Este libro es de los -tantos- que encuentro en mis recorridos por listas de libros en Internet; o de alguna referencia encontrada en algún artículo -u otro libro incluso-; pero de este en específico me recuerdo por el comentario compartido con -dos de- mis hijos, y algunos conocidos:
Entre padres e hijos la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión.
La frase -del epígrafe de Retrato Huaco- es extraída literalmente de un libro de un premio nobel -alemán?-: Henrich Böll; y es algo críptica; de hecho, se la envié también a mi psicóloga, y me respondió con que no la comprendía del todo.
Yo la había metido a un LLM para que me diera una explicación de la misma; porque es -al parecer- una paradoja (¿?) o alguna de esas otras figuras literarias con las que se llenaban los libros en la -no tan- antigüedad; ahora -generalmente- son mas lineales.
Como también busqué la página de Wikipedia de la autora -peruana- me enteré de una nueva palabra: trieja; que es definida -según otra página de Wikipedia- como "(también llamada tríada) es una relación afectiva, romántica y sexual estable entre tres personas. Forma parte de las opciones del poliamor y se diferencia de un trío en que implica un compromiso a largo plazo y convivencia, no solo un encuentro sexual ocasional".
Se la comenté a mi hija mayor -que no sé claramente si se identifica (como mi ahijada) como lesbiana o pansexual (la verdad, no sé si son mutuamente excluyentes)- y nomás me dijo que, si en el futuro debe describir algo de este tipo para sí misma, el comentario que más usaría sería: con ganado... las nuevas generaciones.
El libro -llevo la tercera parte: es bastante corto- es una mezcla de reminiscencia de un antepasado lejano, de la muerte de su padre; de la trieja que forma con una pareja que reside en España; del racismo que experimenta en todas partes por tener un apellido alemán y un apariencia amerindia; y me imagino que de muchas más cosas, pero me cuesta leer entre líneas.
Y a ver cómo va eso...
El miércoles me desperté un poco antes de las seis; o me desperté antes; la verdad es que estaba teniendo un sueño bien raro: literalmente estaba viendo a alguien cantar un tema fantástico -música y voz- sobre una persona -creo- y que le parecía mágica, como el Mago de Oz, o el País de Oz, o algo parecido.
Apagué la alarma del celular y me levanté a meditar; lo cual me costó -muchos días me cuesta-; además, llevaba unos veinte minutos en esto cuando Rb abrió la puerta; intentó retirarse al encontrarme meditando, pero no dejé que cerrara la puerta (no soy dogmático).
Y lo que quería era comentarme que la papaya que había lavado la noche anterior -para que yo la partiera- estaba en el refrigerador: un extremo -y una pequeña área en un costado- de la misma habían perdido la pierl; y ella había visto algunas hormiguitas, por lo que consideró prudente no dejarla a la intemperie.
Entonces se disculpó y empezó con su rutina diaria; yo medité el resto del tiempo -me faltaban como seis minutos aún-; cuando terminé salí de la habitación, saqué la computadora del trabajo de la habitación de la comida de los perros y me pase a la cama, pero luego decidí mejor empezar a trabajar en la mesa del comedor.
Aunque no empecé a esa hora: los miércoles no hay reunión a las siete y media, por lo que me puse, primero a completar las lecciones matutinas de Duolingo; luego sí entré a la reunión -aunque seguí con partidas de ajedrez-.
Después de la reunión me puse a revisar la lección del día de Fabric; pero me enfoqué más en completar un laboratorio -más o menos- similar al que había realizado el día anterior en esta plataforma: crear espacios de trabajo, subir archivos, entre otros.
A las nueve entré a la segunda reunión del día; pero no hubo -al menos para mi equipo- mucha novedad; un poco más tarde me dí cuenta que mi supervisor me había escrito: quería empezar a utilizar la computadora que usaba el analista que renunció.
Respondí al mensaje pero me dí cuenta, un poco más tarde, que la computadora no estaba actualizada; y en eso empezó la reunión del equipo; en la misma comenté el estado de la computadora e indiqué que me pondría a trabajar en su reajuste.
La reunión tardó un poco más de lo que esperaba pero, un poco después de las diez me puse copiar algunos archivos de mi estación de trabajo a la que ahora utilizaría el supervisor; luego me metí a la cocina a partir la papaya que Rb había dejado preparada.
Después me preparé el desayuno; entre estas actividades empecé a leer un libro -en español- de una escritora peruana; también jugué una partida de Scrabble en una plataforma dedicada exclusivamente a esto.
Un poco antes de las once empecé a preparar un par de ensaladas; también puse agua para preparar los fideos que utilizaríamos en el almuerzo del día; además, coloqué -sin fuego- sobre la estufa la salsa de tomate y el pollo con el que acompañamos la pasta.
Terminé de preparar los fideos un poco antes de que Rb saliera de su habitación -en donde había estado traduciendo durante toda la mañana-; entonces completamos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; luego sacamos a caminar a los perros.
Después de la caminata entré a calentar el pollo y la salsa de tomate -aunque ya habían hervido mientras completábamos la rutina de ejercicios-; luego almorzamos; a continuación me preparé una taza de café -con galletitas y pastelillo-.
Como Rb tenía clase de teología fuimos a los supermercados en dirección sur bastante temprano -como a las cuatro y media-; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos en el supermercado más alejado; allí compramos varios condimentos para los panes que planeábamos regalar al servicio de extracción la siguiente semana.
También aproveché para comprar algunas bolsas de snacks para las reuniones en el próximo futuro con mis hijos: usualmente llevo snacks para los desayunos con mi hija segunda; pero, por las restricciones alimenticias del menor y la mayor, he evitado llevar snacks con ellos.
En el supermercado encontré un par de bolsas de plátanos fritos con -supuestamente- exclusivamente sal; por la noche -tuvimos, sorprendentemente, una conversación bastante extensa- le comenté a mi hija mayor sobre los snacks y le parecieron adecuados.
El jueves por la mañana, antes de meditar, vi que mi hija mayor me había enviado un mensaje bastante tarde la noche anterior: quería recordarme sobre una presentación que tenía que hacer en uno de sus cursos, y para lo cual requería mi presencia.
