domingo, 4 de octubre de 2026

Sin leer, casi -y Asperger ataca de nuevo-... Not reading, almost -and Aperger strikes again-... Sans lire, presque -et l'Asperger frappe encore.-... Sem ler, quase -e o Asperger ataca novamente-...

Esta semana me la pasé -casi- sin leer... apenas uno o dos capítulos del libro de Reese Whiterspoon -incluyendo el sábado-; y es que se juntaron varias cosas: el cansancio del fin de semana -con mis padres en casa de Rb y una galera a medio (o un tercio más bien) contruir-, y el miércoles fue mi último día en la empresa anterior, empezando el jueves un nuevo ciclo laboral.

También sentí la decompresión del estudio: pasé entre cuarenta y cuarenta y cinco días preparándome para pasar el exámen que me otorgaría el certificado de  Fabric Analytics Engineer Associate de Microsoft; lo cual no fue la 'gran' cosa: o sea, es más usar herramientas que desarrollar 'nuevas' habilidades, pero bueno.

La cuestión es que me pasé casi toda la semana entre una y otra cosa -casi sin nada en el medio- y no reuní la energía para avanzar en ninguna de las líneas -que quedaron bastante difuminadas- de lectura.

Y lo otro: durante los cincuenta y tres años que he pasado sobre la superficie terrestre he sido parte de varios eventos -sociales, cómo no- en los que he causado sufrimiento -tanto a otra persona como a mí mismo- por no saber conducirme de una forma 'normal'.

Creo que la primera vez -que justo me recordé en esta ocasión- fue cuando ví a una persona en la escuela dominical de la iglesia con quien creía que tenía un vínculo amistoso -o algo parecido- simplemente porque el joven había estado bastante activo en el velorio de mi abuelo (yo tenía nueve años).

La situación fue bastante bizarra, porque yo actuaba como si fueramos amigos y él incluso empezó a maltratarme de palabra; mi hermano mayor intervino para indicarme que dejara de actuar de esa forma.

También he hecho llorar a dos personas en dos diferentes trabajos: en el primero como Ingeniero porque no seguí la pauta establecida dentro de un curso, y uno de los asistentes tomó los hechos como que lo estaba rechazando; fue bien incómodo para todos.

El segundo fue mi amigo -ahora- Testigo de Jehová: no leí bien el ambiente y realicé un par de comentarios en voz alta -como broma-; los que fueron tomado completamente de la peor manera y tuvimos un momento bastante incómodo.

Y el último -hasta ahora- fue haber (sin que viniera a cuento) excluido a mi ex supervisora del grupo en el que la habían incluído, justo el primer día en el que ya no era parte del grupo (ella no transicionó, como los otros siete miembros); y se vió muy mal.

En mi defensa -si se puede defender- la eliminé antes de darme cuenta que acababa de publicar un mensaje bien motivador -o algo parecido- respondiendo a otro de los compañeros que sí era parte del cambio. 

Y a ver cómo sigue eso...

El lunes era el primer día de la firma de contrato con la empresa que estaba comprando nuestra área en la anterior: a mí me habían citado el viernes anterior pero, ya en el camino, ví un correo donde cancelaban la cita.

Al mediodía un par de compañeros -un desarrollador y un analista de calidad- comentaron en uno de los grupos que ya habían firmado el contrato; entonces me dí cuenta que no me habían asignado una nueva reunión.

Así que le escribí a la persona -una chica húngara, al parecer- que me había contactado originalmente -y que luego había cancelado la reunión- para ver si había alguna actualización; aunque sabía que no me contestaría tan pronto: Hungría está ocho horas adelante.

De todos modos el día pasó bien lento; hicimos ejercicios al mediodía y fuimos al supermercado al final de la tarde; igual me sentía rendido después del fin de semana que había tenido -empezando el viernes a las cuatro de la madrugada; luego, la visita de mis papás, y al final el examen del domingo a las cinco de la mañana-.

El martes revisé mi correo personal desde temprano -el viernes no lo había hecho y por eso había tenido que retornar a casa cuando casi había llegado al lugar de la firma- y abrí un correo en donde me proponían la reunión para el mismo día a las once y media.

Contesté al correo aceptando la cita y luego nomás me dediqué a esperar la hora de salida; un poco después de las nueve y media me bañé, vestí y me dirigí caminando al boulevard principal; donde no esperé mucho al paso del siguiente bus intermunicipal.

De hecho había estimado dos horas de viaje -por eso había salido alrededor de las nueve y media de casa-; pero el viaje fluyó mucho mejor de lo que esperaba y llegué apenas unos minutos después de las once a la última estación de la línea del transmetro -la oficina se encuentra a un par de calles del lugar-. 

Y, como el PM me había comentado que había tenido que esperar en la recepción de la oficina por haber llegado muy temprano, decidí seguir en el transporte hasta la primera estación en el sentido contrario, para entrar en un supermercado y pasar allí diez o quince minutos.

Entré a un gran supermercado y encontré de las gaseosas que comparto en los almuerzos mensuales con mi hija mayor; pero no llevaba la tarjeta de débito de Rb -a pesar de que me la había ofrecido- y no tenía efectivo -no recuerdo la razón de haberme quedado sin ningún billete grande-.

Entonces nomás regresé caminando a la última estación del transmetro -unos cuatro o cinco calles-; luego crucé la calle y busqué la dirección de la oficina -estaba realmente a dos o tres residencias luego de entrar a la calle-; llegué un par de minutos antes de la hora indicada.

En la recepción estaba una anciana, que me comentó que la licenciada estaba ocupada -en una reunión virtual-; que la persona de las once se había atrasado y que tendría que ser atendida tarde; y no me mostré comprensivo y le comenté que la razón de hacer citas era respetar los horarios.

Pero luego me senté en los muebles de espera y empecé a hojear una de las revistas de negocios que tenían disponibles; y me resigné a esperar; la recepcionista me ofreció café o agua y acepté un vaso de agua con hielo; un poco después llegó una chica, pero a buscar a otra licenciada.

Y un poco más tarde llegó un joven -al parecer quien debía haber llegado a las once-; lo atendieron, guiándolo a una sala contigua; luego salió la licenciada -una señora bastante joven- y me guió a otra sala, en donde me proporcionó tres copias del contrato de trabajo.

Lo leí superficialmente: ya me habían comentado que habían corregido unas inconsistencias con los horarios y, la verdad, no confío en la solidez de lo que se ofrece -o acepta la empresa- en este tipo de documentos; firmé las tres copias -y agregué una rúbrica en cada página-.

La señora me comentó que lo había leído bastante rápido, me entregó una de las copias -la que metí a mi mochila- y dió por concluido el trámite; me despedí de ella -y de la recepcionista- y empecé el viaje de vuelta a casa.

Vine a almorzar la última de las porciones de comida china que habíamos preparado para la visita de mis padres -y los primeros dos días de la semana-; luego tomé un café con galletitas -y un poco de pan tostado-.

A media tarde le preparé un té de manzanilla a Rb; y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: se me había ocurrido preparar un pastel de arroz -porque ya casi no consumimos el grano y nos restaban varias libras en un par de herméticos- y quería comprar esencia de vainilla y leche líquida.

Cuando retornamos del supermercado revisé las notas que había tomado de varios videos de Youtube y puse a remojar -sobre la refrigeradora- doscientos gramos de arroz; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y un poco de una comedia de Ryan Reynolds sobre la guerra fría.

El miércoles era el último día en el trabajo anterior y, continuando con la costumbre de mucho tiempo, casi no hice nada en el trabajo; al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego sacamos a caminar a los perros y después almorzamos una piernas de pollo asadas, muy buenas.

Por la mañana había preparado el pastel de arroz -con el arroz remojado durante la noche- y almacené en el congelador tres o cuatro porciones adicionales de leche; después del almuerzo preparé un café y lo acompañé con un poco de pastel que había cocinado en el microondas -la mayor parte lo cociné en un sartén-, el cual estaba muy tostado.

Un minuto antes de que terminara mi último turno de trabajo -concluyendo doce años de trabajo en la misma empresa- escribí esto en el grupo general: Y bueno... fue bueno mientras duró... Nos vemos -mañana- al otro lado... Au Revoir; luego apagué la computadora. 

Despues nos dirigimos, con Rb, caminando a los supermercados en dirección sur: quería pasar por la ferretería para comprar tarugos y tornillos para colocar una regla de madera en la cocina; y es que había estado viendo videos en Youtube para tomar ideas para instalar un colgador de sartenes en la cocina -aprovechando, a petición de Rb, que ya teníamos un taladro eléctrico-.

Después de la ferretería continuamos el trayecto hasta el extremo del boulevard, no entramos al supermercado más alejado, sino que retornamos al que se encuentra a mitad del camino; allí compramos un poco de pollo y huevos; además compré un litro de jugo de naranja -para el desayuno del domingo con mi hija mediana-.

El jueves fue mi primer día en el nuevo trabajo, y lo empecé con el pie izquierdo: saqué a la supervisora -que se quedó en la empresa anterior- del grupo de trabajo en el que estábamos los que pasamos al nuevo; pero la saqué casi cuando ella estaba escribiendo en el grupo -no me dí cuenta hasta que ya era tarde-.

El desarrollador con el que me he reunido un par de veces para tomar un café fuera del trabajo se mostró sorprendido de lo que había hecho; yo me disculpé, aduciendo un error cerrando ventanas, comentando que ya me había disculpado con la supervisora -le escribí en nuestra conversación privada-; pero que entendía que no se me creyera.

Más tarde le pedí al desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad un par de años atrás que sacara al analista que menos bien me caía -y que no pasó a la nueva empresa: lo despidieron, compensándolo de acuerdo a la normativa- del grupo de whatsapp de la nueva empresa.

Y él no lo quiso hacer: o sea, dijo que le parecía que era la medida correcta, pero que no lo quería hacer el primer día; y sentí -no sé si era solo percepción personal- cierto resquemor por lo que yo había hecho más temprano con la supervisora -también le había comentado al PM, quien ahora es nuestro supervisor local, que había sido un descuido el haber procedido de esa forma-.

Otra de mis excusas -si se puediera excusar- es que estaba bastante ocupado cuando ocurrió lo de la supervisora porque estaba trabajando en la revisión del documento de más de doscientas páginas que me habían asignado unas semanas atrás.

Bastante temprano, justo antes de sacar a mi ex supervisora del grupo, la analista en el Imperio del Norte me había escrito para preguntarme sobre mi avance; la verdad es que no había hecho mucho -además de actualizar la tabla de contenido y borrar un par de páginas en blanco- en el mismo.

Y entonces se me ocurrió que podía utilizar código para revisar que todas las figuras y tablas estaban correctamente referenciadas dentro del texto; y eso me tuvo completamente inmerso en el trabajo desde muy temprano hasta las nueve de la noche.

