lunes, 19 de octubre de 2026

Escucha a tu intuición... Listen to your intuition... Écoute ton intuition... Escuta a tua intuição...

No sé si es causa o es efecto -muchas veces me cuesta distinguir la diferencia- pero -en esta última sequía lectora- he vuelto a tomar otro de 'esos' libros; y es que, creo que hasta en la contraportada del mismo anuncia que es de autoayuda (o algo así); y no recuerdo si encontré a la autora en el programa Aprendemos juntos, o fue casualidad que bajara el libro y luego escuchara su conferencia.

Pero sí, el título de este texto corresponde a un libro de una psicóloga -no estoy seguro si española o mexicana- a quien he visto en alguna de las conferencias de formato largo que me pongo a escuchar mientras realizo la rutina de ejercicios -un poco más de treinta y cinco minutos- que completamos tres días a la semana con Rb.

Hace unos años leí varios sobre la suerte; al final creo que es más una cuestión de actitud y de 'aprovechar' las oportunidades que se van presentando; o de aceptar que la suerte es parte del caos que se percibe en este universo determinista.

Al final, de los tres o cuatro libros que leí sobre el tema, tomé lo que pude aplicar -o eso creo- en mi rutina diaria: en mi reto de meditar durante mil días he agregado -desde hace varios meses- la repetición de ciertas frases asociadas con la suerte.

Y no sé si al terminar de leer este libro -apenas acabo de pasar de la introducción (o del primer capítulo, no estoy seguro)- habrá algún aspecto que me permita tener un poco más claro el tema de la intuición.

A ver cómo va eso.

El lunes me levanté a las seis y veintisiete, medité y luego saqué la computadora de la bodega y la encendí en la mesa del comedor; Rb se metió a su habitación a contestar llamadas en inglés y yo me dediqué a completar algunas lecciones de Duolingo (aunque se me desaparecieron las opciones de videollamadas).

A las nueve entré en la única reunión que tenía prevista en el día -se suponía que era un asueto federal en el Imperio del Norte, pero no ví que la actividad disminuyera-; un poco después de las nueve recibí un correo de mi supervisor, asignándome una tarea bastante tediosa.

Debía cambiar la carátula de quince documentos, pero cuando empecé con el primero empecé a notar muchas diferencias; y, de los quince documentos que tenía que actualizar nomás logré completar un par antes del mediodía.

A las doce Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando el caldo de pollo y la salsa de tomate, con fuego muy bajo.

Después de la caminata preparé un par de ensaladas y esperé a que Rb calentara -en el microondas- los tres hash browns -de zanahoria- que consumiríamos en el almuerzo; el cual estuvo bastante copioso.

Y el café post almuerzo también estuvo bastante fuerte: además del medio litro de café consumí dos tercios diferentes de galletas, un par de pan tostado, un poco del pastel tres leches y una porción (y un tercio) del pastel de arroz (con un poco de helado).

En la tarde me reuní con mi único compañero analista: el supervisor le había indicado que debía ayudarme con la asignación -la verdad lo ví como una pérdida de tiempo, pues me imaginé que la ayuda sería ínfima (tal cual fue) pero no me quería poner rebelde-; le expliqué en detalle la tarea.

Y luego continué durante toda la tarde -hasta las cinco- trabajando en la actualización de los documentos; cuando completé cinco o seis se me ocurrió que podía automatizar la validación de los cambios; entonces me puse a escribir código -con ayuda de un LLM- para comparar los cambios.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para pasar a una farmacia popular: Rb necesitaba comprar un esteroide para uno de sus perros; luego nos dirigimos al supermercado de la mitad del camino.

Allí habíamos planeado comprar lechugas pero no encontramos ninguna en el área de verduras; retornamos a casa con las manos vacías y yo volví a encender la computadora del trabajo: en el camino se me había ocurrido otro método de verificación.

Antes de entrar a casa -y a pesar de que ya casi no había luz diurna-revisamos los arbustos del cercado para cosechar güisquiles -a Rb se le había ocurrido que podíamos incluirlos en los almuerzos de la siguiente semana-; y encontramos cuatro. 

Después de trabajar un poco cerré la computadora y me pasé a la habitación de Rb con mi computadora con Ubuntu; en donde ví el final de la película Mayday -comedia sobre la guerra fría- y un poco de la última película de Spiderman.

Antes de pasarme a la habitación de Rb completé algunas lecciones de Duolingo; pero, por alguna razón, me estaba quedando dormido mientras lo hacía; y justo en ese momento entró una llamada al celular.

