La última vez que cené con mi amigo poeta me recomendó un libro -el mencionado en el título de este texto-; anoté el título en la app que hice para recordarme pendientes, pero no tenía mucha intención de leerlo.
Mi amigo ha publicado dos libros: el primero es una serie de relatos que me recuerdan mucho al que me otorgó el primer lugar en el primer certamen de microcuentos de esta ciudad; el otro tiene narraciones un poco más extensas, pero -creo- bastante crudas.
Pero en otras ocasiones que hemos conversado sobre lecturas me ha referido a libros -creo- bastante poéticos: no me atrae mucho ese género de literatura; además, me mencionó el título cuando le estaba contando algo sobre la ausencia de mi padre desde un mes antes de que naciera -falleció casi exactamente un mes antes-.
Pero, finalmente, descargué el libro -curiosamente también descargué otro del mismo autor, un poco después- y empecé a leerlo durante la semana pasada; específicamente porque me estaba costando avanzar con Proust and the squid y es una forma -al combinar la lectura- de motivarme.
El libro me recuerda -como lo han hecho varios autores colombianos- al autor de Cien años de soledad; o sea, las descripciones de las ciudades y los pueblos es bastante bubólica; también los temas que trata: familia, relaciones filiales, violencia política.
Como el año pasado había leído un par de capítulos de Proust and the squid -son nueve- y retomé la lectura con otros dos, decidí leer el libro en español en tres partes: catorce capítulos en cada una.
Y la diferencia es -como casi siempre- bastante marcada: leer catorce capítulos me ha tomado menos de la mitad del tiempo que me ha llevado leer dos capítulos del libro de no ficción; y no es que no me guste este último: la forma en la que son presentados los temas es muy atractiva.
Y a ver cómo sigue eso.
El lunes me levanté bastante temprano; percibí la luz bastante clara pero me quedé dormitando; ví el reloj y eran a penas las seis y media; por lo que volví a conciliar el sueño por otra hora.
A las siete y media me levanté a meditar; luego retorné -con la computadora- a la cama, para entrar a la reunión diaria del equipo; la que estuvo bastante extensa: la persona que trabaja con mi supervisor en el Imperio del Norte estuvo revisando los comentarios de los clientes que dejaron la semana anterior.
Un poco después de las nueve de la mañana me levanté a prepararme el desayuno de los primeros cuatro días laborales: un tazón de avena, un banano, una gelatina y un poco de papaya; luego me quedé en la mesa del comedor, revisando los correos -y algunos artículos de The Hacker News.
A media mañana Rb se dirigió a la tienda de las verduras pues ya no teníamos papaya; yo saqué al patio, un rato, a los tres perros; un poco más tarde regresó con las compras y, un poco antes de salir a asolearnos, puse un par de tazas de arroz en la estufa.
Como era el último día del ciclo de capacitación de Rb en el lugar en el que espera trabajar algunas horas semanalmente tenía la intención de dejar preparado todo antes de la hora del almuerzo -estábamos almorzando una hora más tarde desde el martes anterior-.
A las doce y media Rb entró a la reunión del nuevo lugar del trabajo, pero sucedió algo raro: la persona que los había estado capacitando les comentó que el cliente había cerrado el proyecto; la verdad fue confuso, o sea, dijo que se continuaria el proceso, la revisión de la documentación que ya habían aportado y que se les enviarían evaluaciones a su correo.
La sesión tardó menos de media hora por lo que pudimos preparar el pollo y el arroz antes de la una; terminamos de almorzar bastante temprano; después lavé los trastes del almuerzo y preparé el té y café de la tarde.
A las cinco caminamos a los supermercados en dirección Sur; llegamos hasta la altura del más alejado pero no entramos al mismo; en el otro supermerado compramos un poco de bananos -Rb había comprado, por la mañana, rosa de Jamaica-.
El martes fue bastante tranquilo en el tema laboral: a diferencia del día anterior, la reunión no fue tan extensa; ahora la volvió a dirigir el desarrollador líder en el Imperio del Norte; el resto del día nomás me mantuve conectado a la máquina virtual en la que está la app que probamos.
