jueves, 21 de mayo de 2026

A donde vayas, allí estás... Wherever you go, there you are... Où tu vas, tu es...

El viernes le comentaba a Rb -y no por primera vez- que, a pesar de que me encanta leer, me es difícil con los libros 'serios'; y dos ejemplos muy gráficos: La República; se supone que es la cúspide de la literatura griega; creo que nomás leí un capítulo del libro hace varias décadas.

Y lo mismo, casi, me pasó con La Divina Comedia; este libro recuerdo que me lo prestó un compañero de inducción en el primer call center a donde entré a trabajar -al training nomás, realmente- después de retornar del Imperio; y leí dos o tres páginas y se lo devolví.

El Lobo Estepario lo leí -literalmente- como en veinte años; o sea, la primera parte la leí en poco tiempo; pero la segunda parte no pude completarla hasta mucho mucho tiempo después; y eso porque me había metido a un círculo de lectura.

Misma historia con El Gran Gatsby; en varias ocasiones lo saqué de diferentes bibliotecas; y si no es por el mismo círculo de lectura, creo que nunca lo hubiera terminado; no sé realmente cuál sea la razón, pero ha sido, más o menos, una constante en mi vida.

Y quizá pasa lo mismo con el libro del título de este texto: es, creo, uno de los clásicos del movimiento de la atención plena -mindfulness- y lo he tenido en mi lista de pendientes por casi veinte años; pero, por alguna razón, nunca lo empezaba.

Hast ahora que reinicié la lectura en paralelo; después de terminar el anterior libro en español empecé con el de la activista mejicana; pero también abrí otro en español (de una psicóloga chilena) y varios en inglés; entre estos últimos está Wherever you go, there you are; espero que sí.

Y a ver cómo va eso. 

El sábado me desperté a las seis y media; pero no me quise levantar, por alguna razón -estuve teniendo sueños bien raros, con mi hermano menor: se había separado de su esposa y estaba buscando un trabajo en la ciudad (tengo más de cinco años de no hablar con él)- nomás desconecté la alarma y me quedé dormitando en la cama.

Hasta las ocho menos cuarto -o algo así-, cuando escuché que Rb salió de su habitación; salí un momento a saludarla -y a pasar al baño- y luego retorné a mi habitación, a completar los veinticinco minutos de meditación.

Después de meditar volví a salir de la habitación pues quería desinfectar hojas de lechuga, para el almuerzo que esperaba preparar para compartir con mi hijo menor; separé dos hojas de tres diferentes tipos (morada, verde y romana), los sumergí en dos litros de agua con treinta gotas de desinfectante; luego lo dejé en reposo.

Aproveché el tiempo de espera -puse veinticinco minutos en el timer del celular- para completar algunas lecciones de ajedrez en Duolingo -varias partidas- y, cuando sonó la alarma drené el agua de las verduras -también había sumergido una zanahoria y un pepino- y las enjuagué con agua del ecofiltro.

Después me puse a actualizar mis notas -incluída esta- y a revisar -algunos de- los procedimientos automáticos que había estado corriendo el día anterior en la computadora remota del trabajo. 

Desayuné un poco después de las diez y después me puse a preparar las dos ensaladas del almuerzo; eso me llevó un buen tiempo; a las once empecé a preparar los rollitos de pollo: los sumergí en huevo y luego los pasé por harina de coco y hojuelas de avena.

Los sellé por dos lados, luego bajé el fuego y los dejé cocinando por quince minutos; después de voltearlos saqué -con Rb- a caminar a los perros grandes; cuando entramos de la caminata saqué los rollitos del fuego y los coloqué -sobre unas servilletas absorbentes- en un recipiente hermético.

A continuación me metí a la ducha -últimamente pongo un video de música clásica en la tablet, para amenizar el baño-; después de vestirme preparé la mochila con aisltante térmico: metí dos coquitas, las dos ensaladas, un par de platos, dos gelatinas que me habían sobrado de los desayunos; y los rollitos de pollo -también dos bolsitas de aderezo-.

Salí de casa un poco después de las doce del mediodía; el tránsito en el boulevard estaba bastante tranquilo; el único embotellamiento que encontré es el que se forma al entrar al boulevard principal; pero no estuvo muy tardado el paso por el lugar.

La ciudad fue otra historia: casi desde la entrada la cola era permanente; me costó entrar al periférico -por el transporte pesado que baja a la vía que sale de la ciudad a los puertos en el Sur-; e incluso la vía principal, al lado de la cual viven mis hijos, estaba bastante llena. 

Pero, finalmente, llegué al edificio donde viven mis hijos unos diez minutos antes de la una; y me sorprendí de ver una bicicleta -eléctrica- encadenada al lado de la persiana del parqueo -dudé sobre si era de alguno de mis hijos, o si alguien nomás había ocupado el lugar.

