viernes, 6 de febrero de 2026

Intermezzo... Intermezzo... Intermezzo...

Aunque es una palabra en italiano, cuya traducción en Francés e Inglés es Interlude y en Español, Interludio; prefiero dejar las tres formas del título en su forma original: es el título del libro en inglés que empecé a leer después de Proust and the squid.

Me parece que ya lo había agregado a mi lista de libros desde el año pasado; pero por alguna razón no lo había bajado -igual, durante el último mes y medio del dos mil veinticinco no abrí ningún libro, debido a la convalecencia de Rb-.

Pero hace unas semanas encontré un artículo donde Obama hablaba sobre su música, libros y películas preferidos del año que terminaba -me parece que los ha estado publicando anualmente por varios años-; y allí estaba otra vez: Intermezzo.

Así que lo bajé a la tablet y me propuse leerlo después del libro de no ficción; y el inicio me costó: el libro está escrito de una forma interesante; o sea, el primer capítulo no tiene diálogos ni una estructura -al menos no puedo reconocer una-.

Es como un soliloquio y un recorrido de los lugares y personas que uno de los hermanos protagonistas del libro va encontrando en su día/noche: es un abogado con adicción a tranquilizantes, muy carismático y en una relación -extraña- con una chica diez años menor que él.

El otro hermano -acaban de perder a su padre- tiene rasgos de autista y es un experto en ajedrez; y fue el segundo capítulo el que me convenció de continuar con el libro: sus capítulos si tienen una narración bastante convencional y unos diálogos accesibles.

Por supuesto que me sentí identificado con el hermano menor -por diez años-: es torpe socialmente -aunque acaba de completar un grado en física teórica- y conoce a una dama diez años mayor, con la que empieza una relación romántica.

El libro está interesante -aunque los capítulos del abogado son bastante complicados- y estuve leyendo un poco acerca de la autora -creo que no tiene ni cuarenta años-; creo que leeré al menos otro de la misma.

Y a ver cómo va eso.

El domingo me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de ajedrez; desde hace unas semanas he tratado de no salir antes de las nueve de mi habitación, para mantener un régimen de ayuno intermitente.

Casi a las nueve y media salí de la habitación y me preparé el desayuno de los domingos; la tortilla de harina estaba muy pegada a otra y se rompió en varias partes -la que quedó en la bolsa se veía más dañada-.

Después del desayuno lavé algunos trastes que estaban en la cocina y después avancé un poco en el segundo libro del colombiano; a las diez y media nos dirigimos con Rb a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel.

Llevábamos una lista algo grande -al menos más grande que la última vez- y al final mi parte de la cuenta ascendió a casi cien dólares; Rb no encontró una batidora manual que había visto en la página del supermercado.

En el camino de vuelta pasamos a una gasolinera a llenar el tanque de la van -cuarenta dólares- y luego retornamos a casa; Rb le escribió a una persona que vive en un departamento pegado a nuestro gran vecino del norte -y donde hay una sucursal del supermercado en donde sí estaba disponible la batidora-.

Al mediodía preparamos las alitas dominicales y la ensalada de costumbre; después del almuerzo -y el lavado de trastos- le preparé un té de manzanilla a Rb; el resto de la tarde estuve avanzando en el libro en Español.

A las cinco de la tarde nos metimos a la cocina a preparar los ingredientes para los almuerzos del lunes y martes: tacos de pescado; rallé una zanahoria, piqué un poco de lechuga y cilantro -Rb preparó una mezcla de tomate y cilantro-; también preparamos cuatro litros de fresco de rosa de Jamaica.

Rb se había mantenido en comunicación con su conocido y habían acordado que el hijo traería la batidora para entregárnosla en la estación de autobuses -vive, desde hace unas semanas, en una residencia universitaria al otro lado de la ciudad-.

Antes de que anocheciera me preparé para salir y estuve esperando a que el joven le avisara a Rb que ya habían entrado al departamento; pero llegaron las siete y no había señales del mismo, por lo que decidimos salir a las siete y media y esperarlo en la estación.

El tránsito estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar a la estación de los autobuses -queda muy cerca de la colonia en donde vive mi tía favorita-; estacioné el automóvil al otro lado de la calle y esperamos durante más de media hora.

El bus llegó, finalmente, a las nueve menos cuarto; Rb bajó del auto y fue por la batidora; pero luego retornó con el joven pues la estación estaba cerrada, el frío ha estado bastante fuerte y le ofreció refugio en la van mientras ordenaba un Uber.

Aún tuvimos que esperar diez o quince minutos más -el joven es basante bisoño, aún con voz de niño, nos contó que estudia Ingeniería en Mecatrónica-; finalmente el Uber llegó por su pasajero, nos despedimos, se bajó, y empezamos el camino de retorno a casa.

