Hace muchos muchos años, cuando aún leía -asíduamente- libros de ese tipo, recuerdo haberme encontrado con el título The 4-hour workweek; pero creo que para ese punto ya me había desencantado con este tipo de publicaciones -durante mucho tiempo consumí a Og Mandino, Norman Vincent Peal, Stephen Covey y más de esa calaña-.
Entonces no lo incluí nunca en alguna de mis listas pendientes; hasta que unas semanas atrás me econtré con un artículo de Tim Ferris en HackerNews; en el mismo este tipo indicaba que consideraba muerto el sector de libros de no ficción, gracias a la Inteligencia Artificial.
No sé si sus argumentos son válidos; creo que es muy diferente leer artículos, investigar, consultar libros de no ficción, con la bazofia que generalmente los LLMs intentan hacer pasar por redacción; pero bueno, cada quién con su opinión.
En el artículo ¿cómo no? el autor se refería a uno de sus libros -el que titula este texto- como un buen punto de inicio para aprender a aprender -sea lo que eso sea-; por supuesto que es un libro de motivación, con muchas anécdotas -y pruebas anecdóticas-; pero me llamó la atención, entonces decidí leerlo -aunque no terminarlo: son más de mil setecientas páginas-.
Y a ver cómo va eso...
El jueves me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bien raro: en el mismo mis hijos estaban pequeños -o adolescentes- y yo los llevaba a algún lugar -tipo el viaje que hicimos a la Suiza centroamericana-; pero también participaba la mamá de ellos.
Su participación no era necesariamente amigable, o cooperativa; pero, en algún punto andaba yo tratando de encontrarla, o llegar a donde ella se encontraba; y, por alguna razón, no estabamos peleando... super raro.
Entonces, el despertar fue bien extraño; pero me bajé al piso y medité los veintiséis minutos del ciclo en curso; después volví a la cama e hice más de media hora de lecciones de Duolingo -casi solo partidas de ajedrez-.
Salí al comedor un poco antes de las ocho y media y partí la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos -también quería esperarme hasta las nueve menos cuarto, por si Rb me necesitaba para alimentar a sus perros-; pero ella también salió de su habitación un poco más tarde -había estado contestando llamadas desde las siete-.
Entonces le confirmé el plan que le había comentado la noche anterior: quería ir a la cooperativa a depositar cincuenta dólares en cada una de las dos cuentas -por no tener mi documento de identificación no pude cerrar estas cuentas, por lo que me tendría que esperar exactamente un año para hacerlo-.
Me vestí y salí de casa un poco después de las nueve; el día estaba nublado por lo que la luz solar estaba bastante atenuada; caminé hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb; pasé al cajero automático -que se comportó bien extraño- y extraje cien dólares.
Luego pasé a la cooperativa y deposité la mitad en cada cuenta de ahorros; después entré al supermercado a ver si había aguacates en buenas condiciones: y sí, encontré una red con nueve pequeños aguacates con un nivel de verdor aceptable; después empecé el camino de vuelta a casa.
Retorné un poco antes de las diez y media y me preparé el desayuno: cinco cucharadas de avena en hojuelas, un banano -aunque luego del desayuno tomé otro-, un poco de papaya y una gelatina -ah! y tres almendras-.
Luego me quedé en la mesa del comedor, viendo algunos videos de Youtube y actualizando mis notas -incluyendo esta-; Rb salió en un par de ocasiones de la habitación, durante sus horas de tomar llamadas del Imperio del Norte.
Al mediodía salió definitivamente y completamos una rutina de ejercicios más extendida -es lo que hace cuando no acude a clases de zumba, los martes o los jueves-; después sacamos a caminar a los perros y preparamos la última porción de los almuerzos de la semana.
Durante la caminata de la mañana había visto bastantes automóviles en el boulevard -lo que atribuí al pago del bono catorce- y me había dicho que sería mejor utilizar el transporte público en mi salida vespertina; pero luego decidí que sacaría la van, y si veía mucho tráfico la retornaría a casa y llamaría una motocicleta.
