lunes, 14 de septiembre de 2026

Doce años, y una bicicleta... Twelve years, and a bike... Douze ans et un vélo...

Hoy me dí cuenta que la semana pasada cumplí doce años de trabajo ininterrumpido; y de que se me había pasado, por completo, la fecha; o sea, en alguna ocasión recibí un correo de la oficina de Recursos Humanos, conmemorando mi aniversario laboral, pero quizá fue una o dos veces y hace seis o siete años, en fin.

Y no ha sido tan sencillo el trayecto: un par de años después de que entré hubo una gran división -una gran parte de la plantilla pasó a conformar otra empresa-; luego, dos o tres años después, casi todos pasamos a otra empresa.

Luego, dos o tres años más tarde, despidieron a la mayoría del personal de mi división porque querían que nuestros colegas del subcontinente asiático se hicieran cargo de nuestras tareas -no pudieron hacerlo bien-; afortunadamente yo -y una compañerita- trabajábamos directamente con la directora y eso nos permitió continuar trabajando.

Pero ahora, después de doce años, ha llegado -al parecer- el capítulo final: desde mayo anunciaron que estaban vendiendo del departamento en el cual trabajo -y al que me trasladé dos años atrás, luego de un año de haberme cambiado de posición-.

El proceso no ha sido ni fácil -creo- ni claro: la empresa que nos compra se dedica a eso; llevan más de veinte años en el mercado -como parte de otra corporación más grande-, y lo que realizan es eso: adquieren empresas -o partes de empresas-, las organizan para que funcionen independientemente y luego nomás las administran.

Pero, como acá no hay oficina de esta empresa, se supone que seremos trasladados a un Employer of record, pero no se vé nada claro: hace dos viernes nos reunimos con varias personas de esa empresa y quedaron algunas dudas; por ejemplo, si seremos liquidados, o qué pasará con el pasivo laboral.

Lo único que sacamos en claro de la reunión fue que las vacaciones atrasadas serían pagadas y se empezaría con un record de cero, a partir del primero de octubre; pero también debían enviarnos unas propuestas de traslado la semana anterior, y no ocurrió.

Y a ver cómo termina eso.

Lo otro: hace unos ocho o diez años adquirí una bicicleta -justamente del amigo que vive en el otro extremo de la ciudad: me la vendió para celebrarle un aniversario a su esposa-; la misma ha estado -la mayor parte del tiempo- inactiva (incluso se le pudrieron las llantas en una ocasión).

La saqué una vez hace varios años: la llevé a la gasolinera a llenar los tubos de aire; y en otra ocasión pagamos con Rb su reparación total -cambio de llantas, ajustes de frenos, etc-; pero sigue almacenada en la lavandería.

Hasta hoy, después de mucho tiempo recordé el período en el Imperio del Norte; en el segundo y tercer viaje me movilicé en la ciudad casi exclusivamente por este medio de transporte.

Y así empezó mi semana.

El lunes me levanté a las seis y media; sabía que sería un día silencioso en el tema laboral -es el Labor Day en el Imperio del Norte- pero no esperaba que tanto; el supervisor nos había comentado el viernes que todo estaría vacío en las oficinas y que debíamos seguir trabajando en el documento.

Fue justamente doce años atrás que empecé mi trabajo actual: se suponía que empezaría el primer día del mes que también era el primer día de la semana, o sea, el primero de septiembre; pero, por ser el primer lunes de septiembre, era asueto federal en el Imperio (Labor Day); así que me tuve que esperar un día extra para empezar a trabajar.

Después de meditar salí a encender mis dos computadoras; revisé que no tuviera ningún mensaje o correo pendiente en la del trabajo y luego me puse a completar lecciones de Duolingo.

Como no tenía nada de trabajo -estuve monitoreando mis mensajes y correos- aproveché para tomar algunas lecciones de Go: el juego me ha interesado desde hace mucho tiempo y, en un par de ocasiones, he intentado aprenderlo; aún no lo he logrado.

Antes de desayunar me dí cuenta que no había bananos maduros -teníamos un par de racimos de bananos pequeños pero en un estado bastante lento de maduración-, por lo que le comenté a Rb que iría al supermercado.

Ella me indicó que podría comprar en la tienda de la esquina, pero se me ocurrió sacar la bicicleta de la lavandería y usarla por primera vez en varios años; el año pasado -o este, no recuerdo- había comprado un inflador y le eché un poco de aire a la rueda trasera.

Me dirigí en bicicleta al supermercado más cercano, en direción sur; como hay una inclinación, la ida fue bastante agradable; compré bananos por valor de un par de dólares e inicié el camino de vuelta; el cual fue más complicadillo porque subir la cuesta que se encuentra a la mitad del trayecto requirió un esfuerzo sostenido.

Cuando retorné del supermercado -dejé la bicicleta en la sala- me puse a estudiar un poco de Fabric; luego, antes de desayunar, leí un poco de Tinta y Sangre; me está costando un poco avanzar en el libro pues es bastante denso y hay bastante introspección.

A las diez me preparé el desayuno -el cual acompañé con un poco de pastel tres leches-; luego continué en la mesa del comedor, viendo algunos videos de youtube y repondiendo algunas preguntas de Fabric.

