sábado, 16 de mayo de 2026

Medea me cantó un corrido... Medea sang me a corrido... Medea m'a chanté un corrido...

Esta semana empecé a leer el libro que titula este texto -en realidad empecé a leer como cuatro o cinco libros en paralelo; la mayoría en inglés, pero (me parece) un par en español)-; me recordó mucho a uno que leí cuando estaba en el Imperio del Norte -hace ya más de veinte años-: La Virgen de los Sicarios.

Sobre este segundo nomás puedo decir que era brutal; violento, pero no corriente -o eso me lo pareció, en esa época-; iba sobre sicarios en motocicletas en las calles de una ciudad en Colombia; mezclaba también temas de identidad sexual (y, claro, cine).

Otro libro (del mismo tipo, creo) que leí -más o menos por los mismos años- fue Diablo Guardían; recuerdo que fue uno de los primeros libros que leí en formato digital (creo que aún usaba uno de esos monitores enormes que traían antes las PCs); era todo un -otro- viaje: narcos, inmigrantes ilegales, entre otros.

Y el domingo (después de leer un capítulo y medio de Medea...) me cuestioné por un corto tiempo continuar con el mismo: entendí -mala interpretación, realmente- que la autora era española; y se me hizo muy poco congruente que una española escribiera como una delincuente mejicana; pero no, la autora es pura descendiente de Moctezuma.

Y a ver cómo va eso.

El sábado me levanté a las seis y media, medité y luego me quedé en la cama, haciendo algunas lecciones de Duolingo, leyendo un poco de uno de los libros que empecé la semana anterior -fueron, creo, más de cuatro- y leyendo algunos artículos de internet.

Salí de la habitación un poco después de las nueve, pero lo primero que hice fue preparar las ensaladas que había previsto llevar al almuerzo con mi hija mayor -se suponía que era su último día de trabajo en la academia de idiomas en la que enseñó ingles por un par de meses-; a las diez preparé mi desayuno.

Afortunadamente no tuvimos que salir durante la mañana -en sábados anteriores generalmetne salíamos, aunque fuera al supermercado más cercano en dirección sur-; por lo que no tuve muchas dificultades en seguir el plan delineado -en mi mente-.

El plan era: a las once de la mañana empezar a preparar los rollitos de pollo que había dejado en la refrigeradora la noche anterior: el plan era batir un huevo, sumergir los dos rollitos en esta mezcla, pasarlos por harina de coco (que condimenté con Italian Seasoning) y luego pasarlos por hojuelas de avena.

Así que a las once realicé los pasos descritos, agregando incluso uno intermedio: volver a sumergirlos en huevo después de haberlos espolvoreado con harina de coco; y, luego de hacerlos rodar por un cuarto de hojuelas de avena, los sellé durante un par de minutos en aceite caliente; luego los puse a cocinar con fuego muy bajo durante quince minutos por lado (dos en total).

Cuando pasaron los quince minutos del primer lado ya eran las once y media, por lo que le propuse a Rb realizar la caminata diaria con sus perros más grandes; entonces volteé los dos rollitos y sacamos a caminar a los perros; entramos un poco antes de que se completaran los quince minutos.

Cuando entramos puse una servilleta de papel absorbente en un recipiente de plástico y pasé los rollitos del sartén al papel; luego me metí a la ducha; cuando salí del baño -y me vestí- preparé la mochila que llevaría: dos ensaladas, dos bolsitas de aderezo, dos seven up light; además de un octavo del pastel del miércoles pasado (que planeaba compartir con mi hija).

Un poco después de las doce cargué las dos mochilas (la de siempre y la recubierta con material aislante) y me dirigí al centro comercial (uno de los más caros de la ciudad) en donde la academia de idiomas tiene una sede (y donde había encontrado a mi hija el mes anterior para nuestro almuerzo mensual).

El tránsito estuvo bastante tranquilo y llegué al lugar unos minutos antes de las doce y media; cuando estaba a un par de calles del lugar conecté los datos móviles de mi teléfono y llamé a mi hija por whatsapp; me indicó que saldría en el acto.

Y justo cuando estaba cruzando la esquina -y tratando de ubicar un espacio junto a la banqueta para esperarla- ví que salió del edificio; abordó el auto y tuvo un momento emotivo pues -según me comentó- era un alivio haber dado la última clase en ese lugar (los maestros, como es costumbre en estos lugares, reciben un salario ínfimo).

El tránsito se veía algo cargado en cualquier dirección -no quería meterme al periférico- y le propuse a mi hija que me acompañara un momento a visitar a mi tía favorita -le indiqué que no serían más de cinco minutos-; ella aceptó y nos dirigimos a la casa de mi primo favorito -con quien había cortado la comunicación por whatsapp unas semanas atrás-.

La distancia entre la academia y la casa de mis familiares no era de más de diez o quince calles, por lo que no nos tomó mucho tiempo llegar a nuestro destino; parqueé la van y bajé a tocar el portón; lo abrieron de inmediato un par de niños -muy pequeños-, sobrinos de mi primo. 

Él salió casi en el acto y lamentamos que mi whatsapp anduviera con fallos; pero le comenté que había pasado nomás para ver cómo había seguido la salud de mi tía -la había visto algo desmejorada, un par de meses antes, en una celebración familiar-.

Entramos a la casa, con mi hija mayor, y subimos al segundo nivel; que es el espacio que mi primo ha proporcionado, desde algunos años atrás, a sus padres; y mi tía salió a recibirnos en el pasillo; la verdad se veía bastante bien.

Como no veía a mi hija mayor desde unos diez años atrás se mostró bastante sorprendida por la visita; yo le indiqué que no estaríamos mucho tiempo, que nomás había pasado a saludar porque no había podido comunicarme con nadie en varias semanas.