A las tres y media -había puesto alarma- empecé a alistarme: tomé una ducha y me vestí para salir; a las cuatro tomé mi mochila y la caja de Scrabble e inicié el trayecto hasta el restaurante de pollo frito en donde solemos reunirnos con mi amigo poeta -ha publicado ya dos libros-.
Había previsto salir hora y media antes de la hora en la que habíamos acordado reunirnos -cinco y media-: él sale a las cinco de su oficina y, como se mueve en bicicleta por la ciudad, me había indicado que estimaba un viaje de media hora; yo había pensado pasar a llenar el tanque de la van, en caso no hubiera mucho embotellamiento.
Y no había mucho tránsito: por alguna razón encontré el boulevard bastante vacío; entonces pasé a echarle todo lo que pude de gasolina en la estación que se encuentra justo antes de entrar al boulevard principal -casi cuarenta dólares-; después continué mi viaje hasta el restaurante de pollo frito, llegando cuarenta y cinco minutos antes de lo previsto.
Entré al restaurante, me asignaron una mesa justo frente a las cajas, y le envié un mensaje a Rb, contándole lo temprano que había llegado; luego, cuando la mesera llegó a tomar la orden, pedí un café y un pastel tres leches; los que me tardaron casi el tiempo de espera -un poco después de las cinco le escribí a mi amigo para comentarle que ya estaba por allí-, mientras utilizaba los treinta minutos dobles -del challenge semanal- jugando partidas de ajedrez en Duolingo.
Mi amigo llegó un poco más tarde -no me dí cuenta de la hora porque estaba inmerso en una partida de ajedrez- y nos pasamos las siguientes dos horas -o un poco más- entre conversación y cena -pollo frito-; además empecé una nueva tradición: párrafo de recuerdos.
Se me ocurrió dividir la tapa de la caja de Scrabble en una cuadrícula de tres por cuatro e invitar a mis conocidos/amigos/familiares más cercanos a compartir un pequeño texto; el cual iniciaría -escrito por mí- con la fecha, el nombre, y una cita alusiva a la ocasión.
Le había sugerido a mi amigo que nos despidiéramos a las siete; pero cometí el error de invitarlo a una partida de Scrabble; no estimaba que la termináramos, pero él se emocionó co la partida y la terminamos bastante tarde.
Después de completar la partida pedí la cuenta -como veinte dólares-, y nos retiramos del lugar; en el estacionamiento nos despedimos e inicié el retorno a casa de Rb; por la noche ví una parte de la última película de Enola Holmes.
El viernes me desperté super temprano; ni siquiera había aclarado el día cuando abrí los ojos; me sentía lleno y recordé la cena tan tarde del día anterior; de hecho acababa de pasar de los tres meses de registrar mis días de ayuno intermitente y había sido el día con el período más largo de comida: dieciséis horas (tenía el cincuenta por ciento veinte/cuatro y el resto dividido entre veintiuno, y el resto hasta diecisiete).
En la llamada de las siete el supervisor en el Imperio del Norte soltó la bomba de que el analista más brillante había renunciado y se retiraría después de dos semanas; lo que, realmente, nos dejaba al resto en una posición bastante precaria: los dos proyectos más exitosos del área habían sido iniciados -y mantenidos- por esta persona.
Entonces fue un día de revisión de prioridades y de empezar a ver quién se estaría haciendo cargo de qué; al analista que vive en el pueblo donde mi padre creció le asignaron uno de los proyectos más pesados, pero a mí me asignaron la parte de automatización -que no creo poder continuar-.
Entré a la reunión de las nueve pero no hubo mucho que ver en la misma: los desarrolladores aún están acostumbrándose a la nueva plataforma; en la reunión de equipo -tocaba la que está programada cada dos semanas- se volvió a anunciar la salida del analista más brillante; y algunas medidas a tomar para compensar su partida.
Al mediodía completamos la rutina de ejercicios de los viernes; después sacamos a los perros y luego almorzamos lo habitual de los viernes: pescado frito y ensalada; por la tarde estuve corriendo los test cases automátizados aplicándolos a un ambiente en el que no lo había hecho antes; el resultado no fue muy bueno.
Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; alcanzamos el extremo del boulevard y luego pasamos al supermercado de la mitad del camino; allí compramos un poco de bananos; también compré un pepino y jamón de pavo, para el almuerzo con mi hija mayor del día siguiente; por la noche continué con la película que llevaba a medias.
El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné un rato a la cama, a completar las lecciones matutinas de Duolingo; luego salí de la habitación pues tenía dos horas para preparar el almuerzo que me llevaría a la reunión mensual con mi hija mayor.
Y es que Rb me había pedido que la acompañara a renovar su licencia de conducir; habíamos acordado salir de casa después de que les diera de comer a sus perros -a las nueve menos cuarto-; entonces me ocupé con la ensalada -utilicé en esta ocasión siete ingredientes- y de los rollitos de pollo.
Además, aprovechando el huevo que sobra luego de recubrir los rollitos con harina de coco y avena en hojuelas, preparé la torta para rellenar el pan para mi desayuno; terminé la preparación de estas tres cosas, guardé las ensaladas -y el aderezo- en la refrigeradora; y reservé los rollitos y la torta.
Un poco antes de las nueve abordamos la van y nos dirigimos al centro de emisión de licencia del municipio aledaño -en donde yo había renovado mi licencia dos o tres años antes-; cuando bajamos a la carretera que lleva al puerto vimos que la entrada a la ciudad estaba congestionada.
Afortunadamente no tuvimos que transitar mucho en esa ruta -el comercial en donde está el centro de emisión se encuentra al lado del carril que estaba completamente saturado-; pero el lugar estaba lleno: la fila para entrar a la oficina le daba la vuelta al edificio; incluso encontrar parqueo fue un poco difícil.
El trámite -como casi toda la burocracia local- es tedioso -a pesar de que es administrado por una empresa privada-; Rb tuvo que sacar unas copias, pagar por un exámen de la vista -la tiene perfecta-, y pagar por la emisión del documento; mientras estaba haciendo esto último yo aproveché para colocarme en la fila final -eso nos debe haber ahorrado una media hora-.
Al final salimos después de las once de todo el trámite y nos metimos a la cola de entrada a la ciudad; la cual estaba un poco menos complicada que más temprano; venimos a casa y terminé de preparar el desayuno de los sábados; lo consumí y empecé a preparar a los perros para la caminata.
Después de la caminata me metí a la ducha; luego del baño preparé la mochila con el almuerzo que había preparado, y la metí a la van, con la mochila habitual y la caja de Scrabble; y salí de casa un poco después de las doce y cuarto.
Sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero: nomás en la entrada al periférico encontré dificultad para avanzar; pero tomé una ruta lateral y salí casi en el lugar en el cual puedo incorporarme a la vía rápida; llegué al departamento de mis hijos antes de la una de la tarde.
Estacioné el auto en el sótano -teniendo cuidado de no tocar la bicicleta de mi hija mediana- y subí, caminando, al séptimo nivel; como faltaban unos minutos para la una aproveché para lavar -con agua y jabón- las dos latas de SevenUp light: al sacarlas del refrigerador había notado que estaban cubiertas de un líquido, que resultó ser agua de unas alitas que Rb había dejado en el compartimiento superior.
Después de lavar las latas le escribí a mi hija mayor, comentándole que ya me encontraba en el lugar -cuando entré escuché que estaba traduciendo una llamada- y aproveché para saludar a mi hija mediana -quien estaba preparandose para salir-.
Mi hija mayor salió un poco más tarde y nos dirigimos al parque temático; cuando salimos de la recepción del edificio vimos que el día estaba bastante gris; y antes de doblar la esquina empezó a lloviznar; le propuse a mi hija caminar bajo la lluvia -estaba ligera- y guarecernos en caso arreciara.
Lo que sucedió: a menos de la mitad del camino las gotas se incrementaron y nos tocó que entrar a refugiarnos a un centro comercial; estuvimos allí un rato -básicamente esperando a que se calmara la lluvia-, en el segundo nivel; cuando escuchamos que bajaba el ruido de la lluvia reiniciamos la caminata hacia el parque.
Aún recibimos una buena cantidad de agua -hubo períodos un poco más intensos en las tres o cuatro calles que nos faltaban- pero, al final, llegamos a la entrada del parque; la mayor parte de gente allí andaba con paraguas y la actividad se veía disminuída.
