domingo, 25 de octubre de 2026

El algoritmo de la amistad... The friendship algorithm... L'algorithme de l'amitié... O algoritmo da amizade...

Creo que es el título -literal- de un episodio de The Big Bang Theory: Sheldon necesita establecer una 'amistad' con una persona realmente terrible; pero hay un truco, 'necesita' la amistad porque le conviene -no recuerdo qué beneficio esperaba, pero era algo de fondos o de tiempo en laboratorio, o algo similar-.

O sea, su intención no era tener un amigo -igual en otros episodios había establecido que no se sentía cómodo cambiando los que tenía-; -e igual es un personaje escrito por una serie de libretistas y presentado por una serie de actores-; pero bueno.

Me encantó la forma en la que presenta su 'plan' para hacerse amigo del otro tipo: es un diagrama de flujo en el que va presentando diferentes opciones para reunirse y conocerse mejor: una comida, una bebida caliente, o una actividad recreativa.

Por supuesto que este episodio es producto de su tiempo: en los últimos meses -o años- he visto varios artículos -e incluso algún libro- en el que se explica la dificultad de los adultos -especialmente del género masculino- en el tema de la amistad.

Personalmente me embarqué -hace cuatro años, me parece- en mi ruta personal de la amistad en la adultez: luego de la pandemia, y luego de haber leído varios artículos del estudio de Harvard sobre el bienestar (y del confinamiento de la pandemia), empecé a contactar a algunas personas que había conocido en el pasado; la mayor parte fueron personas del voluntariado en el que colaboré más de diez años.

Pero también un amigo de la facultad -de los últimos-, mi ahijado profesional número uno -a quien casi no había contactado en la última década-, mi ahijada profesional número dos -nos habíamos conocido siendo voluntarios-, y algunos ex compañeros de trabajo.

Pero, después de un par de años, también empecé a bloquear a algunos del -reducido- grupo: creo que el primero fue esta persona que se desempeña como promotor cultural -enfocado en la lectura-; o sea, no trabaja, pero tiene en mente proyectos muy grandes para mejorar el nivel de lectura local.

Lo malo es que, como no trabaja, luego de habernos reunido varias veces durante casi un año -las últimas visitas fueron en su casa- me pidió prestado una suma de dinero bastante alta (unos ochocientos dólares), y, la verdad, no me apetecía desprenderme de esa cantidad de dinero.

Luego estuvo un voluntario con el que había sido bastante unido -quien incluso llegó a visitarme (y lo invité a almorzar) cuando estaba trabajando en el banco más populoso del país (fueron tiempos terribles para mí)-: me canceló en un par de ocasiones las reuniones programadas con bastante antelación.

El tercero, creo, fue otro voluntario, quien estuvo cambiando varias veces la fecha en la que vendría a la casa de Rb a desayunar -esta modalidad la inicié hace un par de años, me parece; antes nomás invitaba a café o desayuno en algún restaurante-; cuando me canceló un día a principios de este año (o del anterior, no recuerdo), decidí ya no insistir.

Y hoy: con mi primer ahijado profesional habíamos acordado reunirnos -después de muchos tiempo- hace dos o tres meses; y esa semana me escribió para comentarme que se encontraba enfermo (algo del estómago) y no podría acudir.

Luego, intenté programar una reunión el día de la independencia nacional -es asueto nacional-; pero me comentó que pasaría el día con sus hijos -qué bien!-; y a principios de mes le pregunté si estaría disponible para el día de la revolución -otro asueto nacional- y acordamos reunirnos a las cinco en la cafetería de costumbre.

Pero el día en cuestión me escribió por la mañana para comentarme que se encontraba en un departamento y pidiéndome correr la hora para las cinco y media; le contesté que Ok; luego del mediodía -cuando estaba lavando los trastos- escuché que entraban varios mensajes en whatsapp -nomás en la computadora suenan-.

Terminé de lavar los trastes y luego leí los mensajes: esta persona me envió una foto de una gasolinera, disculpándose por estar aún en camino y comentándome que no podría asistir -y diciendo que creía que las seis y media era muy tarde para mí-.

Entonces nomás le contesté que otro día sería; y lo bloqueé en whatsapp -luego me dí cuenta que antes de los mensajes me había llamado al teléfono, pero creo que lo tengo en vibración, por lo que tenía dos llamadas perdidas, después fueron los mensajes-, pasando el diálogo al área de Archived.

Y no es que sea tan tan intransigente -lo soy, basante; también implacable-; por ejemplo: el Testigo de Jehová ya me ha dejado plantado en un par de ocasiones; en la primera yo ya estaba en el lugar y, cuando le recordé la reunión, me escribió que estaba en el funeral de un amigo y se había olvidado avisarme.

Luego, en otra ocasión, se atrasó más de una hora -me dió tiempo para comprar artículos de pintura-; y en la última reunión tampoco se apareció; y esa vez nomás dijo que se le había olvidado avisarme que estaba padeciendo con el ácido úrico y no podía movilizarse.

Se supone que con este último nos veremos el primer domingo de Noviembre; lo programamos unas tres semanas atrás -aunque lo habíamos previsto para el último domingo de Octubre, unos días más tarde le escribí para cambiar la fecha: mi hija mediana me había propuesto esa fecha (y siempre, siempre, son mi prioridad)-.

Y a ver cómo va eso...

El lunes me levanté a las seis y cuarto, medité y salí a trabajar a la mesa del comedor: la semana anterior había trabajado más que en los últimos meses y quería mantener el ritmo -debido al nuevo cambio laboral-; ni siquiera hice muchas lecciones de Duolingo, nomás un par, creo, para mantener la regularidad.

Me puse a revisar los documentos que había completado la semana anterior, pero me centré más en iniciar las pruebas de regresión de la última liberación de la aplicación en la que trabajamos -y allí me dí cuenta que mi compañero de fórmula estaría ausente hasta el mediodía-.

A las nueve entré a la primera reunión general del día; en la que esperaba que anunciaran que al día siguiente no trabajaría el equipo local, por el asueto nacional que celebra una antigua revolución; pero no sucedió.

Después de esta reunión entré a la del equipo -ahora son consecutivas-; en esta estuvo el director y nuestro Scrum Master; y desde que ingresé anuncié que el día siguiente el equipo local estaría fuera, por el asueto; el director pidió un poco más de información pero se mostró conforme.

En esta reunión se me indicó que debía continuar con los tests, y apoyar a mi compañero a completar algunas pruebas específicas; también indicó mi supervisor que había visto mi correo del viernes -con las veinticinco carátulas- pero que aún no había podido revisarlo.

Después de la reunión me preparé el desayuno; luego continué con el trabajo; hasta el miedodía que ingresó mi compañero -después ví en la red social azul que la ausencia había sido porque su hija había completado la educación preprimaria-; cuando lo ví en línea le comenté lo ocurrido en la reunión, y traté de que nos coordináramos.

Pero él fue bastante categórico con que tenía que cumplir ciertas solicitudes específicas del supervisor; por lo que no insistí, nomás continué trabajando en completar la batería de pruebas de regresión; a las doce realizamos la rutina de ejercicios con Rb; luego sacamos a caminar a los perros.

Almoramos tres platos: una pierna de pollo asada, un poco de caldo -con el penúltimo trozo de ramen coreano- y una ensalada mediana; después me preparé un café; trabajé un poco más y luego me metí a la cocina a lavar los trastes del día.

Cuando retorné a la computadora ví que tenía una llamada perdida de mi supervisor; ví que estaban reunidos -incluido el director- y me uní a la sesión; aún no eran las tres (creo que acababa de prepararle el té de manzanilla a Rb) y la reunión se extendió hasta la noche.

Y, como la mayor parte del trabajo, era instrascendente: una funcionalidad de la aplicación no estaba trabajando como se esperaba -se suponía que mi compañero la había estado probando durante el último mes-; a las cinco de la tarde me salí y apagué la computadora.

Nos dirigimos, con Rb, caminando hacia los supermercados en dirección sur; al principio creímos que no necesitábamos comprar nada, luego recordamos que el año anterior habíamos comprado pitas de plástico en el supermercado más lejano.

Llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para entrar al supermercado, allí compramos un par de lazos -que planeábamos utilizar para secar ropa-; después caminamos de vuelta a casa -ni siquiera pasamos al supermercado de mitad del camino-

Y es que veníamos más tarde que de costumbre: justo antes de llegar al extremo del boulevard nos encontramos con un par de misioneros mormones -estadounidenses ambos- con quienes Rb estuvo conversando por un rato -ellos nos invitaron a su iglesia-; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtbe en la habitación de Rb.

El martes, aunque era asueto, me volví a levantar a las seis y cuarto; medité y luego retorné a la cama, en donde estuve haciendo una buena cantidad de lecciones de Duolingo -muchas partidas de ajedrez-; después salí a trabajar al patio trasero.

Como había previsto que iba a comer tarde -había planeado un café con pastel con mi ahijado profesional número uno- quería trabajar la mayor parte de la mañana, antes de tomar mi desayuno; y el plan era desdoblar e instalar un canal de zinc en la parte superior de las láminas de la galera.

Eso no se veía tan complicado; lo segundo era instalar el otro canal de zinc al final de las láminas; empecé con la primera parte y decidí cambiar el canal que había dejado arriba la semana anterior -y que estaba en muy buenas condiciones- por otro que ya estab bastante dañado.

Utilicé unas tijeras de jardín para cortarlo longitudinalmente por la mitad y luego, con un alicate, estiré todo el extremo para que quedara pegado a la pared -con eso esperaba que la cantidad de lluvia disminuyera considerablemente-; cuando terminé con el alicate subí el canal y lo clavé en la pared que divide la casa de Rb con la del vecino.

Después me puse a trabajar en instalar el canal en la caída de agua de las láminas; esto me llevó el resto de la mañana: atornillé dos hembras -con un arco al final- en dos tubos que había encontrado en la galera anterior.

Luego atornillé cada uno de estos tubos en uno de los de dos pulgadas del tercer arco de la galera; pero allí encontré una dificultad: como utilicé tornillos buscatuercas -sin tuerca al final- y nomás utilicé uno en cada tubo los arcos no se mantenían en su lugar.

Por lo que me dirigí a la ferretería -afortundamente estaba abierta, a pesar de ser asueto nacional- y compré -por un dolar- un rollo de alambre de amarre; retorné con la compra e hice un amarre en cada tubo; pero, además, barrené un pequeño agujero y coloqué una armella -como tope- en cada uno.

Terminé esto casi a las once y media y entré a prepararme el desayuno -ya sentía hambre-; Rb estaba ya haciendo su rutina de ejercicios de los martes -cuando no va a zumba-; yo acababa de leer los primeros mensajes de mi ahijado profesional y mi humor estaba bastante negativo.

Después de que Rb terminó la rutina de ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego preparé una enorme ensalada -Rb insistió en una cantidad bastante grande de lechugas-; y almorzamos el mismo pollo asado y caldo del día anterior.

Cuando terminé el almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí nomás con la última porción del pastel de arroz -y un par de mitades de galleta-; pues aún seguía creyendo que comería más tarde.

Al terminar de almorzar me retiré un rato a la habitación, en donde terminé de leer Tinta y Sangre; después salí a lavar los trastes, y luego leí los mensajes de mi ahijado profesional, en donde me comentaba que no podría llegar a la reunión que habíamos previsto.

Entonces volví a meterme a la habitación y estuve viendo algunos videos de Youtube, y aproveché a ver los dos videos de la clase de storytelling de la semana anterior; y es que la última clase fue la primera a la que acudí sin haber visto el video que envían un día antes.

Rb se había pasado toda la tarde respondiendo llamadas; y a las cuatro y media se mostró sorprendida de verme aún en casa; le comenté que no saldría y acordamos salir a las cinco a la caminata de costumbre: hacia los supermercados en dirección norte.

A las cinco nos vestimos y sacamos los paraguas -estaba empezando a lloviznar-; pero la lluvia estuvo rara; nomás salimos al boulevard principal amainó; luego, volvió a lloviznar por dos o tres calles; pero después todo estaba seco.

Caminamos hasta la ferretería industrial pues queríamos ver si encontrábamos una prensa de tipo sargento -el día anterior, cuando nos dirigimos a los supermercados en dirección sur, habíamos visto opciones en la ferretería (yo había comprado algunos tornillos)-.

Vimos varios modelos bastante pequeños y nos decidimos por uno con una apertura de cuatro pulgadas -espero que sea suficiente para los trabajos que aún están pendientes-; después de pagar retornamos a casa, sin ninguna novedad.

Por la noche encendí la computadora del trabajo y me puse a revisar algo que había tenido en mente durante el último par de días: revisar todos los documentos para escribir código con el que actualizar el encabezado de los mismos.

Estuve viendo un poco de código en Python -utilizando Claude- y obtuve un informe bastante interesante; pero no quise seguir trabajando en eso pues encontré varios documentos nuevos -y completamente desactualizados- en la carpeta.

Y mejor me puse a completar lecciones de Duolingo por cerca de una hora; después me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta- y a revisar el currículum que le preparé a mi amigo que vive en el otro extremo de la ciudad -me pidió que le agregara una fotografía-. 

El miércoles me levanté a las seis y cuarto; y lo primero que hice, después de meditar, fue meterme al baño y tomar una muy buena ducha: tenía una reunión a las once de la mañana con una persona que ha estado evaluando las actividades de todo el personal.

O sea, el tema de la reunión era: conocernos un poco mejor, pero, la realidad es que se trata de alguien que tiene como misión -entendí- trabajar en la integración del equipo que fue absorbido por la compañía, para mejorar el desempeño.

La llamada había sido organizada la semana anterior -antes se había reunido con cada desarrollador, y con mi supervisor-; yo me había preparado un poco: con un LLM exploré opciones para presentarme de una forma adecuada.

Y lo que hice fue pedirle un par de minutos para presentarme; lo que incluyó hablar sobre mi experiencia en mi función actual; aunque también le mostré los dos últimos certificados obtenidos: el de product owner un par de años atrás y el de Data Engineer Associate del mes anterior.

