miércoles, 18 de febrero de 2026

El club de la pelea -y las complicaciones de morir baleado-... Fight club -and the complications of being shot to death-... Le club de combat -Et les complications de mourir criblé de balles-...

Hace muchos años ví Fight Club, mucho tiempo después me enteré que era un libro; algún tiempo después me enteré que el autor de la obra -que es homosexual- es originario de -y vive en- la ciudad del Imperio del Norte en la que viví un par de años.

La película es muy buena -el director es muy bueno-, aunque creo que -no estoy seguro- fue un fracaso comercial, luego se convirtió en una película 'de culto' sea lo que sea que eso signifique.

Creo que he visto la película un par de veces -no estoy seguro si alguna vez la ví de corrido- y había tenido la intención de leer el libro; aunque no lo había agregado a mi libro de pendientes.

Hasta el último almuerzo con mi hija mayor: me contó que -a pesar de que tiene su tiempo bien limitado por haber empezado a estudiar medicina en la Universidad- había terminado el libro y le había llamado la atención algunas diferencias con la película.

Esa misma noche bajé el libro y lo pasé a la tablet; y empecé a leerlo después del libro anterior en inglés; y debo decir que se me hace muy difícil separar a la película del mismo; o sea, no dejo de ver a Edward Norton y Brad Pitt.

Y hasta ahora no he visto taaantas diferencias; o sea, como que al inicio se extiende más sobre el final de la historia; pero, en general, la mayor parte de las escenas son extraídas directamente del texto.

Según mi hija mayor la chica -Marla- tiene un papel más preponderante en el libro que en la película; pero hasta ahora no me ha parecido tanto; también me comentó que en el final hay un twist que no se muestra en la película; por el momento acabo de pasar de la mitad.

Y lo otro: el sábado por la noche estábamos -como casi todas las noches- en la habitación de Rb; mientras ella veía alguna de las innumberables series, que ocupan la mayor parte de su tiempo libre, yo intentaba avanzar un poco en el libro en inglés -o español , no recuerdo-.

Entonces Rb recibió una llamada por whatsapp, era su hermana, que vive -desde hace décadas- en una ciudad de nuestro gran vecino del norte: el tono era desesperado, al parecer habían baleado -y había muerto- un sobrino nieto de ambas.

Yo conocí al joven cuando empezaba a salir con Rb -hace ya más de trece años-: su madre se quedaba algunas noches en la casa de Rb porque su prometido venía algunas semanas del Imperio del Norte -el joven (adolescente, realmente) se quedaba en casa con su abuela-.

Por esa época ocurrió algo -creo- memorable: resulta que el padre del chico estaba cumpliendo condena en una prisión de la ciudad -no recuerdo el delito pero era algo sobre violencia, me parece-; y por esa época había sido asesinado en la prisión.

Total que la hermana de Rb apenas pudo contarle lo que acababa de pasar y Rb se puso en acción enseguida, llamando a la abuela -precisamente la señora que llegó a acompañar a Rb en su estancia en el hospital el último noviembre-.

La señora le contó lo ocurrido -un suceso bien confuso en el que, al parecer, unos policías habían disparado contra el joven al ver que tenía un arma (sin confrontación ni nada)- y Rb se ofreció a acompañarla -yo ya estaba en mi habitación vistiéndome, pues creí que era lo que tocaba-.

Entonces salimos hacia la morgue del hospital más grande de la ciudad; era alrededor de las diez de la noche y encontramos a varias patrullas de policía en el camino -aún estamos en estado de sitio-; pero llegamos al centro sin ninguna dificultad.

Se suponía que la señora estaba en el lugar para reconocer el cadáver del joven en la morgue; pero resulta que no era tan sencillo el trámite: había que esperar a que fuera trasladado al lugar en donde realizan las autopsias y allí sí proceder.

