jueves, 1 de enero de 2026

Día Uno y Cubo de Rubik 6×6×6… Day One and Rubik’s Cube 6×6×6… Jour Un et Cube de Rubik 6×6×6…

Es el primer día del nuevo año y desde ayer me he estado preguntando cuál es el punto en la órbita alrededor del Sol que se marca el cambio de calendario; o si no es constsante en todas las vueltas.

En general creo que no me puedo quejar del año anterior -igual, es un sinsentido hacerlo, por muy humano que sea el hábito-; pero un resumen ligero sería: hice poco voluntariado; a pesar de que intenté involucrarme en nuevos proyectos en los primeros meses.

Le escribí a varias asociaciones educativas postulándome como profesor -o algo parecido-; nomás con una hubo comunicación y lo único que se realizó fue la compra de un par de calenarios planificadores -con frases bíblicas-.

También participé con un grupo en una visita a una comunidad bastante precaria en un departamento vecino a la capital: en febrero llevamos piñatas, regalos y pasteles al grupo de niños que viven hacinados en un conjunto de casas bastante endebles.

Eso fue en febrero; también había planeado repetir mi participación con los misioneros que vienen a las aldeas en uno de los departamentos fronterizos con nuestro gran vecino del norte; fui a la capacitación anual que es requerida; pero luego ya no acudí al evento.

Y es que, durante un mes, estuve trabajando doble: aproveché el certificado que había obtenido el año anterior para conseguir un segundo trabajo -algo típico en los que se dedican a la tecnología y trabajan en casa-; pero no me gustó, o sea, recuperé la inversión del certificado (certificado=doscientos dólares; mes de trabajo=dos mil dólares) pero decliné continuar.

A mediados de año mi hija segunda me avisó que retornaba al país; le comenté a sus hermanos y se prepararon para recibirla en el departamento; vino en Agosto, fui por ella al aeropuerto y la llevé al edificio donde mi hijo menor habia desocupado una de las dos habitaciones que había tomado hacía casi un año.

Esa habitación la utilizó por varios meses, hasta que contratamos a una pequeña constructora para que construyera una pared en el espacio que identificábamos como sala: la verdad quería que tuviera el acceso solar similar al de sus hermanos.

El penúltimo mes del año Rb fue intervenida quirurgicamente -histerectomía- y me tocó -por más de un mes- hacerme cargo de los perros: darles de comer, sacarlos constantemente al patio, aplicarle gotas oftálmicas a la más anciana -e interrumpir mi sueño a las tres de la madrugada, para darle pollo a esta última-.

Y el último mes hubo un cambio de automóvil: la transmisión del sedán que estuvimos usando tres o cuatro años empezó a dar problemas y lo intercambiamos -agregando algo de dinero- con el mecánico, por una MPV de la misma marca -y dos años más antigua-.

Y eso fue el dos mil veinticinco. 

Por otra parte, empecé con los cubos de Rubik hace ya más de quince años: encontré una 'solución' para el de 3×3×3 -el original y (quizá) el más común- en un blog de tecnología que había empezado a seguir durante mi tiempo en la primer empresa de software en la que trabajé luego de mi vuelta del Imperio del Norte.

Y resultó que la los pasos no funcionaban, o sea, al parecer (como suele suceder) se necesitaba una condicion previa; y entonces me quedé con un cubo de Rubik sin armar; pregunté a algunos compañeros voluntarios pero nadie me explicó.

Entonces empecé a leer y ver videos, y escribí una serie de instrucciones para resolverlo -mi objetivo era enseñarle a mis peques-; en total son siete pasos y mi hijo menor practicó tanto que llegó a resolverlo en menos de un minuto.

Con los años compré uno de 2×2×2 pero no me esmeré en armarlo; de hecho lo tuve abandonado durante mucho tiempo; hasta hace cuatro o cinco años que mi hija me regaló para Navidad uno de 3×3×3 espejo.

Después de batallar para armarlo (en vez de colores son los tamaños de los rectángulos lo que cambia) compré uno de 4×4×4; después de aprender a armarlo -son como tres pasos adicionales- le regalé uno a mi hija mayor, luego a mi hijo menor.

Y el año pasado encontré cubos de 5×5×5 en un almacén de productos chinos -estaban bastante baratos-; y eso fue mi regalo para mis hija mayor e hijo menor en Navidad -además de los cien dólares de costumbre-.

A principios de este año compré cuatro cubos de 6×6×6 -en linea, en Walmart del Imperio del Norte-; los envié a la casa de la mejor amiga de Rb -vive en Atlanta- y, unos meses después, me los trajo.

Y ese fue mi regalo de Navidad para los tres; empezamos a desarmarlos desde el día previo a la Navidad; por pura suerte -creo- logré armarlo esa misma noche -estuvimos intercambiando fotos de los mismos con mi hija mayor-; pero al día siguiente ya no pude: tuve que buscar algunos pasos pero, dos dias despues lo volví a armar.

El sábado que salí con mi hija mayor -nuestra salida mensual al parque temático- estuvimos discutiendo las dificultades que habíamos encontrado; y practicando el paso que había aprendido esa mañana para armar los centros.

Luego, el domingo, encontré la dificultad que ya habíamos encontrado en el de 4×4×4 -al parecer todos los pares son iguales: las aristas pueden quedar cruzadas-; pero ví un video en el que explicaban la solución (es una variante de la solución con el más pequeño).

Les estuve diciendo a mis hijos (y a Rb) que es el último cubo de Rubik que adquiriré; o sea, me imagino que los demás serán nomás de ir aplicando los mismos pasos dependiendo de si el número es par o impar; la dificultad -creo- sería mas de manipulación que de análisis.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me levanté a las siete y media; medité y entré a la reunión diaria del equipo; la cual estuvo bastante escueta -al menos en el tema de personal: menos de la mitad de la concurrencia habitual-; aunque no de tiempo: tardó casi una hora.

Mi único compañero que no está de vacaciones -y quien menos bien me cae- no estaba en la reunión, aunque sí mi supervisor -quien se suponía andaba de vacaciones-; luego, como a mitad de la reunión ví que mi compañero había ingresado.

Pero al final de la reunión, cuando mi supervisor estaba asignándole una tarea, mi compañero estaba nuevamente ausente; temí que me asignara la tarea pero permanecí en silencio hasta que la reunión acabó.

Una media hora más tarde mi supervisor me llamó; pero la llamada era grupal: estaba reunido con mi compañero; y requería mi presencia porque ninguno de los dos podía grabar la reunión -sospecho que ambos estaban utilizando sus celulares- y quería que alguien más escuchara la explicación, por si mi compañero tenia dificultades.

Lo interesante (?) es que yo sí pude empezar a grabar la reunión; me quedé escuchando la explicación pero no puse tanta atención; cuando la reunión terminó mi supervisor me pidió que lo llamara pues quería explicarme otra tarea.

Esa reunión también la grabé; aunque sucedió lo mismo que ha ocurrido en el pasado: no llegó al resultado esperado, y, cuando más tarde traté de seguir los pasos, tampoco pude ver el archivo que se suponía debía encontrar en una carpeta específica.

Me pasé el resto del día probando algunos bugs que nos había repartido en la primera reunión -afortunadamente puso a mi compañero como líder- y corriendo algunas pruebas -en donde debía utilizar lo visto en la segunda reunión, pero no pude-.

A media tarde le indiqué a mi compañero que ya había concluido mis asignaciones y le indiqué que podía informar al supervisor sobre los resultados; me desconecté al acabar el horario laboral y caminamos con Rb hasta el supermercado más alejado en dirección sur.

No compramos nada en ese lugar -Rb quería ver el precio de las uvas- pero notamos el logro de que Rb pudo caminar -por primera vez luego de la operación- toda la distancia; en el otro supermercado compramos algunas piezas de pollo y bananos (además Rb se puso a conversar un largo rato con la carnicera).

El sábado me levanté a meditar a las siete y media; pero después retorné a la cama -el ambiente estaba bastante gélido-; salí de la habitación casi a las nueve a preparar mi desayuno del fin de semana -aunque tuve que ir a la panadería pues el día anterior había olvidado comprar pan-.

El resto de la mañana estuve jugando ajedrez en Duolingo y resolviendo el cubo de Rubik de 6×6×6; a las once y media sacamos a caminar a los perros; había quedado con mi hija mayor de llegar a la una al departamento, pero no se oía mucho tráfico en el boulevard.

Después de sacar a los perros me metí a la ducha; al final salí de casa después de las doce y diez; pero el boulevard estaba bastante vacío; así como el resto de la ruta -excepto el periférico-: llegué a la casa de mis hijos en veinte minutos.

