viernes, 5 de junio de 2026

No quiero envejecer... I don't want to get old... Je ne veux pas vieillir...

Encontré el libro en el título de este texto después de una conferencia del programa Apredamos Juntos de la fundación BBVA: en la misma una psicóloga chilena -radicada en España, me parece- hablaba sobre algunas investigaciones que había realizado sobre la forma en la que nos afecta nuestro autodiálogo.

Su forma de expresarse me pareció -a pesar de ser chilena- bastante clara; y las anécdotas con las que acompañaba sus explicaciones las encontré interesantes; entonces busqué qué había escrito, y me decanté por este título.

Y es que, a mis cincuenta y tres, ya estoy -casi- a las puertas de la tercera edad; y aún no tengo claro muchas cosas: o sea, me jubilaré -si lo logro- sin haber encontrado realmente mi 'vocación' -me encanta lo que hago, eso sí-.

O sea, mis padres están -por otra parte- a las puertas de la cuarta edad -mi papá ya pasó los setenta y cinco y mi madre es dos o tres años más joven- y tampoco sé como relacionarme bien con ellos -o con mis hijos, que están entrando a la edad adulta-.

El libro me ha parecido interesante -es bastante corto, creo- y, he estado pensando en que debo empezar a leer más libros de este corte; me parece que en años anteriores he incluído varios similares dentro de la línea de No ficción o de Psicología.

Y a ver cómo va eso...

El viernes retorné al trabajo; aunque, leyendo los mensajes en el grupo del proyecto, la noche anterior me había enterado que no habría reunión a las siete de la mañana (la compañera de mi supervisor había indicado que ambos estarían ausentes).

De todos modos me levanté a las seis y media, medité veinticinco minutos y luego retorné a la cama a completar algunas lecciones de Duolingo -volví (luego de varios días) a superar la barrera de los mil quinientos puntos del ELO de la aplicación-.

Después de Duolingo me quedé en la cama leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena; aunque salí de la habitación un poco después de las ocho: Rb me había pedido que la ayudara a configurar su computadora para completar la evaluación que le enviaron el día anterior.

Por alguna razón -la verdad siempre me sorprende- estaba bastante nerviosa por el examen; yo traté de tranquilizarla, pues su nivel de inglés es muy alto; estimando que su fluídez está -casi- al nivel de un angloparlante nativo -pero estaba nerviosa-.

Y su computadora no contribuyó: por alguna razón la cámara web no lograba activarse dentro del sitio en donde debía realizar su evaluación -la cual debía ser en un espacio cerrado (tenía realizar un recorrido, mostrando que estaba completamente sola)-.

Estuve probando varias opciones para que la cámara funcionara -configuración local, desactivación del antivirus, entre otros- sin ningún éxito; y Rb se estaba poniendo más nerviosa; entonces le ofrecí mi computadora personal para que se evaluara en la misma.

Y todo funcionó muy bien; por mi parte, esperé a que el examen avanzara antes de prepararme el desayuno de los viernes -finalmente empecé la preparación después de las diez y media-; y estuvo bien pues, en cierto momento, tuve que llevarle un cuaderno y un lapicero -que había olvidado-.

La preparación del desayuno estuvo un poco más prolongada que en otras ocasiones: había decidido mezclar las cinco yemas que tenía en el freezer con un huevo y preparar una torta para ese día y el siguiente.

No me quedó muy bien porque batí la clara del huevo a punto de nieve y luego le agregué las yemas congeladas -que había bajado del freezer muy tarde, con lo que nomás tuvieron dos o tres horas en la refrigeradora-; el resultado fue una especie de panqueque, que partí a la mitad, conservando una parte para el desayuno del día siguiente.

Mientras aún estaba desayunando Rb salió de su habitación, comentándome que todo había ido muy bien con su evaluación; y entonces recibió un mensaje para que completara -entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas más tarde- un par de cursos, como parte de su proceso de on-boarding.

También decidimos sacar los dólares, que nos transfirió el mejicano, de Payoneer, los cuales son unos negreros: cuarenta y cinco dólares para transferir menos de trescientos dólares a una cuenta bancaria -y en dólares, que sino, nos sacan más (por el 'cambio')-.

O sea, en la plataforma en la que trabaja mi hija -y en la cual Rb espera empezar a trabajar muy pronto- le cobran menos de la mitad por cada transferencia bancaria; de todos modos decidí dejarle la mayor parte del dinero transferido a Rb.