El lunes me levanté a las siete y media; creo que me desperté mucho antes debido a los ladridos del perro de algún vecino -o del frío intenso: la ola de frío realmente esta bajando la temperatura a niveles que no veíamos desde hace décadas (ocho grados centígrados)-.

Me levanté a meditar y luego retorné a la cama -con la computadora- para entrar a la primera reunión del día; la cual no tuvo muchas novedades: mi supervisor anda de vacaciones pero la persona con la que trabaja en el Imperio del Norte volvió a dirigir la reunión.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo, y leyendo un poco de Ahora y en la hora; un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno -avena, banano, gelatina y papaya-.

Luego de desayunar había pensado quedarme trabajando en la mesa pero al ver que Rb seguía en su habitación -el frío estaba bastante notable- retorné un rato a la cama; en donde me estuve hasta cerca de las diez de la mañana: a esa hora tenía una reunión con mi supervisora local y otro ingeniero.

El tema de la reunión eran las vacaciones -y la estrategia para bajar la cantidad- atrasadas; lo que me llamó la atención es que cuando entré al evento otro compañero se conectó, y luego otro; la supervisora se conectó un poco tarde.

Estábamos en los saludos iniciales cuando mi celular empezó a sonar -lo había dejado cargando en la mesita de noche de Rb-; no llegué a tiempo de contestar pero ví que me llamaban del grupo con el que acompañé a misioneros del Imperio del norte hace un par de años.

La reunión tardó menos de media hora y efectivamente era para comentarnos que la meta corporativa local es que nadie tenga más de dos períodos de vacaciones acumuladas (treinta días); pero haciendo un cálculo rápido (por los dos días de vacaciones por mes que he estado tomando desde hace casi tres años) ví que podía continuar igual.

Después de cerrar la llamada le escribí a la persona que me había llamado más temprano: me disculpé por no poder atender la llamada y le comenté que no podría acompañarlos este año -por cuestiones laborales-; que esperaba que me tomaran en cuenta en el futuro.

Y es que, Rb me lo recordó, había decidido ya no continuar con este grupo: el departamento comparte frontera con nuestro gran vecino del norte y, durante la última época, hemos estado viendo noticias algo preocupantes sobre el nivel de violencia -relacionada con el narcotráfico-.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado; antes de sacar a caminar a los perros Rb se encargó de extraer las espinas al trozo de mojarra que habíamos reservado unas semanas atrás; y, con la bolsa de filetes que compramos la semana anterior, preparó dieciseis porciones para rebosarlas en huevo y harina de arroz.

Mientras Rb se encargaba del pescado yo machaqué un aguacate para preparar guacamol; después sacamos a caminar a los perros: la caminata no tuvo ningún inconveniente y, cuando entramos a cassa, Rb empezó a cocinar el pescado.

Almorzamos los tacos -cuatro, realmente grandes- con una sopa que Rb preparó con las verduras que habían sobrado de los almuerzos de la semana anterior; después del almuerzo lavé los trastes que habíamos utilizado para preparar el almuerzo -era una montaña-.

También preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí: aunque los últimos días ya no había tomado refacción me pareció que era correcto consumir las ocho o diez bolsas de té de menta que han estado en la cocina por muchos meses -con fecha de vencimiento muy próxima-; acompañé el té con una galleta y un pan tostado.

El resto de la tarde estuve entre la mesa y la cama; de hecho estuve a punto de dormirme un rato pero preferí levantarme a ordenar un poco los trastos de la cocina; a las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Pasamos al que queda a mitad del camino pues Rb quería comprar del tipo de pollo que le prepara a la perra más anciana; también compramos un poco de bananos; luego caminamos hasta la altura del supermercado más lejano y dimos la vuelta.

Antes de entrar a la calle donde vivimos cruzamos el boulevard para pasar a la tienda de las verduras: la papaya estaba a punto de terminarse; compramos una papaya que ya estaba casi madura -dos dólares- y luego retornamos a casa.

Por la noche estuve leyendo un poco de Intermezzo y anotando los movimientos del algoritmo adicional para resolver el último cubo de Rubik que les regalé a mis hijos: mi hijo menor y mi hija mayor ya lo resolvieron -debido a que ya habían aprendido los dos anteriores-; mi hija mediana aún va por la primera etapa.

El martes cumplí cincuenta y tres años -subí un recuento del día en la anterior entrada-.

El miércoles pasó sin muchos cambios: meditación, reunión temprana, desayuno -con pastel- a las diez; por la mañana pagué el servicio de Internet del departamento de mis hijos; almorzamos un burrito, aunque Rb tuvo dificultades en  preparar las tortillas -creo que eran de harina de arroz-.

Por la tarde preparé un té de manzanilla para Rb y uno de menta para mí -por la mañana había tomado una taza de café-; acompañé el té con una porción de pastel -de cumpleaños-; a las cuatro y media -media hora antes de la hora de salida- caminamos hacia los supermercados en dirección sur.

