He leído varios libros gracias a las referencias que he visto en las conferencias del canal Aprendemos juntos, en Youtube; el último -que da título a esta nota- le encontré buscando bibliografía de un psiquiatra que hablaba sobre tres ingredientes de la felicidad.
Y eso fue lo primero que me llamó la atención: el uso contínuo -dentro de su discurso, o explicaciones- de acrónimos de tres o cinco letras, con los cuales explicaba conceptos -me imagino que para facilitar su fijación-.
Otra cosa que me llamó la atención de la conferencia era el aire campechano -en su forma de abordar los temas o responder a las preguntas del público- del personaje; o sea, es un médico (psiquiatra) español de una edad avanzada pero su lenguaje se adaptaba -creo- al medio.
Y no estoy seguro de continuar con este libro -tendría ahora tres líneas abiertas: inglés ficción, tecnología y ahora sería español-; porque el primer capítulo -que leí hace un par de noches- lo veo muy anecdótico.
Y a ver cómo va eso...
El domingo por la noche se volvió un poco raro: hubo -otra vez- un connato de conflicto con Rb; y debió haber sido -otra vez- por alguna tontería: algo como yo enojándome por algo que me parece irracional y ella enojándose porque no le parece 'adecuado' que yo me enoje por dicha razón.
Me pareció raro, eso sí, que dí --o intenté dar- punto final a la discusión con un 'porque así soy'; comentario que me parece muy retrógrado; pero también me preocupa tener que andar justificándome por algún rasgo de mi personalidad -o 'intentar' 'mejorarlo'-.
De todos modos -me dije- estaba considerando tener una conversación 'seria' con Rb sobre esto último -lo cual, por supuesto, ya no efectué- pues temo que las condiciones de convivencia vayan deteriorándose paulatinamente -no quiero volver a pasar por un escenario similar al que compartí con la madre de mis hijos-.
Lo interesante es que no había estado viendo nada de media -después de ver el último capítulo de The Boys- por las noches; aunque tampoco había estado leyendo mucho: nomás algunas páginas de un libro en español; o algo del libro de Bases de Datos.
El lunes -mi último día de vacaciones- me levanté a las seis y media; medité y volví a la cama, en donde estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo -casi únicamente partidas de ajedrez-; un poco después de las siete entré a la habitación de Rb y le propuse que completáramos la rutina de ejercicios.
Pero ella me recordó que habíamos acordado realizarla a las once de la mañana -dos horas después de su desayuno-; entonces retorné a la cama y estuve intentando leer un poco del libro de psicología en español.
La noche anterior -o la tarde anterior?- había estado pensando en dos reuniones para la semana laboral: el lunes había planeado reunirme con mi amigo que ahora vive en Italia -el viernes me enteré que estaba (nuevamente) en el país, y estuve tratando de coordinar una reunión los siguientes dos días-.
También le escribí a mi amigo de la facultad que me contactó -luego de más de una década- la semana anterior; proponiéndole tomarnos un café el siguiente viernes -asueto local por el día del trabajo-; y no había recibido respuesta al segundo mensaje.
Temprano en la mañana ví que había contestado a mis mensajes, aceptando mi invitación pra el viernes; intenté llamarlo -por whatsapp- pero me respondió -por lo bajo- comentándome que estaba en una reunión y me llamaría más tarde.
Con mi amigo italiano estuve en comunicación el sábado y domingo y habíamos acordado que nos veríamos el lunes por la tarde; luego le propuse que llegaría a su pueblo -vive como a ochenta kilómetros de la ciudad- y luego me escribió para comentarme que su auto se había descompuesto y estaba cancelando.
No creí mucho su excusa, y aún intenté reorganizar la hora -o lugar: supuestamente, ese día debía bajar de su pueblo -con su padre: pastor de una iglesia evangélica en el lugar-; se suponía que la iglesia a la que vendría está en el municipio donde vivo, el problema es que el municipio es bastante amplio.
Al final ya no se pudo resolver nada con mi amigo; me pasé la mayor parte del día avanzando en la automatización de un par de opciones, en la página en la que había estado trabajando durante las últimas semanas -y completé ambas, al final del día-.
A las once de la mañana hicimos la rutina de ejercicios con Rb; después sacamos a caminar a los perros; luego consumimos la primera -de cuatro- de las porciones de albóndigas con salsa de hongos -y fideos-.
La tarde estuvo bastante normal: lavé los trastes después del almuerzo, luego me preparé un café -que consumí con dos mitades diferentes de galletas y un octavo del pastel del miércoles anterior-; a las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb.
