jueves, 1 de enero de 2026

Día Uno y Cubo de Rubik 6×6×6… Day One and Rubik’s Cube 6×6×6… Jour Un et Cube de Rubik 6×6×6…

Es el primer día del nuevo año y desde ayer me he estado preguntando cuál es el punto en la órbita alrededor del Sol que se marca el cambio de calendario; o si no es constsante en todas las vueltas.

En general creo que no me puedo quejar del año anterior -igual, es un sinsentido hacerlo, por muy humano que sea el hábito-; pero un resumen ligero sería: hice poco voluntariado; a pesar de que intenté involucrarme en nuevos proyectos en los primeros meses.

Le escribí a varias asociaciones educativas postulándome como profesor -o algo parecido-; nomás con una hubo comunicación y lo único que se realizó fue la compra de un par de calenarios planificadores -con frases bíblicas-.

También participé con un grupo en una visita a una comunidad bastante precaria en un departamento vecino a la capital: en febrero llevamos piñatas, regalos y pasteles al grupo de niños que viven hacinados en un conjunto de casas bastante endebles.

Eso fue en febrero; también había planeado repetir mi participación con los misioneros que vienen a las aldeas en uno de los departamentos fronterizos con nuestro gran vecino del norte; fui a la capacitación anual que es requerida; pero luego ya no acudí al evento.

Y es que, durante un mes, estuve trabajando doble: aproveché el certificado que había obtenido el año anterior para conseguir un segundo trabajo -algo típico en los que se dedican a la tecnología y trabajan en casa-; pero no me gustó, o sea, recuperé la inversión del certificado (certificado=doscientos dólares; mes de trabajo=dos mil dólares) pero decliné continuar.

A mediados de año mi hija segunda me avisó que retornaba al país; le comenté a sus hermanos y se prepararon para recibirla en el departamento; vino en Agosto, fui por ella al aeropuerto y la llevé al edificio donde mi hijo menor habia desocupado una de las dos habitaciones que había tomado hacía casi un año.

Esa habitación la utilizó por varios meses, hasta que contratamos a una pequeña constructora para que construyera una pared en el espacio que identificábamos como sala: la verdad quería que tuviera el acceso solar similar al de sus hermanos.

El penúltimo mes del año Rb fue intervenida quirurgicamente -histerectomía- y me tocó -por más de un mes- hacerme cargo de los perros: darles de comer, sacarlos constantemente al patio, aplicarle gotas oftálmicas a la más anciana -e interrumpir mi sueño a las tres de la madrugada, para darle pollo a esta última-.

Y el último mes hubo un cambio de automóvil: la transmisión del sedán que estuvimos usando tres o cuatro años empezó a dar problemas y lo intercambiamos -agregando algo de dinero- con el mecánico, por una MPV de la misma marca -y dos años más antigua-.

Y eso fue el dos mil veinticinco. 

Por otra parte, empecé con los cubos de Rubik hace ya más de quince años: encontré una 'solución' para el de 3×3×3 -el original y (quizá) el más común- en un blog de tecnología que había empezado a seguir durante mi tiempo en la primer empresa de software en la que trabajé luego de mi vuelta del Imperio del Norte.

Y resultó que la los pasos no funcionaban, o sea, al parecer (como suele suceder) se necesitaba una condicion previa; y entonces me quedé con un cubo de Rubik sin armar; pregunté a algunos compañeros voluntarios pero nadie me explicó.

Entonces empecé a leer y ver videos, y escribí una serie de instrucciones para resolverlo -mi objetivo era enseñarle a mis peques-; en total son siete pasos y mi hijo menor practicó tanto que llegó a resolverlo en menos de un minuto.

Con los años compré uno de 2×2×2 pero no me esmeré en armarlo; de hecho lo tuve abandonado durante mucho tiempo; hasta hace cuatro o cinco años que mi hija me regaló para Navidad uno de 3×3×3 espejo.

Después de batallar para armarlo (en vez de colores son los tamaños de los rectángulos lo que cambia) compré uno de 4×4×4; después de aprender a armarlo -son como tres pasos adicionales- le regalé uno a mi hija mayor, luego a mi hijo menor.

Y el año pasado encontré cubos de 5×5×5 en un almacén de productos chinos -estaban bastante baratos-; y eso fue mi regalo para mis hija mayor e hijo menor en Navidad -además de los cien dólares de costumbre-.