Salimos más temprano porque Rb tenía su clase de teología a las seis y media y quería estar preparada antes de entrar a la misma; no entramos al supermercados más lejano, nomás dimos la vuelta cuando llegamos a la altura del mismo.

En el otro supermercado compramos un poco de pollo y bananos; por la noche vimos un capítulo de Seinfeld -creo que el segundo de la primera temorada-: le sugerí a Rb que viéramos las nueve temporadas.

El jueves era mi primer día de vacaciones del mes; como la semana anterior no había podido reunirme con mi excompañero de la facultad, con quien me reencontré en el evento de bodas de plata de graduación, le había propuesto que nos reuniéramos ese día.

Le había escrito a principios de la semana y había aceptado la reunión; luego, un día antes, me había escrito para comentarme que -otra vez- lo enviaban a una reunión en una de las zonas más afluentes de la ciudad.

Entonces, para el miércoles en la noche, creí que no nos íbamos a reunir; le había dicho a Rb que la iba a acompañar nomás la mitad de su salida el jueves, luego le dije que la acompañaría todo el camino; entonces no quise decirle el miércoles por la noche que me quedaría en el comercial donde se estacionan los busitos -y almorzaría afuera-.

Pero el jueves temprano le comenté que me había vuelto a escribir mi ex compañero y que sí íbamos a reunirnos; de hecho esta persona -me frustra- me había indicado que aún confirmaría a las diez de la mañana.

Por la noche había decidido que si no podía reunirme con mi compañero me quedaría almorzando, solo, en el lugar; el plan era pasar a una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas de ahorros y depositar las cuatrocientas monedas de cinco centavos que había contado la semana anterior.

El jueves medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo, y leer un poco; después me bañé y, luego, preparé mi desayuno; un poco después de las nueve salimos hacia el supermercado del centro histórico.

Llevaba mi mochila negra, en la que había metido uno de los paquetes de incienso que mi hijo menor me regaló en Navidad; también algunos cubos de Rubik; el busito no tardó en pasar y llegamos bastante rápido a la estación del transmetro.

Tomamos un bus articulado y nos apeamos frente al mercado en el que Rb acostumbra comprar las frutas para su consumo semanal; nomás compró varias libras de moras y un par de bolsas de peras; en la misma estación abordamos el bus de vuelta.

En el comercial en donde se estacionan los busitos entramos al supermercado; Rb compró una bolsa de manzanas y escogimos una pequeña red de aguacates; después acompañé a Rb a la farmacia -tenía que comprar algún medicamento-.

Después de la farmacia acompañé a Rb a abordar el busito; me subí y aún me estuve un rato acompañándola; luego nos despedimos y me dirigí a la cooperativa; pero resulta que esa sucursal no era de la misma en donde abrí mis cuentas.

Entonces me pasé a un banco fuera del comercial y allí entregué las dos bolsitas en donde llevaba las monedas separadas; la cajera se sorprendió un poco con mi transacción y procedió a dirigirse a -me imagino- la máquina que utilizan para contar monedas.

Luego regresé al comercial pues ya casi era la hora de encontrar a mi amigo en el tercer nivel -doce y cuarto-; aún pasé a preguntar por unos cubos de Rubik de siete por siete -el precio es ligeramente más caro que los de seis por seis que compré el año pasado-.

Mi amigo llegó exactamente a las doce y cuarto, nos saludamos y me indicó que quería invitar en esta ocasión; le sugerí Taco Bell; compramos un par de menús y nos instalamos en las mesas del lugar.

Estuvimos un poco más de una hora entre almuerzo y conversación: mi amigo ya inició los tramites para jubilarse del trabajo gubernamental en donde ha estado durante los últimos veinte años; además de dar clases en una universidad privada, anda buscando de qué otra forma balancear su presupuesto después de retirarse del gobierno.

Un poco después de la una nos despedimos y salí a tomar el busito para retornar a casa; cuando entré a la calle encontré a Rb fuera del portón de su casa: acababa de sacar a caminar a la más anciana de sus perras.

Lavé un poco de trastes y preparé los tés de la tarde -que acompañé con pastel-; luego levanté objetos del piso pues había previsto realizar la limpieza semanal; a las cuatro de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección Norte.

Rb me había pedido que la acompañara a la tienda en donde usualmente compramos ropa y zapatos -de segunda mano-: quería comprar algunas colchas para hacerle trajes a sus perros grandes.

Entrando al lugar ví algunas mochilas con un precio bastante bajo -casi la cuarta parte de la última que compré-; reservé una y acompañé a Rb en la búsqueda de colchas para sus perros; al final encontró tres y pasamos a pagar; por la noche continué con Intermezzo, ajedrez en Duolingo y el penúltimo capítulo de la primera temporada de Seinfeld.