Porque me encanta este tipo de tareas: resolver un inconveniente utilizando código; estuve apoyándome en Copilot para escribir código en Visual Basic y correrlo en Excel y Word para revisar las doscientas treinta páginas del documento y actualizar correctamente las listas de figuras y tablas.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos la segunda porción de piernas asadas; y al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte.

Yo quería pasar a la ferretería industrial para comprar unas armellas que utilizaría para fabricar un colgador de trastos en la cocina; también compramos una broca de un octavo de pulgada y aprovechamos para adquirir un nuevo paraguas -el anterior estaba tan viejo que el mango se andaba cayendo a cada rato-.

Compramos dos paquetes de armellas: uno de seis unidades con un tamaño bastante grande y uno de doce -casi al mismo precio- con un tamaño mediano; también pasamos a comprar marcadores permanentes en la tienda verde de descuentos (mi padre había utilizado los que teníamos en la construcción del fin de semana).

En el camino de vuelta pasamos a comprar el pan para mis desayunos del fin de semana -y en la panadería de la vuelta un cubilete con chispas de chocolate-; además pasamos a la tienda a comprar un manojo de culantro.

El viernes aún trabajé un poco en la revisión final del documento; pero un poco después de las nueve le escribí a la analista para comentarle que había terminado la actualización; luego, un poco más tarde el otro analista en el Imperio del Norte me escribió para que lo ayudara.

Y era otra tarea de las que me gustan -de las que pueden resolverse con código-: tenía una serie de procedimientos en Excel y quería pasarlos al formato oficial en Word; además de agregar una tabla de resumen con los temas; lo cual hice con varios scripts de VBA.

Me pasé toda la mañana trabajando en esto: al mediodía le envié el documento por nuestra herramienta de mensajes; y el resto del día estuvo más tranquilo: casi nada por hacer, por lo que me dediqué a revisar los cursos ya asignados en mi nueva empresa.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y entramos a la panadería del lugar, allí compré un par de panitos tostados y un pan de queso -para mis desayunos del fin de semana-.

Entramos al supermercado de las cercanías pues Rb quería comprar pollo para su perra más anciana; yo aproveché para  cobrar una transferencia móvil que había hecho desde el banco en el cual me pagaron durante doce años -hay un cajero del mismo en este supermercado-.

En el otro supermercado compramos una lechuga morada y un poco de bananos; Rb también compró allí más pollo, aunque, este creo que sí era para sus desayunos; por la noche estuve viendo un poco de la comedia del actor de Deadpool sobre la guerra fría.

El sábado me levanté a las cinco y media: había acordado reunirme con mi amigo de ascendencia asiática a las siete de la mañana; medité los veintiocho minutos en curso, luego completé un par de partidas de ajedrez en Duolingo.

Después me metí al baño y tomé una muy buena ducha, antes de vestirme y salir a tomar la van para dirigirme al restaurante en donde nos reunimos para su cumpleaños; el día estaba bastante gris y el tránsito estaba bastante tranquilo.

Llegué al lugar cinco minutos antes de la hora y me instalé en un área que tiene el restaurante cerca de la entrada; allí estaba jugando una partida de ajedrez cuando llegó mi amigo: llevaba una mochila bastante voluminosa.

Ordenamos un par de desayunos -y yo noté que el precio de los mismos había sido incrementado nuevamente-; pagué -quince dólares- y nos instalamos en una mesa del lugar; lo primero que hizo mi amigo fue darme la mochila -es de Google Cloud- como un regalo -y contarme que en vez de tirarla mejor la regalaba-.

Estuvimos en el lugar, entre desayuno y conversación por dos horas; el comportamiento de mi amigo -también está (creo) dentro del espectro- retornó a lo habitual: hablar sin detenerse, permitiendo apenas cierta contribución de la otra parte.

Pero parte de lo que me contó me preocupó un poco: le pidieron el lugar en el que ha vivido por un par de años -entendí que por algo relacionado con su comportamiento, o su forma de vivir, o algo parecido-; y, aunque está aplicando para un nuevo trabajo -pidiendo como el setenta y cinco por ciento de lo que gano actualmente- su situación financiera es desesperada.

Al parecer -eso ya me lo había comentado mucho tiempo atrás- una de sus hermanas, que reside en el otro gigante del norte- lo ha estado ayudando mensualmente para cubrir sus gastos -ahora pagaba el doble de lo que mis hijos pagan por los servicios en su departamento-.

El problema es que a su hermana le acaban de aplicar un downsizing y está por perder su empleo; con lo que ya no va a estar recibiendo el apoyo financiero de esa parte; y, la verdad, su situación en general me pareció bastante complicada.

A las nueve -había puesto una alarma- le indiqué a mi amigo que retornaba a mi casa; nos despedimos en la puerta del restaurante y abordé la van para conducir de vuelta a la casa de Rb; a donde vine bastante rápido.

Me cambié de ropa, comí un poco de fruta y luego empecé a trabajar en el patio trasero; había previsto un fin de semana bastante atareado: quería dejar el sábado el tercer arco de la galera armado, y los agujeros para el mismo a la profundidad requerida.

Quería realizar lo primero por la mañana y lo segundo por la tarde; entonces me puse a trabajar en los agujeros: con un machete escarbé los agujeros y me ayudé con un sartén viejo -y una pequeña caja de metal- para ir extrayendo la tierra; además estuve midiendo, con los tubos de metal, la altura.

Y el trabajo avanzó: antes del mediodía ya tenía ambos agujeros preparados para la intalación de los tubos; entonces saqué el barreno eléctrico y me puse a armar el arco: dos tubos de hierro negro y, en lo alto, una costanera de material galvanizado.

Rb me ayudó un poco con lo segundo, con lo que terminé por el día; y la verdad me sorprendió la rapidez de lo segundo: con mi padre nos pasamos casi una hora nomás para armar uno de los arcos -al parecer él estaba utilizando de forma incorrecta su barreno-.

Después de guardar las herramientas sacamos a caminar a los perros; luego me puse a preparar el almuerzo: la noche anterior había dejado preparados los elementos para armar un par de sandwiches con los componentes del burrito de zanahoria que suelo preparar los fines de semana.

Pero, por no prepararlo en el momento, habíamos decidido que en vez del burrito la tortilla sería dividida en cuatro partes y se armarían un par de sandwiches; los que quedaron muy buenos; luego de dejar preparado esto sacamos a caminar a los perros.

Después del almuerzo estuve leyendo un poco del libro de Reese Whiterspoon; hasta que Rb le dió de comer a sus perros, lavé los trastes y le ofrecí un té de manzanilla a Rb, el cual rechazó pues debía salir hacia su iglesia, a impartir la clase de alfabetización semanal.

Pero el día se había puesto más gris; y había empezado a lloviznar, de forma ligera pero constante; Rb salió con el paraguas y me estuvo enviando mensajes sobre su avance; el cual fue bastante lento pues el tránsito estaba bastante pesado -se había ido en busito-.

Y como no me quería dormir por la tarde hice una lista de cuatro actividades y las programé consecutivamente para completarlas en las siguientes dos horas: leer, escribir, jugar ajedrez en Duolingo, y bajar el material que aún estaba en la van.

Y es que, por la mañana, en el viaje de regreso de mi desayuno, había pasado a la ferretería y había comprado un saco de cemento -de cien libras- y dos sacos de arena -de veinticinco cada uno-; y uno de esto se había roto cuando el joven dependiente lo había colocado en la van.

La cuestión fue que no dejó de llover durante toda la tarde por lo que nomás completé tres de las actividades que me había propuesto: no quise bajar el material del auto pues no quería que se mojara el cemento; a las cinco y media inicié a caminar hacia la iglesia de Rb.

Me había pedido que le llevara un par de tenis y un par de calcetas pues se había tenido que descalzar en su clase debido que los que llevaba se habían mojado por completo en su viaje de ida; por lo que metí los tenis y las calcetas en la mochila que me había regalado mi amigo por la mañana.

Llegué a la iglesia de Rb unos minutos depués de las seis, entré a su aula -las alumnas: cuatro señoras, ya estaban despidiéndose- y le entregué lo solicitado; luego de que se calzara nos dirigimos al supermercado que queda en la misma calle.

Allí encontré buenas opciones de bebidas para los almuerzos con mi hija mayor y mi hijo menor -latas de seven up light y botellitas de coca cola zero-; también compré un cuarto de litro de helado -me había encontrado un billete de una alta denominación en los pasillos del comercial-.

Rb compró el pollo que utilizaríamos para los almuerzos de la siguiente semana y algunas frutas para sus desayunos; pagamos en la estación de autopago y emprendimos el camino de vuelta -la mochila estaba bastante pesada-.

Después de almacenar las compras me dí cuenta que no había comprado pan para el desayuno del día siguiente con mi hija mediana; entonces me dirigí a la panadería de la vuelta -Rb también me pidió que comprar manzanas verdes para los almuerzos-.

Cuando estaba llegando a la panadería ví a un par de señoras conversando -y una perra jugando con ellas-; una de estas vive a un lado de la panadería y es parte de las clases de zumba de Rb; y la perra, sin provocación ni aviso me atacó cuando apenas estaba llegando al a tienda -vecina de la panadería-.

La mordida fue profunda -o sea, levantó la piel- y la señora se escandalizó; y, por supuesto, mi reacción no fue la mejor: le indiqué que no me importaba la mordida -o el dolor- sino que nomás quería saber si la perra estaba vacunada, para saber si debía de ponerme la vacuna antirrábica.

La señora me aseguró que sí estaba vacunada; compré ocho manzanas en la tienda y una fila de pan francés en la panadería; luego retorné a casa; pero venía bastante alterado; le comenté a Rb sobre el suceso y le pedí que me acompañara para hablar con la señora ella quería asegurarse que la perra estaba vacunada-.

Y la llovizna que se había mantenido más o menos constante se convirtió en una buena lluvia; salimos con un paraguas cada uno pero ya no encontramos a las señoras en la panadería; tocamos en la casa vecina pero -por la hora, seguramente- nadie abrió.

Retornamos y le pedí a Rb que me rociara alcohol en la herida; luego me proporcionó una pomada que usa en las heridas de sus perros -la semana anterior me la había aplicado en la mano derecha pues me había levantado la piel en la mitad de la palma-.

El domingo me levanté a las seis y media; medité y luego retorné a la cama a leer el libro Gone before goodbye; después hice varias lecciones de Duolingo porque no quería salir de la habitación muy temprano; lo cual me complicó un poco el día.

Había estimado salir de la casa un poco después de las nueve pues no quería andar conduciendo con prisas ya que la lluvia continuaba; además, había ofrecido dejar prepaeradas las ensaladas del almuerzo antes de salir.

Pero lo primero que hice luego de salir de la habitación fue preparar los panes para el desayuno con mi hija mediana; fueron enormes: la mitad de un omelette con jamón de pavo y queso amarillo; con lechuga, tomate y medio aguacate cada uno.

