domingo, 1 de noviembre de 2026

La respuesta está en ti... The answer is inside you... La réponse est en toi... A resposta está dentro de você...

Y seguimos con el tipo de libros que me propuse no continuar leyendo; o quiá no; porque este libro me recuerda mucho al que leí hace unos cinco o seis años, cuando estaba en uno de mis -habituales y largos- períodos azules: Maybe you should talk to someone.

El libro en inglés lo escribió una psicoterapeuta neoyorquina, contando varios casos paradigmáticos de su práctica -y su propio caso-; en esta ocasión se trata de un argentino que además de psicólogo, psicoanalista y autor es también músico y actor.

De hecho ya lo conocía -y no sé por qué no había buscado libros de su autoría-: estoy casi seguro de haberlo visto como conferenciante en el canal de Youtube Aprendemos Juntos, de la Fundación BBVA; recuerdo que me intersó su ponencia. 

Cada capítulo del libro presenta un caso -o varios, mezclados?- que el autor narra desde la primera visita hasta la conclusión del tratamiento; los primeros dos capítulos han sido raros: el primero es el de una señora con ataques de ansiedad -porque la vida no salió como esperaba-; el segundo el de una chica que sufría violencia doméstica.

Lo que me llama la atención es la 'aplicación' del psicoanálisis; personalmente no tengo mucha admiración por esa línea de trabajo -considero que Freud fue, en gran medida, un estafador- pero, quizá por la forma de narrar, me está pareciendo aceptable el contenido.

Y otra cosa: tengo cinco o seis libros comenzados -además de los tres que cerré la última semana: Little Brother, Ama y Tinta y Sangre-, pero, por alguna razón, preferí leer dos recién obtenidos en paralelo: este en español, y uno de un doctor galés, que habla sobre segundas oportunidades.

Y a ver cómo va eso.

El lunes me levanté a las seis y media; medité y volví a la cama junto con la computadora del trabajo; y ocurrió otro 'accidente' laboral: ví un mensaje de un analista en el imperio del norte -creí que era musulmán o hindú (por el acento) pero es, de hecho afroamericano-.

En el mensaje me pedía ayuda con una funcionalidad, le propuse que nos reuniéramos y la cámara estaba activa -es una nueva política el mantenerla abierta durante las reuniones ahora-; pero estaba en la cama, y con mi ropa de dormir: nada en absoluto.

Así que mi compañero en el Imperio del Norte vió mis hombros y comentó algo de que mi cámara estaba activa; la bloqueé, me levanté de la cama, me puse una playera y la volví a encender; una debacle.

La ayuda que el analista precisaba era bastante sencilla, por lo que la reunión fue bastante rápida; después me levanté y continué trabajando en la mesa del comedor: tenía aún varios casos de prueba que correr y el límite era el final del día.

Además estuve escribiendo a varios de mis contactos para coordinar las reuniones de los siguientes fines de semana -y principios de noviembre-; y lo lamentable del caso fue que, cuando le escribí a mi hijo menor, fue bastante veloz -sorprendentemente- para responderme que no estaría disponible durante algún tiempo.

Le respondí con un "Ok. Ten cuidado", pero me quedó un mal sabor de boca el resto del día -o de la semana?-; por una parte me dije que no debí de haberle reclamado que me hiciera esperar cuarenta minutos en la última ocasión.

Pero, por otro lado, las cosas pasan; y, tarde o temprano, tendríamos que entrar en una nueva forma de relación -creo-; o sea, no le dije nada injurioso -me imagino que, como en cualquier desaveniencia, todo puede ser interpretado de diversas formas-, nomás que me indicara horas más reales para llegar, pues me molesta andar corriendo mientras conduzco, para llegar a esperar.

Tampoco pude definir una fecha con mi ex compañero más brillante: el mes anterior habíamos quedado en reunirnos el veintiuno, pero mi hija mayor me había pedido esa fecha -su cumpleaños es dos días después-; y mis hijos siempre son mi prioridad.

No pude definir con un consultor en sistemas de calidad a quien no he visto en más de veinte años -y nos hemos comunicado dos o tres veces en ese tiempo-; pero quedamos en explorar fechas en diciembre.

Tampoco pude definir -al principio- con mi primo favorito; luego acordamos reunirnos el último sábado de noviembre; y quedó pendiente la confirmación de un sábado en noviembre con uno de los hermanos menores de mi papá.

Este es el penúltimo de sus hermanos -originalmente eran doce o trece- y, en mi época universitaria, me ayudó a encontrar un lugar accesible para vivir: era una pequeña habitación donde apenas cabía mi catre, pero la renta era super baja -me parece que al principio como treinta dólares y luego fue subiendo como cinco dólares por año- y pasé allí cuatro de los cinco años que tuve que asistir a la facultad.

Tuvimos la primera reunión del trabajo a las nueve de la mañana -en la que todos teníamos la cámara encendida-; luego tuvimos la del equipo, en la que comentamos, con mi compañero de fórmula, que terminaríamos las pruebas ese día.

A las doce menos cuarto Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; yo dejé calentando -con fuego super bajo- uno de los dos tazones de caldo de pollo; y almorzamos eso, fajitas de pollo con hongos y una ensalada mediana.

Después del almuerzo me preparé un café, el que consumí con dos mitades de pan tostado, dos mitades de galleta, un octavo de pastel de arroz y un pequeño trozo de una porción de pan de banano que había comprado el viernes anterior.

A las dos y cuarenta y cinco le dí de comer a los perros de Rb -ella estaba tomando llamadas y me escribió por whatsapp para pedirme el favor-; también le preparé un té de manzanilla -mientras lavaba los trastos-, el cual le llevé a su habitación.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; caminamos hasta el extremo del boulevard y luego regresamos al supermercado de mitad del camino, allí compramos un poco de bananos, un cartón de huevos y cuatro bandejas de hígados de pollo -para los almuerzos de la siguiente semana-.

Cuando retornamos de la caminata Rb me pidió que revisara su computadora: la supresión de sonido estaba funcionando en Mozilla pero no en Chrome -que es el browser que el sitio en el cual trabaa recomendaba-.

Al principio me fastidió la solicitud: o sea, paso más de ocho horas frente a la computadora -por trabajo-; así que continuar con lo mismo me molestó un poco; pero después me dije que podía hacerlo mejor; aunque eso no ocurrió: estuve casi dos horas probando diversas opciones -ayudado por dos o tres LLMs- y no logré mi cometido.

Un poco después de las nueve le devolví la computadora a Rb, disculpándome por no poder resolver su solicitud; y argumentando -creo que es lo que pasa- que Chrome tiene sus propios algoritmos, los que causan conflicto con la configuración del sitio.

El martes me levanté a las seis y cuarto, medité veintiocho minutos y luego encendí la computadora del trabajo; entré a la aplicación que usamos para reunirnos y me encontré con un mensaje raro: mi supervisor indicaba que no era necesario que entráramos a la primera reunión del día.

De todos modos entré, y me volvió a escribir para indicarme que no era necesario que estuviera en la misma, entonces me salí; pero me pareció super raro; de hecho mi compañero procedió de forma diferente: él sí se quedó en la reunión.

Y al menos eso me sirvió para enterarme de una prueba que tenía que hacer y que no había recibido con mucha claridad por el mensaje de mi supervisor; a las que sí entré -como todos los días- fue a las de las nueve -con los desarrolladores-, y a la del equipo.

En la primera nomás estuve de oyente -como casi siempre- y en la segunda escuché cómo mi supervisor trataba de justificar con el director la naturaleza de varias tareas que estaba asignando al equipo local -a mí, por ejemplo, me asignó documentación, pero no me quedó claro qué necesitaba-.

Por lo que el resto del día lo pasé casi sin hacer nada: nomás estuve revisando una de las funcionalidades que ya había probado la semana anterior; Rb salió de su habitación un poco después de las once y media y se puso a completar una rutina de ejercicios en la sala.

Yo preparé un par de ensaladas (lechugas, manzana verde y zanahoria rallada) antes de que ella terminara su rutina; luego sacamos a caminar a los perros y, como no había madurado lo suficiente ninguno de los aguacates que teníamos, pasé a la tienda comprando uno.

Cuando entramos terminé de preparar la ensalada y le subí el fuego al caldo de pollo -había dejado lo que había quedado del día anterior en la estufa, con fuego muy bajo-; almorzamos -estoy consumiendo las coquitas sin azúcar pues no sé cuándo (o sí) volveré a ver a mi hijo en el corto plazo-.

Después del almuerzo repetí casi la misma dosificación de cafeína y panes/galletas del día anterior; el tema laboral siguió igual de exiguo después del almuerzo; a las tres menos cuarto lavé los trastos del día y le preparé un té a Rb -ella había salido de su habitación a alimentar a sus perros-.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: Rb quería ver si encontraba una prensa francesa -pequeña- en la ferretería industrial; también nos recordamos que queríamos comprar una llave para los tornillos con los que instalo los angulares en el portón.

Me llevé a la caminata una muestra de un tornillo y un par de tuercas; Rb no encontró una prensa francesa aceptable y decidí que en vez de una llave era mejor adquierir un pequeño cangrejo; además compramos un par de almohadas, para sustituir las que utilizamos en las camas.

Luego pasamos al supermercado del principio del boulevard; queríamos ver si encontrábamos lechugas -sigue la crisis-; pero no había, así que Rb nomás compró un pequeño recipiente de yogurt -lo usa cuando le da medicina a sus perros grandes-.

Después de pagar por el yogurt reiniciamos el retorno a casa; durante la caminata de ida Rb había estado mostrando un nivel de energía bastante bajo -lo que no muestra cuando termina de trabajar y se queda jugando en su computadora-, lo que mejoró en el viaje de retorno.

Cuando entramos a casa busqué en el congelador una bolsa con un tercio de taza de leche; recordaba que había visto -al menos- una de estas la seman anterior, pero me fue imposible encontrarla; así que metí todo de nuevo -antes de salir había bajado trescientos gramos de arroz congelado, para preparar el pastel semanal-.

Después del relajo con el congelador -me costó bastante reacomodar los alimentos- me metí a mi habitación a hacer lecciones de Duolingo, aunque antes me puse a ver un video de estrenos de películas y me quedé dormitando diez o quince minutos.

Tuve que retornar el video como veinte minutos -los veo al doble de la velocidad- y después de terminarlo hice varias lecciones de Duolingo; hasta las ocho, a esa hora me pasé a la habitacion de Rb con mi computadora de Ubuntu.

El miércoles estuvo tranquilo en el tema laboral: casi nada; por la mañana, después de meditar me pasé a trabajar a la mesa del comedor, en donde estuve hasta que inició la reunión de las nueve; allí me dí cuenta que tengo que aislarme a esa hora ya que Rb se pone a preparar su desayuno y su sombra se ve cuando pasa al fondo de la cámara.

Por la mañana me reuní con dos programadores para revisar el mismo problema que habíamos visto con uno de ellos el viernes anterior: una funcionalidad que es completamente inestable debido a problemas de comunicación en los equipos.

En la reunión de equipo -a las nueve y media-, a la que no entró el director, el supervisor dividió el trabajo así: mi compañero debía revisar ciertos errores y yo debía trabajar en tres doscumentos -lo primero era encontrarlos-; busqué cada documento en el servidor -usando un script de PowerShell- pero no pude encontrar buena información.

Un poco después la analista en el Imperio del Norte me indicó la ubicación de uno de los documentos y me pidió que lo adecuara al formato actual; lo que hice en el acto -no me tomó ḿas de una hora-; aún me dió tiempo de leer un poco del libro del doctor galés.

A mediodía Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los miércoles, luego de sacar a caminar a los perros calentamos la tercera porción de los almuerzos semanales: caldo de pollo -nomás las verduras-, fajitas de pollo y hongos, y ensalada.

El café post almuerzo lo tomé nomás con dos mitades de galletas -ya no tenía ni pan tostado ni pastel de arroz-; por la tarde todo iba tranquilo -incluso jugué una partida de Scrabble online- pero cambió mientras estaba lavando los trastes -y preparándole un té a Rb-: mi supervisor me envió el segundo de los documentos y me pidió que lo ajustara al formato.

Me envió dos documentos y el formato era bastante antiguo -del dos mil trece o dos mil catorce-; me tocó cambiar la página de cubierta, ajustar la tabla de contenidos, y cambiar casi toda la numeración del documento; al final terminé los cambios casi a las cinco de la tarde.

Apenas acababa de terminar de enviar el documento cuando Rb salió de la habitación para realizar la caminata vespertina -hacia los supermercados en dirección sur-; después de caminar hasta el extremo del boulevard nos pasamos al otro lado para pasar a una farmacia: Rb necesitaba cierto medicamento para el estómago.

Luego pasamos al supermercado de las cercanías pues yo no había podido encontrar una de las bolsas de leche que creía tener aún en el congelador; compré allí medio litro de leche y luego nos dirigimos al supermercado que queda a mitad del camino.

En este lugar nomás compramos un poco de bananos; luego retornamos a casa; cuando entramos me  encerré un rato en la habitación para completar lecciones de Duolingo, luego salí a preparar el pastel semanal de arroz.

En esta ocasión licué el arroz cocido -había bajado del congelador, la noche anterior, trescientos gramos- antes de agregar los líquidos, por lo que no quedó tan entero como la semana previa; además le agregué un poco de levadura nutricional, una cucharada de harina de arrow root y una de harina de papa.