Y a las cinco de la tarde -tratamos de no salir tan temprano pues el sol había estado abrasador- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: yo quería comprar unos cuencos -herméticos de ser posible- de plástico para conservar en el regrigerador las dos yemas que Rb estará desechando cada dos días.
En la tienda verde de descuentos encontré un paquete de cinco recipientes herméticos de plástico -con forma de corazón- y los adquirí por un dólar y medio; después caminamos de vuelta a casa -hemos estado comprando menos bananos, por las nuevas disposiciones alimenticias de Rb-.
El martes me desperté a las seis y media; había estado teniendo un sueño bastante extraño: en el que le intentaba explicar al hijo de un ex compañero del bachillerato, las diferentes concepciones de lo bueno y lo malo entre culturas.
Pero me desperté y continué pensando en el tema y en la forma en la que había ido cambiando mi forma de ver lo bueno y lo malo -desde el cristianismo más primitivo hasta el budismo, pasando por el judaísmo-; de todos modos empecé a meditar.
De lo que no me dí cuenta fue de que no había cancelado la alarma, pues volvió a sonar a los cinco minutos de haber empezado a meditar -seguramente nomás le dí aplazar-; cuando sonó volví a reiniciar el timer de los veinticinco minutos.
Después de meditar -ya eran las siete- abrí la computadora del trabajo y entré a la reunión de equipo de la mañana; en la que ni si quiera -creo- notaron mi presencia; después de la reunión me quedé en cama completando algunas lecciones de Duolingo.
Un poco después de las ocho me levanté y salí a la mesa del comedor; Rb ya se había instalado en la misma pues -debido a que tenía clase de zumba a las diez- debía desayunar una hora antes de lo acostumbrado.
Me pasé toda la mañana trabajando en dos o tres opciones de la página en la que había estado invirtiendo casi todo mi tiempo de vacaciones -la verdad es que me gusta programar-; Rb salió hacia la extensión municipal que se encuentra a pocas calles y -a las diez- me preparé el desayuno.
Al mediodía sacamos a caminar a los perros; y hasta que los entramos Rb se dió cuenta que no había preparado la berenjena que almorzaría -en lugar de los fideos del día anterior (yo almorzaría lo mismo)- y empezó la prepación, lo que nos atrasó un poco el almuerzo.
Un poco después me pidió que preparara las ensaladas y calentamos la segunda porción de albóndigas de la semana; después del almuerzo me metí a la cocina a ocuparme de los trastes sucios -y a prepararme un café-.
El resto de la tarde continuó normal: a las tres menos cuarto preparé un té de manzanilla para Rb, y continué trabajando en el código; a las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur; no llegamos hasta el extremo del boulevard ni entramos en el supermercado más alejado.
Pero sí cruzamos la calle (que es donde se encuentra el supermercado más alejado), nomás para entrar a una tienda de ropa de segunda mano: Rb andaba en búsqueda de un vestido fresco -el calor había estado bastante fuerte durante los últimos días-.
En el otro supermercado compramos algunos bananos, una lechuga -ahora Rb está consumiendo esto en su desayuno, con un poco de pollo (por la proteina)- y unas alitas de pollo; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y preparando un video de origami de un gato (el amigo que vive al otro lado de la ciudad me había enviado un link y lo recorté y ralenticé).
El miércoles me desperté un poco antes de las seis y media; por alguna razón (¿el calor?) había estado teniendo sueños bastante raros: en esta ocasión vivía en una especie de apartamentos con Rb -super raro-; mientras meditaba me recordé de la situación del domingo por la noche y, al iniciar a trabajar -después de la reunión-, escribí esto:
Meditando me recordé: el conflicto surgió porque yo no quise continuar una llamada con el servicio al cliente de la telefónica que nos provee internet; cuando retornamos de la caminata no había servicio; entonces -como siempre- Rb llamó y empezó el proceso para que revisaran si había algo que se pudiera hacer; pero el servicio estaba que iba y venía; y en cierto momento Rb no podía hablar y me pasó el teléfono; pero yo me negué a continuar la llamada.
La llamada al final fue intrascendente -había un fallo en el área- pero después de la misma Rb me empezó a reclamar sobre mi negativa a continuar la llamada -ya había pasado algo similar unas semansa antes: mi negativa a interactuar con Servicio al Cliente-; y yo me molesté, primero porque estaba molesta; pero segundo -creo- porque me molesta explicar que no me gusta hablar por teléfono.
