Ha habido varios casos del final de la vida de los que me he enterado gracia a HackerNews, o hay alguna noticia de que alguien conocido -especialmente en el mundo de la tecnología- ha muerto; o han posteado la despedida -previa o póstuma- de alguien que ha documentado -más o menos- el proceso del fin de su vida.
Hubo dos que me llamaron mucho la atención: un escritor técnico que padeció cáncer en la lengua -su hija estaba por nacer cuando murió- dejó información muy interesante en su blog personal, sobre todo el proceso.
El otro era un químico que tuvo un blog durante más de veinte años; publicando muy buenos artículos científicos sobre proteínas y temas similares; excepto los últimos dos años: le diagnosticaron tumores en el cerebro y comentaba el proceso -casi- hasta el final.
Y luego está el autor del libro que titula este texto: encontré su despedida -póstuma- publicada en su blog; y empezaba con la declaración clásica: si están leyendo esto es porque el cáncer de pulmón que me diagnosticaron hace un par de años ha ganado la batalla.
Me pareció interesante que contara -era un escritor financiero algo reconocido- detalles de su origen -Lóndres-, familia, divorcios (dos) y situación familiar; entonces busqué los títulos publicados y me decanté por este.
Empecé a leer el libro a finales del año pasado -quería mejorar mi conocimiento de finanzas personales- pero luego lo dejé -como a dos o tres más- a medias; ahora volví a retomarlo pero no estoy seguro si continuaré hasta el final, o encontraré algo más apetecible en español.
Y a ver cómo sigue eso.
El viernes me levanté a las seis y media -o un par de minutos antes, realmente, pues el día anterior había decidido que adelantaría un poco la alarma para no tener que correr entre el fin de la meditación matutina y la primera reunión del día -usualmente a las siete de la mañana-.
El día anterior había previsto que sería una mañana bastante ocupada -en cuestión de reuniones-: además de las reuniones diarias -de las siete y nueve de la mañana- tenía una reunión con el analista que menos bien me cae, pues debía explicarme una funcionalidad que -supuestamente- había estado probando durante los últimos ciclos.
Y luego, justo depués de esta, debía reunirme con todo el equipo local: mi supervisora había convocado a una reunión general para aclarar la situación de la venta del área a la empresa canadiense -la verdad estaba esperando tener un panorama más claro después de esta, lo que no ocurrió-.
Incluso había considerado realizar la rutina de ejercicios entre las primeras dos reuniones; pero luego me dí cuenta que -realmente- después de las diez y media ya estaría libre; entonces decidí esperar al mediodía, para acompañar a Rb en la ejercitación.
La reunión de la mañana fue bastante rara: no había mucho que tratar, pero luego mi supervisor se extendió en la explicación de una de los fallos actuales en la app que probamos; después de la reunión retorné a la cama -sigo atendiendo esa reunión en una habitación diferente-.
Rb llegó un poco más tarde, para contarme sobre las llamadas que acababa de tener -había escuchado que estaba traduciendo desde las siete de la mañana-; salí de la habitación después de la segunda reunión -en la que no hubo mucha participación de mi área-.
Un poco antes de las diez salí a encargarme de mi desayuno -utilicé cuatro yemas para preparar el relleno de mi panito-; después me reuní con el compañero que menos bien me cae: y me explicó -bastante someramente- cómo realizaba las pruebas; luego entramos a la reunión con la supervisora local.
Quién nomás volvió a repetir lo que ya nos habían informado por escrito -y en la reunión general que dirigió un francés-: habrá una venta del área a una empresa canadiense; la sección en la que trabajamos (dos de tres) se irá a otra empresa; pero aún no hay nada claro sobre lo que pasará con el equipo local.
De hecho, un poco después de la segunda reunión diaria, había tenido una quinta: el jefe de mi supervisor convoca semanal -o quincenalmente- a una actualización de la actividad de cada miembro del equipo; y en esta ocasión, mi supervisor le preguntó sobre el movimiento -luego de que su jefe mencionara algo de pasada-.
Y mi compañero, que vive en la ciudad donde creció mi padre, me escribió un mensaje sobre si en la nueva empresa estaríamos bajo la misma dirección; entonces le pregunté al jefe de mi supervisor si definitivamente él se iría; y se extendió bastante -su acento es muy fuerte- sobre los motivos de la compra, y que aún no había nada claro, especialmente para los equipos como el nuestro y el que está en el subcontinente asiático.
Por la tarde sí me puse, seriamente, a avanzar en las tareas que me habían asignado el día anterior; y llegué, qizá, al veinticinco o treinta por ciento de avance; trabajé hasta las cuatro de la tarde, luego cerré la computadora del trabajo y me pasé a mi habitación a leer un poco del libro sobre finanzas personales.
Íbamos a salir a caminar -hacias los supermercados en dirección sur- a las cuatro y media; pero, justo, empezó a llove; así que decidimos esperar a que escampara; lo cual no ocurrió hasta después de las cinco.
Y cuando estábamos saliendo encontramos al señor de las verduras -el señor se encontraba dentro de su pickup, durmiendo- a tres o cuatro casas; entonces decidimos comprar las verduras necesarias -Rb había previsto pasar luego a la tienda de las verduras-, por lo que tuvimos que retornar a dejar esas compras y volver a salir.
