Aunque es una palabra en italiano, cuya traducción en Francés e Inglés es Interlude y en Español, Interludio; prefiero dejar las tres formas del título en su forma original: es el título del libro en inglés que empecé a leer después de Proust and the squid.
Me parece que ya lo había agregado a mi lista de libros desde el año pasado; pero por alguna razón no lo había bajado -igual, durante el último mes y medio del dos mil veinticinco no abrí ningún libro, debido a la convalecencia de Rb-.
Pero hace unas semanas encontré un artículo donde Obama hablaba sobre su música, libros y películas preferidos del año que terminaba -me parece que los ha estado publicando anualmente por varios años-; y allí estaba otra vez: Intermezzo.
Así que lo bajé a la tablet y me propuse leerlo después del libro de no ficción; y el inicio me costó: el libro está escrito de una forma interesante; o sea, el primer capítulo no tiene diálogos ni una estructura -al menos no puedo reconocer una-.
Es como un soliloquio y un recorrido de los lugares y personas que uno de los hermanos protagonistas del libro va encontrando en su día/noche: es un abogado con adicción a tranquilizantes, muy carismático y en una relación -extraña- con una chica diez años menor que él.
El otro hermano -acaban de perder a su padre- tiene rasgos de autista y es un experto en ajedrez; y fue el segundo capítulo el que me convenció de continuar con el libro: sus capítulos si tienen una narración bastante convencional y unos diálogos accesibles.
Por supuesto que me sentí identificado con el hermano menor -por diez años-: es torpe socialmente -aunque acaba de completar un grado en física teórica- y conoce a una dama diez años mayor, con la que empieza una relación romántica.
El libro está interesante -aunque los capítulos del abogado son bastante complicados- y estuve leyendo un poco acerca de la autora -creo que no tiene ni cuarenta años-; creo que leeré al menos otro de la misma.
Y a ver cómo va eso.
El domingo me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de ajedrez; desde hace unas semanas he tratado de no salir antes de las nueve de mi habitación, para mantener un régimen de ayuno intermitente.
Casi a las nueve y media salí de la habitación y me preparé el desayuno de los domingos; la tortilla de harina estaba muy pegada a otra y se rompió en varias partes -la que quedó en la bolsa se veía más dañada-.
Después del desayuno lavé algunos trastes que estaban en la cocina y después avancé un poco en el segundo libro del colombiano; a las diez y media nos dirigimos con Rb a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel.
Llevábamos una lista algo grande -al menos más grande que la última vez- y al final mi parte de la cuenta ascendió a casi cien dólares; Rb no encontró una batidora manual que había visto en la página del supermercado.
En el camino de vuelta pasamos a una gasolinera a llenar el tanque de la van -cuarenta dólares- y luego retornamos a casa; Rb le escribió a una persona que vive en un departamento pegado a nuestro gran vecino del norte -y donde hay una sucursal del supermercado en donde sí estaba disponible la batidora-.
Al mediodía preparamos las alitas dominicales y la ensalada de costumbre; después del almuerzo -y el lavado de trastos- le preparé un té de manzanilla a Rb; el resto de la tarde estuve avanzando en el libro en Español.
A las cinco de la tarde nos metimos a la cocina a preparar los ingredientes para los almuerzos del lunes y martes: tacos de pescado; rallé una zanahoria, piqué un poco de lechuga y cilantro -Rb preparó una mezcla de tomate y cilantro-; también preparamos cuatro litros de fresco de rosa de Jamaica.
Rb se había mantenido en comunicación con su conocido y habían acordado que el hijo traería la batidora para entregárnosla en la estación de autobuses -vive, desde hace unas semanas, en una residencia universitaria al otro lado de la ciudad-.
Antes de que anocheciera me preparé para salir y estuve esperando a que el joven le avisara a Rb que ya habían entrado al departamento; pero llegaron las siete y no había señales del mismo, por lo que decidimos salir a las siete y media y esperarlo en la estación.
El tránsito estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar a la estación de los autobuses -queda muy cerca de la colonia en donde vive mi tía favorita-; estacioné el automóvil al otro lado de la calle y esperamos durante más de media hora.
El bus llegó, finalmente, a las nueve menos cuarto; Rb bajó del auto y fue por la batidora; pero luego retornó con el joven pues la estación estaba cerrada, el frío ha estado bastante fuerte y le ofreció refugio en la van mientras ordenaba un Uber.
Aún tuvimos que esperar diez o quince minutos más -el joven es basante bisoño, aún con voz de niño, nos contó que estudia Ingeniería en Mecatrónica-; finalmente el Uber llegó por su pasajero, nos despedimos, se bajó, y empezamos el camino de retorno a casa.
El lunes me levanté a las siete y media; creo que me desperté mucho antes debido a los ladridos del perro de algún vecino -o del frío intenso: la ola de frío realmente esta bajando la temperatura a niveles que no veíamos desde hace décadas (ocho grados centígrados)-.