Entramos y nos dirigimos al área techada más grande; pero, debido a la lluvia, el lugar estaba sobrepoblado; todas las mesas estaban ocupada e incluso había gente sentada junto a las paredes; entonces caminamos hasta el otro espacio con características similares.
Pero estaba igual; incluso subimos al estrado -había unos niños jugando en las gradas- y tomamos una pequeña mesa que estaba allí; pero se acercó uno de los trabajadores del parque a indicarnos que no se permitía la permanencia en el lugar elevado.
Así que bajamos y nos acomodamos en la pared al lado del estrado; y allí empezamos a consumir el almuerzo que llevaba; lo incómodo fue que había tres o cuatro niños corriendo -y haciendo mucho ruido- en los alrededores; mucho tiempo después -la lluvia por fin amainó- una mesa fue liberada a nuestro costado; por lo que pudimos completar nuestro almuerzo más cómodamente.
Cuando terminamos de almorzar aún estaba lloviznando; le ofrecí -y aceptó- un helado a mi hija -el precio es casi el doble que en el exterior!- y después jugamos una larga partida de Scrabble; para terminar el tiempo allí le pedí a mi hija que escribiera algo en uno de los cuadros de la tapa de Scrabble.
Como ya había escampado nos dirigimos a la rueda de Chicago más grande del lugar; de lejos habíamos visto que estaba funcionando; pero cuando llegamos al lugar notamos que no estaba abierta al público; al parecer la tenían funcionando para darle mantenimiento nomás.
Entonces decidimos retornar a casa; afortunadamente la lluvia ya no se hizo presente y no tuvimos ningún inconveniente en el retorno; subimos al séptimo nivel y nos acomodamos en la sala; en done íbamos a practicar algo de origami, pero al final nomás estuvimos conversando hasta las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.
A esa hora bajé al sótano -mi hija me acompañó-, arranque la van e inicié el retorno a casa; el tránsito -por alguna razón- estaba más ligero que de costumbre: incluso en el semáforo de entrada al municipio -en donde me he tardado bastante en los últimos meses- pasé sin siquiera detenerme.
Vine a casa a las seis, estacioné la van, entré a casa, saqué a los perros grandes al patio y me cambié de zapatos; después le escribí a Rb para comentarle que iniciaba mi caminata para encontrarla en el camino; el clima estaba bien agradable y caminé hast el comercial que se encuentra en el inicio del boulevard; allí encontré a Rb; después de saludarnos continuamos la caminata hasta casa.
Por la noche estuve leyendo un poco del libro de uno de los escritores que conforman el grupo de Carmen Mola; además continué viendo la tercera parte de la película de Enola Holmes; aunque realmente me estaba quedando dormido en esto último: no me generó ningún tipo de afinidad -o sea, el Imperio Británico tratando de autojustificarse-.
El domingo me desperté a las seis y media y bajé a completar los veintiséis minutos de meditación; luego retorné a la cama y jugué varias partidas de ajedrez -tres me parece, para no completar el segundo challenge diario-; después de terminar las tres partidas me quedé en cama; no tenía ánimos para levantarme y terminé dormitando hasta casi las ocho y media, cuando Rb entró a saludar.
Y la verdad es que me sorprendió no haber hecho nada -más que dormitar- durante esa hora y media; o sea, quería leer un poco, o actualizar mis notas, o jugar Scrabble online, pero, simplemente, me quedé en una especie de sopor; pero luego me dije que hay días y días.
Me levanté un poco después y me preparé para salir: habíamos acordado con Rb acudir a la sucursal local de la empresa de telefonía -e internet- para devolver el módem del servicio anterior -el cual habíamos desconectado unos días antes-.
Caminamos hasta el comercial que está cerca de la iglesia de Rb -allí se encuentra la oficina de esta compañía- y subimos al segundo nivel; allí encontramos a un antiguo conocido de nuestro grupo de voluntariado -al que vimos unos meses atrás en un busito-.