Por ser Labor Day en el Imperio el trabajo de Rb había estado bastante inconsistente: la mayor parte de llamadas habían sido cortas; un poco antes de las doce entré a su habitación pues no había escuchado que estuviera en llamada; pero lo estaba.

Entonces revisé mi whatsapp y encontré un mensaje comentándome que estaba en medio de una llamada; por lo que decidí sacar a caminar a los perros a esa hora, mientras ella completaba la llamada, para realizar luego la rutina de ejercicios de los lunes.

Me vestí y le puse los arneses a los perros, los saqué a caminar pero, un poco después de pasar frente a la casa ví que Rb ya había completado su llamada y estaba por salir de casa; caminé un poco más y luego la esperamos.

Después de completar la caminata iba a calentar la comida, pero me irritó una indicación de Rb sobre la forma de proceder con el caldo; entonces le comenté que me encargaría de las ensaladas y que ella se encargara de calentar el caldo, los chiles rellenos y la salsa.

Y así estuvo tranquila -espero- la cosa; el almuerzo estuvo muy bien: los chiles rellenos le quedaron mejor de los que he probado en el pasado, y el acompañamiento con caldo de pollo -al que agregué un poco de ramen- y ensalada estuvo perfecto.

Después del almuerzo me preparé un café; luego me retiré a mi habitación a leer lo que me quedaba del capítulo de Tinta y Sangre; pero antes de completarlo cerré los ojos por un momento y me quedé un tiempo en estado de duermevela.

Por fin completé el capítulo y, después de jugar un par de partidas de ajedrez, salí a ofrecerle un té de manzanilla a Rb; mientras el agua hervía me puse a lavar los trastes que se habían acumulado en el día.

Después me quedé en la mesa del comedor, para evitar dormirme; aproveché para terminar la lección diaria de Fabric y completar la segunda página diaria de preguntas del examen de certificación -completaré la tercera ronda en un par de días y luego planeo concentrarme en las preguntas que aún no domino (que espero que no sean muchas)-.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llevaba la mochila con aislante térmico pues Rb planeaba comprar varias libras de pechuga para sus desayunos -en el supermercado más lejano-.

Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos al supermercado; Rb adquirió varias libras de pechuga y yo compré una bolsita de crema, para el desayuno que planeo preparar el domingo -también compré una bolsa de snacks con motivos del pasado mundial de futbol-.

Antes de entrar al supermercado habíamos pasado a una farmacia -hay tres o cuatro en la misma calles- pues Rb necesitaba comprar micropore, gasas y una pomada con la que está tratando las alergias de su perro -llega a arrancarse trozos de pelo al rascarse-.

En el otro supermercado compré la pechuga que necesito para el almuerzo con mi hija mayor el sábado; también compramos un par de lechugas -super caras, pues no había de las tradicionales-, además compré un poco de café molido -para mezclar con el más barato que había comprado el mes anterior- y una bolsa de tortillas de maíz, para los tacos de pescado.

Al inicio de la noche, después de haber retornado de los supermercados y almacenado en la refrigeradora todo lo que necesitaba refrigeración -pollo, lechugas y la crema-, me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-; después, como ya había completado las dos páginas de preguntas y la lección de Fabric, me pasé a la habitación de Rb.

En donde ví completo el último capítulo publicado de Nanoha -el anime (creo) tiene como tres títulos, y no estoy seguro de cuál es el más confiable-; además ví una parte del penúltimo capítulo de Special Op: Lioness.

El martes me levanté a las seis y media; creo que dormí muy bien porque me desperté un rato antes de que sonara la alarma del celular; pero no me levanté en cuanto sonó: me quedé esperando la alarma de las seis y veintisiete y entonces me levanté a meditar.

Después salí de la habitación, saqué ambas computadoras de la bodega y las pasé a la mesa del comedor; luego las encendí, Rb estaba aún en el baño y luego se metió a su habitación a contestar llamadas -el día anterior había sido asueto y esperaba tener una mejor jornada-.

A las siete y media entré a la primera reunión del día; aunque había visto, a las siete, que la compañera de mi supervisor había avisado que no estaría en la misma; y la llamada estuvo rarísima: el director de desarrollo se extendió en un discurso sobre mejorar el desempeño del equipo.

Total que la llamada se extendió más de la media hora que usualmente dura; en ese tiempo yo había estado haciendo lecciones de Duolingo, y creo que incluso completé una partida de Scrabble online; a las nueve entré a la siguiente reunión -antes había leído una buena porción del capítulo de Tinta y Sangre-.

En la reunión de las nueve no hubo -al igual que toda la semana- casi nada de avance: aún no tenemos acceso al servidor remoto; después de la misma continué leyendo, hasta las diez menos cuarto; a esa hora uno de los analistas en el Imperio del Norte empezó la llamada.

Ingresé a la misma y ví que ya estaba allí el supervisor, un poco después entraron los otros dos analistas locales; y es que las reuniones han sido más inútiles que de costumbre: básicamente es el supervisor comentándonos que no hay acceso a la red y que debemos revisar cuidadosamente el manual que nos confió.