Yo nomás había pasado dejando a Rb a las puertas de la morgue -o sea, donde ví un pequeño grupo de gente frente a un portón- y me estacioné unos metros más adelante -ya que era un área restringida para vehículos de emergencia-.

Un rato después Rb llegó a tomar su sueter y comentarme que se iba a quedar acompañando a su hermana,que retornara a la casa y estuviera pendiente del desarrollo de los acontecimientos.

Volví a casa -ví otras patrullas de policía en el camino- sin ningún incidente -ya era cerca de la medianoche- a esperar alguna novedad; aún intercambiamos unos mensajes con Rb -al final le tocó que pernoctar en la casa de su hermana pues les dijeron que hasta la mañana podía darse el reconocimiento- y me dormí, casi a medianoche. 

Y a ver cómo va eso 

El viernes bajó un poco el ritmo de las tareas en las que estuve trabajando el resto de la semana: entré -después de meditar- a la reunión del equipo -a las ocho- y a la reunión del proyecto -a las nueve y media-; en la primera no compartí nada y en la segunda nomás confirmé que el día anterior había completado la asignación y no tenía nuevos reportes.

El resto del día nomás estuve a la expectativa de nuevas asignaciones; y leyendo un poco de Fight Club y del libro en español que estoy leyendo a la par; al mediodía Rb frió el pescado semanal y yo recalenté la última porción de acelga -ya era el quinto día y estaba un poco amarga-.

Al finalizar el horario laboral nos dirigimos, caminando, a los supermercados en dirección sur; en el más alejado compré doce cajitas de gelatinas -espero que me alcancen para mes y medio-.

También compramos en el lugar dos porciones diferentes de pechuga de pollo: una pequeña para el almuerzo del día siguiente con mi hijo menor; y una grande para los almuerzos de la siguiente semana. 

En el otro supermercado compré unas onzas de jamón -el plan era preparar Cordon Bleu- y aprovechamos para comprar un poco de bananos -consumimos en el desayuno y la cena- y dos tipos diferentes de lechuga -para ensaladas en el almuerzo-.

Por la noche, previendo que el día siguiente por la mañana estaría bastante ajustado, preparé un par de rollos con la mitad del pollo que adquirí, la mitad del jamón, y una porción y media de queso amarillo para sandwiches; y los reservé en la refrigeradora. 

El sábado me levanté a las siete y media, medité y completé un par de lecciones de Duolingo; después salí de la habitación pues me había propuesto realizar la limpieza semanal -no la había hecho entre semana-.

Como le había comentado la noche anterior a Rb sobre mi intención, ella también salió de su habitación y levantó algunas cosas del piso; había olvidado sacar el trapeador del agua por lo que no olía muy bien; pero tenía el otro reservado desde la semana anterior.

Completé la limpieza en un poco más de media hora y luego lavé -ahora, utilizando detergente de la lavadora- ambos trapeadores, para que no volviera a pasarme lo de la semana anterior.

Después de la limpieza preparé mi desayuno de los sábados; después preparé un par de ensaladas, para el almuerzo con mi hijo menor; además de las ensaladas reservé en la refrigeradora un par de bolsitas con treinta gramos de aderezo César.

Yo había esperado que no saliéramos por la mañana: preparar el pollo es un poco tardado; pero no quise negarme cuando Rb propuso que caminaramos hasta los supermercados en dirección Norte -ya pasaban de las diez de la mañana-.

Pero la caminata estuvo muy buena: de hecho retornamos antes de las once; entonces me metí a la cocina, batí un huevo, le eché un poco de harina de arroz a ambos rollos de pollo, los pasé por el huevo batido, y los cubrí con avena en hojuelas; después los pasé al sartén con aceite caliente.

En total los cociné -por cuatro diferentes lados- entre siete y ocho minutos; con lo que a las once y media estuvimos a punto para sacar a caminar a los perros; antes pasé los dos rollitos de pollo a un par de piezas de papel absorbente.

