Y seguimos con el tipo de libros que me propuse no continuar leyendo; o quiá no; porque este libro me recuerda mucho al que leí hace unos cinco o seis años, cuando estaba en uno de mis -habituales y largos- períodos azules: Maybe you should talk to someone.
El libro en inglés lo escribió una psicoterapeuta neoyorquina, contando varios casos paradigmáticos de su práctica -y su propio caso-; en esta ocasión se trata de un argentino que además de psicólogo, psicoanalista y autor es también músico y actor.
De hecho ya lo conocía -y no sé por qué no había buscado libros de su autoría-: estoy casi seguro de haberlo visto como conferenciante en el canal de Youtube Aprendemos Juntos, de la Fundación BBVA; recuerdo que me intersó su ponencia.
Cada capítulo del libro presenta un caso -o varios, mezclados?- que el autor narra desde la primera visita hasta la conclusión del tratamiento; los primeros dos capítulos han sido raros: el primero es el de una señora con ataques de ansiedad -porque la vida no salió como esperaba-; el segundo el de una chica que sufría violencia doméstica.
Lo que me llama la atención es la 'aplicación' del psicoanálisis; personalmente no tengo mucha admiración por esa línea de trabajo -considero que Freud fue, en gran medida, un estafador- pero, quizá por la forma de narrar, me está pareciendo aceptable el contenido.
Y otra cosa: tengo cinco o seis libros comenzados -además de los tres que cerré la última semana: Little Brother, Ama y Tinta y Sangre-, pero, por alguna razón, preferí leer dos recién obtenidos en paralelo: este en español, y uno de un doctor galés, que habla sobre segundas oportunidades.
Y a ver cómo va eso.
El lunes me levanté a las seis y media; medité y volví a la cama junto con la computadora del trabajo; y ocurrió otro 'accidente' laboral: ví un mensaje de un analista en el imperio del norte -creí que era musulmán o hindú (por el acento) pero es, de hecho afroamericano-.
En el mensaje me pedía ayuda con una funcionalidad, le propuse que nos reuniéramos y la cámara estaba activa -es una nueva política el mantenerla abierta durante las reuniones ahora-; pero estaba en la cama, y con mi ropa de dormir: nada en absoluto.
Así que mi compañero en el Imperio del Norte vió mis hombros y comentó algo de que mi cámara estaba activa; la bloqueé, me levanté de la cama, me puse una playera y la volví a encender; una debacle.
La ayuda que el analista precisaba era bastante sencilla, por lo que la reunión fue bastante rápida; después me levanté y continué trabajando en la mesa del comedor: tenía aún varios casos de prueba que correr y el límite era el final del día.
Además estuve escribiendo a varios de mis contactos para coordinar las reuniones de los siguientes fines de semana -y principios de noviembre-; y lo lamentable del caso fue que, cuando le escribí a mi hijo menor, fue bastante veloz -sorprendentemente- para responderme que no estaría disponible durante algún tiempo.
Le respondí con un "Ok. Ten cuidado", pero me quedó un mal sabor de boca el resto del día -o de la semana?-; por una parte me dije que no debí de haberle reclamado que me hiciera esperar cuarenta minutos en la última ocasión.
Pero, por otro lado, las cosas pasan; y, tarde o temprano, tendríamos que entrar en una nueva forma de relación -creo-; o sea, no le dije nada injurioso -me imagino que, como en cualquier desaveniencia, todo puede ser interpretado de diversas formas-, nomás que me indicara horas más reales para llegar, pues me molesta andar corriendo mientras conduzco, para llegar a esperar.
Tampoco pude definir una fecha con mi ex compañero más brillante: el mes anterior habíamos quedado en reunirnos el veintiuno, pero mi hija mayor me había pedido esa fecha -su cumpleaños es dos días después-; y mis hijos siempre son mi prioridad.
No pude definir con un consultor en sistemas de calidad a quien no he visto en más de veinte años -y nos hemos comunicado dos o tres veces en ese tiempo-; pero quedamos en explorar fechas en diciembre.
Tampoco pude definir -al principio- con mi primo favorito; luego acordamos reunirnos el último sábado de noviembre; y quedó pendiente la confirmación de un sábado en noviembre con uno de los hermanos menores de mi papá.