Pero yo agregué un tema en la reunión de este día: el día anterior el supervisor nos había comentado que un analista peruano podría necesitar de nuestra ayuda para revisar una presentación en español; le recordé nuestra disposición y dijo que iba a darle seguimiento.

A las diez me preparé el desayuno, el que acompañé con el tercer cuarto del pastel tres leches que compré el sábado por la noche; después del desayuno continué leyendo -terminé la porción de Tinta y Sangre y me pasé a The Informationist-.

Un poco antes del mediodía Rb salió de su habitación -un poco antes me había enviado un mensaje mostrándome que el instructor de zumba había avisado (muy tarde) que no llegaría a clase: igual, ella había decidido antes que no acudiría- y se puso a completar una rutina de ejercicios en la sala.

Aún no había completado la rutina cuando llegó la hora de sacar a caminar a los perros -antes de que ella saliera yo había preparado varios ingredientes del almuerzo: piqué un poco de lechuga, rallé un poco de zanahoria y licué un par de aguacates-; entonces me vestí, le puse arneses a los perros grandes y los saqué a caminar.

Cuando estaba iniciando el retorno de la mitad de la primera vuelta ví que Rb salió de casa; con la bolsa de los desechos (la cambia cada semana), pero los perros ya habían realizado sus excreciones y yo las había recogido con una bolsa roja, por lo que le hice señas para que dejara la bolsa en casa.

Después de completar las dos vueltas metimos a los perros a casa; luego de lavarme las manos puse a calentar la mitad del paquete de tortillas de maíz que había comprado el día anterior; además saqué los demás ingredientes de la refrigeradora: el pescado (el cual cubrí con papel húmedo y lo metí al microondas), la lechuga, el guacamol, la zanahoria rallada y un poco de salsa barbacoa que había preparado la noche anterior. 

Almorzamos cuatro tacos -los míos los hice con dos tortillas cada uno-, ensalada y caldito de pollo (al mío le eché unos gramos del ramen congelado que ha estado ya varias semanas en el congelador); después me preparé un café.

Después de almuerzo -el tema laboral estaba tan bajo que había incluso considerado zafarme un rato para ir al organismo de seguridad social a dejar el formulario; pero no había impreso aún los documentos- me pasé a la cama a terminar de leer el capítulo de The Informtationist que llevaba a medias.

Pero en eso sonó la alarma y salí a ofrecerle un té de manzanilla a Rb; puse a hervir el agua -con la hierba- y me dediqué a lavar los trastes -era una montaña- que había en el lavatrastos; cuando hirvió el agua apagué la hornilla, pero quería terminar de lavar los trastos antes de pasar el té a la taza; pero Rb llegó antes y se lo sirvió.

Para no dormirme por la tarde metí cuatro opciones en una decision wheel: leer, escribir, lección de Fabric, preguntas de Fabric; y le dediqué veintisiete minutos a cada una: primero leí el final del capítullo de The Informationist -y empecé la parte final del libro de Agile-.

Luego respondí veinticinco preguntas del mismo tema en el sitio con preguntas -supuestamente- del examen de certificación; después completé la lección diaria que me proporciona el LLM -ya solo me fantan doce días de este plan-.

Por último me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-, hasta que Rb salió -a las cinco- de su habitación; entonces me vestí para salir a la caminata diaria: habíamos acordado dirigirnos a los supermercados en dirección norte.

Y es que yo quería imprimir cinco páginas en la tienda de tecnología en donde hemos comprado las últimas computadoras: dos formularios vacíos, uno completado y dos copias de mi documento personal de identificación nacional.

Caminamos hasta el inicio del boulevard, cruzamos el principal y entramos a la tienda; nos tocó que esperar un poco porque la persona que llegó antes que nosotros estaba imprimiendo bastante material; pero, al final pasé los documentos a la computadora de la oficina -me tocó que vincular mi whatsapp- y recibí las cinco impresiones (casi un dólar).

Después pasamos a la tienda verde de descuentos: yo quería comprar una botellita de salsa de soya -no le había echado a la salsa de barbacoa que preparé la noche anterior porque la última botella se me había acabado unas semanas antes-; Rb quería comprar sal.

Pero no había ninguno de estos dos artículos: es lo malo que tiene ese negocio; la reposición de artículos es muy esporádica; es como que compran muchos artículos a granel, pero luego -muchas veces- ya no hay reposición de las existencias.

Como no queríamos comprar en el supermercado que queda al inicio del boulevard -sino en el que queda en el otro extremo- caminamos de vuelta a casa; a medio camino se encontraba una señora sentada y con una posición similar a los adicto a fentanilo -o lo que se ve en la televisión-.

Rb dudo si ofrecerle ayuda pero finamente se acercó y la despertó; yo me mantuve a una distancia prudente y no escuché muy bien el diálogo: al parecer la señora nomás le dijo que vivía a la vuelta pero que no necesitaba ayuda; con lo que continuamos el retorno a casa -un poco más adelante Rb se encontró tirado un billete de tres dólares-. 

Por la noche ví una tercera parte del penúltimo capítulo de Special Ops: Lioness y la mitad de un capítulo de The Ghost in the Shell - comitee (creo que así se llama la serie); y traté de dormirme un poco temprano porque planeaba madrugar al día siguiente.