Pero él no nos pudo antender -por alguna razón las funciones de las personas de atención al cliente están separadas-: nos asignaron a un escritorio y allí empezamos el procedimiento de cancelación; en cierto momento Rb me indicó que me mantuviera al margen y decidí salir del lugar -excusándome para ir a los servicios sanitarios del centro comercial-.
Me tardé un poco en el lugar y luego retorné al escritorio; en donde Rb continuaba con el trámite; al final no hubo mucha complicación -como habíamos esperado-; nomás nos cobraron los días que habían transcurrido desde la última facturación -casi dos semanas-.
Después de devolver el equipo pasamos al supermercado pues necesitábamos una manzana verde para la ensalada del día; luego iniciamos el camino de vuelta a casa; pero cuando pasamos al lado de la tienda de ropa usada a Rb se le ocurrió que podría encontrar algunos sostenes.
Y se tardó un buen rato en el lugar; además de tres o cuatro de estas prendas también compró alguna otra prenda deportiva; total que reiniciamos la caminata de vuelta un poco más tarde, viniendo a casa después de mediodía -registré la hora de desayuno a las doce y veintiocho-.
Mientras desayunaba Rb se puso a preparar las alitas del almuerzo -y a desinfectar los ingredientes de la ensalada-; después sacamos a caminar a los perros; cuando entramos le dí vuelta a las alitas e inicié a preparar a ensalada; luego almorzamos.
Después del almuerzo partí la papaya que Rb había dejado preparada en la cocina; luego empecé a trocear las verduras que le agregaríamos a los almuerzos de la semana: un güisquil -aunque luego salí al patio a cortar otros dos de la enredadera- y tres o cuatro zanahorias; mientras, Rb se hizo cargo del chile pimiento y los champiñones.
Después me metí a la cocina a lavarlos trastes del día -y a prepararle un té a Rb-; a las tres menos diez tomé mi mochila y la caja de Scrabble -aunque ahora llevaba mi ajedrez-, los metí a la van y arranqué para dirigirme a la casa del voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.
Llegué al lugar con dos o tres minutos de atraso -usualmente llego a las tres-, apagué la van, me bajé de la misma y toqué el portón de la casa mi amigo; él mi respondió desde el interior, indicando que bajaría en un momento; lo que hizo no mucho más tarde.
Abordamos la van y nos dirigimos a la cafetería en la que usualmente nos tomamos un capuchino y un pastel de chocolate -Selva Negra-; el lugar estaba un poco lleno pero pudimos encontrar una mesa de las cómodas -aunque al lado de los juegos infantiles-; mi amigo se hizo cargo de la cuenta (ocho dólares).
Y pasamos la siguiente hora y media entre café, pastel, conversación y una muy buena partida de ajedrez; la que logré que quedara -como casi siempre- en tablas: los dos reyes como únicos sobrevivientes de la batalla; un poco antes de las cinco le ofrecí pasar a dejarlo a su casa.
Salimos al parqueo, tomamos la van y pasé a dejar a mi amigo a su casa; nos despedimos e inicié el retorno a casa; afortunadamente -nuevamente- el tránsito estaba bastante fluido, con lo que no tuve muchas dificultades en el viaje de vuelta; por la noche terminé de ver la película de Enola Holmes.
El lunes me levanté antes de las seis y media, creo que un poco antes de las seis; y me quedé pensando que tomar comida al final de la tarde -o inicio de la noche- cambia por completo mi ciclo de sueño: igual me había sucedido el viernes anterior.
Después de meditar retorné a la cama a atender la primera reunión del día; en la que nomás estuvo nuestro supervisor, por parte del equipo; aunque no hubo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y continué trabajando en la mesa del comedor.
Un poco después de las ocho el supervisor me escribió en la herramienta de mensajes, invitándome a unirme a una reunión; no ví el mensaje pero ví la luz de los audífonos anunciando una reunión; entré y estaba el supervisor y la analista que trabaja a su lado.
Y empezó a explicar una nueva tarea relacionada con la revisión -y actualización, supuestamente- de una serie de documentos que no se han cambiado por más de diez años; lo bueno -creo- es que puso a cargo a la analista, a mí nomás me dejó apoyando.