Al principio no reconocí a quien llamaba -era mi amigo voluntario con quien me reuno un domingo cada mes- y quería que, en vez de reunirnos el domingo por la tarde, como habíamos previsto, lo hiciéramos para desayunar en el mismo lugar. 

El martes me levanté a la misma hora, medité y salí a trabajar al comedor; hice algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la reunión de las siete; y mientras esta ocurría empecé a trabajar en los documentos pendientes.

A las ocho me reuní con mi compañero de equipo: había preparado varios documentos para mostrarle cómo se había creado el código del proyecto de automatización; además de demostrar la forma en la que se estaba ejecutando.

En la reunión el compañero me comentó que había completado un documento el día anterior; y cuando estábamos a medias de esta reunión nuestro supervisor se unió, para comentar algunas asignaciones: había que probar algo en la aplicación, pero yo tenía que seguir trabajando en los documentos.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; y luego de esta entré a la primera de una nueva serie de reuniones de equipo, en la que también ingresó el nuevo director del área; un poco antes el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con cinco documentos adicionales.

Y al preguntarle sobre prioridades a mi supervisor, nomás me indicó que esperaba que todo estuviera terminado para el día siguiente; con lo que me pasé el resto de la mañana bastante ocupado; lo bueno es que no había rutina de ejercicios, por ser martes.

Rb salió de su habitación un poco después de las once y se ejercitó por un buen tiempo en la sala; yo puse a calentar el caldo y la salsa y preparé un par de enormes ensaladas; a las doce y media sacamos a caminar a los perros; luego almorzamos.

Y el café estuvo tan copioso como el día anterior -y estaba previendo un miércoles similar- después del café continué con la tarea a medias, pero la velocidad de procesamiento mejoró bastante; por lo que pude tranquilamente lavar los trastes -y prepararle un té de manzanilla a Rb- a las tres menos cuarto.

Terminé de procesar los veinte documentos un poco después de las tres; entonces ejecuté el código en Python para realizar una verificación del contenido de las primeras páginas de todos los documentos -lo que me permitió corregir un error bastante evidente-.

Continué con esto hasta un poco antes de las cuatro; a esa hora le envié un correo a mi supervisor, notificándole la finalización de la asignación; luego respondí a otro correo del director: indicando que no quería vacaciones este año (esperaré a completar el año en la nueva empresa antes de solicitar) y listando las asignaciones actuales.

Después de enviar este último correo salí a realizar algo que había tenido en espera durante varios días: le habíamos ofrecido la madera que cayó de la galera antigua -carcomida- a una vecina de la calle; ella tiene un fogón en el patio frontal de su casa y, a veces, prepara comidas comunales en el lugar.

Salí al patio trasero, cargué varias reglas de diferentes longitudes  y lo fuí a dejar al área donde la vecina tiene su fogón; en el camino se me cayeron varias piezas -una, justo en el dedo gordo del pie derecho- por lo que retorné a recogerlas; después de realizar un segundo viaje me fui a la ferretería.

El día anterior, en nuestra caminata de la tarde, habíamos pasado a preguntar por el precio del angular de una pulgada -por seis metros-: costaba un poco más de diez dólares pero estaban a punto de cerrar, por lo que quedó pendiente la compra.

Compré el angular, una escuadra -porque debo construir un marco para el portón frontal de la casa de Rb-, y varios tornillos -con sus tuercas y arandelas-; luego retorné a dejarlo al patio trasero de la casa -también encontré un par de arcos para instalar un canal al final de la lámina de la galera-.

A las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte: queríamos ver si encontrábamos lechugas en el supermercado del inicio del boulevard; y a mí se me ocurrió que podíamos comprar tornillos en la ferretería industrial.

La caminata estuvo bastante rara: Rb había entrado en una especie de sopor -ella lo atribuía a la lechuga que acabábamos de incorporar a la dieta- y la mayor parte del camino la hicimos en silencio -pero no uno natural-.

En la ferretería compramos una bolsa con tornillos -creo que es una docena- con sus tuercas; y luego pasamos al supermercado; pero allí no encontramos ningún tipo de lechuga; con lo que volvimos a casa nomás con los tornillos.

Por la noche me metí a mi habitación a completar algunas lecciones de Duolingo, y a jugar una partida de Scrabble -terrible: perdí como ciento cincuenta a trescientos, por no deshacerme rápido de la q-; luego me puse a actualizar mis notas, incluyendo esta.