La verdad es que la situación estuvo bastante rara; pero me hizo plantearme -otra vez- finalizar mi convivencia actual; la cuestión -creo- se agudizó porque más tarde Rb me estuvo mostrando algunos errores que cometí en la última tarea que nos asignó nuestro contacto en el país vecino del norte; no solo me molestó que me señalara mis errores, sino que pensé que lo que estábamos haciendo no tenía sentido.
Ya había pasado más de un mes del inicio del proyecto y no habíamos visto ni un centavo; y Rb se había estado dedicando completamente a esas tareas: lo que por una parte está bien -es tiempo que generalmente lo pasa en redes sociales/juesgos en línea- pero, por otro lado, lo toma -lógicamente- como un trabajo, dedicándose abstryéndose de lo demás.
La verdad es que no sé cómo proceder; de hecho Rb me recordó de mi actuación en el pasado: ella armaba conflicto y yo no lo tomaba; y me sugirió que podía seguir haciendo lo mismo; pero, por alguna razón (tiempo, vida) ya no me es posible -o no elijo- no tomar el conflicto.
La cuestión es que el martes al mediodía Rb me recordó lo de las tareas -el contacto en el país vecino le mencionó algo de los errores que encontró en las últimas tareas recibidas- y, ante mi declaración de que no seguiría con ese tipo de tareas, Rb empezó -otra vez- con que siempre hacía lo mismo, que no se me podía decir nada, etc.
Entonces me puse serio y le pregunté si ya no quería que siguiera viviendo acá; lo que por supuesto inició una conversación bien incómoda; en la que se me recordó que siempre tomaba esa actitud; traté de mantenerme calmado, asegurando que no quería irme, pero que tampoco me atraía estar continuamente en conflictos; y me quedé a la expectativa.
Lo raro es que entre la tarde y la noche del domingo la balanza electronica que Rb utiliza para pesar todas sus porciones dejó de funcionar; era la segunda -la anterior le había tardado varios años- y, en los últimos tiempos, había sido vital para los días cotidianos de Rb; entonces fuimos a la gran ferretería industrial en donde adquirimos este tipo de dispositivo; en donde Rb compró la nueva balanza -sería la tercera-; y claro, al día siguiente que probó la anterior, estaba funcionando de nuevo.
O sea, la noche anterior habíamos probado cambiándole de baterías pero no funcionaba -se quedaba en una especie de prueba de inicio-; me pareció -pero la situación estaba muy tensa- que se habían mojado los circuitos; y, quizá, al día siguiente ya había pasado la crisis hídrica y por eso funcionó de nuevo; le sugerí -y procedió así- a Rb que almacenara la tercera -nomás quitándole las baterías- pues, en algún momento tendrá que entrar en operación; y la segunda continuó en funcionamiento.
Por la mañana del miércoles estuve revisando una parte del código de mi compañerito que estaba fallando -pero, creo, debido a una forma en la que yo estaba escribiendo mi parte-; estuve alimentando un LLM con algunos datos para requerir sugerencias de validación.
A las diez hicimos la rutina de ejercicios de mitad de la semana -en total dura un poco más de media hora-; luego tomé una ducha; a las once y media salimos con Rb en la van: habíamos previsto ese día pasar por mi nuevo par de anteojos al hospital oftalmológico.
El tránsito estaba insufrible; nos tomó más de una hora ir y venir -usualmente no debería ser más de media hora-; antes de salir del boulevard pasamos a llenar el tanque de la van -justo un mes después de la última vez-, aprovechando que la gasolina había bajado medio dolar el día anterior.
Y sí, la cuenta del combustible bajó un poco; pero al salir de la gasolinera lo hice con demasiada agresividad -me le metí bien feo a un camioncito (y el conductor no reaccionó bien) y estuve a punto de que golpeara el auto-; luego, en una rotonda que estaba super llena me volví a meter mal (a la derecha) de un pickup que estaba tomando la circunferencia -y Rb (a diferencia del pasado) reacciona muy mal a esta actuación-.
Total que llegamos al hospital un poco alterados -el calor también estaba calcinante-; ya en el lugar intenté entrar a un parqueo al fondo de la calle; pero justamente una señora estaba saliendo y parqueó el auto justo en la entrada, para que un paciente (¿su padre?) se subiera al auto (el señor estaba en silla de ruedas).
Rb me pidió que me estacionara en el otro parqueo (justo en la entrada de la calle) así que retorné al mismo; pero no me dí cuenta que en la entrada había un cono -afortunadamente no eran garras metálicas o las ruedas delanteras de la van no hubieran sobrevivido).
