber mucho movimiento: al menos en las posiciones cuarta, quinta y sexta: durante la mayor parte del encuentro Inglaterra estuvo arriba y no ví que se alterara el orden.

Pero, con el cambio de los últimos diez minutos del partido, hubo una revolución: al parecer el primer y segundo lugar habían apostado por Inglaterra; y el quinto lugar y yo apostamos por el mismo marcador a favor de Argentina, lo que nos dió un aumento de seis puntos.

Con lo que quedé en segundo lugar -empatado con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre-; aunque, por ciertas reglas de calificación del sitio (número de partidos correctamente pronosticados, y así), él queda en tercero y yo en segundo.

Al principio me emocioné porque me dije: nomás queda la final; no puede cambiar mucho; pero luego me dí cuenta que el quinto lugar está a un punto de nosotros -y también falta el resultado del sábado (Francia-Inglaterra)-; lo que aún otorga un margen de doce puntos para que cambien las posiciones.

Igual he tratado de practicar el desprendimiento con los doce dólares con los que contribuí a esta actividad; diciéndome que nomás lo hice para mejorar mi socialización al participar en una actividad de la que me hubiera apartado en el pasado.

La cuestión laboral estuvo rara: en la reunión del equipo el supervisor nos comentó -como quien no quiere la cosa- que la fecha en la que se espera que se realice la transición -por cuestiones financieras y contables- es el primer día de octubre (o sea, en mes y medio).

También nos comentó que se están redefiniendo los procesos de trabajo -aunque siguen siendo un relajo- y que, la semana anterior, uno de los directores había conducido una encuesta -in situ- sobre el nombre que adquirirá la nueva empresa; uego de estos anuncios nos estuvo asignando algunas tareas -ninguna de las cuales tomé en serio-: la analista del Imperio del Norte no ha dado noticias sobre la tarea que nos asignaron en conjunto.

Al mediodía -antes del partido- Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios de los miércoles; luego repetimos la secuencia diaria: sacar a caminar a los perros, calentar la -tercera- porción de los almuerzos semanales, café, lavado de trastos y té.  

Por la tarde estuve leyendo un poco del libro, del autor español, que se desarrolla durante la guerra civil española; a las cuatro y media -ya que Rb tenía clase de teología- salimos a caminar; la tarde se veía bastante gris.

Como no necesitábamos comprar nada -y se nos hizo un poco tarde porque la última llamada de Rb se extendió- decidimos nomás caminar hasta el extremo sur del boulevard y retornar a casa; como a medio camino de vuelta empezó a lloviznar, con lo que retornamos bastante empapados. 

Cuando entramos a casa me quité la ropa mojada; colgué el pantalón en la habitación de la comida de los perros y la playera en la silla que utilizo en el comedor; Rb preparó su cena y se retiró a su habitación para recibir su clase semanal de teología.

Yo estuve leyendo un poco, viendo algunos videos de Youtube y completando la penúltima clase de Data Science with Python en la academia de Cisco; cuando Rb terminó su clase me pasé a su habitación; pero ya no me dió tiempo de mucho.

El jueves me levanté a las seis y media, medité y jalé la computadora del trabajo a la cama, para atender la llamada de las siete; después me quedé en la cama, pero no me dormí: estuve completando algunas lecciones de Duolingo.

Un poco más tarde -casi a las ocho- pasé la computadora del trabajo al comedor y continué allí la jornada; teníamos programada la tercera reunión de training del analista que está por retirarse, pero el supervisor movió la reunión del equipo a la misma hora.

Y en esta reunión se dedicó a reorganizar las tareas -por alguna razón a mí no me asignó muchas y lo justificó indicando que yo estaba trabajando en los documentos (algo que no he siquiera iniciado)-; incluso el analista que vive cerca de la ciudad colonial me comentó -¿en broma?- que le llamaba la atención la preferencia.

Después de la reunión -que se alargó bastante- le realicé -a petición del supervisor- un par de ajustes al documento que había preparado unos días antes -sobre la forma de documentar los hallazgos-; también actualicé una tercera computadora remota con la última versión de la app que probamos (el día anterior había actualizado las dos de costumbre).

Antes de mediodía terminé de leer el libro de la psicóloga chilena sobre la vejez; y, la verdad, me agradó el final: prepararse, prepararse; durante la mañana había intentado comunicarme -por llamada de whatsapp y por llamada telefónica- con mi único amigo garífuna, pero no lo había logrado.

Dos días antes habíamos quedado de reunirnos en este día a las cuatro y media; pero él no me había confirmado nada -como había ofrecido-; pero un rato después me envió un audio por whatsapp, confirmando la hora y lugar de la reunión.

Rb acudió a su clase de zumba de diez a once de la mañana; cuando retornó le comentóe que saldrí al final de la tarde; ella se metió a su habitación a contestar algunas llamadas y -otra vez- la última se extendió más de lo que esperaba: a las doce y media saqué a caminar a los dos perros grandes.

Y la llamada se extendió tanto que completé las dos vueltas y los metí a casa mientras Rb continuaba con la llamada; entonces, luego de lavarme las manos, puse a calentar la última porción de pollo guisado; Rb salió -por fin- un poco más tarde.

Almorzamos -café incluido al final- y luego me quedé un rato en el comedor, viendo algunos videos de Youtube; un poco más tarde lavé los trastes y le preparé a Rb un té de manzanilla; aunque, antes de esto, sí trabajé un poco en las tareas pendientes.

O no tanto pendientes, sino en lo que me intersaba: un poco antes de mediodía había tenido una llamada con el desarrollador con el que nos hemos reunido un par de veces para compartir un café: había revisado una funcionalidad en la que había trabajado pero aún no funcionaba.

Y después del mediodía me reuní con el analista que está por salir: el día anterior había intentado ejecutar el código con los escenarios de prueba automatizados pero no había logrado que corrieran; -como era de esperarse- él lo resolvió (aclaró) en un par de minutos.

A las tres y media me preparé para salir; lo que hice a las cuatro menos cuarto: caminé hasta el inicio del boulevard para abordar un bus intermunicipal -afortunadamente decidí no sacar el auto: el boulevard estaba super embotellado-; en el bus me fuí armando el cubo de Rubik de seis por seis -luego de varias semanas de dejarlo de lado-.

Llegué al comercial en donde se estacionan los busitos con más de diez minutos de anticipación; aproveché para pasar a los servicios sanitarios del tercer nivel; después me dirigí a la panadería que se encuentra en el sótano del lugar: allí venden unos zepelines que acostumbraba comprar en el pasado.

Pero antes de llegar al lugar encontré a mi amigo -iba temprano a nuestra reunión-; nos saludamos y le pedí que me acompañara a la panadería; tenía la intención de comprar dos zepelines -en el pasado me habían costado medio dolar cada uno- pero nomás compré uno porque  ya habían subido de precio.

Mi amigo me ofreció una gaseosa del lugar, pero le indiqué que quería invitarlo a algo más formal en Burger King -como habíamos definido de antemano-; él se compró una pequeña gaseosa y nos dirigimos al restaurante.

Pero antes de llegar sentí la vibración del celular; ví que Rb me estaba llamando -de hecho tenía ya un par de llamada perdidas- y contesté: estaba bien preocupada porque no encontraba su tarjeta de débido -la que habíamos repuesto apenas unas semanas antes.

Rb me pidió que verificara si no la tenía conmigo y saqué mi portatarjetas y mi billetera para comprobar; en el ínterin seguíamos caminando hacia el restaurante; llegamos al mismo y nos sentamos a una mesa: allí me vacié los bolsillos y saqué todas las tarjetas: no estaba la de débito.

Como Rb se oía bastante preocupada le sugerí que bloqueara la tarjeta y pidiera una nueva; incluso me ofrecí a pagarle la reposición -son como cinco dólares- porque aún no me había cobrado la reposición de la anterior; colgué la llamada y, un rato después, Rb volvió a llamarme para comentarme que la había encontrado. 

En el pasado habíamos tenido un par de reuniones -con mi amigo garifuna- en el lugar; pero de eso hacía ya más de un año -la última reunión la habíamos tenido en el restaurante en el lado opuesto de la ruta del Transmetro- y encontramos el lugar bastante cambiado -para bien-.

Ordenamos -mi amigo se hizo cargo de la cuenta: diez dólares-, mi amigo un café y unas papas; yo un café y un pastel Hershey; y nos acomodamos en una de las mesas del lugar; en donde estuvimos durante la siguiente hora y media, poniéndonos al día de los últimos seis meses.

La noche anterior había revisado mis notas para ver cómo había estado la última reunión -a finales del año anterior- y me había dado cuenta que mi amigo se había mostrado muy entusiasmado en compartir su fe -cristiana, pero no denominacional- y me había mostrado cauto en este tipo de interacciones.

Pero la reunión del jueves no estuvo tan mal; creo que mi amigo compartió un poco más sobre su familia y sus emprendimientos actuales; incluso hablamos sobre brindarle soporte con la confección de una página web -al parecer ha estado recibiendo pequeños grupos de turistas y coordinado su estadía y movilidad dentro del país-.

La conversación estuvo muy buena y, a la seis de la tarde (había puesto una alarma), como habíamos acordado, salimos del restaurante y nos despedimos; mi amigo se dirigió a tomar el Transmetro y yo salí a la calle a tomar el bus intermunicipal (quería caminar desde el inicio del boulevard hasta la casa de Rb, para no  saltarme la caminata diaria).

El bus no tardó mucho en pasar -aunque había una buena fila de personas esperando- y no venía muy lleno; incluso encontré aún lugar en uno de los asientos del frente; me vine armando el cubo de Rubik y no puse mucha atención al tránsito -que, al parecer, estaba un poco pesado-.

Me apeé al inicio del boulevard un poco más tarde -el trayecto es bien corto, pero está la hondonada al fondo de la cual construyeron el puente entre ambos municipios- e inicié a caminar hacia la casa de Rb; en el camino terminé de armar el cubo de Rubik.

Entré a casa unos quince minutos antes de las siete y encontré a Rb esperando la hora de su cena; le pregunté por el pan que le había encargado y me comentó que lo había olvidado; le propuse ir a la panadería de la vuelta y me acompañó a comprar el pan para mis desayunos de tres días -un dólar-.

Cuando retornamos me conecté a Zoom para recibir la clase semanal de Storytelling -había decidido atenderla el jueves, y no el sábado, porque habían advertido que la del sábado sería nomás la reproducción del jueves-; la cual estuvo bastante aburrida: la señora se dedicó nomás a presentar ejemplos de campañas de publicidad del pasado.

O sea, había visto el video de la clase durante la semana y el contenido me había parecido bastante atractivo; y en las semanas anteriores la clase en vivo se ha centrado en el video -y la presentación- compartido; lo cual no fue el caso en esta ocasión; y la verdad no le puse mucha atención -o sea, era nomás presentación de ejemplos- y me puse a completar algunas lecciones de Duolingo.

