Esta semana continuó la sequía en el tema de lectura: por alguna razón no logro retomar las líneas que -hasta hace no mucho- mantuve por varios años; de hecho, he estado leyendo tan poco que mejor decidí terminar el libro de Reese Whiterspoon; quizá después me forzaré a completar el de la sudcoreana.
Y es que la situación laboral es bastante desestabilizadora: a pesar de que ya me había resignado a -o aceptado que- el traslado a la nueva empresa implicó una pérdida del pasivo laboral -de doce años- acumulado, la cuestión como que no es tan sencilla.
O sea, en la nueva empresa, supuestamente -y esto como que es una costumbre en los dos países del Norte- empiezan dando dos semanas de vacaciones al año; cifra que aumenta a tres después de diez años; acá no se cumple eso.
En otro caso, de brindarse la semana adicional, yo podría tomar casi un mes de vacaciones por estas fechas; y, a pesar de recordar vagamente que (al menos durante un tiempo) se estuvieron otorgando días extras cada cierto número de años, la medida tampoco me parece atractiva.
O sea, no sé qué haría con más días libres al año; por el momento tendré que esperar un año para poder solicitar vacaciones, lo que me tranquiliza bastante; aunque estaba pensando que podría tomar una semana a finales de este año.
Y a ver cómo va eso...
El lunes me levanté temprano pero, lo que no había hecho durante mucho tiempo, retorné a la cama después de meditar; y no retorné a hacer lecciones de Duolingo; nomás me metí nuevamente a las sábanas y estuve dormitando un rato.
Casi hasta las nueve, me parece, que era la hora de la primera reunión diaria; las cuales continúan estando bastante raras: varios miembros del equipo -en el Imperio del Norte- no han completado el procedimiento formal de ingreso a la nueva empresa.
Y el día estuvo bastante tranquilo: no me contactó ningún analista del Imperio -ni mi compañero local-; no hubo reunión de equipo a las diez menos cuarto; nomás corrí un par de veces la batería de casos de prueba automatizados.
Lo que sí hubo fue una reunión bastante extensa al mediodía -justo cuando Rb salió de la habitación para que nos ejercitáramos-: una persona del área de Recursos Humanos de la nueva empresa abrió una reunión -la programó para toda la semana- para que, durante una hora, cualquiera pudiera ingresar y presentar consultas sobre el proceso en curso.
Algo que me quedó en claro después de esta reunión era que tenía que completar un curso -online- que explicaba, en términos generales, los valores, estructura y organización de la empresa de la que ahora soy parte.
Y es que en la mañana había completado un par de cursos -en español- que me habían sido asignados por correo: algo sobre seguridad al trabajar remotamente -que ya llevo casi diez años haciéndolo- y otro sobre acoso laboral (no hay que hacerlo).
Después de esos dos cursos había visto un par de lecciones -de doce- del curso de ingreso, pero me había parecido bastante pesado: cada capítulo tenía varios videos, mucho texto y, luego, una evaluación que debía ser aprobada con una nota mayor al ochenta por ciento.
Al teminar los ejercicios sacamos a caminar a los perros, luego calentamos el pollo con manzanas verdes y lo acompañamos con un par de ensaladas que había preparado antes de la caminata; después del almuerzo me preparé un café.
El café lo acompañé con el último cuarto del pan de queso, la última mitad de pan tostado, media galleta de chocolate, media galleta de nucita y una porción del pastel de arroz de la semana anterior -a este último le agregué un poco del helado de chocolate que compré el último sábado-.
Por la tarde me forcé a terminar las diez lecciones restantes del curso de ingreso; la verdad es que la información estaba bastante interesante -y bastante técnica-; y, de ser verídica la información, no creo que vaya a tardar mucho tiempo en esta empresa -algo de sus principios es la creencia en el crecimiento infinito (tesis con la que no estoy de acuerdo)-.
A las dos y media me metí a la cocina a lavar los trastes del día; luego le preparé un té de manzanilla a Rb; además, avancé en uno o dos capítulos en el libro en inglés que decidí completar para paliar un poco la falta de lectura en mi vida.
A las cinco de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección Sur; y cuando acabábamos de salir vimos a tres cachorros de perro -esqueléticos- siguiendo a algunas personas en la calle; Rb, como siempre, no pudo quedarse solo mirando sino trató de ayudarlos.
Eran dos de color café y uno de color negro; bastante pequeños -quizá algunos meses- y se les veían las costillas; y la cuestión se complicó primero porque empezaron a seguirnos y yo decidí que no modificaría el plan original: pasar a la ferretería a comprar cinta tapagoteras.
Después de la ferretería continuamos caminando y dos -o tres- de los cachorros nos siguieron; Rb incluso trató de atrapar a alguno -quería llevarlo al refugio municipal- y, al final, incluso le pidió ayuda a un par de policías que estaban en el camino -los cuales no colaboraron en nada-.
Finalmente Rb corrió un par de cuadras para avisar en el refugio de animales de la municipalidad; pero la sede estaba ya cerrada; el resto del camino fue bastante silencioso pues este tipo de situaciones -casi- siempre ponen de bajón a Rb.
Caminamos hasta el final del boulevard y apenas a mitad del camino de vuelta Rb ya empezó a recuperar un poco su ánimo habitual; entramos al supermercado y compramos algunas lechugas y un poco de bananos; luego retornamos a casa.
