jueves, 12 de febrero de 2026

Ahora y en la hora... Now and in the hour... Maintenant et à l'heure...

Este es el segundo libro que leo del escritor colombiano que me recomendó mi amigo poeta; el primero fue sobre su vida, su familia, el amor especial que le proporcionaba su padre y, finalmente, el asesinato del mismo.

Fue leyendo algo del autor que me enteré sobre Ahora y en la hora; cuenta, con un estilo bastante periodístico, cómo sobrevivió a la explosión de un misil ruso mientras visitaba un lugar cercano a la línea de batalla, en Ucrania.

El incidente es bastante raro: en la mesa con la que departía con otras cuatro personas, él cambió de lugar con una escritora ucraniana; cuatro personas resultaron con heridas leves, pero esta mujer sufrió heridas que le causaron la muerte.

El libro es bastante sesgado -creo que es esperable- hacia la satanización de Rusia, su presidente, y esa parte del mundo, en general; personalmente creo que la guerra es terrible; pero no creo -desde hace mucho tiempo- en las explicaciones sencillas: Occidentales buenos/Rusos malos.

De todos modos es un buen relalto: describe de forma bastante detallada algunos aspectos del país, de la gente, creo que menciona bastante el tema judío -él menciona, como de paso, en el primer libro que leí que su familia tiene parte judía-.

Y estoy leyendo este libro en paralelo con Intermezzo; que me ha afectado de forma más profunda de lo que esperaba: ya han habido dos o tres veces en que le cuento a Rb el desarrollo del mismo, y la identificación que proyecto hacia el hermano con dificultades sociales.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me desperté bastante temprano; la noche anterior, por alguna razón, me había costado conciliar el sueño; y creo que parte de la razón fue un diálogo que había tenido por la noche con mi hija mayor.

...

De todos modos me desperté muy temprano; pero ni siquiera ví el reloj del celular, nomás continué dormitando, esperando a que sonara la alarma; cuando sonó me levanté a meditar; luego entré a la reunión diaria.

Cuando la reunión terminó nos comentaron que habría otra a media mañana; entonces me quedé un rato en la cama, haciendo lecciones de Duolingo; luego, un poco después de las nueve salí a prepararme el desayuno.

La siguiente reunión fue, efectivamente, a las diez de la mañana; pero, la verdad es que no me interesaba el tema, por lo que nomás le bajé un poco el volumen y llamé, por el celular, a mi amigo que vivía en la misma ciudad del Imperio en el que pasé un par de años.

Estuvimos hablando como una hora, con una pausa de varios minutos pues nos falló la conexión; mi amigo está considerando trasladarse a un estado vecino pues ya lleva varios meses sin trabajar por la situación actual en ese país.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros de Rb; después preparamos el almuerzo: burritos de pollo, zanahoria, lechuga y guacamol; después del almuerzo lavé los trastes que se habían acumulado.

Después del horario laboral caminamos hacia los supermercados en dirección sur; no entramos a ninguno pues nuestras provisiones tenían un buen nivel; nomás caminamos hasta la altura del más lejano y luego retornamos a casa.

El sábado me levanté a las siete y media; habíamos acordado -con Rb- ir a los supermercados a media mañana: el plan de los almuerzos de la siguiente semana incluía piernas de pollo doradas y queríamos adquirir el pollo en el supermercado más lejano.

Además, yo le había pedido a Rb que almorzáramos a la una de la tarde, porque quería salir de casa a las dos -habíamos quedado con mi ahijada profesional de pasar por su casa a las tres y media-; después de la meditación matutina del sábado consulté los mensajes de Whatsapp; y ví que tenía uno de mi ahijada enviado a las once de la noche.

El mensaje era para cancelar la reunión: una amiga -mamá de una ex compañera de facultad, me parece- acababa de morir, a causa del cáncer que había padecido por muchos años; entonces, el sábado era el entierro y no podríamos vernos.

Le envié un par de frases de consuelo; luego volví a la cama y me puse a completar algunas lecciones de Duolingo; después le escribí a Rb, comentándole lo sucedido a mi ahijada y cambiando nuestra hora de salida para la tarde.

Después de hacer algunas lecciones de Duolingo me quedé en la cama, avanzando en Ahora y en la hora, también en Intermezzo; un poco después de las diez salí de la habitacion y me preparé el desayuno de los fines de semana.

Casi todo el día me la pasé en mi habitación leyendo los libros en Inglés y Español; o jugando ajedrez -volví a sobrepasar el nivel de mil quinientos de ELO-; después del desayuno enduré un par de huevos y los reservé en la refrigeradora.

También rallé -y reservé- tres zanahorias pequeñas; un poco antes del mediodía me metí a la cocina a preparar mi burrito de huevos y zanahoria -relleno de pollo, mayonesa de aguacate y lechuga-; después del almuerzo lavé un poco de trastes -la mayor parte la había lavado antes de que almorzáramos-.

Por la tarde, hasta la hora en que salimos hacia los supermercados -casi a las cinco- continué con la lectura -me parece que dejé pendiente nomás un ciclo de cada libro-; también desarmé varios cubos de Rubik, para no quedarme solo con la lectura.

Al final de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección sur; como planeábamos traer seis piernas de pollo, llevaba la mochila que tiene aislante térmico; entramos al supermercado más lejano y saqué un poco de efectivo en el cajero automático -cuarenta dólares-; luego adquirimos el pollo.

Cuando salimos del supermercado le sugerí a Rb que camináramos las cuatro o cinco cuadras que nos quedaban hasta el final del boulevard; lo cual hicimos sin ningun tropiezo; en el otro supermercado compramos un poco de bananos.

Al regresar a casa almacené el pollo en el refrigerador y luego me puse a bajar la última película de Chris Pratt: Mercy; las últimas noches habíamos estado viendo episodios de Seinfeld y Rb sugirió continuar; pero le indiqué que prefería que nomás lo hiciéramos entre semana -ella había estado todo el día cosiendo ropa para sus perros, y viendo una serie precuela de The Shinning-.

Por la noche ví la película que acababa de bajar; la cual no me pareció muy remarcable: tal como había leído, una mezcla entre Minority Report y El Fugitivo; también armé el cubo de seis por seis -durante la semana coticé uno de siete por siete-.

El domingo me levanté a las seis y veinte; había quedado en reunirme con mi doctora a las siete y media y no quería llegar muy temprano -pero tampoco tarde-; medité y luego me metí a la ducha.

Consulté el estado del tránsito en Waze y me indicaba un tiempo de viaje de catorce minutos hasta el restaurante de costumbre; pero salí de casa a las siete y cinco; tomé la van y conduje -sin casi nada de tráfico- hasta el restaurante.

Llegué al lugar con cinco minutos de anticipación, entré al restaurante y me acomodé en una de las mesas más cómodas; como había llevado la tablet me puse a leer un poco de Intermezzo; a las ocho menos cuarto consulté whatsapp y ví que unos minutos antes mi amiga me había enviado un mensaje indicando que ya estaba en camino.

Llegó un poco después de las ocho -disculpándose porque ahora se parquea en un lugar más alejado de su casa-; ordenamos un par de desayunos -me hice cargo de la cuenta: catorce dólares y medio- y nos pasamos la siguiente hora entre comida y conversación.

Mi amiga tiene ya cuarenta y ocho años y le está pesando la soledad: se siente insegura con su cuerpo y siente que en la etapa de la vida en la que se encuentra ya debería tener una relacion estable -y quizá haberse reproducido-.

Como había quedado con Rb que la iba a conducir a su iglesia, quería estar de regreso a las nueve cuarenta y cinco; entonces había puesto una alarma en el celular para las nueve y veinte; cuando sonó dejé que continuara, hasta que mi amiga me preguntó si la alarma era para irme.

Le indiqué que efectivamente debía retirarme y la acompañé hasta donde había dejado estacionado su auto -ámbos tuvimos que pasar a la caja para el sello correspondiente del tiquet del parqueo-; nos despedimos y conduje -sin ningún embotellamiento- a casa.

Llegué a casa un poco después de las nueve y media; Rb aún estaba haciéndose cargo de algunas tareas de sus perros; un poco antes de las diez y media abordamos la van y la conduje a su iglesia -encontramos un pequeño embotellamiento en el boulevard pues una iglesia estaba cubriendo la mitad de la vía, ofreciendo oración a los automovilistas-.

Después de retornar de la iglesia estuve leyendo un poco de los dos libros que llevaba a medias; también hice algunas lecciones de Duolingo; un poco después de las doce Rb me llamó para que fuera por ella.

Cuando venimos sacamos a caminar a los perros; después preparamos las alitas dominicales; en lugar de las ensaladas de constumbre calentamos un poco de caldo de pollo que nos había sobrado de la semana; el resto de la tarde esperaba pasarlo leyendo en mi habitación.

Pero, se me ocurrió que podía obtener el certificado CAPM, que es un nivel bastante básico de Administración de Proyectos; incluso contacté a la persona que me refirió para el trabajo extra del año pasado -y a quién ayudé a obtener el certificado como Product Owner-.

Le pregunté si el CAPM era lo que estaba buscando actualmente -desde el año pasado, realmente-, y me comentó que no, que el certificado que le interesaba era el más avanzado: PMP; me parece que deben acreditarse varios cientos de horas en el tema.

De todos modos bajé un libro con preguntas similares al exámen y estuve trabajando casi toda la tarde en formatear las más de trescientas preguntas para poderlas utilizar en la aplicación de aprendizaje espaciado que publiqué hace un par de años.

Al final de la tarde le ayudé a Rb con la preparación de las piernas de pollo doradas que planeábamos almorzar durante la semana; después preparé las gelatinas para mis desayunos; un poco más tarde coloqué el pollo dorado en recipientes herméticos y, estos, dentro de la refrigeradora.

El lunes me levanté a meditar a las siete y media; después entré a la reunión del equipo; en general la semana laboral empezó rara: desde la semana anterior nos habían asignado tareas en un ambiente completamente diferente -y bastante precario, la verdad- en donde se había instalado una versión de la app que hemos probado desde el último año.

Pero yo casi no hice nada -justo ese día el analista más brillante envió un correo detallando las asignaciones de los cuatro miembros del equipo-; en lugar de avanzar estuve terminando de ajustar el archivo para estudiar para el certificado CAPM; finalmente lo pude adaptar.

La semana anterior había contactado a la compañera del gran país vecino del sur para preguntar sobre certificados en los que estuviera trabajando -es un tema en el que he meditado varias veces durante los últimos meses/años-; y no, no estaba obteniendo nada, nomás me pidió que le enviar el resto de videos que utilicé cuando obtuve el de PO.

Y el lunes por la tarde bajé el material -es un curso bastante antiguo de Udemy-; bastante pesado, eso sí: cuatro gigabytes y medio; de hecho me tocó que borrar algunos archivos grandes de mi máquina personal.

Al final del horario laboral nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección Norte; pero -como otras veces durante las últimas semanas- no teníamos nada que comprar; nomás caminamos hasta la altura del más alejado y luego retornamos a casa.

El marte empezamos a tener una reunión extra durante la mañana: ahora, después de la reunión diaria con el equipo -en la que, realmente casi no participamos- debemos entrar a otra con la persona que lidera las pruebas en el ambiente al que nos asignaron.

La persona encargada es -me parece- de ascendencia del subcontinente asiático; pero también asignaron a otra persona -del Imperio del Norte-; y este último estuvo un poco más incisivo en la revisión de los avances.

Con lo que, a partir del martes por la mañana, estuve trabajando más tiempo del acostumbrado en las asignaciones laborales; después de la reunión le pedí al analista que vive en la ciudad donde vive mi familia paterna que me explicara algunos detalles de un área de trabajo en la que él tenía más experiencia.

Y estuve tan ocupado que no avancé -casi nada- en la lectura de los nuevos libros en inglés y español; ni en la revisión del material para el certificado CAPM; igual, salí de mi habitación casi a las once de la mañana -desayuné bastante tarde-.

