martes, 23 de junio de 2026

Criaturita... Little Critter... Petite Créature...

Depués de leer -entreleer, realmente- I will teach you to be rich quería empezar algún libro en español; por lo que volví a buscar: mejores libros en español del dos mil veinticinco; y, primero me salió una lista en inglés -creo que por la configuración del buscador- de los cuales bajé uno; luego encontré el título de este texto -y otro de uno de los autores identificados como Carmen Mola-.

Criaturita está contado en tercera persona -me parece- y narra las viscicitudes de una chica, luego de la muerte de su padre; o quizá los problemas de una persona que busca constantemente el cariño de alguien del sexo opuesto.

Son treinta y un capítulos y decidí leer cinco en cada ciclo; lo empecé el martes y el miércoles, por la tarde, estaba tratando de completar el capítulo cinco pero me estaba quedando dormido -luego me recordé que ese día me había levantado a las cinco de la mañana-.

El título del libro es mencionado en los primeros capítulos refiriéndose a una forma en la que una maestra llama a la protagonista, un poco depués de que el padre -biólogo- muriera; pero también, me parece, se refiere a un trasfondo de la historia -es alrededor de un gran lago-.

Y a ver cómo va eso.

El jueves me desperté a las cuatro menos diez; la noche anterior había dejado esa hora en la alarma del celular pues habíamos acordado con Rb salir de casa a las cuatro de la mañana: debía presentarse en el laboratorio del hospital para realizarse una larga lista de pruebas de laboratorio.

Por alguna razón -había estado soñando sobre algún tema laboral- me levanté bastante agotado; me costó vestirme y salir a saludar a Rb; de hecho hasta que llevaba conduciendo algunas calles empecé a sentirme más despierto.

Lo bueno es que el tránsito de esa hora estaba bastante esporádico; y llegamos al hospital apenas a las cuatro y cuarto; había una larga cola antes de entrar en los terrenos del lugar -son varias ramas médicas en el mismo sector- pero era para ingresar al parqueo de otros edificios.

Dejé a Rb en la entrada del hospital -ya se veía una larga fila de pacientes esperando- y conduje de vuelta a casa; a donde llegué apenas unos minutos después de las cuatro y media; el perro -macho- de Rb estaba en la sala cuando entré, por lo que lo dejé salir al patio frontal.

Encendí la computadora personal y me puse a actualizar mi app de gastos en el celular -usualmente registro los gastos diarios basado en las transferencias que le realizo a Rb-; un rato más tarde el perro pidió entrar; luego de lo cual me llevé la computadora a la cama para actualizar mis notas -incluyendo esta-. 

Intenté dormirme después de actualizar mis notas -un poco después de las seis-; incluso cancelé todas las alarmas de la mañana de mi celular; pero se me olvidó cancelar la alarma de las siete del celular de Rb; no pudo dormirme rápido y estaba empezando a conciliar el sueño cuando sonó el celular de Rb; me levanté a silenciar la alarma y volví a la cama.

Continué en la cama y, eventualmente, terminé durmiéndome; hasta las ocho y media o así, cuando debía levantarme para darle de comer a los perros -a las nueve menos cuarto-; ví mensajes de Rb indicándome que ya había salido del hospital, luego que estaba en el comercial donde abordamos los busitos, pero se había quedado a desayunar alllí.

Un último mensaje anunciaba que ya estaba en el busito y venía de camino; y sucedió lo que temí: entró justo cuando estaba empezando a darle de comer a sus perros; y, aunque usualmente no le pongo atención a si como o no la perra más anciana -ella la alimenta en la boca la mayoría de veces-, tuve que esmerarme -le agité varias veces el plato- para que comiera.

Después de que comieron los perros me preparé mi desayuno; luego me pasé el resto de la mañana haciendo lecciones -partidas de ajedrez- en Duolingo, y leyendo un poco del libro en español que acababa de empezar.

Y lo mismo fue por la tarde, básicamente traté de no dormirme pues luego me cuesta conciliar el sueño por la noche; un poco antes de las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en el que se encuentra en el extremo del boulevard compramos un poco de bananos.

Cuando estábamos pagando ví -en la guía de ofertas del lugar- que los frijoles rojos y el té de menta estaban en oferta; entonces reingresamos a los pasillos; nomás encontramos una caja del té en oferta, pero compré dos bolsas grandes -veintiocho onzas- de frijoles rojos; en el camino de vuelta pasamos a la panadería y adquirí el pan para mis desayunos de los siguientes tres días.

Por la noche me estuve un buen rato en la habitación de Rb, leyendo el libro de Kanban y el de SQL; pero, en varias ocasiones, me sorprendí roncando -no recordaba que me había levantado antes de las cuatro de la mañana-; y me retiré a mi habitación un poco después de las nueve de la noche; me costó conciliar el sueño y temí que se repitiera lo de la ocasión anterior: pasar la noche en blanco; afortunadamente me quedé dormido.

El viernes me levanté anes de las seis y media y me sentía aún bastante agotado; como Rb me interrumpió al inicio de la meditación terminé mi práctica matutina un minuto después de las siete; por lo que entré a la reunión en mi computadora personal -la del trabajo estaba apagada-.

Pero encendí la computadora del trabajo -y trasladé la llamada a la misma- en un corto tiempo; no hubo muchas novedades en la reunión y, luego de la misma, saqué las dos computadoras a la mesa del comedor.

A las nueve iba a entrar a la reunión de las nueve pero ví que habían iniciado una reunión bisemanal del equipo -en la que participa también el jefe de mi supervisor-; y fue este quien empezó la reunión comentando que -representantes de- la empresa que va a adquirir el departamento habían estado -o aún estaban- en el sitio y que se esperaba que las funciones se trasladen antes del mes de octubre.

Y volví a interrumpirlo -ninguno de mis compañeros locales (o en el Imperio) lo hace- para corroborar si había escuchado bien; y así era: a partir de octubre quieren tomar control de las operaciones del área; mi supervisor le preguntó si el equipo de acá también será absorbido, y la respuesta fue afirmativa.

Al mediodía -después de sacar a caminar a los perros- preparamos un par de pescados -que Rb había dejado descamados desde el día anterior-;  un poco antes del almuerzo me escribió el analista que vive en el pueblo en el que creció mi padre: un desarrollador -anciano- del Imperio del Norte lo había contactado pidiéndole información de un error que yo había reportado.

Este señor es algo particula: o sea, ha trabajado -me imagino- décadas escribiendo código, pero no puede -por ejemplo- ver un video que envié adjunto al error -o incluso que le estaba adjuntando en el mensaje de la conversación que estábamos teniendo-; al final opté por enviarle algunas capturas de pantalla -del video-.

El desarrollador me insinuó que si agregaba un equipo -a los dos que tenía conectados durante la prueba- quizá tendríamos una mejor comprensión del error; le indiqué que trabajaría en eso durante el fin de semana: no quería meterme con el equipo mientras otros aún estaban trabajando en ellos -en el horario laboral-.

Por lo que por la tarde nomás avancé un poco en el libro en español que llevo a medias; también estuve leyendo algunos artículos de la selección de HackerNews, e incluso bajé otro libro de eficacia personal: the 4 hours chef -creo que lo leeré cuando terminé el que acabo de empezar en español-.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en direcció sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y estuvimos a punto de cruzarlo porque Rb quería ver un vestido exhibido en una venta de ropa en una tienda de ese lado; pero cuando estábamos en el arriate central decidió que mejor no; así que retornamos al lado en el que habíamos bajado e iniciamos el camino de vuelta.

En el supermercado a la mitad del camino entramos a comprar una pierna con cuadril de pollo -para los almuerzos de la siguiente semana- y un poco de banano; luego, en la tienda de la esquina, pasamos a comprar unas ramas de apio.

Cuando regresamos de la caminata vespertina -casi nocturna por estos días- me puse a trabajar en las pruebas que había previsto completar durante el fin de semana; me estuve un buen tiempo trabajando con tres equipos en paralelo y, al final, mandé un reporte detallado de mis hallazgos: al parecer uno de los equipos es el que estaba dando problemas.

Y, por haberme estado dedicando a realizar las pruebas adicionales, casi no estuve en la habitación de Rb: o sea, fueron casi dos horas en terminar la tarea -aunque también, creo, me quedé viendo algún video de Youtube y/o leyendo algún artículo en mi computadora personal-.