Rb se puso más tensa y me pidió que me tranquilizara; me disculpé con el guardia del parqueo (el cual no le dió importancia, pero también -yo iba que no quería saber nada- me cobró con un ticket ya cancelado): o sea, me cobró un dólar más de lo que debía haber pagado (y en una operación que -hasta después que lo pensé- era un fraude).
Y lo que pasaba es que me resistía a utilizar los anteojos progresivos (permanentes) de forma 'correcta'; o sea, me había empecinado en que usaría los anteojos nomás para lectura -ver de cerca- y no, no era lo correcto.
Dejamos el auto estacionado -el guardia me dió un ticket ya sellado (y aún me dijo que no lo mostrara)- y pasamos a la óptica del lugar, en donde me entregaron los nuevos anteojos -yo estaba de un humor macabro- y la chica que atendía me empezó a explicar cómo usarlos (al inicio me estaba costando enfocar el texto muy pequeño).
Al final nomás los guardé y le pedí a Rb que me acompañara a la farmacia: en ninguna visita anterior me había percatado que el lugar contaba con una y esperaba encontrar las gotas que me habían recetado una semana antes -y no había podido encontrar en ninguna farmacia local).
Pero la cola estaba muy lenta (y yo andaba en horario laboral -le había avisado a mi segundo analista favorito que me iba a ausentar, por si el supervisor me buscaba-); entonces le dije a Rb que lo compraría cuando llegara nuevamente (a mediados de Mayo).
Nos dirigimos a la salida pero en las sillas de recepción Rb me conminó a sentarnos un momento; y me echó un discurso de que comprendía mi frustración y todos los sentimientos negativos que estaba experimentando, pero que no quería que manejara igual a como lo había hecho en el viaje de ida.
Aún le pedí que no utilizara expresiones vulgares (usualmente no me importa, pero estaba sensitivo); esperé un momento, luego le dije que ya estaba calmado y nos dirigimos a sacar el auto del estacionamiento (dos dólares y medio).
Al retornar a casa sacamos a caminar a los perros y luego calentamos la tercera porción de albóndigas de pollo (yo calenté -por error- las dos porciones restantes); después del almuerzo me resigné y empecé a utilizar los nuevos anteojos -incluso se me humedecieron los ojos (aún no estoy seguro si de tristeza o frustración, o algo más)-.
Además, cuando retornamos ví que -muy oportunamente- mi supervisor en el Imperio del Norte me había escrito casi una hora antes; y, como casi siempre, sus instrucciones eran muy nebulosas: me estaba pidiendo que revisara una lista de pendientes, y que si encontraba alguno aún sin ejecutar, que lo completase.
Como no había trabajado en los mismos durante las semanas precedentes le escribí a los dos analistas que estaban disponibles (el que menos bien me cae había estado ausente toda la semana -y no había marcado vacaciones en el calendario grupal-); pero ninguno de ellos me pudo aclarar mucho.
Entonces empecé una revisión bastante escueta; y, la verdad, no realicé ninguna de las tareas pendientes; pero es que -supuestamente- las que aún estaban sin ejecutar no habían sido trabajadas por el equipo local sino por la compañera de mi supervisor; entonces nomás le envié un mensaje a mi supervisor, explicándole el status (y por supuesto no recibí ninguna retroalimentación).
Continué trabajando hasta las cuatro de la tarde; a las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; era la primera vez que utilizaba anteojos para caminar y no me sentía nada bien (ánimica o físicamente), pero Rb fue bastante comprensiva (aunque un poco antes del almuerzo se había encerrado un rato en su habitación, no sé si para llorar u orar -o ambas cosas-).
Caminamos hasta el extremo del boulevard: Rb andaba buscando vestidos de verano en las tiendas de ropa americana del área -pero no encontró nada que la atrajera-; en el supermercado de la mitad del camino compramos un par de lechugas -ahora Rb está comsumiendo un poco de estas hojas en todos sus desayunos-.
Por la noche Rb entró a su clase de Teología -ya es el último semestre, me parece- y yo me metí a la cocina a preparar mi pastel semanal de avena y zanahoria; en esta ocasión la mezcla me quedó bastante líquida y tuve que cocinarlo -a fuego muy bajo- durante casi el triple del tiempo.
Pero al final salieron las ocho porciones que había estado utilizando desde hacía algunas semanas (¿o meses?); por la noche ví el capítulo cinco de la quinta (y última) temporada de The boys; y traté de leer un poco, aunque aún estaba aprendiendo a utilizar las tres áreas de los anteojos.
