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viernes, 6 de febrero de 2026

Intermezzo... Intermezzo... Intermezzo...

Aunque es una palabra en italiano, cuya traducción en Francés e Inglés es Interlude y en Español, Interludio; prefiero dejar las tres formas del título en su forma original: es el título del libro en inglés que empecé a leer después de Proust and the squid.

Me parece que ya lo había agregado a mi lista de libros desde el año pasado; pero por alguna razón no lo había bajado -igual, durante el último mes y medio del dos mil veinticinco no abrí ningún libro, debido a la convalecencia de Rb-.

Pero hace unas semanas encontré un artículo donde Obama hablaba sobre su música, libros y películas preferidos del año que terminaba -me parece que los ha estado publicando anualmente por varios años-; y allí estaba otra vez: Intermezzo.

Así que lo bajé a la tablet y me propuse leerlo después del libro de no ficción; y el inicio me costó: el libro está escrito de una forma interesante; o sea, el primer capítulo no tiene diálogos ni una estructura -al menos no puedo reconocer una-.

Es como un soliloquio y un recorrido de los lugares y personas que uno de los hermanos protagonistas del libro va encontrando en su día/noche: es un abogado con adicción a tranquilizantes, muy carismático y en una relación -extraña- con una chica diez años menor que él.

El otro hermano -acaban de perder a su padre- tiene rasgos de autista y es un experto en ajedrez; y fue el segundo capítulo el que me convenció de continuar con el libro: sus capítulos si tienen una narración bastante convencional y unos diálogos accesibles.

Por supuesto que me sentí identificado con el hermano menor -por diez años-: es torpe socialmente -aunque acaba de completar un grado en física teórica- y conoce a una dama diez años mayor, con la que empieza una relación romántica.

El libro está interesante -aunque los capítulos del abogado son bastante complicados- y estuve leyendo un poco acerca de la autora -creo que no tiene ni cuarenta años-; creo que leeré al menos otro de la misma.

Y a ver cómo va eso.

El domingo me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de ajedrez; desde hace unas semanas he tratado de no salir antes de las nueve de mi habitación, para mantener un régimen de ayuno intermitente.

Casi a las nueve y media salí de la habitación y me preparé el desayuno de los domingos; la tortilla de harina estaba muy pegada a otra y se rompió en varias partes -la que quedó en la bolsa se veía más dañada-.

Después del desayuno lavé algunos trastes que estaban en la cocina y después avancé un poco en el segundo libro del colombiano; a las diez y media nos dirigimos con Rb a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel.

Llevábamos una lista algo grande -al menos más grande que la última vez- y al final mi parte de la cuenta ascendió a casi cien dólares; Rb no encontró una batidora manual que había visto en la página del supermercado.

En el camino de vuelta pasamos a una gasolinera a llenar el tanque de la van -cuarenta dólares- y luego retornamos a casa; Rb le escribió a una persona que vive en un departamento pegado a nuestro gran vecino del norte -y donde hay una sucursal del supermercado en donde sí estaba disponible la batidora-.

Al mediodía preparamos las alitas dominicales y la ensalada de costumbre; después del almuerzo -y el lavado de trastos- le preparé un té de manzanilla a Rb; el resto de la tarde estuve avanzando en el libro en Español.

A las cinco de la tarde nos metimos a la cocina a preparar los ingredientes para los almuerzos del lunes y martes: tacos de pescado; rallé una zanahoria, piqué un poco de lechuga y cilantro -Rb preparó una mezcla de tomate y cilantro-; también preparamos cuatro litros de fresco de rosa de Jamaica.

Rb se había mantenido en comunicación con su conocido y habían acordado que el hijo traería la batidora para entregárnosla en la estación de autobuses -vive, desde hace unas semanas, en una residencia universitaria al otro lado de la ciudad-.

Antes de que anocheciera me preparé para salir y estuve esperando a que el joven le avisara a Rb que ya habían entrado al departamento; pero llegaron las siete y no había señales del mismo, por lo que decidimos salir a las siete y media y esperarlo en la estación.

El tránsito estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar a la estación de los autobuses -queda muy cerca de la colonia en donde vive mi tía favorita-; estacioné el automóvil al otro lado de la calle y esperamos durante más de media hora.

El bus llegó, finalmente, a las nueve menos cuarto; Rb bajó del auto y fue por la batidora; pero luego retornó con el joven pues la estación estaba cerrada, el frío ha estado bastante fuerte y le ofreció refugio en la van mientras ordenaba un Uber.

Aún tuvimos que esperar diez o quince minutos más -el joven es basante bisoño, aún con voz de niño, nos contó que estudia Ingeniería en Mecatrónica-; finalmente el Uber llegó por su pasajero, nos despedimos, se bajó, y empezamos el camino de retorno a casa.

El lunes me levanté a las siete y media; creo que me desperté mucho antes debido a los ladridos del perro de algún vecino -o del frío intenso: la ola de frío realmente esta bajando la temperatura a niveles que no veíamos desde hace décadas (ocho grados centígrados)-.

Me levanté a meditar y luego retorné a la cama -con la computadora- para entrar a la primera reunión del día; la cual no tuvo muchas novedades: mi supervisor anda de vacaciones pero la persona con la que trabaja en el Imperio del Norte volvió a dirigir la reunión.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo, y leyendo un poco de Ahora y en la hora; un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno -avena, banano, gelatina y papaya-.

Luego de desayunar había pensado quedarme trabajando en la mesa pero al ver que Rb seguía en su habitación -el frío estaba bastante notable- retorné un rato a la cama; en donde me estuve hasta cerca de las diez de la mañana: a esa hora tenía una reunión con mi supervisora local y otro ingeniero.

El tema de la reunión eran las vacaciones -y la estrategia para bajar la cantidad- atrasadas; lo que me llamó la atención es que cuando entré al evento otro compañero se conectó, y luego otro; la supervisora se conectó un poco tarde.

Estábamos en los saludos iniciales cuando mi celular empezó a sonar -lo había dejado cargando en la mesita de noche de Rb-; no llegué a tiempo de contestar pero ví que me llamaban del grupo con el que acompañé a misioneros del Imperio del norte hace un par de años.

La reunión tardó menos de media hora y efectivamente era para comentarnos que la meta corporativa local es que nadie tenga más de dos períodos de vacaciones acumuladas (treinta días); pero haciendo un cálculo rápido (por los dos días de vacaciones por mes que he estado tomando desde hace casi tres años) ví que podía continuar igual.

Después de cerrar la llamada le escribí a la persona que me había llamado más temprano: me disculpé por no poder atender la llamada y le comenté que no podría acompañarlos este año -por cuestiones laborales-; que esperaba que me tomaran en cuenta en el futuro.

Y es que, Rb me lo recordó, había decidido ya no continuar con este grupo: el departamento comparte frontera con nuestro gran vecino del norte y, durante la última época, hemos estado viendo noticias algo preocupantes sobre el nivel de violencia -relacionada con el narcotráfico-.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado; antes de sacar a caminar a los perros Rb se encargó de extraer las espinas al trozo de mojarra que habíamos reservado unas semanas atrás; y, con la bolsa de filetes que compramos la semana anterior, preparó dieciseis porciones para rebosarlas en huevo y harina de arroz.

Mientras Rb se encargaba del pescado yo machaqué un aguacate para preparar guacamol; después sacamos a caminar a los perros: la caminata no tuvo ningún inconveniente y, cuando entramos a cassa, Rb empezó a cocinar el pescado.

Almorzamos los tacos -cuatro, realmente grandes- con una sopa que Rb preparó con las verduras que habían sobrado de los almuerzos de la semana anterior; después del almuerzo lavé los trastes que habíamos utilizado para preparar el almuerzo -era una montaña-.

También preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí: aunque los últimos días ya no había tomado refacción me pareció que era correcto consumir las ocho o diez bolsas de té de menta que han estado en la cocina por muchos meses -con fecha de vencimiento muy próxima-; acompañé el té con una galleta y un pan tostado.

El resto de la tarde estuve entre la mesa y la cama; de hecho estuve a punto de dormirme un rato pero preferí levantarme a ordenar un poco los trastos de la cocina; a las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Pasamos al que queda a mitad del camino pues Rb quería comprar del tipo de pollo que le prepara a la perra más anciana; también compramos un poco de bananos; luego caminamos hasta la altura del supermercado más lejano y dimos la vuelta.

Antes de entrar a la calle donde vivimos cruzamos el boulevard para pasar a la tienda de las verduras: la papaya estaba a punto de terminarse; compramos una papaya que ya estaba casi madura -dos dólares- y luego retornamos a casa.

Por la noche estuve leyendo un poco de Intermezzo y anotando los movimientos del algoritmo adicional para resolver el último cubo de Rubik que les regalé a mis hijos: mi hijo menor y mi hija mayor ya lo resolvieron -debido a que ya habían aprendido los dos anteriores-; mi hija mediana aún va por la primera etapa.

El martes cumplí cincuenta y tres años -subí un recuento del día en la anterior entrada-.

El miércoles pasó sin muchos cambios: meditación, reunión temprana, desayuno -con pastel- a las diez; por la mañana pagué el servicio de Internet del departamento de mis hijos; almorzamos un burrito, aunque Rb tuvo dificultades en  preparar las tortillas -creo que eran de harina de arroz-.

Por la tarde preparé un té de manzanilla para Rb y uno de menta para mí -por la mañana había tomado una taza de café-; acompañé el té con una porción de pastel -de cumpleaños-; a las cuatro y media -media hora antes de la hora de salida- caminamos hacia los supermercados en dirección sur.

Salimos más temprano porque Rb tenía su clase de teología a las seis y media y quería estar preparada antes de entrar a la misma; no entramos al supermercados más lejano, nomás dimos la vuelta cuando llegamos a la altura del mismo.

En el otro supermercado compramos un poco de pollo y bananos; por la noche vimos un capítulo de Seinfeld -creo que el segundo de la primera temorada-: le sugerí a Rb que viéramos las nueve temporadas.

El jueves era mi primer día de vacaciones del mes; como la semana anterior no había podido reunirme con mi excompañero de la facultad, con quien me reencontré en el evento de bodas de plata de graduación, le había propuesto que nos reuniéramos ese día.

Le había escrito a principios de la semana y había aceptado la reunión; luego, un día antes, me había escrito para comentarme que -otra vez- lo enviaban a una reunión en una de las zonas más afluentes de la ciudad.

Entonces, para el miércoles en la noche, creí que no nos íbamos a reunir; le había dicho a Rb que la iba a acompañar nomás la mitad de su salida el jueves, luego le dije que la acompañaría todo el camino; entonces no quise decirle el miércoles por la noche que me quedaría en el comercial donde se estacionan los busitos -y almorzaría afuera-.

Pero el jueves temprano le comenté que me había vuelto a escribir mi ex compañero y que sí íbamos a reunirnos; de hecho esta persona -me frustra- me había indicado que aún confirmaría a las diez de la mañana.