Caminamos hasta el extremo sur del boulevard y leugo entramos al supermercado que se encuentra a un par de calles del mismo: allí compré un paquete de pand sandwich integral; también compramos varias libras de piernas de pollo -importado-.
Antes de entrar a este supermercado habíamos pasado a una farmacia cercana; allí Rb adquirió varios blisters de cápsulas de cálcio y vitamina D; cuando salimos del supermercado más lejano ya estaba oscureciendo; pero aún pasamos al otro supermercado.
En este compré media libra de jamón de pavo -para los sandwiches que planeaba preparar al día siguiente- y adquirimos algunos bananos; luego retornamos a casa; por la noche terminé -por fin- de ver la película In the Grey; esa noche también me recordé de algo que había sucedido el miércoles por la noche.
Como planeaba visitar a mis padres el domingo los llamé el miércoles por la noche; usualmente los llamo el martes o miércoles de la semana anterior a mi visita trimestral: así saben que llegaré -y mi madre puede, usualmente, conseguirnos pescado-.
La cuestión fue que la llamada estuvo bastante tensa: usualmente llamó al celular de mi padre -porque mi madre no se lleva muy bien con la tecnología-; y estuvimos conversando un rato con mi papá; luego le pedí que me pasara a mi madre, para saludarla.
A ambos les comenté que llegaría el domingo siguiente; pero mi madre cambió rápidamente la conversación para contarme que habían estado muy muy enfermos unas semanas luego de que los visitara -al parecer fue un brote de influenza, primero mi padre, luego ella-.
Al parecer fue bastante seria la cuestión; entendí que habían tenido que guardar cama por un tiempo; y que a ella la habían nebulizado en la clínica del seguro social; y, nuevamente, volví a indicar que -a pesar de que lo he pedido varias veces- nunca se comunican este tipo de situaciones.
La cuestión fue que, unos días después de esta crisis, mi hermano -y su esposa, y sus tres hijos, y su suegra- llegaron a visitarlos; y bueno, qué bueno que llegaron porque mi hermano no ha sido muy allegado durante los últimos años.
Lo interesante fue que mi madre se puso un poco intensa con que debemos hablar sobre lo que puede -o debe- pasar cuando alguno de los dos falte -propiedades y esas cuestions- y de que cuando llegara debíamos hablar seriamente -que incluso podíamos hablar con mi hermana menor, aunque no entendí la razón-.
Entonces, luego de conversar un poco más con mi madre, me despedí y terminé la llamada; esperé un rato y le escribí a mi hermana menor, preguntando si podía llamarla -ella me había hablado (luego de varios años) tres o cuatro meses antes, y luego yo le escribí para recabar alguna información familiar -para una tarea de la faculta de mi hija mayor-.
Mi hermana estaba entrando a su casa -tiene dos empleos: en un colegio privado (ha tabajado más de veinte años en este rubro- y -desde este año- en un instituto público -le acaba de salir una plaza fija-, por lo cual me llamó hace tres o cuatro meses) y aceptó que la llamara.
Conversamos -por video llamada- por un buen rato; poniéndonos -un poco- al día en la vida de cada uno; y hablamos un poco sobre lo que puede -o debe- pasar cuando alguno de nuestros padres falte -qué pasará con el otro-; tratamos de ser un poco adultos, pero es un tema que nos supera.
Pero tampoco me quedó muy claro lo dicho por mi madre -la necesidad de que habláramos el domingo-; igual le comenté lo de la llamada; y que quizá debía prepararse para una conversación grupal ese fin de semana.
Eso.
El sábado me levanté a las seis y media, medité y luego me quedé en la cama, haciendo varias lecciones de Duolingo; como había previsto que mi última comida sería bastante tarde -había programado una reunión con el desarrollador al que había invitado a desayunar unos meses antes- no quería desayunar muy temprano.
Además, Rb me había pedido que la acompañara a la veterinaria: debían aplicarle una inyección mensual a la más anciana de sus perras -que supuestamente la ayudan con sus molestias en la columna vertebral-; entonces, esperé a que Rb hiciera una rutina de ejercicios y luego hice una limpieza general.
Para esto -que me lleva un poco más de media hora- me puse a escuchar un video de un difusor científico español -ingeniero y físico, quien ahora está estudiando humanidades- en el que hablaba sobre el libro de Copérnico que dió al traste con lo establecido por Ptolomeo.
Antes de eso había pesado, lavado y rallado tres zanahorias, las que planeaba utilizar para el almuerzo del día; y antes de eso -de hecho, fue la razón por la que salí de la habitación luego de hacer lecciones de Duolingo- había endurado un par de huevos y los había reservado en la refrigeradora.
A las once conduje la van -con Rb y su perra más anciana- al comercial más cercano en dirección sur; cuando llegamos hicieron esperar a Rb y yo aproveché para entrar al supermercado y comprar un par de lechugas; luego las reencontré en la veterinaria.
De donde Rb salió bastante alterada: le había encontrado una pulga a la perra -mientras la estaba sosteniendo cuando la inyectaron -me parece-; y lo tomó muy personal; autoflagelándose por no cuidar bien a sus perros y así; entonces, cuando retornamos a casa, llamó a otra veterinaria -a algunas calles de distancia, en dirección Norte-.