Un poco después de las siete le había escrito a mi antiguo supervisor en el Imperio del Norte, quien me había contestado un par de horas antes, y lo llamé casi a las diez de la noche; estuvimos conversando durante un poco menos de media hora (ahora su hija mediana vive en su casa -con su nieto de casi año y medio-).
El jueves me levanté a las seis y media, medité y retorné a la cama a atender la primera reunión del día; la cual estuvo bastante corta; después de la reuniń me quedé en la cama haciendo algunas lecciones de Duolingo; pero mi compañero más brillante me había escrito para que nos reuniéramos.
Yo le había pedido que nos reuniéramos el martes; y me había propuesto reunirnos el viernes (que es un día de asueto oficial en el país: el primero de mayo -día del trabajo-); no le había querido hacer notar el hecho, pero se dió cuenta después de la reunión del jueves y me propuso una reunión.
Programé la reunión para las ocho de la mañana y a esa hora le mostré -o le expliqué más bien- lo que había estado haciendo durante las semanas precedentes; y no le pareció mi avance; principalmente porque no había estado desarrollando la rama que es más urgente (¿o importante?) pero tampoco quedó muy decepcionado: una vez terminada la rama que había estado trabajando era más fácil concluir la primera.
Estuvimos reunidos durante un poco más de media hora; le planteé algunas dudas conceptuales que tenía sobre las tareas que había estado trabajando durante los días precedentes; me dió algunas guías generales y quedamos en que continuaría trabajando de la misma forma.
Y continué con la escritura del código -y tratando de acostumbrarme a ver en tres niveles diferentes- durante el resto del día; la verdad es que lo segundo me ha estado costando -no sé si solo es frustración emocional o también física-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes.
Luego de la caminata calenté la última porción de albóndigas de pollo; pero justo en ese momento nos percatamos que no quedaba pasta (o arroz -había consumido lo último en el almuerzo del día anterior- y Rb estaba acompañando su almuerzo con berenjena); entonces puse un poco de agua para preparar un puñado de coditos sin gluten.
La preparación no tardó tanto y, un poco más tarde, concluimos el almuerzo; después del cual me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado en el día (y a prepararme un café); a las dos cuarenta y cinco le preparé un té de manzanilla a Rb.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; no teníamos algo específico para comprar (excepto el pan para mis desayunos), pero caminamos hasta la tienda verde de descuentos -un poco más de dos kilómetros-; en donde verificamos que no había café en presentación individual.
Después pasamos al supermercado que queda en el comercial desde donde usualmente tomamos los buses intermunicipales; allí compramos un poco de bananos (Rb disminuyó su consumo a la mitad, pero está cuidando que no estén muy maduros a la hora de consumirlos).
En el camino de vuelta -casi a mitad del trayecto- pasamos a la panadería más económica del área -usualmente gasto allí medio dólar entre pan francés y pan dulce-; por la noche estuve buscando alguna serie para ver y me enteré que la segunda temporada de Monarch había sido publicada a principios del mes.
Intenté verla en alguna de las páginas de series que habitualmente utilizamos, pero no encontré una buena presentación -con subtítulos en inglés-; al final bajé el primer capítulo -con un torrent- y ví un poco más de la mitad del mismo; luego, antes de dormirme, leí un par de páginas del libro de SQL.
El viernes me desperté a las seis y media -era un día des asueto laboral- y me quedé un par de minutos más en la cama; pero luego me levanté a completar mi período de meditación; después retorné a la cama y estuve haciendo algunas lecciones de Duolingo.
También, por ser el primer día del mes, pagué la cuota de mantenimiento del departamento de mis hijos (cietno veinte dólares) -y los cuarenta dólares con los que contribuyo a los servicios de la casa de Rb-; finalmente, a las ocho, salí de las sábanas.
Como había previsto salir a las nueve de la mañana -había planificado un café (o desayuno) con mi ex compañero de la facultad que me había llamado (después de muchos años) unas semanas antes-, un poco después de las ocho completé la rutina de ejercicios de los viernes.
Después de la sesión -es bastante fuerza, creo- me metí a la ducha -de la cual me tocó que salir sin toalla pues Rb había puesto la anterior en la canasta de lavandería, sin sustituirla por una nueva-, luego me vestí y me calcé los anteojos -no los usé ni en el ejercicio (discutible) ni en la ducha (esperable)-.
A las nueve y cuarto tomé mi mochila -que está bastante pesada- y empecé a caminar hacia la ruta intermunicipal; consideré esperar el busito en el boulevard -o abordar alguno de los que me sobrepasaron en el trayecto- pero estimé que era mejor darle movimiento al cuerpo.