Almorzamos la segunda porción de pollo -acompañado de un cocido de acelga, tomate y huevo que Rb preparó el día anterior-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Yo quería comprar medio litro de leche pues había estado viendo algunos videos, en Facebook, que mostraban como preparar -en sartén- un pan -o pastel- con huevos, avena, leche y zanahoria.

Caminamos hasta el supermercado más lejano y allí compré medio litro de algo que se promociona como leche pero, en letra más pequeña, dice: leche entera reconstituida y ultrapasteurizada; cuando estudiaba en la facultad era parte esencial de mi alimentación.

En el otro supermercado compramos un poco de bananos y luego caminamos de vuelta a casa; por la noche estuve viendo la parte final de una película de acción que había empezado la noche anterior: Shelter.

El miércoles seguí trabajando más que de costumbre -que los últimos tiempos, al menos-; la reunión de equipo no estuvo muy tardada y luego entré a la de las nuevas asignaciones; el compañero que menos bien me cae no había entrado a las dos anteriores pero en esta presentó un poco de avance; yo comenté lo que había hecho el día anterior.

Después de la reunión volví a llamar al mismo analista que el día anterior y le pedí apoyo para completar otra tarea: tenía que interactuar con un equipo que se encuentra en un laboratorio en el Imperio y cuya estabilidad deja mucho que desear.

Volví a salir de mi habitación después de las once y a esa hora me preparé el desayuno; después continué trabajando en mis asignaciones; al mediodía, después de sacar a caminar a los perros, consumimos la tercera porción de pollo y un poco de acelga.

Por la tarde bajé un poco el ritmo de trabajo -aunque, de las ocho asignaciones nomás una me quedó pendiente-; como Rb tenía que entrar a su clase de teología a las seis y media iniciamos nuestra caminata hacia los supermercados a las cinco menos cuarto.

Caminamos hasta el supermercado más alejado; yo esperaba que compráramos un cartón de huevos en el lugar -los precios son más convenientes- pero Rb nomás compró cinco bolsas de alimentos para gato -la donación que se ha propuesto realizar mensualmente a los vecinos que adoptaron el gato (feral) que estuvo alimentando ella durante un tiempo-.

En el otro supermercado compramos un cartón de huevos y un poco de banano; después de pagar por las compras retornamos a casa; en donde preparé el pan/pastel que había estado previendo desde el fin de semana.

Utilicé una de las batidoras de Rb: batí la clara del huevo a punto de nieve; luego le agregué la yema, con media taza de leche -almacené las otras tres medias tazas en el freezer, para futuras preparaciones-, media cucharada de canela en polvo y una cucharada de miel.

Batí todo eso y, luego, le agregué una taza de avena; para finalizar agregué doscientos quince gramos de zanahoria rallada -la había preparado con la parte más fina del rallador y la había dejado reservada antes de iniciar-, media cucharadita de bicarbonato de sodio y media cucharada de vinagre de vinagre de manzana.

Esto lo batí un poco y luego lo cociné -diez minutos de un lado y cinco del otro- en una sarté que había cubierto con aceite; después del tiempo de cocimiento saqué la torta a un plato de cerámica para que se enfriara.

A las seis y media Rb entró a su clase de teología y yo me puse en mi computadora personal la segunda parte del último episodio de la segunda temporada de FallOut -el día anterior había visto la primera parte-.

Después estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -en Ajedrez me había mantenido un par de días con un ELO superior a mil seiscientos, pero volví a bajar a mil quinientos cincuenta-, además avancé un poco en el libro en inglés que empecé a sugerencia de mi hija mayor.

La clase de Rb terminó casi a las ocho y media; un poco antes de esa hora había tomado una ducha -cubriéndome el cabello para evitar la humedad al dormir-, después dividí el pastel en ocho porciones, los puse en un hermético y lo guardé en la refrigeradora. 

El jueves me desperté bastante temprano; al parecer estuve teniendo sueños bastante lúcidos -y concernientes al trabajo-: algo de que estaba en entrevistas de trabajo -no estoy seguro si como entrevistador o entrevistado-.

Me levanté a meditar y entré a la reunión de las ocho de la mañana; mientras ocurría la reunión hice un par de lecciones de Duolingo -de hecho discutieron uno de los reportes que había enviado el día anterior, pero no me percaté-.

Después de la reunión me quedé en la cama, esperando la siguiente: a las nueve y media entré a la reunión con los otros tres analistas locales, y tres en el Imperio del Norte; el líder; al ser cuestionado sobre avances compartí mi pantalla y mostré lo que había reportado el día anterior.

Estaba a mitad de la reunión -y presentación- cuando Rb entró a la habitación a despedirse: salí en su visita semanal al supermercado en el centro histórico; me levanté un poco después y terminé la reunión en la mesa del comedor.

Después -ya eran las diez, me parece- me preparé el desayuno; me había quedado la duda del pan hecho el día anterior por lo que me serví una mitad de una porción -después consumí la otra mitad-; y no quedó tan mal: un poco gomoso (no sé si por haber batido la clara de huevo en solitario) y no tan dulce como esperaba.

Decidí que para la siguiente semana trataría de batir todos los líquidos a la vez, un poco más de canela y el doble de miel -quizá también un poco más de bicarbonato+vinabre-; de todos modos me agradó el experimento.

Estuve el resto de la mañana trabajando en la mesa del comedor, probando la última de las asignaciones de la tarea que debía terminarse antes -o en- del viernes; también entré a la reunión bimensual que el jefe de mi supervisor convoca; lo cual fue un relajo porque nadie entró durante los primeros diez minutos.

Después de ese tiempo nos despedimos; pero unos minutos más tarde el jefe de mi supervisor inició la reunión y pidió que nos uniéramos; en la misma nos confirmó que después de la asignación actual esperaba que avanzáramos en un proyecto de automatización.

Rb retornó después del mediodía; casi a la hora en la que teníamos que sacar a caminar a sus perros; cuando entramos puse a calentar la última porción de pollo dorado y la penúltima -para mí- porción de acelgas; lo acomopañamos con fresco de rosa de Jamaica.

Por la tarde ya no avancé más en cuestiones laborales; estuve leyendo un poco del libro en inglés -aún no he decidido cómo hacer para terminar ambos al mismo tiempo-; después del horario laboral caminamos en dirección a los supermercados en dirección norte.

Después de la conversación con mi hija unas noches antes había decidido comprar un inflador de llantas de bicicleta en la tienda verde de descuentos; caminamos hasta el lugar y, al intentar pagar, encontramos una larga fila -quizá treinta personas-; nos dijimos que seguro muchos andan comprando regalos del día de San Valentín, por lo que dejamos la compra para otro día.

Pasamos luego al otro supermercado porque Rb también quería comprar una botella de cloro, pero que tuviera aspersor; no encontramos en ninguno de los dos lugares; después empezamos el camino de vuelta; pasamos a la panadería del camino, pero cuando ya había ordenado me dí cuenta que solo llevaba billetes de la más alta denominación.

Por lo que, para no afectar, el dinero suelto de la dependienta, nos disculpamos y nomás continuamos con la caminata; cuando entramos a casa me metí directamente a mi habitación, tomé unas monedas y salí a comprar el pan a la panadería de la vuelta.

Por la noche estuve en la habitación de Rb: ella había estado trabajando en una presentación para su clase de teología y yo avancé un poco en el libro en inglés -después de haber hecho las lecciones de Duolingo: volví a bajar a mil quinientos de ELO-; también le revisé la presentación cuando la concluyó.

Y a ver cómo sigue eso. 

 

  

 

viernes, 6 de febrero de 2026

Intermezzo... Intermezzo... Intermezzo...

Aunque es una palabra en italiano, cuya traducción en Francés e Inglés es Interlude y en Español, Interludio; prefiero dejar las tres formas del título en su forma original: es el título del libro en inglés que empecé a leer después de Proust and the squid.

Me parece que ya lo había agregado a mi lista de libros desde el año pasado; pero por alguna razón no lo había bajado -igual, durante el último mes y medio del dos mil veinticinco no abrí ningún libro, debido a la convalecencia de Rb-.

Pero hace unas semanas encontré un artículo donde Obama hablaba sobre su música, libros y películas preferidos del año que terminaba -me parece que los ha estado publicando anualmente por varios años-; y allí estaba otra vez: Intermezzo.

Así que lo bajé a la tablet y me propuse leerlo después del libro de no ficción; y el inicio me costó: el libro está escrito de una forma interesante; o sea, el primer capítulo no tiene diálogos ni una estructura -al menos no puedo reconocer una-.

Es como un soliloquio y un recorrido de los lugares y personas que uno de los hermanos protagonistas del libro va encontrando en su día/noche: es un abogado con adicción a tranquilizantes, muy carismático y en una relación -extraña- con una chica diez años menor que él.

El otro hermano -acaban de perder a su padre- tiene rasgos de autista y es un experto en ajedrez; y fue el segundo capítulo el que me convenció de continuar con el libro: sus capítulos si tienen una narración bastante convencional y unos diálogos accesibles.

Por supuesto que me sentí identificado con el hermano menor -por diez años-: es torpe socialmente -aunque acaba de completar un grado en física teórica- y conoce a una dama diez años mayor, con la que empieza una relación romántica.

El libro está interesante -aunque los capítulos del abogado son bastante complicados- y estuve leyendo un poco acerca de la autora -creo que no tiene ni cuarenta años-; creo que leeré al menos otro de la misma.

Y a ver cómo va eso.

El domingo me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de ajedrez; desde hace unas semanas he tratado de no salir antes de las nueve de mi habitación, para mantener un régimen de ayuno intermitente.

Casi a las nueve y media salí de la habitación y me preparé el desayuno de los domingos; la tortilla de harina estaba muy pegada a otra y se rompió en varias partes -la que quedó en la bolsa se veía más dañada-.

Después del desayuno lavé algunos trastes que estaban en la cocina y después avancé un poco en el segundo libro del colombiano; a las diez y media nos dirigimos con Rb a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel.

Llevábamos una lista algo grande -al menos más grande que la última vez- y al final mi parte de la cuenta ascendió a casi cien dólares; Rb no encontró una batidora manual que había visto en la página del supermercado.

En el camino de vuelta pasamos a una gasolinera a llenar el tanque de la van -cuarenta dólares- y luego retornamos a casa; Rb le escribió a una persona que vive en un departamento pegado a nuestro gran vecino del norte -y donde hay una sucursal del supermercado en donde sí estaba disponible la batidora-.

Al mediodía preparamos las alitas dominicales y la ensalada de costumbre; después del almuerzo -y el lavado de trastos- le preparé un té de manzanilla a Rb; el resto de la tarde estuve avanzando en el libro en Español.

A las cinco de la tarde nos metimos a la cocina a preparar los ingredientes para los almuerzos del lunes y martes: tacos de pescado; rallé una zanahoria, piqué un poco de lechuga y cilantro -Rb preparó una mezcla de tomate y cilantro-; también preparamos cuatro litros de fresco de rosa de Jamaica.

Rb se había mantenido en comunicación con su conocido y habían acordado que el hijo traería la batidora para entregárnosla en la estación de autobuses -vive, desde hace unas semanas, en una residencia universitaria al otro lado de la ciudad-.

Antes de que anocheciera me preparé para salir y estuve esperando a que el joven le avisara a Rb que ya habían entrado al departamento; pero llegaron las siete y no había señales del mismo, por lo que decidimos salir a las siete y media y esperarlo en la estación.

El tránsito estaba bastante ligero por lo que no tardamos mucho en llegar a la estación de los autobuses -queda muy cerca de la colonia en donde vive mi tía favorita-; estacioné el automóvil al otro lado de la calle y esperamos durante más de media hora.

El bus llegó, finalmente, a las nueve menos cuarto; Rb bajó del auto y fue por la batidora; pero luego retornó con el joven pues la estación estaba cerrada, el frío ha estado bastante fuerte y le ofreció refugio en la van mientras ordenaba un Uber.

Aún tuvimos que esperar diez o quince minutos más -el joven es basante bisoño, aún con voz de niño, nos contó que estudia Ingeniería en Mecatrónica-; finalmente el Uber llegó por su pasajero, nos despedimos, se bajó, y empezamos el camino de retorno a casa.