Después de preparar los panes preparé las ensaladas, luego bajé los dos sacos de arena de la van: uno de los mismos estaba abierto por lo que me tocó que sacar arena de la alfombra del auto; dejé el saco de cemento pues no quería que se mojara.

Cuando terminé de bajar los dos sacos metí en la mochila con aislante térmico todo lo que llevaría al desayuno: una bolsa de snacks, dos pares de platos, un par de vasos, el jugo de naranja, un par de bananos, una mandarina, una porción del pastel de arroz y los panes.

A las nueve y media me despedí de Rb e inicié a conducir en dirección al departamento; la lluvia estaba constante, aunque no muy fuerte, y encontré muy poco tráfico en el camino; con lo que llegué al edificio unos minutos antes de las diez.

Estacioné la van y luego bajé las dos mochilas, la caja de scrabble y el par de paraguas; con los mismos subí al séptimo nivel; después de instalarme en la sala le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado; un poco más tarde hizo acto de presencia.

Le propuse ir al parque temático -aunque seguía lloviendo- y estuvo de acuerdo; caminamos al lugar -cada uno con un paraguas- y lo encontramos bastante vacío: ningún juego mecánico estaba funcionando y nomás vimos a un par de grupos de asistentes.

Nos dirigimos directamente al área en el que usualmente tomamos nuestros alimentos; de las veinte o treinta mesas nomás había tres o cuatro ocupadas -seguía lloviendo- y nos instalamos en una para desayunar; luego jugamos un par de partidas de Scrabble.

Además le volví a compartir los movimientos para resolver los lados del cubo de Rubik de cuatro por cuatro; estuvimos en el lugar hasta las doce y media y luego emprendimos el camino de vuelta a casa -había estado lloviendo toda la mañana y continuaba igual-.

Cuando llegamos al edificio le pedí a mi hija que me acompañara al auto para no tener que subir con las mochilas y los paraguas; entré a la recepción y le pedí a la guardia que abriera el portón del parqueo; entramos y dejamos allí nuestra carga.

Luego subimos al departamento, en donde estuve apenas cinco minutos antes de despedirme; bajé al auto y ví un mensaje de Rb inquiriendo sobre mi avance; le respondí comentándole que estaba ya  en camino de vuelta.

El tránsito -sorprendentemente- estaba bastante ligero: seguía lloviendo; la única pausa que encontré fue en el semáforo antes de entrar al municipio; pero fue apenas un cambio de luces; con lo que vine a casa apenas un poco después de las dos.

Y, a diferencia de otras ocasiones, Rb estaba esperándome para almorzar; lo que hicimos en el acto: alitas de pollo, ensalada y un muy buen caldito de pollo; yo agregué un banano y un poco de papaya al mío; después me preparé un café - el que consumí con galletas y pan tostado-.

Después del almuerzo me sentía bastante lleno por lo que esperé quince minutos antes de ponerme a la tarea del día: después de lavar los trastes del almuerzo bajé el saco de cemento de la van; y cuando intenté mover los sacos de arena al patio trasero la carretilla se estropeó -ya estaba oxidado y el área de carga cedió con el peso-.

Saqué la escalera de la lavandería y comprobé la altura a la que estaba el arco que había armado el día anterior; me tocó que ajustar un poco la altura de ambos y luego empecé a mezclar la primera mitad del saco de cement con uno de los sacos de arena.

Mezclé ambos materiales con agua, batiendo todo con una pala y, cuando ya estuvo casi a punto, le pedí ayuda a Rb para ayudarme a equilibrar los parales del arco antes de rellenar los agujeros con el concreto; el primero quedó lleno y alcanzó aún para la mitad del segundo.

Entonces mezclé el resto del cemento con el otro saco de arena y preparé otra carga de concreto; con el que terminamos de rellenar el segundo agujero; nos sobró un poco menos de la mitad de este concreto y lo aplicamos a la esquina de la galera en construcción.

Después de completar la operación lavamos el área en el que había preparado el concreto y guardamos las herramientas; luego tomamos una muy buena ducha; después del baño Rb porcionó los almuerzos de la semana -los había preparado por la mañana-.

Un poco después de las seis Rb me comentó que iba a completar lecciones de Duolingo; yo iba a hacer lo mismo y me metí a mi habitación; pero sentí un bajón de energía bastante acusado: nomás completé tres o cuatro lecciones; luego estuve dormitando hasta las ocho de la noche.

A esa hora salí de la cama, tomé la computadora y y me pasé a la habitación de Rb, en donde me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-, lo que me llevó casi dos horas, entre la recolección de los sucesos de la semana y alguna interacción con Rb.

Y a ver cómo sigue esto.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Desaparecido antes del adiós (y una semana realmente larga)... Gone before goodbye (and a really long week)... Disparu avant l'adieu (et une semaine vraiment longue)...

Le comentaba a Rb -y luego a mi hijo menor- que ya no tengo mucho paciencia con el racismo -aunque no sé si esa sea la definición correcta- en el material que leo: decidí no continuar con The Informationist por el tratamiento que la autora da a los países africanos; o sea, Europa y otros países prósperos han saqueado y maltratado a ese continente, y luego dicen: qué ignorantes, violentos y corruptos.

Y me parece que es la segunda ocasión en la que desisto de completar un libro al encontrar esto: el anterior era un libro infantil en el que el autor se burlaba -y denigraba, me pareció- todo lo que tenía que ver con Egipto.

Creo que es suficiente toda la ideología que compramos desde antes, incluso, de poder hablar de la maquinaria mediática: los buenos siempre son los occidentales; los rusos son el diablo -aunque ahora lo es más China- y la religión dominante es la verdadera.

Pero como quería leer algo de acción -si era posible sin tanto racismo- busqué los mejores libros de acción más recientes; y Google me recomendó el de título; me llamó la atención que la autora sea Reese Whiterspoon -o sea, he visto alguna de sus películas- y el texto de la contraportada se veía interesante.

Y claro, los buenos son los cirujanos militares que arriesgan su vida para salvar a cualquiera -incluso árabes!- en el campo de batalla; los malos -cómo no?- son los oligarcas rusos que tienen todo el dinero del mundo y compran cualquier cosa o persona.

Y a ver cómo va eso...

El sábado me levanté a las seis y media; los últimos días habían estado bastante raros, con el cambio de empresa y todo eso; o sea, las últimas mañanas habían sido bastante difíciles de empezar; y ese día continuó el patrón.

Creo que pasaron un par de minutos antes de que reuniera la energía necesaria para bajar de la cama y completar los veintiocho minutos de meditación; la cual también continuó estando bastante complicada: la mente de mono estaba más activa que de costumbre.

Después de meditar retorné a la cama y completé varias lecciones de Duolingo -portugués y ajedrez-, luego salí de la habitación y empecé a preparar el almuerzo que llevaría para la reunión con mi hijo menor: primero preparé las dos ensaladas; con pepino, zanahoria, tomate, chile pimiento, manzana verde, aguacate, lechuga romana, escarola verde y escarola morada.

También pesé treinta gramos de  aderezo en dos diferentes bolsitas de papel de aluminio; y puse a la estufa un sartén con bastante aceite; luego batí un huevo y pasé los rollitos por el mismo, harina de yuca y avena en hojuelas; y puse los dos rollitos por un par de minutos en el aceite hirviendo.

Después de haber dorado cada lado de los rollitos bajé el fuego y los dejé cocinando por media hora de cada lado; en el ínterin me preparé -con lo que me había sobrado del huevo batido, la harina de yuca y la avena- el desayuno de los sábados.

Después de desayunar lavé los trastos que había utilizado en la preparación de las comidas; luego me metí a mi habitación para avanzar en el libro de la nobel coreana: Tinta y sangre ha sido un libro bastante interesante de leer.

Por primera vez en mucho tiempo mi hijo menor me había pedido que llegara más temprano al departamento (a las doce del mediodía) por lo que debía de empezar a alistarme una hora antes que en los meses anteriores: puse una alarma para las diez y media y estuve leyendo hasta esa hora.

Rb estuvo -esporádicamente- traduciendo llamadas durante toda la mañana; antes de que entrara a bañarme salió un momento de su habitación y nos despedimos; luego de bañarme me vestí y preparé la mochila con aislante térmico: los dos rollitos de pollo, las dos ensaladas, una bolsa de snacks (platanos fritos con sal), el aderezo y dos coquitas sin azúcar.

Un poco antes de las once revisé Waze y el tránsito se veía bastante tranquilo: el tiempo estimado era de veintisiete minutos -bastante menos que en otras ocasiones-; pero decidí irme temprano; y el pronóstico fue bastante certero: a las once y diecisiete estaba estacionándome en el sótano del edificio.

Pero no subí inmediatamente -no quería incomodar a mis hijos lleganto tan temprano-: me quedé en la van leyendo -había empacado la tablet, la cual dejé luego en la guantera- el libro de Han Kang hasta las doce menos diez; cuando sonó la alarma bajé las dos mochilas y la caja de Scrabble y subí -por las gradas- al séptimo nivel.

Durante la semana había estado viendo un video de una divulgadora científica española; el tema era la menopausia femenina pero me llamó la atención un consejo que brindaba: subir las escaleras de dos en dos; lo cual hice y me costó completar los siete niveles de esta forma -creo que debo repetirlo más-.

Entré al departamento y le envié un mensaje a mi hijo comentándole que ya me encontraba en el lugar; él apareció bastante rápido y nos estuvimos conversando un corto tiempo en la sala, luego le propuse que nos dirigiéramos al parque temático más grande de la ciudad.

Caminamos hasta el parque, en el cual notamos más público que en ocasiones anteriores; nos dirigimos directamente al lugar en el que usualmente ingerimos los almuerzos y, afortunadamente, no había ningún evento: encontramos una mesa y pasamos la siguiente hora entre almuerzo y conversación.

Después del almuerzo decidimos acudir a la rueda de Chicago; pero antes debía comprar un pasaporte para doce juegos mecánicos -ocho dólares- pues ya nomás quedaba uno disponible en el anterior -debo comprar uno cada dos o tres meses-.

Después de comprar el boleto nos dirigimos a la rueda de Chicago, en la que encontramos una fila de espera bastante aceptable; y, a diferencia de la semana anterior, sentí que la duración del juego no fue tan corta.

Cuando bajamos de la rueda le propuse a mi hijo completar una partida de Scrabble; nos dirigimos a las mesas techadas más cercanas a la entrada y, como ya había pasado la hora del almuerzo, encontramos una disponible -un grupo de jóvenes se acercó momentáneamente a ver la partida-.

Después de utilizar todas las fichas del juego -y darlo por terminado- iniciamos el camino de regreso a casa; aún no eran las cuatro y habíamos acordado despedirnos a las cinco de la tarde; llegamos al departament un poco después de las cuatro y media y nos instalamos en la sala.