A las ocho me pasé a la habitación de Rb; ella había estado desde unas semanas atrás viendo un programa en el que los participantes se enfrentan en una competición de conocimientos generales -o algo así, no lo tengo tan claro-.

El miércoles el trabajo se puso bastente intenso: mi supervisor me escribió bastante temprano para que organizara una reunión con el analista en el Imperio del Norte y otro analista bastante grande, para documentar una funcionalidad.

Envié una convocatoria bastante temprano y nos reunimos los tres: el analista más antiguo explicó el acceso a la funcionalidad y dió un recorrido bastante rápido por las diferentes pantallas de la misma; yo grabé la reunión pero la información fue bastante escueta.

Un poco después el analista con el que más he trabajado me pidió que tomara un documento antiguo como base para desarrollar el nuevo; y un poco más tarde me envió un libro de Excel para extraer otros procedimientos necesarios.

Me gusta este tipo de asignación porque -generalmente- escribo código en VBA para manipular la información en Word y en Excel; pero en esta ocasión la cuestión se complicó porque el supervisor también me había asignado la actualización de la carátula de -casi- veinte documentos.

También la analista en el Imperio del Norte me escribió para pedirme ayuda con otro documento; entonces, fue un miércoles bastante ocupado; y, al final de la tarde alguien envió una actualización de la carátula, por lo que debía comenzar nuevamente.

Aún así tomé tiempo para acompañar a Rb en la rutina de ejercicios al mediodía; luego ssacamos a caminar a los perros y, después, almorzamos la tercera porción de hashbrowns de zanahoria y pollo, acompañados con una ensalada mediana y un poco de caldo de pollo.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino; pero no encontramos lo que buscábamos: lechugas -ha seguido la escasez-.

Cuando retornamos a casa metí a mi habitación la pieza que había cortado -por la tarde había salido a medir el portón- de los seis metros que compré el día anterior, y le corte las muezcas para realizar el doblez de noventa grados.

Pero también me puse a preparar un pastel con el arroz cocido -y licuado- que había reservado en el congelador la semana anterior; y la cosa salió mal: no calculé bien las proporciones y sobrepasó la altura del sartén mediano que utilizo habitualmente para cocinar mis pasteles.

Entonces me tocó que pasarlo a otro más grande; pero no terminó de solidificarse por completo -o sea, se estaba ya tostando y aún se veía una parte como atol-; total que lo dejé a fuego lento hasta las diez de la noche; antes de meditar apagué el fuego y lo dejé enfriando.

Medité durante veintiocho minutos en mi habitación y luego salí a meterlo a la parte baja de la refrigeradora; y, de hecho, estuve pensando en tirarlo; pero después me dije que el arroz estaba cocido y que lo consumiría normalmente. 

El jueves siguió la intensidad en el trabajo: además de ayudarle al analista en el Imperio a formatear correctamente el documento que estaba trabajando, empecé a actualizar la carátula de los documentos -cuyo número pasó de veinte a veinticinco-.

Me pasé en esta actividad todo el día: usualmente podía completar un documento en diez o quince minutos -se complicaba un poco por la definición de secciones en los mismos-; pero en alguno el tiempo se extendía por diferencias en los formatos.

Rb decidió no ir a la clase municipal de zumba porque el instructor pidió que llegaran en pijama -siempre está tratando de brindar variedad a la clase-; entonces completó una rutina de ejercicios en la sala.

Y como al día siguiente Rb debía ir de madrugada al hospital nacional, decidimos cambiar el día de pescado de viernes para jueves: la noche anterior había dejado un pescado en la parte baja del refrigerador y la mañana del jueves Rb se encargó de descamarlo, y yo de partirlo.

Mientras Rb estab completando su rutina de ejercicios yo preparé las ensaladas; luego sacamos a caminar a los perros; almorzamos pescado -yo corté nomás un pequeño trozo de la cola- y le agregué una longaniza y un poco de salami a mi ensalada. 

Después del almuerzo me comí un octavo del pastel de arroz cocido que había preparado el día anterior -había tomado una porción similar en el desayuno-; además de un par de mitades de galletas de chocolate y vainilla; y continué trabajando hasta las cuatro de la tarde.

Este día me había levantado quince minutos antes de mi hora habitual y había tomado una ducha después de meditar: había planeado salir al finalizar el turno de trabajo y no quería atrasarme con los preparativos.

Había programado la reunión varios semanas antes, con el programador con el que ya me había reunido en un par de ocasiones en los últimos meses; pero ahora habíamos acordado en reunirnos en un centro comercial que está justo antes de entrar a la ciudad -él vive en una colonia cercana-.