Y sí, un par de minutos después empecé a despedirme -mi hija mayor también-; bajamos a abordar la van y continuamos nuestro camino al departamento de mis hijos; el tránsito no estuvo muy mal.

Llegamos al departamento, estacionamos la van y allí si tuvimos una dificultad: el vidrio derecho de la puerta corrediza del lado del copioto se negaba a subir: la verdad es que la situación fue -y es- bien confusa: los controles en la puerta del piloto están todos cruzados.

Se supone -y así ha funcionado desde le año pasado- que el vidrio ese puede bajarse desde la puerta del piloto pero no se sube con el mismo control: debe presionarse la palanca que está en la misma puerta corrediza para subir; y había funcionado muy bien, hasta ese dia.

Entonces, como estábamos en el parqueo del edificio -supuestamente muy seguro- decidí dejar el vidrio a media altura y subimos al tercer nivel para que mi hija cambiara sus ropas formales por algo más cómodo; luego nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad.

No tuvimos ninguna novedad en las ocho calles que separan el edificio donde viven mis hijos del parque temático; y, luego de entrar, dirigimos nuestros pasos hacia el área techada en donde usualmente almorzamos; pero estaba, en esta ocasión, reservada por los trabajadores de una cooperativa.

Entonces probamos en la segunda área techada, con mesas, y allí sí, encontramos varias vacías y nos acomodamos en una para consumir el almuerzo; para mí era la segunda -y última- comida del día; para mi hija, me comentó, era la primera.

Después del almuerzo le propuse a mi hija que compráramos un helado de crema en el restaurante de pollo del lugar y que lo combináramos con la mitad de la porción de pastel que llevaba; mi hija aceptó y nos dirigimos al lugar.

Luego de dar buena cuenta de los helados le propuse a mi hija que practicáramos un poco el cubo de Rubik de seis por seis, pues quería verificar que un paso intermedio podía resolverse de acuerdo a lo que me había comentado mi hijo menor en nuestra última reunión: aplicando un paso del de cuatro por cuatro a una situación que habíamos resuelto con un paso del de cinco por cinco.

Y mi hija llegó hasta este punto de la resolución, pero, al intentar aplicar el paso, algo falló: se desarmaron varios lados y le propuse que mejor viéramos si podíamos subir a la rueda de Chicago más grande; hacia donde nos dirigimos, pero sin buen resultado: no estaba en funcionamiento.

Entonces le propuse que volviéramos al departamento pues me interesaba que empezáramos a practicar un origami que había conseguido un par de semanas antes: un argentino había publicado -en Facebook- un video explicando la construcción de un gato -me lo había compartido mi amigo que viven en el otro extremo de la ciudad-.

Retornamos al departamento un poco antes de las cuatro y nos instalamos en la habitación que denominamos sala; yo llevaba varias hojas tamaño carta y nos aplicamos en seguir los pasos del tutorial; el cual se veía sencillo -como todo origami- pero resultó bastante complicado.

El resultado fueron un par de gatos bastante irregulares; de todos modos yo le había indicado a mi hija que esperaba que practicáramos tanto esta figura que llegáramos a dominarla como lo hicimos con la grulla: la memoria muscular desarrollada es tan buena que casi ni tenemos que pensar para armarla.

Habíamos decidido despedirnos a las cinco y media y aún nos quedaba un poco de tiempo, por lo que le propuse jugar algunas partidas de dominó; creo que completamos tres partidas -un par cortas y una bastante extensa- y, a las cinco y media le indiqué que me retiraba.

Ella me pidió que la pasara a dejar al comercial del otro lado de la calzada pues quería pasar al supermercado del lugar; bajamos al sótano y volvimos a intentar subir el vidrio de la puerta corrediza -estaba a media altura-; y nos costó bastante, pero al final lo logramos: al parecer la palanca funciona únicamente si la puerta está cerrada.

Sacamos la van del sótanos y nos dirigimos a la calle en la que se toma la ruta para cruzar al otro lado de la calzada; en el camino nos encontramos con un conductor bastante agresivo: intentó rebasarnos en una ruta con un solo carril; luego se tiró bien violentamente para adelantarnos antes del retorno; pero lo dejé que avanzara nomás.

Pasé a dejar a mi hija a una calle lateral -a pocos metros del comercial a donde se dirigía-, nos dirigimos y tomé la calzada secundaria -pues debía pasar a un supermercado en el camino-; en el semáforo aún encontré al piloto que nos había adelantado abusivamente.

Después del semáforo tomé la calzada secundaria hasta el comercial en donde se encuentra una de las sucursales más grandes de Walmart: Rb había visto unos petates y le pareció que podían servirnos para la temporada de calor que hemos estado sufriendo.

Entré al lugar -bastante tranquilo de que el vidrio de la puerta corrediza hubiera funcionado-, me estacioné y pasé al área de paquetes a dejar mi mochila; el lugar es bastante amplio y aún así se veía bastante saturado; por lo que busqué a un asistente y le mostré el anuncio de lo que andaba buscando.

El joven -primero se mostró sorprendido-  fue muy amable al guiarme al lugar en donde estaban los artículos de este tipo -playa?- pero no encontró lo que andaba buscando -con un costo de tres dólares-: me indicó otro artículo bastante similar -con un costo de cuatro dólares-.

Intenté llamar a Rb pero el celular no me dejó conectarme al wifi del lugar; adquirí dos de los petates, pasé por la caja de autopago y me retiré del lugar; en el camino me dí cuenta que me había olvidado de la mochila; con lo que me tocó volver a entrar al área de paquetes a reclamarla.

Luego sí me dirigí a abordar el automóvil y salir del parqueo; el resto del camino de retorno no tuvo ninguna novedad; vine a casa un poco después de las seis y encontré a Rb conversando -o salió a conversar- con la vecina.