El miércoles me desperté bastante temprano: había puesto la alarma para las cinco de la mañana pues quería ir a la institución de seguridad social del país y quería regresar antes de la primera reunión del equipo (a las nueve de la mañana).

Pero me desperté antes de que sonara la alarma; de hecho dudé sobre ver la hora porque temía que no podría dormirme nuevamente; pero, al final, lo hice: apenas pasaban de las cuatro de la mañana, por lo que volví a dormirme, hasta las cinco.

A esa hora me levanté a meditar; luego me metí a la ducha y tomé un buen baño; después me vestí, entré a la habitación de Rb a despedirme e inicié la caminata hasta el boulevard principal (cuando pasé por la garita le dejé cincuenta dólares que Rb me había encargado entregarle al guardia: posiblemente le vendrían a dejar unos audífonos y no quería que interrumpieran su trabajo).

Caminé hasta el inicio del boulevard, a donde llegué apenas unos minutos después de las seis; el bus no tardó mucho en pasar y me apeé a un par de calles de la estación del transmetro; la cual no estaba muy llena, abordé la siguiente unidad en pasar y me apeé en la Municipalidad de la ciudad.

De allí caminé dos o tres calles hasta la sede central de la institución de seguridad social; apenas pasaban unos minutos de las siete cuando llegué al lugar; el cual ya se veía con cierta actividad: hay dos grandes entradas, una para el ingreso y la otra como salida.

Entré al lugar y un empleado me asistió en obtener un número para realizar el trámite: presentar el formulario con el que solicitaba actualizar el conteo de contribuciones a la entidad -para jubilarme debo cumplir dos condiciones: tener más de sesenta años (o sea, en siete) y comprobar doscientas cuarenta aportaciones mensuales).

Por lo estable de mi última década -o un poco más, realmente-, tengo en el registro digital ciento cincuenta cuotas (doce años en la empresa actual y seis meses en un banco, dos trabajos antes); y llevaba un formulario con seis empresas diferentes -empezando por el colegio en donde trabajé el último año y medio de facultad- para que la información sea actualizada.

Después de entregarme un número el empleado me indicó que debía esperar en una sillas, frente a un gran número de ventanillas; creí que esperaría hasta las ocho de la mañana -se suponía que a esa hora empezaban a atender-, pero no, un poco antes de las siete y media apareció mi nombre en las pantallas y me dirigí a la ventanilla.

Allí otro empleado, este sí, mal encarado, me recibió el formulario -ni siquiera me pidió la copia de mi documento de identificación- y empezó a rellenar la información en su terminal; y hubo un par de datos que corrigió en el listado: no sabía que la misma empresa que fue adquirida en el primer trabajo que tuve en tecnología se hizo cargo luego de mis contribuciones.

Y la otra fue el banco en el que estuve justo antes de empezar en mi empleo actual: allí trabajé en las instalaciones del banco pero realmente fui contratado por un tercero; o sea, es una práctica común acá; y, aunque le había comentado eso a la persona que me brindó la información por teléfono, ella me dió el número patronal del banco.

Le pregunté al joven si debía actualizar el registro, pero no fue necesario: él ingresó la inforamción correcta en su terminal; luego me pidió que firmara en un pad wacom y después imprimió el formulario y me lo entregó; recomendándome que preguntara por el avance en un año.

Lo que me queda bien: no puedo jubilarme hasta dentro de siete años; o sea, tengo un buen tiempo para completar los trámites; después de despedirme me dirigí a la misma estación en la que había llegado al lugar; allí tomé la siguiente unidad e inicié el retorno a casa.

Estimé que tenía un buen tiempo para tomar la misma línea de bus de más temprano para caminar de vuelta a casa la misma distancia -en sentido contrario- que en el viaje de ida; y el plan fue más o menos como había previsto: me apeé al inicio del boulevard y caminé a casa; pasé por la garita y le pedí al guardia el dinero de Rb; era lo que habíamos acordado más temprano.

Cuando entré a casa -eran las nueve menos cuarto- escuché que Rb estaba atendiendo una llamada, le escribí por whatsapp ofreciéndole alimentar a sus perros; ella aceptó y le puse los platos a los tres; afortunadamente la más anciana colaboró en esta ocasión -es bastante frustrante obligarla a comer-.

Rb salió un rato más tarde y me pidió que retornara a la garita porque prefería que el motorista no llegara hasta acá, para interrupciones en su trabajo; me vestí nuevamente y me dirigí a garita; cuando retorné entré a la primera llamada del día; la que tuvo una duración bastante corta: ni el jefe de los desarrolladores ni el programador más antiguo entraron.

El PM nos indicó que estaban en otra reunión y que debíamos continuar con nuestras actividades regulares; luego esperé la siguiente llamada, la del equipo; en esa el supervisor nos comentó que posiblemente necesitarán nuestro apoyo con una presentación en español -no solo revisión sino, entendí, participación en la misma-.

Esta reunión la terminamos justo a la hora porque había otra en la que se presentaría una herramienta de BI/Analytics; la cual estuvo muy interesante -aunque la primera parte no la ví por estar preparando mi desayuno-; aún así participé -escuetamente- en la misma: el framework es justo lo que he estado estudiando las últimas semanas para el certificado.