Este es el penúltimo de sus hermanos -originalmente eran doce o trece- y, en mi época universitaria, me ayudó a encontrar un lugar accesible para vivir: era una pequeña habitación donde apenas cabía mi catre, pero la renta era super baja -me parece que al principio como treinta dólares y luego fue subiendo como cinco dólares por año- y pasé allí cuatro de los cinco años que tuve que asistir a la facultad.
Tuvimos la primera reunión del trabajo a las nueve de la mañana -en la que todos teníamos la cámara encendida-; luego tuvimos la del equipo, en la que comentamos, con mi compañero de fórmula, que terminaríamos las pruebas ese día.
A las doce menos cuarto Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; yo dejé calentando -con fuego super bajo- uno de los dos tazones de caldo de pollo; y almorzamos eso, fajitas de pollo con hongos y una ensalada mediana.
Después del almuerzo me preparé un café, el que consumí con dos mitades de pan tostado, dos mitades de galleta, un octavo de pastel de arroz y un pequeño trozo de una porción de pan de banano que había comprado el viernes anterior.
A las dos y cuarenta y cinco le dí de comer a los perros de Rb -ella estaba tomando llamadas y me escribió por whatsapp para pedirme el favor-; también le preparé un té de manzanilla -mientras lavaba los trastos-, el cual le llevé a su habitación.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego regresamos al supermercado de mitad del camino, allí compramos un poco de bananos, un cartón de huevos y cuatro bandejas de hígados de pollo -para los almuerzos de la siguiente semana-.
Cuando retornamos de la caminata Rb me pidió que revisara su computadora: la supresión de sonido estaba funcionando en Mozilla pero no en Chrome -que es el browser que el sitio en el cual trabaa recomendaba-.
Al principio me fastidió la solicitud: o sea, paso más de ocho horas frente a la computadora -por trabajo-; así que continuar con lo mismo me molestó un poco; pero después me dije que podía hacerlo mejor; aunque eso no ocurrió: estuve casi dos horas probando diversas opciones -ayudado por dos o tres LLMs- y no logré mi cometido.
Un poco después de las nueve le devolví la computadora a Rb, disculpándome por no poder resolver su solicitud; y argumentando -creo que es lo que pasa- que Chrome tiene sus propios algoritmos, los que causan conflicto con la configuración del sitio.
El martes me levanté a las seis y cuarto, medité veintiocho minutos y luego encendí la computadora del trabajo; entré a la aplicación que usamos para reunirnos y me encontré con un mensaje raro: mi supervisor indicaba que no era necesario que entráramos a la primera reunión del día.
De todos modos entré, y me volvió a escribir para indicarme que no era necesario que estuviera en la misma, entonces me salí; pero me pareció super raro; de hecho mi compañero procedió de forma diferente: él sí se quedó en la reunión.
Y al menos eso me sirvió para enterarme de una prueba que tenía que hacer y que no había recibido con mucha claridad por el mensaje de mi supervisor; a las que sí entré -como todos los días- fue a las de las nueve -con los desarrolladores-, y a la del equipo.
En la primera nomás estuve de oyente -como casi siempre- y en la segunda escuché cómo mi supervisor trataba de justificar con el director la naturaleza de varias tareas que estaba asignando al equipo local -a mí, por ejemplo, me asignó documentación, pero no me quedó claro qué necesitaba-.
Por lo que el resto del día lo pasé casi sin hacer nada: nomás estuve revisando una de las funcionalidades que ya había probado la semana anterior; Rb salió de su habitación un poco después de las once y media y se puso a completar una rutina de ejercicios en la sala.
Yo preparé un par de ensaladas (lechugas, manzana verde y zanahoria rallada) antes de que ella terminara su rutina; luego sacamos a caminar a los perros y, como no había madurado lo suficiente ninguno de los aguacates que teníamos, pasé a la tienda comprando uno.
Cuando entramos terminé de preparar la ensalada y le subí el fuego al caldo de pollo -había dejado lo que había quedado del día anterior en la estufa, con fuego muy bajo-; almorzamos -estoy consumiendo las coquitas sin azúcar pues no sé cuándo (o sí) volveré a ver a mi hijo en el corto plazo-.