Cuando retornamos de la caminata con los perros me metí a la ducha; después metí en la mochila que tiene aislante térmico: las dos ensaladas -con el aderezo-, un trasto con los dos rollitos, dos coquitas, dos platos y un poco de hielo.

Me despedí de Rb, cargué en la van las dos mochilas -además de la anterior (vacía), que pensaba regalarle a mi hija mayor-; sorprendentemente -era el día del cariño- el camino estaba bastante vacío.

No tuve ningún contratiempo en el boulevard, ni entrando a la ciudad, ni en el periférico; fue nomás hasta que llegué a la altura de la Universidad cuando me tocó que esperar un par de ciclos de cambio de luces en un semáforo cercano a la misma.

Pero llegué al departamento de mis hijos con media hora de anticipación; subí al séptimo nivel, entré al lugar y me instalé en la habitación que ha sido designada como sala; le escribí a mi hijo y me dispuse a esperar, mientras jugaba algunas partidas de ajedrez.

En eso escuché algunos ruidos en la cocina y salí a ver de quién se trataba: era mi hija mediana preparándose su desayuno; nos dimos un abrazo de saludo y conversamos un momento -una parte en español y otra en inglés- sobre las lecturas  del último tiempo.

Luego dejé que mi hija completara su desayuno y retorné a la sala; un poco después de la una se me unió mi hijo menor; me preguntó si llevaba comida y al confirmarle que sí, me comentó que ahora las cosas estarán un poco más complicadas: le han diagnosticado diabetes (tiene veintitrés años!) y deberá cuidar los alimentos que ingiere.

Que haya sido diagnosticado con esa enfermedad me sorprendió y no me sorprendió; o sea, desde la pandemia ha tenido un estilo de vida completamente sedentario -dejó la universidad porque todo era virtual- y, creo, se ha alimentado con mucha comida chatarra -y en tamaños excesivos-.

Pero -al igual que con mi hija mayor y mi hija menor- no me he metido en su vida a intentar dirigir sus acciones; aún cuando ya habíamos tenido dificultad incluso para caminar diez o doce cuadras -un par de kilómetros-; ahora ha sido diagnosticado.

Le propuse que nos dirigiéramos al parque temático e incluso le ofrecí -como las últimas veces- que podíamos pararnos a descansar en varias partes del camino -la penúltima vez nos quedamos a medias y la última alcanzamos el destino con una parada en el camino-.

En esta ocasión no hubo dificultades para llegar al lugar -según mi hijo ha estado haciendo ejercicios los últimos días-; y en cuanto entramos al parque nos dirigimos al área techada en donde acostumbramos almorzar.

El almuerzo estuvo bien -yo sentí que le faltó un poco de condimiento a los rollos, pero mi hijo los encontró buenos- e incluso mi hijo declinó la bolsita de aderezo que llevaba para su ensalada; después estuvimos armando los cubos de rubik de seis por seis y de cinco por cinco.

Cuando completamos los cubos le propuse a mi hijo que jugaramos un poco de dominó y completamos tres o cuatro partidas -usualmente trato de alargarlas tomando más fichas aún cuando tenga opciones-; luego nos acercamos al teatro para ver si ya habían cambiado de obra; pero, de hecho, estaba cerrado.

Para terminar la visita pasamos a la rueda de Chicago; por suerte en esta ocasió el viento había amainado, por lo que pudimos subirnos -a diferencia de la última vez que intentamos con mi hija mayor-.

Luego retornamos a casa; como yo estoy tratando de hacer ayuno intermitente y mi hijo tiene bastantes restricciones alimenticias, no compré nada en el camino; nomás caminamos hasta el departamento.

Como aún teníamos cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de la hora en la que habíamos acordado despedirnos -a las cinco- completamos el origami modular que habíamos empezado en diciembre -y armamos también un par de pequeñas grullas-.