Antes de salir de la habitación -casi a las diez- Rb entró a comentarme que había recibido un correo del lugar en el que había estado capacitándose: les informaban a todos los del grupo que todo quedaba detenido -muy raro, la verdad-.
Ella se mostró bastante desanimada por lo sucedido, e incluso preocupada de que su información fuera usada para fines no adecuados; le comenté que era normal que en este tipo de empresas los proyectos fueran cambiados; y que no había compartido información tan tan privada.
Durante el día estuve completando varias lecciones de Duolingo -especialmente en Ajedrez- pues el reto -desde el día anterior- consistía en completar ochenta lecciones en conjunto con Rb; también estuve leyendo.
Estaba por terminar los dos capítulos que me había propuesto de Proust and the squid -en estos hablan sobre problemas comunes en el proceso de aprendizaje de lectura; y de los aspectos genéticos involucrados en la misma- y, luego de completarlos, continué con el libro en español.
Por la tarde, luego de lavar los trastes del almuerzo, preparé un té para Rb y un café para mí; el cual consumí con el último muffin de la docena que me había obsequiado el jueves anterior; y una galleta de chocolate.
A las cinco caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; yo quería comprar un paquete de toallitas con cloro -ya hacía varias semanas que me había acabado el anterior- y Rb quería ver si conseguía un recipiente para tapaderas de ollas.
Además, debíamos comprar sal -de mesa y de cocina- y, recordábamos, era en la tienda verde de descuentos donde nos habíamos provisto en el pasado; pero no había de ninguna de las dos en ese lugar.
Después de pagar las toallitas nos pasamos al otro supermercado; allí encontramos sal de mesa y compramos algunos bananos que aún estaba un poco verdes; luego caminamos de vuelta a casa -en esta ocasión el viaje nos tomó casi hora y media-.
Por la noche vimos un capítulo de la serie All her fault; además, recordé que aún no había terminado de ver el último show de stand up de Chapelle -lo había bajado un par de días antes-; y casi concluí el libro en español.
El miércoles me levanté a las siete y media, medité y tomé la llamada de la mañana en la cama; la cual volvió a ser bastante corta; me parece que la mayor parte de los asistentes querían entrar a una reunión que había programado el nuevo CEO.
Yo me quedé en la cama hasta casi las diez de la mañana nuevamente; Rb entró un poco antes a la habitación, pero continué un rato mas, haciendo algunas lecciones de Duolingo y leyendo un capítulo -el penúltimo- del libro del colombiano.
A las once de la mañana -después de que había desayunado, y leído un poco más- Rb me propuso que nos asoleáramos un rato -lo hace varias veces a la semana, debido a que le detectaron un nivel bajo de vitamina D-.
A las doce y media sacamos a caminar a los perros; después puse a calentar -en una olla de aluminio- la porción de caldo de pollo del día; al finalizar la tarde -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en dirección Sur.
En el más alejado compramos una libra de sal de cocina -gorda-; luego, en el de la mitad del camino, compramos un poco de bananos y dos lechugas -se suponía que usaría una de estas en el almuerzo con mi hija mayor el sábado-.
El Jueves era mi segundo día de vacaciones del mes; me levanté a la misma hora, medité y luego me quedé en la cama, leyendo un rato; a las nueve salí a prepararme el desayuno pues había acordado acompañar a Rb en su visita semanal al mercado del centro histórico.
Se suponía que de vuelta nomás la acompañaría hasta el comercial en donde se estacionan los busitos: había acordado reunirme para almorzar -a las doce y cuarto- con mi ex compañero de facultad con quien me reconecté -en nuestro veinticinco aniversario de graduación- el año pasado.
Pero antes de salir revisé Whatsapp y encontré un mensaje que me había enviado un poco después de las seis de la mañana: lo enviaban a una reunión a la zona diez y pedía aplazar la reunión una semana.