Tome menos de la cuarta parte de lo que nos enviaron; porque, al final, ella estuvo trabajando mucho más que yo en esas actividades -y el dinero no me importa tanto-; también hubo un connato de conflicto por las cantidades que nos envió el mejicano -se hizo bolas con las cuentas-.

Ella trabajó un montón y esta persona envió un detalle muy malo: en el mismo él contabilizaba casi la misma cantidad para cada uno; lo que, en realidad, no reflejaba lo que cada uno hicimos; por eso decidí tomar nomás un pequeño monto y acredité la mayor parte a la cuenta que Rb mantiene en mis cuentas bancarias.

Desde hace mucho tiempo -ya llevamos casi catorce años de relación- Rb ha mantenido cierta cantidad de dinero en mis cuentas -aduciendo que puede mantener un pequeño ahorro, separado del dinero que utiliza para sus gastos generales-; y ahora una parte estará en dólares.

De todos modos, decidí no seguir con la basura de plataforma esa (si, Payoneer, a la basura esa me estoy refiriendo); o sea, cuarenta y cinco dólares!!!; y deberé, en caso realice algún trabajo similar, buscar otra alternativa de pago, que no sea tan avorazada.

Por la mañana le hablé a mi supervisora -por la app de mensajes del trabajo-; y, por supuesto, tampoco sabía mucho sobre el proceso de separación en el cual se encuentra la mayor parte del equipo local; por otra parte, lo único que hice todo el día fue correr varias veces los cincuenta casos automáticos en los que trabajé las últimas semanas.

Realizamos la rutina de ejercicios de los viernes casi a las doce; lo malo es que, justo a esa hora, había programada una reunión de planificación del equipo al cual pertenezco; y al principio nomás entré a la reunión, pero no participé en la misma: me puse a escuchar una conferencia del programa Aprendamos Juntos.

Pero después de más o menos veinte minutos cambié los audífonos bluethoot de mi computadora personal a la computadora del trabajo y escuché un poco de lo que estaba pasando en la reunión -que no me afectaba mucho, realmente-.

Un poco después de las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes -yo llevaba puestos los cascos y escuché un poco de la discusión, mientras estábamos cerca de casa-; cuando entramos puse a calentar la última porción de los almuerzos de la semana.

Por la tarde mi hija mediana -y mi hijo menor- me enviaron depósitos bancarios, correspondientes al pago de servicios del departamento del mes de junio -y, mi hijo, por su deuda-; a este último nomás le queda una cuota para saldar el préstamo que me pidió hace más de un año.

Aunque luego deberá reponer el dinero que tomó -sin avisarme- de la primera parte de la liquidación de las acciones de su empresa; mi hija mediana tiene también un saldo bastante abundante, por el último año de universidad en el Imperio del Norte.

A ambos les envié un mensaje agradeciendo su responsabilidad -como adultos-; también proponiéndoles una fecha -diferente- para nuestra reunión mensual en el mes de Junio -en el mismo indiqué que me gustaría hablar sobre finanzas; y solo mi hijo respondió con un OK-.

A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; pero yo me llevé los audífonos que utilizo en mi trabajo: mi amigo más creativo me había escrito un poco antes y me había preguntado si podía llamarme -a lo cual accedí, aunque estaba por iniciar la caminata-.

Hice una buena parte del camino -aunque la llamada terminó antes de que llegáramos al supermercado que queda a la mitad del camino- conversando con mi amigo: en su trabajo lo están hostigando: ahora están documentando los errores que comete, para justiicar su pronto despido. 

Entramos al supermercado este a ver si había un corte específico de pollo -sí había- pero seguimos caminando hasta el extremo sur del boulevard; y también entramos al otro supermercado, en donde no había del pollo que Rb estaba buscando.

Así que retornamos al supermercado que queda a medio camino; allí compramos pollo para los almuerzos de la siguiente semana -y un poco de bananos-; por la noche me puse a ver otro capítulo de Criminal Record, y a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me desperté a las seis y media; medité -creo que la las paletas de la persiana se habían quedado abiertas, con lo que sentí frío, con lo que estuve teniendo sueños extraños, sensación que continuó un rato después de despertarme- y luego retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo.

Rb me había pedido, la noche anterior, que me acercara a la farmacia en la que usualmente se provee de medicinas, a comprar un bote de gotas oftalmológicas para su perra más anciana -en el último tiempo redujo de tres a uno los medicamentos qu le aplica diariamente-.