La clase terminó a las ocho y me moví a la habitación de Rb; ella acababa de terminar su cena y estaba viendo una serie -en rumano-; aproveché el tiempo para actualizar mis notas -incluyendo esta-, preparar una propuesta de página web para mi amigo garifuna y completar la última clase del curso de Data Science with Python -dejé pendiente nomás la evaluación final-.

El viernes me desperté bastante temprano; había estado teniendo sueños bien raros -relacionados con viajes al pueblo en el cual crecí- y escuché que Rb salió de su habitación varias veces -sus perros grandes han estado con molestias de salud-.

Intenté continuar durmiendo pero no pude conciliar el sueño; ví el reloj y apenas acababan de pasar las seis de la mañana; entonces me levanté, desconecté la alarma de las seis y veintisiete y bajé al piso a meditar.

Después salí por la computadora del trabajo; y encontré a Rb, quien me comentó que la perra más pesada la había sacado varias veces de madrugada, por alguna molestia estomacal; y me pidió que me quedara en el comedor, por si necesitaba salir al patio -ella estaba por empezar a tomar llamadas-.

Me quedé en la mesa del comedor y entré a la llamada de las siete; la cual estuvo -ahora sí- un poco interesante: mi supervisor participó con una duda que surgió el día anterior con los otros dos analistas; el PM no podía usar bien la herramienta de análisis y participé más en la conversación.

Incluso, después de la llamada, me reuní un momento con el PM pues quería mi retroalimentación sobre lo que había pasado: no había podido mostrar la información que le pedían; nos reunimos brevemente y luego conversamos un poco sobre el cambio que se nos viene: el uno de octubre se supone que estaremos en una nueva empresa.

Durante la mañana ocurrieron dos eventos bastante raros: Rb salió bastante rápido de la habitación y me pidió un abrazo de consolación; por segunda vez en la semana una persona para las que traduce se había portado bastante pesado, terminando por colgar la llamada.

Rb estaba bastante devastada por lo sucedido y ya había perdido las ganas de continuar traduciendo; y, un poco después, experimentamos un movimiento telúrico bastante raro: la tierra se empezó a remover durante demasiados segundos.

Incluso creí que tendríamos que salir de casa -creo que aún no me había vestido-; salí a abrir la puerta frontal y ví como la malla, que separa la casa de Rb de la de su vecina, se balanceaba por el movimiento sísmico; un poco después empecé a escribirle a mis conocidos -e hijos- para saber si todo andaba bien.

Afortunadamente no hubo ninguna secuela: de todos los que contacté únicamente mi hijo me comentó que el agua del ecofiltro, que tienen en la cocida del departamento, se había desbordado; pero la hermana de Rb la llamó de vuelta y estuvieron conversando por más de dos horas; con lo que ya no entró a tomar más llamadas.

Al mediodía Rb me pidió -o yo me ofrecí- que la acompañara a la veterinaria pues tenía cita con el veterinario: durante dos o tres semanas debían inyectar a su perra más anciana; y justo cuando estaba saliendo la analista del Imperio del Norte me empezó a enviar mensajes en la aplicación del trabajo.

Nomás respondí a un par de estos mensajes y salí a arrancar la van; se suponía que el veterinario debía atender a Rb -y su perra- a las doce; llegamos unos minutos antes pero tuvimos que esperar media hora para que -luego de pedir una reprogramación- la pasaran a la clínica.

Después de que inyectaran a su perra Rb salió del lugar, abordamos la van y retornamos a casa; a donde venimos a preparar a los perros grandes para su caminata diaria; mientras la realizábamos Rb había dejado en el fuego los pescados del almuerzo -y yo había puesto a calentar la mezcla de champiñones y chile pimiento que habíamos preparado el domingo anterior-.

Después de la caminata almorzamos; después me preparé un café y lavé los trastes del día; un poco después preparé, para Rb, un té de manzanilla; a las cuatro de la tarde -como habíamos acordado- salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur.

Aunque Rb había acudido temprano a la tienda de las verduras, aún me faltaba un pepino (sin semillas) para la ensalada que planeaba preparar al día siguiente, para el almuerzo con mi hijo menor; también compramos un poco de bananos -todo en el supermercado de la mitad del camino-.

Cuando retornamos de caminar nos cambiamos de ropa para realizar la rutina de ejercicios de los viernes -no habíamos podido completarla al mediodía, por la visita a la clínica veterinaria-; después realicé la limpieza de pisos (por primera vez en dos semanas).

Después de realizar la limpieza me puse a preparar los rollitos de pollo para el almuerzo del día siguiente; cuando terminé de prepararlos los reservé en la refrigeradora, tomé mi computadora personal y me instalé en el sillón que Rb usa para recibir llamadas.

Quería finalizar el curso de Data Science with Python que había estado siguiendo durante las semanas anteriores; pero, me puse a ver un video de Youtube y me quedé dormitando en el sillón; incluso terminó el video, abrí los ojos cuando inició uno nuevo, pero seguí dormitando un poco más.

Después sí me espabilé y completé el curso en la plataforma de Cisco: en la evaluación final obtuve una nota de ochenta por ciento -el mínimo para aprobar era setenta y cinco-; después continué viendo más videos de Youtube -en el mismo sillón-.

El sábado me levanté a las seis y media; desde la noche anterior había decidido que prepararía el almuerzo, que pensaba compartir con mi hijo menor, antes de preparar mi propio desayuno; entonces, después de que sonó la alarma del celular me levanté a meditar; después me quedé un rato en la cama, completando algunas lecciones de Duolingo.

Rb entró un poco después de las siete y me comentó que estaría traduciendo llamadas -yo temía que, por lo sucedido el día anterior, ya no quisiera continuar con ese trabajo-; así que salí de la habitación e inicié la preparación de las ensaladas -ahora con siete ingredientes: tres tipos diferentes de lechuga, chile pimiento, zanahoria, aguacate, manzana verde, pepino y tomate-; después preparé las porciones de aderezo.

Después de preparar las ensaladas cociné los rollitos: batí un huevo, sumergí allí ambos rollitos, los rocié con harina de coco, los volví a pasar por huevo y, finalmente, los recubrí con avena en hojuelas; los puse en aceite a alta temperatura por un par de minutos, por ambos lados -los había aplastado un poco, para facilitar la cocción pareja-.

Mientras cocinaba los rollitos -veinticinco minutos por cada lado, a fuego muy bajo- preparé mi desayuno: el resto del huevo con harina de coco y avena lo mezclé con tres yemas, un poco de fibra de almendra y treinta gramos de repollo cocido; con eso preparé la torta para mi panito.

Después del desayuno estuve leyendo un poco, y viendo algunos videos de Youtube; Rb se pasó casi toda la mañana respondiendo llamadas; me había comentado que quería hacer ejercicios a las once por lo que a mitad de su rutina nos tocó que sacar a caminar a los perros grandes.

Después de entrar a los perros me metí a la ducha, luego me vestí y terminé de preparar la mochila con aislante térmico -el día anterior había metido un par de coquitas a la refrigeradora-; salí de casa algo tarde: ya eran más de la una y cuarto cuando arranqué la van.

Afortunadamente el tránsito no estaba tan tan cargado: o sea, las últimas siete calles antes de salir al boulevard principal estaban bastante llenas, pero el tránsito avanzó poco a poco; y la situación en la ciudad estaba un poco mejor; total que llegué con un par de minutos de anticipación al departamento de mis hijos.

Le escribí un mensaje a Rb para comentarle cómo había estado el viaje, y otro a mi hjo mejor para indicarle que ya había llegado; al entrar al departamento había visto a mi hija mediana en la cocina; luego de los mensajes salí de la sala y entablé una conversación ligera con ella.

Mi hio salió un rato más tarde; y le propuse que nos dirigiéramos al parque temático -encontré que su ánimo estaba mejor, creí que ya había renunciado a su empleo-; cuando llegamos al parque vimos a una señora negra con su hijito; y escuché que no se podía comunicar con el guardia de la entrada -debían revisar su mochila-.

Me ofrecí a ayudar y traduje un par de frases; luego me preguntó sobre el lugar para comprar un brazalete que dá acceso a todos los juegos mecánicos; le indiqué que era en el interior; luego nomás entraron al lugar; le propuse a mi hijo dirigirnos a las mesas de uno de los lugares techados.

Encontramos -en el mismo lugar donde almorzamos la semana anterior con mi hija mayor- bastantes opciones para acomodarnos y elegimos una mesa en el centro del lugar -buscando evitar la luz directa del sol- y procedimos a almorzar.

Después del almuerzo le propuse a mi hijo -al igual que había hecho con su hermana mayor- que escribiera un texto en la tapa de la caja de Scrabble; y le pareció la idea; aunque quiso retrasar la hora de hacerlo -y al final del día no lo hizo-.

Después del juego de Scrabble nos dirigimos a la rueda de Chicago; la cola estaba un poco extensa, pero decidimos esperar; abordamos la canastilla y esperamos a que empezara a girar -usualmente nos acomodan en soledad- pero nos tocó que compartir la misma con una señora y su hijo -de unos diez años-; y la señora estaba bien nerviosa.

De hecho su hijo indicó que padecía agarofobia -interesante selección de términos-; la cuestión fue que la señora me pidió permiso para abrazarme -o aferrarse a mi brazo, realmente-, pues realmente estaba temerosa; aunque mi hijo se rió por lo bajo -la señora lo notó- le indiqué que no había problema, y traté de generar una conversación para distraerla del entorno.

La señora nos comentó que había estudiado derecho -yo había empezado a hacerle preguntas de matemáticas a su hijo, y ella dijo que no le gustaban los números, que por eso había estudiado leyes- y que trabajaba en el ministerio público.

Por alguna razón sentí que la duración del juego se extendió más que otras veces; pero, al final, desabordamos la canastilla y nos despedimos de la familia; entonces empezamos a caminar hacia el departamento; aunque mi hijo me había pedido que pasáramos a un supermercado del camino.

Mi hijo quería comprar una espátula -de silicón- y algunos consumibles para la limpieza de la cocina; pasamos al comercial en donde nos habíamos refugiado la semana pasada con mi hija mayor; pero allí no encontró lo que buscaba.

Luego pasamos al comercial que se encuentra a un par de calles del departamento y allí, en una sucursal de la tienda verde de descuentos, mi hijo compró lo que andaba buscando; regresamos al departamento a las cinco y cuarto y, como habíamos acordado despedirnos a las cuatro, me despedí de mi hijo y bajé al sótano a tomar la van.