El lunes me levanté a las siete y media; creo que me desperté mucho antes debido a los ladridos del perro de algún vecino -o del frío intenso: la ola de frío realmente esta bajando la temperatura a niveles que no veíamos desde hace décadas (ocho grados centígrados)-.

Me levanté a meditar y luego retorné a la cama -con la computadora- para entrar a la primera reunión del día; la cual no tuvo muchas novedades: mi supervisor anda de vacaciones pero la persona con la que trabaja en el Imperio del Norte volvió a dirigir la reunión.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo, y leyendo un poco de Ahora y en la hora; un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno -avena, banano, gelatina y papaya-.

Luego de desayunar había pensado quedarme trabajando en la mesa pero al ver que Rb seguía en su habitación -el frío estaba bastante notable- retorné un rato a la cama; en donde me estuve hasta cerca de las diez de la mañana: a esa hora tenía una reunión con mi supervisora local y otro ingeniero.

El tema de la reunión eran las vacaciones -y la estrategia para bajar la cantidad- atrasadas; lo que me llamó la atención es que cuando entré al evento otro compañero se conectó, y luego otro; la supervisora se conectó un poco tarde.

Estábamos en los saludos iniciales cuando mi celular empezó a sonar -lo había dejado cargando en la mesita de noche de Rb-; no llegué a tiempo de contestar pero ví que me llamaban del grupo con el que acompañé a misioneros del Imperio del norte hace un par de años.

La reunión tardó menos de media hora y efectivamente era para comentarnos que la meta corporativa local es que nadie tenga más de dos períodos de vacaciones acumuladas (treinta días); pero haciendo un cálculo rápido (por los dos días de vacaciones por mes que he estado tomando desde hace casi tres años) ví que podía continuar igual.

Después de cerrar la llamada le escribí a la persona que me había llamado más temprano: me disculpé por no poder atender la llamada y le comenté que no podría acompañarlos este año -por cuestiones laborales-; que esperaba que me tomaran en cuenta en el futuro.

Y es que, Rb me lo recordó, había decidido ya no continuar con este grupo: el departamento comparte frontera con nuestro gran vecino del norte y, durante la última época, hemos estado viendo noticias algo preocupantes sobre el nivel de violencia -relacionada con el narcotráfico-.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado; antes de sacar a caminar a los perros Rb se encargó de extraer las espinas al trozo de mojarra que habíamos reservado unas semanas atrás; y, con la bolsa de filetes que compramos la semana anterior, preparó dieciseis porciones para rebosarlas en huevo y harina de arroz.

Mientras Rb se encargaba del pescado yo machaqué un aguacate para preparar guacamol; después sacamos a caminar a los perros: la caminata no tuvo ningún inconveniente y, cuando entramos a cassa, Rb empezó a cocinar el pescado.

Almorzamos los tacos -cuatro, realmente grandes- con una sopa que Rb preparó con las verduras que habían sobrado de los almuerzos de la semana anterior; después del almuerzo lavé los trastes que habíamos utilizado para preparar el almuerzo -era una montaña-.

También preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí: aunque los últimos días ya no había tomado refacción me pareció que era correcto consumir las ocho o diez bolsas de té de menta que han estado en la cocina por muchos meses -con fecha de vencimiento muy próxima-; acompañé el té con una galleta y un pan tostado.

El resto de la tarde estuve entre la mesa y la cama; de hecho estuve a punto de dormirme un rato pero preferí levantarme a ordenar un poco los trastos de la cocina; a las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur.

Pasamos al que queda a mitad del camino pues Rb quería comprar del tipo de pollo que le prepara a la perra más anciana; también compramos un poco de bananos; luego caminamos hasta la altura del supermercado más lejano y dimos la vuelta.

Antes de entrar a la calle donde vivimos cruzamos el boulevard para pasar a la tienda de las verduras: la papaya estaba a punto de terminarse; compramos una papaya que ya estaba casi madura -dos dólares- y luego retornamos a casa.

Por la noche estuve leyendo un poco de Intermezzo y anotando los movimientos del algoritmo adicional para resolver el último cubo de Rubik que les regalé a mis hijos: mi hijo menor y mi hija mayor ya lo resolvieron -debido a que ya habían aprendido los dos anteriores-; mi hija mediana aún va por la primera etapa.

El martes cumplí cincuenta y tres años -subí un recuento del día en la anterior entrada-.

El miércoles pasó sin muchos cambios: meditación, reunión temprana, desayuno -con pastel- a las diez; por la mañana pagué el servicio de Internet del departamento de mis hijos; almorzamos un burrito, aunque Rb tuvo dificultades en  preparar las tortillas -creo que eran de harina de arroz-.

Por la tarde preparé un té de manzanilla para Rb y uno de menta para mí -por la mañana había tomado una taza de café-; acompañé el té con una porción de pastel -de cumpleaños-; a las cuatro y media -media hora antes de la hora de salida- caminamos hacia los supermercados en dirección sur.

Salimos más temprano porque Rb tenía su clase de teología a las seis y media y quería estar preparada antes de entrar a la misma; no entramos al supermercados más lejano, nomás dimos la vuelta cuando llegamos a la altura del mismo.

En el otro supermercado compramos un poco de pollo y bananos; por la noche vimos un capítulo de Seinfeld -creo que el segundo de la primera temorada-: le sugerí a Rb que viéramos las nueve temporadas.

El jueves era mi primer día de vacaciones del mes; como la semana anterior no había podido reunirme con mi excompañero de la facultad, con quien me reencontré en el evento de bodas de plata de graduación, le había propuesto que nos reuniéramos ese día.

Le había escrito a principios de la semana y había aceptado la reunión; luego, un día antes, me había escrito para comentarme que -otra vez- lo enviaban a una reunión en una de las zonas más afluentes de la ciudad.

Entonces, para el miércoles en la noche, creí que no nos íbamos a reunir; le había dicho a Rb que la iba a acompañar nomás la mitad de su salida el jueves, luego le dije que la acompañaría todo el camino; entonces no quise decirle el miércoles por la noche que me quedaría en el comercial donde se estacionan los busitos -y almorzaría afuera-.

Pero el jueves temprano le comenté que me había vuelto a escribir mi ex compañero y que sí íbamos a reunirnos; de hecho esta persona -me frustra- me había indicado que aún confirmaría a las diez de la mañana.

Por la noche había decidido que si no podía reunirme con mi compañero me quedaría almorzando, solo, en el lugar; el plan era pasar a una sucursal de la cooperativa en la que tengo un par de cuentas de ahorros y depositar las cuatrocientas monedas de cinco centavos que había contado la semana anterior.

El jueves medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo, y leer un poco; después me bañé y, luego, preparé mi desayuno; un poco después de las nueve salimos hacia el supermercado del centro histórico.

Llevaba mi mochila negra, en la que había metido uno de los paquetes de incienso que mi hijo menor me regaló en Navidad; también algunos cubos de Rubik; el busito no tardó en pasar y llegamos bastante rápido a la estación del transmetro.

Tomamos un bus articulado y nos apeamos frente al mercado en el que Rb acostumbra comprar las frutas para su consumo semanal; nomás compró varias libras de moras y un par de bolsas de peras; en la misma estación abordamos el bus de vuelta.

En el comercial en donde se estacionan los busitos entramos al supermercado; Rb compró una bolsa de manzanas y escogimos una pequeña red de aguacates; después acompañé a Rb a la farmacia -tenía que comprar algún medicamento-.

Después de la farmacia acompañé a Rb a abordar el busito; me subí y aún me estuve un rato acompañándola; luego nos despedimos y me dirigí a la cooperativa; pero resulta que esa sucursal no era de la misma en donde abrí mis cuentas.

Entonces me pasé a un banco fuera del comercial y allí entregué las dos bolsitas en donde llevaba las monedas separadas; la cajera se sorprendió un poco con mi transacción y procedió a dirigirse a -me imagino- la máquina que utilizan para contar monedas.

Luego regresé al comercial pues ya casi era la hora de encontrar a mi amigo en el tercer nivel -doce y cuarto-; aún pasé a preguntar por unos cubos de Rubik de siete por siete -el precio es ligeramente más caro que los de seis por seis que compré el año pasado-.

Mi amigo llegó exactamente a las doce y cuarto, nos saludamos y me indicó que quería invitar en esta ocasión; le sugerí Taco Bell; compramos un par de menús y nos instalamos en las mesas del lugar.

Estuvimos un poco más de una hora entre almuerzo y conversación: mi amigo ya inició los tramites para jubilarse del trabajo gubernamental en donde ha estado durante los últimos veinte años; además de dar clases en una universidad privada, anda buscando de qué otra forma balancear su presupuesto después de retirarse del gobierno.

Un poco después de la una nos despedimos y salí a tomar el busito para retornar a casa; cuando entré a la calle encontré a Rb fuera del portón de su casa: acababa de sacar a caminar a la más anciana de sus perras.

Lavé un poco de trastes y preparé los tés de la tarde -que acompañé con pastel-; luego levanté objetos del piso pues había previsto realizar la limpieza semanal; a las cuatro de la tarde caminamos hacia los supermercados en dirección Norte.

Rb me había pedido que la acompañara a la tienda en donde usualmente compramos ropa y zapatos -de segunda mano-: quería comprar algunas colchas para hacerle trajes a sus perros grandes.

Entrando al lugar ví algunas mochilas con un precio bastante bajo -casi la cuarta parte de la última que compré-; reservé una y acompañé a Rb en la búsqueda de colchas para sus perros; al final encontró tres y pasamos a pagar; por la noche continué con Intermezzo, ajedrez en Duolingo y el penúltimo capítulo de la primera temporada de Seinfeld.

Y a ver cómo sigue eso...

martes, 3 de febrero de 2026

Cincuenta y tres es un número primo… Fifty-three is a prime number… Cinquante-trois est un nombre premier…

Este día llegué a esta cifra de años que han pasado desde que entré en esta realidad; mi padre había muerto un mes antes y mi madre -con niño de dos años- aún era una adolescente; no muy buenas perspectivas, creo.

Además era una persona sin estudios -no sé si había pasado del primer grado en la escuela-, y sus padres -mi padre era un alcohólico que había sido trabajador en una cantera y por esa época vendía leña que bajaba de la montaña- se habían divorciado un tiempo atrás.

No sé a ciencia cierta toda la historia; la verdad, prefiero no conocer muchos detalles; pero no era un escenario muy propicio; tampoco sé cuál era el acuerdo entre mis padres, pero sí me contaron de muy joven que mis abuelos paternos trataron de quedarse con mi hermano mayor y yo (o no sé si solo con mi hermano mayor).

Ah, y dejaron a mi madre en la calle: cierto dinero que debía haber sido para mi madre lo tomaron mis abuelos y mis tíos paternos -mi padre tenía un grado medio en el ejercito-; supuestamente compraron -y destruyeron- un camión con eso.

Me llamó la atención que mi madre no les guardó rencor: mientras iba creciendo recibimos en la casa -mi madre se casó a los dos años con quien siempre he visto como mi padre- a mis tíos paternos; y -con mi hermano- pasamos varias vacaciones escolares en la casa en donde había crecido mi papá biológico.

De todos modos me considero afortunado: fuí el primero de mi familia en atender -y graduarme- de la universidad; o sea, no he tenido el éxito financiero que esperaba obtener, pero he conseguido un buen grado de paz.

El año pasado, en este día, me envié una carta, resumiendo -o tratando de- los acontecimientos del año anterior; y expresando algunos buenos propósitos para el año que empezaba.

Y la verdad, no ha cambiado mucho la situación: ya no he participado -ni creo que participaré este año- en jornadas médicas; aunque me gustaría seguir ayudando a algún grupo con interpretación inglés/español.

Sigo -afortunadamente- en el mismo trabajo, ya son más de once años; vivo en el mismo lugar y mantengo la rutina de meditación diaria; aunque hubo un pequeño cambio -en la sección nocturna-: ahora medito a las diez -cuando Rb realiza su devocional cristiano diario-.

Los ejercicios semanales han quedado en pausa debido al reposo médico que le recetaron a Rb después de su histerectomía a mediados de noviembre; durante las últimas semanas hemos salido a caminar los cuatro -y medio?- kilómetros diariamente.