En el camino aún vimos a los perros -ahora sí a los cuatro- y cuando Rb consultó con la dueña de una tienda al lado del boulevard, ella le comentó que habían estado merodeando el lugar -seguramente los habían abandonado- desde el sábado.
Retornamos a casa a dejar las compras y yo me metí a la habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo; pero volvimos a salir a las siete y media: por la tarde habíamos ido a buscar a la dueña de la perra que me mordió el sábado por la noche y no estaba en casa.
Nos atendió -Rb se encargó de la comunicación- una señorita, quien nos dijo que la perra era de su madre y que ella debía tener el carnet de vacunación; total que por la noche salió la señora y, luego de volver a disculparse, hizo -cómo no- buenas migas con Rb; pero no hay, por el momento, carnet de vacunación; temo que tendré que aplicarme la vacuna antirrábica.
Después de retornar de la visita me metí a leer un rato a mi habitación; después me pasé a la de Rb y terminé de ver la temporada de The Ghost in the Shell; la que me pareció bastante interesante; también ví una pequeña parte de la comedia de Ryan Reynolds.
El martes me levanté mejor que el día anterior: medité y luego salí a encender la máquina del trabajo -en la mesa del comedor-; antes de la reunión de las siete y media me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo (la noche anterior me había dado cuenta que mi Elo estaba -nuevamente- debajo de mil quinientos).
Después de esta reunión -de hecho tuve que saltar de una a la otra- teníamos programada una con el director de la unidad; a quien había visto antes en alguna reunión pero no había entendido su cargo -me llamo la atención que usara un turbante; Sikh, me imagino-.
Cuando revisé el organigrama en la herramienta en la que se está gestionando la parte de recursos humanos ví que estaba en la parte más alta del mismo; y desde la semana anterior había convocado a reunión, aunque tuvo que cambiar el horario por la de Recursos Humanos que está ocurriendo al mediodía.
La reunión estuvo rara: empezó presentándose -y dándonos la bienvenida-, luego hizo que cada uno nos presentáramos, empezando por mí: nomás pude decir que llevaba doce años en la empresa, que hacía pruebas -y algo de documentación- y que estaba emocionado con el cambio.
Pero el señor no se anduvo por las ramas: me custionó sobre la parte de automatización de mi trabajo, con lo que le comenté que había habido un proyecto piloto pero que había sido detenido porque el impulsor -mi compañero más brillante- se había retirado de la empresa.
Mi supervisor entró a la conversación explicando un poco de lo que habíamos hecho; y al final el director indicó que nos reuniríamos pues le interesaba mucho que se continuara el trabajo que ya habíamos comenzado en esa área; yo me mostré anuente, pero no le tengo mucha fé a la iniciativa.
Mis otros compañeros -el SM y el analista que vive en la ciudad colonial- se extendieron un poco más -especialmente el primero- en la explicación de sus funciones; y, aunque el segundo había entrato tarde, también se mostró dispuesto a contribuir a los esfuerzos de automatización; quién sabe qué pasará a corto/mediano plazo.
Después de esta reunión aún entré un rato a la segunda reunión diaria; en la que varios de los asistentes aún presentaron dificultades para ingresar formalmente en la organización; y luego me quedé esperando la reunión diaria del equipo, la que tampoco se efectuó.
A las nueve y media había llamado a mi tía favorita para comentarle que -aprovechando que debía salir el miércoles por la mañana- quería pasar a visitarla un rato al día siguiente; ella se mostró comprensiva con mi anuncio.
Después de preparar -y consumir- el desayuno -el cual he sentido más copioso que de costumbre: avena, banano, papaya y gelatina- me retiré un rato a leer a mi habitación; un poco después de las once Rb salió de su habitación para completar su rutina de ejercicios -había decidido no asistir a su clase de zumba-.
Mientras ella completaba más de media hora de ejercicios yo me dediqué a preparar la regla de madera que planeaba instalar al lado de la estufa: corté el trozo a la longitud disponible de la pared, hice agujeros para introducir los tornillos, hice agujeros para introducir las armellas y perforé la pared para colocar dos tarugos de plástico.
Después de eso fuí a sacar la ropa de la lavadora -había puesto una carga mietnras se terminaba la reunión con el director-; a las doce y media sacamos a caminar a los perros más grandes; después almorzamos la segunda porción de pollo con manzanas verdes -acompañado con las ensaladas que había preparado antes de salir a caminar-.
Cuando completé el almuerzo me preparé un café; el cual consumí -esto sí ha estado más copioso- con: una porción de pastel de arroz -con un poco de helado-, medio pan tostado, un cuarto de pan de queso, media galleta de chocolate y media galleta de nucita.
Después del café volví a retirarme a mi habitación a leer otro capítulo de Gone before Goodbye; Rb, mientras tanto, se metió a su habitación a continuar traduciendo llamadas médicas en el Imperio del Norte; y, como tuvo una llamada bastante extensa, a las tres menos cuarto le dí de comer a sus perros -y le preparé un té de manzanilla-.
Al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; en la ferretería industrial compramos otro par de paquetes de armellas: Rb me había pedido que instalara otra regla de madera para colgar más trastos.