Mi plan era realizar el encargo después de que ella desayunara -a las nueve- para no desayunar tan temprano: continúo con mi régimen de ayuno intermitente; pero, mientras estaba haciendo lecciones de Duolingo, me indicó que me acompañaría a la farmacia.

Entonces nomás me vestí y me quedé en el comedor esperando a que terminara de darle de comer a sus perros, y luego ingiriera sus alimentos matutinos; luego nos dirigimos a la farmacia indicada; retornamos antes de las diez y, entonces sí, me preparé el desayuno -utilizando la mitad del omelete que había conservado del día anterior-.

Como había previsto reunirme con mi segunda ahijada profesional, puse a endurar un par de huevos en la estufa; y luego procedí a rallar dieciocho onzas de zanahoria, para preparar el burrito tradiconal que rellenamos con pollo, mayonesa casera y lechuga.

Pero ocurrió algo raro: mientras lavaba las zanahorias encontré varias partes suaves en la mayoría de ellas -eran como ocho unidades-; y, al lavarlas, estas partes se deshacían, dejando cavidades en las mismas; estimé que no era un gran problema, pero pregunté a un LLM -adjuntando una fotografía-.

La impresión de este programa era que, quitando las partes dañadas -y si no había mal color u olor- podían utilizarse las mismas sin grandes riesgos; así que rallé un par de las mismas para utilizar en la preparación del almuerzo.

Un poco después de las once Rb se ocupó con una rutina de ejercicios -la verdad es que está siendo más constante con los ejercicios en casa- y yo lavé los trastes que se habían acumulado durante la mañana en la cocina; a las doce empecé a preparar el almuerzo.

Pero también tuve problemas con los aguacates: de los seis o siete que venían en la red que Rb había traído la semana anterior ya me había tocado tirar uno o dos; los mismos presentaban filamentos en la pulpa, lo que los hacía poco atractivos para su consumo.

Y el primero que abrí para preparar la mayonesa casera estaba igual; el segundo no estaba con esta condición, pero tampoco estaba tan suave como lo están los que han alcanzado un grado aceptable de madurez.

Decidí utilizar este pero no procesarlo de la forma normal: machacarlo, junto con el par de huevos duros, con un tenedor; en su lugar saqué una de los recipientes de la licuadora más antigua de Rb -tiene dos Ninjas- y procesar ambos ingredientes; el resultado fue muy bueno.

Sacamos a caminar a los perros mientras dejaba cocinando el segundo lado de la tortilla de zanahoria rallada y huevo; cuando entramos esparcí la mayonesa casera, la lechuga picada y esperé a que Rb terminara de preparar el pollo -con miel-; el burrito quedó muy bueno.

Terminamos de almorzar un poco antes de la una y media; me metí a la ducha y luego, considerando que aún tenía tiempo, lavé un poco de trastes; pero la verdad es que no tenía mucho tiempo: salí de casa un poco después de las dos menos diez.

Caminé hasta el lugar en donde abordamos los buses intermunicipales y allí esperé a la siguiente unidad; el tránsito se veía bien pesado; por fin pasó uno de estos buses, y me dí cuenta que no llevaba ayudante -quien es el que usualmente cobra el pasaje-.

El conductor iba manejando de una forma bastante agresiva, por lo que avanzó bastante rápido entre el tránsito; lo malo fue que en la última parte del trayecto, o sea, el regreso del comercial en donde se estacionan los busitos hacia el periférico, encontramos varios camiones ralentizando el tránsito.

Traté de no desesperarme en la espera; y verifiqué que había llegado a la estación del transmetro en el periférico a la hora que había estimado -dos y media-; abordé una unidad del transmetro y me puse a resolver los cubos de Rubik -para no estar viendo el tránsito-.

Llegamos al centro histórico a buena hora -el viaje había tomado menos de quince minutos-; pero había un cambio en la ruta normal; por lo que el autobús dió un gran giro entre varias calles y llegué a la estación final cinco minutos después de las tres.

Por supuesto que diez minutos antes había llegado a mi ahijada para comentarle que llegaría un poco tarde; le expliqué lo del cambio de ruta y ella se mostró comprensiva; al final la estaba llamando -cuando estaba entrando en su calle- un poco antes de las tres y diez.