En el boulevar principal me toco que esperar un poco por el bus intermunicipal -el cual vuelve a cobrar medio dolar (le habían subido veinticinco por ciento al pasaje, debido a la guerra del señor zanahoria)- y cuando lo abordé me acomodé un un asiento y me puse a jugar algunas partidas de ajedrez.
El bus no tardó en llegar al área donde se encuentra el comercial en donde se estacionan los busitos que pasan por la casa de Rb; crucé la calzada principal pues habíamos acordado con mi amigo reunirnos, en la cafetería que más visito, a las diez.
Llegué al lugar con cinco minutos de anticipación; y el local se veía saturado -ví una mesa vacía, pero percibí que el parqueo estaba a reventar-; de hecho había una cola extensa en la caja -en este lugar primero se ordena/paga y luego llevan el pedido a la mesa-.
Me senté en una mesita que encontré vacía -y sucia- y le escribí a mi amigo para comentarle que el parqueo se veía lleno y que si no encontraba lugar me hablara y saldría para que buscáramos otro lugar -no encontré wifi disponible y activé los datos móviles-, y me dí cuenta que me había enviado un audio cinco minutos antes, comentándome que iba tarde.
Me salí del lugar -se me acabaron los datos móviles- y busqué un lugar para esperar a mi amigo afuera; pero luego me dije que quizá me escribiera -o enviara un audio- y no me enteraría; entonces me pasé a un costado de la estación del transmetro y me conecté a la wifi del lugar.
Entré a whatsapp y no encontré ningún nuevo mensaje -ya eran las diez y once-; entonces lo llamé y le comenté lo del parqueo, y le propuse esperarlo del lado contrario de la calzada -más fácil para él- y buscar un restaurante más vacío; mi amigo me propuso que nos reuniéramos en un restaurante justo al otro lado de la calzada.
Me dirgí al lugar y me senté en las bancas del área de espera -le envié un mensaje a las diez y veinte, comentándole que no veía muchas mesas-; me había conectado a la wifi de la tienda de donas en donde he invitado -a café y donas, a mi primo, en un par de ocasiones-.
Consulté en Google maps por el tiempo de viaje estimado desde donde me había enviado el primer mensaje; la página indicaba un viaje de ocho minutos -y ya eran las diez y treinta y cinco-; estaba por enviarle un mensaje mostrándole este dato, cuando me llamó para avisarme que ya estaba en una mesa del lugar.
Y en efecto, había entrado al lugar desde el sótano y se había acomodado en una mesa que no era visible desde el exterior; nos saludamos efusivamente -teníamos más de quince años de no vernos (desde el funeral de otro ex compañero de facultad)- y luego esperamos a que nos llegaran a atender.
El restaurante es -creo- de nivel intermedio -buena comida y buena atención- y, antes de ordenar le pregunté si quería que lo invitara, si quería invitarme o si quería que compartiéramos la cuenta -indicándole que él era el pudiente-; me dijo que él se haría cargo; entonces ordenamos un par de desayunos típicos.
Y nos pasamos el siguiente par de horas -u hora y media?- poniéndonos al día de la última década -cuando me llamó unas semanas antes me había comentado que su madre había muerto un par de meses antes (y recordé que ella fue de las primeras en externar su opinión sobre mi comportamiento inusual -que luego comprendí era parte de Asperger-).
Un poco después del mediodía concluímos la reunión -no pude observar cuál fue el monto de la cuenta- y mi amigo se ofreció a psar a dejarme al lugar en el que tomaría el busito de vuelta a casa -la verdad es que creo que quería presumir su Toyota eléctrico (importado directamente de China {país de nacimiento de su progenitor}, y sí, remarcable)-.
Después de apearme del primer auto eléctrico en que había estado, abordé el busito que estaba esperando pasajeros; un poco después inició el viaje; y me dí cuenta que habían quitado los anuncios del aumento de precio del pasaje.
Un poco más tarde estaba entrando a la casa de Rb -quien no me escuchó entrar y se sorprendió bastante al encontrarme en la sala de su casa-; luego sacamos a caminar a los perros grandes -mientras el pescado se terminaba de cocinar- y, cuando entramos, preparé el par de ensaladas del almuerzo.
Después del almuerzo me hice cargo de los trastos que estaban en el lavadero; después me preparé un té de menta -el que consumí con un pan tostado, un cubilete y la mitad de las galletas que consumo habitualmente-; el resto de la tarde estuve trabajando en la penúltima funcionalidad que tenía pendiente de la tarea en curso.