La llamada estuvo interesante y nomás me causó un poco de inquietud la insistencia -como mi supervisor- en aumentar el trabajo en automatización -le mostré, como había hecho con mi compañero- el estado actual del poco código que completamos con el analista más brillante -que ya no está en el equipo-.

En general me sentía un poco más tranquilo en el tema laboral pues tenía trabajo definido para el resto de la semana: correr una gran batería de pruebas -antes lo hacíamos entre cuatro pero ahora solo somos dos-.

Pero al menos eso me tuvo ocupado la mayor parte del día; entré a la reunión de las nueve -en la que se me preguntó algo pero no pude activar el micrófono de la computadora- y luego continué corriendo los casos de prueba hasta el mediodía. 

Tuve que darle de comer a los perros de Rb pues se encontraba en medio de una llamada bastante extenso; y lo mismo -la llama extensa- ocurrió un poco antes del mediodía, por lo que no pudimos completar la rutina de ejercicios a esa hora; nomás sacamos a caminar a los perros a las doce y media. 

Después almorzamos -era el tercer día de pierna de pollo asada, caldo y ensalada-; luego me preparé un café; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té a Rb y me metí a la cocina a lavar los trastos del día; luego trabajé otro rato; hasta las cuatro de la tarde.

A esa hora completamos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; después nos vestimos y nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; en el mas alejado no compramos nada; en el de la mitad del camino compramos bananos -y yo compré la pechuga para el almuerzo mensual con mi hija mayor-.

Ella me escribió más tarde para que le transfiriera doscientos dólares: sigo ayudándola para que no realice tantas transferencias; además, ese día me había percatado de algo raro: 'aparecieron' más de cuatro mil dólares en mi cuenta de ahorros en esa moneda; la nota nomás decía transferencia internacional.

Sospecho que la transferencia la hizo mi hija mediana, pero me dejó pensativo: el saldo de lo que le había prestado un par de años antes no eran más de noventa dólares; pero no quise preguntarle por mensajes ya que el domingo debíamos reunirnos para desayunar.

Cuando retornamos de la caminata me puse a preparar el pastel semanal de arroz cocido -ya había empezado a utilizar el mismo en el caldo de los almuerzos-, pero no me resultó: intenté licuar el arroz con mucho líquido -huevo, vainilla y aceite-, por lo que la mayor parte del mismo quedó entero.

Lo cociné y quedó bastante frágil, sin embargo lo pasé a un plato y lo dividí en ocho partes, antes de meterlo a la refrigeradora;  después llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte -la llamada mensual-, después terminé de ver la película de Spiderman, no fue un gran final, pero bueno; también empecé a leer un libro en español de un psicoterapeuta argentino.

El jueves me levanté a las seis y media, completé el período de meditación y luego encendí la computadora -había dejado ambas en mi habitación-, entré a la reunión de las siete, luego a la de las nueve, y en la del equipo hubo un connato de conflicto.

Y es que el supervisor se emperró en que no podíamos tomar más de un día adicional para completar todos los casos de prueba, a pesar de que ahora somos nomás dos analistas con el mismo trabajo.

Al inicio lo cuestioné -el Scrum Master estaba en la reunión- pero luego nomás asentí a todas sus intervenciones; después continué con el trabajo que tenía a medias;  a las doce y media sacamos a caminar a los perros, luego almorzamos.

Salimos a caminar bastante tarde: ya pasaban de las cinco cuando nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: habíamos acordado comprar una balanza digital -la que habíamos estado utilizando ya tenía más de veinte años de uso (la había traído del Imperio del Norte)-.

Caminamos hasta el inicio del boulevard, cruzamos el principal y entramos a la ferretería; habíamos visto en el sitio web de la misma una balanza que valía ocho dólares, la compramos -Rb también compró un pocillo de peltre- y luego pasamos a la tienda verde de descuentos a comprar baterías AAA.

Después pasamos al supermercado pues queríamos ver si había lechugas -sigue la crisis de esta hortaliza-; y  no, no había; pero Rb compró culantro -para los almuerzos de la siguiente semana- y yo compré un litro de jugo de naranja, para el desayuno del domingo con mi hija mediana.

Luego empezamos a caminar hacia casa; en el camino pasamos a la panadería y compré un poco de pan para mis desayunos; después de entrar me puse a completar algunas lecciones de Duolingo, no muchas pues debía entrar a la clase de storytelling.

La cual estubo bastante escueta: nomás una hora, cuando usualmente se extiende por más tiempo; y es que el equipo en nuestro gran vecino del sur tenía una reunión a las ocho de la noche y debía retirarse antes de esa hora.

Después de la clase estuve leyendo un poco del libro en inglés que empecé hace unos días -es un médico galés de una ICU, hablando sobre segundas oportunidades-, pero tampoco me extendí mucho pues quería acostarme temprano, lo que logré conseguir.

El viernes me levanté a las cuatro de la madrugada: Rb tenía que acudir al hospital nacional a que le asignaran una fecha para realizarse una tomografía -o urotomografía, no estoy seguro-; me vestí y salí de la habitación.

Rb ya se encontraba preparada -había corrido la hora de levantarse de las tres (para darle pollo a su perra más anciana) a las tres y cuarenta y cinco, para facilitar su madrugada-, tomé las llaves de la van y salimos a abordarla.

El tránsito a esa hora era mínimo y no tardamos mucho en llegar al hospital; la dejé frente al portón del mismo -ya había una cola inmensa- y conduje de regreso a casa; pero no me volví a dormir: había previsto un par de actividades para pasar mejor el día (por supuesto que preparé una pequeña lista).

Primero medité,  luego me vestí y completé la rutina de ejercicios de los viernes -aunque Rb había estimado que vendría temprano no quería arriesgarme a que sucediera lo mismo del viernes anterior: no hicimos ejercicios ese día- luego me pesé.

La noche anterior me había pesado en la balanza digital y había marcado ciento diecinueve punto dos libras; tenía la duda de ver la variación de peso de un día al siguiente, y en este caso marcó ciento diecisiete punto cuatro (espero mantenerme en este peso -o quizá un par de libras menos- durante el resto de la vida).

Después de pesarme me metí al baño y tomé una muy buena ducha, luego hice varis lecciones de Duolingo (portugués y ajedrez) y después avancé cn el segundo capítulo del libro del médico galés; me ha llamado la atención porque habla un poco de otro para de libros que leí en los últimos años.

Luego de leer un rato -siendo ya casi las siete de la mañana- empecé a trabajar; aunque ya había encendido la computadora antes, dejando correr los scripts de los cincuenta y siete casos de prueba automatizados -una noche de la semana había reparado cuatro que no estaban corriendo luego de la última actualización de la app-.

A las nueve entré a la primera reunión del día; la que estuvo algo rara: una programadora -del imperio del norte, claro- empezó a protestar por la política obligatoria de encender la cámara de la computadora durante las reuniones.

Yo estaba completamente desnudo, así que me ausenté un momento, me puse una playera y encendí la cámara; también habló el director, para indicar que había un nuevo informe que debíamos de completar cada semana (o él -o mi sopervisor, no entendí, realmente- debía completar cada semana).

Después de esta reunión tocaba la de equipo, pero mi supervisor envió un mensaje comentando que estaba ocupado y que nos reuniríamos en la semanal, a las diez; aquí se repitió la segunda parte de la otra: la necesidad de enviar más información semanal sobre lo que estábamos haciendo -o logrando-.

Y justo estaba empezando esta cuando Rb tocó la puerta; yo había pasado la computadora del trabajo a mi habitación pues planeaba tener la cámar encendida y no quería tener que estar cuidando interrupciones.

Así que salí a abrir la puerta y, luego, entré a la reunión; la que ya llevaba tres minutos -estaban cuestionando al analista en el imperio del norte-; la reunión también se extendió más de lo previsto; después de la misma me empecé a preparar el desayuno, pero ya eran las once cuando me senté a tomarlo; Rb ha se había metido a su habitación a traducir llamadas.

Rb salió de su habitación un rato al mediodía, pero dijo que no tenía ánimos de hacer nada -por haberse levantado a las cuatro- y siguió nomás en algún juego online hasta las doce y media, a esa hora sacamos a caminar a los perros grandes.

Después entré a preparar un par de ensaladas y a calentar la última porción de caldo de pollo de la semana; almorzamos y después me preparé un té -tiré la moneda para decidir entre té y chocolate-, lo que consumí con un poco de pan tostado, un octavo del producto de zanahoria y un par de mitades de galletas.

A las dos entré a una reunión con el scrum master y mi compañero analista, la había programado el primero para que le explicáramos un informe que había solicitado el supervisor en la reunión de un par de días atrás.

Y creo que debo tener cuidado en este tipo de reuniones: mi actitud ha sido muy negativa hacia mi supervisor -o sea sí, es un estúpido, no sabe nada de lo que hacemos (ni siquiera lo básico de MS office, por ejemplo)-, pero creo que debo comportarme en la misma forma que llené una encuesta -la primera- que acaban de pasar en el trabajo para medir el clima laboral: marqué todo como estupendo y escribí comentarios super positivos.

Después de terminar esta reunión -tardó un poco más de quince minutos- llamé a mi amigo autista -con ascendencia asiática-: había declinado ayudarlo el martes -supuestamente se mudaría ese día- por el compromiso (que ya no se dió) con mi ahijado profesional; y al día siguiente me había comentado que se había mudado justo ese día.

Conversamos un poco -lo llamé por el celular de Rb- pero me costó mucho escucharlo; al parecer estaba en un lugar demasiado aislado; y me comentó que ahora vivía un poco más cerca de su trabajo -aunque sigo sin comprender por qué le pidieron el departamento en el cual estuvo viviendo durante un par de años-. 

Un poco después de las tres preparé la el informe semanal que el director pidió a partir del viernes anterior, luego ya no hice mucho más; leí un poco del libro del psicoterapeuta argentino y luego pasé la máquina del trabajo a mi habitación.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; no teníamos mucho que comprar -excepto bananos- así que después de llegar al extremo del boulevard regresamos al supermercado de mitad del camino, allí adquirimos un par de bananos y yo compré cuatro bolsas de snacks para los desayunos con mi hija mediana.

Cuando íbamos saliendo del supermercado provoqué (?) un pequeño connato de discusión: me molesta (o me causa incomodidad) que siempre siempre Rb me pase los recibos del supermercado (o sea, yo los uso, para pagarle la mitad de las cuentas, pero me molesta la insistencia); o sea le comenté algo como: ¿no podrías nomás meterlos en tu bolsa?.

Primero se sorprendió, luego dijo, ah sí, pásamelo; pero nomás me lo guardé; e hicimos el resto del camino en silencio; hasta que entramos a la calle: allí me preguntó si cargaba dinero suelto, pues debía comprar un apio; y sí compramos el apio.

Cuando retornamos a casa Rb se puso a desinfectar sus frutas y yo me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta, aunque ya había iniciado antes de salir a caminar-; aunque tuve períodos de sopor.

Un poco después -a las siete- salí de la habitación y puse a desinfectar varios ingredientes para la ensalada del almuerzo con mi hija mayor; luego piqué uno de los chiles pimientos que tenía en la refrigeradora y, con queso y jamón, preparé los dos rollitos para el almuerzo del día siguiente.

El sábado me levanté a la misma hora; medité, completé varias lecciones de Duolingo y luego salí a desinfectar un par de lechugas y a preparar las dos ensaladas que planeaba llevar para el almuerzo con mi hija mayor; después me puse a cocinar los rollitos de pollo.

Los rollitos de la semana anterior habían quedado bien -los cociné por casi cuarenta y cinco minutos por lado- pero, después de ver algunas fotografías de almuerzos anteriores, me dí cuenta que habían quedado muy pálidos; por lo que en esta ocasión tuve buen cuidado de dorarlos un poco por ambos lados.

Después de que el almuerzo estuvo preparado -incluso un par de bolsitas de aderezo- guardé las ensaladas en la refrigeradora y puse los rollitos a enfriar encima de la misma; después salí a completar lo último del trabajo de la galera: pintar con anticorrosivo los tubos con los que instalé el canal.

Eso no me llevó mucho tiempo -eran nomás dos y de nomás de un metro de largo-; después salí a tomar medidas a la hoja izquierda del portón frontal: era lo último faltante en la lista que había elaborado; luego de medir la parte inferior del portón entré a cortar el angular que había almacenado en el patio trasero.

No quise cortar las muescas de la escuadra para evitar accidentes; pero sí barrené los ocho agujeros que me servirán para atornillarlo al portón; como había visto que el tránsito había estado bastante pesado durante la semana -vimos embotellamientos casi todos los días que salimos a caminar con Rb- debido a trabajos municipales en el periférico había decidido salir un poco más temprano de casa.

A las once y media me metí a la ducha y tomé un muy buen baño -Rb estaba realizando una rutina de ejercicios en la sala-; antes de eso había preparado las dos mochilas -la negra y la que tiene aislante térmico-; así que después de vestirme tomé las dos, junto con la caja de Scrabble, me despedí de Rb y tomé la van.

Salí al boulevard y no se veía muy mala la situación; pero cambió bastante y muy rápido: después de avanzar unas pocas calles llegué al embotellamiento, y este continuaba en el boulevard principal, el puente y el ingreso a la ciudad; por fin llegué al periférico y me extrañó ver que -al menos en el carril en el que iba- no había ninguna barrera -en el carril opuesto sí-.

Lo bueno fue que la ruta junto a la cual está el edificio donde viven mis hijos no estaba muy llena; de todos modos llegué al lugar un poco antes de la una menos cuarto (me tardé casi una hora conduciendo); estacioné y subí -por las gradas, de dos en dos- hasta el departamento de mis hijos.

Me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mayor, quien llegó un poco después; y nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad; la tarde estaba fresca pero no había lluvia; por lo que no tuvimos dificultad en llegar e ingresar al lugar.

Lo malo fue que el área en la que frecuentemente almorzamos estaba reservada; por lo que tuvimos que dirigirnos al otra área techada -en donde ponen música a alto volúmen-; en esta ocasión la música estaba tranquila y pudimos almorzar en paz.