En cierto momento estuché ruidos en la cocina y salí a ver, comprobando que era mi hija mayor, quien andaba preparándose el desayuno; conversamos un par de minutos -me regaló un trozo de galleta de avena (con lo que rompí el ayuno!) y otra entera (esa la guardé en mi mochila)-.

A las cinco me despedí de mi hijo menor; como mi hija mayor me había pedido que le avisara, para acompañarme al automóvil, le hablé -aproveché para entregarle la mochila- y bajamos al parqueo.

Mi hija me pidió que la llevara al centro comercial que se encuentra a dos o tres cuadras -quería comprar un antihistamínico- y pasé a dejarla al lugar; luego conduje -sin encontrar ningún embotellamiento- hasta casa; y la noche se interrumpió por lo relatado en la segunda parte del inicio de este texto.

El domingo me tocó que despertarme a las tres de la madrugada, para alimentar a la perra más anciana de Rb; le agregué la pastilla que debe tomar todos los días al pollo y, luego de que terminara, la saqué al patio trasero.

Pero al parecer no hizo nada porque cuando me desperté -Rb me llamó a las siete- por la mañana encontré que había excretado -sólido- en una esquina de la sala; levanté los excrementos con una servilleta de papel y, dentro de una bolsa, los coloqué en la bolsa de no reciclables.

Aún intenté dormirme un poco después de que Rb me despertara, pero no pude conciliar el sueño; realicé la meditación matutina -aunque me faltaron cincuenta segundos porque la alarma de las ocho y media sonó en el celular-.

Como no quería desayunar muy temprano me puse a hacer algunos ejercicios de Duolingo -también en el celular de Rb- y, a las diez de la mañana, me preparé el huevo con tortilla de harina habitual de los domingos.

Durante la mañana intercambié algunos mensajes con Rb -había alimentado a sus perros a las nueve menos cuarto- y me comentó que se había ofrecido a identificar el cuerpo de su sobrino nieto en la morgue de la ciudad.

Aproveché para leer algunos capítulos del par de libros que he estado leyendo en paralelo -me quedaban nomás un par de ciclos en cada uno-; a las doce y media saqué a caminar a los dos perros más grandes -los saqué al mismo tiempo-.

Después me preparé un almuerzo: tenía aún un poco de soya texturizada y busqué una parte de un cuadril asado que había visto en los últimos días en el freezer; pero no lo encontré, por lo que me preparé un huevo duro.

Calenté en el microondas cuatro tortillas de maiz y me preparé cuatro tacos con: huevo duro, lechuga picada, zanahoria rallada, aguacate, y aderezo César -utilicé lo último que quedaba en la penúltima botella del mismo-; más tarde se me olvidó que había hidratado la soya y nomás la boté al patio trasero.

En la mañana le había escrito a mi amiga psicóloga, con la que nos habíamos citado para el final de la tarde, para comentarle que no iba a poder acudir -incluí el reporte del suceso de un periódico digital-; aún tenía esperanzas de acudir a mi visita semanal al voluntario que vive en la colonia en la que crecieron mis hijos.

Pero, un poco antes del mediodía, me resigné y le escribí también a él; comentándole lo sucedido y disculpándome por lo tarde del aviso; a las tres de la tarde Rb me escribió para que pasara por ella a la morgue.

Me envió la dirección y consulté en Google Maps la mejor vía para llegar; me vestí, tomé mi mochila y me dirigí al lugar; el cual se encuentra justo entre el cementerio general y un mercado municipal.

No me tardé mucho en llegar al lugar -aunque le periférico estaba un poco lleno- e intenté parquearme en un puesto del mercado; pero luego recordé que nomás cargaba billetes de la más alta denominación -el costo era una quinta parte- y salí a parquearme a la avenida principal -igual, había varios autos estacionados en el lugar-.

Dejé el auto un poco salido pero me bajé a saludar a la hermana de Rb -había visto que estaba en un pequeño grupo en la entrada de la morgue-; le dí un abrazo y le externé mis condolencias; saludé a las otras personas.