Por la noche ví la última parte del primer capítulo de la segunda temporada de Monarch -lo había bajado el día anterior-; y no quedé muy seguro si seguiría viendo el resto de la temporada; además, intenté correr algunos de los scripts del libro de SQL en mi computaodra personal.
El sábado me levanté a las seis y cuarto; medité y luego me metí a la ducha; después de secarme y vestirme ví que aún tenía tiempo para un par de lecciones de Duolingo -mi reunión era a las siete y media, pero no esperaba un viaje de más de veinte minutos y aún eran las siete-.
Después de jugar un par de partidas de ajedrez tomé mi mochila y salí a arrancar la van; el trayecto hasta el Mc Donald's del periférico estuvo bastante tranquilo: era la primera vez que manejaba utilizando los anteojos progresivos.
Llegué al lugar cinco minutos antes de la hora en la que debía encontrar a mi amigo, me conecté al wifi del lugar y le envié un mensaje, para comentarle que ya me encontraba allí; un poco más tarde ví que mi amigo se acercaba por el parqueo.
La noche anterior había verificado el listado de ofertas del restaurante y me había enviado una captura de pantalla de una buena opción para desayunar: un par de menús clásicos de desayuno por un poco más de siete dólares.
Utilicé uno de los kioscos del lugar, seleccioné la oferta y pagué con la tarjeta de Rb (se suponía que de esta forma lo llevaban a las mesas -pero no había números de orden en el kiosco-) pero luego tuvimos que pasar al mostrador por la orden.
No había visto a mi amigo desde noviembre del año anterior (casi medio año) y él me lo había hecho notar cuando le escribí un par de semanas antes para invitarlo al desayuno (igual, él tampoco había hecho ningún intento de contacto) y nos pusimos al día de la vida de cada uno: su hija mayor (divorciada a los veintidós, continúa trabajando como maestra, su hija menor está estudiando -online- Diseño Gráfico, en una de esas nuevas universidades).
Y la luz de sus ojos -su hijo mediano- está ya en el tercer año de la facultad y, al parecer, todo marcha viento en popa en su estudio de la Ingeniería en Computación; mi amigo también me llevaba un par de anteojos -vagamente recordaba que le había pedido que me consiguiera unos con la graduación anterior- pero le conté la novedad de los permanentes.
Y él me comentó que, efectivamente, había notado desde el inicio los lentes progresivos; también le comenté que a mediados de mes debía someterme a una Iridotomía Periférica (encontré ese término en Google) y que no estaba seguro si ya había asegurado un acompañante (se supone que debe haber alguien con el paciente pues la visión queda degradada por un tiempo).
Quedamos en que, si no lograba asegurar que otro amigo me acompañara, le avisaría esa semana para que llegara al hospital oftalmológico; estuvimos en el restaurante -aún me dió tiempo para comprar un par de pastelitos (cuatro dólares)- hasta las nueve y media.
Yo había puesto una alarma en el celular pues quería retornar antes de las diez de la mañana a casa: Rb tenía que llevar a su perra a que le cortaran el pelo (la noche anterior había estado terrible pues la perra se pasó -casi toda la noche- auyando y ladrando).
Me despedí de mi amigo e inicié el retorno a casa; en el camino -entrando al municipio- llamé a Rb y le comenté que ya estaba cerca; pero ella me comentó -se oía bastante dolida- que se iría caminando; insistí en que me diera diez minutos y, efectivamente, en menos de ese tiempo me estaba parqueando frente a la casa.
Cuando entré a casa encontré a Rb en un estado fatal: estaba llorando y me indicó que había decidido que pediría una eutanasia para la perra; que la noche había estado muy mal y que no le hacía bien a nadie la situación actual; yo nomás la ayudé a subir a la van y la conduje a la veterinaria.
Cuando llegamos al lugar salió la groomista a recibir a la perra, pero Rb le indicó que necesitaba hablar con el veterinario; entonces tuvimos que esperar por un largo rato -casi media hora-; pero, finalmente, el veterinario las recibió -yo decidí esperarlas afuera-.
Afortunadamente (?) el veterinario consiguió tranquilizar a Rb -y bueno, le pidió que la tratasen por un par de semanas, para ver la evolución-; entonces dejamos a la perra para que le cortaran el cabello y retornamos a casa.
En donde sacamos a caminar a los perros más grandes y, luego, preparamos el almuerzo: un caldo de pollo que Rb había preparado con un medio pollo que había encontrado en el freezer; después de almorzar lavé los trastos y preparé un par de tés: uno de menta para mí y uno de manzanilla para Rb.