La analista me escribió un poco más tarde para indicarme que revisaría algo de los documentos antes de que empezáramos a trabajar en los mismos; a las nueve tuvimos la segunda reunión del día y a las diez menos cuarto la tercera; en la segunda no hubo mucha novedad, pero en la tercera el supervisor se dedicó a repartir tareas -o a confirmar las que ya había asignado-.
Desayuné después de la tercera reunión -avena en hojuelas, un banano, un poco de papaya y una gelatina (sin azúcar)-; luego esperé por la reunión que el analista más brillante -quien nomás estaría dos semanas más- había programado: dos horas para explicar la realización de un par de pruebas.
La reunión empezaba a las once y empecé a grabarla en cuanto inició; y la verdad no puse mucha atención a la misma -estuve haciendo lecciones de Duolingo-, a las doce Rb salió de su habitación y completamos la rutina de ejercicios, luego sacamos a caminar a los perros.
Cuando entramos de la caminata la reunión aún estaba en curso -ya pasaba de la una- y pude participar con un par de preguntas; por fin, a la una y diez, detuve la grabación de la misma; en el ínterin había empezado a calentar la primera de las porciones de los almuerzos semanales.
Después del almuerzo preparé un café y lavé los trastes del día; luego esperé la reunión que la supervisora local había programado para las dos y media; el tema de la reunión era actualizar la información sobre la transición del equipo a otras compañías.
Básicamente empezaron ya los movimientos: los siete -ahora solo seis- de los dos equipos que se moveran a la empresa que anunciaron hace casi dos meses, estarán bajo la dirección del PM; el resto del personal seguirá estando a cargo de la supervisora.
Aproveché un poco el tiempo de la reunión para calmar un poco las aguas sobre los cambios que se vienen -todo el equipo local saldrá de la empresa, aunque la mayoría se irá a una tercera empresa-; intenté bromear un poco para relajar la tensión.
Hubo otras dos incidencias el lunes: cuando estábamos empezando la rutina de ejercicios mi amigo barítono me llamó para que lo ayudara con un contacto en el área administrativa del trabajo; por estos días está promocionando un taller de cuidado vocal y se está dirigiendo a los call centers de la ciudad.
Además, un poco más temprano, mi supervisora me había escrito por whatsapp para pedirme referencias de impresoras -está iniciando un emprendimiento de libros infantiles-; le escribí a nuestra editora, a mi amigo poeta, y a otro par de amigos escritores; y durante el día estuve enviándole la información que iba recibiendo.
Un poco antes de las cinco tomamos la van pues Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: la perra más anciana está recibiendo una inyección mensual para ayudarla con sus molestias en la columna vertebral -unos meses atrás había estado presentando una rigidez bienr rara-.
No había tránsito en el boulevard por lo que no nos costó mucho llegar al comercial más cercano en dirección sur; aunque sí tuvimos que esperar un poco al veterinario; este llegó un poco más tarde y Rb y su perra entraron a la clínica; yo me quedé en el exterior jugando ajedrez; pero luego me recordé que Rb me había pedido que comprara un poco de bananos.
Me levanté y me dirigí al supermercado del lugar; en donde compré algunos bananos que se veían por llegar a la madurez comestible; después retorné a la clínica; un poco más tarde Rb -y su perra- salió y retornamos a casa; en donde nomás dejamos a la perra y volvimos a salir, para caminar hacia los supermercados en dirección norte.
Rb quería comprar unos trastos para completar un conjunto de un día entero de comida para sus perros -nueve en total-: le faltaban dos o tres; el sol ya se había puesto y la caminata fue bastante agradable; y cuando estábamos entrando en la tienda verde de descuentos reconocí a la persona que estaba saliendo y nos sostenía la puerta.
A quien había visto seis o siete años atrás, cuando pasamos con Rb a cenar a una pupusería que se encontraba en el boulevard; en esa ocasión nomás nos saludamos y yo no hice ningún esfuerzo por mantener la conversación -o el contacto-; y luego, cuando empecé mi campaña de mejora de mis relaciones sociales, se me ocurrió que hubiera podido pedirle su contacto telefónico.