En esta llamada confirmó que tuvieran unas pipetas que se aplica a las mascotas para eliminar las plagas similares a las pulgas; caminamos hasta la veterinaria en cuestión, Rb adquirió tres ampollas y, luego, retornamos a casa.
Cuando volvimos Rb le aplicó la medicina a sus animales y yo me puse a preparar el almuerzo: burritos de zanahoria, con relleno de pollo -y mayonesa casera-; esto último lo volví a preparar -a Rb le había agradado- en la licuadora.
El almuerzo estuvo muy bien -ni siquiera preparamos caldo, ensalada o algún otro acompañamiento-; después me preparé un café; Rb se dirigió a su iglesia -a impartir su clase de alfabetización para adultos- después de darle de comer a sus perros.
Yo esperé un poco -estaba viendo algunos videos de Youtube- y, a las tres, me metí a la cocina a lavar algunos de los trastes que se habían acumulado -era una verdadera montaña, en esta ocasión-; a las tres y cuarto me metí a la ducha, y un poco antes de las tres y media abordé la van para dirigirme a la cafetería en la que usualmente programo mis deasyunos o cafés -sociabilizables-.
Había previsto -no consulté Wase, realmente- que media hora sería suficiente para llegar al lugar -generalmente quince o veinte minutos son suficientes-; pero no consideré el clima: había estado lloviendo esporádicamente durante los días anteriores.
Entonces encontré, cerca del lugar donde se puede dar vuelta en U, un embotellamiento bastante extenso; por lo que decidí entrar a la ciudad por nuestra segunda opción -la carretera que viene de la Costa Sur-.
El tránsito hacia el sur no estaba tan pesado -excepto en la bajada final-; pero ya faltaban menos de diez minutos cuando tomé la cuesta que dá acceso a la ciudad; de hecho preví -casi desde la mitad de esta cuesta -de más de un par de kilómetros-llamar a mi amigo para indicarle que llegaría tarde.
Y la cuesta, en cuestión, estaba bastante libre; lo malo fue el fin de la misma: el acceso a la ciudad estaba saturado -y había empezado a llover-; entonces, justo entrando a la ciudad -y a cuatro o cinco kilómetros de mi destino final- llamé a mi amigo le pregunté sobre su ubicación y me comentó que estaba por enviarme un mensaje pues aún estaba de camino.
Pero él estaba -definitivamente- más cerca que yo (un poco más de un kilómetro de distancia): a mí me faltaba -según google maps- el triple de la distancia para llegar al destino; entonces le pedí que me esperara un poco en el restaurante.
Llegué -el tránsito estaba demencial- a las tres y diez; y justo cuando estaba parqueándome en la parte trasera del lugar, empezó a llover; pero nomás le eché llave al auto y corrí desde el mismo hasta la entrada del restaurante.
Mi amigo estaba esperándome cerca del área de pedidos; yo había previsto que lo volvería a invitar -aunque había estado cavilando sobre proponerle dividir la cuenta, que yo lo invitara o que él me invitara-; pero él insistió en cubrir la cuenta.
Yo pedí lo de costumbre: un cappuccino grande y un paste Selva Negra; él pidió un café frío y el mismo tipo de pastel; la cuenta fue de un poco más de diez dólares -hubiera sido un par de dólares menos si hubiera pedido lo mismo que yo-; después de ordenar nos dirigimos a una de las mesas del lugar -el cual estaba bastante vacío-.
Ya acomodados empezamos a ponernos al día de la vida de cada uno -aunque lo primero que comentamos fue la falta de claridad sobre lo que nos ocurrirá con la adquisición de nuestra área por otra empresa-; un poco después nos entregaron el pedido.
Pero cuando la señorita llegó con nuestros cafés/pastel ya habíamos empezado una partida de Scrabble; y, como sucedió en la última ocasión (pero con otro amigo, y con ajedrez), nos preguntó sobre el origen del juego y la forma de realizarlo; le dímos una explicación algo rápida.
Luego estuvimos por un poco más de dos horas entre consumo de cafeina, azúcar (con chocolate) y la partida de ajedrez; también llegó, un poco después de las cinco, una persona -y su hijo- a interrumpir nuestra reunión: era el esposo -médico cubano- de una prima de mi amigo, que llegó por una computadora que había sido configurada para una de sus farmacias.
Yo le había indicado -casi al inicio de la reunión- que las cinco y media me parecía una buena hora para despedirnos, y mi amigo estuvo de acuerdo -para lo cual puse una alarma en el celular-; y apenas llevábamos tres o cuatro rondas de Scrabble cuando la alarma sonó; así que nos despedimos y salimos -cada uno- a tomar nuestros autos.
El tránsito en la ciudad no estaba tan mal -a pesar de que el tiempo seguía lluvioso-; lo que sí estuvo terrible fue la entrada al municipio: había un gran embotellamiento antes del semáforo que controla el acceso; de hecho apenas estaba acercándome al puente que divide los municipios cuando recibí una llamada de Rb.
Le comenté mi ubicación -aún faltaban algunos minutos para las seis, que era la hora en la que habíamos quedado que llegaría a reunirme con ella en la iglesia- y le indiqué que seguramente llegaría tarde; y cuando pasé por el puente ví el origen del embotellamiento: acaban de deforestar una ladera cerca del puente y había un río de agua de lluvia descendiendo del lugar.