Luego retorné al auto porque había olvidado el celular -y aproveché para colocar el auto en una mejor posición-; retorné al grupo y esperé durante algunos minutos a Rb; ella salió luego de quince o veinte; e iba bastante alterada.

Corrió a abrazarme e incluso tuvo un connato de desvanecimiento -nomás la sostuve y la ayudé a que se sentara en la acera-; estuve dándole soporte durante unos minutos; luego habló con su hermana, nos despedimos todos e inicié el retorno a casita.

El lunes Rb me despertó temprano: antes de las siete de la mañana se pasó un rato a mi cama; estuvo un corto tiempo yaciendo a mi lado y luego retornó a su habitación; cuando sonó la alarma -a las siete y media- me levanté a meditar.

Entré a las dos reuniones de la mañana desde mi cama: en la de las ocho no hubo muchas novedades; después de la misma me puse a hacer algunos ejercicios de Duolingo; a las nueve y media entré a la otra, en la que tampoco hubo grandes noticias; nomás confirmé que ya había concluido y que trabajaría en el otro ambiente.

A las diez salí de la habitación, a prepararme el desayuno; estuve viendo algunos datos de nutrición -calorías, carbohidratos y similares- con ayuda de una LLM; también estuve ayudando a Rb con la preparación del almuerzo: pollo en crema de almendras y champiñones.

Al mediodía -después de sacar a caminar a los perros- almorzamos una porción del pollo que acabábamos de preparar, acompañado de una pequeña ensalada; por la tarde estuve leyendo un poco del libro en inglés y del libro en español que llevo a medias.

También me dí cuenta que el analista que menos bien me cae estaba teniendo algunas dificultades con una tarea que ya debía de conocer; de todos modos me ofrecí a ayudarle, aunque me respondió mucho más tarde; al final le ayudé -y le expliqué- a preparar un archivo que era necesario para que avanzara en su tarea.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; Rb quería comprar algunos consumibles pues planeaba pasar todo el día -y quizá la noche- siguiente fuera de casa -el funeral de su sobrin nieto iniciaba el martes por la mañana-.

Yo quería comprar el inflador que no había podido comprar la semana anterior; después entramos a la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos; compré una boquilla y un metro de manguera: planeaba hacer una extensión para que el agua del lavatrastos continuara salpicando el piso.

Después pasamos al supermercado, Rb quería comprar una crema dental pequeña, pero no encontró algo que le satisfaciera; nomás compramos un poco de bananos; luego, en el camino de vuelta, compró un pequeño tubo de pasta dental en una tienda.

El martes me desperté a las siete y media; había estado teniendo un sueño bastante vívido -incluso le comenté el tema a Rb cuando salí de la habitación, más tarde- y no quería levantarme; pero bajé de la cama a realizar la meditación matutina.

Luego jalé la computadora a la cama y entré a la reunión de las ocho; mientras realizaban al gunas discusiones estuve revisando mi whatsapp: el día anterior un primo, que vive en el mismo pueblo donde viven mis padres, se había quebrado la mano y lo habían trasladado -por la noche- a la ciudad.

Ví que tenía un mensaje del individuo, comentándome que lo habían operado por la noche y que ya estaba viajando de vuelta al poblado donde vive; cuando terminó la reunión de las ocho salí de la habitación: Rb se estaba preparando para salir.

Desde el día anterior me había comentado que quería irse en transporte público hasta la funeraria; el servicio empezaría a media mañana y planeaba quedarse en el lugar todo el día -originalmente también quería quedarse toda la noche, pero luego estaba considerando opciones-.

La ayudé a preparar un par de ensaladas para las comidas del día y luego hice un par de lecciones de Duolingo en uno de sus celulares, para evitar que perdira su racha; luego de todos los preparativos -llevaba comida en la mochila con aislante térmico- salió de casa un poco después de las nueve.

