lunes, 19 de enero de 2026

Jojo y esa clase de libros -y el fin de Dilbert-… Jojo and that kind of book -and the end of Dilbert-… Jojo et ce genre de livres -et la fin de Dilbert-…

He visto varias veces pequeños trozos de la película Me before you; me pareció una comedia dramática romántica (?) y me dije que no me interesaba; me imaginé que era como The fault is in our stars -me negué a leer ese libro, aunque leí otro del mismo autor hace unos años-, The Perks of Being a Wallflower (también leí el libro) o seven reasons (nomás leí el libro).

Con el tiempo leí algo sobre la serie de libros -parece que hubo otros os titulos después de Me before you; consulté algunas portadas pero ninguno me llamo la atención; hasta finales del año pasado que encontré We all live here; creo que me llamó la atención porque se trata de una escritora con dos hijas adolescentes y haciéndose cargo de su padre y su padrastro.

Total que empecé a leerla esta semana -también empecé a leer Death of the Author (de la misma autora de Bini: ciencia ficción africana, leí el libro hace unos años)- y otro libro de ciencia ficción de un autor filipino -creo que no he leído antes a algún autor de esa nacionalidad-.

Pero estos dos últimos los puse en pausa -quizá en las siguientes semanas-; he estado retomando la lectura con el libro de Jojo Moyes; o sea, me había propuesto no volver a leer novelas románticas -al final la autora es especialista en el género- después de Check & Mate; pero bueno.

Lo otro: esta semana Rb me mostró la publicación en la que se anunciaba de manera oficial la muerte del autor de Dilbert: Scott Adams se volvió famoso -y millonario- con la tira cómica que satiriza el entorno corporativo -e informático-.

Desde que conocí la tira me volví un seguidor -aunque no un fanático-; en alguno de mis viajes al Imperio del Norte traje un calendario de Dilbert -creo que lo rescaté de un centro de reciclaje- y, unos años después, leí alguno de sus libros.

Pero el autor no me terminaba de convencer: en una entrevista que leí, en una revista en la ciudad en donde pasé un par de años, me causo cierto malestar su declaración de que su exitosa carrera gerencial había sido cortada por las minorías -o las mujeres-.

O sea, lo ví como un white anglo-saxon protestant que sentía que su tribu estaba siendo diezmada -o afectada negativamente- porque las minorías estaban siendo privilegiadas -al final eligieron (dos veces) al convicto que tienen como presidente estos días-.

Y hace unos diez o quince años Scott se quitó completamente la máscara: empezó una especie de podcast -me enteré en Twitter- en donde se dedicaba a pregonar las injusticias que se estaban cometiendo contra los blancos -también fue uno de los primeros en presagiar la llegada de Mr Carrot a la presidencia-.

Total que hace dos o tres años muchos de los periódicos que publicaban su tira cómica -seguía dibujando- lo cancelaron porque salió diciendo algo como que "los blancos deberían alejarse de los negros" y que estos últimos eran un "grupo de odio".

La noticia la dió la ex esposa en Youtube -siempre me pareció raro lo de que siempre se mantuviera solo-, leyendo -creo- la última declaración de Scott; me llamó mucho la atención que -siguiendo el consejo de Pascal-, en el escrito acepta a Jesús y espera su entrada al cielo.

La gente.

El miércoles estuvo bastante tranquilo: se suponía que era el penúltimo día para la ronda en curso de pruebas antes de que la aplicación sea revisada por los clientes; traté de avanzar un poco en el trabajo pero no fue mucho lo que pude hacer.

Después de la reunión le pedí al analista que mejor me cae apoyo para revisar un fallo que había reportado la semana anterior -y que había sido mencionado en dos de las reuniones de la semana-.

Estuvimos reunidos casi una hora revisando la data que es alimentada a la aplicación; comparándola con las especificaciones -que son muy escuetas- y validando la forma en la que se estaba grabando; al final no pude concluir nada concreto. 

Un poco más tarde encontré un fallo en una parte de la app y -luego de consultarlo con mi compañero más brillante- la reporté; también estuve dándole seguimiento a uno de los equipos que estaba presentando fallos e intenté diagnosticarlo -aunque nadie lo tomó en cuenta-.

Al mediodía almorzamos la tercera porción del asado que preparamos el miércoles; también seguí con el mismo patrón de ayuno intermitente que inicié el lunes: primera comida a las diez, última comida a las tres; con lo que estaría siguiendo la proporción 19:5. 

A las cinco nos dirigimos caminando a los supermercados en dirección norte; no teníamos que comprar nada pero es el único ejercicio que hemos estado haciendo durante los últimos dos meses.