Afortunadamente el embotellamiento no continuaba tan fuerte luego de la columna de agua; por lo que, un poco después de las seis y diez, estaba parqueándome en el comercial cerca de la iglesia de Rb; la llamé y acordamos encontrarnos en el pasillo que une la calle al comercio; aunque yo salí a encontrarla.
Rb andaba -ahora es muy común- bastante frustrada por la clase: nomás llegó una persona -de cuatro que son las regulares- y, esta, tiene -evidentemente- problemas de aprendizaje -además de cierta deformidad anatómica en la columna-: total que, luego de un par de meses, ni siquiera reconoce las vocales, o las primeras consonantes.
Y luego me tocó escuchar toda una letanía de lo mal que estaba esta persona, y lo mal que está el programa, y lo mal que la está pasando, y que no sabía qué hacer porque el coordinador es un irresponsable e inepto, que no la deja proceder de forma profesional, sino que la obstaculiza. y así.
Traté de mantener una actitud positiva -no explicar, no justificar, no dar soluciones-; asintiendo o algo parecido; eventualmente mejoró un poco el ambiente; antes de entrar al supermercado del lugar le indiqué a Rb que tenía que pasar a los servicios sanitarios y que la buscaría en el supermercado.
Creo que me tardé bastante porque cuando bajé al supermercado ella ya tenía las compras: un par de bolsas de manzanas verdes y un poco de pechuga de pollo; me imaginé que habría conflicto porque yo cargaba su tarjeta de débito; y, como andaba con la mochila, le pedí que se dirigiera direectamente a las cajas de autopago y la encontré allí.
Después llevamos las compras al auto y nos dirigimos a la sucursal local del supermercado en donde compramos artículos a granel; en este lugar compro -cada tres meses- un saco de comida para perros, que luego entrego a mis padres; también compré una caja de galletas, una bandeja de alitas de pollo y un par de bandejas de mini muffins.
Rb adquirió un par de bolsas de semillas, y uno o dos artículos adicionales; con las compras retornamos al auto e iniciamos el camino de vuelta a casa; pero, antes de tomar el boulevard junto al cual vivimos pasamos a una gasolinera a llenar el tanque del auto.
Después sí nos dirigimos a casa; a donde llegamos bastante tarde; Rb entró a prepararse su cena y yo me encerré en mi habitación a completar algunas lecciones de Duolingo -también he estado siguiendo un curso en Netacad sobre Data Science y Python; y uno de C en otra página-.
Luego salí de mi habitación a preparar los emparedados que llevaría al día siguiente a la visita a mis padres; además empecé a recolectar algunas otras cosas necesarias: el termo, la mochila con aislante térmico y la prensa francesa de Rb -entre otros-.
Al final terminé todos mis preparativos un poco después de las diez de la noche; entones volví a mi habitación a completar los veintiseis minutos de meditación; luego salí a lavarme los dientes, y a desearle feliz noche a Rb.
El domingo me levanté a las cuatro y veinticinco -había dejado la alarma del celular y de la tableta-; salí a poner un litro de agua en la hornilla pequeña de la estufa y retorné a la habitación a meditar; después salí a subirle el fuego a la hornilla.
Mientras el agua continuaba calentándose me metí a la ducha; la noche anterior había dejado el saco de la comida de perros en la van; y tenía en la mesa casi todo lo que debía llevar en el viaje al puerto -los emparedados estaban en la refrigeradora-.
Consulté en google sobre la hora en la que saldría el sol y el buscador indicaba que sería a las cinco y treinta y cinco; pero al ver por la ventana -eran las cinco y veinte- ya estaba bastante claro; entonces compartí mi ubicación Live en whatsapp -la noche anterior había comprado un día de internet-, entré a despedirme de Rb y salí a encender la van.
Por la hora el tránsito estaba bastante ligero; aunque, por las lluvias recientes, la ruta estaba bastante húmeda, por lo que traté de no acelerar mucho dentro de la ciudad -además, ya me pusieron una multa en esta salida de la ciudad, unos años antes-.
La mayor parte de la ruta al puerto está en muy buenas condiciones; aproximadamente el veinticinco o treinta del final aún está siendo preparado para una autopista -de pago, me parece, pues ya empezaron a construir algo que se ve como un peaje, casi al final- por lo que la velocidad se ralentiza bastante.
De todos modos llegué a la casa de mis papás apenas un poco después de las siete; encontré a mi madre afuera, pero ví que entraba a avisarle a mi padre; ambos salieron a recibirme; y me ayudaron a bajar lo que llevaba -excepto el saco, ese sí lo llevé hasta el área que usan como comedor-.
Como llevaba agua caliente -bendito termo adquirido en la tienda de ropa usada- y el café ya servido en la prensa francesa; procedí a pedirle un par de tazas a mi madre -yo llevaba una de mi trabajo- y convidé a mis padres a un buen desayuno: emparedados de pan integral, rellenos de jamón de pavo, tomate, queso, lechuga y aderezos.