Durante los días -o semanas- previos había sopesado si irme caminando -según Google el recorrido a pie era de cuarenta y cinco minutos- o esperar el busito -que es bastante irregular- o, incluso, solicitar un Uber moto.

Y es que el comercial está del otro lado de la vía al pacífico y el tránsito es bastante pesado; al final había decidido irme en busito; pero, un poco antes de las cuatro empezó a lloviznar; entonces decidí conducir.

Me esperé hasta las cuatro y entré a depedirme de Rb; salí al boulevard y el asfalto estaba mojado -creo que aún seguía lloviendo-; el boulevard estaba vacío, pero, unas calles más adelante, ví que se estaba formando un embotellamiento.

Entonces pase sobre el arriate al otro lado del boulevard -me ahorré un par de calles de coducción en esa dirección, pero mucho tiempo, por las colas-; la ruta hacia el pacífico estaba bastante despejada y no me tomó mucho llegar a mi destino -afortunadamente construyeron un paso a desnivel para cruzar al otro lado-.

Era la primera vez que entraba a este centro comercial y lo encontré enorme; y me costó encontrar parqueo: tuve que llegar casi hasta el fondo del mismo para estacionar la van; luego bajé del auto -estaba lloviznando pero era mínimo- y me dirigí a la tienda de donas donde habíamos acordado la reunión.

Yo llevaba mi mochila y la caja de Scrabble; llegué unos diez minutos antes de la hora acordada -cuatro y media- y le escribí un mensaje en whatsapp; el desarrollador me comunicó que había encontrado tráfico pero que llegaría en poco tiempo.

Al final no se atrasó mucho -aún jugué un par de partidas de ajedrez en Duolingo-; ordenamos café y donas -yo un muffin- y estuvimos en el lugar hasta las seis y cuarto, conversando nomás, pues declinó jugar Scrabble.

A las seis y cuarto salimos del lugar y me acercó al lugar en el que había dejado estacionado la van; nos despedimos, abordé el vehículo y retorné a casa; vine aún a tiempo de hacer algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la clase de Storytelling.

Y fue la primera vez que participé en la clase sin ver el video que envían un par de días antes -fueron días intensos de trabajo-; el expositor en esta ocasión era un comunicador bastante experimentado en el medio local -productor y locutor de radio, me parece-.

También fue la primera vez que participé de manera activa en la clase: esta persona dividió la clase en tres o cuatro grupos y nos asignó una tarea; la cual me dejó decepcionado: de los otros cuatro compañeros nomás una chica participó activamente.

El deber era realizar una planificación express de una campaña de voluntariado; pero el grupo estaba en silencio total; entonces utilicé un LLM para generar información y comopartí un par de ideas como mensajes de texto.

Y eso fue prácticamente lo que la chica expuso cuando se nos convocó de nuevo a la calse grupal; y no sé si nomás tuve mala suerte que me tocaran compañeros desganados, o tuvo algo que ver el hecho de que no soy parte de su grupo -o su religión-.

El viernes me levanté a las cuatro de la mañana; era el día en el que Rb debía presentarse con los doctores del hospital nacional, para ver si había un espacio para la cirugía de la vesícula; me vestí y salí de la habitación, Rb ya se encontraba en la sala, terminando de preparar lo que debía llevar a la consulta.

Un poco después abordamos la van y la llevé al portón principal del hospital, había una cola enorme -que es lo habitual-; después de despedirnos conduje de vuelta a casa; y, a diferencia de otras ocasiones, no me metí a la cama pues quería aprovechar el silencio de la madrugada para trabajar un par de horas.

Lo que sí hice fue meditar, antes de encender la computadora del trabajo medité veintiocho minutos; luego sí pasé la computadora a la mesa del comedor y me enfoqué en la tarea que tenía a medias: actualizar la carátula de veinticinco documentos.

Estuve trabajano hasta las siete y media y senti que avancé bastante; tanto que decidí darme una pausa en la cama; puse un timer de cincuenta y nueve minutos y me metí bajo las sábanas; pero me confundí -o tenía otra alarma- y media hora después salí de la cama.

No dormí nada -nomás me estuve tratando de controlar la respiración- pero volví a la cama hasta completar la hora de descanso; luego sí me levanté -casi a las ocho y media- pues tenía que darle de comer a los perros de Rb -a las nueve menos cuarto-.