Después del almuerzo repetí casi la misma dosificación de cafeína y panes/galletas del día anterior; el tema laboral siguió igual de exiguo después del almuerzo; a las tres menos cuarto lavé los trastos del día y le preparé un té a Rb -ella había salido de su habitación a alimentar a sus perros-.
A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: Rb quería ver si encontraba una prensa francesa -pequeña- en la ferretería industrial; también nos recordamos que queríamos comprar una llave para los tornillos con los que instalo los angulares en el portón.
Me llevé a la caminata una muestra de un tornillo y un par de tuercas; Rb no encontró una prensa francesa aceptable y decidí que en vez de una llave era mejor adquierir un pequeño cangrejo; además compramos un par de almohadas, para sustituir las que utilizamos en las camas.
Luego pasamos al supermercado del principio del boulevard; queríamos ver si encontrábamos lechugas -sigue la crisis-; pero no había, así que Rb nomás compró un pequeño recipiente de yogurt -lo usa cuando le da medicina a sus perros grandes-.
Después de pagar por el yogurt reiniciamos el retorno a casa; durante la caminata de ida Rb había estado mostrando un nivel de energía bastante bajo -lo que no muestra cuando termina de trabajar y se queda jugando en su computadora-, lo que mejoró en el viaje de retorno.
Cuando entramos a casa busqué en el congelador una bolsa con un tercio de taza de leche; recordaba que había visto -al menos- una de estas la seman anterior, pero me fue imposible encontrarla; así que metí todo de nuevo -antes de salir había bajado trescientos gramos de arroz congelado, para preparar el pastel semanal-.
Después del relajo con el congelador -me costó bastante reacomodar los alimentos- me metí a mi habitación a hacer lecciones de Duolingo, aunque antes me puse a ver un video de estrenos de películas y me quedé dormitando diez o quince minutos.
Tuve que retornar el video como veinte minutos -los veo al doble de la velocidad- y después de terminarlo hice varias lecciones de Duolingo; hasta las ocho, a esa hora me pasé a la habitacion de Rb con mi computadora de Ubuntu.
El miércoles estuvo tranquilo en el tema laboral: casi nada; por la mañana, después de meditar me pasé a trabajar a la mesa del comedor, en donde estuve hasta que inició la reunión de las nueve; allí me dí cuenta que tengo que aislarme a esa hora ya que Rb se pone a preparar su desayuno y su sombra se ve cuando pasa al fondo de la cámara.
Por la mañana me reuní con dos programadores para revisar el mismo problema que habíamos visto con uno de ellos el viernes anterior: una funcionalidad que es completamente inestable debido a problemas de comunicación en los equipos.
En la reunión de equipo -a las nueve y media-, a la que no entró el director, el supervisor dividió el trabajo así: mi compañero debía revisar ciertos errores y yo debía trabajar en tres doscumentos -lo primero era encontrarlos-; busqué cada documento en el servidor -usando un script de PowerShell- pero no pude encontrar buena información.
Un poco después la analista en el Imperio del Norte me indicó la ubicación de uno de los documentos y me pidió que lo adecuara al formato actual; lo que hice en el acto -no me tomó ḿas de una hora-; aún me dió tiempo de leer un poco del libro del doctor galés.
A mediodía Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego de sacar a caminar a los perros calentamos la tercera porción de los almuerzos semanales: caldo de pollo -nomás las verduras-, fajitas de pollo y hongos, y ensalada.
El café post almuerzo lo tomé nomás con dos mitades de galletas -ya no tenía ni pan tostado ni pastel de arroz-; por la tarde todo iba tranquilo -incluso jugué una partida de Scrabble online- pero cambió mientras estaba lavando los trastes -y preparándole un té a Rb-: mi supervisor me envió el segundo de los documentos y me pidió que lo ajustara al formato.
Me envió dos documentos y el formato era bastante antiguo -del dos mil trece o dos mil catorce-; me tocó cambiar la página de cubierta, ajustar la tabla de contenidos, y cambiar casi toda la numeración del documento; al final terminé los cambios casi a las cinco de la tarde.
Apenas acababa de terminar de enviar el documento cuando Rb salió de la habitación para realizar la caminata vespertina -hacia los supermercados en dirección sur-; después de caminar hasta el extremo del boulevard nos pasamos al otro lado para pasar a una farmacia: Rb necesitaba cierto medicamento para el estómago.