Subí caminando los siete niveles y, dentro del departamento de mis hijos, me instalé en la sala; le envié un mensaje a mi hijo menor y me puse a jugar una partida de ajedrez; mi hijo se presentó bastante rápido, y le comenté lo que había visto en el parqueo.

Se ofreció a preguntar a sus hermanas y les envió un mensaje en un grupo de whatsapp por el que se comunican; y, efectivamente, la bicicleta pertenece a mi hija mediana -debí haberlo sospechado-; bajamos aún a ver si podría salir -me había quedado bien pegado-, pero comprobamos que había suficiente espacio -y salimos por la persiana-.

Nos dirigimos al parque temático -el sol no estaba muy fuerte y caminamos a buen paso-; a donde llegamos sin mucha dificultad; lo difícil fue encontrar en donde almorzar: los dos lugares techados, que proveen mesas, estaban ocupados por alguna empresa.

Entonces buscamos un lugar en el área verde -bajo los árboles-; afortunadamente encontramos un sitio con una inclinación no muy pronunciada; almorzamos en el lugar y luego tuvimos una extensa partida de Scrabble (tuve suerte: dos plenas).

Después del almuerzo le propuse a mi hijo que nos subiéramos a la rueda de Chicago y nos dirigimos hacia el juego mecánico; la cola no estaba muy extensa y no nos tomó mucho tiempo completar la vueltas que da la estructura en cada ciclo.

Después de la rueda de Chicago le propuse a mi hijo que retornáramos a su casa; había planeado que probáramos el doblaje de un gato en origami; y sospechaba que nos llevaría cerca de una hora el experimento; así que nos dirigimos a la salida del lugar.

El camino de retorno fue más agradable que el de ida: la pendiente va en descenso y ya no había ningún indicio de luz solar directa -era un poco antes de las cuatro-; llegamos al edificio y subimos al séptimo nivel; en donde entramos al departamento y nos acomodámos en la sala.

Empezamos a armar el segundo modelo de gato de origami que he conseguido este año; además aprovechamos para conversar sobre diversos temas cotidianos; un poco más tarde se nos unió mi hija mayor: nos comentó que acababa de terminar de trabajar.

Y estuvo con nosotros por un buen rato; yo les compartí la idea en la que había estado meditando los días anteriores: ¿cómo preparar un potluck con las restricciones de comida -mi hijo menor está tomando metformina- o preferencias de comida -mi hija mayor usualmente anda haciendo una dieta keto-?; y creo que realizamos un buen análisis de la situación.

Mi hija se despidió un poco más tarde y continuamos con el tercer -o cuarto- paso del gato; pero me dí cuenta que ya solo faltaba un minuto para las cinco -la hora a la que habíamos acordado despedirnos-; entonces procedimos al último abrazo del día;

Ya había salido del departamento cuando me dije que debía aprovechar para despedirme de mi hija mayor -de mi hija mediana no, porque (creo) estaba trabajando-; entonces volví a entrar y toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor.

Ella salió y me ofreció acompañarme hasta el estacionamiento -usualmente lo hace-; cuando estaba a punto de abordar la van me comentó que andaba con dificultades de dinero y me pidió prestados veinte dólares -le ofrecí más, pero se negó-.

Nos depedimos luego de mi respuesta afirmativa e inicié el viaje de vuelta; estaba pensando que quería retornar a casa lo más pronto posible para proponerle a Rb -ella estaba en su clase de alfabetización en la iglesia- ir a encontrarla en el camino -se había negado (más temprano) a que fuera por ella en el auto-.

El tránsito en la ruta de vuelta no estuvo tan pesado como en la ida; vine a casa, saqué a los perros al patio y le escribí a Rb; ella estuvo de acuerdo (aún estaba en clase) y, luego de entrar a los perros, me vestí y empecé a caminar.

La encontré casi a la mitad del camino -o más de la mitad, de mi parte-: cerca de la gasolinera a la que subimos caminando cuando queremos extender nuestro tiempo en el exterior; y reiniciamos el camino de regreso a casa.

El domingo me levanté a las cuatro y media de la mañana; medité durante veinticinco minutos y luego me metí a la ducha; después de vestirme encendí mi computadora personal y ví cómo estaba la situación en Uber: me es más fácil revisar los viajes allí que en el celular.

A las cinco y cuarto ordené un viaje -menos de dos dólares- hasta la ruta interamericana; entonces entré en la habitación de Rb y me despedí -la noche anterior había dejado preparada la maceta (decorada) en una bolsa de mercado-; luego salí al boulevard a esperar la motocicleta.