Entré a la reunión de las nueve pero nomás estuve escuchando un poco el avance del proyecto, paralelamente continué con la actualización de los documentos; luego entré a la reunión del equipo, con mi supervisor y el director; quien sigue insistiendo en ver avances en automatización.

Además, explicó un reporte que debemos estar enviando semanalment: en el mismo debemos detallar lo que hemos realizado durante la semana, los bloqueos o riesgos encontrados, y lo que prevemos realizar la siguiente semana -o sea, micromanaging-.

Después de esta reunión me preparé el desayuno: saqué el penúltimo grupo de pan sandwich que había metido en el congelador de la refrigeradora, luego de la visita de mis padres; y me preparé una especie de panqueque con un huevo, una yema extra, dos cucharadas de arrowroot y la miga del pan -por estar en el congelador se desarmó bastante-.

Acompañé estos dos sandwiches -enormes, la verdad- con un poco de papaya, un banano, café, un octavo del pastel de arroz y un par de panes tostados -el día anterior Rb me había comprado un poco cuando salió a caminar al final de la tarde-.

Después continué trabajando en los documentos; el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con el documento que creamos un par de día antes, pero me enfoqué en completar los veinticinco que tenía entre manos.

Había estado en comunicación con Rb: su consulta había estado bastante accidentada porque no encontraban su expediente, y la antendieron casi hasta las once de la mañana; la buena noticia -creo- es que, por fin, comprendió que no hacerse la cirugía es una opción.

O sea, molestias no ha tenido, y deshacerse de su vesícula podría representar una restricción más complicada en el tema alimenticio; a las doce y media saqué a caminar a los dos perros grandes; luego empecé a preparar las ensaladas, pero me dí cuenta que no teníamos zanahorias.

De hecho no debía de usar zanahorias porque es el ingrediente principal de los hashbrowns que almorzamos durante toda la semana; pero fui a la tienda y compré una, luego completé las dos ensaladas.

Rb vino un poco antes de la una y procedimos a almorzar; después del almuerzo me preparé un chocolate caliente; con un par de mitades de galletas y un octavo -el cuarto- del pastel de arroz -que no quedó muy bien-.

Un poco después del almuerzo terminé la asignación en la que trabajé casi toda la semana; entonces le mandé un correo a mi supervisor con un pdf en el que guardé las veinticinco carátulas de los documentos.

Después completé el reporte que había solicitado el director y lo envié -ya eran las tres de la tarde-; durante la mañana había estado en una reunión donde el desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad explicó cómo estaba usando un LLM en sus tareas.

La verdad no particpé en esta reunión -estaba muy ocupado con los documentos- pero sí la grabé; y por la tarde la ví -a una velocidad 2x- y decidí bajarla, para tener documentación del evento; pero cuando le pedí acceso de copia esta persona se puso evasiva.

A las cuatro cerré la computadora de mi trabajo y traté de leer un poco de Tinta y Sangre; pero no logré avanzar mucho; la tarde estuvo bastante húmeda y cuando llegó la hora de salir a caminar -a las cinco- seguía lloviznando.

Aún así decidimos caminar hacia los supermercados en dirección sur; lo bueno es que ahora tenemos un paraguas para cada uno; o malo es que el riesgo de recibir agua es más por los autos que pasan a toda velocidad, que por el agua cayendo del cielo.

Caminamos -bastante trabajosamente- hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de mitad del camino; allí compramos un poco de bananos y yo compré jamón, para las comidas del mes con mis hijos; y un pepino para la ensalada del día siguiente.

Antes de entrar a la calle acompañé a Rb a la tienda de la verduras: ella quería comprar una berenjena, para su almuerzo del día siguiente; y no encontró lo que buscaba, pero compró media libra de hongos, además compró una lechuga de un tipo que casi no hemos utilizado.

Lo primero que hice al entrar a la casa fue desnudarme y colgar la playera y el pantalón -estaban bastante empapados-; luego preparé un par de rollos de pechuga de pollo; Rb había pasado al supermercado por la mañana y me había traído doce onzas.

Dividí la pechuga en dos, la martillé y luego  la enrollé con el siguiente relleno: una rodaja de jamón de pavo, una rodaja de queso amarillo -creo que estaba por vencerse- y un poco de chile pimiento picado -la otra mitad la reservé para la ensalada-.

Después de preparar dos rollitos de pollo, envolverlos en plástico y reservarlos en la refrigeradora, me puse a barrenar el angular con el que había estado planeando reparar el portón frontal; antes de salir había probado con un agujero y había estado bien.