El tránsito estaba bastante tranquilo -no tan vacío como la semana anterior, pero bastante menos que los últimos meses-; vine a la casa a las seis menos cuarto, saqué al patio a los perros grandes y, luego, le envié un mensaje a Rb, comentándole que empezaba la caminata hacia su encuentro.

Me había cambiado de ropa, hacia la mudada de diario, y caminé a buen paso en dirección norte del boulevard; llegué al inicio del mismo y continué por el boulevard principal; como a medio camino encontré a Rb; me ofrecí a ayudarla con una bolsa del supermercado e iniciamos el camino de vuelta a casa.

Por la noche ví una parte del primer capítulo de una serie japonesa de Anime: una chica que caza monstruos en un futuro post-apocalíptico; que protege a su hermana pequeña -adoptada- y quien resulta ser -!- una alien; algo rara la serie, pero con bastante acción.

El domingo me levanté a las seis y media; era el día en el que se jugaba la final del mundial -la semana anterior había finalizado en el segundo lugar de la quiniela del trabajo, pero el día anterior el resultado Inglaterra-Francia fue contrario a mi pronóstico-.

Igual, le había comentado a mi hijo menor que no miraría durante el día -ni al día siguiente- cuál era la penúltima posición de la tabla de los participantes en la quiniela; después de meditar me quedé en la cama, haciendo algunos ejercicios de Duolingo -casi todo en Ajedrez-.

Después de completar más de media hora en Duolingo continué con el libro, del abogado español, que había empezado durante la semana;  y esperé a que Rb desayunara, antes de dirigirnos a los supermercados en dirección sur.

Rb terminó su desayuno después de las nueve y media y, después de preparar la mochila con aislante térmico, caminamos hasta el extremo del boulevard; luego entramos al supermercado que queda cerca del lugar; allí compramos seis piernas de pollo -con cuadril-.

Después nos dirigimos al supermercado de mitad del camino; allí compramos un par de lechugas y un poco de bananos; también le compré a Rb una bolsa de yuquitas -en realidad dos, porque estaban en oferta-: el día anterior ella me había obsequiado -pagado- un pingüino de chocolate, por una apuesta que habíamos hecho en el encuentro México-Inglaterra (yo gané).

Cuando retornamos del supermercado preparé mi desayuno; el cual salió mal: tenía varias semanas esperando mi segundo experimento de pan de nube; el cambio más importante era la utilización de sartén para cocinarlo -en vez de microondas-, pero lo que conseguí fue un panqueque mal hecho.

Igual lo consumí, con frijoles volteados y algunos trozos de jamón de pavo; también consumí uno de los pingüinos que Rb me regaló el día anterior; antes del mediodía habái estado investigando la forma de escribir una appa para móvil: me interesa -así como he hecho con mis gastos y el ayuno intermitente- darle seguimiento a mis estados de ánimo durante varios días.

Sacamos a caminar a los perros a las doce y media; antes de salir Rb había dejado las alitas dominicales en la sartén; cuando entramos de la caminata me dirigí a la cocina y volteé  las alitas de pollo; luego preparé dos enormes ensaladas.

Cuando empezamos a almorzar ya había empezado el partido España-Argentina -estaba programado para la una de la tarde-; yo había pronosticado un marcador de dos a uno, favorabe para los europeos; por lo que Rb llevó su computadora al comedor y estuvimos viendo la primera mitad del encuentro.

El plan -propuesto por mí el día anterior- era verlo con refresco -Rb había preparado de rosa de Jamaica el día anterior- y con snacks -por eso había comprado las yuquitas, y Rb me había regalado el pingüino-; pero, al final, sentí que comí mucho -me volví a sentir, al igual que las últimas veces que invito a amigos a desayunar, muy leno-.

Para la segunda mitad del partido movimos la computadora de Rb a su habitación y terminamos de ver allí los cuarenta y cinco minutos -y los treinta de los tiempos extras, ya que terminaron empatados-; y, al final, celebré el triunfo de España.

Un poco más tarde entré a la aplicación en la que once personas del trabajo habíamos estado pronosticando los resultados de los ciento cuatro partidos -yo había olvidado, el segundo o tercer día, pronosticar tres de ellos-; y resulta que terminé en tercer lugar -la señora que me cae bien logró superarme por un punto-.

Y el analista que vive en la ciudad colonial alcanzó el mismo número de puntos -o sea, estaríamos empatados- pero la página desempata con el número de pronósticos exactos y el número de correctos-, lo que me dió la ventaja final; no cabe duda que la suerte es interesante -fue el mensaje que le envié a varios amigos, mostrándoles el resultado de la quiniela-.

Después del partido intenté leer un poco del libro con el título de este texto, pero me estaba quedando durmiendo en la cama; un poco antes de las cinco le ayudé a Rb con la preparación del almuerzo: piqué unas ramas de cilantro y se las agregué al caldo que nos había sobrado la semana anterior, luego licué todo, para hacer una muy buena crema.

Después estuve trabajando un poco en la aplicación para dar seguimiento al estado de ánimo; uno de los LLMs que consulto me había dado código en Flutter para compilarlo en mi computadora con Ubuntu; pero las instrucciones de instalación no me funcionaron.

A las siete, después de que Rb preparara su cena -y gracias a que ella me lo recordó-, preparé las gelatinas de mis desayunos de la semana; luego empecé a ver el segundo capítulo de la serie japonesa que había iniciado el día anterior -por la mañana había terminado de ver el primer capítulo-. 

El lunes me levanté a las seis y media; había estado teniendo algunos sueños intensos, relacionados con la mamá de mis hijos; y, de forma rara, no nos llevábamos mal en el sueño, lo que no era real en la vida real -aunque de eso hace ya mucho tiempo-.

Después de meditar salí de la habitación -ahora dejo las dos computadoras en la habitación en donde está la comida de los perros, por las goteras sobre la mesa del comedor; y para evitar las luces en mi habitación-; tomé la computadora y la llevé a mi habitación; pero luego decidí quedarme en la mesa del comedor ya que Rb empezaba a responder llamadas.

La primera reunión de la mañana estuvo tranquila: aunque discutieron un hallazgo que había realizado unas semanas antes, no quise participar pues aún veo el proceso muy inmaduro; después de la reunión ví que el compañero que tiene tres trabajos -ahora cuatro- me había escrito.

Lo saludé y me comentó que era probable que renunciara hoy: por dedicarse a sus otros trabajos -como PM- no ha hecho casi nada en este trabajo -como QA-; que tenía reunión con su supervisor y sentía que iba a tener que renunciar porque no había hecho nada en mucho tiempo -lo que habla de la excelente supervisión en nuestro lugar de trabajo-.

Unas semanas antes habíamos hablado de que podía ayudarle con sus tareas atrasadas -aunque nunca hablamos de arreglos financieros- pero ya no me llamó cuando habíamos quedado de continuar conversando; entonces -otra vez- acordamos conversar más tarde.

A las ocho y media me reuní con el analista que estaba por retirarse al final de la semana laboral, y con mi compañero que vive en la ciudad colonial -el otro analista (el que menos bien me cae) andaba (nuevamente) de vacaciones-; ahora tocaba ver algunos ejemplos de la herramienta con la que el primero desarrolló pruebas de carga.

Y la verdad es que la tecnología está bien interesante; pero, al igual que con la automatización, no es algo que se pueda aprender en hora y media -o varios días-: se trata de un framework en Java y la configuración no es nada sencilla.

La reunión -que originalmente estaba programada para una hora- fue reducida a media hora; y cuando ya habíamos superado este tiempo me excusé por salirme, pero quería entrar en la de las nueve del equipo -igual había empezado a grabar desde le inicio de la misma-.

Entonces me pasé a la otra reunión, en la que nomás ví cómo cada desarrollador exponía las raones por la que no habían podido avanzar en sus asignaciones; un poco antes de la reunión con mis compañeros había estado conversando con la analista en el Imperio del Norte.

Ella me compartió algunos detalles adicionales sobre el server en el cual debía de haber empezado a trabajar desde la semana anterior; entré -por fin- y revisé el programa -el cual no funcionaba-; después de que le ajustara algo quedó listo para empezar.

A las nueve menos cuarto entré a la reunión del área; en la misma el supervisor volvió a lamentar que el compañero más brillante se retiraría el viernes; pero este le comentó que de hecho el viernes ya no trabajaría pues debía ir a devolver el equipo; y yo agregué que tampoco haríamos mucho el jueves pues es nuestra reunión trimestral.

Después de esta reunión me puse a preparar el desayuno; en paralelo empecé a trabajar en la tarea que comparto con la analista en el Imperio del Norte; pero también conversé con el desarrollador con el que ya nos hemos reunido un par de veces para compartir un café y un pastel.

No me había percatado que él era el organizador de la quiniela en la oficina -hay dos personas que se llaman casi igual-; entonces lo felicité por la iniciativa, y creo que estuvo bien que habláramos, pues él creía que había un empate en el tercer lugar; pero no, de acuerdo a la misma webapp, aunque el compañero de la ciudad colonial y yo obtuvimos el mismo punteo, yo quedé en tercer lugar por tener más pronósticos exactos.

El desarrollador me comentó que había realizado la organización de la actividad en conjunto con nuestra supervisora local; y me comentó que ya había confirmado con ella que se respetarían las reglas proporcionadas por el sitio web; igual, el premio por obtener el tercer lugar serán como doce dólares -lo mismo que pagué para entrar-.

Por la mañana también trabajé un poco en la app que se me había ocurrido la semana anterior -para medir (aleatoriamente) el nivel de energía durante el día-; había visto un poco de esto durante el fin de semana pero muy superficialmente.

A las doce Rb salió de su habitación -a mí se me había olvidado que debíamos hacer ejercicios- y realizamos la rutina de ejercicios de los lunes; después sacamos a caminar a los perros -pero antes puse (a fuego muy bajo) a calentar las tres piezas de pollo dorado de cada uno, y la sopa-.

Cuando retornamos de la caminata preparé un par de ensaladas -medianas-; almorzamos los tres platos y luego me preparé un café -aún me quedaba un pequeño trozo del zepelín que había comprado el jueves pasado-; después lavé los trastes y le preparé un té de manzanilla a Rb.

Por la tarde pude, por fin, compilar la app que estaba trabajando en Flutter/Kotlin y la trasladé a mi celular; ahora será de probarla par ver si puedo mejorarla; también estuve pensando en subirla a la app store -pagué la membrecía como desarrollador antes de la pandemia-.

También logré -luego de muchos intentos- pagar el segundo semestre del impuesto de propuedad del departamento de mis hijos -doscientos treinta y cinco dólares-: el sitio de la municipalidad no me dejaba entrar -había olvidado la clave- y no lograba recibir un link para recuperar las credenciales de ingreso.