Después de esta reunión llamé a la analista en el Imperio del Norte: antes de que terminara la anterior me había escrito para que la llamara; pero en la reunión también estaba el supervisor; y me indicó que lo que había enviado la semana anterior no estaba bien y que debía cambiarlo.

El problema es que actualmente no tenemos acceso a la herramienta -seguimos sin acceso al servidor remoto-; le indiqué eso a la analista, pero le comenté que vería qué opciones había; así que se me ocurrió llamar a los programadores -tuve que llamar a los tres, consecutivamente- para ver si podía utilizar la versión que cada uno tiene localmente.

Primero hablé con el que menos me realciono; pero él no tenía un buen ambiente, y me indicó que quien tenía un buen ambiente era el desarrollador que menos bien me cae -el que me ayudó hace un par de años con el curso de ciberseguridad-; así que lo llamé, y estuvimos en una reunión por más de media hora; y sí, obtuve un poco de información.

Luego -al final- llamé al programador con el que me he reunido un par de veces para tomar café; él también me proporcionó un poco de información; aunque no toda la que necesitaba; al final le escribí al programador más experimentado -en el Imperio-, pero él no me pudo ayudar -eso sí, salí de mi duda: a pesar de tener un acento que (me ha parecido fuerte), dice que nació y creció en la ciudad en la que se encuentra la oficina.

Después empecé a buscar videos que había almacenado sobre esta funcionalidad y allí encontré lo que necesitaba; empecé a armar el documento pero antes de avanzar mucho ví que mi amigo que vive en el otro extremo de la ciudad me había enviado un audio

En el mismo se disculpaba por el medio utilizado, y me comentaba que su esposa lo había abandonado -lloraba en varias partes del mensaje-; Rb estaba aún en la reunión semanal de su trabajo, y le escribí por whatsapp: comentándole que no saldría en la tarde, pues le había dicho a mi amigo que se viniera un rato a la casa.

También le pedí a mi amigo que me enviara su ubicación en tiempo real; él debía pasar a dejar a una persona a su trabajo -es parte de sus ocupaciones extras- y luego -a las cuatro y media- vendría a casa de Rb: vino a las cuatro y veintisiete.

Se veía terrible: ojos llorosos, descuidado; nos dimos un buen abrazo y luego le ofrecí un té y un panito; y fuimos a las tienda de la esquina a comprar pan y jamón; en el camino de vuelta encontramos a Rb y ella también le dió un muy buen abrazo.

Luego Rb salió a dar su caminata -afortunadamente yo había caminado por la mañana- y, con mi amigo, entramos al comedor; en donde preparé un par de panes para cada uno; y un par de tazas de té; estuvimos hablando un poco sobre su situación -pero me cuesta llevar este tipo de conversación-.

Rb retornó una hora o así más tarde y se nos unió por un rato; luego mi amigo anunció que se debía retirar pues no había dormido casi nada durante los últimos seis días -su esposa lo abandonó el viernes anterior- y que debía entrar a trabajar de madrugada.

Le dí en una bolsa el pan restante -y la rodaja de jamón que había sobrado- y salí a despedirlo a su motocicleta; indicándole que quedaba a su entera disposición, en cualquier día y a cualquier hora; luego se marchó.

Yo entré a mi habitación y completé algunas -pocas- lecciones de Duolingo; después recordé que debía llamar a mi prima favorita: de hecho, por la tarde, estaba a punto de llamarla cuando había visto el mensaje de mi amigo.

Conversamos con mi prima de las últimas novedades: me había invitado al cumpleaños de su hermana menor, pero era justo el día en el que debía ir a visitar a mis padres; también me comentó que un hermano del esposo (fallecido) de su hermana había muerto al principio de la semana (un segundo evento cardíaco).

Además de la información familiar le comenté a mi prima sobre el trámite que había completado más temprano (ella es un año mayor que yo y también ha estado averiguando sobre la jubilación); después de terminar la llamada, y mandarle la inforamción, completé la lección diaria de Fabric; e iba a completar otra -la última, realmente- página de preguntas de examen, pero, al parecer ya lo había hecho antes.

Durante este tiempo -desde las seis y media- Rb había estado en su clase de teología; yo me puse a ver la parte final del capítulo de The Ghost y the Shell y, cuando escuché que terminó su clase, me pasé a su habitación y me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-. 

El jueves me levanté, nuevamente, a las cinco de la mañana: como la tarde anterior la había dedicado a darle soporte emocional a mi amigo, no había hecho -casi- nada de la asignación que me habían indicado a mediodía.

Puse el reloj para las cinco de la mañana (igual que el día anterior y sabiendo que al día siguiente tendría que ponerlo para las cuatro de la mañana) y me levanté en cuanto sonó la alarma; medité veintisiete minutos -hasta medio ciclo me dí cuenta que ya me tocaban veintiocho- y luego encendí la computadora del trabajo -la había dejado en la habitación-.

Y estuve trabajando un buen par de horas en la asignación; incluso utilicé -o traté más bien- el LLM del trabajo para acelerar un poco la tarea; pero, la verdad es que me decepciona; no sé si es por el nivel de licencia, pero la ventana de lectura es demasiado pequeña.