Entonces decidí que la ayudaría con eso: aunque me quedé con muchos pensamientos intrusivos: esa semana había programado un café con mi ahijado -creía que era el jueves veintisiete, pero, en realidad, habíamos acordado el veintiséis (no me había dado cuenta del día)-.
Además, justo ese jueves -ya había pedido el día de vacaciones- había previsto ir al hospital público a donar sangre -como uno de los dos donadores que la salud pública solicita para realizar una operación-; por lo que mi periodo de meditación estuvo bastante difícil.
Con lo que se me complicaba la situación: o sea, en vez de salir muy temprano al hospital, retornar a casa de Rb y volver a salir al final de la tarde, tendría que agregar otra reunión -la presentación de mi hija es entre una y tres- un poco después del mediodía; pero después me dije que lo mejor es que lo tome con calma -y paciencia-.
Además, me sucedió algo raro -o quizá no tan raro-: la noche anterior me había tomado tres grandes vasos de agua -litro y medio, creo-, pero los últimos me los tomé muy tarde; por lo que en la madrugada me despertaron las ganas de ir al baño; pero, al final, una playera y un short de ejercicios quedaron empapados, en la habitación.
El jueves era, también, mi primer día de vacaciones del mes, por lo que me desperté media hora antes de lo acostumbrado; medité y luego me metí a la ducha: había acordado reunirme con mi amigo de la facultad a las ocho menos veinte, en la cafetería donde programo usualmente los desayunos.
Mi plan era salir de casa a las siete menos cuarto; caminar hasta el inicio del boulevard y tomar el bus intermunicipal, estimaba llegar un poco antes de la hora programada al lugar de reunión; y todo iba sobre ruedas, pero a las siete y veinticuatro recibí un mensaje de mi amigo: ya estaba en el lugar.
Le respondí que llegaría en diez minutos -el bus apenas iba saliendo del cañón que separa el municipio de la ciudad-; me apeé del bus en el lugar más cercano al comercial donde se estacionan los busitos -a dos o tres calles de distancia-; al final llegué casi a la hora a la que habíamos acordado.
Mi amigo se había instalado en una mesa de la sección infantil -pero, por lo temprano, no había muchos niños en el lugar-; le sugerí que ordenáramos y nos dirigimos a la caja a pedir un par de desayunos típicos -los cuales siguen subiendo de precio: pagué un poco más de catorce dólares por ambos-.
Luego retornamos a la mesa; un poco después llegó nuestra orden y nos pasamos el siguiente par de horas entre desayuno y conversación: su hija mayor sigue dando clases y estudiando ciencias de la comunicación, su hija menor está estudiando -en línea- diseño gráfico; y su hijo mediano sigue triunfando en el tercer año en la facultad.
Yo le había llevado la cámbara web que me había prestado en nuestra última reunión -también llevaba la prescripción de mis anteojos actuales, porque esperaba que él pudiera conseguirme unos similares, pero eso creo que no era posible- pues había planeado devolversela -Rb me había comentado que quería comprar una-.
Yo tenía la esperanza que él me vendiera -o regalara- la cámara web; pero nomás la recibió; un poco más tarde ví que Rb me había enviado un link para comprar una cámara similar, en la tienda de tecnología en la que usualmente compramos estos artículos.
Casi al final de la reunión le pedí a mi amigo que me pasara dejando a un comercial -que le quedaba en el camino- y donde la sucursal de la tienda listaba un par de las cámaras; cuando mi amigo se percató de la compra que quería hacer, insistió en que me quedara con su cámara -la verdad no me sentí muy bien: o sea, no quise manipularlo, pero debí de haber sido más discreto en mis planes de compra -o eso creo-.
Un poco antes de las diez acompañé a mi amigo al parqueo posterior del restaurante; allí había dejado su moto; nos despedimos y caminé al otro lado de la calzada principal, a tomar el bus intermunicipal -en el camino vi un mensaje de Rb, avisándome que salía hacia zumba-.
La entrada al municipio no tuvo ninguna dificultad y luego caminé desde el boulevard principal hasta la casa de Rb; ella retornó un poco después de las once de su clase de zumba; aún contestó un par de llamadas antes de que sacáramos a caminar a los perros.
Antes de ponerle los arneses a los perros yo había preparados las dos ensaladas del almuerzo; además había puesto -con fuego muy bajito- la mezcla de hígados y mollejas de pollo en la estufa; así que después de entrar el almuerzo estaba casi listo.
Almorzamos y después me preparé un café; un poco antes me había dado cuenta que el analista en el Imperio del Norte me había escrito para que revisara un documento; y, aunque era mi día de vacaciones, me puse a trabajar en el mismo.
Los cambios no estuvieron tan sencillos como en los anteriores: los documentos tienen un formato bastante antiguo -de cuando las extensiones aún eran solo de tres letras- y es un poco complicado cambiar algunos formatos; por lo que me pasé el resto de la tarde bastante ocupado.
Un poco después de las tres de la tarde me escribió la analista en el Imperio del Norte; también quería algunos cambios en uno de sus documentos -yo aún estaba bastante entretenido con el otro-; entonces le indiqué que trabajaría temprano en el mismo.
A las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte; aunque no íbamos a los supermercados: Rb había decidido que quería cambiar sus audífonos pues los que estaba utilizando le presionaban mucho las orejas.
Caminamos hasta la tienda de electrónica y Rb adquirió un par -pagué en efectivo como treinta dólares-; luego, aprovechando que del otro lado del boulevard se encuentra la tienda de ropa usada, pasamos a ver si podía comprar un recipiente de pyrex.
Encontré uno pequeño y cuadrado por un poco menos de dos dólares; pero nos estuvimos más tiempo en el lugar pues Rb quería ver zapatos y alguna ropa de deportes; aunque al final no compró nada; pagamos e iniciamos el retorno a casa.