Por la noche iba a continuar viendo la película china que había empezado a ver la noche anterior (Resurrection) pero me entretuve en otras actividades: creo que ví un poco del código -conversé con mi compañero más brillante, pero un servidor estaba caído y, aunque lo reinicié, aún así no funcionó-, ví algunos videos de Youtube y al final me llegó la hora de la meditación.

Rb estuvo en reuniones virtuales de su trabajo durante una buena parte de la noche -creo que también tuvo algunas reuniones de ese tipo durante el día- pues, desde el día anterior, se estaba llevando un evento regional con el grupo de jóvenes cristianos del proyecto en el que trabaja.

El domingo me desperté a las cinco y cuarto de la madrugada -realmente me había despertado a las tres de la madrugada, debido a la bulla que Rb estuvo haciendo al darle de comer a su perra más anciana (y a la expectativa, me imagino, que tenía con la alarma tan temprano)-.

Y es que, a esa hora (las cinco y cuarto) quería ver cómo estaban las cuotas de Uber para moverme la semana siguiente hasta la ruta en la que debo tomar el autobús a la ciudad colonial: nuestra editora celebraría su compleaños en un restaurante del lugar y nos había invitado la semana anterior.

Rb -como era de esperarse: no podría consumir nada del lugar- descartó la invitación; pero no se opuso -a pesar de que ya habíamos previsto que ese día iba a estar todo el día en su iglesia y yo me haría cargo del cuidado de sus perros- a que yo asistiera.

Entonces, a las cinco y cuarto me metí a Uber, consulté las opciones de la aplicación, los tiempos (más o menos media hora- y las tarifas (alrededor de tres dólares)  y, luego, me quedé en la cama jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo; hasta las seis y media.

A esa hora sonó la alarma diaria y me levanté a meditar; después de meditar retorné a la cama y estuve leyendo medio capítulo del libro de Medea; Rb entró un poco después de las ocho a la habitación: triste porque una amiga -que había conocido mucho tiempo atrás- acababa de fallecer de cáncer -fue algo chocante que me dijera que la envidiaba porque ya había dejado de sufrir (o algo así)-.

Esperé un rato en la cama y luego le indiqué que a las ocho y media realizaría la limpieza semanal de pisos; a esa hora me levanté, quité algunos objetos del suelo y empecé con la rutina de limpieza: barrido de pisos y trapeado.

Casi al final Rb le dió de comer a sus perros y luego se preparó su desayuno; yo había previsto que tomaría mi última comidad bastante tarde -tenía programado un café y pastel con mi amigo voluntario- y no quería desayunar muy temprano.

Por lo mismo acepté la propuesta de Rb de caminar hasta el supermercado que se encuentra cerca de su iglesia; entonces esperé a que Rb terminara de desayunar y, luego, nos alistamos para la caminata -son casi tres kilómetros-.

El ánimo de ámbos andaba -por alguna razón- bastante decaído; la mayor parte del trayecto lo realizamos en silencio; y en el comercial nos dividimos para realizar las compras -en el camino pasamos a algunas verdurerías a cotizar papas, pero no encontramos lo que buscábamos-.

Rb se quedó en el área de verduras, eligiendo algunas papas de buen tamaño -habíamos planeado consumir la mitad del asado que aún teníamos en el freezer- y yo me dirigí al área de gaseosas: quería proveerme de latas de seven up light -que ya no había encontrado en los supermercados en dirección sur-.

Afortunadamente encontre media docena de estas latas en el lugar -suficiente para tres meses de almuerzos con mi hija mayor-; Rb también adquirió algunas piezas de pollo y un par de libras de fajitas de la misma especie; luego nos dirigimos a pagar al autopago.

Y Rb se recordó que no había comprado agua; terminé de empacar las compras -habíamos llevado una bolsa reutilizable- y luego esperé a que Rb retornara con su botella de agua -fría al menos-; luego empezamos la caminata hacia casa.

En el camino Rb me propuso pasar a la tienda de artículos estadounidenses usados -es como nuestro Goodwill local- pues quería adquirir algunas prendas para las clases de Zumba a las que está asistiendo dos veces por semana.

Entramos a la tienda pero Rb no encontró nada que la convenciera; yo aproveché para revisar la sección de cacharros de cocina: estaba interesado en un recipiente para bebidas calientes pues planeaba llevar café el día jueves siguiente -en mi visita al hospital oftalmológico, para el procedimiento láser-.

Encontré un termo bastante grande -y golpeado-; revisé un poco cómo estaba el recipiente interno -de vidrio-, el mecánismo de cierre y vertiente y el estado general; lo adquirí por un poco más de cuatro dólares.

Luego de pagar por el termo continuamos con el retorno a casa; vinimos bastante agotados -el sol estaba en su cénit- pues ya casi era mediodía; y desde que entré a la casa me puse a preparar mi desayuno.

El cual estuvo muy bueno; -en el ínterin también quité los platos del área de secado, lavé el termo (desarmado) y empecé el proceso de envío de los últimos cambios en el código que había realizado la semana anterior-.

Un poco después del mediodía terminé de almorzar y me ocupé en desocupar el área de trastos sucios y pelar la papaya que Rb había lavado un poco antes -y dejado preparada para su procesamiento-; luego, a las doce y media, sacamos a caminar a los perros.

Cuando estabamos a la mitad de la primera vuelta -recorremos la misma escuadra de la calle dos veces- le comenté a Rb -bastante serio- que prefería que evitara los comentarios del tipo: él es el que se encarga de lavar, él es el que se encarga de barrar, y similares.

Como que no le cayó muy bien mi solicitud -también lo hice de forma bastante árida- así que cuando estábamos empezando la segunda vuelta me indicó que -en la misma línea- ya no realizara comentarios del tipo: ella es una influencer; le agradecí por la solicitud y quedamos en eso.