Y a ver cómo sigue eso...

martes, 3 de febrero de 2026

Cincuenta y tres es un número primo… Fifty-three is a prime number… Cinquante-trois est un nombre premier…

Este día llegué a esta cifra de años que han pasado desde que entré en esta realidad; mi padre había muerto un mes antes y mi madre -con niño de dos años- aún era una adolescente; no muy buenas perspectivas, creo.

Además era una persona sin estudios -no sé si había pasado del primer grado en la escuela-, y sus padres -mi padre era un alcohólico que había sido trabajador en una cantera y por esa época vendía leña que bajaba de la montaña- se habían divorciado un tiempo atrás.

No sé a ciencia cierta toda la historia; la verdad, prefiero no conocer muchos detalles; pero no era un escenario muy propicio; tampoco sé cuál era el acuerdo entre mis padres, pero sí me contaron de muy joven que mis abuelos paternos trataron de quedarse con mi hermano mayor y yo (o no sé si solo con mi hermano mayor).

Ah, y dejaron a mi madre en la calle: cierto dinero que debía haber sido para mi madre lo tomaron mis abuelos y mis tíos paternos -mi padre tenía un grado medio en el ejercito-; supuestamente compraron -y destruyeron- un camión con eso.

Me llamó la atención que mi madre no les guardó rencor: mientras iba creciendo recibimos en la casa -mi madre se casó a los dos años con quien siempre he visto como mi padre- a mis tíos paternos; y -con mi hermano- pasamos varias vacaciones escolares en la casa en donde había crecido mi papá biológico.

De todos modos me considero afortunado: fuí el primero de mi familia en atender -y graduarme- de la universidad; o sea, no he tenido el éxito financiero que esperaba obtener, pero he conseguido un buen grado de paz.

El año pasado, en este día, me envié una carta, resumiendo -o tratando de- los acontecimientos del año anterior; y expresando algunos buenos propósitos para el año que empezaba.

Y la verdad, no ha cambiado mucho la situación: ya no he participado -ni creo que participaré este año- en jornadas médicas; aunque me gustaría seguir ayudando a algún grupo con interpretación inglés/español.

Sigo -afortunadamente- en el mismo trabajo, ya son más de once años; vivo en el mismo lugar y mantengo la rutina de meditación diaria; aunque hubo un pequeño cambio -en la sección nocturna-: ahora medito a las diez -cuando Rb realiza su devocional cristiano diario-.

Los ejercicios semanales han quedado en pausa debido al reposo médico que le recetaron a Rb después de su histerectomía a mediados de noviembre; durante las últimas semanas hemos salido a caminar los cuatro -y medio?- kilómetros diariamente.

Sigo practicando -o al menos leyendo en - Francés -aunque no he abierto un libro en este idioma desde mediados de noviembre-; no he practicado conversación y debo pensar en alguna forma de mejorar en este aspecto.

Concluí el curso de Portugués en Duolingo; pero luego le agregaron otra unidad, la cual aún no he concluido (sesenta por ciento?) porque me he dedicado más a intentar mejorar mi nivel en ajedrez -no logro pasar de un ELO de mil quinientos-.

Pero leí un par de libros en Portugués el año pasado; además bajé varios libros del mismo idioma y los agregué a mi lista de pendientes; pero, al igual que con el Francés, no he practicado conversación.

No pagué los meses que había previsto en Busuu; me molestó que cuando intentara contratar la membrecía -debido a mi ubicación geográfica- el precio se duplicara -o algo así-; nomás terminé todo el contenido -accesible- en Francés y Portugués y desinstalé la aplicación.

No he escrito mucho código, aunque sí he utilizado varios LLMs para 'mejorar' o 'adecuar' código que ha compartido el analisa más brillante del grupo: logré sobreponerme a un error en la instalación de una app, y luego utilicé código para extraer todos los Casos de Prueba de una Suite.

Con respecto a los certificados: me dí por vencido; o sea, tuve intenciones de obtener ITIL Foundation, pero luego ví un par de ofertas laborales en que pedían el certificado y no me parecieron atractivas.

Luego estuvo estudiando durante varias semanas para AWS Architect; pero luego me enteré que la versión para la que estaba estudiando estaba por vencerse; conseguí un par de guías para la siguiente, pero dejé a medias la adecuación del material para mi app de repetición espaciada -con la que obtuve el certificado de SCRUM-.

Al final me sentí desmotivado por -lo que percibí como- la inutilidad de obtener certificados por la etapa -la edad básicamente- en la que me encuentro en materia laboral; aún tengo pendiente decidir qué haré en este punto.

Lo otro destacado del año anterior fue el mes que trabajé en paralelo en otra empresa del Imperio del Norte: me gustó la experiencia de entrar, todo el proceso -incluída la entrevista final- fue completamente en inglés.