Afortunadamente encontré la clave anterior en mi correo -no sé cómo no había borrado la información, y cómo una clave generada por el sitio no está marcada como temporal-; como acababa de recibir el depósito de la segunda quincena de Julio utilicé parte de ese dinero para ponerme al día con los impuestos de propiedad -y el resto lo pasé a la cuenta en la que manejo la mayor parte de mi efectivo-.

Por la tarde leí un -muy- poco de Little Brother; la noche anterior había decidido que serían cuatro capítulos por ciclo, y apenas acababa de terminar el primer capítulo; como Rb tenía una reunión -por el sesenta y dos aniversario del proyecto en el que trabaja- a las seis de la tarde, me pidió que saliéramos a caminar a las cuatro y media.

Así que a esa hora cerré la computadora del trabajo -y la personal: apenas pude terminar la compilación de la nueva app en mi celular-, me vestí para la caminata y nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; aunque nos tocó que retornar a casa como a media cuadra: habíamos olvidado la mochila con aislante térmico.

Y es que Rb había planeado comprar pechugas para su perra más anciana -y quizá, para los almuerzos de la siguiente semana-; entonces retornamos a casa, saqué la mochila y reiniciamos la caminata; hasta el extremo sur del boulevard.

Aunque nos detuvimos en el comercial que queda a mitad del camino: Rb tenía que pasar a la veterinaria para pedir una cita para el tratamiento semanal de su perra más anciana; y en la veterinaria la programaron para el martes a las cinco; luego continuamos la caminata.

Después de llegar al extremo del boulevard cruzamos al otro lado; allí, en el supermercado de las cercanías, Rb compró una bolsa completa de pechugas de pollo -fueron como ocho libras, y veinte dólares-; las metimos a la mochila y empezamos el camino de retorno.

El cual fue directo a casa -no necesitábamos comprar nada en el supermercado a mitad del camino-; cuando etnramos metí la bolsa de pechugas en el freezer del refrigerador y, después, me metí a la habitación a hacer lecciones de Duolingo.

Rb se preparó su cena y luego se refugió en su habitación; y por la hora y media siguiente estuvo en una reunión con personas de varios países en donde existen actividades del proyecto en el cual trabaja; cuando la reunión terminó salí a la mesa del comedor para enviar un par de mensajes -con los resultados- a la analista en el Imperio del Norte, y actualizar mis notas -incluyendo esta-. 

 Y a ver cómo sigue eso...

martes, 14 de julio de 2026

El cocinero de cuatro horas... The 4-Hour Chef... Le cuisinier de quatre heures...

Hace muchos muchos años, cuando aún leía -asíduamente- libros de ese tipo, recuerdo haberme encontrado con el título The 4-hour workweek; pero creo que para ese punto ya me había desencantado con este tipo de publicaciones -durante mucho tiempo consumí a Og Mandino, Norman Vincent Peal, Stephen Covey y más de esa calaña-.

Entonces no lo incluí nunca en alguna de mis listas pendientes; hasta que unas semanas atrás me econtré con un artículo de Tim Ferris en HackerNews; en el mismo este tipo indicaba que consideraba muerto el sector de libros de no ficción, gracias a la Inteligencia Artificial.

No sé si sus argumentos son válidos; creo que es muy diferente leer artículos, investigar, consultar libros de no ficción, con la bazofia que generalmente los LLMs intentan hacer pasar por redacción; pero bueno, cada quién con su opinión.

En el artículo ¿cómo no? el autor se refería a uno de sus libros -el que titula este texto- como un buen punto de inicio para aprender a aprender -sea lo que eso sea-; por supuesto que es un libro de motivación, con muchas anécdotas -y pruebas anecdóticas-; pero me llamó la atención, entonces decidí leerlo -aunque no terminarlo: son más de mil setecientas páginas-.

Y a ver cómo va eso...

El jueves me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bien raro: en el mismo mis hijos estaban pequeños -o adolescentes- y yo los llevaba a algún lugar -tipo el viaje que hicimos a la Suiza centroamericana-; pero también participaba la mamá de ellos.

Su participación no era necesariamente amigable, o cooperativa; pero, en algún punto andaba yo tratando de encontrarla, o llegar a donde ella se encontraba; y, por alguna razón, no estabamos peleando... super raro.

Entonces, el despertar fue bien extraño; pero me bajé al piso y medité los veintiséis minutos del ciclo en curso; después volví a la cama e hice más de media hora de lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez-.

Salí al comedor un poco antes de las ocho y media y partí la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos -también quería esperarme hasta las nueve menos cuarto, por si Rb me necesitaba para alimentar a sus perros-; pero ella también salió de su habitación un poco más tarde -había estado contestando llamadas desde las siete-.

Entonces le confirmé el plan que le había comentado la noche anterior: quería ir a la cooperativa a depositar cincuenta dólares en cada una de las dos cuentas -por no tener mi documento de identificación no pude cerrar estas cuentas, por lo que me tendría que esperar exactamente un año para hacerlo-.

Me vestí y salí de casa un poco después de las nueve; el día estaba nublado por lo que la luz solar estaba bastante atenuada; caminé hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb; pasé al cajero automático -que se comportó bien extraño- y extraje cien dólares.

Luego pasé a la cooperativa y deposité la mitad en cada cuenta de ahorros; después entré al supermercado a ver si había aguacates en buenas condiciones: y sí, encontré una red con nueve pequeños aguacates con un nivel de verdor aceptable; después empecé el camino de vuelta a casa.

Retorné un poco antes de las diez y media y me preparé el desayuno: cinco cucharadas de avena en hojuelas, un banano -aunque luego del desayuno tomé otro-, un poco de papaya y una gelatina -ah! y tres almendras-.

Luego me quedé en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube y actualizando mis notas -incluyendo esta-; Rb salió en un par de ocasiones de la habitación, durante sus horas de tomar llamadas del Imperio del Norte.

Al mediodía salió definitivamente y completamos una rutina de ejercicios más extendida -es lo que hace cuando no acude a clases de zumba, los martes o los jueves-; después sacamos a caminar a los perros y preparamos la última porción de los almuerzos de la semana.

Durante la caminata de la mañana había visto bastantes automóviles en el boulevard -lo que atribuí al pago del bono catorce- y me había dicho que sería mejor utilizar el transporte público en mi salida vespertina; pero luego decidí que sacaría la van, y si veía mucho tráfico la retornaría a casa y llamaría una motocicleta.

A las tres y media -había puesto alarma- empecé a alistarme: tomé una ducha y me vestí para salir; a las cuatro tomé mi mochila y la caja de Scrabble e inicié el trayecto hasta el restaurante de pollo frito en donde solemos reunirnos con mi amigo poeta -ha publicado ya dos libros-.

Había previsto salir hora y media antes de la hora en la que habíamos acordado reunirnos -cinco y media-: él sale a las cinco de su oficina y, como se mueve en bicicleta por la ciudad, me había indicado que estimaba un viaje de media hora; yo había pensado pasar a llenar el tanque de la van, en caso no hubiera mucho embotellamiento.

Y no había mucho tránsito: por alguna razón encontré el boulevard bastante vacío; entonces pasé a echarle todo lo que pude de gasolina en la estación que se encuentra justo antes de entrar al boulevard principal -casi cuarenta dólares-; después continué mi viaje hasta el restaurante de pollo frito, llegando cuarenta y cinco minutos antes de lo previsto.

Entré al restaurante, me asignaron una mesa justo frente a las cajas, y le envié un mensaje a Rb, contándole lo temprano que había llegado; luego, cuando la mesera llegó a tomar la orden, pedí un café y un pastel tres leches; los que me tardaron casi el tiempo de espera -un poco después de las cinco le escribí a mi amigo para comentarle que ya estaba por allí-, mientras utilizaba los treinta minutos dobles -del challenge semanal- jugando partidas de ajedrez en Duolingo.

Mi amigo llegó un poco más tarde -no me dí cuenta de la hora porque estaba inmerso en una partida de ajedrez- y nos pasamos las siguientes dos horas -o un poco más- entre conversación y cena -pollo frito-; además empecé una nueva tradición: párrafo de recuerdos.

Se me ocurrió dividir la tapa de la caja de Scrabble en una cuadrícula de tres por cuatro e invitar a mis conocidos/amigos/familiares más cercanos a compartir un pequeño texto; el cual iniciaría -escrito por mí- con la fecha, el nombre, y una cita alusiva a la ocasión.

Le había sugerido a mi amigo que nos despidiéramos a las siete; pero cometí el error de invitarlo a una partida de Scrabble; no estimaba que la termináramos, pero él se emocionó co la partida y la terminamos bastante tarde.

Después de completar la partida pedí la cuenta -como veinte dólares-, y nos retiramos del lugar; en el estacionamiento nos despedimos e inicié el retorno a casa de Rb; por la noche ví una parte de la última película de Enola Holmes.

El viernes me desperté super temprano; ni siquiera había aclarado el día cuando abrí los ojos; me sentía lleno y recordé la cena tan tarde del día anterior; de hecho acababa de pasar de los tres meses de registrar mis días de ayuno intermitente y había sido el día con el período más largo de comida: dieciséis horas (tenía el cincuenta por ciento veinte/cuatro y el resto dividido entre veintiuno, y el resto hasta diecisiete).

En la llamada de las siete el supervisor en el Imperio del Norte soltó la bomba de que el analista más brillante había renunciado y se retiraría después de dos semanas; lo que, realmente, nos dejaba al resto en una posición bastante precaria: los dos proyectos más exitosos del área habían sido iniciados -y mantenidos- por esta persona.

Entonces fue un día de revisión de prioridades y de empezar a ver quién se estaría haciendo cargo de qué; al analista que vive en el pueblo donde mi padre creció le asignaron uno de los proyectos más pesados, pero a mí me asignaron la parte de automatización -que no creo poder continuar-.

Entré a la reunión de las nueve pero no hubo mucho que ver en la misma: los desarrolladores aún están acostumbrándose a la nueva plataforma; en la reunión de equipo -tocaba la que está programada cada dos semanas- se volvió a anunciar la salida del analista más brillante; y algunas medidas a tomar para compensar su partida.

Al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a los perros y luego almorzamos lo habitual de los viernes: pescado frito y ensalada; por la tarde estuve corriendo los test cases automátizados aplicándolos a un ambiente en el que no lo había hecho antes; el resultado no fue muy bueno.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; alcanzamos el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino; allí compramos un poco de bananos; también compré un pepino y jamón de pavo, para el almuerzo con mi hija mayor del día siguiente; por la noche continué con la película que llevaba a medias.

El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné un rato a la cama, a completar las lecciones matutinas de Duolingo; luego salí de la habitación pues tenía dos horas para preparar el almuerzo que me llevaría a la reunión mensual con mi hija mayor.