Después de completar la caminata perruna entramos a preparar el almuerzo: Rb se puso a preparar la alitas de pollo (aunque la porción que preparó para mí consistía, casi en la mitad, de trozos de pechuga) y yo preparé un par de enormes ensaladas.

Terminamos de almorzar bastante tarde y yo me dediqué a terminar de subir los últimos cambios del código al servidor remoto; luego, me metí un rato a mi habitación e intenté leer un poco, pero, realmente, estuve dormitando un poco.

Había puesto una alarma para las dos y treinta y cinco, pues quería prepararle un té de manzanilla a Rb antes de salir -usualmente se lo preparo a las dos y cuarenta y cinco, pero no quería llegar tarde a la reunión con mi amigo voluntario-.

A las tres menos cuarto abordé la van y me dirigí a la colonia en la que crecieron mis chicos; llegué a la casa de mi amigo cinco minutos antes de las tres y bajé a tocar el portón de su casa; me gritó, desde adentro, que saldría en un momento. 

Y, en efecto, no tardó mucho en salir; nos saludamos efusivamente y lo invité a subirse a la van; para dirigirnos a la cafetería en la que -de tiempo en tiempo- nos tomamos un capuchino acompañado por una porción de pastel.

Llegamos al lugar y estaba bastante concurrido -era el Día de las Madres-; entramos al restaurante y nos indicaron una mesa pequeña; dejamos allí mi mochila y nos dirigimos a ordenar -me hice cargo de la cuenta: ocho dólares- y retornamos a la mesa; pero mi amigo me indicó que una mesa más amplia había quedado desocupada, y nos instalamos en la misma.

El pedido nos fue entregado unos minutos más tarde y dímos buena cuenta del cappuccino y el pastel de chocolate; estuvimos conversando un poco sobre la situación del siguiente jueves: le pedí a mi amigo que utilizáramos su automóvil -yo le reconocería la gasolina y la cuota del parqueo- y que saliéramos de su casa a las siete y media.

Él me sugirió, de hecho, que saliéramos a las siete; lo que me pareció magnífico; le comenté que había adquirido por la mañana un termo y que pensaba llevar café y panitos para que desayunáramos cuando estuviéramos ya en el hospital -se supone que el procedimiento es a las ocho, pero el tránsito en la ciudad es bastante intenso por las mañanas-.

Un poco más tarde saqué el tablero de ajedrez de mi mochila y empezamos una partida; pero, en esta ocasión, traté de que no se alargara mucho: ví que seguían llegando muchas familias -esperando, me imaginé, agasajar a la madre-.

Entonces -por suerte- le dí jaque mate bastante rápido y luego guardamos las piezas en la caja -aunque, un poco antes, una mesera había pasado ya a limpiar la mesa (preguntando incluso sobre el lugar en el cual habíamos adquirido el juego)-.

Le sugerí a mi amigo que nos retiráramos del lugar -para darle espacio a los agasajantes de turno-  y nos dirigimos a la salida -apenas pasaban de las cuatro-; lo interesante es que ví en la fila -en la entrada del local- a mi jefa de tres trabajos atrás -el primer banco en e que trabajé seis meses-.

No la había visto en más de una década y no nos habíamos comunicado desde que renuncié a mi posición de Auditor -de procesos-; pero se me antojó ir a saludarla; le pedí a mi amigo que me esperar un momento y me acerqué a la susodicha con un "Ingeniera, qué gusto de saludarla".

Fui a abrazarla y le dije que esperara que se recordara aún de mi persona; me saludó con mi nombre propio e intercambiamos algunas frases de cortesía -saludé también a su esposo-; luego me despedí de ambos y salí a reunirme con mi amigo.

Tomamos la van y retorné a dejarlo a su casa; luego me dirigí a la casa de Rb; el tránsito era mínimo -aunque justo antes de entrar al municipio me topaba (por segunda ocasión) con una desviación, debido a reparaciones del asfalto- y un poco después estaba estacionándo el auto.

Cuando entré a casa encontré a Rb con la novedad de que acababa de levantarse de una siesta y se dirigía -supuestamente- a lavar los trastos que estaban acumulados; le indiqué que me haría cargo -y eso hice-.

Después me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta- y, a las cinco de la tarde, empecé a preparar las papas que habíamos comprado por la mañana -y que planeábamos consumir como acompañamiento del asado semanal-; también probé el termo y, aunque al principio no funcionaba, después de algunos ajustes quedé satisfecho con el mismo.

El lunes me levanté a las seis y media, medité y entré a la reunión de las siete; en la que era el único participante de mi área; aunque, un poco más tarde, mi compañero más brillante se unió a la misma -le comenté lo tratado en la misma: lo que había reportado el fin de semana como fallido aún estaba en reparación-.

Después de la reunión intercambiamos algunos mensajes con mi compañero: escribí en la conversación grupal del equipo local -taggeándolo a él y al analista que menos bien me cae- sobre la vuelta de vacaciones de este último, y de que podría trabajar en la funcionalidad que yo no había podido probar el viernes -o el fin de semana-.

Mi compañero nomás reaccionó con un emoji de OK, pero me respondió en privado que ya estaba viendo la reasignación de la tarea -de hecho esa conversación la tuvimos mietnras la reunión de las nueve se desarrollaba-.

Yo me había quedado en cama -no tenía ninguna motivación para salir de la habitación- y en esa reunión estuvieron discutiendo sobre la forma de proceder con las fallas reportadas por mi compañero el día anterior; también me asignó una nueva pantalla para continuar con la escritura de código.

Y en eso estuve trabajando el resto del días; aunque, en realidad, nomás escribí la base de las tres clases que he estado aplicando en cada pantalla; y definí la localización de dos o tres campos de entrada -la verdad fue poco el trabajo-.

Se suponía que íbamos a hacer la rutina de ejercicios a las once; pero Rb me pidió que lo corriéramos a las once y media -estaba preparando unos reportes de su trabajo-; pero le sugerí que lo hiciéramos a las doce menos cuarto; así podíamos, luego, sacar a caminar a los perros.