Un poco más tarde le enviaron un mensaje a Rb para que fueramos por la perra; en esta ocasión sí entré al área de recepción y escuché el diálogo entre el veterinario y Rb: él no la ve grave pero le recetó unos antibióticos, en caso el animal tuviera alguna molestia interna.
Rb se dirigió a su iglesia un poco después del almuerzo: debía encontrar a sus dos alumnas del programa de alfabetización adulta para la clase semanal; antes de irse me pidió (y me irritó) que realizara la limpieza mientras ella estaba en la iglesia -se suponía que debía pasar por ella a las cinco y media-.
Continué trabajando un rato en el código en el que había estado trabajando las últimas semanas y, un poco más tarde, realicé la limpieza semanal -poniendo énfasis en no recoger nada de lo que se suponía que ella debía hacerse cargo-; un poco después de las cinco empecé a caminar en dirección a la iglesia.
Llegué al lugar un poco después de las cinco y media y me acomodé en el patio de las aulas -al parecer un grupo de jóvenes estaba teniendo una actividad en una de las mismas-; un poco después salió Rb y me comentó que aún debía esperar un poco; entonces me puse a jugar ajedrez en mi celular.
Después de que Rb se despidió de sus alumnas (ahora son tres, en lugar de dos) pasamos al supermercado del comercial que se encuentra al final de la calle; allí Rb compró un poco de pollo para su perra y un poco de bananos.
Por la noche estuve viendo algunos videos de Youtube y leyendo un poco del libro de SQL; luego de lo cual empecé la tercera tanda de cinco capítulos del libro en inglés; pero me estuve casi todo el resto de la noche en mi habitación -me sentía agotado física y emocionalmente-.
El domingo no me quise despertar a las seis y media; nomás desconecté la alarma -luego puse otra alarma para una hora después-; a las siete y media me levanté a meditar; luego retorné a la cama pues planeaba utilizar la media hora de puntos dobles que otorga el reto semanal.
Pero me dí cuenta que no había Internet; de hecho el wifi del celular no detectaba ninguna red; luego escuché que Rb se levantó y vino a mi habitación; y me comentó que no había servicio eléctrico; ella estaba tratando de comunicarse con el servicio al cliente de la compañía.
Y un poco después salió al patio a saludar a la vecina -y a informarse de la situación-: al parecer había habido un accidente durante la madrugada a un par de calles de distancia y un equipo de la empresa eléctrica estaba trabajando en el lugar.
Rb aprevechó, entonces, la mañana en realizar algunas tareas domésticas -que casi nunca realiza-, como lavar la ducha, entrar alguna ropa de los tendederos y así; yo me entretuve un poco con el libro de inglés y luego me levanté a preparar mi desayuno.
Un poco después de las diez y media nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; hubo una situación bien confusa al llegar cerca del más alejado; estábamos en el arriate central y un pickup puso luces de emergencia para darnos paso -iba en el carril interior-; pero cuando tomamos el otro carril otro gran pickup aceleró y estuvo a punto de atropellarnos.
De hecho yo casi ni me dí cuenta; pero unas personas se percataron y se escandalizaron de la situación; Rb también se sintió bastante conmocionada por el hecho; en el supermercado compramos algunas libras de pechuga de pollo, para los almuerzos de la siguiente semana.
El retorno a casa estuvo un poco difícil: el sol estaba bastante fuerte -y Rb aún estaba afectada por lo ocurrido al cruzar el boulevard-; afortunadamente pudimos completar el trayecto de vuelta sin ninguna novedad; y cuando venimos aún no había servicio eléctrico.
La electricidad fue reconectada una media hora más tarde y pude, por fin, completar algunas lecciones de Duolingo; al mediodía sacamos a caminar a los perros; luego Rb preparó las alitas de pollo dominicales -y yo preparé un par de enormes ensaladas-.
Después del almuerzo lavé los trastes y me preparé un té de menta; el cual consumí con una galleta, unos trozos de pan tostado y un octavo del pastel que preparé el miércoles; después estuve trabajando un rato en el código del trabajo.
A media tarde le preparé a Rb un té de manzanilla; luego me retiré un rato a mi habitación y estuve viendo un par de videos de Youtube -Rb tomó una siesta entre cuatro y cinco de la tarde- y trantando de adelantar un poco en el código.
A las cinco y media empezamos a preparar los almuerzos de la semana: Rb cocinó el pollo que habíamos comprado por la mañana; mietnras, yo corté en pequeños cubos media libra de champiñones; luego procesamos cuatro o cinco güisquiles (lo que planeábamos utilizar en lugar de pasta).
Y a ver cómo sigue eso...
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