Pero no me gustó hacer lo mismo dos veces -aunque le dinero fuera el doble-; aún sigo buscando formas alternativas de generar más ingresos -sin descuidar el trabajo en el que he estado durante más de una década- 

Y puedo resumir el día de mi cumpleaños así: me desperté muy temprano -hizo menos frío que el día anterior pero el tránsito ha estado (creo) más ruidoso- pero me levanté a meditar a las siete y media.

Luego retorné a la cama, a atender la llamada de la reunión diaria; en la que la participación de mi equipo es mínima; la llamada tardó un poco más de media hora, me quedé en la cama haciendo lecciones de Duolingo y a las ocho y cuarenta recibí una llamada.

Era mi madre, comunicándose por mi cumpleaños; conversamos un poco -por alguna razón me cuesta dialogar con mis padres-; luego continué con Duolingo, y un poco del libro en Inglés (Intermezzo).

Rb entró a la habitación un poco después y estuvimos conversando un poco; a las diez salí de la habitación; iba a prepararme el desayuno pero Rb me había comentado algo de la basura, salí a dejar las tres bolsas al portón.

Cuando salí ví una motocicleta de mi pastelería favorita; pero el joven conductor parecía estar durmiendo sentado; le pregunté si venía acá -la verdad me sorprendí- y me comentó la dirección, además me dijo que se había detenido un momento porque andaba con fiebre.

Entré a la casa a pedirle a Rb algo para la fiebre; también le comenté que 'alguien' me habían enviado un pastel; y ese 'alguien' era ella -me sorprendió-; salió de su habitación y salimos con un par de Tylenol -y un vaso de agua- para el joven, también Rb pagó el pastel (doce dólares): era uno especial de cumpleaños.

Entonces decidí prepararme una taza de café y corté un gran trozo de pastel (quizá una quinta parte); un poco después tomé un tazón de avena, y un banano; luego le comenté a Rb que quería regalarle un cuarto del pastel a la vecina; ella no vió objeciones.

Partí el pastel, lo coloqué en un plato y le pedí a Rb que le hablara a la vecina -me molesta gritar-; ella salió y probó llamarla, luego pasó al patio vecino y tocó la puerta; al parecer la casa estaba vacía.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado -igual a los del día anterior-; después del almuerzo lavé los trastes y, un poco más tarde, preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí; lo que consumí con una pequeña porción de pastel -un poco antes había cortado el sobrante en diez o doce porciones, que almacené en un par de herméticos en la refrigeradora-.

A las cinco de la tarde salimos a caminar; le había comentado a Rb que había decidido regalarle el pastel, que no pude darle a la vecina, al guardia de turno; afortunadamente se trataba del anciano con el que mejor nos llevamos.

El otro, por cierto, más joven, y con menos tiempo en la garita; acaba de renunciar pues -al parecer- su esposa ha entrado en la fase terminal de su enfermedad: había estado mucho tiempo recibiendo tratamiento de hemodiálisis.

Pasamos a dejarle el pastel al guardia y caminamos hacia los supermercados en dirección Norte; no previmos comprar nada sino simplemente llegar al más lejano, dar la vuelta y retornar a casa; lo que hicimos sin ningún contratiempo.

Dos o tres conocidos me escribieron por whatsapp -mi segunda ahijada profesional entre ellos (y mi hija mayor)- para desearme un buen día; también recibí mensajes de felicitación en mi muro de Facebook -algún año fueron más de cien, ahora fueron casi veinticinco-.

Ha sido un buen cumpleaños.

Y a ver cómo sigue eso. 

 

domingo, 1 de febrero de 2026

El olvido que seremos… The Oblivion That We Will Be… L’Oubli que nous serons…

La última vez que cené con mi amigo poeta me recomendó un libro -el mencionado en el título de este texto-; anoté el título en la app que hice para recordarme pendientes, pero no tenía mucha intención de leerlo.

Mi amigo ha publicado dos libros: el primero es una serie de relatos que me recuerdan mucho al que me otorgó el primer lugar en el primer certamen de microcuentos de esta ciudad; el otro tiene narraciones un poco más extensas, pero -creo- bastante crudas.

Pero en otras ocasiones que hemos conversado sobre lecturas me ha referido a libros -creo- bastante poéticos: no me atrae mucho ese género de literatura; además, me mencionó el título cuando le estaba contando algo sobre la ausencia de mi padre desde un mes antes de que naciera -falleció casi exactamente un mes antes-.

Pero, finalmente, descargué el libro -curiosamente también descargué otro del mismo autor, un poco después- y empecé a leerlo durante la semana pasada; específicamente porque me estaba costando avanzar con Proust and the squid y es una forma -al combinar la lectura- de motivarme.

El libro me recuerda -como lo han hecho varios autores colombianos- al autor de Cien años de soledad; o sea, las descripciones de las ciudades y los pueblos es bastante bubólica; también los temas que trata: familia, relaciones filiales, violencia política.

Como el año pasado había leído un par de capítulos de Proust and the squid -son nueve- y retomé la lectura con otros dos, decidí leer el libro en español en tres partes: catorce capítulos en cada una.