El sábado me levanté a las seis y media; bajé al piso a meditar y fui interrumpido -después de la mitad del tiempo- por Rb: se asomó para saludar -y se disculpó por la interrupción-; a diferencia de otras ocasiones, no reinicié el tiempo de meditación -nomás me faltaban ocho minutos o así-, sino que simplemente continué hasta el final.

Durante la mañana preparé todo lo que debía llevar al almuerzo con mi hijo menor: desinfecté varias hojas de lechuga, un tomate y una zanohria; y me dí cuenta que habia olvidado comprar un pepino; por lo que dejamos las verduras en agua con cloro y caminamos hasta el supermercado más cercano en dirección sur.

Además de un pepino compramos un poco de bananos; retornamos a casa, drené el agua de la verduras y me puse a preparar las dos ensaladas; también pesé treinta gramos de aderezo en dos diferentes paquetes -vacíos- de galletas soda; luego preparé mi desayuno..

Después del desayuno me puse a preparar los rollitos de pollo -los había dejado preparados (muy tarde) la noche anterior-: batí un huevo, sumergí allí cada rollito y luego los pasé por harina de yuca, luego volví a pasarlos por agua y, por último, por hojuelas de avena; en esta ocasión calenté un poco más el aceite y los cociné por dos lados por cinco minutos, luego por quince minutos -a fuego muy bajo- por los otros dos lados.

En el ínterin sacamos a caminar a los perros de Rb; luego me dí una ducha, empaqué todo lo que necesitaba pra el almuerzo y -un poco antes de las doce- tomé la van para dirigirme a la casa de mis hijos; afortunadamente el tránsito estaba bastante ligero: llegué a mi destino apenas un poco después de las doce y media.

Subí al séptimo nivel, entré al departamento, le envié un mensaje a mi hijo para avisarle que ya había llegado y me instalé en la habitación que designamos como sala; me puse a jugar algunas partidas de ajedrez -estaba por llegar a mil seiscientos de ELO en Duolingo- pero mi hija mayor se me unió un poco más tarde.

Estuvimos conversando un buen rato, hasta que mi hijo menor salió de su habitación -más peludo que la vez anterior-; nos despedí de mi hija mayor y le propuse a mi hijo dirigirnos al parque temático; el sol estaba algo fuerte, pero no nos costó mucho llegar.

Ya dentro del parque nos dirigimos directamente al área social -mesas bajo techo- y procedimos a almorzar; después del almuerzo le comenté a mi hijo que quería ver la situación financiera -al final de este mes estaría pagando la última cuota del préstamo de tres mil dólares que le proporcioné hace casi año y medio-.

Pero quedaba la gran incógnita de la reposición de los mil quinientos dólares que tomó del monto que debía transferirme cuando su empresa liquidó las acciones que habíamos adquirido; pero me sorprendió con su GRAN revelación: el próximo mes estaba planeando renunciar a su trabajo -porque ya no lo aguanta-.

Y su gran plan es dedicarse más a realizar ilustraciones digitales -se supone que ha estado CASI por llegar a un salario mensual trabajando en esto como freelance-; y la verdad no veo plausible -o creíble o posible- su plan; nomás le indiqué que esperaba que se comportara como un adulto responsable; aunque, la verdad, temo el desenlace.

Igual traté de no pontificar sobre el asunto; nomás le aconsejé que, en vez de intentar pagarme la deuda en montos grandes -cuando recibiera algún pedido importante- tratara de mantener un flujo constante de pagos -por aquello de los hábitos-; pero, la verdad, no tengo esperanza de que mis consejos hayan caído en terreno fértil.

Retornamos al departamento un poco después de las cuatro: temíamos que empezara a llover y nos ocurriera lo de la semana anterior con su hermana mayor -mis tenis quedaron casi inservibles-; y cuando revisé mis mensaje en whatsapp encontré uno de mi primo indicándome que podía pasar ese día a visitar a mi tía favorita -realmente había querido hacerlo el jueves pero no había recibido ninguna confirmación-.

Entonces le envié un mensaje a Rb comentándole que saldría de la casa de mis hijos después de las seis de la tarde -con mi hijo menor habíamos quedado en despedirnos a las cinco pero preví pasar un rato a visitar a mi tía-; a las cinco me despedí de mi hijo y bajé a abordar la van.

Salí del parqueo y de la zona sin mucha dificultad -el tránsito estaba bastante ligero- y llegué a la casa de mi primo -sus padres viven en un pequeño espacio en el segundo nivel de una enorme casa-; me estacioné en la acera y lo llamé, preguntando si podía parquearme de esa forma y pidiéndole que salier a abrirme, lo que hizo en el acto.

Subí al segundo nivel y encontré a mi tía bastante bien -ha estado con molestias de salud en los últimos meses (o años, o décadas)-; aproveché para darle a mi primo una carta misionera que la esposa del antiguo director del colegio en el que se graduó le dió a Rb -cuando la encontramos en el supermercado a principios de años-.

Y luego me estuve hasta un poco después de las seis en la mesa del comedor, conversando con mi tía -operaron a mi segunda prima favorita de la vista hacía no muchas semanas, casualmente con el mismo procedimiento que me aplicaron a mí-; había puesto una alarma y cuando sonó me despedí de mi tía.

No tuve muchas dificultades para entrar al municipio -no sé si por la hora- y un poco después estaba entrando al boulevard que conduce hasta la casa de Rb; y venía tratando de ver si la encontraba en la ruta; lo que sucedió unas cuatro o cinco calles antes de llegar a la calle en la cual vivimos.

Venía caminando del otro lado del boulevard y accioné varias veces la bocina, para que se cruzara la vía; estacioné la van al borde de la carretera y esperé a que llegara -había un poco de tráfico-; y luego condujé hasta su casa.

Después de dejar las mochilas que cargábamos -ella lleva una a su clase de alfabetización y yo cargaba, además de la mía, la que está forrada con aislante térmico y la caja de Scrabble- en casa salimos hacia la tienda de la esquina, para comprar un güisquil y un aguacate.

Por la noche había planeado ver la mitad de una película que acababa de bajar: The Interpreter; pero, por estar limpiando de archivos grandes -intenté bajar Disclosure Day pero el sistema me avisó que no me quedaba suficiente espacio- el disco de mi computadora ya no me dió tiempo de nada.

Nomás preparamos algunas cosas para llevar al viaje que habíamos planeado para el día siguiente, para celebrar el cumpleaños de Rb -era el lunes siguiente y yo había estado en conversaciones durante todo el mes con su mejor amiga (y editora de nuestros libros) para sorprenderla con una aparición inesperada-.

Me lavé la dentadura y me despedí de Rb un poco antes de las diez de la noche; entré a mi habitación y completé el periodo de meditación de veintiséis minutos; después leí un par de capítulos del libro de meditación que llevo a medias; luego intenté dormirme pero tuve muchas dificultades en lograrlo; finalmente caí rendido.

El domingo me levanté a las seis y media; desde la noche anterior le había comentado a Rb que saldría de mi habitación a las siete -esperaba que no hubiera más interrupciones mientras meditaba-; lo que, al menos, sucedió como esperaba.

A las siete salí de la habitación y me puse a ayudar a Rb con la preparación de los almuerzos que llevaríamos a nuestro día de campo -el primero en más de cuatro años-: Rb había preparado unos panes el día anterior y pusimos a punto un par de tortitas de pollo para unas muy buenas hamburguesas.

Después preparé mi desayuno: desde algunas semanas antes había previsto preparar una receta de cloud bread; había comprado un poco de queso crema y completé la receta; y lo que quería probar era hornearlo en microondas; aunque al final separé la mitad para probar su coccińo en sartén.

Y la verdad lo del microondas salió fatal: como un panqueque aplastado; el del sartén quedó mejor, aunque creo que debo agregar una especie de molde de papel parafinado -o cocinarlo en una olla con cubierta de teflón.

Pero al final obtuve eso: dos panqueques; los cuales rellené con frijoles volteados y acompañé con un banano, un poco de papaya y una taza de café -con tres panitos dulces-;  después de que Rb le dió de comer a sus perros nos preparamos para salir.