Nos saludamos efusivamente y caminamos hasta el restaurante en donde hemos desayunado un par de veces; allí ordenamos un par de tazas de café -yo cappuccino, ella latté- y un par de porciones de pasteles -yo de berries, ella de higo-; y estuvimos en el lugar por un par de horas, conversando sobre las últimas novedades de cada uno.

Cuando nos encontramos ella me había regalado una bolsa de té de cacao -que compró en su visita al sexto estado unas semanas antes- yo le regalé una bolsa de chocolates -que me trajo mi amigo tenor cuando vino a desayunar a la casa de Rb.

A las cinco y media -había puesto una alarma en el celular- le comenté que me retiraría y nos dirigimos a caja; ella sacó su tarjeta de débito y se hizo cargo de la cuenta -trece dólares-; le agradecí el gesto, la acompañé un par de cuadras y luego me dirigí a la estación del transmetro.

Allí me conecté a Internet y le escribí a Rb, comentándole que empezaba mi retorno; el viaje estuvo bastante rápido; me apeé en la última estación del transmetro y desde allí caminé hasta el comercial en donde se estacionan los busitos; abordé el que estaba por salir -y le escribí a Rb, informándole-.

Vine a casa un poco después de las seis y media; Rb me había escrito para comentarme que le iban a dar aventón hasta casa -estaba lloviendo-; como ví que aún no estaba me ofrecí a ir por ella en la van; pero me respondió que ya estaba en camino, que nomás saliera al boulevard a esperarla -con una sombrilla-.

Por la noche estuve viendo un capítulo de Criminal Records, leyendo un poco del libro de la psicóloga chilena y completando varias lecciones de Duolingo -me había mantenido sobre mil quinientos de ELO durante varios días-; también busqué versiones aceptables de The Mandalorian y de In the Grey, pero no encontré nada.

El domingo me desperté a las seis y media; al principio no recordaba qué tenía que hacer y por poco retorno a la cama para continuar durmiendo; luego me acordé que tenía que encontrarme con mi doctora a las ocho, en la cafetería de costumbre.

Medité, hice algunas lecciones de Duolingo y, luego, me metí a la ducha; salí de casa un poco después de las siete y media -aún saludé a la vecina (quien estaba limpiando su jardín) y acaricié un poco a su perra (que se emociona siempre que salfo)-.

Casi no había tráfico por lo que llegué al lugar de la reunión con quince minutos de anticipación; entré al restaurante y busqué una mesa vacía; le escribí a mi doctora para comentarle que ya estaba en el lugar y continué jugando partidas de ajedrez.

La doctora llegó un poco después de las ocho; nos saludamos y nos dirigimos a la caja, a ordenar un par de desayunos -ella se hizo cargo de la cuenta: quince dólares-;  estuvimos las siguientes dos horas entre desayuno y conversación; incluso le compartí la app que hice para visualizar mi desempeño en ayuno intermitente.

También le regalé la bolsas de té de cacao, que me había entregado la tarde anterior mi ahijada profesional; entre las novedades me comentó que su padre -tiene ochenta y cuatro años- ha estado declinando en su independencia, y que aún está considerando cómo proceder para su mejor cuidado.

A las diez de la mañana nos despedimos e inicié mi viaje de vuelta a casa; el tránsito seguía bastante ligero y, un poco más tarde, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; aprovechando que teníamos tiempo nos dirigimos caminando a la tienda de ropa usada.

Rb quería comprar un par de vestidos de verano -la ha estado afectando la alta temperatura de las jornadas-; y yo quería comprar una gorra: la que había estado usando los últimos años -del trabajo- no había salido muy bien del último viaje a la lavadora.

En la tienda de ropa elegí un modelo bastante sencillo (por un dólar) con la palabra Queso en el frente; y Rb estuvo mucho tiempo buscando varios vestidos -al final compró un par- y alguna playera; ya en caja yo agregué un helado de chocolate a la cuenta.

Después de pagar empezamos el camino de retorno a casa; a donde vinimos cuando ya era hora de sacar a caminar a los perros; pero, como no habíamos empezado la preparación del almuerzo, le propuse a Rb que los sacaría a ambos mientras ella dejaba la comida en el fuego.

Creí que no iba a ser mucho pero, de hecho, ya estábamos a mitad de la primera vuelta cuando Rb salió; y los perros habían hecho sus necesidades en ese período -encontré una lata de cerveza, corté uno de sus extremos (con mi herramienta multiusos), y la utilicé para recoger los desechos-.