Y la diferencia es -como casi siempre- bastante marcada: leer catorce capítulos me ha tomado menos de la mitad del tiempo que me ha llevado leer dos capítulos del libro de no ficción; y no es que no me guste este último: la forma en la que son presentados los temas es muy atractiva.

Y a ver cómo sigue eso.

El lunes me levanté bastante temprano; percibí la luz bastante clara pero me quedé dormitando; ví el reloj y eran a penas las seis y media; por lo que volví a conciliar el sueño por otra hora.

A las siete y media me levanté a meditar; luego retorné -con la computadora- a la cama, para entrar a la reunión diaria del equipo; la que estuvo bastante extensa: la persona que trabaja con mi supervisor en el Imperio del Norte estuvo revisando los comentarios de los clientes que dejaron la semana anterior.

Un poco después de las nueve de la mañana me levanté a prepararme el desayuno de los primeros cuatro días laborales: un tazón de avena, un banano, una gelatina y un poco de papaya; luego me quedé en la mesa del comedor, revisando los correos -y algunos artículos de The Hacker News.

A media mañana Rb se dirigió a la tienda de las verduras pues ya no teníamos papaya; yo saqué al patio, un rato, a los tres perros; un poco más tarde regresó con las compras y, un poco antes de salir a asolearnos, puse un par de tazas de arroz en la estufa.

Como era el último día del ciclo de capacitación de Rb en el lugar en el que espera trabajar algunas horas semanalmente tenía la intención de dejar preparado todo antes de la hora del almuerzo -estábamos almorzando una hora más tarde desde el martes anterior-.

A las doce y media Rb entró a la reunión del nuevo lugar del trabajo, pero sucedió algo raro: la persona que los había estado capacitando les comentó que el cliente había cerrado el proyecto; la verdad fue confuso, o sea, dijo que se continuaria el proceso, la revisión de la documentación que ya habían aportado y que se les enviarían evaluaciones a su correo.

La sesión tardó menos de media hora por lo que pudimos preparar el pollo y el arroz antes de la una; terminamos de almorzar bastante temprano; después lavé los trastes del almuerzo y preparé el té y café de la tarde.

A las cinco caminamos a los supermercados en dirección Sur; llegamos hasta la altura del más alejado pero no entramos al mismo; en el otro supermerado compramos un poco de bananos -Rb había comprado, por la mañana, rosa de Jamaica-.

El martes fue bastante tranquilo en el tema laboral: a diferencia del día anterior, la reunión no fue tan extensa; ahora la volvió a dirigir el desarrollador líder en el Imperio del Norte; el resto del día nomás me mantuve conectado a la máquina virtual en la que está la app que probamos.

Antes de salir de la habitación -casi a las diez- Rb entró a comentarme que había recibido un correo del lugar en el que había estado capacitándose: les informaban a todos los del grupo que todo quedaba detenido -muy raro, la verdad-.

Ella se mostró bastante desanimada por lo sucedido, e incluso preocupada de que su información fuera usada para fines no adecuados; le comenté que era normal que en este tipo de empresas los proyectos fueran cambiados; y que no había compartido información tan tan privada.

Durante el día estuve completando varias lecciones de Duolingo -especialmente en Ajedrez- pues el reto -desde el día anterior- consistía en completar ochenta lecciones en conjunto con Rb; también estuve leyendo.

Estaba por terminar los dos capítulos que me había propuesto de Proust and the squid -en estos hablan sobre problemas comunes en el proceso de aprendizaje de lectura; y de los aspectos genéticos involucrados en la misma- y, luego de completarlos, continué con el libro en español.

Por la tarde, luego de lavar los trastes del almuerzo, preparé un té para Rb y un café para mí; el cual consumí con el último muffin de la docena que me había obsequiado el jueves anterior; y una galleta de chocolate.

A las cinco caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; yo quería comprar un paquete de toallitas con cloro -ya hacía varias semanas que me había acabado el anterior- y Rb quería ver si conseguía un recipiente para tapaderas de ollas.

Además, debíamos comprar sal -de mesa y de cocina- y, recordábamos, era en la tienda verde de descuentos donde nos habíamos provisto en el pasado; pero no había de ninguna de las dos en ese lugar.

Después de pagar las toallitas nos pasamos al otro supermercado; allí encontramos sal de mesa y compramos algunos bananos que aún estaba un poco verdes; luego caminamos de vuelta a casa -en esta ocasión el viaje nos tomó casi hora y media-.

Por la noche vimos un capítulo de la serie All her fault; además, recordé que aún no había terminado de ver el último show de stand up de Chapelle -lo había bajado un par de días antes-; y casi concluí el libro en español.

El miércoles me levanté a las siete y media, medité y tomé la llamada de la mañana en la cama; la cual volvió a ser bastante corta; me parece que la mayor parte de los asistentes querían entrar a una reunión que había programado el nuevo CEO.