Al igual que en la última reunión con mi hija mediana -a la que había visto antes de salir y le comenté que le había dejado un mensaje en whatsapp- le propuse a mi hijo que practicáramos con una cajita de origami; y nos dió tiempo de completar un par antes de que sonara la alarma que había puesto en el celular.

A las cinco me despedí de mi hijo y bajé -por las gradas- al parqueo, arranqué la van e inicié el camino de regreso a casa; estaba lloviznando por lo que temí que se complicaría el recorrido, pero, quizá por la ligereza de la precipitación, no encontré ningún embotellamiento.

Al menos hasta la entrada del municipio: antes de cruzar el puente al fondo del cañón de la entrada el tránsito se ralentizó; y pude ver que justo al final del puente había un auto con luces de emergencia; al parecer un motociclista se estrelló contra la parte trasera de un automóvil y eso había dejado inoperativo uno de los dos carriles.

Entre a casa después de las cinco y media, me cambié de ropa, saqué a los perros al patio -aunque fueron un poco reacios pues el terreno aún se veía húmedo-, compartí mi ubicación en whatsapp con Rb e inicié a caminar en dirección a su iglesia.

Cuando salí de casa noté algunas gotas de lluvia en el ambiente; no esaba seguro si la lluvia continuaría, pero esperaba que no arreciara tanto; caminé hasta más de la mitad del camino antes de encontra a Rb, quien venía en sentido contrario -ella también me había compartido su ubicación-.

Nos encontramos y tomé la bolsa del supermercado-con aguacates y manzanas verdes-; luego reiniciamos el camino de retorno a casa; por la noche completé más de media hora de Duolingo -casi solo ajedrez-, preparé las gelatinas de mis desayunos y cociné la segunda de las bolsas de ramen coreano que mi hijo me había cedido unas semanas antes.

Luego me metí a la habitación de Rb para actualizar mis notas -incluyendo esta-, esperaba que me diera tiempo de ver algo -había estado viendo muy poco durante la semana, quizá nomás un capítulo de The Ghost in the Shell, uno de Nanoha y un tercio de un capítulo de Lioness-, pero no fue así.

El domingo me levanté a las seis y media: preveía un día tranquilo; no había programado ninguna salida por la mañana; un par de semanas antes -o asi- había acordado reunirme con mi amigo Testigo de Jehová -a las cuatro, en la pizzería de siempre-.

Después de meditar -me costó bastante completar los veintiocho minutos, continuaba pensando en la visita de mis padres la siguiente semana- retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo; luego estuve leyendo un poco del libro de Reese.

No quería desayunar muy temprano porque esperaba comer bastante tarde; estimaba tomar mi última comida alrededor de las cinco y media; y encontré una buena excusa para desayunar tarde: llevar a Rb a su iglesia -los domingos que asiste me pide que la lleve después de las diez de la mañana-.

Aunque a veces, como en esta ocasión, prefirió irse en autobús; por lo que nomás estuve leyendo y estudiando un poco de Fabric hasta cerca de las once de la mañana; a esa hora me preparé el desayuno de los domingos: un cloudbread con frijoles -y café-.

Después continué leyendo hasta que Rb me llamó -después de las doce- para que fuera por ella a la iglesia; conduje hasta el lugar -el tránsito no estaba muy pesado- y retornamos bastante rápido; y lo primero que hicimos al regresar fue sacar a caminar a los perros.

Rb puso al fuego sus alitas, para que se cocinaran mientras completábamos la caminata; yo había -antes de ir por ella- hervido unas piernas que encontré congeladas en el freezer y luego las había empanizado -aunque no me quedó muy bien- con harina de yuca, agua y avena en hojuelas -debo mejorar esa receta-.

Cuando entramos después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas; con las que acompañamos el pollo -yo también tomé el caldo que había quedado después de hervir las piernas, con un poco de ramen coreano-.

Después del almuerzo estuve estudiando un poco de Fabric; a las tres y cuarto empecé a alistarme para dirigirme a la pizzería que queda al inicio del boulevard; llegué al lugar con diez minutos de anticipación  me metí un rato al supermercado.

Salí del mismo un poco antes de las cuatro y esperé cinco minutos -ya le había enviado un mensaje a mi amigo cuando llegué al lugar- luego lo llamé; y me contestó como que hubiera acabado de despertarse; luego dijo algo como: Ah, ya estás allí; se me había olvidado por completo, y no pudo caminar porque tengo molestias con el ácido úrico; perdón por no haberte avisado.

Le deseé que mejorara pronto y colgué; luego sopesé qué hacer; en el camino me había dicho que si no se presentaba -no sería la primera vez- me iría a tomar un café y un pastelito a una cafetería fancy que queda cerca del lugar.

Pero ya cuando se dió el hecho preferí caminar: enfilé rumbo a la calzada interamericana y caminé durante cerca de cuarenta y cinco minutos; luego inicié el retorno a casa; no le comenté nada a Rb -aunque ella me indicó que había estado por llamarme pues estuvo lloviznando esporádicamente-.

Por la noche hice un poco de Duolingo, ví una parte de un capítulo de Lioness y un capítulo de The Ghost in the shell; además leí la primera parte -el prólogo o la introducción- de un par de libros en inglés, que había previsto agregar a los que llevo a medias.

El lunes me levanté a las seis y media; estuvo raro el despertar porque, al parecer, estaba soñando que ya me había despertado -no era un sueño feo-, y un poco después sonó la alarma; entonces me levanté a meditar.

Después de meditar salí de la habitación, pasé las computadoras de la bodega a la mesa y encendí la del trabajo; después retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; y es que la primera reunión del día era a las nueve.

Esta reunión estuvo algo rara: no se presentó el jefe de los programadores y el más antiguo de ellos revisó los pendientes; pero no me quedó muy claro cuál era el estado de los mismos; de todos modos, la mayor parte del personal anda en modo mudanza (el primero de octubre estaremos bajo nueva administración).

Me preparé el desayuno -avena, gelatina, papaya y banano- un poco después de las diez de la mañana; luego desayuné, mientras veía algún video de Youtube; mi supervisor local me preguntó sobre mis asignaciones y le mencioné pruebas en la app y tareas de documentación -aunque, la verdad, no he estado haciendo casi nada-.

Me pasé casi toda la mañana revisando la lección de Fabric, leyendo y completando las preguntas del examen en el sitio que me compartió mi amigo asiático: de setenta y cinco preguntas nomás fallé tres (me faltan otras seis páginas).

Un poco antes de las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de media hora de ejercicios; después sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando la porción del día de caldo de pollo (lo habíamos preparado la tarde anterior y porcionado por la noche).

Cuando entramos preparé un par de ensaladas pequeñas para acompañar el almuerzo; la cantidad de pollo y verduras estaba bastante generosa; después del almuerzo me preparé un café, el que consumí con dos mitades de galletas, un cuarto de pan tostado y un cuarto de pan de queso.

Un poco después del almuerzo lavé los trastes del día; luego me retiré a mi habitación, en donde estuve leyendo un poco del segundo libro de Kanban que leo del mismo autor; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té de manzanilla a Rb.

El resto de la tarde pasó bastante tranquilo; jugué algunas partidas de ajedrez -volví a bajar de mil seiscientos de ELO-  y, un poco antes de las cinco de la tarde, nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Yo había preparado una buena lista de provisiones con las que me quería preparar para la visita de mis padres de la siguiente semana; después de llegar al extremo del boulevard lo cruzamos y entramos al supermercado; y la lluvia iba pisándonos los talones.

En el supermercado compré varias vituallas: una docena de huevos, un paquete de queso, una botella de salsa de soya y un bote de polvo de hornear; nos tomamos un buen tiempo en las compras porque, igual, no podíamos salir del supermercado: la lluvia había arreciado.

Cuando escuchamos que se calmó un poco pasamos a caja -lo último que agregué fue un cartón de leche deslactosada-, cancelamos las compras y salimos del lugar; aunque la lluvia aún no había cesado por completo.

Empezamos a caminar hacia el otro supermercado tratando de guarecernos en los alfeizares de los diferentes negocios del boulevard; y no nos estaba yendo tan mal en el retorno, hasta que un auto pasó a una velocidad excesiva y nos bañó con agua de la calle.

Llegamos al siguiente supermercado bastane mojados; en este compramos un poco de bananos, una escarola morada y yo agregué un doble litro de jugo de naranja -para la visita de mis padres-; después de pagar retornamos a casa; la lluvia ya estaba casi extinta y, afortunadamente, no hubo más conductores inconscientes.

Después de quitarme la ropa mojada me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo; Rb se metió al baño a tomar una ducha tibia -lo hace siempre que se moja con agua de lluvia-; a las siete y media llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte.

Lo encontré preparando varias bolsas de reciclaje: dice que de esa forma financió el viaje que realizó para llevar a su hija de Arizona a Oregon; al parecer es un buen negocio el reciclaje por estas fechas en su localidad; también me contó una historia extraña de su hija menor.

A pesar de que regresó a Oregon con su novio, y que estaban trabajando juntos; al parecer ya no estaban juntos; y la hija había recibido la visita de una persona que vive en la costa opuesta -en la capital del Imperio- y que trabaja en la Nasa; se suponía que lo conocería en persona en un par de días -incluso me envió un par de fotografías en la red azul-.

Después de conversar con mi ex supervisor me pasé a la habitación de Rb; en donde ví una parte de un capítulo de Lioness -me está cansando el cliché de que malos son los malos y si no fuera por nosotros los buenos- también ví un capítulo de The Ghost in the shell.

Y el resto de la semana estuvo super rara: el martes me tocó que ir -después de varios meses- a la oficina: debia firmar el documento por el cual aceptaba mi transición a la nueva compañía.

Llegué al área de recursos humanos un poco después de las nueve, firmé el documento, me entregaron una copia del mismo y me dirigí directamente a una oficina gubernamental a verificar si la operación estaba bajo los términos legales: a todos nos pagarán vacaciones y bonos atrasados, pero no tiempo de indemnización.

La oficina estaba bastante llena porque atiende a trabajadores de todo el país; también bastante desorganizada -como la mayor parte de la burocracia local-; pero no me tardé mucho en realizar la consulta, y la chica -me imagino que Abogada, o en camino a serlo- me confirmó que todo estaba en orden.

Salí del edificio y ordene un Uber para dirigirme al negocio a donde Rb había comprado unos audífonos que no le gustaron: los controles se estaban calentando un poco -yo no lo ví crítico pero ella prefirió reclamar la garantía-.

El Uber fue bastante eficiente y llegué al edificio a una buena hora, subí caminando -de dos en dos la mayor parte de- los once niveles hasta la planta en la que se encontraba la oficina; me atendió un joven bastante amable, pero no vió muy crítico el calentamiento de los controles de los audífonos.