Y es que Rb me había pedido que la acompañara a renovar su licencia de conducir; habíamos acordado salir de casa después de que les diera de comer a sus perros -a las nueve menos cuarto-; entonces me ocupé con la ensalada -utilicé en esta ocasión siete ingredientes- y de los rollitos de pollo.

Además, aprovechando el huevo que sobra luego de recubrir los rollitos con harina de coco y avena en hojuelas, preparé la torta para rellenar el pan para mi desayuno; terminé la preparación de estas tres cosas, guardé las ensaladas -y el aderezo- en la refrigeradora; y reservé los rollitos y la torta.

Un poco antes de las nueve abordamos la van y nos dirigimos al centro de emisión de licencia del municipio aledaño -en donde yo había renovado mi licencia dos o tres años antes-; cuando bajamos a la carretera que lleva al puerto vimos que la entrada a la ciudad estaba congestionada.

Afortunadamente no tuvimos que transitar mucho en esa ruta -el comercial en donde está el centro de emisión se encuentra al lado del carril que estaba completamente saturado-; pero el lugar estaba lleno: la fila para entrar a la oficina le daba la vuelta al edificio; incluso encontrar parqueo fue un poco difícil.

El trámite -como casi toda la burocracia local- es tedioso -a pesar de que es administrado por una empresa privada-; Rb tuvo que sacar unas copias, pagar por un exámen de la vista -la tiene perfecta-, y pagar por la emisión del documento; mientras estaba haciendo esto último yo aproveché para colocarme en la fila final -eso nos debe haber ahorrado una media hora-.

Al final salimos después de las once de todo el trámite y nos metimos a la cola de entrada a la ciudad; la cual estaba un poco menos complicada que más temprano; venimos a casa y terminé de preparar el desayuno de los sábados; lo consumí y empecé a preparar a los perros para la caminata.

Después de la caminata me metí a la ducha; luego del baño preparé la mochila con el almuerzo que había preparado, y la metí a la van, con la mochila habitual y la caja de Scrabble; y salí de casa un poco después de las doce y cuarto.

Sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero: nomás en la entrada al periférico encontré dificultad para avanzar; pero tomé una ruta lateral y salí casi en el lugar en el cual puedo incorporarme a la vía rápida; llegué al departamento de mis hijos antes de la una de la tarde.

Estacioné el auto en el sótano -teniendo cuidado de no tocar la bicicleta de mi hija mediana- y subí, caminando, al séptimo nivel; como faltaban unos minutos para la una aproveché para lavar -con agua y jabón- las dos latas de SevenUp light: al sacarlas del refrigerador había notado que estaban cubiertas de un líquido, que resultó ser agua de unas alitas que Rb había dejado en el compartimiento superior.

Después de lavar las latas le escribí a mi hija mayor, comentándole que ya me encontraba en el lugar -cuando entré escuché que estaba traduciendo una llamada- y aproveché para saludar a mi hija mediana -quien estaba preparandose para salir-.

Mi hija mayor salió un poco más tarde y nos dirigimos al parque temático; cuando salimos de la recepción del edificio vimos que el día estaba bastante gris; y antes de doblar la esquina empezó a lloviznar; le propuse a mi hija caminar bajo la lluvia -estaba ligera- y guarecernos en caso arreciara.

Lo que sucedió: a menos de la mitad del camino las gotas se incrementaron y nos tocó que entrar a refugiarnos a un centro comercial; estuvimos allí un rato -básicamente esperando a que se calmara la lluvia-, en el segundo nivel; cuando escuchamos que bajaba el ruido de la lluvia reiniciamos la caminata hacia el parque.

Aún recibimos una buena cantidad de agua -hubo períodos un poco más intensos en las tres o cuatro calles que nos faltaban- pero, al final, llegamos a la entrada del parque; la mayor parte de gente allí andaba con paraguas y la actividad se veía disminuída.

Entramos y nos dirigimos al área techada más grande; pero, debido a la lluvia, el lugar estaba sobrepoblado; todas las mesas estaban ocupada e incluso había gente sentada junto a las paredes; entonces caminamos hasta el otro espacio con características similares.

Pero estaba igual; incluso subimos al estrado -había unos niños jugando en las gradas- y tomamos una pequeña mesa que estaba allí; pero se acercó uno de los trabajadores del parque a indicarnos que no se permitía la permanencia en el lugar elevado.

Así que bajamos y nos acomodamos en la pared al lado del estrado; y allí empezamos a consumir el almuerzo que llevaba; lo incómodo fue que había tres o cuatro niños corriendo -y haciendo mucho ruido- en los alrededores; mucho tiempo después -la lluvia por fin amainó- una mesa fue liberada a nuestro costado; por lo que pudimos completar nuestro almuerzo más cómodamente.

Cuando terminamos de almorzar aún estaba lloviznando; le ofrecí -y aceptó- un helado a mi hija -el precio es casi el doble que en el exterior!- y después jugamos una larga partida de Scrabble; para terminar el tiempo allí le pedí a mi hija que escribiera algo en uno de los cuadros de la tapa de Scrabble.

Como ya había escampado nos dirigimos a la rueda de Chicago más grande del lugar; de lejos habíamos visto que estaba funcionando; pero cuando llegamos al lugar notamos que no estaba abierta al público; al parecer la tenían funcionando para darle mantenimiento nomás.

Entonces decidimos retornar a casa; afortunadamente la lluvia ya no se hizo presente y no tuvimos ningún inconveniente en el retorno; subimos al séptimo nivel y nos acomodamos en la sala; en done íbamos a practicar algo de origami, pero al final nomás estuvimos conversando hasta las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.

A esa hora bajé al sótano -mi hija me acompañó-, arranque la van e inicié el retorno a casa; el tránsito -por alguna razón- estaba más ligero que de costumbre: incluso en el semáforo de entrada al municipio -en donde me he tardado bastante en los últimos meses- pasé sin siquiera detenerme.

Vine a casa a las seis, estacioné la van, entré a casa, saqué a los perros grandes al patio y me cambié de zapatos; después le escribí a Rb para comentarle que iniciaba mi caminata para encontrarla en el camino; el clima estaba bien agradable y caminé hast el comercial que se encuentra en el inicio del boulevard; allí encontré a Rb; después de saludarnos continuamos la caminata hasta casa.

Por la noche estuve leyendo un poco del libro de uno de los escritores que conforman el grupo de Carmen Mola; además continué viendo la tercera parte de la película de Enola Holmes; aunque realmente me estaba quedando dormido en esto último: no me generó ningún tipo de afinidad -o sea, el Imperio Británico tratando de autojustificarse-.

El domingo me desperté a las seis y media y bajé a completar los veintiséis minutos de meditación; luego retorné a la cama y jugué varias partidas de ajedrez -tres me parece, para no completar el segundo challenge diario-; después de terminar las tres partidas me quedé en cama; no tenía ánimos para levantarme y terminé dormitando hasta casi las ocho y media, cuando Rb entró a saludar.

Y la verdad es que me sorprendió no haber hecho nada -más que dormitar- durante esa hora y media; o sea, quería leer un poco, o actualizar mis notas, o jugar Scrabble online, pero, simplemente, me quedé en una especie de sopor; pero luego me dije que hay días y días.

Me levanté un poco después y me preparé para salir: habíamos acordado con Rb acudir a la sucursal local de la empresa de telefonía -e internet- para devolver el módem del servicio anterior -el cual habíamos desconectado unos días antes-. 

Caminamos hasta el comercial que está cerca de la iglesia de Rb -allí se encuentra la oficina de esta compañía- y subimos al segundo nivel; allí encontramos a un antiguo conocido de nuestro grupo de voluntariado -al que vimos unos meses atrás en un busito-.

Pero él no nos pudo antender -por alguna razón las funciones de las personas de atención al cliente están separadas-: nos asignaron a un escritorio y allí empezamos el procedimiento de cancelación; en cierto momento Rb me indicó que me mantuviera al margen y decidí salir del lugar -excusándome para ir a los servicios sanitarios del centro comercial-.

Me tardé un poco en  el lugar y luego retorné al escritorio; en donde Rb continuaba con el trámite; al final no hubo mucha complicación -como habíamos esperado-; nomás nos cobraron los días que habían transcurrido desde la última facturación -casi dos semanas-.

Después de devolver el equipo pasamos al supermercado pues necesitábamos una manzana verde para la ensalada del día; luego iniciamos el camino de vuelta a casa; pero cuando pasamos al lado de la tienda de ropa usada a Rb se le ocurrió que podría encontrar algunos sostenes.

Y se tardó un buen rato en el lugar; además de tres o cuatro de estas prendas también compró alguna otra prenda deportiva; total que reiniciamos la caminata de vuelta un poco más tarde, viniendo a casa después de mediodía -registré la hora de desayuno a las doce y veintiocho-.

Mientras desayunaba Rb se puso a preparar las alitas del almuerzo -y a desinfectar los ingredientes de la ensalada-; después sacamos a caminar a los perros; cuando entramos le dí vuelta a las alitas e inicié a preparar a ensalada; luego almorzamos.

Después del almuerzo partí la papaya que Rb había dejado preparada en la cocina; luego empecé a trocear las verduras que le agregaríamos a los almuerzos de la semana: un güisquil -aunque luego salí al patio a cortar otros dos de la enredadera- y tres o cuatro zanahorias; mientras, Rb se hizo cargo del chile pimiento y los champiñones.

Después me metí a la cocina a lavarlos trastes del día -y a prepararle un té a Rb-; a las tres menos diez tomé mi mochila y la caja de Scrabble -aunque ahora llevaba mi ajedrez-, los metí a la van y arranqué para dirigirme a la casa del voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Llegué al lugar con dos o tres minutos de atraso -usualmente llego a las tres-, apagué la van, me bajé de la misma y toqué el portón de la casa mi amigo; él mi respondió desde el interior, indicando que bajaría en un momento; lo que hizo no mucho más tarde.

Abordamos la van y nos dirigimos a la cafetería en la que usualmente nos tomamos un capuchino y un pastel de chocolate -Selva Negra-; el lugar estaba un poco lleno pero pudimos encontrar una mesa de las cómodas -aunque al lado de los juegos infantiles-; mi amigo se hizo cargo de la cuenta (ocho dólares).

Y pasamos la siguiente hora y media entre café, pastel, conversación y una muy buena partida de ajedrez; la que logré que quedara -como casi siempre- en tablas: los dos reyes como únicos sobrevivientes de la batalla; un poco antes de las cinco le ofrecí pasar a dejarlo a su casa.

Salimos al parqueo, tomamos la van y pasé a dejar a mi amigo a su casa; nos despedimos e inicié el retorno a casa; afortunadamente -nuevamente- el tránsito estaba bastante fluido, con lo que no tuve muchas dificultades en el viaje de vuelta; por la noche terminé de ver la película de Enola Holmes.