Estuve en el boulevard durante casi diez minutos esperando por el viaje; finalmente llegó mi transporte; le indiqué el código proporcionado por Uber y me subí al asiento trasero; llevaba la mochila regular -con varios cubos de Rubik- y, en la mano derecha, la bolsa de supermercado con la maceta.

Había metido los anteojos en su estuche y este en la mochila -temía perderlo en el viaje- por lo que mantuve los ojos cerrados la mayor parte del camino; el viaje se realizó sin dificultades y, alrededor de las seis menos veinte- ya estaba esperando el autobús a la ciudad colonial.

No tardó en pasar una unidad -bien vacía, afortunadamente, que abordé y en la cual encontré un asiento completamente vacío; acomodé las dos mochilas y traté de relajarme; el autobus se tardó menos de una hora en llegar a la ciudad colonial y, cuando entramos en sus calles empedradas, levanté la maceta del asiento, para protegerla.

Al final llegamos a la estación final -la vuelta a la ciudad es algo tardada- veinte minutos antes de las siete; me bajé con cuidado del autobús y empecé a buscar un lugar en donde pudiera desarmar -y deshacerme de- la caja en la cual iba empacada la maleta.

Recorrí el centro comercial que se encuentra frente al mercado central que se encuentra frente a la estación de autobuses; pero no encontré ningún lugar adecuado: la mayor parte de negocios empezaban a abrir sus puertas; y había varios indigentes en el lugar.

Caminé en la otra dirección y encontré una banca vacía frente a una iglesia, a la salida de la ciudad; me acomodé en la banca, desarmé la caja y comprobé que la maceta -y la planta- siguieran en buenas condiciones; luego boté la caja -y el duroport que había servido de protección- en un tonel de basura, a un costado del lugar.

Entonces empecé a caminar hacia el restaurante en donde se celebraría el cumpleaños -cincuenta y tres- de nuestra editora; el día anterior había consultado Google maps y tenía muy clara la ruta: eran nomás dos o tres calles de distancia; llegué al lugar faltando un minuto para las siete.

La anfitriona del lugar vió la maceta decorada y dedujo que iba al cumpleaños; indicándome las mesas -tres- en las que se iba a realizar la reunión; mi editora estaba con su esposo en la mesa del centro, con su tío, su padre, y la pareja de este último; me indicó que me sentara a la par de su esposo y ella empezó a recibir a los invitados.

Al final se llenaron las tres mesas -eramos cási veinte personas- y estuvimos allí durante las siguientes tres horas; las cuales pasé -en su mayoría- conversando con el esposo de mi editora: es pediatra -jubilado- y ha tenido una vida muy poco prosáica.

Mi editora pasó la mayor parte del tiempo en la mesa del frente; con un par de tías, un tío y varios primos; en la mesa opuesta se habían instalado dos -o tres- familias completas: papás y varios niños (algunos que emitían sonidos bastante desagradables).

Hubo varias rondas de fotos y yo le envié un par de mensajes a Rb -había pedido acceso al wifi del lugar- para comentarle cómo se iba desarrollando el evento -incluyendo fotos de la comida (buffet) y de la mesa de regalos-.

Casi al final de la reunión una de las tías de mi editora se levantó y pronunció un corto -pero emotivo- discurso, por la ocasión; el cual terminó pidiendo que cantáramos 'Feliz Cupleaños' -un poco antes los meseros habían llegado a cantarle a la cumpleañera, dándole una porción de pastel-.

A las diez la agasajada pidió que la acompañáramos a la calle del Arco -un lugar bastante popular para registrar la visita a la ciudad- y empezamos a caminar hacia el sitio; yo salí casi en el acto y acompañé al papá de mi editora -quien está utilizando andador- y a su pareja.

Pero llegamos bastante rápido al lugar -cuatro o cinco calles de distancia-; igual tuvimos que esperar bastante tiempo porque el esposo de mi editora -y algún otro invitado- habían llevado los regalos al automóvil.

Total que ya era cerca de las once de la mañana cuando se pudieron organizar para un par de fotografías bajo el arco; faltaban como cinco minutos cuando le indiqué a mi editora que me retiraría y me despedí de ella -y su esposo-.

Caminé algo apurado las cuatro o cinco calles que me separaban de la ruta de los buses hacia la ciudad y no tardé en abordar el próximo que pasaba; le envié un mensaje a Rb comentándole que iniciaba mi retorno.

El bus realizó el recorrido bastante rápido: unos cuarenta minutos después estaba apeándome, muy cerca del lugar en donde abordé la unidad en la madrugada; y caminé hasta donde los busitos municipales espran pasaje.