Realizamos la visita al mercado del centro histórico sin ningún contratiempo: Rb nomás compró varias libras de moras allí; luego tomamos el transmetro para iniciar el viaje de retorno; en el supermercado del comercial donde se estacionan los busitos compramos una pequeña red de aguacates -Rb también compró una bolsa de manzanas-.
Almorzamos lo mismo que los tres días anteriores -caldo de pollo, con arroz y aguacate-; desde el día anterior había decidido -al menos temporalmente- no tomar café -y galletas- por la tarde; nomás le preparé el té de manzanilla a Rb.
Además, le había comentado que haría la limpieza semanal -la semana anterior había descuidado totalmente esta tarea-; luego de barrer y trapear los pisos nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Norte.
Aunque la verdad la salida fue nomás para caminar -lo hemos estado haciendo todos los días-; y aprovechando, pasar a comprar el pan de mis desayunos del viernes y fin de semana; caminamos hasta el supermercado más alejado, dimos la vuelta y retornamos a casa.
En el camino de vuelta pasamos a una panadería -donde venden el pan más barato, aunque no fue muy conveniente porque la dependienta se confundió y triplicó mi pedido de pan tostado- por mi pan; en el camino de ida habíamos pasado a la panadería donde compré la semana anterior: le había quedado a deber un quetzal a la dependienta.
Pero la deuda no fue por mi culpa: al igual que muchos negocios -o al menos las panaderías en donde utilizo efectivo- se han estado negando últimamente a aceptar monedas de baja denominación -cinco y diez centavos-.
Y como en el pasado acumulaba bastante de estas, decidí que voy a depositar las de cinco centavos en una cuenta en la cooperativa; de hecho ya había preparado dos bolsas con doscientas monedas cada una y planeaba realizar el depósito esa mañana, pero mi ex compañero había cancelado nuestra reunión.
El viernes volví al trabajo y me dí cuenta de un par de novedades: por una parte, habían puesto a mis otros dos compañeros a realizar pruebas en el ambiente a donde nos habían asignado a mí y al analista que menos bien me cae; lo otro fue que -por fin- acabaron las pruebas con los clientes y fueron -en su mayor parte- satisfactorias.
Como mi supervisor en el Imperio del Norte quería que realizáramos ciertas pruebas en el ambiente asignado -afortunadamente puso a liderar al analista que mejor me cae- me conecté durante algunos períodos durante el día; pero igual no realicé mucho: a media tarde le transmití los resultados a quien estaba liderando.
El almuerzo fue -como casi todos los viernes- de pescado; también iba a preparar una ensalada pero Rb había comprado una berengena -no se si era el segundo o tercer viernes que realizaba lo mismo- y le indiqué que prefería obviar la ensalada.
Además hubo un connato de conflicto pues le externé que no me entusiasmaba consumir tanta berengena -o tan seguido-; el comentario no fue muy bien recibido -o quizá aún estaba muy sensible por el fiasco con el trabajo que ya no pudo iniciar- pero preferí mantener el silencio.
Por la tarde volví a saltarme el café vespertino -no sé si continuaré con el ayuno intermitente en modalidad 19/5, 20/4 o nomás (como en el pasado) 18/6-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Sur.
En el más alejado compramos cinco libras de azúcar morena -ya se había acabado el paquete que Rb había comprado cuando le recetaron varias cucharadas diarias de este alimento-; en el otro supermercado compramos un cartón de huevos -y bananos-.
El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama; me parece que terminé el libro del colombiano que relata la vida de su padre; también empecé a leer el siguiente -me parece que es el último que ha publicado-: Ahora y en la hora.
Un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno; me tomé un poco de tiempo consumiéndolo y, aprovechando que Rb andaba por la mesa, conversé un poco seriamente sobre lo afectada que la he visto últimamente.
Fue algo así como: todo va a estar bien; las cosas pasan y así; lo que resultó en una situación un poco incómoda -para mí- pues Rb tuvo un momento de catársis sobre lo que ha estado padeciendo últimamente (?) e incluso lloró durante un buen momento.
A las diez de la mañana caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; aunque no entramos a ninguno; nomás llegamos al más alejado, allí dimos la vuelta y caminamos de vuelta.