También pasamos a la tienda verde de descuentos: allí compramos un paquete de brochas -con las que espero pintar los tubos cuadrados que terminé de instalar el fin de semana anterior-; cuando regresamos a casa instalé la segunda regla de madera -luego de haberle atornillado ocho o nueve armellas-.
Por la noche hubo un relajo con una transferencia ACH: mi hija mayor me pidió un adelanto de su sueldo -trato de ayudarla con esto, para que pague menos transferencias de la aplicación en la que le pagan a su cuenta bancaria-; intenté dos transferencias a mi banco principal, y le pedí una similar a Rb.
Y ninguna de las tres llegó; luego probé una transferencia a un banco alternativo; pero tampoco la ví allí; al final tuve que cambiar ciento treinta dólares que tenía en el banco principal -lo que me costó como tres dólares, por el tipo de cambio-.
El miércoles me levanté super temprano: era el día que tenía que ir a firmar la liquidación en mi trabajo anterior; había dejado la alarma para las cuatro y media pues quería llegar a las siete -se suponía que a esa hora empezaban a atender-; pero el ruido de Rb a las tres de la madrugada me despertó.
Creo que estaba teniendo un sueño inquieto por el día que me esperaba; intenté dormirme nuevamente y, cuando la alarma sonó a las cuatro y media, me levanté a meditar; después me bañé, entré a despedirme de Rb y empecé el viaje.
Había previsto caminar hasta el boulevard principal, abordar un bus intermunicipal y luego tomar el transmetro; todo estuvo muy bien y llegué con bastante antelación al edificio en el que había empezado a trabajar doce años antes.
Algunos de mis compañeros habían hablado de reunirse a desayunar antes de ir a firmar la liquidación; pero no me llamó la atención la propuesta; especialmente porque estaban invitando al analista que menos bien me caía -y que no quiso pasar a la nueva empresa-.
Llegué a recepción a las siete menos cuarto y, siguiendo las instrucciones recibidas, subí al tercer nivel: en el área de cafetería se realiza este tipo de trámites; cuando llegué ya había más de una docena de personas esperando.
A las siete se aparecieron un par de empleados e instalaron algunas computadoras y una serie de fajos de documentos; yo aproveché para moverme del lugar en el que estaba -casi en la última fila de sillas- hacia el frente -quedé en la segunda posición-.
Y, casualmente, empezaron a pedir documentos de identificación -escuché que alguien en las últimas filas se quejaba de que no estaban respetando la hora de llegada, pero ni modo-; y la atención se hizo en el orden en el que estábamos sentados -por los documentos-.
El trámite fue bastante rápido; o sea, primero llamaron a la primera persona -a mi izquierda-; luego mencionaron mi nombre, pasé a las mesas que habían instalado en el frente y me entregaron un documento detallando el monto a percibir: en total fue el equivalente a tres salarios.
Y es que aún tenía tres períodos de vacaciones acumulados (un salario y medio); luego estaba la quincena -otro medio salario- y entre el bono catorce y el aguinaldo se completaba otro salario completo; firmé las dos copias que se quedarían y me entregaron una adicional para mis registros.
Me despedí de todos y salí rápido del lugar; la verdad no me llamaba la atención ver a ninguno de mis compañeros; lo malo es que olvidé por completo que debía pasar a recoger un pachón metálico -con el logo de la nueva empresa- que era un regalo de bienvenida.
También olvidé que había pedido una carta de constancia laboral y que podía recogerla el mismo día; salí del edificio y empecé a caminar hacia la casa de mi tía favorita; era bastante temprano -apenas pasaban de las siete y media- y había quedado en llegar a su casa alrededor de las diez.
Según Google -lo había consultado la noche anterior- la caminata me llevaría aproximadamente hora y media; por lo que traté de caminar de forma tranquila, y no tomar ninguna ruta rápida.
Y aún hice dos pausas: casi a la mitad del camino, bajando una enorme pasarela, encontré al voluntario a quien ví un año atrás cuando desayunámos con mi ahijada en el mismo lugar que la última vez que nos hemos reunido.
Aproveché que tenía tiempo y estuve conversando un poco antes de que subiera la pasarela: con el individuo hicimos trabajo voluntario por un par de años, más de una década atrás; ahora tiene un par de hijos que están por entrar a secundaria.
Después de despedirnos continué caminando hacia la casa de mi tía; en el camino le envié un mensaje a mi hija mayor para ver si había acudido a la facultad -me quedaba en el camino-; pero me contestó que estaba trabajando desde casa porque ya no necesitaba ir a clases -se acercan los finales del semestre-.
Antes de llegar a la casa de mi tía pasé a la casa de mi abogado -quien me ayudó con todos los trámites para la salida de mis hijos menores del país, hace varios años-; lo llamé cuando estaba frente a su buffet, pero me indicó que no estaba en el lugar porque había acudido a una reunión.
Pasé a comprar una buena cantidad de pan dulce a una panadería que tiene más de treinta años en el lugar -aunque su tamaño se ha reducido bastante-; y cuando llegué a la calle en donde vive mi tía aún era muy temprano: acababan de pasar las nueve de la mañana.
Entonces decidí caminar hasta la estación del transmetro para ver cuánto tiempo me llevaría la caminata más tarde; tomé el tiempo -fueron como trece minutos en cada sentido- y luego retorné a la casa de mi tía; a donde llegué a las diez menos cuarto.