El jueves -al igual que el día anterior- me quedé en la cama después de que terminó la reunión diaria -la que sigue extendiendose más de lo que estaba programada-; un poco antes de las nueve Rb entro a la habitación por algún pendiente antes de dirigirse al mercado del Centro Histórico.

Era la primera vez que iba al mercado después de su cirugía del año pasado y quería aprovechar para comprar un adaptador usb-red: está planeando trabajar algunas horas a la semana como traductora médica y debía enviar una captura de pantalla mostrando que la conexión de internet es física.

El problema es que nuestras dos computadoras personales son slim -bastante delgadas, realmente- y ninguna tiene ya puerto de conexión por cable; pero encontramos un adaptador en la página de la tienda en la que usualmente nos proveemos de tecnología. 

Cuando Rb salió hacia el mercado me puse a la tarea de algo que tenia pendiente desde la semana pasada: diluir el refrigerante en uno de los dos recipientes que mantengo en el auto -el detergente de ropa que compramos viene en presentación de cuatro galones-.

También quería colocar en la guantera de la van los documentos que había impreso unas noches antes -el título, la calcomanía y la tarjeta de circulación-; metí las tres hojas en una bolsa hermética y salí por el recipiente para el refrigerante.

Pero cuando estaba cruzando la calle alguien me habló  de forma algo rara: justo en la esquina se encontraba uno de los vecinos de Rb -a quien no saluda religiosamente- en su silla de ruedas y me pidió favor que le cortara unas hojas del níspero que se encuentra justo en la esquina.

La interacción fue algo rara porque -por solidaridad con Rb- tampoco acostumbro a saludarlo cuando lo veo por la calle; pero le corté las hojas que estaba pidiendo -según él la infusión sirve para bajar los niveles de azúcar en la sangre- y le ofrecí más en caso necesitara.

Después procedí a dejar los papeles del auto en la guantera, trasvasar el refrigerante hacia uno de los recipientes de cuatro galones y rellenar el resto con agua -según el mecánico es mejor utilizarlo de forma diluida-.

A media mañana entré a la reunión que convoca el jefe de mi supervisor cada quince días; no había muchas novedades, excepto que nuestro proyecto será revisado durante la semana siguiente por el cliente y nomás el analista más brillante y el que vive fuera de la ciudad tendrían que estar apoyando en las pruebas.

A mí y al compañero que menos bien me cae nos asignaron a trabajar juntos en otro ambiente de pruebas; o sea que se vienen días en que tendré que prestar un poco más de atención al trabajo pues esta persona no es nada fiable.

Al mediodía Rb retornó de su visita al mercado en el centro histórico -me trajo un par de zepelines-; sacamos a caminar a los perros y luego calentamos -y consumimos- la cuarta -y última- porción del asado.

Un poco más tarde me metí a la cocina a lavar los trastos que utilizamos durante el almuerzo; luego preparé café -que consumí con una tercera parte e un zepelin y una galleta de chocolate- y té.

A las cinco de la tarde -después de apagar la computadora del trabajo- nos dirigimos a los supermercados en dirección norte; en el que está en el comercial en donde tomamos los buses intermunicipales compramos pollo molido y bananos.

En la noche ví una parte -creo que veinte minutos- de The Internship -película de acción bastante descartable-, una parte del ultimo capítulo publicado de FallOut y una parte de un capítulo de The Copenhagen Test; también estuve haciendo un poco de Dolingo -está fuerte ajedrez: me mantengo entre mil cuatrocientos y mil quinientos-.

El viernes me levanté a las siete y media, medité y entré a la reunión diaria; la que ha continuado bastante diferente: la persona que trabaja a la par de mi supervisor ha llevado la voz cantante y se ha extendido casi cuatro veces en duración.

Durante la mañana me reuní con mi compañero más brillante pues quería revisar la parte técnica de un problema que había reportado unos días antes y que se ha estado presentando de forma intermitente.

Nos reunimos por una buena cantidad de tiempo pero no pudimos avanzar mucho en la revisión del problema; de todos modos aprendí -o recordé, más bien- cómo examinar de forma más específica la fuente de algunos hallazgos.

El resto del día estuve -con ayuda de un par de LLMs, y tomando de base el código que mi compañero había escrito para generar nuevos planes de prueba- escribiendo código en Python para revisar la duplicidad de algunas tareas que debemos realizar continuamente.

Al mediodía almorzamos una mojarra bastante pequeña y una ensalada bastante grande; Rb había comprado también un par de berenjenas, con lo que el almuerzo fue realmente copioso: me estuve sintiendo bastante indispuesto el resto del día; aún así, preparé el café y té de costumbre.