Yo entré a mi segunda reunión a las nueve y media; aunque tampoco hubo muchas novedades porque, supuestamente, mis tareas en el ambiente específico ya estaban completadas; nomás esperé hasta las diez de la mañana para hacer mi desayuno.

Después de desayunar me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo en mi celular; además, Rb me había pedido que revisara la manguera que le había agregado al chorro del lavatrastos: tenía una curva muy pronunciada y aún salpicaba agua fuera.

Busqué formas de enderezar la manguera -en un LLM- y puse a hervir agua; luego sumergí allí la manguera por un par de minutos, la atravesé con una varilla de madera -para mantenerla recta- y la saqué al sol durante un par de horas.

También comprobé el funcionamiento del inflador de bicicleta: no me había percatado que las válvulas de las llantas son diferentes; una es la clásica de las llantas de este tipo de vehículo; la otra tiene del tipo más común en autos y motocicletas.

Afortunadamente el inflador tiene exactamente dos boquillas y cada una de las mismas corresponde a uno de los tipos de válvulas del inflador; procedí a inflar ambos neumáticos y luego retorné la bicicleta a la bodega -aún no decido si se las donaré a mis hijos-.

Al mediodía -a las doce y media- saqué a caminar a los perros de Rb; últimamente, cuando me toca realizarlo en soledad, saco a ambos al mismo tiempo -a diferencia del pasado, que me demandaba el doble de tiempo-.

Después de la caminata calenté la segunda porción del pollo con salsa de almendras y cilantro, lo que acompañé con un poco de arroz cocido y frijoles volteados; después lavé los pocos trastes que había utilizado durante el día.

El resto de la tarde estuvo tranquilo en el tema laboral; incluso terminé de leer Fight Club; y no me gustó el final; o sea, la película quizá es menos realista: se destruyen muchas cosas; el libro -me parece- presenta algo más estilo la primera película del Joker.

A las cinco de la tarde me dirigí caminando hacia los supermercados en dirección sur; el último sábado mi hija mayor me había comentado que las 7Up light eran una buena opción para nuestros almuerzos -también me había quedado sin Cocas Zero-.

Enn el supermercado más lejano compré media docena de las últimas -cuatro para almuerzos con mi hijo menor y dos por si no hay fresco de Rosa de Jamaica alguno de estos días-; también compré una botellita de esencia de vainilla -artificial-.

Además compré una bolsa de mayonesa; la que tengo en uso tiene menos del veinte por ciento y a principios de marzo prepararé unos diez o doce sandwiches -para la visita a mis padres-; en el otro supermercado compré cuatro latas de 7Up light; almacené la mayor parte de las compras en la habitación que usamos como bodega.

Un poco después me escribió Rb, comentándome que había decidido que se quedaría toda la noche en la funeraria, pidiéndome que le llevara los alimentos que había dejado en la refrigeradora, y que le preparara un poco de ensalada.

Como casi no tenía zanahoria me dirigí a la tienda de la esquina; en donde me vendieron tres mini zanahorias a un precio elevado; rallé una de estas mini zanahorias con el resto que me había quedado del almuerzo, piqué un poco de lechuga y lo reservé en un recipiente hermético.

Después de preparar la comida de Rb me dí una ducha y luego me puse a ver una película que había anotado en mi aplicación de pendientes del celular: Ready or Not; la cual es una comedia de terror y acción que estrenaron hace siete años -y que este año tendrá una secuela-; ví la primera mitad.

Un poco después de las ocho medité -había considerado que no retornaría con ánimos luego de llevarle la comida a Rb-, lo cual estuvo a punto de olvidárseme; después de meditar le serví la comida a los perros de Rb. 

Cuando los perros terminaron de cenar los saqué un rato al patio, a continuación metí los herméticos a mi mochila, y tomé el sueter que Rb me había pedido que le llevara; cuando pasé por la garita le regalé al guardia la mayor parte de unos dulces que había comprado para el convivio de fin de año de mi trabajo.