La mezcla tardó mucho tiempo en cocinarse pero quedó con muy buena consistencia; cuando estuvo cocido lo partí en ocho y lo dejé enfriándose en la mesa del comedor; hasta la hora de acostarme, cuando lo pasé a la parte baja de la refrigeradora.

El jueves me levanté a las seis y cuarto, medité, mepuse el mismo sudadero -con capucha- que había estado usando toda la semana (es de Rb, pero me conviene mucho para participar en las reuniones, por la cámara) y pasé la computadora del trabajo a la mesa del comedor.

Entré -como el martes- a la reunión de las siete y media y, otra vez, el originario del este de Asia -que ahora es mi supervisor- me indicó que no era necesario que estuviera en la misma -que, de hecho, querían reducir el número de participantes en las reuniones-.

Tomé una captura de pantalla y se la compartí al Scrum Master, indicándole que esa era la razón por la que me había salido; pero él nomás me comentó que era cierto lo de la reducción de participantes; la verdad me sentí frustrado de su respuesta, y me confirmó lo que estaba temiendo: básicamente no tengo apoyo de ningún tipo.

Hice algunas lecciones de Duolingo y después esperé la reunión de las nueve de la mañana; en esa revisaron el hallazgo que habíamos tratado de reproducir el viernes -y que no pudimos- y que había funcionado bien el día anterior.

Después de esta reunión entré a la del equipo, la que estuvo super corta; el supervisor nomás indicó que teníamos que probar una nueva versión de la aplicación en la que trabajamos; la reunión tardó menos de cinco minutos -el director se había disculpado porque no podía entrar y el Scrum Master había indicado que entraría tarde-.

De hecho la reunión fue tan corta que cuando el Scrum Master entró ya habíamos concluido -o sea, la reinició-; el resto de la mañana estuve revisando algunos hallazgos reportados mucho tiempo antes, pero, la verdad, fue muy poco lo que pude avanzar.

Rb salió de su habitación a las once y media y se puso a completar una rutina de ejercicios -ya llevaba varias semanas de no acudir a clases de zumba en la sucursal local de la municipalidad-; mientras ella completaba la larga rutina yo aproveché para preparar las dos ensaladas para el almuerzo.

Cuando Rb terminó su ejercitación sacamos a caminar a los perros más grandes, después que entramos le subí el fuego al caldo de pollo que había dejado calentando con una llama bajísima; almorzamos lo mismo que los tres días anteriores y luego me preparé un café -olvidé que había dejado un poco de leche en la parte baja de la refrigeradora-.

Continué trabajando hasta las tres y media -avanzando muy poco, pues la mayoría de hallazgos a comprobar eran muy escuetos, o subjetivos-; a las dos menos cuarto iba a prepararle el té a Rb pero tuve que atender una llamada de una desarrolladora que quería aclarar uno de mis reportes.

La reunión fue bastante corta -al parecer el problema se había resuelto solo, lo que no es cierto, y es mala señal- y después me metí a la cocina a lavar los trastos del día, y a prepararle el té a Rb; después me vestí y me preparé para salir: esperaba que la caminata hasta el comercial cerca de la iglesia de Rb no me tomara más de media hora.

Y es que a las cuatro de la tarde había programado un café -y pastel- con el ex compañero con el que trabajé en el empleo adicional el año anterior; a las tres y veintiocho le escribí a mi compañero de fórmula para comentarle que me ausentaría media hora -aduje ciertos trabajos externos en la red local-.

Me despedí de Rb -que estaba en medio de una llamada- e inicié la caminata -también empecé a medir el tiempo-; y resulta que, apurando el paso, puedo llegar al boulevard principal en dieciseis minutos; luego me hice diez o doce adicionales hasta el comercial.

Dos o tres minutos antes de las cuatro llegué a la cafetería en donde había previsto el encuentro; le envié un mensaje a mi amigo y me comentó que llegaría en cinco minutos -llegó luego de siete u ocho-; en el ínterin estuve completando el cubo de seis por seis.

Creo que había pasado casi un año desde que nos habíamos reunido -en el mismo lugar- y le comenté a mi amigo que la última vez fuimos interrumpidos por un anciano con el qu completé una partida de ajedrez; en esta ocasión pudimos hablar un poco más extensamente.

Estuvimos en el lugar por un poco más de hora y media, entre café, pastel y conversación: ha tenido hasta cuatro trabajos en paralelo pero ahora nomás tiene dos; además viajó al gran país vecino del norte hace un par de meses -y acaba de comprarse una motocicleta de lujo (una de las seis únicas que circulan en el país)-; un poco después de las cinco y media nos despedimos.

Rb me había llamado un poco antes para pedirme que pasara al supermercado de lugar a comprar lechugas -cuatro de un tipo y dos del otro (y aguacates)-; entré al lugar y me pasó algo raro: elegí cuatro lechugas  de un tipo, dos del otro y una red de aguacates.

Cuando pasé a la estación de pago  una de las cuatro lechugas no llevaba etiqueta, entonces la pasé como del segundo tipo -de hecho la persona encargada llegó a ayudarme con esto-, pagué pero sentí que no había hecho bien las cosas.

Salí del lugar y me dirigí a los servicios sanitarios del centro comercial -llevaba las lechugas y los aguacates en la mochila-; luego empecé la caminata de vuelta a casa; mietnras retornaba venía armando el cubo de Rubik de seis por seis.

Cuando entré a la calle encontré a Rb conversando con el guardia en la garita; nos despedimos del señor y caminamos a casa; Rb traía el pan que yo le había encargado -para mis desayunos de los fines de semana-; y aquí ocurrió lo raro: cuando saqué las lechugas de la mochila había únicamente tres del primer tipo -y las dos del segundo-.

Además, no encontré por ningún lugar el recibo de pago, que -estoy casi seguro- había retirado de la máquina, junto con el cambio del billete con el que había pagado; además, no estoy seguro si boté un billete -con valor de la mitad del de más alta denominación local-.

Pero traté de no darle mucha importancia -racionalicé así: si boté el billete, espero que le sirva a alguien; además, con el monto de mi cuenta de ahorros, en un mes percibo más del doble de esa cantidad en intereses-; hice las cuentas de las compras y rebajé la diferencia de la hoja de cálculo de Rb; además le trasladé el equivalente de un mes de salario, de sus ahorros -actualizando también la hoja-.

Después de realizar las operaciones bancarias me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo; después de completar tres o cuatro leccines de portugués -y muchas partidas de ajedrez- salí a bajar el pescado para el almuerzo del viernes -y media yema de huevo para el desayuno-; luego me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El viernes fue un día -otro- tranquilo en el plano laboral: entré a la llamada de las nueve y media y no hubo mucha actualización; este día me tocaba incrementar en un minuto el período de meditación, de veintiocho a veintinueve minutos, pero me percaté hasta que estaba a la mitad de la meditación matutina.

Durante la mañana estuve probando algunas de las reparaciones que habían hecho en la última liberación de la app; la mayoría no tenían sentido porque el reporte adolecía de falta de información; el supervisor canceló la reunión diaria del equipo y nomás entramos a la reunión semanal.

En la misma revisamos las asignaciones de cada uno; yo había estado colaborando -al igual que en el resto de la semana- en el formato de algunos documentos; y eso fue lo que actualicé cuando me tocó el turno; luego continué con las pruebas.

Antes de las doce Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los viernes; luego sacamos a caminar a los perros; después almorzamos: había un pescado de libra y media -yo nomás tomé una parte cercana a la cola-.

Por la tarde ya no me esforcé mucho en avanzar en la prueba de las funcionalidades liberadas; el supervisor me había escribo durante la mañana, preguntando sobre el libro de Excel que había mencionado en una de las reuniones al principio de la semana; como le respondí que necesitaba más información me había indicado que nos reuniríamos más tarde, lo cual no sucedió.

Un poco después de las cuatro cerré la computadora del trabajo, y un poco antes de las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llevábamos la mochila con aislante térmico pues planeábamos comprar pechugas de pollo; pero no encontramos en el supermercado cercano al extremo del boulevard.

Tampoco encontramos esta pieza de pollo en el supermercado a la mitad del camino, por lo que nomás compramos un poco de banano y retornamos a casa; cuando entramos ví que tenía un mensaje (de las cinco y media) de mi supervisor (eran casi las seis y media).

Le respondí, poniéndome a su disposición; pero, casi inmediatamente, quien me escribió fue la anlista en el imperio del norte: al parecer debían enviar en ese mismo momento un documento y aún no estaba completamente formateado (yo había trabajado un poco en el mismo uno o dos días antes).

Entonces me puse a trabajar en el mismo (tuve que pedirle que lo liberara pues aún estaba editándolo); los cambios no me tomaron más de media hora; un poco después el supervisor me respondió, comentándome que la analista necesitaba ayuda, y luego  me comentó que ya había visto que nos habíamos comunicado.

Después de terminar esto hice varias lecciones de Duolingo; después me pasé a la habitación de Rb, en donde ví una pequeña parte de la película de Elordi que habí empeado a ver durante la semana: The dog stars (no me pareció la gran cosa).

El sábado me levanté a la misma hora de siempre, medité y después me puse a hacer lecciones de Duolingo; desde el mes anterior había previsto un desayuno con mi doctora, a las ocho de la mañana, por lo que no quería salir muy temprano para no tener dificultades con una estadía muy extensa en el parqueo.

Tomé una buena ducha y salí con mi mochila y mi caja de Scrabble a las ocho menos veinte -o algo así-; me subí a la van pero noté que al introducir la llave en el arranque no avisó que no tenía puesto el cinturón (usualmente emite una serie de beeps).

Intenté arrancarlo pero no hubo ni siquiera un intento de que el motor empezara a funcionar; y me recordé que en las últimas ocasiones el arranque había estado un poco diferente; sopesé qué hacer: dejé la caja de Scrabble en la van y salí al boulevard, y ordené un Uber moto (por primera vez agregué el veinte por ciento de propina pues ningún conductor estaba aceptando el viaje -en total fueron dos dólares-).

Llegué al comercial en donde se estacionan los busitos (la cafetería queda justo del otro lado de la avenida principal, al frente de este comercial) justo a las ocho; le envié un mensaje a mi doctora para comentarle que ya andaba por allí; ella me respondió un poco después comentándome que ya estaba cerca -y llegó como con diez minutos de retraso-.

Como el restaurante estaba a tope -quizá por ser el último día del mes- y yo había ocupado una mesa en el fondo del área infantil, le propuse que fuera a ordenar y luego iría yo; lo hicimos de esa forma (o sea, cada quien con su cuenta).

Estuvimos en el lugar por un par de horas entre desayuno -invité a una porción de pastel luego de que dimos buena cuenta del desayuno (para ella Zanahoria, para mí, Selva Negra)- y conversación (lo clásico: trabajo, familia, pareja, the works); nos despedimos un poco después de las diez y media.

La acompañé a su automóvil -se había quedado estacionada muy cerca de la puerta de entrada al restaurante- y luego pasé al otro lado de la vía principal por el paso subterráneo; abordé un bus intermunicipal -medio dólar- y luego caminé desde el inicio del boulevar interior hasta la casa de Rb.

Cuando vine empecé a preparar el almuerzo: la noche anterior había endurado un par de huevos y los había reservado en la refrigeradora; los saqué, cuarteé y metí a la licuadora, junto con un aguacate y una cucharada de aceite de oliva; el aguacate estaba bastante grande y la mayonesa quedó muy buena.

Luego rallé una libra de zanahoria, lo mezclé con dos huevos e hice una tortilla en la plancha que Rb utiliza para preparar galletas; esto último me llevó más de una hora, en el ínterin bajé la batería del automóvil y comprobé la carga: menos de nueve voltios.

Desarmé la brida del polo negativo pues tenía sarro -aparentemente azufre- en la unión y los tornillos; busqué en Youtube formas de limpiar esto y me dió varias opciones; al final mezclé agua con bicarbonato y un poco de vinagre y sumergí en este líquido tanto el extremo del alambre como la brida.

Después me puse a completar lo que había dejado a medias unas semanas (¿o meses?) antes: había visto varios videos en donde -usualmente mexicanos- convierten cargadores de laptops en cargadores de batería de automóvil; ya tenía todo lo necesario y terminé uno de estos (al final medí la carga que entrega y marcó dieciocho voltios).

La preparación que realicé para el almuerzo la consumíamos en el pasado como un burrito, enrollándolo con mayonesa, pollo molido y lechuga en su interior; pero, desde la última ocasión, lo hemos consumido como sandwiches, y ha estado muy bien (yo lo acompañé con un poco de snacks de papas con queso).

Luego del almuerzo me preparé un chocolate y lo consumí con un poco de pan tostado, un par de mitades de galletas y una porción del pastel de arroz; Rb se había preparado para acudir a su iglesia a impartir la clase de alfabetización, pero recibió un mensaje del coordinador cancelando la misma -al parecer la alumna menos aventajada no iba a llegar-.

Por la tarde avancé en el angular para la segunda hoja del portón frontal: medí y corté un par de muescas en cada unas de las piezas con las que estabilizo las barras perpendiculares de la armazón; dejé todo preparado para su pintura e instalación.