También abrí una de las bandejas de mini muffins que había adquirido la noche anterior; y estuvimos por un poco más de una hora entre desayuno y conversación; la que giró -igual que el miércoles anterior- sobre los quebrantos de salud que habían tenido ambos unos meses atrás.
Y la visita que mi hermano menor les realizó -con su esposa, tres hijos y suegra- un poco después de los sucesos; y la gran interrogante: ¿querría yo -o mi hermana menor- adquirir la casa que mis padres le habían cedido a mi hermano? la verdad es que a mí no me interesa.
Pero no se los hice saber de esa forma a mis padres; les indiqué que lo consultaría con Rb; pero, la verdad, no le veo ningún atractivo a comprar una propiedad que está adosada a la de mi hermana menor; en todo caso, creo que a ella le conviene el trato -supuestamente puede pedir un préstamo ahora que es una maestra presupuestada en el estado-.
Traté de llevar la fiesta en paz; aunque mi madre se alteró un poco cuando me mostré incoforme porque no me pudieron indicar quién podría comunicarse conmigo si a ambos les pasa algo y no pueden hacerlo ellos; pero traté de no presionarlos, igual, algo deberemos hacer en ese caso.
Después del desayuno les pedí a mis padres que me mostraran el grado de avance en la casa a la cual piensan trasladarse pronto -se supone que quieren dejar desocupadas las dos casas en las que han vivido durante los últimos veinte años (una para mi hermano menor y una para mi hermana menor) y que ellos ya decidan qué harán-.
Luego le pregunté a mi madre si prefería que fuéramos en el acto a entregarle la otra bandeja de mini muffins a la antigua presidenta del cocode -y que nos ayuda con la adquisición de los pescados- o quería realizarlo ella luego; eligió lo primero.
Mi padre andaba con ciertas molestias estomacales por lo que prefirió esperarnos en casa; con mi madre caminamos las tres o cuatro calles hasta la entrada de la colonia y encontramos a la pareja de esposos -con su nieta mayor- desayunando en el patio de su casa.
Le entregué el obsequio a la señora; y nos sentamos un momento -bastante corto, realmente- a hacer un poco de tertulia; luego mi madre me hizo señas para que nos despidiéramos, lo que hicimos en el acto y retornamos a casa.
Mi padre me había pedido ayuda con una impresora que no le estaba funcionando --yo había llevado mi Lenovo personal, pues quería mostrarles el documento que había preparado tres años atrás (y que tengo en Google Drive) cuando mi madre creyó que ya estaría devolviendo el equipo a Nuestro Señor-.
Entonces pasamos a la oficina de mi padre; en donde tenía una pequeña Lenovo portátil conectada a una gran impresora multifuncional Canon; la cual no estaba recibiendo la información de impresión -con un mensaje de que faltaba papel-.
Intenté limpiar la cola de impresión, y revisar la configuración en la pequeña pantalla de la impresora; pero nada, seguía sin funcionar; entonces conecté la impresora a mi Lenovo y envié un documento de prueba desde LibreOffice Calc; la prueba fue superada.
Afortunadamente había adquirido el día de internet la noche anterior: busqué en Google la razón de que Ubuntu pudiera imprimir bien pero Windows 10 no; Gemini me sugirió que revisara los cables, la configuración de la impresora, y que actualizara el driver.
Bajé el driver a mi celular, luego lo pasé -por USB- a la computadora, ejecuté el programa y reinicié la computadora -tardó bastante en reiniciarse-; pero, finalmente, el documetno que mi padre había estado intentado imprimir salió de la impresora.
Entonces le sugerí que probara con otro documento -nomás para estar seguros-; después aún departimos otro rato, mientras mi madre preparaba algunas frutas -plátanos, mangos, manzanas rojas- que quería enviarle a Rb; yo le indiqué que no enviara mucho porque Rb ha bajado su consumo de carbohidratos.
A las diez y media -como habíamos acordado- me despedí de mis padres, cargué la mochila y los bártulos -y la mochila con los pescados obsequiados por mi madre- en la van, y me despedí de mis padres; arranqué la van, le envié un mensaje a Rb e inicié el viaje de vuelta.
El cual estuvo -al revés que en la ida- bastante lento al inicio: encontré un poco más de caravanas, debido a unidades del transporte pesado o de construcción; afortunadamente no hubo atrasos extremos y, finalmente, llegué a la parte de la ruta con varios carriles disponibles.
En cierta parte del camino me tocó manejar bajo la lluvia; y traté de moderar la velocidad -usualmente mantengo (en los buenos tramos) una velocida entre cien y ciento veinte kilómetros por hora-; un poco antes del mediodía estaba entrando a la ciudad.
Aún pasé a la gasolinera en el extremo sur del boulevard, para reponer la gasolina consumida en el viaje al puerto: veinte dólares; pero noté algo raro cuando pasé por la parte trasera de la van ya que ví un par de pequeñas luces encendidas.
Pero me dije que quizá era luz que se estaba reflejando de otro lugar; pagué el consumo y continué el retorno a la casa de Rb; pero cuando estacioné el auto me dí cuenta que las lucesitas seguían encendidas; y, cuando Rb salió a ayudarme a bajar mis cosas, le comenté lo de las luces.