Después propuse comprar un helado -cubierto de chocolate y galletas Oreo- para celebrar que había completado el primer año de Medicina en la Universidad sin dejar ninguna clase; compramos los helados y nos instalamos en unas mesas cercanas al kiosco; el clima estaba muy agradable.

Dimos buena cuenta de los helados y luego jugamos una buena partida de Scrabble; después armamos un par de cubos de Rubik y, luego, nos dirigimos a la Rueda de Chicago; donde no encontramos mucha cola; subimos al juego mecánico y luego le pedí a mi hija que nos retiráramos, pues quería pasar a ver si encontraba lechuga en los supermercados del camino.

Salimos del lugar y pasamos al primer supermercado -donde había comprado una lechuga romana la última vez- pero no encontramos ninguna; ni en el siguiente supermercado -en el primero sí compré una red de seis aguacates-.

Retornamos al departamento y le ofrecí a mi hija acompañarme al supermercado del otro lado del boulevard; aceptó y nos dirigimos hacia allí en automóvil; allí tampoco encontré ninguna lechuga -realmente hay una crisis de esta legumbre-.

Mi hija anduvo buscando carne pero no encontré buenas opciones; pero sí compró una bolsa de tilapia -la pagué con la tarjeta de débito de Rb, junto con un aguacate que había escogido para el desayuno del día siguiente, y no quise recibirle luego el efectivo-.

Salimos del supermercado y la pasé a dejar a la pasarela que hay que cruzar para llegar al departamento; e inicié el camino de vuelta; vine a casa de Rb antes de las seis -ella no había ido a impartir su clase de alfabetización porque la habían cancelado-.

De acuerdo a lo que habíamos conversado durante la mañana nos dirigimos al supermercado que se encuentra cerca de la iglesia -al inicio Rb se había mostrado reacia (había pasado trabajando la tarde), pero luego aceptó-; en el camino pasamos a la tienda de tecnología de costumbre: Rb había decidido comprar un adaptador de cables USB porque el último le había empezado a fallar.

En el supermercado encontramos lechugas de dos tipos: escarola verde y de cabeza; compramos un par de cada una y, luego de pagarlas, caminamos de vuelta a casa; cuando retornamos a casa me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo, luego estuve viendo algunos videos de Youtube.

El domingo me levanté a las seis y cuarto, medité y luego completé varias lecciones de Duolingo; un poco antes de las siete y media salí de la habitación y me puse a preparar el desayuno que llevaría para compartir con mi hija mediana.

Después de completar el desayuno lo coloqué en la mochila con aislante térmico; como aún tenía un poco de tiempo avancé un poco en el libro del doctor galés que empecé a leer la semana anterior; un poco antes de las nueve me metí al baño y tomé una buena ducha.

Cuando estaba en la ducha Rb me comentó que había separado la lechuga para las ensaladas -le había pedido la noche anterior que lo hiciera-; antes de preparar el desayuno habíaya partido la papaya; luego de vestirme preparé un par de ensaladas y las reservé en la refrigeradora.

Después me despedí de Rb, tomé ambas mochilas y la caja de Scrabble y salí a abordar la van; apenas pasaban de las nueve y media y Waze había estimado un tiempo de viaje de dieciocho minutos -siempre considero el doble de lo estimado-; pero sí, la ruta estaba completamente ligera: llegué al edificio donde viven mis hijos a las diez menos diez.

Subí al séptimo nivel, me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mediana; quien llegó un poco después, le pregunté sobre la transferencia bancaria y, efectivamente, ella había pasado dinero -supuestamente lo último- de su cuenta en el imperio del norte a mi cuenta de ahorros.

Aclarado el punto le propuse que nos dirigiéramos al parque temático; en donde ahora sí hubo un problema: habían cambiado de guardias y estos -bastante jovencitos, realmente- estaban confiscando una serie de artículos -de vidrio en su mayoría-; así que no podía ingresar el par de ramekins que llevaba -para compartir papaya-; eso lo comprendí, lo otro me pareció irracional: no me querían dejar entrar el Scrabble.

El guardia me ofreció llamar a su jefe y lo esperamos un rato; y él nos explicó que estaban implementando nuevas medidas de seguridad -me parece estúpido- pero que por esta ocasión sí podía entrar el Scrabble -me quedé pensando cómo procederé en las siguientes ocasiones-.

Por fin ingresamos -nomás dejamos los ramekins en el lugar- y encontramos una mesa disponible en la primera área disponible; desayunamos allí -un desayuno masivo: panes con aguacate, lechuga, tomate y huevo; medio banano, media mandarina, un poco de papaya y media bolsa de snacks-, luego jugamos una buena partida de Scrabble.

Después del desayuno le sugerí a mi hija que retornáramos al departamento -ella me había indicado al inicio, al preguntarle, que las doce y media era una buena hora para despedirnos-; en el camino pasamos a una tienda de mascotas y mi hija adquirió una bolsa de comida para su gata.

Llegamos al departamento a una buena hora y nos quedamos un rato en la sala; pero ya no nos dió tiempo para mucho más -aún así mi hija me mostró un par de hojas de papel que había hecho reciclando papel de muchos colores-.

A las doce y media -había puesto una alarma- me despedí de mi hija y empecé el viaje de retorno; cuando abordé el auto compartí mi ubicación live con Rb; el tránsito estaba bastante tranquilo -aunque estuve a punto, otra vez, de golpear a un taxista que venía muy cerca a mi derecha (la verdad no se muy bien de quien hubiera sido la culpa, pero me dije, otra vez, que debo ser más cauteloso en mi conducción)-.

Encontré un poco de tráfico antes de pasar por el paso a desnivel -subterráneo- que se encuentra antes de entrar al municipio; y la subida después del puente también estuvo trabajosa -están construyendo algo de ese lado-; pero un poco después de la una estaba entrando a la calle.

A mitad de la misma encontré a Rb con la perra más pesada; le pregunté si estaba iniciando y me contestó afirmativamente; le pregunté si quería que sacara a su otro perro y también aceptó; entonces vine a estacionar el auto, entré a la casa, le puse el arnés al perro y lo saqué a caminar.

Después de la caminata saqué de la refrigeradora las ensaladas que había preparado más temprano; luego esperé a que Rb calentara los hash browns de zanahoria y pollo que habíamos almacenado en el congelador la semana anterior; y ese fue nuestro almuerzo; después del cual me preparé un café.

Me sentía bastante lleno después del almuerzo y me retiré un rato a mi habitación; intenté leer un poco pero estaba cerrando los ojos; afortunadamente a las tres menos cuarto sonó la alarma y salí a lavar los trastos del día -y a prepararle un té a Rb-.

Rb me pidió que cocináramos a las cuatro y media; por lo que aproveché el tiempo anterior para avanzar con el angular de la segunda hoja del portón: corté las muescas y lo doble; luego corté la primera pieza que colocaré en uno de los lados para mantener la escuadra.

A las cuatro y media empezamos la preparación del almuerzo: corté en cubos cinco chiles pimpientos y una libra de champiñones -Rb me ayudó un poco con lo segundo-; luego piqué apio, culantro y corté en cubos un güisquil y una zanahoria.

A las seis me metí a mi habitación y completé varias lecciones de Duolingo -durante el último tiempo había seguido casi la misma rutina: tres o cuatro lecciones de portugués y muchas partidas de ajedrez-; después me puse a leer un artículo de Esquire sobre un joven con sindrome de Down -quien con treinta y cinco años no conseguía tener citas-.

Un poco después de las siete salí de la habitación y decidí revisar -y ordenar- mis reservas de ingredientes para desayunos -champiñones y salsas de tomate (de estas segundas cinco o seis ya habían sobrepasado por dos o tres meses la fecha de vencimiento)- y de gaseosas, galletas y gelatinas.

Eso me llevó un buen tiempo: decidí utilizar las salsas vencidas en el próximo desayuno con mi amigo voluntario; además tiré un montón de bolsas de plástico -que ya estaban dañanas-; y reordené las galletas -debo comprar de tipo waffle la primera semana de diciembre-; también encontré un paquete de tortillas de papel de arroz -y le propuse a Rb que preparáramos de esos wraps la siguiente semana-.

A las nueve -después de que Rb le dió de comer a sus perros y los sacó (por última vez) al patio- divimos los almuerzos de la semana: cuatro herméticos con más de una libra de pollo con champiñones y dos tazones con caldo de pollo para cuatro días.

Y a ver cómo va eso...

lunes, 19 de octubre de 2026

Escucha a tu intuición... Listen to your intuition... Écoute ton intuition... Escuta a tua intuição...

No sé si es causa o es efecto -muchas veces me cuesta distinguir la diferencia- pero -en esta última sequía lectora- he vuelto a tomar otro de 'esos' libros; y es que, creo que hasta en la contraportada del mismo anuncia que es de autoayuda (o algo así); y no recuerdo si encontré a la autora en el programa Aprendemos juntos, o fue casualidad que bajara el libro y luego escuchara su conferencia.

Pero sí, el título de este texto corresponde a un libro de una psicóloga -no estoy seguro si española o mexicana- a quien he visto en alguna de las conferencias de formato largo que me pongo a escuchar mientras realizo la rutina de ejercicios -un poco más de treinta y cinco minutos- que completamos tres días a la semana con Rb.

Hace unos años leí varios sobre la suerte; al final creo que es más una cuestión de actitud y de 'aprovechar' las oportunidades que se van presentando; o de aceptar que la suerte es parte del caos que se percibe en este universo determinista.

Al final, de los tres o cuatro libros que leí sobre el tema, tomé lo que pude aplicar -o eso creo- en mi rutina diaria: en mi reto de meditar durante mil días he agregado -desde hace varios meses- la repetición de ciertas frases asociadas con la suerte.

Y no sé si al terminar de leer este libro -apenas acabo de pasar de la introducción (o del primer capítulo, no estoy seguro)- habrá algún aspecto que me permita tener un poco más claro el tema de la intuición.

A ver cómo va eso.

El lunes me levanté a las seis y veintisiete, medité y luego saqué la computadora de la bodega y la encendí en la mesa del comedor; Rb se metió a su habitación a contestar llamadas en inglés y yo me dediqué a completar algunas lecciones de Duolingo (aunque se me desaparecieron las opciones de videollamadas).

A las nueve entré en la única reunión que tenía prevista en el día -se suponía que era un asueto federal en el Imperio del Norte, pero no ví que la actividad disminuyera-; un poco después de las nueve recibí un correo de mi supervisor, asignándome una tarea bastante tediosa.

Debía cambiar la carátula de quince documentos, pero cuando empecé con el primero empecé a notar muchas diferencias; y, de los quince documentos que tenía que actualizar nomás logré completar un par antes del mediodía.

A las doce Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando el caldo de pollo y la salsa de tomate, con fuego muy bajo.

Después de la caminata preparé un par de ensaladas y esperé a que Rb calentara -en el microondas- los tres hash browns -de zanahoria- que consumiríamos en el almuerzo; el cual estuvo bastante copioso.

Y el café post almuerzo también estuvo bastante fuerte: además del medio litro de café consumí dos tercios diferentes de galletas, un par de pan tostado, un poco del pastel tres leches y una porción (y un tercio) del pastel de arroz (con un poco de helado).

En la tarde me reuní con mi único compañero analista: el supervisor le había indicado que debía ayudarme con la asignación -la verdad lo ví como una pérdida de tiempo, pues me imaginé que la ayuda sería ínfima (tal cual fue) pero no me quería poner rebelde-; le expliqué en detalle la tarea.

Y luego continué durante toda la tarde -hasta las cinco- trabajando en la actualización de los documentos; cuando completé cinco o seis se me ocurrió que podía automatizar la validación de los cambios; entonces me puse a escribir código -con ayuda de un LLM- para comparar los cambios.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para pasar a una farmacia popular: Rb necesitaba comprar un esteroide para uno de sus perros; luego nos dirigimos al supermercado de la mitad del camino.

Allí habíamos planeado comprar lechugas pero no encontramos ninguna en el área de verduras; retornamos a casa con las manos vacías y yo volví a encender la computadora del trabajo: en el camino se me había ocurrido otro método de verificación.

Antes de entrar a casa -y a pesar de que ya casi no había luz diurna-revisamos los arbustos del cercado para cosechar güisquiles -a Rb se le había ocurrido que podíamos incluirlos en los almuerzos de la siguiente semana-; y encontramos cuatro. 

Después de trabajar un poco cerré la computadora y me pasé a la habitación de Rb con mi computadora con Ubuntu; en donde ví el final de la película Mayday -comedia sobre la guerra fría- y un poco de la última película de Spiderman.

Antes de pasarme a la habitación de Rb completé algunas lecciones de Duolingo; pero, por alguna razón, me estaba quedando dormido mientras lo hacía; y justo en ese momento entró una llamada al celular.

Al principio no reconocí a quien llamaba -era mi amigo voluntario con quien me reuno un domingo cada mes- y quería que, en vez de reunirnos el domingo por la tarde, como habíamos previsto, lo hiciéramos para desayunar en el mismo lugar. 

El martes me levanté a la misma hora, medité y salí a trabajar al comedor; hice algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la reunión de las siete; y mientras esta ocurría empecé a trabajar en los documentos pendientes.

A las ocho me reuní con mi compañero de equipo: había preparado varios documentos para mostrarle cómo se había creado el código del proyecto de automatización; además de demostrar la forma en la que se estaba ejecutando.

En la reunión el compañero me comentó que había completado un documento el día anterior; y cuando estábamos a medias de esta reunión nuestro supervisor se unió, para comentar algunas asignaciones: había que probar algo en la aplicación, pero yo tenía que seguir trabajando en los documentos.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; y luego de esta entré a la primera de una nueva serie de reuniones de equipo, en la que también ingresó el nuevo director del área; un poco antes el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con cinco documentos adicionales.

Y al preguntarle sobre prioridades a mi supervisor, nomás me indicó que esperaba que todo estuviera terminado para el día siguiente; con lo que me pasé el resto de la mañana bastante ocupado; lo bueno es que no había rutina de ejercicios, por ser martes.

Rb salió de su habitación un poco después de las once y se ejercitó por un buen tiempo en la sala; yo puse a calentar el caldo y la salsa y preparé un par de enormes ensaladas; a las doce y media sacamos a caminar a los perros; luego almorzamos.