Pero cuando estaba abriendo el sexto -y último- presioné de forma incorrecta el taladro y quebré la broca de tres dieciseisavos de pulgada; pero recogí el trozo quebrado y completé el último de los agujeros -igual deberé comprar otra pronto-.

Después de terminar los agujeros doblé en escuadra los dos extremos -por las muescas que había cortado un par de días antes- y dejé la pieza de angular lista para instalar -aunque debo cortar otro par de muescas, par la bisagra y el tope del mismo-.

Cuando terminé con el angular me puse a hacer lecciones de Duolingo; y por equivocación activé la media hora que obtengo semanalmente por el reto con un compañero -Rb casi siempre-; lo que me sirvió al final: no había hecho ninguna lección durante la mañana -el trabajo estuvo intenso- y no tenía cofres diarios.

Después de completar muchas lecciones de Duolingo -una unidad de portugués y varias partidas de ajedrez (estoy otra vez sobre mil seiscienetos de ELO!)-  me pasé a la habitación de Rb, a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me levanté temprano; uno de los últimos días de la semana puse el reloj quince minutos antes de la hora a la que me había estado levantando casi todo el año; y es que quería trabajar en la galera trasera antes de ir al almuerzo con mi hijo menor.

Medité,  hice un par de lecciones de Duolingo y luego salí de la habitación; pero antes de salir al patio trasero; preparé la comida que llevaría más tarde: desinfecté lechuga, un tomate y el pepino; y preparé un par de enormes ensaladas (aunque únicamente con dos tipos diferentes de lechuga).

Después me puse a cocinar los rollitos de pollo; los enhariné primero con harina de arrow root, luego los pasé por un huevo batido y por avena en hojuelas; y los puse a cocinar a fuego extremadamente bajo, por media hora por un lado y por cuarentay cinco minutos por el otro.

Además preparé mi desayuno: con el sobrante del huevo, el arrowroot y la avena en polvo -y yema y media- preparé una torta, que reservé para consumirla luego del trabajo en el patio trasero; el plan era pintar los seis tubos cuadrados de dos pulgadas.

Saqué el paquete de brochas que había comprado la seman anterior y luego abrí el bote de pintura anticorrosiva que había adquirido en la visita de mis padres; y no me llevó mucho tiempo pintar los seis parales -aunque, por supuesto, terminé con una ampolla en el dedo medio-.

Después de terminar los parales aproveché para pintar los arcos que planeaba utilizar para instalar un canal, al final de la lámina de la galera; después entré a casa y terminé de preparar mi desayuno; el cual estuvo copioso.

Después del desayuno -ya eran casi las once de la mañana- me metí a la ducha, pero antes le ofrecí a Rb llevarla a la veterinaria con su perra más anciana: el veterinario las había citado para la inyección mensual a la perra a las once y veinte -y Rb había planeado irse caminando-.

Me vestí, metí la comida en la mochila con aislante térmico y tomé la caja de Scrabble; y salí, junto con Rb y la perra más anciana, a abordar la van; a pesar de que el día estaba bastante gris el tránsito estaba bastante tranquilo.

No nos detuvimos más que para dar la vuelta en U -dos veces-; pero Rb ni siquiera quiso que entrara al centro comercial, me detuve un poco antes de la entrada, puse luces de emergencia y esperé a que Rb y su perra se apearan; luego continué mi viaje hacia el departamento de mis hijos.

El tránsito en la ciudad también estaba tranquilo -excepto en la entrada del periférico- pero tomé un pequeño desvío para llegar al periférico por otra vía; allí sí tuve que tener paciencia por un par de calles, para entrar a esta gran arteria.

Al final llegué al edificio donde viven mis hijos quince minutos antes de la hora en la que había planeado; subí caminando los siete niveles -de dos en dos gradas- y entré al departamento, instalándome en la sala; desde allí le envié un mensaje para comentarle que había llegado.

Y me contestó un buen rato más tarde, comentándome que se demoraría porque alguien se había metido a la ducha antes; al final se tardó cuarenta minutos; lo que me molestó bastante; y, aunque trato de no armar lío por este tipo de cosas, ahora sí me puse algo dramático.

Le pedí que se sentara y le pregunté si quería que conversáramos en ese momento o más tarde; prefirió lo primero, y básicamente le hice ver lo molesto que estaba, y que no era la primera vez que ocurría, y otro poco de discurso de este tipo; al final él no quiso agregar nada -yo terminé pidiéndole que me diera una hora más real porque me molestaba andar conduciendo temerariamente para llegar a esperar-.