Por la noche había decidido que si no podía reunirme con mi compañero me quedaría almorzando, solo, en el lugar; el plan era pasar a una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas de ahorros y depositar las cuatrocientas monedas de cinco centavos que había contado la semana anterior.

El jueves medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo, y leer un poco; después me bañé y, luego, preparé mi desayuno; un poco después de las nueve salimos hacia el supermercado del centro histórico.

Llevaba mi mochila negra, en la que había metido uno de los paquetes de incienso que mi hijo menor me regaló en Navidad; también algunos cubos de Rubik; el busito no tardó en pasar y llegamos bastante rápido a la estación del transmetro.

Tomamos un bus articulado y nos apeamos frente al mercado en el que Rb acostumbra comprar las frutas para su consumo semanal; nomás compró varias libras de moras y un par de bolsas de peras; en la misma estación abordamos el bus de vuelta.

En el comercial en donde se estacionan los busitos entramos al supermercado; Rb compró una bolsa de manzanas y escogimos una pequeña red de aguacates; después acompañé a Rb a la farmacia -tenía que comprar algún medicamento-.

Después de la farmacia acompañé a Rb a abordar el busito; me subí y aún me estuve un rato acompañándola; luego nos despedimos y me dirigí a la cooperativa; pero resulta que esa sucursal no era de la misma en donde abrí mis cuentas.

Entonces me pasé a un banco fuera del comercial y allí entregué las dos bolsitas en donde llevaba las monedas separadas; la cajera se sorprendió un poco con mi transacción y procedió a dirigirse a -me imagino- la máquina que utilizan para contar monedas.

Luego regresé al comercial pues ya casi era la hora de encontrar a mi amigo en el tercer nivel -doce y cuarto-; aún pasé a preguntar por unos cubos de Rubik de siete por siete -el precio es ligeramente más caro que los de seis por seis que compré el año pasado-.

Mi amigo llegó exactamente a las doce y cuarto, nos saludamos y me indicó que quería invitar en esta ocasión; le sugerí Taco Bell; compramos un par de menús y nos instalamos en las mesas del lugar.

Estuvimos un poco más de una hora entre almuerzo y conversación: mi amigo ya inició los tramites para jubilarse del trabajo gubernamental en donde ha estado durante los últimos veinte años; además de dar clases en una universidad privada, anda buscando de qué otra forma balancear su presupuesto después de retirarse del gobierno.

Un poco después de la una nos despedimos y salí a tomar el busito para retornar a casa; cuando entré a la calle encontré a Rb fuera del portón de su casa: acababa de sacar a caminar a la más anciana de sus perras.

Lavé un poco de trastes y preparé los tés de la tarde -que acompañé con pastel-; luego levanté objetos del piso pues había previsto realizar la limpieza semanal; a las cuatro de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección Norte.

Rb me había pedido que la acompañara a la tienda en donde usualmente compramos ropa y zapatos -de segunda mano-: quería comprar algunas colchas para hacerle trajes a sus perros grandes.

Entrando al lugar ví algunas mochilas con un precio bastante bajo -casi la cuarta parte de la última que compré-; reservé una y acompañé a Rb en la búsqueda de colchas para sus perros; al final encontró tres y pasamos a pagar; por la noche continué con Intermezzo, ajedrez en Duolingo y el penúltimo capítulo de la primera temporada de Seinfeld.

Y a ver cómo sigue eso...

domingo, 1 de febrero de 2026

El olvido que seremos… The Oblivion That We Will Be… L’Oubli que nous serons…

La última vez que cené con mi amigo poeta me recomendó un libro -el mencionado en el título de este texto-; anoté el título en la app que hice para recordarme pendientes, pero no tenía mucha intención de leerlo.

Mi amigo ha publicado dos libros: el primero es una serie de relatos que me recuerdan mucho al que me otorgó el primer lugar en el primer certamen de microcuentos de esta ciudad; el otro tiene narraciones un poco más extensas, pero -creo- bastante crudas.

Pero en otras ocasiones que hemos conversado sobre lecturas me ha referido a libros -creo- bastante poéticos: no me atrae mucho ese género de literatura; además, me mencionó el título cuando le estaba contando algo sobre la ausencia de mi padre desde un mes antes de que naciera -falleció casi exactamente un mes antes-.

Pero, finalmente, descargué el libro -curiosamente también descargué otro del mismo autor, un poco después- y empecé a leerlo durante la semana pasada; específicamente porque me estaba costando avanzar con Proust and the squid y es una forma -al combinar la lectura- de motivarme.

El libro me recuerda -como lo han hecho varios autores colombianos- al autor de Cien años de soledad; o sea, las descripciones de las ciudades y los pueblos es bastante bubólica; también los temas que trata: familia, relaciones filiales, violencia política.

Como el año pasado había leído un par de capítulos de Proust and the squid -son nueve- y retomé la lectura con otros dos, decidí leer el libro en español en tres partes: catorce capítulos en cada una.

Y la diferencia es -como casi siempre- bastante marcada: leer catorce capítulos me ha tomado menos de la mitad del tiempo que me ha llevado leer dos capítulos del libro de no ficción; y no es que no me guste este último: la forma en la que son presentados los temas es muy atractiva.

Y a ver cómo sigue eso.

El lunes me levanté bastante temprano; percibí la luz bastante clara pero me quedé dormitando; ví el reloj y eran a penas las seis y media; por lo que volví a conciliar el sueño por otra hora.

A las siete y media me levanté a meditar; luego retorné -con la computadora- a la cama, para entrar a la reunión diaria del equipo; la que estuvo bastante extensa: la persona que trabaja con mi supervisor en el Imperio del Norte estuvo revisando los comentarios de los clientes que dejaron la semana anterior.

Un poco después de las nueve de la mañana me levanté a prepararme el desayuno de los primeros cuatro días laborales: un tazón de avena, un banano, una gelatina y un poco de papaya; luego me quedé en la mesa del comedor, revisando los correos -y algunos artículos de The Hacker News.

A media mañana Rb se dirigió a la tienda de las verduras pues ya no teníamos papaya; yo saqué al patio, un rato, a los tres perros; un poco más tarde regresó con las compras y, un poco antes de salir a asolearnos, puse un par de tazas de arroz en la estufa.

Como era el último día del ciclo de capacitación de Rb en el lugar en el que espera trabajar algunas horas semanalmente tenía la intención de dejar preparado todo antes de la hora del almuerzo -estábamos almorzando una hora más tarde desde el martes anterior-.

A las doce y media Rb entró a la reunión del nuevo lugar del trabajo, pero sucedió algo raro: la persona que los había estado capacitando les comentó que el cliente había cerrado el proyecto; la verdad fue confuso, o sea, dijo que se continuaria el proceso, la revisión de la documentación que ya habían aportado y que se les enviarían evaluaciones a su correo.

La sesión tardó menos de media hora por lo que pudimos preparar el pollo y el arroz antes de la una; terminamos de almorzar bastante temprano; después lavé los trastes del almuerzo y preparé el té y café de la tarde.

A las cinco caminamos a los supermercados en dirección Sur; llegamos hasta la altura del más alejado pero no entramos al mismo; en el otro supermerado compramos un poco de bananos -Rb había comprado, por la mañana, rosa de Jamaica-.

El martes fue bastante tranquilo en el tema laboral: a diferencia del día anterior, la reunión no fue tan extensa; ahora la volvió a dirigir el desarrollador líder en el Imperio del Norte; el resto del día nomás me mantuve conectado a la máquina virtual en la que está la app que probamos.

Antes de salir de la habitación -casi a las diez- Rb entró a comentarme que había recibido un correo del lugar en el que había estado capacitándose: les informaban a todos los del grupo que todo quedaba detenido -muy raro, la verdad-.

Ella se mostró bastante desanimada por lo sucedido, e incluso preocupada de que su información fuera usada para fines no adecuados; le comenté que era normal que en este tipo de empresas los proyectos fueran cambiados; y que no había compartido información tan tan privada.

Durante el día estuve completando varias lecciones de Duolingo -especialmente en Ajedrez- pues el reto -desde el día anterior- consistía en completar ochenta lecciones en conjunto con Rb; también estuve leyendo.

Estaba por terminar los dos capítulos que me había propuesto de Proust and the squid -en estos hablan sobre problemas comunes en el proceso de aprendizaje de lectura; y de los aspectos genéticos involucrados en la misma- y, luego de completarlos, continué con el libro en español.

Por la tarde, luego de lavar los trastes del almuerzo, preparé un té para Rb y un café para mí; el cual consumí con el último muffin de la docena que me había obsequiado el jueves anterior; y una galleta de chocolate.

A las cinco caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; yo quería comprar un paquete de toallitas con cloro -ya hacía varias semanas que me había acabado el anterior- y Rb quería ver si conseguía un recipiente para tapaderas de ollas.

Además, debíamos comprar sal -de mesa y de cocina- y, recordábamos, era en la tienda verde de descuentos donde nos habíamos provisto en el pasado; pero no había de ninguna de las dos en ese lugar.

Después de pagar las toallitas nos pasamos al otro supermercado; allí encontramos sal de mesa y compramos algunos bananos que aún estaba un poco verdes; luego caminamos de vuelta a casa -en esta ocasión el viaje nos tomó casi hora y media-.

Por la noche vimos un capítulo de la serie All her fault; además, recordé que aún no había terminado de ver el último show de stand up de Chapelle -lo había bajado un par de días antes-; y casi concluí el libro en español.

El miércoles me levanté a las siete y media, medité y tomé la llamada de la mañana en la cama; la cual volvió a ser bastante corta; me parece que la mayor parte de los asistentes querían entrar a una reunión que había programado el nuevo CEO.

Yo me quedé en la cama hasta casi las diez de la mañana nuevamente; Rb entró un poco antes a la habitación, pero continué un rato mas, haciendo algunas lecciones de Duolingo y leyendo un capítulo -el penúltimo- del libro del colombiano.

A las once de la mañana -después de que había desayunado, y leído un poco más- Rb me propuso que nos asoleáramos un rato -lo hace varias veces a la semana, debido a que le detectaron un nivel bajo de vitamina D-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; después puse a calentar -en una olla de aluminio- la porción de caldo de pollo del día;  al finalizar la tarde -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos una libra de sal de cocina -gorda-; luego, en el de la mitad del camino, compramos un poco de bananos y dos lechugas -se suponía que usaría una de estas en el almuerzo con mi hija mayor el sábado-.

El Jueves era mi segundo día de vacaciones del mes; me levanté a la misma hora, medité y luego me quedé en la cama, leyendo un rato; a las nueve salí a prepararme el desayuno pues había acordado acompañar a Rb en su visita semanal al mercado del centro histórico.

Se suponía que de vuelta nomás la acompañaría hasta el comercial en donde se estacionan los busitos: había acordado reunirme para almorzar -a las doce y cuarto- con mi ex compañero de facultad con quien me reconecté -en nuestro veinticinco aniversario de graduación- el año pasado.