Yo había dejado ya en la van -en el espacio entre la segunda y la tercera fila de asientos- una caja con una bolsa de harina de un tubérculo y un gran recipiente de Psyllium que le había ofrecido a la amiga de Rb; y lo había cubierto con la caja de madera en el que ahora transporto el Scrabble.

De acuerdo a lo que habíamos conversado con nuestra editora, cuando arranqué el auto -salimos como diez minutos más tarde de lo planeado- empecé a compartirle mi ubicación en whatsapp -la noche anterior le había cargado tiempo de aire al celular-. 

El tránsito -quizá por ser domingo- estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar al parque ecológico al que habíamos ido por primera vez hacía casi cuatro años -en esa ocasión había recibido una multa (injusta, según yo) por exceso de velocidad).

Cuando llegamos revisé los mensajes y encontré un par de nuestra editora: aún iban en camino; por lo que le propuse a Rb que realizáramos una caminata por los senderos del parque: nos dirigimos hacia el mirador más elevado para tener una buena visión del lago a los pies de la montaña.

Estuvimos allí por un buen rato tratando de identificar los diferentes edificios -almacenes, restaurantes populares y así- del pueblo que se formó, hace mucho tiempo, en los alrededores del lago;  a las diez la editora me envió un mensaje comentándome que ya estaban cerca.

A las diez y veinte me envió la ubicación Live: ya habían llegado al parqueo del lugar; entonces le comenté a Rb que había recibido un mensaje del lugar para que moviéramos el auto -o algo así-, que debíamos dirigirnos al parqueo; por lo que iniciamos el camino de vuelta.

Ya casi llegando al parqueo ví que venía una pareja caminando -me cuesta reconocer a la gente, pero creí que eran ellos-; entonces le comenté a Rb lo que había estado pensando un día antes: ¿te acuerdas de lo especial que me hicieron sentir mis amigos judíos cuando me organizaron una fiesta sorpresa? y entonces se dió cuenta de quienes estaban llegando.

Ví que se emocionó un poco con la sorpresa y fue un buen rato de abrazos entre los cuatro; luego continuamos el camino -nosotros por segunda vez- hacia unas mesas ubicadas bajo una arboleda; allí nuestra amiga preparó la mesa -llevaba un mantel y había impreso varios detalles alusivos al cumpleaños-.

La pareja -ella es editora de libros, muy buena; él un pediatra retirado- son bastante llenitos -ella especialmente- y, casi desde que nos sentamos- empezaron a sacar la comida: ella partió una sandía, él repartió un refresco -artificial-; para Rb llevaban ciruelas y manzanas.

Después de dar buena cuenta de un par de bolsas de snacks entre los tres -Rb no consume nada procesado que contenga trazas de maíz o trigo- nuestra amiga sacó el almuerzo: había preparado unos panes muy buenos rellenos de carne guisada.

Yo estuve comiendo de todo -volví a excederme, igual que la semana anterior, con mi amigo voluntario- pero no quería despreciar los alimentos que habían llevado -incluyendo un pie preparado con Yogurt Griego, muy bueno-.

Como había previsto, jugamos un par de partidas de Scrabble -en el que los dejé muy muy atrás-; y allí me dí cuenta de algo que Rb ya me había comentado sobre nuestra amiga: es muy muy competitiva; según el cuento, de adolescente se enfermaba cuando no sacaba notas superiores.

A las una Rb sacó las hamburguesas que habíamos preparado -también llevábamos un par de botellitas con refresco de rosa de jamaica-; pero allí sí me dí cuenta de lo mucho que había comido; y, no queriéndome excederme más, reservé la mitad de la hamburguesa.

La conversación estuvo muy buena: el doctor -a pesar de que se jubiló hace algunos años- sigue bastante actualizado en las condiciones de su rama médica; además, se mantienen al tanto de varias teorías conspirativas en las que se han sumergido desde algunos años atrás.

Incluso hubo un connato de discusión entre Rb y nuestra editora cuando esta última empezó a insistir vehementemente que le vá a los hebreos en la agresión que están cometiendo contra los palestinos: no sé si por mi influencia, Rb ha tomado el lado de los oprimidos actuales; afortunadamente logré desviar la conversación.

Un poco después de la una le indiqué a Rb que ya habíamos pasado la hora que habíamos acordado para volver a casa; pero ella me comentó que podíamos empezar el retorno hasta las dos de la tarde: sus perros almuerzan a las tres menos cuarto.

Entonces continuamos con la tertulia hasta esa hora -yo había puesto una alarma-; al final les agradecí nuevamente -y bastante efusivamente- a la pareja por haber atendido a mi solicitud para prepararle la sorpresa a Rb, caminamos hasta el parqueo y bajé la caja de cartón en la que llevaba el psyllium y la harina; dándoselas a Rb para que decidiera qué le donaría a su amiga -le dió la caja completa-.

Nos despedimos y empezamos el camino de regreso; el tráfico, afortunadamente, seguía bastante ligero por lo que antes de las dos y media estaba estacionando el auto frente a la casa de Rb; sacamos a caminar a los perros y luego Rb les dió de comer.

Luego me comentó que iba a descansar hasta las cuatro -yo acababa de prepararle un té de manzanilla- y, mientras ella pasaba a su habitación, yo puse un video en Youtube, me puse los audífonos bluethoot y lavé los trastes que habíamos dejado por la mañana.

Luego estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- hasta las cuatro de la tarde; a esa hora Rb se levantó -creo que oyó el temporizador que había dejado en mi celular- y me pidió que la condujera a una tienda de electrónica, en donde quería adquirir un adaptador/expansor de puertos USB. 

En nuestro municipio hay dos sucursales de esta tienda en la cual compramos la mayor parte de artículos de tecnología -aunque las últimas computadoras de Rb (y la única que he comprado nueva para mí- las adquirimos en Office Depot-: una a un par de kilómetros -a la que usualmente vamos a pie- y una a -quizá- el doble de distancia.

La primera estaba cerrada -o al menos, eso decía Google-, la otra cerraba a las siete; nos dirigimos -en auto- a la segunda; y, lo primero que noté es que este comercial cobra por el estacionamiento -lo que me molesta en un comercial: pagar por ir a comprar-.

Nos estacionamos en el sótano y nos dirigimos a la tienda de computadoras; allí Rb compró un adaptador con cuatro puertos USB -había comprado uno en otra sucursal de la tienda pero no le había funcionado: se desconectaban al menor movimiento-; luego vimos otra tienda de electrónica y decidí -por fin- adquirir un multímetro.

Y es que espero que me sirva para dos cosas: el foco del comedor aún no está funcionando bien: si se intenta encender muy pronto después de apagarlo, no funciona; tampoco funcionó cuando se interrumpió la electricidad hace unas semanas.

Lo segundo es construir -por fin- un cargador de baterías de auto, utilizando uno de los cargadores de computadoras que hemos ido acumulando con los años -tengo como tres o cuatro en mi habitación-; ahora nomás debo apartar tiempo para estas dos iniciativas.

En la misma -segunda- tienda compramos una herramienta multiusos -que planeamos regalar al esposo de nuestra editora en su cumpleaños (número sesenta y nueve) el próximo septiembre-; después de pagar la cuenta -y el parqueo- retornamos a casa.

Y en cuanto vinimos comenzamos a preparar los almuerzos de la semana: el día anterior había -por la noche, creo- había rallado tres libras de  zanahoria y Rb empezó a mezclarlas con pollo y huevo, para preparar unos hashbrowns alternativos -ya que no está consumiendo mucha papa-; también preparamos un caldo de pollo.

La preparación de la comida nos llevó alrededor de una hora; luego de la cual me encerré en mi habitación para hacer lecciones de Duolingo -partidas de ajedrez, básicamente-; a las ocho -como habíamos acordado- me pasé a la habitación de Rb y vimos la primera parte de The Interpreter.

Luego de lo cual retorné a mi habitación y estuve leyendo algunos artículos en Internet; a las nueve y media le comenté a Rb que me sentía agotado y que me retiraría; me lavé la dentadura y reingresé a mi habitación, medité, leí un poco del libro de atención plena que llevo a medias; luego me dormí.

