Hace mucho tiempo leí que la palabra (o el caracter más bien) china para referirse a crisis se componía de dos términos: peligro y oportunidad; por supuesto ahorita que busqué en Google, dice que es un mito -como el del abejorro que no debería poder volar-.
Y es que me levanté pensando que estamos en una gran crisis, y en las otras que ya he registrado por acá: la primera -no fue, al final- fue la gripe aviar (o H1N1), fue como una precuela de lo que vendría una década después: el COVID 19.
La primera, al menos en los alrededores, nomás cerró parte de algunas ciudades por parte de algunos días, en nuestro vecino país del sur; la segunda fue una epidemia mundial (o pandemia) que, de una u otra forma, afectó a todo el planeta.
Y con respecto a conflictos mundiales -lo que está ocurriendo ahora-, en el noventa y uno estaba preparándome para ingresar a la facultad cuando empezó el relajo de la invasión de Irak a Kuwait, y la consiguiente intervención del Imperio del Norte.
Se 'calmaron' las aguas, para volver a agitarse, y ahora mucho más, hasta el dos mil uno, con las torres de la gran ciudad, y las consiguientes invasiones a regiones del oriente medio; varios países, una gran calamidad.
Luego han habido agresiones por parte de todos contra todos; hasta donde estamos actualmente, una situación que amenaza con salirse completamente de control; y los combustibles con un aumento del cincuenta por ciento.
Y a ver cómo va eso.
El lunes esperaba que fuera un día tranquilo, o sea, el día anterior había concluído una semana de escribir código para completar las doce tareas asignadas unas semanas atrás; el fin de semana había estado intenso pero, al final, fue satisfactorio.
Pero no esperaba que el día estuviera tan tranquilo: por la mañana le comenté a mi compañero más brillante sobre la finalización de los procedimientos que me había asignado; le indiqué que nomás limpiaría un poco el código y luego lo enviaría.
Al final de la mañana -luego de eliminar varias partes que me habían servido para comprobar resultados, y mejorar un poco la alineación del código- envié la información al servidor remoto; y no pasó nada.
El resto del día estuve nomás revisando el código que acababa de enviar, nomás para comprobar que no se me hubiera ido algún error muy obvio; a las cuatro de la tarde nos dirigimos a los supermercados en dirección norte.
Desde unos días antes nos habíamos quedado sin servilletas de papel -compramos, en la tienda verde de descuentos, un paquete de fiestas cada siete meses-; luego pasamos al supermercado, donde compramos un poco de bananos.
También compré una bolsa de avena molida, la que planeaba utilizar para la preparación del pastel con el que he estado experimentando cada semana; pero allí ocurrió algo que -creo- nunca terminará de sorprenderme.
Rb se encontró a una conocida, justo cuando estábamos entrando al supermercado; ya habíamos encontrado a esta señora, en el mismo lugar, en al menos otro par de ocasiones; a mí no me cayó bien, pero eso no es ninguna novedad.
La cuestión es que se saludaron y la señora le comentó a Rb que había visto su publicación de lo ocurrido a su sobrino nieto; y empezaron a conversar -creo que también se les unió la señora que estaba en el área de paquetes-.
Y conversaron, y conversaron, y conversaron... durante mucho tiempo; yo dí varias vueltas a la tienda, elegí bananos no muy maduros, dí más vueltas a la tienda, elegí una bolsa de avena molida, dí más vueltas a la tienda, hasta que, finalmente Rb se despidió de su amiga; por la noche leí un poco del libro en español -La Fábrica de las Ilusiones-.
El martes volvió a estar tranquilo el día en el trabajo; la tarde anterior le había comentado a mi compañero que ya había enviado el código; además le comenté que dos de los cuatro archivos estaban retornando un mensaje de dilación en su ejecución.
El día anterior también -al inicio de la jornada- le había escrito a este compañero -y a otro desarrollador- para invitarlos a desayunar el siguiente viernes; mic ompañero no contestó, el segundo dijo que tenía ya un compromiso, pero que vería si podía coordinar.
La noche anterior le había escrito a mi compañero y me comentó que, de hecho, estaba terminando de planear un viaje -familiar, me parece- para ese día; este mensaje fue por whatsapp -el de la mañana había sido por la herramienta de mensajes del trabajo-.
El martes le escribí a mic ompañero para recordarle sobre los avisos de ejecución lenta y le sugerí -por supuesto, basado en los resultados de una LLM- un par de cambios que podría realizar para mejorar este aspecto.