Pero antes de salir revisé Whatsapp y encontré un mensaje que me había enviado un poco después de las seis de la mañana: lo enviaban a una reunión a la zona diez y pedía aplazar la reunión una semana.

Realizamos la visita al mercado del centro histórico sin ningún contratiempo: Rb nomás compró varias libras de moras allí; luego tomamos el transmetro para iniciar el viaje de retorno; en el supermercado del comercial donde se estacionan los busitos compramos una pequeña red de aguacates -Rb también compró una bolsa de manzanas-.

Almorzamos lo mismo que los tres días anteriores -caldo de pollo, con arroz y aguacate-; desde el día anterior había decidido -al menos temporalmente- no tomar café -y galletas- por la tarde; nomás le preparé el té de manzanilla a Rb.

Además, le había comentado que haría la limpieza semanal -la semana anterior había descuidado totalmente esta tarea-; luego de barrer y trapear los pisos nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Norte.

Aunque la verdad la salida fue nomás para caminar -lo hemos estado haciendo todos los días-; y aprovechando, pasar a comprar el pan de mis desayunos del viernes y fin de semana; caminamos hasta el supermercado más alejado, dimos la vuelta y retornamos a casa.

En el camino de vuelta pasamos a una panadería -donde venden el pan más barato, aunque no fue muy conveniente porque la dependienta se confundió y triplicó mi pedido de pan tostado- por mi pan; en el camino de ida habíamos pasado a la panadería donde compré la semana anterior: le había quedado a deber un quetzal a la dependienta.

Pero la deuda no fue por mi culpa: al igual que muchos negocios -o al menos las panaderías en donde utilizo efectivo- se han estado negando últimamente a aceptar monedas de baja denominación -cinco y diez centavos-.

Y como en el pasado acumulaba bastante de estas, decidí que voy a depositar las de cinco centavos en una cuenta en la cooperativa; de hecho ya había preparado dos bolsas con doscientas monedas cada una y planeaba realizar el depósito esa mañana, pero mi ex compañero había cancelado nuestra reunión.

El viernes volví al trabajo y me dí cuenta de un par de novedades: por una parte, habían puesto a mis otros dos compañeros a realizar pruebas en el ambiente a donde nos habían asignado a mí y al analista que menos bien me cae; lo otro fue que -por fin- acabaron las pruebas con los clientes y fueron -en su mayor parte- satisfactorias.

Como mi supervisor en el Imperio del Norte quería que realizáramos ciertas pruebas en el ambiente asignado -afortunadamente puso a liderar al analista que mejor me cae- me conecté durante algunos períodos durante el día; pero igual no realicé mucho: a media tarde le transmití los resultados a quien estaba liderando.

El almuerzo fue -como casi todos los viernes- de pescado; también iba a preparar una ensalada pero Rb había comprado una berengena -no se si era el segundo o tercer viernes que realizaba lo mismo- y le indiqué que prefería obviar la ensalada.

Además hubo un connato de conflicto pues le externé que no me entusiasmaba consumir tanta berengena -o tan seguido-; el comentario no fue muy bien recibido -o quizá aún estaba muy sensible por el fiasco con el trabajo que ya no pudo iniciar- pero preferí mantener el silencio.

Por la tarde volví a saltarme el café vespertino -no sé si continuaré con el ayuno intermitente en modalidad 19/5, 20/4 o nomás (como en el pasado) 18/6-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos cinco libras de azúcar morena -ya se había acabado el paquete que Rb había comprado cuando le recetaron varias cucharadas diarias de este alimento-; en el otro supermercado compramos un cartón de huevos -y bananos-.

El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama; me parece que terminé el libro del colombiano que relata la vida de su padre; también empecé a leer el siguiente -me parece que es el último que ha publicado-: Ahora y en la hora.

Un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno; me tomé un poco de tiempo consumiéndolo y, aprovechando que Rb andaba por la mesa, conversé un poco seriamente sobre lo afectada que la he visto últimamente.

Fue algo así como: todo va a estar bien; las cosas pasan y así; lo que resultó en una situación un poco incómoda -para mí- pues Rb tuvo un momento de catársis sobre lo que ha estado padeciendo últimamente (?) e incluso lloró durante un buen momento.

A las diez de la mañana caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; aunque no entramos a ninguno; nomás llegamos al más alejado, allí dimos la vuelta y caminamos de vuelta.

De todos modos yo había preferido andar en esa dirección pues debía comprar las carnitas que necesitaba para el almuerzo con mi hija mayor -creo que vuelve a estar en la dieta Atkins-; en el camino de vuelta pasamos a la chicharronera que queda a un par de calles y compré una libra -diez dólares-.

Cuando retornamos a casa me puse a preparar un par de ensaladas y puse algunas hojas de lechuga en agua con desinfectante; después saqué a caminar a la perra más pesada de Rb -ella me acompañó con el otro perro grande-.

Cuando retornamos de la caminata empaqué las ensaladas, la lechuga desinfecada y las carnitas -con un par de coquitas- en la mochila que tiene aislante térmico; luego me metí a la ducha; un poco después de las doce tomé las dos mochilas, las cargué en la van e inicié el camino al departamento de mis hijos.

Cuando habíamos salido a media mañana había notado que el tránsito estaba bastante pesado; o sea, el boulevar se veía bastante lleno, aunque, aparentemente, no detenido; cuando salí al mediodía continuaba más o menos igual.

De todos modos llegué al edificio donde viven mis hijos antes de la una de la tarde; me llamó la atención que la cortina del parqueo estaba subida -tengo un control remoto en el automóvil para abrirla-.

Subí al séptimo nivel, le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado y pasé a la habitación designada como sala; mi hija salió un poco más tarde y nos dirigimos, caminando, al parque temático habitual.

El parque no estaba tan lleno como otros días y, afortunadamente, el área de mesas en donde usualmente almorzamos no tenía ningún evento; nos acomodamos en una mesa y procedimos a tomar el almuerzo.

Después del almuerzo le estuve explicando a mi hija los pasos para armar el cubo de Rubik de seis por seis; nos tardamos un poco en el proceso pero, finalmente, logró completarlo; algo que habíamos notado desde la llegada es que el viento estaba bastante fuerte; y escuchamos el anuncio de que la rueda de Chicago más grande no estaba funcionando, debido a esto.

Durante el almuerzo mi hija me estuvo comentando que está combinando su tiempo entre el trabajo -siempre ha trabajado nomás medio tiempo- con las clases de la facultad de medicina -al parecer se inscribió en la carrera de Médico y Cirujano-.

Como estuvimos conversando sobre las monedas me comentó que había obtenido una cuenta bancaria para realizar los pagos de la universidad, que le habían otorgado una tarjeta de débito y que no había podido ir por la misma.

Como el banco se encuentra en el comercial que está al otro lado de la calzada de donde viven le propuse que fuéramos por la tarjeta; pasamos a dejar las mochilas al departamento pues mi hija andaba sin su documento de identificación.

Por ser el último día del mes -aparentemente- la cantidad de clientes en todos los bancos era bastante alta: había cola en varias sucursales bancarias; incluso en el banco en donde mi hija debía recoger la tarjeta; afortunadamente el trámite era sencillo y pudo hacer cola mínima -solo una anciana adelante- antes de entrar por la tarjeta.

Yo me quedé afuera -armando uno de mis cubos de Rubik- y cuando salió le pedí que me acompañara a la sucursal de la cooperativa que estaba en el mismo centro comercial; aunque antes pasamos a un cajero pues debía cambiar el pin de la tarjeta; de todos modos también encontramos cola en la cooperativa y decliné esperar.

Retornamos al departamento un poco después de las cinco y, como habíamos acordado despedirnos a las cinco y media, jugamos algunas partidas de dominó; yo traté de alargar un poco las partidas -tomando fichas aún teniendo disponibles-; a la hora indicada nos despedimos -aunque mi hija bajó a acompañarme al sótano-.

El camino de vuelta estuvo bastante despejado; me parece que no me hice más de media hora para retornar; por la noche continué con el libro en inglés -intermezzo- y un poco de otro libro que mi hija me había comentado que acababa de leer: The Fight Club; además, vimos el último capítulo de All her fault.

Y a ver cómo sigue eso...

domingo, 25 de enero de 2026

Proust y el calamar... Proust and the squid... Proust et le calamar...

No sé si el plan de empezar cada texto con una referencia al libro de la semana funcionará: o sea, en las semanas anteriores he leído el final de Sandwich, luego leí por completo Recuérdame bailando; y por último All we live here; pero esos son libros 'fáciles'; el de este título es diferente: No ficción.

Y está muy bueno; son, básicamente, una serie de ensayos en los que se examina el desarrollo de la lectura, su impacto en la historia humana y la forma en la que, supuestamente, ha cambiado el cerebro de las últimas generaciones.

O sea, no es una narración, sino una serie de ensayos con bastante referencias a autores del pasado, estudios de neurocientíficos y mucha mucha información sobre los diferentes procesos que interactúan con la lectura.

Los primeros capítulos se centran en las primeras formas de escritura -acadiano, egipcio y etrusco, me parece- y luego entra ya en terrenos un poco más actuales: las partes del cerebro que intervienen al leer diferentes sistemas alfabéticos -latino, chino, japonés-.

Entonces, no estoy seguro que pueda completar la lectura del libro actual en una semana -o menos-; y eso me retorna al gran dilema por el cual leí en paralelo varios años: 'forzarme' a leer temas 'serios', para luego leer cuestiones mas 'ligeras'.

Y a ver cómo va eso.

El martes seguía sintiendome un poco indispuestos del estómago: -no estoy seguro, pero- creo que el tomar café, el domingo, dos veces -y por la tarde, hervido- me produjo una indigestión mera rara al día siguiente: tuve que ir tres o cuatro veces al baño.

Me parece que el martes ya fue solo una -o un par- ocasión en la que tuve que dirigirme al servicio sanitario; otra razón -la verdad es que ya empezó a preocuparme un poco- podría ser el consumo de marshmallows.

Y es que durante la temporada de fin de año acostumbro comprar una -o un par de- bolsa de estos dulces; pero, creo que, el mes anterior compré tres o cuatro; y no estoy seguro de la correlación entre consumo excesivo de malvaviscos y mi desorden estomacal -ya solo me quedan unas pocas unidades-.

Total que el martes lo pasé un poco más tranquilo; al menos en lo que al cuerpo se refiere; la reunión de la mañana estuvo tranquila ya que la mayor parte del equipo en el Imperio del Norte está trabajando en pruebas al lado de los clientes.

De todos modos me quedé un gran rato en la cama después de la reunión; salí de la habitación después de las diez de la mañana; a las doce y media sacamos a caminar a los perros y a la una Rb entró a una hora de entrenamiento, para las llamadas que tendrá que atender como intérprete médica -si pasa las pruebas-.