Aún así aceptó cambiarlos; pero, luego entró otra persona -no sé si era el dueño de todo o nomás un vendedor bastante agresivo- y pidió más pruebas, y al final ya no hubo cambio; yo también me puse algo violento y salí del lugar con bastante mala leche.

Ya fuera del edificio iba a ordenar otro Uber para llegar a la estación intermedia más grande del Transmetro; pero mi celular se quedó sin carga y tuve que caminar un par de cuadras para abordar un bus urbano; el que me cobro casi el mismo monto -un dólar- de lo que me hubiera cobrado el Uber.

El bus fue bastante rápido y un poco después estaba abordando el Transmetro, el que me llevó hasta el comercial en donde se estacionan los busitos que vienen hasta el boulevard al lado del cual vivimos; retorné antes del mediodía y el día continuó sin muchos cambios.

El miércoles me volvió a tocar salir: era el día en el que mi supervisora había programado la última reunión trimestral con todo el equipo; al igual que el día anterior salí a media mañana de casa de Rb.

Caminé hasta el boulevard principal, tomé un autobus intermunicipal que me llevó a un par de cuadras de la estación del transmetro; de allí abordé una unidad que me llevó hasta el cetnro histórico, en donde me dirigí a la siguiente línea de este transporte.

Al final llegué bastante rápido a la estación más cercana -a kilómetro y medio- del restaurante al cual me dirigía; de hecho tuve tiempo de pasar a ver la librería más grande del sector -la que visitamos, en el pasado, algunas veces con mis hijos-. 

Llegué al restaurante con un par de minutos de adelanto y encontré a un par de compañeros en la recepción; luego continuaron llegando más personas -nos reunimos como una docena-; el almuerzo estuvo bastante bueno: era un restaurante de asados y, tanto las entradas como el plato principal (y el mus de postre- estuvieron bien.

Yo había llevado la bolsa con marshmellows y repartí un par a cada uno de los asistentes un poco antes de que se terminara la reunión; la cual se puso un poco nostálgica al final: la mitad de los asistentes dejaríamos la empresa el siguiente jueves.

El almuerzo estaba programado para tardar tres horas a partir del mediodía; y diez minutos depués de las tres -había puesto alarma- me despedí de todos e inicié a caminar en dirección al call center en donde trabaja mi primo.

Llegué al lugar un poco después de las cuatro y me tocó que esperarlo en el arriate frontal del lugar -intenté esperarlo en unas bancas del edificio pero salió un guardia a indicarme que nomás los empleados de la empresa podían estar allí-.

Mi primo salió un poco más tarde y nos dirigimos a la estación del transmetro más cercana -justo frente a las oficinas a donde había acudido el día anterior, a firmar la documentación-; transbordamos en el centro histórico y continuamos hasta el comercial en donde se estacionan los busitos.

De la estación nos dirigimos a un comercial cercano e invité a mi primo a un café y algunas donas -él ordenó también un croissant (o algo parecido)-; estuvimos en el lugar hasta un poco antes de las siete entre conversación, café y donas: le comenté que sería la última vez que nos veríamos en esas circunstancias pues ya no tendría reuniones trimestrales; a las siete nos despedimos y tomé un busito para retornar a casa.  

El jueves sí fue tranquilo: al menos no tuve que salir de casa -como los dos días anteriores-; por la mañana aprovechamos para completar una rutina de ejercicios: el día anterior yo había estado fuera casi toda la jornada.

Y al final del día nos dirigimos caminando hacia los mercados en dirección sur; yo tenía que comprar un par de paquetes de pan sandwich integral y una magdalena pues pensaba agasajar a mis padres al día siguiente; también compré jamón y con Rb, ingredientes para los almuerzos del fin de semana.

El viernes empezó temprano: había puesto una alarma para las cuatro de la madrugada, cuando sonó me levanté, me vestí y salí a saludar a Rb; luego tomamos la van y nos dirigimos al hospital nacional más grande de la ciudad; casi no había tráfico -por la hora- y llegamos rápido al lugar; en donde ya había una enorme cola.

Dejé a Rb en la entrada del hospital y retorné a casa; vine antes de las cinco y me metí a la cama para intentar dormir un rato; pero me costó conciliar el sueño, aunque, eventualmente, me dormí, hasta que la alarma de las siete me despertó.

Bajé a meditar y luego salí a dejar que los perros salieran al patio; casi no trabajé durante la mañana, nomás estuve esperando la hora a la que había previsto salir: me habían citado al mediodía para que fuera a firmar presencialmente el contrato con la nueva empresa.

A las diez me bañé, me vestí y salí caminando hasta el boulevard principal, en donde tomé un bus intermunicipal; la mañana estaba bastante gris y cuando faltaban dos o tres estaciones para llegar a mi destino empezó a llover, en ese momento revisé mi correo y encontré un mensaje que había entrado de madrugada, en el que cancelaban la reunión.

Entonces le escribí a Rb comentándole que continuaría en el transmetro para retornar a casa; la mima unidad me llevó a la estación cercana a la que debía dirigirme para transbordar; vine a casa un poco antes de la una de la tarde; afortunadamente Rb ya había sacado a caminar a los perros.

Por la tarde hicimos la rutina de ejercicios de los viernes y ya no salimos a caminar pues la tarde estaba bastante húmeda; en la noche estuve viendo un capítulo de The Ghost in the Shell y una parte de Lioness; aunque me sentía bastante cansado por haberme levantado a las cuatro.

El sábado me levanté a las cinco de la mañana; mis padres me habían indicado que pensaban salir a las cuatro de la mañana del puerto; medité y luego estuve leyendo un poco en la cama; a las seis los llamé pero no me respondieron, un rato después me enviaron un mensaje, comentándome que aún estaban en la cabecera departamental.

Al final vinieron casi a las ocho; pero antes de ir a traerlos ya había preparado el desayuno: un sandwich con jamón y huevo y otro con jamón y queso; además de café y fruta (papaya y bananos); después de traerlos a casa les serví desayuno y Rb se nos unió un poco más tarde -estuvo contestando llamadas casi toda la mañana).

El plan original era armar una galera -sustituyendo la que se estaba terminando de caer, de madera- con tubos de metal y canaleta; mi padre había traído una soldadora, un taladro, una pulidora y algunas otras herramientas.

Después de desayunar fuimos a la ferretería de la vuelta y compramos casi ciento cincuenta dólares en materiales: tres tubos cuadrados de dos pulgadas, dos canaletas de dos por cuatro, un saco de cemento y uno de arena.

Nos prestaron una carretilla y allí traje el cemento y la arena; luego fuimos con mi padre por los tubos; me traje los tres tuvos de hierro negro, lo que me dejó molido el hombro; mi padre trajo las canaletas; y allí empezó a fallar el plan: la pulidora no funcionó para cortar los tubos.

Fuimos nuevamente a la ferretería -en auto ahora, porque estaba lloviendo- a comprar un arco de sierra -con sierra-; luego mi padre me comentó que era mejor armar la estructura con tornillo y no con soldadura; por lo que fuimos nuevamente a la ferretería a comprar tornillos (ahora a pie, pues la lluvia había amainado).

Pero la lluvia no se calmó por completo: estuvo lloviendo esporádicamente durante toda la jornada, con lo que apenas pudimos excavar dos agujeros -de seis- y armar nomás uno de los tres marcos con los que planeábamos sostener las tres láminas (la estructura original, completamente apolillada la habíamos terminado de desmontar por la mañana: tenía cuatro láminas de ancho).

El avance fue completamente decepcionante: mi padre se confundió al partir uno de los tubos quedando una mitad más larga que la otra; almorzamos a la una -después de que Rb y yo sacamos a caminar a los perros): la tarde anterior, parte de las razones para no salir a caminar por la tarde fue preparar nuestra receta de verduras cocidas y pollo -a lo que le llamamos comida china-.

Después del almuerzo me preparé un chocolate -y le serví café a mis padres-; por la tarde avanzamos pero muy lentamente: habíamos armado un arco en el patio trasero pero era muy grande para pasarlo por el portón al patio, tuvimos que desarmarlo y volver a armarlo en la parte de atrás de la casa; y el taladro de mi padre no estaba funcionando muy bien; casi que tuve que abrir los agujeros con clavos de lámina.

Un poco después de las cinco dejamos de trabajar -seguía lloviendo- y tomé una muy buena ducha; tenía el hombro adolorido y una gran ampolla (se me había desprendido la piel) en el centro de la mano derecha; y no habíamos hecho casi nada.

Pero traté de tomarlo con calma: me alegraba que mis padres hubieran venido a quedarse un par de días a la casa de Rb; por la noche continué avanzando en Lioness; aunque también acomodé un escritorio en la bodega, pues en la madrugada del día siguiente debía examinarme para obtener un certificado de MS.

Como le había cedido la habitación en la que duermo frecuentemente a mis padres, saqué un saco de dormir y me acomodé en la habitación que utilizamos como bodega; puse una alarma para las cuatro treinta y cinco -debía hacer check in a las cuatro cuarenta y cinco-.

Dejé una alarma en el celular y una en la tablet; y dejé mi computadora personal conectada con cable al router; a las cuatro treinta y cinco sonó la alarma y me levanté, me vestí, encendi la computadora (con a partición de Windows 11) y entré a la página en donde debía examinarme -había intentado cambiarme a una opción presencial pero no lo logré).

Por haber intentado un minuto antes recibí un mensaje de acceso muy temprano así que esperé un poco; luego me conecté y empecé el proceso de check in: una fotografía frontal, una fotografía de mi documento de identificación; y cuatro fotografías con los alrededores de mi estación de trabajo.

Y luego estuvo fácil: había estado repasando doscientas veinte preguntas en el sitio que mi amigo de ascendencia asiática me había proporcionado; y de las cincuenta -o sesenta, no recuerdo- preguntas que se me presentaron, la mayoría ya las había resuelto (y las había repasado cinco o seis veces -y otras tantas con mi app de estudio espaciado-).

Así que incluso tuve que bajar la velocidad pues sentí que las estaba contestando demasiado rápido -incluso sin terminar de leer las preguntas-; los dos casos que se me presentaron ya los había revisado antes; y únicamente tres o cuatro preguntas fueron completamente nuevas -pero dominaba el tema-.

Al final terminé bastante rápido y obtuve un punteo sobre ochocientos -el mínimo para obtener el certificado era setecientos y el máximo punteo era de novecientos-; recibí un par de correos con la constancia del certificado y apagué la computadora -después de haber reactivado mi LinkedIn y publicado el logro-.

Luego sopesé que hacer: habíamos quedado con mis padres en reiniciar la obra a las seis de la mañana; pero no quería pasar un día sin meditación matutina; así que me quedé en la habitación hasta cerca de las seis y cuarto, meditando; en el ínterin escuché que mis padres salían al patio trasero.