Sigo practicando -o al menos leyendo en - Francés -aunque no he abierto un libro en este idioma desde mediados de noviembre-; no he practicado conversación y debo pensar en alguna forma de mejorar en este aspecto.

Concluí el curso de Portugués en Duolingo; pero luego le agregaron otra unidad, la cual aún no he concluido (sesenta por ciento?) porque me he dedicado más a intentar mejorar mi nivel en ajedrez -no logro pasar de un ELO de mil quinientos-.

Pero leí un par de libros en Portugués el año pasado; además bajé varios libros del mismo idioma y los agregué a mi lista de pendientes; pero, al igual que con el Francés, no he practicado conversación.

No pagué los meses que había previsto en Busuu; me molestó que cuando intentara contratar la membrecía -debido a mi ubicación geográfica- el precio se duplicara -o algo así-; nomás terminé todo el contenido -accesible- en Francés y Portugués y desinstalé la aplicación.

No he escrito mucho código, aunque sí he utilizado varios LLMs para 'mejorar' o 'adecuar' código que ha compartido el analisa más brillante del grupo: logré sobreponerme a un error en la instalación de una app, y luego utilicé código para extraer todos los Casos de Prueba de una Suite.

Con respecto a los certificados: me dí por vencido; o sea, tuve intenciones de obtener ITIL Foundation, pero luego ví un par de ofertas laborales en que pedían el certificado y no me parecieron atractivas.

Luego estuvo estudiando durante varias semanas para AWS Architect; pero luego me enteré que la versión para la que estaba estudiando estaba por vencerse; conseguí un par de guías para la siguiente, pero dejé a medias la adecuación del material para mi app de repetición espaciada -con la que obtuve el certificado de SCRUM-.

Al final me sentí desmotivado por -lo que percibí como- la inutilidad de obtener certificados por la etapa -la edad básicamente- en la que me encuentro en materia laboral; aún tengo pendiente decidir qué haré en este punto.

Lo otro destacado del año anterior fue el mes que trabajé en paralelo en otra empresa del Imperio del Norte: me gustó la experiencia de entrar, todo el proceso -incluída la entrevista final- fue completamente en inglés.

Pero no me gustó hacer lo mismo dos veces -aunque le dinero fuera el doble-; aún sigo buscando formas alternativas de generar más ingresos -sin descuidar el trabajo en el que he estado durante más de una década- 

Y puedo resumir el día de mi cumpleaños así: me desperté muy temprano -hizo menos frío que el día anterior pero el tránsito ha estado (creo) más ruidoso- pero me levanté a meditar a las siete y media.

Luego retorné a la cama, a atender la llamada de la reunión diaria; en la que la participación de mi equipo es mínima; la llamada tardó un poco más de media hora, me quedé en la cama haciendo lecciones de Duolingo y a las ocho y cuarenta recibí una llamada.

Era mi madre, comunicándose por mi cumpleaños; conversamos un poco -por alguna razón me cuesta dialogar con mis padres-; luego continué con Duolingo, y un poco del libro en Inglés (Intermezzo).

Rb entró a la habitación un poco después y estuvimos conversando un poco; a las diez salí de la habitación; iba a prepararme el desayuno pero Rb me había comentado algo de la basura, salí a dejar las tres bolsas al portón.

Cuando salí ví una motocicleta de mi pastelería favorita; pero el joven conductor parecía estar durmiendo sentado; le pregunté si venía acá -la verdad me sorprendí- y me comentó la dirección, además me dijo que se había detenido un momento porque andaba con fiebre.

Entré a la casa a pedirle a Rb algo para la fiebre; también le comenté que 'alguien' me habían enviado un pastel; y ese 'alguien' era ella -me sorprendió-; salió de su habitación y salimos con un par de Tylenol -y un vaso de agua- para el joven, también Rb pagó el pastel (doce dólares): era uno especial de cumpleaños.

Entonces decidí prepararme una taza de café y corté un gran trozo de pastel (quizá una quinta parte); un poco después tomé un tazón de avena, y un banano; luego le comenté a Rb que quería regalarle un cuarto del pastel a la vecina; ella no vió objeciones.

Partí el pastel, lo coloqué en un plato y le pedí a Rb que le hablara a la vecina -me molesta gritar-; ella salió y probó llamarla, luego pasó al patio vecino y tocó la puerta; al parecer la casa estaba vacía.

Al mediodía preparamos los tacos de pescado -igual a los del día anterior-; después del almuerzo lavé los trastes y, un poco más tarde, preparé un té de manzanilla para Rb y un té de menta para mí; lo que consumí con una pequeña porción de pastel -un poco antes había cortado el sobrante en diez o doce porciones, que almacené en un par de herméticos en la refrigeradora-.

A las cinco de la tarde salimos a caminar; le había comentado a Rb que había decidido regalarle el pastel, que no pude darle a la vecina, al guardia de turno; afortunadamente se trataba del anciano con el que mejor nos llevamos.

El otro, por cierto, más joven, y con menos tiempo en la garita; acaba de renunciar pues -al parecer- su esposa ha entrado en la fase terminal de su enfermedad: había estado mucho tiempo recibiendo tratamiento de hemodiálisis.

Pasamos a dejarle el pastel al guardia y caminamos hacia los supermercados en dirección Norte; no previmos comprar nada sino simplemente llegar al más lejano, dar la vuelta y retornar a casa; lo que hicimos sin ningún contratiempo.

Dos o tres conocidos me escribieron por whatsapp -mi segunda ahijada profesional entre ellos (y mi hija mayor)- para desearme un buen día; también recibí mensajes de felicitación en mi muro de Facebook -algún año fueron más de cien, ahora fueron casi veinticinco-.

Ha sido un buen cumpleaños.

Y a ver cómo sigue eso. 

 

domingo, 1 de febrero de 2026

El olvido que seremos… The Oblivion That We Will Be… L’Oubli que nous serons…

La última vez que cené con mi amigo poeta me recomendó un libro -el mencionado en el título de este texto-; anoté el título en la app que hice para recordarme pendientes, pero no tenía mucha intención de leerlo.

Mi amigo ha publicado dos libros: el primero es una serie de relatos que me recuerdan mucho al que me otorgó el primer lugar en el primer certamen de microcuentos de esta ciudad; el otro tiene narraciones un poco más extensas, pero -creo- bastante crudas.

Pero en otras ocasiones que hemos conversado sobre lecturas me ha referido a libros -creo- bastante poéticos: no me atrae mucho ese género de literatura; además, me mencionó el título cuando le estaba contando algo sobre la ausencia de mi padre desde un mes antes de que naciera -falleció casi exactamente un mes antes-.

Pero, finalmente, descargué el libro -curiosamente también descargué otro del mismo autor, un poco después- y empecé a leerlo durante la semana pasada; específicamente porque me estaba costando avanzar con Proust and the squid y es una forma -al combinar la lectura- de motivarme.

El libro me recuerda -como lo han hecho varios autores colombianos- al autor de Cien años de soledad; o sea, las descripciones de las ciudades y los pueblos es bastante bubólica; también los temas que trata: familia, relaciones filiales, violencia política.

Como el año pasado había leído un par de capítulos de Proust and the squid -son nueve- y retomé la lectura con otros dos, decidí leer el libro en español en tres partes: catorce capítulos en cada una.

Y la diferencia es -como casi siempre- bastante marcada: leer catorce capítulos me ha tomado menos de la mitad del tiempo que me ha llevado leer dos capítulos del libro de no ficción; y no es que no me guste este último: la forma en la que son presentados los temas es muy atractiva.

Y a ver cómo sigue eso.

El lunes me levanté bastante temprano; percibí la luz bastante clara pero me quedé dormitando; ví el reloj y eran a penas las seis y media; por lo que volví a conciliar el sueño por otra hora.

A las siete y media me levanté a meditar; luego retorné -con la computadora- a la cama, para entrar a la reunión diaria del equipo; la que estuvo bastante extensa: la persona que trabaja con mi supervisor en el Imperio del Norte estuvo revisando los comentarios de los clientes que dejaron la semana anterior.

Un poco después de las nueve de la mañana me levanté a prepararme el desayuno de los primeros cuatro días laborales: un tazón de avena, un banano, una gelatina y un poco de papaya; luego me quedé en la mesa del comedor, revisando los correos -y algunos artículos de The Hacker News.

A media mañana Rb se dirigió a la tienda de las verduras pues ya no teníamos papaya; yo saqué al patio, un rato, a los tres perros; un poco más tarde regresó con las compras y, un poco antes de salir a asolearnos, puse un par de tazas de arroz en la estufa.

Como era el último día del ciclo de capacitación de Rb en el lugar en el que espera trabajar algunas horas semanalmente tenía la intención de dejar preparado todo antes de la hora del almuerzo -estábamos almorzando una hora más tarde desde el martes anterior-.

A las doce y media Rb entró a la reunión del nuevo lugar del trabajo, pero sucedió algo raro: la persona que los había estado capacitando les comentó que el cliente había cerrado el proyecto; la verdad fue confuso, o sea, dijo que se continuaria el proceso, la revisión de la documentación que ya habían aportado y que se les enviarían evaluaciones a su correo.

La sesión tardó menos de media hora por lo que pudimos preparar el pollo y el arroz antes de la una; terminamos de almorzar bastante temprano; después lavé los trastes del almuerzo y preparé el té y café de la tarde.

A las cinco caminamos a los supermercados en dirección Sur; llegamos hasta la altura del más alejado pero no entramos al mismo; en el otro supermerado compramos un poco de bananos -Rb había comprado, por la mañana, rosa de Jamaica-.

El martes fue bastante tranquilo en el tema laboral: a diferencia del día anterior, la reunión no fue tan extensa; ahora la volvió a dirigir el desarrollador líder en el Imperio del Norte; el resto del día nomás me mantuve conectado a la máquina virtual en la que está la app que probamos.

Antes de salir de la habitación -casi a las diez- Rb entró a comentarme que había recibido un correo del lugar en el que había estado capacitándose: les informaban a todos los del grupo que todo quedaba detenido -muy raro, la verdad-.

Ella se mostró bastante desanimada por lo sucedido, e incluso preocupada de que su información fuera usada para fines no adecuados; le comenté que era normal que en este tipo de empresas los proyectos fueran cambiados; y que no había compartido información tan tan privada.

Durante el día estuve completando varias lecciones de Duolingo -especialmente en Ajedrez- pues el reto -desde el día anterior- consistía en completar ochenta lecciones en conjunto con Rb; también estuve leyendo.

Estaba por terminar los dos capítulos que me había propuesto de Proust and the squid -en estos hablan sobre problemas comunes en el proceso de aprendizaje de lectura; y de los aspectos genéticos involucrados en la misma- y, luego de completarlos, continué con el libro en español.

Por la tarde, luego de lavar los trastes del almuerzo, preparé un té para Rb y un café para mí; el cual consumí con el último muffin de la docena que me había obsequiado el jueves anterior; y una galleta de chocolate.

A las cinco caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; yo quería comprar un paquete de toallitas con cloro -ya hacía varias semanas que me había acabado el anterior- y Rb quería ver si conseguía un recipiente para tapaderas de ollas.

Además, debíamos comprar sal -de mesa y de cocina- y, recordábamos, era en la tienda verde de descuentos donde nos habíamos provisto en el pasado; pero no había de ninguna de las dos en ese lugar.

Después de pagar las toallitas nos pasamos al otro supermercado; allí encontramos sal de mesa y compramos algunos bananos que aún estaba un poco verdes; luego caminamos de vuelta a casa -en esta ocasión el viaje nos tomó casi hora y media-.

Por la noche vimos un capítulo de la serie All her fault; además, recordé que aún no había terminado de ver el último show de stand up de Chapelle -lo había bajado un par de días antes-; y casi concluí el libro en español.

El miércoles me levanté a las siete y media, medité y tomé la llamada de la mañana en la cama; la cual volvió a ser bastante corta; me parece que la mayor parte de los asistentes querían entrar a una reunión que había programado el nuevo CEO.