Un poco después de las cuatro de la tarde nos dirigimos caminando al comercial cercano a la iglesia de Rb: necesitábamos comprar pollo para los almuerzos de la siguiente semana -y las alitas dominicales del día siguiente-; además compré otro cuarto de litro de helado de chocolate.

Por la noche avancé un poco en la película que había estado viendo durante la semana, pero no fue mucho -quizá un poco más de quince minutos-; y me retiré a mi habitación bastante temprano (un poco después de las nueve y media); todavía leí un poco de La respuesta está en tí.

El domingo me levanté a las seis y cuarto, medité y luego retorné a la cama: la noche anterior había escuchado a Rb decir que se quería levantar a las ocho; como los perros se ponen inquietos al escuchar ruido fuera de la habitación pensé que sería un buen gesto no salir hasta esa hora.

Estuve haciendo muchas lecciones de Duolingo hasta que escuché que Rb salió de su habitación, entonces salí al patio trasero y me dediqué a pintar el angular para la segunda hoja del portón frontal.

La tarde anterior había acudido a la ferretería de la vuelta -casi a las cinco- y había comprado varios tornillos -con tuerca-, una brocha más resistente que la que compré en la tienda verde de descuentos, yuna botella de thinner.

Y la noche anterior había estado viendo videos sobre cómo utilizar apropiadamente el thinner para limpiar brochas; por lo que, por la mañana, rescaté la última brocha que había usado para pintar unos días antes.

Después de pintar -y dejar secándose- el angular y las dos piezas estabilizadoras, salí a pintar la parte inferior del portón frontal; la vecina estaba trabajando en su jardín y Rb se quedó conversando un rato con la misma; al parecer acordaron que nos acompañaría al hospital el siguiente viernes.

Al terminar de pintar el portón me encerré un rato en mi habitación a avanzar en el libro del psicoanalista argentino; habíamos quedado en acudir a la tienda de ropa de segunda mano pues quería comprar una sudadera -con capucha-; desde que había empezado a utilizar la cámara en las reuniones había estado usando una de Rb.

Estuve leyendo -como media hora- hasta que Rb terminó de desayunar y luego nos dirigimos caminando a la tienda de ropa estadounidense de segunda mano; Rb quería comprar algunas playeras y algún vestido, por lo que me mentalicé para tener paciencia -además, había llevado mi celular-.

No tardé en escoger una sudadera negra -con capucha- y aproveché para comprar un short para estar en casa; luego esperé durante mucho tiempo a que Rb realizara sus compras; en la espera jugué varias partidas de ajedrez y una de Scrabble online -gané-.

Finalmente Rb terminó de elegir las prendas de vestir y pasamos a caja; luego retornamos caminando a casa; ya era después del mediodía cuando entramos y me metí a la cocina a prepara mi desayuno: la noche anterior una vecina había venido a regalarnos un par de vasos de ponche navideño, por lo que decidí sustituir el café por esta bebida.

Me tardé un poco más de media hora entre preparación y consumo -no comí pan tostado- y después esperé a que Rb preparara las alitas de pollo antes de sacar a caminar a los perros grandes; cuando entramos preparé una gran ensalada.

El almuerzo estuvo bastante bueno: alitas de pollo y ensalada; acompañado -en mi caso- por coca cola sin azúcar; y, como debía, salir un poco después, ya no preparé ni café ni té ni chocolate; nomás terminé de almorzar y salí a instalar el angular.

El sol estaba bastante fuerte -yo estaba sin playera- y la tarea no estuvo tan sencilla como con la otra hoja: los tornillos de ambas hojas se estorbaban para cerrar el portón; además la bisagra del segundo estaba topando con un doblez que hice al realizar la muesca en ese extremo.

Al final lo dejé instalado pero no completamente: debo cortar -está complicado- ese doblez que está topando con la bisagra, colocar uno de los tornillos en ese extremo, y colocar las dos piezas estabilizadoras; pero ya no me iba a dar tiempo (había previsto salir a las tres y veinte y ya eran las tres y diez).

Por lo que guardé todas las herramientas que había estado usando -en mi habitación- y saqué el helado que había comprado el día anterior, consumiendo varias cucharadas del mismo; luego empecé la caminata hacia el comercial al que habíamos acudido el día anterior con Rb.

Estaba casi a medio camino cuando recibí una llamada de mi amigo Testigo de Jehová; no le entendía muy bien -el tránsito estaba un poco pesado- pero puse el altavoz y escuché que me preguntaba por el lugar de reunión; y acordamos reunirnos en la pizzeria a la que estaba casi por llegar.

Eran las cuatro menos veinte y habíamos acrodado reunirnos a las cuatro; por lo que crucé el boulevard y entré a la sección de juguetes de la ferretería industrial en la que usualmente nos proveemos con Rb: quería ver si encontraba un tablero de Go.

Pero no hubo suerte -quiero aprender a jugar Go y he estado practicando un poco en la computadora-; por lo que me dirigí a la pizzería; llegué cinco minutos antes de las cuatro y le envié un mensaje a mi amigo, avisándole que ya estaba en el lugar.

Y esperé bastante tiempo; de hecho ya había decidido que me retiraría del lugar luego de esperar veinte minutos -pensaba nomás enviarle un mensaje comunicándole mi retiro- pero llegó justo un par de minutos antes de que llegara a ese extremo.

Mi amigo ha andado con molestias de ácido úrico -la verdad se veía algo demacrado y con dificultades para caminar-; entramos a la pizzería, nos instalamos en una mesa y ordenamos un par de cafés y un par de porciones de pastel -tres leches y chocolate-, las cuales dividimos para combinarlas.

Estuvimos en el lugar por un poco más de dos horas; al principio me costó guardar la compostura -debo mejorar en este aspecto-; pero luego la conversación fue normalizándose; nos pusimos al día de los últimos meses; incluso me ofrecí a ayudarle a sus nietos a mejorar su ajedrez.

Un poco después de las seis y media le propuse que nos retiráramos del lugar, pagué la cuenta (ocho dólares) y nos despedimos fuera de la pizzería; le envié un mensaje a Rb e inicié la caminata de vuelta a casa -sorprendentemente no había llevado mochila o algo parecido-.

Cuando vine encontré a Rb terminando de partir la papaya que había lavado por la tarde -ya me había mentalizado para venir a pelarla y partirla-: estaba enorme y llenó los dos recipientes herméticos más grandes del inventario.

Me lavé las manos y empecé a preparar el pico de gallo -cubos de tomate con cilantro picado- con el que planeábamos acompañar los wraps de papel de arroz que habíamos previsto para dos almuerzos -los otros tres serán albóndigas de pollo con ensalada y caldo de pollo).

Preparé esta mezcla y después rallé tres zanahorias -para los wraps-; después me metí a mi habitación a completar las lecciones nocturnas de Duolingo; terminé casi a las ocho y media y me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

Aunque no me quedé en el lugar pues el volúmen de la computadora de Rb me estaba produciendo incomodidad: me pasé a la mesa del comedor y allí estuve escribiendo; hasta que Rb le dió la cena a sus perros, los sacó al patio frontal y, luego de lavarse las manos, dividimos las porciones para los almuerzos de la semana.

Y a ver cómo sigue eso...

domingo, 25 de octubre de 2026

El algoritmo de la amistad... The friendship algorithm... L'algorithme de l'amitié... O algoritmo da amizade...

Creo que es el título -literal- de un episodio de The Big Bang Theory: Sheldon necesita establecer una 'amistad' con una persona realmente terrible; pero hay un truco, 'necesita' la amistad porque le conviene -no recuerdo qué beneficio esperaba, pero era algo de fondos o de tiempo en laboratorio, o algo similar-.

O sea, su intención no era tener un amigo -igual en otros episodios había establecido que no se sentía cómodo cambiando los que tenía-; -e igual es un personaje escrito por una serie de libretistas y presentado por una serie de actores-; pero bueno.

Me encantó la forma en la que presenta su 'plan' para hacerse amigo del otro tipo: es un diagrama de flujo en el que va presentando diferentes opciones para reunirse y conocerse mejor: una comida, una bebida caliente, o una actividad recreativa.

Por supuesto que este episodio es producto de su tiempo: en los últimos meses -o años- he visto varios artículos -e incluso algún libro- en el que se explica la dificultad de los adultos -especialmente del género masculino- en el tema de la amistad.

Personalmente me embarqué -hace cuatro años, me parece- en mi ruta personal de la amistad en la adultez: luego de la pandemia, y luego de haber leído varios artículos del estudio de Harvard sobre el bienestar (y del confinamiento de la pandemia), empecé a contactar a algunas personas que había conocido en el pasado; la mayor parte fueron personas del voluntariado en el que colaboré más de diez años.

Pero también un amigo de la facultad -de los últimos-, mi ahijado profesional número uno -a quien casi no había contactado en la última década-, mi ahijada profesional número dos -nos habíamos conocido siendo voluntarios-, y algunos ex compañeros de trabajo.

Pero, después de un par de años, también empecé a bloquear a algunos del -reducido- grupo: creo que el primero fue esta persona que se desempeña como promotor cultural -enfocado en la lectura-; o sea, no trabaja, pero tiene en mente proyectos muy grandes para mejorar el nivel de lectura local.

Lo malo es que, como no trabaja, luego de habernos reunido varias veces durante casi un año -las últimas visitas fueron en su casa- me pidió prestado una suma de dinero bastante alta (unos ochocientos dólares), y, la verdad, no me apetecía desprenderme de esa cantidad de dinero.

Luego estuvo un voluntario con el que había sido bastante unido -quien incluso llegó a visitarme (y lo invité a almorzar) cuando estaba trabajando en el banco más populoso del país (fueron tiempos terribles para mí)-: me canceló en un par de ocasiones las reuniones programadas con bastante antelación.

El tercero, creo, fue otro voluntario, quien estuvo cambiando varias veces la fecha en la que vendría a la casa de Rb a desayunar -esta modalidad la inicié hace un par de años, me parece; antes nomás invitaba a café o desayuno en algún restaurante-; cuando me canceló un día a principios de este año (o del anterior, no recuerdo), decidí ya no insistir.

Y hoy: con mi primer ahijado profesional habíamos acordado reunirnos -después de muchos tiempo- hace dos o tres meses; y esa semana me escribió para comentarme que se encontraba enfermo (algo del estómago) y no podría acudir.

Luego, intenté programar una reunión el día de la independencia nacional -es asueto nacional-; pero me comentó que pasaría el día con sus hijos -qué bien!-; y a principios de mes le pregunté si estaría disponible para el día de la revolución -otro asueto nacional- y acordamos reunirnos a las cinco en la cafetería de costumbre.

Pero el día en cuestión me escribió por la mañana para comentarme que se encontraba en un departamento y pidiéndome correr la hora para las cinco y media; le contesté que Ok; luego del mediodía -cuando estaba lavando los trastos- escuché que entraban varios mensajes en whatsapp -nomás en la computadora suenan-.

Terminé de lavar los trastes y luego leí los mensajes: esta persona me envió una foto de una gasolinera, disculpándose por estar aún en camino y comentándome que no podría asistir -y diciendo que creía que las seis y media era muy tarde para mí-.

Entonces nomás le contesté que otro día sería; y lo bloqueé en whatsapp -luego me dí cuenta que antes de los mensajes me había llamado al teléfono, pero creo que lo tengo en vibración, por lo que tenía dos llamadas perdidas, después fueron los mensajes-, pasando el diálogo al área de Archived.

Y no es que sea tan tan intransigente -lo soy, basante; también implacable-; por ejemplo: el Testigo de Jehová ya me ha dejado plantado en un par de ocasiones; en la primera yo ya estaba en el lugar y, cuando le recordé la reunión, me escribió que estaba en el funeral de un amigo y se había olvidado avisarme.

Luego, en otra ocasión, se atrasó más de una hora -me dió tiempo para comprar artículos de pintura-; y en la última reunión tampoco se apareció; y esa vez nomás dijo que se le había olvidado avisarme que estaba padeciendo con el ácido úrico y no podía movilizarse.

Se supone que con este último nos veremos el primer domingo de Noviembre; lo programamos unas tres semanas atrás -aunque lo habíamos previsto para el último domingo de Octubre, unos días más tarde le escribí para cambiar la fecha: mi hija mediana me había propuesto esa fecha (y siempre, siempre, son mi prioridad)-.

Y a ver cómo va eso...

El lunes me levanté a las seis y cuarto, medité y salí a trabajar a la mesa del comedor: la semana anterior había trabajado más que en los últimos meses y quería mantener el ritmo -debido al nuevo cambio laboral-; ni siquiera hice muchas lecciones de Duolingo, nomás un par, creo, para mantener la regularidad.

Me puse a revisar los documentos que había completado la semana anterior, pero me centré más en iniciar las pruebas de regresión de la última liberación de la aplicación en la que trabajamos -y allí me dí cuenta que mi compañero de fórmula estaría ausente hasta el mediodía-.

A las nueve entré a la primera reunión general del día; en la que esperaba que anunciaran que al día siguiente no trabajaría el equipo local, por el asueto nacional que celebra una antigua revolución; pero no sucedió.

Después de esta reunión entré a la del equipo -ahora son consecutivas-; en esta estuvo el director y nuestro Scrum Master; y desde que ingresé anuncié que el día siguiente el equipo local estaría fuera, por el asueto; el director pidió un poco más de información pero se mostró conforme.