De todos modos me dediqué hasta las siete y media actualizar el documento que había enviado incorrectamente la semana anterior; a esa hora entré a la reunión diaria, en la que, por fin, participó la compañera de mi supervisor; en esa reunión mencionaron que ya se podía utilizar el servidor remoto, pero nos pidieron precaución.

Entonces aproveché para revisar las pantallas que se suponía que debía haber documentado desde antes; al final agregué dos secciones, cada una con una parte gráfica -incluyendo descripción de componentes- y una parte de ejecución -cómo navegar las mismas-.

Un poco después de las ocho llamé a la analista y le mostré mis avances; ella me indicó que iba por un mejor camino y que continuara igual; mi supervisor había avisado temprano que estaba fuera de la oficina, pero estuvo enviando mensajes para darle seguimiento a las tareas.

A la una envió un mensaje preguntando sobre el avance -o la finalización, más bien- del a asignación; yo estaba justo escribiendo el correo a la analista -con copia al supervisor y copia oculta al analista que vive en la ciudad colonial-; pero, como aún me faltaba algo de información, lo puse en pausa; y lo envié después de almorzar.

Casi al final de la tarde el supervisor volvió a escribir, comentando que ya estaba accesible el servidor remoto; yo había estado revisando el funcionamiento del mismo y lo había encontrado bastante lento; por lo que nomás puse en ejecución los cincuenta escenarios automatizados.

A las cinco de la tarde nos dirigimos, con Rb, hacia los supermercados en direccion norte: como casi todos los jueves, quería comprar el pan de mis desayunos en la panadería más económica -lo que no me resultó muy bien-; además, como el viernes Rb debía acudir al hospital, habíamos decidido almorzar pollo; y era preciso comprarlo.

Caminamos hasta el supermercado del inicio del boulevard y entramos al supermercado; compramos una bandeja de fajitas de pollo y yo aproveché para comprar cuatro coquitas de las que llevo para los almuerzos con mi hijo menor; luego iniciamos el camino de vuelta.

A medio camino pasamos a la panadería; usualmente la cuenta es de medio dólar, pero en esta ocasión se cuadruplicó; y es que compré un zepelin -que no tenía mucho de especial- y, al parecer el precio era casi el triple de lo que gasto usualmente en pan; igual, me dije, el día anterior había gastado casi eso en la refacción que compartí con mi amigo.

Cuando retornamos a casa me metí a mi habitación para recibir la clase semanal de storytelling, que ya no me está gustando mucho: se está centrando más en producción de contenido audiovisual que en -creo yo- lo importante, contar historias.

De hecho, la mayor parte de la clase silencié al presentador y me puse a completar lecciones de Duolingo; lo único que me quedó claro es que debía haber presentado una tarea durante la semana -nadie la presentó-. 

Por la noche me sentía bastante agotado -dos días levantándome un par de horas antes de lo acostumbrado- por lo que ya no hice mucho: además de Duolingo y completar la lección diaria de Fabric; nomás ví el inicio de una película del actor de Deadpool. 

El viernes me levanté a las cuatro de la madrugada; había estado teniendo sueños bien raros: con personajes y escenas del trabajo en el que me encontraba por la época en la que nacieron mis hijos; me desperté con una sensación de decepción: treinta años como Ingeniero y ań no siento cabeza; pero bueno.

Me vestí y salí de la habitación; Rb ya casi estaba lista y un poco después abordamos la van y nos dirigimos al hospital nacional más grande de la ciudad; encontramos una buena cantidad de vehículos en el camino, pero ningún embotellamiento.

De hecho, cuando llegamos al hospital Rb se sorprendió de ver una cola de ingreso bastante reducida: la primera vez que llegamos a esa hora la cola se extendía por tres calles; en esta ocasión ni siquiera doblaba la esquina.

Dejé a Rb en el lugar e inicié el camino de retorno; el cual tampoco estuvo muy difícil; vine a casa antes de las cinco y aún estuve intercambiando un par de mensajes con Rb -me comentó que la poca afluencia era porque había riesgos de bloqueos por las protestas en contra del alto costo de los combustibles-.

Entre la conversación con Rb y -algo de- redes sociales terminé intentando dormirme nuevamente hasta un poco después de las cinco; y sentí que no concilié el sueño, pero, definitivamente, estaba dormido cuando sonó la alarma de las seis y media.

Me levanté y completé los veintiocho minutos de meditación; luego salí a la sala con la computadora del trabajo; aunque no planeaba trabajar mucho: la primera reunión era hasta las nueve de la mañana; entonces me puse a completar algunas lecciones de Duolingo -bajando, nuevamente, mi elo por debajo de los mil cuatrocientos-.

A las nueve entré a la reunió semanal del equipo -la ponen los viernes a la misma hora que la segunda reunión diaria-; en la misma no hubo muchas novedades, excepto que mis dos compañeros estarán apoyando un proyecto de un país del cono sur.

Y no sé como sentirme al respecto: o sea, celebro que no aumenten mis responsabilidades -y tampoco me llama la atención viajar-; pero fui yo el que le indiqué al supervisor que el equipo local podía apoyar este proyecto: compartimos el idioma materno.