Y el café estuvo tan copioso como el día anterior -y estaba previendo un miércoles similar- después del café continué con la tarea a medias, pero la velocidad de procesamiento mejoró bastante; por lo que pude tranquilamente lavar los trastes -y prepararle un té de manzanilla a Rb- a las tres menos cuarto.

Terminé de procesar los veinte documentos un poco después de las tres; entonces ejecuté el código en Python para realizar una verificación del contenido de las primeras páginas de todos los documentos -lo que me permitió corregir un error bastante evidente-.

Continué con esto hasta un poco antes de las cuatro; a esa hora le envié un correo a mi supervisor, notificándole la finalización de la asignación; luego respondí a otro correo del director: indicando que no quería vacaciones este año (esperaré a completar el año en la nueva empresa antes de solicitar) y listando las asignaciones actuales.

Después de enviar este último correo salí a realizar algo que había tenido en espera durante varios días: le habíamos ofrecido la madera que cayó de la galera antigua -carcomida- a una vecina de la calle; ella tiene un fogón en el patio frontal de su casa y, a veces, prepara comidas comunales en el lugar.

Salí al patio trasero, cargué varias reglas de diferentes longitudes  y lo fuí a dejar al área donde la vecina tiene su fogón; en el camino se me cayeron varias piezas -una, justo en el dedo gordo del pie derecho- por lo que retorné a recogerlas; después de realizar un segundo viaje me fui a la ferretería.

El día anterior, en nuestra caminata de la tarde, habíamos pasado a preguntar por el precio del angular de una pulgada -por seis metros-: costaba un poco más de diez dólares pero estaban a punto de cerrar, por lo que quedó pendiente la compra.

Compré el angular, una escuadra -porque debo construir un marco para el portón frontal de la casa de Rb-, y varios tornillos -con sus tuercas y arandelas-; luego retorné a dejarlo al patio trasero de la casa -también encontré un par de arcos para instalar un canal al final de la lámina de la galera-.

A las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte: queríamos ver si encontrábamos lechugas en el supermercado del inicio del boulevard; y a mí se me ocurrió que podíamos comprar tornillos en la ferretería industrial.

La caminata estuvo bastante rara: Rb había entrado en una especie de sopor -ella lo atribuía a la lechuga que acabábamos de incorporar a la dieta- y la mayor parte del camino la hicimos en silencio -pero no uno natural-.

En la ferretería compramos una bolsa con tornillos -creo que es una docena- con sus tuercas; y luego pasamos al supermercado; pero allí no encontramos ningún tipo de lechuga; con lo que volvimos a casa nomás con los tornillos.

Por la noche me metí a mi habitación a completar algunas lecciones de Duolingo, y a jugar una partida de Scrabble -terrible: perdí como ciento cincuenta a trescientos, por no deshacerme rápido de la q-; luego me puse a actualizar mis notas, incluyendo esta.

A las ocho me pasé a la habitación de Rb; ella había estado desde unas semanas atrás viendo un programa en el que los participantes se enfrentan en una competición de conocimientos generales -o algo así, no lo tengo tan claro-.

El miércoles el trabajo se puso bastente intenso: mi supervisor me escribió bastante temprano para que organizara una reunión con el analista en el Imperio del Norte y otro analista bastante grande, para documentar una funcionalidad.

Envié una convocatoria bastante temprano y nos reunimos los tres: el analista más antiguo explicó el acceso a la funcionalidad y dió un recorrido bastante rápido por las diferentes pantallas de la misma; yo grabé la reunión pero la información fue bastante escueta.

Un poco después el analista con el que más he trabajado me pidió que tomara un documento antiguo como base para desarrollar el nuevo; y un poco más tarde me envió un libro de Excel para extraer otros procedimientos necesarios.

Me gusta este tipo de asignación porque -generalmente- escribo código en VBA para manipular la información en Word y en Excel; pero en esta ocasión la cuestión se complicó porque el supervisor también me había asignado la actualización de la carátula de -casi- veinte documentos.

También la analista en el Imperio del Norte me escribió para pedirme ayuda con otro documento; entonces, fue un miércoles bastante ocupado; y, al final de la tarde alguien envió una actualización de la carátula, por lo que debía comenzar nuevamente.

Aún así tomé tiempo para acompañar a Rb en la rutina de ejercicios al mediodía; luego ssacamos a caminar a los perros y, después, almorzamos la tercera porción de hashbrowns de zanahoria y pollo, acompañados con una ensalada mediana y un poco de caldo de pollo.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino; pero no encontramos lo que buscábamos: lechugas -ha seguido la escasez-.

Cuando retornamos a casa metí a mi habitación la pieza que había cortado -por la tarde había salido a medir el portón- de los seis metros que compré el día anterior, y le corte las muezcas para realizar el doblez de noventa grados.

Pero también me puse a preparar un pastel con el arroz cocido -y licuado- que había reservado en el congelador la semana anterior; y la cosa salió mal: no calculé bien las proporciones y sobrepasó la altura del sartén mediano que utilizo habitualmente para cocinar mis pasteles.

Entonces me tocó que pasarlo a otro más grande; pero no terminó de solidificarse por completo -o sea, se estaba ya tostando y aún se veía una parte como atol-; total que lo dejé a fuego lento hasta las diez de la noche; antes de meditar apagué el fuego y lo dejé enfriando.

Medité durante veintiocho minutos en mi habitación y luego salí a meterlo a la parte baja de la refrigeradora; y, de hecho, estuve pensando en tirarlo; pero después me dije que el arroz estaba cocido y que lo consumiría normalmente. 

El jueves siguió la intensidad en el trabajo: además de ayudarle al analista en el Imperio a formatear correctamente el documento que estaba trabajando, empecé a actualizar la carátula de los documentos -cuyo número pasó de veinte a veinticinco-.

Me pasé en esta actividad todo el día: usualmente podía completar un documento en diez o quince minutos -se complicaba un poco por la definición de secciones en los mismos-; pero en alguno el tiempo se extendía por diferencias en los formatos.

Rb decidió no ir a la clase municipal de zumba porque el instructor pidió que llegaran en pijama -siempre está tratando de brindar variedad a la clase-; entonces completó una rutina de ejercicios en la sala.

Y como al día siguiente Rb debía ir de madrugada al hospital nacional, decidimos cambiar el día de pescado de viernes para jueves: la noche anterior había dejado un pescado en la parte baja del refrigerador y la mañana del jueves Rb se encargó de descamarlo, y yo de partirlo.

Mientras Rb estab completando su rutina de ejercicios yo preparé las ensaladas; luego sacamos a caminar a los perros; almorzamos pescado -yo corté nomás un pequeño trozo de la cola- y le agregué una longaniza y un poco de salami a mi ensalada. 

Después del almuerzo me comí un octavo del pastel de arroz cocido que había preparado el día anterior -había tomado una porción similar en el desayuno-; además de un par de mitades de galletas de chocolate y vainilla; y continué trabajando hasta las cuatro de la tarde.

Este día me había levantado quince minutos antes de mi hora habitual y había tomado una ducha después de meditar: había planeado salir al finalizar el turno de trabajo y no quería atrasarme con los preparativos.

Había programado la reunión varios semanas antes, con el programador con el que ya me había reunido en un par de ocasiones en los últimos meses; pero ahora habíamos acordado en reunirnos en un centro comercial que está justo antes de entrar a la ciudad -él vive en una colonia cercana-.

Durante los días -o semanas- previos había sopesado si irme caminando -según Google el recorrido a pie era de cuarenta y cinco minutos- o esperar el busito -que es bastante irregular- o, incluso, solicitar un Uber moto.

Y es que el comercial está del otro lado de la vía al pacífico y el tránsito es bastante pesado; al final había decidido irme en busito; pero, un poco antes de las cuatro empezó a lloviznar; entonces decidí conducir.

Me esperé hasta las cuatro y entré a depedirme de Rb; salí al boulevard y el asfalto estaba mojado -creo que aún seguía lloviendo-; el boulevard estaba vacío, pero, unas calles más adelante, ví que se estaba formando un embotellamiento.

Entonces pase sobre el arriate al otro lado del boulevard -me ahorré un par de calles de coducción en esa dirección, pero mucho tiempo, por las colas-; la ruta hacia el pacífico estaba bastante despejada y no me tomó mucho llegar a mi destino -afortunadamente construyeron un paso a desnivel para cruzar al otro lado-.

Era la primera vez que entraba a este centro comercial y lo encontré enorme; y me costó encontrar parqueo: tuve que llegar casi hasta el fondo del mismo para estacionar la van; luego bajé del auto -estaba lloviznando pero era mínimo- y me dirigí a la tienda de donas donde habíamos acordado la reunión.

Yo llevaba mi mochila y la caja de Scrabble; llegué unos diez minutos antes de la hora acordada -cuatro y media- y le escribí un mensaje en whatsapp; el desarrollador me comunicó que había encontrado tráfico pero que llegaría en poco tiempo.

Al final no se atrasó mucho -aún jugué un par de partidas de ajedrez en Duolingo-; ordenamos café y donas -yo un muffin- y estuvimos en el lugar hasta las seis y cuarto, conversando nomás, pues declinó jugar Scrabble.

A las seis y cuarto salimos del lugar y me acercó al lugar en el que había dejado estacionado la van; nos despedimos, abordé el vehículo y retorné a casa; vine aún a tiempo de hacer algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la clase de Storytelling.

Y fue la primera vez que participé en la clase sin ver el video que envían un par de días antes -fueron días intensos de trabajo-; el expositor en esta ocasión era un comunicador bastante experimentado en el medio local -productor y locutor de radio, me parece-.

También fue la primera vez que participé de manera activa en la clase: esta persona dividió la clase en tres o cuatro grupos y nos asignó una tarea; la cual me dejó decepcionado: de los otros cuatro compañeros nomás una chica participó activamente.

El deber era realizar una planificación express de una campaña de voluntariado; pero el grupo estaba en silencio total; entonces utilicé un LLM para generar información y comopartí un par de ideas como mensajes de texto.

Y eso fue prácticamente lo que la chica expuso cuando se nos convocó de nuevo a la calse grupal; y no sé si nomás tuve mala suerte que me tocaran compañeros desganados, o tuvo algo que ver el hecho de que no soy parte de su grupo -o su religión-.

El viernes me levanté a las cuatro de la mañana; era el día en el que Rb debía presentarse con los doctores del hospital nacional, para ver si había un espacio para la cirugía de la vesícula; me vestí y salí de la habitación, Rb ya se encontraba en la sala, terminando de preparar lo que debía llevar a la consulta.

Un poco después abordamos la van y la llevé al portón principal del hospital, había una cola enorme -que es lo habitual-; después de despedirnos conduje de vuelta a casa; y, a diferencia de otras ocasiones, no me metí a la cama pues quería aprovechar el silencio de la madrugada para trabajar un par de horas.

Lo que sí hice fue meditar, antes de encender la computadora del trabajo medité veintiocho minutos; luego sí pasé la computadora a la mesa del comedor y me enfoqué en la tarea que tenía a medias: actualizar la carátula de veinticinco documentos.

Estuve trabajano hasta las siete y media y senti que avancé bastante; tanto que decidí darme una pausa en la cama; puse un timer de cincuenta y nueve minutos y me metí bajo las sábanas; pero me confundí -o tenía otra alarma- y media hora después salí de la cama.

No dormí nada -nomás me estuve tratando de controlar la respiración- pero volví a la cama hasta completar la hora de descanso; luego sí me levanté -casi a las ocho y media- pues tenía que darle de comer a los perros de Rb -a las nueve menos cuarto-.

Entré a la reunión de las nueve pero nomás estuve escuchando un poco el avance del proyecto, paralelamente continué con la actualización de los documentos; luego entré a la reunión del equipo, con mi supervisor y el director; quien sigue insistiendo en ver avances en automatización.

Además, explicó un reporte que debemos estar enviando semanalment: en el mismo debemos detallar lo que hemos realizado durante la semana, los bloqueos o riesgos encontrados, y lo que prevemos realizar la siguiente semana -o sea, micromanaging-.

Después de esta reunión me preparé el desayuno: saqué el penúltimo grupo de pan sandwich que había metido en el congelador de la refrigeradora, luego de la visita de mis padres; y me preparé una especie de panqueque con un huevo, una yema extra, dos cucharadas de arrowroot y la miga del pan -por estar en el congelador se desarmó bastante-.

Acompañé estos dos sandwiches -enormes, la verdad- con un poco de papaya, un banano, café, un octavo del pastel de arroz y un par de panes tostados -el día anterior Rb me había comprado un poco cuando salió a caminar al final de la tarde-.

Después continué trabajando en los documentos; el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con el documento que creamos un par de día antes, pero me enfoqué en completar los veinticinco que tenía entre manos.

Había estado en comunicación con Rb: su consulta había estado bastante accidentada porque no encontraban su expediente, y la antendieron casi hasta las once de la mañana; la buena noticia -creo- es que, por fin, comprendió que no hacerse la cirugía es una opción.

O sea, molestias no ha tenido, y deshacerse de su vesícula podría representar una restricción más complicada en el tema alimenticio; a las doce y media saqué a caminar a los dos perros grandes; luego empecé a preparar las ensaladas, pero me dí cuenta que no teníamos zanahorias.

De hecho no debía de usar zanahorias porque es el ingrediente principal de los hashbrowns que almorzamos durante toda la semana; pero fui a la tienda y compré una, luego completé las dos ensaladas.

Rb vino un poco antes de la una y procedimos a almorzar; después del almuerzo me preparé un chocolate caliente; con un par de mitades de galletas y un octavo -el cuarto- del pastel de arroz -que no quedó muy bien-.

Un poco después del almuerzo terminé la asignación en la que trabajé casi toda la semana; entonces le mandé un correo a mi supervisor con un pdf en el que guardé las veinticinco carátulas de los documentos.

Después completé el reporte que había solicitado el director y lo envié -ya eran las tres de la tarde-; durante la mañana había estado en una reunión donde el desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad explicó cómo estaba usando un LLM en sus tareas.