Después de la caminata almorzamos: alitas de pollo, ensalada y caldo de pollo; después del almuerzo me preparé un café; el resto de la tarde me la pasé leyendo los libros en español -estaba a la expectativa de una llamada: el día anterior le había comentado a mi compañero que tiene tres trabajos sobre la venta de mi área, y me había ofrecido algunas tareas para generar un poco de dinero extra; pero no se dió-.

A las cinco de la tarde preparamos los almuezos de la siguiente semana: nuestra versión propia de comida china: pechuga de pollo cocida, mezclada con mucha verdura rallada: zanahoria, güisquil, arveja china, apio y jengibre. 

Por la noche ví el penúltimo capítulo de la primera temporada de Criminal Record, y la primera media hora -tarda hora y media- de la película de acción In the Grey; por alguna razón -creo que el calor ha estado bastante alto- me costó conciliar el sueño.

El lunes era el primer día del mes de junio; me levanté a meditar y luego retorné a la cama; entré a la primera reunión del día pero me quedé dormido a medias; y continué dormitando -de hecho tuve un par de episodios de parálisis de sueño- hasta después de las ocho-.

De hecho, por pura casualidad, abrí los ojos cuando el desarrollador que más ha ayudado al equipo local estaba escribiéndome: quería que le explicara la reproducción de un defecto a una de las analistas de su equipo; eso me espabiló un poco, me levanté y pasé la computadora a la mesa del comedor.

Estuve tratando de reproducir el evento, pero no me fue posible; mi nivel de energía estaba super bajo; entré a la reunión de las nueve pero casi ni me enteré de que estaban hablando; luego entré a la reunión -de las diez menos cuarto- de mi área.

Esta estuvo un poco rara porque mi supervisor me pidió que compartiera mi pantalla; y empezó a revisar algunos avances con lo que estaba presentando; al final repartió algunas tareas, aunque yo no tuve claro si debía hacer algo.

Por todo lo anterior terminé desayunando hasta las once de la mañana; luego Rb me pidió que le quitara un seguro a la tijera que está utilizando para cortar el pollo -supuestamente entorpecía su uso-; pero no hubo modo: terminé quebrando uno de sus brazos.

Hicimos la rutina de ejercicios de los lunes -aún me sentía agotado- y después sacamos a caminar a los perros; pero aquí fue donde todo empezó a empeorar: Rb me reclamó -de forma suave- por el trato brusco con su perro (yo estaba irritado pues me molesta mucho cuando se ponen a ladrar dentro de la casa, lo que había hecho la perra).

Entonces salí bastante molesto -aunque traté de proceder con calma-; pero Rb también salió molesta; y se molestó más cuando la perra se negó a caminar en varios momentos -de hecho la dejó en la calle al inicio de la segunda vuelta-; todo estuvo muy confuso.

Mientras estábamos haciendo la rutina de ejercicio -casi a la mitad de la misma- recibí una llamada; pero ya no llegué a tiempo para responder; entonces intenté marcar desde el teléfono de Rb; pero me dí cuenta que se trataba de nuestra editora.

Ella es una de las mejores amigas de Rb -estudiaron juntas hace más de treinta años- y yo acudí a la celebración de su cumpleaños unas semanas antes; y se me había ocurrido invitarla al almuerzo que había planeado para celebrar el cumpleaños de Rb.

La verdad es que se me había ocurrido desde hace unas semanas, pero estaba esperando a que empezara el mes de junio; le escribí temprano para ver si podía llamarla al día siguiente (mientras Rb andaba en su clase de Zumba) pero ella me llamó intempestivamente.

Le escribí para comentarle que la llamaría más tarde -y continuamos con la rutina de ejercicios-; lo que hice después del mediodía: el plan es bien sencillo; hay un parque ecológico en un municipio aledaño, y el mes pasado le propuse a Rb que almorzáramos en el lugar para celebrar su cumpleaños -fuimos allí a almorzar hace tres o cuatro años-.

Fue unos días después de la propuesta -que Rb aceptó- que se me ocurrió que podría pedirle a su amiga que llegara -con su esposo- y que le diera la sorpresa de acompañarnos un rato durante el almuerzo -no le dije que llevara a su papá, pues está utilizando andador-.