Luego pasamos al supermercado de las cercanías pues yo no había podido encontrar una de las bolsas de leche que creía tener aún en el congelador; compré allí medio litro de leche y luego nos dirigimos al supermercado que queda a mitad del camino.
En este lugar nomás compramos un poco de bananos; luego retornamos a casa; cuando entramos me encerré un rato en la habitación para completar lecciones de Duolingo, luego salí a preparar el pastel semanal de arroz.
En esta ocasión licué el arroz cocido -había bajado del congelador, la noche anterior, trescientos gramos- antes de agregar los líquidos, por lo que no quedó tan entero como la semana previa; además le agregué un poco de levadura nutricional, una cucharada de harina de arrow root y una de harina de papa.
La mezcla tardó mucho tiempo en cocinarse pero quedó con muy buena consistencia; cuando estuvo cocido lo partí en ocho y lo dejé enfriándose en la mesa del comedor; hasta la hora de acostarme, cuando lo pasé a la parte baja de la refrigeradora.
El jueves me levanté a las seis y cuarto, medité, mepuse el mismo sudadero -con capucha- que había estado usando toda la semana (es de Rb, pero me conviene mucho para participar en las reuniones, por la cámara) y pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor.
Entré -como el martes- a la reunión de las siete y media y, otra vez, el originario del este de Asia -que ahora es mi supervisor- me indicó que no era necesario que estuviera en la misma -que, de hecho, querían reducir el número de participantes en las reuniones-.
Tomé una captura de pantalla y se la compartí al Scrum Master, indicándole que esa era la razón por la que me había salido; pero él nomás me comentó que era cierto lo de la reducción de participantes; la verdad me sentí frustrado de su respuesta, y me confirmó lo que estaba temiendo: básicamente no tengo apoyo de ningún tipo.
Hice algunas lecciones de Duolingo y después esperé la reunión de las nueve de la mañana; en esa revisaron el hallazgo que habíamos tratado de reproducir el viernes -y que no pudimos- y que había funcionado bien el día anterior.
Después de esta reunión entré a la del equipo, la que estuvo super corta; el supervisor nomás indicó que teníamos que probar una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos; la reunión tardó menos de cinco minutos -el director se había disculpado porque no podía entrar y el Scrum Master había indicado que entraría tarde-.
De hecho la reunión fue tan corta que cuando el Scrum Master entró ya habíamos concluido -o sea, la reinició-; el resto de la mañana estuve revisando algunos hallazgos reportados mucho tiempo antes, pero, la verdad, fue muy poco lo que pude avanzar.
Rb salió de su habitación a las once y media y se puso a completar una rutina de ejercicios -ya llevaba varias semanas de no acudir a clases de zumba en la sucursal local de la municipalidad-; mientras ella completaba la larga rutina yo aproveché para preparar las dos ensaladas para el almuerzo.
Cuando Rb terminó su ejercitación sacamos a caminar a los perros más grandes, después que entramos le subí el fuego al caldo de pollo que había dejado calentando con una llama bajísima; almorzamos lo mismo que los tres días anteriores y luego me preparé un café -olvidé que había dejado un poco de leche en la parte baja de la refrigeradora-.
Continué trabajando hasta las tres y media -avanzando muy poco, pues la mayoría de hallazgos a comprobar eran muy escuetos, o subjetivos-; a las dos menos cuarto iba a prepararle el té a Rb pero tuve que atender una llamada de una desarrolladora que quería aclarar uno de mis reportes.
La reunión fue bastante corta -al parecer el problema se había resuelto solo, lo que no es cierto, y es mala señal- y después me metí a la cocina a lavar los trastos del día, y a prepararle el té a Rb; después me vestí y me preparé para salir: esperaba que la caminata hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb no me tomara más de media hora.
Y es que a las cuatro de la tarde había programado un café -y pastel- con el ex compañero con el que trabajé en el empleo adicional el año anterior; a las tres y veintiocho le escribí a mi compañero de fórmula para comentarle que me ausentaría media hora -aduje ciertos trabajos externos en la red local-.
Me despedí de Rb -que estaba en medio de una llamada- e inicié la caminata -también empecé a medir el tiempo-; y resulta que, apurando el paso, puedo llegar al boulevard principal en dieciseis minutos; luego me hice diez o doce adicionales hasta el comercial.