Luego nos fuimos al parque temático; afortunadamente, aunque el cielo seguía bastante gris, no hubo nada de lluvia; llegamos al lugar, nos dirigimos al lugar en el que usualmente almorzamos pero estaba reservado.

Nos movimos a la otra área -también hay mesas y es techada, pero el volúmen de la música es algo molesto-; allí encontramos una mesa y consumimos el almuerzo: un rollo de pollo, una ensalada, un cuenco de snacks y una coca sin azúcar.

Nos tomamos un buen tiempo almorzando; luego le pregunté si prefería seguir en el lugar o buscar otro lugar para jugar Scrabble; eligió lo segundo y salimos a buscar un lugar más silencioso; pero en el camino le pedí que cuidara las mochilas mientras pasaba a los servicios sanitarios.

Después nos dirigimos al árbol -dobe o triple- bajo el cual hemos almorzado en algunas ocasiones; y allí tuvimos una extensa partida de Scrabble; después de la cual le propuse acudir a la rueda de Chicago; la cola no estaba tan extensa y el juego, en general, estuvo bien.

Luego de desabordar la rueda de Chicago le pedí que nos retiráramos pues quería pasar al supermercado -a los dos que quedan en el camino- a ver si encontraba lechugas; en el primero encontramos nomás lechuga romana -escuálida y carísima- y nomás compré una bolsa.

En el otro supermercado -de la misma cadena- no había; continuamos el camino hasta el departamento y nos instalamos en la sala; en donde nos pusimos a armar cajas de origami; primero intentándolo sin ver instrucciones, pero, al final, desarmando una de las antiguas para ver cómo iban los dobleces.

Un poco después de las cinco -mi hijo estaba durmiéndose porque, supuestamente, llevaba despierto desde medianoche- le comenté que me iba a retirar, para dejarlo dormir -a pesar de que inicialmente habíamos acordado despedirnos a las cinco y media-.

Antes de salir del departamento toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor -al principo de la tarde me había escribo para ver si ya iba a llegar y le recordé que nuestro almuerzo era la siguiente semana-, a quien habíamos encontrado cocinando cuando habíamos retornado al departamento.

Me iba a despedir de mi hija mayor pero ella se ofreció a acompañarme al auto; así que bajamos los siete niveles -en ascensor-; luego de cargar las cosas en la van me despedí de mi hija mayor y saqué la van del estacionamiento; y, de acuerdo a lo que había planeado, crucé la vía principal para entrar a otro supermercado.

En este sí encontré de dos tipos de lechuga: verde y de cabeza; compré una bolsa de cada una y retorné al automóvil; en general el viaje de retorno estuvo bastante tranquilo, incluso el semáforo de entrada al municipio estaba bastante despejado.

Vine a la casa de Rb un poco antes de las seis, saqué a los perros grandes al patio delantero, me cambié de ropa, tomé el paraguas, compartí mi ubicación en whatsapp y empecé a caminar para ir al encuentro de Rb.

Coincidimos casi a la mitad del camino -ella venía caminando con una de las señoras a las que les está enseñando a leer y escribir-; empezamos el camino de retorno pero le pedí a Rb que pasáramos a la ferretería industrial: quería reponer la broca de tres dieciseisávos de pulgada que había quebrado unas noches antes.

La broca estaba carísima -como cuatro dólares- pero también aproveché para comprar una bolsa de snacks -que planeaba incluir en el almuerzo con mi hijo menor en el almuerzo del siguiente mes-; luego de pagar las compras continuamos el camino a casa.

El domingo me volví a levantar a la misma hora, medité, hice un par de lecciones de Duolingo y me metí a la ducha; salí de casa bastante temprano porque no quería llegar tarde al desayuno con el voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Coincidentemente mi amigo llegó al lugar cuando estaba terminando de estacionar la van; nos saludamos en el parqueo y entramos al restaurante; y había estado sopesando la forma de pagar el desayuno -no me llamaba la atención la idea de hacerme cargo de la cuenta-.

Pero al final se resolvió bien: mi amigo me indicó que iba a pedir un desayuno de carne, yo le indiqué que la caja estaba vacía -la forma de ordenar en el lugar es bastante diferente: hay muchas opciones que deben especificarse en el momento-; y mientras él estaba ordenando pregunté en la otra caja si podía ordenar; y así pagamos cada uno nuestro consumo.

Luego de ordenar nos instalamos en la mesa que habíamos dejado apartada -con mi mochila y la caja de Scrabble- y esperamos por la orden; con mi amigo usualmente jugamos una partida de ajedrez cuando nos reunimos, pero en esta ocasión fue nomás diálogo -de hecho yo me había confundido y me había llevado el Scrabble en lugar del ajedrez-.