Al final del trayecto me apeé de esta unidad e inicié la caminata final hasta la casa de Rb; mi idea era venir antes de las doce y media, para realizar la caminata de los perros grandes; vine a las doce y veinte, pero ví que Rb estaba caminando con su perro.

La acompañé los últimos metros y me comentó que había sacado antes a la perra más pesada; entonces nos pusimos a preparar el almuerzo; después de preparar -y consumir- el almuerzo me metí a la cocina a lavar los trastos del día.

Rb debía ir a su iglesia después del almuerzo y había decidido que se iría caminando -o en bus- pero empezó a llover -no muy fuerte, pero si constante-; entonces le indiqué que lo mejor era que la llevara en la van -además, quería pasar a calibrar la llanta trasera del lado del piloto: el día anterior me había percatado que estaba bastante baja-.

Aceptó el plan y sacamos la van; nos metimos en la primera gasolinera y le puse doce dólares de gasolina; además pedí que calibraran las cuatro llantas -treinta y cinco psi-; después continuamos el viaje hacia la iglesia; a donde Rb no quiso que llegara: me pidió que la dejara en el comercial más cercano a la misma.

Eso me ahorró tener que entrar un par de calles -y luego reincorporarme al tráfico-; la dejé en donde me había pedido, e inicié el retorno a casa; en donde tuve una tarde muy ocupada: Rb me había pedido que pelara y partiera en cubo seis güisquiles; además que cubicara tres zanahorias.

Estas dos verduras las debía poner a hervir durante diez minutos y luego drenar el agua; además debía partir en cuadritos un gran chile pimiento; y completar las tareas me llevó un buen tiempo; de todos modos, cuando terminé, le escribí a Rb para que me avisara antes de salir de la iglesia, quería ir a encontrarla en el camino.

Un poco después de las cinco mi vestí y salí al encuentro de Rb; llegué casi a la misma altura que el día anterior; y, luego de saludarnos, reiniciamos el camino de vuelta a casa; por la noche estuve leyendo un poco de N'essuie jamais de larmes sans gants; pero no me convencí de continuarlo. 

Cuando entramos de la caminata me encerré en la habitación a hacer más de media hora de lecciones de Duolingo -no logro sobrepasar el ELO de mil cuatrocientos- y me sentía cansado física y anímicamente; además habíamos acordado lavar el ecofiltro ese día.

La verdad es que el filtro de barro se veía bastante sucio en su superficie -como que el agua ha estado viniendo con más partículas-; por lo que, mientras Rb empezaba la preparación de los almuerzos semanales, yo empecé a desarmar el ecofiltro.

Después de desarmarlo me puse a tallar -con una esponja- la superficie interior del filtro de barro; mientras, Rb enjabonó el filtro -de acero inoxidable-, la tapa y el grifo de plástico; luego lo pusimos a secar.

Después de completar la preparación de los almuerzos; comprobar que las piezas del ecofiltro estuvieran secas y armarlo; y llenar el ecofiltro, me sentía bastante agotado; por lo que, un poco después de las nueve y media me despedí de Rb y entré a mi habitación, para meditar y dormir.

El lunes me levanté a las seis y media; no me quería levantar; por alguna razón mi nivel de ánimo había andado bastante bajo; medité y luego retorné a la cama a atender la primera reunión del día; nadie más del equipo entró a la reunión, la cual estuvo bastante corta.

Después de la reunión me quedé en la cama; empecé a hacer algunas lecciones de Duolingo pero hice casi lo mínimo; antes de la reunión de las nueve mi supervisor envió una convocatoria para otra reunión para las diez menos cuarto.

Me pasé dormitando hasta las nueve -pero con los audífonos puestos-; en la reunión de las nueve no hubo muchas novedades; con lo que nomás seguí acostado; pero un poco después uno de mis compañeros me escribió para que lo ayudara con algunas dudas.

Estuvimos intercambiando mensajes hasta después de la hora del inicio de la reunión de mi supervisor; yo no me percaté de la hora y me recordé hasta que mi supervisor me llamó; también mi compañero me escribió, comentándome que estaba preguntando por mí en la reunión. 

Entré a la reunión y escuché que el supervisor estaba anunciando -otra vez- que debíamos empezar a abrir la cámara durante las reuniones; como estaba completamente desnudo me levanté un momento, me puse una playera y volví a la reunión, abriendo la cámara.

La reunión se pareció mucho a las anteriores con mi supervisor: asignación de tareas, no muy claras, pero sí bastante cargantes; a mí, personalmente, no me asignaron nada específico, nomás colaborar en la prueba total de la liberación de la semana anterior.

Pero casi no avancé en esto; nomás puse a correr los cincuenta y seis escenarios automatizados que había estado preparando las semanas anteriores; a las doce menos cuarto hicimos la rutina de ejercicios con Rb -sentí el ciclo bastante pesado-.