Casualmente un vecino iba saliendo de su casa y Rb lo abordó con la cuestión de las luces; y nos comentó que ya le había pasado lo mismo: una pequeña pieza debajo del pedal de los frenos se debía haber salido de su lugar; se metió a revisar y, efectivamente, había una pequeña pieza seccionada, ajustó algo y las luces se apagaron.
Agradecimos la ayuda del tipo, quien continuó el viaje que habíamos interrumpido; entramos las mochilas y demás a la casa y -ya eran casi las doce y media- le pusimos los arneses a los perros grandes; pero cuando pasamos por el auto vimos las luces encendidas de nuevo.
Entonces Rb intentó ver lo que el vecino le había ajustado pero no lo logró; ya teníamos a los dos perros grandes en la calle; se los dejé a Rb y me incliné para revisar el pedal, y efectivamente había una pieza -ahora más- seccionada; ajusté el pedal y las luces se apagaron, por lo que decidimos continuar la caminata; pero cuando cerré el auto se volvieron a encender.
Por lo que le pedí a Rb que empezara la caminata por mí y le pregunté a Google sobre el fusible que tenía que desconectar para que la luz se apagara -no queríamos que se descargara la batería del auto-; recibí la respuesta esperada y procedí -ayudado por mi herramienta multiusos- a retirar el fusible, con lo que la luz se apagó y pudimos continuar con la caminata.
La cual estuvo un poco accidentada: hubo un connato de llovizna, y la perra más pesada sigue dando problemas para avanzar; al final sus caminatas se han estado acortando, pues se rehusa a continuar después de ciertos puntos; después de meter a los perros a casa, entré a darle la vuelta a las alitas que Rb había dejado en el fuego.
Luego preparé una gran ensalada; con lo que acompañamos las alitas dominicales -yo también consumí un par de vasos de fresco de rosa de Jamaica-; después del almuerzo me metí a la habitación de la comida de los perros a actualizar mis notas -incluyendo esta- ya que las habitaciones habían sido rociadas en la mañan por Rb y el plaguicida debe evitarse por doce horas.
Pero no pude avanzar como quería con mis notas -terminé casi a las seis de la tarde-: aunque habíamos acordado cocinar a las cinco Rb me estuvo interrumpiendo para que la ayudara con algunos menesteres: meter el pescado en el congelador, cortar verduras en cubos, y así.
Además, me deshice de casi toda la fruta que mi madre envió: cuando pasé por la garita le dejé un mango al guardia de turno; luego, después del almuerzo, le llevé al vecino que nos había ayudado con la luz, las seis manzanas rojas y un par de mangos -reservé un mango y los plátanos para mi consumo-.
Por fin, un poco después de las cinco Rb vino a darme a probar el caldo que acababa de terminar y que utilizaríamos en los almuerzos de la segmana siguiente; el menú prevsisto era: caldo de pollo con verduras; y, aparte, cuadriles de pollo dorados.
El lunes y martes estuvieron bastante tranquilos; o al menos más tranquilos de lo que me había imaginado que estarían: se suponía que el martes por la tarde el equipo local debía concluir la batería de pruebas de regresión de la app que probamos.
Yo había estado trabajando en la asignación de forma bastante irregular: un poco el jueves, un poco más el viernes -especialmente por la noche, me parece-; y otro poco el sábado; pero el domingo ya no me dieron ánimos de continuar.
Así que aún me quedaba una buena parte de los casos de prueba que tenía asignados; y solo la mitad del tiempo planificado; entonces, el martes traté de adelantar lo más que pude; de hecho el lunes las tres reuniones -las de las siete y nueve con desarrollo y la de las diez menos cuarto con nuestro supervisor en el Imperio- estuvieron bastante extensas.
Tanto que terminé desayunando casi a las diez y media -estoy tratando de hacerlo después de las diez-; después del desayuno continué trabajando hasta las doce, que realizamos la rutina de ejercicios de los lunes -con Rb-.
Por la tarde le bajé un poco al ritmo: el equipo remoto, que es necesario, para algunos procedimientos estaba saturado; un poco antes de que terminara mi horario laboral -cuatro de la tarde- mi amigo más creativo me escribió: lo habían despedido -ya se lo esperaba, pero no creía que tan pronto-.
A las cinco salimos de casa y nos dirigimos, caminando, a los supermercados en direccion sur: yo quería empezar a prepararme para el desayuno que planeaba cocinar el domingo -había invitado a mi amigo que me acompañó al hospital oftálmico-; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego entramos al supermercado aledaño.
En ese supermercado compré una bolsa de crema; en el otro supermercado compré una pechuga de pollo -para el cordon blue del sábado, con mi hija mayor- y aproveché para comprar un queso crema: estaba planeando sustituir la tortilla de harina del desayuno del domingo por un cloud bread.
Cuando regresamos a casa ví que mi hija mayor me había escrito: quería que la ayudara con una tarea de su facultad; básicamente debía evidenciar que le había explicado a un familiar los principales detalles -síntomas y causas- de un episodio cardíaco.
Realizamos la reunión por Google Meet y, creo, no salió como ella esperaba: primero no podía configurar bien la reunión para tomar el video de la explicación; resolvió eso agregando otro dispositivo; pero, me dió la impresión, el resultado no fue como esperaba.