Allí me dí cuenta que mi compañero no había terminado las asignaciones en las que cada uno estaba trabajando; por supuesto, lo que está haciendo es mucho más complicado que las tareas que yo elegí.
Desde media mañana empecé a colaborar con Rb en una tarea en la que había estado trabajando para una página que se dedica a entrenar LLMs: ella se había involucrado en esta tarea unos días antes y la había absorbido completamente.
De hecho, incluso hubo un connato de conflicto cuando le recomendé que lo tomara con más calma: se ha estado quejando de algunas molestias en la espalda y le sugerí que podría deberse a todo el tiempo que pasa sentada.
De todos modos, trabajé un par de horas en tareas bastante sencillas, repetitivas y que, en algunos casos, requieren bastante atención a los detalles; al mediodía almorzamos la segunda porción de -nuestra versión de- comida china, aunque tuve que preparar media taza de arroz a última hora.
Por la tarde continué con la tarea que había empezado a media mañana; había estado escuchando conversaciones de Rb con una persona -creo que vive en el vecino país del norte- con la que está coordinando estas tareas -y quien, supuestamente, realizará el pago de las mismas-.
A las cuatro de la tarde cerré mi computadora, tomé una ducha, y me preparé para salir: a las cinco y media debía reunirme, con mi amigo poeta, en un restaurante del centro cívico; había decidido salir a las cuatro y media ya que -gracias al gran conflicto, y la subida de precios de combustibles- el tránsito había estado más ligero últimamente.
Como aún me quedaba un paquete de incienso, de la caja que mi hijo me regaló en navidad, la metí en la mochila; a las cuatro y media encendí la van e inicié el trayecto; el camino estaba, de hecho, bastante libre; un poco después de media hora estaba entrando al restaurante.
Le envié un mensaje a mi amigo, para comentarle que ya había llegado; y a Rb, para comentarle la facilidad del recorrido; luego me acomodé en una mesa y ordené un pastel tres leches y un café; mientras esperaba a mi amigo jugué algunas partidas de ajedrez.
Mi amigo llegó un poco antes de la hora que habíamos acordado; ordenó una porción de pollo frito; mientras yo esperé un momento para ordenar una cena -las empiezan a servir a las seis de la tarde, pero es casi lo único que consumo en el lugar-.
Estuvimos entre comida y conversación -siento que, luego de un par de años, nos estamos comunicando un poco mejor- hasta las siete de la noche; los temas fueron muy variados: el estudio de Harvard sobre la felicidad, lo ocurrido al sobrino nieto de Rb, el viaje que hará mi amigo al cono sur a mediados de año.
A las siete de la noche le pregunté a mi amigo si quería que dividiéramos la cuenta o que yo pagara; me indicó que él pagaría -la última vez lo había hecho yo-; fui a los servicios a lavarme las manos y luego nos despedimos.
El camino de vuelta estuvo igual de tranquilo que el de vuelta; de hecho no hubo ningún embotellamiento ento do el trayecto; entré a casa antes de las ocho de la noche; y encontré a Rb trabajando en mi computadora.
Antes de salir -más temprano- le había dado las credenciales para utilizar mi Ubuntu; y habíamos acordado que me ayudaría con la tarea en curso; me comentó que había invertido una hora en la misma.
La cuestión era que, antes de aceptar la tarea, Rb me había comentado, que la persona del vecino país del norte, requería su finalización el mismo día; yo había estado de acuerdo y ahora debía asumir la aceptación.
Sustituí a Rb, a las ocho, en la computadora y continué trabajando -hasta la una de la madrugada-; con una pequeña pausa entre las nueve y las diez; pero no me dí cuenta -hasta el otro día- de que olvidé completamente la meditación de esa noche.
Rb se durmió antes de medianoche, pero antes de retirarse a su habitación me había indicado los pasos para dar por concluída la tarea; un poco antes de la una completé los pasos requeridos, le envié un mensaje a la persona en el país vecino y me retiré a mi habitación.
El miércoles me desperté a las seis y media; cuando la alarma sonó me percaté de que no había meditado la noche anterior, además, me dije que no era la primera vez en el reto presente; o sea, ha habido bastantes situaciones.
Me ha tocado meditar en los servicios de la habitación de un hotel -cuando fuí a la capacitación en el departamento colindante con el vecino del norte-; también sentado en un bus -la última vez que fui al pueblo en el que nací- y, además, esas veces en que Rb me ha interrumpido.