Luego de guardar las pesas, en la habitación de la comida de los perros, sacamos a caminar a los dos perros grandes; después de entrarlos saqué a la perra más anciana al patio y puse a cocinar la media taza de arroz que Rb había lavado varias veces -para eliminar los carbohidratos, supuestamente-.

Además saqué la primera porción del pollo guisado que preparamos la noche anterior -con todas las verduras que corté por la tarde-; intenté colocarlo en la ollita que utilizamos normalmente para esto, pero no cupo el guisado; por lo que me tocó que pasarlo a un sartén grande; en donde lo puse a recalentar -con fuego muy bajo-.

El arroz tardó bastante en cocinarse -le había puesto fuego muy bajo luego de ver que emepzaba a hervir-; por lo que empezamos a almorzar casi a la una y cuarto; yo acompañé mi almuerzo con una galleta soda -y refresco de rosa de Jamaica (que Rb me ha estado preparando semanalmente, hasta que se agote la existencia actual)-.

Este día intenté una nueva rutina: no esperé a lavar los trastes antes de prepararme la taza de café de las tardes, sino que, luego de completar el almuerzo, preparé una taza de café, y la consumí con una porción del pastel de los miércoles (y un par de mitades de galletas).

Después del almuerzo intenté correr algunos escenarios de prueba; pero no avancé mucho -la verdad es que ya me está preocupando mi bajo nivel de acción en esta área-; después lavé los trastes.

Traté de no entrar a Youtube -creo que solo puse un video mientras lavaba los trastes- porque no quería ver ningún espoiler del último capítulo de The Boys -usualmente empiezan a subir comentarios desde que publican el trailer del capítulo-.

Rb me pidió que saliéramos a caminar a las cuatro, pues quería pasar a un salón de belleza en el comercial, para ver si podían cortarle el cabello; pero luego me pidió que saliéramos a las cuatro y media.

A esa hora me vestí, me puse la gorra del trabajo y salimos a caminar en dirección a los supermercados hacia el sur; no entramos en el más alejado, nomás llegamos hasta el extremo del boulevard; luego retornamos al supermercado de la mitad del camino.

Allí Rb compró cuatro libras de fajitas de pollo -y un poco de alitas de pollo, para su almuerzo del domingo-; también compramos un poco de bananos; al entrar al centro comercial Rb me indicó que el salón de belleza estaba cerrado.

Por la noche empecé a ver Mortal Kombat II pero, por ser un estreno reciente, no encontré ninguna buena versión en la página en la que, generalmente, veo este material; por lo que decidí bajarlo con un archivo torrent.

El martes -y el miércoles también- me quedé la mayor parte de la mañana en cama: la verdad no tenía ningún ánimo para levantarme; nomás medité, a las seis y media y retorné a la cama; en donde, después de hacer algunas lecciones de Duolingo, fui poniendo sucesivas alarmas hasta las nueve.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; la que no tuvo muchas novedades; después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno; se suponía que debía avanzar en las pruebas en el ciclo que nos encontrábamos, pero no hice mucho más que correr varias veces mi grupo de casos automatizados.

Al mediodía sacamos a caminar a los perros grandes, ahora Rb está haciéndose cargo de la perra más pesada -ella siente que no la tiene que jalar tanto como yo-; también me pidió que no sacara a la perra más anciana; por lo que nomás entré a calentar el pollo guisado del día.

Como Rb está tratando de no consumir tanto arroz le preparé una ensalada; y calenté el tercio de la media taza que nos había sobrado del día anterior; después del almuerzo -mientras Rb terminaba el suyo- me preparé una taza de café.

Se suponía que no tendríamos una reunión que el supervisor había programado durante toda la semana -para revisar avances en las tareas en curso-: él debía acudir al sitio de uno de nuestros clientes principales; pero sí, al final nos llamó desde el parqueo del lugar y tuvimos una reunión super rara. 

Un poco más tarde, después de haber lavado los trastes, le preparé un té de manzanilla a Rb; por la tarde estuve avanzando un poco en varios de los libros que llevaba a medias; quedándome el último ciclo de Medea, y un par de Trucos y Tretas para vivir mejor.

Un poco antes de la cinco salimos a caminar en dirección a los mercados en el sur; lo interesante fue que casi al mismo tiempo salió la vecina -con la que Rb ha estado compartiendo las clases de zuma-; y nos acompañó en casi todo el camino de bajada.

Coincidentemente iba hacia una farmacia que se encuentra en el extremo del boulevard -yo quería pasar a otra farmacia cerca del lugar, pues ya casi no tenía bicarbonato de sodio-; nos despedimos de la vecina en el extremo y cada uno nos dirigimos a una farmacia diferente.