La llamé desde el frente de la casa y salió a abrir el portón bien abrigada -andaba recuperándose de una gripe-; y me estuve con ella durante un poco más de hora y media; entre conversación y consumo de café y -mucho- pan.
Un poco después de las once le indiqué que me retiraba y me acompañó al portón; caminé hasta el transmetro y en el comercial de los busitos rodeé el edificio para tomar un bus intermunicipal; luego caminé desde el inicio del boulevard hasta la casa de Rb.
Aún vine a tiempo para completar la rutina de ejercicios con Rb -aunque primero consumí la fruta correspondiente al desayuno-; después de los ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego calentamos la tercera porción de pollo con manzanas.
Después del almuerzo me preparé un chocolate -no quise tomar café porque había consumido por la mañana-; y estaba a medias de eso cuando vino el repartidor del gas propano -Rb me había comentado, mientras estaba donde mi tía, que se había acabado el cilindro-; lo que me incomodó un poco pues interrumpió mi sagrada hora de la refacción.
Por la tarde estuve revisando un documento que la analista en el Imperio del Norte había liberado en la carpeta de trabajo de los mismos; y al final de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard pero no entramos al supermercado cercano.
En el otro, el de mitad del camino, compramos pollo para el almuerzo del sábado, y una lechuga hidropónica -el surtido de las normales ha estado super complicado-; por la noche -un poco antes de las ocho- acudimos -afortunadamente por última vez- a buscar a la dueña del perro que me había mordido el sábado anterior.
O sea, era la tercera vez que íbamos a buscarla -o la cuarta, realmente- pero fue la segunda vez que nos atendió; y sacó un carnet con tres registros anuales de vacunación de la perra; y, al menos, con eso me quedé más tranquilo: la herida en el camote no es muy seria y nomás quería estar seguro de que no tenía que ponerme la vacuna antirrábica.
Cuando retornamos me puse a preparar el pastel de arroz que había estado planeando cocinar semanalmente (de doscientos gramos en doscientos gramos) hasta mermar la provisión actual de ese grano que tenemos en nuestras reservas.
El jueves me levanté temprano; había previsto un día movido porque quería ir a la oficina -otra vez- a recoger la botella -y galletas- que se me había olvidado el día anterior; también quería recibir la constancia del tiempo trabajado en la empresa -le había enviado un correo a la persona de recursos humanos y había confirmado horarios y la oficina a la que debía concurrir-.
Como pensaba ir a media mañana había decidido utilizar la van -también quería pasar a llenar el tanque pues ya había pasado más de una semana desde el primer día del mes y no había acudido a ninguna gasolinera-; entré a la reunión de las siete y media y luego a la de las nueve.
No tenía ninguna asignación en el trabajo, por lo que nomás puse a correr un par de veces los scripts con los que se ejecutan los cincuenta casos de prueba automatizados; a las once menos diez me alisté, me despedí de Rb y salí a arrancar la van.
Según Waze no había mucho tránsito y estimaba un poco más de media hora de viaje; yo había previsto ausentarme un par de horas; y no, no había mucho tráfico, aunque sí hubo un par de calles en donde casi casi se detenía el flujo vehicular -incluso tuve un connato de conflicto con una camionetilla que insistía en colarse frente a la van-.
Pero, al final, no me tardé tanto en llegar a la oficina -a pesar de que tuve que tomar una ruta alternativa-; y me metí a un parqueo a un par de calles del edificio al cual iba: había consultado con el programador que había ido conduciendo el día anterior y me había comentado sobre el parqueo -quejándose de lo caro: tres dólares por un período corto-.
El parqueo es parte de un condominio -apartamentos y oficinas- y me sorprendió que no encontré lugar hasta el quinto sótano; y para entrar al elevador debía utilizar una tarjeta -que no tenía-, afortunadamente un señor me permitió acompañarlo cuando abrió el acceso.
Salí del parqueo y corrí un par de calles hasta el edificio a donde me dirigía; también subí -de dos en dos- las gradas hasta el sexto nivel; allí me tuve que anotar en una lista de visitantes a Recursos Humanos -en el lobby había dejado mi DPI y me habían proporcionado un gafete de visitante-.
Pero el trámite estuvo ligero: salió la misma persona que me entregó el acuerdo de transición la semana anterior y me entregó la botella metálica, una cajita con galletas y un folder con la constancia de labores en el lugar; agradecí por todo y me retiré.
Corrí de vuelta al edificio y me dispuse a cancelar la cuota de estacionamiento en la estación de pago frente al lugar; sorprendentemente no tuve cargo -creo que hay un mínimo de tiempo y no lo sobrepasé-; bajé al quinto nivel, salí del lugar y emprendí el camino de vuelta.
El tránsito estaba bastante complicado -como siempre, en la ciudad- pero tomé la ruta que consideré más adecuada y, antes de las doce y media, estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; entré a la casa y la encontré ejercitándose.
También me comentó que se había olvidado de desinfectar las lechugas para la ensalada; entonces me puse a la tarea, pero ella empezó a agregar detalles -o a pedir más cosas, no recuerdo- y me puse a somatar las cosas -mostrando mi enojo-.