En esta reunión se me indicó que debía continuar con los tests, y apoyar a mi compañero a completar algunas pruebas específicas; también indicó mi supervisor que había visto mi correo del viernes -con las veinticinco carátulas- pero que aún no había podido revisarlo.

Después de la reunión me preparé el desayuno; luego continué con el trabajo; hasta el miedodía que ingresó mi compañero -después ví en la red social azul que la ausencia había sido porque su hija había completado la educación preprimaria-; cuando lo ví en línea le comenté lo ocurrido en la reunión, y traté de que nos coordináramos.

Pero él fue bastante categórico con que tenía que cumplir ciertas solicitudes específicas del supervisor; por lo que no insistí, nomás continué trabajando en completar la batería de pruebas de regresión; a las doce realizamos la rutina de ejercicios con Rb; luego sacamos a caminar a los perros.

Almoramos tres platos: una pierna de pollo asada, un poco de caldo -con el penúltimo trozo de ramen coreano- y una ensalada mediana; después me preparé un café; trabajé un poco más y luego me metí a la cocina a lavar los trastes del día.

Cuando retorné a la computadora ví que tenía una llamada perdida de mi supervisor; ví que estaban reunidos -incluido el director- y me uní a la sesión; aún no eran las tres (creo que acababa de prepararle el té de manzanilla a Rb) y la reunión se extendió hasta la noche.

Y, como la mayor parte del trabajo, era instrascendente: una funcionalidad de la aplicación no estaba trabajando como se esperaba -se suponía que mi compañero la había estado probando durante el último mes-; a las cinco de la tarde me salí y apagué la computadora.

Nos dirigimos, con Rb, caminando hacia los supermercados en dirección sur; al principio creímos que no necesitábamos comprar nada, luego recordamos que el año anterior habíamos comprado pitas de plástico en el supermercado más lejano.

Llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para entrar al supermercado, allí compramos un par de lazos -que planeábamos utilizar para secar ropa-; después caminamos de vuelta a casa -ni siquiera pasamos al supermercado de mitad del camino-

Y es que veníamos más tarde que de costumbre: justo antes de llegar al extremo del boulevard nos encontramos con un par de misioneros mormones -estadounidenses ambos- con quienes Rb estuvo conversando por un rato -ellos nos invitaron a su iglesia-; por la noche estuve viendo algunos videos de Youtbe en la habitación de Rb.

El martes, aunque era asueto, me volví a levantar a las seis y cuarto; medité y luego retorné a la cama, en donde estuve haciendo una buena cantidad de lecciones de Duolingo -muchas partidas de ajedrez-; después salí a trabajar al patio trasero.

Como había previsto que iba a comer tarde -había planeado un café con pastel con mi ahijado profesional número uno- quería trabajar la mayor parte de la mañana, antes de tomar mi desayuno; y el plan era desdoblar e instalar un canal de zinc en la parte superior de las láminas de la galera.

Eso no se veía tan complicado; lo segundo era instalar el otro canal de zinc al final de las láminas; empecé con la primera parte y decidí cambiar el canal que había dejado arriba la semana anterior -y que estaba en muy buenas condiciones- por otro que ya estab bastante dañado.

Utilicé unas tijeras de jardín para cortarlo longitudinalmente por la mitad y luego, con un alicate, estiré todo el extremo para que quedara pegado a la pared -con eso esperaba que la cantidad de lluvia disminuyera considerablemente-; cuando terminé con el alicate subí el canal y lo clavé en la pared que divide la casa de Rb con la del vecino.

Después me puse a trabajar en instalar el canal en la caída de agua de las láminas; esto me llevó el resto de la mañana: atornillé dos hembras -con un arco al final- en dos tubos que había encontrado en la galera anterior.

Luego atornillé cada uno de estos tubos en uno de los de dos pulgadas del tercer arco de la galera; pero allí encontré una dificultad: como utilicé tornillos buscatuercas -sin tuerca al final- y nomás utilicé uno en cada tubo los arcos no se mantenían en su lugar.

Por lo que me dirigí a la ferretería -afortundamente estaba abierta, a pesar de ser asueto nacional- y compré -por un dolar- un rollo de alambre de amarre; retorné con la compra e hice un amarre en cada tubo; pero, además, barrené un pequeño agujero y coloqué una armella -como tope- en cada uno.

Terminé esto casi a las once y media y entré a prepararme el desayuno -ya sentía hambre-; Rb estaba ya haciendo su rutina de ejercicios de los martes -cuando no va a zumba-; yo acababa de leer los primeros mensajes de mi ahijado profesional y mi humor estaba bastante negativo.

Después de que Rb terminó la rutina de ejercicios sacamos a caminar a los perros; luego preparé una enorme ensalada -Rb insistió en una cantidad bastante grande de lechugas-; y almorzamos el mismo pollo asado y caldo del día anterior.

Cuando terminé el almuerzo me preparé una taza de café; la que consumí nomás con la última porción del pastel de arroz -y un par de mitades de galleta-; pues aún seguía creyendo que comería más tarde.

Al terminar de almorzar me retiré un rato a la habitación, en donde terminé de leer Tinta y Sangre; después salí a lavar los trastes, y luego leí los mensajes de mi ahijado profesional, en donde me comentaba que no podría llegar a la reunión que habíamos previsto.

Entonces volví a meterme a la habitación y estuve viendo algunos videos de Youtube, y aproveché a ver los dos videos de la clase de storytelling de la semana anterior; y es que la última clase fue la primera a la que acudí sin haber visto el video que envían un día antes.

Rb se había pasado toda la tarde respondiendo llamadas; y a las cuatro y media se mostró sorprendida de verme aún en casa; le comenté que no saldría y acordamos salir a las cinco a la caminata de costumbre: hacia los supermercados en dirección norte.

A las cinco nos vestimos y sacamos los paraguas -estaba empezando a lloviznar-; pero la lluvia estuvo rara; nomás salimos al boulevard principal amainó; luego, volvió a lloviznar por dos o tres calles; pero después todo estaba seco.

Caminamos hasta la ferretería industrial pues queríamos ver si encontrábamos una prensa de tipo sargento -el día anterior, cuando nos dirigimos a los supermercados en dirección sur, habíamos visto opciones en la ferretería (yo había comprado algunos tornillos)-.

Vimos varios modelos bastante pequeños y nos decidimos por uno con una apertura de cuatro pulgadas -espero que sea suficiente para los trabajos que aún están pendientes-; después de pagar retornamos a casa, sin ninguna novedad.

Por la noche encendí la computadora del trabajo y me puse a revisar algo que había tenido en mente durante el último par de días: revisar todos los documentos para escribir código con el que actualizar el encabezado de los mismos.

Estuve viendo un poco de código en Python -utilizando Claude- y obtuve un informe bastante interesante; pero no quise seguir trabajando en eso pues encontré varios documentos nuevos -y completamente desactualizados- en la carpeta.

Y mejor me puse a completar lecciones de Duolingo por cerca de una hora; después me pasé a la habitación de Rb a actualizar mis notas -incluyendo esta- y a revisar el currículum que le preparé a mi amigo que vive en el otro extremo de la ciudad -me pidió que le agregara una fotografía-. 

El miércoles me levanté a las seis y cuarto; y lo primero que hice, después de meditar, fue meterme al baño y tomar una muy buena ducha: tenía una reunión a las once de la mañana con una persona que ha estado evaluando las actividades de todo el personal.

O sea, el tema de la reunión era: conocernos un poco mejor, pero, la realidad es que se trata de alguien que tiene como misión -entendí- trabajar en la integración del equipo que fue absorbido por la compañía, para mejorar el desempeño.

La llamada había sido organizada la semana anterior -antes se había reunido con cada desarrollador, y con mi supervisor-; yo me había preparado un poco: con un LLM exploré opciones para presentarme de una forma adecuada.

Y lo que hice fue pedirle un par de minutos para presentarme; lo que incluyó hablar sobre mi experiencia en mi función actual; aunque también le mostré los dos últimos certificados obtenidos: el de product owner un par de años atrás y el de Data Engineer Associate del mes anterior.

La llamada estuvo interesante y nomás me causó un poco de inquietud la insistencia -como mi supervisor- en aumentar el trabajo en automatización -le mostré, como había hecho con mi compañero- el estado actual del poco código que completamos con el analista más brillante -que ya no está en el equipo-.

En general me sentía un poco más tranquilo en el tema laboral pues tenía trabajo definido para el resto de la semana: correr una gran batería de pruebas -antes lo hacíamos entre cuatro pero ahora solo somos dos-.

Pero al menos eso me tuvo ocupado la mayor parte del día; entré a la reunión de las nueve -en la que se me preguntó algo pero no pude activar el micrófono de la computadora- y luego continué corriendo los casos de prueba hasta el mediodía. 

Tuve que darle de comer a los perros de Rb pues se encontraba en medio de una llamada bastante extenso; y lo mismo -la llama extensa- ocurrió un poco antes del mediodía, por lo que no pudimos completar la rutina de ejercicios a esa hora; nomás sacamos a caminar a los perros a las doce y media. 

Después almorzamos -era el tercer día de pierna de pollo asada, caldo y ensalada-; luego me preparé un café; a las dos cuarenta y cinco le preparé un té a Rb y me metí a la cocina a lavar los trastos del día; luego trabajé otro rato; hasta las cuatro de la tarde.

A esa hora completamos la rutina de ejercicios de la mitad de la semana; después nos vestimos y nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; en el mas alejado no compramos nada; en el de la mitad del camino compramos bananos -y yo compré la pechuga para el almuerzo mensual con mi hija mayor-.

Ella me escribió más tarde para que le transfiriera doscientos dólares: sigo ayudándola para que no realice tantas transferencias; además, ese día me había percatado de algo raro: 'aparecieron' más de cuatro mil dólares en mi cuenta de ahorros en esa moneda; la nota nomás decía transferencia internacional.

Sospecho que la transferencia la hizo mi hija mediana, pero me dejó pensativo: el saldo de lo que le había prestado un par de años antes no eran más de noventa dólares; pero no quise preguntarle por mensajes ya que el domingo debíamos reunirnos para desayunar.

Cuando retornamos de la caminata me puse a preparar el pastel semanal de arroz cocido -ya había empezado a utilizar el mismo en el caldo de los almuerzos-, pero no me resultó: intenté licuar el arroz con mucho líquido -huevo, vainilla y aceite-, por lo que la mayor parte del mismo quedó entero.

Lo cociné y quedó bastante frágil, sin embargo lo pasé a un plato y lo dividí en ocho partes, antes de meterlo a la refrigeradora;  después llamé a mi ex supervisor en el Imperio del Norte -la llamada mensual-, después terminé de ver la película de Spiderman, no fue un gran final, pero bueno; también empecé a leer un libro en español de un psicoterapeuta argentino.

El jueves me levanté a las seis y media, completé el período de meditación y luego encendí la computadora -había dejado ambas en mi habitación-, entré a la reunión de las siete, luego a la de las nueve, y en la del equipo hubo un connato de conflicto.

Y es que el supervisor se emperró en que no podíamos tomar más de un día adicional para completar todos los casos de prueba, a pesar de que ahora somos nomás dos analistas con el mismo trabajo.

Al inicio lo cuestioné -el Scrum Master estaba en la reunión- pero luego nomás asentí a todas sus intervenciones; después continué con el trabajo que tenía a medias;  a las doce y media sacamos a caminar a los perros, luego almorzamos.

Salimos a caminar bastante tarde: ya pasaban de las cinco cuando nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte: habíamos acordado comprar una balanza digital -la que habíamos estado utilizando ya tenía más de veinte años de uso (la había traído del Imperio del Norte)-.

Caminamos hasta el inicio del boulevard, cruzamos el principal y entramos a la ferretería; habíamos visto en el sitio web de la misma una balanza que valía ocho dólares, la compramos -Rb también compró un pocillo de peltre- y luego pasamos a la tienda verde de descuentos a comprar baterías AAA.

Después pasamos al supermercado pues queríamos ver si había lechugas -sigue la crisis de esta hortaliza-; y  no, no había; pero Rb compró culantro -para los almuerzos de la siguiente semana- y yo compré un litro de jugo de naranja, para el desayuno del domingo con mi hija mediana.

Luego empezamos a caminar hacia casa; en el camino pasamos a la panadería y compré un poco de pan para mis desayunos; después de entrar me puse a completar algunas lecciones de Duolingo, no muchas pues debía entrar a la clase de storytelling.

La cual estubo bastante escueta: nomás una hora, cuando usualmente se extiende por más tiempo; y es que el equipo en nuestro gran vecino del sur tenía una reunión a las ocho de la noche y debía retirarse antes de esa hora.

Después de la clase estuve leyendo un poco del libro en inglés que empecé hace unos días -es un médico galés de una ICU, hablando sobre segundas oportunidades-, pero tampoco me extendí mucho pues quería acostarme temprano, lo que logré conseguir.

El viernes me levanté a las cuatro de la madrugada: Rb tenía que acudir al hospital nacional a que le asignaran una fecha para realizarse una tomografía -o urotomografía, no estoy seguro-; me vestí y salí de la habitación.

Rb ya se encontraba preparada -había corrido la hora de levantarse de las tres (para darle pollo a su perra más anciana) a las tres y cuarenta y cinco, para facilitar su madrugada-, tomé las llaves de la van y salimos a abordarla.