En el camino de vuelta pasamos al supermercado que queda a medio camino; en donde compramos un poco de bananos; además, Rb pasó al salón de belleza, pero le dijeron que ya era muy tarde, y le dieron cita para las once de la mañana del siguiente día.

Por la noche estuve viendo la segunda parte de Mortal Kombat II, además, empecé a leer el último libro de Petit Nicolas que había conseguido; también me dí cuenta de que era el penúltimo día de aplicarme las gotas que me prescribieron el jueves anterior -y el bote casi no tenía líquido-.

El miércoles me desperté a las seis y media; me costó completar el ciclo de meditación y luego encendí la computadora del trabajo; pero me encontré con que acababan de cancelar la reunión: tanto mi supervisor, como su compañera de fórmula, estaban en el sitio del cliente, por lo que no hubo quorum; también habían cancelado la reunión de la tarde.

Como aún eran las siete, me volví a enchamarrar y continué dormitando durante las siguientes dos horas; a las nueve entré a la segunda reunión; y fui el único del equipo en entrar; básicamente todos los desarrollares presentaron sus avances.

Después de la reunión salí de la habitación y me preparé el desayuno de los miércoles; y me quedé trabajando en la mesa del comedor; aunque, al igual que los días anteriores, fue muy poco lo que avancé -y me preocupaba que mi productividad estaba disminuyendo notablemente-.

A las diez y media completamos, con Rb, la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; no sé a qué se debe -¿la edad? ¿el ayuno intermitente?- pero los días anteriores había estado experimentando dolor en los huesos, especialmente en las caderas, especialmente mientras retornaba de la caminata de la tarde.

Pero no tuve muchas dificultades en completar la media hora de ejercicios, luego de la cual, me metí al baño y tomé una ducha; mientras, Rb se dirigió al salón de belleza al corte de pelo que había reservado el día anterior.

Como ya no teníamos arroz preparado puse a cocinar media taza del mismo -después de que Rb lo lavara, para minimizar el contenido de carbohidratos-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros grandes; después de entrar -otra vez no saqué a la más anciana- puse a calentar el guisado de pollo.

A continuación del almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí con dos mitades de galletas diferentes; y la última octava parte del pastel de la semana anterior; después me metí a la cocina a lavar los trastes que se habían acumulado.

Una gran parte de la tarde me la pasé en la habitación; jugando algunas partidas de ajedrez y leyendo un poco de Histoires Inédites du Petit Nicolas; pero cuando salí de la habitación -un poco después de las tres y media- me dí cuenta que mi supervisor me había estado llamando.

La verdad no me esperaba la convocatoria a reunión -él había cancelado más temprano la misma-; pero ví que mis compañeros habían entrado -más de una hora antes- y que aún uno de ellos se encontraba reunido con el supervisor.

Entonces me uní a la llamada -excusándome con que estaba trabajando en el servidor remoto y por eso no había visto la convocatoria-; y me percaté que el supervisor y el compañero estaban trabajando en algunas tareas específicas; pero igual, el supervisor me pidió una actualización del trabajo.

Y le indiqué que estaba casi por concluir -se suponía que debíamos terminar el día siguiente- y que nomás debía coordinar con el analista en el Imperio del Norte para completar la última serie de pruebas que tenía pendiente; y me quedé viendo cómo completaban la reunión en curso.

Afortunadamente terminaron a las cuatro; pues, debido a una clase de un diplomado en educación ambiental, debía estar de regreso de la caminata vespertina antes de las seis -Rb también tenía su clase de teología a las seis y media-.

Entonces, un poco después de las cuatro, nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; yo quería ver si habían paquetes de frijoles rojos en la tienda verde de descuentos -invité a mi amigo voluntario a venir a desayunar a mediados de Junio-.

Pero antes de salir pasé a ver cómo estaba de baja la llanta trasera del lado del copiloto -el domingo la había calibrado pero, tanto el lunes como el martes, había visto que se estaba desinflando-; y, efectivamente, estaba más baja; entonces le comenté a Rb que la llevaría a repararla al retornar de la caminata.

Traté de no pensar mucho en eso en el camino -al inicio estuve tratando de barajar horas porque mi clase empezaba a las seis-; no encontré de los frijoles rojos en la tienda verde de descuentos; y en el supermercado estaban bien caros; por lo que nomás compré cuatro paquetes, de catorce onzas cada uno, de frijoles negros volteados.

Después retornamos a casa; ya eran casi las cinco y cuarto y había planeado pasar primero a la misma gasolinera que el domingo, para que le pusieran un poco de aire a la llanta; pero cuando detuve el auto en la garita me dí cuenta que no estaba tan tan baja; por lo que decidí conducir directamente al pinchazo.