De todos modos yo había preferido andar en esa dirección pues debía comprar las carnitas que necesitaba para el almuerzo con mi hija mayor -creo que vuelve a estar en la dieta Atkins-; en el camino de vuelta pasamos a la chicharronera que queda a un par de calles y compré una libra -diez dólares-.
Cuando retornamos a casa me puse a preparar un par de ensaladas y puse algunas hojas de lechuga en agua con desinfectante; después saqué a caminar a la perra más pesada de Rb -ella me acompañó con el otro perro grande-.
Cuando retornamos de la caminata empaqué las ensaladas, la lechuga desinfecada y las carnitas -con un par de coquitas- en la mochila que tiene aislante térmico; luego me metí a la ducha; un poco después de las doce tomé las dos mochilas, las cargué en la van e inicié el camino al departamento de mis hijos.
Cuando habíamos salido a media mañana había notado que el tránsito estaba bastante pesado; o sea, el boulevar se veía bastante lleno, aunque, aparentemente, no detenido; cuando salí al mediodía continuaba más o menos igual.
De todos modos llegué al edificio donde viven mis hijos antes de la una de la tarde; me llamó la atención que la cortina del parqueo estaba subida -tengo un control remoto en el automóvil para abrirla-.
Subí al séptimo nivel, le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado y pasé a la habitación designada como sala; mi hija salió un poco más tarde y nos dirigimos, caminando, al parque temático habitual.
El parque no estaba tan lleno como otros días y, afortunadamente, el área de mesas en donde usualmente almorzamos no tenía ningún evento; nos acomodamos en una mesa y procedimos a tomar el almuerzo.
Después del almuerzo le estuve explicando a mi hija los pasos para armar el cubo de Rubik de seis por seis; nos tardamos un poco en el proceso pero, finalmente, logró completarlo; algo que habíamos notado desde la llegada es que el viento estaba bastante fuerte; y escuchamos el anuncio de que la rueda de Chicago más grande no estaba funcionando, debido a esto.
Durante el almuerzo mi hija me estuvo comentando que está combinando su tiempo entre el trabajo -siempre ha trabajado nomás medio tiempo- con las clases de la facultad de medicina -al parecer se inscribió en la carrera de Médico y Cirujano-.
Como estuvimos conversando sobre las monedas me comentó que había obtenido una cuenta bancaria para realizar los pagos de la universidad, que le habían otorgado una tarjeta de débito y que no había podido ir por la misma.
Como el banco se encuentra en el comercial que está al otro lado de la calzada de donde viven le propuse que fuéramos por la tarjeta; pasamos a dejar las mochilas al departamento pues mi hija andaba sin su documento de identificación.
Por ser el último día del mes -aparentemente- la cantidad de clientes en todos los bancos era bastante alta: había cola en varias sucursales bancarias; incluso en el banco en donde mi hija debía recoger la tarjeta; afortunadamente el trámite era sencillo y pudo hacer cola mínima -solo una anciana adelante- antes de entrar por la tarjeta.
Yo me quedé afuera -armando uno de mis cubos de Rubik- y cuando salió le pedí que me acompañara a la sucursal de la cooperativa que estaba en el mismo centro comercial; aunque antes pasamos a un cajero pues debía cambiar el pin de la tarjeta; de todos modos también encontramos cola en la cooperativa y decliné esperar.
Retornamos al departamento un poco después de las cinco y, como habíamos acordado despedirnos a las cinco y media, jugamos algunas partidas de dominó; yo traté de alargar un poco las partidas -tomando fichas aún teniendo disponibles-; a la hora indicada nos despedimos -aunque mi hija bajó a acompañarme al sótano-.
El camino de vuelta estuvo bastante despejado; me parece que no me hice más de media hora para retornar; por la noche continué con el libro en inglés -intermezzo- y un poco de otro libro que mi hija me había comentado que acababa de leer: The Fight Club; además, vimos el último capítulo de All her fault.
Y a ver cómo sigue eso...
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