Yo me quedé en la cama hasta casi las diez de la mañana nuevamente; Rb entró un poco antes a la habitación, pero continué un rato mas, haciendo algunas lecciones de Duolingo y leyendo un capítulo -el penúltimo- del libro del colombiano.

A las once de la mañana -después de que había desayunado, y leído un poco más- Rb me propuso que nos asoleáramos un rato -lo hace varias veces a la semana, debido a que le detectaron un nivel bajo de vitamina D-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; después puse a calentar -en una olla de aluminio- la porción de caldo de pollo del día;  al finalizar la tarde -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos una libra de sal de cocina -gorda-; luego, en el de la mitad del camino, compramos un poco de bananos y dos lechugas -se suponía que usaría una de estas en el almuerzo con mi hija mayor el sábado-.

El Jueves era mi segundo día de vacaciones del mes; me levanté a la misma hora, medité y luego me quedé en la cama, leyendo un rato; a las nueve salí a prepararme el desayuno pues había acordado acompañar a Rb en su visita semanal al mercado del centro histórico.

Se suponía que de vuelta nomás la acompañaría hasta el comercial en donde se estacionan los busitos: había acordado reunirme para almorzar -a las doce y cuarto- con mi ex compañero de facultad con quien me reconecté -en nuestro veinticinco aniversario de graduación- el año pasado.

Pero antes de salir revisé Whatsapp y encontré un mensaje que me había enviado un poco después de las seis de la mañana: lo enviaban a una reunión a la zona diez y pedía aplazar la reunión una semana.

Realizamos la visita al mercado del centro histórico sin ningún contratiempo: Rb nomás compró varias libras de moras allí; luego tomamos el transmetro para iniciar el viaje de retorno; en el supermercado del comercial donde se estacionan los busitos compramos una pequeña red de aguacates -Rb también compró una bolsa de manzanas-.

Almorzamos lo mismo que los tres días anteriores -caldo de pollo, con arroz y aguacate-; desde el día anterior había decidido -al menos temporalmente- no tomar café -y galletas- por la tarde; nomás le preparé el té de manzanilla a Rb.

Además, le había comentado que haría la limpieza semanal -la semana anterior había descuidado totalmente esta tarea-; luego de barrer y trapear los pisos nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Norte.

Aunque la verdad la salida fue nomás para caminar -lo hemos estado haciendo todos los días-; y aprovechando, pasar a comprar el pan de mis desayunos del viernes y fin de semana; caminamos hasta el supermercado más alejado, dimos la vuelta y retornamos a casa.

En el camino de vuelta pasamos a una panadería -donde venden el pan más barato, aunque no fue muy conveniente porque la dependienta se confundió y triplicó mi pedido de pan tostado- por mi pan; en el camino de ida habíamos pasado a la panadería donde compré la semana anterior: le había quedado a deber un quetzal a la dependienta.

Pero la deuda no fue por mi culpa: al igual que muchos negocios -o al menos las panaderías en donde utilizo efectivo- se han estado negando últimamente a aceptar monedas de baja denominación -cinco y diez centavos-.

Y como en el pasado acumulaba bastante de estas, decidí que voy a depositar las de cinco centavos en una cuenta en la cooperativa; de hecho ya había preparado dos bolsas con doscientas monedas cada una y planeaba realizar el depósito esa mañana, pero mi ex compañero había cancelado nuestra reunión.

El viernes volví al trabajo y me dí cuenta de un par de novedades: por una parte, habían puesto a mis otros dos compañeros a realizar pruebas en el ambiente a donde nos habían asignado a mí y al analista que menos bien me cae; lo otro fue que -por fin- acabaron las pruebas con los clientes y fueron -en su mayor parte- satisfactorias.

Como mi supervisor en el Imperio del Norte quería que realizáramos ciertas pruebas en el ambiente asignado -afortunadamente puso a liderar al analista que mejor me cae- me conecté durante algunos períodos durante el día; pero igual no realicé mucho: a media tarde le transmití los resultados a quien estaba liderando.

El almuerzo fue -como casi todos los viernes- de pescado; también iba a preparar una ensalada pero Rb había comprado una berengena -no se si era el segundo o tercer viernes que realizaba lo mismo- y le indiqué que prefería obviar la ensalada.

Además hubo un connato de conflicto pues le externé que no me entusiasmaba consumir tanta berengena -o tan seguido-; el comentario no fue muy bien recibido -o quizá aún estaba muy sensible por el fiasco con el trabajo que ya no pudo iniciar- pero preferí mantener el silencio.

Por la tarde volví a saltarme el café vespertino -no sé si continuaré con el ayuno intermitente en modalidad 19/5, 20/4 o nomás (como en el pasado) 18/6-; después del horario laboral nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección Sur.

En el más alejado compramos cinco libras de azúcar morena -ya se había acabado el paquete que Rb había comprado cuando le recetaron varias cucharadas diarias de este alimento-; en el otro supermercado compramos un cartón de huevos -y bananos-.

El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama; me parece que terminé el libro del colombiano que relata la vida de su padre; también empecé a leer el siguiente -me parece que es el último que ha publicado-: Ahora y en la hora.

Un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno; me tomé un poco de tiempo consumiéndolo y, aprovechando que Rb andaba por la mesa, conversé un poco seriamente sobre lo afectada que la he visto últimamente.

Fue algo así como: todo va a estar bien; las cosas pasan y así; lo que resultó en una situación un poco incómoda -para mí- pues Rb tuvo un momento de catársis sobre lo que ha estado padeciendo últimamente (?) e incluso lloró durante un buen momento.

A las diez de la mañana caminamos en dirección a los supermercados en dirección Norte; aunque no entramos a ninguno; nomás llegamos al más alejado, allí dimos la vuelta y caminamos de vuelta.

De todos modos yo había preferido andar en esa dirección pues debía comprar las carnitas que necesitaba para el almuerzo con mi hija mayor -creo que vuelve a estar en la dieta Atkins-; en el camino de vuelta pasamos a la chicharronera que queda a un par de calles y compré una libra -diez dólares-.

Cuando retornamos a casa me puse a preparar un par de ensaladas y puse algunas hojas de lechuga en agua con desinfectante; después saqué a caminar a la perra más pesada de Rb -ella me acompañó con el otro perro grande-.

Cuando retornamos de la caminata empaqué las ensaladas, la lechuga desinfecada y las carnitas -con un par de coquitas- en la mochila que tiene aislante térmico; luego me metí a la ducha; un poco después de las doce tomé las dos mochilas, las cargué en la van e inicié el camino al departamento de mis hijos.

Cuando habíamos salido a media mañana había notado que el tránsito estaba bastante pesado; o sea, el boulevar se veía bastante lleno, aunque, aparentemente, no detenido; cuando salí al mediodía continuaba más o menos igual.

De todos modos llegué al edificio donde viven mis hijos antes de la una de la tarde; me llamó la atención que la cortina del parqueo estaba subida -tengo un control remoto en el automóvil para abrirla-.

Subí al séptimo nivel, le escribí a mi hija para comentarle que ya había llegado y pasé a la habitación designada como sala; mi hija salió un poco más tarde y nos dirigimos, caminando, al parque temático habitual.

El parque no estaba tan lleno como otros días y, afortunadamente, el área de mesas en donde usualmente almorzamos no tenía ningún evento; nos acomodamos en una mesa y procedimos a tomar el almuerzo.

Después del almuerzo le estuve explicando a mi hija los pasos para armar el cubo de Rubik de seis por seis; nos tardamos un poco en el proceso pero, finalmente, logró completarlo; algo que habíamos notado desde la llegada es que el viento estaba bastante fuerte; y escuchamos el anuncio de que la rueda de Chicago más grande no estaba funcionando, debido a esto.

Durante el almuerzo mi hija me estuvo comentando que está combinando su tiempo entre el trabajo -siempre ha trabajado nomás medio tiempo- con las clases de la facultad de medicina -al parecer se inscribió en la carrera de Médico y Cirujano-.

Como estuvimos conversando sobre las monedas me comentó que había obtenido una cuenta bancaria para realizar los pagos de la universidad, que le habían otorgado una tarjeta de débito y que no había podido ir por la misma.

Como el banco se encuentra en el comercial que está al otro lado de la calzada de donde viven le propuse que fuéramos por la tarjeta; pasamos a dejar las mochilas al departamento pues mi hija andaba sin su documento de identificación.

Por ser el último día del mes -aparentemente- la cantidad de clientes en todos los bancos era bastante alta: había cola en varias sucursales bancarias; incluso en el banco en donde mi hija debía recoger la tarjeta; afortunadamente el trámite era sencillo y pudo hacer cola mínima -solo una anciana adelante- antes de entrar por la tarjeta.

Yo me quedé afuera -armando uno de mis cubos de Rubik- y cuando salió le pedí que me acompañara a la sucursal de la cooperativa que estaba en el mismo centro comercial; aunque antes pasamos a un cajero pues debía cambiar el pin de la tarjeta; de todos modos también encontramos cola en la cooperativa y decliné esperar.

Retornamos al departamento un poco después de las cinco y, como habíamos acordado despedirnos a las cinco y media, jugamos algunas partidas de dominó; yo traté de alargar un poco las partidas -tomando fichas aún teniendo disponibles-; a la hora indicada nos despedimos -aunque mi hija bajó a acompañarme al sótano-.

El camino de vuelta estuvo bastante despejado; me parece que no me hice más de media hora para retornar; por la noche continué con el libro en inglés -intermezzo- y un poco de otro libro que mi hija me había comentado que acababa de leer: The Fight Club; además, vimos el último capítulo de All her fault.

Y a ver cómo sigue eso...

domingo, 25 de enero de 2026

Proust y el calamar... Proust and the squid... Proust et le calamar...

No sé si el plan de empezar cada texto con una referencia al libro de la semana funcionará: o sea, en las semanas anteriores he leído el final de Sandwich, luego leí por completo Recuérdame bailando; y por último All we live here; pero esos son libros 'fáciles'; el de este título es diferente: No ficción.

Y está muy bueno; son, básicamente, una serie de ensayos en los que se examina el desarrollo de la lectura, su impacto en la historia humana y la forma en la que, supuestamente, ha cambiado el cerebro de las últimas generaciones.

O sea, no es una narración, sino una serie de ensayos con bastante referencias a autores del pasado, estudios de neurocientíficos y mucha mucha información sobre los diferentes procesos que interactúan con la lectura.

Los primeros capítulos se centran en las primeras formas de escritura -acadiano, egipcio y etrusco, me parece- y luego entra ya en terrenos un poco más actuales: las partes del cerebro que intervienen al leer diferentes sistemas alfabéticos -latino, chino, japonés-.

Entonces, no estoy seguro que pueda completar la lectura del libro actual en una semana -o menos-; y eso me retorna al gran dilema por el cual leí en paralelo varios años: 'forzarme' a leer temas 'serios', para luego leer cuestiones mas 'ligeras'.

Y a ver cómo va eso.

El martes seguía sintiendome un poco indispuestos del estómago: -no estoy seguro, pero- creo que el tomar café, el domingo, dos veces -y por la tarde, hervido- me produjo una indigestión mera rara al día siguiente: tuve que ir tres o cuatro veces al baño.

Me parece que el martes ya fue solo una -o un par- ocasión en la que tuve que dirigirme al servicio sanitario; otra razón -la verdad es que ya empezó a preocuparme un poco- podría ser el consumo de marshmallows.

Y es que durante la temporada de fin de año acostumbro comprar una -o un par de- bolsa de estos dulces; pero, creo que, el mes anterior compré tres o cuatro; y no estoy seguro de la correlación entre consumo excesivo de malvaviscos y mi desorden estomacal -ya solo me quedan unas pocas unidades-.

Total que el martes lo pasé un poco más tranquilo; al menos en lo que al cuerpo se refiere; la reunión de la mañana estuvo tranquila ya que la mayor parte del equipo en el Imperio del Norte está trabajando en pruebas al lado de los clientes.

De todos modos me quedé un gran rato en la cama después de la reunión; salí de la habitación después de las diez de la mañana; a las doce y media sacamos a caminar a los perros y a la una Rb entró a una hora de entrenamiento, para las llamadas que tendrá que atender como intérprete médica -si pasa las pruebas-.