El lunes me levanté a las seis y media; había estado teniendo sueños algo raros durante la madrugada -creo que, por el calor de la noche, me había dormido descubierto; pero luego, el frío de la madrugada me provocó ensoñasicones raras-: en el sueño estaba empezando un trabajo en el banco central del país -conseguido gracias al analista más brillante en mi equipo-, pero eran condiciones terribles: espacio no agradable y horarios super extensos.

Me levanté con un ánimo bastante bajo; pero salí de la cama e inicié mi periodo de meditación; el cual creí que sería interrumpido: escuché que la perra más anciana de Rb se andaba moviendo por la sala -está muy anciana y ha empezado a orinarse dentro de casa-.

Escuché cuando Rb se levantó para dejarla salir al patio; y creí que me interrumpiría durante mi meditación -sería el tercer día seguido-; pero no, afortunadamente respetó mi tiempo; después de que la campana del timer sonara salí de la habitación y fuí a desearle un feliz cumpleaños.

Luego entré a la primera reunión del día; la cual estuvo bastante tranquila; aunque revisaron uno de los asuntos que reporté la semana anterior; por lo que interrumpí a la persona que estaba presentando, para ampliar la información sobre el mismo.

Después de la reunión continué en cama pues había empezado a hacer lecciones de Duolingo -volví a bajar más de cien puntos de ELO pues perdí muchas partidas contra Oscar-; pero salí al poco tiempo y me instalé en la mesa del comedor: Rb estaba traduciendo llamadas y me ofrecí a ver a sus perros.

A las nueve entré a la segunda reunión, en la que no hubo muchas novedades para nuestro equipo; cuando cerraron la llamada volví a la cama pues había visto algunos artículos de HackerNews que quería revisar; y no me dí cuenta que llegaba la hora de la reunión de equipo.

Tenía puestos los audífonos Bluetooth y escuché que me estaban llamando para una reunión; ya eran las diez menos cuarto y no me había percatado de la hora; por lo que me pasé a la computadora del trabajo -en la mesa del comedor-  y entré en la llamada -de hecho dos de mis compañero me habían escrito en la aplicación de mensajería para comentarme que el supervisor andaba preguntando por mí-.

La reunión estuvo bastante corta y nomás vimos los avances de cada uno; fui el ultimo en ser cuestionado y nomás comenté la prueba que había hecho con los tres equipo y el resultado de la misma; únicamente quedamos al pendiente de la nueva versión de la app en la que trabajamos.

Como ya eran más de las diez de la mañana empecé a preparar mi desayuno -me había sobrado una buena parte de la mayonesa que preparo para emparedados y no quería que se echara a perder-; preparé mi avena y la acompañé con gelatina, papaya, banano y una galleta para acompañara la mayonesa.

Después del desayuno me quedé un rato trabajando en la mesa del comedor; aunque, en realidad, no en cuestiones laborales, sino en terminar de leer los artículos que había abierto luego de consultar la lista de HackerNews del día.

Mientras, Rb continuaba tomando llamadas en su habitación, hasta las doce menos cuarto, hora a la que empezamos a hacer la rutina de ejercicios de los lunes; y estábamos a medias de la misma cuando vimos que empezó a llover; por lo que temimos que no íbamos a poder sacar a caminar a los perros grandes.

Y, en efecto, la lluvia continuó hasta después de las doce y media; esperamos un rato y, cuando amainó un poco -aunque seguía lloviznando-, empezamos la caminata; pero nomás pudimos completar una vuelta; apenas estábamos cerca de completar el primer circuito cuando arreció de nuevo la lluvia.

Entonces metimos a los perros a la casa, nos lavamos las manos, y empezamos a calentar el almuerzo: la primera -de cuatro- porción  de hashbrowns -con zanahoria en lugar de papa-, y un caldito de pollo (verduras más que nada); pero yo sustituí una de las tres tortitas de zanahoria y pollo por la mitad de la hamburguesa que no había consumido el día anterior.

El almuerzo estuvo muy bien, y después me preparé un café; más tarde lavé los trastos que teníamos en el lavadero, y le preparé un té de manzanilla a Rb; también entré a una reunión, de última hora, que convocó el supervisor en el Imperio del Norte; y era nomás para conrroborar el nivel de conocimiento que teníamos en una herramienta.

Los cuatro analistas habíamos usado la misma dos o tres años y todos -excepto el más brillante- estuvimos de acuerdo en que queríamos actualizar el entrenamiento en la misma; la lluvia continuó toda la tarde, hasta después de las cinco; por fin se calmó un poco a las cinco y media y nos dirigimos al supermercado más cercano en dirección sur.

Aún había agua en el ambiente, pero teníamos que comprar bananos para nuestros desayunos; Rb sacó el paraguas y lo utilizamos casi todo el camino; cuando retornamos de la compra completamos la rutina de ejercicios de los viernes -ya que no podíamos realizar la caminata diaria-; luego tomé un buen baño.

Por la noche estuve realizando algunas pruebas en las que necesitaba conectar tres equipos remotos en el Imperio del Norte; debido a esto ya no pudimos continuar con la película que habíamos iniciado la noche anterior: The Interpreter.

Un poco después de las nueve, como Rb estaba ocupada con algo en su computadora, me retiré a mi habitación, y llamé a mi antiguo supervisor en el Imperio del Norte; estuvimos hablando por casi media hora (me contó toda una aventura con un cálculo en los riñones, de casi media pulgada de diámetro).

La verdad es que estaba hablando bastante rápido -y emocionado- de todo el asunto; incluso utilizando algunos términos médicos con los que no estaba muy relacionado; pero estuvo bien la conversación; después de despedirme del supervisor le dí las buenas noche a Rb, volví a mi habitación, medité y leí un poco de Wherever you go there you are.

El martes me levanté a las seis y media con un ánimo algo raro: había soñado que me encontraba con una de las hijas de la tía más cercana a mi madre; lo raro es que también nos acompañaba su hermano mayor -quien murió hace siete u ocho años-.

Medité y retorné a la cama para unirme a la reunión de las siete; pero, por alguna razón, la computadora no colaboró; entonces -por primera vez- entré a la misma a través del celular; luego sí, la computadora se normalizó y trasladé la llamada a la misma.

Y justo cuando realicé el cambio escuché que estaban discutiendo del tema por el que nos habíamos reunido con el supervisor la tarde anterior; íba a participar pero ya no logré agregar mis comentarios; luego la reunión continuó con normalidad -aunque le escribí al PM comentándole lo que había ocurrido la tarde anterior-.

Acababa de terminar la reunión de la mañana cuando tocaron el timbre de la casa; como no estaba vestido busqué un short y salí a ver de qué se trataba: era la vecina, comentándome que los trabajadores de la municipalidad iban a podar algunas ramas del árbol bajo el cual parqueamos la van; debía salir a moverla.

Le agradecí por el aviso, entré a vestirme completamente -playera y tenis- y salí a mover el auto; allí me recordé que el día anterior había visto que la llanta trasera del lado del copiloto estaba baja. 

Después de entrar a casa saqué las computadoras a la mesa del comedor y continué allí toda la mañana; en la reunión de las nueve no hubo muchos avances -aunque también comentaron algo sobre la nueva herramienta-; y, mientras esperaba la reunión de las diez menos cuarto, me puse a leer un poco del libro de atención plena.

En la reunión del equipo el supervisor cuestionó a cada analista sobre el avance con la tarea asignada el día anterior; pero el analista que menos bien me cae tuvo que ausentarse de la misma, pues tenía una reunión con nuestra supervisora local.

Cuando el supervisor revisó las tareas asignadas incluyó un par que habían estado originalmente asignadas a este analista; y nomás indiqué que me comunicaría con el mismo, para ver los detalles, lo que hice luego de preparar mi desayuno.

Le escribí para proponerle una reunión por la tarde, pero él insistió en que la tuviéramos en el mismo momento, por lo que programé una reunión y la inicié -para grabar los detalles-; y creo que debo mejorar mi actitud hacia esta persona: creo que hasta él se dió cuenta ya de lo poco que me agrada.

Después de esta reunión programé otra con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre: más temprano había encontrado un fallo algo raro en una funcionalidad que había probado en el pasado -y que le había sido asignada-; también grabé esta reunión pues él debía reportar este hallazgo.