El lunes me levanté antes de las seis y media, creo que un poco antes de las seis; y me quedé pensando que tomar comida al final de la tarde -o inicio de la noche- cambia por completo mi ciclo de sueño: igual me había sucedido el viernes anterior.

Después de meditar retorné a la cama a atender la primera reunión del día; en la que nomás estuvo nuestro supervisor, por parte del equipo; aunque no hubo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y continué trabajando en la mesa del comedor.

Un poco después de las ocho el supervisor me escribió en la herramienta de mensajes, invitándome a unirme a una reunión; no ví el mensaje pero ví la luz de los audífonos anunciando una reunión; entré y estaba el supervisor y la analista que trabaja a su lado.

Y empezó a explicar una nueva tarea relacionada con la revisión -y actualización, supuestamente- de una serie de documentos que no se han cambiado por más de diez años; lo bueno -creo- es que puso a cargo a la analista, a mí nomás me dejó apoyando.

La analista me escribió un poco más tarde para indicarme que revisaría algo de los documentos antes de que empezáramos a trabajar en los mismos; a las nueve  tuvimos la segunda reunión del día y a las diez menos cuarto la tercera; en la segunda no hubo mucha novedad, pero en la tercera el supervisor se dedicó a repartir tareas -o a confirmar las que ya había asignado-.

Desayuné después de la tercera reunión -avena en hojuelas, un banano, un poco de papaya y una gelatina (sin azúcar)-; luego esperé por la reunión que el analista más brillante -quien nomás estaría dos semanas más- había programado: dos horas para explicar la realización de un par de pruebas.

La reunión empezaba a las once y empecé a grabarla en cuanto inició; y la verdad no puse mucha atención a la misma -estuve haciendo lecciones de Duolingo-, a las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios, luego sacamos a caminar a los perros.

Cuando entramos de la caminata la reunión aún estaba en curso -ya pasaba de la una- y pude participar con un par de preguntas; por fin, a la una y diez, detuve la grabación de la misma; en el ínterin había empezado a calentar la primera de las porciones de los almuerzos semanales.

Después del almuerzo preparé un café y lavé los trastes del día; luego esperé la reunión que la supervisora local había programado para las dos y media; el tema de la reunión era actualizar la información sobre la transición del equipo a otras compañías.

Básicamente empezaron ya los movimientos: los siete -ahora solo seis- de los dos equipos que se moveran a la empresa que anunciaron hace casi dos meses, estarán bajo la dirección del PM; el resto del personal seguirá estando a cargo de la supervisora.

Aproveché un poco el tiempo de la reunión para calmar un poco las aguas sobre los cambios que se vienen -todo el equipo local saldrá de la empresa, aunque la mayoría se irá a una tercera empresa-; intenté bromear un poco para relajar la tensión.

Hubo otras dos incidencias el lunes: cuando estábamos empezando la rutina de ejercicios mi amigo barítono me llamó para que lo ayudara con un contacto en el área administrativa del trabajo; por estos días está promocionando un taller de cuidado vocal y se está dirigiendo a los call centers de la ciudad.

Además, un poco más temprano, mi supervisora me había escrito por whatsapp para pedirme referencias de impresoras -está iniciando un emprendimiento de libros infantiles-; le escribí a nuestra editora, a mi amigo poeta, y a otro par de amigos escritores; y durante el día estuve enviándole la información que iba recibiendo.

Un poco antes de las cinco tomamos la van pues Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: la perra más anciana está recibiendo una inyección mensual para ayudarla con sus molestias en la columna vertebral -unos meses atrás había estado presentando una rigidez bienr rara-.

No había tránsito en el boulevard por lo que no nos costó mucho llegar al comercial más cercano en dirección sur; aunque sí tuvimos que esperar un poco al veterinario; este llegó un poco más tarde y Rb y su perra entraron a la clínica; yo me quedé en el exterior jugando ajedrez; pero luego me recordé que Rb me había pedido que comprara un poco de bananos.

Me levanté y me dirigí al supermercado del lugar; en donde compré algunos bananos que se veían por llegar a la madurez comestible; después retorné a la clínica; un poco más tarde Rb -y su perra- salió y retornamos a casa; en donde nomás dejamos a la perra y volvimos a salir, para caminar hacia los supermercados en dirección norte.

Rb quería comprar unos trastos para completar un conjunto de un día entero de comida para sus perros -nueve en total-: le faltaban dos o tres; el sol ya se había puesto y la caminata fue bastante agradable; y cuando estábamos entrando en la tienda verde de descuentos reconocí a la persona que estaba saliendo y nos sostenía la puerta.

A quien había visto seis o siete años atrás, cuando pasamos con Rb a cenar a una pupusería que se encontraba en el boulevard; en esa ocasión nomás nos saludamos y yo no hice ningún esfuerzo por mantener la conversación -o el contacto-; y luego, cuando empecé mi campaña de mejora de mis relaciones sociales, se me ocurrió que hubiera podido pedirle su contacto telefónico.

Le expliqué algo de eso -al principio no me había reconocido-, mientras su hija esperaba pacientemente; y me envió un mensaje a whatsapp para reiniciar el contacto -trabajamos juntos justo cuando mis hijos estaban naciendo-; ya en la tienda Rb encontró un paquete de seis pequeños tazones de plástico, con los que pasamos a caja y nos retiramos del lugar.

Después pasamos al supermercado del inicio del boulevard pues los bananos que había comprado aún no se veían preparados para el día siguiente; aunque no encontramos mejores opciones en el supermercado del lugar; de todos modos compramos tres o cuatro bananos adicionales e iniciamos el camino de regreso a casa.

En el camino de vuelta Rb había comprado, en una tienda veterinaria cerca del extremo del boulevard, un pañal para su perra más anciana: últimamente le ha dado por orinarse dentro de la casa y Rb quería probar dejarla por la noche con este artículo.

Por lo mismo esperaba ganar un poco de tiempo por la noche, al no sacarla a orinar en el período después de la cena y antes de que ella se retira a su habitación; entonces, a las nueve -estaba en mi habitación, leyendo, decidí lavarme la dentadura, darle las buenas noches a Rb y dar el día por concluido.

El martes me levanté a las seis y media; me sentía bastante cansado y me costó completar el periodo de meditación; después del mismo jalé la computadora a la cama, para atender la primera reunión del día; en a que no hubo mayores novedades.

Pero después de la reunión no me levanté: ni siquiera hice Duolingo, me sentí agotado y me quedé dormitando hasta un poco después de las ocho, cuando Rb entró a la habitación a saludar; aún me quedé un pequeño rato después de que salió; después sí, me armé de ánimos y salí de la habitación.

Eran casi las nueve -hora de la segunda reunión- cuando pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor; allí atendí la segunda llamada del día, en la que se revisaron las tareas de los desarrolladores; y a las diez menos cuarto nadie entró a la reunión del equipo.

Le escribí a dos analistas -al más brillante y al que vive en la ciudad colonial- para comentarle sobre la falta de quorum pero ambos me dieron la misma respuesta: el supervisor seguramente estaba ocupado y por lo mismo no habría reunión.

Así que, después de esperar un poco, me preparé el desayuno; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -y a jugar una partida de Scrabble on line-; la analista -al igual que el día anterior- me había escrito para comentarme que aún estaba afinando algunos detalles.

Rb salió un poco antes de las diez para recibir su clase de zumba; y cuando regresó, un poco después de las once, me traía una pequeña -muy pequeña- porción del pastel de cumpleaños que habían comprado para su profesor de los ejercicios.

Luego de entregarme el pastel -del cual consumí, en el acto, la mitad- se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas; hasta las doce del mediodía, a esa hora salió y sacamos a caminar a sus perros más grandes; después calentamos, y consumimos, la segunda porción de pollo guisado con verduras.

Después del almuerzo me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas y la mitad restante del pastel que Rb me había traído; luego me encargué de los -pocos- trastes del día.

A las tres menos cuarto le dí de comer a los perros de Rb -ella me había escrito un poco antes, comentándome que la llamada en la que estaba se había alargado-; luego, cuando salió de la habitación, le preparé un té de manzanilla -aunque había olvidado, otra vez, la olla sobre la lumbre: ella se dió cuenta cuando ya se había evaporado la mitad del líquido-.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo llevaba la mochila con aislate térmico pues planeaba comprar la pechuga necesaria, para la preparación de los rollos de pollo, del almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado. 

Caminamos hasta el extremo del boulevard -según google son exactamente dos kilómetros de caminata, hasta ese punto- y luego entramos al supermercado de las cercanías; pero no había pollo del que necesitaba -y el carnicero estaba en el exterior, refaccionando con sus compañeros-.

Entonces caminamos hasta el otro supermercado y allí sí compré la pechuga necesaria; también compramos algunos bananos, y Rb compró varias alitas de pollo; luego retornamos a casa; por la noche estuve avanzando en el curso de Data Science con Python y actualizando mis notas -incluyendo esta-.

Y a ver cómo sigue eso...

jueves, 9 de julio de 2026

Está lloviendo y te quiero... It's raining and I love you... Il pleut et je t'aime...

Leí varios -tres o cuatro?- libros de Carmen Mola hace unos años: me parece que ya se había reconocido que no era una autora sino el seudónimo que utilizaron tres escritores españoles para publicar novelas -muy- negras.

No me pareció la mejor de las literaturas: o sea, al igual que ver una película de acción -o de terror- la narrativa es atrapante pero no hay mucho -al menos para mí- que quede después de completar uno -o varios- de estos ejemplares.

Pero ahora decidí seguir mi línea de español con un libro publicado por uno de estos tres escritores -el que encabeza este texto-; y de por sí su descripción no es muy halagüeña: un drama que inicia un poco antes de la guerra civil española.

La atmósfera del mismo es campirana y sus descripciones son tan nostálgicas como su título -¿poético?-: un padre de familia borracho que maltrata de lo lindo a su esposa y su hijo; quien se enamora, casi al inicio de la historia, de una niña francesa de clase más acomodada.

O sea, el plato está servido para una historia fatídica que se extiende por varias generaciones; y es que antes de contar la historia de este chico, el libro arranca con su bisnieta -o tataranieta, no estoy seguro-: psiquiatra con problemas de apego.

Y a ver cómo va eso.

El sábado me levanté a las cinco y veinticinco; estaba -para no variar mucho- teniendo sueños bastante raros -no sé cómo el frío ha estado afectando a mi subconsciente durante las noches, pero estaba soñando sobre algo de trabajos pasados y/o estadías en el Imperio del Norte-.

Cuando la alarma del celular sonó mi primera impresión fue de desorientación total; no estaba seguro si seguía en el sueño o ya me había despertado; pero alargué el brazo para silenciar el celular; y luego pensé en que había dejado también la tablet con una alarma, y allí me dí cuenta que ésta última la había puesto a las cinco y media.