Dos o tres minutos antes de las cuatro llegué a la cafetería en donde había previsto el encuentro; le envié un mensaje a mi amigo y me comentó que llegaría en cinco minutos -llegó luego de siete u ocho-; en el ínterin estuve completando el cubo de seis por seis.
Creo que había pasado casi un año desde que nos habíamos reunido -en el mismo lugar- y le comenté a mi amigo que la última vez fuimos interrumpidos por un anciano con el qu completé una partida de ajedrez; en esta ocasión pudimos hablar un poco más extensamente.
Estuvimos en el lugar por un poco más de hora y media, entre café, pastel y conversación: ha tenido hasta cuatro trabajos en paralelo pero ahora nomás tiene dos; además viajó al gran país vecino del norte hace un par de meses -y acaba de comprarse una motocicleta de lujo (una de las seis únicas que circulan en el país)-; un poco después de las cinco y media nos despedimos.
Rb me había llamado un poco antes para pedirme que pasara al supermercado de lugar a comprar lechugas -cuatro de un tipo y dos del otro (y aguacates)-; entré al lugar y me pasó algo raro: elegí cuatro lechugas de un tipo, dos del otro y una red de aguacates.
Cuando pasé a la estación de pago una de las cuatro lechugas no llevaba etiqueta, entonces la pasé como del segundo tipo -de hecho la persona encargada llegó a ayudarme con esto-, pagué pero sentí que no había hecho bien las cosas.
Salí del lugar y me dirigí a los servicios sanitarios del centro comercial -llevaba las lechugas y los aguacates en la mochila-; luego empecé la caminata de vuelta a casa; mietnras retornaba venía armando el cubo de Rubik de seis por seis.
Cuando entré a la calle encontré a Rb conversando con el guardia en la garita; nos despedimos del señor y caminamos a casa; Rb traía el pan que yo le había encargado -para mis desayunos de los fines de semana-; y aquí ocurrió lo raro: cuando saqué las lechugas de la mochila había únicamente tres del primer tipo -y las dos del segundo-.
Además, no encontré por ningún lugar el recibo de pago, que -estoy casi seguro- había retirado de la máquina, junto con el cambio del billete con el que había pagado; además, no estoy seguro si boté un billete -con valor de la mitad del de más alta denominación local-.
Pero traté de no darle mucha importancia -racionalicé así: si boté el billete, espero que le sirva a alguien; además, con el monto de mi cuenta de ahorros, en un mes percibo más del doble de esa cantidad en intereses-; hice las cuentas de las compras y rebajé la diferencia de la hoja de cálculo de Rb; además le trasladé el equivalente de un mes de salario, de sus ahorros -actualizando también la hoja-.
Después de realizar las operaciones bancarias me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo; después de completar tres o cuatro leccines de portugués -y muchas partidas de ajedrez- salí a bajar el pescado para el almuerzo del viernes -y media yema de huevo para el desayuno-; luego me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta-.
El viernes fue un día -otro- tranquilo en el plano laboral: entré a la llamada de las nueve y media y no hubo mucha actualización; este día me tocaba incrementar en un minuto el período de meditación, de veintiocho a veintinueve minutos, pero me percaté hasta que estaba a la mitad de la meditación matutina.
Durante la mañana estuve probando algunas de las reparaciones que habían hecho en la última liberación de la app; la mayoría no tenían sentido porque el reporte adolecía de falta de información; el supervisor canceló la reunión diaria del equipo y nomás entramos a la reunión semanal.
En la misma revisamos las asignaciones de cada uno; yo había estado colaborando -al igual que en el resto de la semana- en el formato de algunos documentos; y eso fue lo que actualicé cuando me tocó el turno; luego continué con las pruebas.
Antes de las doce Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los viernes; luego sacamos a caminar a los perros; después almorzamos: había un pescado de libra y media -yo nomás tomé una parte cercana a la cola-.
Por la tarde ya no me esforcé mucho en avanzar en la prueba de las funcionalidades liberadas; el supervisor me había escribo durante la mañana, preguntando sobre el libro de Excel que había mencionado en una de las reuniones al principio de la semana; como le respondí que necesitaba más información me había indicado que nos reuniríamos más tarde, lo cual no sucedió.