Entre la una y las dos de la tarde me dediqué a preparar el almuerzo: calenté la salsa de tomate, puse agua para los fideos de arroz y corté las legumbres para dos ensaladas; cuando Rb terminó la reunión -a las dos- el almuerzo estaba preparado.

Y no pude hacer mucho en las tareas que llevo atrasadas: la analista con la que estaba trabajando me envió un mensaje comentándome que uno de los desarrolladores estaría trabajando en la terminal que estaba usando; y terminó justo diez minutos antes de mi hora de salida.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: no teníamos nada que comprar -aun teníamos bastante bananos- pero queríamos realizar un poco de ejercicio; llegamos hasta el supermercado más lejando y retornamos -nos lleva menos de una hora el recorrido total de tres kilometros y medio.

Por la noche ví el penúltimo capítulo de The Copenhagen test; después, en la habitación de Rb, vimos el tercer capítulo de His and Hers; tambien estuve un buen tiempo en Duolingo: ahora ya se puede jugar ajedrez con otras personas -no sólo contra Oscar-.

El miércoles me desperté bastante temprano: abrí los ojos y la luz aún se veía gris; continué dormitando hasta que sonó la alarma; me levanté a meditar y luego llevé la computadora a la cama, para entrar a la reunión de equipo.

Después de la reunión me quedé en la cama; había planeado dormitar -he tomado la mala costumbre durante los últimos meses (años?)- aunque luego me hice el propósito de avanzar un poco en las tareas pendientes; pero la misma analista nos escribió en el grupo sobre la revisión del sistema; y que nos avisaría cuando ya quedara disponible.

Lo que no pasó en prácticamente todo el día; de todos modos me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo; y esperando la hora de la reunión quincenal con mi supervisora local (nueve y media).

A la hora programada inicié la reunión y mi supervisora llegó después de cinco minutos; la verdad me interesaba esta reunión porque esperaba el resultado de mi revisión anual de desempeño -me habia autocalificao como over the middle y quería ver la calificación final-.

Dos de mis directoras -la penúltima y antepenúltima- fueron siempre muy dadivosas en esta actividad anual; especialmente la antepenúltima -aunque nunca me subió el salario-; la penúltima también se portó muy bien -y me dejó moverme a otra posición-.

Esta ya era la tercera ocasión en que me calificaban después de mis últimas directoras; la primera la realizó el Project Manager y fue bastante decepcionante -igual, él tenía como seis meses de haber entrado a la empresa-.

La segunda la realizó mi actual supervisora y me dejó más satisfecho -o menos insatisfecho(?)- y esta creo que ha sido la mejor: en general mi supervisora me percibe como responsable, eficiente y proactivo -aunque no creo que haya aumento salarial-.

Usualmente la reunión quincenal no dura más de quince o veinte minutos; en esta ocasión superó los cuarenta minutos: mi supervisora quería revisar cada uno de los aspectos y el nivel otorgado en cada uno; otra vez: me pareció bien.

Después de terminar la reunión salí a desayunar y a ver qué podia hacer con el listado de las tareas que llevo atrasadas -he estado revisando la forma en la que se generan durante los últimos días-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros y a la una Rb entró a la capacitación de su nuevo lugar de trabajo -se supone que son cinco sesiones, terminando el siguiente lunes-; un poco más tarde me metí a la cocina para preparar el almuerzo.

La reunión de Rb terminó justo a las dos de la tarde; ya tenía preparado todo el almuerzo pues Rb me había comentado que la reunión semanal de su trabajo titular la realizarían -como casi todas las semanas- a las dos y media.

Afortunadamente a las dos y veinte ya habíamos concluido con el almuerzo; me retiré a mi habitación a leer un poco -Proust and the squid- y salí un poco antes de las tres: lavé un poco de los trastes del almuerzo y preparé un café y un té.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; no entramos al que se encuentra al final de nuestro recorrido; en el otro compramos bananos; luego, antes de entrar a la calle donde vivimos, pasamos a la tienda de las verduras; compramos una papaya y una berenjena.

Cuando regresamos -un poco después de las seis- ví que había un mensaje en el chat del grupo de trabajo: un poco después de las cinco el supervisor en el Imperio del Norte había escrito para pedir que se realizara una prueba rápida de una funcionalidad.

Ví que el analista que vive en el pueblo donde vive mi familia paterna había contestado; pero decía que no podría trabajar mucho después; de todos modos decidí ignorar el mensaje: o sea, había entrado luego de la hora en la que salgo.

Además me recordé de esas noches -varias- que me tocó que madrugar en proyectos anteriores -en los que sí dirigía el equipo-; por la noche ví el último capítulo de The Copenhagen Test; y un capítulo -con Rb- de His and Hers.

El jueves me volví a despertar temprano -como que el tránsito a casa y media de distancia- me despierta durante esta época; medité y entré a la reunión, en donde no se discutieron temas tan relevantes.

De todos modos estuve revisando los chats del grupo local y el que tenemos con el equipo en el Imperio; al parecer las pruebas solicitadas la noche anterior habían devuelto resultados satisfactorios.

Rb salió hacia su visita semanal al mercado a las nueve -aunque, debido al training que está atendiendo había decidido llegar nomás al supermercado que se encuentra en el comercial en donde se estacionan los busitos-.

El resto de la mañana no pude avanzar en mis asignaciones: no recibí confirmación de que el equipo ya estuviera disponible; entonces nomás estuve avanzando un poco en Proust and the squid.

Rb retornó bastante temprano -yo estaba escuchando algún video en Youtube (con audífonos) y no escuché que llegara, nomás la ví abrir la puerta-; me comentó que la hija de la presidenta del comité había estado tocando el timbre y salió a dejarle una botella de shampoo para mascotas -también me trajo una docena de muffins-.

A la una, mientras Rb atendía la tercera reunión de su capacitación, me metí a la cocina a preparar el almuerzo; lo que consumimos a las dos de la tarde; un poco más tarde preparé un café y un té.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando en dirección Norte; no entramos a ningún supermercado, nomás caminamos hasta el comercial que se encuentra en donde tomamos los buses intermunicipales; allí dimos la vuelta.

En el camino de regreso pasamos a la panadería en donde -a veces- compro el pan para mi desayuno; me llamó la atención que la dependienta -como la de la panadería de la vuelta- prefirió que le quedara a deber un quetzal, en vez de aceptar monedas -muy raro-.

Por la noche Rb atendió un servicio de oración del grupo de su trabajo; la reunión se extendió de siete a ocho de la noche -y el día estuvo raro porque su pastor la había llamado un poco antes del mediodía, comentándole que pasaría a visitarla por la tarde, pero Rb tuvo que llamarlo de vuelta: no se había recordado que tenía la reunión de oración por la noche-.

Después de que se despidió de su grupo de oración vimos el penúltimo capítulo de His and Hers; luego estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -tratando de volver a Portugués- y avanzando un poco en la lectura -No Ficción y Español-.

El viernes empezó normal: despertarme antes de la alarma, esperar a que sonara, meditar y entrar a la reunión de equipo; en donde comentaron que esperaban retornar muy pronto a la normalidad -cuando las pruebas con los clientes concluyeran-.

Un poco después de las nueve salí de la habitación a prepararme el desayuno; luego hice algunas lecciones de Duolingo; durante la mañana el supervisor en el Imperio del Norte nos escribió para comentar que -en general- las pruebas con el cliente habían sido satisfactorias.

Al mediodía preparamos la berenjena que habíamos comprado un par de días antes y dos tercios de una mojarra de gran tamaño que teníamos de la última bolsa comprada en el supermercado; aunque la parte final de la cocción me tocó que realizarla en solitario debido al evento de capacitación de Rb.

Como preveía un fin de semana con bastante comida -y he estado tratando de continuar el ayuno intermitente 19/5 o 18/6- ya no comí nada después del almuerzo; nomás lavé algunos trastos y le preparé una taza de té a Rb.

A las cinco y media caminamos hacia los supermercados en dirección sur: Rb quería ver el precio de la harina de arroz en un almacén cerca del más alejado; yo quería comprar algunas bolsas de snack pues planeo llevar comida la próxima vez que me reuna con mi hija mediana.

Además Rb quería sacar un poco de efectivo del cajero que se encuentra en el más alejado; allí compré seis bolsas -tres grandes y tres pequeñas- de dos tipos diferentes de papas fritas; en el otro supermercado compré otras tres bolsas grandes y un poco de bananos.

Regresamos de los supermercados un poco después de las seis; me metí a mi habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo, y leer un poco de Proust and the squid; luego vimos el último capítulo de His and Hers; el cual estuvo, la verdad, algo decepcionante -muy tirado de los cabellos-.

El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer un poco de Duolingo; pero me volví a levantar bastante rápido: un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno de los fines de semana.

Durante la mañana estuve leyendo un poco del libro en Español; Rb me había pedido que sacáramos a los perros antes de que me fuera -había previsto salir al mediodía- pero se puso a hacer tortillas de plátano verde un poco antes.

Entonces, a las once y media me pidió que sacara a la perra más pesada -aún estaba a la mitad de la confección de sus tortillas- pues ella sacaría más tarde al otro perro grande; saqué a la perra y no hizo más que caminar; luego saqué un rato a la perra más anciana -al patio nomás-.

Después me metí a la ducha y, un poco antes del mediodía, metí varios cubos de Rubik a mi mochila negra y arranqué la van; sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero; o sea, como a mitad del trayecto del boulevard encontré un embotellamiento, pero nomás me tocó bajar un poco la velocidad.

Total que llegué a la casa de mis hijos bastante temprano -un poco después de las doce y media-; le escribí a mi hijo para comentarle que ya estaba por allí y entré a la habitación que ahora funciona de sala.

Mi hijo salió un poco más tarde y le propuse caminar al parque temático; la verdad tenía temor de que no volvieramos a conseguir llegar al mismo -de hecho nos tocó que realizar dos paradas durante las ocho cuadras- pero, afortunadamente, pudimos compeltar el trayecto.

Compramos una pizza -cambiaron el sistema de compra, agregando un paso más para realizar el pago, con lo que lo complicaron innecesariamente; además de aumentar un tres porciento el precio- y nos dirigimos al sector de mesas que más utilizamos.

Pero había un evento -al parecer algunas empresas aún están haciendo sus convivios anuales-; le propuse a mi hijo caminar al otro lugar techado en donde hay mesas, y noté bastante incomodidad en su caminar; afortunadamente encontramos una mesa disponible en el segundo lugar.

Almorzamos -nos sobraron tres o cuatro porciones de pizza, pero nada de Pepsi- y luego nos quedamos en el lugar revisando los pasos necesarios para resolver el último cubo de Rubik; la verdad es que nomás es necesario un paso adicional, con lo que mi hijo pudo completar -por primera vez, me parece- el armado del cubo de seis por seis por seis.

Un poco más tarde le propuse a mi hijo que nos subiéramos a la rueda de Chicago de costumbre; aunque, antes, tuvimos que pasar a un kiosco -a un lado de donde habíamos almorzado- a comprar un pasaporte para doce juegos: el anterior nomas tenía un juego por marcar.