Por la noche trabajé un par de horas en el documento de la analista; admás, completé el cuestionario -del día siete- que el LLM me había generado por la mañana; encontré dos -o tres- conceptos que aún no tenía muy claros -aunque, utilizando la lógica, completé correctamente las cuarenta preguntas-; también ví la parte final del capítulo de anime que había estado viendo durante la última semana.
Como planeaba utilizar el molde de pyrex el domingo lo desempaqué y lo lavé; pero, al almacenar el papel con el que venía envuelto -pensaba reservarlo para algún uso posterior- provoqué que se cayeran un par de moldes con los que Rb prepara panes, y uno que tenía un asa de fibra de carbono se quebró.
Rb salió de su habitación al escuchar el estrépito y me encontró recogiendo los pedazos de su molde; primero me disculpé por la torpeza; luego le pedí que cotizara otro -aparentemente lo había adquirido en línea- y que yo se lo pagaría.
El viernes me levanté a las seis y media, como sabía que no había reunión a las siete y media me dije que debía tomar el día con calma; bajé al piso a meditar y luego salí de la habitación: quería sacar las mojarras del freezer para separar una.
Después de dejar la bolsa de mojarras -congeladas- en el lavamanos encendí mi computadora del trabajo y me puse a hacer lecciones de Duolingo en el celular; un poco más tarde el analista en el Imperio me escribió para que realizara un par de ajustes en el documento con el cual estaba apoyándolo.
Los cambios que me pedía eran -como casi siempre- bastante básicos -o al menos para mí, pues combino la hoja de cálculo con el editor de documentos para ahorrarme tiempo-; la analista también me escribió pero nomás para confirmar que el documento estaba completo.
La primera -y única- reunión del día la tuvimos a las nueve: la reunión semanal con todo el equipo de trabajo; en la misma el supervisor fue nombrando a cada analista para ver el avance semanal -su jefe estaba presente-; cuando me tocó nomás indiqué que estaba trabajando con los dos analistas en el Imperio, ayudándolos con los documentos.
Luego el jefe de mi supervisor nos actualizó sobre las últimas noticias de la nueva empresa; supuestamente ya hay un equipo trabajando en paralelo en las oficinas y para la primera quincena del próximo mes se espera una reunión general para aclarar detalles de los cambios.
Yo expresé mi preocupación de que ya no utilizaríamos la suite de ofimática que hemos usado hasta ahora -porque nos mencionaron en la última reunión local que utilizaríamos Claude en vez de Copilot-; pero el jefe de mi supervisor comentó que sí, se trabaja con lo mismo -igual, no creo que alguien lo tenga ya muy claro-.
Y luego mi supervisor indicó una preocupación que yo había externado en una reunión pasada: que el equipo local funcionaría como contractor, mientras que los del Imperio estarían como empleados; pero, según el jefe de mi supervisor, todos actuaremos primero como contractor y, luego, todos seremos empleados.
Pero me imagino que es lo mismo: nadie tiene nada claro hasta el momento; la reunión se extendió casi hasta las diez de la mañana; cuando concluyó empecé a preparar mi desayuno; pero antes de avanzar mucho piqué un poco de cilantro -para el pescado del almuerzo- y corté la papaya que Rb había dejado preparada en el lavatrastos.
Con toda la preparación empecé a desayunar hasta después de las diez y media; en el ínterin pagué la mensualidad del servicio de internet -efectivamente, la cuota bajó como diez por ciento, luego de nuestro cambio a fibra óptica- y actualicé la cuenta de Rb: trasladó como mil dólares, producto de su trabajo de mes y medio, traduciendo llamadas.
Rb salió un poco antes del mediodía de su habitación, para que completáramos la rutina de ejercicios de los viernes; luego sacamos a caminar a los perros; y después preparamos el almuerzo: en esta ocasión corté un poco más de la cola del pescado; además freí una salchicha y media con dos onzas de pollo que me sobró de los almuerzos de unas semanas atrás.
Con lo que el almuerzo fue bastante voluminoso; aunque, por la rutina de ejercicios, sacar a caminar a los perros y la preparación del pescado/salchichas con pollo, terminamos de comer ya cerca de las dos de la tarde -o sea, incluyendo el café con galletitas-.
Y la tarde estuvo diferente: a Rb le tocaba predicar en el grupo de señoras de su iglesia; lo que correspondía a la última actividad del penúltimo módulo del programa de teología que -luego de una pausa de más de treinta años- está por concluir en el seminario de su congregación.
Durante la semana me había tocado escuchar el mensaje -algo sobre Job y la injusticia histórica hacia su esposa, con todas las pérdidas que tuvo que afrontar en esa extraña historia en la que Jehová y su antítesis se involucran en un juego de voluntades con este personaje como protagonista-.
Rb le dió de comer a sus perros, se alistó y salió hacia su iglesia -planeaba tomar el busito en el boulevard y luego cambiarse a otro similar en el principal-; pero volvió unos minutos más tarde, y bastante alterada: ya iba en el busito y se dió cuenta que se había confundido de celular -tenía que grabar su prédica-.
Desde que entró le indiqué: te voy a dejar; pero entró tan alterada que ni siquiera respondió a mi oferta; pero luego sí aceptó que la encaminara; me vestí y salí a arrancar la van; y me ofrecí a llevarla hasta el comercial más cercano a su iglesia; pero nomás aceptó que la llevara hasta el boulevard principal -el tránsito en este estaba bastante pesado-.
Entonces la pasé dejando al lugar desde donde los busitos inician su viaje y retorné a casa; afortunadamente no encontré ningún embotellamiento en mi retorno; por lo que un poco más tarde estaba estacionando la van frente a la casa de Rb; continué con las dos computadoras en la mesa del comedor hasta las cinco.
Habíamos acordado en reunirnos a las seis menos cuarto en el supermercado del comercial más cercano a la iglesia de Rb; y, como ahora me están regalando -ya van dos meses seguidos- tiempo de internet por pagar la factura el primer día de aviso, a esa hora le compartí mi ubicación por whatsapp y empecé a caminar hacia el supermercado.