Cuando terminé la meditación salí a acompañarlos y trabajamos en la instalación del arco más cercano a la pared vecina: ayudé a mi padre a mezclar medio saco de cemento con un saco de arena y preparamos una buena mezcla de concreto.

Instalamos el arco y entramos a desayunar; Rb había preparado unos huevos revueltos (con tomate, hasta después le comenté que no me gustaba esta combinación) y el café estaba casi a punto; eran casi las nueve menos cuarto por lo que esperamos a que le diera a comer a sus perros para sentarnos los cuatro a la mesa.

Después del desayuno continuamos trabajando, armando el segundo arco; pero aquí la cosa se complicó pues este era el que tenía una extremidad más larga que la otra, y mi padre insistió que no se cortara, sino que se perforara un agujero más hondo; el problema era que no teníamos una herramienta adecuada, por lo que no quedó muy recto.

Igual preparé la segunda mitad del saco de cemento -con otro resto de arena- y llenamos ambos agujeros con concreto; después de eso decidí que ya estaba bien: eran casi las once de la mañana y estimé que si empezábamos con el tercer acto nos quedaríamos a medias; además no quería que se estuvieran moviendo los arcos ya instalados.

Además habíamos acordado almorzar a la una, para ir a dejarlos a la estación de buses a las dos de la tarde; entonces les indiqué que mejor lo dejáramos hasta allí; que yo continuaría en los próximos días por mi propia cuenta y a mi propio ritmo; que ya estaban dos arcos y que el tercero debía ser cuidadosamente instalado para que no hubiera un salto en la inclinación.

Mi madre se molestó un poco y ambos expresaron cierta decepción por no haber terminado lo que habían venido a hacer; pero yo nomás les agredecí por su tiempo -más tarde les dí cincuenta dólares, pues no habían querido cobrarme por la labor realizada-.

Cubrí los bártulos que habían estado bajo techo con las cuatro láminas y luego tomé a tomar una ducha; luego estuve un rato en la habitación de Rb, viendo algunos videos de Youtube, mientras mis padres descansaban un poco en la habitación en la que usualmente duermo.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; y a la una servimos la segunda porción de comida estilo chino; al igual que el día anterior me preparé un chocolate, luego del almuerzo y le serví una taza de café a cada uno de mis progenitores; la conversación de sobremesa estuvo interesante y se extendió a las dos de la tarde.

Pero a esa hora me levanté y les comenté que lo mejor era que saliéramos, para evitar atrazos; les ayudé con las maletas en las que transportaban las herramientas mientras ellos se despedían de Rb; luego abordamos la van y salimos al boulevard.

El cual no se encontraba tan vacío como habría esperado, por ser domingo: antes de entrar al boulevard principal había una cola bastante extensa -aunque no detenida- y luego, subiendo la cuesta luego del puente encontramos otro embotellamiento; aquí si había una razón -aunque no muy válida-: un auto se había ido en una zanja.

Y aunque el vehículo no estaba bloqueando ninguno de los dos carriles, las personas en sus automóviles bajaban la velocidad para ver el percance, produciendo un embotellamiento innecesario; pero las cosas no estaba mucho mejor en la ruta al Pacífico.

Al parecer estaba lloviendo adelante, pues el tránsito estaba bastante lento; al final llegamos a la estación de transporte a las dos y media; y aún allí me confundí para llegar al lugar en el que mis padres debían abordar el autobús: nos metí al centro comercial del lugar.

Y es que no recordaba que había una ruta alternativa, en donde hubiéramos tenido que caminar unos doscientos o trescientos metros, en lugar del kilómetro o así por la ruta interior del centro comercial; pero, finalmente llegamos hasta el bus que va directo al puerto, lo abordamos, los dejé instalados, me despedí de cada uno e inicié el viaje de retorno a casa.

Para regresar tomé la ruta complementaria: saliendo de la ciudad en dirección al Pacífico, luego subiendo al boulevard desde el final de la cuesta de salida de la urbe; el viaje fue mucho más directo y sin ningun retraso.

Cuando vine me puse a revisar mis correos personales y, un poco más tarde, le propuse a Rb que saliéramos a caminar; ella me comentó que podríamos dirigirnos a la ferretería industrial en la que usualmente adquirimos herramientas: quería que compráramos el barreno que necesitaré para terminar de instalar las láminas.

Así que hacia allá nos dirigimos a las cuatro de la tarde; caminamos hasta el lugar y compramos un modelo similar al que traía mi padre -espero que a mí me funcione mejor-; además compramos una broca para perforar metal y un punzón -para evitar tener que seguir doblando clavos de lámina-.

Luego pasamos a la tienda verde de descuentos pues iba a necesitar otro par de guantes de trabajo -Rb también compró un par pues, supuestamente, me asistirá en los trabajos que realizaré en las semanas venideras-; luego de pagar las compras retornamos a casa.

Por la noche ví el final de la tercera temporada de Lioness; y decidí que ya no continuaré con la misma: o sea, me gusta la acción -especialmente si no tiene sentido-; y veo que el giro que se le está dando a la serie es más dramático que el que me agrada en un film de acción.

Y así terminó la larga semana: habiendo firmado mi salida de la compañía actual, sin firmar la entrada a la nueva empresa, con una galera a medias -y con un avance cuestionable- y previendo mucho trabajo de construcción para las semanas siguientes.

Y a ver cómo sigue eso... 

sábado, 19 de septiembre de 2026

El ayuno intermitente, la muerte, y el fuego... Intermittent fasting, death, and fire... Le jeûne intermittent, la mort et le feu...

Hasta el día domingo llevaba más de ciento ochenta días de mantenerme diariamente en ayuno intermitente: más de la mitad del tiempo -escribí código para darle seguimiento- ha sido veinte/cuatro, casi un veinte por ciento diecinueve/cinco y un poco menos de quince por ciento veintiuno/tres.

Y es que la última vez que había comido tarde -de noche- fue en el funeral del sobrino nieto de Rb: ese día -a mediados de febrero- le llevé sus alimentos a la funeraria, y me serví varios sandwiches -y café-; porque tampoco soy dogmático en el tema.

Y la razón de romperlo de esta forma -o sea, la semana anterior lo había hecho para darle apoyo emocional a un amigo- fue, nuevamente la misma que en febrero: otro funeral -esta vez de la mamá de la mejor amiga de Rb-; y no sé qué pensar sobre el hecho.

Pero, además, por segunda vez -la primera no fue hace mucho- olvidé que había dejado algo en la estufa y se consumió por completo; en la ocasión anterior se había tratado del té de Rb -y no pasó mucho-; en esta ocasión estuvo -creo- peor.

Y a ver cómo sigue eso... 

El domingo me levanté a las cinco y cuarto; como mi amigo voluntario vendría a las siete quería empezar a cocinar a las seis de la mañana; después de meditar tomé un buen baño y luego me metí a la cocina.

En donde estuve hasta unos minutos antes de las siete; preparé un omelete, café -no es muy bueno el que combina trigo-, frijoles fritos, platanos fritos, un par de longanizas y la salsa de tomate; estaba casi terminando cuando ví que mi amigo se estacionaba frente a la casa vecina.

Salí a saludarlo y nos instalamos en el comedor; en donde dimos buena cuenta de los desayunos -la noche anterior me había tocado correr a la panadería de la vuelta pues había olvidado comprar pan para el desayuno-; Rb se nos unió a la mesa un poco más tarde.

Usualmente cuando invito a mis amigos -son dos o tres nomás- trato de que la hora de partida no sea después de las once de la mañana; generalmente aviso bastante temprano que a esa hora debo salir, para tener un parámetro; y así lo hice con mi amigo.

Aunque en esta ocasión el evento estuvo algo diferente: Rb se dirigió, después de desayunar, al supermercado más cercano -aprovechó para comprar el pollo que no habíamos encontrado el día anterior-; y cuando retornó revisó su celular.

En donde encontró un mensaje -de casi dos horas antes- en el que su mejor amiga le informaba que su madre había fallecido -tenía un par de semanas de estar en el área de cuidados paliativos del hospital más grande de la ciudad-.

Rb empezó a tratar de comunicarse con su amiga y yo le comenté a mi amigo que, aunque ya era un resultado esperado (un par de días antes el médico le había dicho que no podía asegurar un tiempo pero eran horas o días), no dejaba de impactar; finalmente pudieron hablar.

Total que ya ni siquiera jugamos dominó -yo había sacado la versión en el que las fichas llegan hasta el número doce, e incluso había empezado a revolverlas-; a las once de la mañana mi amigo se despidió y llevé los trastos sucios al lavatrastos.

Entonces empezamos a preparar los almuerzos de la siguiente semana: pelé cuatro güisquiles y luego los pasé, junto con cinco zanahorias, un tallo de apio y varios chiles pimientos, por el rallador mecánico; luego sacamos a caminar a los perros.

La preparación la empezamos temprano porque Rb había decidido que se iría por la tarde a la funeraria a acompañar a su amiga -y quizá se quedaría toda la noche en el lugar-; y entre todo esto hubo un conflicto personal.

Porque, en cierto momento, Rb insinuó que yo lavaría los trastos que se habían estado acumulando; y yo le indiqué que no era necesariamente cierto: me molesta que este tipo de actividades -y asignaciones- se den por sentado.

Entonces el ambiente se puso bastante tenso; yo me encerré en mi habitación y estuve leyendo lo que me faltaba del libro en francés; un poco antes de las tres salí de la habitación y lavé la mayor parte de los trastos acumulados.

Al final Rb había decidido que se iría tarde a la funeraria; yo me había ofrecido -antes de la tensión- a llevarla, con lo que tenía un poco más de tiempo antes de prepararse para salir; a las cinco de la tarde abordamos la van y la llevé al lugar.

Como sabía que el ayuno se había terminado por el día -en la app que escribí puse un límite mínimo de doce horas para considerar el ayuno intermitente en la jornada- había estado comiendo frutas y snacks durante la tarde.

Luego de dejar a Rb en la funeraria decidí que -luego de mucho tiempo- pasaría por un helado a McDonald's; pasé a la sucursal que queda en el camino de vuelta y compré -tres dólares- un McFlurry; luego conduje a casa; en donde dí buena cuenta del helado -y de otro poco de snacks-.

Después estuve leyendo un poco -decidí ya no continuar con The Informationist por la misma razón que no terminé el libro infantil en el que un autor español denigraba la cultura árabe-; a las ocho cuarenta y cinco le dí de comer a los perros de Rb; y, como ví que el caldo de pollo que se le agrega a la comida había acumulado grasa en el borde, decidí ponerlo a hervir.

Lo que olvidé por completo después de ponerlo en la estufa; mientras los perros estaban comiendo le había enviado fotografías de los mismos a Rb; luego le pregunté por sus planes -por si debía llevarle comida para el día siguiente-; pero me pidió que llegara a acompañarla.