Desinfecté dos lechugas completas y luego ayudé a sacar a caminar a los perros; el ambiente, por supuesto, había quedado bastante tenso después de mi demostración de violencia; de hecho Rb tomó los trastes de su almuerzo y se retiró a su habitación.
Yo almorcé tranquilamente en el comedor y continué con mi jornada normal; cuando la alarma sonó a las tres menos cuarto y ví que Rb salí a alimentar a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastos del día (le ofrecí antes un té de manzanilla, el cual declinó).
Cuando estaba a medias con los trastos Rb se acercó a la cocina y me pidió diálogo: no sabía como actuar al ver mis accesos de violencia, los cuales, según ella, han aumentado en el último tiempo; yo estaba escuchando algún podcast mientras lavaba los trastos pero me quité los audífonos para ponerle atención.
Entonces traté de explicarle -sin éxito- la causa de mi molestia; la cual es más o menos así: cuando me pongo -voluntariamente- a hacer algo, empieza a agregar detalles -o más cosas- a la tarea; me molesta eso; es como: ah, como está haciendo algo, carguémosle más.
Igual, le comenté que no esperaba que lo comprendiera, o que cambiara algo; también me disculpé por actuar de forma infantil al mostrar mi enojo; y no sé que pasará; o sea, desde el inicio le había informado que me molestaba que las cosas se dieran por sentado; y, aunque ya no hablo frecuente de marcharme, tampoco es algo que me aterre.
No quedamos en nada; aunque un poco más tarde, Rb me pidió un abrazo; por la tarde estuve trabajando -hasta la noche, realmente- en un documento en el que el analista en el imperio del norte me había pedido apoyo: cuando venía de vuelta de la oficina ví que mi supervisor me había llamado -llamada perdida-; y otra llamada perdida del analista; al menos este último me envió un par de mensajes con su solicitud.
La tarea fue interesante porque se trató de combinar -o fusionar- dos documentos: tuve que escribir un poco de código para encontrar inconsistencias en el texto, para revisar formatos y, finalmente, para buscar incongruencias en la numeración.
Me absorbí por completo en completar este documento; no sé si eso ayudó -o eso fue una excusa- a no ponerle mucha atención al conflicto que se había generado con Rb; pero, a las cinco que salimos ya había concluido los cambios que me habían pedido y le había enviado un mensaje al analista en el Imperio.
A las cinco salimos a caminar hacia los supermercados en dirección norte; usualmente es el día en el que compro el pan para mis desayunos del fin de semana; aunque, en este caso, tuve cuidado en recordar que no necesitaba pan francés: había puesto a congelar casi medio paquete de pan sandwich del fin de semana que vinieron mis padres.
Caminamos hasta el supermercado que se encuentra al inicio del boulevard; allí compramos un par de lechugas hidropónicas -carísimas y con muy poco contenido- y una lechuga de cabeza -Rb casi no consume de estas, pero nos estábamos quedando sin opciones-.
Después de pagar las compras comenzamos el camino de vuelta; en la panadería en la que compro el pan más barato compré medio dólar de pan tostado -creo que son doce panes en total- y cuando entramos a la calle compramos un poco de culantro en la tienda interna.
Por la noche volví a encender la computadora del trabajo pues, mientras caminaba de vuelta a casa se me había ocurrido una mejora que podía aún realizar al documento y que mejoraría su presentación -creo que era la revisión de la numeración ascendente de las secciones-.
El viernes estuvo super tranquilo en materia laboral: al parecer habían cancelado la única reunión de equipo del día; tampoco tuvimos la reunión diaria del equipo interno, ni la semanal que, generalmente, se efectuaba cada viernes -o cada dos viernes-.
De hecho no recibí ninguna comunicación del imperio del norte -ni del equipo local-, por lo que me dediqué a revisar los últimos cambios realizados a los documentos -solicitados por mis compañeros en el Imperio-; también estuve explorando la forma de mantenerme al día de las últimas novedades del trabajo -utilizando la cuenta de IA que me dieron-.
Por la tarde se me ocurrió que podía explicarle, a mi compañero local, el funcionamiento del código que habíamos escrito con el analista más brillante -que ahora trabaja en otra empresa-; así que me puse a documentar el código.
Para lo cual utilicé la IA -que (no me sorprendió) fue una decepción para realizar la tarea-; y no sé si es porque me dieron una suscripción de las más básicas, o si la calidad de la herramienta es tan precaria: pasé más de una hora tratando de generar un documento satisfactorio.
Al final tuve que tomar varias de las respuestas que me estuvo dando durante ese tiempo y resumirlas en un documento en el que pegue parte de las mismas; luego le comenté mi intención al compañero y él programó una reunión para el siguiente martes(!!!!).
Al mediodía realizamos la rutina de ejercicios de los viernes con Rb; luego sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos -Rb había preparado un pescado y medio, del último envío realizado por mi madre desde el puerto-; después me preparé un chocolate.
Cuando terminó el horario laboral -a las cinco de la tarde- nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el final del boulevard y luego retornamos; yo puse atención en no comprar pan -tostado y de queso- en la panadería, como las semanas anteriores: durante la semana había preparado un pastel de arroz y aún tenía varias porciones en el congelador.