Llegué con un buen tiempo de anticipación y pasé a los servicios publicos del lugar; luego entré al supermercado; estaba empezando a ver las verduras cuando vi que Rb ingresaba al lugar; entonces compramos algunos ingredientes que nos faltaban para la preparación del asado que habíamos planeado para el domingo.
También compramos un poco de bananos y yo compré un pepino para la ensalada que esperaba preparar al día siguiente para el almuerzo con mi hija mayor; además, aprovechamos para comprar una bolsa con varios paquetes de snacks, para la refacción del servicio de extracción de basura.
Por último agregué un paquete de longanizas; algo que había declinado incluir la última vez en la que preparamos un asado -en esta ocasión compré una docena de las mismas, de una de las marcas más famosas localmente-; la carga estaba bastante pesada -eran varias libras de pollo- por lo que el retorno a casa estuvo bastante trabajoso.
Por la noche completé varias lecciones de Duolingo y avancé un poco en el libro del abogado español -gallego-; además, trabajé en la lección, preparada por el LLM, del día ocho -del programa de cuarenta y cinco días que acepté seguir para la certificación-.
El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné a la cama, a completar varias lecciones de Duolingo; cuando escuché que Rb se levantó -un poco después de las siete- salí a desinfectar los ingredientes de la ensalada para el almuerzo con mi hija mayor.
Cuando los ingredientes estuvieron preparados confeccioné dos ensaladas bastante grandes: con tomate, tres tipos de lechuga, zanahoria, manzana verde, pepino y aguacate; luego preparé dos porciones de aderezo para las mismas; a continuación preparé los dos rollitos de pollo que había dejado la noche anterior en la refrigeradora.
Como parte final de la preparación de los rollitos de pollo -los cociné a fuego lento por veinticinco minutos de cada lado- utilicé el huevo sobrante para mezclarlo con dos yemas y preparé una torta -con harina de coco y psyllium- para mi desayuno.
El cual estuvo muy muy grande: la tarde anterior me había regalado un par de panes que le habían entregado -como refacción- en el grupo de señoras al cuál había dirigido su homilía sobre la esposa de job -los panes eran rellenos de ensalada de pollo, y también venía un pan dulce-; entonces fueron tres panes salobres y un pan dulce.
Terminé de desayunar después de las diez de la mañana y acordamos sacar a los perros a las once y media; después de completar la caminata con los caninos me metí a la ducha; y tomé un baño bastante concienzudo; luego me vestí, preparé la mochila con aislante térmico y tomé la van para dirigirme al departamento de mis hijos.
Me sorprendió encontrar el boulevard tan vacío -no hubo cola en ningún punto del boulevard- y la entrada a la ciudad en el mismo estado; entonces me recordé que en la fecha se celebraba la fiesta patronal de la ciudad; por lo que -para las personas que trabajan los sábados- tocaba feriado.
En total me llevé un poco más de veinte minutos -menos de la mitad del tiempo habitual- llegar al edificio; y encontré dos bicicletas -una eléctrica y otra normal- en el espacio del parqueo; afortunadamente mis hijas son conscientes y las dejan bastante pegadas a la pared.
Subí al departamento pero no le avisé a mi hija mayor que había llegado: cuando entré escuché que estaba traduciendo llamadas -lo que Rb había estado haciendo por la mañana-; esperé a que faltaran cinco minutos para la una para avisarle.
Mi hija llegó un poco más tarde y le propuse ir al parque temático; algo que me llamó la atención -o sea, las cicatrices de sus autoagresiones no me sorprenden- fue verle algunos moratones en la pierna que se quebró unos años atrás.
Pero bueno, nos dirigimos caminando al parque temático; en donde nos dirigimos directamente al área techada con mesas -el parque, seguramente por la fieseta patronal, estaba bastante lleno-; afortunadamente encontramos una mesa libre y pudimos consumir nuestro almuerzo sin ningún contratiempo -por primera vez en mucho tiempo llevaba una bolsa con snacks-.
Después del almuerzo le propuse a mi hija compartir un helado; pero cuando llegamos a la tienda de pollo encontramos una fila excesiva; por lo que realizamos una caminata un poco extensa hasta encontrar un kiosco donde venden el mismo tipo de helado -y a un precio menor-.
Encontramos algunas mesas en un área bajo los árboles y le propuse a mi hija una partida de Scrabble; la cual completamos en un tiempo bastante extenso; o sea, en el ínterin completamos el consumo de los helados, y aprovechamos para conversar sobre mi trabajo, su facultad y la posible visita que le haga -como parte de una tarea- en un par de semanas.
Aunque le había propuesto -y ella había aceptado- subirnos a la rueda de Chicago, al final sentí que se hizo muy tarde y le propuse retornar a su departamento; lo que hicimos un poco antes de las cinco de la tarde; cuando llegamos nos acomodamos en la sala y mi hija sacó su tablero de ajedrez -en donde completamos un ejercicio-.
A las cinco y media -había puesto una alarma- guardé mis cosas y le indiqué que me retiraba; cuando pasamos por la cocina encontré a mi hija segunda preparando unos alimentos en una vaporera; le pregunté por los mismos -de trigo, rellenos de carne molida- y me ofreció uno; pero, amablemente, decliné su oferta.
Mi hija mayor me acompañó al sótano y allí nos despedimos; abordé la van y le avisé a Rb que empezaba el camino de regreso a casa -ella estaba en su iglesia, impartiendo clases de alfabetización a una anciana y una niña-; el camino estuvo, otra vez, bastante libre: ni siquiera tuve que esperar en el semáforo de entrada al municipio.
Llegué a casa antes de las seis, saqué a los perros, me cambié de pantalón y salí nuevamente, encaminándome al encuentro de Rb -le compartí mi ubicación en whatsapp-; cuando llegué al inicio del boulevard consulté Whatsapp y ví que también me había compartido su ubicación; y esetábamos casi por encontrarnos.
Y antes de llegar al boulevard principal la vi caminando al lado de su alumna anciana; se despidieron, tomé una bolsa que Rb traía e iniciamos el retorno a casa; en la panadería de la vuelta pasé a comprar un cubilete -con azúcar glass- que había visto más temprano.