Antes de realizar los ejercicios Rb estuvo en comunicación con el contacto en el país vecino del sur; y, finalmente, recibimos un pago por las horas que habíamos estado trabajando el mes anterior -y la verdad, el monto fue decepcionante: yo esperaba que Rb recibiera al menos quinientos dólares (pues trabajó bastante intensamente), pero al final nomás fueron como ciento cincuenta dólares (yo recibí la tercera parae, pero yo no me esforcé tanto)-.

Después de realizar la rutina de ejercicios de los lunes sacamos a caminar a los perros grandes; cuando retornamos saqué a la perra más anciana al patio (ha vuelto a presentar signos de demencia) y, después, tomé una ducha.

Después de la ducha me puse a calentar la primera porción del pollo asado que habíamos tenido un par de meses en el freezer; también calenté -al lado del pollo- una papa para cada uno y preparé el guacamol.

Después del almuerzo preparé un café -y me recordé que había visto recientemente algunos paquetes de café instantáneo en mi mochila-; lo que consumí con un dieciseisávo del pastel de la semana anterior, y dos mitades de galletas.

A las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb; y se lo entregué en la mesa, mientras ella le daba de comer a su perra más anciana -los dos más grandes aspiran (literalmente) su comida-; después continué con el código.

Como el sol no estaba muy fuerte decidimos salir a caminar antes de las cinco de la tarde; pero, justo un poco después de la tarde, vimos que, dehecho, sí estaba intenso; por lo que nos esperamos un poco antes de realizar la caminata hacia los supermercados en dirección sur.

En el supermercado más alejado revisé el pasillo de los cafés, para ver si encontraba café instantáneo en paquete -aún no confío plenamente en el funcionamiento del termo, por lo que decidí llevar agua caliente, en lugar de café preparado-; pero no encontré nada.

En el otro supermercado encontré, en oferta, una caja de paquetes de café instantáneo; además compramos un poco de bananos -y Rb compró una buena cantidad de pollo, para sus desayunos-; luego caminamos de vuelta a casa.

Por la noche estuve leyendo el primer capítulo de un libro de kanban que me estoy obligando a leer -bajo el apartado de tecnología-; también decidí que estaré leyendo un poco más de libros en español -además de los dos que tengo actualmente en progreso-.

El martes me levanté a las seis y media, había estado soñando algo profundo -o al menos, algo que me produjo sentimientos de nostalgia, posterior a mi despertar-; medité y entré a la reunión de las siete; en la que nos informaron que el día miércoles se liberaría una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos.

Después de la reunión me quedé en la cama haciendo lecciones de Duolingo; y, después de varios días de mantener un ELO superior a mil seiscientos cincuenta, volví a bajar hasta mil cuatrocientos cincuenta; también estuve leyendo un poco de Hacker News.

Estuve en la cama hasta la reunión de las nueve -la verdad prefiero continuar en el mismo lugar pues los perros de Rb se ponen a ladrar un poco después de las nueve, cuando un vecino saca a caminar a sus perros y pasan frente a la casa-.

Después de la reunión de las nueve salí de la habitación y, un poco más tarde, me puse a preparar mi desayuno; durante toda la mañana estuve revisando por qué un podía encontrar los resultados esperados en una búsqueda que estaba automatizando.

Y esa tarea me llevó casi todo el día; de hecho me percaté de lo que estaba ocurriendo -había identificado de forma incorrecta un elemento de la página- cuando sacamos a caminar a los perros, a las doce y media.

Después de entrar a los perros grandes -y mi entras empezaba a calentar el almuerzo- me puse a corregir el código y, finalmente, funcionó; pero, la ejecución se tomaba casi quince minutos -en un solo caso!-, por lo que seguí eplorando opciones.

Almorzamos la segunda porción de asado, junto con una papa asada, chirmol y guacamol; después lavé los pocos trastos que se habían acumulado en el día; también me preparé una taza de café -con uno de los tres paquetes que había sacado, el día anterior, de mi mochila-.

Por la tarde logré reducir en forma bastante efectiva el tiempo de ejecución del código que estaba escribiendo (de quince minutos a menos de dos); también ayudé a Rb con un par de reportes de su trabajo: quería analizar más de cien sugerencias y agruparlas por similitud.

Lo bueno es que ya hacía algunos años había escrito un código similar -ayudado, claro, por un LLM- en Python: básicamente se utiliza una librería de Machine Learning, se alimentan los datos y se requiere que los mismos se comparen y agrupen.

A las cinco de la tarde salimos a caminar, dirigiéndonos a los supermercados en dirección sur; no entramos al más alejado, sino que caminamos hasta la altura del final del boulevard y de allí dimos media vuelta; en el otro supermercado compré una buena cantidad de embutidos.

Y es que me había percatado -la semana anterior- que ya me quedaban pocas porciones de embutidos para mis desayunos -los reservo en fracciones de quince o dieciocho gramos-; además, necesitaba jamón de pavo para el cordon blue que planeaba llevar al almuerzo con mi hijo menor el siguiente sábado.

Finalmente, también necesitaba jamón para los panes que planeaba llevar el jueves para compartir con el voluntario que me acompañaría durante una buena parte de la mañana; entonces, era un montón de embutidos por adquirir: cuatro onzas de salami  y peperoni, ocho onzas  de jamón normal y cuatro onzas de jamón de pavo.

También compramos un poco de bananos que aún no habían empezado a madurar; después de pasar a la caja -la cuenta fue como de ocho dólares- retomamos el camino de vuelta a casa; y lo primero que hice al entrar fue preparar las porciones para los desayunos -al final, creo, fueron más de veinte porciones-.