Un poco después de las cuatro cerré la computadora del trabajo, y un poco antes de las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llevábamos la mochila con aislante térmico pues planeábamos comprar pechugas de pollo; pero no encontramos en el supermercado cercano al extremo del boulevard.
Tampoco encontramos esta pieza de pollo en el supermercado a la mitad del camino, por lo que nomás compramos un poco de banano y retornamos a casa; cuando entramos ví que tenía un mensaje (de las cinco y media) de mi supervisor (eran casi las seis y media).
Le respondí, poniéndome a su disposición; pero, casi inmediatamente, quien me escribió fue la anlista en el imperio del norte: al parecer debían enviar en ese mismo momento un documento y aún no estaba completamente formateado (yo había trabajado un poco en el mismo uno o dos días antes).
Entonces me puse a trabajar en el mismo (tuve que pedirle que lo liberara pues aún estaba editándolo); los cambios no me tomaron más de media hora; un poco después el supervisor me respondió, comentándome que la analista necesitaba ayuda, y luego me comentó que ya había visto que nos habíamos comunicado.
Después de terminar esto hice varias lecciones de Duolingo; después me pasé a la habitación de Rb, en donde ví una pequeña parte de la película de Elordi que habí empeado a ver durante la semana: The dog stars (no me pareció la gran cosa).
El sábado me levanté a la misma hora de siempre, medité y después me puse a hacer lecciones de Duolingo; desde el mes anterior había previsto un desayuno con mi doctora, a las ocho de la mañana, por lo que no quería salir muy temprano para no tener dificultades con una estadía muy extensa en el parqueo.
Tomé una buena ducha y salí con mi mochila y mi caja de Scrabble a las ocho menos veinte -o algo así-; me subí a la van pero noté que al introducir la llave en el arranque no avisó que no tenía puesto el cinturón (usualmente emite una serie de beeps).
Intenté arrancarlo pero no hubo ni siquiera un intento de que el motor empezara a funcionar; y me recordé que en las últimas ocasiones el arranque había estado un poco diferente; sopesé qué hacer: dejé la caja de Scrabble en la van y salí al boulevard, y ordené un Uber moto (por primera vez agregué el veinte por ciento de propina pues ningún conductor estaba aceptando el viaje -en total fueron dos dólares-).
Llegué al comercial en donde se estacionan los busitos (la cafetería queda justo del otro lado de la avenida principal, al frente de este comercial) justo a las ocho; le envié un mensaje a mi doctora para comentarle que ya andaba por allí; ella me respondió un poco después comentándome que ya estaba cerca -y llegó como con diez minutos de retraso-.
Como el restaurante estaba a tope -quizá por ser el último día del mes- y yo había ocupado una mesa en el fondo del área infantil, le propuse que fuera a ordenar y luego iría yo; lo hicimos de esa forma (o sea, cada quien con su cuenta).
Estuvimos en el lugar por un par de horas entre desayuno -invité a una porción de pastel luego de que dimos buena cuenta del desayuno (para ella Zanahoria, para mí, Selva Negra)- y conversación (lo clásico: trabajo, familia, pareja, the works); nos despedimos un poco después de las diez y media.
La acompañé a su automóvil -se había quedado estacionada muy cerca de la puerta de entrada al restaurante- y luego pasé al otro lado de la vía principal por el paso subterráneo; abordé un bus intermunicipal -medio dólar- y luego caminé desde el inicio del boulevar interior hasta la casa de Rb.
Cuando vine empecé a preparar el almuerzo: la noche anterior había endurado un par de huevos y los había reservado en la refrigeradora; los saqué, cuarteé y metí a la licuadora, junto con un aguacate y una cucharada de aceite de oliva; el aguacate estaba bastante grande y la mayonesa quedó muy buena.
Luego rallé una libra de zanahoria, lo mezclé con dos huevos e hice una tortilla en la plancha que Rb utiliza para preparar galletas; esto último me llevó más de una hora, en el ínterin bajé la batería del automóvil y comprobé la carga: menos de nueve voltios.
Desarmé la brida del polo negativo pues tenía sarro -aparentemente azufre- en la unión y los tornillos; busqué en Youtube formas de limpiar esto y me dió varias opciones; al final mezclé agua con bicarbonato y un poco de vinagre y sumergí en este líquido tanto el extremo del alambre como la brida.