Entre la una y las dos de la tarde me dediqué a preparar el almuerzo: calenté la salsa de tomate, puse agua para los fideos de arroz y corté las legumbres para dos ensaladas; cuando Rb terminó la reunión -a las dos- el almuerzo estaba preparado.

Y no pude hacer mucho en las tareas que llevo atrasadas: la analista con la que estaba trabajando me envió un mensaje comentándome que uno de los desarrolladores estaría trabajando en la terminal que estaba usando; y terminó justo diez minutos antes de mi hora de salida.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur: no teníamos nada que comprar -aun teníamos bastante bananos- pero queríamos realizar un poco de ejercicio; llegamos hasta el supermercado más lejando y retornamos -nos lleva menos de una hora el recorrido total de tres kilometros y medio.

Por la noche ví el penúltimo capítulo de The Copenhagen test; después, en la habitación de Rb, vimos el tercer capítulo de His and Hers; tambien estuve un buen tiempo en Duolingo: ahora ya se puede jugar ajedrez con otras personas -no sólo contra Oscar-.

El miércoles me desperté bastante temprano: abrí los ojos y la luz aún se veía gris; continué dormitando hasta que sonó la alarma; me levanté a meditar y luego llevé la computadora a la cama, para entrar a la reunión de equipo.

Después de la reunión me quedé en la cama; había planeado dormitar -he tomado la mala costumbre durante los últimos meses (años?)- aunque luego me hice el propósito de avanzar un poco en las tareas pendientes; pero la misma analista nos escribió en el grupo sobre la revisión del sistema; y que nos avisaría cuando ya quedara disponible.

Lo que no pasó en prácticamente todo el día; de todos modos me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo; y esperando la hora de la reunión quincenal con mi supervisora local (nueve y media).

A la hora programada inicié la reunión y mi supervisora llegó después de cinco minutos; la verdad me interesaba esta reunión porque esperaba el resultado de mi revisión anual de desempeño -me habia autocalificao como over the middle y quería ver la calificación final-.

Dos de mis directoras -la penúltima y antepenúltima- fueron siempre muy dadivosas en esta actividad anual; especialmente la antepenúltima -aunque nunca me subió el salario-; la penúltima también se portó muy bien -y me dejó moverme a otra posición-.

Esta ya era la tercera ocasión en que me calificaban después de mis últimas directoras; la primera la realizó el Project Manager y fue bastante decepcionante -igual, él tenía como seis meses de haber entrado a la empresa-.

La segunda la realizó mi actual supervisora y me dejó más satisfecho -o menos insatisfecho(?)- y esta creo que ha sido la mejor: en general mi supervisora me percibe como responsable, eficiente y proactivo -aunque no creo que haya aumento salarial-.

Usualmente la reunión quincenal no dura más de quince o veinte minutos; en esta ocasión superó los cuarenta minutos: mi supervisora quería revisar cada uno de los aspectos y el nivel otorgado en cada uno; otra vez: me pareció bien.

Después de terminar la reunión salí a desayunar y a ver qué podia hacer con el listado de las tareas que llevo atrasadas -he estado revisando la forma en la que se generan durante los últimos días-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros y a la una Rb entró a la capacitación de su nuevo lugar de trabajo -se supone que son cinco sesiones, terminando el siguiente lunes-; un poco más tarde me metí a la cocina para preparar el almuerzo.

La reunión de Rb terminó justo a las dos de la tarde; ya tenía preparado todo el almuerzo pues Rb me había comentado que la reunión semanal de su trabajo titular la realizarían -como casi todas las semanas- a las dos y media.

Afortunadamente a las dos y veinte ya habíamos concluido con el almuerzo; me retiré a mi habitación a leer un poco -Proust and the squid- y salí un poco antes de las tres: lavé un poco de los trastes del almuerzo y preparé un café y un té.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; no entramos al que se encuentra al final de nuestro recorrido; en el otro compramos bananos; luego, antes de entrar a la calle donde vivimos, pasamos a la tienda de las verduras; compramos una papaya y una berenjena.

Cuando regresamos -un poco después de las seis- ví que había un mensaje en el chat del grupo de trabajo: un poco después de las cinco el supervisor en el Imperio del Norte había escrito para pedir que se realizara una prueba rápida de una funcionalidad.

Ví que el analista que vive en el pueblo donde vive mi familia paterna había contestado; pero decía que no podría trabajar mucho después; de todos modos decidí ignorar el mensaje: o sea, había entrado luego de la hora en la que salgo.

Además me recordé de esas noches -varias- que me tocó que madrugar en proyectos anteriores -en los que sí dirigía el equipo-; por la noche ví el último capítulo de The Copenhagen Test; y un capítulo -con Rb- de His and Hers.

El jueves me volví a despertar temprano -como que el tránsito a casa y media de distancia- me despierta durante esta época; medité y entré a la reunión, en donde no se discutieron temas tan relevantes.

De todos modos estuve revisando los chats del grupo local y el que tenemos con el equipo en el Imperio; al parecer las pruebas solicitadas la noche anterior habían devuelto resultados satisfactorios.

Rb salió hacia su visita semanal al mercado a las nueve -aunque, debido al training que está atendiendo había decidido llegar nomás al supermercado que se encuentra en el comercial en donde se estacionan los busitos-.

El resto de la mañana no pude avanzar en mis asignaciones: no recibí confirmación de que el equipo ya estuviera disponible; entonces nomás estuve avanzando un poco en Proust and the squid.

Rb retornó bastante temprano -yo estaba escuchando algún video en Youtube (con audífonos) y no escuché que llegara, nomás la ví abrir la puerta-; me comentó que la hija de la presidenta del comité había estado tocando el timbre y salió a dejarle una botella de shampoo para mascotas -también me trajo una docena de muffins-.

A la una, mientras Rb atendía la tercera reunión de su capacitación, me metí a la cocina a preparar el almuerzo; lo que consumimos a las dos de la tarde; un poco más tarde preparé un café y un té.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando en dirección Norte; no entramos a ningún supermercado, nomás caminamos hasta el comercial que se encuentra en donde tomamos los buses intermunicipales; allí dimos la vuelta.

En el camino de regreso pasamos a la panadería en donde -a veces- compro el pan para mi desayuno; me llamó la atención que la dependienta -como la de la panadería de la vuelta- prefirió que le quedara a deber un quetzal, en vez de aceptar monedas -muy raro-.

Por la noche Rb atendió un servicio de oración del grupo de su trabajo; la reunión se extendió de siete a ocho de la noche -y el día estuvo raro porque su pastor la había llamado un poco antes del mediodía, comentándole que pasaría a visitarla por la tarde, pero Rb tuvo que llamarlo de vuelta: no se había recordado que tenía la reunión de oración por la noche-.

Después de que se despidió de su grupo de oración vimos el penúltimo capítulo de His and Hers; luego estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -tratando de volver a Portugués- y avanzando un poco en la lectura -No Ficción y Español-.

El viernes empezó normal: despertarme antes de la alarma, esperar a que sonara, meditar y entrar a la reunión de equipo; en donde comentaron que esperaban retornar muy pronto a la normalidad -cuando las pruebas con los clientes concluyeran-.

Un poco después de las nueve salí de la habitación a prepararme el desayuno; luego hice algunas lecciones de Duolingo; durante la mañana el supervisor en el Imperio del Norte nos escribió para comentar que -en general- las pruebas con el cliente habían sido satisfactorias.

Al mediodía preparamos la berenjena que habíamos comprado un par de días antes y dos tercios de una mojarra de gran tamaño que teníamos de la última bolsa comprada en el supermercado; aunque la parte final de la cocción me tocó que realizarla en solitario debido al evento de capacitación de Rb.

Como preveía un fin de semana con bastante comida -y he estado tratando de continuar el ayuno intermitente 19/5 o 18/6- ya no comí nada después del almuerzo; nomás lavé algunos trastos y le preparé una taza de té a Rb.

A las cinco y media caminamos hacia los supermercados en dirección sur: Rb quería ver el precio de la harina de arroz en un almacén cerca del más alejado; yo quería comprar algunas bolsas de snack pues planeo llevar comida la próxima vez que me reuna con mi hija mediana.

Además Rb quería sacar un poco de efectivo del cajero que se encuentra en el más alejado; allí compré seis bolsas -tres grandes y tres pequeñas- de dos tipos diferentes de papas fritas; en el otro supermercado compré otras tres bolsas grandes y un poco de bananos.

Regresamos de los supermercados un poco después de las seis; me metí a mi habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo, y leer un poco de Proust and the squid; luego vimos el último capítulo de His and Hers; el cual estuvo, la verdad, algo decepcionante -muy tirado de los cabellos-.

El sábado me levanté a las siete y media, medité y retorné a la cama a hacer un poco de Duolingo; pero me volví a levantar bastante rápido: un poco después de las nueve salí de la habitación y me preparé el desayuno de los fines de semana.

Durante la mañana estuve leyendo un poco del libro en Español; Rb me había pedido que sacáramos a los perros antes de que me fuera -había previsto salir al mediodía- pero se puso a hacer tortillas de plátano verde un poco antes.

Entonces, a las once y media me pidió que sacara a la perra más pesada -aún estaba a la mitad de la confección de sus tortillas- pues ella sacaría más tarde al otro perro grande; saqué a la perra y no hizo más que caminar; luego saqué un rato a la perra más anciana -al patio nomás-.

Después me metí a la ducha y, un poco antes del mediodía, metí varios cubos de Rubik a mi mochila negra y arranqué la van; sorprendentemente el tránsito estaba bastante ligero; o sea, como a mitad del trayecto del boulevard encontré un embotellamiento, pero nomás me tocó bajar un poco la velocidad.

Total que llegué a la casa de mis hijos bastante temprano -un poco después de las doce y media-; le escribí a mi hijo para comentarle que ya estaba por allí y entré a la habitación que ahora funciona de sala.

Mi hijo salió un poco más tarde y le propuse caminar al parque temático; la verdad tenía temor de que no volvieramos a conseguir llegar al mismo -de hecho nos tocó que realizar dos paradas durante las ocho cuadras- pero, afortunadamente, pudimos compeltar el trayecto.

Compramos una pizza -cambiaron el sistema de compra, agregando un paso más para realizar el pago, con lo que lo complicaron innecesariamente; además de aumentar un tres porciento el precio- y nos dirigimos al sector de mesas que más utilizamos.

Pero había un evento -al parecer algunas empresas aún están haciendo sus convivios anuales-; le propuse a mi hijo caminar al otro lugar techado en donde hay mesas, y noté bastante incomodidad en su caminar; afortunadamente encontramos una mesa disponible en el segundo lugar.

Almorzamos -nos sobraron tres o cuatro porciones de pizza, pero nada de Pepsi- y luego nos quedamos en el lugar revisando los pasos necesarios para resolver el último cubo de Rubik; la verdad es que nomás es necesario un paso adicional, con lo que mi hijo pudo completar -por primera vez, me parece- el armado del cubo de seis por seis por seis.

Un poco más tarde le propuse a mi hijo que nos subiéramos a la rueda de Chicago de costumbre; aunque, antes, tuvimos que pasar a un kiosco -a un lado de donde habíamos almorzado- a comprar un pasaporte para doce juegos: el anterior nomas tenía un juego por marcar.

La cola en la rueda de Chicago no estaba muy extensa y, a diferencia de algunas veces en los últimos tiempos- nos subieron en una canasta sin nadie más; después de bajar del juevo mecánico empezamos el camino de regreso a casa.

Ya habían cerrado el portón de entrada al parque temático -se supone que ya no dejan entrar al público después de las cuatro de la tarde- pero, antes de salir del mismo, mi hijo actualizó su información de empadronamiento, en la misma mesa en donde lo hicimos con mi hija mediana la semana anterior.

Retornamos a casa sin ningún contratiempo y subimos al séptimo nivel; mi hijo se retiró un momento y yo me acomodé en el espacio de la sala; aún estuvimos conversando otro rato antes de que dieran las cinco y media, hora en la que habíamos acordado despedirnos.