Como ando con el cabello bastante largo me apliqué gel y me peiné, me vestí de negro y me dirigí a la funeraria; temí encontrar embotellamientos por las celebraciones de la independencia, pero no encontré nada de esto; llegué bastante rápido al lugar pero el parqueo -subterráneo- es bastante estrecho, con lo que me tomó un buen tiempo estacionarme.

Luego crucé -por el paso subterráneo- el boulevard y subí al segundo nivel de la funeraria; el lugar estaba lleno y ví que el pastor de Rb estaba en medio de la homilía; le escribí a Rb para avisarle que había llegado y ella salió un momento del servicio.

Fuera de la sala me presentó a varias personas -la mayor parte de la gente que estaba allí eran feligreses- antes de guiarme al lugar en donde estaba acompañando a su mejor amiga; el servicio religioso seguía su curso y yo me serví café y varios sandwiches de queso.

Un poco después el servicio terminó y me serví otro café y un par de sandwiches de jamón; y un poco más tarde, cuando Rb salió un momento de la sala y me ofreció traer algo, le pedí otro café y otros sandwiches -el ayuno murió por completo-.

Estuvimos en el lugar hasta después de la medianoche; mucha gente había empezado a retirarse del lugar y tuve que despedirme de un montón de personas que conocen a Rb; un poco después de las doce nos despedimos y retornamos a casa.

Las calles estaban bastante vacías, por lo que no tardamos mucho en estacionar la van frente a la casa; pero cuando entramos Rb se preguntó en voz alta por el olor a quemado; y allí recordé el caldo de pollo: fuimos a la estufa y, luego de apagarla, comprobamos que lo que había sido caldo ahora eran varios carbones al fondo del pocillo de peltre.

Le comenté a Rb que había querido hervir el ingrediente de la comida de sus perros, pero que lo había olvidado por completo; haciéndome responsable de la reposición del pocillo -el que al final, no se desechó- y autorecriminándome por el olvido; pero, quizá por la hora, ya no hablamos al respecto sino que cada quién se metió a su habitación.

El lunes me levanté a las seis y media; el día anterior había decidido que le escribiría al Gerente de Recursos Humanos de nuestra área -el viernes a las cinco de la tarde había enviado un correo para informar que estaban a punto de enviar los documentos de traslado de empresa-; pero quería comentarle a mi PM antes de enviarlo.

Medité y luego salí a encender las dos computadoras; le escribí a mi PM y luego tuvimos una corta conversación; le comenté lo que iba a hacer y le propuse incluirlo en el correo, o agregarlo como destinatario oculto; prefirió lo segundo.

Por alguna razón -desvelos, cansancio- me sentía bastante desganado; quizá también influyó toda la comida que ingerí el día anterior: había tenido que ir varias veces al baño y no tenía intención de comer en mucho tiempo.

Como Rb quería participar en la exhumación, al mediodía, se había levantado a contestar llamadas una hora antes de lo habitual; salió de su habitación para darle de comer a sus perros -un poco después de las ocho- y luego se alistó y se despidió.

Yo había comprobado el estado del pocillo en el que se consumió el caldo la noche anterior y, luego de lavarlo, había decidido limpiar -luego de muchos meses- la estufa: generalmente le coloco papel de aluminio para proteger la superficie de acero inoxidable.

Pero el papel de aluminio llevaba tanto tiempo -y le había caído tanta comida- que, en algunas partes, practicamente se había soldado al acero; entonces quité las parrillas y los quemadores y los dejé -por aparte- en remojo con detergente.

Estuve ocupado en esto hasta las llamada de las nueve de la mañana; en donde nuestro supervisor continuó con los planes para que el equipo presente una demo de la app que probamos para un público que habla español.

Lo malo fue que después de esta reunión volvió a convocarme a otra con el analista que vive en la ciudad colonial; y nos asignó la misma tarea en dos servidores diferentes; el otro analista ha estado repitiendo esta tarea por varias semanas.

Y yo me dediqué más a continuar con la limpieza de la estufa: le apliqué bicarbonato y vinagre al acero inoxidable; luego le apliqué una buena capa de desengrasante; luego talle las parrillas y los quemadores.

Al final llegué casi al mediodía ocupado con la limpieza; pero también me estuve reuniendo -creo que en tres ocasiones- con el analista de la ciudad colonial; aunque no pude avanzar mucho en la tarea: él fue muy amable en la explicación, pero los equipos no estaban funcionando en la forma esperada.

Al mediodía saqué a caminar a los perros grandes; y en esta ocasión incluso levanté los desechos que estaban acumulándose en el patio frontal; después coloqué nuevos folios de papel de aluminio en la estufa, rearmé los quemadores y coloqué las parrillas: me gustó el resultado final.

A las dos cuarenta y cinco le dí de comer a los perros de Rb; luego tomé mis únicos alimentos del día -o sea, pasé de diecisiete/siete del día anterior a veintitrés/uno el lunes-; de hecho en la misma comida consumí un banano, un poco de papaya y una gelatina -parte del desayuno- con tres cuartas partes de la porción de pollo con verduras del almuerzo.

Además me preparé un café y lo consumí con un poco de pan y media galleta; y creo que hubiera estado bien con -mucho- menos alimentos, pero, tampoco me llama la atención llegar a extremos en mis hábitos; al final no entregué lo que mi supervisor me había solicitado.

Mi compañero envió un correo con los resultados de sus pruebas; yo tomé este mismo correo y le comenté a mi supervisor que había recibido el apoyo adecuado, pero que los equipos no estaban funcionando bien, y que continuaría el miércoles -porque el martes es asueto-.

Por la mañana había estado tratando de comunicarme con mi ex compañero de la facultad de ascendencia asiática -desayunamos el día del trabajo-; pero no había conseguido más que una sugerencia para hablar por la tarde; entonces le había escrito a mi ahijado, para ver si podíamos reunirnos el martes; pero él planeaba acompañar a sus hijos en un desfile escolar. 

A las cinco de la tarde, luego de enviar el correo a mi supervisor, me vestí y salí a caminar; me dirigí a los supermercados en dirección norte; aunque no tenía planes de comprar nada; pero decidí caminar más -y es que no había hecho la rutina de ejercicios de los lunes-.

Continué caminango en la misma dirección y pasé el comercial cercano a la iglesia de Rb; en total -comprobé la distancia con Google Maps- caminé tres kilometros y tres cuartos, antes de decidir retornar a casa; a donde vine casi a las seis y media.

Rb vino un poco más tarde -habíamos estado comunicándonos por whatsapp- y me traía un pastelillo de Dunkin Donuts; coo sentía que no había hecho mucho durante el día decidí utilizar una rueda de decisión para cuatro opciones: leer, escribir, preguntas de Fabric y app de repaso espaciado -aunque primero completé media hora de Duolingo-.

La primera actividad resultó ser preparar las preguntas para la app de repaso espaciado; puse un timer de cuarenta y cinco minutos y me concentré en depurar las preguntas, respuetas y explicaciones de varias áreas; luego me tocaba leer, aunque, en el ínterin, logré comunicarme con mi ex compañero de la facultad y acordamos reunirnos a desayunar al día siguiente.

Por lo que decidí que, como seguramente, tendré tiempo mientras lo espero, lo aprovecharé para leer; con lo que me pasé a la siguiente actividad: responder las preguntas del examen de Fabric; lo que me ocupó hasta cerca de las nueve y media; hora en la que Rb decidió que empezaría a prepararse para dormir.

Entonces salí de su habitación y decidí realizar la última actividad de la rueda de decisiones: escribir; me metí a mi habitación y, durante más de una hora estuve actualizando mis notas -incluyendo esta-. 

El martes me levanté a las seis y media; me sentía bastante agotado por los dos días de desvelo (funeral y actividades realizadas demasiado tarde); medité veintiocho minutos, luego retorné a la cama a completar algunas lecciones de Duolingo.

Pero no me quedé mucho tiempo en la cama porque tenía que empezar a alistarme para salir: había programado un desayuno con mi ex compañero de la facultad con quien me reencontré el primero de abril; me metí a la ducha, me vestí, pasé a despedirme de Rb y me dirigí caminando al boulevard principal.

Como era un asueto nacional -el día de la independencia- el boulevard estaba bastanet vacío; ví nomás un par de busitos mientras caminaba hasta la ruta intermunicipal; pero cuando llegué también el boulevard principal estaba vacío; de hecho me tocó tomar un busito normal para llegar al comercial en donde se estacionan.

Yo le había propuesto a mi amigo que desayunáramos en el restaurante en donde frecuentemente invito a mis amigos y conocidos a desayunar -o a tomar café por las tardes-, pero él insistió en que la otra opción -la misma que la vez anterior- era más saludable.

El restaurante se encuentra en la planta baja de un gran centro comercial a unos metros del comercial en donde se estacionan los busitos; llegué al lugar un poco antes de las ocho y media y estaba buscando el área de espera -mi amigo es usualmente impuntual- cuando ví a mi amigo que estaba bajando del segundo nivel.

Nos asignaron una mesa y ordenamos un par de desayunos -mi amigo también ordenó una tabla de frutas-; y nos pasamos el siguiente par de horas entre desayuno y conversación; la mayor parte de esta última fue sobre el éxito financiero y las conquistas pasionales de mi amigo.

Estaba temiendo la cuenta -me había propuesto invitarlo-, pero cuando mi amigo la ordenó sacó su tarjeta de crédito -fueron como cuarenta dólares-; luego me pasó a dejar -en su autmóvil eléctrico- al comercial en donde se estacionan los busitos.

Vine a casa bastante rápido y aún comí un poco de fruta -un banano y un poco de papaya-; un poco después sacamos a caminar a los perros, luego calentamos la porción del día y almorzamos -yo me empecé a sentir un poco incómodo del estómago-.

Por la tarde estuve revisando las preguntas del examen de Fabric, además, modifiqué la app de repaso espaciado: muchas de las preguntas contienen tablas de datos y no se estaban mostrando bien; hice una modificación en el código html y lo subí a GitHub.

Además, estuve revisando el contrato de trabajo que enviaron de la empresa que actuará como Employer of Records de ahora en adelante; la verdad es que la operación me está pareciendo bastante decepcionante:  creo que ninguna de las dos empresas se hará cargo del pasivo laboral de los últimos doce años -lo que estaba considerando como una pérdida-.

Rb me había propuesto que completáramos una rutina de ejercicios; pero estuvo bastante ocupada durante toda la tarde, al final completamos los ejercicios a las cuatro de la tarde; pero antes hubo un connato de conflicto: por mi molestia ante la asunción de que estoy obligado a realizar ciertas cosas -como siempre pelar y partir la papaya-.

Después de completar la rutina salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; en el camino Rb me comentó que le preocupaba que mi humor estaba empeorando -por el connato de discusión que tuvimos antes de los ejercicios-; al principio intenté contra argumentar; después nomás estuve diciendo Ok hacia todas sus apreciaciones.

Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado más cercano; allí compramos un poco de bananos y yo aproveché para proveerme de la pechuga para el almuerzo del sábado con mi hijo menor; además compré una bolsa de aceite -ya casi no tenía en la botella de vidrio-.

Caminamos de regreso a casa, pero, antes de entrar a la garita pasamos a la tienda a ver si había papaya; y nomás había un par en muy pobres condiciones, entonces pasamos a la tienda de la vuelta, pero tampoco tenían; venimos a dejar las compras y le propuse a Rb caminar en el otro sentido para ver si encontrábamos papaya en alguna tienda.

Caminamos casi hasta la mitad del camino hacia los supermercados en dirección norte; y en las tres tiendas a donde acudimos no encontramos lo que buscábamos; entonces retornamos a casa, aunque pasamos comprando una de las dos papayas que habíamos visto originalmente en la tienda de la vuelta.

Por la noche partí la papaya, luego estuve respondiendo la evaluación de la lección diaria de Fabric y completando el último grupo de preguntas del sitio de exámenes en el que he estado practicando las últimas semanas; como me sentía bastante cansado me retiré temprano a mi habitación.

Seguía sintiéndome incómodo del estómago: no me dolía, pero sentía cierto malestar en determinada posición; no sé si se debió al descontrol en los alimentos desde la semana anterior: primero fue invitar a refaccionar a mi amigo por la tarde, luego, el domingo, comer bastante cerca de la medianoche; y luego el mismo día el desayuno con mi amigo.

Creo -o sospecho- que ese relajo alimenticio, aunado con la decepción del contrato con la nueva empresa -o la irresponsabilidad de la empresa en la que he trabajado doce años para asumir el pago de la liquidación- provocaron esa tensión; lo que me afectó, incluso, en la meditación de esa noche.

Entonces decidí que no valía la pena: podía luchar contra los hechos -contratar un abogado, acudir al ministerio de trabajo-, pero decidí que lo asumiría como una pérdida; a veces se gana y a veces se pierde; y en esta ocasión asumo lo segundo, para no continuar afectando mi bienestar.

El miércoles me desperté un poco mejor: ya no sentía la molestia estomacal de la noche anterior; además, temprano, le comenté a Rb la decisión que había tomado con relación a la situación laboral del presente año: tomaré las cosas como vengan.

Me levanté a las seis y media y completé el período de meditación, luego salí a encender las computadoras; como no tenía reunión hasta las nueve me puse a estudiar un poco de Fabric -después de completar varias lecciones de Duolingo-.

Y me pasé el resto de la mañana completando las preguntas que había fallado en el sitio con preguntas del examen -sesenta en total, aunque una está duplicada-; como tenía la reunión quincenal con mi supervosora local escribí en el chat del equipo que no podría asistir a la reunión diaria.

Ya me había dado cuenta que esta sería la última reunión de este tipo con mi supervisora: dentro de dos semanas ya estaré trabajando bajo otra administración; y la mayor parte de la misma fue sobre cuestiones personales: familia, amigos y así; porque ya no tenía sentido revisar metas laborales anuales o temas similares.

Pero, al final de la reunión, la supervisora me sorprendió con el último anuncio: consiguió que le aprobaran una última reunión departamental para la siguiente semana; o sea que tendré que salir de casa un día de la próxima semana.

Cuando anuncié que no acudiría a la reunión de equipo indiqué que estaba trabajando en la misma asignación del lunes; mi supervisor me respondió con que no era prioridad y que conversaríamos más tarde sobre las tareas.

Al finalizar la reunión con mi supervisora le escribí al analista que vive en la ciudad colonial para inquirir sobre actualizaciones; me comentó que la prioridad del día era revisar los hallazgos que habíamos reportado en las semanas anteriores: teníamos una nueva versión de la app que probamos.

Revisé el largo listado de hallazgos pero me dí cuenta que nomás tres habían sido reportados por mi persona; yme puse a trabajar en los mismos -la verdad es que no eran muy complicados-; un poco más tarde mi supervisor me llamó para revisar unos detalles de la app.

Además, en la misma reunión pude conocer un poco más de su lore: le actualicé sobre la situación de los contratos en el equipo local -para el equipo en el Imperio del Norte el cambio se está realizando de otra forma- y me contó que, además de este trabajo, también se dedica a comprar y vender automóviles.

La mayor parte del día me la pasé afinando la app con la que practico el repaso espaciado; a las doce completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego sacamos a caminar a los perros grandes; después calentamos y consumimos la tercera porción de la mezcla de verduras y pollo a la que llamamos comida china.

Por la tarde trabajé en el último de los hallazgos que tenía pendiente de revisar; al final marqué los tres como aceptables; también estuve tratando de leer un poco pero, realmente, me quedé dormitando un rato en la cama.

Como Rb tenía clase de teología al principio de la noche salimos, a caminar a las cuatro y media; caminamos hacia los supermercados en dirección sur: teníamos pendiente comprar sal y los mejores precios los hemos encontrado en el supermercado que está cerca del extremo del boulevard.

Caminamos hasta el final del boulevard y luego lo cruzamos para entrar al supermercado; allí compramos una bolsa -de una libra- de sal de cocina y dos bolsas -de media libra cada una- de sal de mesa; Rb también compró una bolsa de Maseca pues quiere animarse a probar si el maíz aún le produce alergia.

En el otro supermercado compramos un poco de bananos; después de pasar al segundo supermercado retornamos a casa; Rb entró a su clase de teología y yo me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo (ando otra vez con un ELO superior a mil seiscientos).

Además completé una ronda de preguntas en la app de repaso espaciado: obtuve una puntuación de más del ochenta por ciento, pero mi meta es -en pocos días- alcanzar el cien por ciento; también estuve leyendo el libro con el que sustituí The Informationist.

Cuando escuché que Rb terminó su clase de teología me pasé de mi habitación a la suya, estuve revisando los libros que aún llevo a medias y consideré ver alguna serie o película, pero, al final, ya no me dió tiempo.

El jueves estuvo bastante tranquilo, o al menos lo sentí así: como ya no quería seguir luchando -o preocupándome- de lo que sucederá con el pasivo (serían como veinte mil dólares) firmé -digitalmente- el contrato que me enviaron de la oficina del país más grande de sudamérica.

En el plano laboral no hubo mucho: el día anterior ya había completado la revisión de los hallazgos que tenía asignados; entonces me dediqué a practicar con las preguntas del examen de Fabric; también traté de cambiar el lugar para tomarlo -quise pasarlo a una locación física- pero no fue posible.

Por la tarde, después del horario laboral, nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; Rb quería ver si encontraba un café -había decidido empezar nuevamente a consumirlo al acudir a un Dunkin Donuts luego de la inhumación de su amiga- en la tienda verde de descuentos.

Pero no encontró allí nada que le interesara; yo, por mi parte, compré una bolsa de marshmallows, los que planeo repartir a mis -pronto ex- compañeros de trabajo en la reunión del siguiente miércoles.

Después de la tienda de descuentos pasamos al supermercado más cercano, pero allí tampoco encontró Rb un café que le pareciera adecuado -los que le gustaron estaban demasiado caros-, por lo que iniciamos el trayecto de vuelta a casa.

A medio camino pasé a la panadería en donde encuentro el pan más económico -medio dolar me alcanza para el pan del desayuno de tres días-; también pasamos a la panadería de la vuelta, en donde compré un cubilete con chispas de chocolate.

El viernes me levanté a las seis y media, medité y luego salí a encender las computadoras, luego de pasarlas de la bodega a la mesa del comedor; como no tenía reuniones temprano -la primera empezaba a las nueve- me puse a completar lecciones de Duolingo.

Luego estuve leyendo un poco en la cama; a las nueve entré a la reunión semanal del equipo; en la que el supervisor intenta mostrarle a su jefe que estamos trabajando; a mis compañeros les asignó en la reunión más trabajo relacionado con la demostración -en español- que tendrán que hacer pronto.

A mí nomás me indicó que siguiera trabajando en la documentación, junto con los tres analistas en el Imperio del Norte; o sea que -al parecer- mi última semana en este trabajo será casi tan tranquila -e inconsecuente- como los últimos años: mi aporte en esa tarea ha sido -básicamente- corregir formatos y diseño de los documentos.

Después de esta reunión me preparé el desayuno de los fines de semana: Rb me había reservado un par de yemas y les agregué un huevo para preparar la torta con la que me armo un pan bastante completo.

El resto del día fue casi nulo en el sentido laboral; los compañeros estuvieron discutiendo sobre las condiciones del contrato con la nueva empresa -el horario en el mismo se nota más extendido-, pero traté de no entrar en la discusión: igual los horarios han sido siempre bien irregulares.

A las doce Rb salió de su habitación y completamos la media hora de la rutina de ejercicios, luego sacamos a los perros; cuando entramos preparé un par de enormes ensaladas y Rb puso a cocinar uno de los pescados que mi madre nos había enviado en mi último viaje.

Por la tarde todo siguió su curso: café, té y lavado de trastos; Rb continuó la mayor parte de la tarde traduciendo llamadas y yo me entretuve entre ejercicios de Fabric -traté de cambiar la fecha del examen, adelantándolo una semana, pero tampoco me fue posible-, ajedrez en Duolingo y lectura.

Al finalizar la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: queríamos comprar un par de pollos para los almuerzos -caldo de pollo- de la siguiente semana; caminamos hasta el final del boulevard -en donde pasamos a la panadería pues quería comprar un poco más de pan para mis desayunos- y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino. 

En el supermercado compramos los dos pollos, un poco de bananos, y el pepino que me hacía falta para la ensalada del día siguiente; cuando retornamos a casa puse, en un par de litros de agua con lejía, a desinfectar todas las verduras de la ensalada -menos la manzana verde, que ya estaba desinfectada, y el aguacate-.

Después me puse a preparar los dos rollitos de pollo que llevaría al almuerzo del día siguiente: el día anterior había bajado del freezer la pechuga, la que partí a la mitad, martillé cada una de ellas y las rellené con jamón de pavo, queso amarillo y la mitad de un chile pimiento; luego los almacené en la refrigeradora. 

Por la noche recibí una llamada de mi madre: querían venir al día siguiente a trabajar en la construcción de la galera que está ya medio derruida en el patio trasero de la casa de Rb; pero le indiqué que no me quedaba bien: ya tenía comprometido el día siguiente.

Les propuse la semana siguiente -aunque, realmente, estaba pensando que fuera dentro de dos o tres semanas, porque el sábado siguiente ya había previsto la reunión mensual con mi hija mediana- y estuvo de acuerdo.

Después de terminar la llamada estuve revisando mi calendario anual: mi hija mediana no me había confirmado, aún, la reunión de la siguiente semana; así que decidí que la movería para la primera semana de octubre; le escribí en whatsapp pero tampoco me contestó.

Y a ver cómo sigue eso.