A principios de este año compré cuatro cubos de 6×6×6 -en linea, en Walmart del Imperio del Norte-; los envié a la casa de la mejor amiga de Rb -vive en Atlanta- y, unos meses después, me los trajo.

Y ese fue mi regalo de Navidad para los tres; empezamos a desarmarlos desde el día previo a la Navidad; por pura suerte -creo- logré armarlo esa misma noche -estuvimos intercambiando fotos de los mismos con mi hija mayor-; pero al día siguiente ya no pude: tuve que buscar algunos pasos pero, dos dias despues lo volví a armar.

El sábado que salí con mi hija mayor -nuestra salida mensual al parque temático- estuvimos discutiendo las dificultades que habíamos encontrado; y practicando el paso que había aprendido esa mañana para armar los centros.

Luego, el domingo, encontré la dificultad que ya habíamos encontrado en el de 4×4×4 -al parecer todos los pares son iguales: las aristas pueden quedar cruzadas-; pero ví un video en el que explicaban la solución (es una variante de la solución con el más pequeño).

Les estuve diciendo a mis hijos (y a Rb) que es el último cubo de Rubik que adquiriré; o sea, me imagino que los demás serán nomás de ir aplicando los mismos pasos dependiendo de si el número es par o impar; la dificultad -creo- sería mas de manipulación que de análisis.

Y a ver cómo va eso.

El viernes me levanté a las siete y media; medité y entré a la reunión diaria del equipo; la cual estuvo bastante escueta -al menos en el tema de personal: menos de la mitad de la concurrencia habitual-; aunque no de tiempo: tardó casi una hora.

Mi único compañero que no está de vacaciones -y quien menos bien me cae- no estaba en la reunión, aunque sí mi supervisor -quien se suponía andaba de vacaciones-; luego, como a mitad de la reunión ví que mi compañero había ingresado.

Pero al final de la reunión, cuando mi supervisor estaba asignándole una tarea, mi compañero estaba nuevamente ausente; temí que me asignara la tarea pero permanecí en silencio hasta que la reunión acabó.

Una media hora más tarde mi supervisor me llamó; pero la llamada era grupal: estaba reunido con mi compañero; y requería mi presencia porque ninguno de los dos podía grabar la reunión -sospecho que ambos estaban utilizando sus celulares- y quería que alguien más escuchara la explicación, por si mi compañero tenia dificultades.

Lo interesante (?) es que yo sí pude empezar a grabar la reunión; me quedé escuchando la explicación pero no puse tanta atención; cuando la reunión terminó mi supervisor me pidió que lo llamara pues quería explicarme otra tarea.

Esa reunión también la grabé; aunque sucedió lo mismo que ha ocurrido en el pasado: no llegó al resultado esperado, y, cuando más tarde traté de seguir los pasos, tampoco pude ver el archivo que se suponía debía encontrar en una carpeta específica.

Me pasé el resto del día probando algunos bugs que nos había repartido en la primera reunión -afortunadamente puso a mi compañero como líder- y corriendo algunas pruebas -en donde debía utilizar lo visto en la segunda reunión, pero no pude-.

A media tarde le indiqué a mi compañero que ya había concluido mis asignaciones y le indiqué que podía informar al supervisor sobre los resultados; me desconecté al acabar el horario laboral y caminamos con Rb hasta el supermercado más alejado en dirección sur.

No compramos nada en ese lugar -Rb quería ver el precio de las uvas- pero notamos el logro de que Rb pudo caminar -por primera vez luego de la operación- toda la distancia; en el otro supermercado compramos algunas piezas de pollo y bananos (además Rb se puso a conversar un largo rato con la carnicera).

El sábado me levanté a meditar a las siete y media; pero después retorné a la cama -el ambiente estaba bastante gélido-; salí de la habitación casi a las nueve a preparar mi desayuno del fin de semana -aunque tuve que ir a la panadería pues el día anterior había olvidado comprar pan-.

El resto de la mañana estuve jugando ajedrez en Duolingo y resolviendo el cubo de Rubik de 6×6×6; a las once y media sacamos a caminar a los perros; había quedado con mi hija mayor de llegar a la una al departamento, pero no se oía mucho tráfico en el boulevard.

Después de sacar a los perros me metí a la ducha; al final salí de casa después de las doce y diez; pero el boulevard estaba bastante vacío; así como el resto de la ruta -excepto el periférico-: llegué a la casa de mis hijos en veinte minutos.