La cola en la rueda de Chicago no estaba muy extensa y, a diferencia de algunas veces en los últimos tiempos- nos subieron en una canasta sin nadie más; después de bajar del juevo mecánico empezamos el camino de regreso a casa.

Ya habían cerrado el portón de entrada al parque temático -se supone que ya no dejan entrar al público después de las cuatro de la tarde- pero, antes de salir del mismo, mi hijo actualizó su información de empadronamiento, en la misma mesa en donde lo hicimos con mi hija mediana la semana anterior.

Retornamos a casa sin ningún contratiempo y subimos al séptimo nivel; mi hijo se retiró un momento y yo me acomodé en el espacio de la sala; aún estuvimos conversando otro rato antes de que dieran las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.

El camino de vuelta también estuvo bastante vacío, no me hice más de media hora conduciendo la van; cuando vine Rb estaba viendo alguna de sus series pero me propuso que saliéramos a caminar en las calles interiores: a las cinco salimos a dar tres recorridos al circuito -en total como dos kilómetros-.

Por la noche vimos el primer capítulo de una serie en donde se pierde un niño; actúan Dakota Fanning y un latino de apellido Peña; además, avancé en el par de capítulos que me había propuesto de Proust and the Squid -lo estoy combinando con otro libro en español-.

El domingo me levanté a las cinco menos diez; había quedado de reunirme a las seis de la mañana con mi amigo antivacunas -y pro varias conspiraciones-; medité y luego me metí a la ducha; después tomé la van.

Por la hora -eran como las cinco y media- apenas habían vehículos en el camino; no obstante, un poco antes de llegar a mi destino ví las luces de una ambulancia en el periférico; tomé el carril auxiliar y pasé a la par de un vehículo con el frente totalmente destrozado -también me tocó que pasar sobre unos cables (por un poste derribado)-.

Llegué al McDonald's en donde nos reunimos en Diciembre pero encontré el portón trasero aún cerrado; dí la vuelta para ver si ya estaba abierto el portón frontal, pero antes de entrar a la calzada principal recibí una llamada de mi amigo.

Me comentó que acababa de pasar por su lado -estaba estacionado, contra la vía, junto al portón trasero-; le comenté que seguramente -por ser domingo- abrían más tarde; ya había un auto frente al portón frontal y un poco después un guardia salió a abrir el acceso.

Mi amigo llegó un poco después y estacionamos los autos en el parqueo frontal; entramos al restaurante y utilizamos los menús interactivos para ordenar un par de desayunos -le había pedido la tarjeta a Rb para evitar el contacto humano-.

Estuvimos en el lugar por un par de horas, entre desayuno y conversación: mi amigo me había pedido que dejara el celular en el auto pues quería que habláramos en un entorno privado; accedí, aunque la verdad lo consideré innecesario.

O sea, micrófonos hay en todas partes, y -creo- más dentro del ambiente cerrado de una de las cadenas de comida rápida insignia del Imperio del Norte; además, quería privacidad porque se le había ocurrido una idea innovadora para una app.

Lo cual no era tan así: lo que había pensado es crear una herramienta en la que dos personas puedan comunicarse de forma audiovisual, compartiendo una lista de reproducción musical; le comenté sobre Zoom y similares pero también le dije que exploraría el concepto.

Luego hablamos de las cuestiones laborales y familiares de cada uno; le había llevado como regalo uno de los paquetes de incienso que me regaló mi hijo menor para Navidad, dos bolsitas con dulces -de lo que debía haber regalado para el convivio de mi oficina- y, como préstamo, un libro de Luis de Lión.

Mi amigo me comentó que cargaba en el baúl de su auto un saco con libros que habían sido de su abuelo paterno -muerto hace muchos años, con demencia- y que si quería ver si algo me interesaba.

Un poco después de las ocho le propuse que viéramos qué cargaba en el saco y la mayoría era pura basura: libros de texto, libros de varias religiones; algunos de estos ya con moho; pero me llamó la atención -y aparté- algunos folletos de un curso de electrónica de una escuela por correspondencia en donde había querido estudiar cuando era joven (y nunca pude, por falta de 'fondos').

Después de guardar los folletos en el auto nos despedimos e inicié el camino de vuelta; vine bastante temprano: Rb estaba viendo alguna serie en su computadora, esperando la hora para alimentar a sus perros (comen un poco antes de las nueve).

Me preparé el desayuno de los domingos y la acompañé a desayunar -después de que alimentara a sus perros-; un poco antes de las diez de la mañana la conduje a su iglesia: está tratando de ir una vez al mes, y en esta ocasión quería ir para ver a los papás de su mejor amiga; quienes acaban de venir del Imperio del Norte y le traían una encomienda.

Después de dejar a Rb retorné a casa y me pasé un par de horas viendo videos de Youtube, y leyendo un par de capítulos del libro en Español (la segunda de las tres partes); estaba terminando un capítulo cuando Rb me llamó.

Habíamos quedado en reunirnos en el supermercado que se encuentra en el comercial a donde tiene acceso desde la calle en donde se encuentra la iglesia a la que asiste; el tránsito estaba un poco pesado pero llegué bastante rápido al lugar.

Entré al supermercado y dí tres o cuatro vueltas por todos los pasillos; estaba por molestarme porque me imaginé que se había entretenido socializando en su iglesia; pero mejor respiré y salí a ver si vendían sandwiches en una heladería del lugar.

No encontré lo que andaba buscando pero decidí esperar fuera del lugar; en efecto, un poco más tarde Rb venía caminando por el pasillo; sorprendiéndose al verme y comentándome que se había imaginado que me tardaría y había esperado un poco en la iglesia.

Entramos al supermercado y compramos un par de pollos enteros, para los almuerzos de la semana; también aprovechamos para comprar mojarras para los almuerzos de los viernes y un poco de filete de pescado para preparar, en el futuro, algunos tacos.

Retornamos a casa con las compras, metimos (metí) al congelador los pescados y dejamos los pollos en el exterior pues preveíamos prepararlos durante la tarde; entonces sacamos a caminar a los perros; después preparamos las alitas de pollo dominicales y un par de ensaladas.

Como había desayunado bastante temprano y estaba empeñado en continuar con el ayuno intermitente (ya sea 18/6 o 19/5) decidí no comer nada después del almuerzo; ademas terminamos de almorzar después de las dos de la tarde; por lo que nomás me metí a la cocina a lavar los trastes del almuerzo -mientras escuchaba el postcad de Herejes- y le preparé un té a Rb. 

El resto de la tarde nomás me estuve viendo algunos videos de Youtube; a las cinco de la tarde Rb me pidió que empezáramos a cocinar los almuerzos de la semana: partí varias legumbres y cocinamos una gran olla con los dos pollos que habíamos comprado por la mañana -la noche anterior habíamos preparado el refresco de rosa de Jamaica-.

Por alguna razón -ir a dejar y a traer a Rb de la iglesia- no había hecho lecciones de Duolingo por la mañana; al inicio de la noche completé algunas partidas de ajedrez pero no hice mucho más; también vimos otro capítulo de All her fault.

Y a ver cómo va eso... 

 

 

lunes, 19 de enero de 2026

Jojo y esa clase de libros -y el fin de Dilbert-… Jojo and that kind of book -and the end of Dilbert-… Jojo et ce genre de livres -et la fin de Dilbert-…

He visto varias veces pequeños trozos de la película Me before you; me pareció una comedia dramática romántica (?) y me dije que no me interesaba; me imaginé que era como The fault is in our stars -me negué a leer ese libro, aunque leí otro del mismo autor hace unos años-, The Perks of Being a Wallflower (también leí el libro) o seven reasons (nomás leí el libro).

Con el tiempo leí algo sobre la serie de libros -parece que hubo otros os titulos después de Me before you; consulté algunas portadas pero ninguno me llamo la atención; hasta finales del año pasado que encontré We all live here; creo que me llamó la atención porque se trata de una escritora con dos hijas adolescentes y haciéndose cargo de su padre y su padrastro.

Total que empecé a leerla esta semana -también empecé a leer Death of the Author (de la misma autora de Bini: ciencia ficción africana, leí el libro hace unos años)- y otro libro de ciencia ficción de un autor filipino -creo que no he leído antes a algún autor de esa nacionalidad-.

Pero estos dos últimos los puse en pausa -quizá en las siguientes semanas-; he estado retomando la lectura con el libro de Jojo Moyes; o sea, me había propuesto no volver a leer novelas románticas -al final la autora es especialista en el género- después de Check & Mate; pero bueno.

Lo otro: esta semana Rb me mostró la publicación en la que se anunciaba de manera oficial la muerte del autor de Dilbert: Scott Adams se volvió famoso -y millonario- con la tira cómica que satiriza el entorno corporativo -e informático-.

Desde que conocí la tira me volví un seguidor -aunque no un fanático-; en alguno de mis viajes al Imperio del Norte traje un calendario de Dilbert -creo que lo rescaté de un centro de reciclaje- y, unos años después, leí alguno de sus libros.

Pero el autor no me terminaba de convencer: en una entrevista que leí, en una revista en la ciudad en donde pasé un par de años, me causo cierto malestar su declaración de que su exitosa carrera gerencial había sido cortada por las minorías -o las mujeres-.

O sea, lo ví como un white anglo-saxon protestant que sentía que su tribu estaba siendo diezmada -o afectada negativamente- porque las minorías estaban siendo privilegiadas -al final eligieron (dos veces) al convicto que tienen como presidente estos días-.

Y hace unos diez o quince años Scott se quitó completamente la máscara: empezó una especie de podcast -me enteré en Twitter- en donde se dedicaba a pregonar las injusticias que se estaban cometiendo contra los blancos -también fue uno de los primeros en presagiar la llegada de Mr Carrot a la presidencia-.

Total que hace dos o tres años muchos de los periódicos que publicaban su tira cómica -seguía dibujando- lo cancelaron porque salió diciendo algo como que "los blancos deberían alejarse de los negros" y que estos últimos eran un "grupo de odio".

La noticia la dió la ex esposa en Youtube -siempre me pareció raro lo de que siempre se mantuviera solo-, leyendo -creo- la última declaración de Scott; me llamó mucho la atención que -siguiendo el consejo de Pascal-, en el escrito acepta a Jesús y espera su entrada al cielo.

La gente.

El miércoles estuvo bastante tranquilo: se suponía que era el penúltimo día para la ronda en curso de pruebas antes de que la aplicación sea revisada por los clientes; traté de avanzar un poco en el trabajo pero no fue mucho lo que pude hacer.

Después de la reunión le pedí al analista que mejor me cae apoyo para revisar un fallo que había reportado la semana anterior -y que había sido mencionado en dos de las reuniones de la semana-.

Estuvimos reunidos casi una hora revisando la data que es alimentada a la aplicación; comparándola con las especificaciones -que son muy escuetas- y validando la forma en la que se estaba grabando; al final no pude concluir nada concreto. 