Cuando vine me sentí bastante agotado; pero no preví lo que sucedió a continuación: le indiqué a Rb que estaría en mi habitación completando algunas lecciones de Duolingo; pero, luego de acomodarme en la cama -como es mi costumbre- me quedé bajo un sopor bien raro; en el cual estuve por casi dos horas.
O sea, ni Duolingo, ni escribir, ni leer, ni nada; estuve escuchando algunos ruidos de Rb en sus actividades, pero fue hasta que escuché que le estaba dando de comer a sus perros -casi a las nueve- que reaccioné e intenté hacer algo; pero no fue hasta que Rb abrió la puerta para ver como estaba, que le comenté lo que me había sucedido.
Entonces me desperté por completo y me llevé la computadora -y el celular y la tablet- al sillón de la habitación de Rb; allí hice algunas lecciones de Duolingo, completé la lección diaria de Fabric y leí un poco del libro de Kanban -había decidido leer sesenta páginas intercalándolas con tres capítulos del libro del abogado gallego-.
Un poco después de las diez, cuando Rb empezó a hacer sus actividades del fin de la noche, me lavé los dientes, me despedí por la noche y me metí a mi habitación; medité y luego, a pesar de mi temor de que no iba a poder conciliar el sueño- me acosté y me dormí.
El domingo me levanté a las siete y diez: la noche anterior me había sentido tan cansado que había decidido no levantarme a la hora habitual -seis y media-; medité veintisiete minutos y luego retorné a la cama a completar algunas lecciones de Duolingo -estoy otra vez con un ELO de más de mil quinientos-.
Después de completar las lecciones saqué mi computadora personal a la mesa; algo que había pasado por alto -y que tal vez influyó en el cansancio del día anterior- fue lo que sucedió con la edición del video que Rb tenía que entregar como parte de su tarea de teología.
El viernes por la noche me pidió que la ayudara a recortar el video: en una parte del mismo -de cuatro gigabytes de peso y un poco más de treinta minutos de duración-, cerca del final, la congregación de señoras había participado; y Rb creía que era más prudente no incluir esto en su tarea -por cuestiones de privacidad-.
Entonces me pidió ayuda para eliminar esa parte; me entregó el archivo y el tiempo de inicio y final del corte que quería seccionar; me puse a trabajar en el acto, utilizando -con un LLM- una librería open source para manejo de archivos de video; pero se me complicó realizarlo en su computadora.
Entonces pasé el archivo a mi computadora; pero la operación resultó no ser tan sencilla; y mucho del problema era el tamaño del archivo y las limitaciones de recursos de mi computadora: la memoria ram no aguantaba el procesamiento de un archivo tan grande.
Entonces pasé el archivo a mi disco duro externo; pero resultó que tampoco tenía mucho espacio -es de un Tera!- disponible; al final logré realizar la edición con una app de windows 11 en la partición que tengo en mi computadora personal con este sistema.
Pero trasladar la información no fue tan sencillo: tanto mi disco duro externo como el de Rb -también de un tera- no estaban siendo reconocidos por mi Ubuntu -aunque sí por Windows-; todo esto sucedió entre el viernes por la noche y el sábado por la mañana.
Pero sentí que ni siquiera la meditación del viernes por la noche o la del sábado por la mañana pude abstraerme del problema -seguía pensando en opciones para completar la tarea-; por fin lo logré el sábado por la mañana, le entregué el archivo -creo que usé uno de sus celulares- a Rb.
Luego me quedé pensando como reparar el disco externo para que Ubuntu lo reconociera; entonces -de acuerdo a Google- le apliqué una herramienta de Windows -Chkdsk-; pero la ejecución de la tarea le llevó más de seis horas -lo dejé trabajando mientras iba a visitar a mi hija mayor-.
Cuando retorné de la visita a mi hija mayor encontré un mensaje en Windows, indicando que la reparación de la unidad externa estaba completa; entonces, nomás para estar seguro, le apliqué nuevamente la misma herramienta -pero nomás revisión, no reparación-; y la dejé trabajando antes de ir al encuentro de Rb.
Y cuando retorné -el sábado por la noche- encontré que la revisión se había llevado un poco más de media hora; al pasarle los resultados a un LLM me indicó que todo estaba correcto; pero que el disco estaba excesivamente lleno, y por eso se había tardado tanto.
El domingo, antes de desayunar, Rb se estuvo ocupando un poco en la preparación del pollo que habíamos previsto asar al mediodía; después de esto le dió de comer a sus perros y después tomo su propio desayuno.
Después de completar su desayuno -de acuerdo a lo que habíamos acordado la noche anterior- salimos a caminar hacia los supermercados en dirección sur: aún nos faltaba comprar el carbón para la preparación del pollo asado; antes de salir -se me había olvidado la noche anterior- yo había hervido las ocho papas que asaría para los cuatro almuerzos de la siguiente semana.
Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego cruzamos el mismo para entrar al supermercado; pero en ese lugar no encontramos lo que buscábamos: nomás había una bolsa de carbón -y estaba rota-; entonces caminamos hasta el otro.
En el siguiente supermercado compramos un par de bolsas de carbón -y un poco de bananos-; íbamos a pasar a caja pero le pedí a Rb que me acompañara al pasillo donde estaban las gelatinas: había visto que casi llegábamos al monto para participar en la rifa de una motocicleta -ocho dólares- y aproveché para comprar seis cajas de gelatina light -antes de salir de casa había preparado la de la semana-.
Después de pagar, y completar el boleto de la rifa para depositarlo en el buzón, continuamos el camino de vuelta a casa; retornamos casi a las once de la mañana y me puse a preparar mi último experimento culinario: pan de nube; las últimas dos -o tres- veces no me había salido bien, pero ahora quería probar agregándole levadura nutricional.
Y, la verdad, quedó muy bien: creo que me pasé -aunque eran las cantidades indicadas- en el monto de psyllium y levadura nutricional: pero me quedó -utilicé el pyrex- un pan bastante parecido al de trigo; en textura y color; y con cierto regusto a queso -por el queso crema y la levadura tradicional-.