Me estacioné y subí al séptimo nivel; la puerta de la habitación de mi hija mediana estaba entreabierta y ví que se encontraba de espaldas; le escribí desde la sala para ver si estaba de descanso pero me comentó que nomás estaba trabajando desde casa.

Le escribí a mi hija mayor comentándole que ya estaba en el lugar; pero me dí cuenta que había olvidado el cubo en el automóvil y bajé por el mismo; cuando volví a subir mi hija mayor ya me estaba esperando.

Nos dirigimos al parque temático -no llevaba nada de comida- y, en el lugar, compré un par de menús de pequeños trozos de pollo; buscamos un lugar para comer y, afortunadamente, encontramos lugar en el espacio social techado.

Almorzamos en una de las mesas y luego estuvimos armando algunos cubos de Rubik -incluido el de 6×6×6-; después jugamos un par de partidas de dominó; antes de retornar a casa visitamos el zoológico del lugar y nos subimos a la rueda de Chicago más grande.

Un poco antes de las cinco de la tarde nos retiramos del lugar; el camino de vuelta estaba bastante vacío -como que toda la ciudad esta en reposo- y, un poco mas tarde, estabamos entrando al departamento.

Nos intalamos durante un corto tiempo en la sala y a las cinco y media -como lo habíamos acordado más temprano- me despedí de mi hija -siempre insiste en acompañarme al estacionamiento- y emprendí el camino de vuelta a casa.

El tránsito seguía tan ligero como al mediodía por lo que un poco después de las seis estaba entrando en la casa de Rb; por la noche Rb me propuso que vieramos la primera parte de la última película de la serie Knives Out -también ví, antes de dormirme, la parte final de Mission Impossible: Fall Out-.

El domingo -al igual que el día anterior- me levanté a las siete y media a meditar, pero luego retorné a la cama; salí de la habitación a las nueve; después del desayuno saqué mi canasta de ropa sucia y puse una carga extra larga en la lavadora.

A media mañana caminamos con Rb hasta los supermercados en dirección norte: ella necesitaba comprar unas bandas de velcro en la librería industrial en donde hemos comprado las últimas portátiles.

Las opciones de velcro que encontró en el lugar estaban muy caras por lo que decidió utilizar botones en la pijama que estaba planeando coserle a la perra más anciana; volvimos a casa.

El resto de la mañana estuve trabajando en la tarea que no había podido completar el viernes; desde el día anterior estuve investigando sobre la forma de generar un archivo que necesitaba y al final lo logré; pero no pude completar toda la asignación.

Al mediodía, después de sacar a caminar a los perros, preparamos alitas de pollo; las que acompañamos con una sopa de lo mismo, y una ensalada; por la tarde, después de lavar los trastes, preparé un café y un té -el café lo acompañé con un trozo de pastel de chocolate-.

El resto de la tarde estuve explorando los algoritmos necesarios para completar la solución del cubo de Rubik de 6×6×6: al igual que el anterior número par puede quedar una T en la última cara, o las esquinas cruzadas.

Los últimos dos días laborales del año -y primeros días de esta semana- no tuvieron mucha diferencia: las reuniones de equipo han estado tardando casi una hora -sin mucho progreso-; el supervisor entró a ambas.

El lunes empezamos la realización de las tareas habituales, con el analista que menos bien me cae, no pudimos realizar mucho -él se estuvo quejando de que el equipo no funcionaba correctamente, yo nomás marqué casi todo como aceptable.

Al final de la tarde nos dirigimos con Rb a los supermercados en dirección norte; ella quería revisar unos sartenes antiadherentes en la tienda en donde nos proveemos usualmente de implementos para el hogar; compramos un conjunto de tres en veinte dólares.

Antes de caminar hasta los supermercados habíamos pasado por la tienda de las verduras; compramos un par de papayas y algunas hierbas aromáticas; la bolsa con las frutas y la hierba la pasamos a dejar a la garita de la calle, para evitar cargarla hasta los supermercados.

En la tienda verde de descuentos compramos un par de cajas de bolsas ziplock y yo compré un poco de café molido: había planeado el primer desayuno del año con mi amigo de ascendencia asiática -y que es parte de una secta coercitiva-

El martes hubo una nueva actualización de la aplicación que hemos estado probando por el último par de años; según mis criterios, debíamos reiniciar el ciclo de pruebas, pero el supervisor indicó que nomás continuáramos con lo que restaba.