Yo me quedé en la cama hasta casi las diez de la mañana nuevamente; Rb entró un poco antes a la habitación, pero continué un rato mas, haciendo algunas lecciones de Duolingo y leyendo un capítulo -el penúltimo- del libro del colombiano.

A las once de la mañana -después de que había desayunado, y leído un poco más- Rb me propuso que nos asoleáramos un rato -lo hace varias veces a la semana, debido a que le detectaron un nivel bajo de vitamina D-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; después puse a calentar -en una olla de aluminio- la porción de caldo de pollo del día;  al finalizar la tarde -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos una libra de sal de cocina -gorda-; luego, en el de la mitad del camino, compramos un poco de bananos y dos lechugas -se suponía que usaría una de estas en el almuerzo con mi hija mayor el sábado-.

El Jueves era mi segundo día de vacaciones del mes; me levanté a la misma hora, medité y luego me quedé en la cama, leyendo un rato; a las nueve salí a prepararme el desayuno pues había acordado acompañar a Rb en su visita semanal al mercado del centro histórico.

Se suponía que de vuelta nomás la acompañaría hasta el comercial en donde se estacionan los busitos: había acordado reunirme para almorzar -a las doce y cuarto- con mi ex compañero de facultad con quien me reconecté -en nuestro veinticinco aniversario de graduación- el año pasado.

Pero antes de salir revisé Whatsapp y encontré un mensaje que me había enviado un poco después de las seis de la mañana: lo enviaban a una reunión a la zona diez y pedía aplazar la reunión una semana.

Realizamos la visita al mercado del centro histórico sin ningún contratiempo: Rb nomás compró varias libras de moras allí; luego tomamos el transmetro para iniciar el viaje de retorno; en el supermercado del comercial donde se estacionan los busitos compramos una pequeña red de aguacates -Rb también compró una bolsa de manzanas-.

Almorzamos lo mismo que los tres días anteriores -caldo de pollo, con arroz y aguacate-; desde el día anterior había decidido -al menos temporalmente- no tomar café -y galletas- por la tarde; nomás le preparé el té de manzanilla a Rb.

Además, le había comentado que haría la limpieza semanal -la semana anterior había descuidado totalmente esta tarea-; luego de barrer y trapear los pisos nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Norte.

Aunque la verdad la salida fue nomás para caminar -lo hemos estado haciendo todos los días-; y aprovechando, pasar a comprar el pan de mis desayunos del viernes y fin de semana; caminamos hasta el supermercado más alejado, dimos la vuelta y retornamos a casa.

En el camino de vuelta pasamos a una panadería -donde venden el pan más barato, aunque no fue muy conveniente porque la dependienta se confundió y triplicó mi pedido de pan tostado- por mi pan; en el camino de ida habíamos pasado a la panadería donde compré la semana anterior: le había quedado a deber un quetzal a la dependienta.

Pero la deuda no fue por mi culpa: al igual que muchos negocios -o al menos las panaderías en donde utilizo efectivo- se han estado negando últimamente a aceptar monedas de baja denominación -cinco y diez centavos-.

Y como en el pasado acumulaba bastante de estas, decidí que voy a depositar las de cinco centavos en una cuenta en la cooperativa; de hecho ya había preparado dos bolsas con doscientas monedas cada una y planeaba realizar el depósito esa mañana, pero mi ex compañero había cancelado nuestra reunión.

El viernes volví al trabajo y me dí cuenta de un par de novedades: por una parte, habían puesto a mis otros dos compañeros a realizar pruebas en el ambiente a donde nos habían asignado a mí y al analista que menos bien me cae; lo otro fue que -por fin- acabaron las pruebas con los clientes y fueron -en su mayor parte- satisfactorias.

Como mi supervisor en el Imperio del Norte quería que realizáramos ciertas pruebas en el ambiente asignado -afortunadamente puso a liderar al analista que mejor me cae- me conecté durante algunos períodos durante el día; pero igual no realicé mucho: a media tarde le transmití los resultados a quien estaba liderando.

El almuerzo fue -como casi todos los viernes- de pescado; también iba a preparar una ensalada pero Rb había comprado una berengena -no se si era el segundo o tercer viernes que realizaba lo mismo- y le indiqué que prefería obviar la ensalada.

Además hubo un connato de conflicto pues le externé que no me entusiasmaba consumir tanta berengena -o tan seguido-; el comentario no fue muy bien recibido -o quizá aún estaba muy sensible por el fiasco con el trabajo que ya no pudo iniciar- pero preferí mantener el silencio.

Por la tarde volví a saltarme el café vespertino -no sé si continuaré con el ayuno intermitente en modalidad 19/5, 20/4 o nomás (como en el pasado) 18/6-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos cinco libras de azúcar morena -ya se había acabado el paquete que Rb había comprado cuando le recetaron varias cucharadas diarias de este alimento-; en el otro supermercado compramos un cartón de huevos -y bananos-.