El tránsito a esa hora era mínimo y no tardamos mucho en llegar al hospital; la dejé frente al portón del mismo -ya había una cola inmensa- y conduje de regreso a casa; pero no me volví a dormir: había previsto un par de actividades para pasar mejor el día (por supuesto que preparé una pequeña lista).

Primero medité,  luego me vestí y completé la rutina de ejercicios de los viernes -aunque Rb había estimado que vendría temprano no quería arriesgarme a que sucediera lo mismo del viernes anterior: no hicimos ejercicios ese día- luego me pesé.

La noche anterior me había pesado en la balanza digital y había marcado ciento diecinueve punto dos libras; tenía la duda de ver la variación de peso de un día al siguiente, y en este caso marcó ciento diecisiete punto cuatro (espero mantenerme en este peso -o quizá un par de libras menos- durante el resto de la vida).

Después de pesarme me metí al baño y tomé una muy buena ducha, luego hice varis lecciones de Duolingo (portugués y ajedrez) y después avancé cn el segundo capítulo del libro del médico galés; me ha llamado la atención porque habla un poco de otro para de libros que leí en los últimos años.

Luego de leer un rato -siendo ya casi las siete de la mañana- empecé a trabajar; aunque ya había encendido la computadora antes, dejando correr los scripts de los cincuenta y siete casos de prueba automatizados -una noche de la semana había reparado cuatro que no estaban corriendo luego de la última actualización de la app-.

A las nueve entré a la primera reunión del día; la que estuvo algo rara: una programadora -del imperio del norte, claro- empezó a protestar por la política obligatoria de encender la cámara de la computadora durante las reuniones.

Yo estaba completamente desnudo, así que me ausenté un momento, me puse una playera y encendí la cámara; también habló el director, para indicar que había un nuevo informe que debíamos de completar cada semana (o él -o mi sopervisor, no entendí, realmente- debía completar cada semana).

Después de esta reunión tocaba la de equipo, pero mi supervisor envió un mensaje comentando que estaba ocupado y que nos reuniríamos en la semanal, a las diez; aquí se repitió la segunda parte de la otra: la necesidad de enviar más información semanal sobre lo que estábamos haciendo -o logrando-.

Y justo estaba empezando esta cuando Rb tocó la puerta; yo había pasado la computadora del trabajo a mi habitación pues planeaba tener la cámar encendida y no quería tener que estar cuidando interrupciones.

Así que salí a abrir la puerta y, luego, entré a la reunión; la que ya llevaba tres minutos -estaban cuestionando al analista en el imperio del norte-; la reunión también se extendió más de lo previsto; después de la misma me empecé a preparar el desayuno, pero ya eran las once cuando me senté a tomarlo; Rb ha se había metido a su habitación a traducir llamadas.

Rb salió de su habitación un rato al mediodía, pero dijo que no tenía ánimos de hacer nada -por haberse levantado a las cuatro- y siguió nomás en algún juego online hasta las doce y media, a esa hora sacamos a caminar a los perros grandes.

Después entré a preparar un par de ensaladas y a calentar la última porción de caldo de pollo de la semana; almorzamos y después me preparé un té -tiré la moneda para decidir entre té y chocolate-, lo que consumí con un poco de pan tostado, un octavo del producto de zanahoria y un par de mitades de galletas.

A las dos entré a una reunión con el scrum master y mi compañero analista, la había programado el primero para que le explicáramos un informe que había solicitado el supervisor en la reunión de un par de días atrás.

Y creo que debo tener cuidado en este tipo de reuniones: mi actitud ha sido muy negativa hacia mi supervisor -o sea sí, es un estúpido, no sabe nada de lo que hacemos (ni siquiera lo básico de MS office, por ejemplo)-, pero creo que debo comportarme en la misma forma que llené una encuesta -la primera- que acaban de pasar en el trabajo para medir el clima laboral: marqué todo como estupendo y escribí comentarios super positivos.

Después de terminar esta reunión -tardó un poco más de quince minutos- llamé a mi amigo autista -con ascendencia asiática-: había declinado ayudarlo el martes -supuestamente se mudaría ese día- por el compromiso (que ya no se dió) con mi ahijado profesional; y al día siguiente me había comentado que se había mudado justo ese día.

Conversamos un poco -lo llamé por el celular de Rb- pero me costó mucho escucharlo; al parecer estaba en un lugar demasiado aislado; y me comentó que ahora vivía un poco más cerca de su trabajo -aunque sigo sin comprender por qué le pidieron el departamento en el cual estuvo viviendo durante un par de años-. 

Un poco después de las tres preparé la el informe semanal que el director pidió a partir del viernes anterior, luego ya no hice mucho más; leí un poco del libro del psicoterapeuta argentino y luego pasé la máquina del trabajo a mi habitación.

A las cinco de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; no teníamos mucho que comprar -excepto bananos- así que después de llegar al extremo del boulevard regresamos al supermercado de mitad del camino, allí adquirimos un par de bananos y yo compré cuatro bolsas de snacks para los desayunos con mi hija mediana.

Cuando íbamos saliendo del supermercado provoqué (?) un pequeño connato de discusión: me molesta (o me causa incomodidad) que siempre siempre Rb me pase los recibos del supermercado (o sea, yo los uso, para pagarle la mitad de las cuentas, pero me molesta la insistencia); o sea le comenté algo como: ¿no podrías nomás meterlos en tu bolsa?.

Primero se sorprendió, luego dijo, ah sí, pásamelo; pero nomás me lo guardé; e hicimos el resto del camino en silencio; hasta que entramos a la calle: allí me preguntó si cargaba dinero suelto, pues debía comprar un apio; y sí compramos el apio.

Cuando retornamos a casa Rb se puso a desinfectar sus frutas y yo me metí a mi habitación a actualizar mis notas -incluyendo esta, aunque ya había iniciado antes de salir a caminar-; aunque tuve períodos de sopor.

Un poco después -a las siete- salí de la habitación y puse a desinfectar varios ingredientes para la ensalada del almuerzo con mi hija mayor; luego piqué uno de los chiles pimientos que tenía en la refrigeradora y, con queso y jamón, preparé los dos rollitos para el almuerzo del día siguiente.

El sábado me levanté a la misma hora; medité, completé varias lecciones de Duolingo y luego salí a desinfectar un par de lechugas y a preparar las dos ensaladas que planeaba llevar para el almuerzo con mi hija mayor; después me puse a cocinar los rollitos de pollo.

Los rollitos de la semana anterior habían quedado bien -los cociné por casi cuarenta y cinco minutos por lado- pero, después de ver algunas fotografías de almuerzos anteriores, me dí cuenta que habían quedado muy pálidos; por lo que en esta ocasión tuve buen cuidado de dorarlos un poco por ambos lados.

Después de que el almuerzo estuvo preparado -incluso un par de bolsitas de aderezo- guardé las ensaladas en la refrigeradora y puse los rollitos a enfriar encima de la misma; después salí a completar lo último del trabajo de la galera: pintar con anticorrosivo los tubos con los que instalé el canal.

Eso no me llevó mucho tiempo -eran nomás dos y de nomás de un metro de largo-; después salí a tomar medidas a la hoja izquierda del portón frontal: era lo último faltante en la lista que había elaborado; luego de medir la parte inferior del portón entré a cortar el angular que había almacenado en el patio trasero.

No quise cortar las muescas de la escuadra para evitar accidentes; pero sí barrené los ocho agujeros que me servirán para atornillarlo al portón; como había visto que el tránsito había estado bastante pesado durante la semana -vimos embotellamientos casi todos los días que salimos a caminar con Rb- debido a trabajos municipales en el periférico había decidido salir un poco más temprano de casa.

A las once y media me metí a la ducha y tomé un muy buen baño -Rb estaba realizando una rutina de ejercicios en la sala-; antes de eso había preparado las dos mochilas -la negra y la que tiene aislante térmico-; así que después de vestirme tomé las dos, junto con la caja de Scrabble, me despedí de Rb y tomé la van.

Salí al boulevard y no se veía muy mala la situación; pero cambió bastante y muy rápido: después de avanzar unas pocas calles llegué al embotellamiento, y este continuaba en el boulevard principal, el puente y el ingreso a la ciudad; por fin llegué al periférico y me extrañó ver que -al menos en el carril en el que iba- no había ninguna barrera -en el carril opuesto sí-.

Lo bueno fue que la ruta junto a la cual está el edificio donde viven mis hijos no estaba muy llena; de todos modos llegué al lugar un poco antes de la una menos cuarto (me tardé casi una hora conduciendo); estacioné y subí -por las gradas, de dos en dos- hasta el departamento de mis hijos.

Me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mayor, quien llegó un poco después; y nos dirigimos al parque temático más grande de la ciudad; la tarde estaba fresca pero no había lluvia; por lo que no tuvimos dificultad en llegar e ingresar al lugar.

Lo malo fue que el área en la que frecuentemente almorzamos estaba reservada; por lo que tuvimos que dirigirnos al otra área techada -en donde ponen música a alto volúmen-; en esta ocasión la música estaba tranquila y pudimos almorzar en paz.

Después propuse comprar un helado -cubierto de chocolate y galletas Oreo- para celebrar que había completado el primer año de Medicina en la Universidad sin dejar ninguna clase; compramos los helados y nos instalamos en unas mesas cercanas al kiosco; el clima estaba muy agradable.

Dimos buena cuenta de los helados y luego jugamos una buena partida de Scrabble; después armamos un par de cubos de Rubik y, luego, nos dirigimos a la Rueda de Chicago; donde no encontramos mucha cola; subimos al juego mecánico y luego le pedí a mi hija que nos retiráramos, pues quería pasar a ver si encontraba lechuga en los supermercados del camino.

Salimos del lugar y pasamos al primer supermercado -donde había comprado una lechuga romana la última vez- pero no encontramos ninguna; ni en el siguiente supermercado -en el primero sí compré una red de seis aguacates-.

Retornamos al departamento y le ofrecí a mi hija acompañarme al supermercado del otro lado del boulevard; aceptó y nos dirigimos hacia allí en automóvil; allí tampoco encontré ninguna lechuga -realmente hay una crisis de esta legumbre-.

Mi hija anduvo buscando carne pero no encontré buenas opciones; pero sí compró una bolsa de tilapia -la pagué con la tarjeta de débito de Rb, junto con un aguacate que había escogido para el desayuno del día siguiente, y no quise recibirle luego el efectivo-.

Salimos del supermercado y la pasé a dejar a la pasarela que hay que cruzar para llegar al departamento; e inicié el camino de vuelta; vine a casa de Rb antes de las seis -ella no había ido a impartir su clase de alfabetización porque la habían cancelado-.

De acuerdo a lo que habíamos conversado durante la mañana nos dirigimos al supermercado que se encuentra cerca de la iglesia -al inicio Rb se había mostrado reacia (había pasado trabajando la tarde), pero luego aceptó-; en el camino pasamos a la tienda de tecnología de costumbre: Rb había decidido comprar un adaptador de cables USB porque el último le había empezado a fallar.

En el supermercado encontramos lechugas de dos tipos: escarola verde y de cabeza; compramos un par de cada una y, luego de pagarlas, caminamos de vuelta a casa; cuando retornamos a casa me metí a mi habitación a completar lecciones de Duolingo, luego estuve viendo algunos videos de Youtube.

El domingo me levanté a las seis y cuarto, medité y luego completé varias lecciones de Duolingo; un poco antes de las siete y media salí de la habitación y me puse a preparar el desayuno que llevaría para compartir con mi hija mediana.

Después de completar el desayuno lo coloqué en la mochila con aislante térmico; como aún tenía un poco de tiempo avancé un poco en el libro del doctor galés que empecé a leer la semana anterior; un poco antes de las nueve me metí al baño y tomé una buena ducha.

Cuando estaba en la ducha Rb me comentó que había separado la lechuga para las ensaladas -le había pedido la noche anterior que lo hiciera-; antes de preparar el desayuno habíaya partido la papaya; luego de vestirme preparé un par de ensaladas y las reservé en la refrigeradora.

Después me despedí de Rb, tomé ambas mochilas y la caja de Scrabble y salí a abordar la van; apenas pasaban de las nueve y media y Waze había estimado un tiempo de viaje de dieciocho minutos -siempre considero el doble de lo estimado-; pero sí, la ruta estaba completamente ligera: llegué al edificio donde viven mis hijos a las diez menos diez.

Subí al séptimo nivel, me instalé en la sala y le envié un mensaje a mi hija mediana; quien llegó un poco después, le pregunté sobre la transferencia bancaria y, efectivamente, ella había pasado dinero -supuestamente lo último- de su cuenta en el imperio del norte a mi cuenta de ahorros.

Aclarado el punto le propuse que nos dirigiéramos al parque temático; en donde ahora sí hubo un problema: habían cambiado de guardias y estos -bastante jovencitos, realmente- estaban confiscando una serie de artículos -de vidrio en su mayoría-; así que no podía ingresar el par de ramekins que llevaba -para compartir papaya-; eso lo comprendí, lo otro me pareció irracional: no me querían dejar entrar el Scrabble.

El guardia me ofreció llamar a su jefe y lo esperamos un rato; y él nos explicó que estaban implementando nuevas medidas de seguridad -me parece estúpido- pero que por esta ocasión sí podía entrar el Scrabble -me quedé pensando cómo procederé en las siguientes ocasiones-.