Por la noche estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- y me reordé que la noche anterior había estado rara: al principio de la noche me había metido a la habitación y me había puesto a escuchar algunos videos de Youtube, pero me quedé dormido casi en el acto.

Afortunadamente no fue el caso en la noche del martes: tomé mi computadora personal y me instalé en la mesa del comedor -con audífonos, pero sin reproducir ningún video- y, después de completar la aplicación a un par de cursos que anunciaron en uno de mis grupos de whatsapp, continuar con la redacción actual.

El miércoles me levanté a las seis y media; bajé de la cama a meditar y luego entré a la reunión de las siete; la cual estuvo super corta porque, por alguna razón, no contó con la participación del programador a cargo del equipo en el Imperio del Norte.

De hecho entramos bien pocos a la reunión; un poco más tarde mi compañero más brillante me escribió para preguntarme sobre novedades en la reunión; pero le comenté que la misma se había cancelado por falta de quorum.

Después de la reunión, abortada, me quedé en la cama haciendo algunas de Duolingo -ya llevaba varios días sin poder retornar a un ELO de mil quinientos-; un poco más tarde recibí un mensaje de mi primo -el segundo hijo del hermano menor de mi papá-: quería un préstamo de treinta dólares.

Le envié -después de confirmar que le servirían- cuarenta dólares; después entré a la reunión de las nueve; en donde informaron sobre la liberación de una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos; la cual nos pusimos a probar casi en el acto.

El compañero más brillante tomó la batuta en la dirección de la prueba; me asignó dos de las funcionalidades en las que más había trabajado en el pasado; y una en la que había trabajado mucho tiempo antes; entonces dejé de trabajar en la opción de automatización en la que había estado trabajando los días anteriores.

A las once cuarenta y cinco hicimos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; luego sacamos a caminar a los dos perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué al patio a la perra más anciana; luego tomé una ducha.

Cuando salí de la ducha puse a calentar la tercera porción de pollo asado que teníamos en el freezer; la que consumimos con chirmol y un poco de guacamol; después del almuerzo me ocupé de los trastos y, un poco más tarde, me preparé una taza de café.

El café lo consumí con un par de mitades de dos galletas distintas, y la última porción del pastel del miércoles anterior; un poco después del café envié el informe con el resultado de las pruebas en las que había estado trabajando por la mañana.

Al finalizar el horario laboral -a las cuatro y media más bien- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la tienda verde de descuentos compramos un paquete de papel encerado -porque ahora uso esto para envolver los panes de desayuno-.

En el camino de vuelta pasamos a la panadería en donde el pan es más barato y compré un poco de pan tostado y un poco de pan dulce; en la panadería a la vuelta de la calle compré el pan francés para preparar el desayuno del día siguiente.

Cuando retornamos a casa Rb empezó a preparar su cena, pues debía luego entrar a su clase de teología; yo saqué media taza de leche congelada del freezer; y me puse a preparar el pastel semanal.

Al igual que la semana anterior, le agregué dos yemas extras a la mezcla; y la última mitad del mazapán que me había traído la hermana de Rb unos meses antes; la cocción estuvo un poco tardada pero el resultado no quedó tan mal; lo dejé enfriar por un buen rato y luego lo dividí en ocho partes; por la noche  ví el capítulo siete de la quinta temporada de The Boys.

El jueves me desperté a las cinco de la mañana; el día anterior había estado sopesando si despertarme quince minutos antes de esa hora o a la hora en punto; al final puse la alarma para la hora exacta.

Después de meditar entré al baño a tomar una ducha; después me metí a la cocina a preparar el desayuno que planeaba llevar al hospital: agua caliente en el termo, dos panes con huevo y jamón,  pan dulce y una bolsa de snacks.

Terminé de preparar el desayuno un poco antes de las seis, me vestí y entré a despedirme de Rb; luego salí al boulevard a tomar el busito; pasaron varios -uno que se queda a medio camino y varios de colegios- antes de que pasara el que me llevaría hasta la estación del transmetro.

Me apeé en el destino final del busito un poco después de las seis y media; caminé a la estación del transmetro y tomé la siguiente unidad; dos estaciones después desabordé el bus articulado y caminé hasta la casa de mi amigo, llegué un minuto antes de las siete.

Cuando me acerqué al portón escuché que ya había puesto a funcionar su automóvil; y entonces toqué el portón; mi amigo salió a correr el mismo para sacar su auto del parqueo; luego nos dirigimos al hospital oftalmológico.

A pesar de la hora no encontramos mucho tráfico, con lo que llegamos al hospital a una buena hora; nos estacionamos en el parqueo del fondo y nos dirigimos a la recepción de la clínica en la que me habían citado para las ocho.

Le entregué a la secretaria mi carnet con la cita y le pregunté si aún tenía tiempo para desayunar -apenas pasaban de las siete y media-; me indicó que podía ausentarme, pues empezarían a llamar a los pacientes un poco antes de las ocho.

Entonces nos dirigimos, con mi amigo, a buscar unas mesas en el exterior del hospital; pero, aprovechando que la farmacia estaba vacía, pasé a comprar las gotas oftalmológicas que me habían recetado tres semanas antes (quince dólares).

Luego de adquirir las gotas salimos al patio del hospital; el espacio era mínimo -y había varias personas sentadas en los arriates, consumiendo sus alimentos- pero encontramos unas gradas en las que pudimos acomodarnos para desayunar.

Como no había querido llevar tazas de porcelana había empacado un par de vasos grandes de plástico; y allí serví el agua hervida, con la que preparamos un par de cafés, agregándole un paquete de la mezcla que había comprado esa semana en el supermercado.

Luego consumimos los panes franceses que llevaba, junto con los snacks -llevaba un par de platos hondos- y algunos panes dulces; no nos entretuvimos mucho en el desayuno -no quería perder mi turno-, por lo que un poco después retornamos a la clínica.