Además, antes de salir a caminar había cocinado todo el arroz que teníamos en existencia; primero había pensado en cocinar un poco y pasar el resto al bote que manteníamos sobre la refrigeradora; pero al abrir el hermético -que, seguramente estaba mal cerrado- lo encontramos -otra vez- lleno de gorgojos.
Entonces sumergimos todo el arroz en agua y sacamos la mayor parte de estos insectos; luego lo puse al fuego; eran varias libras y aumentó de volumen con el proceso de cocimiento en agua hervida; lo dejé enfriando mientras salíamos a caminar.
En el supermercado de mitad del camino pasamos a comprar un poco de bananos; y por la noche, al igual que las anteriores, no me dió tiempo de ver ninguna serie o película: me puse a reordenar las provisiones en la parte superior del congelador.
Y es que cuando retornamos de la caminata intenté licuar el arroz que acababa de cocinar; pero, a pesar de utilizar una licuadura bastante potente, sentí que el proceso no era el adecuado -llegué a oler circuitos sobrecalentados-; por lo que nomás licué un poco, que almacené en una bolsa plástica.
Luego llené otras dos bolsas con el resto del arroz ya cocido; saqué la mayor parte del contenido de la parte superior del congelador y luego coloqué la bolsa con el arroz licuado; luego acomodé las otras dos bolsas y el resto de las provisiones que había sacado.
El sábado me levanté a las seis y cuarto; durante la semana me había comunicado con mi mejor amigo de la facultad y habíamos quedado de reunirnos entre siete y media y ocho en el McDonald's de costumbre -luego le había escrito para que me consiguiera unos sujetadores para las patas de los anteojos-.
Medité, hice un par de lecciones de Duolingo y luego me metí al baño; Rb ya se había levantado y había empezado a traducir llamadas en su habitación; un poco después de las siete me despedí de ella y salí a arrancar la van.
El tránsito estaba bastante ligero y llegué a la gasolinera antes de salir al boulevard principal bastante rápido; llené el tanque de gasolina (más de diez galones y como cuarenta dólares) y continué mi camino; y encontré más transito.
De hecho estuvo complicado llegar al boulevard principal; y el tránsito seguía bastante intenso en esta ruta; temí que continuara así hasta el periférico pero no: en un semáforo a medio camino entre la primera gasolinera luego de salir de puente y el periférico había un camión tapando uno de los carriles.
Creo que estaban dándole mantenimiento -o camibiando- a los semáforos; y, como la ruta se reducía de tres a dos, el flujo se ralentizaba en más de una tercera parte; afortunadamente logré pasar por la boca del embudo un poco después de las siete y media.
De hecho estaba a punto de escribirle a mi amigo avisándole que llegaría tarde; y al final llegué tarde -al menos para mis estándares-; pero, por otra parte, él había propuesto un rango de tiempo: entre siete y media y ocho; y entré al parque o del restaurante a las ocho menos cuarto.
Y justo cuando estaba entrando al parqueo ví que él estaba ingresando al restaurante; me estacioné, bajé mi mochila -y mi tablero de ajedrez- y fui al encuentro de mi amigo; nos instalamos en una mesa y luego procedí a ordenar un par de desayunos (la noche anterior había visto una oferta de dos desayunos y dos pastelitos por un poco menos de diez dólares).
Estuvimos en el lugar, entre desayuno y -mucha- conversación hasta un poco después de las diez: la hija mayor de mi amigo -divorciada, después de dos años de matrimonio- está avanzando en una universidad privada en la carrera de comunicaciones.
La hija menor -con un caracter bastante fuerte, al parecer, trabaja en un call center -en español- y estudia -online- diseño gráfico en otra universidad privada; y la gran esperanza de mi amigo -su hijo mediano- ya pasó la mitad de la carrera en nuestra vieja facultad.
Un poco después de las diez le comenté a mi amigo que me retiraba y salimos del restaurante; nos despedimos en el parqueo y comencé la conducción hacia la casa de Rb; cuando entré acababa de darle de comer a sus perros y estaba empezando a trasladarse a la bodega de la comida para los perros: yo había previsto trabajar en el patio trasero continuando con las labores de la semana anterior en la galera.
Entré a casa, me cambié de ropa, comí un poco de fruta y salí a evaluar la situación con las láminas; durante la semana había comprado cinta tapagoteras y empecé a aplicarla en una de las láminas; luego la subí a la estructura y la atornillé a los tres arcos de metal.
Después hice lo mismo con la segunda; terminé casi al mediodía; paré el trabajo, acomodé los armarios -que habían estado recibiendo agua durante dos semanas- bajo el par de láminas que ya estaban instaladas y almacené las herramientas que había utilizado.
Entonces entré a la casa pues ya tocaba sacar a caminar a los perros; Rb estaba terminando de completar una rutina de ejercicios por lo que tuve que esperala un poco para completar la caminata canina; en el ínterin preparé las ensaladas del almuerzo.
Después de entrar a los perros Rb recalentó las piernas de pollo que había cocinado más temprano y las acompañamos con las ensaladas que acababa de preparar; después me preparé un chocolate, que consumí con un par de mitades de galletas, un par de pan tostado y la miga del pastel de arroz almacenado en el congelador.
A las tres menos cuarto Rb se alistó para acudir a su iglesia a impartir su clase semanal de alfabetización; y tuvo que sacar un paraguas porque había empezado a lloviznar; después de darle de comer a sus perros salió hacia su iglesia.