Le expliqué algo de eso -al principio no me había reconocido-, mientras su hija esperaba pacientemente; y me envió un mensaje a whatsapp para reiniciar el contacto -trabajamos juntos justo cuando mis hijos estaban naciendo-; ya en la tienda Rb encontró un paquete de seis pequeños tazones de plástico, con los que pasamos a caja y nos retiramos del lugar.
Después pasamos al supermercado del inicio del boulevard pues los bananos que había comprado aún no se veían preparados para el día siguiente; aunque no encontramos mejores opciones en el supermercado del lugar; de todos modos compramos tres o cuatro bananos adicionales e iniciamos el camino de regreso a casa.
En el camino de vuelta Rb había comprado, en una tienda veterinaria cerca del extremo del boulevard, un pañal para su perra más anciana: últimamente le ha dado por orinarse dentro de la casa y Rb quería probar dejarla por la noche con este artículo.
Por lo mismo esperaba ganar un poco de tiempo por la noche, al no sacarla a orinar en el período después de la cena y antes de que ella se retira a su habitación; entonces, a las nueve -estaba en mi habitación, leyendo, decidí lavarme la dentadura, darle las buenas noches a Rb y dar el día por concluido.
El martes me levanté a las seis y media; me sentía bastante cansado y me costó completar el periodo de meditación; después del mismo jalé la computadora a la cama, para atender la primera reunión del día; en a que no hubo mayores novedades.
Pero después de la reunión no me levanté: ni siquiera hice Duolingo, me sentí agotado y me quedé dormitando hasta un poco después de las ocho, cuando Rb entró a la habitación a saludar; aún me quedé un pequeño rato después de que salió; después sí, me armé de ánimos y salí de la habitación.
Eran casi las nueve -hora de la segunda reunión- cuando pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor; allí atendí la segunda llamada del día, en la que se revisaron las tareas de los desarrolladores; y a las diez menos cuarto nadie entró a la reunión del equipo.
Le escribí a dos analistas -al más brillante y al que vive en la ciudad colonial- para comentarle sobre la falta de quorum pero ambos me dieron la misma respuesta: el supervisor seguramente estaba ocupado y por lo mismo no habría reunión.
Así que, después de esperar un poco, me preparé el desayuno; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo -y a jugar una partida de Scrabble on line-; la analista -al igual que el día anterior- me había escrito para comentarme que aún estaba afinando algunos detalles.
Rb salió un poco antes de las diez para recibir su clase de zumba; y cuando regresó, un poco después de las once, me traía una pequeña -muy pequeña- porción del pastel de cumpleaños que habían comprado para su profesor de los ejercicios.
Luego de entregarme el pastel -del cual consumí, en el acto, la mitad- se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas; hasta las doce del mediodía, a esa hora salió y sacamos a caminar a sus perros más grandes; después calentamos, y consumimos, la segunda porción de pollo guisado con verduras.
Después del almuerzo me preparé un café y lo consumí con un par de mitades de galletas y la mitad restante del pastel que Rb me había traído; luego me encargué de los -pocos- trastes del día.
A las tres menos cuarto le dí de comer a los perros de Rb -ella me había escrito un poco antes, comentándome que la llamada en la que estaba se había alargado-; luego, cuando salió de la habitación, le preparé un té de manzanilla -aunque había olvidado, otra vez, la olla sobre la lumbre: ella se dió cuenta cuando ya se había evaporado la mitad del líquido-.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo llevaba la mochila con aislate térmico pues planeaba comprar la pechuga necesaria, para la preparación de los rollos de pollo, del almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado.
Caminamos hasta el extremo del boulevard -según google son exactamente dos kilómetros de caminata, hasta ese punto- y luego entramos al supermercado de las cercanías; pero no había pollo del que necesitaba -y el carnicero estaba en el exterior, refaccionando con sus compañeros-.
Entonces caminamos hasta el otro supermercado y allí sí compré la pechuga necesaria; también compramos algunos bananos, y Rb compró varias alitas de pollo; luego retornamos a casa; por la noche estuve avanzando en el curso de Data Science con Python y actualizando mis notas -incluyendo esta-.
Y a ver cómo sigue eso...
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