El camino de vuelta también estuvo bastante vacío, no me hice más de media hora conduciendo la van; cuando vine Rb estaba viendo alguna de sus series pero me propuso que saliéramos a caminar en las calles interiores: a las cinco salimos a dar tres recorridos al circuito -en total como dos kilómetros-.

Por la noche vimos el primer capítulo de una serie en donde se pierde un niño; actúan Dakota Fanning y un latino de apellido Peña; además, avancé en el par de capítulos que me había propuesto de Proust and the Squid -lo estoy combinando con otro libro en español-.

El domingo me levanté a las cinco menos diez; había quedado de reunirme a las seis de la mañana con mi amigo antivacunas -y pro varias conspiraciones-; medité y luego me metí a la ducha; después tomé la van.

Por la hora -eran como las cinco y media- apenas habían vehículos en el camino; no obstante, un poco antes de llegar a mi destino ví las luces de una ambulancia en el periférico; tomé el carril auxiliar y pasé a la par de un vehículo con el frente totalmente destrozado -también me tocó que pasar sobre unos cables (por un poste derribado)-.

Llegué al McDonald's en donde nos reunimos en Diciembre pero encontré el portón trasero aún cerrado; dí la vuelta para ver si ya estaba abierto el portón frontal, pero antes de entrar a la calzada principal recibí una llamada de mi amigo.

Me comentó que acababa de pasar por su lado -estaba estacionado, contra la vía, junto al portón trasero-; le comenté que seguramente -por ser domingo- abrían más tarde; ya había un auto frente al portón frontal y un poco después un guardia salió a abrir el acceso.

Mi amigo llegó un poco después y estacionamos los autos en el parqueo frontal; entramos al restaurante y utilizamos los menús interactivos para ordenar un par de desayunos -le había pedido la tarjeta a Rb para evitar el contacto humano-.

Estuvimos en el lugar por un par de horas, entre desayuno y conversación: mi amigo me había pedido que dejara el celular en el auto pues quería que habláramos en un entorno privado; accedí, aunque la verdad lo consideré innecesario.

O sea, micrófonos hay en todas partes, y -creo- más dentro del ambiente cerrado de una de las cadenas de comida rápida insignia del Imperio del Norte; además, quería privacidad porque se le había ocurrido una idea innovadora para una app.

Lo cual no era tan así: lo que había pensado es crear una herramienta en la que dos personas puedan comunicarse de forma audiovisual, compartiendo una lista de reproducción musical; le comenté sobre Zoom y similares pero también le dije que exploraría el concepto.

Luego hablamos de las cuestiones laborales y familiares de cada uno; le había llevado como regalo uno de los paquetes de incienso que me regaló mi hijo menor para Navidad, dos bolsitas con dulces -de lo que debía haber regalado para el convivio de mi oficina- y, como préstamo, un libro de Luis de Lión.

Mi amigo me comentó que cargaba en el baúl de su auto un saco con libros que habían sido de su abuelo paterno -muerto hace muchos años, con demencia- y que si quería ver si algo me interesaba.

Un poco después de las ocho le propuse que viéramos qué cargaba en el saco y la mayoría era pura basura: libros de texto, libros de varias religiones; algunos de estos ya con moho; pero me llamó la atención -y aparté- algunos folletos de un curso de electrónica de una escuela por correspondencia en donde había querido estudiar cuando era joven (y nunca pude, por falta de 'fondos').

Después de guardar los folletos en el auto nos despedimos e inicié el camino de vuelta; vine bastante temprano: Rb estaba viendo alguna serie en su computadora, esperando la hora para alimentar a sus perros (comen un poco antes de las nueve).

Me preparé el desayuno de los domingos y la acompañé a desayunar -después de que alimentara a sus perros-; un poco antes de las diez de la mañana la conduje a su iglesia: está tratando de ir una vez al mes, y en esta ocasión quería ir para ver a los papás de su mejor amiga; quienes acaban de venir del Imperio del Norte y le traían una encomienda.

Después de dejar a Rb retorné a casa y me pasé un par de horas viendo videos de Youtube, y leyendo un par de capítulos del libro en Español (la segunda de las tres partes); estaba terminando un capítulo cuando Rb me llamó.

Habíamos quedado en reunirnos en el supermercado que se encuentra en el comercial a donde tiene acceso desde la calle en donde se encuentra la iglesia a la que asiste; el tránsito estaba un poco pesado pero llegué bastante rápido al lugar.

Entré al supermercado y dí tres o cuatro vueltas por todos los pasillos; estaba por molestarme porque me imaginé que se había entretenido socializando en su iglesia; pero mejor respiré y salí a ver si vendían sandwiches en una heladería del lugar.

No encontré lo que andaba buscando pero decidí esperar fuera del lugar; en efecto, un poco más tarde Rb venía caminando por el pasillo; sorprendiéndose al verme y comentándome que se había imaginado que me tardaría y había esperado un poco en la iglesia.

Entramos al supermercado y compramos un par de pollos enteros, para los almuerzos de la semana; también aprovechamos para comprar mojarras para los almuerzos de los viernes y un poco de filete de pescado para preparar, en el futuro, algunos tacos.

Retornamos a casa con las compras, metimos (metí) al congelador los pescados y dejamos los pollos en el exterior pues preveíamos prepararlos durante la tarde; entonces sacamos a caminar a los perros; después preparamos las alitas de pollo dominicales y un par de ensaladas.

Como había desayunado bastante temprano y estaba empeñado en continuar con el ayuno intermitente (ya sea 18/6 o 19/5) decidí no comer nada después del almuerzo; ademas terminamos de almorzar después de las dos de la tarde; por lo que nomás me metí a la cocina a lavar los trastes del almuerzo -mientras escuchaba el postcad de Herejes- y le preparé un té a Rb. 

El resto de la tarde nomás me estuve viendo algunos videos de Youtube; a las cinco de la tarde Rb me pidió que empezáramos a cocinar los almuerzos de la semana: partí varias legumbres y cocinamos una gran olla con los dos pollos que habíamos comprado por la mañana -la noche anterior habíamos preparado el refresco de rosa de Jamaica-.

Por alguna razón -ir a dejar y a traer a Rb de la iglesia- no había hecho lecciones de Duolingo por la mañana; al inicio de la noche completé algunas partidas de ajedrez pero no hice mucho más; también vimos otro capítulo de All her fault.

Y a ver cómo va eso... 

 

 

lunes, 19 de enero de 2026

Jojo y esa clase de libros -y el fin de Dilbert-… Jojo and that kind of book -and the end of Dilbert-… Jojo et ce genre de livres -et la fin de Dilbert-…

He visto varias veces pequeños trozos de la película Me before you; me pareció una comedia dramática romántica (?) y me dije que no me interesaba; me imaginé que era como The fault is in our stars -me negué a leer ese libro, aunque leí otro del mismo autor hace unos años-, The Perks of Being a Wallflower (también leí el libro) o seven reasons (nomás leí el libro).

Con el tiempo leí algo sobre la serie de libros -parece que hubo otros os titulos después de Me before you; consulté algunas portadas pero ninguno me llamo la atención; hasta finales del año pasado que encontré We all live here; creo que me llamó la atención porque se trata de una escritora con dos hijas adolescentes y haciéndose cargo de su padre y su padrastro.

Total que empecé a leerla esta semana -también empecé a leer Death of the Author (de la misma autora de Bini: ciencia ficción africana, leí el libro hace unos años)- y otro libro de ciencia ficción de un autor filipino -creo que no he leído antes a algún autor de esa nacionalidad-.

Pero estos dos últimos los puse en pausa -quizá en las siguientes semanas-; he estado retomando la lectura con el libro de Jojo Moyes; o sea, me había propuesto no volver a leer novelas románticas -al final la autora es especialista en el género- después de Check & Mate; pero bueno.

Lo otro: esta semana Rb me mostró la publicación en la que se anunciaba de manera oficial la muerte del autor de Dilbert: Scott Adams se volvió famoso -y millonario- con la tira cómica que satiriza el entorno corporativo -e informático-.

Desde que conocí la tira me volví un seguidor -aunque no un fanático-; en alguno de mis viajes al Imperio del Norte traje un calendario de Dilbert -creo que lo rescaté de un centro de reciclaje- y, unos años después, leí alguno de sus libros.

Pero el autor no me terminaba de convencer: en una entrevista que leí, en una revista en la ciudad en donde pasé un par de años, me causo cierto malestar su declaración de que su exitosa carrera gerencial había sido cortada por las minorías -o las mujeres-.

O sea, lo ví como un white anglo-saxon protestant que sentía que su tribu estaba siendo diezmada -o afectada negativamente- porque las minorías estaban siendo privilegiadas -al final eligieron (dos veces) al convicto que tienen como presidente estos días-.

Y hace unos diez o quince años Scott se quitó completamente la máscara: empezó una especie de podcast -me enteré en Twitter- en donde se dedicaba a pregonar las injusticias que se estaban cometiendo contra los blancos -también fue uno de los primeros en presagiar la llegada de Mr Carrot a la presidencia-.

Total que hace dos o tres años muchos de los periódicos que publicaban su tira cómica -seguía dibujando- lo cancelaron porque salió diciendo algo como que "los blancos deberían alejarse de los negros" y que estos últimos eran un "grupo de odio".

La noticia la dió la ex esposa en Youtube -siempre me pareció raro lo de que siempre se mantuviera solo-, leyendo -creo- la última declaración de Scott; me llamó mucho la atención que -siguiendo el consejo de Pascal-, en el escrito acepta a Jesús y espera su entrada al cielo.

La gente.

El miércoles estuvo bastante tranquilo: se suponía que era el penúltimo día para la ronda en curso de pruebas antes de que la aplicación sea revisada por los clientes; traté de avanzar un poco en el trabajo pero no fue mucho lo que pude hacer.

Después de la reunión le pedí al analista que mejor me cae apoyo para revisar un fallo que había reportado la semana anterior -y que había sido mencionado en dos de las reuniones de la semana-.

Estuvimos reunidos casi una hora revisando la data que es alimentada a la aplicación; comparándola con las especificaciones -que son muy escuetas- y validando la forma en la que se estaba grabando; al final no pude concluir nada concreto. 

Un poco más tarde encontré un fallo en una parte de la app y -luego de consultarlo con mi compañero más brillante- la reporté; también estuve dándole seguimiento a uno de los equipos que estaba presentando fallos e intenté diagnosticarlo -aunque nadie lo tomó en cuenta-.

Al mediodía almorzamos la tercera porción del asado que preparamos el miércoles; también seguí con el mismo patrón de ayuno intermitente que inicié el lunes: primera comida a las diez, última comida a las tres; con lo que estaría siguiendo la proporción 19:5. 

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; no teníamos que comprar nada pero es el único ejercicio que hemos estado haciendo durante los últimos dos meses.

El jueves -al igual que el día anterior- me quedé en la cama después de que terminó la reunión diaria -la que sigue extendiendose más de lo que estaba programada-; un poco antes de las nueve Rb entro a la habitación por algún pendiente antes de dirigirse al mercado del Centro Histórico.

Era la primera vez que iba al mercado después de su cirugía del año pasado y quería aprovechar para comprar un adaptador usb-red: está planeando trabajar algunas horas a la semana como traductora médica y debía enviar una captura de pantalla mostrando que la conexión de internet es física.

El problema es que nuestras dos computadoras personales son slim -bastante delgadas, realmente- y ninguna tiene ya puerto de conexión por cable; pero encontramos un adaptador en la página de la tienda en la que usualmente nos proveemos de tecnología. 

Cuando Rb salió hacia el mercado me puse a la tarea de algo que tenia pendiente desde la semana pasada: diluir el refrigerante en uno de los dos recipientes que mantengo en el auto -el detergente de ropa que compramos viene en presentación de cuatro galones-.

También quería colocar en la guantera de la van los documentos que había impreso unas noches antes -el título, la calcomanía y la tarjeta de circulación-; metí las tres hojas en una bolsa hermética y salí por el recipiente para el refrigerante.