Rb había salido a las oncehacia su clase de zumba y retornó al mediodía; sacamos a los perros a caminar y luego nos metimos a la cocina; a recalentar la segunda porción de hashbrowns de zanahoria y caldo de pollo -acompañado con aguacate-.

Después del almuerzo me preparé el café habitual -abrí un paquete de galletas de la caja que compré en nuestra última visita al supermercado en donde compramos artículos a granel-; Rb estuvo tomando llamadas por la tarde y le preparé el té de manzanilla cuando salió a darle de comer a sus perros.

A las cuatro cerré la computadora del trabajo -aunque al final de la jornada había estado trabajando en completar los cursos de código que tengo abiertos-, le escribí un mensaje a Rb y salí a encender la van: había previsto llevarla al taller de llantas.

El boulevard estaba bastante vacío -no sé si por el juego Croacia-Panamá- y no me costó mucho llegar al final del boulevard; pero el taller a donde había ido un par de veces con el auto anterior -y una vez con este- tenía un automóvil en el parqueo; y no veía espacio para otro.

Entonces conduje hasta el siguiente -a donde originalmente había planeado llevarlo, pero no había visto si estaba abierto-; afortunadamente estaba abierto; aunque me tocó que tocar el portón del mismo para que salieran a atender.

El señor fue bastante amable -y eficiente-: desinstaló la llanta -no necesitó la copa de seguridad (no me había dado cuenta que nomás llevaba cuatro de las cinco tuercas)- y la reparó en el acto -otro tornillo-; además, me cobró (dos dólares) el sesenta por ciento de la tarifa del otro lugar.

Después de pagar -y despedirme amablemente del señor- conduje el auto de vuelta a la casa de Rb; y la vine a encontrar aún atendiendo llamadas; al rato salió y nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; en el más lejano compramos pechugas para los almuerzos de la siguiente semana.

Habíamos llevado la mochila que está forrada con aislante térmico y allí colocamos los dos paquetes de pechuga de pollo -una para la perra más anciana y el otro para nuestros almuerzos-; y no pasamos al otro supermercado: Rb había pasado temprano a comprar bananos.

Por la noche estuve haciendo muchas lecciones -partidas de ajedrez- de Duolingo -terminé casi solo el reto semanal: ochenta lecciones-; luego leí los dos capítulos que me terminaba para completar la sección de Wherever you go there you are; y, por último, me pasé a la habitación de Rb para ver la segunda parte de The Interpreter.

Y a ver cómo sigue eso...

jueves, 18 de junio de 2026

Te voy a enseñar a ser rico... I will teach you to be rich... Je vais t'apprendre à etre riche...

Por alguna razón - cansancio, falta de ánimo, otras ocupaciones, entre otros- dejé nuevamente las líneas de lectura: después de completar un par de libros en español -y avanzar en el de francés-, dejé de leer por varios días; entonces empecé a hojear el título de este texto.

Es de un 'especialista' en finanzas personales -de origen del sudeste asiático, me parece- y me llamó la atención el título; pero creo que no lo completaré -o al menos todo el contenido-: muchas de sus observaciones son para jóvenes estadounidenses.

Y, ni soy joven -cincuenta y tres ya- ni soy estadounidense -orgullosamente tercermundista (o del sur global, dicen algunos)-; por lo que creo que hay pocos puntos de comparación; pero me han gustado algunos capítulos; especialmente los que hablan sobre hábitos de consumo y así.

En todo caso, creo que debo continuar con el libro anterior -Cómo pensar sobre el dinero-, pues me siento más identificado con el tipo de contenido presentado; o, más específicamente, con libros que me den un poco más de claridad sobre mi situación actual: a punto de llegar a la tercera edad.

Y a ver cómo va eso... 

El jueves me levanté -otra vez- a las cinco de la mañana: tenía la impresión de que debía realizar un par de pruebas sobre la funcionalidad en la que había estado trabajando los últimos días; y, la verdad, tuve la percepción de que funcionaba mejor así.

Después de meditar estuve haciendo un par de pruebas; y, por la hora, tuve bastante facilidad en la conexión con los equipos en el Imperio del Norte; y no hice mucho, por lo que aproveché para completar las lecciones de Duolingo antes de entrar a la reunión de las siete.

En esta reunión mi supervisor me comentó que estaríamos haciendo unas pruebas durante la mañana; salí de la habitación un poco antes de las nueve porque Rb iba a su clase de Zumba y no quería que sus perros se quedaran descuidados.

Desayuné a las nueve y media -después de la segunda reunión- y me quedé esperando la reunión del equipo; la cual no tuvo muchas novedades, nomás me informó el supervisor que la prueba sería más tarde -empezó después de las diez-.

Durante la mañana había visto que en el edificio donde viven mis hijos un gato estaba teniendo dificultades -el administrador publicó una foto en el grupo-; como no estaba seguro si era el gato de mi hija mediana le escribí a los tres.

Mi hija mayor me escribió más tarde, agradeciéndome por la preocupación y comentándome que no era el gato; mi hijo menor me respondió más tarde, comentándome que no sabía, y no le interesaba.

Mi hija mediana me escribió  comentándome que la preocupaba cuando le enviaba mensajes de ese tipo -y enviándome un par de fotos para mostrarme que la gata estaba bien-; esto ocurrió realmente el miércoles: acabo de verificar los mensajes en whatsapp.

La reunión con mi supervisor -y el desarrollador, y la compañera de mi supervisor- empezó a las diez; se tardó más de hora y media (la grabé) y no pudimos adelantar casi nada: la última liberación de la app no estaba funcionando bien.

Rb retornó un poco despues de las once y media y nos pusimos a hacer la rutina de ejercicios de los miércoles -no la habíamos hecho el día anterior porque una de sus llamadas se alargó-; después sacamos a caminar a los perros.

Después almorzamos la última porción de pollo asado, caldo de hígados de pollo y verduras -y ensalada-; después del almuerzo me preparé un café; pero algo preocupante pasó cuando le preparé el té de manzanilla a Rb más tarde: olvidé por completo que había puesto la olla en la estufa y el agua se consumió completamente.

Creo que pasó más de media hora antes de que el olor a metal sobrecalentado me sacara de lo que estaba haciendo -creo que estaba adelantando lecciones en uno de los (tres) cursos de programación que encontré en la red-; total que apagué la estufa, tiré la manzanilla quemada y utilicé otro recipiente para hervir otro manojo de manzanilla.

Por la tarde nos tocó esperar a que la lluvia amainara -la noche anterior le había enviado mensajes a la mayor parte de mis conocidos en la ciudad: se suponía que la tormenta tropical Cristina entraría al mediodía-: había sido un día bastante húmedo; aunque la tormenta esperada se mantuvo frente a las costas de El Salvador.

Ah y el Jueves fue la inauguración de la copa del mundo de futbol: El Imperio del Norte, junto con sus vecinos superior e inferior están recibiendo a más de cien selecciones para ver quién se gana la copa esta vez.

No soy fanático del deporte -soy fanático de muy pocas cosas- pero -casi- siempre veo algunos partidos -especialmente los de Brasil-; en esta ocasión, además, compré algunos boletos para una quiniela en uno de los bancos donde tengo cuenta -me parece que hice lo mismo la última vez-.

En el otro banco también estoy participando en una quiniela -esta no es de pago- y, finalmente, me apunté a la quiniela que están organizando en el trabajo -por supuesto que para todos mis pronósticos me estoy apoyando en varios LLMs-; y, bueno, no espero grandes resultados.

A las cinco de la tarde salimos a caminar hacia los supermercados en dirección Norte; en el más alejado compramos una pequeña red de aguacates; luego pasamos a la farmacia pues Rb debía de comprar una medicina para su perra más pesada -ha estado con molestias estomacales-.

Luego, a mitad del camino, pasamos a la panadería pues debía comprar el pan de mis desayunos del fin de semana -aunque luego pasé a la panadería de la vuelta, pues quería comprar un par de cubiletes-; al entrar a casa bajé la pechuga del freezer, para evitar que me pasara lo de la última vez: es bien difícil preparar cordon blue con pollo congelado.