Un poco más tarde encontré un fallo en una parte de la app y -luego de consultarlo con mi compañero más brillante- la reporté; también estuve dándole seguimiento a uno de los equipos que estaba presentando fallos e intenté diagnosticarlo -aunque nadie lo tomó en cuenta-.

Al mediodía almorzamos la tercera porción del asado que preparamos el miércoles; también seguí con el mismo patrón de ayuno intermitente que inicié el lunes: primera comida a las diez, última comida a las tres; con lo que estaría siguiendo la proporción 19:5. 

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; no teníamos que comprar nada pero es el único ejercicio que hemos estado haciendo durante los últimos dos meses.

El jueves -al igual que el día anterior- me quedé en la cama después de que terminó la reunión diaria -la que sigue extendiendose más de lo que estaba programada-; un poco antes de las nueve Rb entro a la habitación por algún pendiente antes de dirigirse al mercado del Centro Histórico.

Era la primera vez que iba al mercado después de su cirugía del año pasado y quería aprovechar para comprar un adaptador usb-red: está planeando trabajar algunas horas a la semana como traductora médica y debía enviar una captura de pantalla mostrando que la conexión de internet es física.

El problema es que nuestras dos computadoras personales son slim -bastante delgadas, realmente- y ninguna tiene ya puerto de conexión por cable; pero encontramos un adaptador en la página de la tienda en la que usualmente nos proveemos de tecnología. 

Cuando Rb salió hacia el mercado me puse a la tarea de algo que tenia pendiente desde la semana pasada: diluir el refrigerante en uno de los dos recipientes que mantengo en el auto -el detergente de ropa que compramos viene en presentación de cuatro galones-.

También quería colocar en la guantera de la van los documentos que había impreso unas noches antes -el título, la calcomanía y la tarjeta de circulación-; metí las tres hojas en una bolsa hermética y salí por el recipiente para el refrigerante.

Pero cuando estaba cruzando la calle alguien me habló  de forma algo rara: justo en la esquina se encontraba uno de los vecinos de Rb -a quien no saluda religiosamente- en su silla de ruedas y me pidió favor que le cortara unas hojas del níspero que se encuentra justo en la esquina.

La interacción fue algo rara porque -por solidaridad con Rb- tampoco acostumbro a saludarlo cuando lo veo por la calle; pero le corté las hojas que estaba pidiendo -según él la infusión sirve para bajar los niveles de azúcar en la sangre- y le ofrecí más en caso necesitara.

Después procedí a dejar los papeles del auto en la guantera, trasvasar el refrigerante hacia uno de los recipientes de cuatro galones y rellenar el resto con agua -según el mecánico es mejor utilizarlo de forma diluida-.

A media mañana entré a la reunión que convoca el jefe de mi supervisor cada quince días; no había muchas novedades, excepto que nuestro proyecto será revisado durante la semana siguiente por el cliente y nomás el analista más brillante y el que vive fuera de la ciudad tendrían que estar apoyando en las pruebas.

A mí y al compañero que menos bien me cae nos asignaron a trabajar juntos en otro ambiente de pruebas; o sea que se vienen días en que tendré que prestar un poco más de atención al trabajo pues esta persona no es nada fiable.

Al mediodía Rb retornó de su visita al mercado en el centro histórico -me trajo un par de zepelines-; sacamos a caminar a los perros y luego calentamos -y consumimos- la cuarta -y última- porción del asado.

Un poco más tarde me metí a la cocina a lavar los trastos que utilizamos durante el almuerzo; luego preparé café -que consumí con una tercera parte e un zepelin y una galleta de chocolate- y té.

A las cinco de la tarde -después de apagar la computadora del trabajo- nos dirigimos a los supermercados en dirección norte; en el que está en el comercial en donde tomamos los buses intermunicipales compramos pollo molido y bananos.

En la noche ví una parte -creo que veinte minutos- de The Internship -película de acción bastante descartable-, una parte del ultimo capítulo publicado de FallOut y una parte de un capítulo de The Copenhagen Test; también estuve haciendo un poco de Dolingo -está fuerte ajedrez: me mantengo entre mil cuatrocientos y mil quinientos-.

El viernes me levanté a las siete y media, medité y entré a la reunión diaria; la que ha continuado bastante diferente: la persona que trabaja a la par de mi supervisor ha llevado la voz cantante y se ha extendido casi cuatro veces en duración.

Durante la mañana me reuní con mi compañero más brillante pues quería revisar la parte técnica de un problema que había reportado unos días antes y que se ha estado presentando de forma intermitente.

Nos reunimos por una buena cantidad de tiempo pero no pudimos avanzar mucho en la revisión del problema; de todos modos aprendí -o recordé, más bien- cómo examinar de forma más específica la fuente de algunos hallazgos.

El resto del día estuve -con ayuda de un par de LLMs, y tomando de base el código que mi compañero había escrito para generar nuevos planes de prueba- escribiendo código en Python para revisar la duplicidad de algunas tareas que debemos realizar continuamente.

Al mediodía almorzamos una mojarra bastante pequeña y una ensalada bastante grande; Rb había comprado también un par de berenjenas, con lo que el almuerzo fue realmente copioso: me estuve sintiendo bastante indispuesto el resto del día; aún así, preparé el café y té de costumbre.

Después del horario laboral caminamos hasta el supermercado más alejado en dirección sur; en donde compramos un cuadril de pollo para el almuerzo del día siguiente; también compré un paquete de cuatro muffins, para mi visita a la casa del voluntario que vive en la colonia donde mis hijos crecieron.

El sábado me levanté a las siete y media; siguiendo mi previsión del día anterior, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo; también leí un poco del libro de Jojo Moyes: el plan era salir de la habitación a las nueve, prepararme y salir de casa alrededor de las nueve de la mañana.

Me había puesto de acuerdo con mi hija mediana para llegar al departamento a las diez -y aprovechar que entra a trabajar a la una y media de la tarde-; me metí a la ducha un poco antes de las nueve y salí de casa casi a las nueve y cuarto; Waze indicaba un trayecto de treinta y ocho minutos.

Cuando salí el boulevard se veía vacío; pero tres o cuatro cuadras más adelante encontré un embotellamiento total; aunque, afortunadamente, no había un paro total: el tránsito se mantenía fluyendo -aunque bastante lento-; como casi siempre, al tomar la ruta de entrada a la ciudad la situación mejoró.

Al final llegué a la casa de mis hijos cinco minutos antes de las diez; estacioné la van y subí caminando los siete niveles; entré al departamento y le escribí a mi hija, comentándole que ya había llegado; ella salió un poco después y nos dirigimos caminando al parque temático.

En el lugar repetimos la rutina de la última vez: compré un par de menú de hamburguesas -en esta ocasión con queso- y subimos a las mesas que están en el segundo nivel del lugar; desayunamos tranquilamente y luego estuvimos viendo los primeros pasos de la solución del cubo de Rubik de seis por seis.

En el camino habíamos conversado un poco sobre literatura -mi hija me recomendó un libro de un autor vietnamita- y mientras desayunábamos -y armábamos los cubos- comentamos también la muerte de Scott Adams.

Un poco antes del mediodía empezamos el retorno a casa; yo había estimado que nos tomaba quince minutos el recorrido pero empecé a tomar el tiempo desde la salida del parque hasta que entramos al departamento: fueron treinta y cinco minutos.

Estuvimos aún un rato en la sala del departamento y a la una menos cinco -había puesto una alarma- me despedí de mi hija e inicié el camino de vuelta -usualmente subo o bajo las escaleras sin usar el ascensor-.

En general la ruta estaba más libre que por la mañana; excepto en el último semáforo antes de entrar al municipio: el semáforo cambió dos o tres veces a rojo antes de que pudiera pasar; de todos modos llamé a Rb para comentarle la situación, pues habíamos quedado que me esperaría para el almuerzo.

Pero la llamada estuvo un poco más dramática: le había ido mal en un test que debía pasar para completar los requisitos para empezar a trabajar algunas horas semanales como traductora médica.

Y fue raro: yo había hecho el exámen un par de días antes y había obtenido una nota de setenta y ocho -lo mínimo que pedían era setenta y cinco-; Rb había obtenido una nota de setenta y uno y estaba bastante afectada: el sitio no la dejaba repetir la prueba.

Le comenté que lo resolveríamos cuando llegara a casa y colgué -el tránsito empezaba a fluir nuevamente-; pero no estuvo tan sencilla la resolución: el sitio detectaba continuamente que la prueba ya había sido realizada.

Finalmente pude acceder a la prueba en mi Lenovo -utilizando el modo incógnito de Opera- y estuve al lado de Rb mientras completaba el exámen -lo que encontré ilógico: su nivel de inglés es superior al mío-; felizmente obtuvo una nota de ochenta.

Todo el drama del exámen duró hasta después de la hora del almuerzo -almorzamos un caldo de pollo con arroz- y creo que, realmente, debo mejorar la gestión de mis emociones para mostrar de una mejor forma mi empatía.

Durante la tarde estuve leyendo un par de capítulos de All we live here; también acompañe un rato a Rb mientras preparaba uno de los tipos de galletas que consume durante la semana -y preparé las gelatinas que consumo en los desayunos de la semana-.

Por la noche ví la penúltima parte de The Internship y un capítulo de The Copenhagen Test; pero estoy tratando de disminuir mi consumo de media y aumentar -volver- la lectura: estuve avanzando con otro par de capítulos del libro de Moyes.

El domingo me levanté igual a las siete y media -la semana anterior no había querido poner la alarma del celular pero no me cae bien dormir en exceso-, medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo -también a leer un poco-.

Antes de las diez me levanté a preparar el desayuno; luego continué con la lectura; al mediodía preparamos alitas y una gran ensalada; un poco antes del almuerzo habíamos sacado a caminar a los perros por lo que luego de la comida nomás lavé los trastes del día.

A las dos y media tomé la van para dirigirme a la casa de mi amigo voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos; quería llegar temprano porque esperaba cortarme el cabello antes de realizar la visita -después de más de seis meses de no ir al peluquero ya me estaba estorbando el cabello-.

Llegué quince minutos antes de las tres y estacioné el auto frente a la casa de mi amigo; crucé la calle pero ví que, además de la persona que estaba siendo atendida, había otro par esperando; por lo que retorné a la casa de mi amigo y toqué el portón.

Me disculpé por lo temprano pero aduje que Rb me había pedido que no retornara muy tarde -lo que era cierto-: la situación social se veía un poco más frágil -disturbios en algunos centros carcelarios y ataque a unidades de la policía-.

Subimos al segundo nivel -que noté más descuidado que las últimas veces- y le pedí a mi amigo que pusiera agua a hervir; llevaba un poco de café molido y los cuatro cubiletes que habia comprado unos días antes.

Preparamos café con la prensa francesa y consumismos el café y los muffins -mi amigo solo uno pues, según él, había almorzado tarde-; un poco antes de las cinco le indiqué a mi amigo que me retiraba e inicié el camino de vuelta a casa.