Estuvimos en el lugar hasta un poco después de las nueve; entre conversación y desayuno; el había ordenado algo bastante exótico: huevos con carne y queso fundido; yo ordené lo de siempre: un desayuno típico local -al menos la cuenta fue de la mitad de lo que usualmente gasto-.

 Un poco después de las nueve le comenté a mi amigo que tenía que retornar a casa y desocupamos la mesa; nos despedimos en el estacionamiento e inicié el viaje de retorno; el cual estuvo bastante tranquilo; cuando vine encontré a Rb preparándose para salir.

Ella había planeado acudir al supermercado más lejano en dirección sur mientras yo terminaba de preparar el angular que planeaba instalar en el portón delantero -los perros, al marcar territorio, habían corroído el tubo inferior de la hoja que se abre continuamente-.

Mientras Rb se dirigía al mercado yo empecé -continué- la construcción de la pieza de angular; las noches anteriores ya había barrenado la mayoría de los agujeros y había hecho los dos dobleces de noventa grados; pero ahora tenía que preparar un par de piezas -del mismo material-, para asegurar esta escuadra.

Al principio todo marchó bien: corté seis pulgadas de angular, y marqué los seis lugares que tenía que cortar para que encajara bien con una de las escuadras -y el tubo del portón-, y aquí fue donde la cosa se complicó: por más que me esforzaba con los cortes no avanzaba.

Primero creí que la dificultad se debía a que no podía inmovilizar la pieza; intenté con tres trozos de concreto, también con la pila y un par de llaves de plomero; pero no, seguía sin avanzar mucho: Rb retornó del supermercado y yo no había terminado la primera pieza.

Le comenté lo que me estaba pasando y ella dijo que quería ver si podía avanzar; pero pasó lo mismo, entonces me dijo que quizá la sierra ya no servía -en efecto-; entonces le pedí que fueramos a la ferretería industrial a comprar un par de sierras para metal.

Me vestí y salimos al boulevard, y, afortunadamente, no tuvimos que caminar hasta el inicio del mismo: la ferretería que se encuentra a un costado de la gasolinera más cercana -son como tres calles de distancia- estaba abierta y allí adquirimos lo necesario.

Retornamos a casa, cambié la sierra en el arco y sentí en el acto una gran diferencia, terminé la primera pieza, corté otro trozo de angular y repetí los mismos cortes -y barrenos-; lo que no me llevó tanto tiempo como había temido más temprano.

En eso llegó la hora de sacar a caminar a los perros; dejé lo que estaba trabajando y acompañé a Rb a las dos vueltas que completamos diariamente con sus animales más grandes; después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas.

Rb había dejado las alitas de pollo en el fuego y yo les había dado vuelta en cuanto había entrado a los perros; luego almorzamos, después del almuerzo me preparé un té de menta -tenía tiempo de no consumir esta bebida- y lo acompañé con un par de pan tostado, un par de mitades de galleta y un octavo de pastel de arroz -con un poco de helado de chocolate-.

Después de la comida me tomé media hora de reposo -como le había comentado a Rb- y luego continué con el trabajo: medí la muesca que tenía que realizar debido a la bisagra y también tuve que realizar otro par de muescas en cada una de las piezas que había preparado por la mañana -por las varillas que tiene el portón-.

Finalmente instalé el angular con nueve tornillos -con sus armelas y tuercas- y terminé justo cuando estaba empezando a llover; metí las herramientas a mi habitación y me puse a ayudar a Rb con el almuerzo: pelé y troceé en cubos dos güisquiles y una zanahoria; además de culantro y apio.

Después de terminar con esto, y viendo que la lluvia había amainado, saqué la pintura anticorrosiva y terminé de pintar las dos piezas que aún faltaban y los tornillos que había usado para inmovilizar el angular; luego entré a sacar todas las herramientas de mi habitación -y barrer, pues había residuos de corte y taladrado-.

Por la noche, además de las lecciones de Duolingo, ví una buena parte de la última película de Spiderman; me sentía bastante apaleado por la actividad diurna; así que me retiré un poco después de las nueve a mi habitación.

La noche anterior había leído el penúltimo capítulo de Tinta y Sangre y, después de meditar, empecé con el siguiente; pero no llegué hasta el final: me sentía agotado y decidí intentar conciliar el sueño, para empezar una buena semana laboral.

Y a ver cómo va eso...

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