Me estacioné y subí al séptimo nivel; la puerta de la habitación de mi hija mediana estaba entreabierta y ví que se encontraba de espaldas; le escribí desde la sala para ver si estaba de descanso pero me comentó que nomás estaba trabajando desde casa.

Le escribí a mi hija mayor comentándole que ya estaba en el lugar; pero me dí cuenta que había olvidado el cubo en el automóvil y bajé por el mismo; cuando volví a subir mi hija mayor ya me estaba esperando.

Nos dirigimos al parque temático -no llevaba nada de comida- y, en el lugar, compré un par de menús de pequeños trozos de pollo; buscamos un lugar para comer y, afortunadamente, encontramos lugar en el espacio social techado.

Almorzamos en una de las mesas y luego estuvimos armando algunos cubos de Rubik -incluido el de 6×6×6-; después jugamos un par de partidas de dominó; antes de retornar a casa visitamos el zoológico del lugar y nos subimos a la rueda de Chicago más grande.

Un poco antes de las cinco de la tarde nos retiramos del lugar; el camino de vuelta estaba bastante vacío -como que toda la ciudad esta en reposo- y, un poco mas tarde, estabamos entrando al departamento.

Nos intalamos durante un corto tiempo en la sala y a las cinco y media -como lo habíamos acordado más temprano- me despedí de mi hija -siempre insiste en acompañarme al estacionamiento- y emprendí el camino de vuelta a casa.

El tránsito seguía tan ligero como al mediodía por lo que un poco después de las seis estaba entrando en la casa de Rb; por la noche Rb me propuso que vieramos la primera parte de la última película de la serie Knives Out -también ví, antes de dormirme, la parte final de Mission Impossible: Fall Out-.

El domingo -al igual que el día anterior- me levanté a las siete y media a meditar, pero luego retorné a la cama; salí de la habitación a las nueve; después del desayuno saqué mi canasta de ropa sucia y puse una carga extra larga en la lavadora.

A media mañana caminamos con Rb hasta los supermercados en dirección norte: ella necesitaba comprar unas bandas de velcro en la librería industrial en donde hemos comprado las últimas portátiles.

Las opciones de velcro que encontró en el lugar estaban muy caras por lo que decidió utilizar botones en la pijama que estaba planeando coserle a la perra más anciana; volvimos a casa.

El resto de la mañana estuve trabajando en la tarea que no había podido completar el viernes; desde el día anterior estuve investigando sobre la forma de generar un archivo que necesitaba y al final lo logré; pero no pude completar toda la asignación.

Al mediodía, después de sacar a caminar a los perros, preparamos alitas de pollo; las que acompañamos con una sopa de lo mismo, y una ensalada; por la tarde, después de lavar los trastes, preparé un café y un té -el café lo acompañé con un trozo de pastel de chocolate-.

El resto de la tarde estuve explorando los algoritmos necesarios para completar la solución del cubo de Rubik de 6×6×6: al igual que el anterior número par puede quedar una T en la última cara, o las esquinas cruzadas.

Los últimos dos días laborales del año -y primeros días de esta semana- no tuvieron mucha diferencia: las reuniones de equipo han estado tardando casi una hora -sin mucho progreso-; el supervisor entró a ambas.

El lunes empezamos la realización de las tareas habituales, con el analista que menos bien me cae, no pudimos realizar mucho -él se estuvo quejando de que el equipo no funcionaba correctamente, yo nomás marqué casi todo como aceptable.

Al final de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección norte; ella quería revisar unos sartenes antiadherentes en la tienda en donde nos proveemos usualmente de implementos para el hogar; compramos un conjunto de tres en veinte dólares.

Antes de caminar hasta los supermercados habíamos pasado por la tienda de las verduras; compramos un par de papayas y algunas hierbas aromáticas; la bolsa con las frutas y la hierba la pasamos a dejar a la garita de la calle, para evitar cargarla hasta los supermercados.

En la tienda verde de descuentos compramos un par de cajas de bolsas ziplock y yo compré un poco de café molido: había planeado el primer desayuno del año con mi amigo de ascendencia asiática -y que es parte de una secta coercitiva-

El martes hubo una nueva actualización de la aplicación que hemos estado probando por el último par de años; según mis criterios, debíamos reiniciar el ciclo de pruebas, pero el supervisor indicó que nomás continuáramos con lo que restaba.

Igual no realicé tantas pruebas -el día anterior sí había estado dedicándome por unas horas a completar una tarea bastante extensa-; por la tarde estuve escribiendo un poco de código en Python (con ayuda de dos o tres LLMs): he estado buscando en los artículos de Hacker News la noticia del año anterior sobre el obituario de un químico.

También aproveché para realizar el traspaso del automóvil que adquirimos un par de semanas atrás: al final, descontando el valor del sedán que Rb le entregó al mecánico nomás tuvimos que pagar seiscientos cincuenta dólares cada uno -el vidrio trasero nos salió en sesenta y cinco dólares y el trámite del traspaso en ciento treinta dólares-.

Al final del horario laboral nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; en el más alejado Rb verificó el precio de las uvas pero lo encontró muy elevado; en el otro supermercado compramos bananos, huevos, y algunos otros víveres; por la noche ví el ultimo episodio de la primera temporada de Pluribus. 

El miércoles era el último día del año y, según la legislación local se trabaja únicamente hasta el mediodía; la reunión de equipo volvió a tardar más de una hora; el día anterior no había estado quien lleva la hoja de cálculo con los avances y la persona que estuvo a cargo realizó varios cambios que la dejaron bastante diferente.

De hecho el día anterior, como a media mañana, habíamos tenido una reunión con el supervisor: quería que revisáramos los últimos cambios que se habían hecho en la hoja de cálculo, pues creía que se había desactualizado; al final no cambié nada.

La reunión del miércoles terminó después de las nueve de la mañana; a esa hora salí de la habitación a prepararme el desayuno -y a saludar a Rb-; el resto de la mañana me estuve escribiendo un script en Python para eliminar imágenes indeseables de mi celular.

Tenía en la galería de mi teléfono más de trece mil imágenes pues tenía configurado whatsapp para descargar cualquier archivo recibido; y como estoy en tres o cuatro grupos de búsqueda de empleo, la cantidad de archivos era excesiva -al final logré bajarlas a menos de la cuarta parte-. 

A las once y media sacamos a caminar a los perros de Rb -una hora antes de lo habitual, pues era día de visita a mis hijos-; cuando entramos revisé Waze y ví que la el trayecto hasta el departamento se veía bastante despejado; por lo que esperé un poco antes de meterme a la ducha.

Después de ducharme metí en mi mochila dos bolsas de snacks y cuatro coquitas; también los tres cuadernos y nueve lapiceros que planeaba obsequiarles por el inicio del año; salí de casa después las doce y veinte.

El boulevard estaba bastante despejado; pero unas cuatro o cinco calles antes de salir a la vía intermunicipal encontré un embotellamiento bastante fuerte; me tardé como diez minutos en avanzar cuatro o cinco calles.

Pero el resto del camino no tenía muchos vehículos; al final llegué al edificio donde viven mis hijos un par de minutos antes de la una; estacioné la van y subí caminando al séptimo nivel; encontré a mi hija mediana en la cocina -la puerta principal se abre justo a la cocina-. 

Me comentó que comenzaría a trabajar a la una y media; le escribí a mi hija mayor e hijo menor para comentarles que ya había llegado; y preparé la refacción que había planeado: media bolsa de snacks y una coquita.

Mi hija mayor salió casi en el acto; mi hijo menor salió cuando su hermana ya se había encerrado a su habitación, para empezar su turno de trabajo; mientras mi hijo menor refaccionaba estuvimos viendo algunos videos cortos en Youtube.

Después confeccionamos una lista con los ingredientes para preparar unas tortillas de harina dobladas -sincronizadas le llaman en Argentina-; eran ocho o nueve ingredientes; con la lista nos dirigimos al supermercado que queda un par de calles al otro lado del boulevard al lado del cual está ubicado el edificio.

Compramos todos los ingredientes -aunque no encontramos peperoni- y me hice cargo de la cuenta -veinte dólares-; después pasamos a una pastelería del lugar y compré un mini cake de mandarina -el favorito de mi hijo menor-.

Con las compras retornamos al departamento y nos pusimos a preparar la comida del día: mi hija mayor cortó ocho cuadros de papel de aluminio -lo habíamos adquirido ese día-; mi hijo cortó los embutidos y yo preparé la mayonesa de aguacate que aprendí a hacer unas semanas atrás.

Al final preparamos ocho tortillas de harina rellenas con salsa de tomate, aguacate, embutidos y quezo mozarella -habíamos adquirido otra bolsa pero, por alguna razón, ya no pasó por la caja del supermercado-; lo metimos veinte minutos -en dos ciclos- al horno eléctrico y las consumimos con jugo de naranja.

Mi hija mediana salió un rato de su habitación cuando estábamos por servir la comida -toma uno de sus recesos a las cuatro de la tarde- y le hice entrega de sus dos tortillas de harina, y el vaso de jugo de naranja -su hermana le comentó que le quedaría un trozo de pastel en la refrigeradora-.

Con mi hija mayor y mi hijo menor almorzamos en la habitación que ahora designamos como sala y estuvimos conviviendo un rato: vimos varios videos del canal del FedeWolf; como mi hija mayor empezaba a trabajar a las cinco empezamos a despedirnos unos minutos antes de la hora.

A las cinco me despedí de mi hijo menor; un poco antes vimos uno de los videos que había preparado sobre el último cubo de Rubik, también le comenté que se me había olvidado darle el cuaderno y los tres lapiceros a mi hija mediana y que se los dejaría sobre la estufa.

El tránsito de regreso estuvo bastante ligero por lo que un poco después de las cinco y media estaba entrando en la calle donde vivo; como a la mitad de la calle encontré a Rb: había salido a caminar un poco en las dos calles interiores.

Le comenté que había visto -en el puesto de frutas en donde generalmente se provee- que el precio de las uvas estaba un veinticinco por ciento más bajo que la semana anterior; le propuse que camináramos al lugar.

Se subió al auto y venimos a estacionarlo frente a la casa; entré por una bolsa de mercado y nos dirigimos, caminando, hasta el puesto de las frutas; en el lugar Rb adquirió cuatro libras y retornamos a casa.

Por la noche ví el final del segundo capítulo de la segunda temporada de FallOut; había cenado el tercer tamal del fin de año y preparado la segunda tableta de chocolate; la mayor parte de la noche la pasé en la cama de Rb, acompañándola a ver alguna de sus series.

Un poco antes de medianoche empezó la quema de fuegos artificiales con las que se celebra por estos lares la llegada del Nuevo Año; lo bueno es que la perra más anciana de Rb ya casi no oye, y los otros dos no son tan temerosos de la pirotecnia.

Nos dimos el abrazo de Año Nuevo, luego esperé unos minutos a que pasara toda la bulla y después me despedí de Rb, como ya había meditado -me he quedado con el hábito de hacerlo a las diez de la noche- me retiré a dormir.

El jueves me levanté a las ocho y cuarto: la noche anterior había quitado todas las alarmas pero quería salir de la habitación a tiempo para desayunar con Rb; medité y después salí a recalentar el cuarto -y último- tamal del fin de año.

Después del desayuno estuve jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo -había llegado a mil cuatrocientos noventa y nuev de ELO, pero volví a bajar a mil cuatrocientos setenta-; a las diez nos dirigimos al comercial en donde se estacionan los busitos.

Por ser un día de asueto, se me había ocurrido que Rb podía manejar -por primera vez- la van hasta el lugar, aprovechando la inexistencia de embotellamientos; y sí, fue un trayecto bastante tranquilo.

Rb condujo la van hasta el comercial, sin mucho contratiempo; se estacionó en el sótano y subimos al supermercado en el primer nivel; allí compramos una red de aguacates y un par de libras de manzanas.

Pasamos a la autocaja y luego a que sellaran el ticket del parqueo; luego bajamos al sótano por el automóvil; salimos del lugar sin ningún inconveniente y nos dirigimos a la gasolinera en la que frecuentemente relleno el tanque de combustible.

Le pedí al empleado de la gasolinera que dejara libre la bomba y procedí a llenar el tanque -veinte dólares-; después de pagar le comenté a Rb que estaba demasiado pegada a la bomba y la guié para que retrocediera y tomara un mejor ángulo de salida.

Retornamos a casa sin ninguna novedad y, al mediodía, sacamos a caminar a los perros; después recalentamos -la mitad restante de- el pollo que horneamos la víspera de Navidad; después del almuerzo continué depurando mi archivo de imágenes del celular.

A la hora en que Rb le sirvió la comida a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastes del almuerzo; después preparé un café y un té; consumi el café con un par de galletas y le llevé el té a Rb, quien se metió a la cama para una siesta vespertina.

Y a ver cómo sigue eso.  

jueves, 25 de diciembre de 2025

Navidad… It’s Christmas… C’est Noël…

Es -otra vez- Navidad... estábamos haciendo cuentas con Rb y es la número trece que pasamos juntos; o sea, empezamos a salir a principios de Noviembre y pasamos esos dos meses casi sin salir de su casa.

Tengo mucho tiempo de no celebrar las fechas -aparte de alguna comida especial o darle regalos a mis hijos- pero he estado tratando de probar algunas actividades: el año pasado le pedí a mis hijos que se hicieran cargo -le regalo efectivo- de la factura del almuerzo de Navidad y Año Nuevo.

No me gustó la experiencia; o sea, me parece sobrevalorado; o quizá fueron los restaurantes que elegí; pero este año les propuse que realizáramos un potluck el 24; originalmente el plan estaba muy bien: los tres tenían libre el día; luego resultó que a mi hija mediana le cambaiaron el primer día de descanso y no pudo acompañarnos.

Pero los tres se esmeraron: mi hija mayor preparó unas entradas con queso mozarella, mi hijo cocinó curry estilo japonés -muy bueno- y mi hija mediana dejó un recipiente cerámico con un postre muy bueno -parecía un flan bastant exótico-.

Por mi parte, me hice cargo de las bebidas: llevé un par de litros de fresco de Rosa de Jamaica -lo preparé el día anterior-; además llevé cuatro vasos plásticos, que dejé en el departamento.

En la habitación de mi hija mediana encontré una pequeña figura de cartón de un mapache, con un par de separadores de libros alrededor del cuello; mi hijo me regaló una caja de incienso -igual que el año pasado- y mi hija mayor el usual calendario anual.

Es el tercer año seguido que me regala lo mismo -me encanta-; hace un par de años cada mes estaba decorado con un ave, pintada en acuarela; el año pasado eran escenas de películas de Estudio Ghibli; y ahora cada mes tiene una caricatura de un mapache, con temas alusivos al mes.

Yo les regalé a cada uno los cien dólares de costumbre -preparé tres sobres de origami- y, adicionalmente, les regalé lo que declaré sería el último cubo de Rubik que les estaré obsequiando: seis por seis por seis.

Y a ver cómo va eso... 

El viernes fue un día tranquilo en el tema laboral; además, ya muchas de las tareas con los perros las está haciendo Rb: su recuperación ha ido produciéndose sin ningún sobresalto; al medidodía almorzamos el penúltimo pescado del freezer.

Por la tarde -después del horario laboral- nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; como Rb se ha estado sintiendo un poco más fortalecida, caminamos una par de cuadras después del supermercado más cercano; y compramos -de vuelta- pollo y bananos; en el camino de retorno pasamos a la tienda de las verduras.

El sábado habíamos previsto la colocación del vidrio trasero del auto que nos dejó el mecánico; Rb había llamado un par de días antes al taller de vidrios y le habian cotizado el cambio por sesenta y cinco dólares; yo había escrito el día siguiente y me habían cotizado diez dólares más elevado.

Me levanté a meditar a las seis de la mañana y tomé el auto a las seis y media; entré a la ciudad por la ruta alternativa y, por ser sábado y bastante temprano, el tránsito estaba manejable; llegué al lugar a las siete menos cuarto.

Cuando me estacioné frente al taller ví que había un autobús de la policia nacional y un auto blanco -este último tenía completamente abollado el vidrio frontal-; ví que habia una persona conversando con el conductor pero no creí que fuera personal del taller.

Pero sí, un poco después esta persona se dirigió a saludarme, y a indagar sobre el trabajo que buscaba; cuando le comenté los detalles me preguntó si ya me habían cotizado y le indiqué que me habían estimado un precio de sesenta y cinco dólares.

Se suponía que el taller atiende los días sábados de siete y media a una de la tarde; pero abrieron media hora antes; me pidieron que ingresara el auto a la nave principal y allí me pidieron la llave para estacionarlo ellos mismos; además, me indicaron que podía esperar en una sala de espera.

En la sala de espera había una cafetera y varios vasos desechables; me serví un café; un poco más tarde la misma persona que me había abordado más temprano me confirmó el precio y me pidió la información para la factura; además me indicó que para pagar con tarjeta de débito debía presentar una identificación.

Lo cual era un problema porque la tarjeta es de Rb; entonces le indiqué que iría a un cajero automático, a extraer efectivo; y el taller es tan bueno que incluso me ofreció el transporte hacia -y desde- el cajero automático.

Pero me negué: o sea, me gusta caminar; a dos o tres calles hay una gasolinera y, a un costado, un pequeño local con dos cajeros automáticos; pero el de la tarjeta tenía la bahía zafada, lo cual me dió completa desconfiana; continué caminando hasta un centro comercial a dos o tres calles de distancia.

En el centro comercial encontré un cajero en muy buenas condiciones; pero era tan moderno que por poco no logro realizar la transacción: a pesar de tener una bahía en buenas condiciones no estaba leyendo la tarjeta, pero el mismo mensaje indicaba que se podía hacer sin contacto.

Después de aproximar la tarjeta al sensor pude completar el retiro de ciento treinta dólares; luego retorné al taller; poco a poco empezó a llegar más gente, aunque no llego a ocuparse más de la cuarta parte de las sillas que había disponibles; al final me entregaron el auto casi a las diez.

El auto quedó bastante bien, despues de pagar inicié el trayecto de vuelta a casa; en el camino pasé a una gasolinera a llenar el tanque; o sea, iba a llenarlo, pero después de cuarenta dólares preferí que se quedara un poco vacío; pagué y continué el camino de retorno a casa.

Estacioné el auto frente a la casa de Rb y entré a la casa; un poco después ella salió y me comentó que el auto estaba -otra vez- botando un líquido; salí a verificar y tomé un par de videos del charco bajo el auto, y algunas gotas cayendo por un lateral del motor; le envié los videos al mecánico.

El mecánico contestó un poco más tarde, ofreciendo pasar en el transcurso del día; a las once y media sacamos a caminar a los perros de Rb, después me metí a la ducha, me vestí, tomé mi mochila y empecé el trayecto hacia la casa de mis hijos.

Camine hasta la carretera intermunicipal, había bastante tránsito, incluso rebasé a un par de busitos; tenía la intención de tomar un bus intermunicipal, pero uno de los busitos llegó justo en ese momento y lo abordé; en el comercial en donde se estacionan los buses pedí un Uber para la calzada en donde viven mis hijos.

El viaje en motocicleta me costó menos de tres dólares y no tomó más de diez o quince minutos; luego caminé un par de cuadras hasta la universidad y allí abordé un bus de la municipalidad -creo-, en el cual pude pagar utilizando la tarjeta del Transmetro.

El bus me dejó en el comercial que se encuentra a un par de calles de la casa de mis hijos, a donde llegué apenas un par de minutos después de la una; subí al séptimo nivel, le escribí a mi hijo para notificarle que ya había llegado y me instalé en la habitación que ahora funciona como sala.

Mi hijo salió casi a la una y media; traté de mantenerme ecuánime, conversamos un poco y le pregunté si prefería que llegara a la una y media; pero me dijo que no, que nomás tendrá más cuidado de prepararse con más antelación.

Entonces decidimos dirigirnos al parque temático; pero no llegamos: cuando íbamos a la altura del comercial en donde me había apeado del autobús, mi hijo me comentó que la espalda -creo que la parte baja- le estaba molestando y que no se sentía capaz de llegar a nuestro destino.

Le propuse que almorzáramos en el lugar y entramos en el KFC del comercial; compré un par de Big Box -quince dólares- y, la verdad, me pareció un exceso de comida -una hamburguesa, una pieza de pollo, papas y ensalada-; de hecho, incluso encontré demasiado dulce el té frío, por lo que preferí tomar un poco de coca cola.

Como no sabía qué podíamos hacer hasta las cinco se me ocurrió que practicaramos un poco de origami; entramos a una librería en el centro comercial y compré un paquete de post-it; luego caminamos de vuelta al departamento.

Estuvimos durante un par de horas haciendo varias decenas de piezas de origami modular; -también jugamos un par de partidas de dominó- el origami que planeábamos armar necesitaba treinta piezas, las cuales completamos, luego dejamos la figura a medias.

A las cinco -como habíamos acordado más temprano- me despedí de mi hijo e inicié el retorno a casa; crucé la calzada para ver cómo estaba el tema de los buses, pero no pude abordar uno porque no me dí cuenta que entraba en una ruta auxiliar antes de llegar a donde estaba esperando.

Tomé un taxi -pirata-, que cobran el mismo monto que los autobuses, y llegué a la estación central del Transmetro un poco más tarde, abordé la siguiente unidad que pasó y me apeé cuando alcancé la estación que queda en el comercial en donde se estacionan los busitos.

Me dirigí a la parte posterior del comercial y abordé la unidad que estaba llenándo, un poco después de las seis estaba entrando a la calle de la casa de Rb; por la noche ví el último capítulo publicado de Pluribus, también ví un poco de la última película de Lanthimos: Bugonia.

El domingo me levanté tarde; o sea, estoy intentando levantarme todos los días laborales -y sábado- a las siete y media; pero el domingo lo quité de esa alarma y puse una para las ocho y cuarto; después de meditar salí de la habitación pero Rb ya estaba dándole la comida a sus perros.

Me preparé el desayuno de los domingos y después me puse a alistar la declaración -a cero- mensual de impuestos; después del desayuno le propuse a Rb salir a caminar, aceptó y fuimos al supermercado en dirección sur -dejamos las llaves en garita, por si venía el mecánico-.

En el supermercado compramos un poco de bananos y aproveché a comprar un paquete de pan tostado: había previsto visitar a mi tía favorita por la tarde y no quería llegar con las manos vacías; casi al mediodía vino el mecánico -el día anterior me había escrito al final de la tarde para comentarme que pasaría a media mañana-.

Abrimos el motor del automóvil y le conté lo que había sucedido el día anterior, también le comenté que me parecía raro que él hubiera manejado el auto en las mismas condiciones; la verdad se veía algo apenado por la situación, y me pidió un poco de agua para intentar encontrar la fuga.

Pero ni siquiera necesitó el agua: entré a llevar un pichel y cuando salí me comentó que ya había visto el problema:se metió a ver el motor y encontró una manguera que había sido dañada por una polea -como que la manguera se zafó de su lugar y empezó a rozar-; se llevó la manguera y ofreció volver a instalarla al día siguiente

Rb salió y estuvimos conversando un poco sobre la situación del auto -y la vida en general-, luego retornamos al interior de la casa y, después de comentarle sobre la película que había empezado a ver el día anterior, le propuse que la viéramos juntos, aceptó y vimos la mitad de la misma, antes de empezar a preparar el almuerzo.

Preparamos -y almorzamos- las alitas de costumbre; después lavé los pocos trastes que se habían acumulado en el lavatrastos; a las tres comencé a caminar hacia la ruta intermunicipal; allí tomé el autobús y me apeé en una intersección que se encuentra bastante cerca de la casa de mi tía.

Llegué a este punto con casi media hora de anticipación, por lo que caminé varias calles para dar un gran rodeo, con el objeto de no llegar muy temprano; aún así llegué diez minutos antes de las cuatro de la tarde; toqué el portón pero nadie respondió; entonces llamé a mi primo, pero tampoco respondió.

Estaba pensando qué hacer -creo que hubiera esperado un poco más- cuando escuché que me hablaban: era mi tía que volvía del supermercado; nos saludamos y subimos al segundo nivel, en donde estuvimos la siguiente hora entre conversación y café con pan.

A las cinco sonó la alarma y le indiqué a mi tía que me retiraría; justo en ese momento llegó su esposo, quien me ofreció conducirme hasta la calzada principal pero, como había previsto caminar al Mc Donalds en donde había citado a mi amiga psicóloga- decliné su ofrecimiento.

El día anterior había estado viendo Google Maps para estimar el tiempo de caminata y la previsión fue más o menos correcta: llegué al lugar con diez minutos de anticipación; pero mi amiga había llegado antes -me había escrito veinte minutos antes-; estuvimos en el lugar hasta las siete, entre conversación y comida -ella compró un almuerzo y yo unas papas fritas-.

A las siete sonó una de mis alarmas y le pedí favor de que me acercara a una estación del Transmetro; mi amiga tiene un auto Kia del año -bastante moderno-, me dió aventón -perdiéndose un par de veces-hasta la calzada sobre la que circula el Transmetro, desde allí camine algunas calles hasta el comercial en donde se estacionan los busitos.

En el comercial entré al supermercado y compré las manzanas y peras que me había encargado Rb, también compré una pequeña red de aguacates; después salí a ver la situación de los buses: sabía que el ultimo busito salí a las siete y cuarto -eran ya las ocho menos cuarto- por lo que dí la vuelta a la cuadra hasta el lugar en donde pasan los buses intermunicipales.

Tenía la impresión que esos buses pasan hasta altas horas de la noche, pero no es así: en el punto había una fila de personas esperando para abordar un taxi -pirata-, y al enterarme de que cobran el doble que los busitos preferí esperar el bus intermunicipal -que cobra lo mismo que los busitos-.

Pero ya no pasó, estuve esperando en el lugar hasta las nueve menos cuarto; en el ínterin recibí un par de llamadas de Rb, preocupada por la situación del transporte; finalmente pedí un uber moto -con casi el mismo costo que el día anterior-, un poco después de las nueve llegué al mismo punto en donde había abordado el bus más temprano.

Empecé a caminar y llamé a Rb para comentarle que ya estaba en el boulevard y que llegaría en quince minutos; caminé algo apurado -estaba lloviznando- y a las nueve y diez entré a la calle en la que he vivido los últimos cuatro años; a pesar de la llovizna vine bastante seco.

Estuve revisando mis correos personales y realizando algunas transferencias hacia la cuenta de Rb; a las diez y media -como el último mes- me metí a mi habitación a meditar; después procedimos a porcionar los almuerzos para la semana -en esta ocasión Rb los preparó sola-; después preparé las gelatinas para mis desayunos de la semana -por primera vez (después de más de un año) sin Psyllium-.

El lunes me desperté bastante termpano; la alarma debía sonar a las siete y media pero aún no eran ni las siete; no sé si esto se debe a que he estado reduciendo mi uso de pantallas en la cama; además, estaba soñando algo interesante -aunque luego lo olvidé por completo-.

Medité durante veintidós minutos y luego jalé la computadora de la mesa del comedor hacia la cama; a las ocho entré a la reunión diaria; la cual estuvo bastante tranquila; aunque -igual que ultimamente- bastante extensa.

Salí de la habitación casi a las nueve y tomé el desayuno de los días laborales -avena, plátano y gelatina-; después me percaté que mi superviso me habia enviado un correo el viernes después de las cinco de la tarde; afortunadamente no lo ví ese día -o el fin de semana- porque seguramente hubeira trabajado en la tarea que me estaba asignando.

Aunque quien sabe, la asignación era algo ambigua: debía procesar cien archivos, pero no me quedaba claro el resultado que esperaba; consulté el tema con el analista que vive en la misma ciudad que mi familia paterna, tampoco pude sacar mucho en claro.

Le escribí un correo a mi supervisor, pidiéndole un poco más de detalles y, como había previsto, no recibí ninguna respuesta; entonces trabajé en la tarea de acuerdo a lo que había entendido; lo que, por otra parte, me daba la oportunidad de escribir un poco de código -lo que me encanta-.

Completé el trabajo en menos de una hora y el resto de la mañana estuve haciendo un poco de Duolingo, además de revisar mis correos personales; a las doce y media sacamos a caminar a los perros de Rb; después almorzamos la primera porción de los almuerzos semanales: cocido de pollo con hongos y pimientos, acompañados de coditos y aguacate.

Después del almuerzo lavé un poco de trastes y, mientras Rb preparaba algunas galletas que utiliza en sus cenas, me retiré un rato a la cama, en donde yací por veinte minutos -en dos ocasiones- pero sin dormirme -intenté meditar un poco-; cuando Rb terminó en la cocina me dió espacio para cortar y pelar una papaya bastante pequeña; después preparé un café y un té.

Además, Rb me había pedido que le escribiera al mecánico -esperando que aún pudiera venir durante el día- pero respondió con un audio, comentando que había tenido una emergencia médica con su hija y pidiéndonos tiempo para venir al día siguiente temprano.

Después del horario laboral fuimos a los supermercados en dirección norte; en la tienda verde de descuentos compramos algunos moldes de aluminio y una caja de pastel de chocolate; también frijoles para el desayuno que previsto con mi amigo de ascendencia asiática, en enero.

En el otro supermercado compramos un pollo entero, también mollejas y pechugas del mismo tipo de ave; la bolsa de compras venía bastante pesada; por la mañana Rb había comprado las verduras con las que pensaba rellenar el pollo antes de hornearlo.  

El martes fue un día bastante tranquilo, al menos en el plano laboral: en la reunión de la mañana no hubo muchas novedades, excepto que acababan de liberar una nueva versión de la app y debíamos hacer un chequeo rápido.

También me reuní con el analista que vive en la misma ciudad donde vive mi familia paterna; como se iría de vacaciones a partir del día siguiente le había pedido que me explicara algunas de las tareas que realiza usualmente.

Como a media mañana vino el mecánico -con su hijo- y me mostró la manguera que había conseguido para sustituir la que estaba provocando la fuga del refrigerante en el motor; procedió a instalarla y luego estuvo un buen tiempo probando el auto.

Un poco antes de mediodía me devolvió las llaves del auto y, al preguntarle por los cargos, me indicó que no me cobraría pues nos había entregado el auto en esas condiciones; también conversaron un poco con Rb sobre la salud de su hija.

A mitad de la tarde tuve la reunión con el analista que se iba de vacaciones al día siguiente; fue de casi una hora y se extendió bastante en su explicación; la verdad no puse toda la atención debida pero sí grabé toda la reunión.

Después del horario laboral nos dirigimos con Rb al supermercado más alejado en dirección sur; era la primera vez -desde la histerectomía- que se atrevía a bajar hasta ese lugar -la pendiente es bastante elevada y hay muchas gradas en las aceras-.

Compré varios ingredientes para el desayuno que prepararé en enero -y algunos para mis desayunos de los fines de semana-; en el otro supermercado compré embutidos para mis desayunos -ya me había quedado sin reservas- y bananos.

El miércoles tocaba trabajar nomás mediodía, de acuerdo con la legislación local; a la reuinón de la mañana entró menos de la mitad de los asistentes habituales -mi supervisor, que está de vacaciones, asistió-; el analista que menos bien me cae -y que es el único que no está de vacaciones- entró tarde y salió temprano.

De heho, al final de la reunión el supervisor estaba hablándole pues debía explicarle una tarea que tenía que completar antes del mediodía; como no lo encontraba me imaginé que me llamaría más tarde.

Y así fue; aunque ya estaba en la misma reunión el otro analista: resulta que ninguno de los dos podía grabar la reunión -no sé si ambos estaban utilizando el celular para la misma-; y el supervisor quería que yo también escuchara la explicación, por si luego había necesidad de mi actuación.

Pero yo sí pude grabar la reunión; el supervisor se explayó bastante en lo que mi compañero tenía que hacer; luego me indicó que debía llamarlo más tarde pues debía explicarme otra funcionalidad; también grabé esa reunión.

Se suponía que debía reunirme con mi supervisora local a las nueve y media -tiene programada esa reunión personal cada dos semanas- pero no respondió a mis mensajes; después de terminar la reunión con mi supervisor en el Imperio del Norte le hablé a mi compañero y le envié el enlace de la grabación.

El resto de la mañana no hice mucho más; a las once y media sacamos a caminar a los perros de Rb; luego me metí a la ducha y me preparé para salir; el tránsito se oía bastante pesado; y salí casi a las doce y cuarto.

En efecto, el tránsito estaba pesado, la cola se extendía hacia abajo, por el boulevard; en total me tardé más de media hora para salir a la ruta inter municipal; afortunadamente la van respondió bien, y, en la ciudad el tráfico estaba bastante ligero, llegué al departamento de mis hijos apenas tres minutos después de la una.

Y, como les había comentado que probablemente llegaría más cerca de la una y media que de la una, mis dos hijos aún estaban acicalándose; mi hija mayor salió un poco más tarde y me comentó que nomás debía hornear las entradas que había preparado: deditos de queso.

Mi hijo menor salió después, me mostró que ya tenía preparados tres platos con el curry estilo japonés que había preparado; entré a la habitación de mi hija mediana y le dejé sus dos regalos de navidad: el cubo de rubik -envuelto en papel de cumpleaños- y el sobre con los cien dólares.

Mi hija horneó las entradas y nos acomodamos en la habitación que ahora funciona como sala; dando buena cuenta de un banquete de tres platos: deditos de mozarella como entrada, curry estilo japonés como plato principal, y de postre, flan; acompañado del refresco de Rosa de Jamaica que había llevado.

Después del almuerzo realizamos el intercambio de regalos y después jugamos una partida de Scrabble en inglés; les había indicado a mis hijos que me retiraría a las cinco de la tarde; por lo que, luego de un par de partidas de dominó, mi hija mayor me acompañó al parqueo.

El tránsito estaba bastante ligero y vine a casa un poco después de las cinco y media; Rb había preparado el relleno del pollo durante la tarde -yo había picado las verduras la noche anterior- y nos pusimos a preparar los rollos de pollo y el pollo relleno.

En la cena consumí uno de los tamales que me había venido a regalar una vecina la noche anterior; pasamos una buena parte de la noche horneando: un pyrex con el pollo relleno, dos moldes de aluminio con los rollos, dos moldes de aluminio con pastel de chocolate y dos moldes de aluminio con un pastel de zanahoria que Rb adecuó a sus restricciones.

Terminamos de cocinar cerca de las once de la noche; en el ínterin estuvimos viendo la última parte del capítulo final de la competición de pasteles; también logré armar el cubo de Rubik de seis por seis por seis -mi hija mayor me estuvo enviando fotos de su cubo con varios pasos ya logrados-; yo logré completarlo antes de medianoche.

Antes de la medianoche ya sentía los párpados bastante pesados, por lo que me lavé los dientes cuando faltaban al menos quince minutos para la medianoche; pero me quedé acompañando a Rb mientras pasaba toda la bulla de los fuegos artificiales de Navidad.

Nos dimos el abrazo a medianoche y esperé cerca de diez minutos antes de retirarme a mi habitación; pero la bulla seguía; me metí a la cama y puse  Mission: Impossible - Fallout en mi computadora personal; ví diez o quince minutos, luego cerré la compu y me dormí.

El jueves me levanté super tarde: la noche anterior había quitado todas las alarmas que había mantenido desde la operación de Rb; nomás dejé la del mediodía para sacar a caminar a los perros; y puse una a las ocho y veinte o algo así.

De todos modos me desperté temprano; ví la ventana y la luz aún estaba bastante gris; por lo que continué dormitando hasta que sonó la alarma; había estado soñando -por lo que pareció- un buen rato con mis chicos; aunque el sueño era algo confuso:  eran adolescentes y mis dos hijas se fracturaban.

En el sueño tenía que llevarlas al hospital y la situaciń era algo confusa con ambas: mi hija mayor tenía el brazo fracturado y la doctora decía que no se enyesaría sino que debía curarse naturalmente; tampoco había un buen diagnóstico para mi hija mediana; y mi hijo menor aún estaba bastante pequeño; fue un sueño raro.

Salí de la cama un poco después de las nueve -cuando escuché que Rb ya había alimentado a sus perros-; desayuné uno de los tamales que Rb me había traído de la panadería el día anterior, con una taza de chocolate que me había sobrado de la noche anterior.

También me comí un trozo bastante grande del pastel de chocolate que preparé la noche anterior; Rb me había pedido que camináramos hasta un supermercado en dirección norte que queda a casi tres kilómetros, por lo que a las diez salimos de casa.

Por ser Navidad las calles estaban bastante vacías; pero caminamos con bastante calma, pues -otra vez- no habíamos realizado esa caminata en varios meses; en el supermercado Rb compró algunas frutas y luego emprendimos el camino de vuelta.

En la tienda de ropa usada en la que usualmente nos proveemos -queda como a mitad del camino- Rb compró un par de tenis; y, en la tienda verde de descuentos, compré tres cuadernos -me gusta regalarle un cuaderno a mis hijos en Año Nuevo-, también compré algunos lapiceros con tinta gel.

Retornamos a casa al mediodía, sacamos a caminar a los perros y luego almorzamos la mitad del pollo que horneamos la noche anterior; acompañado de Rosa de Jamaica; había previsto trabajar un poco por la tarde, pero al final no me dieron ánimos; me puse a ver otro poco de la película de Tom Cruise.

También me puse a armar nuevamente el cubo de seis por seis por seis; pero, a diferencia de la noche anterior, me quedé trabado con el primer paso: llegué a armar hasta cuatro centros completos, pero al intentar el penúltimo terminé desarmándolo varias veces.

Un poco antes de que cayera la noche realicé la limpieza semanal; después intenté nuevamente con el cubo de Rubik, pero lo dejé por la paz; ya por la noche hice algunas lecciones de Duolingo -Ajedréz y Portugués- y cené otro trozo del pastel de chocolate.

Otra Navidad. 

jueves, 18 de diciembre de 2025

Autos y Ajedrez... Cars and Chess... Voitures et Échecs...

Sigue la saga con los autos: el mecánico vino hace dos días y no pudo encontrar el fallo del auto de Rb; o sea, al parecer el problema con la aceleración era porque tenía una manguera zafada en el motor -alimentación de aire o algo así-.

Me imagino que se salió de su lugar por haber pasado sin mucho cuidado en la ruta al puerto -y desde el puerto- en donde habia demasiadas grietas en el camino; pero la razón de que la reversa no funcionaba no pudo encontrarla.

Entonces -como no es experto en cajas automáticas- diagnosticó lo más "simple": cambiar la caja; o sea, encontrar una usada (sin garantía) o adquirir una nueva; igual la cuenta sería de más de mil dólares.

Me estuvo explicando la situación y las posibles opciones; pero preferí entrar y comentarle a Rb los detalles; estuvimos conversando un momento sobre opciones, pero decidimos que no valía la pena: o sea, pasó lo mismo con la camioneta anterior y al final Rb la cambió por el auto actual.

Rb salió de la casa y conversamos con el mecánico sobre nuestras reservas; cuando le pregunté si tenía una opción nos ofreció una camioneta MPV dos años más antigua que el Protegé actual.

Se supone que se la compró -al crédito- a una de sus clientas y que la ha tenido en su casa durante unos meses -alguien le quebró el vidrio trasero-; nos mostró algunas fotos y acordamos adquirirlo por mil quinientos dólares -transfiriéndole el auto por novecientos-.

La iba a traer al día siguiente -miércoles- pero al final nos la trajo el jueves; y si en general es más amplia (siete asientos) y más potente (el motor es de dos mil quinientos centímetros cúbicos); y se le notan los mas de veinte años: la manecilla de una puerta lateral está quebrada.

No todos los controles de los vidrios eléctricos funcionan bien; y hay que cambiarle el vidrio trasero; pero consideramos, con Rb, que nos puede servir, al menos durante unos cuatro o cinco años.

Le entregamos las llaves del auto Protegé y entramos a casa a completar la transacción: aún habia cien dólares en el saldo que el mecánico tenía por la adquisición de la camioneta anterior; y le transferí al diferencia -una parte a la cuenta de su esposa y una parte a su propia cuenta-.

Y en ajedrez: me había propuesto alcanzar un nivel de mil quinientos en Duolingo antes del final de año; la verdad es que la app es bastante irregular: las primeras semanas nomás permitía jugar con las blancas.

Ademas, la asignación de puntos después de cada partida no es siempre lógica; pero he estado jugando bastante -demasiado?- durante las últimas semanas: y el martes, un poco antes de las seis de la tarde lo conseguí: obtuve un ELO de mil quinientos cuatro.

Me mantuve sobre el nivel de mil quinientos durante los dos días siguientes; hasta que el jueves -mi retorno al trabajo- estuve jugando varias partidas en el transcurso del día y retorné a mil trescientos.  

Y a ver cómo sigue eso... 

El sábado me levanté a las cinco menos veinte: había quedado -el martes- con mi primo que pasaría por su casa a las siete de la mañana para convidarlo a un desayuno; había intentado organizar este evento desde hace un par de años.

Es una de las personas con las que realmente me interesa fortalecer una relación -es dos años menor que yo- pero no había sido muy insistente en las invitaciones: su hijo mayor se acaba de graduar del nivel medio, el segundo está en el nivel básico y sus hijas gemelas están en el último año del nivel primario.

Mi primo ha tenido una vida muy ordenada: empezó a trabajar antes de cumplir la mayoría de edad y ha estado -prácticamente- en la empresa desde entonces -y ya tiene cincuenta años-; se casó a los treinta y uno y compró una casa; es enorme -no estoy seguro si tres o cuatro niveles- y le dá posada en un nivel a sus padres.

Entonces, cuando mi primo se ponía evasivo con fechas, me dije: tiene una familia bien estructurada, con un trabajo demandante y necesita todo el tiempo que pueda pasar con su familia; no andaré agregando presión a su vida.

Pero esta semana que hablamos me comentó que su familia se había ido al departamento de donde procede su esposa -sefueron los cinco- y consideré que era una buena oportunidad para tener una pequeña reunión.

Después de darle el pollo a la perra de Rb a las tres de la mañana la saqué al patio y volví a la cama -Rb se quedó esperando su retorno-; pero me costó volver a conciliar el sueño; sin embargo, no me costó mucho levantarme a las cinco menos veinte, medité y luego me metí a la ducha.

Después de vestirme ví que apenas eran las seis y diez; y no quería llegar muy temprano a la casa de mi primo -me había quedado la inquietud de conducir el auto  después de las respuestas de Mistral-; jugué una partida de ajedrez y saqué las bolsas de la basura; después arranqué el auto e inicié el trayecto.

Cuando llegué al puente que conecta el municipio con la ciudad -queda en lo más profundo de la hondonada que separa ambos municipios- ví que había una unidad de los bomberos y algunas personas de uniforme en el lado del puente en el que iba conduciendo.

Afortunadamente solo estaban cubriendo uno de los dos carriles por lo que nomás me moví al carril interior y pude continuar mi camino -me imaginé que alguien había saltado al precipicio (suceden uno o dos casos cada varios años)-.

Llegué a la calle en la que vive mi primo con más de quince minutos de anticipación; continué conduciendo por la calle lateral pues no quería llegar muy temprano; y no quería utilizar el retroceso del auto.

Después de avanzar ocho o diez calles entré en una avenida y conduje -en sentido contrario por la siguiente calle-; aún así llegué con doce minutos de antelación; me estacioné al otro lado de la calle pues un automóvil estaba justo frente a la casa.

Esperé un par de minutos y luego llamé a mi primo, aunque no me contestó, le envié un mensaje por whatsapp -pero no me dí cuenta que no estaba conectado a la red-; me propuse a esperar un poco jugando una partida de ajedrez.

Pero unos minutos mas tarde mi primo devolvió la llamada; le comenté en donde estaba -el auto que estaba frente a su casa era el de su padre- y me indicó que saldría en el acto; un momento después salió mi tío y luego mi primo.

Me bajé del auto, saludé a mi tío y le indiqué a mi primo en donde me había estacionado; nos despedimos de mi tío y, con mi primpo, abordamos el auto y conduje hasta el restaurane en donde usualmente invito a desayunar a mis amigos y conocidos.

Estaba decidido a utilizar solo una vez el retroceso y, efectivamente, para parquearme me tocó que bajar la palanca a todas las posiciones antes de poder retroceder; pero el auto quedó estacionado en el primer intento.

En el restaurante ordenamos un par de desayunos (catorce dólares) y nos pasamos la siguiente hora y media entre desayuno y conversación; la verdad es que hacía mucho tiempo que no nos tomábamos un tiempo de esta forma y fue muy bueno.

Aunque no realicé la pregunta que he tenido desde hace varios meses: mi primo me ha estado enviando durante un tiempo videos sobre la Tierra Plana y otras teorías de conspiración similares.

O sea, no me sentí cómodo de cuestionarlo directamente sobre el tema; pero se emocionó comentándome que lleva siete años -o más- de estar estudiando detenidamente la biblia; se considera un exégeta.

En general el tiempo compartido fue bastante bueno; a las ocho y media le propuse que nos retiráramos del lugar -aunque primero pasé a los servicios sanitarios- , arranqué el auto y retorné a dejarlo a su casa; luego conduje hasta la casa de Rb.

La verdad es que desde la noche anterior me había quedado bastante intranquilo por las respuestas de la LLM, por lo que anduve bastante pendiente del comportamiento del auto; afortunadamente no hubo ningún inconveniente en el camino de retorno por lo que, un poco más tarde, -y utilizando otra vez el retroceso- estacioné el auto frente a la casa de Rb.

Rm me comentó que el tránsito en el boulevard había estado terrible toda la mañana -de hecho me afectó el embotellamiento por un par de calles antes de dejar el boulevard- debido al suceso del puente: una persona se había -o intentado- tirar al vacío.

Como aún era temprano invertí una buena cantidad de tiempo en hacer lecciones de Duolingo -la noche anterior había vuelto (después de muchos días) a alcanzar el nivel de mil cuatrocientos de ELO-; y, a las once y media, empecé a preparar el almuerzo.

El sábado anterior había probado una receta que ví en un video de Youtube: burritos de huevo y zanahoria rellenos con mayonesa de aguacate, pechuga de pollo y lechuga; pero ese día había dividido en dos la tortilla de huevo y zanahoria, por lo que no habían podido cerrarse muy bien.

Lo había realizado de esta forma porque creí que al realizar un enrollado, con la tortilla -cuadrada- completa, quedarían muy grandes; pero había decidido probar de esta forma; además, se me había ocurrido agregarles un poco de champiñones fritos.

Nos metimos a la cocina con Rb; ella preparó un caldito de pollo y sofrió los champiñones; yo preparé el resto; cuando ambas cosas (el caldo y el burrito) estuvieron listos sacamos a caminar a los perros. 

Después de sacar a los tres perros -y recoger los desechos del patio- entramos a almorzar; después me puse los audífonos y mientras escuchaba un video de Youtube me puse a lavar la montaña de trastos que habíamos utilizado en la preparación -y consumo- del almuerzo.

Después de lavar los trastos busqué en Youtube el video en el que había aprendido a hacer el sobre de origami con el que les he entregado a mi hija mayor e hijo menor su regalo, durante los últimos años; en esta ocasión me tocó hacer, en paralelo, tres de estos, ya que ahora también está mi hija mediana por acá. 

A las tres menos cuarto le llevé la comida a los tres perros -la más anciana volvió a la rutina de ser alimentada por Rb en su cama- y luego preparé un café y un té; el resto de la tarde me la pasé viendo videos de Youtube.

Al final de la tarde nos dirigimos, con Rb, al supermercado más cercano en dirección sur: fue la primera salida extensa para ella, después de la operación; traté de moderar el ritmo de la marcha, para evitarle un sobreesfuerzo. 

El domingo me levanté tarde: Rb me habia comentado el día anterior que ella se estaria haciendo cargo de echarle agua a la comida de la perra más pesada -esto me dá diez o quince minutos más de descanso por las mañanas-; desconecté la alarma, medité y luego salí a ayudar con el desayuno de los perros.

Después del desayuno me estuve viendo algunos videos en la mesa del comedor; creo que empecé a ver The Running Man (la nueva versión: la anterior -hace como treinta años- la protagonizó Scharzenegger).

A la hora del almuerzo prescindimos de las alitas dominicales: como yo había salido a almorzar con mi hija mediana el jueves, Rb había congelado mi porción de pollo con manzanas verdes; ella calentó un poco de pollo que habíamos reservado en otra ocasión.

Después del almuerzo me vestí y me dirigí a la casa del voluntario que vive en la misma colonia en donde crecieron mis hijos; como había decidido no utilizar el automóvil caminé hasta la carretra intermunicipal.

Estaba llegando al lugar cuando ví que uno de los buses estaba continuando su recorrido; pero me esperaron -tuve que correr un poco-, con lo que llegué bastante temprano al comercial en donde está la estación del Transmetro.

Tomé la siguiente unidad y, dos estaciones más tarde, me apeé; llegué a la casa de mi amigo un poco antes de las tres; toqué el portón pero no oí ningún ruido en el interior; esperé un par de minutos y luego volví a tocar -quizá un poco más fuerte-; mi amigo salió y me preguntó por el automóvil.

Le comenté lo de las dificultades actuales y esperé a que sacara su auto: cuando había programado la reuntión del mes me propuso que la hicieramos en el restaurante en el que generalmente invito a desayunar a mis conocidos y amigos.

Nos dirigimos al lugar -había un poco de tráfico- y mi amigo se estacionó hasta el fondo del parqueo -estaba algo lleno el lugar-; en el interior del restaurante ordenamos dos capuchinos grandes y dos porciones de pastel (pagué diez dólares).

Nos estuvimos en el lugar un poco más de media hora, entre refacción, conversación y -al final- algunas partidas de dominó; la verdad no me estaba sintiendo muy bien -sentía cierto embotamiento en el cuerpo- por lo que a las cuatro y media le indiqué que retornaría a mi casa.

Lo acompañé hasta el automóvil, nos despedimos y crucé la calle para pasar por unos aguacates y manzanas que Rb me había encargado -también le compré algunas peras y, para mí, otra bolsa de malvaviscos-.

Después de pagar las compras salí a tomar el busito; el cual no tardó mucho en iniciar el recorrido hasta la calle de la casa de Rb; por la noche estuve viendo algunos videos de canales de difusión científica en Youtube.

El lunes me levanté a las cinco y veinte -igual que el sábado-; el día anterior le había escrito a mi amigo garífuna y habíamos acordado reunirnos, a las siete, en el restaurante que más visito.

Medité y luego me metí a la ducha; como no tenía mucho efectivo me hice una transferencia móvil -también tomé la nueva tarjeta de débito de Rb- y salí de casa; había considerado caminar hasta el lugar en donde tomé el bus el día anterior, pero un busito pasó apenas un par de calles después de que empezara a caminar.

Llegué a la estación final bastante temprano; pasé a un cajero en el lugar y luego por el paso subterráneo -el restaurante queda justo del otro lado de la calle, frente al comercial-; entonces revisé mi celular y ví que mi amigo me había escrito más temprano: iba a llegar a las siete y media.

Como no eran ni las siete -y había algo de frío en el ambiente- retorné al comercial  a esperar un poco de tiempo; me conecté con la wifi de la sucursal bancaria y estuve revisando mi correo electrónico; también me senté a una mesa y armé el cubo de Rubik de cuatro por cuatro.

Un poco antes de las siete y media volví a pasar bajo la calle principal y me dirigí al restaurante; estaba por llegar cuando ví que mi amigo se encontraba en el carril central -de forma ilegal, realmente-, esperando que los vehículos le dieran paso; tuvo que esperar algunos minutos, pues el tránsito estaba bastante pesado.

Nos saludamos cuando logró pasar y entramos al restaurante; yo ordené un desayuno de los que siempre tomo y él nomás ordenó un tazón de avena -casi ni tocó el tazón de frutas que lo acompaña-; la cuenta me salió nomás un poco más alta que la de la tarde anterior.

Estuvimos en el lugar durante un poco más de una hora, entre desayuno y conversación; lo segundo no me entusiasmó tanto: mi amigo es algo reservado con su vida personal y familiar -he entendido que tuvo varios hijos fuera del matrimonio, mientras viajaba  por el istmo-.

Y además, se entusiasmó hablándome sobre su vida espiritual: o sea, no se congrega en ninguna iglesia pero ha estado -según él- estudiando detenidamente la biblia durante varios años; y la verdad ya tengo poca paciencia con este tipo de temas.

Un poco después de las ocho y media mi amigo me externó que le preocupaba su auto -lo había dejado estacionado en un restaurante del otro lado de la calle-, por lo que le sugerí que dieramos fin a la reunión.

Caminamos hasta el comercial y nos despedimos; salí a tomar el busito, afortunadamente la unidad no se entretuvo mucho y, un poco más tarde, estaba entrando a la casa de Rb; apenas pasaban unos minutos de las nueve de la mañana.

Un poco más tarde Rb me pidió que la acompañara a la tienda de las verduras: necesitábamos papaya -y ella algunas peras-; pero la diligencia no nos tomó mucho tiempo; al mediodía calentamos la primera porción de la comida que preparamos el día anterior.

Mientras sacábamos a caminar a los perros había preparado dos tazas de arroz y combinamos esto con el pollo en crema -de almendras- y aguacate; después del almuerzo esperé hasta la hora de la comida de los perros y, mientras Rb les daba de comer, preparé un café y un té.

El café lo acompañé con un cuarto de muffin que había comprado el jueves anterior; además de una galleta y un pingüino de chocolate que Rb me había obsequiado el día que caminamos hasta el supermercado en dirección sur.

Durante la mañana -y parte de la tarde- estuve enviandole mensajes alusivos al fin de año a mis conocidos en Whatsapp y Fb; algunos me contestaron e intercambiamos mensajes; también me escribió el amigo con el que desayuné el miércoles anterior: había recibido el libro que le envié (El dios de las pequeñas cosas: veinte dólares) por delivery.

El martes -el penúltimo día de vacaciones- había decidido no salir de casa: esperábamos recibir al mecánico para que viera las dificultades del automóvil de Rb; y es que eran varias: aceleración irregular, dificultad para poner retroceso, ruido en los frenos y en una llanta trasera.

El mecánico había dicho que vendría a las nueve; al final vino como a las diez y media: el tránsito estaba super pesado en el boulevard; salí a comentarle los síntomas del auto y lo invité a abordarlo para que escuchara los ruidos -y lo demás-.

Lo raro fue que el auto no se comportó de la misma forma con la aceleración; pero, al intentar retroceder ya no funcionó la reversa; de hecho me tocó que manejar hasta el fondo de la calle y luego lo tuvimos que empujar para dar la vuelta.

Entonces tuvimos la conversación y análisis que describí al inicio de este texto; por la tarde caminamos con Rb hasta el supermercado en dirección norte; la distancia es de un par de kilómetros pero era la primera vez, desde la operación, que se atrevía a completarlo.

Además, la inclinacion es, quizá, de unos treinta grados; y hay muchas muchas gradas en toda la acera; caminamos a un ritmo bastante bajo y, en el supermercado, compramos un poco de pescado: estamos planeando preparar tacos de pescado uno de estos días.

El camino de retorno estuvo bastante tranquilo; Rb compró un poco de uvas en la tienda de la vuelta y luego retornamos a casa; por la noche estuvimos viendo la primera parte del ultimo capítulo disponible de la serie de competencia de pasteles.

El miércoles -mi último día de vacaciones- esperábamos recibir el automóvil del mecánico; pero no vino; lo llamé a media mañana y me comentó que estaba limpiándolo y revisando los frenos, para que no hubiera dificultades.

Me pasé el día viendo videos de Youtube -principalmente canales de difusion científica- y haciéndome cargo de la mayor parte de las tareas con los perros -aplicarle gotas a la perra más anciana, llevarles la comida, entre otros-.

También salí -me parece- un par de veces: por la mañana a la tienda de las verduras, por un poco de frutas; y por la tarde caminamos al supermercado mas cercano en dirección sur; aunque, en esta ocasión, avanzamos un poco más.

Por la noche vimos la segunda parte del último capítulo que han publicado de la competencia de pasteles; además, empecé a regularizarme del estómago: a las tres de la madrugada había tenido que ir un par de veces al baño.

Me costó volver a dormirme y a las seis me tuve que levantar nuevamente; en total fui unas seis o siete veces -generalmente nomás voy una vez-; pero al final de la tarde empecé a sentirme mejor.

El jueves me levanté a meditar a las siete y media de la mañana; unos días antes le había indicado a Rb que el diecisiete sería el último día en que me levantaría a las tres de la madrugada.

Medité veintidós minutos y luego entré a la reunión diaria; la cual estuvo bastante tranquila; nomás noté que el analista que mejor me cae anda de vacaciones; nuestro supervisor nos pidió que nos quedáramos luego de la reunión y nos asignó -con el otro analista que mejor me cae- una tarea para trabajar durante la siguiente hora y media.

Estuvimos trabajando en la asignación hasta las nueve y media y despues me preparé el desayuno; a media mañana entré a la reunión que el jefe de mi supervisor programa cada quince días; pero tampoco hubo muchas novedades.

El resto del día traté de completar algunas de las tareas que mi compañero que menos bien me cae no hizo -le asignaron la mayor parte de estas y no hizo nada-; y perdiendo muchas partidas de ajedrez -bajé más de doscientos puntos de ELO-.

Además, un poco antes del mediodía, el mecánico vino con el auto que estaremos usando en el corto/(y espero)mediano plazo: es automático pero tiene la palanca de velocidades en el timón; lo sacamos a dar una corta vuelta con Rb y luego lo parqueamos frente a la casa.

El mecánico -siempre anda con su hijo (que ahora tiene quince años)- se fue a trabajar en otro auto a un par de casas de distancia y con Rb sacamos a caminar a los perros; pero Rb notó que había un charco de agua bajo el auto -y que algo estaba goteando- por lo que le pedí que lo viera luego.

Y no encontró nada malo; se supone que algo de la refrigeración; igual me dejó algo intranquilo; quedando nada más en que debo mantenerme monitoreando el nivel de temperatura del motor mientras esté funcionando.

A las cinco de la tarde -cuando terminó mi horario laboral- le pedí a Rb que me acompañara a comprar el pan de mis desayunos de los fines de semana; además, pagué por un par de tamales para el veinticuatro de diciembre.

Cuando venimos -nos tocó que salir con paraguas porque estaba lloviznando- recogí todos los bártulos del piso y realicé la limpieza semanal -que había pasado por alto el día anterior-; por la noche estuve revisando mi correos personales y haciendo algunas lecciones de Duolingo -mientras Rb participaba en una reunión de su trabajo-.