Por la noche continué con el libro de Jojo Moyes, una parte de un episodio de The Copenhagen Test y, ademas, ví el primer capítulo de una serie que Rb me había sugerido la noche anterior: His and Hers.

El lunes me desperté un poco después de las siete: al parecer el tránsito matutino ha empezado a arreciar -producto del inicio de clases, me imagino-; continué dormitando hasta las siete y media y luego me levanté a meditar.

Después entré a la reunión diaria; aunque realmente no hubo reunión: entramos cuatro o cinco personas pero no atendieron los del area de desarrollo: en esta fecha se celebra en el Imperio del Norte un día festivo, por lo que nomás nos despedimos.

Un poco antes había visto un mensaje en donde se anunciaba el cambio del director ejecutivo de la empresa: el actual tenia seis años en el cargo y había sustituido al primero en el puesto -la empresa se formó en el dos mil diecisiete y una persona de India estuvo a cargo por casi dos años-.

La verdad traté de no darle mucha atención a la noticia: al final es muy poco lo que puedo hacer sobre las decisiones que se toman a nivel corporativo; me dije que si tocaba reorganización nomás nadaría con la corriente.

Por la mañana traté de avanzar un poco en la tarea que nos asignó el supervisor a mí a mi compañero que menos bien me cae; pero el equipo con el que teníamos que trabajar no estaba accesible; le escribí incluso a la compañera en el Imperio con la que debemos trabajar -estaba fuera pero me respondió-.

El resto de la mañana nomás estuve revisando el grupo de tareas que deberíamos estar ya completando -lo mismo que estuve haciendo el último día laboral de la semana anterior-; pero me ocupé más en avanzar en el libro.

Al mediodía almorzamos la primera porción de nuggets de pollo con fideos de arroz y salsa de tomate -una versión de fideos con albóndigas que habíamos preparado la noche anterior-; antes de las tres preparé un café y un té. 

A las cinco de la tarde -luego de apagar la máquina del trabajo- caminamos en dirección a los supermercados en dirección sur; pero no fuimos a los supermercados: caminamos un poco más, hasta la tienda de tecnología en donde usualmente nos proveemos de estos productos.

Rb quería cotizar un par de audifonos con micrófono -el martes iniciaba la capacitación en el lugar en donde planea trabajar algunas horas a la semana- y un hub de puertos USB; pero no compró nada, nomás revisó el precio de ambos artículos.

Después pasamos al lugar en donde hemos comprado las últimas computadoras y también revisó los precios de lo que andaba buscando -aunque en este último lugar los precios son, generalmente, más altos-.

Por último pasamos a la tienda verde de descuentos: había sido el motivo principal de caminar en esa dirección pues Rb quería cambiar la almohada de su cama; compramos el artículo y retornamos a  casa.

Por la noche terminé de leer el libro en curso: en general me gustó la forma en la que la autora concluye la historia de las aventuras con su padre, su padrastro, sus hijas, su ex esposo, la familia de su ex esposo, entre otros.

También vimos el segundo capítulo de la serie policial que iniciamos a ver la noche anterior.

Y a ver cómo va eso...

martes, 13 de enero de 2026

Recuérdame bailando… Remember me dancing… Souviens-toi de moi dansant…

Esta semana he estado pensando que podría empezar cada entrada de este espacio comentando el libro que estoy leyendo: el año antepasado leí casi ochenta libros y el año pasado más de cincuenta -el último mes y medio del año no leí nada-.

Así que creo que podría ser un detalle interesante registrar algunas impresiones sobre el libro en curso; durante los dos años anteriores -no recuerdo si el año previo a estos fue igual- leí en paralelo varios; este año he empezado con uno a la vez.

El de esta semana es de una periodista española; al parecer unos años atrás fue finalista del premio Planeta con una novela en la que ficcionalizaba las aventuras de su grupo de amigas -y sus dos hermanas-.

Ahora escribió un libro sobre su hermana menor -su suicidio, realmente-; no sé qué parte es real y qué parte es ficción -el suicidio, al parecer, sí ocurrió-: una parte del libro es -supuestamente- un diario que dejó su hermana sobre sus últimos años.

Es, como 'También esto pasará', realmente -creo- un retrato sobre los privilegios de algunas personas: esta es una periodista cuyos padres fueron profesionales, con varias propiedades en Madrid y alguna otra provincia; contando las viscicitudes de su trabajo, sus relaciones, sus fiestas, entre otros.

Y es de los libros que muchas veces me cuestiono si leer o no -o completarlos, una vez iniciados-; pero, por alguna razón, creo que he racionalizado que no importa la extracción social o el desarrollo personal, en todas partes se cuecen habas.

Y a ver cómo va eso... 

El jueves fue mi primer día de vacaciones del año; desde el año pasado Rb me había pedido que la acompañara ese día a la segunda -y esperamos última- visita de seguimiento a la cirugía.

Me levanté a meditar a la misma hora y, como he estado tratando de hacer ayuno intermitente -aunque aún no he establecido bien la duración- le comenté a Rb que desayunaría cuando regresáramos.

Abordamos la van -Rb con su desayuno- y nos dirigimos al centro histórico; aparentemente las actividades escolares aún no habían empezado por lo que las calles estaban bastante despejadas; llegamos al hospital sin mucho retraso.

Además de la consulta con la ginecóloga Rb, había pagado para que le aplicaran la vacuna contra la influenza -ha recibido una dosis casi cada año desde hace casi una década-, y la llamaron para la inyección  mientras estábamos esperando pasar a la revisión.

La aplicación de la vacuna fue en el brazo; la ginecóloga fue la misma que la vez anterior -y quien la operó- y revisó los resultados que Rb había recibido un poco antes de la biopsia; no vió nada preocupante; igual con la revisión física.

Yo había estado un poco molesto antes de llegar al hospital pues me ponen de mal humor las personas -a veces indigentes- que se ponen a cobrar por el espacio de parqueo en las calles del centro histórico.

La vez anterior nos habían cobrado dos dólares cuando salimos por el auto - lo dejamos parqueado a unos pocos metros de la entrada al hospital- y me molesta pagar por un espacio público.

En esta ocasión, mientras caminábamos hacia la van Rb le preguntó al tipo cuánto estaban cobrando -cuando estacionámos el auto nos había ofrecido lavarlo- y le dijo que un dolar y medio.

Salimos del centro histórico y nos dirigimos hacia una venta de productos agroquímicos que nos quedaba en el camino -las hormigas del patio han estado excavando más que otros años justo en el borde de la construcción de concreto-; no había del químico que Rb había comprado en el pasado pero adquirimos algo para la termita que sigue excavando la pared de la habitación de Rb.

También nos comentó el joven de los agroquímicos que el producto que Rb compró hace unos años -y cuya fecha de caducidad ha sido completamente sobrepasada- quizá aún podia tener propiedades activas.

Después de los agroquímicos pasamos al comercial desde donde usualmente tomamos el busito; en el supermercado del lugar compramos una bolsa de mojarras y una red de aguacates; después conduje de vuelta a casa.

Por la tarde, muy tarde, caminamos a los supermercados en dirección sur; no entramos al mas alejado pero en el que queda a la mitad del camino compramos un poco de bananos; y Rb compró varias libras de la pechuga de pollo que le da a su perra por las madrugadas.

El viernes retorné a trabajar; la verdad es que mis ánimos en el aspecto laboral han andado bastante bajos y no esperaba una muy buena jornada; el tercer analista -que había estado de vacaciones desde dos semanas antes- retornaba también a laborar ese dia.

Y estuvo preguntando sobre las asignaciones actuales -primero me escribió en privado pero le comenté que yo también había estado fuera-; cuando el analista más brillante le contestó sobre el estado actual, le escribí en privado para ver si había cambiado algo el día anterior.

Durante la mañana traté de trabajar un poco; de hecho incluso reporté el mal funcionamiento de una ventana que había verificado unas semanas antes -algo de lo que se había encargado antes el analista más brillante-; pero no avancé mucho.

También me enteré que el amigo al que ayudó con su currículum unos meses antes está en riesgo de perder su trabajo por bajo desempeño -me envió el correo donde le comentaban esto, junto con información privada de su trabajo-.

Estuvimos conversando un poco por whatsapp -de hecho el día anterior lo había ayudado un poco cambiando una imagen de la página web de la empresa (es wordpress)- y le envié un par de extractos de este blog de dieciséis años atrás.

Y es que por esa época yo estaba más o menos en la misma situación: no me habían confirmado en la posición en la que había estado trabajando y eso afectaba mi presupuesto; luego, un par de mese después me confirmaron; y un año o así más tarde me despidieron -pero fue por reorganización-.

Después del horario laboral caminamos hasta el supermercado más alejado en dirección sur; en donde compramos como diez libras de pollo para el churrasco programado para el domingo; luego retornamos a casa.

Como el jueves Rb me había comprado un brazo gitano de chocolate -es enorme- como gratitud por todo los cuidados durante su última aventura quirúrgica había estado consumiendo más comida de la habitual, entonces decidí no cenar.

El sábado me levanté a las siete y media; iba a ser un día ocupado porque había previsto tres salidas de casa: la primera para ir al supermercado en donde compramos artículos a granel; la segunda para llevar a la perra más anciana de Rb al veterinario; y la última para la primera reunión presencial del proyecto de voluntariado en el que esperaba participar durante el primer trimestre del año.

Despues de meditar me levanté a prepararme el desayuno de los fines de semana; aunque antes de eso hice un poco de tiempo de Duolingo, volviendo a alcanzar -después de un par de días- un ELO superior a mil quinientos.

Después del desayuno estuve leyendo un poco del libro actual (Recuérdame bailando); a las diez subimos a la van y nos dirigimos al supermercado en donde compramos artículos en grupos; le había enviado un mensaje a mis hijos durante la semana -preguntando si necesitaban algo- pero no recibí ninguna respuesta. 

El tránsito de entrada a la ciudad estaba bastante pesado por lo que nos tomó un buen tiempo llegar hasta el periférico; luego mejoró; el supermercado no estaba muy lleno y al final nomás compramos seis artículos (dos de Rb, tres míos y uno compartido).

Rb no encontró unas nueces que consume diariamente pues el stock existente estaba únicamente en la tienda que queda en el municipio en el que vivimos; después de pagar en caja iniciamos el camino de vuelta (ni siquiera usamos una carreta para llevar los artículos al auto).

Venimos antes del mediodía y, antes de sacar a caminar a los perros, fui a la tienda de la esquina por una zanahoria -planeaba preparar mi burrito de zanahoria para el almuerzo-; el pickup de las verduras estaba justo frente a la tienda y le compré al señor una zanahoria de una libra (veinticinco centavos de dólar).

Rallé a mayor parte de la zahoria (he ajustao la receta para cuatrocientos treinta y cinco gramos) y, además, puse a hervir un par de huevos; guardé la zanahoria rallada en la refrigeradora y estaba pelando los huevos duros cuando llegó la hora de sacar a caminar a los perros.