Como ahora sé que no se necesita estar conectado a Internet para que Google proporcione los servicios de localización dejé que me guiara en todo el camino hasta la funeraria en la que estaban velando al sobrino-nieto de Rb.

Me estacioné en el parqueo  lateral y subí al segundo nivel; encontré a un par de hermanas de Rb y luego la localicé para entregarle el sueter; un poco antes de salir me había comentado que en el evento estaba un antiguo amigo de mi voluntariado -que es novio de un influencer político local-.

Y lo primero que hizo Rb fue llevarme a donde estaba la pareja; nos dimos un abrazo muy efusivo con el susodicho -teníamos más de diez años de no vernos- y me presentó a su pareja; luego estuvimos en una conversación bastante extensa.

La verdad es que este tipo de situaciones me cansan muy rápido; o sea, es cómo se conocieron -en ambos lados-, experiencias en el voluntariado, relaciones con la persona fallecida, y anécdotas de viajes, y así.

A la mitad de la conversación yo ya tenía ganas de retirarme -fue fácilmente cerca de una hora-; pero traté de no poner muy mala cara; por fin disminuyó el ritmo de la conversación, nos despedimos por el momento y pasamos a la habitación reservada para la famila, en donde Rb podía almacenar la comida.

Después estuve conversando un momento con dos hermanas de Rb: la que vive en el gran país vecino del norte, y la que vive en el departamento en donde Rb nació; a la primera le dí el último de los dulces que había sacado de la bolsa -antes de regalárselos al guardia-.

Los otros dos que llevaba se los había regalado a mi conocido del voluntariado y a su novio; la hermana de Rb que vive en el país vecino me regaló un dulce de guayaba y me comentó que me había traído un frasco de mazapán.

No sé, realmente, la razón de que siempre me trae de regalo estos dulces; ha venido al país tres o cuatro veces en la última década y siempre me trae varios paquetes -las primeras veces regalé la mayoría de estos en el pasillo en el que trabajaba-.

Pero en esta ocasión nomás me regaló un par de unidades, y un bote del mismo dulce pero en formato untable; además nos pidió que bajáramos al parqueo porque quería regalarnos una parte de un queso artesanal.

Bajamos al sótano Rb, su hermana, y su único hermano vivo -el queso estaba en el auto del mismo-; luego, retornando al nivel en donde estaba el evento, le presté mi navaja para que cortara el queso -lo que almacené en uno de los herméticos que Rb había utilizado-.

Luego Rb quería terminar de cenar -tenía aún algunas frutas- y yo me serví un café -rompí totalmente el ayuno intermitente- y tomé dos o tres sandwiches -únicamente de queso!-; en el ínterin estuve conversando un poco con las hermanas de Rb y con la sobrina -la mamá del occiso-.

Pasaba un poco de la medianoche cuando le indiqué a Rb que retornaría a casa -o sea, debía levantarme a las tres de la mañana para alimentar a su perra más anciana y estaba temiendo que me afectara todo el desvelo-.

Rb me acompañó al auto, el cual saqué del parqueo sin ningun costo gracias a un gafete que me había proporcionado un poco antes; por la hora el tránsito era casi inexistente por lo que muy poco tiempo después estaba estacionando la van frente a la casa.

Saqué a los perros al patio -la última actividad del documento con las instrucciones para hacerse cargo de estos- y luego intenté conciliar el sueño -tenía nomás como hora y media antes de que sonara la alarma-; pero no logré dormirme en el acto; no sé si uno de los perros de Rb, o uno de los gatos de la calle andaba haciendo ruidos extraños.

Por fin pude dormir un rato pero sentí que acababa de cerrar los ojos cuando sonó la alarma de las tres; me levanté a darle el pollo -y la pastilla- a la perra más anciana, la saqué un rato al patio trasero y, después de dejarla entrar, volví a la cama.

Y a ver cómo sigue eso. 

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