Después del horario laboral caminamos hasta el supermercado más alejado en dirección sur; en donde compramos un cuadril de pollo para el almuerzo del día siguiente; también compré un paquete de cuatro muffins, para mi visita a la casa del voluntario que vive en la colonia donde mis hijos crecieron.

El sábado me levanté a las siete y media; siguiendo mi previsión del día anterior, medité y retorné a la cama a hacer algunas lecciones de Duolingo; también leí un poco del libro de Jojo Moyes: el plan era salir de la habitación a las nueve, prepararme y salir de casa alrededor de las nueve de la mañana.

Me había puesto de acuerdo con mi hija mediana para llegar al departamento a las diez -y aprovechar que entra a trabajar a la una y media de la tarde-; me metí a la ducha un poco antes de las nueve y salí de casa casi a las nueve y cuarto; Waze indicaba un trayecto de treinta y ocho minutos.

Cuando salí el boulevard se veía vacío; pero tres o cuatro cuadras más adelante encontré un embotellamiento total; aunque, afortunadamente, no había un paro total: el tránsito se mantenía fluyendo -aunque bastante lento-; como casi siempre, al tomar la ruta de entrada a la ciudad la situación mejoró.

Al final llegué a la casa de mis hijos cinco minutos antes de las diez; estacioné la van y subí caminando los siete niveles; entré al departamento y le escribí a mi hija, comentándole que ya había llegado; ella salió un poco después y nos dirigimos caminando al parque temático.

En el lugar repetimos la rutina de la última vez: compré un par de menú de hamburguesas -en esta ocasión con queso- y subimos a las mesas que están en el segundo nivel del lugar; desayunamos tranquilamente y luego estuvimos viendo los primeros pasos de la solución del cubo de Rubik de seis por seis.

En el camino habíamos conversado un poco sobre literatura -mi hija me recomendó un libro de un autor vietnamita- y mientras desayunábamos -y armábamos los cubos- comentamos también la muerte de Scott Adams.

Un poco antes del mediodía empezamos el retorno a casa; yo había estimado que nos tomaba quince minutos el recorrido pero empecé a tomar el tiempo desde la salida del parque hasta que entramos al departamento: fueron treinta y cinco minutos.

Estuvimos aún un rato en la sala del departamento y a la una menos cinco -había puesto una alarma- me despedí de mi hija e inicié el camino de vuelta -usualmente subo o bajo las escaleras sin usar el ascensor-.

En general la ruta estaba más libre que por la mañana; excepto en el último semáforo antes de entrar al municipio: el semáforo cambió dos o tres veces a rojo antes de que pudiera pasar; de todos modos llamé a Rb para comentarle la situación, pues habíamos quedado que me esperaría para el almuerzo.

Pero la llamada estuvo un poco más dramática: le había ido mal en un test que debía pasar para completar los requisitos para empezar a trabajar algunas horas semanales como traductora médica.

Y fue raro: yo había hecho el exámen un par de días antes y había obtenido una nota de setenta y ocho -lo mínimo que pedían era setenta y cinco-; Rb había obtenido una nota de setenta y uno y estaba bastante afectada: el sitio no la dejaba repetir la prueba.

Le comenté que lo resolveríamos cuando llegara a casa y colgué -el tránsito empezaba a fluir nuevamente-; pero no estuvo tan sencilla la resolución: el sitio detectaba continuamente que la prueba ya había sido realizada.

Finalmente pude acceder a la prueba en mi Lenovo -utilizando el modo incógnito de Opera- y estuve al lado de Rb mientras completaba el exámen -lo que encontré ilógico: su nivel de inglés es superior al mío-; felizmente obtuvo una nota de ochenta.

Todo el drama del exámen duró hasta después de la hora del almuerzo -almorzamos un caldo de pollo con arroz- y creo que, realmente, debo mejorar la gestión de mis emociones para mostrar de una mejor forma mi empatía.

Durante la tarde estuve leyendo un par de capítulos de All we live here; también acompañe un rato a Rb mientras preparaba uno de los tipos de galletas que consume durante la semana -y preparé las gelatinas que consumo en los desayunos de la semana-.

Por la noche ví la penúltima parte de The Internship y un capítulo de The Copenhagen Test; pero estoy tratando de disminuir mi consumo de media y aumentar -volver- la lectura: estuve avanzando con otro par de capítulos del libro de Moyes.

El domingo me levanté igual a las siete y media -la semana anterior no había querido poner la alarma del celular pero no me cae bien dormir en exceso-, medité y retorné a la cama a hacer lecciones de Duolingo -también a leer un poco-.