Entonces desconecté ambas alarmas y me levanté a meditar; después de completar mi práctica matutina me metí al baño; la presión del agua estaba en su máxima expresión y el baño fue, realmente, reconfortante.

Después del baño -y secado- me vestí y me metí a la cocina a preparar el desayuno al que había invitado a mi amigo de ascendencia asiática: omelete -dos huevos y tres yemas adicionales- relleno de embutidos, champiñones y chile pimiento; frijoles -refritos con salsa de tomate, tomate y chile pimiento- y plátanos fritos; acompañado todo de café, un poco de queso crema, pan y salsa de tomate.

Mientras estaba preparando el desayuno me puse a escuchar un podcast de la fundación BBVA en la que un terapeuta de parejas hablaba sobre las formas de mantener una buena relación en común: respeto, límites claros, y cosillas de ese tipo que son muy buenas en una exposición pero no tan fáciles de aplicar en la vida real.

Terminé la preparación del desayuno un poco antes de las siete -puse a funcionar la cafetera a su máxima capacidad: doce tazas-; y luego revisé en mi celular si mi amigo me había escrito; lo que hizo hasta casi las siete y cuarto: informándome que venía atrasado y que me avisaría cuando ya estuviera en el busito.

Lo que hizo casi diez minutos más tarde; y vino muy tarde; tan tarde que Rb ya había salido de su habitación y preparado el desayuno de sus perros; cuando mi amigo vino la comida ya estaba fría; pero eso no impidió que dieramos buena cuenta del desayuno.

Mi amigo había cumplido -cincuenta y cuatro- años unos días atrás y recibió -no sé si coincidentemente- una visita familiar intensa: vinieron sus dos hermanos que vien en el Imperio del Norte -hermano y hermana- y su hermana mayor, que vive en el país vecino norte del gran Imperio.

Y una gran parte de nuestra conversación -se fue a las once de la mañana- versó sobre todos los incidentes de esa visita: sus tres hermanos trajeron a su familia -me parece que su hermana mayor (sesenta años) adoptó a un niño chino hace más de una década, su segundo hermano trajo a sus tres hijos y la tercera trajo también a la pareja de adolescentes-.

Me mostró varias fotos de la reunión y eran casi treinta personas entre sus hermanos, algunos primos y algunos tíos -un gran clan asiático-; también conversamos un poco sobre el grupo -coercitivo- al cual pertenece; incluso probó el banquito que uso para meditar: se supone que tienen ciertas prácticas asociadas a la meditación.

En el ínterin completamos una partida de Scrabble -Rb se nos había unido para tomar su desayuno, a las nueve, y me comentó que no había podido tomar llamadas (su plan original) porque nuestra conversación tenía un volumen muy alto- y, fue raro, recibimos a una vendedora de Internet de nuestra compañía actual.

Yo había quedado muy decepcionado en el transcurso de la semana con la compañía: nos habían llamado para informarnos que vendrían a cambiarnos el router actual y que nos aumentarían -en una cantidad ínfima, realmente, la cuota mensual; lo cual me molestó pues no me parece la situación ideal: incrementar gastos en lugar de reducirlos.

Y la señora -o señorita-, que se presentó durante la visita de mi amigo, traía una oferta atractiva: no sólo habría un cambio de router hacia uno de fibra óptica sino que la cuota mensual se reduciría en dos o tres dólares; por lo que aceptamos.

Pero había un inconveniente: se necesitaba presentar un documento de identificación y yo había dejado el mío en la visita a mis padres al inicio del mes anterior; y la solución fue extraña: el servicio -supuestamente sin contrato- fue adjudicado a mi amigo asiático -él si cargaba su DPI-.

La verdad es que la trasacción fue super rara; empezando con que debemos ocultar que actualmente poseemos ya un servicio de internet -o sea, el router debe ser desconecdtado cuando vengan a instalar el otro- y luego debemos cancelar el contrato del original; sobre lo cual no tengo muy buenas perspectivas -sospecho que tratarán de cobrar alguna cuota por la cancelación abrupta-.

La partida de Scrabble fue de lo más relajada -o sea, estuvimos aceptando palabras en español o en inglés, e incluso nombres propios- y la completamos después de que la vendedora de internet se había retirado; a las once de la mañana acompañé a mi amigo al boulevard y esperamos hasta que pasó uno de los busitos.

Después de retornar a casa empecé a preparar el almuerzo del día: la noche anterior había dejado un par de huevos duros dentro de la refri; los que metí a la licuadora, con un aguacate, y preparé una especie de mayonesa; también rallé -casi- una libra de zanahoria.

Rb se había puesto a hacer una rutina de ejercicios después de que mi amigo se retirara; y, al parecer, sus rutinas de fin de semanas son de casi una hora -a diferencia de las que realizamos en conjunto, que apenas sobrepasan la media hora-.

Cuando Rb terminó su rutina de ejercicios yo estaba terminando de preparar la tortilla de znahoria y huevos que utilizo para la receta de burritos, que se ha convertido en habitual en los sábados que no almuerzo con mis hijos; mientras se cocinaba el primer lado sacamos a caminar a los perros.

Puse un temporizador -con veinte minutos- en el celular; el cual llevaba un minuto de estar sonando cuando retornamos de la caminata con los perros; entonces le dí vuelta a la tortilla y saqué la lechuga que debía picar para agregarle a los burritos.

También saqué de la refrigeradora un poco de tomate -mezclado con cilantro- que nos había sobrado de los almuerzos de la semana; Rb entró un poco después y se puso a preparar el pollo -con miel- que completa el relleno de la receta.

El almuerzo estuvo muy bueno -yo había sacado un poco de jugo de naranja que me había sobrado del desayuno, pero incluso eso tuve que volver a guardarlo, por lo copioso de la comida- y después me preparé un té de menta.

Después del almuerzo me metí a la cocina a lavar los -pocos- trastes que se habían acumulado durante el almuerzo -los del desayuno los había lavado antes de que viniera mi amigo- mietnras Rb se metió a su habitación a recibir algunas llamadas.

Después salió quejándose que se le hacía tarde y se metió al baño a tomar una ducha; y me pidió que alimentar a sus perros; lo que me frustra pues no quiero que esto se convierta en una rutina (ya me ha pedido lo mismo en alguna otra ocasión); afortunadamente los tres se alimentaron sin mucha dilación.

A las tres de la tarde Rb se terminó de preparar y se dirigió a su iglesia -quejándose por tener que salir de su casa, pero asumiéndo la responsabilidad que había tomado para ayudarle a varias amas de casa a aprender a leer y escribir-.

Yo me quedé viendo algunos videos en Youtube -nomás haciendo tiempo antes de dirigirme a la iglesia por Rb- hasta las cinco y cuarto; a esa hora me vestí y me dirigí caminando hasta el comercial cerca de donde se encuentra la iguesia.

Pasé por el McDonald's para ver si había actualización de los partidos del mundial -aunque se me pasaron tres pronósticos (casi al inicio) no quería dejar de lado el evento, aunque mis oportunidades de llegar al tercer lugar ya estuvieran muy bajas- desde allí caminé a la iglesia.

Entré al pasillo y pasé por el aula en donde Rb le imparte clases de alfabetización a tres señoras (y una niña); ella insistió en que entrara para presentarme a sus alumnas -aunque ya me conocían-; también para comentarme que le había entregado los anteojos a una de las señoras.

Luego me pidió que la esperara mientras iba a lavarse las manos; en el ínterin pasó el pastor a saludar; y la verdad es que ni siquiera estaba seguro que fuera él -supuestamente se han conocido por más de cuarenta años-; después pasamos al comercial pues debíamos comprar pollo en el supermercado del lugar.

Luego de pasar por la caja empezamos el camino de vuelta a casa; por la noche estuve leyendo un poco del libro de francés -Histoires Inédites du Petit Nicolas-; a las diez me retiré a mi habitación; y, por alguna razón -me sentía algo indispuesto del estómago- me costó conciliar el sueño. 

El domingo me desperté a las seis y media; me sentía algo raro del estómago; medité y retorné a la cama, en donde estuve casi una hora completando algunas lecciones de Duolingo; salí un poco después de las ocho, cuando escuché a Rb preparar la comida para sus perros.

Como habíamos acordado que acudiríamos al supermercado por la mañana -después de su desayuno- retorné a la habitación a leer un poco del libro en francés; hasta las nueve, a esa hora nos alistamos y caminamos hasta el extremo sur del boulevard.}

Después retornamos al supermercado de la mitad del camino y compramos un poco de bananos, una lechuga y un cartón de huevos; el sol estaba bastante quemante durante casi todo el trayecto; y cuando retornamos a casa me tocó que pasar, nuevamente, al baño -en total fui tres veces en el día-.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros; luego preparé una gran ensalada y Rb preparó las alitas dominicales; almorzamos bastante temperano; yo había previsto salir a las tres y media -por eso había desayunado tarde- pues había quedado con el excompañero de trabajo con el que me reecontré al año anterior de reunirnos a las cuatro.

Pero este tipo me había escrito un poco antes de mediodía pra comentarme que le había surgido un compromiso familiar, y pidiéndome que cambiáramos la reunión para otro día; le contesté indicándole que quedaba a la espera de su comunicación.

Después del almuerzo me puse a buscar una forma de ver el partido de Brasil contra Noruega; y es que Rb me pidió que viéramos los dos partidos del día; al final instalé una VPN en mi computadora con Ubuntu y vimos el partido en un sitio de un canal de televisión inglesa.

Fue una sorpresa ver cómo Brasil perdía -muy mal- el partido, con lo que quedó eliminado; después estuve buscando la forma de ver el partido de México contra Inglaterra -yo había pronosticado que México perdería (como sucedió) y Rb había insistido -más por broma, creo- que ganaría; y apostamos un pastelillo contra unas cashew-.

Y quien encontró la forma de ver el partido fue Rb: halló una página sudamericana que concentra varias páginas de cadenas que transmiten algunos partidos del mundial; y en una de las mismas nos pusimos a ver el segundo único partido que he visto durante este evento.

Estuvimos viendo el partido hasta que Rb tuvo que levantarse a darle de cenar a sus perros -a las nueve menos cuarto-; después del mismo me quedé en la habitación de Rb, adelantando un poco del libro que da título a este texto.

Como era de esperarse -o al menos, como había pronosticado en mi quiniela- Inglaterra le ganó a México -la verdad ninguno de los dos países me cae bien: uno por haberse quedado con una gran parte del antiguo territorio de este país, el otro por quedarse con otro pequeño trozo, en un tiempo más cercano-; pero esperaba que ganaran los europeos (por su nivel de futbol).