Al final fueron cinco minutos -en dos períodos- en el microondas; pero el resultado estuvo bastante bueno -al menos mejor que las últimas veces-; cuando tuve el pan preparado lo partí por la mitad y utilicé un par de onzas de frijoles para completar mi desayuno -el que acompañé con café y pan dulce-.
En el ínterin Rb había estado preparando el pollo que íbamos a asar; cuando terminé de desayunar salí a preparar el fogón para el asado: durante los últimos meses -o años- he ido manteniendo la costumbre de reservar los tickets de compra, anudarlos y almacenarlos en una bolsa plástica.
Y es la segunda ocasión en la que utilizo estos como combustible para preparar el carbón; con un resultado realmente bueno: el fuego se distribuye de forma bastante uniforme y, en esta ocasión, incluso no hubo necesidad de atizar el fuego después de haber logrado que se extendiera por todo el carbón.
Nos pasamos las dos horas siguientes asando pollo; y antes de que termináramos -fueron tres o cuatro cargas- sacamos a caminar a los perros y Rb terminó de preparar las alitas dominicales -yo ya había preparado el par de ensaladas-; además de estos dos elementos recalentamos un caldo de mollejas de pollo que Rb había preparado el día anterior.
Después del almuerzo Rb sacó la última de las cargas de pollo y puso sobre el carbón los tomates y chile pimiento que utilizaría para preparar el chirmol; después me tocó asar las papas que había hervido más temprano -Rb había preparado un chimichurri con aceite de oliva y cilantro-.
Después -ya fue lo último- de sacar las papas puse la docena de longanizas que había comprado el viernes en el supermercado; para esto el carbón ya estaba casi en las últimas; pero aún cociné estos embutidos por casi media hora -entre los dos lados-.
Después de que Rb le dió de comer a sus perros nos ocupamos en el almacenamiento de todo lo que habíamos preparado -que es realmente el almuerzo para dos semanas-; pero antes de eso Rb había salido a reparar el portón de su casa: por la mañana los perros de la presidenta del comité habían roto un trozo de metal -oxidado- de la parte inferior del mismo.
El portón fue sustituido por el hermano mayor -vivo- de Rb unos siete u ocho años atrás; y la razón del último cambio fue el mismo: diversos perros pasan orinando en la barra horizontal inferior -marcando su territorio, creo- y provocan su corrosión.
Y en esta ocasión Rb decidió colocar unas pequeñas barreras de metal que había comprado varios años atrás, para proteger el mango -que ya no prosperó- que estaba sustituyendo al limón que nos dió muchos frutos durante varios años.
Un poco después de salir Rb me pidió que la ayudara y salí a asistirla con el ajuste de estas pequeñas barreras en la parte inferior del portón; pero al final la dejé sola pues aún tenía la docena de longanizas sobre las brasas y había llegado el tiempo de retirarlas.
Después de almacenar las longanizas saqué un recipiente con agua para apagar por completo las -pocas- brasas sobrantes; después nos tocó que separar los almuerzos de la siguiente semana: dos días de asado en dos diferentes herméticos; la mitad del asado para el siguiente mes -y dos tercios de las longanizas- en el freezer-.
Después me retiré a mi habitación para actualizar mis notas -incluyendo esta-, jugar alguna partida de ajedrez en Duolingo; y completar la lección del día diez de mi programa de estudio de Fabric y -de ser posible- leer un poco; eso sí cuidándome de que no me sucediera lo mismo que el día anterior.
Logré no dormirme -me llevó un buen tiempo redactar el texto que tenía entre manos (este)- y salí de mi habitación un poco después de las siete para estar un rato en la habitación de Rb; me puse a afinar una receta que había encontrado un poco más temprano: salsa de barbacoa preparada con productos caseros.
Además, completé el día diez del programa de Fabric con el que me estoy preparando para el examen de certificación; luego me puse a ver la página principal de los dos sitios de películas y series que generalmente consulto; y encontré algo que Rb me había recordado unos días antes: la tercera temporada de Lioness.
Es una serie como las que me gustan: un montón de acción y violencia; entonces me puse a ver el primer capítulo -dura casi una hora- pero lo pause a la mitad del mismo; luego estuve leyendo un poco del libro de Kanban.
A las nueve y media me lavé los dientes, me despedí de Rb y me metí a mi habitación; medité y luego estuve leyendo un rato -quizá hasta las once de la noche- el mismo libro de Kanban; al final ya me faltan menos de cien páginas -de casi cuatrocientas-, pero ha sido bastante cuesta arriba.
El lunes me levanté a las seis y media; pero me había despertado mucho antes: a altas horas de la madrugada -no quise ver la hora- un par de gatos estaban teniendo una batalla de maullidos en un techo muy cercano -o en el de la casa de Rb, no sé-.
Ya debía ser cerca del amanecer porque también empecé a escuchar bastante ruido de motores en el boulevard; tuve -ligeramente- la intención de salir a espantar -con algún líquido- a los gatos, pero luego me dije que igual ya no podría volver a dormirme.
Pero, al parecer, en algún momento los gatos terminaron su conflicto y logré -creo- nuevamente conciliar el sueño; hasta que sonó la alarma; entonces me levanté a meditar; después, a las siete, saqué la computadora de trabajo de la habitación y me pasé a la mesa del comedor.
Rb se asomó para despedirse pues estaba por empezar a traducir llamadas en su habitación; como sabía que la primera reunión del día sería hasta las nueve tomé la jornada con calma: hice bastantes lecciones -mayormente partida de ajedrez- en Duolingo y jugué una partida de Scrabble.
A las nueve entré a la reunión diaria con el equipo extendido -aunque ni mi supervisor ni algún otro analista ingreso a esta-; un poco más tarde el supervisor envió una actualización para la reunión de equipo, moviéndola para las doce y media del martes.
A las diez menos cuarto el analista en el Imperio del Norte con quien estuve trabajando la semana anterior abrió la reunión de equipo; yo entré y, unos minutos después, los otros dos analistas locales también ingresaron; pero nadie más.