Por supuesto que nuestra editora se emocionó -es muy agradable, la verdad- y me preguntó si iba a invitar a otras amigas de Rb -ella me sugirió un nombre-; o que podíamos llegar a su casa ese día -vive al otro lado de la ciudad-.

Le repetí que era algo sencillo, que Rb había andado bastante desanimada -habían sido semanas (o meses) raros- y que incluso un viaje cruzando la ciudad no le atraería; que incluso la comida tendría que ser provista por cada uno -aunque le indiqué que estaba dispuesto a ayudarles con el costo del combustible (lo cual rechazó de plano)-. 

Cuando entramos de la caminata puse a calentar la primera de las porciones que habíamos preparado el día anterior -la cantidad fue tanta que cada porción quedó de casi libra y media, por lo que decidimos prescindir de acompañamientos-; luego troceé un aguacate y me serví una cantidad mínima del arroz que Rb había cocinado.

Como empezó a llover cerramos todas las ventanas; pero la parte baja de la ventana de la sala no se cerraba por completo; entonces apreté más la manija y logré que se cerrara un poco más; lo malo es que, un poco después, oímos un ruido y Rb salió a ver: la paleta más baja se había quebrado: había un trozo de madera atravesado y el vidrio había cedido.

El almuerzo estuvo bastante callado; aunque, como en los días anteriores; Rb me estuvo consultando varias veces sobre el proceso que estaba siguiendo para ser traductora médica en la misma app que mi hija trabaja -al final completó el proceso-. 

Mi estado de ánimo andaba por los suelos; afortunadamente Rb se recordó que en el bosque del otro lado de la calle habíamos visto -hace muchos años- varias piezas iguales al vidrio que se había quebrado -algunos vecinos sacan este tipo de desecho cuando actualizan sus casas-; entonces fue por una de esas piezas.

Por la tarde no adelanté mucho en el trabajo -aunque la desarrolladora de la mañana me contactó para ver la reproducción, nomás le mandé los datos originales-; igual, seguía con el ánimo super bajo; a las cuatro le indiqué a Rb que iría a la vidriería que queda a un par de calles, para cortar el vidrio -habíamos desinstalado otra paleta para llevar como muestra-.

Ella se ofreció a acompañarme y nos dirigimos al lugar; y pasó algo raro -y no por primera vez-: al presionar el botón del timbre la recepcionista apareció de improviso dando un buen susto a Rb -aunque ambas se rieron de buena gana-; le expliqué lo que necesitaba y no tardó mucho en completarlo; y me cobró setenta y cinco centavos de dólar.

Aunque habíamos considerado pasar a dejar el vidrio a la garita y caminar hacia los supermercados en dirección sur, le comenté a Rb que era muy riesgoso para el guardia; que mejor viniéramos a instalar el vidrio y saliéramos más tarde.

Lo que sí hice antes de salir de casa fue escribirle a varios conocidos, amigos -y a un par de familiares, incluso- recordándoles que era el primer día del sexto mes -medio año- y deseándoles lo mejor; la mayoría me respondió con mensajes positivos. 

Procedimos de esa forma y a las cinco nos dirigimos a los supermercados; caminamos hasta el extremo sur del boulevard y luego al supermercado que está a medio camino -aunque Rb pasó aún a la veterinaria que está en el mismo comercial-.

En el supermercado compramos unas lechugas, unas alitas y un cartón de huevos -ya que ahora Rb consume más cada semana-; pagamos las compras y retornamos a casa; cuando vine me puse a completar algunas lecciones de Duolingo -aunque volví a bajar del nivel que quiero mantener-.

Iba a ver la segunda parte de In the Grey -o el último capítulo de la primera temporada de Criminal Records- pero me sentía bastante agotado -en el camino de vuelta, cuando Rb me preguntó sobre mi estado le indiqué que estaba harto de todo-.

Entonces, después de cambiar la ropa de cama -primer día del mes-, nomás me quedé dormitando en la cama; hasta las siete y media o así; hora en la que empecé a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

Mientras estaba dormitando estuve escuchando a Rb tomar la primera llamada como traductora en la aplicación en la que logró un contrato; la misma tardó más de media hora y Rb se ganó cuatro dólares por el trabajo -se supone que son siete dólares por hora-.

Pero la noche aún no había terminado: un poco antes de las diez Rb me pidió que la ayudara a configurar la cámara web en su computadora -no se había dado cuenta que no había transmitido video en la llamada-; y resultó que el antivirus estaba bloqueando la cámara; cambié la configuración y retorné a terminar mis notas.