El lunes me levanté a las seis y media; por error no desconecté la alarma sino que le puse pausa, por lo que fui interrumpido llevando cinco minutos de meditación; entonces reinicié el periodo, hasta completar los veintiséis minutos.

El día estuvo bastante tranquilo: las dos reuniones diarias con el equipo completo no tuvieron muchas novedades -aunque ahora ha estado entrando el PM por el cambio reciente de la plataforma con la que se le dá seguimiento a las tareas-; pero la del equipo sí estuvo más tardada: terminé desayunando casi a las once.

El horario original de esta reunión -aunque pasó mucho tiempo sin realizarse- es de nueve cuarenta y cinco a diez; o sea que el lunes se llevó casi una hora adicional; luego de esta reunión hicimos la rutina de ejercicios de los lunes; Rb se había pasado casi toda la mañana en su habitación, traduciendo llamadas.

Después de los ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego calentamos la primera porción de pollo con manzanas verdes; la cual almorzamos acompañado de una ensalada de tamaño mediano; como terminamos el almuerzo un poco después de la una, estuve viendo algunas partes del partido España-Portugal -ganaron los primeros, sumando dos puntos en mi quiniela-.

Por la tarde no hubo mucho que hacer -o no quise meterme mucho en los pendientes del trabajo-; nomás corrí un par de veces los casos automatizados que logré reparar la semana anterior; me parece que estuve leyendo algunos capítulos del libro que da título a este texto.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; no teníamos una lista específica para las compras, nomás queríamos completar la caminata diaria; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino; en donde compramos algunos bananos.

Cuando regresamos puse el partido del Imperio del Norte contra Bélgica; del cual no tenía muchas esperanzas: había pronosticado que el Imperio caía, pero unos días antes se había difundido una noticia rara sobre este equipo; la asociación había anulado la suspensión al goleador del equipo, por lo que podría jugar.

Y, supuestamente, sucedió por presiones del presidente de este país; también, supuestamente, era la primera vez que se tomaba una medida de este tipo; entonces, temí que el partido reflejara esa lucha de poder y los europeos dejaran que el Imperio ganara; afortunadamente no sucedió así.

De todos modos nomás ví una pequeña parte del partido -terminaron cuatro a uno, nomás ví el primer gol- pues me pareció más interesante terminar la parte que estaba leyendo del libro en español; luego empecé a leer -aunque no creo terminar- un libro de un motivador que había encontrado unos días antes.

El martes fue el día en que más tarde he meditado -por la mañana-; aunque este periodo -creo que ya pasé los ochocientos días- ha tenido otros incidentes similares: me parece que en una ocasión se me olvidó por completo meditar -no recuerdo si por la mañana o por la tarde-; también tuve meditaciones 'parciales': por estar en un bus, o por interrupciones de Rb.

Y lo que sucedió fue que olvidé reactivar la alarma el día anterior: cuando me desperté el lunes no cancelé la alarma sino que presioné -por error- la opción para aplazar; esto hizo que sonara la alarma cuando llevaba cinco minutos meditando; entonces la cancelé, completé el período, pero se me olvidó reactivarla para el día siguiente.

Entonces, el martes me despertó el ruido que Rb andaba haciendo por la cocina -lleva más de un mes de estarse levantando a las siete de la mañana para traducir llamadas-; ese día no estaba contestando llamadas: como habían -el día anterior- indicado que el instalador de internet vendría a las siete de la mañana, Rb decididió que no se conectaría temprano.

La cuestión es que se puso a preparar el pollo que está consumiendo en el desayuno -y en la cena, me parece- y fue lo que provocó todo el ruido; yo quería seguir durmiendo pues estaba esperando la alarma; pero abrí los ojos y ví la hora: ya eran las siete y diez.

Entonces tomé la computadora del trabajo -la había estado dejando a un lado de la cama- y la utilicé para entrar a la primera reunión del equipo; y justo entré cuando estaban revisando una de las tareas en las que debía estar trabajando; pero no se requirió mi participación.

Después de la reunión salí a la sala: mi amigo asiático me había escrito para comentarme que lo habían llamado de la compañía de internet y que el técnico se presentaría en quince minutos; entonces, como nos había indicado la vendedora, desconecté el router que estabamos usando.

Y allí sucedió algo que será recordado por mucho tiempo: dejé caer un boomerang que Rb trajo de Australia en su viaje de hace un par de décadas; y el objeto de madera se partió: fue un trozo de casi una pulgada; me disculpé profusamente y ofrecí repararlo; lo que hice un poco más tarde, pero creo que la cola blanca no fue una buena opción.

El técnico vino un rato después e instaló el nuevo router en la habitación de Rb -para facilitar su trabajo como traductora-; todo el trabajo se completó unos minutos antes de mi reunión de las nueve de la mañana; la que empecé tomando en el celular.

Casi al final de la reunión pude trasladarla a la computadora del trabajo; aunque en esta reunión mi participación es -aún- menor que la primera del día; como Rb tenía que ir a su clase de Zumba empezó a prepararse, mientras yo entraba a la reunión de las diez menos cuarto.

Esta estuvo un poco más animada: volvió a participar el PM, para explicar las medidas que se habían acordado en la primera del día; y el supervisor me pidió que preparara un documento con estas instrucciones, como una guía para el equipo.

La reunión no fue muy tardada -aunque yo grabé la primera parte de la misma, para tener un registro de las instrucciones-: quizá el doble del tiempo originalmente asignado; cuando me salí de la misma entré a mi habitación a completar el periodo de meditación.

Rb retornó de su clase de zumba un poco después de las once; yo había empezado a tomar mi desayuno cinco minutos antes de esa hora y aún no había concluido a su vuelta; entonces se encerró en su habitación, para tomar algunas llamadas de traducción.

Mi hija mayor me había pedido un préstamo de ocho dólares bastante temprano -para algo de materiales de alguna de sus clases- y le hice la transferencia un poco antes del mediodía; después de sacar a caminar a los perros calentamos la segunda porción de pollo con manzana verde.

Cuando terminamos de almorzar me tomé un café, con unas galletitas; luego me encargué de los trastos del día; entonces me puse a trabajar en serio: por la mañana mi supervisor me había pedido que preparara un documento para estandarizar la creación de hallazgos.

Me había pasado la mañana sin entrar en el tema; pero luego me dije que mejor lo completaba de una vez y utilicé un par de LLMs para la primera versión -genérica-; tomé este documento y le agregué toda la información específica de nuestra área.

Cuando completé una versión que me pareció aceptable le envié el documento a mi PM, mi supervisor en el imperio del norte, y mi supervisora local; luego le envié una copia -por mensaje- al analista que mejor me cae; y él fue el único que me envió un comentario de vuelta: le pareció bien. 

Después del horario laboral, caminamos hacia los supermercados en dirección norte; no teníamos algo específico por comprar, excepto que Rb andaba en búsqueda de unos especieros; recuerdo que en alguna otra ocasión habíamos evaluado los que tiene la tienda; pero en esta ocasión se decidió por unos con tapa de bambú (o imitación de bambú, no sé).

Por la noche empecé a ver la tercera película de la actriz de Eleven sobre la hermana de Sherlock Holmes; por alguna razón ví la segunda -la primera la vimos con Rb- y la tercera sigue más o menos la misma línea; también continué con el libro en inglés.

El miércoles me levanté a las seis y media, medité y entré a la primera reunión del día; y ya había previsto que sería un día cargadito -al menos en este sentido-: además de las dos reuniones diarias tenía la quincenal con mi supervisora local (aunque esta se superponía completamente a la de mi equipo).

Tanto la primera reunión -a las siete- como la de las nueve no tuvieron una mayor trascendencia; excepto que la primera se alargó más del doble -usualmente tarda quince minutos- por una discusión acerca de la forma en la que se manejarán los hallazgos en la nueva plataforma.

El mismo tema volvió a surgir en la de las nueve; en privado le comenté al PM que eso debía definirse antes de las discusiones; pero luego ví que el desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad le estaba haciendo los mismo comentarios en el grupo general; entonces borré mis comentarios privados; o sea, no quiero meterme en el berengenal.

A las nueve y media escribí en el chat del equipo que no estaría en la reunión porque tenía reunión con mi supervisora local; el supervisor en el Imperio del Norte también escribió comentando que estaba en otra reunión y que, si se reunían, le plantearan sus inquietudes al PM; al final no se reunieron.

Yo entré a las nueve y media a la reunión con mi supervisora, quien llegó cinco o seis minutos más tarde; y en esta ocasión sí tenía noticias: por una parte, confirmó que el equipo local sí será parte de la venta del área a la empresa canadiense; por otra parte, según ella, se formará una pequeña oficina acá, para tercerizar los servicios de los que quedaremos huérfanos (cuatro personas en QA y tres en desarrollo).

Aunque me había propuesto no hablar sobre libros -como la última vez, especialmente- terminamos con The Good Life -además de otras dos otres referencias-; además, le agradecí por el tiempo en el que habíamos trabajado -casi tres años-; ella me comentó que apreciaba mi -al igual que del desarrollador que me ayudó con el curso- actitud intelectual.

La reunión se extendió un poco más de la media hora programada; al final nos despedimos, esperando vernos el jueves veintitrés de este mes: en esta fecha ha sido programada la segunda reunión trimestral del equipo local -no preveo un buen desarrollo-.

El resto del día fue más bien tranquilo: nomás puse a correr, dos o tres veces, los casos automatizados; a las cuatro y media -porque Rb tenía su clase de Teología- salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; hasta el extremo del boulevard.

Entramos al supermercado que está casi al final del boulevard a ver si había pechugas de pollo en filete -no había-; luego, en el otro supermercdo compramos un poco de bananos -no había lechugas- y allí sí encontré pechuga de pollo en filete.

Después, en el camino de retorno, pasamos a la tienda de las verduras; en donde Rb compró una a casi el doble de precio que en el supermercado -una (la más grande) de las razones por las que no me cae bien esa gente: siento que se aprovechan de la buena voluntad de Rb para venderle todo más caro-.

Cuando regresamos me metí en mi habitación porque no sabía si tendría la clase de educación ambiental en la que había estado participando durante las últimas semanas (se suponía que ya había terminado dos semanas atrás pero, sorpresivamente, la semana anterior habían impartido una clase).

Me conecté desde diez minutos antes de la hora y estuve esperando hasta cerca de media hora más tarde -en el ínterin, una de las organizadoras había compartido el enlace de conexión; y me había confirmado que sí habría clase-; al final entró uno de los organizadores a anunciar que ya no habrían más clases: la de la semana anterior había sido la última.

Después de eso estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo; y adelantando en el libro del título; hasta que escuché que Rb terminó su clase de Teología; entonces me pasé a su habitación y me puse a continuar el curso de Data Science en Python que he estado completando poco a poco.

Y a ver cómo sigue eso...