Por la noche ví la última parte de la película de The Mandalorian -luego la borré de mi disco duro, junto con varios archivos de más de un gigabyte-; esto lo hice, para evitar dormitar, en la habitación de Rb; donde también completé varias lecciones de Duolingo y, finalmente, leí un poco del libro del título de este texto.

El viernes me levanté a las seis y media -un par de minutos antes, realmente-, medité y entré a la reunión de las siete -había tenido la impresión de que no habría, pero, de hecho, sí hubo-; al inicio, estuve algunos minutos creyendo que nadie estaba hablando, pero eras mis audífonos los que no estaban conectados.

Después de la reunión mi supervisor me llamó casi al instante: su compañera le había enviado un correo con un par de errores que había encontrado en la funcionalidad que yo debía haber visto -una era correcta, la otra no-.

Nomás le comenté que iba a agregar esos dos reportes a la lista de pendientes del equipo; lo que empecé a hacer después de colgar -también le pedí el mensaje exacto, pues no estaba seguro de haber comprendido uno de los puntos-.

Me quedé trabajando en cama hasta que -a las ocho cuarenta y cinco- Rb me escribió pidiendo ayuda: estaba en una llamada y ya era hora de que sus perros comieran; le eché un poco de agua a la comida del perro, llevé el plato de la perra más pesada -estaba acostada en la cama de la habitación de Rb-.

Y le puse el plato a la perra más anciana -cuesta mucho que coma porque Rb la ha estado alimentando en casi todas sus comidas desde hace varios años- y, aunque con un poco de dificultad, terminó de comer -y luego orinó en el comedor-.

Al igual que el día anterior, al mediodía realizamos una rutina de ejercicios (la de los viernes); después sacamos a caminar a los perros; por la tarde estuve trabajando un poco revisando la funcionalidad que me había sido asignada; encontré que había mejorado un poco: al menos ya se lograba la conexión entre la aplicación y el equipo; aunque continuaban los mismos errores que había reportado antes.

Pero, al ver que mis tres compañeros estaban enviando -cada uno- un correo con evidencias de sus pruebas, preparé uno nomás indicando que había terminado la revisión, indicando que funcionaba, pero con los mismos errores, y adjuntando la lista de los mismos -extraída del libro de cálculo en donde reportamos los mismos-.

Al final de la tarde -después del horario laboral- nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; pero antes de salir de la calle nos encontramos -casi en la esquina- con el pickup de las verduras; Rb -a pesar de que había encargado champiñones en la tienda de las verduras (son esposos)- se detuvo a comprar una libra de champiñones -y algunas otras legumbres-.

Entonces retornamos a casa a dejar las compras, antes de volver a salir para retomar el camino hacia los supermercados; caminamos hasta el extremo sur del boulevard y entramos al supermercado que está cerca de ese límite; allí compramos un poco de pollo -mucho, realmente, para los almuerzos de la semana siguiente (y yo compré unos muffins para el desayuno al que había invitado a mi amigo -voluntario- que vive en la colonia donde crecieron mis hijos).

Rb también compró un poco de pechugas de pollo en el mismo lugar; como no habíamos llevado ningún recipiente, tuvimos que comprar una bolsa de plástico para traer las compras; aproveché para comprar dos pares de salsitas de tomate -para los mismos desayunos-.

En el otro supermercado compramos un poco de bananos, un pepino -para el almuerzo que había previsto, con mi hija mayor, el sábado- y dos lechugas verdes; olvidamos comprar una botella de jugo de naranja -que pensaba utilizar en el desayuno del domingo- y ver si habían berengenas -que Rb utiliza en algunos almuerzos-.

Cuando nos percatamos de esto, luego de haber avanzado un par de cuadras en el retorno a casa, decidimos retornar el mercado del mitad del camino; comprobamos que, de hecho, no había berengenas; pero yo compré la botella de jugo de naranja -y agregué una bolsa de snacks, para los desayunos con mi hija mediana-.

Después reiniciamos el retorno a casa; aunque no nos dirigimos directamente a la misma: Rb había encargado media libra de champiñones en la tienda de las verduras y se sintió coprometida a honrar el pedido; pero, al parecer, la señora no tenía existencia de hongos; así que nomás compramos varias libras de tomate y algunas hierbas aromáticas; luego, finalmente, retornamos a casa.

El sábado me levanté a las cinco de la mañana; la noche anterior había decidido que quería trabajar un poco antes de entrar a la clase de storytelling que estoy recibiendo en el ministerio cristiano en el que Rb trabaja; después de meditar encendí la computadora del trabajo y traté de generar un archivo para realizar algunas pruebas; me tardé casi una hora -y muchos intentos fallidos pero, al final, logré completar uno.

Pero no avancé, realmente, mucho en lo que quería hacer; de todos modos, un poco antes de las siete, me pasé a mi computadora personal y entré a la clase semanal de story telling; en la que me enteré que había tarea -había pasado por alto ver el video previo, que es compartido los miércoles-.

La clase estuvo muy interesante -aunque nomás puse atención a medias, pues estaba completando algunas partidas de ajedrez en Duolingo-: se trató sobre las estructuras básicas de 'buenas' historias; con referencias a El héroe de las mil caras, y varios arquetipos -como el viaje del héroe- e, incluso, la estructura de las historias de Pixar.

La clase terminó un poco después de las ocho y salí a saludar a Rb; quien ya había trabajado un poco, traduciendo algunas llamadas médicas; como no quería desayunar muy temprano me puse a desinfectar los ingredientes de la ensalada que planeaba preparar al mediodía.

Después de que Rb desayunó, a las nueve, nos dirigimos caminando al supermercado más cercano en dirección sur: Rb quería comprobar si, a primeras horas de la mañana, encontrábamos algún tipo de lechuga diferente -o, incluso, berengenas-; y no encontramos ninguno de los dos artículos; así que retornamos a casa sin ninguna compra.

De pasada ví, en Whatsapp, que el hermano menor de mi padre me había enviado un par de fotos con una caja de madera sobre la que habíamos estado conversando durante la semana: la caja del Scrabble -que me gané en un convivio navideño-, con más de quince años, ya ptenía varios remiendos por cargarla tanto en mochilas.

Había pensado en pedirle el artefacto a mi tío muchos meses antes, pero me había decidido la semana anterior, y, luego de varios intercambios de mensajes con aclaraciones -medidas, material y acabado (ninguno)- habíamos quedado en unos nueve dólares.

A las diez empecé a preparar un par de ensaladas -muy completa-: lechuga, zanahoria rallada, manzana verde en cubos, aguacate -había reservado una mitad de lo que consumí el jueves y viernes-, tomate y pepino; también pesé dos porciones de aderezo ranch en dos paquetes -vacíos- de galletas soda.

Y a las once empecé a preparar los rollitos -había dejado el día anterior un par de rollitos de pollo con relleno de jamón de pavo y -dos tipos de- queso para sandwiches-: batí un huevo, pasé los rollitos por acá, los pasé por harina de garbanzo -Rb me había cedido una bolsa que ya no pensaba utilizar, debido a sus nuevas (auto) restricciones alimenticias-, luego otra vez por el huevo y, por último, por avena en hojuelas.

Al igual que en ocasiones anteriores los sellé de un lado en aceite caliente, luego los volteé y los puse a cocinar a fuego muy bajo durante quince minutos por cada lado; en el ínterin sacamos a caminar a los perros grandes; cuando entré de la caminata saqué los rollitos del fuego y los puse a enfriar -sobre un par de servilletas absorbentes- dentro de un hermético -destapado-.

Después de eso me metí a la ducha; cuando salí preparé lo que llevaría para el almuerzo con mi hija mayor: dos latas de Seven Up Light -las había metido por hora y media al freezer-, platos y tenedores, las dos ensaladas y el aderezo; y, por último, los dos rollitos de pollo.

Salí de casa un poco después del mediodía; sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero -lo atribuí al partido que empezaría a la una de la tarde- y me tardé menos de media hora para llegar al departamento de mis hijos -después de mucho tiempo, había un auto en el parqueo vecino, así que tuve que ser muy cuidadoso para no dañar la bicicleta de mi hija mediana-.

Subí caminando al séptimo nivel y le envié un mensaje a mi hija mayor -me había comentado, antes, que le habían cambiado perilla a la puerta, por lo que me tenía reservada una nueva copia de la llave de acceso-; mi hija salió casi en el acto -aunque aún con señas de acabar de levantarse-; me pidió diez minutos para alistarse y pasé a la sala.