Igual no realicé tantas pruebas -el día anterior sí había estado dedicándome por unas horas a completar una tarea bastante extensa-; por la tarde estuve escribiendo un poco de código en Python (con ayuda de dos o tres LLMs): he estado buscando en los artículos de Hacker News la noticia del año anterior sobre el obituario de un químico.

También aproveché para realizar el traspaso del automóvil que adquirimos un par de semanas atrás: al final, descontando el valor del sedán que Rb le entregó al mecánico nomás tuvimos que pagar seiscientos cincuenta dólares cada uno -el vidrio trasero nos salió en sesenta y cinco dólares y el trámite del traspaso en ciento treinta dólares-.

Al final del horario laboral nos dirigimos a los supermercados en dirección sur; en el más alejado Rb verificó el precio de las uvas pero lo encontró muy elevado; en el otro supermercado compramos bananos, huevos, y algunos otros víveres; por la noche ví el ultimo episodio de la primera temporada de Pluribus. 

El miércoles era el último día del año y, según la legislación local se trabaja únicamente hasta el mediodía; la reunión de equipo volvió a tardar más de una hora; el día anterior no había estado quien lleva la hoja de cálculo con los avances y la persona que estuvo a cargo realizó varios cambios que la dejaron bastante diferente.

De hecho el día anterior, como a media mañana, habíamos tenido una reunión con el supervisor: quería que revisáramos los últimos cambios que se habían hecho en la hoja de cálculo, pues creía que se había desactualizado; al final no cambié nada.

La reunión del miércoles terminó después de las nueve de la mañana; a esa hora salí de la habitación a prepararme el desayuno -y a saludar a Rb-; el resto de la mañana me estuve escribiendo un script en Python para eliminar imágenes indeseables de mi celular.

Tenía en la galería de mi teléfono más de trece mil imágenes pues tenía configurado whatsapp para descargar cualquier archivo recibido; y como estoy en tres o cuatro grupos de búsqueda de empleo, la cantidad de archivos era excesiva -al final logré bajarlas a menos de la cuarta parte-. 

A las once y media sacamos a caminar a los perros de Rb -una hora antes de lo habitual, pues era día de visita a mis hijos-; cuando entramos revisé Waze y ví que la el trayecto hasta el departamento se veía bastante despejado; por lo que esperé un poco antes de meterme a la ducha.

Después de ducharme metí en mi mochila dos bolsas de snacks y cuatro coquitas; también los tres cuadernos y nueve lapiceros que planeaba obsequiarles por el inicio del año; salí de casa después las doce y veinte.

El boulevard estaba bastante despejado; pero unas cuatro o cinco calles antes de salir a la vía intermunicipal encontré un embotellamiento bastante fuerte; me tardé como diez minutos en avanzar cuatro o cinco calles.

Pero el resto del camino no tenía muchos vehículos; al final llegué al edificio donde viven mis hijos un par de minutos antes de la una; estacioné la van y subí caminando al séptimo nivel; encontré a mi hija mediana en la cocina -la puerta principal se abre justo a la cocina-. 

Me comentó que comenzaría a trabajar a la una y media; le escribí a mi hija mayor e hijo menor para comentarles que ya había llegado; y preparé la refacción que había planeado: media bolsa de snacks y una coquita.

Mi hija mayor salió casi en el acto; mi hijo menor salió cuando su hermana ya se había encerrado a su habitación, para empezar su turno de trabajo; mientras mi hijo menor refaccionaba estuvimos viendo algunos videos cortos en Youtube.

Después confeccionamos una lista con los ingredientes para preparar unas tortillas de harina dobladas -sincronizadas le llaman en Argentina-; eran ocho o nueve ingredientes; con la lista nos dirigimos al supermercado que queda un par de calles al otro lado del boulevard al lado del cual está ubicado el edificio.

Compramos todos los ingredientes -aunque no encontramos peperoni- y me hice cargo de la cuenta -veinte dólares-; después pasamos a una pastelería del lugar y compré un mini cake de mandarina -el favorito de mi hijo menor-.

Con las compras retornamos al departamento y nos pusimos a preparar la comida del día: mi hija mayor cortó ocho cuadros de papel de aluminio -lo habíamos adquirido ese día-; mi hijo cortó los embutidos y yo preparé la mayonesa de aguacate que aprendí a hacer unas semanas atrás.