En donde estuvimos esperando mucho tiempo; en el ínterin yo traté de interactuar con una pareja de ancianos que también estaban esperando -algo que hacía cuando visitaba como voluntario este tipo de instituciones- y, para mi sorpresa, terminé recibiendo un tamalito -había empezado bromeando con la pareja sobre lo bien que se estaba esperando cuando uno era alimentado-.

Después de mucho tiempo de espera una enfermera me nombró para que me ubicara en las sillas de espera y me aplicó una gota en cada ojo; a mi derecha estaba una señora con una evidente desviación en los ojos; a mi izquierda ubicaron a un anciano con quien también intenté bromear.

Pero el señor tenía una actitud bastante tóxica: cuando mencionó a un personaje de la política local -con quien, aparentemente, él había trabajado- negó que mi información sobre el mismo era correcta -y lo era: el señor había sido candidato presidencial- y luego empezó a quejarse de dolor en los ojos.

La aplicación de las gotas se repitió otras dos veces -con intervalos bastante grandes de tiempo-; yo traté de tomar las cosas con calma: cuando me aplicaban las gotas permanecía mucho tiempo con los ojos cerrados; incluso intentando meditar en un par de ocasiones.

Mucho tiempo después nos pasaron a la sala en la que nos aplicarían el Láser Yag: es un procedimiento bastante usual para reducir la presión intraocular; la técnica a cargo se veía bien jovencita; y me pasaron a la clínica justo detrás del anciano.

Quien había estado acompañado en la espera por dos hijos -o lo parecían: una pareja de adultos-; y también entró a la clínica con el hijo; y se tardaron -sentí- un buen tiempo porque el señor se mostraba bastante parlanchín.

Por fin salió y la señorita me indicó que en un momento me atendería; continué esperando y, luego de que me indicara que podía entrar, me acomodé en la silla del procedimiento; muy parecido al arreglo del exámen inicial.

Para aplicar el láser deben colocar una lente en el ojo; luego de aplicar más gotas oftálmicas; luego seguir las indicaciones de ver con el otro ojo hacia un lado; la verdad se siente rara la luz en el ojo; e incluso se siente una especie de pinchazo.

Pero todo terminó bien -al menos con el láser-; lo que no terminó bien fue el proceso total: se suponía (lo habían anotado en la prescripción) que debían examinarme, en la misma clínica del exámen inicial, justo después de la iridotomía.

Se lo indiqué a la técnica y a la recepcionista; esta última me refirió a la recepcionista de admisiones; quien me pidió que esperara mientras verificaba mi expediente médico -antes de pasar acá tuve que pasar al banco a cancelar el procedimiento (setenta y cinco dólares).

Estuvimos esperando un rato, con mi amigo; y un poco después me llamó la recepcionista de admisiones; con la notificación de que debía retornar dos semanas más tarde, para el siguiente exámen; la verdad me molestó la confusión.

Me retiré del lugar pero, cuando acabábamos de salir, decidí regresar a confirmar con la residente que me había examinado la primera vez; le pedí a mi amigo que esperara y retorné con el carnet a la clínica.

No estaba quien había firmado el procedimiento; pero sí su compañera -quien me había examinado por primera vez ese día-; le comenté lo sucedido y le pedí que me confirmara si estaba bien que no me examinaran ese día; me confirmó que era el procedimiento correcto.

Y la verdad ni siquiera dejé que terminara su explicación; y, sé que mi actitud fue bastante infantil -o inmadura- pero es que realmente me molesta sentir que en una cuestión tan delicada -al menos para mí, como paciente- se cambien de instrucciones en el camino.

Antes de salir le había pedido a mi amigo que me pasara a dejar a una estación del transmetro; pero él me indicó que había planeado llevarme hasta la casa de Rb -un poco antes le había comentado que estaba pensando que nuestra próxima reunión mensual no fuera en su casa, sino un desayuno en la casa de Rb-.

Mi amigo pagó el parqueo -yo le había dado los tres dólares antes- y salimos al periférico; afortunadamente no había mucho tránsito por lo que fue fácil entrar al municipio; y conducir hasta la casa de Rb; yo le había escrito un rato antes de que ya íbamos en camino, mi amigo estacionó el auto y bajó a saludarla -hacía casi una década que no se veían-.

Aprovechamos a sacar a los perros más grandes, como para que lo conocieran y no hicieran mucho escándalo en su próxima visita; mi amigo se despidió un poco después y entramos a los perros; el resto de la tarde -y la noche- fue nomás de reposo.

Rb sacó sola a los perros a caminar; antes de salir me había confiscado el teléfono y la tablet pues se suponía que debía minimizar mi tiempo de pantallas; pero sí salí de la habitación -mientras ella sacaba a los perros- a poner el almuerzo en la estufa.

Por la tarde también me confiscó los cubos de Rubik -temía que por estar enfocando la vista se viera afectada mi visión-; así que me pasé el resto de la tarde escuchando podcasts de Youtube -y dormitando, porque me sucede a menudo-.

El viernes me levanté a las seis y media y lo primero que hice fue aplicarme las gotas que me recetaron para los ojos; había empezado el día anterior por la tarde y estuve tratando de aplicármelas al menos tres veces al día -la indicación de la residente había sido cada seis horas-.

Después me bajé de la cama a meditar; luego entré a la reunión de las siete; en la que casi no hubo participantes, aunque creo que mi supervisor entró un rato; tras la reunión me quedé en cama: quería hacer varias leccionies de Duolingo pues el día anterior apenas completé los tres retos diarios.

Rb entró a la habitación un poco antes de las nueve, a preguntarme si ya me había aplicado las gotas oftálmicas; a las nueve estuve en una disyuntiva pues tenía dos reuniones a la misma hora: una de mi supervisor en el Imperio (supuestamente semanal) y la diaria de esa hora.