Yo había previsto trabajar un poco en la verificación de una funcionalidad a la que mi supervisor le había estado prestando bastante importancia -y que me fue, pésimamente, explicada por el analista que menos bien me cae-; pero, me quedé dormitando en la cama, y, al final, apenas pude completar unas lecciones de Duolingo antes de que llegara la hora a la que medito -diez de la noche-.
En todo caso, decidí que adelantaría un poco del trabajo pendiente antes de la primera reunión del día martes; para lo cual puse una alarma para las cinco de la mañana; hora a la que me levanté a meditar, jalar las dos computadoras a la cama, y aprovechar la hora y media previa a la reunión de las siete.
Estaba tan decidido a trabajar bien que ni siquiera me pasé a la habitación de la comida de los perros -como había estado haciendo hasta el día anterior-; y creo que aproveché muy bien el tiempo: documenté dos fallos en la funcionalidad antes de que empezara la reunión.
Y, por alguna razón, me sentía energizado a las siete de la mañana; por lo que participé más de lo acostumbrado -que es casi nada- en esa primera reunión; después de la misma me quedé en la cama pero no me dormí: realicé algunos ejercicios de Duolingo, antes de pasar las dos computadoras a la mesa del comedor.
En la reunión de las nueve también me tocó participar más que de costumbre; en la misma nomás estábamos mi supervisor y yo -ninguno de mis tres compañeros locales entró a ninguna de las dos reuniones-; y en la siguiente reunión -la del área- ya me sentía algo agotado -aunque también me tocó colaborar con los detalles de las dos anteriores-.
Rb regresó -de su clase de Zumba- un poco después de que terminara la última reunión -yo apenas acababa de desayunar-; y en cuanto entró le comenté que quería que, al final de la tarde, hiciéramos lo que se me había pasado por alto el día anterior: revisar la cuestión de la luz de los frenos del auto.
A las doce y media sacamos a caminar a los perros; lo cual no tuvo muchas novedades: afortunadamente el tiempo ha estado más fresco pues, al parecer, entramos ya a la época lluviosa en el país -hay una tormenta tropical en el pacífico-; cuando entramos calentamos el almuerzo -lo mismo que el día anterior-: caldo de pollo y verduras, pollo asado y una pequeña ensalada.
Por la tarde terminé de actualizar el reporte en el que evidenciamos el avance de las pruebas -ya estaba casi al cien por ciento- y ya no hice mucho más en cuestiones laborales; a las cuatro cerré la computadora e invité a Rb a salir a revisar el auto.
Ya había estado investigando un poco -en Internet- sobre la parte que podía estar defectuosa; y le enseñé a Rb cómo localizar el fallo -bajo el freno-; y, casualmente, encontramos una parte de esta pieza que se había quebrado el domingo.
La parte en cuestión -es como un pequeño clavo de plástico o caucho- sirve, básicamente, como tope para mantener apagadas las luces traseras que indican que el auto está frenando -al presionar el freno un interruptor es liberado, pero, sin este tope, el se mantiene en posición de encendido-.
Encontramos incluso el número de parte oficial -y su costo: once dólares-; pero, también encontramos que podíamos sustituirla por algo más simple: un tornillo o incluso un trozo de plástico asegurado con cinta de aislar o algo similar.
Entonces nos pusimos a revisar las gavetas de una vieja máquina de coser -que está en la esquina de la habitación en la que duermo- y encontramos algunos tornillos pequeños; también encontramos varios botones y una especie de empaque; y armamos un repuesto con un tornillo, este empaque y una arandela.
Salí a instalar las tres piezas en la parte inferior del pedal del freno; luego reinstalé el fusible que le había quitado el domingo -para que no se descargara la batería-, encendimos el auto y estuvimos probando que funcionara; y para minimizar el riesgo de descarga de batería fuimos a dar una vuelta -en la calle interior-.
Después nos alistamos y caminamos hacia los supermercados en dirección norte; no teníamos nada que comprar sino que Rb había preferido caminar en esa dirección; pero, casi llegando al extremo del boulevard, se metió a una tienda de ropa de segunda y eligió un vestido -cinco dólares-; pero como no llevábamos efectivo -lo último (dos dólares) lo había usado para comprar una papaya en la tienda de la esquina (que dejamos luego encargada en la garita, al salir)-, nomás pidió que se lo reservaran y continuamos caminando.
Habíamos, en el camino, decidido llegar hasta la tienda verde de descuentos: Rb quería ver si tenían frascos herméticos para especias; pero no encontramos nada; luego pasamos al supermercado, a sacar efectivo del cajero; sin embargo, no estaba funcionando.
Entonces nos cruzamos la calle para ver si en el Super 24 había cajero automático, y nomás había del banco más grande -no de la tarjeta que Rb utiliza-; volvimos a cruzarnos la calle para ver si había un banco; e incluso regresamos a la librería a la par de la tienda verde; pero el cajero también estaba en mantenimiento.
Entonces decidimos retornar a casa; y en el camino -cuando pasamos por la tienda- nos encontramos con que ya habían cerrado, por lo que aún con el efectivo no hubiera podido Rb adquirir el vestido; por la noche ví la segunda parte de The Mandalorian and Grogu.