Me levanté a meditar y luego retorné a la cama -con la computadora- para entrar a la primera reunión del día; la cual no tuvo muchas novedades: mi supervisor anda de vacaciones pero la persona con la que trabaja en el Imperio del Norte volvió a dirigir la reunión.
Después de la reunión me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo, y leyendo un poco de Ahora y en la hora; un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno -avena, banano, gelatina y papaya-.
Luego de desayunar había pensado quedarme trabajando en la mesa pero al ver que Rb seguía en su habitación -el frío estaba bastante notable- retorné un rato a la cama; en donde me estuve hasta cerca de las diez de la mañana: a esa hora tenía una reunión con mi supervisora local y otro ingeniero.
El tema de la reunión eran las vacaciones -y la estrategia para bajar la cantidad- atrasadas; lo que me llamó la atención es que cuando entré al evento otro compañero se conectó, y luego otro; la supervisora se conectó un poco tarde.
Estábamos en los saludos iniciales cuando mi celular empezó a sonar -lo había dejado cargando en la mesita de noche de Rb-; no llegué a tiempo de contestar pero ví que me llamaban del grupo con el que acompañé a misioneros del Imperio del norte hace un par de años.
La reunión tardó menos de media hora y efectivamente era para comentarnos que la meta corporativa local es que nadie tenga más de dos períodos de vacaciones acumuladas (treinta días); pero haciendo un cálculo rápido (por los dos días de vacaciones por mes que he estado tomando desde hace casi tres años) ví que podía continuar igual.
Después de cerrar la llamada le escribí a la persona que me había llamado más temprano: me disculpé por no poder atender la llamada y le comenté que no podría acompañarlos este año -por cuestiones laborales-; que esperaba que me tomaran en cuenta en el futuro.
Y es que, Rb me lo recordó, había decidido ya no continuar con este grupo: el departamento comparte frontera con nuestro gran vecino del norte y, durante la última época, hemos estado viendo noticias algo preocupantes sobre el nivel de violencia -relacionada con el narcotráfico-.
Al mediodía preparamos los tacos de pescado; antes de sacar a caminar a los perros Rb se encargó de extraer las espinas al trozo de mojarra que habíamos reservado unas semanas atrás; y, con la bolsa de filetes que compramos la semana anterior, preparó dieciseis porciones para rebosarlas en huevo y harina de arroz.
Mientras Rb se encargaba del pescado yo machaqué un aguacate para preparar guacamol; después sacamos a caminar a los perros: la caminata no tuvo ningún inconveniente y, cuando entramos a cassa, Rb empezó a cocinar el pescado.
Almorzamos los tacos -cuatro, realmente grandes- con una sopa que Rb preparó con las verduras que habían sobrado de los almuerzos de la semana anterior; después del almuerzo lavé los trastes que habíamos utilizado para preparar el almuerzo -era una montaña-.
También preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí: aunque los últimos días ya no había tomado refacción me pareció que era correcto consumir las ocho o diez bolsas de té de menta que han estado en la cocina por muchos meses -con fecha de vencimiento muy próxima-; acompañé el té con una galleta y un pan tostado.
El resto de la tarde estuve entre la mesa y la cama; de hecho estuve a punto de dormirme un rato pero preferí levantarme a ordenar un poco los trastos de la cocina; a las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.
Pasamos al que queda a mitad del camino pues Rb quería comprar del tipo de pollo que le prepara a la perra más anciana; también compramos un poco de bananos; luego caminamos hasta la altura del supermercado más lejano y dimos la vuelta.
Antes de entrar a la calle donde vivimos cruzamos el boulevard para pasar a la tienda de las verduras: la papaya estaba a punto de terminarse; compramos una papaya que ya estaba casi madura -dos dólares- y luego retornamos a casa.
Por la noche estuve leyendo un poco de Intermezzo y anotando los movimientos del algoritmo adicional para resolver el último cubo de Rubik que les regalé a mis hijos: mi hijo menor y mi hija mayor ya lo resolvieron -debido a que ya habían aprendido los dos anteriores-; mi hija mediana aún va por la primera etapa.
El martes cumplí cincuenta y tres años -subí un recuento del día en la anterior entrada-.
El miércoles pasó sin muchos cambios: meditación, reunión temprana, desayuno -con pastel- a las diez; por la mañana pagué el servicio de Internet del departamento de mis hijos; almorzamos un burrito, aunque Rb tuvo dificultades en preparar las tortillas -creo que eran de harina de arroz-.
Por la tarde preparé un té de manzanilla para Rb y uno de menta para mí -por la mañana había tomado una taza de café-; acompañé el té con una porción de pastel -de cumpleaños-; a las cuatro y media -media hora antes de la hora de salida- caminamos hacia los supermercados en dirección sur.