La verdad no particpé en esta reunión -estaba muy ocupado con los documentos- pero sí la grabé; y por la tarde la ví -a una velocidad 2x- y decidí bajarla, para tener documentación del evento; pero cuando le pedí acceso de copia esta persona se puso evasiva.

A las cuatro cerré la computadora de mi trabajo y traté de leer un poco de Tinta y Sangre; pero no logré avanzar mucho; la tarde estuvo bastante húmeda y cuando llegó la hora de salir a caminar -a las cinco- seguía lloviznando.

Aún así decidimos caminar hacia los supermercados en dirección sur; lo bueno es que ahora tenemos un paraguas para cada uno; o malo es que el riesgo de recibir agua es más por los autos que pasan a toda velocidad, que por el agua cayendo del cielo.

Caminamos -bastante trabajosamente- hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de mitad del camino; allí compramos un poco de bananos y yo compré jamón, para las comidas del mes con mis hijos; y un pepino para la ensalada del día siguiente.

Antes de entrar a la calle acompañé a Rb a la tienda de la verduras: ella quería comprar una berenjena, para su almuerzo del día siguiente; y no encontró lo que buscaba, pero compró media libra de hongos, además compró una lechuga de un tipo que casi no hemos utilizado.

Lo primero que hice al entrar a la casa fue desnudarme y colgar la playera y el pantalón -estaban bastante empapados-; luego preparé un par de rollos de pechuga de pollo; Rb había pasado al supermercado por la mañana y me había traído doce onzas.

Dividí la pechuga en dos, la martillé y luego  la enrollé con el siguiente relleno: una rodaja de jamón de pavo, una rodaja de queso amarillo -creo que estaba por vencerse- y un poco de chile pimiento picado -la otra mitad la reservé para la ensalada-.

Después de preparar dos rollitos de pollo, envolverlos en plástico y reservarlos en la refrigeradora, me puse a barrenar el angular con el que había estado planeando reparar el portón frontal; antes de salir había probado con un agujero y había estado bien.

Pero cuando estaba abriendo el sexto -y último- presioné de forma incorrecta el taladro y quebré la broca de tres dieciseisavos de pulgada; pero recogí el trozo quebrado y completé el último de los agujeros -igual deberé comprar otra pronto-.

Después de terminar los agujeros doblé en escuadra los dos extremos -por las muescas que había cortado un par de días antes- y dejé la pieza de angular lista para instalar -aunque debo cortar otro par de muescas, par la bisagra y el tope del mismo-.

Cuando terminé con el angular me puse a hacer lecciones de Duolingo; y por equivocación activé la media hora que obtengo semanalmente por el reto con un compañero -Rb casi siempre-; lo que me sirvió al final: no había hecho ninguna lección durante la mañana -el trabajo estuvo intenso- y no tenía cofres diarios.

Después de completar muchas lecciones de Duolingo -una unidad de portugués y varias partidas de ajedrez (estoy otra vez sobre mil seiscienetos de ELO!)-  me pasé a la habitación de Rb, a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me levanté temprano; uno de los últimos días de la semana puse el reloj quince minutos antes de la hora a la que me había estado levantando casi todo el año; y es que quería trabajar en la galera trasera antes de ir al almuerzo con mi hijo menor.

Medité,  hice un par de lecciones de Duolingo y luego salí de la habitación; pero antes de salir al patio trasero; preparé la comida que llevaría más tarde: desinfecté lechuga, un tomate y el pepino; y preparé un par de enormes ensaladas (aunque únicamente con dos tipos diferentes de lechuga).

Después me puse a cocinar los rollitos de pollo; los enhariné primero con harina de arrow root, luego los pasé por un huevo batido y por avena en hojuelas; y los puse a cocinar a fuego extremadamente bajo, por media hora por un lado y por cuarentay cinco minutos por el otro.

Además preparé mi desayuno: con el sobrante del huevo, el arrowroot y la avena en polvo -y yema y media- preparé una torta, que reservé para consumirla luego del trabajo en el patio trasero; el plan era pintar los seis tubos cuadrados de dos pulgadas.

Saqué el paquete de brochas que había comprado la seman anterior y luego abrí el bote de pintura anticorrosiva que había adquirido en la visita de mis padres; y no me llevó mucho tiempo pintar los seis parales -aunque, por supuesto, terminé con una ampolla en el dedo medio-.

Después de terminar los parales aproveché para pintar los arcos que planeaba utilizar para instalar un canal, al final de la lámina de la galera; después entré a casa y terminé de preparar mi desayuno; el cual estuvo copioso.

Después del desayuno -ya eran casi las once de la mañana- me metí a la ducha, pero antes le ofrecí a Rb llevarla a la veterinaria con su perra más anciana: el veterinario las había citado para la inyección mensual a la perra a las once y veinte -y Rb había planeado irse caminando-.

Me vestí, metí la comida en la mochila con aislante térmico y tomé la caja de Scrabble; y salí, junto con Rb y la perra más anciana, a abordar la van; a pesar de que el día estaba bastante gris el tránsito estaba bastante tranquilo.

No nos detuvimos más que para dar la vuelta en U -dos veces-; pero Rb ni siquiera quiso que entrara al centro comercial, me detuve un poco antes de la entrada, puse luces de emergencia y esperé a que Rb y su perra se apearan; luego continué mi viaje hacia el departamento de mis hijos.

El tránsito en la ciudad también estaba tranquilo -excepto en la entrada del periférico- pero tomé un pequeño desvío para llegar al periférico por otra vía; allí sí tuve que tener paciencia por un par de calles, para entrar a esta gran arteria.

Al final llegué al edificio donde viven mis hijos quince minutos antes de la hora en la que había planeado; subí caminando los siete niveles -de dos en dos gradas- y entré al departamento, instalándome en la sala; desde allí le envié un mensaje para comentarle que había llegado.

Y me contestó un buen rato más tarde, comentándome que se demoraría porque alguien se había metido a la ducha antes; al final se tardó cuarenta minutos; lo que me molestó bastante; y, aunque trato de no armar lío por este tipo de cosas, ahora sí me puse algo dramático.

Le pedí que se sentara y le pregunté si quería que conversáramos en ese momento o más tarde; prefirió lo primero, y básicamente le hice ver lo molesto que estaba, y que no era la primera vez que ocurría, y otro poco de discurso de este tipo; al final él no quiso agregar nada -yo terminé pidiéndole que me diera una hora más real porque me molestaba andar conduciendo temerariamente para llegar a esperar-.

Luego nos fuimos al parque temático; afortunadamente, aunque el cielo seguía bastante gris, no hubo nada de lluvia; llegamos al lugar, nos dirigimos al lugar en el que usualmente almorzamos pero estaba reservado.

Nos movimos a la otra área -también hay mesas y es techada, pero el volúmen de la música es algo molesto-; allí encontramos una mesa y consumimos el almuerzo: un rollo de pollo, una ensalada, un cuenco de snacks y una coca sin azúcar.

Nos tomamos un buen tiempo almorzando; luego le pregunté si prefería seguir en el lugar o buscar otro lugar para jugar Scrabble; eligió lo segundo y salimos a buscar un lugar más silencioso; pero en el camino le pedí que cuidara las mochilas mientras pasaba a los servicios sanitarios.

Después nos dirigimos al árbol -dobe o triple- bajo el cual hemos almorzado en algunas ocasiones; y allí tuvimos una extensa partida de Scrabble; después de la cual le propuse acudir a la rueda de Chicago; la cola no estaba tan extensa y el juego, en general, estuvo bien.

Luego de desabordar la rueda de Chicago le pedí que nos retiráramos pues quería pasar al supermercado -a los dos que quedan en el camino- a ver si encontraba lechugas; en el primero encontramos nomás lechuga romana -escuálida y carísima- y nomás compré una bolsa.

En el otro supermercado -de la misma cadena- no había; continuamos el camino hasta el departamento y nos instalamos en la sala; en donde nos pusimos a armar cajas de origami; primero intentándolo sin ver instrucciones, pero, al final, desarmando una de las antiguas para ver cómo iban los dobleces.

Un poco después de las cinco -mi hijo estaba durmiéndose porque, supuestamente, llevaba despierto desde medianoche- le comenté que me iba a retirar, para dejarlo dormir -a pesar de que inicialmente habíamos acordado despedirnos a las cinco y media-.

Antes de salir del departamento toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor -al principo de la tarde me había escribo para ver si ya iba a llegar y le recordé que nuestro almuerzo era la siguiente semana-, a quien habíamos encontrado cocinando cuando habíamos retornado al departamento.

Me iba a despedir de mi hija mayor pero ella se ofreció a acompañarme al auto; así que bajamos los siete niveles -en ascensor-; luego de cargar las cosas en la van me despedí de mi hija mayor y saqué la van del estacionamiento; y, de acuerdo a lo que había planeado, crucé la vía principal para entrar a otro supermercado.

En este sí encontré de dos tipos de lechuga: verde y de cabeza; compré una bolsa de cada una y retorné al automóvil; en general el viaje de retorno estuvo bastante tranquilo, incluso el semáforo de entrada al municipio estaba bastante despejado.

Vine a la casa de Rb un poco antes de las seis, saqué a los perros grandes al patio delantero, me cambié de ropa, tomé el paraguas, compartí mi ubicación en whatsapp y empecé a caminar para ir al encuentro de Rb.

Coincidimos casi a la mitad del camino -ella venía caminando con una de las señoras a las que les está enseñando a leer y escribir-; empezamos el camino de retorno pero le pedí a Rb que pasáramos a la ferretería industrial: quería reponer la broca de tres dieciseisávos de pulgada que había quebrado unas noches antes.

La broca estaba carísima -como cuatro dólares- pero también aproveché para comprar una bolsa de snacks -que planeaba incluir en el almuerzo con mi hijo menor en el almuerzo del siguiente mes-; luego de pagar las compras continuamos el camino a casa.

El domingo me volví a levantar a la misma hora, medité, hice un par de lecciones de Duolingo y me metí a la ducha; salí de casa bastante temprano porque no quería llegar tarde al desayuno con el voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Coincidentemente mi amigo llegó al lugar cuando estaba terminando de estacionar la van; nos saludamos en el parqueo y entramos al restaurante; y había estado sopesando la forma de pagar el desayuno -no me llamaba la atención la idea de hacerme cargo de la cuenta-.

Pero al final se resolvió bien: mi amigo me indicó que iba a pedir un desayuno de carne, yo le indiqué que la caja estaba vacía -la forma de ordenar en el lugar es bastante diferente: hay muchas opciones que deben especificarse en el momento-; y mientras él estaba ordenando pregunté en la otra caja si podía ordenar; y así pagamos cada uno nuestro consumo.

Luego de ordenar nos instalamos en la mesa que habíamos dejado apartada -con mi mochila y la caja de Scrabble- y esperamos por la orden; con mi amigo usualmente jugamos una partida de ajedrez cuando nos reunimos, pero en esta ocasión fue nomás diálogo -de hecho yo me había confundido y me había llevado el Scrabble en lugar del ajedrez-.

Estuvimos en el lugar hasta un poco después de las nueve; entre conversación y desayuno; el había ordenado algo bastante exótico: huevos con carne y queso fundido; yo ordené lo de siempre: un desayuno típico local -al menos la cuenta fue de la mitad de lo que usualmente gasto-.

 Un poco después de las nueve le comenté a mi amigo que tenía que retornar a casa y desocupamos la mesa; nos despedimos en el estacionamiento e inicié el viaje de retorno; el cual estuvo bastante tranquilo; cuando vine encontré a Rb preparándose para salir.

Ella había planeado acudir al supermercado más lejano en dirección sur mientras yo terminaba de preparar el angular que planeaba instalar en el portón delantero -los perros, al marcar territorio, habían corroído el tubo inferior de la hoja que se abre continuamente-.

Mientras Rb se dirigía al mercado yo empecé -continué- la construcción de la pieza de angular; las noches anteriores ya había barrenado la mayoría de los agujeros y había hecho los dos dobleces de noventa grados; pero ahora tenía que preparar un par de piezas -del mismo material-, para asegurar esta escuadra.

Al principio todo marchó bien: corté seis pulgadas de angular, y marqué los seis lugares que tenía que cortar para que encajara bien con una de las escuadras -y el tubo del portón-, y aquí fue donde la cosa se complicó: por más que me esforzaba con los cortes no avanzaba.

Primero creí que la dificultad se debía a que no podía inmovilizar la pieza; intenté con tres trozos de concreto, también con la pila y un par de llaves de plomero; pero no, seguía sin avanzar mucho: Rb retornó del supermercado y yo no había terminado la primera pieza.

Le comenté lo que me estaba pasando y ella dijo que quería ver si podía avanzar; pero pasó lo mismo, entonces me dijo que quizá la sierra ya no servía -en efecto-; entonces le pedí que fueramos a la ferretería industrial a comprar un par de sierras para metal.

Me vestí y salimos al boulevard, y, afortunadamente, no tuvimos que caminar hasta el inicio del mismo: la ferretería que se encuentra a un costado de la gasolinera más cercana -son como tres calles de distancia- estaba abierta y allí adquirimos lo necesario.

Retornamos a casa, cambié la sierra en el arco y sentí en el acto una gran diferencia, terminé la primera pieza, corté otro trozo de angular y repetí los mismos cortes -y barrenos-; lo que no me llevó tanto tiempo como había temido más temprano.

En eso llegó la hora de sacar a caminar a los perros; dejé lo que estaba trabajando y acompañé a Rb a las dos vueltas que completamos diariamente con sus animales más grandes; después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas.

Rb había dejado las alitas de pollo en el fuego y yo les había dado vuelta en cuanto había entrado a los perros; luego almorzamos, después del almuerzo me preparé un té de menta -tenía tiempo de no consumir esta bebida- y lo acompañé con un par de pan tostado, un par de mitades de galleta y un octavo de pastel de arroz -con un poco de helado de chocolate-.

Después de la comida me tomé media hora de reposo -como le había comentado a Rb- y luego continué con el trabajo: medí la muesca que tenía que realizar debido a la bisagra y también tuve que realizar otro par de muescas en cada una de las piezas que había preparado por la mañana -por las varillas que tiene el portón-.