Yo me quedé viendo videos de Youtube en mi computadora; también aproveché la precipitación pluvial para salir a verificar el funcionamiento de las dos láminas que había instalado por la mañana -ví que tres de los agujeros que había sellado presentaban gotera-.
Además, por la mañana había decidido que debía reacomodar el arroz que había almacenado el día anterior en el congelador: el arroz cocido -suelto- estaba en una simple bolsa de plástico y no estaba en una superficie plana; con lo que había riesgo que se derramara al extraer alguna provisión congelada.
Eso me ocupó por casi dos horas; a las cinco y cuarto me alisté, tomé la mochila que me regaló mi amigo de ascendencia asiática un par de semanas antes y empecé a caminar hacia la iglesia de Rb; en el camino me fui armando el cubo de Rubik de seis por seis.
Llegué a la iglesia casi a las seis de la tarde y encontré a Rb ya saliendo de las instalaciones; de allí nos dirigimos al supermercado en el comercial que está cerca de la iglesia; en donde compramos pollo para los almuerzos de la semana, y alguna otra provisión -aguacates, manzanas verdes y lechugas-.
Por la noche se me ocurrió que seguiría el consejo de un Youtuber mexicano -matemático, supuestamente-: invertir seriamente en el tema que se quiere aprender; entonces decidí que me suscribiría a Duolingo para continuar practicando videollamadas.
Y es que desde hacía unas semanas -o meses- había encontrado atractiva esta funcionalidad de Duolingo; para la cual tenía que pagar una suscripción -que eran como doce dólares por mes-; pero lo que hice fue buscar grupos familiares para compartir el gasto.
Entré a un grupo en la red social azul y encontré a varios mexicanos -creo- que ofrecían opciones para suscripción anual por un precio de doce dólares; lo malo es que el pago tenía que hacerse por medio de una plataforma que no funciona en el país.
Pero luego uno de estos individuos me planteó el pago por medio de paypal -o binance, pero no uso criptomonedas-; llamé a mis tres hijos para ver si alguno de ellos poseía cuenta de paypal y mi hija mayor me comentó que no utilizaba; mi hija mediana me indicó que quizá sí, pero que tenía que reactivarla -y estaba por dormirse- y mi hijo menor no contestó a mis llamadas.
Al final llamé a mi amigo afroamericano de la ciudad del Imperio del Norte en la que estuve hace casi veinte años; le pedí que me prestara doce dólares y le envié el link para realizar el pago; pero él transfirió veinticinco dólares, e insistió que no tenía que pagarle.
Entonces decidí que le cedería una de las suscripciones anuales a Rb; lo malo es que cuando intenté utilizar el código que me proporcionó el mexicano no funcionó; le escribí e intenté varias opciones para ingresar el código; incluso le envié mi usuario y password -pecado en ciberseguridad-.
Pero, al ver que no contestaba, decidí que, seguramente había caído en una estafa; asumí la pérdida -de la buena voluntad de mi amigo en el Imperio- y decidí que no insistiría -al menos por esa noche-; pero eso me ocupó hasta casi las diez de la noche; por lo que ya no consumí nada audiovisual; nomás leí un poco de un libro en español sobre intuición.
El domingo me levanté a las seis y cuarto; la noche anterior había decidio que me trabajaría desde temprano en la instalación de las dos láminas restantes en la galera del patio trasero; después de meditar me vestí y salí a revisar los agujeros que presentaron gotera la tarde anterior.
Había intentado encontrar una solución utilizando un -o dos- LLM; pero no había encontrado una buena opción; entonces me subí al techo y retiré la cinta tapagotera de estos tres agujeros; luego se me ocurrió que debía reinstalarlos utilizando calor.
Saqué la cajetilla de fosforos que utilizamos en la estufa y me puse a aplicar cinta tapagotera en una de las láminas que aún no había instalado; pero encontré el procedimiento bastante ineficiente; entonces me recordé que en la habitación de Rb había una candela aromática.
Entré a la casa, y a la habitación de Rb; encendí la luz y tuve que despertarla -estaba profundamente dormida, con protectores de oídos y tapaojos; eran las siete y cuarto, me disculpé por la interrupción, saqué la candela y continué el trabajo en el patio trasero.
Volví a colocar los trozos de cinta tapagotera que había despegado más temprano; pero ahora apliqué calor mientras instalaba cada uno; al final trabajé hasta las diez de la mañana pero dejé instaladas las cuatro láminas -en dos o tres ocasiones me resbalé de la escalera y quedé colgado de las láminas, con lo que comprobé (involuntariamente) la solidez de la estructura)-.
A las diez -como le había pedido- Rb salió a avisarme que había llegado la hora para acudir al supermercado en el que compramos artículos a granel; yo ya estaba terminando de colocar en el armario las herramientas que había utilizado, por lo que entré a la casa, me cambié y salí a arrancar la van.
El tránsito en el boulevard -por ser domingo- estaba bastante ligero; excepto en el inicio del mismo: al parecer era la hora de la dominical en la megaiglesia que se encuentra del otro lado del boulevard principal, por lo que fue un poco complicado entrar al mismo.
Pero el periférico estaba bastnte tranquilo; volvimos a encontrar un pequeño embotellamiento hasta la entrada al estacionamiento del comercial; al parecer a mucha gente se le había ocurrido realizar sus compras a granel durante la mañana del domingo.