Después del recorrido -dos vueltas a la cuadra- nos dirigimos, con la perra más anciana, a la veterinaria: desde un par de días antes había estado quejándose contínuamente y lamiéndose después de orinar.

La veterinaria se encuentra en el mismo comercial del supermercado más cercano en dirección sur; después de dejar a Rb y estacionar la van me metí al supermercado pues ya nos habíamos quedado sin carbón para preparar asados; también compré un poco de bananos y una botella de dos litros de jabón para manos.

Pasé a dejar las compras a la van y me fui a acompañar a Rb -estaba sentada en la banca exterior de la veterinaria-; me comentó que estaban examinándo con ultrasonido a la perra pero que había preferido esperar afuera.

Un momento después salió el veterinario y entramos: según el profesional la perra estaba padeciendo de vaginitis y le recetó una pomada que se le aplica a los bebés por escaldaduras; además recomendó algo de unas terapias neurales (que es medicina alternativa).

Retornamos a casa y empecé a preparar el almuerzo: un burrito de zanahoria relleno de pollo, aguacate, hongos y lechuga; lo acompañamos con snacks y refresco de rosa de Jamaica; terminamos de almorzar bastante tarde.

Pero aún me dió tiempo de preparle el té de manzanilla a Rb antes de meterme a la ducha; salí de casa un poco después de las tres de la tarde; Waze decía que el tránsito estaba complicao y que me llevaría treinta y cinco minutos psara llegar a mi destino.

Y el inicio del viaje estuvo bastante tranquilo; sin embargo, menos de un kilómetro más adelante el embotellamiento fue tal que estuve detenido casi diez minutos; al parecer había ocurrido un accidente en el punto donde el boulevard conecta con la vía intermunicipal.

O al menos eso fue lo que pensé pues había un par de unidades de seguros de vehículos bajo el paso a desnivel; al final llegué al lugar de reunión -la casa de mi ex compañero de labores  que nació en la Suiza Centroamericana-.

Llegué al lugar un par de minutos antes de la hora esperada -originalmente había estimado llegar mucho antes- y llamé a la directora el proyecto en el cual me anoté como voluntario -primero me confundí y llamé a otra voluntaria-.

La señora me contestó y me indicó que mandaría a mi ex compañero a abrir el portón; esperé y esperé -por más de diez minutos-; estaba considerando mis opciones -incluso retirarme del lugar- pero llegó la voluntaria a la que había llamado por equivocación; ella tocó el timbre y entonces salio la directora a abrir el portón.

La verdad es que me molestó lo ocurrio -ella se disculpó por la espera, aduciendo que le había dicho a mi ex compañero pero que este estaba jugando con legos en la sala de la casa-; algo confusa la situación, él indicó que nadie le había avisado.

Pero traté de que mi molestia no continuara; estuvimos el siguiente par de horas revisando los documentos que tendremos que completar en la actividad que se realizará en el mes de marzo.

Además, la directora comentó que los participantes del nivel universitario (creo que puede haber equipos de todos los niveles educativos) se habían retirado y que ni siquiera estaba segura del espacio físico que le brindarían para realizar la actividad.

Total que tendré que trabajar con equipos del nivel básico y diversificado; la reunión estuvo acompañada por algunas botanas -quesos, jamones, croutones- y luego ordenaron algunas pizzas de Domino's.

Se suponía que la reunión duraba un par de horas pero, cuando ví que se extendía la conversación -sobre las aventuras que han tenido en el viaje que hacen algunas personas al Imperio del Norte acompañando a los equipos ganadores- le escribí a Rb para comentarle que me quedaría otra hora.

Fue casi una hora de escuchar las deficiencias que se han tenido con la organización local; las singularidades -de orientación sexual- de varios miembros pasados de la junta directiva; e incluso el comportamiento de alumnos y maestros de algunos de los mejores colegios del país.

A las siete menos cinco sonó mi alarma y fingí una llamada -había programado la alarma cuando le escribí a Rb-; retorné a la mesa y me despedí -de abrazo con mi excompañero y su esposa y de palabra con el resto- y me retiré del lugar -mi ex compañero me acomañó (ahora sí) al portón-.

Me perdí tratando de salir de la colonia -es una de las más antiguas del municipio (y supuestamente hay más de setecientas residentes)- y tuve que pedirle indicaciones a una pareja de ancianos y a otra persona, para encontrar, finalmente, la ruta de la garita.

Pero el viaje de vuelta fue mucho más directo que el de la tarde; menos de quince minutos más tarde estaba entrando en la calle donde vivo; y el ambiente estaba raro: había una van estacionada -aunque funcionando- justo frente a la casa de Rb; además, las luces de la casa vecina estaban encendidas y el portón estaba abierto.

Temí que hubiera ocurrido lo inevitable -la vecina trajó a sus papás muy ancianos hace unas semanas: al parecer la madre ha estado con salud delicada-; así que entré a la casa con bastante discreción; pero no, al parecer todo estaba normal.

Rb terminó por la noche una traducción que estaba haciendo para uno de esos canales de Telegram que ofrecen una gran cantidad de dinero por la traducción de un texto genérico -en este caso eran unos artículos de los hermanos Wright-; yo le había comentado que me parecía estafa -mi amigo que vive al otro lado de la ciudad ya había intentado y resultó una estafa-; pero no quise ponerme implacable.

Como havía comido un par de porciones de pizza -y tomado un poco de coca cola- no cené en casa; nomás preparé las cuatro gelatinas de los desayunos para la semana y, luego, imprimí una carta de recomendación para mi amigo diseñador -y tres documentos que debo cargar en el auto-. 

El domingo me levanté super tarde: creo que es la primera vez en muchos meses que desconectaba absolutamente todas las alarmas; me desperté por algunos ruidos fuera de la habitación -era Rb preparando el desayuno de sus perros-, ví la hora en el celular y eran casi las nueve de la mañana.

Me levanté a meditar, luego salí a saludar a Rb y a prepararme el desayuno de los domingos; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo: perdí un par de partidas de ajedrez con lo que volví a bajar de mi meta en ELO.

A las once saqué una bolsa de carbón y preparé la fogata para el asado que hacemos cada par de meses; ya había notado que la antigua pila de cemento estaba abarrotada de cachivaches -incluso una antigua guía telefónica- y ropa vieja; de hecho bajé la bolsa que contenia el pelaje de los animales que recojo cada semana de los pisos.

Había como cuatro tandas de pollo para asar -además de dos tandas de papas cocidas- y cuando ya íbamos casi a la mitad estuvimos a punto de incendiar la casa: frecuentemente dejamos desatendida la fogata por momentos y salimos a verla nomás para verificar si hay que voltear o retirar el pollo.

En cierto momento Rb salió y me gritó que las llamas estaban subiendo por la pared; primero pensé que eran las llamas que provoca la grasa al caer en las brasas, pero no: los cachivaches habian agarrado fuego e incluso alcanzaron a un bote con pegamento y otro con epóxicos -creo que contribuyó a esto los ventarrones del día-.

Rb iba a echarle agua pero consideré que era contraproducente; metí la parrilla al lavatrastos y bajé la churrasquera al piso, luego retiré algunos de los articulos en llamas -mis guantes de cuero se echaron a perder- y luego sí dejé que se rociara con agua el resto; afortunadamente no pasó a más.

Después de que controlamos la situación volví a subir la churrasquera a la pila -ahora sobre una cubeta de metal- y continuamos con la preparación del asado; almorzamos bien tarde y luego sacamos a caminar a los perros.

Por la tarde nos dirigimos a la tienda verde de descuentos; en donde compramos un atomizador -para aplicar el repelente de plagas-, un par de galones de refrigerante y repuse los guantes de cuero -aunque no habian del mismo tipo que perdí esa mañana-.

El lunes fue un día bastante productivo: desde la semana pasada me había quedado con la impresión de que podia mejorar en el cumplimiento de mis tareas; entonces, después de la reunión de la mañana llamé a mi colega del sudeste asiático que reside en el Imperio del Norte.

Esperaba que me ayudara por unos minutos pero al final terminamos reunidos más de dos horas; y logramos, por fin, completar uno de los documentos -bastante anticuados- que guían las tareas que realizamos.

Al mediodía almorzamos la primera de las porciones del asado -la noche anterior habíamos congelado la mitad y la otra parte la dejamos en la parte inferior de la refrigeradora-; acompañado de guacamol y refresco de rosa de Jamaica.

A media tarde preparé el té de Rb y mi café y me una porción del brazo gitano de chocolate; además, fue mi última comida del día: me había estado sintiendo indispuesto del sistema digestivo y lo atribuí a la comida que consumí el sábado por la tarde.

Después del horario laboral caminamos hacia los supermercados en dirección sur; no entramos en el más alejado, nomás dimos media vuelta cuando llegamos a su altura; en el otro compramos un poco de bananos y un cartón de huevos.

Por la noche ví el final de Trap House -una película de acción con Batista y Kate del Castillo (malísima)- y ví la última parte del primer capítulo de The Copenhagen Test: serie de espías y ciberseguridad; no la encontré tan mal.

El martes me levanté a las siete y media de la mañana; medité y entré a la reunión diaria; en la misma revisaron uno de los dos reportes que envié el día anterior -de la tarea que completé por la mañana- y quedó pendiente su resolución -o su definición más bien-.

Después de que terminó esta reunión el supervisor en el Imperio del Norte nos convocó a otra; nomás a los otros dos analistas locales y a mí -y a mi compañero en el Imperio- (el analista más brillante está colaborando directamente con la líder del proyecto en una tarea bastante sofisticada): debíamos realizar una revisión rápida de un nuevo release para verificar su viabilidad.

Nos quedamos en la reunión y estuve -otra vez- trabajando con mi compañero en el Imperio; de hecho salí de la habitación hasta después de las diez -el día anterior había salido aún más tarde-; con lo que desayuné hasta las diez y media.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros de Rb; luego calenté la segunda porción del asado y preparé el guacamol; volvimos a repetir elalmuerzo del día anterior; traté de continuar avanzando con mi trabajo pero el equipo disponible no colaboró.

A las dos y media me metí a la cocina a lavarlos trastes del día; también a preparar el café y el té; consumí el primero con la galleta que usualmente ceno, un banano y el penúltimo trozo de brazo gitano -el plan era no volver a comer en el día-.

Al final de la tare -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en direcció sur: Rb quería comprar un poco de comida para gatos pues quería donarle al vecino que se está haciendo del gato que ella no pudo continuar atendiendo -por quejas de nuestra vecina-.

Pasamos a ver precios al supermercado más cercano y luego caminamos al más alejado; allí Rb se proveyó de cinco o seis libras de alimento felino, pagamos y caminamos de vuelta a casa; antes de entrar Rb se dirigió a la casa del vecino a entregar la comida.

Y a ver cómo sigue eso...