Finalmente instalé el angular con nueve tornillos -con sus armelas y tuercas- y terminé justo cuando estaba empezando a llover; metí las herramientas a mi habitación y me puse a ayudar a Rb con el almuerzo: pelé y troceé en cubos dos güisquiles y una zanahoria; además de culantro y apio.

Después de terminar con esto, y viendo que la lluvia había amainado, saqué la pintura anticorrosiva y terminé de pintar las dos piezas que aún faltaban y los tornillos que había usado para inmovilizar el angular; luego entré a sacar todas las herramientas de mi habitación -y barrer, pues había residuos de corte y taladrado-.

Por la noche, además de las lecciones de Duolingo, ví una buena parte de la última película de Spiderman; me sentía bastante apaleado por la actividad diurna; así que me retiré un poco después de las nueve a mi habitación.

La noche anterior había leído el penúltimo capítulo de Tinta y Sangre y, después de meditar, empecé con el siguiente; pero no llegué hasta el final: me sentía agotado y decidí intentar conciliar el sueño, para empezar una buena semana laboral.

Y a ver cómo va eso...

domingo, 11 de octubre de 2026

Aún poca lectura... Still not much reading... Encore peu de lecture... Ainda pouca leitura...

Esta semana continuó la sequía en el tema de lectura: por alguna razón no logro retomar las líneas que -hasta hace no mucho- mantuve por varios años; de hecho, he estado leyendo tan poco que mejor decidí terminar el libro de Reese Whiterspoon; quizá después me forzaré a completar el de la sudcoreana.

Y es que la situación laboral es bastante desestabilizadora: a pesar de que ya me había resignado a -o aceptado que- el traslado a la nueva empresa implicó una pérdida del pasivo laboral -de doce años- acumulado, la cuestión como que no es tan sencilla.

O sea, en la nueva empresa, supuestamente -y esto como que es una costumbre en los dos países del Norte- empiezan dando dos semanas de vacaciones al año; cifra que aumenta a tres después de diez años; acá no se cumple eso.

En otro caso, de brindarse la semana adicional, yo podría tomar casi un mes de vacaciones por estas fechas; y, a pesar de recordar vagamente que (al menos durante un tiempo) se estuvieron otorgando días extras cada cierto número de años, la medida tampoco me parece atractiva.

O sea, no sé qué haría con más días libres al año; por el momento tendré que esperar un año para poder solicitar vacaciones, lo que me tranquiliza bastante; aunque estaba pensando que podría tomar una semana a finales de este año.

Y a ver cómo va eso...

El lunes me levanté temprano pero, lo que no había hecho durante mucho tiempo, retorné a la cama después de meditar; y no retorné a hacer lecciones de Duolingo; nomás me metí nuevamente a las sábanas y estuve dormitando un rato.

Casi hasta las nueve, me parece, que era la hora de la primera reunión diaria; las cuales continúan estando bastante raras: varios miembros del equipo -en el Imperio del Norte- no han completado el procedimiento formal de ingreso a la nueva empresa. 

Y el día estuvo bastante tranquilo: no me contactó ningún analista del Imperio -ni mi compañero local-; no hubo reunión de equipo a las diez menos cuarto; nomás corrí un par de veces la batería de casos de prueba automatizados.

Lo que sí hubo fue una reunión bastante extensa al mediodía -justo cuando Rb salió de la habitación para que nos ejercitáramos-: una persona del área de Recursos Humanos de la nueva empresa abrió una reunión -la programó para toda la semana- para que, durante una hora, cualquiera pudiera ingresar y presentar consultas sobre el proceso en curso.

Algo que me quedó en claro después de esta reunión era que tenía que completar un curso -online- que explicaba, en términos generales, los valores, estructura y organización de la empresa de la que ahora soy parte.

Y es que en la mañana había completado un par de cursos -en español- que me habían sido asignados por correo: algo sobre seguridad al trabajar remotamente -que ya llevo casi diez años haciéndolo- y otro sobre acoso laboral (no hay que hacerlo).

Después de esos dos cursos había visto un par de lecciones -de doce- del curso de ingreso, pero me había parecido bastante pesado: cada capítulo tenía varios videos, mucho texto y, luego, una evaluación que debía ser aprobada con una nota mayor al ochenta por ciento.

Al teminar los ejercicios sacamos a caminar a los perros, luego calentamos el pollo con manzanas verdes y lo acompañamos con un par de ensaladas que había preparado antes de la caminata; después del almuerzo me preparé un café.

El café lo acompañé con el último cuarto del pan de queso, la última mitad de pan tostado, media galleta de chocolate, media galleta de nucita y una porción del pastel de arroz de la semana anterior -a este último le agregué un poco del helado de chocolate que compré el último sábado-.

Por la tarde me forcé a terminar las diez lecciones restantes del curso de ingreso; la verdad es que la información estaba bastante interesante -y bastante técnica-; y, de ser verídica la información, no creo que vaya a tardar mucho tiempo en esta empresa -algo de sus principios es la creencia en el crecimiento infinito (tesis con la que no estoy de acuerdo)-.

A las dos y media me metí a la cocina a lavar los trastes del día; luego le preparé un té de manzanilla a Rb; además, avancé en uno o dos capítulos en el libro en inglés que decidí completar para paliar un poco la falta de lectura en mi vida.

A las cinco de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección Sur; y cuando acabábamos de salir vimos a tres cachorros de perro -esqueléticos- siguiendo a algunas personas en la calle; Rb, como siempre, no pudo quedarse solo mirando sino trató de ayudarlos.

Eran dos de color café y uno de color negro; bastante pequeños -quizá algunos meses- y se les veían las costillas; y la cuestión se complicó primero porque empezaron a seguirnos y yo decidí que no modificaría el plan original: pasar a la ferretería a comprar cinta tapagoteras.

Después de la ferretería continuamos caminando y dos -o tres- de los cachorros nos siguieron; Rb incluso trató de atrapar a alguno -quería llevarlo al refugio municipal- y, al final, incluso le pidió ayuda a un par de policías que estaban en el camino -los cuales no colaboraron en nada-.

Finalmente Rb corrió un par de cuadras para avisar en el refugio de animales de la municipalidad; pero la sede estaba ya cerrada; el resto del camino fue bastante silencioso pues este tipo de situaciones -casi- siempre ponen de bajón a Rb.

Caminamos hasta el final del boulevard y apenas a mitad del camino de vuelta Rb ya empezó a recuperar un poco su ánimo habitual; entramos al supermercado y compramos algunas lechugas y un poco de bananos; luego retornamos a casa.

En el camino aún vimos a los perros -ahora sí a los cuatro- y cuando Rb consultó con la dueña de una tienda al lado del boulevard, ella le comentó que habían estado merodeando el lugar -seguramente los habían abandonado- desde el sábado.

Retornamos a casa a dejar las compras y yo me metí a la habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo; pero volvimos a salir a las siete y media: por la tarde habíamos ido a buscar a la dueña de la perra que me mordió el sábado por la noche y no estaba en casa.

Nos atendió -Rb se encargó de la comunicación- una señorita, quien nos dijo que la perra era de su madre y que ella debía tener el carnet de vacunación; total que por la noche salió la señora y, luego de volver a disculparse, hizo -cómo no- buenas migas con Rb; pero no hay, por el momento, carnet de vacunación; temo que tendré que aplicarme la vacuna antirrábica.

Después de retornar de la visita me metí a leer un rato a mi habitación; después me pasé a la de Rb y terminé de ver la temporada de The Ghost in the Shell; la que me pareció bastante interesante; también ví una pequeña parte de la comedia de Ryan Reynolds.

El martes me levanté mejor que el día anterior: medité y luego salí a encender la máquina del trabajo -en la mesa del comedor-; antes de la reunión de las siete y media me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo (la noche anterior me había dado cuenta que mi Elo estaba -nuevamente- debajo de mil quinientos).

Después de esta reunión -de hecho tuve que saltar de una a la otra- teníamos programada una con el director de la unidad; a quien había visto antes en alguna reunión pero no había entendido su cargo -me llamo la atención que usara un turbante; Sikh, me imagino-.

Cuando revisé el organigrama en la herramienta en la que se está gestionando la parte de recursos humanos ví que estaba en la parte más alta del mismo; y desde la semana anterior había convocado a reunión, aunque tuvo que cambiar el horario por la de Recursos Humanos que está ocurriendo al mediodía.

La reunión estuvo rara: empezó presentándose -y dándonos la bienvenida-, luego hizo que cada uno nos presentáramos, empezando por mí: nomás pude decir que llevaba doce años en la empresa, que hacía pruebas -y algo de documentación- y que estaba emocionado con el cambio.

Pero el señor no se anduvo por las ramas: me custionó sobre la parte de automatización de mi trabajo, con lo que le comenté que había habido un proyecto piloto pero que había sido detenido porque el impulsor -mi compañero más brillante- se había retirado de la empresa.

Mi supervisor entró a la conversación explicando un poco de lo que habíamos hecho; y al final el director indicó que nos reuniríamos pues le interesaba mucho que se continuara el trabajo que ya habíamos comenzado en esa área; yo me mostré anuente, pero no le tengo mucha fé a la iniciativa.

Mis otros compañeros -el SM y el analista que vive en la ciudad colonial- se extendieron un poco más -especialmente el primero- en la explicación de sus funciones; y, aunque el segundo había entrato tarde, también se mostró dispuesto a contribuir a los esfuerzos de automatización; quién sabe qué pasará a corto/mediano plazo.

Después de esta reunión aún entré un rato a la segunda reunión diaria; en la que varios de los asistentes aún presentaron dificultades para ingresar formalmente en la organización; y luego me quedé esperando la reunión diaria del equipo, la que tampoco se efectuó.

A las nueve y media había llamado a mi tía favorita para comentarle que -aprovechando que debía salir el miércoles por la mañana- quería pasar a visitarla un rato al día siguiente; ella se mostró comprensiva con mi anuncio.

Después de preparar -y consumir- el desayuno -el cual he sentido más copioso que de costumbre: avena, banano, papaya y gelatina- me retiré un rato a leer a mi habitación; un poco después de las once Rb salió de su habitación para completar su rutina de ejercicios -había decidido no asistir a su clase de zumba-.

Mientras ella completaba más de media hora de ejercicios yo me dediqué a preparar la regla de madera que planeaba instalar al lado de la estufa: corté el trozo a la longitud disponible de la pared, hice agujeros para introducir los tornillos, hice agujeros para introducir las armellas y perforé la pared para colocar dos tarugos de plástico.

Después de eso fuí a sacar la ropa de la lavadora -había puesto una carga mietnras se terminaba la reunión con el director-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; después almorzamos la segunda porción de pollo con manzanas verdes -acompañado con las ensaladas que había preparado antes de salir a caminar-.

Cuando completé el almuerzo me preparé un café; el cual consumí -esto sí ha estado más copioso- con: una porción de pastel de arroz -con un poco de helado-, medio pan tostado, un cuarto de pan de queso, media galleta de chocolate y media galleta de nucita.

Después del café volví a retirarme a mi habitación a leer otro capítulo de Gone before Goodbye; Rb, mientras tanto, se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas médicas en el Imperio del Norte; y, como tuvo una llamada bastante extensa, a las tres menos cuarto le dí de comer a sus perros -y le preparé un té de manzanilla-. 

Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la ferretería industrial compramos otro par de paquetes de armellas: Rb me había pedido que instalara otra regla de madera para colgar más trastos.

También pasamos a la tienda verde de descuentos: allí compramos un paquete de brochas -con las que espero pintar los tubos cuadrados que terminé de instalar el fin de semana anterior-; cuando regresamos a casa instalé la segunda regla de madera -luego de haberle atornillado ocho o nueve armellas-. 

Por la noche hubo un relajo con una transferencia ACH: mi hija mayor me pidió un adelanto de su sueldo -trato de ayudarla con esto, para que pague menos transferencias de la aplicación en la que le pagan a su cuenta bancaria-; intenté dos transferencias a mi banco principal, y le pedí una similar a Rb.

Y ninguna de las tres llegó; luego probé una transferencia a un banco alternativo; pero tampoco la ví allí; al final tuve que cambiar ciento treinta dólares que tenía en el banco principal -lo que me costó como tres dólares, por el tipo de cambio-.

El miércoles me levanté super temprano: era el día que tenía que ir a firmar la liquidación en mi trabajo anterior; había dejado la alarma para las cuatro y media pues quería llegar a las siete -se suponía que a esa hora empezaban a atender-; pero el ruido de Rb a las tres de la madrugada me despertó.

Creo que estaba teniendo un sueño inquieto por el día que me esperaba; intenté dormirme nuevamente y, cuando la alarma sonó a las cuatro y media, me levanté a meditar; después me bañé, entré a despedirme de Rb y empecé el viaje.

Había previsto caminar hasta el boulevard principal, abordar un bus intermunicipal y luego tomar el transmetro; todo estuvo muy bien y llegué con bastante antelación al edificio en el que había empezado a trabajar doce años antes.

Algunos de mis compañeros habían hablado de reunirse a desayunar antes de ir a firmar la liquidación; pero no me llamó la atención la propuesta; especialmente porque estaban invitando al analista que menos bien me caía -y que no quiso pasar a la nueva empresa-.

Llegué a recepción a las siete menos cuarto y, siguiendo las instrucciones recibidas, subí al tercer nivel: en el área de cafetería se realiza este tipo de trámites; cuando llegué ya había más de una docena de personas esperando.

A las siete se aparecieron un par de empleados e instalaron algunas computadoras y una serie de fajos de documentos; yo aproveché para moverme del lugar en el que estaba -casi en la última fila de sillas- hacia el frente -quedé en la segunda posición-.

Y, casualmente, empezaron a pedir documentos de identificación -escuché que alguien en las últimas filas se quejaba de que no estaban respetando la hora de llegada, pero ni modo-; y la atención se hizo en el orden en el que estábamos sentados -por los documentos-.

El trámite fue bastante rápido; o sea, primero llamaron a la primera persona -a mi izquierda-; luego mencionaron mi nombre, pasé a las mesas que habían instalado en el frente y me entregaron un documento detallando el monto a percibir: en total fue el equivalente a tres salarios.