El miércoles me desperté a las seis y media; me sentía cansado -por alguna razón el sueño no había estado siendo tan reparador- pero me levanté a meditar; luego, temiendo que podía dormirme nuevamente, me pasé a la habitación de la comida de los perros.
Antes de entrar a la reunión me dí cuenta que mi supervisor me había enviado un correo, comentándome que, el día anterior, había reportado algo que no debía de haber sido ejecutado; entonces -como siempre- me preocupé por las consecuencias.
La reunión no estuvo tan extensa y luego, de todos modos, retorné a la cama; en donde estuve haciendo unas cuantas lecciones de Duolingo; luego me quedé dormitando; Rb entró un poco después de las ocho, con algunos comentarios de sus llamadas -yo nomás le comenté de pasada lo del error cometido-.
En la reunión de las nueve no hubo muchas novedades -aunque ví que uno de los errores que había reportado unos días antes había entrado en la lista de los desarrollos actuales-; aún estaba en cama e incluso estaba en un estado soporífero cuando sonó la alarma que tengo para recordarme de la reunión quincenal con mi supervisora local.
Ella había retornado unos días antes de su licencia post parto -habíamos intercambiado algunos mensajes de texto únicamente- y era nuestra primera reunión en varios meses; y estuvo un poco extensa: usualmente no tarda más de diez o quince minutos, en esta ocasión se extendió por el total de la media hora -y como a mitad de esta empezaba la reunión del área, tuve que enviar un mensaje avisando de la situación-.
La mayor parte de la reunión con mi supervisora versó, cómo no, sobre las implicaciones para el equipo local de la venta del área; según ella aún sí está definido que el equipo local será absorbido -algo que contrasta con la opinión del jefe de mi supervisor en el imperio del norte: según él aún no está claro si el equipo local, y el del sudeste asiático serán parte de la venta-.
Algo que también esperaba: ya no habrá aumentos de salario este año -se suponía que yo estaba entre el grupo que recibiría, debido a mi alto desempeño-; y otra cosa: debo continuar con el mismo plan de tomar dos días de vacaciones al mes -y diez días en diciembre-.
Al terminar la reunión ingresé a la del equipo; y aún estaban revisando los avances del compañero más brillante; luego pasaron al del analista que vive en el pueblo donde creció mi padre; luego me tocó el turno; y mencioné de pasada el error que había cometido el día anterior; y que no lo volvería a hacer -de hecho agregué al título de dos pruebas: Do Not Run-.
Después de esa reunión ya no hubo mucho más -aunque el supervisor insinuó que debíamos empezar a probra otro ambiente-; pero unos pocos minutos después de que se terminó la reunión me llamó; y creo que uso una excusa cualquiera, pero lo que realmente quería saber es si nos habían informado localmente sobre la situación de nuestro equipo en la venta del área a otra empresa.
Nomás le repetí lo que me había dicho la supervisora: que se suponía que sí seríamos parte de la venta; y me mencionó algo sobre vacaciones: les habían dado instrucciones de no reservar ningún día para después de fin de año, pues se supone que con la nueva empresa empezará a correr de nuevo -lo que no es el caso acá-.
La llamada en la que Rb estuvo trabajando se extendió más de lo esperado -se supone que las llamadas no deben tardar más de cuarenta y cinco minutos, aunque he escuchado que varias han tardado más- y llegó -y pasó- la hora de hacer ejercicios, y luego la hora de sacar a caminar a los perros.
Habíamos estado en comunicación por mensajes de whatsapp y me comentó que aún debía continuar -al parecer era una consulta médica que incluía un ultrasonido-; le resondí que no se preocupara y, luego de ponerle los arneses a los perros grandes, salí a la caminata diaria.
La cual estuvo un poco rara: cuando estaba en la mitad de la primera vuelta me dí cuenta que había un par de perros husmeando entre las casas de la calle; y esta situación es riesgosa porque, en situaciones similares, los perros de Rb han sido atacados; entonces avancé nomás hasta un poco más de una cuarta parte del primer recorrido.
Y cuando estaba más o menos por la misma posición en la segunda vuelta ví que Rb salía de casa, haciéndose cargo de la perra más pesada; terminamos la caminata y entramos a preparar el almuerzo -en el que había estado usando un poco del arroz congelado desde el día anterior-.
El resto del día fluyó coomo de costumbre: calentar almuerzo, almorzar, café con galletas, trabajo, té de manzanilla para Rb y esperar la hora de fin de trabajo; a las cinco caminamos rumbo a los supermercados en dirección sur; íbamos a pasar al más alejado para sacar dinero del cajero automático del lugar; pero, antes de cruzar la calle, recordamos que en un comercial más accesible también había un cajero.
Pasamos al otro supermercado a comprar banano y lechugas y luego retornamos a casa; en la tienda de la esquina pasamos por unos aguacates -ya no teníamos en la refrigeradora- pero resultó que no había; entonces cruzamos el boulevard para ir a la tienda de verduras, en donde nos vendieron un par de aguacates -carísimos: un dólar cada uno- y una papaya -dos dólares-.
Por la noche continué viendo la película de The Mandalorian; al igual que las noches anteriores estuve dormitando un rato entre las lecciones de Duolingo y la película; no sé si eso se deba a la edad, al nuevo ciclo de alimentación o al estado general de la vida.
Y a ver cómo sigue eso...
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