Afortunadamente -y a persar de la hora- el tránsito estaba bastante ligero; no encontré embotellamiento en ninguna parte del boulevard; excepto en el extremo sur -cerca de allí está el pinchazo al que había acudido en un par de ocasiones anteriores-; y tampoco había ningún otro vehículo.

El joven a cargo del taller -bastante familiar en su interacción personal- desinstaló la llanta -tuve dificultades encontrando la corona que el modelo utiliza para asegurar uno de los tornillos- y procedió a extraer un tornillo bastante grande que se había incrustado en la llanta.

Sacó el tornillo con un alicate, y colocó uno de los tarugos que ahora utilizan para este tipo de reparaciones; también aproveché para revisar el aire de la llanta de repuesto -es una dona, pero, a diferencia del auto anterior, en muy buenas condiciones-; después de cancelar por el trabajo -tres dólares y medio- retorné a casa.

Vine aún con diez minutos de anticipación y Rb me recordó que no había comprado zanahorias -era el día de preparación de pastel de avena y zanahoria-; por lo que me dirigí a la tienda de la esquina, en la que me vendieron una enorme zanahoria por medio dólar.

Cuando entré procedí a ingrear a la reunión en Teams en la cual recibiríamos la primera clase del diplomado; y ya estaba la instructora y un par de estudiantes; al final entramos casi doscientas personas; y la clase no me pareció nada atractiva: demasiado anecdótica.

Por lo que me puse los audífonos con bluethoot y completé las lecciones de Duolingo de la noche; también empecé a preparar los ingredientes para el pastel de los miércoles; el cual fuí integrando poco a poco; al final puse en el fuego la mezcla y lo dejé en el sartén por casi media hora; luego lo volteé y lo dejé quince minutos adicionales.

La clase siguió y estuve escuchando algo del contenido -es medio ambiente, pero empezó la inscructora con la historia de su vida, por aquello de la identidad personal y esas cosas-; casi a las ocho de la noche envió el link para anotar la asistencia y, luego de completarla, abandoné la reunión; aún me dió tiempo de ver un poco de Mortal Kombat II.

El jueves me había hecho el firme propósito -y lo cumplí- de no quedarme dormitando en la cama después de la reunión de las siete: el día anterior el supervisor nos había conminado a terminar el ciclo de pruebas antes de finalizar la jornada; me faltaba bastante, pero, especialmente, una tarea que debo coordinar con un analista en el Imperio del Norte.

Entonces, cuando sonó la alarma a las seis y media, me levanté a meditar y luego, en vez de meterme a las sábanas para esperar la reunión de las siete, jalé la computadora y me senté en el piso, al lado de la cama; encendí la portátil y entré a la aplicación en la cual nos reunimos.

Pero ví un comentario que había enviado el organizador un poco antes: no habría reunión porque el supervisor de mi área -y su compañera- estaban ese día en las oficinas del cliente principal; me quedé un rato en el mismo lugar hasta -las siete y media- que oí que Rb andaba fuera de su habitación.

Entonces moví mis dos computadoras a la mesa del comedor y continué allí con la sesión del trabajo; le había escrito un poco antes al analista en el Imperio, pero aún no me había respondido; me escribió a las ocho, comentándome que estaba ocupado y que le diera tiempo.

Me ocupé en seguida con algunas tareas secundarias que podía completar -lo que tenía que hacer en conjunto debía ser coordinado; un poco después de las nueve (ya había pasado la segunda reunión de la mañana) el compañero me notificó que estaba disponible y mantuvimos una reunión virtual por un poco más de una hora.

Y es que, a las diez menos cuarto, nuestro supervisor había programado la reunión diaria para revisar el avance en la tarea en la que habíamos estado trabajando toda la semana; a la misma debíamos ingresar ambos -junto con los analistas locales y en el Imperio-; y esta reunión tardó apenas media hora, porque tocaba la que el jefe de mi supervisor estableció para los jueves cada dos semanas.

En la reunión con el supervisor no hubo muchas novedades; yo indiqué que no había encontrado ningún problema para reportar; dos de mis compañeros locales sí habían encontrado varios errores en la aplicación; y en la otra reunión nomás fuimos interrogados de forma grupal sobre los avances, mismos comentarios.

Al menos la segunda reunión no estuvo muy extensa; por lo que pude seguir trabajando con los pendientes que aún tenía; y en la primera el supervisor nos amenazó con otra reunión para el final de la tarde (cuatro en punto, hora local); lo que me molestó un poco porque por haber entrado a las siete, esperaba retirarme a esa hora.