El martes estuvo un poco más tranquilo; al menos en el plano doméstico: primero, como no quería volver a dormirme en la primera reunión de la mañana, después de meditar saqué la computadora del trabajo de mi habitación y me encerré en la habitación de a comida de los perros.

Allí llegó Rb a saludarme cuando se levantó -me parece que empezó a tomar llamadas desde un poco después de las siete-; después de que terminó la primera reunión del día volví a la cama; pero no me dormí: me puse a hacer lecciones de Duolingo.

Y estuve en la cama hasta que empezó la segunda llamada a las nueve; en la que -igual que la de más temprano- casi no hubo participación; de hecho utilicé los audífonos bluethoot pues Rb me había pedido prestados los que utilizo frecuentemente.

Rb había ordenado el día anterior unos audífonos, en la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos, los que le vinieron a dejar como a media mañana; con los mismos estuvo realizando algunas llamadas -pero luego dejaron de funcionar-.

La traducción le gusta mucho a Rb; tanto que, a la hora en la que teníamos que sacar a caminar a los perros, aún estaba recibiendo llamadas; por lo que saqué solo a los perros -la salida estuvo muy tranquila-; ella salió de su habitación hasta después del mediodía.

No recogí los desechos del patio -de hecho, me molesta la actitud de esperar que todo se complete, cuando hago una parte de alguna tarea-; cuando retorné con los perros nomás puse a calentar la comida del día (las porciones quedaron enormes: casi catorce onzas para cada uno).

Almorzamos nomás la porción que habíamos previso para el día (de la comida que preparamos el domingo); acompañado con medio aguacate -y yo, con fresco de rosa de Jamaica-; después me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas, y lo que me sobraba del pan del fin de semana: un trozo de pan dulce, medio cubilete y medio pan tostado.

Por la tarde el desarrollador que más nos ha apoyado escribió en la app de mensajes: acababa de liberar una nueva versión; nuestro supervisor nos solicitó, en el mismo sitio, que revisáramos el estado de los cambios que se acababan de implementar.

Y estuve trabajando un poco de eso durante la tarde; hasta cerca de las cinco de la tarde, a esa hora cerré la computadora y me puse a leer un poco del libro de francés que tengo a medias; luego me preparé para la caminata verspertina.

Caminamos, con Rb, en hacia los supermercados en dirección norte: justo en el extremo de nuestra caminata se encuentra la tienda por departamentos en la que Rb había comprado los audífonos -había escrito al servicio al cliente y le habían indicado que debía presentarlos para que se los repusieran-.

La señora que nos atendió se portó muy amable -aunque insistió en probar ella misma los audífonos en la computadora que estaba en el mostrador de servicio al cliente- y estuvo conversando con Rb durante mucho tiempo -pasaron del problema a detalles de la vida privada de Rb (curiosamente la señora tenía el mismo nombre)-.

Por fin terminaron de recibir el dispositivo defectuoso y le indicaron a Rb que le enviarían una nueva unidad a domicilio; entonces nos pasamos a la tienda verde de descuentos: debíamos reponer la tijera para cortar carne -y huesos- que había quebrado intentando quitarle el seguro (la misma nos costó dos dólares y medio).

Después de pagar por la tijera retornamos a casa; por la noche había pensado ver el último capítulo de la primera temporada de Criminal Record, o la segunda parte de In the Grey; pero, por una u otra razón no me dió tiempo para ver nada de eso.

Y las razones fueron: hice muchas partidas de ajedrez en Duolingo -y algunas lecciones de Matemáticas y algunas lecciones de Portugués-; también estuve conversando con mi hija mayor: unas semanas antes le había ofrecido que le facilitaría dinero para que no tenga que estar pagando varias veces en el mes por transferir dinero a su cuenta bancaria;

También aproveché para trasladar cuarenta dólares que tenía en la cuenta donde realicé algunas tareas online el año anterior: es la misma empresa en la que trabaja mi hijo menor, pero me había registrado como contratista-especialista.

Total que llegué casi hasta las diez de la noche en esos menesteres; entonces nomás me metí un rato en la habitación de Rb, para luego retornar a la mía, a meditar -en la mañana había aumentado en un minuto el temporizador del celular-; después me acosté y, como no tenía a mano la tablet, intenté dormirme nomás observando la respiración -me costó un montón, y sentí que me estuve despertando varias veces durante la noche-.