Y es que aún tenía tres períodos de vacaciones acumulados (un salario y medio); luego estaba la quincena -otro medio salario- y entre el bono catorce y el aguinaldo se completaba otro salario completo; firmé las dos copias que se quedarían y me entregaron una adicional para mis registros.

Me despedí de todos y salí rápido del lugar; la verdad no me llamaba la atención ver a ninguno de mis compañeros; lo malo es que olvidé por completo que debía pasar a recoger un pachón metálico -con el logo de la nueva empresa- que era un regalo de bienvenida.

También olvidé que había pedido una carta de constancia laboral y que podía recogerla el mismo día; salí del edificio y empecé a caminar hacia la casa de mi tía favorita; era bastante temprano -apenas pasaban de las siete y media- y había quedado en llegar a su casa alrededor de las diez.

Según Google -lo había consultado la noche anterior- la caminata me llevaría aproximadamente hora y media; por lo que traté de caminar de forma tranquila, y no tomar ninguna ruta rápida.

Y aún hice dos pausas: casi a la mitad del camino, bajando una enorme pasarela, encontré al voluntario a quien ví un año atrás cuando desayunámos con mi ahijada en el mismo lugar que la última vez que nos hemos reunido.

Aproveché que tenía tiempo y estuve conversando un poco antes de que subiera la pasarela: con el individuo hicimos trabajo voluntario por un par de años, más de una década atrás; ahora tiene un par de hijos que están por entrar a secundaria.

Después de despedirnos continué caminando hacia la casa de mi tía; en el camino le envié un mensaje a mi hija mayor para ver si había acudido a la facultad -me quedaba en el camino-; pero me contestó que estaba trabajando desde casa porque ya no necesitaba ir a clases -se acercan los finales del semestre-.

Antes de llegar a la casa de mi tía pasé a la casa de mi abogado -quien me ayudó con todos los trámites para la salida de mis hijos menores del país, hace varios años-; lo llamé cuando estaba frente a su buffet, pero me indicó que no estaba en el lugar porque había acudido a una reunión.

Pasé a comprar una buena cantidad de pan dulce a una panadería que tiene más de treinta años en el lugar -aunque su tamaño se ha reducido bastante-; y cuando llegué a la calle en donde vive mi tía aún era muy temprano: acababan de pasar las nueve de la mañana.

Entonces decidí caminar hasta la estación del transmetro para ver cuánto tiempo me llevaría la caminata más tarde; tomé el tiempo -fueron como trece minutos en cada sentido- y luego retorné a la casa de mi tía; a donde llegué a las diez menos cuarto.

La llamé desde el frente de la casa y salió a abrir el portón bien abrigada -andaba recuperándose de una gripe-; y me estuve con ella durante un poco más de hora y media; entre conversación y consumo de café y -mucho- pan.

Un poco después de las once le indiqué que me retiraba y me acompañó al portón; caminé hasta el transmetro y en el comercial de los busitos rodeé el edificio para tomar un bus intermunicipal; luego caminé desde el inicio del boulevard hasta la casa de Rb.

Aún vine a tiempo para completar la rutina de ejercicios con Rb -aunque primero consumí la fruta correspondiente al desayuno-; después de los ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego calentamos la tercera porción de pollo con manzanas.

Después del almuerzo me preparé un chocolate -no quise tomar café porque había consumido por la mañana-; y estaba a medias de eso cuando vino el repartidor del gas propano -Rb me había comentado, mientras estaba donde mi tía, que se había acabado el cilindro-; lo que me incomodó un poco pues interrumpió mi sagrada hora de la refacción. 

Por la tarde estuve revisando un documento que la analista en el Imperio del Norte había liberado en la carpeta de trabajo de los mismos;  y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard pero no entramos al supermercado cercano.

En el otro, el de mitad del camino, compramos pollo para el almuerzo del sábado, y una lechuga hidropónica -el surtido de las normales ha estado super complicado-; por la noche -un poco antes de las ocho- acudimos -afortunadamente por última vez- a buscar a la dueña del perro que me había mordido el sábado anterior. 

O sea, era la tercera vez que íbamos a buscarla -o la cuarta, realmente- pero fue la segunda vez que nos atendió; y sacó un carnet con tres registros anuales de vacunación de la perra; y, al menos, con eso me quedé más tranquilo: la herida en el camote no es muy seria y nomás quería estar seguro de que no tenía que ponerme la vacuna antirrábica.

Cuando retornamos me puse a preparar el pastel de arroz que había estado planeando cocinar semanalmente (de doscientos gramos en doscientos gramos) hasta mermar la provisión actual de ese grano que tenemos en nuestras reservas.

El jueves me levanté temprano; había previsto un día movido porque quería ir a la oficina -otra vez- a recoger la botella -y galletas- que se me había olvidado el día anterior; también quería recibir la constancia del tiempo trabajado en la empresa -le había enviado un correo a la persona de recursos humanos y había confirmado horarios y la oficina a la que debía concurrir-.

Como pensaba ir a media mañana había decidido utilizar la van -también quería pasar a llenar el tanque pues ya había pasado más de una semana desde el primer día del mes y no había acudido a ninguna gasolinera-; entré a la reunión de las siete y media y luego a la de las nueve.

No tenía ninguna asignación en el trabajo, por lo que nomás puse a correr un par de veces los scripts con los que se ejecutan los cincuenta casos de prueba automatizados; a las once menos diez me alisté, me despedí de Rb y salí a arrancar la van.

Según Waze no había mucho tránsito y estimaba un poco más de media hora de viaje; yo había previsto ausentarme un par de horas; y no, no había mucho tráfico, aunque sí hubo un par de calles en donde casi casi se detenía el flujo vehicular -incluso tuve un connato de conflicto con una camionetilla que insistía en colarse frente a la van-.

Pero, al final, no me tardé tanto en llegar a la oficina -a pesar de que tuve que tomar una ruta alternativa-; y me metí a un parqueo a un par de calles del edificio al cual iba: había consultado con el programador que había ido conduciendo el día anterior y me había comentado sobre el parqueo -quejándose de lo caro: tres dólares por un período corto-.

El parqueo es parte de un condominio -apartamentos y oficinas- y me sorprendió que no encontré lugar hasta el quinto sótano; y para entrar al elevador debía utilizar una tarjeta -que no tenía-, afortunadamente un señor me permitió acompañarlo cuando abrió el acceso.

Salí del parqueo y corrí un par de calles hasta el edificio a donde me dirigía; también subí -de dos en dos- las gradas hasta el sexto nivel; allí me tuve que anotar en una lista de visitantes a Recursos Humanos -en el lobby había dejado mi DPI y me habían proporcionado un gafete de visitante-.

Pero el trámite estuvo ligero: salió la misma persona que me entregó el acuerdo de transición la semana anterior y me entregó la botella metálica, una cajita con galletas y un folder con la constancia de labores en el lugar; agradecí por todo y me retiré.

Corrí de vuelta al edificio y me dispuse a cancelar la cuota de estacionamiento en la estación de pago frente al lugar; sorprendentemente no tuve cargo -creo que hay un mínimo de tiempo y no lo sobrepasé-; bajé al quinto nivel, salí del lugar y emprendí el camino de vuelta.

El tránsito estaba bastante complicado -como siempre, en la ciudad- pero tomé la ruta que consideré más adecuada y, antes de las doce y media, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; entré a la casa y la encontré ejercitándose.

También me comentó que se había olvidado de desinfectar las lechugas para la ensalada; entonces me puse a la tarea, pero ella empezó a agregar detalles -o a pedir más cosas, no recuerdo- y me puse a somatar las cosas -mostrando mi enojo-.

Desinfecté dos lechugas completas y luego ayudé a sacar a caminar a los perros; el ambiente, por supuesto, había quedado bastante tenso después de mi demostración de violencia; de hecho Rb tomó los trastes de su almuerzo y se retiró a su habitación.

Yo almorcé tranquilamente en el comedor y continué con mi jornada normal; cuando la alarma sonó a las tres menos cuarto y ví que Rb salí a alimentar a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastos del día (le ofrecí antes un té de manzanilla, el cual declinó).

Cuando estaba a medias con los trastos Rb se acercó a la cocina y me pidió diálogo: no sabía como actuar al ver mis accesos de violencia, los cuales, según ella, han aumentado en el último tiempo; yo estaba escuchando algún podcast mientras lavaba los trastos pero me quité los audífonos para ponerle atención.

Entonces traté de explicarle -sin éxito- la causa de mi molestia; la cual es más o menos así: cuando me pongo -voluntariamente- a hacer algo, empieza a agregar detalles -o más cosas- a la tarea; me molesta eso; es como: ah, como está haciendo algo, carguémosle más.

Igual, le comenté que no esperaba que lo comprendiera, o que cambiara algo; también me disculpé por actuar de forma infantil al mostrar mi enojo; y no sé que pasará; o sea, desde el inicio le había informado que me molestaba que las cosas se dieran por sentado; y, aunque ya no hablo frecuente de marcharme, tampoco es algo que me aterre.

No quedamos en nada; aunque un poco más tarde, Rb me pidió un abrazo; por la tarde estuve trabajando -hasta la noche, realmente- en un documento en el que el analista en el imperio del norte me había pedido apoyo: cuando venía de vuelta de la oficina ví que mi supervisor me había llamado -llamada perdida-; y otra llamada perdida del analista; al menos este último me envió un par de mensajes con su solicitud.

La tarea fue interesante porque se trató de combinar -o fusionar- dos documentos: tuve que escribir un poco de código para encontrar inconsistencias en el texto, para revisar formatos y, finalmente, para buscar incongruencias en la numeración. 

Me absorbí por completo en completar este documento; no sé si eso ayudó -o eso fue una excusa- a no ponerle mucha atención al conflicto que se había generado con Rb; pero, a las cinco que salimos ya había concluido los cambios que me habían pedido y le había enviado un mensaje al analista en el Imperio.

A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección norte; usualmente es el día en el que compro el pan para mis desayunos del fin de semana; aunque, en este caso, tuve cuidado en recordar que no necesitaba pan francés: había puesto a congelar casi medio paquete de pan sandwich del fin de semana que vinieron mis padres.

Caminamos hasta el supermercado que se encuentra al inicio del boulevard; allí compramos un par de lechugas hidropónicas -carísimas y con muy poco contenido- y una lechuga de cabeza -Rb casi no consume de estas, pero nos estábamos quedando sin opciones-.

Después de pagar las compras comenzamos el camino de vuelta; en la panadería en la que compro el pan más barato compré medio dólar de pan tostado -creo que son doce panes en total- y cuando entramos a la calle compramos un poco de culantro en la tienda interna.

Por la noche volví a encender la computadora del trabajo pues, mientras caminaba de vuelta a casa se me había ocurrido una mejora que podía aún realizar al documento y que mejoraría su presentación -creo que era la revisión de la numeración ascendente de las secciones-.

El viernes estuvo super tranquilo en materia laboral: al parecer habían cancelado la única reunión de equipo del día; tampoco tuvimos la reunión diaria del equipo interno, ni la semanal que, generalmente, se efectuaba cada viernes -o cada dos viernes-.

De hecho no recibí ninguna comunicación del imperio del norte -ni del equipo local-, por lo que me dediqué a revisar los últimos cambios realizados a los documentos -solicitados por mis compañeros en el Imperio-; también estuve explorando la forma de mantenerme al día de las últimas novedades del trabajo -utilizando la cuenta de IA que me dieron-.

Por la tarde se me ocurrió que podía explicarle, a mi compañero local, el funcionamiento del código que habíamos escrito con el analista más brillante -que ahora trabaja en otra empresa-; así que me puse a documentar el código.

Para lo cual utilicé la IA -que (no me sorprendió) fue una decepción para realizar la tarea-; y no sé si es porque me dieron una suscripción de las más básicas, o si la calidad de la herramienta es tan precaria: pasé más de una hora tratando de generar un documento satisfactorio.

Al final tuve que tomar varias de las respuestas que me estuvo dando durante ese tiempo y resumirlas en un documento en el que pegue parte de las mismas; luego le comenté mi intención al compañero y él programó una reunión para el siguiente martes(!!!!).

Al mediodía realizamos la rutina de ejercicios de los viernes con Rb; luego sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos -Rb había preparado un pescado y medio, del último envío realizado por mi madre desde el puerto-; después me preparé un chocolate.

Cuando terminó el horario laboral -a las cinco de la tarde- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y luego retornamos; yo puse atención en no comprar pan -tostado y de queso- en la panadería, como las semanas anteriores: durante la semana había preparado un pastel de arroz y aún tenía varias porciones en el congelador.

Además, antes de salir a caminar había cocinado todo el arroz que teníamos en existencia; primero había pensado en cocinar un poco y pasar el resto al bote que manteníamos sobre la refrigeradora; pero al abrir el hermético -que, seguramente estaba mal cerrado- lo encontramos -otra vez- lleno de gorgojos.

Entonces sumergimos todo el arroz en agua y sacamos la mayor parte de estos insectos; luego lo puse al fuego; eran varias libras y aumentó de volumen con el proceso de cocimiento en agua hervida; lo dejé enfriando mientras salíamos a caminar.

En el supermercado de mitad del camino pasamos a comprar un poco de bananos; y por la noche, al igual que las anteriores, no me dió tiempo de ver ninguna serie o película: me puse a reordenar las provisiones en la parte superior del congelador.

Y es que cuando retornamos de la caminata intenté licuar el arroz que acababa de cocinar; pero, a pesar de utilizar una licuadura bastante potente, sentí que el proceso no era el adecuado -llegué a oler circuitos sobrecalentados-; por lo que nomás licué un poco, que almacené en una bolsa plástica.

Luego llené otras dos bolsas con el resto del arroz ya cocido; saqué la mayor parte del contenido de la parte superior del congelador y luego coloqué la bolsa con el arroz licuado; luego acomodé las otras dos bolsas y el resto de las provisiones que había sacado.

El sábado me levanté a las seis y cuarto; durante la semana me había comunicado con mi mejor amigo de la facultad y habíamos quedado de reunirnos entre siete y media y ocho en el McDonald's de costumbre -luego le había escrito para que me consiguiera unos sujetadores para las patas de los anteojos-.