Al final preparamos ocho tortillas de harina rellenas con salsa de tomate, aguacate, embutidos y quezo mozarella -habíamos adquirido otra bolsa pero, por alguna razón, ya no pasó por la caja del supermercado-; lo metimos veinte minutos -en dos ciclos- al horno eléctrico y las consumimos con jugo de naranja.

Mi hija mediana salió un rato de su habitación cuando estábamos por servir la comida -toma uno de sus recesos a las cuatro de la tarde- y le hice entrega de sus dos tortillas de harina, y el vaso de jugo de naranja -su hermana le comentó que le quedaría un trozo de pastel en la refrigeradora-.

Con mi hija mayor y mi hijo menor almorzamos en la habitación que ahora designamos como sala y estuvimos conviviendo un rato: vimos varios videos del canal del FedeWolf; como mi hija mayor empezaba a trabajar a las cinco empezamos a despedirnos unos minutos antes de la hora.

A las cinco me despedí de mi hijo menor; un poco antes vimos uno de los videos que había preparado sobre el último cubo de Rubik, también le comenté que se me había olvidado darle el cuaderno y los tres lapiceros a mi hija mediana y que se los dejaría sobre la estufa.

El tránsito de regreso estuvo bastante ligero por lo que un poco después de las cinco y media estaba entrando en la calle donde vivo; como a la mitad de la calle encontré a Rb: había salido a caminar un poco en las dos calles interiores.

Le comenté que había visto -en el puesto de frutas en donde generalmente se provee- que el precio de las uvas estaba un veinticinco por ciento más bajo que la semana anterior; le propuse que camináramos al lugar.

Se subió al auto y venimos a estacionarlo frente a la casa; entré por una bolsa de mercado y nos dirigimos, caminando, hasta el puesto de las frutas; en el lugar Rb adquirió cuatro libras y retornamos a casa.

Por la noche ví el final del segundo capítulo de la segunda temporada de FallOut; había cenado el tercer tamal del fin de año y preparado la segunda tableta de chocolate; la mayor parte de la noche la pasé en la cama de Rb, acompañándola a ver alguna de sus series.

Un poco antes de medianoche empezó la quema de fuegos artificiales con las que se celebra por estos lares la llegada del Nuevo Año; lo bueno es que la perra más anciana de Rb ya casi no oye, y los otros dos no son tan temerosos de la pirotecnia.

Nos dimos el abrazo de Año Nuevo, luego esperé unos minutos a que pasara toda la bulla y después me despedí de Rb, como ya había meditado -me he quedado con el hábito de hacerlo a las diez de la noche- me retiré a dormir.

El lunes me levanté a las ocho y cuarto: la noche anterior había quitado todas las alarmas pero quería salir de la habitación a tiempo para desayunar con Rb; medité y después salí a recalentar el cuarto -y último- tamal del fin de año.

Después del desayuno estuve jugando algunas partidas de ajedrez en Duolingo -había llegado a mil cuatrocientos noventa y nuev de ELO, pero volví a bajar a mil cuatrocientos setenta-; a las diez nos dirigimos al comercial en donde se estacionan los busitos.

Por ser un día de asueto, se me había ocurrido que Rb podía manejar -por primera vez- la van hasta el lugar, aprovechando la inexistencia de embotellamientos; y sí, fue un trayecto bastante tranquilo.

Rb condujo la van hasta el comercial, sin mucho contratiempo; se estacionó en el sótano y subimos al supermercado en el primer nivel; allí compramos una red de aguacates y un par de libras de manzanas.

Pasamos a la autocaja y luego a que sellaran el ticket del parqueo; luego bajamos al sótano por el automóvil; salimos del lugar sin ningún inconveniente y nos dirigimos a la gasolinera en la que frecuentemente relleno el tanque de combustible.

Le pedí al empleado de la gasolinera que dejara libre la bomba y procedí a llenar el tanque -veinte dólares-; después de pagar le comenté a Rb que estaba demasiado pegada a la bomba y la guié para que retrocediera y tomara un mejor ángulo de salida.

Retornamos a casa sin ninguna novedad y, al mediodía, sacamos a caminar a los perros; después recalentamos -la mitad restante de- el pollo que horneamos la víspera de Navidad; después del almuerzo continué depurando mi archivo de imágenes del celular.

A la hora en que Rb le sirvió la comida a sus perros me metí a la cocina a lavar los trastes del almuerzo; después preparé un café y un té; consumi el café con un par de galletas y le llevé el té a Rb, quien se metió a la cama para una siesta vespertina.

Y a ver cómo sigue eso.  

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