Entonces el primer analista le escribió al supervisor para ver si se iba a unir a la reunión; pero la respuesta fue que la había movido para el mediodía; y, aunque el analista le indicó que el cambio había sido realizado para el día siguiente ya no hubo respuesta; entonces me despedí y salí de la reunión -un rato después la analista en el Imperio del Norte también abrió la reunión-.
Rb estuvo saliendo en un par de ocasiones de su habitación -para entrar al baño o tomar agua pura-; cuando salió a las once le comenté sobre el cambio de horario de la reunión de equipo y le pedí que completáramos la rutina de ejercicios a las doce menos cuarto.
Ella estuvo de acuerdo y volvió a responder llamadas; yo estuve intentando ver uno de los documentos que están en proceso, hasta las doce menos cuarto; también saqué la porción de pollo y papas asadas y las dejé listas para iniciar el recalentado.
Rb salió de su habitación a las doce menos diez y completamos la rutina de ejercicios de los lunes -la cual ha estado un poco más agotadora últimamente-; después me preparé para entrar a la reunión; a las doce y media inicié la llamada, uno de los analistas locales -el que menos bien me cae- entró un par de minutos después; pero se salió al ver que nadie más entraba.
Esperé cinco minutos y entonces le propuse a Rb que sacáramos a caminar a los perros; antes de salir puse un fuego bastante bajo en la hornilla donde había colocado el asado -y en otra hornilla en donde había colocado una longaniza troceada-; luego de retornar de la caminata machaqué un aguacate -nuestra versión de guacamole- y le pedí a Rb que separara las porciones del almuerzo.
El cual estuvo muy bueno: pollo -y longaniza, en mi caso- asado, una papa asada, con guacamole, chirmol y -otra vez, en mi caso- la salsa de barbacoa que había preparado más temprano; después del almuerzo me preparé un café -para consumir unas galletitas-.
Después del almuerzo me retiré a mi habitación para actualizar mis notas -incluyendo esta- y a leer un poco: por la mañana había terminado la porción del libro del abogado español y me tocaba leer algo más -esperaba terminar ese (y el de Kanban) en el siguiente ciclo).
Un poco antes de las tres salí de mi habitación y le preparé un té de manzanilla a Rb; también lavé los -pocos- trastes que se habían acumulado durante el día en el lavatrastos de la cocina; después intenté trabajar un poco -pero sin mucho éxito-: al menos puse a ejecutarse los cincuenta y siente casos automáticos.
Lo que sí hice fue hacer un poco del último par de actividades que había agregado a mi lista semanal: pintar -tomé algunos ejemplos de un video de Youtube sobre ejercicios para principiantes de acuarela- y leí la mitad del primer folleto del curso -por correspondencia- de electrónica, que me había regalado mi amigo más creativo.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos directamente al supermercado que queda a la mitad del camino; allí compramos la pechuga para el almuerzo del sábado con mi hijo menor.
También adquirimos un par de lechugas: Rb consume ahora en todos sus desayunos, y necesitábamos un poco para los panes que planeábamos regalar a los trabajadores del servicio de extracción de basura; además, agregamos un poco de bananos para el mismo propósito.
Como un pequeño tarro de queso crema estaba de oferta -un poco más de dos dólares, como la última vez que lo había comprado- aproveché para proveerme para los próximos meses; por último agregué el pepino necesario para la ensalada del siguiente sábado.
Después de pagar pasamos al buzón a depositar el tercer ticket que hemos obtenido para la rifa de una motocicleta; luego retornamos a casa; por la noche estuve completando el ejercicio de Fabric, viendo la segunda parte del primer capítulo de la tercera temporada de Lioness, y leyendo un poco de Little Brother.
El martes me levanté a las cinco y media de la mañana; creo que otra vez los gatos -o el ruido del boulevard- me despertó en la madrugada; pero no tuve muchos problemas para levantarme; medité y entré a la reunión que tenía programada para las seis: un training para aprender a utilizar agentes de IA en nuestro trabajo -una pérdida de tiempo, si se me preguntara-.
La clase tardaba hora y media y no estoy seguro si el instructor es una inteligencia artificial -no sé si mi comentario es irónico- pero, aparte de un par de dificultades que tuvo para mostrar un par de ejemplos, su cadencia es soporífera.
Antes de que terminara la clase -cuando llevaba, quizá una hora- conecté los audífonos bluethoot y salí a la cocina: quería poner a desinfectar las seis hojas de lechuga que esperaba utilizar en los panes para la refacción del servicio de extracción de basura.
De todos modos no había estado poniendo mucha atención: había estado revisando mis correos del trabajo, y haciendo algunas lecciones de Duolingo; la clase terminó a las siete y media y me pasé -casi inmediatamente- a la primera llamada del día; la cual estuvo bastante corta: la compañera de mi supervisor sigue de vacaciones y él no aporta mucho a la reunión.
Cuando terminó esta llamada me vestí y me dirigí a la panadería de la vuelta: debía comprar tres filas de pan francés para preparar seis sandwiches de jamón, lechuga y queso -los condimentos iban en botellas-; pero antes de salir anoté mi número de celular en una hoja y tomé dos galletas de chocolate de mi reserva.
Planeaba encontrar a los guardias en su cambio de turno, regalarle una galleta a cada uno y dejarle mi número de teléfono al entrante; para que me llamara en cuanto el camión del servicio sanitario entrara a la calle; pero cuando llegué ví que el guardia saliente estaba aún lavando la oficina de la guardianía.
Le regalé una galleta y le pregunté por su compañero; me comentó que el cambio lo hacían a las ocho y media; entonces continué hacia la panadería, compré el pan necesario y retorné a casa; a esperar la siguiente llamada, a las nueve de la mañana.
Esta reunión también estuvo corta: los dos desarrolladores locales no estuvieron presentes -quizá tomando alguna capacitación- y el resto del equipo presentó -de forma bastante breve- sus avances; entonces me dí cuenta -me recordé realmente- que no tenía reunión a las diez menos cuarto, sino hasta mediodía.