En este lugar le envié un mensaje a Rb, comentándole lo ligero del tránsito; luego me puse a completar algunas partidas de ajedrez -llevaba varios días en que no podía superar los mil cuatrocientos de elo (y no estaba mejorando)-; mi hija retornó luego de algunos minutos y nos dirigimos al parque temático.

El trayectdo fue agradable: había sol pero no estaba tan quemante; dentro del parque nos dirigimos directamente al lugar en el que acostumbramos tomar los almuerzos; afortunadamente no había ninguna reservación, por lo que pudimos tomar tranquilamente una mesa y tomar nuestros alimentos.

Después del almuerzo le propuse a mi hija mayor ir por un helado; lo que adquirimos en el restaurante de pollo -de la cadena más grande del país- del lugar; después del helado le propuse jugar una partida de Scrabble; pero el lugar en el que nos encontrábamos estaba recibiendo la luz directa del sol -que estaba más fuerte-; por lo que nos movimos al otra área techada con mesas.

Después de agotar todas las fichas del juego le propuse a mi hija que nos subiéramos a la rueda de Chicago; pero antes le pedí que cuidara ambas mochilas mientras entraba a uno de los servicios sanitarios del lugar; y cuando salí del mismo le tocó el turno a mi hija; y justo cuando estaba esperándola se desaró una lluvia bastante fuerte.

La que nos obligó a refugiarnos durante un rato en la entrada de los mismos servicios -por ser ámplia sirvió de refugio a varias personas-; cuando la lluvia amainó un poco nos pasamos a otra área -que no fuera en servicios sanitarios-; esperamos un poco más en otra de las áreas techadas pues la lluvia recomenzó.

Aunque aún no eran las cuatro de la tarde -y habíamos acordado despedirnos a las cinco y media- decidimos retornar al departamento, viendo la situación pluvial; el camino de vuelta estuvo bastante agradable -aunque en cierta parte del mismo caminamos bajo algunos goterones esporádicos de lluvia-; y también llegué al departamento con uno de mis tenis -el que reparé no muchas semanas antes- completamente empapado.

En el departamento me quité los zapatos -que siempre hago- y los calcetines y me instalé en la sala; en donde mi hija me acompañó por un poco más de media hora; estuvimos conversando un poco sobre lo que ambos estábamos leyendo; a las cinco y media -había puesto una alarma- le comenté a mi hija que me estaba retirando.

Mi hija me acompañó al parqueo en el sótano -lo hace frecuentemente-; antes de salir del departamento había estado conversando con Rb -ella se encontraba en su iglesia, impartiendo la clase de alfabetización de adultos de los sábados- y me había pedido que pasara por ella ya que había estado lloviendo durante más de una hora.

Después de despedirme de mi hija mayor -y arrancar el auto- conecté los datos móviles y le envié un mensaje, confirmándole que empezaba mi retorno; ella me respondió indicándome que tuviera cuidado en los pasos -subterráneos- a desnivel.

El tránsito no estaba muy pesado en la vía principal cerca del edificio donde viven mis hijos; ni en la zona cercana a la Universidad; donde sí estaba bastante complicado era en el semáforo antes de salir de la ciudad y entrar al municipio en el que habitamos.

Y es que, debido a la lluvia, se había formado nuevamente una columna de agua de lluvia en un área que acaban de deforestar -me imagino que para nuevas urbanizaciones- que se encuentra justo en el puente que divide la ciudad y el municipio.

El paso por el semáforo me llevó un buen tiempo -más de cuatro o cinco ciclos de cambio de luces- y, casualmente, Rb me llamó justo cuando estaba empezando a descender la pendiente hacia el puente -casi en el mismo lugar en donde me había llamado la última vez-.

Le comenté que estaba por llegar al puente y me indicó que ya no estaba lloviendo en donde se encontraba y que mejor caminaría de vuelta; que me dirigiera a su casa y que, si me parecía, fuera, caminando, a encontrarla en su retorno.

Vine a casa y me cambié de ropa y -especialmente- de zapatos; también saqué al patio a los perros más grandes; después me puse una gorra y salí a encontrar a Rb en el camino; y, afortunadamente, el trayecto salió como esperaba: no la encontré antes de la panadería en donde el pan es más económico.

O sea, sobrepasé ese punto y la encontré un par de cuadras más lejos; entonces, en el retorno, pasé a la panadería a comprar un poco de pan para el desayuno del día siguiente; después continuamos el camino hacia la casa.

Cuando venimos empecé a preparar los bártulos para realizar la limpieza -Rb había lavado el baño antes de dirigirse a la iglesia-; pero, antes de que empezara a barrer, Rb empezó a preparar su cena y se percató que el cilindro de gas propano se había acabado -tardó un mes menos que la vez anterior-.

Rb me pidió ayuda para desenterrar una estufa eléctrica que tenía olvidada en la habitación de la lavadora; luego de que ella empezó a preparar su cena llamé al servicio de entrega de gas propano; pero me comentaron que ya no estaban en servicio y que empezarían el día siguiente a las siete y media.

Lo que me descolocó en mis planes: preparar el desayuno cuando invito a mis amigos me lleva alrededor de una hora -utilizando las cuatro hornillas de la estufa-; mi ánimo se ensombreció completamente, a pesar de que Rb me aseguró que todo iría bien -un poco después, mientras continuaba la limpieza, empecé a prever algunos cambios en la rutina-.

Por ejemplo, decidí que, en lugar de preparar el café en la prensa francesa, utilizaría la percoladora que había llevado en ocasiones anteriores en la visita trimestral a mis padres; también estuve pensando la forma de balancear los otros tres elementos del desayuno en solo dos hornillas.

Al final, entre la limpieza de los pisos, la limpieza y prepación de la mesa, y la puesta a punto de algunos ingredientes para preparar el desayuno del día siguiente; ya no me dió tiempo de ver algo en mi computadora, o leer algo en la tablet: a las diez y media medité, luego me despedí de Rb y procedí a meterme a la cama.

El domingo me levanté -igual que el día anterior- a las cinco de la mañana; medité y después me metí a la ducha: quería empezar temprano con la preparación del desayuno; lo cual no estuvo tan mal; o sea, los plátanos quedaron un poco más dorados, debido a la dificultad de controlar la intensidad de las resistencias eléctricas; pero, en general, creo que tuve un buen resultado.

A las seis y media o así había puesto a funcionar la percoladora; y mi amigo vino cinco minutos antes de la hora que habíamos acordado -a las siete menos cinco-; se parqueó -como le había indicado por mensaje- detrás del auto de Rb y esperé a que terminara para salir a recibirlo.

Y quienes también se dieron cuenta de su llegada fueron los perros de Rb: empezaron a ladrar dentro de la habitación; pero repetimos el protocolo de cada vez que recibimos visitas: sacarlos uno por uno para evitar la sobrecarga de ambos -o del invitado-.

Rb también salió de la habitación; con mi amigo nos dedicamos a dar buena cuenta del desayuno -estuvo muy bueno, y copioso- y luego les propuse una partida de dominó -utilizando el que Rb tiene, con noventa y un piezas-; la que nos tomó más de una hora para completar -gané yo-.

En el ínterin recibimos al repartidor del depósito de gas propano -Rb había tenido que llamar al servicio al cliente porque se estaban tardando en realizar la entrega-; así que me tocó que salir a quitar la mesa con la que lo protegemos de los elementos, para que el joven pudiera instalar el nuevo cilindro.

Un poco después de las nueve, cuando mi amigo se ausentó un momento para ir al baño, le  pregunté a Rb si prefería que lo sacara a las diez o a las once; ella prefirió la segunda opción; y luego la reunión siguió con un patrón bastante común: Rb monopilizando la conversación, hablando de sus viajes, y así.

Cinco minutos antes de la hora en punto -mientras le agradecía a mi amigo por su visita- le indiqué que habíamos planeado salir al supermercado a las once; Rb aún se disculpó por mi forma abrupta; pero mi amigo no le dió importancia; salí a despedirlo a su automóvil.