Por fin ingresamos -nomás dejamos los ramekins en el lugar- y encontramos una mesa disponible en la primera área disponible; desayunamos allí -un desayuno masivo: panes con aguacate, lechuga, tomate y huevo; medio banano, media mandarina, un poco de papaya y media bolsa de snacks-, luego jugamos una buena partida de Scrabble.

Después del desayuno le sugerí a mi hija que retornáramos al departamento -ella me había indicado al inicio, al preguntarle, que las doce y media era una buena hora para despedirnos-; en el camino pasamos a una tienda de mascotas y mi hija adquirió una bolsa de comida para su gata.

Llegamos al departamento a una buena hora y nos quedamos un rato en la sala; pero ya no nos dió tiempo para mucho más -aún así mi hija me mostró un par de hojas de papel que había hecho reciclando papel de muchos colores-.

A las doce y media -había puesto una alarma- me despedí de mi hija y empecé el viaje de retorno; cuando abordé el auto compartí mi ubicación live con Rb; el tránsito estaba bastante tranquilo -aunque estuve a punto, otra vez, de golpear a un taxista que venía muy cerca a mi derecha (la verdad no se muy bien de quien hubiera sido la culpa, pero me dije, otra vez, que debo ser más cauteloso en mi conducción)-.

Encontré un poco de tráfico antes de pasar por el paso a desnivel -subterráneo- que se encuentra antes de entrar al municipio; y la subida después del puente también estuvo trabajosa -están construyendo algo de ese lado-; pero un poco después de la una estaba entrando a la calle.

A mitad de la misma encontré a Rb con la perra más pesada; le pregunté si estaba iniciando y me contestó afirmativamente; le pregunté si quería que sacara a su otro perro y también aceptó; entonces vine a estacionar el auto, entré a la casa, le puse el arnés al perro y lo saqué a caminar.

Después de la caminata saqué de la refrigeradora las ensaladas que había preparado más temprano; luego esperé a que Rb calentara los hash browns de zanahoria y pollo que habíamos almacenado en el congelador la semana anterior; y ese fue nuestro almuerzo; después del cual me preparé un café.

Me sentía bastante lleno después del almuerzo y me retiré un rato a mi habitación; intenté leer un poco pero estaba cerrando los ojos; afortunadamente a las tres menos cuarto sonó la alarma y salí a lavar los trastos del día -y a prepararle un té a Rb-.

Rb me pidió que cocináramos a las cuatro y media; por lo que aproveché el tiempo anterior para avanzar con el angular de la segunda hoja del portón: corté las muescas y lo doble; luego corté la primera pieza que colocaré en uno de los lados para mantener la escuadra.

A las cuatro y media empezamos la preparación del almuerzo: corté en cubos cinco chiles pimpientos y una libra de champiñones -Rb me ayudó un poco con lo segundo-; luego piqué apio, culantro y corté en cubos un güisquil y una zanahoria.

A las seis me metí a mi habitación y completé varias lecciones de Duolingo -durante el último tiempo había seguido casi la misma rutina: tres o cuatro lecciones de portugués y muchas partidas de ajedrez-; después me puse a leer un artículo de Esquire sobre un joven con sindrome de Down -quien con treinta y cinco años no conseguía tener citas-.

Un poco después de las siete salí de la habitación y decidí revisar -y ordenar- mis reservas de ingredientes para desayunos -champiñones y salsas de tomate (de estas segundas cinco o seis ya habían sobrepasado por dos o tres meses la fecha de vencimiento)- y de gaseosas, galletas y gelatinas.

Eso me llevó un buen tiempo: decidí utilizar las salsas vencidas en el próximo desayuno con mi amigo voluntario; además tiré un montón de bolsas de plástico -que ya estaban dañanas-; y reordené las galletas -debo comprar de tipo waffle la primera semana de diciembre-; también encontré un paquete de tortillas de papel de arroz -y le propuse a Rb que preparáramos de esos wraps la siguiente semana-.

A las nueve -después de que Rb le dió de comer a sus perros y los sacó (por última vez) al patio- divimos los almuerzos de la semana: cuatro herméticos con más de una libra de pollo con champiñones y dos tazones con caldo de pollo para cuatro días.

Y a ver cómo va eso...

lunes, 19 de octubre de 2026

Escucha a tu intuición... Listen to your intuition... Écoute ton intuition... Escuta a tua intuição...

No sé si es causa o es efecto -muchas veces me cuesta distinguir la diferencia- pero -en esta última sequía lectora- he vuelto a tomar otro de 'esos' libros; y es que, creo que hasta en la contraportada del mismo anuncia que es de autoayuda (o algo así); y no recuerdo si encontré a la autora en el programa Aprendemos juntos, o fue casualidad que bajara el libro y luego escuchara su conferencia.

Pero sí, el título de este texto corresponde a un libro de una psicóloga -no estoy seguro si española o mexicana- a quien he visto en alguna de las conferencias de formato largo que me pongo a escuchar mientras realizo la rutina de ejercicios -un poco más de treinta y cinco minutos- que completamos tres días a la semana con Rb.

Hace unos años leí varios sobre la suerte; al final creo que es más una cuestión de actitud y de 'aprovechar' las oportunidades que se van presentando; o de aceptar que la suerte es parte del caos que se percibe en este universo determinista.

Al final, de los tres o cuatro libros que leí sobre el tema, tomé lo que pude aplicar -o eso creo- en mi rutina diaria: en mi reto de meditar durante mil días he agregado -desde hace varios meses- la repetición de ciertas frases asociadas con la suerte.

Y no sé si al terminar de leer este libro -apenas acabo de pasar de la introducción (o del primer capítulo, no estoy seguro)- habrá algún aspecto que me permita tener un poco más claro el tema de la intuición.

A ver cómo va eso.

El lunes me levanté a las seis y veintisiete, medité y luego saqué la computadora de la bodega y la encendí en la mesa del comedor; Rb se metió a su habitación a contestar llamadas en inglés y yo me dediqué a completar algunas lecciones de Duolingo (aunque se me desaparecieron las opciones de videollamadas).

A las nueve entré en la única reunión que tenía prevista en el día -se suponía que era un asueto federal en el Imperio del Norte, pero no ví que la actividad disminuyera-; un poco después de las nueve recibí un correo de mi supervisor, asignándome una tarea bastante tediosa.

Debía cambiar la carátula de quince documentos, pero cuando empecé con el primero empecé a notar muchas diferencias; y, de los quince documentos que tenía que actualizar nomás logré completar un par antes del mediodía.

A las doce Rb salió de la habitación y completamos la rutina de ejercicios de los lunes; luego sacamos a caminar a los perros; yo había dejado calentando el caldo de pollo y la salsa de tomate, con fuego muy bajo.

Después de la caminata preparé un par de ensaladas y esperé a que Rb calentara -en el microondas- los tres hash browns -de zanahoria- que consumiríamos en el almuerzo; el cual estuvo bastante copioso.

Y el café post almuerzo también estuvo bastante fuerte: además del medio litro de café consumí dos tercios diferentes de galletas, un par de pan tostado, un poco del pastel tres leches y una porción (y un tercio) del pastel de arroz (con un poco de helado).

En la tarde me reuní con mi único compañero analista: el supervisor le había indicado que debía ayudarme con la asignación -la verdad lo ví como una pérdida de tiempo, pues me imaginé que la ayuda sería ínfima (tal cual fue) pero no me quería poner rebelde-; le expliqué en detalle la tarea.

Y luego continué durante toda la tarde -hasta las cinco- trabajando en la actualización de los documentos; cuando completé cinco o seis se me ocurrió que podía automatizar la validación de los cambios; entonces me puse a escribir código -con ayuda de un LLM- para comparar los cambios.

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección sur; llegamos al extremo del boulevard y lo cruzamos para pasar a una farmacia popular: Rb necesitaba comprar un esteroide para uno de sus perros; luego nos dirigimos al supermercado de la mitad del camino.

Allí habíamos planeado comprar lechugas pero no encontramos ninguna en el área de verduras; retornamos a casa con las manos vacías y yo volví a encender la computadora del trabajo: en el camino se me había ocurrido otro método de verificación.

Antes de entrar a casa -y a pesar de que ya casi no había luz diurna-revisamos los arbustos del cercado para cosechar güisquiles -a Rb se le había ocurrido que podíamos incluirlos en los almuerzos de la siguiente semana-; y encontramos cuatro. 

Después de trabajar un poco cerré la computadora y me pasé a la habitación de Rb con mi computadora con Ubuntu; en donde ví el final de la película Mayday -comedia sobre la guerra fría- y un poco de la última película de Spiderman.

Antes de pasarme a la habitación de Rb completé algunas lecciones de Duolingo; pero, por alguna razón, me estaba quedando dormido mientras lo hacía; y justo en ese momento entró una llamada al celular.

Al principio no reconocí a quien llamaba -era mi amigo voluntario con quien me reuno un domingo cada mes- y quería que, en vez de reunirnos el domingo por la tarde, como habíamos previsto, lo hiciéramos para desayunar en el mismo lugar. 

El martes me levanté a la misma hora, medité y salí a trabajar al comedor; hice algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la reunión de las siete; y mientras esta ocurría empecé a trabajar en los documentos pendientes.

A las ocho me reuní con mi compañero de equipo: había preparado varios documentos para mostrarle cómo se había creado el código del proyecto de automatización; además de demostrar la forma en la que se estaba ejecutando.

En la reunión el compañero me comentó que había completado un documento el día anterior; y cuando estábamos a medias de esta reunión nuestro supervisor se unió, para comentar algunas asignaciones: había que probar algo en la aplicación, pero yo tenía que seguir trabajando en los documentos.

A las nueve entré a la segunda reunión del día; y luego de esta entré a la primera de una nueva serie de reuniones de equipo, en la que también ingresó el nuevo director del área; un poco antes el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con cinco documentos adicionales.

Y al preguntarle sobre prioridades a mi supervisor, nomás me indicó que esperaba que todo estuviera terminado para el día siguiente; con lo que me pasé el resto de la mañana bastante ocupado; lo bueno es que no había rutina de ejercicios, por ser martes.

Rb salió de su habitación un poco después de las once y se ejercitó por un buen tiempo en la sala; yo puse a calentar el caldo y la salsa y preparé un par de enormes ensaladas; a las doce y media sacamos a caminar a los perros; luego almorzamos.

Y el café estuvo tan copioso como el día anterior -y estaba previendo un miércoles similar- después del café continué con la tarea a medias, pero la velocidad de procesamiento mejoró bastante; por lo que pude tranquilamente lavar los trastes -y prepararle un té de manzanilla a Rb- a las tres menos cuarto.

Terminé de procesar los veinte documentos un poco después de las tres; entonces ejecuté el código en Python para realizar una verificación del contenido de las primeras páginas de todos los documentos -lo que me permitió corregir un error bastante evidente-.

Continué con esto hasta un poco antes de las cuatro; a esa hora le envié un correo a mi supervisor, notificándole la finalización de la asignación; luego respondí a otro correo del director: indicando que no quería vacaciones este año (esperaré a completar el año en la nueva empresa antes de solicitar) y listando las asignaciones actuales.

Después de enviar este último correo salí a realizar algo que había tenido en espera durante varios días: le habíamos ofrecido la madera que cayó de la galera antigua -carcomida- a una vecina de la calle; ella tiene un fogón en el patio frontal de su casa y, a veces, prepara comidas comunales en el lugar.

Salí al patio trasero, cargué varias reglas de diferentes longitudes  y lo fuí a dejar al área donde la vecina tiene su fogón; en el camino se me cayeron varias piezas -una, justo en el dedo gordo del pie derecho- por lo que retorné a recogerlas; después de realizar un segundo viaje me fui a la ferretería.

El día anterior, en nuestra caminata de la tarde, habíamos pasado a preguntar por el precio del angular de una pulgada -por seis metros-: costaba un poco más de diez dólares pero estaban a punto de cerrar, por lo que quedó pendiente la compra.

Compré el angular, una escuadra -porque debo construir un marco para el portón frontal de la casa de Rb-, y varios tornillos -con sus tuercas y arandelas-; luego retorné a dejarlo al patio trasero de la casa -también encontré un par de arcos para instalar un canal al final de la lámina de la galera-.

A las cinco nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección norte: queríamos ver si encontrábamos lechugas en el supermercado del inicio del boulevard; y a mí se me ocurrió que podíamos comprar tornillos en la ferretería industrial.

La caminata estuvo bastante rara: Rb había entrado en una especie de sopor -ella lo atribuía a la lechuga que acabábamos de incorporar a la dieta- y la mayor parte del camino la hicimos en silencio -pero no uno natural-.

En la ferretería compramos una bolsa con tornillos -creo que es una docena- con sus tuercas; y luego pasamos al supermercado; pero allí no encontramos ningún tipo de lechuga; con lo que volvimos a casa nomás con los tornillos.

Por la noche me metí a mi habitación a completar algunas lecciones de Duolingo, y a jugar una partida de Scrabble -terrible: perdí como ciento cincuenta a trescientos, por no deshacerme rápido de la q-; luego me puse a actualizar mis notas, incluyendo esta.

A las ocho me pasé a la habitación de Rb; ella había estado desde unas semanas atrás viendo un programa en el que los participantes se enfrentan en una competición de conocimientos generales -o algo así, no lo tengo tan claro-.