Antes de las diez me levanté a preparar el desayuno; luego continué con la lectura; al mediodía preparamos alitas y una gran ensalada; un poco antes del almuerzo habíamos sacado a caminar a los perros por lo que luego de la comida nomás lavé los trastes del día.

A las dos y media tomé la van para dirigirme a la casa de mi amigo voluntario que vive en la colonia donde crecieron mis hijos; quería llegar temprano porque esperaba cortarme el cabello antes de realizar la visita -después de más de seis meses de no ir al peluquero ya me estaba estorbando el cabello-.

Llegué quince minutos antes de las tres y estacioné el auto frente a la casa de mi amigo; crucé la calle pero ví que, además de la persona que estaba siendo atendida, había otro par esperando; por lo que retorné a la casa de mi amigo y toqué el portón.

Me disculpé por lo temprano pero aduje que Rb me había pedido que no retornara muy tarde -lo que era cierto-: la situación social se veía un poco más frágil -disturbios en algunos centros carcelarios y ataque a unidades de la policía-.

Subimos al segundo nivel -que noté más descuidado que las últimas veces- y le pedí a mi amigo que pusiera agua a hervir; llevaba un poco de café molido y los cuatro cubiletes que habia comprado unos días antes.

Preparamos café con la prensa francesa y consumismos el café y los muffins -mi amigo solo uno pues, según él, había almorzado tarde-; un poco antes de las cinco le indiqué a mi amigo que me retiraba e inicié el camino de vuelta a casa.

Por la noche continué con el libro de Jojo Moyes, una parte de un episodio de The Copenhagen Test y, ademas, ví el primer capítulo de una serie que Rb me había sugerido la noche anterior: His and Hers.

El lunes me desperté un poco después de las siete: al parecer el tránsito matutino ha empezado a arreciar -producto del inicio de clases, me imagino-; continué dormitando hasta las siete y media y luego me levanté a meditar.

Después entré a la reunión diaria; aunque realmente no hubo reunión: entramos cuatro o cinco personas pero no atendieron los del area de desarrollo: en esta fecha se celebra en el Imperio del Norte un día festivo, por lo que nomás nos despedimos.

Un poco antes había visto un mensaje en donde se anunciaba el cambio del director ejecutivo de la empresa: el actual tenia seis años en el cargo y había sustituido al primero en el puesto -la empresa se formó en el dos mil diecisiete y una persona de India estuvo a cargo por casi dos años-.

La verdad traté de no darle mucha atención a la noticia: al final es muy poco lo que puedo hacer sobre las decisiones que se toman a nivel corporativo; me dije que si tocaba reorganización nomás nadaría con la corriente.

Por la mañana traté de avanzar un poco en la tarea que nos asignó el supervisor a mí a mi compañero que menos bien me cae; pero el equipo con el que teníamos que trabajar no estaba accesible; le escribí incluso a la compañera en el Imperio con la que debemos trabajar -estaba fuera pero me respondió-.

El resto de la mañana nomás estuve revisando el grupo de tareas que deberíamos estar ya completando -lo mismo que estuve haciendo el último día laboral de la semana anterior-; pero me ocupé más en avanzar en el libro.

Al mediodía almorzamos la primera porción de nuggets de pollo con fideos de arroz y salsa de tomate -una versión de fideos con albóndigas que habíamos preparado la noche anterior-; antes de las tres preparé un café y un té. 

A las cinco de la tarde -luego de apagar la máquina del trabajo- caminamos en dirección a los supermercados en dirección sur; pero no fuimos a los supermercados: caminamos un poco más, hasta la tienda de tecnología en donde usualmente nos proveemos de estos productos.

Rb quería cotizar un par de audifonos con micrófono -el martes iniciaba la capacitación en el lugar en donde planea trabajar algunas horas a la semana- y un hub de puertos USB; pero no compró nada, nomás revisó el precio de ambos artículos.

Después pasamos al lugar en donde hemos comprado las últimas computadoras y también revisó los precios de lo que andaba buscando -aunque en este último lugar los precios son, generalmente, más altos-.

Por último pasamos a la tienda verde de descuentos: había sido el motivo principal de caminar en esa dirección pues Rb quería cambiar la almohada de su cama; compramos el artículo y retornamos a  casa.

Por la noche terminé de leer el libro en curso: en general me gustó la forma en la que la autora concluye la historia de las aventuras con su padre, su padrastro, sus hijas, su ex esposo, la familia de su ex esposo, entre otros.

También vimos el segundo capítulo de la serie policial que iniciamos a ver la noche anterior.

Y a ver cómo va eso...

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