Pero preferí no mencionar nada; al menos públicamente; Rb acudió a comprar algunas verduras a la tienda del otro lado del boulevard y retornó con una cuenta de más de veinte dólares; aunque casi la mitad correspondía a sus frutas semanales -me compró, eso sí, un mango de muy buen aspecto-.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros; lo que no estuvo muy sencillo porque justo a esa hora entró el camión del servicio de recolección de basura; y la perra más pesada le tiene una animadversión especial al personal del servicio; y, como ahora Rb se encarga de esta, tuve que estar al pendiente que no se descontrolara.

Después de entrar con los perros puse a calentar la última porción de pollo guisado; además dividí los últimos dos tercios de la taza de arroz que había cocinado el día anterior; lo que acompañamos con medio aguacate y -en mi caso- fresco de rosa de jamaica -y también el café con galletas y pastel de avena y zanahoria-.

Después del almuerzo terminé de actualizar la herramienta en la que reportamos los avances en las tareas asignadas -además tuve que reportar dos irregularidades que encontré en la aplicación; aunque sospecho que ninguna de las dos es reproducible-.

Luego estuve esperando la hora de la reunión de las cuatro; en el ínterin estuve conversando con mi amigo más creativo; a quien están tratando muy mal en su trabajo: lo reunieron con Recursos Humanos y, literalmente, le pidieron que reuniara o que sería despedido.

Incluso me envió una imágen de una carta de despedida -del área de recursos humanos-; la cual no fue aceptada por su jefe inmediato; y, al parecer, todo el proceso lo tenía bastante intranquilo; mi consejo: no reunciar; aguantar lo que se pueda y, de ser despedido, buscar una buena compensación.

A media tarde lavé los trastos que se habían acumulado en el día; también pelé y troceé la papaya que Rb había comprado por la mañana -y el mango que me había traído-; después le preparé un té de manzanilla. 

Un poco después de las cuatro, mientras conversaba con el analista que vive en el pueblo donde creció mi padre, entró un correo de nuestro nuevo CEO -tiene cinco o seis meses en el cargo- anunciando que la empresa se estaba desprendiendo -vendiendo a otra compañía- el departamento en el cual trabajamos.

La nota estaba rara: de toda el área nomás planean conservar una pequeña parte -en la que justamente trabajaba antes de pasarme a esta posición-; la verdad me cayó como un balde de agua fría; o tal vez no: igual, he estado esperando desde hace años que me despidan.

Pero  hice lo que he estado haciendo en los últimos tiempos siempre que veo peligrar mi posición: escribirle a mi ex directora -de nuestro vecino país del norte- para ver si en su área me reciben de nuevo; pero esta vez ella se mostró bastante categórica: muy pocas posibilidades de que eso pase.

De hecho me comentó el caso de una analista -con la que trabajé muchos años atrás- quien había pasado por un proceso similar: se deshicieron del área en la que trabajaba, pero, según mi ex directora, en la otra empressa le ha ido mejor.

Estuve esperando que la reunión iniciara, pero no ví ningún movimiento; un poco después de las cuatro y media le comenté a Rb que podíamos salir -y le dejé un mensaje al analista que me cae mejor, indicándole mi status y comentándole que me retiraba-.

Con Rb nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección Norte; no teníamos algo muy importante que comprar -excepto el pan para mis desayunos-, pero queríamos caminar hasta el extremo del boulevard; la tarde estaba fresca e incluso se percibía asomo de lluvia.

Caminamos hasta el supermercado que se encuentra en donde tomamos los autobuses intermunicipales; el local ha estado en trabajos de remodelación durante las últimas semanas, pero lo han mantenido en servicio; aproveché para comprar cuatro pequeñas latas de hongos españoles.

Después de pagar la compra empezamos la caminata de regreso; en el camino pasé a la panadería más económica de la comunidad: compré un poco más de pan que las semanas anteriores, y aún así la cuenta fue más baja que en cualquier otra panadería.

Retornamos a casa cuando ya estaba oscureciendo; no ví ninguna notificación de mi trabajo, pero recibí una llamada de mi amigo creativo; me contó -más o menos detalladamente- cómo había estado la reunión con recursos humanos y le comenté mis apreciaciones de la situación; y le deseé suerte.

Después me metí a mi habitación a ver la parte final -me faltaban como cuarenta minutos- de Mortal Kombat II; la cual concluí, borrando el archivo de mi disco duro y bajando la siguiente película en mi lista: Jack Ryan.

Estuvo lloviendo un poco, lo que refrescó algo el ambiente; pero también nos tocó quitar cualquier aparato electrónico de la mesa del comedor pues, desde el año pasado, las goteras se han incrementado en esa área -al menos al inicio de la temporada pluvial-.

Y a ver cómo sigue eso...

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