El miércoles el trabajo se puso bastente intenso: mi supervisor me escribió bastante temprano para que organizara una reunión con el analista en el Imperio del Norte y otro analista bastante grande, para documentar una funcionalidad.

Envié una convocatoria bastante temprano y nos reunimos los tres: el analista más antiguo explicó el acceso a la funcionalidad y dió un recorrido bastante rápido por las diferentes pantallas de la misma; yo grabé la reunión pero la información fue bastante escueta.

Un poco después el analista con el que más he trabajado me pidió que tomara un documento antiguo como base para desarrollar el nuevo; y un poco más tarde me envió un libro de Excel para extraer otros procedimientos necesarios.

Me gusta este tipo de asignación porque -generalmente- escribo código en VBA para manipular la información en Word y en Excel; pero en esta ocasión la cuestión se complicó porque el supervisor también me había asignado la actualización de la carátula de -casi- veinte documentos.

También la analista en el Imperio del Norte me escribió para pedirme ayuda con otro documento; entonces, fue un miércoles bastante ocupado; y, al final de la tarde alguien envió una actualización de la carátula, por lo que debía comenzar nuevamente.

Aún así tomé tiempo para acompañar a Rb en la rutina de ejercicios al mediodía; luego ssacamos a caminar a los perros y, después, almorzamos la tercera porción de hashbrowns de zanahoria y pollo, acompañados con una ensalada mediana y un poco de caldo de pollo.

Al final de la tarde nos dirigimos caminando hacia los supermercados en dirección sur; llegamos hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de la mitad del camino; pero no encontramos lo que buscábamos: lechugas -ha seguido la escasez-.

Cuando retornamos a casa metí a mi habitación la pieza que había cortado -por la tarde había salido a medir el portón- de los seis metros que compré el día anterior, y le corte las muezcas para realizar el doblez de noventa grados.

Pero también me puse a preparar un pastel con el arroz cocido -y licuado- que había reservado en el congelador la semana anterior; y la cosa salió mal: no calculé bien las proporciones y sobrepasó la altura del sartén mediano que utilizo habitualmente para cocinar mis pasteles.

Entonces me tocó que pasarlo a otro más grande; pero no terminó de solidificarse por completo -o sea, se estaba ya tostando y aún se veía una parte como atol-; total que lo dejé a fuego lento hasta las diez de la noche; antes de meditar apagué el fuego y lo dejé enfriando.

Medité durante veintiocho minutos en mi habitación y luego salí a meterlo a la parte baja de la refrigeradora; y, de hecho, estuve pensando en tirarlo; pero después me dije que el arroz estaba cocido y que lo consumiría normalmente. 

El jueves siguió la intensidad en el trabajo: además de ayudarle al analista en el Imperio a formatear correctamente el documento que estaba trabajando, empecé a actualizar la carátula de los documentos -cuyo número pasó de veinte a veinticinco-.

Me pasé en esta actividad todo el día: usualmente podía completar un documento en diez o quince minutos -se complicaba un poco por la definición de secciones en los mismos-; pero en alguno el tiempo se extendía por diferencias en los formatos.

Rb decidió no ir a la clase municipal de zumba porque el instructor pidió que llegaran en pijama -siempre está tratando de brindar variedad a la clase-; entonces completó una rutina de ejercicios en la sala.

Y como al día siguiente Rb debía ir de madrugada al hospital nacional, decidimos cambiar el día de pescado de viernes para jueves: la noche anterior había dejado un pescado en la parte baja del refrigerador y la mañana del jueves Rb se encargó de descamarlo, y yo de partirlo.

Mientras Rb estab completando su rutina de ejercicios yo preparé las ensaladas; luego sacamos a caminar a los perros; almorzamos pescado -yo corté nomás un pequeño trozo de la cola- y le agregué una longaniza y un poco de salami a mi ensalada. 

Después del almuerzo me comí un octavo del pastel de arroz cocido que había preparado el día anterior -había tomado una porción similar en el desayuno-; además de un par de mitades de galletas de chocolate y vainilla; y continué trabajando hasta las cuatro de la tarde.

Este día me había levantado quince minutos antes de mi hora habitual y había tomado una ducha después de meditar: había planeado salir al finalizar el turno de trabajo y no quería atrasarme con los preparativos.

Había programado la reunión varios semanas antes, con el programador con el que ya me había reunido en un par de ocasiones en los últimos meses; pero ahora habíamos acordado en reunirnos en un centro comercial que está justo antes de entrar a la ciudad -él vive en una colonia cercana-.

Durante los días -o semanas- previos había sopesado si irme caminando -según Google el recorrido a pie era de cuarenta y cinco minutos- o esperar el busito -que es bastante irregular- o, incluso, solicitar un Uber moto.

Y es que el comercial está del otro lado de la vía al pacífico y el tránsito es bastante pesado; al final había decidido irme en busito; pero, un poco antes de las cuatro empezó a lloviznar; entonces decidí conducir.

Me esperé hasta las cuatro y entré a depedirme de Rb; salí al boulevard y el asfalto estaba mojado -creo que aún seguía lloviendo-; el boulevard estaba vacío, pero, unas calles más adelante, ví que se estaba formando un embotellamiento.

Entonces pase sobre el arriate al otro lado del boulevard -me ahorré un par de calles de coducción en esa dirección, pero mucho tiempo, por las colas-; la ruta hacia el pacífico estaba bastante despejada y no me tomó mucho llegar a mi destino -afortunadamente construyeron un paso a desnivel para cruzar al otro lado-.

Era la primera vez que entraba a este centro comercial y lo encontré enorme; y me costó encontrar parqueo: tuve que llegar casi hasta el fondo del mismo para estacionar la van; luego bajé del auto -estaba lloviznando pero era mínimo- y me dirigí a la tienda de donas donde habíamos acordado la reunión.

Yo llevaba mi mochila y la caja de Scrabble; llegué unos diez minutos antes de la hora acordada -cuatro y media- y le escribí un mensaje en whatsapp; el desarrollador me comunicó que había encontrado tráfico pero que llegaría en poco tiempo.

Al final no se atrasó mucho -aún jugué un par de partidas de ajedrez en Duolingo-; ordenamos café y donas -yo un muffin- y estuvimos en el lugar hasta las seis y cuarto, conversando nomás, pues declinó jugar Scrabble.

A las seis y cuarto salimos del lugar y me acercó al lugar en el que había dejado estacionado la van; nos despedimos, abordé el vehículo y retorné a casa; vine aún a tiempo de hacer algunas lecciones de Duolingo antes de entrar a la clase de Storytelling.

Y fue la primera vez que participé en la clase sin ver el video que envían un par de días antes -fueron días intensos de trabajo-; el expositor en esta ocasión era un comunicador bastante experimentado en el medio local -productor y locutor de radio, me parece-.

También fue la primera vez que participé de manera activa en la clase: esta persona dividió la clase en tres o cuatro grupos y nos asignó una tarea; la cual me dejó decepcionado: de los otros cuatro compañeros nomás una chica participó activamente.

El deber era realizar una planificación express de una campaña de voluntariado; pero el grupo estaba en silencio total; entonces utilicé un LLM para generar información y comopartí un par de ideas como mensajes de texto.

Y eso fue prácticamente lo que la chica expuso cuando se nos convocó de nuevo a la calse grupal; y no sé si nomás tuve mala suerte que me tocaran compañeros desganados, o tuvo algo que ver el hecho de que no soy parte de su grupo -o su religión-.

El viernes me levanté a las cuatro de la mañana; era el día en el que Rb debía presentarse con los doctores del hospital nacional, para ver si había un espacio para la cirugía de la vesícula; me vestí y salí de la habitación, Rb ya se encontraba en la sala, terminando de preparar lo que debía llevar a la consulta.

Un poco después abordamos la van y la llevé al portón principal del hospital, había una cola enorme -que es lo habitual-; después de despedirnos conduje de vuelta a casa; y, a diferencia de otras ocasiones, no me metí a la cama pues quería aprovechar el silencio de la madrugada para trabajar un par de horas.

Lo que sí hice fue meditar, antes de encender la computadora del trabajo medité veintiocho minutos; luego sí pasé la computadora a la mesa del comedor y me enfoqué en la tarea que tenía a medias: actualizar la carátula de veinticinco documentos.

Estuve trabajano hasta las siete y media y senti que avancé bastante; tanto que decidí darme una pausa en la cama; puse un timer de cincuenta y nueve minutos y me metí bajo las sábanas; pero me confundí -o tenía otra alarma- y media hora después salí de la cama.

No dormí nada -nomás me estuve tratando de controlar la respiración- pero volví a la cama hasta completar la hora de descanso; luego sí me levanté -casi a las ocho y media- pues tenía que darle de comer a los perros de Rb -a las nueve menos cuarto-.

Entré a la reunión de las nueve pero nomás estuve escuchando un poco el avance del proyecto, paralelamente continué con la actualización de los documentos; luego entré a la reunión del equipo, con mi supervisor y el director; quien sigue insistiendo en ver avances en automatización.

Además, explicó un reporte que debemos estar enviando semanalment: en el mismo debemos detallar lo que hemos realizado durante la semana, los bloqueos o riesgos encontrados, y lo que prevemos realizar la siguiente semana -o sea, micromanaging-.

Después de esta reunión me preparé el desayuno: saqué el penúltimo grupo de pan sandwich que había metido en el congelador de la refrigeradora, luego de la visita de mis padres; y me preparé una especie de panqueque con un huevo, una yema extra, dos cucharadas de arrowroot y la miga del pan -por estar en el congelador se desarmó bastante-.

Acompañé estos dos sandwiches -enormes, la verdad- con un poco de papaya, un banano, café, un octavo del pastel de arroz y un par de panes tostados -el día anterior Rb me había comprado un poco cuando salió a caminar al final de la tarde-.

Después continué trabajando en los documentos; el analista en el Imperio del Norte me había pedido ayuda con el documento que creamos un par de día antes, pero me enfoqué en completar los veinticinco que tenía entre manos.

Había estado en comunicación con Rb: su consulta había estado bastante accidentada porque no encontraban su expediente, y la antendieron casi hasta las once de la mañana; la buena noticia -creo- es que, por fin, comprendió que no hacerse la cirugía es una opción.

O sea, molestias no ha tenido, y deshacerse de su vesícula podría representar una restricción más complicada en el tema alimenticio; a las doce y media saqué a caminar a los dos perros grandes; luego empecé a preparar las ensaladas, pero me dí cuenta que no teníamos zanahorias.

De hecho no debía de usar zanahorias porque es el ingrediente principal de los hashbrowns que almorzamos durante toda la semana; pero fui a la tienda y compré una, luego completé las dos ensaladas.

Rb vino un poco antes de la una y procedimos a almorzar; después del almuerzo me preparé un chocolate caliente; con un par de mitades de galletas y un octavo -el cuarto- del pastel de arroz -que no quedó muy bien-.

Un poco después del almuerzo terminé la asignación en la que trabajé casi toda la semana; entonces le mandé un correo a mi supervisor con un pdf en el que guardé las veinticinco carátulas de los documentos.

Después completé el reporte que había solicitado el director y lo envié -ya eran las tres de la tarde-; durante la mañana había estado en una reunión donde el desarrollador que me ayudó con el curso de ciberseguridad explicó cómo estaba usando un LLM en sus tareas.

La verdad no particpé en esta reunión -estaba muy ocupado con los documentos- pero sí la grabé; y por la tarde la ví -a una velocidad 2x- y decidí bajarla, para tener documentación del evento; pero cuando le pedí acceso de copia esta persona se puso evasiva.

A las cuatro cerré la computadora de mi trabajo y traté de leer un poco de Tinta y Sangre; pero no logré avanzar mucho; la tarde estuvo bastante húmeda y cuando llegó la hora de salir a caminar -a las cinco- seguía lloviznando.

Aún así decidimos caminar hacia los supermercados en dirección sur; lo bueno es que ahora tenemos un paraguas para cada uno; o malo es que el riesgo de recibir agua es más por los autos que pasan a toda velocidad, que por el agua cayendo del cielo.

Caminamos -bastante trabajosamente- hasta el extremo del boulevard y luego retornamos al supermercado de mitad del camino; allí compramos un poco de bananos y yo compré jamón, para las comidas del mes con mis hijos; y un pepino para la ensalada del día siguiente.

Antes de entrar a la calle acompañé a Rb a la tienda de la verduras: ella quería comprar una berenjena, para su almuerzo del día siguiente; y no encontró lo que buscaba, pero compró media libra de hongos, además compró una lechuga de un tipo que casi no hemos utilizado.

Lo primero que hice al entrar a la casa fue desnudarme y colgar la playera y el pantalón -estaban bastante empapados-; luego preparé un par de rollos de pechuga de pollo; Rb había pasado al supermercado por la mañana y me había traído doce onzas.

Dividí la pechuga en dos, la martillé y luego  la enrollé con el siguiente relleno: una rodaja de jamón de pavo, una rodaja de queso amarillo -creo que estaba por vencerse- y un poco de chile pimiento picado -la otra mitad la reservé para la ensalada-.

Después de preparar dos rollitos de pollo, envolverlos en plástico y reservarlos en la refrigeradora, me puse a barrenar el angular con el que había estado planeando reparar el portón frontal; antes de salir había probado con un agujero y había estado bien.