Pero cuando estaba cruzando la calle alguien me habló  de forma algo rara: justo en la esquina se encontraba uno de los vecinos de Rb -a quien no saluda religiosamente- en su silla de ruedas y me pidió favor que le cortara unas hojas del níspero que se encuentra justo en la esquina.

La interacción fue algo rara porque -por solidaridad con Rb- tampoco acostumbro a saludarlo cuando lo veo por la calle; pero le corté las hojas que estaba pidiendo -según él la infusión sirve para bajar los niveles de azúcar en la sangre- y le ofrecí más en caso necesitara.

Después procedí a dejar los papeles del auto en la guantera, trasvasar el refrigerante hacia uno de los recipientes de cuatro galones y rellenar el resto con agua -según el mecánico es mejor utilizarlo de forma diluida-.

A media mañana entré a la reunión que convoca el jefe de mi supervisor cada quince días; no había muchas novedades, excepto que nuestro proyecto será revisado durante la semana siguiente por el cliente y nomás el analista más brillante y el que vive fuera de la ciudad tendrían que estar apoyando en las pruebas.

A mí y al compañero que menos bien me cae nos asignaron a trabajar juntos en otro ambiente de pruebas; o sea que se vienen días en que tendré que prestar un poco más de atención al trabajo pues esta persona no es nada fiable.

Al mediodía Rb retornó de su visita al mercado en el centro histórico -me trajo un par de zepelines-; sacamos a caminar a los perros y luego calentamos -y consumimos- la cuarta -y última- porción del asado.

Un poco más tarde me metí a la cocina a lavar los trastos que utilizamos durante el almuerzo; luego preparé café -que consumí con una tercera parte e un zepelin y una galleta de chocolate- y té.

A las cinco de la tarde -después de apagar la computadora del trabajo- nos dirigimos a los supermercados en dirección norte; en el que está en el comercial en donde tomamos los buses intermunicipales compramos pollo molido y bananos.

En la noche ví una parte -creo que veinte minutos- de The Internship -película de acción bastante descartable-, una parte del ultimo capítulo publicado de FallOut y una parte de un capítulo de The Copenhagen Test; también estuve haciendo un poco de Dolingo -está fuerte ajedrez: me mantengo entre mil cuatrocientos y mil quinientos-.

El viernes me levanté a las siete y media, medité y entré a la reunión diaria; la que ha continuado bastante diferente: la persona que trabaja a la par de mi supervisor ha llevado la voz cantante y se ha extendido casi cuatro veces en duración.

Durante la mañana me reuní con mi compañero más brillante pues quería revisar la parte técnica de un problema que había reportado unos días antes y que se ha estado presentando de forma intermitente.

Nos reunimos por una buena cantidad de tiempo pero no pudimos avanzar mucho en la revisión del problema; de todos modos aprendí -o recordé, más bien- cómo examinar de forma más específica la fuente de algunos hallazgos.

El resto del día estuve -con ayuda de un par de LLMs, y tomando de base el código que mi compañero había escrito para generar nuevos planes de prueba- escribiendo código en Python para revisar la duplicidad de algunas tareas que debemos realizar continuamente.

Al mediodía almorzamos una mojarra bastante pequeña y una ensalada bastante grande; Rb había comprado también un par de berenjenas, con lo que el almuerzo fue realmente copioso: me estuve sintiendo bastante indispuesto el resto del día; aún así, preparé el café y té de costumbre.

Después del horario laboral caminamos hasta el supermercado más alejado en dirección sur; en donde compramos un cuadril de pollo para el almuerzo del día siguiente; también compré un paquete de cuatro muffins, para mi visita a la casa del voluntario que vive en la colonia donde mis hijos crecieron.

El sábado me levanté a las siete y media; siguiendo mi previsión del día anterior, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo; también leí un poco del libro de Jojo Moyes: el plan era salir de la habitación a las nueve, prepararme y salir de casa alrededor de las nueve de la mañana.

Me había puesto de acuerdo con mi hija mediana para llegar al departamento a las diez -y aprovechar que entra a trabajar a la una y media de la tarde-; me metí a la ducha un poco antes de las nueve y salí de casa casi a las nueve y cuarto; Waze indicaba un trayecto de treinta y ocho minutos.

Cuando salí el boulevard se veía vacío; pero tres o cuatro cuadras más adelante encontré un embotellamiento total; aunque, afortunadamente, no había un paro total: el tránsito se mantenía fluyendo -aunque bastante lento-; como casi siempre, al tomar la ruta de entrada a la ciudad la situación mejoró.

Al final llegué a la casa de mis hijos cinco minutos antes de las diez; estacioné la van y subí caminando los siete niveles; entré al departamento y le escribí a mi hija, comentándole que ya había llegado; ella salió un poco después y nos dirigimos caminando al parque temático.

En el lugar repetimos la rutina de la última vez: compré un par de menú de hamburguesas -en esta ocasión con queso- y subimos a las mesas que están en el segundo nivel del lugar; desayunamos tranquilamente y luego estuvimos viendo los primeros pasos de la solución del cubo de Rubik de seis por seis.

En el camino habíamos conversado un poco sobre literatura -mi hija me recomendó un libro de un autor vietnamita- y mientras desayunábamos -y armábamos los cubos- comentamos también la muerte de Scott Adams.

Un poco antes del mediodía empezamos el retorno a casa; yo había estimado que nos tomaba quince minutos el recorrido pero empecé a tomar el tiempo desde la salida del parque hasta que entramos al departamento: fueron treinta y cinco minutos.

Estuvimos aún un rato en la sala del departamento y a la una menos cinco -había puesto una alarma- me despedí de mi hija e inicié el camino de vuelta -usualmente subo o bajo las escaleras sin usar el ascensor-.

En general la ruta estaba más libre que por la mañana; excepto en el último semáforo antes de entrar al municipio: el semáforo cambió dos o tres veces a rojo antes de que pudiera pasar; de todos modos llamé a Rb para comentarle la situación, pues habíamos quedado que me esperaría para el almuerzo.

Pero la llamada estuvo un poco más dramática: le había ido mal en un test que debía pasar para completar los requisitos para empezar a trabajar algunas horas semanales como traductora médica.

Y fue raro: yo había hecho el exámen un par de días antes y había obtenido una nota de setenta y ocho -lo mínimo que pedían era setenta y cinco-; Rb había obtenido una nota de setenta y uno y estaba bastante afectada: el sitio no la dejaba repetir la prueba.

Le comenté que lo resolveríamos cuando llegara a casa y colgué -el tránsito empezaba a fluir nuevamente-; pero no estuvo tan sencilla la resolución: el sitio detectaba continuamente que la prueba ya había sido realizada.

Finalmente pude acceder a la prueba en mi Lenovo -utilizando el modo incógnito de Opera- y estuve al lado de Rb mientras completaba el exámen -lo que encontré ilógico: su nivel de inglés es superior al mío-; felizmente obtuvo una nota de ochenta.

Todo el drama del exámen duró hasta después de la hora del almuerzo -almorzamos un caldo de pollo con arroz- y creo que, realmente, debo mejorar la gestión de mis emociones para mostrar de una mejor forma mi empatía.

Durante la tarde estuve leyendo un par de capítulos de All we live here; también acompañe un rato a Rb mientras preparaba uno de los tipos de galletas que consume durante la semana -y preparé las gelatinas que consumo en los desayunos de la semana-.

Por la noche ví la penúltima parte de The Internship y un capítulo de The Copenhagen Test; pero estoy tratando de disminuir mi consumo de media y aumentar -volver- la lectura: estuve avanzando con otro par de capítulos del libro de Moyes.

El domingo me levanté igual a las siete y media -la semana anterior no había querido poner la alarma del celular pero no me cae bien dormir en exceso-, medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo -también a leer un poco-.

Antes de las diez me levanté a preparar el desayuno; luego continué con la lectura; al mediodía preparamos alitas y una gran ensalada; un poco antes del almuerzo habíamos sacado a caminar a los perros por lo que luego de la comida nomás lavé los trastes del día.

A las dos y media tomé la van para dirigirme a la casa de mi amigo voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos; quería llegar temprano porque esperaba cortarme el cabello antes de realizar la visita -después de más de seis meses de no ir al peluquero ya me estaba estorbando el cabello-.

Llegué quince minutos antes de las tres y estacioné el auto frente a la casa de mi amigo; crucé la calle pero ví que, además de la persona que estaba siendo atendida, había otro par esperando; por lo que retorné a la casa de mi amigo y toqué el portón.

Me disculpé por lo temprano pero aduje que Rb me había pedido que no retornara muy tarde -lo que era cierto-: la situación social se veía un poco más frágil -disturbios en algunos centros carcelarios y ataque a unidades de la policía-.

Subimos al segundo nivel -que noté más descuidado que las últimas veces- y le pedí a mi amigo que pusiera agua a hervir; llevaba un poco de café molido y los cuatro cubiletes que habia comprado unos días antes.

Preparamos café con la prensa francesa y consumismos el café y los muffins -mi amigo solo uno pues, según él, había almorzado tarde-; un poco antes de las cinco le indiqué a mi amigo que me retiraba e inicié el camino de vuelta a casa.

Por la noche continué con el libro de Jojo Moyes, una parte de un episodio de The Copenhagen Test y, ademas, ví el primer capítulo de una serie que Rb me había sugerido la noche anterior: His and Hers.

El lunes me desperté un poco después de las siete: al parecer el tránsito matutino ha empezado a arreciar -producto del inicio de clases, me imagino-; continué dormitando hasta las siete y media y luego me levanté a meditar.

Después entré a la reunión diaria; aunque realmente no hubo reunión: entramos cuatro o cinco personas pero no atendieron los del area de desarrollo: en esta fecha se celebra en el Imperio del Norte un día festivo, por lo que nomás nos despedimos.

Un poco antes había visto un mensaje en donde se anunciaba el cambio del director ejecutivo de la empresa: el actual tenia seis años en el cargo y había sustituido al primero en el puesto -la empresa se formó en el dos mil diecisiete y una persona de India estuvo a cargo por casi dos años-.

La verdad traté de no darle mucha atención a la noticia: al final es muy poco lo que puedo hacer sobre las decisiones que se toman a nivel corporativo; me dije que si tocaba reorganización nomás nadaría con la corriente.

Por la mañana traté de avanzar un poco en la tarea que nos asignó el supervisor a mí a mi compañero que menos bien me cae; pero el equipo con el que teníamos que trabajar no estaba accesible; le escribí incluso a la compañera en el Imperio con la que debemos trabajar -estaba fuera pero me respondió-.

El resto de la mañana nomás estuve revisando el grupo de tareas que deberíamos estar ya completando -lo mismo que estuve haciendo el último día laboral de la semana anterior-; pero me ocupé más en avanzar en el libro.

Al mediodía almorzamos la primera porción de nuggets de pollo con fideos de arroz y salsa de tomate -una versión de fideos con albóndigas que habíamos preparado la noche anterior-; antes de las tres preparé un café y un té. 

A las cinco de la tarde -luego de apagar la máquina del trabajo- caminamos en dirección a los supermercados en dirección sur; pero no fuimos a los supermercados: caminamos un poco más, hasta la tienda de tecnología en donde usualmente nos proveemos de estos productos.

Rb quería cotizar un par de audifonos con micrófono -el martes iniciaba la capacitación en el lugar en donde planea trabajar algunas horas a la semana- y un hub de puertos USB; pero no compró nada, nomás revisó el precio de ambos artículos.

Después pasamos al lugar en donde hemos comprado las últimas computadoras y también revisó los precios de lo que andaba buscando -aunque en este último lugar los precios son, generalmente, más altos-.

Por último pasamos a la tienda verde de descuentos: había sido el motivo principal de caminar en esa dirección pues Rb quería cambiar la almohada de su cama; compramos el artículo y retornamos a  casa.

Por la noche terminé de leer el libro en curso: en general me gustó la forma en la que la autora concluye la historia de las aventuras con su padre, su padrastro, sus hijas, su ex esposo, la familia de su ex esposo, entre otros.

También vimos el segundo capítulo de la serie policial que iniciamos a ver la noche anterior.

Y a ver cómo va eso...