Luego fuimos, con Rb, al supermercado más cercano en dirección sur; teníamos la esperanza de encontrar alguno de los dos otros tipos de lechuga que no habíamos podido hallar en los días anteriores; pero no hubo caso; de hecho no encontramos ninguna lechuga; pero Rb aprovechó para comprar algunos bananos.

Cuando retornamos le pusimos los arneses a los perros grandes y los sacamos a su caminata diaria; luego, al entrar, Rb se dedicó a preparar las alitas dominicales y yo preparé un par de enormes ensaladas; la comida -casi- me provocó una indigestión -la verdad es que había comido mucho pan en el desayuno-.

Con lo que tuve que tomarme una pausa después del almuerzo -me estaba costando respirar y, en cierto momento, incluso creí que iba a devolver algo de los alimentos ingeridos-; afortunadamente el sistema digestivo pudo procesar su carga -creo que también ayudó el hecho de ponerme a hacerme cargo de los trastes sucios-.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb -el cual no consumió en el acto, pues quería descansar después de darle de comer a sus perros-; después me metí a mi habitación y me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta- y mis predicciones del mundial de futbol en dos sitios: la quiniela del trabajo y la del banco en donde tengo la mayor parte de mis fondos.

Rb me había pedido que la despertara a las cuatro pues debíamos empezar la preparación de los almuerzos de la semana: decidimos empezar una hora antes de lo acostumbrado pues debíamos preparar dos opciones: una tortilla española, para dos días, y un caldo de pollo para los otros dos.

Y esto porque Rb llevaba ya un tiempo limitando su ingesta semanal de papas y similares; entonces, redujimos a dos días -de cuatro, antes- el consumo de la tortilla española; me tocó que partir en cubos -o picar- bastantes ingredientes pero, antes de las seis, ya habíamos terminado la preparación.

Entonces me puse a ver qué opciones de media había en la página en la que había estado consumiendo este contenido durante el último tiempo; y encontré el último lanzamiento de una serie de películas de comedia -Scary Movie-; la bajé y, como no tenía subtítulos, me tomó un poco de tiempo conseguir un archivo aceptable.

Y me tocó que, nuevamente, escribir -con ayuda de Mistral, por cierto- un poco de código en Python para sincronizar los subtítulos con el video -estaba adelantado casi medio minuto-; ví una tercera parte de la película y luego me puse a actualizar, nuevamente, mis notas.

El lunes, martes y miércoles no tuvieron muchas novedades: el lunes transferí a la cuenta de la esposa de mi tío los once dólares de la caja que me había fabricado para el Scrabble y el martes le transferí doce a mi hija mayor -me había escrito para que le prestara esa cantidad pues no tenía ánimos de cocinar-.

El lunes y el miércoles, después del horario laboral, caminamos hacia los supermercados en dirección sur; ambos días compré pechugas de pollo -el primer día en el supermercado más lejano- y jamón -el primer día me confundí y compré del normal, necesitando de pavo para los rollitos de los sábados con mis hijos-.

El martes caminamos hacia los supermercados en dirección norte: Rb quería comprar un jabón de viaje, para llevar el jueves al hospital público más grande de la ciudad: después de un par de meses debía presentarse para realizarse una batería de pruebas de laboratorio.

Los primeros dos días estuvieron bastante tranquilos en el tema laboral: entré a las dos reuniones diarias, a las siete y a las nueve; y a la del equipo a las diez menos cuarto -aunque el lunes entré un poco tarde, por estar preparando mi desayuno; los primeros tres días estuve en intermitente veinte sobre cuatro.

El lunes almorzamos la primera -de dos- porción de tortilla española, acompañada de una ensalada; el martes y miércoles almorzamos las dos porciones de caldo de pollo, con fajitas del mismo tipo de carne; el martes y miércoles, con el café, consumí un pastelillo que nos habían regalado el lunes en el supermercado más lejano.

El lunes le escribí a nuestra editora, para comentarle el plan que tenía para el siguiente domingo: acudir a un parque natural para almorzar -y celebrar el cumpleaños de Rb-; ella me comentó que esperaba unírsenos en el lugar, con alguna fruta como regalo.

El miércoles se celebraba en el país el día del padre; desde la noche anterior había dejado preparado un mensaje en un grupo de difusión de whatsapp; lo envié a las cinco de la mañana -ese día me levanté una hora antes, para realizar algunas pruebas-.

La mayor parte del grupo respondió a mi saludo -ninguno de mis hijos me habló ese día-, quien si me escribió fue mi padre - que creo que lo ha hecho durante los últimos años en la misma ocasión-; incluso mi doctora y el analista más brillante del equipo me escribieron para desearme un buen día.

Los tres días estuve avanzando un poco en los tres cursos que estoy tomando en línea: Scientific Computing with Python en freecodecamp, principios de c en learn-c.org y  Data Science Essentials with Python en Cisco Networking Academy; también empecé a leer un libro en español: Criaturita.

Además, este último día recibí el voucher para examinarme para un certificado de Microsoft: mi amigo asiático -y luego el analista más brillante- me había enviado un link para acceder a un evento de esta empresa, y optar a un voucher.

Por último:  mi primo me había escrito el lunes para comentarme que mi tío me había enviado la caja con él; habíamos acordado que llegaría el miércoles a las nueve y media a su casa, para recogerla; pero el miércoles, bien tarde, me escribió para comentarme que quizá llegaría después de la hora definida.

Ya había pasado la clase de Educación Ambiental -pésimamente organizada, por cierto- a la que estoy acudiendo los miércoles por la noche -de seis a siete- cuando me escribió para comentarme que su sobrina había venido a la ciudad para presentar una obra de teatro.

Y un poco después me escribió para indicarme que estaba -estaban- en la sección de cafetería de la gasolinera en las afueras de la universidad -muy cerca de su casa-; como le había pedido a Rb que me acompañara en el viaje, le comenté que debíamos llegar a un nuevo punto de encuentro.

Salimos de casa un poco después de las nueve; el tránsito estaba bastante ligero; y encontramos en la gasolinera a mi primo, su hermana mayor, el esposo de esta y las dos hijas de ambos; el hermano de este; y una amiga de mi primo.

Por supuesto que Rb empezó -después de todas las presentaciones- a conversar con todo el grupo; yo esperé un rato y, no queriendo regresar muy tarde a casa, le ofrecí a mi primo llevarlo a su habitación, para recoger la caja, y luego retornarlo.

Pero todo mundo empezó a despedirse; luego llevamos, con Rb a mi primo a su colonia; a donde no pudimos ingresar debido al nuevo sistema de seguridad implementado; por lo que lo dejamos en la garita, y conduje al redondel de la universidad, para parquear el auto -y esperarlo- del otro lado del boulevard de acceso.

Mi primo se tardó un poco pero, finalmente, regresó con la caja de madera; nos despedimos e iniciamos el retorno a casa; a donde llegamos sin ninguna novedad; nomás entré a casa y comprobé la caja: el Scrabble encajó perfectamente en su interior.

Y a ver cómo sigue eso... 

 

 

 

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Historia de dos caricaturistas... Story of two cartoonists... Historie de deux dessinateurs...

Era el mejor de los caricaturistas, era el peor de los caricaturistas.

No, la verdad es que ambos eran muy buenos, ambos cultivaron un gran éxito:

Uno dibujaba -de forma bastante sarcástica- el día a día de los trabajadores de oficina, publicó varios libros, tuvo una serie de televisión e hizo mucho dinero.
El otro dibujaba -de forma bastante oscura- las aventuras de un niño y su tigre -de peluche-, publicó varios libros, prefirió hacer mutis.

El primero se involucró en diferentes negocios y, en las últimas décadas de su vida, se agudizaron sus prejuicios con las minorías: profetizó -y acompañó y celebró- el triunfo de la naranja mecánica.
El segundo decidió, después de una década de dibujar a sus personajes, retirarse de la vida pública.

El admirador/seguidor del hombre más poderoso del mundo murió hace unos meses; en su carta de despedida aceptaba a Jesús como su señor y salvador -en caso hubiera vida después de esto-.
Sobre el otro nos informa Google: Bill Watterson, el legendario creador de Calvin y Hobbes, continúa llevando una vida notoriamente privada... permanece en gran medida retirado de la vida pública.

No hay un final épico ni un sacrificio de héroe.