De todos modos, no soy dogmático en el tema; me levanté y medité durante veinticuatro minutos; después retorné a la cama para entrar a la primera reunión del día; aprovechando que no había ninguna novedad laboral continué colaborando con Rb.
Nos asignaron otro par de tareas y Rb empezó a trabajar en una de ellas; yo tomé la otra, pero me hice el propósito de no dejarme absorber como el día anterior; estuve trabajando un rato antes del mediodía.
O sea, las tareas son sencillas, pero absorbentes; además, aún no estoy seguro de la forma en la que serán pagadas; y me sentía cansado por el desvelo; a las once puse en la estufa una taza de arroz -no quería que se repitiera el atraso del día anterior-.
A las doce y media sacamos a caminar a los perros; de vuelta de la caminata puse a calentar la tercera porción de los almuerzos de la semana; después del almuerzo lavé los trastos y me preparé un café.
Rb tuvo su reunión semanal del trabajo a las dos y media; yo estuve leyendo algunos artículos que encontré en TheHackerNews y, a las tres menos cuarto, le preparé un té de manzanilla; luego continué con los artículos.
A las cuatro de la tarde nos dirigimos a la clínica médica en la que Rb había pagado una consulta: había recibido los resultados de un urocultivo que se había realizado el lunes por la mañana; el resultado había sido negativo pero la consulta la había programado antes de recibir el informe del laboratorio.
La clínica queda cerca de los supermercados en dirección norte; y la doctora es hermana de una voluntaria con la que estuve saliendo un tiempo unos quince años atrás -aunque nunca llegamos a nada-.
Cuando llegamos a la clínica -un poco después de la hora programada- conversamos un poco con la doctora sobre su familia (son cinco hermanas, aunque una había fallecido el año anterior); fueron unos minutos -bastante interesantes- de ponernos al día.
Luego Rb y la doctora empezaron a conversar sobre la razón de la consulta; un poco después salí a la sala de espera: la doctora debía realizar un exámen ginecológico y me excusé de estar presente; pero, desde la sala, escuché que se repetía la historia del sobrino nieto.
Un poco más tarde se abrió la puerta de la consulta y Rb salió; nos despedimos de la doctora y empezamos el camino de vuelta; aún pasamos al supermercado pues debíamos de comprar un poco de bananos.
El jueves era mi segundo día de vacaciones -obligatorias- del mes; me desperté a las seis y media, medité y volví a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo -al igual que los días anteriores, la mayor parte fueron partidas de ajedrez-.
Después me quedé en la cama pues me había propuesto actualizar mis notas -incluyendo esta-, eso me llevó un poco más de una hora; a las nueve de la mañana salí, por fin, de las sábanas y me preparé el desayuno.
De acuerdo a lo que habíamos previsto con Rb, a las nueve y media salimos de casa para dirigirnos al mercado en el centro histórico; esperamos el busito en el boulevard -el cual llevaba un cartel anunciando que debíamos esperar un aumento en el precio del pasaje, debido a la 'situación actual'-.
Después de apearnos del busito cruzamos el centro comercial y abordamos un bus del Transmetro; el cual nos llevó hasta el mercado; Rb apenas compró un poco de moras -y algunas manzanas- y luego nos dirigimos a la estación del transmetro a abordar la unidad de vuelta.
Cuando llegamos al comercial en donde se estacionan los busitos subimos al tercer nivel porque Rb necesitaba pasar al baño; yo esperé fuera -llevábamos alimentos en la bolsa- y después de su retorno me tocó entrar a los servicios.
Después entramos en el supermercado del lugar, en donde Rb adquirió un paquete de manzanas; además compramos un poco de pollo; luego bajamos al sótano, para salir del comercial y abordar el busito de vuelta a casa.
Como retornamos un poco después del mediodía decidimos sacar -de una vez- a caminar a los perros; después calentamos la última porción de 'comida china' -y arroz-; al terminar el almuerzo me ocupé de los trastos en la cocina.
Luego le preparé un té de manzanilla a Rb; a las cuatro caminamos rumbo a los supermercados en dirección sur; aunque, realmente, caminamos hasta el extremo del boulevard; en la panadería de la última calle compré el pan para mis desayunos; luego pasamos al supermercado que queda a medio camino; en donde compramos un poco de pollo y bananos.
También compré un par de 7Up light, para los almuerzos del futuro con mi hija mayor; por la noche -como había hecho un rato por la mañana, y otro rato por la tarde- trabajé en la corrección de unas transcripciones que estamos realizando con Rb -como side hustle-.
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