El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama; me parece que terminé el libro del colombiano que relata la vida de su padre; también empecé a leer el siguiente -me parece que es el último que ha publicado-: Ahora y en la hora.

Un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno; me tomé un poco de tiempo consumiéndolo y, aprovechando que Rb andaba por la mesa, conversé un poco seriamente sobre lo afectada que la he visto últimamente.

Fue algo así como: todo va a estar bien; las cosas pasan y así; lo que resultó en una situación un poco incómoda -para mí- pues Rb tuvo un momento de catársis sobre lo que ha estado padeciendo últimamente (?) e incluso lloró durante un buen momento.

A las diez de la mañana caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; aunque no entramos a ninguno; nomás llegamos al más alejado, allí dimos la vuelta y caminamos de vuelta.

De todos modos yo había preferido andar en esa dirección pues debía comprar las carnitas que necesitaba para el almuerzo con mi hija mayor -creo que vuelve a estar en la dieta Atkins-; en el camino de vuelta pasamos a la chicharronera que queda a un par de calles y compré una libra -diez dólares-.

Cuando retornamos a casa me puse a preparar un par de ensaladas y puse algunas hojas de lechuga en agua con desinfectante; después saqué a caminar a la perra más pesada de Rb -ella me acompañó con el otro perro grande-.

Cuando retornamos de la caminata empaqué las ensaladas, la lechuga desinfecada y las carnitas -con un par de coquitas- en la mochila que tiene aislante térmico; luego me metí a la ducha; un poco después de las doce tomé las dos mochilas, las cargué en la van e inicié el camino al departamento de mis hijos.

Cuando habíamos salido a media mañana había notado que el tránsito estaba bastante pesado; o sea, el boulevar se veía bastante lleno, aunque, aparentemente, no detenido; cuando salí al mediodía continuaba más o menos igual.

De todos modos llegué al edificio donde viven mis hijos antes de la una de la tarde; me llamó la atención que la cortina del parqueo estaba subida -tengo un control remoto en el automóvil para abrirla-.

Subí al séptimo nivel, le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado y pasé a la habitación designada como sala; mi hija salió un poco más tarde y nos dirigimos, caminando, al parque temático habitual.

El parque no estaba tan lleno como otros días y, afortunadamente, el área de mesas en donde usualmente almorzamos no tenía ningún evento; nos acomodamos en una mesa y procedimos a tomar el almuerzo.

Después del almuerzo le estuve explicando a mi hija los pasos para armar el cubo de Rubik de seis por seis; nos tardamos un poco en el proceso pero, finalmente, logró completarlo; algo que habíamos notado desde la llegada es que el viento estaba bastante fuerte; y escuchamos el anuncio de que la rueda de Chicago más grande no estaba funcionando, debido a esto.

Durante el almuerzo mi hija me estuvo comentando que está combinando su tiempo entre el trabajo -siempre ha trabajado nomás medio tiempo- con las clases de la facultad de medicina -al parecer se inscribió en la carrera de Médico y Cirujano-.

Como estuvimos conversando sobre las monedas me comentó que había obtenido una cuenta bancaria para realizar los pagos de la universidad, que le habían otorgado una tarjeta de débito y que no había podido ir por la misma.

Como el banco se encuentra en el comercial que está al otro lado de la calzada de donde viven le propuse que fuéramos por la tarjeta; pasamos a dejar las mochilas al departamento pues mi hija andaba sin su documento de identificación.

Por ser el último día del mes -aparentemente- la cantidad de clientes en todos los bancos era bastante alta: había cola en varias sucursales bancarias; incluso en el banco en donde mi hija debía recoger la tarjeta; afortunadamente el trámite era sencillo y pudo hacer cola mínima -solo una anciana adelante- antes de entrar por la tarjeta.

Yo me quedé afuera -armando uno de mis cubos de Rubik- y cuando salió le pedí que me acompañara a la sucursal de la cooperativa que estaba en el mismo centro comercial; aunque antes pasamos a un cajero pues debía cambiar el pin de la tarjeta; de todos modos también encontramos cola en la cooperativa y decliné esperar.

Retornamos al departamento un poco después de las cinco y, como habíamos acordado despedirnos a las cinco y media, jugamos algunas partidas de dominó; yo traté de alargar un poco las partidas -tomando fichas aún teniendo disponibles-; a la hora indicada nos despedimos -aunque mi hija bajó a acompañarme al sótano-.

El camino de vuelta estuvo bastante despejado; me parece que no me hice más de media hora para retornar; por la noche continué con el libro en inglés -intermezzo- y un poco de otro libro que mi hija me había comentado que acababa de leer: The Fight Club; además, vimos el último capítulo de All her fault.

Y a ver cómo sigue eso...