A las diez de la mañana vinieron a dejar un saco de comida para los perros grandes de Rb -ella me había escrito un mensaje para pedirme que estuviera listo para recibirlo-; también, un poco más tarde me dí cuenta que se me había olvidado -por segunda ocasión- alimentar a los perros.

Por suerte Rb acababa de avisarme que estaba iniciando el retorno; por lo que le serví la comida a los animales y comieron tranquilamente -incluso la más anciana-; Rb vino un poco después de las once: hubo un connato de cita para la cirugía para la siguiente semana, pero al final le dieron una cita de seguimiento para el próximo mes.

Rb venía bastante agotada; y yo había estado leyendo un poco del libro de francés; entonces quería continuar con esto y me fuí a mi habitación; ella llegó un poco más tarde y se acostó a mi lado; y se quedó dormida; con lo que ya no hicimos la rutina de ejercicios de los viernes.

La verdad es que me agradó que se quedara un poco a mi lado en la cama; pero cuando salí -se despertó un poco después del mediodía- me dí cuenta que mi supervisor me había estado llamando para que participara en una reunión con un desarrollador.

No quise hablarle para comentarle que estaba teniendo problemas de conexión -o que estaba en el servidor o algo parecido-, nomás seguí con mis actividades normales: sacamos a caminar a los perros grandes.

Cuando entramos de la caminata preparé un par de enormes ensaladas y luego le agregué a la mía la mitad del pollo que Rb había dejado cocinando; almorzamos y luego me preparé un té de menta -acompañado por pan y galletas-.

Después del almuerzo continué con la última parte del libro de kanban -no estoy seguro pero creo que es el que más tiempo me ha llevado en estos cuatro años-; a las tres menos cuarto le preparé un té de manzanilla a Rb y lavé los trastes del día.

Ella había estado -después del almuerzo- contestando llamadas en su habitación y salió a darle de comer a sus perros; yo me ocupé en las preguntas del examen de Fabric -el día anterior había completado la primera cuarta parte, con un porcentaje de setenta por ciento correctas-.

La segunda cuarta parte mejoró -pero no tanto-; eso consumió la mayor parte de la tarde; también le pedí a Rb que enviara al grupo de storytelling la tarea que había preparado antes del mediodía: bajé varias fotografías de mi Google Fotos para ejemplificar un listado de planos y ángulos.

A las cuatro cerré la máquina de mi trabajo y me puse a depurar las quince preguntas que había fallado el día anterior -quería adecuarlas a mi herramienta de repaso espaciado-; pero Rb me propuso que hiciéramos ejercicios; al principio me negué.

Pero después lo reconsideré y completamos la rutina que debíamos haber hecho al mediodía; después nos vestimos y nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur: aún me faltaba comprar un poco de jamón de pavo para los rollitos de pollo que planeaba llevar al almuerzo con mi hija mayor -al día siguiente-.

Caminamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de mitad del camino; allí elegí, al inicio un par de tomates, pues me había dado cuenta que me faltarían para completar el desayuno del domingo; luego me dirigí a la carnicería.

Y allí estaba un joven con una -al parecer- larga lista de compras; también estaba una señora esperando; esta última le pidió que la dejara comprar nomás una cosa; yo pensé también en hablarle, pero desistí; sin embargo el joven fue muy amable y me preguntó si compraría poco, pues él estaba comprando para toda la semana.

Con lo que pude comprar -sin esperar tanto- media libra de jamón de pavo; Rb llegó un poco después, con una lechuga; pasamos a la caja -el monto no llegó al mínimo para recibir un ticket para la rifa de la moto- y luego retornamos a casa.

Cuando entramos reservé en la refrigeradora las hojas de lechuga -y tomates y chiles pimientos- que había desinfectado a media tarde; luego corté uno de los chiles pimientos en cuadritos; después saqué la pechuga de pollo y preparé un par de rollitos.

Los reservé en la refrigeradora y luego seguí trabajando con las quince preguntas que no logré contestar correctamente del primer cuarto grupo del sitio en el que he estado preparándome para el exámen de certificación; eso me llevó bastante tiempo pero pude, finalmente, repasarlas en mi app.

Ya eran más de las ocho cuando completé el primer repaso y me pasé a la habitación de Rb; consideré ver algo audiovisual, pero nomás me puse a actualizar mis notas -incluyendo esta-; luego, un poco antes de las diez, me retiré a mi habitación.

Medité los veintiocho minutos y luego, como no tenía mucho sueño -a pesar de haberme levantado a las cuatro- continué -hasta el final- con el libro de kanban; el cual completé a las once y media de la noche; luego completé mis notas y revisé -por última vez en el día- mi correo laboral. 

El sábado me levanté a las seis y media; medité y luego retorné a la cama, a completar algunas lecciones de Duolingo; a las siete salí de la habitación y preparé las ensaladas que llevaría al almuerzo con mi hija mayor; luego cociné los dos rollitos de pollo -y la torta para mi desayuno-.