Después me puse a completar lo que había dejado a medias unas semanas (¿o meses?) antes: había visto varios videos en donde -usualmente mexicanos- convierten cargadores de laptops en cargadores de batería de automóvil; ya tenía todo lo necesario y terminé uno de estos (al final medí la carga que entrega y marcó dieciocho voltios).
La preparación que realicé para el almuerzo la consumíamos en el pasado como un burrito, enrollándolo con mayonesa, pollo molido y lechuga en su interior; pero, desde la última ocasión, lo hemos consumido como sandwiches, y ha estado muy bien (yo lo acompañé con un poco de snacks de papas con queso).
Luego del almuerzo me preparé un chocolate y lo consumí con un poco de pan tostado, un par de mitades de galletas y una porción del pastel de arroz; Rb se había preparado para acudir a su iglesia a impartir la clase de alfabetización, pero recibió un mensaje del coordinador cancelando la misma -al parecer la alumna menos aventajada no iba a llegar-.
Por la tarde avancé en el angular para la segunda hoja del portón frontal: medí y corté un par de muescas en cada unas de las piezas con las que estabilizo las barras perpendiculares de la armazón; dejé todo preparado para su pintura e instalación.
Un poco después de las cuatro de la tarde nos dirigimos caminando al comercial cercano a la iglesia de Rb: necesitábamos comprar pollo para los almuerzos de la siguiente semana -y las alitas dominicales del día siguiente-; además compré otro cuarto de litro de helado de chocolate.
Por la noche avancé un poco en la película que había estado viendo durante la semana, pero no fue mucho -quizá un poco más de quince minutos-; y me retiré a mi habitación bastante temprano (un poco después de las nueve y media); todavía leí un poco de La respuesta está en tí.
El domingo me levanté a las seis y cuarto, medité y luego retorné a la cama: la noche anterior había escuchado a Rb decir que se quería levantar a las ocho; como los perros se ponen inquietos al escuchar ruido fuera de la habitación pensé que sería un buen gesto no salir hasta esa hora.
Estuve haciendo muchas lecciones de Duolingo hasta que escuché que Rb salió de su habitación, entonces salí al patio trasero y me dediqué a pintar el angular para la segunda hoja del portón frontal.
La tarde anterior había acudido a la ferretería de la vuelta -casi a las cinco- y había comprado varios tornillos -con tuerca-, una brocha más resistente que la que compré en la tienda verde de descuentos, yuna botella de thinner.
Y la noche anterior había estado viendo videos sobre cómo utilizar apropiadamente el thinner para limpiar brochas; por lo que, por la mañana, rescaté la última brocha que había usado para pintar unos días antes.
Después de pintar -y dejar secándose- el angular y las dos piezas estabilizadoras, salí a pintar la parte inferior del portón frontal; la vecina estaba trabajando en su jardín y Rb se quedó conversando un rato con la misma; al parecer acordaron que nos acompañaría al hospital el siguiente viernes.
Al terminar de pintar el portón me encerré un rato en mi habitación a avanzar en el libro del psicoanalista argentino; habíamos quedado en acudir a la tienda de ropa de segunda mano pues quería comprar una sudadera -con capucha-; desde que había empezado a utilizar la cámara en las reuniones había estado usando una de Rb.
Estuve leyendo -como media hora- hasta que Rb terminó de desayunar y luego nos dirigimos caminando a la tienda de ropa estadounidense de segunda mano; Rb quería comprar algunas playeras y algún vestido, por lo que me mentalicé para tener paciencia -además, había llevado mi celular-.
No tardé en escoger una sudadera negra -con capucha- y aproveché para comprar un short para estar en casa; luego esperé durante mucho tiempo a que Rb realizara sus compras; en la espera jugué varias partidas de ajedrez y una de Scrabble online -gané-.
Finalmente Rb terminó de elegir las prendas de vestir y pasamos a caja; luego retornamos caminando a casa; ya era después del mediodía cuando entramos y me metí a la cocina a prepara mi desayuno: la noche anterior una vecina había venido a regalarnos un par de vasos de ponche navideño, por lo que decidí sustituir el café por esta bebida.