El miércoles me desperté con una sensación extraña: no sentía que hubiera descansado mucho;  pero me levanté antes de que sonara la alarma -menos de diez minutos- y medité veintiséis minutos; después repetí lo del día anterior: tomé la computadora del trabajo y me metí a la habitación de la comida de los perros.

Y en esta ocasión, como le había vuelto a prestar los audífonos a Rb, tomé unos audífonos de celular que tenía en mi estantería y los utilicé para tomar la llamada; Rb pasó a saludarme un poco después, antes de empezar a tomar llamadas.

Después de la reunión retorné a la cama, a hacer lecciones de Duolingo; pero estaba aún a medias cuando recibí una llamada de mi supervisor: había programado una reunión para revisar un defecto que habían reportado en la reunión de más temprano.

La reunión estuvo super larga -desde las ocho y media hasta las once de la mañana-; incluso cambié de los audífonos de celular a los bluetooth a las diez y media, para prepararme el desayuno -el cual ha estado bastante copioso-.

Después de la llamada me quedé en la mesa del comedor, revisando mis correos personales y realizando algunos movimientos bancarios -un poco más temprano le había enviado doscientos dólares a mi hija mayor- y actualizando varios de mis controles financieros.

Creo que la semana, en general, pasó más tranquila debido a que Rb empezó, desde la noche del lunes, a trabajar algunas horas cada día en la página en la que mi hija empezó a trabajar el mes anterior: traducciones por minuto.

Durante esta semana terminé el segundo libro de la activista -feminista- mejicana (Perras de Reserva) y estuve sopesando con qué continuar; o sea, he leído bastante por placer y había cambiado el francés por el español en la línea que leía antes -más de dos años- entre las definidas.

Pero no he encontrado, aún, qué leer en español; de hecho retomé un libro -en inglés- que había iniciado el año pasado -dejé varios a medias cuando tuve que cuidar a Rb después de su histerectomía- y que encontré -gracias a HackerNews- luego de leer un post postumo de una persona que se había dedicado a las finanzas personales.

El jueves y el viernes pasaron sin mucha acción -también me he estado diciendo que debo empezar a registrar nomás lo menos cotidiano, ya que muchas entradas han estado super largas-; el jueves el compañero más brillante retornó -luego de un día de vacaciones- y le pregunté si andaba buscando trabajo -se ha ausentado varios días en las semanas precedentes-.

Me comentó que aún no pero que sí lo estaba contemplando; entonces empecé a enviarle ofertas de trabajo de los grupos de whatsapp en los que estoy suscrito; también continué ayudando -utilizando LLMs- a mi conocida de Camerún: completamos un análisis FODA (o SWOT en inglés/francés) y le envié algunas acciones que podría realizar, aunque no estoy seguro de que aprecie mi ayuda.

Además, el jueves por la mañana me escribió mi hija mediana: confirmando que nos reuniremos el último fin de semana del mes, aunque no el domingo sino el sábado; por lo que tuve revisar la programación original: había previsto desayunar ese día con el analista más brillante del equipo.

Aunque, cuando le pregunté si estaría disponible, me comentó que prefería unírsenos al dev el sábado a las cuatro de la tarde -se supone que aún realizaremos esa reunión; a la cual también invité a la PM que me estuvo ayudando a realizar el Curso de Ciberseguridad-.

También quería, mi hija, que le ayudara con unas dudas de C: la última vez que nos vimos me había comentado que estaba leyendo uno de los libros clásicos de este lenguaje -tengo la impresión que es el mismo con el que yo aprendí (un poco) hace casi treinta años, en la facultad.

Como no me recordaba mucho de la sintaxis utilicé Mistral para revisar por qué el código no funcionaba; y estaba sencillo: le faltaba incluir un par de librerías -o sea, estaba utilizando un par de funciones que se encuentran en dos librerías diferentes-; le envié la solución y la felicité por su iniciativa.

Más tarde le envié un poco de recursos que encontré por la red para el aprendizaje de C; durante la mañana -había llamado a mi compañero más brillante- también había empezado un curso de Análisis de Datos utilizando Inteligencia Artificial con Python.

El jueves, al final de la tarde, caminamos hasta los supermercados en dirección norte; compramos pescado para el almuezo del viernes, en el supermercado del extremo; y, a medio camino de vuelta, pan para mis desayunos.

Y a ver cómo va eso. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario