martes, 13 de enero de 2026

Recuérdame bailando… Remember me dancing… Souviens-toi de moi dansant…

Esta semana he estado pensando que podría empezar cada entrada de este espacio comentando el libro que estoy leyendo: el año antepasado leí casi ochenta libros y el año pasado más de cincuenta -el último mes y medio del año no leí nada-.

Así que creo que podría ser un detalle interesante registrar algunas impresiones sobre el libro en curso; durante los dos años anteriores -no recuerdo si el año previo a estos fue igual- leí en paralelo varios; este año he empezado con uno a la vez.

El de esta semana es de una periodista española; al parecer unos años atrás fue finalista del premio Planeta con una novela en la que ficcionalizaba las aventuras de su grupo de amigas -y sus dos hermanas-.

Ahora escribió un libro sobre su hermana menor -su suicidio, realmente-; no sé qué parte es real y qué parte es ficción -el suicidio, al parecer, sí ocurrió-: una parte del libro es -supuestamente- un diario que dejó su hermana sobre sus últimos años.

Es, como 'También esto pasará', realmente -creo- un retrato sobre los privilegios de algunas personas: esta es una periodista cuyos padres fueron profesionales, con varias propiedades en Madrid y alguna otra provincia; contando las viscicitudes de su trabajo, sus relaciones, sus fiestas, entre otros.

Y es de los libros que muchas veces me cuestiono si leer o no -o completarlos, una vez iniciados-; pero, por alguna razón, creo que he racionalizado que no importa la extracción social o el desarrollo personal, en todas partes se cuecen habas.

Y a ver cómo va eso... 

El jueves fue mi primer día de vacaciones del año; desde el año pasado Rb me había pedido que la acompañara ese día a la segunda -y esperamos última- visita de seguimiento a la cirugía.

Me levanté a meditar a la misma hora y, como he estado tratando de hacer ayuno intermitente -aunque aún no he establecido bien la duración- le comenté a Rb que desayunaría cuando regresáramos.

Abordamos la van -Rb con su desayuno- y nos dirigimos al centro histórico; aparentemente las actividades escolares aún no habían empezado por lo que las calles estaban bastante despejadas; llegamos al hospital sin mucho retraso.

Además de la consulta con la ginecóloga Rb, había pagado para que le aplicaran la vacuna contra la influenza -ha recibido una dosis casi cada año desde hace casi una década-, y la llamaron para la inyección  mientras estábamos esperando pasar a la revisión.

La aplicación de la vacuna fue en el brazo; la ginecóloga fue la misma que la vez anterior -y quien la operó- y revisó los resultados que Rb había recibido un poco antes de la biopsia; no vió nada preocupante; igual con la revisión física.

Yo había estado un poco molesto antes de llegar al hospital pues me ponen de mal humor las personas -a veces indigentes- que se ponen a cobrar por el espacio de parqueo en las calles del centro histórico.

La vez anterior nos habían cobrado dos dólares cuando salimos por el auto - lo dejamos parqueado a unos pocos metros de la entrada al hospital- y me molesta pagar por un espacio público.

En esta ocasión, mientras caminábamos hacia la van Rb le preguntó al tipo cuánto estaban cobrando -cuando estacionámos el auto nos había ofrecido lavarlo- y le dijo que un dolar y medio.

Salimos del centro histórico y nos dirigimos hacia una venta de productos agroquímicos que nos quedaba en el camino -las hormigas del patio han estado excavando más que otros años justo en el borde de la construcción de concreto-; no había del químico que Rb había comprado en el pasado pero adquirimos algo para la termita que sigue excavando la pared de la habitación de Rb.

También nos comentó el joven de los agroquímicos que el producto que Rb compró hace unos años -y cuya fecha de caducidad ha sido completamente sobrepasada- quizá aún podia tener propiedades activas.

Después de los agroquímicos pasamos al comercial desde donde usualmente tomamos el busito; en el supermercado del lugar compramos una bolsa de mojarras y una red de aguacates; después conduje de vuelta a casa.

Por la tarde, muy tarde, caminamos a los supermercados en dirección sur; no entramos al mas alejado pero en el que queda a la mitad del camino compramos un poco de bananos; y Rb compró varias libras de la pechuga de pollo que le da a su perra por las madrugadas.

El viernes retorné a trabajar; la verdad es que mis ánimos en el aspecto laboral han andado bastante bajos y no esperaba una muy buena jornada; el tercer analista -que había estado de vacaciones desde dos semanas antes- retornaba también a laborar ese dia.

Y estuvo preguntando sobre las asignaciones actuales -primero me escribió en privado pero le comenté que yo también había estado fuera-; cuando el analista más brillante le contestó sobre el estado actual, le escribí en privado para ver si había cambiado algo el día anterior.

Durante la mañana traté de trabajar un poco; de hecho incluso reporté el mal funcionamiento de una ventana que había verificado unas semanas antes -algo de lo que se había encargado antes el analista más brillante-; pero no avancé mucho.

También me enteré que el amigo al que ayudó con su currículum unos meses antes está en riesgo de perder su trabajo por bajo desempeño -me envió el correo donde le comentaban esto, junto con información privada de su trabajo-.

Estuvimos conversando un poco por whatsapp -de hecho el día anterior lo había ayudado un poco cambiando una imagen de la página web de la empresa (es wordpress)- y le envié un par de extractos de este blog de dieciséis años atrás.

Y es que por esa época yo estaba más o menos en la misma situación: no me habían confirmado en la posición en la que había estado trabajando y eso afectaba mi presupuesto; luego, un par de mese después me confirmaron; y un año o así más tarde me despidieron -pero fue por reorganización-.

Después del horario laboral caminamos hasta el supermercado más alejado en dirección sur; en donde compramos como diez libras de pollo para el churrasco programado para el domingo; luego retornamos a casa.

Como el jueves Rb me había comprado un brazo gitano de chocolate -es enorme- como gratitud por todo los cuidados durante su última aventura quirúrgica había estado consumiendo más comida de la habitual, entonces decidí no cenar.

El sábado me levanté a las siete y media; iba a ser un día ocupado porque había previsto tres salidas de casa: la primera para ir al supermercado en donde compramos artículos a granel; la segunda para llevar a la perra más anciana de Rb al veterinario; y la última para la primera reunión presencial del proyecto de voluntariado en el que esperaba participar durante el primer trimestre del año.

Despues de meditar me levanté a prepararme el desayuno de los fines de semana; aunque antes de eso hice un poco de tiempo de Duolingo, volviendo a alcanzar -después de un par de días- un ELO superior a mil quinientos.

Después del desayuno estuve leyendo un poco del libro actual (Recuérdame bailando); a las diez subimos a la van y nos dirigimos al supermercado en donde compramos artículos en grupos; le había enviado un mensaje a mis hijos durante la semana -preguntando si necesitaban algo- pero no recibí ninguna respuesta. 

El tránsito de entrada a la ciudad estaba bastante pesado por lo que nos tomó un buen tiempo llegar hasta el periférico; luego mejoró; el supermercado no estaba muy lleno y al final nomás compramos seis artículos (dos de Rb, tres míos y uno compartido).

Rb no encontró unas nueces que consume diariamente pues el stock existente estaba únicamente en la tienda que queda en el municipio en el que vivimos; después de pagar en caja iniciamos el camino de vuelta (ni siquiera usamos una carreta para llevar los artículos al auto).

Venimos antes del mediodía y, antes de sacar a caminar a los perros, fui a la tienda de la esquina por una zanahoria -planeaba preparar mi burrito de zanahoria para el almuerzo-; el pickup de las verduras estaba justo frente a la tienda y le compré al señor una zanahoria de una libra (veinticinco centavos de dólar).

Rallé a mayor parte de la zahoria (he ajustao la receta para cuatrocientos treinta y cinco gramos) y, además, puse a hervir un par de huevos; guardé la zanahoria rallada en la refrigeradora y estaba pelando los huevos duros cuando llegó la hora de sacar a caminar a los perros.

Después del recorrido -dos vueltas a la cuadra- nos dirigimos, con la perra más anciana, a la veterinaria: desde un par de días antes había estado quejándose contínuamente y lamiéndose después de orinar.

La veterinaria se encuentra en el mismo comercial del supermercado más cercano en dirección sur; después de dejar a Rb y estacionar la van me metí al supermercado pues ya nos habíamos quedado sin carbón para preparar asados; también compré un poco de bananos y una botella de dos litros de jabón para manos.

Pasé a dejar las compras a la van y me fui a acompañar a Rb -estaba sentada en la banca exterior de la veterinaria-; me comentó que estaban examinándo con ultrasonido a la perra pero que había preferido esperar afuera.

Un momento después salió el veterinario y entramos: según el profesional la perra estaba padeciendo de vaginitis y le recetó una pomada que se le aplica a los bebés por escaldaduras; además recomendó algo de unas terapias neurales (que es medicina alternativa).

Retornamos a casa y empecé a preparar el almuerzo: un burrito de zanahoria relleno de pollo, aguacate, hongos y lechuga; lo acompañamos con snacks y refresco de rosa de Jamaica; terminamos de almorzar bastante tarde.

Pero aún me dió tiempo de preparle el té de manzanilla a Rb antes de meterme a la ducha; salí de casa un poco después de las tres de la tarde; Waze decía que el tránsito estaba complicao y que me llevaría treinta y cinco minutos psara llegar a mi destino.

Y el inicio del viaje estuvo bastante tranquilo; sin embargo, menos de un kilómetro más adelante el embotellamiento fue tal que estuve detenido casi diez minutos; al parecer había ocurrido un accidente en el punto donde el boulevard conecta con la vía intermunicipal.

O al menos eso fue lo que pensé pues había un par de unidades de seguros de vehículos bajo el paso a desnivel; al final llegué al lugar de reunión -la casa de mi ex compañero de labores  que nació en la Suiza Centroamericana-.

Llegué al lugar un par de minutos antes de la hora esperada -originalmente había estimado llegar mucho antes- y llamé a la directora el proyecto en el cual me anoté como voluntario -primero me confundí y llamé a otra voluntaria-.

La señora me contestó y me indicó que mandaría a mi ex compañero a abrir el portón; esperé y esperé -por más de diez minutos-; estaba considerando mis opciones -incluso retirarme del lugar- pero llegó la voluntaria a la que había llamado por equivocación; ella tocó el timbre y entonces salio la directora a abrir el portón.

La verdad es que me molestó lo ocurrio -ella se disculpó por la espera, aduciendo que le había dicho a mi ex compañero pero que este estaba jugando con legos en la sala de la casa-; algo confusa la situación, él indicó que nadie le había avisado.

Pero traté de que mi molestia no continuara; estuvimos el siguiente par de horas revisando los documentos que tendremos que completar en la actividad que se realizará en el mes de marzo.

Además, la directora comentó que los participantes del nivel universitario (creo que puede haber equipos de todos los niveles educativos) se habían retirado y que ni siquiera estaba segura del espacio físico que le brindarían para realizar la actividad.

Total que tendré que trabajar con equipos del nivel básico y diversificado; la reunión estuvo acompañada por algunas botanas -quesos, jamones, croutones- y luego ordenaron algunas pizzas de Domino's.

Se suponía que la reunión duraba un par de horas pero, cuando ví que se extendía la conversación -sobre las aventuras que han tenido en el viaje que hacen algunas personas al Imperio del Norte acompañando a los equipos ganadores- le escribí a Rb para comentarle que me quedaría otra hora.

Fue casi una hora de escuchar las deficiencias que se han tenido con la organización local; las singularidades -de orientación sexual- de varios miembros pasados de la junta directiva; e incluso el comportamiento de alumnos y maestros de algunos de los mejores colegios del país.

A las siete menos cinco sonó mi alarma y fingí una llamada -había programado la alarma cuando le escribí a Rb-; retorné a la mesa y me despedí -de abrazo con mi excompañero y su esposa y de palabra con el resto- y me retiré del lugar -mi ex compañero me acomañó (ahora sí) al portón-.

Me perdí tratando de salir de la colonia -es una de las más antiguas del municipio (y supuestamente hay más de setecientas residentes)- y tuve que pedirle indicaciones a una pareja de ancianos y a otra persona, para encontrar, finalmente, la ruta de la garita.

Pero el viaje de vuelta fue mucho más directo que el de la tarde; menos de quince minutos más tarde estaba entrando en la calle donde vivo; y el ambiente estaba raro: había una van estacionada -aunque funcionando- justo frente a la casa de Rb; además, las luces de la casa vecina estaban encendidas y el portón estaba abierto.

Temí que hubiera ocurrido lo inevitable -la vecina trajó a sus papás muy ancianos hace unas semanas: al parecer la madre ha estado con salud delicada-; así que entré a la casa con bastante discreción; pero no, al parecer todo estaba normal.

Rb terminó por la noche una traducción que estaba haciendo para uno de esos canales de Telegram que ofrecen una gran cantidad de dinero por la traducción de un texto genérico -en este caso eran unos artículos de los hermanos Wright-; yo le había comentado que me parecía estafa -mi amigo que vive al otro lado de la ciudad ya había intentado y resultó una estafa-; pero no quise ponerme implacable.

Como havía comido un par de porciones de pizza -y tomado un poco de coca cola- no cené en casa; nomás preparé las cuatro gelatinas de los desayunos para la semana y, luego, imprimí una carta de recomendación para mi amigo diseñador -y tres documentos que debo cargar en el auto-. 

El domingo me levanté super tarde: creo que es la primera vez en muchos meses que desconectaba absolutamente todas las alarmas; me desperté por algunos ruidos fuera de la habitación -era Rb preparando el desayuno de sus perros-, ví la hora en el celular y eran casi las nueve de la mañana.

Me levanté a meditar, luego salí a saludar a Rb y a prepararme el desayuno de los domingos; después me puse a hacer algunas lecciones de Duolingo: perdí un par de partidas de ajedrez con lo que volví a bajar de mi meta en ELO.

A las once saqué una bolsa de carbón y preparé la fogata para el asado que hacemos cada par de meses; ya había notado que la antigua pila de cemento estaba abarrotada de cachivaches -incluso una antigua guía telefónica- y ropa vieja; de hecho bajé la bolsa que contenia el pelaje de los animales que recojo cada semana de los pisos.

Había como cuatro tandas de pollo para asar -además de dos tandas de papas cocidas- y cuando ya íbamos casi a la mitad estuvimos a punto de incendiar la casa: frecuentemente dejamos desatendida la fogata por momentos y salimos a verla nomás para verificar si hay que voltear o retirar el pollo.

En cierto momento Rb salió y me gritó que las llamas estaban subiendo por la pared; primero pensé que eran las llamas que provoca la grasa al caer en las brasas, pero no: los cachivaches habian agarrado fuego e incluso alcanzaron a un bote con pegamento y otro con epóxicos -creo que contribuyó a esto los ventarrones del día-.

Rb iba a echarle agua pero consideré que era contraproducente; metí la parrilla al lavatrastos y bajé la churrasquera al piso, luego retiré algunos de los articulos en llamas -mis guantes de cuero se echaron a perder- y luego sí dejé que se rociara con agua el resto; afortunadamente no pasó a más.

Después de que controlamos la situación volví a subir la churrasquera a la pila -ahora sobre una cubeta de metal- y continuamos con la preparación del asado; almorzamos bien tarde y luego sacamos a caminar a los perros.

Por la tarde nos dirigimos a la tienda verde de descuentos; en donde compramos un atomizador -para aplicar el repelente de plagas-, un par de galones de refrigerante y repuse los guantes de cuero -aunque no habian del mismo tipo que perdí esa mañana-.

El lunes fue un día bastante productivo: desde la semana pasada me había quedado con la impresión de que podia mejorar en el cumplimiento de mis tareas; entonces, después de la reunión de la mañana llamé a mi colega del sudeste asiático que reside en el Imperio del Norte.

Esperaba que me ayudara por unos minutos pero al final terminamos reunidos más de dos horas; y logramos, por fin, completar uno de los documentos -bastante anticuados- que guían las tareas que realizamos.

Al mediodía almorzamos la primera de las porciones del asado -la noche anterior habíamos congelado la mitad y la otra parte la dejamos en la parte inferior de la refrigeradora-; acompañado de guacamol y refresco de rosa de Jamaica.

A media tarde preparé el té de Rb y mi café y me una porción del brazo gitano de chocolate; además, fue mi última comida del día: me había estado sintiendo indispuesto del sistema digestivo y lo atribuí a la comida que consumí el sábado por la tarde.

Después del horario laboral caminamos hacia los supermercados en dirección sur; no entramos en el más alejado, nomás dimos media vuelta cuando llegamos a su altura; en el otro compramos un poco de bananos y un cartón de huevos.

Por la noche ví el final de Trap House -una película de acción con Batista y Kate del Castillo (malísima)- y ví la última parte del primer capítulo de The Copenhagen Test: serie de espías y ciberseguridad; no la encontré tan mal.

El martes me levanté a las siete y media de la mañana; medité y entré a la reunión diaria; en la misma revisaron uno de los dos reportes que envié el día anterior -de la tarea que completé por la mañana- y quedó pendiente su resolución -o su definición más bien-.

Después de que terminó esta reunión el supervisor en el Imperio del Norte nos convocó a otra; nomás a los otros dos analistas locales y a mí -y a mi compañero en el Imperio- (el analista más brillante está colaborando directamente con la líder del proyecto en una tarea bastante sofisticada): debíamos realizar una revisión rápida de un nuevo release para verificar su viabilidad.

Nos quedamos en la reunión y estuve -otra vez- trabajando con mi compañero en el Imperio; de hecho salí de la habitación hasta después de las diez -el día anterior había salido aún más tarde-; con lo que desayuné hasta las diez y media.

A las doce y media sacamos a caminar a los perros de Rb; luego calenté la segunda porción del asado y preparé el guacamol; volvimos a repetir elalmuerzo del día anterior; traté de continuar avanzando con mi trabajo pero el equipo disponible no colaboró.

A las dos y media me metí a la cocina a lavarlos trastes del día; también a preparar el café y el té; consumí el primero con la galleta que usualmente ceno, un banano y el penúltimo trozo de brazo gitano -el plan era no volver a comer en el día-.

Al final de la tare -después del horario laboral- caminamos hacia los supermercados en direcció sur: Rb quería comprar un poco de comida para gatos pues quería donarle al vecino que se está haciendo del gato que ella no pudo continuar atendiendo -por quejas de nuestra vecina-.

Pasamos a ver precios al supermercado más cercano y luego caminamos al más alejado; allí Rb se proveyó de cinco o seis libras de alimento felino, pagamos y caminamos de vuelta a casa; antes de entrar Rb se dirigió a la casa del vecino a entregar la comida.

Y a ver cómo sigue eso...

miércoles, 7 de enero de 2026

Sandwich… Sandwich… Sandwich…

He vuelto a la lectura: después de casi dos meses de dejar de lado la tablet en la que tengo un montón de libros retomé el hábito que me ha acompañado desde mi temprana juventud; y decidí dejar -al menos por un tiempo- de leer en paralelo, quiero terminar algunos de los libros que dejé a medias el año pasado, luego veré cómo continúo.

El libro que terminé este día es Sandwich y me llamó la atención porque habla de un momento en el que creo que estoy actualmente: con hijos adultos jóvenes y padres en la tercera edad; la autora es judía -así como el personaje principal del relato-, tiene cincuenta y cuatro años y relata unas vacaciones que están teniendo a la orilla del Atlántico.

Lo tenía casi a la mitad y lo terminé hoy por la tarde, y, en general, me pareció bien: al final del mismo el hijo mayor se casa -aunque no tienen el bebé que habían concebido- y la madre muere -había tenido una pequeña crisis casi al final del relato-.


Ahora me pasé a la línea de Español, en donde había completado un libro de ciencia ficción casi al final del año pasado; estoy leyendo una novela de una finalista de los premios Planeta -aunque este es su siguiente libro- en el que cuenta lo sucedido cuando su hermana menor se suicidó.
Y a ver cómo sigue eso…

>El jueves por la tarde todavía salimos con Rb: necesitábamos pollo molido para las hamburguesas que planeábamos preparar el sábado; también compré un cubilete pues no había comprado pan para los desayunos del fin de semana. 

El viernes fue el primer día laboral del año; no hubo muchas novedades, excepto que la reunión de la mañana se extendió más de lo normal -o de lo que se había estado extendiendo durante las últimas semanas- y la persona que trabaja con mi supervisor en el Imperio del Norte estuvo presentando algunas funcionalidades bastante problemáticas.

Almorzamos -después de mucho tiempo- (el último) pescado del puerto; después del horario laboral fuimos a los supermercados en dirección sur: quería comprar pan para mis desayunos (en la mañana había tenido que usar una tortilla de harina).

Caminamos hasta el más alejado y allí compré unos muffins y pan tostado para el desayuno del día siguiente; en el retorno pasé a una panadería y compré pan francés y dulce; también compramos un par de zanahorias (durante el día también pagué los impuestos del primer semestre del departamento de mis hijos).

El sábado me levanté a las cinco y media; medité, me bañé y me metí a la cocina a preparar el desayuno con que obsequio a mi amigo de ascendencia asiática; la única variante fue que en esta ocasión le agregué un poco de zanahoria rallada al huevo del omelete.

Lo que no quedó muy bien: cuando doblé la tortilla de huevo sobre el relleno se agrietó; pero no estuvo tan mal; volteé el omelete completo y pude partirlo por la mitad sin más contratiempos; un poco después de las siete mi amigo tocó el timbre de la casa.

Hacía tres meses que lo había visto y no encontré muchas novedades en la apariencia de mi amigo; Rb salió un rato de la habitación -a saludarlo y entrar a los perros- y, después de que desayunáramos, le propuse a mi amigo jugar Scrabble.

Jugamos varias partidas hasta que Rb terminó de desayunar y luego se nos unió, utilizando el Scrabble en inglés; estuvimos jugando hasta las once de la mañana; a esa hora acompañamos a mi amigo a tomar el autobús -llevaba una bolsa de plástico con el hermético que Rb le regaló y uno de los paquetes de incienso que me regaló mi hijo menor-.

Apenas estábamos saliendo al boulevard cuando encontramos el busito; nos despedimos de mi amigo y caminamos al supermercado más alejado en dirección sur; allí compramos un poco de pollo para el caldo que preveíamos para la siguiente semana.

En el otro supermercado compramos bananos -también compré unas salsitas naturas, para los desayunos de este año-; al mediodía preparamos unas hamburguesas de pollo pero nos quedaron muy grandes -casi media libra de pollo cada una-.

Como nos sentíamos amodorrados por el almuerzo Rb me propuso que camináramos hasta los supermercados en dirección norte (así podía comprar, también, una magdalena para el día siguiente); la que encontramos en el supermercado que se encuentra en donde tomamos los buses intermunicipales.

Por la tarde ví el penúltimo capítulo de la quinta temporada de Stranger Things; también empecé a ver una película protagonizada por la chica pelirroja de esta serie: ambientada en Alemania y con una temática de investigación sobre sectas.

El domingo me levanté super tarde -a las ocho y veinte-; medité y leugo salí a prepararme el desayuno; el resto dela mañana me estuve haciendo lecciones de Duolingo -llevaba varios días con un ELO superior a mil quinientos-.

Almorzamos las alitas de pollo dominicales -bastante tarde pues empezamos a cocinar después del mediodía-; un poco después de las dos y media tomé la van para dirigirme a la casa de mi segunda prima favorita -su hermana me había convidado a un almuerzo familiar-.

Antes de salir de casa llamé a mi prima pues el parqueo en su colonia es bastante complicado; acordamos en que la llamaría desde la garita para que me indicara en donde podía estacionarme; el tránsito estuvo bastante ligero.

Cuando llegué a la colonia de mi prima la llamé, pero no contestó el teléfono; conduje hasta el frente de su casa y estacioné el automóvil del otro lado de la calle; entonces mi prima me devolvió la llamada; le comenté donde estaba y salió a recibirme.

Nos subimos a la van y conduje hasta la calle en donde se encuentra la garita; a unas pocas casas vive un vecino que le presta, frecuentemente, un espacio para estacionarse; dejamos allí la van y retornamos a la casa.

La cual estaba llena: además de mis primas -y el esposo de la más grande- estaba mi primo, su esposa y sus cuatro hijos; los dos hijos de mi prima menor y los tres hijos de mi prima mayor -con las parejas de los dos mayores-; y mi tío.

Estuve en el lugar por un poco más de una hora, entre churrasco, conversación, café y magdalena; los jovenes estaban viendo una de las últimas películas de la serie de Rápidos y Furiosos -luego cambiaron a la primera-.

Un poco antes de las cinco mi prima mayor propuso que salieran a caminar en grupo; yo ví la hora y me empecé a despedir de los que iban quedando aún en la casa; después me dirigí al área deportiva, en donde estaba mi prima menor, y me despedí de algunas personas adicionales.

El camino de vuelta a casa estuvo tan tranquilo como el de ida; un poco más tarde estaba estacionándome frente a la casa de Rb -quien se encontraba en el lugar del parqueo, conversando con una de las vecinas de la mitad de la cuadra-.

Por la noche ví la primera mitad del último capítulo de la quinta temporada de Stranger Things (dura dos horas en total!) y, finalmente, retorné a la lectura: leí un capítulo de Sandwiched; el libro donde una ama de casa cuenta las viscicitudes de estar entre sus hijos adultos jóvenes y sus padres, en la tercera edad.

El lunes me levanté a meditar a las siete y media; a las ocho entré a la reunión diaria y después me quedé en la cama; me estaba sintiendo indispuesto del estómago debido a que el día anterior había almorzado dos veces.

Salí de la habitación a media mañana, desayuné y me quedé en la mesa del comedor; casi no avancé en las tareas del trabajo, nomás leí un poco del libr de la línea de Inglés; al mediodía preparamos unos tacos de pescado, acompañándolos con un caldo con fideos.

Por la tarde, después de lavar los trastos, preparé café y té; acompañé el café con uno de los muffins que me habían sobrado del desayuno del sábado; y un pan tostado de la misma comida; después del horario laboral nos dirigimos a los supermercados en dirección sur, no entramos al más alejado, nomás al otro, donde comparmos bananos y lechuga; por la noche ví la segunda parte del capítulo final de Stranger Things.

El martes inició más o menos como el día anterior; aunque no me quedé tanto tiempo en la cama después de la reunión: antes de las nueve de la mañana salí de la habitación a prepararme el desayuno; la verdad es que había estado esperando la fecha pues era el retorno del analista con quien mejor trabajamos.

Pero, la verdad, es que no se notó su presencia: al parecer también el equipo en el Imperio del Norte lo estaba esperando y lo tuvieron ocupado durante casi toda la jornada; al mediodía almorzamos lo mismo que el día anterior: tacos de pescado y caldo de pollo con fidos.

Por la tarde volví a acompañar mi café con un muffin y un pan tostado; al final de la tarde nos dirigimos, caminando, a la tienda de ropa usada en donde generalmente nos proveemos; no íbamos por algo específico pero compré -por seis dólares- un par de tenis.

Antes de salir a caminar Rb le había obsequiado unas pastillas -que recibió ese día, de su hermana- al guardia de la calle; además, pasamos a un servicio de courier a enviar dos paquetes de pastillas adicionales: una para su sobrina que vive en el departamento donde nació, otra para un contacto en la Ciudad Colonial.

Por la noche acompañé a Rb en su habitación; ella quería ver One Battle After Another -yo había visto la película unas semanas antes- y nomás estuve a su lado, leyendo un poco de Sandwich, y completando algunas lecciones de Duolingo.

El miércoles me levanté con un poco de mejor ánimo; la verdad es que los últimos tiempos han estado más azules: he descuidado la mayor parte de las tareas que me asignan pues no les encuentro realmente un sentido o finalidad evidente.

Después de la reunión me quedé en la cama pues estaba a la espera de la reunión quincenal con mi supervisora local; la verdad es que, por alguna razón, esperaba obtener algo de claridad en esta reunión -suponía que iba a ver mi evaluación de desempeño anual-, pero no, nomás fue un diálogo similar a las últimas reuniones.

Despues de despedirme de mi supervisora -la reunión tardó menos de media hora- salí de la habitación a prepararme el desayuno; estuve la mayor parte de la mañana en la mesa del comedor pero no avancé mucho en las tareas; al mediodía el supervisor en el Imperio del Norte ppidió, en el chat grupal, que completáramos una tarea.

Esta tarea antes nos tomaba bastante tiempo, hasta que el analista que mejor me cae la automatizó; y yo la completé cuando él andaba de vacaciones; aprovechando que podía hacer algo en el trabajo me puse a la tarea y la completé sin mucha tardanza.

Al mediodía consumimos uno de los rollos de pollo que horneamos el día antes de Navidad -esetaban en el congelador-; acompañándolos con un poco de fideos de arroz -estamos consumiendo unas bolsas que estaban por vencerse- y una salsa de champiñones.

Por la tarde, después lavar los trastes, preparé café y té; acompañé el primero con un pan tostado y una galleta de chocolate; como a media tarde recibí dos llamadas casi consecutivas de mi supervisor en el Imperio del Norte: al parecer una funcionalidad que debía haber revisado no estaba funcionando.

Y sí, es una de esas tareas que he descuidado desde hace un buen tiempo; en la segunda llamada se puso dramático: que si teníamos conflictos con el trabajo todo se lo achacarían a él -esto lo dijo después de que le indiqué que podía culparme si el trabajo se veía afectado-.

Al final de la tarde salimos a caminar: Rb ha estado con un ánimo bastante dark últimamente -ha estado aplicando a empleos en línea pero la mayor parte han sido nomás estafas- y no quería salir de la calle; pero yo no quería caminar nomás alrededor de las dos calles interiores.

Al final, luego de un connato de discusión, caminamos a los supermercados en dirección norte; aunque no necesitábamos comprar nada en los supermercados; cuando llegamos al comercial en donde tomamos los buses intermunicipales Rb se detuvo a acariciar a un perro, yo aproveché para sacar un poco de dinero del cajero automático.

Cuando regresamos de caminar me metí a la habitación a hacer algunas lecciones de Duolingo: tenía un par de días de haber bajado el punteo de ELO de mil quinientos; también empecé a leer el libro Recuérdame bailando.

Y a ver cómo va eso.

jueves, 1 de enero de 2026

Día Uno y Cubo de Rubik 6×6×6… Day One and Rubik’s Cube 6×6×6… Jour Un et Cube de Rubik 6×6×6…

Es el primer día del nuevo año y desde ayer me he estado preguntando cuál es el punto en la órbita alrededor del Sol que se marca el cambio de calendario; o si no es constsante en todas las vueltas.

En general creo que no me puedo quejar del año anterior -igual, es un sinsentido hacerlo, por muy humano que sea el hábito-; pero un resumen ligero sería: hice poco voluntariado; a pesar de que intenté involucrarme en nuevos proyectos en los primeros meses.

Le escribí a varias asociaciones educativas postulándome como profesor -o algo parecido-; nomás con una hubo comunicación y lo único que se realizó fue la compra de un par de calenarios planificadores -con frases bíblicas-.

También participé con un grupo en una visita a una comunidad bastante precaria en un departamento vecino a la capital: en febrero llevamos piñatas, regalos y pasteles al grupo de niños que viven hacinados en un conjunto de casas bastante endebles.

Eso fue en febrero; también había planeado repetir mi participación con los misioneros que vienen a las aldeas en uno de los departamentos fronterizos con nuestro gran vecino del norte; fui a la capacitación anual que es requerida; pero luego ya no acudí al evento.

Y es que, durante un mes, estuve trabajando doble: aproveché el certificado que había obtenido el año anterior para conseguir un segundo trabajo -algo típico en los que se dedican a la tecnología y trabajan en casa-; pero no me gustó, o sea, recuperé la inversión del certificado (certificado=doscientos dólares; mes de trabajo=dos mil dólares) pero decliné continuar.

A mediados de año mi hija segunda me avisó que retornaba al país; le comenté a sus hermanos y se prepararon para recibirla en el departamento; vino en Agosto, fui por ella al aeropuerto y la llevé al edificio donde mi hijo menor habia desocupado una de las dos habitaciones que había tomado hacía casi un año.

Esa habitación la utilizó por varios meses, hasta que contratamos a una pequeña constructora para que construyera una pared en el espacio que identificábamos como sala: la verdad quería que tuviera el acceso solar similar al de sus hermanos.

El penúltimo mes del año Rb fue intervenida quirurgicamente -histerectomía- y me tocó -por más de un mes- hacerme cargo de los perros: darles de comer, sacarlos constantemente al patio, aplicarle gotas oftálmicas a la más anciana -e interrumpir mi sueño a las tres de la madrugada, para darle pollo a esta última-.

Y el último mes hubo un cambio de automóvil: la transmisión del sedán que estuvimos usando tres o cuatro años empezó a dar problemas y lo intercambiamos -agregando algo de dinero- con el mecánico, por una MPV de la misma marca -y dos años más antigua-.

Y eso fue el dos mil veinticinco. 

Por otra parte, empecé con los cubos de Rubik hace ya más de quince años: encontré una 'solución' para el de 3×3×3 -el original y (quizá) el más común- en un blog de tecnología que había empezado a seguir durante mi tiempo en la primer empresa de software en la que trabajé luego de mi vuelta del Imperio del Norte.

Y resultó que la los pasos no funcionaban, o sea, al parecer (como suele suceder) se necesitaba una condicion previa; y entonces me quedé con un cubo de Rubik sin armar; pregunté a algunos compañeros voluntarios pero nadie me explicó.

Entonces empecé a leer y ver videos, y escribí una serie de instrucciones para resolverlo -mi objetivo era enseñarle a mis peques-; en total son siete pasos y mi hijo menor practicó tanto que llegó a resolverlo en menos de un minuto.

Con los años compré uno de 2×2×2 pero no me esmeré en armarlo; de hecho lo tuve abandonado durante mucho tiempo; hasta hace cuatro o cinco años que mi hija me regaló para Navidad uno de 3×3×3 espejo.

Después de batallar para armarlo (en vez de colores son los tamaños de los rectángulos lo que cambia) compré uno de 4×4×4; después de aprender a armarlo -son como tres pasos adicionales- le regalé uno a mi hija mayor, luego a mi hijo menor.

Y el año pasado encontré cubos de 5×5×5 en un almacén de productos chinos -estaban bastante baratos-; y eso fue mi regalo para mis hija mayor e hijo menor en Navidad -además de los cien dólares de costumbre-.

A principios de este año compré cuatro cubos de 6×6×6 -en linea, en Walmart del Imperio del Norte-; los envié a la casa de la mejor amiga de Rb -vive en Atlanta- y, unos meses después, me los trajo.

Y ese fue mi regalo de Navidad para los tres; empezamos a desarmarlos desde el día previo a la Navidad; por pura suerte -creo- logré armarlo esa misma noche -estuvimos intercambiando fotos de los mismos con mi hija mayor-; pero al día siguiente ya no pude: tuve que buscar algunos pasos pero, dos dias despues lo volví a armar.

El sábado que salí con mi hija mayor -nuestra salida mensual al parque temático- estuvimos discutiendo las dificultades que habíamos encontrado; y practicando el paso que había aprendido esa mañana para armar los centros.

Luego, el domingo, encontré la dificultad que ya habíamos encontrado en el de 4×4×4 -al parecer todos los pares son iguales: las aristas pueden quedar cruzadas-; pero ví un video en el que explicaban la solución (es una variante de la solución con el más pequeño).

Les estuve diciendo a mis hijos (y a Rb) que es el último cubo de Rubik que adquiriré; o sea, me imagino que los demás serán nomás de ir aplicando los mismos pasos dependiendo de si el número es par o impar; la dificultad -creo- sería mas de manipulación que de análisis.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me levanté a las siete y media; medité y entré a la reunión diaria del equipo; la cual estuvo bastante escueta -al menos en el tema de personal: menos de la mitad de la concurrencia habitual-; aunque no de tiempo: tardó casi una hora.

Mi único compañero que no está de vacaciones -y quien menos bien me cae- no estaba en la reunión, aunque sí mi supervisor -quien se suponía andaba de vacaciones-; luego, como a mitad de la reunión ví que mi compañero había ingresado.

Pero al final de la reunión, cuando mi supervisor estaba asignándole una tarea, mi compañero estaba nuevamente ausente; temí que me asignara la tarea pero permanecí en silencio hasta que la reunión acabó.

Una media hora más tarde mi supervisor me llamó; pero la llamada era grupal: estaba reunido con mi compañero; y requería mi presencia porque ninguno de los dos podía grabar la reunión -sospecho que ambos estaban utilizando sus celulares- y quería que alguien más escuchara la explicación, por si mi compañero tenia dificultades.

Lo interesante (?) es que yo sí pude empezar a grabar la reunión; me quedé escuchando la explicación pero no puse tanta atención; cuando la reunión terminó mi supervisor me pidió que lo llamara pues quería explicarme otra tarea.

Esa reunión también la grabé; aunque sucedió lo mismo que ha ocurrido en el pasado: no llegó al resultado esperado, y, cuando más tarde traté de seguir los pasos, tampoco pude ver el archivo que se suponía debía encontrar en una carpeta específica.

Me pasé el resto del día probando algunos bugs que nos había repartido en la primera reunión -afortunadamente puso a mi compañero como líder- y corriendo algunas pruebas -en donde debía utilizar lo visto en la segunda reunión, pero no pude-.

A media tarde le indiqué a mi compañero que ya había concluido mis asignaciones y le indiqué que podía informar al supervisor sobre los resultados; me desconecté al acabar el horario laboral y caminamos con Rb hasta el supermercado más alejado en dirección sur.

No compramos nada en ese lugar -Rb quería ver el precio de las uvas- pero notamos el logro de que Rb pudo caminar -por primera vez luego de la operación- toda la distancia; en el otro supermercado compramos algunas piezas de pollo y bananos (además Rb se puso a conversar un largo rato con la carnicera).

El sábado me levanté a meditar a las siete y media; pero después retorné a la cama -el ambiente estaba bastante gélido-; salí de la habitación casi a las nueve a preparar mi desayuno del fin de semana -aunque tuve que ir a la panadería pues el día anterior había olvidado comprar pan-.

El resto de la mañana estuve jugando ajedrez en Duolingo y resolviendo el cubo de Rubik de 6×6×6; a las once y media sacamos a caminar a los perros; había quedado con mi hija mayor de llegar a la una al departamento, pero no se oía mucho tráfico en el boulevard.

Después de sacar a los perros me metí a la ducha; al final salí de casa después de las doce y diez; pero el boulevard estaba bastante vacío; así como el resto de la ruta -excepto el periférico-: llegué a la casa de mis hijos en veinte minutos.

Me estacioné y subí al séptimo nivel; la puerta de la habitación de mi hija mediana estaba entreabierta y ví que se encontraba de espaldas; le escribí desde la sala para ver si estaba de descanso pero me comentó que nomás estaba trabajando desde casa.

Le escribí a mi hija mayor comentándole que ya estaba en el lugar; pero me dí cuenta que había olvidado el cubo en el automóvil y bajé por el mismo; cuando volví a subir mi hija mayor ya me estaba esperando.

Nos dirigimos al parque temático -no llevaba nada de comida- y, en el lugar, compré un par de menús de pequeños trozos de pollo; buscamos un lugar para comer y, afortunadamente, encontramos lugar en el espacio social techado.

Almorzamos en una de las mesas y luego estuvimos armando algunos cubos de Rubik -incluido el de 6×6×6-; después jugamos un par de partidas de dominó; antes de retornar a casa visitamos el zoológico del lugar y nos subimos a la rueda de Chicago más grande.

Un poco antes de las cinco de la tarde nos retiramos del lugar; el camino de vuelta estaba bastante vacío -como que toda la ciudad esta en reposo- y, un poco mas tarde, estabamos entrando al departamento.

Nos intalamos durante un corto tiempo en la sala y a las cinco y media -como lo habíamos acordado más temprano- me despedí de mi hija -siempre insiste en acompañarme al estacionamiento- y emprendí el camino de vuelta a casa.

El tránsito seguía tan ligero como al mediodía por lo que un poco después de las seis estaba entrando en la casa de Rb; por la noche Rb me propuso que vieramos la primera parte de la última película de la serie Knives Out -también ví, antes de dormirme, la parte final de Mission Impossible: Fall Out-.

El domingo -al igual que el día anterior- me levanté a las siete y media a meditar, pero luego retorné a la cama; salí de la habitación a las nueve; después del desayuno saqué mi canasta de ropa sucia y puse una carga extra larga en la lavadora.

A media mañana caminamos con Rb hasta los supermercados en dirección norte: ella necesitaba comprar unas bandas de velcro en la librería industrial en donde hemos comprado las últimas portátiles.

Las opciones de velcro que encontró en el lugar estaban muy caras por lo que decidió utilizar botones en la pijama que estaba planeando coserle a la perra más anciana; volvimos a casa.

El resto de la mañana estuve trabajando en la tarea que no había podido completar el viernes; desde el día anterior estuve investigando sobre la forma de generar un archivo que necesitaba y al final lo logré; pero no pude completar toda la asignación.

Al mediodía, después de sacar a caminar a los perros, preparamos alitas de pollo; las que acompañamos con una sopa de lo mismo, y una ensalada; por la tarde, después de lavar los trastes, preparé un café y un té -el café lo acompañé con un trozo de pastel de chocolate-.

El resto de la tarde estuve explorando los algoritmos necesarios para completar la solución del cubo de Rubik de 6×6×6: al igual que el anterior número par puede quedar una T en la última cara, o las esquinas cruzadas.

Los últimos dos días laborales del año -y primeros días de esta semana- no tuvieron mucha diferencia: las reuniones de equipo han estado tardando casi una hora -sin mucho progreso-; el supervisor entró a ambas.

El lunes empezamos la realización de las tareas habituales, con el analista que menos bien me cae, no pudimos realizar mucho -él se estuvo quejando de que el equipo no funcionaba correctamente, yo nomás marqué casi todo como aceptable.

Al final de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección norte; ella quería revisar unos sartenes antiadherentes en la tienda en donde nos proveemos usualmente de implementos para el hogar; compramos un conjunto de tres en veinte dólares.

Antes de caminar hasta los supermercados habíamos pasado por la tienda de las verduras; compramos un par de papayas y algunas hierbas aromáticas; la bolsa con las frutas y la hierba la pasamos a dejar a la garita de la calle, para evitar cargarla hasta los supermercados.

En la tienda verde de descuentos compramos un par de cajas de bolsas ziplock y yo compré un poco de café molido: había planeado el primer desayuno del año con mi amigo de ascendencia asiática -y que es parte de una secta coercitiva-

El martes hubo una nueva actualización de la aplicación que hemos estado probando por el último par de años; según mis criterios, debíamos reiniciar el ciclo de pruebas, pero el supervisor indicó que nomás continuáramos con lo que restaba.

Igual no realicé tantas pruebas -el día anterior sí había estado dedicándome por unas horas a completar una tarea bastante extensa-; por la tarde estuve escribiendo un poco de código en Python (con ayuda de dos o tres LLMs): he estado buscando en los artículos de Hacker News la noticia del año anterior sobre el obituario de un químico.

También aproveché para realizar el traspaso del automóvil que adquirimos un par de semanas atrás: al final, descontando el valor del sedán que Rb le entregó al mecánico nomás tuvimos que pagar seiscientos cincuenta dólares cada uno -el vidrio trasero nos salió en sesenta y cinco dólares y el trámite del traspaso en ciento treinta dólares-.

Al final del horario laboral nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; en el más alejado Rb verificó el precio de las uvas pero lo encontró muy elevado; en el otro supermercado compramos bananos, huevos, y algunos otros víveres; por la noche ví el ultimo episodio de la primera temporada de Pluribus. 

El miércoles era el último día del año y, según la legislación local se trabaja únicamente hasta el mediodía; la reunión de equipo volvió a tardar más de una hora; el día anterior no había estado quien lleva la hoja de cálculo con los avances y la persona que estuvo a cargo realizó varios cambios que la dejaron bastante diferente.

De hecho el día anterior, como a media mañana, habíamos tenido una reunión con el supervisor: quería que revisáramos los últimos cambios que se habían hecho en la hoja de cálculo, pues creía que se había desactualizado; al final no cambié nada.

La reunión del miércoles terminó después de las nueve de la mañana; a esa hora salí de la habitación a prepararme el desayuno -y a saludar a Rb-; el resto de la mañana me estuve escribiendo un script en Python para eliminar imágenes indeseables de mi celular.

Tenía en la galería de mi teléfono más de trece mil imágenes pues tenía configurado whatsapp para descargar cualquier archivo recibido; y como estoy en tres o cuatro grupos de búsqueda de empleo, la cantidad de archivos era excesiva -al final logré bajarlas a menos de la cuarta parte-. 

A las once y media sacamos a caminar a los perros de Rb -una hora antes de lo habitual, pues era día de visita a mis hijos-; cuando entramos revisé Waze y ví que la el trayecto hasta el departamento se veía bastante despejado; por lo que esperé un poco antes de meterme a la ducha.

Después de ducharme metí en mi mochila dos bolsas de snacks y cuatro coquitas; también los tres cuadernos y nueve lapiceros que planeaba obsequiarles por el inicio del año; salí de casa después las doce y veinte.

El boulevard estaba bastante despejado; pero unas cuatro o cinco calles antes de salir a la vía intermunicipal encontré un embotellamiento bastante fuerte; me tardé como diez minutos en avanzar cuatro o cinco calles.

Pero el resto del camino no tenía muchos vehículos; al final llegué al edificio donde viven mis hijos un par de minutos antes de la una; estacioné la van y subí caminando al séptimo nivel; encontré a mi hija mediana en la cocina -la puerta principal se abre justo a la cocina-. 

Me comentó que comenzaría a trabajar a la una y media; le escribí a mi hija mayor e hijo menor para comentarles que ya había llegado; y preparé la refacción que había planeado: media bolsa de snacks y una coquita.

Mi hija mayor salió casi en el acto; mi hijo menor salió cuando su hermana ya se había encerrado a su habitación, para empezar su turno de trabajo; mientras mi hijo menor refaccionaba estuvimos viendo algunos videos cortos en Youtube.

Después confeccionamos una lista con los ingredientes para preparar unas tortillas de harina dobladas -sincronizadas le llaman en Argentina-; eran ocho o nueve ingredientes; con la lista nos dirigimos al supermercado que queda un par de calles al otro lado del boulevard al lado del cual está ubicado el edificio.

Compramos todos los ingredientes -aunque no encontramos peperoni- y me hice cargo de la cuenta -veinte dólares-; después pasamos a una pastelería del lugar y compré un mini cake de mandarina -el favorito de mi hijo menor-.

Con las compras retornamos al departamento y nos pusimos a preparar la comida del día: mi hija mayor cortó ocho cuadros de papel de aluminio -lo habíamos adquirido ese día-; mi hijo cortó los embutidos y yo preparé la mayonesa de aguacate que aprendí a hacer unas semanas atrás.

Al final preparamos ocho tortillas de harina rellenas con salsa de tomate, aguacate, embutidos y quezo mozarella -habíamos adquirido otra bolsa pero, por alguna razón, ya no pasó por la caja del supermercado-; lo metimos veinte minutos -en dos ciclos- al horno eléctrico y las consumimos con jugo de naranja.

Mi hija mediana salió un rato de su habitación cuando estábamos por servir la comida -toma uno de sus recesos a las cuatro de la tarde- y le hice entrega de sus dos tortillas de harina, y el vaso de jugo de naranja -su hermana le comentó que le quedaría un trozo de pastel en la refrigeradora-.

Con mi hija mayor y mi hijo menor almorzamos en la habitación que ahora designamos como sala y estuvimos conviviendo un rato: vimos varios videos del canal del FedeWolf; como mi hija mayor empezaba a trabajar a las cinco empezamos a despedirnos unos minutos antes de la hora.

A las cinco me despedí de mi hijo menor; un poco antes vimos uno de los videos que había preparado sobre el último cubo de Rubik, también le comenté que se me había olvidado darle el cuaderno y los tres lapiceros a mi hija mediana y que se los dejaría sobre la estufa.

El tránsito de regreso estuvo bastante ligero por lo que un poco después de las cinco y media estaba entrando en la calle donde vivo; como a la mitad de la calle encontré a Rb: había salido a caminar un poco en las dos calles interiores.

Le comenté que había visto -en el puesto de frutas en donde generalmente se provee- que el precio de las uvas estaba un veinticinco por ciento más bajo que la semana anterior; le propuse que camináramos al lugar.

Se subió al auto y venimos a estacionarlo frente a la casa; entré por una bolsa de mercado y nos dirigimos, caminando, hasta el puesto de las frutas; en el lugar Rb adquirió cuatro libras y retornamos a casa.

Por la noche ví el final del segundo capítulo de la segunda temporada de FallOut; había cenado el tercer tamal del fin de año y preparado la segunda tableta de chocolate; la mayor parte de la noche la pasé en la cama de Rb, acompañándola a ver alguna de sus series.

Un poco antes de medianoche empezó la quema de fuegos artificiales con las que se celebra por estos lares la llegada del Nuevo Año; lo bueno es que la perra más anciana de Rb ya casi no oye, y los otros dos no son tan temerosos de la pirotecnia.

Nos dimos el abrazo de Año Nuevo, luego esperé unos minutos a que pasara toda la bulla y después me despedí de Rb, como ya había meditado -me he quedado con el hábito de hacerlo a las diez de la noche- me retiré a dormir.

El jueves me levanté a las ocho y cuarto: la noche anterior había quitado todas las alarmas pero quería salir de la habitación a tiempo para desayunar con Rb; medité y después salí a recalentar el cuarto -y último- tamal del fin de año.

Después del desayuno estuve jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo -había llegado a mil cuatrocientos noventa y nuev de ELO, pero volví a bajar a mil cuatrocientos setenta-; a las diez nos dirigimos al comercial en donde se estacionan los busitos.

Por ser un día de asueto, se me había ocurrido que Rb podía manejar -por primera vez- la van hasta el lugar, aprovechando la inexistencia de embotellamientos; y sí, fue un trayecto bastante tranquilo.

Rb condujo la van hasta el comercial, sin mucho contratiempo; se estacionó en el sótano y subimos al supermercado en el primer nivel; allí compramos una red de aguacates y un par de libras de manzanas.

Pasamos a la autocaja y luego a que sellaran el ticket del parqueo; luego bajamos al sótano por el automóvil; salimos del lugar sin ningún inconveniente y nos dirigimos a la gasolinera en la que frecuentemente relleno el tanque de combustible.

Le pedí al empleado de la gasolinera que dejara libre la bomba y procedí a llenar el tanque -veinte dólares-; después de pagar le comenté a Rb que estaba demasiado pegada a la bomba y la guié para que retrocediera y tomara un mejor ángulo de salida.

Retornamos a casa sin ninguna novedad y, al mediodía, sacamos a caminar a los perros; después recalentamos -la mitad restante de- el pollo que horneamos la víspera de Navidad; después del almuerzo continué depurando mi archivo de imágenes del celular.

A la hora en que Rb le sirvió la comida a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastes del almuerzo; después preparé un café y un té; consumi el café con un par de galletas y le llevé el té a Rb, quien se metió a la cama para una siesta vespertina.

Y a ver cómo sigue eso.