Después de estacionar el automóvil entramos al comercial; recorrimos los diferentes pasillo agregando los artículos de la lista de compras a la carretilla: comida para los perros de Rb, varias bolsas de nueces, papel higiénico y similares; luego de pasar por la caja Rb me proporcionó su tarjeta pues quería comprar un pastel tres leches y un café helado.
Salimos del supermercado con la carretilla bastante llena, mi pastel y mi café; después de cargar las compras en la van retorné la carretilla al área correspondiente y luego regrese a la van; pero cuando empezaba a conducir Rb expresó molestia porque el pastel se estaba derritiendo y la humedad se estaba condensando.
Se lo tomé -al parecer no delicadamente- de las manos; ella reclamó por el gesto y me lo pidió de vuelta; y entonces tuvimos un retorno a casa tenso: aún debo aprender a interpretar de mejor forma las causas de molestia femenina y mejores estrategias para gestionarlas.
El tránsito estaba un poco más cargado que en el viaje de vuelta y yo estaba tratando de sintonizar la radio que escucho frecuentemente mientras conduzco -ya en el viaje de vuelta habíamos perdido la emisora- pero Rb -al parecer- estaba teniendo dificultades con mi forma de manejar-; entonces apagué la radio y me concentré en el camino.
Afortunadamente el tránsito -a pesar del número de vehículos- estuvo fluido: no hubo una paralización total en ninguno de los puntos; después de entra a la calle y estacionar la van trasladamos las provisiones a la bodega de la comida de los perros.
Después empecé a preparar mi desayuno: ya eran más de las once y estaba sintiendo la necesidad de alimentos; no preparé café sino que decidí consumir el café helado que había comprado en el supermercado, con una cuarta parte del pastel de tres leches.
Además preparé un par de sandwiches -al igual que el viernes, utilicé un par de cucharadas de arrowroot para cocinar una tortilla y dividirla en cuatro-; y acompañé esto con la gelatina que me había sobrado en la semana, un banano y un poco de papaya.
Después de desayunar me quedé en la mesa del comedor, revisé los mensajes que había dejado pendientes la noche anterior y encontré nuevas instrucciones para la suscripción de Duolingo; y en esta ocasión funcionó; luego le pedí el celular a Rb y también la agregué a la misma suscripción.
A las doce la alarma de mi telefono antiguo sonó y me recordé que quería llamar a mi amiga en Camerún: la noche anterior le había enviado un par de mensajes para que conversáramos, pero ya era muy tarde en África y habíamos acordado probar al día siguiente.
Llame a mi amiga -por whatsapp- y hablamos un poco -ella en inglés y un poco de español y yo en inglés y un poco de francés-, hasta la hora en que teníamos que sacar a caminar a los perros; pero, como estaba en el celular y aún tenía datos móviles, continué con la conversación mientras llevaba al perro de Rb por el circuito de dos calles que completamos diariamente.
Un poco antes de entrar terminé la llamada, prometiéndole que trataría de conversar con mi hija mayor para que la guiara en la plataforma de trabajo remoto en la que ella -y Rb- trabaja -esto me lo había sugerido Rb al escuchar que estábamos conversando-.
Cuando Rb entró -después de recoger los desechos de sus perros del patio delantero- le pedí que apartara la porción de lechuga que debía utilizar en las ensaladas del día; y preparé un par de las mismas.
Almorzamos alitas, ensalada y un poco de caldo -yo le agregué un poco de ramen coreano al mío-; y, como había desayunado copiosamente un poco antes, sentí que no era conveniente que tomara café con galletas/pastel/pan tostado; aún así metí cinco opciones -café, chocolate, té, agua, nada- en una rueda de decisión y la giré. .
Sorprendentemente me salió la mejor opción: nada; con lo que nomás me levanté de la mesa sin consumir nada más -ni siquiera mi segundo vaso de agua del día-; a las tres menos cuarto -cuando la alarma sonó- le ofrecí un té de manzanilla a Rb -luego se me olvidó mi ofrecimiento, al ponerme a lavar la montaña de trastes en el lavadero-.
Después de lavar todos los trastos -era una montaña- me retiré a mi habitación a escribir; un poco más tarde -mientras redactaba las ocurrencias de la semana- me recordé del té no preparado; pero ví que Rb estaba dormida en su cama.
Se levantó un poco más tarde y le pedí disculpas por no cumplir con lo prometido; y le comenté que estaba preparándole ya un té; ella se levantó a empezar la preparación de los almuerzos semanales: Hash browns -pero utilizando zanahorias en lugar de papas-.
Yo había rallado varias libras de zanahorias más temprano y nomás ayudé a esta hora dividiendo la zanahoria rallada y el pollo picado que ella había limpiado y reservado un poco antes; en el ínterin estuve avanzando en la redacción de mis notas -incluyendo esta-.
Casi al final de la tarde empezó a llover y tomé uno de los paraguas para salir a comprobar la efectividad de la instalación de la galera; y no encontré ninguna gotera -cuando terminé la misma le envié varias fotografías a mi padre, agradeciéndole por haber venido a ayudarme con la misma-.
Y a ver cómo sigue eso...
No hay comentarios:
Publicar un comentario