Medité, hice un par de lecciones de Duolingo y luego me metí al baño; Rb ya se había levantado y había empezado a traducir llamadas en su habitación; un poco después de las siete me despedí de ella y salí a arrancar la van.

El tránsito estaba bastante ligero y llegué a la gasolinera antes de salir al boulevard principal bastante rápido; llené el tanque de gasolina (más de diez galones y como cuarenta dólares) y continué mi camino; y encontré más transito.

De hecho estuvo complicado llegar al boulevard principal; y el tránsito seguía bastante intenso en esta ruta; temí que continuara así hasta el periférico pero no: en un semáforo a medio camino entre la primera gasolinera luego de salir de puente y el periférico había un camión tapando uno de los carriles.

Creo que estaban dándole mantenimiento -o camibiando- a los semáforos; y, como la ruta se reducía de tres a dos, el flujo se ralentizaba en más de una tercera parte; afortunadamente logré pasar por la boca del embudo un poco después de las siete y media.

De hecho estaba a punto de escribirle a mi amigo avisándole que llegaría tarde; y al final llegué tarde -al menos para mis estándares-; pero, por otra parte, él había propuesto un rango de tiempo: entre siete y media y ocho; y entré al parque o del restaurante a las ocho menos cuarto.

Y justo cuando estaba entrando al parqueo ví que él estaba ingresando al restaurante; me estacioné, bajé mi mochila -y mi tablero de ajedrez- y fui al encuentro de mi amigo; nos instalamos en una mesa y luego procedí a ordenar un par de desayunos (la noche anterior había visto una oferta de dos desayunos y dos pastelitos por un poco menos de diez dólares).

Estuvimos en el lugar, entre desayuno y -mucha- conversación hasta un poco después de las diez: la hija mayor de mi amigo -divorciada, después de dos años de matrimonio- está avanzando en una universidad privada en la carrera de comunicaciones.

La hija menor -con un caracter bastante fuerte, al parecer, trabaja en un call center -en español- y estudia -online- diseño gráfico en otra universidad privada; y la gran esperanza de mi amigo -su hijo mediano- ya pasó la mitad de la carrera en nuestra vieja facultad.

Un poco después de las diez le comenté a mi amigo que me retiraba y salimos del restaurante; nos despedimos en el parqueo y comencé la conducción hacia la casa de Rb; cuando entré acababa de darle de comer a sus perros y estaba empezando a trasladarse a la bodega de la comida para los perros: yo había previsto trabajar en el patio trasero continuando con las labores de la semana anterior en la galera.

Entré a casa, me cambié de ropa, comí un poco de fruta y salí a evaluar la situación con las láminas; durante la semana había comprado cinta tapagoteras y empecé a aplicarla en una de las láminas; luego la subí a la estructura y la atornillé a los tres arcos de metal.

Después hice lo mismo con la segunda; terminé casi al mediodía; paré el trabajo, acomodé los armarios -que habían estado recibiendo agua durante dos semanas- bajo el par de láminas que ya estaban instaladas y almacené las herramientas que había utilizado.

Entonces entré a la casa pues ya tocaba sacar a caminar a los perros; Rb estaba terminando de completar una rutina de ejercicios por lo que tuve que esperala un poco para completar la caminata canina; en el ínterin preparé las ensaladas del almuerzo.

Después de entrar a los perros Rb recalentó las piernas de pollo que había cocinado más temprano y las acompañamos con las ensaladas que acababa de preparar; después me preparé un chocolate, que consumí con un par de mitades de galletas, un par de pan tostado y la miga del pastel de arroz almacenado en el congelador.

A las tres menos cuarto Rb se alistó para acudir a su iglesia a impartir su clase semanal de alfabetización; y tuvo que sacar un paraguas porque había empezado a lloviznar; después de darle de comer a sus perros salió hacia su iglesia.

Yo me quedé viendo videos de Youtube en mi computadora; también aproveché la precipitación pluvial para salir a verificar el funcionamiento de las dos láminas que había instalado por la mañana -ví que tres de los agujeros que había sellado presentaban gotera-.

Además, por la mañana había decidido que debía reacomodar el arroz que había almacenado el día anterior en el congelador: el arroz cocido -suelto- estaba en una simple bolsa de plástico y no estaba en una superficie plana; con lo que había riesgo que se derramara al extraer alguna provisión congelada.

Eso me ocupó por casi dos horas; a las cinco y cuarto me alisté, tomé la mochila que me regaló mi amigo de ascendencia asiática un par de semanas antes y empecé a caminar hacia la iglesia de Rb; en el camino me fui armando el cubo de Rubik de seis por seis.

Llegué a la iglesia casi a las seis de la tarde y encontré a Rb ya saliendo de las instalaciones; de allí nos dirigimos al supermercado en el comercial que está cerca de la iglesia; en donde compramos pollo para los almuerzos de la semana, y alguna otra provisión -aguacates, manzanas verdes y lechugas-.

Por la noche se me ocurrió que seguiría el consejo de un Youtuber mexicano -matemático, supuestamente-: invertir seriamente en el tema que se quiere aprender; entonces decidí que me suscribiría a Duolingo para continuar practicando videollamadas.

Y es que desde hacía unas semanas -o meses- había encontrado atractiva esta funcionalidad de Duolingo; para la cual tenía que pagar una suscripción -que eran como doce dólares por mes-; pero lo que hice fue buscar grupos familiares para compartir el gasto.

Entré a un grupo en la red social azul y encontré a varios mexicanos -creo- que ofrecían opciones para suscripción anual por un precio de doce dólares; lo malo es que el pago tenía que hacerse por medio de una plataforma que no funciona en el país.

Pero luego uno de estos individuos me planteó el pago por medio de paypal -o binance, pero no uso criptomonedas-; llamé a mis tres hijos para ver si alguno de ellos poseía cuenta de paypal y mi hija mayor me comentó que no utilizaba; mi hija mediana me indicó que quizá sí, pero que tenía que reactivarla -y estaba por dormirse- y mi hijo menor no contestó a mis llamadas.

Al final llamé a mi amigo afroamericano de la ciudad del Imperio del Norte en la que estuve hace casi veinte años; le pedí que me prestara doce dólares y le envié el link para realizar el pago; pero él transfirió veinticinco dólares, e insistió que no tenía que pagarle.

Entonces decidí que le cedería una de las suscripciones anuales a Rb; lo malo es que cuando intenté utilizar el código que me proporcionó el mexicano no funcionó; le escribí e intenté varias opciones para ingresar el código; incluso le envié mi usuario y password -pecado en ciberseguridad-.

Pero, al ver que no contestaba, decidí que, seguramente había caído en una estafa; asumí la pérdida -de la buena voluntad de mi amigo en el Imperio- y decidí que no insistiría -al menos por esa noche-; pero eso me ocupó hasta casi las diez de la noche; por lo que ya no consumí nada audiovisual; nomás leí un poco de un libro en español sobre intuición.

El domingo me levanté a las seis y cuarto; la noche anterior había decidio que me trabajaría desde temprano en la instalación de las dos láminas restantes en la galera del patio trasero; después de meditar me vestí y salí a revisar los agujeros que presentaron gotera la tarde anterior.

Había intentado encontrar una solución utilizando un -o dos- LLM; pero no había encontrado una buena opción; entonces me subí al techo y retiré la cinta tapagotera de estos tres agujeros; luego se me ocurrió que debía reinstalarlos utilizando calor.

Saqué la cajetilla de fosforos que utilizamos en la estufa y me puse a aplicar cinta tapagotera en una de las láminas que aún no había instalado; pero encontré el procedimiento bastante ineficiente; entonces me recordé que en la habitación de Rb había una candela aromática.

Entré a la casa, y a la habitación de Rb; encendí la luz y tuve que despertarla -estaba profundamente dormida, con protectores de oídos y tapaojos; eran las siete y cuarto, me disculpé por la interrupción, saqué la candela y continué el trabajo en el patio trasero.

Volví a colocar los trozos de cinta tapagotera que había despegado más temprano; pero ahora apliqué calor mientras instalaba cada uno; al final trabajé hasta las diez de la mañana pero dejé instaladas las cuatro láminas -en dos o tres ocasiones me resbalé de la escalera y quedé colgado de las láminas, con lo que comprobé (involuntariamente) la solidez de la estructura)-.

A las diez -como le había pedido- Rb salió a avisarme que había llegado la hora para acudir al supermercado en el que compramos artículos a granel; yo ya estaba terminando de colocar en el armario las herramientas que había utilizado, por lo que entré a la casa, me cambié y salí a arrancar la van.

El tránsito en el boulevard -por ser domingo- estaba bastante ligero; excepto en el inicio del mismo: al parecer era la hora de la dominical en la megaiglesia que se encuentra del otro lado del boulevard principal, por lo que fue un poco complicado entrar al mismo.

Pero el periférico estaba bastnte tranquilo; volvimos a encontrar un pequeño embotellamiento hasta la entrada al estacionamiento del comercial; al parecer a mucha gente se le había ocurrido realizar sus compras a granel durante la mañana del domingo.

Después de estacionar el automóvil entramos al comercial; recorrimos los diferentes pasillo agregando los artículos de la lista de compras a la carretilla: comida para los perros de Rb, varias bolsas de nueces, papel higiénico y similares; luego de pasar por la caja Rb me proporcionó su tarjeta pues quería comprar un pastel tres leches y un café helado.

Salimos del supermercado con la carretilla bastante llena, mi pastel y mi café; después de cargar las compras en la van retorné la carretilla al área correspondiente y luego regrese a la van; pero cuando empezaba a conducir Rb expresó molestia porque el pastel se estaba derritiendo y la humedad se estaba condensando.

Se lo tomé -al parecer no delicadamente- de las manos; ella reclamó por el gesto y me lo pidió de vuelta; y entonces tuvimos un retorno a casa tenso: aún debo aprender a interpretar de mejor forma las causas de molestia femenina y mejores estrategias para gestionarlas.

El tránsito estaba un poco más cargado que en el viaje de vuelta y yo estaba tratando de sintonizar la radio que escucho frecuentemente mientras conduzco -ya en el viaje de vuelta habíamos perdido la emisora- pero Rb -al parecer- estaba teniendo dificultades con mi forma de manejar-; entonces apagué la radio y me concentré en el camino.

Afortunadamente el tránsito -a pesar del número de vehículos- estuvo fluido: no hubo una paralización total en ninguno de los puntos; después de entra a la calle y estacionar la van trasladamos las provisiones a la bodega de la comida de los perros.

Después empecé a preparar mi desayuno: ya eran más de las once y estaba sintiendo la necesidad de alimentos; no preparé café sino que decidí consumir el café helado que había comprado en el supermercado, con una cuarta parte del pastel de tres leches.

Además preparé un par de sandwiches -al igual que el viernes, utilicé un par de cucharadas de arrowroot para cocinar una tortilla y dividirla en cuatro-; y acompañé esto con la gelatina que me había sobrado en la semana, un banano y un poco de papaya.

Después de desayunar me quedé en la mesa del comedor, revisé los mensajes que había dejado pendientes la noche anterior y encontré nuevas instrucciones para la suscripción de Duolingo; y en esta ocasión funcionó; luego le pedí el celular a Rb y también la agregué a la misma suscripción.

A las doce la alarma de mi telefono antiguo sonó y me recordé que quería llamar a mi amiga en Camerún: la noche anterior le había enviado un par de mensajes para que conversáramos, pero ya era muy tarde en África y habíamos acordado probar al día siguiente.

Llame a mi amiga -por whatsapp- y hablamos un poco -ella en inglés y un poco de español y yo en inglés y un poco de francés-, hasta la hora en que teníamos que sacar a caminar a los perros; pero, como estaba en el celular y aún tenía datos móviles, continué con la conversación mientras llevaba al perro de Rb por el circuito de dos calles que completamos diariamente.

Un poco antes de entrar terminé la llamada, prometiéndole que trataría de conversar con mi hija mayor para que la guiara en la plataforma de trabajo remoto en la que ella -y Rb- trabaja -esto me lo había sugerido Rb al escuchar que estábamos conversando-.

Cuando Rb entró -después de recoger los desechos de sus perros del patio delantero- le pedí que apartara la porción de lechuga que debía utilizar en las ensaladas del día; y preparé un par de las mismas.

Almorzamos alitas, ensalada y un poco de caldo -yo le agregué un poco de ramen coreano al mío-; y, como había desayunado copiosamente un poco antes, sentí que no era conveniente que tomara café con galletas/pastel/pan tostado; aún así metí cinco opciones -café, chocolate, té, agua, nada- en una rueda de decisión y la giré. .

Sorprendentemente me salió la mejor opción: nada; con lo que nomás me levanté de la mesa sin consumir nada más -ni siquiera mi segundo vaso de agua del día-; a las tres menos cuarto -cuando la alarma sonó- le ofrecí un té de manzanilla a Rb -luego se me olvidó mi ofrecimiento, al ponerme a lavar la montaña de trastes en el lavadero-.

Después de lavar todos los trastos -era una montaña- me retiré a mi habitación a escribir; un poco más tarde -mientras redactaba las ocurrencias de la semana- me recordé del té no preparado; pero ví que Rb estaba dormida en su cama.

Se levantó un poco más tarde y le pedí disculpas por no cumplir con lo prometido; y le comenté que estaba preparándole ya un té; ella se levantó a empezar la preparación de los almuerzos semanales: Hash browns -pero utilizando zanahorias en lugar de papas-.

Yo había rallado varias libras de zanahorias más temprano y nomás ayudé a esta hora dividiendo la zanahoria rallada y el pollo picado que ella había limpiado y reservado un poco antes; en el ínterin estuve avanzando en la redacción de mis notas -incluyendo esta-.

Casi al final de la tarde empezó a llover y tomé uno de los paraguas para salir a comprobar la efectividad de la instalación de la galera; y no encontré ninguna gotera -cuando terminé la misma le envié varias fotografías a mi padre, agradeciéndole por haber venido a ayudarme con la misma-.

Y a ver cómo sigue eso...