Traté de tener todo listo antes de las diez pues Rb debía llevar a su perra más anciana a la veterinaria -para su inyección mensual-; desayuné un poco después de las diez y luego conduje la van -con Rb y su perra- hasta el comercial más cercano en dirección sur.

La cita era para las diez y media y llegamos con casi quince minutos de anticipación; y estuvimos esperando fuera de la clínica hasta cerca de la hora programada; cuando salió el veterinario para hacer pasar a Rb -y su perra-; el tratamiento es bastante corto con lo que un poco más tarde estábamos iniciando el regreso a casa.

Un poco antes de las once sacamos a caminar a los perros grandes; luego me metí a la ducha y tomé un buen baño, el cual fue interrumpido por varias exclamaciones de Rb: el perro se había subido a mi cama y había encontrado los dos rollitos de pollo -no tuve cuidado en dejarlos en un lugar seguro-.

Al principio me molesté, pero me tranquilicé bastante rápido: o sea, no podía hacer mucho -más que tirar la comida-; lo bueno es que las ensaladas estaba intectas, así como los snacks; terminé de bañarme y luego preparé -el resto de- la comida.

Salí un poco antes de las doce de casa y encontré la ruta completamente vacía; no tuve que bajar la velocidad hasta la última curva antes del boulevard principal; y la ciudad también estaba bastante vacía; tanto que llegué al departamento de mis hijos un par de minutos después de las doce y cuarto.

Subí al departamento y me instalé en la sala; como era super temprano decidí no avisarle a mi hija que ya estaba en el lugar; decidí meditar durante veinte minutos, pero olvidé desconectar las alarmas del celular, entonces nomás medité doce o trece minutos.

Luego me puse a armar un par de cubos de Rubik; hasta la una menos cuarto, a esa hora le escribí a mi hija, comentándole que ya estaba en el lugar; un rato después salió de su habitación; y nos dirigimos al parque temático.

Le comenté a mi hija que había tenido un accidente con la comida y que pensaba comprar pollo -frito-; ella estuvo de acuerdo y, cuando entramos al parque temático, pasamos al restaurante del lugar; compré un poco -bastante poco- de pollo a un precio excesivo (8 dólares) y nos dirigimos al lugar en donde habitualmente almorzamos.

El sitio estaba bastante vacío, encontramos una mesa en un lugar apartado y procedimos a almorzar; después le propuse a mi hija que fueramos por un par de helados de cono; lo bueno es que ahora sí recordábamos la ruta corta para llegar al kiosco.

Compré un par de helados y nos instalamos en una de las mesas bajo los árboles del lugar; entonces mi hija abrió la caja de Scrabble y descubrimos que dentro estaba mi ajedrez; jugamos un par de partidas -gané rápido la primera pero no jugué muy bien la segunda y mi hija ejecutó un jaque mate-.

Después de estar un buen rato en el lugar le propuse a mi hija que abordáramos la rueda de Chicago; la cual estaba bastante vacía; pero, por alguna razón, sentimos bastante corta la duración del juego mecánico; en el viaje del departamento al parque habíamos pasado a un cajero automático, pues quería sacar un poco de efectivo.

Y, como había decidido empezar a sacar los dólares de mi cuenta bancaria, le había pedido a mi hija que me acompañara al banco en el viaje de vuelta; salimos del parque un poco después de las cuatro y nos dirigimos al banco.

Extraje una buena cantidad de dólares -aprovechando que acababa de recuperar mi documento de identificación- y luego continuamos el camino al departamento; en donde nos instalamos en la sala; yo había pensado que practicáramos origami, pero mi hija me propuso jugar Scrabble en inglés.

Completamos una partida bastante extensa: no me dí cuenta que ya había pasado la hora en la que habíamos acordado despedirnos (las cinco y media); entonces, por la hora, decidí que iría por Rb en el auto -y no a pie, como es lo habitual-; y, también, aprovecharía para pasar a una tienda de electrónica a comprar un par de caimanes.

Como mi hija me había pedido que la pasara a dejar al otro lado del boulevard bajamos al sótano, abordamos la van y conduje hasta el otro lado de la calle principal; allí nos despedimos y continué mi viaje hasta la tienda de electrónica.

La misma está en el mismo comercial en donde compré los petapes de playa unos meses atrás; el lugar estaba bastante lleno pero no me llevó mucho tiempo comprar los caimanes (dos rojos y dos negros, por menos de cuatro dólares); luego continué mi viaje de vuelta.

Compartí con Rb mi ubicación en whatsapp; las rutas continuaban bastante vacías; incluso en la entrada al municipio la cola antes del semáforo era de un par de autos; llegué al comercial un poco después de las seis, llamé a Rb y nos reunimos en la entrada del supermercado.

El plan era comprar el pollo que necesitábamos para los almuerzos de la semana; pero, no había del tipo de pollo que andábamos buscando; por lo que retornamos a la van y en ella a casa; cuando vine me puse los audífonos bluetooth y realicé una buena limpieza de pisos.

Luego vacié la mesa del comedor y coloqué los platos que utilizaría el día siguiente para el desayuno al que había invitado a mi amigo voluntario; después de dejar preparada el área estuve un rato en la habitación de Rb, viendo videos de Youtube.

Y a ver cómo va eso... 

 

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