Al final entré un rato en la segunda, pero luego la dejé en pausa y me pasé a la de mi supervisor, en la que estaba asignando tareas -aún no empezaba la que me había asignado un par de días atrás-; al final de la reunión nos indicó que, siguiendo la guía del nuevo CEO estaría -probablemente- realizando las reuniones del futuro a cámara abierta -y allí si opiné, expresando que me parecía muy buena medida-.

Después de la reunión me preparé el desayuno -acababan de pasar las nueve y media-; después del desayuno me quedé trabajando en la mesa del comedor: aunque no inicié la tarea mencionada, y me estuve esperando a que liberaran la nueva versión de la aplicación que probamos.

Después del desayuno -y aprovechando que Rb había salido al supermercado más cercano- llamé a mi amigo que vivió mucho tiempo en la ciudad en la que yo viví un par de años en el Imperio; unas semanas atrás me había comentado que su padre había tenido un evento cardíaco y estaba en el intensivo.

El anciano -más de ochenta años- había sufrido quemaduras en una gran parte del cuerpo cuando un recipiente explotó mientras quemaba basura en el patio de su casa; habría mucho que discutir sobre las circunstancias, pero se trata de un pueblo y un anciano.

Mi amigo me respondió, aunque andaba fuera de casa; de hecho ofrecí llamarlo luego pero me comentó que la tienda estaba casi vacía; y al preguntarle sobre su padre me indicó que había muerto el mismo día que habíamos hablado por última vez.

Y, la verdad, se veía que aún le estaba afectando mucho; de hecho le ofrecí llamarlo luego, pero me dijo que estaba bien; la llamada no tardó tanto como en ocasiones anteriores (usualmente conversamos por una hora) y nomás estuvimos conversando sobre lo ocurrido -y también un poco sobre mi operación de un par de días antes-.

Después de terminar la llamada -utilizamos el messenger de Facebook- me dí cuenta que mi primo me había escrito por whatsapp; y estaba pidiéndome los datos de mi cuenta bancaria, pues quería pagarme los treinta dólares que le había prestado un par de días antes. 

Un poco antes del mediodía liberaron la nueva versión de la app; pero no empecé con la batería de pruebas: el escritorio remoto al que me conecto estaba muy lento porque casi no había espacio en el disco duro; pero utilicé una app para revisar por qué me estaba quedando sin espacio y, afortunadamente, pude liberar una buena porción del disco.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; aunque le pedí a Rb que sacara ella a la perra y yo al perro (la primera es muy pesada y está continuamente deteniéndose, con lo que debo jalar la cuerda del arnés; y aún no quería realizar mucho esfuerzo físico).

Después de la caminata preparé un par de ensaladas enormes; para acompañar el almuerzo; que no sería, en este caso, pescado (ya nomás nos quedaba una cabeza de pescado en el freezer -y Rb olvidó comprar pescado cuando visitó más temprano el supermercado más cercano-).

En lugar de pescado Rb preparó -en la sartén, y con poco aceite- unas fajitas de pollo condimentadas con especias italianas; yo me serví la penúltima porción de refresco de rosa de Jamaica -Rb ya no toma de esto, por sus molestias urológicas-.

Después del almuerzo lavé los pocos trastes que estaban en el lavatrastos; luego me preparé un té de menta; el que consumí con un pan tostado, medio cubilete, media porción del pastel del miércoles y dos mitades de galletas; un poco más tarde le preparé un té de manzanilla a Rb.

Un poco antes del almuerzo -y mientras intentaba configurar la última versión de la app en la que trabajamos- había borrado, por error, una carpeta del sistema; y me costó un poco restaurar la misma; pero me ayudé con el LLM que más utilizo para estos menesteres -aprendí a revisar una consola de errores- y, afortunadamente, pude iniciar la ejecución.

Pero no avancé mucho; lo que hice fue conrrer los cincuenta y seis test automatizados que he estado escribiendo durante las últimas semanas; de hecho había empezado un poco antes y, cuando no funcionó una parte, me dí cuenta del problema de la falta de configuración.

A las cuatro y media nos dirigimos hacia los supermercados en dirección norte; aunque no planeábamos entrar a los supermercados: al principio de la semana habíamos pasado a un vivero, en donde planeábamos comprar una suculenta, para regalarle a nuestra editora en su cumpleaños.

Aún no me acostumbro a caminar con los anteojos permanentes, pero estoy haciendo un esfuerzo para no mostrar tanta molestia por el hecho; la suculenta (en una maceta de barro) nos salió bastante cara (once dólares); luego pasamos a la tienda verde de descuentos a ver si había pinturas acrílicas.

Y es que el plan de Rb era decorarla de forma personalizada para su amiga -Rb es muy buena en las tareas creativas-; pero no encontramos nada interesante en la tienda; con lo que nomás retomamos el camino de vuelta a casa -casi a la mitad del trayecto vimos un operativo de seguridad bastante fuerte: un buen número de soldados  (con armas bastante fuertes y cascos) estaban alrededor de un negocio por el que pasamos todas las semanas-.

Un poco después de las seis de la tarde me metí a la habitación de Rb a hacer algunas lecciones de Duolingo (al final hice más de cuatro o cinco veces lo que había completado el día anterior); después Rb me recordó que debía preparar los rollitos de pollo.

Lo que había olvidado por completo: no bajé la pechuga del freezer, por lo que era un trozo de hielo completamente congelado; lo metí durante varios minutos -en segmentos de treinta segundos- al microondas y, al menos se dejó cortar.

Luego lo dividí en dos trozos de seis onzas, seccióné, cada uno, por el centro en cuatro porciones -sin llegar a separarlos- y luego los martillé con el mazo que compramos hace varios años para el efecto; el resultado no fue muy bueno, pero esperaba que, luego de doce horas en el refrigerador, puedieran ser exitosamente cocinados.

Y a ver cómo sigue eso...

 

 

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