Salimos más temprano porque Rb tenía su clase de teología a las seis y media y quería estar preparada antes de entrar a la misma; no entramos al supermercados más lejano, nomás dimos la vuelta cuando llegamos a la altura del mismo.
En el otro supermercado compramos un poco de pollo y bananos; por la noche vimos un capítulo de Seinfeld -creo que el segundo de la primera temorada-: le sugerí a Rb que viéramos las nueve temporadas.
El jueves era mi primer día de vacaciones del mes; como la semana anterior no había podido reunirme con mi excompañero de la facultad, con quien me reencontré en el evento de bodas de plata de graduación, le había propuesto que nos reuniéramos ese día.
Le había escrito a principios de la semana y había aceptado la reunión; luego, un día antes, me había escrito para comentarme que -otra vez- lo enviaban a una reunión en una de las zonas más afluentes de la ciudad.
Entonces, para el miércoles en la noche, creí que no nos íbamos a reunir; le había dicho a Rb que la iba a acompañar nomás la mitad de su salida el jueves, luego le dije que la acompañaría todo el camino; entonces no quise decirle el miércoles por la noche que me quedaría en el comercial donde se estacionan los busitos -y almorzaría afuera-.
Pero el jueves temprano le comenté que me había vuelto a escribir mi ex compañero y que sí íbamos a reunirnos; de hecho esta persona -me frustra- me había indicado que aún confirmaría a las diez de la mañana.
Por la noche había decidido que si no podía reunirme con mi compañero me quedaría almorzando, solo, en el lugar; el plan era pasar a una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas de ahorros y depositar las cuatrocientas monedas de cinco centavos que había contado la semana anterior.
El jueves medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo, y leer un poco; después me bañé y, luego, preparé mi desayuno; un poco después de las nueve salimos hacia el supermercado del centro histórico.
Llevaba mi mochila negra, en la que había metido uno de los paquetes de incienso que mi hijo menor me regaló en Navidad; también algunos cubos de Rubik; el busito no tardó en pasar y llegamos bastante rápido a la estación del transmetro.
Tomamos un bus articulado y nos apeamos frente al mercado en el que Rb acostumbra comprar las frutas para su consumo semanal; nomás compró varias libras de moras y un par de bolsas de peras; en la misma estación abordamos el bus de vuelta.
En el comercial en donde se estacionan los busitos entramos al supermercado; Rb compró una bolsa de manzanas y escogimos una pequeña red de aguacates; después acompañé a Rb a la farmacia -tenía que comprar algún medicamento-.
Después de la farmacia acompañé a Rb a abordar el busito; me subí y aún me estuve un rato acompañándola; luego nos despedimos y me dirigí a la cooperativa; pero resulta que esa sucursal no era de la misma en donde abrí mis cuentas.
Entonces me pasé a un banco fuera del comercial y allí entregué las dos bolsitas en donde llevaba las monedas separadas; la cajera se sorprendió un poco con mi transacción y procedió a dirigirse a -me imagino- la máquina que utilizan para contar monedas.
Luego regresé al comercial pues ya casi era la hora de encontrar a mi amigo en el tercer nivel -doce y cuarto-; aún pasé a preguntar por unos cubos de Rubik de siete por siete -el precio es ligeramente más caro que los de seis por seis que compré el año pasado-.
Mi amigo llegó exactamente a las doce y cuarto, nos saludamos y me indicó que quería invitar en esta ocasión; le sugerí Taco Bell; compramos un par de menús y nos instalamos en las mesas del lugar.
Estuvimos un poco más de una hora entre almuerzo y conversación: mi amigo ya inició los tramites para jubilarse del trabajo gubernamental en donde ha estado durante los últimos veinte años; además de dar clases en una universidad privada, anda buscando de qué otra forma balancear su presupuesto después de retirarse del gobierno.
Un poco después de la una nos despedimos y salí a tomar el busito para retornar a casa; cuando entré a la calle encontré a Rb fuera del portón de su casa: acababa de sacar a caminar a la más anciana de sus perras.
Lavé un poco de trastes y preparé los tés de la tarde -que acompañé con pastel-; luego levanté objetos del piso pues había previsto realizar la limpieza semanal; a las cuatro de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección Norte.
Rb me había pedido que la acompañara a la tienda en donde usualmente compramos ropa y zapatos -de segunda mano-: quería comprar algunas colchas para hacerle trajes a sus perros grandes.
Entrando al lugar ví algunas mochilas con un precio bastante bajo -casi la cuarta parte de la última que compré-; reservé una y acompañé a Rb en la búsqueda de colchas para sus perros; al final encontró tres y pasamos a pagar; por la noche continué con Intermezzo, ajedrez en Duolingo y el penúltimo capítulo de la primera temporada de Seinfeld.
Y a ver cómo sigue eso...