Pero cuando estaba abriendo el sexto -y último- presioné de forma incorrecta el taladro y quebré la broca de tres dieciseisavos de pulgada; pero recogí el trozo quebrado y completé el último de los agujeros -igual deberé comprar otra pronto-.

Después de terminar los agujeros doblé en escuadra los dos extremos -por las muescas que había cortado un par de días antes- y dejé la pieza de angular lista para instalar -aunque debo cortar otro par de muescas, par la bisagra y el tope del mismo-.

Cuando terminé con el angular me puse a hacer lecciones de Duolingo; y por equivocación activé la media hora que obtengo semanalmente por el reto con un compañero -Rb casi siempre-; lo que me sirvió al final: no había hecho ninguna lección durante la mañana -el trabajo estuvo intenso- y no tenía cofres diarios.

Después de completar muchas lecciones de Duolingo -una unidad de portugués y varias partidas de ajedrez (estoy otra vez sobre mil seiscienetos de ELO!)-  me pasé a la habitación de Rb, a actualizar mis notas -incluyendo esta-.

El sábado me levanté temprano; uno de los últimos días de la semana puse el reloj quince minutos antes de la hora a la que me había estado levantando casi todo el año; y es que quería trabajar en la galera trasera antes de ir al almuerzo con mi hijo menor.

Medité,  hice un par de lecciones de Duolingo y luego salí de la habitación; pero antes de salir al patio trasero; preparé la comida que llevaría más tarde: desinfecté lechuga, un tomate y el pepino; y preparé un par de enormes ensaladas (aunque únicamente con dos tipos diferentes de lechuga).

Después me puse a cocinar los rollitos de pollo; los enhariné primero con harina de arrow root, luego los pasé por un huevo batido y por avena en hojuelas; y los puse a cocinar a fuego extremadamente bajo, por media hora por un lado y por cuarentay cinco minutos por el otro.

Además preparé mi desayuno: con el sobrante del huevo, el arrowroot y la avena en polvo -y yema y media- preparé una torta, que reservé para consumirla luego del trabajo en el patio trasero; el plan era pintar los seis tubos cuadrados de dos pulgadas.

Saqué el paquete de brochas que había comprado la seman anterior y luego abrí el bote de pintura anticorrosiva que había adquirido en la visita de mis padres; y no me llevó mucho tiempo pintar los seis parales -aunque, por supuesto, terminé con una ampolla en el dedo medio-.

Después de terminar los parales aproveché para pintar los arcos que planeaba utilizar para instalar un canal, al final de la lámina de la galera; después entré a casa y terminé de preparar mi desayuno; el cual estuvo copioso.

Después del desayuno -ya eran casi las once de la mañana- me metí a la ducha, pero antes le ofrecí a Rb llevarla a la veterinaria con su perra más anciana: el veterinario las había citado para la inyección mensual a la perra a las once y veinte -y Rb había planeado irse caminando-.

Me vestí, metí la comida en la mochila con aislante térmico y tomé la caja de Scrabble; y salí, junto con Rb y la perra más anciana, a abordar la van; a pesar de que el día estaba bastante gris el tránsito estaba bastante tranquilo.

No nos detuvimos más que para dar la vuelta en U -dos veces-; pero Rb ni siquiera quiso que entrara al centro comercial, me detuve un poco antes de la entrada, puse luces de emergencia y esperé a que Rb y su perra se apearan; luego continué mi viaje hacia el departamento de mis hijos.

El tránsito en la ciudad también estaba tranquilo -excepto en la entrada del periférico- pero tomé un pequeño desvío para llegar al periférico por otra vía; allí sí tuve que tener paciencia por un par de calles, para entrar a esta gran arteria.

Al final llegué al edificio donde viven mis hijos quince minutos antes de la hora en la que había planeado; subí caminando los siete niveles -de dos en dos gradas- y entré al departamento, instalándome en la sala; desde allí le envié un mensaje para comentarle que había llegado.

Y me contestó un buen rato más tarde, comentándome que se demoraría porque alguien se había metido a la ducha antes; al final se tardó cuarenta minutos; lo que me molestó bastante; y, aunque trato de no armar lío por este tipo de cosas, ahora sí me puse algo dramático.

Le pedí que se sentara y le pregunté si quería que conversáramos en ese momento o más tarde; prefirió lo primero, y básicamente le hice ver lo molesto que estaba, y que no era la primera vez que ocurría, y otro poco de discurso de este tipo; al final él no quiso agregar nada -yo terminé pidiéndole que me diera una hora más real porque me molestaba andar conduciendo temerariamente para llegar a esperar-.

Luego nos fuimos al parque temático; afortunadamente, aunque el cielo seguía bastante gris, no hubo nada de lluvia; llegamos al lugar, nos dirigimos al lugar en el que usualmente almorzamos pero estaba reservado.

Nos movimos a la otra área -también hay mesas y es techada, pero el volúmen de la música es algo molesto-; allí encontramos una mesa y consumimos el almuerzo: un rollo de pollo, una ensalada, un cuenco de snacks y una coca sin azúcar.

Nos tomamos un buen tiempo almorzando; luego le pregunté si prefería seguir en el lugar o buscar otro lugar para jugar Scrabble; eligió lo segundo y salimos a buscar un lugar más silencioso; pero en el camino le pedí que cuidara las mochilas mientras pasaba a los servicios sanitarios.

Después nos dirigimos al árbol -dobe o triple- bajo el cual hemos almorzado en algunas ocasiones; y allí tuvimos una extensa partida de Scrabble; después de la cual le propuse acudir a la rueda de Chicago; la cola no estaba tan extensa y el juego, en general, estuvo bien.

Luego de desabordar la rueda de Chicago le pedí que nos retiráramos pues quería pasar al supermercado -a los dos que quedan en el camino- a ver si encontraba lechugas; en el primero encontramos nomás lechuga romana -escuálida y carísima- y nomás compré una bolsa.

En el otro supermercado -de la misma cadena- no había; continuamos el camino hasta el departamento y nos instalamos en la sala; en donde nos pusimos a armar cajas de origami; primero intentándolo sin ver instrucciones, pero, al final, desarmando una de las antiguas para ver cómo iban los dobleces.

Un poco después de las cinco -mi hijo estaba durmiéndose porque, supuestamente, llevaba despierto desde medianoche- le comenté que me iba a retirar, para dejarlo dormir -a pesar de que inicialmente habíamos acordado despedirnos a las cinco y media-.

Antes de salir del departamento toqué la puerta de la habitación de mi hija mayor -al principo de la tarde me había escribo para ver si ya iba a llegar y le recordé que nuestro almuerzo era la siguiente semana-, a quien habíamos encontrado cocinando cuando habíamos retornado al departamento.

Me iba a despedir de mi hija mayor pero ella se ofreció a acompañarme al auto; así que bajamos los siete niveles -en ascensor-; luego de cargar las cosas en la van me despedí de mi hija mayor y saqué la van del estacionamiento; y, de acuerdo a lo que había planeado, crucé la vía principal para entrar a otro supermercado.

En este sí encontré de dos tipos de lechuga: verde y de cabeza; compré una bolsa de cada una y retorné al automóvil; en general el viaje de retorno estuvo bastante tranquilo, incluso el semáforo de entrada al municipio estaba bastante despejado.

Vine a la casa de Rb un poco antes de las seis, saqué a los perros grandes al patio delantero, me cambié de ropa, tomé el paraguas, compartí mi ubicación en whatsapp y empecé a caminar para ir al encuentro de Rb.

Coincidimos casi a la mitad del camino -ella venía caminando con una de las señoras a las que les está enseñando a leer y escribir-; empezamos el camino de retorno pero le pedí a Rb que pasáramos a la ferretería industrial: quería reponer la broca de tres dieciseisávos de pulgada que había quebrado unas noches antes.

La broca estaba carísima -como cuatro dólares- pero también aproveché para comprar una bolsa de snacks -que planeaba incluir en el almuerzo con mi hijo menor en el almuerzo del siguiente mes-; luego de pagar las compras continuamos el camino a casa.

El domingo me volví a levantar a la misma hora, medité, hice un par de lecciones de Duolingo y me metí a la ducha; salí de casa bastante temprano porque no quería llegar tarde al desayuno con el voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos.

Coincidentemente mi amigo llegó al lugar cuando estaba terminando de estacionar la van; nos saludamos en el parqueo y entramos al restaurante; y había estado sopesando la forma de pagar el desayuno -no me llamaba la atención la idea de hacerme cargo de la cuenta-.

Pero al final se resolvió bien: mi amigo me indicó que iba a pedir un desayuno de carne, yo le indiqué que la caja estaba vacía -la forma de ordenar en el lugar es bastante diferente: hay muchas opciones que deben especificarse en el momento-; y mientras él estaba ordenando pregunté en la otra caja si podía ordenar; y así pagamos cada uno nuestro consumo.

Luego de ordenar nos instalamos en la mesa que habíamos dejado apartada -con mi mochila y la caja de Scrabble- y esperamos por la orden; con mi amigo usualmente jugamos una partida de ajedrez cuando nos reunimos, pero en esta ocasión fue nomás diálogo -de hecho yo me había confundido y me había llevado el Scrabble en lugar del ajedrez-.

Estuvimos en el lugar hasta un poco después de las nueve; entre conversación y desayuno; el había ordenado algo bastante exótico: huevos con carne y queso fundido; yo ordené lo de siempre: un desayuno típico local -al menos la cuenta fue de la mitad de lo que usualmente gasto-.

 Un poco después de las nueve le comenté a mi amigo que tenía que retornar a casa y desocupamos la mesa; nos despedimos en el estacionamiento e inicié el viaje de retorno; el cual estuvo bastante tranquilo; cuando vine encontré a Rb preparándose para salir.

Ella había planeado acudir al supermercado más lejano en dirección sur mientras yo terminaba de preparar el angular que planeaba instalar en el portón delantero -los perros, al marcar territorio, habían corroído el tubo inferior de la hoja que se abre continuamente-.

Mientras Rb se dirigía al mercado yo empecé -continué- la construcción de la pieza de angular; las noches anteriores ya había barrenado la mayoría de los agujeros y había hecho los dos dobleces de noventa grados; pero ahora tenía que preparar un par de piezas -del mismo material-, para asegurar esta escuadra.

Al principio todo marchó bien: corté seis pulgadas de angular, y marqué los seis lugares que tenía que cortar para que encajara bien con una de las escuadras -y el tubo del portón-, y aquí fue donde la cosa se complicó: por más que me esforzaba con los cortes no avanzaba.

Primero creí que la dificultad se debía a que no podía inmovilizar la pieza; intenté con tres trozos de concreto, también con la pila y un par de llaves de plomero; pero no, seguía sin avanzar mucho: Rb retornó del supermercado y yo no había terminado la primera pieza.

Le comenté lo que me estaba pasando y ella dijo que quería ver si podía avanzar; pero pasó lo mismo, entonces me dijo que quizá la sierra ya no servía -en efecto-; entonces le pedí que fueramos a la ferretería industrial a comprar un par de sierras para metal.

Me vestí y salimos al boulevard, y, afortunadamente, no tuvimos que caminar hasta el inicio del mismo: la ferretería que se encuentra a un costado de la gasolinera más cercana -son como tres calles de distancia- estaba abierta y allí adquirimos lo necesario.

Retornamos a casa, cambié la sierra en el arco y sentí en el acto una gran diferencia, terminé la primera pieza, corté otro trozo de angular y repetí los mismos cortes -y barrenos-; lo que no me llevó tanto tiempo como había temido más temprano.

En eso llegó la hora de sacar a caminar a los perros; dejé lo que estaba trabajando y acompañé a Rb a las dos vueltas que completamos diariamente con sus animales más grandes; después de la caminata preparé un par de enormes ensaladas.

Rb había dejado las alitas de pollo en el fuego y yo les había dado vuelta en cuanto había entrado a los perros; luego almorzamos, después del almuerzo me preparé un té de menta -tenía tiempo de no consumir esta bebida- y lo acompañé con un par de pan tostado, un par de mitades de galleta y un octavo de pastel de arroz -con un poco de helado de chocolate-.

Después de la comida me tomé media hora de reposo -como le había comentado a Rb- y luego continué con el trabajo: medí la muesca que tenía que realizar debido a la bisagra y también tuve que realizar otro par de muescas en cada una de las piezas que había preparado por la mañana -por las varillas que tiene el portón-.

Finalmente instalé el angular con nueve tornillos -con sus armelas y tuercas- y terminé justo cuando estaba empezando a llover; metí las herramientas a mi habitación y me puse a ayudar a Rb con el almuerzo: pelé y troceé en cubos dos güisquiles y una zanahoria; además de culantro y apio.

Después de terminar con esto, y viendo que la lluvia había amainado, saqué la pintura anticorrosiva y terminé de pintar las dos piezas que aún faltaban y los tornillos que había usado para inmovilizar el angular; luego entré a sacar todas las herramientas de mi habitación -y barrer, pues había residuos de corte y taladrado-.

Por la noche, además de las lecciones de Duolingo, ví una buena parte de la última película de Spiderman; me sentía bastante apaleado por la actividad diurna; así que me retiré un poco después de las nueve a mi habitación.

La noche anterior había leído el penúltimo capítulo de Tinta y Sangre y, después de meditar, empecé con el siguiente; pero no llegué hasta el final: me sentía agotado y decidí intentar conciliar el sueño, para empezar una buena semana laboral.

Y a ver cómo va eso...