Rb había estado traduciendo llamadas desde las siete; pero había salido a las ocho para desayunar: los martes y jueves desayuna a esa hora, para acudir a las diez de la mañana a su clase de zumba; yo había drenado las hojas de lechuga y estaba cortando los panes mientras ella desayunaba; pero esperé a que terminara para proceder.
Corté seis grandes cuadros de papel de aluminio; luego esperé a que terminara de desayunar; entonces armamos los seis panes: media fila de pan francés con dos rodajas de queso, dos rodajas de jamón y una hoja de lechuga.
Envolvimos los seis panes y los agrupamos en una bolsa plástica, la que reservamos en la refrigeradora; luego saqué la caja de cartón en donde había colocado lo que le regalaríamos al personal de limpieza -tuve que usar una mayor a la del año anterior-.
Y es que ahora, además de la docena de tetrabricks de jugos, agregamos doce bolsas de snacks, cuatro botellas de condimentos (ketchup, mayonesa, mostaza y chile), media docena de bananos, seis galletas de chocolate y los seis panes.
Después de dejar a punto la caja me preparé el desayuno y lo consumí, un poco después de las diez de la mañana; Rb salió un poco antes hacia su clase de zumba y le entregué la hoja con mi número de celular y la galleta para el guardia de turno.
Rb retornó de su clase un poco después de las once de la mañana y se metió a su habitación a seguir traduciendo llamadas; yo le había pedido que saliéramos un poco más tarde a la caminata de sus perros más pesados: mi supervisor había programado la reunión de equipo para las doce y media.
Pero un poco antes del mediodía empecé a preparar el almuerzo: machaqué un aguacate -nuestra versión simplificada de guacamol- y alisté el pollo, las tortillas de Rb y mi longaniza para su posterior recalentamiento; y a las doce y media entré a la reunión.
La cual estuvo bastante escueta: mis compañeros fueron cuestionados sobre las pruebas que están llevando a cabo; yo indiqué que continuaba trabajando con la documentación -algo que no había estado tomado mas de una hora durante los últimos días-; y la reunión se acabó bastante rápido.
Entonces empecé a alistar a los perros para su caminata -me vestí y empecé a ponerle los arneses-; al parecer Rb había estado esperando la señal porque salió de su habitación y me ayudó con la preparación de los perros; y salimos a realizar la caminata -antes de salir le puse fuego super bajo a lo que había dejado preparado antes-.
Cuando entramos de la caminata le subí un poco la llama a las hornillas de la estufa, y luego me serví el almuerzo; indicándole a Rb que verificara si la temperatura de su comida era la adecuada; y almorzamos; después me preparé un café -he estado tratando de agregarle más agua, para aumentar a dos litros mi consumo diario-.
Después del almuerzo -y el café- estuve viendo si podía avanzar en algo del trabajo, pero no ví ningún documento nuevo; entonces me puse a completar algunos laboratorios de Fabric, hice otros ejercicios de acuarela, y terminé la segunda mitad del primer folleto de Electrónica -en la época de su impresión aún creían en el eter, y nomás habían sido nombrados noventa y cuatro elementos químicos-.
Además avancé en la porción que tenía en curso de Little Brother; Rb salió un poco después de las cuatro de la tarde de su habitación; me comentó que se sentía bastante agotada y que no continuaría traduciendo -por el día-; a las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte.
Yo había decidido que compraríamos en la tienda verde de descue ntos la batería de nueve voltios que el multímetro necesitaba para funcionar -de acuerdo a lo dicho en la tienda de electrónica-: había visto que costaba más del doble en el supermercado.
Caminamos hasta la tienda verde de descuentos y, primero, compramos varias cajas de bolsas ziplock para almacenar alimentos en la refrigeradora; luego pasamos a caja y compramos la batería -tres dólares-; no llevábamos ninguna bolsa así que tuvimos que realizar el camino de regreso con las tres cajas -y la batería- en las manos.
Cuando entramos, de vuelta de los supermercados, el guardia nos comentó que el camión de la basura había ya ingresado y les había entregado la caja con las refacciones: antes de salir, previendo que podía suceder esto, había sellado la caja, y se la habíamos pasado dejando, con el encargo de entregársela al personal de limpieza.
Sobre la caja pegué una hoja con el siguiente mensaje: "Hola, Este es un obsequio de Dios. Y Él quiere que su bendición la repartan entre ustedes. Gracis por su trabajo de todas las semanas"; o sea, no soy creyente, pero me molestaría que algunos se aprovecharan; y confío -bastante- en la fé de la gente.
Yo había escrito únicamente las primeras dos frases; pero Rb me sugirió que agregara la relativa a su trabajo; además, cuando entramos, se aseguró -les preguntó cuando pasamos a la altura del camión- de que habían recibido una caja -ellos agradecieron efusivamente el obsequio-; yo no necesitaba siquiera la confirmación; me bastaba con haber hecho algo agradable.
Cuando retornamos a casa abrí el multímetro para instalársela, y resulta que venía una en su interior; entonces metí en una bolsa la batería nueva, la rotulé y la almacené en la gaveta del mueble de la sala en el que guardamos este tipo de objetos; luego rearmé el multímetro y lo probé en un tomacorriente; funcionó bien y lo probé en uno de los -muchos- cargadores de computadora que hemos ido acumulando con los años.
También funcionó bien -o eso creo-: la medida del voltaje no se mantiene estable; pero, según Google, se debe más a una inestabilidad del contacto al tomar la medida que a un fallo en el cargador, o en el multímetro; ahora nomás necesito un par de pinzas para construir un cargador doméstico de baterías de auto.
Al principio de la noche me metí en mi habitación a completar varias lecciones de Duolingo -portugués y ajedrez-; luego me quedé leyendo la última parte de la porción de Little Brother; después me pasé a la habitación de Rb, allí completé el cuestionario del día once de Fabric.
También estuve actualizando mis notas -incluyendo esta- y comparando los precios de las galletas en la tienda verde de descuento contra los precios en el almacén en donde compramos artículos a granel: en general hay una diferencia del veinticinco por ciento, siendo más conveniente la segunda opción.
Y a ver cómo sigue eso.
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