Me tardé un poco más de media hora entre preparación y consumo -no comí pan tostado- y después esperé a que Rb preparara las alitas de pollo antes de sacar a caminar a los perros grandes; cuando entramos preparé una gran ensalada.
El almuerzo estuvo bastante bueno: alitas de pollo y ensalada; acompañado -en mi caso- por coca cola sin azúcar; y, como debía, salir un poco después, ya no preparé ni café ni té ni chocolate; nomás terminé de almorzar y salí a instalar el angular.
El sol estaba bastante fuerte -yo estaba sin playera- y la tarea no estuvo tan sencilla como con la otra hoja: los tornillos de ambas hojas se estorbaban para cerrar el portón; además la bisagra del segundo estaba topando con un doblez que hice al realizar la muesca en ese extremo.
Al final lo dejé instalado pero no completamente: debo cortar -está complicado- ese doblez que está topando con la bisagra, colocar uno de los tornillos en ese extremo, y colocar las dos piezas estabilizadoras; pero ya no me iba a dar tiempo (había previsto salir a las tres y veinte y ya eran las tres y diez).
Por lo que guardé todas las herramientas que había estado usando -en mi habitación- y saqué el helado que había comprado el día anterior, consumiendo varias cucharadas del mismo; luego empecé la caminata hacia el comercial al que habíamos acudido el día anterior con Rb.
Estaba casi a medio camino cuando recibí una llamada de mi amigo Testigo de Jehová; no le entendía muy bien -el tránsito estaba un poco pesado- pero puse el altavoz y escuché que me preguntaba por el lugar de reunión; y acordamos reunirnos en la pizzeria a la que estaba casi por llegar.
Eran las cuatro menos veinte y habíamos acrodado reunirnos a las cuatro; por lo que crucé el boulevard y entré a la sección de juguetes de la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos con Rb: quería ver si encontraba un tablero de Go.
Pero no hubo suerte -quiero aprender a jugar Go y he estado practicando un poco en la computadora-; por lo que me dirigí a la pizzería; llegué cinco minutos antes de las cuatro y le envié un mensaje a mi amigo, avisándole que ya estaba en el lugar.
Y esperé bastante tiempo; de hecho ya había decidido que me retiraría del lugar luego de esperar veinte minutos -pensaba nomás enviarle un mensaje comunicándole mi retiro- pero llegó justo un par de minutos antes de que llegara a ese extremo.
Mi amigo ha andado con molestias de ácido úrico -la verdad se veía algo demacrado y con dificultades para caminar-; entramos a la pizzería, nos instalamos en una mesa y ordenamos un par de cafés y un par de porciones de pastel -tres leches y chocolate-, las cuales dividimos para combinarlas.
Estuvimos en el lugar por un poco más de dos horas; al principio me costó guardar la compostura -debo mejorar en este aspecto-; pero luego la conversación fue normalizándose; nos pusimos al día de los últimos meses; incluso me ofrecí a ayudarle a sus nietos a mejorar su ajedrez.
Un poco después de las seis y media le propuse que nos retiráramos del lugar, pagué la cuenta (ocho dólares) y nos despedimos fuera de la pizzería; le envié un mensaje a Rb e inicié la caminata de vuelta a casa -sorprendentemente no había llevado mochila o algo parecido-.
Cuando vine encontré a Rb terminando de partir la papaya que había lavado por la tarde -ya me había mentalizado para venir a pelarla y partirla-: estaba enorme y llenó los dos recipientes herméticos más grandes del inventario.
Me lavé las manos y empecé a preparar el pico de gallo -cubos de tomate con cilantro picado- con el que planeábamos acompañar los wraps de papel de arroz que habíamos previsto para dos almuerzos -los otros tres serán albóndigas de pollo con ensalada y caldo de pollo).
Preparé esta mezcla y después rallé tres zanahorias -para los wraps-; después me metí a mi habitación a completar las lecciones nocturnas de Duolingo; terminé casi a las ocho y media y me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta-.
Aunque no me quedé en el lugar pues el volúmen de la computadora de Rb me estaba produciendo incomodidad: me pasé a la mesa del comedor y allí estuve escribiendo; hasta que Rb le dió la cena a sus perros, los sacó al patio frontal y, luego de lavarse las manos, dividimos las porciones para los almuerzos de la semana.
Y a ver cómo sigue eso...
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